jueves, 3 de junio de 2010

AUDACIA













Año de 1934. En la catacumba, con las luces apagadas, en secreto, a un puñado de la A.C.J.M., de Durango, se le aplica el tratamiento de la respiración artificial.


EXCELENTÍSIMO SEÑOR, SEÑORES:
Esta transmisión del poder está embutida en el marco de un momento histórico tan humillante, tan vergonzoso, que hasta nosotros los soldados rasos del sacerdocio sentimos el ramalazo de nuestra responsabilidad, y el hambre y sed de cooperar en lago a la utópica reparación.
Por eso acepté sin titubear este compromiso trabajoso. Porque en el instante en que se me invitaba, sabía yo que a esta parroquia del Sagrario Metropolitano, a la cual pertenece el Grupo de la A.C.J.M. "Pbro. Mateo Correa", se le estaba arrancado sin dolor y con la mano en la cintura, nada menos que el edificio de un templo, el templo de San Juan de Dios, monumento de sudores, de sacrificios y de lágrimas, tesoneramente acumulados por varias generaciones de nuestros antepasados. ¡Cómo nos luce a los católicos de hoy, la sagrada herencia de nuestros abuelos!
Y por eso también, sin consultar con nadie más que con mi conciencia escogí un tema de los más oportunos, sí, de esos que hoy se llaman inoportunos precisamente por su oportunidad, y cuya responsabilidad asumo solo yo, con todo lo poco que soy y puedo.
El tema es este: AUDACIA.

Un hecho palpable en la historia de los católicos mejicanos, nos quema las pupilas: Hace un siglo que venimos retrocediendo. De la plena posesión que se nos cuelga, hemos venido a parar a la mendicidad más bochornosa.
La catoliquisíma sociedad de 1833 mira impasible que Don Valentín Gómez Farías echara al sacerdote de las escuelas y de la Universidad oficial.
La catoliquísima sociedad de 1846 mira inútilmente espantada el gran despojo de la Iglesia.
Los fidelísimos católicos de 1855 abren paso a don Juan Alvarez, que suprime las distinciones eclesiásticas y a Comonfort que expulsa a los jesuítas.
Los firmísimos católicos de 1857 se encuentran de pronto sobre sus espaldas una Constitución que legaliza las conquistas anticatólicas.
La robusta catolicidad de los años de 1859 y siguientes, permite a Juarez dar un puntapie a la Iglesia, laicizar la vida social y aventar al cuerno a las órdenes religiosas.
En medio de la fidelísima sociedad católica de 1867, fracasa ruidosamente el conato de defensa católica.
Católica, muy católica era la sociedad entera de 1873 cuando las leyes de la Reforma fueron elevadas al nicho constitucional.
Cristianísimo era el pueblo mismo de Durango, cuando en 1913, sin parpadear siquiera miró al anciano Arzobispo Mons. Mendoza y Herrera ser conducido a la penitenciería.
Con todas las lecciones, con todos estos ejemplos, ¿quién extraña que ante el mundanismo de 1917 se impongan preceptos que si entonces nos parecieron horrorosos ahora ya creemos celestiales?
Y ¿quién extraña que siendo aun nosotros el 95 famosos por ciento, la voluntad persecutoria se realice, a pesar de los graciosos respingos de la colectividad?
¿Cómo se explica este avance de los pocos y este retroceso de los muchos? Si los católicos tenemos el número, si los católicos tenemos la convicción, si somos la mayoría aplastante teóricamente, ¿por qué somos arrollados? ¿Qué cosa es lo que nos falta?

Alfonso Junco, en su último libro Un Siglo de Méjico, ha concretado en término precisos la razón del problema: "Un de circunstancias que pueden quizá resumirse en nuestra eterna razón: Una minoría activa y audaz que se impone a una mayoría pasiva y cautelosa". Eso es todo.
Aplicando el diagnóstico al momento presente, inventariando las fuerzas que siempre hemos tenido, y comparándolas con las que no tenemos ni hemos tenido nunca, descubrimos que lo que siempre nos ha faltado a nosotros es únicamente AUDACIA.
Por un sistema suicida, parece que nuestra formación católica ha tendido siempre a matar en nosotros ese único elemento de reconquista: la audacia. Sí, hombres maduros y hombres jóvenes que me escucháis: la audacia bendita, y al pronunciar esta palabra, no pretendo mondarla ni atenuarla, la enuncio en toda su amplitud, en toda su rozagante y peligrosa integridad, con todos sus disparates, con todas sus imprudencias, pero también con toda su energía perpetua y su eterna consigna triunfal...
Nuestra historia está llena de audaces, pero esos audaces nunca hemos sido nosotros.

Fue audaz Hidalgo, y la Independencia se hizo.
Fue audaz Juárez, y sometió al Imperio.
Fue audaz Madero, y tumbó a don Porfirio Díaz.
Fue audaz Carranza, y echó abajo a Huerta.
Fue audaz Calles, y nos ató a su carro.
Han sido pocos, pero han sido audaces. Por eso triunfan.
La sabiduría antigua había consagrado esta verdad: Audaces fortuna juvat. La fortuna da el gano a los audaces.
Jóvenes jefes, y jóvenes miembros de la A.C.J.M. yo quiero en esta noche, y precisamente con vosotros, quemar unos granos de incienso frente al altar de esta maga triunfal que se llama la audacia.
Existe una audacia santa, y esa audacia es bendecida por Dios. Y nosotros nunca la hemos tenido, nunca la hemos querido tener, creemos querer que es pecado tenerla. Y a vosotros, mis jóvenes amigos, personalmente a cada uno de vosotros y a todos colectivamente, os digo que ya tenéis como lema el grito glorioso "Por Dios y Por la Patria"; ese lema de vuestras labores debe calcarse sobre esta divisa: Audacia. Audaces han sido todos los héroes, y ninguna audacia ha fracasado. Colón fue audaz, y descubrió la América; San Pedro fue audaz, y conquistó a Roma.
Si vosotros mismos no cunde la chispa de esta palabra, yo os ruego que borréis de vuestros muros todos los lemas, y escribáis mejor el fatídico "Mane, Thecel, Phares", de las supremas derrotas.
Os hablo de esto a vosotros porque sois hombres. La audacia es de los hombres: por eso este discurso no me sonaría en una asamblea de tiernas huestes femeninas. Os hablo a vosotros, porque sois jóvenes, porque sois la A.C.J.M. Y la audacia debe ser propia de jóvenes. Porque cuando vosotros crezcáis en edad, cuando paséis de los treinta y cinco años, cuando entréis paso a paso a ese otro departamento de la Acción Católica que se llama la U.C.M., ¿creéis, mis jóvenes amigos, que será posible ir a pediros audacia?
¡Una minoría audaz! He allí la consigna.
Más nos urge la audacia, que las mayorías.
Las mayorías son nebulosas impalpables, masas aguadas, gelatinosas; hojarascas y volantonas, hatos de desorientados, galeras sin timón. Si valen algo, es por la minoría conductora que llevan en su seno.
Vosotros debéis ser esa minoría. Esa minoría debe apretarse en núcleo. Vosotros sois ese núcleo. Ese núcleo debe activarse. Vosotros ya os activáis. Pero ese núcleo sólo puede realizar o iniciar empresas homéricas, si se desposa con la audacia.
Nuestra fe cristiana nos da la dirección. La audacia nos da el avance. Aún no somos audaces. Si pensamos como todos, no somos aun audaces. Si sentimos como todos, no somos aun audaces. Seremos audaces cuando los nuestros mismos se asusten de nosotros. Se asustarán pero nos siguen. Nos criticarán, pero nos admiran. Nos odiarán, pero nos obedecen.
¡Audacia para pensar! ¡Audacia para sentir! ¡Audacia para querer! ¡Audacia para hablar! ¡Audacia para escribir! ¡Audacia para obrar! ¡Audacia para luchar! ¡Audacia para morir!
Eso os pide, oh nuevos dirigentes, oh jóvenes de la A.C.J.M., eso os pide en esta noche memorable ese Cristo Rey que tuvo la audacia de asentar su trono sobre una cruz sangrienta, para hacer de sus hijos verdaderos el ejército eternamente triunfador de audaces.

R.P. David G. Ramirez
"Jorge Gram"
LA TRINCHERA SAGRADA
1948

No hay comentarios: