lunes, 28 de junio de 2010

El dominio es luz

MANIFESTACIONES FAVORABLES DEL BUEN CARÁCTER
Controla tus energías
El hombre es un complejo de energías, que pugnan por salir en contrarias direcciones dictadas por el capricho. Si lo consiguen son como los cohetes intercontinentales que, saliendo del control, originan grandes catástrofes.
Necesitamos un control sobre estas fuerzas expansivas que llevamos dentro, a fin de que sus efectos perfectamente dirigidos no siembren la ruina a nuestro alrededor.
Dice un proverbio: El hombre que sufre con paciencia es superior al héroe, y el que se domina a sí mismo vale más que un guerrero conquistador de ciudades.
La vida afectiva tiene gran importancia en nuestra actividad moral y física. De aquí la trascendencia de cualquier esfuerzo en orden a someterla a la razón.
Dominio quiere decir control de fuerzas; dirección de energías hacia un fin. Si este fin es bueno, y las energías obra de Dios también lo son; estas fuerzas quieren decir virtudes.
La prudencia, según Platón, es el dominio de la energía de las pasiones.
La personalidad es el resultado de muchos elementos unidos en una identidad propia y característica. Unidad cuyo resultado está en tu mano, gobernando y encauzando a determinados fines tus pasiones como cualquier otra fuerza humana.
Las características le vienen al hombre, si no totalmente, sí en su mayor extensión del espíritu. Lo más propio de tu ser lo debes al dominio que las potencias espirituales ejerzan sobre la suma de los elementos pasionales.
El hombre sin dominio es un ser con fuerzas adversas dentro de sí, en continuo estado de guerra civil, neutralizador de las propias energías, inútil, si no nocivo para sí y para los demás. Las tendencias afloran al exterior dando origen a manifestaciones que son como el manómetro indicador de la bondad y malicia de tus fuerzas internas.
Cuenta una narración judía, que un príncipe árabe se admiró de las grandes hazañas de Moisés: quiere conocerle y envía su mejor pintor para hacerle un retrato. Llama a sus sabios para que le interpreten el carácter de aquella imagen. Le declaran que es un hombre de mala índole, altanero y codicioso, de malos instintos; ven en él un hombre de quien se puede sospechar todas las depravaciones del alma humana.
¿Os burláis de mí?, dijo el soberano. Este hombre es de quien se oyen elogios por todas partes... Y no fiándose de la interpretación de sus sabios, se fue él mismo para comprobarlo personalmente. Vio que el retrato era una fiel copia de la realidad. Sinceramente refirió a Moisés cuanto le había acontecido con el pintor y sus sabios.
-Tanto tus sabios como el pintor, llevan razón -le dice Moisés. Yo hubiera sido como ellos, pudieron adivinar por mi natural condición, hasta que mi voluntad fue borrándolas y formando con las virtudes contrarias, una segunda naturaleza. Este es el secreto a mi exaltación entre el cielo y la tierra.

Bajo tu razón
Todo se consigue cuando se tiene ante la vista un bien trascendental. Por cosas de poca importancia, ponemos en juego gran parte de las energías de nuestro ser. Y muy pocos objetivos habrá en la vida tan importantes, como poseedor de esas mismas energías.
En el torbellino de afectos y pasiones, no sabes a ciencia cierta cuál es el móvil que te arrastra, pero en el fondo siempre es el mismo: tu satisfacción. Y en la satisfacción momentánea, no es precisamente lo que más llena. A largo plazo sientes descontento de ti, pero al querer saciar esta indigencia, y estos anhelos, no puedes encontrar otra fuente, que la del Sumo Bien. Para encontrar ese camino, hay que quitar las tinieblas que oscurecen los ojos, tus pasiones. La falta de dominio levanta torbellinos de polvo, y la mente bajo estas tinieblas no distingue el objetivo verdadero.
La pasión puramente animal reacciona ante el objetivo, como el instinto del perro cazador ante la pieza. El hombre tiene instintos, pero también una razón que le manda. Los instintos en el animal son una erupción biológica que busca su conservación, y en el hombre con fuerzas vitales controladas por una fuerza inteligente; se mueven inteligentemente hacia un bien trascendental.
Casi todas las inquietudes son levantadas por el deseo, reprimido este, serás un lago azul sin oleaje, con un horizonte de contornos definidos.
Todas tus aficiones sin excepción, aunque tengan diversas manifestaciones externas, se orientan concéntricamente a este punto único: tu "yo", como las limaduras de hierro al polo de un imán. Tu bien no está en ti mismo, sino en Dios, único centro hacia donde han de confluir y orientarse todos los anhelos y actividades de tu alma, sin permitir que por el campo donde florecen tus aficiones pasen otras corrientes que las desvíen del punto donde se encuentra el bien auténtico.

El temor restan energías
No se puede temer servilmente a quien se puede dominar con más o menos dificultad.
Tanto hemos oído hablar del poder de las pasiones, que las hemos llegado a creer ingobernables, y son siervos que Dios ha puesto a nuestro servicio.
Si Dios las enraizó en nuestra naturaleza, fue porque les señaló un fin concreto en ella. Este no puede ser inasequible aunque encierre dificultades.
No pensar así es achicarse de antemano, es mermare las energías de la voluntad, es abrir paso a la derrota.
Como la imaginación explotada por la pasión, presenta las cosas más apetecibles de lo que son en realidad, el temor aumenta la dificultad de vencerla.
Si el vivir es para nosotros la suprema aspiración, ante la que reaccionamos violentamente y sacrificamos todo sin titubeos, subordinamos a pesar de las dificultades a poseer en vivir sobrenatural y eterno, todo cuanto a él se oponga. En algo se ha de distinguir el animal y el hombre, el instinto y la razón, la fuerza ciega y orden consciente, la carne y el espíritu.

Tu guía no es el instinto.
Como el fuego no se apaga con los combustibles, sino que se aumenta, así con la condescendencia ni se achican ni se dominan las pasiones.
La pasión en el orden afectivo, es como una idea fija en el intelectual: absorbe todas las energías, y las polariza hacia un plano único
La pasión es ciega y potente, y nos arrastra y agita como el agua turbulenta al madero, si sueltas las compuertas de la voluntad.
La pasión sin control nos hace menos racionales y nos coloca más lejos de la verdad.
La pasión hace converger todos los conceptos en su propia defensa, iluminando los aspectos que le favorecen, sombreado los desfavorables, deformando la realidad de las cosas, e inutilizando la verdad aprovecha la razón para tratar de justificarse. Ve todos los objetos bañados del color de su luz.
Para mirar las cosas en su color propio, hay que mirarla con luz blanca, suma de todos los colores. Ver todos los aspectos.
La pasión dominante se apodera de todas las luces del espíritu, para justificar sus demasías. Llega a mandar íntegramente sobre el hombre: no se creen dignos de castigos ante las mayores aberraciones. Con frecuencia grandes criminales, grandes apasionados, creen que los castigos que se les impone, exceden toda justicia; como a los grandes apasionados de la virtud, la humildad les impide ver sus virtudes. A su vista sólo toman relieve sus pecados. La humildad con frecuencia ilumina lo negativo.
Cuando tratamos de juzgarnos a nosotros mismos, las acciones que en otros creemos injustas y hasta ridículas, en nosotros las vemos justificadas y hasta naturales. Al tratar de examinar nuestro propio "yo", padecemos extravismo. Estamos demasiado cerca de nuestros ojos, para que sus visuales enfocando en un punto de convergencia den una imagen verdadera y simple. La demasiada proximidad lo hace todo borroso.
Cándidos para juzgarnos a nosotros mismos y despiadados para juzgar a los demás.
Chauteaubriand juzgaba a su mujer ingenua y sencilla, mientras los amigos de su tertulia literaria, por ese mismo carácter, la tenían por insoportable y entrometida. El afecto que el poeta sentía por su esposa, coloreaba sus acciones, envolviéndolas en un nimbo de ingenuidad y sencillez.
El animal siguiendo sus instintos se conserva; es para él la ley de la vida, y el hombre se destruye, porque para él la ley no es el instinto, sino el dominio de la pasión.
La planta estimulada por una fuerza de la naturaleza, sabe seleccionar los elementos de la tierra, el animal posee sentidos servidos por el instinto, y el hombre una inteligencia servida por sus órganos.
En el hombre el elemento coordinador es el alma que estimula todas las funciones vitales del hombre. Mientras la razón impere, habrá desarrollo y orden. Lo contrario sería salirse del orden natural, porque si la premisa de nuestro proceder fuera el gusto, lógicamente beberemos el veneno porque esta sabroso.
El placer deja al bruto satisfecho, pero el hombre nunca dice basta. En el animal no se da la gula, satisfechas sus necesidades da por terminada su función de comer. Entre los hombres todos conocemos hasta que punto de degradación, llegaron los antiguos y los modernos en este vicio. El hombre, terminado el disfrute del placer, exige otro más fuerte. Pide novedad. El alcoholizado no se contentó con el vino a los principios, ni con el licor después, sino que es arrastrado hasta beber alcohol puro.
Si los instintos son ciegos, y nosotros somos intelectuales, otros tendrán que ser nuestros guías: Es la razón que da el debido relieve a lo bueno y a lo malo, mostrándonos la bondad y la malicia de las cosas.
El ejército se hace fuerte por la subordinación del inferior al superior. Si el soldado se impone al general, el ejército se disuelve.
El hombre destruye a su ser al desquiciarse la jerarquía de los valores humanos, como son los del espíritu. Al violar la ley del orden el hombre se infiere una herida mortal.

Está contento con tu suerte
Máximo de Camp, un día al anochecer se quedó fuera de su tienda en el desierto: cuando amaneció un ruido de sollozos y lamentos profundos, lúgubres y desgarradores, llenó el espacio.
-Es el lamento del desierto, cuando se levanta la luz, como si estuviera insatisfecho con su suerte -le explica el guía.
Nosotros poseemos cosas hermosas, aguas frescas, palmera esbeltas, placeres legítimos, pero cuando viene la ambición se levanta el lamento del insatisfecho, que no sabe contentarse con lo que posee.
Julio Gros preguntó a Napoleón, cómo quería que le retratase:
-Tranquilo sobre un caballo fogoso -le contestó.
Es necesario que a fuerza de rumiar estas ideas, lleguen a ser un convencimiento. Sólo el hombre que ha dominado y convencido, presenta batalla. Eres hombre, y cuando las dos partes de tu ser, alma y cuerpo, coinciden en el mismo objetivo, fácilmente llegan a cubrirlo: el jinete lleva mejor el caballo, cuando está domado y atraído por la querencia.
En la búsqueda de este objetivo, nada supera la alegría de haberse dominado, no sólo en lo ilícito, sino en lo permitido. "El que jamás se ha prohibido algo permitido, no está seguro de prohibirse lo que le está prohibido".
El señorío no se improvisa, ha de comenzar con el despuntar de los dientes.

Mira tu conciencia
La ley de la gravedad impone condiciones al arquitecto. Si estas se violan, va sin remisión al fracaso.
También el Supremo Hacedor ha puesto una ley en mi naturaleza: su desprecio me trae la ruina.
Cuando una máquina no marcha bien, es porque ha violado las leyes en las que la fundamentó su inventor.
El remordimiento y la intranquilidad de la conciencia, son manifestaciones de un desequilibrio originado por una ley violada. Es el desajuste de una norma inviolable.
Las cosas fabricadas por mano del hombre pueden permanecer inactivas respecto de su fin, pero lo creado por la mano de Dios, como es el ser humano, está dotado de un ímpetu irresistible hacia su objetivo. El hombre siempre piensa y apetece, pero al poseer una inteligencia y voluntad, desea a veces objetos fuera de su órbita moral.
Dice Pío XII: "En el alma radican todos los dinamismos síquicos con su propia estructura y le orgánica. A ella es a quien la naturaleza encarga el gobierno de todas las energías. El que estos dinamismos (energías naturales) ejerzan presión sobre una actividad, no significa que necesariamente ellos la fuercen; sería negar una realidad esencial".

Eres responsable de tus luchas
En esta lucha por el dominio de sí mismo, lo más eficaz será, sino quitar, al menos amortiguar las semillas de las pasiones.
Es la lección que nos da el cuento de la golondrina: Vio sembrar un campo de lino, con cuyos hilos se tenderían lazos a todas las aves. Quiso quitar las semillas del campo para que no naciera, pero las otras aves se lo impidieron. Entonces la golondrina prefirió ser amiga del hombre.
Unas veces no quitamos las semillas de nuestros peligros, por pereza; otras, porque nos encanta la hermosura de un campo de lino, con su claro verdor y sus florecillas moradas. Por este placer nos exponemos a quedar prendidos en sus lazos agradables.
Las semillas se han de arrancar antes de que se sienta el encanto de sus efectos. "Primero se ha de dar golpe, que salten centellas", como tenían por lema los pares de Francia.
Hemos de ser rápidos en la lucha, que se atajen los efectos antes que tomen vigor.
El secreto del dominio es consecuencia del continuo golpear de la voluntad.
Aminoremos el influjo de nuestras pasiones, quitando o disminuyendo sus aliados: malos compañeros, lecturas, todo aquello cuanto contribuye a formar un ambiente.
Si no quieres que te muerda la víbora, no la calientes en tu pecho como el imprudente y compasivo labrador de la fábula.
Es cierto que muchas veces no podemos dominar las apetencias corporales de momento, pero sí los movimientos del alma que las fomenta.
¿Has pensado cuántas veces eres responsable directo de la violencia de los torbellinos interiores? La voluntad es la causa de la obcecación de la inteligencia. Si tu inteligencia juzga el placer como un bien preferible a la ley de Dios, es porque tu voluntad se lo propuso a tu consideración, excitando el deseo; hay una relación íntima y recíproca entre todas las potencias del alma.
Si tu conciencia es tu misma inteligencia que juzga el bien y el mal, oscurecida la inteligencia por la pasión voluntariamente desorbitada, la conciencia se apaga en la misma intensidad, y entonces el instinto se impone arrollador.
Ante un objeto apetecido por la pasión, la inteligencia debe intensificar su luz, para aclarar y dar el verdadero relieve al objeto prohibido. Entonces se impondrá la rectitud de la conciencia sobre el apetito torcido del instinto.
Los que pecan, caen no porque tengan una naturaleza más rebelde que los que no pecan, sino porque consideran el objeto prohibido como un bien mayor, ya que desconocen, o no conocen de una manera clara, el premio que Dios promete a los que le temen. Y al contrario, los que se abstienen del objeto prohibido, no es porque dejen de sentir que su lobo pide carne, sino porque su inteligencia, a pesar de la exigencias de las pasiones, valoran en mas los bienes sobrenaturales.

Saber escoger
En la mente del pecador, el bien conveniente, al menos de momento, es la propia satisfacción, en la del justo lo es el orden impuesto por Dios.
No se puede comprender el camino de la virtud, sin estar plenamente convencido de la superioridad de los bienes sobrenaturales, y de la obligación de respetar las leyes divinas.
No se puede desarrollar la voluntad sin el conocimiento de estos valores, porque el peso de las cosas es quien inclina la balanza de la libertad. La valoración de las cosas no se determina por el instinto, sino por la razón. El instinto embrutece y eclipsa la luz natural, la razón conociendo acepta o desecha los alicientes, en orden a su propia y suprema conveniencia, y esto no se consigue si no es poniendo en juego todas las facultades del alma.
Substraerse a las influencias en un ambiente sano, es relativamente fácil, pero en un clima adverso se requiere una inteligencia, y unos conocimientos más precisos para distinguir lo terreno de lo trascendental.

Renuncia a la parte por el todo
La juventud es más peligrosa, porque su sentimiento en plena floración, presta más colorido y relieve a las cosas. En ella se impone la ley de la vida, pero esta vida no solo es biológica. Hay en ella diversos elementos entre los que tiene que mediar un coordinador para que reinen el equilibrio y la paz.
Ello exige renuncia a una libertad desenfrenada, sacrificando la parte para la conservación del todo.
Carrel escribe: "La libertad es dinamita, instrumento eficaz pero peligroso. Para manejarla se exige restricción voluntaria de la libertad. Sin disciplina interior el triunfo de la vida es imposible. Por la oposición que existe entre la libertad humana y las exigencias de las leyes naturales, hace falta la práctica de un ascesis. Es imposible acomodarse al orden sin sacrificio".
Cuando hay una enfermedad hay una insumisión al orden de la naturaleza. El esfuerzo del médico y de las medicinas, es vencer esa resistencia. Una pasión insumisa es un tumor, un acceso que hay que reventar.
"Hay que vivir irreprochablemente para vivir satisfecho".
La ley de la Creación que hizo existir al individuo, es la ley que le ha de conservar. Si sale del modo de vida en que fue creado, se destruye, como se destruye un delicado mecanismo de precisión utilizándolo como martillo.
El grito de las pasiones, no es un grito de la naturaleza humana, sino del animal, de la parte más baja de ese revoltillo de espíritu y carne.
Ante sus exigencias el hombre no puede preguntarse: es o no agradable, sino es o no racional. Porque no es animal, sino hombre.

La pasión debe ser provechosa
Pasión y virtud, no se contradicen, sino que se complementan.
Los estoicos pretendían tener el alma unida a una piedra, y miraban con desprecio las emociones de los hombres. Estimaban aparecer indiferentes ante los sentimientos del alma humana. Pero esta apariencia de quietud, no es sino apatía.
Sin la ley de la gravedad nos veríamos libres de muchos golpes, pero la vida estaría paralizada. Todo esta en dominar esa ley para salir de la quietud estéril y de la nada.
Sin las pasiones no habría caídas, pero al mismo tiempo seríamos unos seres sumidos en la más absoluta inactividad.
El dominio no está en ahogar sentimientos, porque no hay oposición entre la pasión y la virtud. La pasión con el dominio, es al menos un indice de virtud.
La pasión no pasa de ser un aspecto del apetito sensitivo, y la virtud consiste en la imposición de la voluntad en la ejecución de un acto laudable, aprovechando la fuerza y el vigor de las mismas pasiones: la caridad utiliza la fuerza de la sensibilidad, incluso la perfecciona al darle un matiz más caliete y humano, al mismo tiempo que la sobrenaturaliza. Jesús derrama lágrimas ante la tumba de Lázaro, al mismo tiempo que realiza una obra de misericordia. La virtud sublima la pasión.
"La insensibilidad, dice San Agustín, no es señal de rectitud".
Nadie puede quedar sin indignación ante un crimen, sin conmoción ante una desgracia. La elocuencia puede ser señal y efecto de un noble apasionamiento.
La voluntad que domina las pasiones, es como el marino "lobo de mar". Pra su barco prefiere la bonanza, pero no teme la tempestad.
Así tú aunque prefieras la paz, has de tener un corazón curtido, y una voluntad preparada para una guerra que no se teme.
Del dominio del piloto en guiar la nave, depende la seguridad y dominio de todos los que navegan con él. De este dominio depende la convivencia en ti de todas tus pasiones, y la felicidad de muchos de los que te rodean.
Las gentes se entregan para atravesar el Océano a pilotos que saben dominar los peligros, y en la vida se unen a los varonesque saben sortear las contrariedades.
Levanta la vista a este horizonte marino, que oculta tempestades y peligros, y prepara tu corazón para ser experto y valiente.
Es cierto que el porvenir de tu vida oculta muchas dificultades; aún estás a tiempo para superarlas, preparándote para la pelea con voluntad firme.

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