miércoles, 23 de junio de 2010

San Vicente Ferrer

Nacimiento, niñez y mocedad del Santo
San Vicente, fue natural de Valencia del linaje de los Ferreres. Tuvo dos hermanos, el mayor se llamó Pedro, fue casado, de vida muy loable y conversación honesta. El mediano se llamó Bonifacio, también fue casado, pero al morir su mujer fue convencido por su hermano Fray Vicente, y se hizo monje cartujo en el Monasterio de Porta Coeli.
Nuestro Señor tiene por costumbre, cuando ha de enviar a algún excelente varón, dar primero algunas señales de valor de su ministro. Una noche, el padre de San Vicente, soñó que veía en el púlpito de los dominicos un fraile, insigne predicador, el cual, en medio del sermón, se volvió hacia él, y le dijo: Alegráos, hermano mio, porque tendréis un hijo muy nombrado en santidad y letras, y no menos insigne en la gracia de la predicación, y será fraile del mismo hábito que yo traigo.
Su madre se hallaba muy ligera con su preñez, y no le causaba ningún pesar la criatura, antes bien se sentía más libre y desenvuelta que nunca para cualquier cosa que hubiese de hacer. Decía que dentro de su vientre oía muchas veces ladridos de perro. Esto se lo comunicó al obispo de Valencia, Ramón del Gasto. Y este le respondió, que había de parir un hijo, que sería como mastín para guardar el ganado del pueblo cristiano, despertándole con sus ladridos del sueño de los pecados y ahuyentando los lobos infernales.
El día en que nació acudió mucha gente a la ciudad a ver un niño, de quien tales cosas se habían dicho, y de quien se tenía creído que sería honra de esta tierra. Fue Bautizado en la Iglesia de San Esteban, donde se le dio el nombre de Vicente, por especial providencia de Dios que hasta en el nombre mostraba el valor del niño recién nacido, el cual había de vencer al mundo, al diablo y a la carne, sus tres capitales enemigos, y había de triunfar de los moros y judíos. Cada uno de los presentes querían poner el nombre no poniéndose de acuerdo el sacerdote dijo que le pusieran Vicente.
A los seis años lo mandaron a la escuela, donde aprendía con avidez. No era amigo de jugar con los otros niños, sino de toda gravedad, como un viejo cano; llegado a los 12 años, y estando bien en gramática y le mandó su padre a estudiar lógica, y en dos años adelantó entre todos los compañeros, y pudo oír teología. Ya a esta edad comenzó a ser tenido en Valencia por muy buen filósofo y teólogo.
Ningún joven en Valencia le aventajaba en honestidad, ninguno frecuentaba más las Iglesias. Ayunaba dos veces cada semana, y una, que era el viernes, a pan y agua. Persevero en este ayuno hasta su muerte. Oía de buena gana todo género de predicadores, por indoctos que fuesen; y holgábase mucho cuando los oía predicar alabanzas de nuestra Señora. Si acaso oía o leía algo de la Pasión de nuestro Redentor, no podía retener las lágrimas, y así, decía a sus tiempos el oficio de la Cruz, y las horas de nuestra Señora, devotísimamente.
Huía todo lo posible las pláticas y amistades de otros jóvenes livianos y ruines, temiendo no se le pegase algo de ellos, sus costumbres y lo entibiase en la devoción y el fervor.
Siempre fue muy aficionado a los pobres, mayormente si eran religiosos, y los traía muchas veces a casa; porque no sólo era él misericordioso, sino que también su padre y madre gustaban de ellos, y se lo agradecían; y aun le mandaban que los trajese otras veces. En el estudio no era alborotador, ni amigo de novedades, ni colérico demasiadamente en el argüir; pero con una mansedumbre y energía santa trataba agudamente las cosas de lógica, filosofía y teología; en las cuales ciencias había aprovechado mucho, con su grande estudio y memoria, y por decir la verdad, con su muy continua oración y meditación. Jamás riño con alguno, ni hubo cosa grande o pequeña en que ofendiera a sus padres. Todas estas cosas hacia él por ser naturalmente bien inclinado y también por que sus padres lo educaron religiosamente; que no se puede negar que para salir los hijos buenos cristianos va mucho en el cuidado y virtud de sus padres.
Viendo su padre que iba ya en diez y ocho años, bien se holgara en enviarlo a Roma, o París o a la ciudad de Avignon (en este tiempo Asiento de los Pontífices) para que alcanzara una gran prelacía. Mas, no se le sosegaba el corazón, acordándose del primer sueño que su hijo tuvo. Y así como buen padre, que le amaba espiritualmente, le persuadió un día que tomase el hábito de los frailes predicadores. No tuvo mucho que hacer en esto, porque él estaba ya movido para ello. Distribuyó la parte de la hacienda que le tocaba entre pobres, y recibiendo la bendición de su padre y de su madre, entró al monasterio de los Predicadores.

Por cierto, de otra manera eran los padres de lo que ahora se acostumbra: que a cambio de que sus hijos no sean religiosos les permitirán cuantas liviandades y ruindades que quieran, que lleven una vida desarreglada, alejada de Dios; y aún les amenazarán, si no deja el buen propósito. Muchos padres ahora prefieren ver desgraciados a sus hijos, que dejarles seguir su vocación, y que las cárceles estén al tope. PORQUE LLAMANDO DIOS PARA SÍ LOS HIJOS, ELLOS LOS QUIEREN DETENER EN EL SIGLO, y así permite Dios nuestro Señor que no los vean bien logrados.

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