lunes, 13 de septiembre de 2010

LOS TRAICIONADOS (II)


EL HOMBRE ESENCIAL

En la vida social, el sacerdote es un hombre extraño. Desaliñado y mal vestido en una sociedad que se inclina en adoración ante la moda y obedece ciegamente al figurín; torpe, desmañado, brusco o franco hasta la rudeza en las reuniones donde la galantería, el refinamiento, el tacto y la cortesía son las cuatro virtudes cardinales; es capaz de tomar rapé ruidosamente en una reunión de comendadores y damas de la nobleza.
No se apasiona por lo que apasiona a todos; en cambio, se preocupa por ejemplo, porque se vistan las mujeres con honestidad, como si no hubiera guerras, ni crisis, ni una reunión de ministros...
Se pone a discutir fogosa y acaloradamente la solución de un caso de moral, y desconoce los acontecimientos del día.
Parece un ser caído de otro planeta, con una lógica diferente, con diversa naturaleza y pasiones distintas.
Es extraño, extranjero, ilógico, anacrónico; diverso en suma, astronómicamente diverso de los demás.
No digo que sea siempre así; pero es así con frecuencia, especialmente cuando se trata de párrocos y de los que tienen cura de almas, que están en contacto con ellas y viven en medio del pueblo.

Ni siquiera me atrevo a aprobar totalmente esta actitud y este hecho; solamente lo quiero interpretar.
Porque los hombres le dan muchas interpretaciones, atribuyéndolo a veces al nacimiento plebeyo, o a la educación ramplona de los seminarios, o al trato con el vulgo, o a la soledad de su vida.
Pero ninguna de estas causas basta para explicar esa extraña psicología, ni todas juntas.
A lo más, explicarían la timidez, el aire cortado; pero no las repentinas audacias que desconciertan; ni esa franqueza sin componendas, ni cierto apasionamiento desproporcionado: mientras su pensamiento es tan sencillo, tan aristócrata.
La razón es otra y mucho más radical.

El sacerdote es un hombre esencial.
Su educación, su vida, su ministerio, sus esperanzas lo han puesto y lo ponen cada día en contacto con la sustancia de las cosas, de los hombres, de los acontecimientos.
La educación de los seminarios es neta, descarnada, fundamental: nada de lujo, moda, refinamiento; bancas de madera, mesas desnudas, muros encalados; nada de cuestiones brillantes, caprichosas, nuevas, actuales; siempre los mismos temas: Dios, la eternidad, el alma; nada de diplomacia ni frases almibaradas y muelles; en los seminarios se habla una lengua cruda y sincera hasta el dolor.
Yo, y eso que me siento tímido, digo a mis seminaristas, en conjunto y en particular, cosas que otros no soportarían jamás; con ellos uso un lenguaje cortante, antiliterario, antidiplomático, que parecería imprudente, poco hábil y ciertamente sería imposible en cualquier otro colegio o en cualquier salón.
La bifurcación del camino, el dilema, el aut... auf..., los seminaristas lo encuentran en el umbral de los corredores, lo oyen repetir casi todos los días.
Es milicia voluntaria: el que quiera, que se esfuerce en su santificación y se quede; el que no quiera que se vaya.
Así se forma el sacerdote.

Su misión y su ministerio completan después su psicología sintética y esencial.
El médico se le aproxima en su psicología por la franqueza y la comprensión, porque el médico ve al hombre como es, sin sus insignias de caballero o comendador, sin sus trajes de sociedad, ve al hombre con sus flaquezas y sus llagas.
El sacerdote va más allá, porque ve el alma misma desnuda.
Ninguno conoce a los hombres como el sacerdote; La pureza agudiza su vista, el ministerio de la confesión le abre de par en par los corazones.
¿Cómo podrá impresionarlo o intimidarlo la humanidad, toda la humanidad, aunque se presente con máscara, disfrazada, disimulada hábilmente, fastuosamente vestida de monarca?
No lo engañan y no lo impresionan ni las cruces brillantes del caballero, ni los collares de comendador, ni los penachos de los altos oficiales, ni la seda riquísima de gran dama, ni los diamantes preciosos de la reina; porque él ve, en el fondo, al hombre con sus debilidades, sus caídas, sus ocultas bellaquerías, sus pasiones vergonzosas.
No desprecia, porque también él es hombre; no se desanima, porque ve los dolores, los arrepentimientos, los ímpetus, las esperanzas; compadece, porque sabe y ama, porque ve y espera, porque es ministro de gracia, que puede, en un instante, cambiar uno de aquellos rabiosos Saulos en un Pablo, uno de aquellos sensuales en un Agustín, uno de aquellos elegantones en un Gabriel de la Dolorosa.
Por eso es extraño a la moda, a los figurines, a los vestidos, a los brillantes, a las conversaciones deslumbradoras; porque es el ciudadano del mundo íntimo del corazón y de las conciencias.

Tiene, además, el sacerdote otra maestra austera del realismo absoluto y de lo esencial: su majestad la muerte.
El valor objetivo, ontológico, absoluto de las cosas sólo se conoce a la luz deslumbradora del último instante de la vida.
Los ojos del moribundo, donde la luz se quiebra y apaga, insensibles a este teatro de farsantes y de títeres, son los únicos ojos que ven.
El sacerdote vive diariamente al contacto de la muerte, a la sombra de su misterio, en el terrible fulgor de su revelación.
A la larga, adquiere ojos de moribundo, cerrados al tiempo, abiertos a la eternidad; ojos que no se deslumhran con la luz fatua de un salón, con el brillo del oro, y de las joyas, porque son ojos acostumbrados al Sol eterno, son ojos que han contemplado el más allá.
La Iglesia exige al sacerdote que haya muerto al mundo para que pueda tener la soberanía, la independencia, la libertad y la indiferencia de la muerte; sobre todo, para que tenga la visión esencial de las cosas, que sólo la muerte puede dar.
¿Qué ojos puede tener para una fiesta nupcial, para un bautismo de lujo, para una reunión aristócrata, si apenas hace un momento ha visto la muerte?
¿Con qué oídos puede escuchar conversaciones interesantes, si un minuto antes ha oído las supremas palabras de un padre, la voz sobrehumana de quien habla en el umbral de la eternidad?
¿Qué actitud podrá tener entre tánto refinamiento, entre tántas sonrisas y caravanas, el que hace una hora ha visto, con los ojos del moribundo, cómo se desvanece el mundo cual un escenario de cartón, cómo desaparecen los hombres como si fueran títeres, cómo se desvanece la historia como una fábula y se diluye todo como la niebla?

De aquí que sea exótico y desplazado, de aquí su cortedad y su repentina audacia. Tendría deseos de reír ante la comedia del mundo; tendría deseos de gritar ante su tragedia; se domina como puede a duras penas, compadeciendo y orando.
De aquí su apasionamiento por lo que es pequeño, medido con el tiempo, y grande, según la medida de la eternidad; de aquí el desinterés por lo que la vida dice ser todo cuando la muerte prueba que es nada.
La fe y el sentido del misterio completan y moderan esta psicología excepcional; de otra manera podía volverlo cínico o pesimista.
La fe, es verdad, le da agudeza al sentimiento de la ridicula vanidad.
El Amor no duerme, tiene un insomnio dulce y magnífico, aunque siempre es torturante; y su Corazón, capaz de un amor sin límites, puesto que debía envolver a todos los hombres, tenía que velar sin descanso.
Cuando el corazón recibe la voz de alarma, cuando el peligro y la muerte amenazan al hijo, al hermano, entonces los ojos se quedan abiertos en una vigilancia obstinada que ningún cansancio puede vencer.
Y el Corazón de Jesús estuvo en una alarma continua, siempre alerta, centinela avanzado en las infinitas batallas de todos los corazones. Un temblor angustioso tuvo y tiene en perenne inquietud al Corazón de Cristo por la humanidad enferma, incurablemente herida por el pecado, ardiendo por la fiebre de las pasiones y por el delirio de la tentación.
El Corazón divino sigue con el ansia llena de angustia de padre y de hermano las trágicas alternativas entre la vida y la muerte, la gracia y el pecado, en que se debaten todas las almas; y cuando tiene una tregua su ansia porque un corazón se encamina hacia la santidad, comienza de nuevo y sigue el temor por muchas otras que agonizan entre las redes del pecado.
El Corazón de Jesús, desde su gruta del sagrario, sigue las alternativas de victorias y derrotas, resurgimientos y desesperaciones, liberaciones y esclavitudes, en las innumerables batallas que el espíritu y la sensibilidad, el cielo y la tierra, traban en el corazón de cada hombre.

¿Y las fatigosas y extenuantes esperas?
Como la lámpara del que vela y como el fuego de la casa paterna, así la luz de la divinidad y las llamas del amor iluminan y caldean el Corazón divino, mientras espera pacientemente a los pródigos.
¡Cuántos y qué diversos pródigos!
En regiones lejanas y extranjeras han malgastado el Bautismo, la Primera Comunión, el crisma de la milicia cristiana, los suaves dones de la intimidad con Dios; y calman el hambre que los devora con cualquier clase de alimento nauseabundo y envenenado.
La alegría de uno que vuelve se acibara por tantos que no regresan.
Jesús se ha vuelto poeta al hablar de la alegría por el retorno al redil repleto de una oveja perdida, por un sólo pródigo vuelto a la casa donde han quedado sus hermanos; pero no quiso decirnos nada de la tristeza de la oveja que vuelve al redil desierto, mientras las otras vagan errantes en la noche; del pródigo que entra de nuevo a la casa vacía, mientras los demás hermanos siguen baio la esclavitud.
Y, sin embargo, la triste realidad es ésta.
Para el padre, la espera continúa; los ojos tienen que seguir avizorando el horizonte, el largo camino lleno de polvo; su oído debe vibrar a cada rumor que surge en la noche, por todos los cantos nocturnos que parecen una imploración y un lamento.
El gesto de Longinos que abrió el pecho de Cristo fue lo más lógico y significativo. Quedó su costado como un ojo perennemente abierto para mirar durante la vigilia de temor y de espera.
La muerte le cerró los ojos del cuerpo, pero le abrió los ojos de su Corazón; la gloria de la Resurrección borró todas las heridas, pero no cerró el ojo del costado.
El Corazón se quedó abierto como una boca de labios rojos, para dejar oír, en medio de las tinieblas, su reclamo a los pródigos perdidos, como el grito prolongado y lacerante de la madre que llama.
El Corazón de Jesús fue herido en una herida incurable; solamente se cerrará cuando tras las última oveja perdida que retorna, se cierre la puerto del aprisco.

Un corazón herido no tiene reposo, una herida que sangra no tiene descanso.

Así pienso yo en el Corazón divino.
Debe ser terriblemente hermoso tener un corazón en perenne vigilia; y por eso pidamos al Corazón del Primero, Sumo y Eterno Sacerdote, el trágico don, para todos los sacerdotes, de un corazón en vela.
Así dominarán el sueño con que la debilidad humana cierra con frecuencia los ojos del pastor, mientras el aprisco se ve asaltado y el lobo aúlla en las cercanías.
El amor, la espera, la ansiedad, nos darán esos corazones sacerdotales vigilantes, que no se dejan sorprender por las nuevas necesidades de sus hermanos, por los nuevos y sutiles peligros que les amenazan; esos corazones en vela que escuchan hasta el más leve paso incierto de un hermano que vuelve, aun el más leve gemido de un alma que implora, que reconocen desde lejos el rostro de un hermano pródigo, triste arrepentido.

El hermano mayor del pródigo del Evangelio, al volver del campo, no se dio cuenta al punto del motivo de la fiesta, tuvo que preguntarlo a los sirvientes; si él hubiera esperado como su padre, lo habría entendido; pero tampoco habría sufrido las angustias de la espera. Por eso no lo comprendió.
Que no nos suceda lo mismo a nosotros, hermanos mayores, que no entendamos y no sepamos leer en los ojos cansados de los pródigos.
Ciertas clarividencias, ciertas intuiciones de las necesidades y de los remedios sólo los sugiere un corazón insomne y herido.
El entendimiento que es más lento, porque camina con el paso preciso y pausado del raciocinio, no corre con la fogosidad del corazón que tiene las clarividencias proféticas de un instinto de amor siempre en acecho.
Quizá nuestra vida sacerdotal se hará más dolorosa; tendremos los ojos hundidos, cansados y enrojecidos por la continua vigilia; el rostro enjuto por el ansia; el corazón angustiado del que vive esperando; quizá la habitación y el vestido descuidados como quien tiene el alma encadenada a una ansia.
Pero es la única vida sacerdotal que vale la pena de vivir, la única manera de ser los amigos, los confidentes y los embajadores de un Corazón divino que vela eternamente...

EL GRAN RIESGO

El sacerdocio es un riesgo.
Más aún, es el más grande riesgo para una criatura humana; porque, sí, como escribe G. Thibson, el riesgo es una cuerda que se balancea sobre el abismo, el riesgo del sacerdocio oscila entre el cielo más alto y el infierno más profundo, entre la felicidad más arrobadora y el tormento más desesperado.
Es un juego mortal en el cual la apuesta es el todo por el todo.Lo ha reconocido hasta un adversario leal: M. Noel Vesper, que en su deslumbrante libro, Anticipation a une morale du risque, dice de los sacerdotes católicos: Los sacerdotes católicos se colocan deliberadamente, por su propia elección, fuera de la condición natural de los hombres y para ellos la aurora de su vocación es, al mismo tiempo, el atardecer de su destino.
El mismo intrépido San Pablo se estremece ante la audacia del riesgo: si sólo para esta vida hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres.

El sacerdote arriesga con Dios, que le exigirá mucho, porque le ha dado todo; lo juzgará más severamente, porque le ha dado mares de luz y diluvios de gracia; que escrutará detenidamente hasta su virtudes, porque lo ha distinguido con su intimidad que exige su santificación; que le pedirá cuentas de la Sangre de Jesús y de lus almas de sus hermanos, porque se los encomendó con ardiente confianza divina.
Ante Dios el peligroso dilema del sacerdote es éste: o su íntimo o su enemigo; su ministro o el traidor; su embajador o el falsario; apóstol o apóstata; Miguel o Lucifer.

Corre riesgo también con los hombres.
La vida sacerdotal es un desafío temerario a la carne con la pureza, al dinero con la pobreza, a la fuerza con la debilidad, a la materia con el espíritu.
A los hombres incrédulos, escépticos y escrutadores malignos, el sacerdote les quiere probar que es posible una vida de espíritu sin familia, sin seguridad, sin alabanzas, sin dinero, sin medios; no sólo una vida, sino una felicidad y una conquista.
¡Ay de él si falla, si flaquea, si se cansa! Una risotada clamorosa, universal y satisfecha, como una avalancha de vituperios, lo arrollará para sepultarlo.
Los hombres, consciente o inconscientemente, y quizá por un designio divino, olvidan que también él es un hombre frágil y ciego; le exigen todo y nada le conceden, lo quieren todo y nada le perdonan.
Debe hablar sin errar, juzgar sin debilidad, guiar sin incertidumbres, obrar sin pecado, conquistar sin violencia, soportar sin rebelarse, sufrir sin consuelo, dar sin recibir, morir sin quejarse.
Corre el riesgo con los hombres de una apuesta total: o colocarse en la cima de la humanidad con la aureola del santo o bajo los pies de todos con el estigma del perjurio; o conquistador irresistible con el encanto de la pureza o proscrito de la vida con la repulsión del ángel caído y de la elevación arruinada; o venerado en los altares o escupido en las plazas; o astro o cieno.
Dios y los hombres son severos con él, porque ha prometido demasiado, ha pretendido mucho, lo ha arriesgado todo.
Dios y los hombres tienen razón.
Todo riesgo está proporcionado al fin, y cuando el fin es la gloria inefable de un sacerdocio, partícipe del sacerdocio de Cristo, el riesgo tiene que ser total y eterno.
La nada no corre ningún riesgo, la piedra corre alguno, el viviente un poco más, el hombre arriesga mucho, el cristiano muchísimo, el sacerdote todo.
Hay una relación metafísica, dice Thibon, entre el riesgo y el ser: mientras más elevado es el ser, mayor riesgo corre; vertiginoso y casi divino es el ser del sacerdote; su riesgo, por eso mismo, es de torbellino.
En esta creación material, cuanto más se quiere superar la materia, tanto más se rebela ésta; cuanto más se sublevan las fuerzas disolventes, tanto más grande será la cantidad de elementos inferiores que es preciso dominar; y por lo mismo, tanto más inestable y amenazado es su equilibrio y tanto mayor es el riesgo.
El sacerdote quiere casi destruir en sí la materia por medio de la castidad y por eso su riesgo es tremendo.
En este mundo, dice Thibon, dignidad y fragilidad (o sea riesgo) están trágicamente unidas y las más altas realidades vacilan al soplo de la bajeza.
Metafísicamente, por tanto, así como la dignidad del sacerdote es la más elevada del mundo, así su riesgo es el mayor que existe sobre la tierra.
Riesgo del tiempo y de la eternidad, riesgo del honor y de la vida, riesgo de la alegría y de la angustia, de la gloria y de la ignominia.
Riesgo de la soberbia contra la elevación, del cansancio contra la responsabilidad, de la carne contra la castidad, del corazón contra la soledad, de la necesidad contra la pobreza, de la sangre contra el desinterés, de la injusticia contra la dulzura, de la razón contra la fe, del pensamiento contra el misterio.
Quien haya concebido el sacerdocio como el estado más plácido, cómodo y antiheroico, no ha entendido nada del sacerdocio.
Pero, instintiva e inconscientemente, todos han comprendido que es el estado de más riesgo.
¿Por qué tan pocas vocaciones sacerdotales? Porque se siente que en el fondo la vida del sacerdote es la más dura, con el mayor riesgo y el asar más problemático. ¿Es humildad? ¿Es miedo? No quiero decirlo ahora.
Podría ser miedo, aun en este tiempo de heroísmo y de muerte; porque se trata de un heroísmo de otra naturaleza, de un heroísmo de toda la vida.
Pero de esto hablaremos en otra ocasión.
Se requieren por lo tanto, ánimos generosos para afrontar el sacerdocio, pechos acostumbrados al riesgo, corazones que no temen el peligro y vidas avezadas a la lucha.
Así concibió Jesús el sacerdocio: como un alma ante un terrible dilema: El que ame su alma la perderá y el que la pierda por Mi, la salvará.
El buen pastor da la vida por sus ovejas. El mercenario deja que las maten.
Así como es necesario que el grano de trigo corra el riesgo de la muerte, así es necesario que el sacerdote lo ponga todo en peligro, si quiere la fecundidad milagrosa de su apostolado.
En sus misteriosos y sublimes designios, Dios siempre ha tratado de que el sacerdocio se le considere como una misión donde se corre un gran riesgo; y todas las veces que, a través de la historia, ha visto el sacerdocio demasiado seguro y demasiado sereno, ha permitido que sople impetuoso el huracán de la persecución para despertar a los soñolientos.
Ha querido, como dice un escritor, que los sacerdotes, al sentir el miedo de perderlo todo, se esfuercen apasionadamente en conquistarlo todo.

SACERDOCIO Y HEROISMO
Nosotros hemos sido los maestros del heroísmo puro; ha sido el cristianismo el que ha puesto la ecuación: pensamiento igual a vida.
En el paganismo algunos fueron condenados por sus ¡deas, por ejemplo, Sócrates; pero sólo a los cristianos se les ha colocado ante el dilema: o renuncias a la idea o renuncias a la vida.
Y los cristianos, consciente y voluntariamente, renunciaron a la vida.
Sócrates se resignó a la sentencia de muerte; pero no escogió la muerte de su voluntad, no le propusieron una elección y, por lo mismo, no puede llamarse mártir; sólo el cristianismo enseñó el martirio: la muerte como testimonio de una idea.
Al principio, fue quizá algún solitario, especialmente en el pueblo escogido, el que pudo entrever como suprema cumbre el sufrir por una idea; el cristianismo le impuso esto mismo a la masa del pueblo, como un estricto deber, como una simple obligación normal; porque para el cristianismo es obvio y evidente que la idea vale más que la vida, la idea eterna más que la vida efímera.

Cuando la Idea divina y eterna, el Verbo, se hizo carne, quiso una vida humana y ofreció su cuerpo al dolor y su vida a la muerte. Por sus palabras, por sus enseñanzas, llegó a ser claro, evidente, indiscutible que los cristianos sufrieran y murieran por la idea.
Y murieron a miles, intelectuales y gente del pueblo, conscientemente, con la sencillez del que cumple con un deber normal.
Los que vinieron después y murieron por una idea, aun falsa, lo aprendieron del cristianismo, aunque fueran anticristianos.
El cristianismo tiene, a ese respecto, una prioridad histórica y lógica que en adelante nadie podrá discutirle.
Más aún, el heroísmo en la vida del cristiano no puede ser solamente un episodio efímero, un relámpago fugaz y deslumbrante, un instante de abandono y entrega total; sino que debe ser un estado permanente, una exigencia constante, una normalidad cotidiana; porque el cristianismo es sobrenatural y, por lo mismo, el cristiano debe ser sobrehumano, héroe permanente por elección y en la forma más elevada.

Pero si los simples fieles se sustraen más o menos a este deber, sin convertirse por este solo hecho en traidores; el sacerdote no lo puede hacer sin convertirse en apóstata.
Su vida ha sido concebida como heroica por Cristo, por la Iglesia, por cada uno de los fieles, por los amigos y por los enemigos.
Las leyes divinas, eclesiásticas y sociales, han fabricado para él una armadura tal, que sólo los hombros y el corazón de un héroe pueden revestir, soportar y aun amar.
Se les traza una ruta de ascensión tan empinada, por un camino pedregoso tan áspero, flanqueado por abismos de vértigo, con un fardo tan pesado a cuestas y con un equipo tan inadecuado, que sólo un alma embriagada por el heroísmo puede encaminar hacia allá sus pasos.
Virginidad, responsabilidad, vigilancia, fidelidad, éste es el camino; Gloria de Dios, salvación de las almas, propia santificación, ésta es la meta; pobreza, soledad, desprecio, éstos son los medios humanos; este héroe sólo debe contar con medios divinos.

Sin embargo, para entender el heroísmo del sacerdote, se necesitan ojos penetrantes y atentos.
En la actualidad existe el culto de los héroes, pero entre ellos —según el común sentir— no se cuenta a los sacerdotes.
Hoy día, muchos sienten la embriaguez del heroísmo, pero muy pocos aspiran al sacerdocio.
Hay, por lo mismo, un equívoco, o una superficialidad.
Agrada el heroísmo fulgurante del joven que sucumbe despedazado por la metralla; no se comprende el heroísmo continuo de quien da su vida gota a gota, pedazo a pedazo, en un martirio lento e incesante.
Y sin embargo, éste último es más sublime; porque, si es difícil dar la vida en un instante, aunque sea de una manera espontánea o fortuita, es mucho más difícil ofrecerla a cada minuto.
Si el vértigo hace vacilar al héroe que debe mostrarse fuerte sólo un instante, ¿cuánta fortaleza se necesitará para que la debilidad no sorprenda al que debe apretar los dientes, atenacear su corazón y arrastrar su carne hacia el holocausto durante toda la vida?
Tal es la vida diaria de cualquier sacerdote que no quiere ser traidor.
Agrada el heroísmo dramático, clamoroso, solemne, bajo los ojos atónitos del sol, en la luz radiante de la gloria, ante una multitud presente o futura, que conoce o que conocerá, que alaba o alabará, que lo consigna hoy en las crónicas o lo dejará escrito en la historia.
Es el heroísmo que deslumhra la fantasía.
El heroísmo desconocido es más duro; el heroísmo sordo, mudo, ciego, que no puede hablar, que nadie ve y nadie va a narrar, es sobrehumano y lo afronta sólo el que tiene fe; sin fe es absurdo e imposible.

Y el heroísmo que sólo la inteligencia aprecia y el alma entiende es el heroísmo que ha cabido en suerte al sacerdote.
Algún pobre sacerdote de aldea o algún desconocido capellán de la ciudad han luchado más que Héctor, pero no han alcanzado de los hombres una compasión que dure,
... mientras el sol resplandezca
sobre las humanas desventuras;
han sufrido como San Pablo, pero sin su gloria; han llorado como San Pedro, han sido castos como San Luis Gonzaga, más desconocidos que San Alejo, más despreciados que San Benito Labre, más solitarios que un ermitaño; pero la aureola no coronará su pobre cabeza, las campanas no proclamarán su nombre, las multitudes no cantarán su triunfo.
Lo sabían y seguirán repitiéndose con la Imitación de Cristo: Eres lo que eres... y solo Dios es testigo.
Impresiona quizá y agrada el heroísmo instintivo, rápido, instantáneo, como de quien de pronto, más o menos conscientemente, hace la ofrenda de su vida por una causa; en cambio, se disminuye el valor de la entrega heroica meditada, voluntaria, consciente.
Se ha llegado a exaltar al héroe desconocido por encima del héroe que se da cuenta de su heroísmo y de su grandeza; como si el hacerse cargo de las cosas fuera, siempre y necesariamente, cálculo interesado.

Es el clásico error anti-intelectualista que atribuye al entendimiento sólo una mezquina actividad de utilitarismo y de cálculo.
La pasión ciega y arrebatada de los sentidos dicen que es amor; pero si interviene el entendimiento que estima y aprecia, ya no hay amor; es ésta —así lo dicen ellos— la muerte del amor.
Existe toda una estúpida literatura que dice, vuelve a decir y repite esto mismo hasta la saciedad.
Todo lo contrario; la inteligencia es la reina de las facultades del hombre, y, donde no hay entendimiento, ahí no hay amor humano ni religión, sino pasión sensual y fanatismo.
Ni siquiera hay heroísmo verdadero.
Se necesita una actitud consciente para que haya héroes, como también, para que haya santos.
En el sacerdocio no existe el heroísmo instintivo, porque debe ser un heroísmo tranquilo, previsto, aceptado, querido.
El joven debe conocer de antemano la grandeza, la profundidad, el peso del heroísmo que se le pide; debe saborear anticipadamente la amargura de los dolores que le esperan y de las lágrimas que habrá de llorar; debe contemplar su entrega, no bajo las luces bellas pero falsas de la fantasía, sino en la desnuda realidad esencial que se presenta al entendimiento; no debe ser arrebatado sin saberlo, sino que debe querer, dándose cuenta; porque el héroe no es un sonámbulo, sino un hombre cabal y despierto que quiere.

Jesús en Gersemaní, debió prever todos los dolores de su cuerpo y de su alma antes de la Pasión, para que su oblación fuera consciente, para que fuera El la cima inaccesible del heroísmo, el ideal supremo y el lábaro del heroísmo verdadero.
Por eso, toda pasión sacerdotal debe tener la visión de los dolores de Getsemaní.
Lo sé bien, al héroe inconsciente lo exaltan, porque es humilde; pero la conciencia no le quita nada a la humildad del heroísmo sacerdotal. La humildad es el sello auténtico de cualquier heroísmo puro.
Aquí está el secreto y la cima del heroísmo en el sacerdote, que se coloca así por encima de todos los heroísmos.
El heroísmo es un deber cotidiano y ordinario en el sacerdote; por eso ni ante él ni ante los demás aparece como heroísmo.
El heroísmo en el común sentir está ligado a la idea de excepcional y de extraordinario; si no es la excepción, sino lo normal; si no es una hazaña extraordinaria, sino de todos los días, deja de aparecer como heroísmo.
Pero no cesa de serlo.
Lo excepcional no deja de ser tal sólo porque dura a través de los años, lo extraordinario no se disminuye sólo porque dura toda una vida.
Lo único que significa es que toda la vida del sacerdote debe ser heroica, significa sólo que el heroísmo está ligado íntimamente al sacerdocio.
Significa finalmente, que un heroísmo tan sutil y profundo se escapa a la mirada de los superficiales y distraídos, y sólo se dan cuenta las almas profundas y puras, que se sienten arrebatadas por él.

VUESTROS JOVENES TENDRAN VISIONES
Dios prometió la Redención al pueblo hebreo y al mundo entero; la prueba y la señal cierta de que esta redención había llegado sería que los jóvenes tendrían visiones; mientras sus horizontes terminen con la línea que limita la tierra, mientras su cielo se acabe donde vean la última estrella, mientras tengan, en una palabra, sólo estos ojos carnales, que del misterio y de sus vibraciones sólo captan las vibraciones del espectro solar; entonces todavía no habrá llegado la Redención de la humanidad, la Revelación suprema, el Rescate cierto, la Libertad absoluta.
Mientras la humanidad no sepa y no pueda ir más allá, no será libre.
Pero no basta soñar, es preciso ver.
Hay una respuesta profunda de Don Quijote a Sancho: el hidalgo quería que Sancho creyera en sus visiones, pero él, a su vez, no quiere creer en los sueños que le ha narrado el escudero. Sancho, irritado por lo que le parece una insjusticia, le dice: Ha querido su merced que yo le crea, ¿por qué entonces no quiere creer ahora a mí? Responde solemnemente y profundo Don Quijote: Porque tú has soñado, en cambio, yo he visto.
El problema está aquí en ver.

Aun antes del Cristianismo los jóvenes soñaban; pero, son excepción del pueblo elegido, no tenían visiones.
Aun ahora, muchos jóvenes sueñan; pero muy pocos, los santos, los apóstoles, los genios, ven.
El sueño es una gran cosa, especialmente un gran sueño, pero no es la visión; dista tanto de la visión, cuanto dista, y quizá más, de la realidad; porque la visión es la intuición de la única inmensa realidad, de la cual esta realidad terrena no es más que una sombra descolorida e indecisa.
Durante el sueño, el alma se encuentra en un estado crepuscular, en la visión está en el mediodía luminoso de una clarividencia que centuplica su potencia cognoscitiva; como si todo el ser se convirtiera en inteligencia incandescente por la llama profética y por las intuiciones súbitas del amor.

No. hablo aquí de la visión sobrenatural y mística; hablo de la visión, que también es un don de Dios, natural y normal, en el que tiene vocación, o una misión, o un apostolado.
El que sueña no ve otra cosa que a sí mismo, engrandecido, idealizado; a sí mismo como héroe, ilustre, aclamado, amado: el vidente no ve sino su misión, su obra; no ve sino el dedo de Dios que le traza un camino, que le señala una meta, que le impone un trabajo, que le delinea un designio. El sueño está en la fantasía, la visión está en el entendimiento, en la voluntad, en el alma.
El sueño es una esperanza, a veces loca, y tanto más débil cuanto el sueño es más amplio.
La visión es una certidumbre más firme que la propia existencia, más segura que la certeza de las cosas que nos rodean.
El sueño casi nunca se hace verdadero: aun cuando se hayan hecho todos los esfuerzos y tomado todas las cautelas para realizarlo; la visión, si no flaquea la voluntad del que la persigue, se vuelve realidad; al soñador nadie le ha prometido nada, a la visión está ligada una promesa de Dios.
El sueño es informe, impalpable y voluble como el humo que se desvanece; la visión es definida, precisa y concreta.

San José Cottolengo, a quienes trataban de disuadirlo del loco proyecto de abrir otro hospital, tras el fracaso del primero, les describía el grandioso hospital que habría de levantarse con la nitidez, la precisión y los detalles de una cosa vista; y es La Piccola Casa della Provvidenza, que existe hoy en Turín y que alberga como diez mil personas. ¡Ay de nosotros, si no hubiera estos magníficos visionarios! Habría que dudar del Cristianismo.
Pero existen.
Los jóvenes de la promesa divina, los que tendrán visiones, después del incendio de Pentecostés, han sido una multitud innumerable en la Iglesia, y aun hoy existen en los seminarios y en el apostolado.
Los seminaristas ven, como San Juan Bosco, los lobos a quienes hay que transformar en ovejas, a los chiquillos que habrá que cambiar en cristianos; contempla los rostros extraños y desconocidos, los hombres salvajes, vestidos con pieles, que habrá que reunir en cabañas de carrizos y barro.
Aplican sus oídos a la tierra y escuchan, como Teófanes Vénard, los gritos implorantes y las palabras extrañas de los chinos que lo llaman.
Como San Francisco Javier, trazan en el mapa sus viajes de conquista y señalan los límites del imperio de la fe. Contemplan la misteriosa mano que les indica, escuchan el mandato preciso e imperioso y la invitación más irresistible aún que el mandato.

Entre los jóvenes seminaristas y sus coetáneos hay esta diferencia irreconciliable: los jóvenes se sienten los protagonistas de un sueño, el centro de una esperanza, el objetivo de una pasión; los seminaristas saben que son siervos de la misión que han recibido, ejecutores de la visión que han contemplado, pobres actores secundarios de una certidumbre inmensa.
Cuando se comparan entre sí, los seminaristas parecen más fríos, y en realidad son más serenos; como es más sereno el vidente que el sonámbulo, el que sabe más que el que duda, el que posee que el que espera, el que obedece a un mandato sobrehumano y cierto que el que tantea en un camino, el que se mueve en plena luz que el que trastabilla al mortecino destello de un deseo.

Pero no se vaya a pensar por eso que el ánimo y el heroísmo de los seminaristas sea menor, o que el tormento no exista en ellos. Todo lo contrario...
El sueño siempre es seductor, porque viene de la fantasía y del corazón; la visión, que viene de Dios, las más de las veces es trágica,
¿Qué habría soñado un hombre en aquella pacífica noche primaveral de plenilunio, a la sombra de aquellos olivos silenciosos del huerto de Getsemaní?
Pero Jesús no soñó, sino que vio la visión terrífica de un océano de sangre, de un diluvio de pecados, de una Redención llena de dolor.
Y el seminarista contempla con frecuencia la visión cruda de una iglesia pobre, perdida en la montaña, en un pueblo indiferente y hostil; la visión de una jornada solitaria, acompañado sólo de menosprecio e indiferencia.
O bien, la visión de un tugurio sucio y pestilente, de las llagas putrefactas de los leprosos, de una inmensa crujía de tísicos demacrados, como calaveras descarnadas.
Quizá la vista de campos de concentración o de villorrios de deportación.
O finalmente, la certeza, como la tuvo, la esperó, la describió y predijo el Padre Pro, de un pelotón de fusilamiento.
No se sorprendió ni el desaliento o el terror hicieron de él su presa cuando contempló el lugar de su ejecución y a los soldados que lo iban a fusilar: ¡los conocía y los había visto desde hacía tánto tiempo!

La serenidad de los seminaristas de todos los seminarios, de todas las escuelas apostólicas, de todos los noviciados, es la divina y victoriosa serenidad de Cristo, cuando, después de haber contemplado su Pasión y haber sufrido la agonía, se levantó, pálido y sereno, y pronunció: Fiat.
Serenidad a la que se llega después de una agonía, después de un despojo doloroso de todas las cosas, después de una abnegación generosa de sí mismo, sólo movido por la fuerza de un amor imperioso e irresistible.
Dios es leal; por eso a sus apóstoles no les da sueños poéticos, sino visiones reales, desnudas y bellas.
Son las visiones que llenan los años incomparables del seminario, que llenan la capilla vacía, iluminada por la luz misteriosa de la lámpara del Santísimo, que llenan de vida los largos corredores silenciosos, que los abstraen del vasto salón de estudio, donde muchos jóvenes no estudian a veces, porque ven.
Son las visiones que impiden sentir la dureza del lecho, darse cuenta de los alimentos insípidos, sufrir por el reglamento y la severa disciplina.
Visiones en que aparece, en un relámpago repentino, como a San Pablo, el admirable designio de Dios sobre la humanidad, en la Creación, Redención y Santificación; en que se revela el sentido arcano de la historia y de la Providencia, en que se abarca la síntesis que da unidad al universo.
Visiones que transportan hasta los confines de la visión mística, que son un gusto anticipado y un deseo de la visión del cielo.
Visiones que hacen bendecir y añorar los años de seminario, que impulsan al martirio, sea cual fuere, con la atracción de un abrazo de amor.
¿Quién es el seminarista que no las ha tenido?
Son estas visiones, dones y gracias del Espíritu Santo, señal de que ha llegado el tiempo previsto por Joel.

EL RENUNCIAMIENTO
Hemos declarado abierta y solemnemente que somos cristianos, que profesamos, por tanto, el renunciamiento. ¡¡Qué escándalo!!
Los cultos, preclaros y profundos jovencitos universitarios, en una popular revista de París, desde la cima vertiginosa de su sabiduría, juzgan al cristianismo y... hacen lo que pueden (porque juzgan con los pies) y, no pudiendo rasgarse las vestiduras porque usan pantalones, deciden el destierro a Siberia de los heresiarcas.
Sin embargo, contra estas autorizadas condenas y desaprobaciones, nos vemos obligados, con mucho agrado de nuestra parte, a decir que somos amantes del renunciamiento, porque somos seminaristas o sacerdotes.
Diariamente leemos, meditamos, asimilamos palabras de renunciamiento de este calibre: Si alguno quiere venir en pos de Mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame... En verdad os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo,- pero si muere, produce mucho fruto... El que ama su propia vida la perderá y el que odia su propia vida en este mundo, la guardará para la vida eterna. ¿Queremos un renunciamiento mayor?
El seminarista renuncia a la libertad, a la disipación, al holgorio, al teatro, al cine, en una palabra, a todo lo que es el anhelo, el ideal y la alegría de la juventud del siglo XX.
Los sacerdotes renuncian a la familia, a la libertad, a la riqueza, al lucro, a la sensualidad, en suma, a todos aquellos bienes que se consideran como los mejores e indispensables en la vida del hombre.
Pero...

Aquí está el "pero" trastornador, paradójico y revolucionario del divino cristianismo.
El cristianismo renuncia para conquistar, rechazo para ir adelante, niega para afirmar, se despoja para enriquecerse, se vacía para colmarse, se martiriza para gozar, muere para renacer, resucitar y vivir una vida intensa, profunda, eterna cual es la vida de Dios.
El cristianismo renuncia a la tierra en vista del cielo, a la carne por el espíritu, al sentido por la idea, a lá bestia por el ángel, a la criatura por Dios.
Renuncia a la libertad de los sentidos para adquirir la libertad del espíritu, mortifica las pasiones para forjarse una voluntad de acero, crucifica la carne para libertar el alma, martillea los sentidos para hacer saltar la chispa de la idea, punza sus venas para hacer brotar la sangre del heroísmo, estruja su cuerpo para que, sin ese lastre, pueda batir las alas del pensamiento y lanzarse a la conquista del cielo.

El Crucificado, ese modelo absoluto y tremendo de renunciamiento, desnudo y rechazado, abandonado y solitario, lívido y martirizado, es el símbolo sublime y terrible de un conquistador portentoso y arcano.
Lo derrotan, y triunfa; se le rechaza, pero atrae; lo condenan, y perdona y absuelve; carece de todo, pero multiplica sus dones; está sediento, y sacia la sed; martirizado, da salud; despreciado, conquista; cuando muere, da la vida; y el que ha sido sepultado, resucita. ..
Cuando sea levantado de la tierra, todo lo atraeré a Mi; así dijo; y, precisamente cuando fue levantado en la atmósfera ennegrecida y trágica, en el patíbulo infamante, desprovisto de todo y vencido, entonces los hombres se golpearon el pecho y empezó la conquista avasalladora e irresistible.
La cruz del renunciamiento, austera y pobre, se convirtió en el estandarte conquistador del imperio más vasto, que tiene como límites los límites de la tierra.

¿Por qué no quitan la historia de los programas escolares, si los jóvenes estudiantes no saben resolver el misterio histórico de una idea de renunciamiento, que conquista el mundo y lo conquista para siempre?
¡Cuántas otras ideas más seductoras, más fáciles, que embriagan a la juventud, se han inventado! Veuillot dice con ironía que al presente casi se ha agotado el alfabeto de las mayúsculas: Civilización, Libertad, Igualdad, Progreso, Democracia, Aristocracia, Ciencia, Superhombre, etc.
Los hombres se encapricharon con ellas durante dos decenios y después las han tirado en el desván, entre los sillones deshilacliados y los trastos rotos.
¡Lástima! Eran ideas tan bellas, tan brillantes, relucientes, fascinadoras y conquistadoras; pero, quién sabe por qué, todas adolecían del... faltó poco.
Poco faltó para que el protestantismo conquistara todo el mundo, poco faltó para que el ilusionismo invadiera toda la tierra, faltó poco para que la idea democrática avasallara todas las naciones, faltó poco para que el materialismo, faltó poco para que el idealismo... Falta siempre ese bendito poco, y por eso poco, se pierden en la poquedad.
¡Ironía soberana de Dios!

Estamos de parte del renunciamiento, como el cristianismo, porque somos alférez y pioneros de sus conquistas. Nos quedamos desnudos, como San Francisco de Asís, para estar más expeditos, libres, sin estorbos, en las marchas errantes en busca de descubrimientos y de dominio.
No nos detiene ni la carne, ni la sangre, porque renunciamos a ellas; ni el amor, ni los sentidos, porque los hemos negado; ni la casa, ni la familia, porque no la tenemos; ni la vida, ni la muerte, porque renunciamos a la vida, y la muerte para nosotros es una conquista: "Mihi vivere Christus est et mori lucrum. Para mí, vivir es Cristo y morir es una ganancia".
Colguemos la espada en la pared de la Capilla de Montserrat con Iñigo de Loyola, renunciemos a la fuerza para vencer a la fuerza. La más terrible resistencia es la resistencia que no resiste; huye y permanece intacta e intocable, como el pensamiento y el espíritu.
Una bomba es vana e inocua, si estalla donde nada le ofrece resistencia; se deshace en el aire como un cohete de luces.
Esta fuerza es irresistible, porque no resiste; inquebrantable porque es inerme; se fortalece más, a medida que más se renuncia; vence cuanto más cede, porque su poder es la abnegación, la desnudez, el dolor, el martirio y la muerte; porque el secreto de su victoria está en asemejarse siempre más a su divino Jefe, desprovisto y crucificado.

¿Quiénes han conquistado tánto como Francisco de Asís e Ignacio de Loyola?
¿Quién es conquistador aún, actual, presente, trabajador, como los que se negaron totalmente: Benito de Nola, Domingo de Guzmán, Juan Bosco, Teresa de Avila?
Renunciamos al amor sensual, humano, estrecho, para que el corazón se ensanche con el amor sobrehumano de caridad, que ha convertido a los que asi se renunciaron en los más grandes amantes, que han edificado hospitales, abierto orfanatorios y se han sepultado en los lazaretos o en las cárceles.

Renunciamos a la libertad de ver, de oír, de movernos, para conquistar la libertad de pensar y de querer, que es la más elevada e indomable libertad.
Los puros tienen las más grandes, temibles y tenaces voluntades, porque han dominado a los subditos más rebeldes, como son las pasiones; porque han salido victoriosos en la más difícil batalla, que es la de los sentidos; porque se han acostumbrado a todos los renunciamientos, con tal dé avanzar y subir.
¡Más arriba, más solitarios, más libres!
Renunciamos a la conquista de la tierra, porque nos urge, más que nada, el supremo dominio de las almas.
Liberamos nuestras manos de toda posesión, para asir más fuerte y ampliamente el espíritu.
El que no renuncia, no conquista.
Toda elección es un renunciamiento.
El que no renuncia a algo, no escoge, y el que no escoge renuncia a todo o, sin escoger, toma lo peor, lo que está al alcance de la mano, como la sensualidad.
Para el dualismo de carne y espíritu, para esta vida de prueba y de dolor, cada conquista tiene como precio el renunciamiento.
Por eso renunciamos más, para conquistar más; nuestra alma se vacía por el renunciamiento, porque quiere devorar; se despoja, porque está ávida; se niega, porque es enorme.
Nos negamos todo, porque lo queremos todo.
Todo y Nada, es el grito de San Juan de la Cruz: Todo y Nada: son estos los polos entre los cuales gira el alma del sacerdote.
No parte y parte; sino todo y nada.
Almas exclusivistas que se juegan el todo por el todo, que juegan todo el presente por todo el futuro, que apuestan el corazón y la vida con tal de conquistar un Amor infinito y una Vida eterna.

Mons. Francesco Pennisi
Obispo de Raguza

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