jueves, 21 de octubre de 2010

La fe. Su naturaleza. Es un acto del entendimiento.

La fe «sola» no basta para salvarse.

¿No es cierto que Fe es una mera confianza en la fidelidad de Dios que guardará sus promesas?
— Esta doctrina es luterana y va contra la esencia misma de la fe sobrenatural. La fe es una virtud sobrenatural que dispone la mente a asentir libremente, con certeza, a las verdades reveladas, porque Dios las reveló. Es, pues, un acto del entendimiento (I Cor XIII, 12; II Cor X, 5). San Pablo define así la fe: «Es, pues, la fe el fundamento o firme persuasión de las cosas que se esperan, y un convencimiento de las cosas que no se ven» (Hebr II, 1). He aquí cómo explica Santo Tomás esta definición: «Si, pues, la fe es convencimiento, no es opinión, ni sospecha, ni siquiera duda en la que el entendimiento no asiente con firmeza. Decir «de las cosas que no se ven» es decir que la fe no es conocimiento, en el cual la cosa se ve y se conoce. Decimos «fundamento de las cosas que se esperan» para distinguirla de la fe ordinaria, que no dice relación al gozo o al objeto de la esperanza» (2.a 2ae, q. 4, art. 1).
El acto de fe es dirigido por la voluntad bajo la influencia de la divina gracia. La voluntad desempeña aquí un papel importantísimo. San Pablo dice «que para justificarse es menester creer de corazón», es decir, con buena voluntad (Rom X, 10). Jesucristo atribuyó la incredulidad de los judíos a su dureza de corazón y a su dureza de juicio (Marc 3, 5; 16, 13). El acto de fe es meritorio, pues el Señor dijo: «El que creyere se salvará» (Marc 16, 16). Debe ser, pues, un acto libre de la voluntad. Una voluntad sincera se despoja de pasiones, prejuicios y respeto humano, y arremete decididamente con los problemas religiosos en busca siempre de la verdad, sin acobardarse ante los obstáculos que ve atravesados en el camino. Muchos son incrédulos, no por cuestiones de entendimiento, sino porque se mete de por medio del corazón con sus pasiones. Prefieren vivir a sun anchas antes de someterse al yugo de la obediencia.
Tanto el entendimiento como la voluntad necesitan gracia especial de Dios para que el hombre pueda hacer un acto de fe. Jesucristo lo dijo por San Juan: «Nadie puede venir a Mí si el Padre que me envió no le trae» (VI, 44). Y San Pablo a los efesios: «Porque de pura gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no viene de vosotros, siendo como es un don de Dios» (II, 8).

¿No debiera el hombre ser imparcial en su estudio de la religión, sin dejarse arrastrar por el deseo de creer?
— Para responder satisfactoriamente a esta pregunta hay que analizar la palabra imparcialidad. Si por ser imparcial se entiende ser indiferente, respondemos que no es ésa la mejor disposición para entrar en el estudio de los argumentos del Cristianismo. No es bueno dejarse llevar de sensiblerías y emociones; pero es peor plantear el problema religioso como se plantea un problema de Geometría. El que empieza a estudiar el problema religioso no debe perder de vista que del resultado de sus investigaciones dependerá su felicidad o su desdicha en la vida de ultratumba. Hay verdades con las que no se puede jugar, como son, entre otras, la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, la divinidad de Jesucristo, la Redención, la Iglesia, los Sacramentos, el castigo y premio eternos. Y para proceder con paso firme, se necesita desear conocer qué dice la razón y qué enseña la revelación; es decir, que hay que desear creer. Esto no es proceder a ciegas y por puro sentimentalismo, sino obrar prudentemente y juntar con la crítica el deseo sincero de conocer la verdad. El que se haga católico puramente por razones de estética o por emoción no perseverará. Sin motivos sólidos de credibilidad, tales como los milagros, las profecías cumplidas, etc., se carece de aquella certeza moral que nos lleva directamente a creer.

Mi esposa y mis niños son católicos, y los envidio por el fervor con que rezan todos los días, mañana y noche. Yo no tengo fe ni creo que podré tenerla jamás. Siempre que lo he intentado he fracasado. ¿Qué debo hacer? ¿Me condenaré por no hacer lo que no puedo?
— Solamente se condenan los que cierran los ojos a la luz para no ver; los que, conociendo a Dios, le rechazan; los que pecan a sabiendas y no se arrepienten. Ser católico es un don inefable que Dios concede gustosamente a todos los que se lo piden con sinceridad. Ese deseo que usted tiene de creer es señal de que saldrá pronto del estado lastimoso en que al presente se encuentra. Pida usted a Dios el don de la fe e importúnele diariamente, que se lo concederá sin duda. «Cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre —dijo Jesucristo— os la concederá» (Juan XVI, 23). Empiece usted pidiendo perdón por sus pecados, que éstos ciegan a los incrédulos para que, no viendo, no crean. Del Confíteor al Credo no hay más que un paso; arrepentirse es empezar a creer. Dios le dotó a usted de razón con la que puede descubrir fácilmente y probar la existencia de Dios. Lea usted o pregunte a un sacerdote qué argumentos se usan comúnmente para probar la existencia de Dios, y verá qué fuerza tan irresistible tienen. Lea libros de Apologética e Historia eclesiástica, y, sobre todo, lea, verbigracia, Jesucristo, de Grandmaison. Verá usted qué pronto se convence de que Jesucristo fundó una Iglesia, y de que esta Iglesia no es otra que la católica; la única que está fundada sobre la roca de Pedro, la única que perdona los pecados, la única que puede gloriarse de ser Una, Santa, Católica y Apostólica. No espere usted entender los misterios como se entiende un problema de matemáticas; conténtese con creerlos, que sólo así se cumplirán en usted aquellas palabras de Jesucristo: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron» (Juan XX, 29). Dios quiere que creamos con humildad y detesta preguntas como aquella de los judíos: «¿Cómo puede Este darnos a comer su carne?», o como esta de los incrédulos modernos: «¿Por qué un Dios tan bueno hizo un infierno eterno?» Es más seguro cerciorarse si Jesucristo hizo lo que nadie jamás ha podido hacer ni hará, y en tal caso, creer sinceramente en su doctrina. Como dijo el cardenal Newman: «Diez mil dificultades no hacen una duda.»

¿No hay gran diferencia entre la fe de un católico sabio y la de otro sin instrucción?
— No, señor. El teólogo y el apologeta conocen más datos y dominan mejor los principios de Filosofía y Teología, pero la fe de estos sabios es idéntica a la del aldeano más analfabeto. Todos ellos creen en el mismo Evangelio, y por el mismo motivo, a saber, porque Dios lo reveló, y así lo enseña la Iglesia de Jesucristo, divina e infalible.

¿No dice San Pablo que basta la fe para salvarse? Lo dice dos veces por lo menos. «Así, pues, el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley» (Rom III, 28). Y «por consiguiente, siendo justificados por la fe, tenemos paz con Dios por Nuestro Señor Jesucristo» (V, 1).
—Es absolutamente cierto que la fe nos salva, pero no la fe sola, como creyó falsamente Lutero, que interpretó a su capricho el texto arriba citado. San Pablo mismo dijo lo contrario en otros muchos lugares, donde a la fe añade la caridad (Gál V, 6). A Lutero le corrigió con acierto Mohler, que explica así la interpretación católica del texto paulino: «San Pablo está aquí arguyendo a los judíos, que se obstinaban en creer que la ley mosaica había de durar hasta el fin del mundo, y aseguraban que, no necesitando un Redentor, se salvarían con aquella ley sola. San Pablo les replica que no son las obras de la ley (la mosaica) las que nos hacen aceptables a Dios, sino la fe en Jesucristo, que Dios nos da para iluminarnos y santificarnos. El mero cumplimiento de esa ley no aprovecha nada; la fe en el Redentor nos salva.» Se trata, pues, de la ley mosaica, no de la nueva ley que Jesucristo acababa de predicarnos en su Evangelio. Esta nueva ley es tan necesaria para salvarse, que el mismo Jesucristo dijo: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, ése se salvará»... «Y les diré: No os conozco; apartaos de Mí los que obrasteis inicuamente» (Mat VII, 21-23). Se ve, pues, que, además de creer en Jesucristo, es menester no obrar inicuamente.
Lutero y Calvino creyeron que justificación era un proceso puramente externo. Cuando los méritos de Jesucristo se aplican al alma pecadora, ésta no sufre ningún cambio—decían—, ni por eso es el alma mejor; únicamente ha pasado allí que los pecados han sido cubiertos con los méritos de Jesucristo, pero no perdonados en el sentido católico. Esta herejía no puede ser defendida con texto alguno de la Escritura. Según el Concilio de Trento: «Justificación, dice, además del perdón de los pecados, santificación y renovación del hombre interior por la aceptación voluntaria de las gracias y dones; es decir, que el pecador se hace justo, el enemigo amigo, haciéndose así heredero de la vida eterna» (Sess 6, 7). Ni somos reputados justos por una simple ficción legal, sino que, como añade el mismo Concilio, «lo somos real y verdaderamente, ya que se nos da conforme a nuestra capacidad la justicia que el Espíritu Santo se digna conferirnos, según la disposición y cooperación que halla en nosotros. Porque, aunque ninguno puede ser justificado si no es mediante la aplicación de los méritos que nos ganó Jesucristo con su Pasión, sin embargo, esta comunicación tiene lugar en la justificación del pecador cuando, por los méritos de dicha sagrada Pasión, el Espíritu Santo difunde la caridad de Dios en los corazones de los que son justificados, y esa caridad queda inherente en ellos. Por tanto, en el acto de la justificación, el hombre es injertado en Jesucristo y, por Jesucristo, recibe al mismo tiempo remisión de los pecados e infusión de estos tres dones: fe, esperanza y caridad. Porque la fe sin esperanza o caridad, ni une perfectamente al hombre con Cristo, ni le hace miembro vivo de su cuerpo (místico)».
Según San Juan, los efectos de la gracia producida por la justificación son: a) una nueva vida (III, 5); b) liberación del pecado (VIII, 34-36); c) paz celestial, superior a la que da el mundo, y en la cual no hará mella alguna la tribulación de este siglo (XVI, 27).
San Pablo llama a la justificación resurrección del alma (Col III, 1), que nos hace hijos adoptivos de Dios, «herederos de Dios y coherederos con Jesucristo» (Rom VIII, 16-17); más aún, la identifica con nuestra «renovación y regeneración» por el Espíritu Santo (Tito III, 5), y haciendo un, paralelismo entre el primer Adán y el segundo, nos dice que así como por Adán nos viene el pecado original, así por Jesucristo viene la justicia a nuestras almas (Rom V, 19).
La doctrina de Lutero de que «la fe sola nos justifica» fue condenada por el Concilio de Trento por ir manifiestamente contra la doctrina de la Sagrada Escritura. «La fe sin obras es cosa muerta», dijo el Apóstol Santiago (II, 16). Creía Lutero que la fe no era más que una persuasión o confianza de que Dios nos ha perdonado en atención a los méritos de su Hijo. No fue eso lo que nos enseñaron Jesucristo y sus apóstoles, como puede verse por una infinidad de pasajes escriturísticos, donde leemos que fe implica la aceptación de toda la revelación divina, porque Dios es el que revela (Marc I, 15; Luc XVIII, 8; Juan XI, 25-27; Rom III, 22-25; Hebr XI, 6; Efes III, 8-12). Sin la fe, la justificación es imposible, pues la fe es la «raíz de la justificación, el principio y fundamento de nuestra salvación». Pero no basta creer sin más; hay que esperar, arrepentirse y amar (Trento, sess. VI, cap. 6). «Por la esperanza nos salvamos» (Rom VIII, 24). «Haced penitencia y bautizaos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados» (Hech II, 30). «Aunque tuviese toda la fe posible, de manera que trasladase los montes de una parte a otra, si no tengo caridad, nada soy» (1 Cor XIII, 2).

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