lunes, 15 de julio de 2013

MAESTRO, ENSEÑANOS A ORAR

     Respiración del alma ha llamado Pio XII a la oración. Orar, para la pobre criatura, debe ser tan natural y espontáneo como respirar. Tan natural y tan sobrenatural. Sin oración sobreviene la asfixia, la muerte del alma.
     Orar es conversar con Dios. Así, llanamente, amorosamente...
     Orar, definió linda y maravillosamente Santa Teresa, es tratar de amistad a solas con quien sabemos que nos ama... Sólo por la oración se alcanza ese inefable "sentimiento de las cosas divinas" de que balbucean nuestros místicos iluminados e inflamados.
     —Dadnos una definición de la oración, dijeron a la mística Sor Isabel de la Santísima Trinidad.
     —La unión del que no es con Aquel que es...
     Orar es elevarse, es desprenderse de la tierra chiquita y de su atmósfera viciada para subir hasta las alturas de Dios. Cuando tú
oras, caminas hacia el Padre que está en los cielos...
     Orar es desprenderse también de sí mismo —despojarse, diria San Pablo— para revestirse de Cristo y centrarse en Dios.
     Jesús, nuestro modelo, se complacía en orar sobre las montañas, como hacían también los profetas.
     "Para que su oración, dice Sertillanges, sea símbolo de ascensión... Al atardecer, cuando el cielo y la tierra parecen recogerse, Jesús, grave y silencioso, sube a orar sobre alguna montañuela. Abajo, la llanura; sobre las florecillas del sendero va cayendo el polvo de los caminos y El sube a la región amiga de las estrellas, y allá, envuelto en la paz de lo alto, su alma se abre al cielo...
     La Humanidad de Jesús va subiendo, como un copón en que reposa la Hostia consagrada. Jesús entra en lo inefable. Y comienza el dialogo de Dios con Dios; del Creador con el que es Dios y Hombre.
     En el seno de la noche, que hurta a las cosas el color y los contornos precisos, como para sumergirlas en inmensidad y eternidad, Jesús entra también en los dominios inmensos. Su alma se abisma en Dios.
     La tierra, tan pequeña, se ha desvanecido. El oscuro planeta gira a sus pies, inconsciente. Los astros, en su rodar nocturno, lo miran, como servidores atentos a las órdenes de su Amo. Y cantan su gloria en torno a la colina en que Jesús está orando..."
     Jesús ha subido a orar para enseñarnos a subir orando. "Y subió al templo a orar..."
     La oración es un escaparse de sí, rumbo a las alturas, para transformarse en Cristo.
     El hombre de oración se hace pronto hombre de Dios, homo Dei... Se va purificando de lo terreno y revistiendo de lo divino. Aprende a contemplarlo todo desde arriba, a la luz superior de lo eterno. El hombre de verdadera oración no puede ser mezquino. Se acostumbra a lo ancho y a lo alto.
     —"Acercáos a Dios y seréis iluminados..." (Salmo 33).
     —"Tú eres, Señor, el que enciendes mi candela..." (Salmo 17).
     La oración es el grito del débil, del acorralado y del angustiado:
     ¡Señor, apresúrate a socorrerme!
     ¡Sálvanos, Señor, que perecemos!  
     ¡Oh Padre, pase de mí este cáliz...!
     La oración es la súplica confiada y la petición del menesteroso.
     ¡Señor, si Tú quieres, puedes curarme! 
     ¡Señor, que yo vea!
     La oración es la voz de la conformidad y de la resignación ante el querer del Padre:
     Ita, Pater. Así, Padre, porque así te ha parecido...
     La oración es amor y gratitud, alabanza y adoración, dolor contrito y amor jubiloso, como en el gloria in excelsis...
     Grito de mi corazón, aleteo del alma, desbordamiento del espíritu; eso debe ser mi oración.
     Oración es el salterio de David, que ha pulsado todas las cuerdas del sentimiento humano y del amor divino. Y oración es decir: Padre nuestro que estás en los cielos...
     Para orar necesitas un doble proceso: de introspección y de contemplación.
     Primero, ciérrate en tí, sordo y ajeno al mundo chillón y a las cosas llamativas. Y luego pon tus ojos en Dios y la mente y el ser todo... y dialoga con tu Padre.
     Para orar no es necesaria la fórmula impresa, ni el monólogo aburrido, ni las palabras de etiqueta.
     Es simplemente abrir el corazón y dejarlo hablar.
     Y poner el oído y escuchar. "En este ejercicio, advierte el Padre Granada, más nos llegamos a escuchar que a parlar...     —"Oiré lo que habla dentro de mí el Señor (Salmo 84).
     "Y por esto sea todo tu negocio parlar poco y amar mucho..."
     Pero hay unas fórmulas que saben a miel recóndita y suenan a voz entrañable: las preces de la Liturgia. Ora con ellas y te identificarás con el espíritu de la Iglesia.
     Para mi grande, único problema, el de salvarme, necesito la oración. Sin oración, me desquiciaré de Dios, me desgajaré de Cristo. Y quedaría confundido...
     "Es necesario orar siempre y no desfallecer", dijo el Maestro...
     Hay almas—escribe un autor de nuestros días—que para su piedad tienen la táctica de los ratos. Oran a ratos. Y también a ratos pretenden llegar a la santidad. Por eso, dice, hay almas de muchas oraciones, que nunca llegan a ser almas de oración. Pero la oración, como la vida, es una cosa que no se interrumpe, de siempre, como es de siempre nuestra filiación divina.
     Oración continua y perfecta es sentir siempre la dulce necesidad de hacerla. Es convertir el vivir y el obrar en plegaria. Es hacer del corazón una lira de cuerdas siempre tensas para vibrar y consonar a los toques del Espíritu.
     "Porque no sabemos orar como se debe—dice San Pablo—; pero el mismo Espíritu es quien pide por nosotros con gemidos inenarrables..." Y no tendrás oración si no estribas en el magisterio del Espíritu...
     Maestro mío, enséñame la ciencia vital de la oración; toca mi corazón, suene tu voz en mis oídos y abre mis labios para hablar contigo, que tienes palabras de vida eterna.

R.P. Carlos E. Mesa C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

1 comentario:

Ricardo Ruiz dijo...

Hay un dicho que dice, como vives mueres, y otro que leí dice como oras vives ergo cómo oremos es como vamos a morir, hay que perseverar en la oración hasta el final