sábado, 12 de octubre de 2013

DOMINICA VIGESIMO PRIMERA DESPUES DE PENTECOSTÉS

«Et irátus dóminus ejus, tradidit eum tortoribus..."
 (Math. XVIII, 34).

     Insiste una vez más la Santa Iglesia en presentarnos la necesidad que tenemos de la virtud de la misericordia para alcanzarla, a nuestra vez, de Dios Nuestro Señor en el perdón de las culpas que hemos cometido contra su Divina Majestad.
     ¡Y qué hermoso pasaje ha tomado para ello!
     Un siervo que debía al rey diez mil talentos.
     Imposibilidad de pagarlos, en el siervo.
     Orden de que sea venido él y su mujer y sus hijos.
     Plegaria demandando espera.
     Misericordia del rey, que perdona toda la deuda. (Ev.).
* * *
     Contrastando con este hecho tan conmovedor, nos presenta el Maestro al siervo perdonado, a quien un consiervo le debe cien denarios.
     Apenas recibido el perdón de los diez mil talentos,
se encuéntra con el que le debía los cien denarios y le coge por el cuello y casi le ahoga, exigiéndole el pago.
     El deudor ruega, pidiendo espera; pero el siervo cruel le hace meter en la cárcel hasta que le pagase toda la déuda.
     Sabedor el rey de tanta villanía, hace comparecer al perdonado, lo reprende, y le entrega a los atormentadores hasta que pague todo lo que debía. 
     Y concluye nuestro dándonos el siguiente aviso: «Así se conducirá con vosotros mi Padre celestial, si cada tino no perdona a su hermano de todo corazón". 
* * * * 
     Clarísimamente se miran las intenciones de Nuestro Jescristo al exponer la parábola anterior.
     En el rey misericordioso nos quiere representar al Buen Padre que tenemos en el cielo y que nos perdona, cuantas veces vamos a El, arrepentidos, la deuda infinita de nuestros pecados.
     Diez mil talentos nada son si los comparamos con la deuda que contraemos con Dios Nuestro Señor, al cometer un solo pecado mortal. La vida, pasión y muerte de su Hijo quedan pisoteadas por el pecador y éste se halla impotente, con una impotencia absoluta, radical, para otorgar a la justicia divina un desagravio proporcionado a la magnitud de la ofensa.
     No le queda al culpable otro camino que demandar misericordia: pero no es digno de recibir el perdón, si él, a su vez, no perdona a quien le haya ofendido. 
* * *
     Como es tan opuesto este mandato de Cristo Nuestro Señor a la naturaleza corrompida del hombre, el divino Maestro insistió mucho en inculcarlo:
     I. En su primer sermón, entre las ocho bienaventuranzas, nos dijo claramente que sólo «los misericordiosos alcanzarán misericordia». (Math .V, 7).
     II. San Lucas (VI, 38) asegura que cuando seamos juzgados en el divino tribunal, se empleará para medirnos la misma vara que usamos para medir a los demás.
     Y el Hijo de Dios, clavado en la Cruz, quiso darnos el ejemplo pidiendo a su Padre perdón para los miserables que blasfemaban de El y le hacían blanco de sus injurias y de sus odios.
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     Seamos misericordiosos, perdonemos a los que nos ofenden y conquistemos así el derecho de ser juzgados con misericordia el día de nuestra muerte.

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