domingo, 23 de febrero de 2014

Sermón del Domingo de Sexagesima

Continuación del santo Evangelio según San Lucas.
     En aquel tiempo, habiéndose reunido grandísimo concurso de gente de las ciudades, y acudiendo solícitos a Jesús, les dijo esta parábola: Un hombre salió a sembrar su simiente; y al esparcirla, una parte cayó a lo largo del camino, donde fue pisoteada, y la comieron las aves del cielo. Y otra cayó sobre un pedregal, y luego que hubo nacido, se seco por falta de humedad. Otra cayó entre espinas, y las espinas que con ella nacieron la sofocaron. Otra finalmente cayó en buena tierra; y nació y dio fruto a ciento por uno. Dicho esto, comenzó a decir en alta voz: quien tenga oídos para escuchar, atienda. Mas sus discípulos le preguntaron que sentido tenía esta parábola. Él les dijo: a vosotros es dado conocer el misterio del reino de Dios, pero a los demás, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan. He aquí, pues, la explicación de la parábola: la semilla es la palabra de Dios, y los granos sembrados junto al camino, son aquellos que la oyen; mas luego viene el diablo y arranca la palabra de su corazón para que no se salven creyendo. Lo sembrado sobre la piedra, son los que reciben con gozo la palabra cuando la oyen, pero no echa raíces; los que por un tiempo creen, y en tiempo de la tentación retroceden. La semilla que cayó entre espinas, son los que oyeron la divina palabra; pero después queda sofocada por los cuidados y riquezas y deleites de esta vida, y no llega a dar fruto. Mas la que cayo en buena tierra, son los que, oyendo la palabra con corazón bueno y optimo, la conservan y producen fruto por la paciencia.

1. — INTRODUCCIÓN
     El divino Maestro está sentado a la orilla del mar de Tiberiades entre la espesura de laureles. Ha acudido una muchedumbre ansiosa de oír la palabra divina, de todas aquellas villas. El Profeta admirable, para librarse de aquel oleaje humano asciende a una barca y desde ahí comienza a hablar en parábolas. Parábola es lo mismo que comparación; ejemplo, narración alegórica. Generalmente se toma una escena familiar, real, o fingida por el orador para hacer más sugestiva, amena y atractiva la predicación, pues muchos sirven para adorno de la narración, para darle gracia. Estas parábolas pueden desarrollarse como comparación, v. gr. la presente.
     De la misma manera que la semilla que cae sobre un terreno desfavorable, camino, pedregal, suelo espinoso, queda infructuosa y que al contrario, la que es esparcida en tierra buena produce frutos muy abundantes; así la divina palabra que cae en los corazones mal dispuestos, queda sin fruto, mientras que en almas rectas, da resultados extraordinarios.
     Para los palestinenses eran conocidas esas diversas calidades de terreno: ricos, pero cruzados por caminos; pedregosos; plagados de espinas y cardos, con parvadas de golosos gorriones.
     Las parábolas se explican como narraciones alegóricas.

II. — EXPLICACIÓN ALEGÓRICA DE LA PARÁBOLA
     El sembrador es quien quiera que predica la palabra de Dios. Los terrenos sembrados son las almas que han oído dicha palabra. La semilla es la palabra del predicador, el libro bueno, el buen ejemplo, que es invariable y eficaz sí, pero su prosperidad depende de la disposición de las almas.
     La primera clase de oyentes comprende la predicación, pero no pasa de ahí, auditores legis sed non factores: No hacen propósitos, no practican, no reaccionan. El terreno no deja profundizar la semilla por la apatía, la ligereza; no reaccionan; el diablo, como gorrión, la arrebata, se la lleva. 
     ¿Cuántos de nosotros pensamos que con venir a cumplir con el con el precepto dominical de escuchar misa completa los domingos, hemos cumplido? y no hacemos propósitos de ser buenos católicos toda la semana. Una Fe sin obras es una Fe muerte, nos dice Santiago Apóstol. Somos indiferentes al dolor al padecimiento de la Iglesia, y nos conformamos con solo recibir los sacramentos, pero no participamos de las obras de Acción Católica.
     La segunda clase es la de aquellos oyentes superficiales. Entienden la palabra, la reciben con gusto. La semilla se entierro, germina. Sin embargo su raíz, pasando la desligada capa de la tierra, se detiene en la roca impenetrable: así en los oyentes superficiales, la palabra de vida echa raíces efímeras, a la primera contrariedad, tentación, tribulación, persecución, obstáculo, desfallecen
     ¿A cuantos de nosotros nos da miedo declararnos católicos ante los enemigos de Nuestro Señor Jesucristo? acordémonos de sus palabras: "Aquel que me niegue delante de los hombres, Yo lo negaré delante de mi Padre y los ángeles que están en el cielo".
     Le tememos al que dirán, por eso la pobre Iglesia está así en estos tiempos, pues aun los mismos obispos y sacerdotes pasan por estas circunstancias. No cumplimos son nuestros deberes por temor a la contradicción, a la persecución, a la calumnia, a ser considerados necios y locos, o algunos que nos puedan catalogar como ignorantes; pero llegará el momento en que todo sea descubierto.
     La tercera clase comprende los oyentes menos superficiales, en los cuales la palabra germina, crece, pero luego su frágil tallo es sofocado por las espinas que crecen al mismo tiempo que el buen grano. El divino maestro enumera alguna de estas espinas: el cuidado y afán de las riquezas, la seducción del ambiente mundano; el espoleo de los apetitos desordenados, que es más o menos lo que San Juan trae en su primera carta: la concupiscencia carnal, de los ojos y el orgullo de la vida. La seducción de las riquezas es lo mismo que la preocupación y las inquietudes y las injusticias que se cometen por conservarlas y aumentarlas y las voluptuosidades que sugieren y proporcionan. 
     ¿Cuantos nos dominan el deseo mundano, carnal, de honores, y sacrificamos nuestra fe con tal de alcanzar esas metas? Hay actividades de la Fundación de la capilla, de la Acción Católica, y tenemos "mejores" que realizar. Pues tenemos que hacernos de un bien material, de algún dinero, de algún titulo honorifico, universitario, y nos olvidamos que somos católicos.
     La cuarta categoría comprende aquellos que reciben la palabra sobre tierra buena y la hacen fructificar. Esta semilla ni es comida ni se tuesta, ni se pisa, ni se sofoca, porque cae en terreno suave, profundo, generoso, húmedo, sin espinas. Estas son las almas reflexivas, rectas, perseverantes. Adviértase que todavía en las almas buenas los frutos de la palabra de Dios son diversos, ahí también se encuentran disposiciones diversas; Las estrellas difieran en claridad una de otra, dice San Pablo. Y esta hermosa suavidad de flores y frutos, esta escala de disposiciones de las almas forman los pintorescos prados de la Iglesia: mártires, confesores, vírgenes, santas viudas, anacoretas, religiosos, casados modelos: Héroes del cristianismo, y quien cumple simplemente con sus deberes. La Fe unida a la Acción.

Conclusión: — Urge, pues, trabajar y pedirle a Dios que seamos tierra generosa donde la semilla de la palabra de Dios germine, crezca y se corono de frutos de penitencia, de contrición, de amor fraterno d castidad y de toda virtud.
R. P. Manuel Martinez Hernández

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