jueves, 10 de abril de 2014

NOCHE DE REYES

     El mismo espíritu exquisito, el mismo soplo de amor y poesía, penetra las palabras difundidas por la radio difusora de Sevilla, la Noche de Reyes de 1937. Regocíjase Pemán de que no se interrumpa, por el luto de la guerra, la jubilosa cabalgata de Melchor, Gaspar y Baltasar:
     "Vienen los Reyes a Sevilla como todos los años. Esto me produce la alegría de toda tradición que se salva. La alegría de toda cosa que, en estas horas, va quedando otra vez lista, normal y en marcha. Al mismo tiempo que se va haciendo la guerra, hay que ir haciendo la paz: hay que ir dejando hecho, con prisa y sin descanso, tras las fronteras cada día más anchas de la España nueva, un país no sólo normal y engranado, sino hasta con su lujo de fiestas y sonrisas.
     "Se equivocaban, a mi juicio, esos graves varones sin ternura, espíritus de soltería, marxistas del pensamiento, que opinaban que este año, por ser de guerra, no debía salir en Sevilla la tradicional cabalgata de los Reyes Magos. Se equivocaban, como se equivocan todos los que piensan que en estos días de guerra, la vida debe ser cercenada de expansiones y mutilada de alegrías. No. La guerra —y sobre todo esta guerra por un alto ideal— tiene que ser alegre...
     "Hasta los lutos debieran tener un aire distinto... Porque no se muere del todo cuando se muere en la guerra. Están naciendo ahora tantas cosas grandes, que, por muchos que mueran, lo que nace es más que lo que muere; y la hora, más que a responso de difuntos, suena a villancico de Navidad. Las tumbas, en medio del campo, tienen aire de cuna; forma de hoyo abierto para los plantones del nuevo olivar...
     "La tristeza de la guerra, por eso, no acaba de ser del todo triste. Es tristeza de Viernes Santo, palpitante ya de Pascua florida... Velo morado sobre el altar de la patria: pero bien visible sobre él la costura por donde ha de rasgarse en el cercano Sábado de Gloria. La vida que nace de la muerte: la paradoja de la Redención".

     Y añade Pemán que es casi obligatorio salvar para los niños la fiesta de Reyes.
     "No es legítimo llevar la guerra a los cinco o seis años. Es, por el contrario, casi un deber aliviar -del peso de ella a esa generación niña, que es un poco víctima nuestra: de nuestros desaciertos, odios y locuras, que han venido a parar en esta gran tragedia. Hemos- arrullado su infancia con palabras duras y les hemos enseñado, demasiado pronto, a levantar los ojos inocentes para explorar por el cielo, antes que el sol y las estrellas, las asechanzas de la muerte. Antes que a leer, han aprendido a distinguir el cañón de la ametralladora. Han cantado himnos de muerte, antes que las viejas rondas de Mambrú o de la viudita del Conde Laurel... Lo menos que les debemos es una indemnización de juguetes y de ilusiones. Que vengan los Reyes este año. No añadamos a la lista de bajas de la guerra, los tres nombres ilusionados de Melchor, Gaspar y Baltasar.
     "Porque la guerra que mantenemos es santa; pero no es más que un medio para conquistar la paz para nuestros hijos. Los hombres nos estamos peleando por unos cuantos malentendidos, de lo que ellos no tienen la culpa. Nos estamos peleando por lograr una España unificada en paz y amor. Un modo de empezar a vencer, es hacer que esta España una, empiece a vivir ya en la conciencia clara de los niños. Ellos no entienden nada de odios, de separaciones y de banderías. Ellos, por instinto, son todos de un solo partido: ellos son todos nada más que monárquicos de los Reyes Magos".

     Y dirigiéndose a los niños, a los niños pobres de Sevilla, les dice el poeta cómo, aunque dando un sesgo y rodeo, vienen los Reyes de Oriente: "porque el Oriente, niños, anda este año rojo de sangre". "Han tenido que venir un poco de puntillas; disimulándose entre sierras y olivares, como esas baterías camufladas que esconden sus bocas de guerra entre pacíficas ramas de acacias burladoras. Llegan un poco tristes... Y es que por aquel lado de España quedan muchos niños que este año ni saldrán a esperarles ni tendrán juguetes.
     "Pero no los odiéis por eso, niños de Sevilla. Ellos no tienen la culpa... Es la España de los hombres la que está dividida y en guerra. La España de los niños es ya unitaria y totalitaria: en la totalidad de una misma ilusión. No odiéis, pues: compadecedles y amadles, porque ellos han de ser pronto, con vosotros, los artífices de una España nueva, unida...
     "No hay niños rojos. Hay, sí, niños en poder de los rojos; pero nada más. Los niños son todos, en su corazón, requetés de esos desterrados Reyes del Oriente. Tened, pues, niños de Sevilla, un recuerdo cariñoso para esos pobres niños, huérfanos tres o cuatro veces: huérfanos de Dios, de la Patria, de la familia, de los Reyes Magos... Y cuando recibáis vuestros juguetes, apartad uno siquiera, con amor y sacrificio, pensando en ellos..."
     Dulce sentido cristiano, que quiere el sacrificio infantil del juguete por los hermanitos que sufren. Fértil sentido de apostólica hispanidad, que siembra la ternura entre el estallido del odio, que pone la semilla de la paz entre los retumbos de la guerra.
     Y es así cómo José María Pemán —representativo del movimiento— nos hunde en intimidades delicadas que acarician el ánimo y que lo invitan a confortadora meditación.
Alfonso Junco
EL DIFÍCIL PARAÍSO

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