jueves, 26 de junio de 2014

ESPAÑA EN FALSO

HECHOS Y RAZONES
LO QUE NO DIJO EL CARDENAL GOMÁ
LO QUE NO DICE PEMÁN
ORIGINALIDAD DE LO HISPANO

HECHOS Y RAZONES
     No dejan de ser extrañas y dolorosas la prevención, la incomprensión, la acritud con que, aun donde menos fuera de esperar, se enfoca a veces el admirable movimiento español.
     Las falsificaciones con que suele desfigurársele han dejado surco, más o menos hondo, en gentes bien intencionadas pero acaso sin bastante sagacidad y malicia ante los increíbles ardides y añagazas de la propaganda comunizante.

     Franco y los suyos —reiterémoslo— son católicos, y como tales repudian cuanto en el nazismo y el fascismo es repudiable.
Ello ha sido explícita y vigorosamente condenado por Pío XI, y luego, en plena guerra, (febrero de este año) por el cardenal Gomá, arzobispo de Toledo y primado de España. Tanto el Pontífice actual, como el anterior, como el mismo cardenal Gomá, como toda la jerarquía española en pastoral colectiva, al propio tiempo que reprueban cuanto es reprobable en el nazismo y el fascismo, expresan, sin ambages, su alabanza y simpatía para el movimiento español. ¿No resulta claro, entonces, que éste es cosa diferentísima?
     De hecho, cualquiera que conozca las declaraciones de Franco; los discursos del extraordinario José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange; el espíritu del Requeté; los libros de Ramiro de Maeztu, de José María Pemán, de Manuel García Morente, de José Pemartín y otros notables escritores identificados con el movimiento; cualquiera que conozca los hechos vivos de audaz reforma y justicia social consumados por el nacionalismo español, puede saber que éste tiene un espíritu propio, conforme con el tradicional espíritu hispano; que respeta la dignidad de la persona humana; que busca unir la autoridad y la libertad; que abomina de la estado-latría; que quiere un gobierno fuerte, pero nunca tiránico; que con anchura de universalidad supera particularismos de nación y raza; que todo lo satura de savia caballeresca y religiosa.
     De hecho, cualquier persona con mediano olfato puede percibir que el eventual apoyo bélico de Italia y Alemania para el movimiento español, era necesidad o conveniencia recíproca del momento: nunca identificación de doctrinas, ni supeditación de la arrogante España a ninguna tutoría. Esto último ha quedado evidente aun para los ciegos, con la inmediata evacuación de tropas extranjeras en cuanto se consumó la victoria, y con la actitud de dignidad e independencia perfectas que Franco ha ostentado hasta hoy, aun en trances tan agudos y comprometedores como la actual amenaza de conflagración europea.
     Y es visible también para el menos lince, que las alianzas que se imponen, de cualquier lado, por inspiraciones de defensa vital y de internacional equilibrio, no implican comunidad de doctrinas. No la hay entre Inglaterra, Francia y Rusia, que andaban en extravagante consorcio de "democracias"; no la hay entre Alemania y la U. R. S. S., ahora en intempestivo pacto de no agresión; no la hay entre el nazismo y el falangismo hispánico, a pesar de la alianza pasajera ante el amago de un común enemigo. Es yerro tan hondo como divulgado, pensar que estos apoyos circunstanciales, sugeridos o impuestos por urgencias de otro orden, signifiquen comunión de esenciales pensamientos y de sistemas políticos.

     Sorprende y contrista que personas de buena fe y de honrado propósito, se hagan eco de las falacias comunizantes y anden buscando y amplificando, con avidez, algo que empañe o desconceptúe al movimiento español —en el que naturalmente hay fallas y yerros como en toda gobernación humana—, mientras guardan mudez ante los horrores y vergüenzas de los adversarios de Franco: la orgía de incendios impunes, los diarios "paseos” con asesinatos en frío, la oprobiosa ingerencia y casi gerencia stalinista, la feroz anarquía, las checas con tormentos científicos, el robo del oro hispánico, la fuga cobarde, la "azañosa" renuncia desde el extranjero, las indecencias del ''representativo'' Alvarez del Vayo, la postuma querella de Prieto y de Negrín por los dineros... ¿Y estos sistemas y estos hombres merecen simpatía y ditirambo? ¿No ante ellos se explica y siente, de bulto, la natural exasperación de la gente de bien, la urgencia de un sacudimiento de purificación y salvación?

     Quiero hoy señalar, concretamente, dos referencias erróneas que de tiempo atrás vienen repitiéndose, y que han sido prohijadas recientemente en los artículos y la revista de un escritor protestante a quien tengo personal consideración: Pedro Gringoire. 
     Una referencia es al cardenal Isidro Goma; otra, al poeta José María Pemán.

LO QUE NO DIJO EL CARDENAL GOMÁ
     Léese en la aludida revista —''Luminar'', Primavera de 1939—, hablando del eminentísimo Gomá, a quien se trata con irrespetuosa ligereza e incomprensión:
     "Este mismo cardenal fue el que en el Congreso Eucarístico de Budapest afirmó, sin eufemismo alguno: "Tengo el gusto de poder deciros que hasta el presente estamos perfectamente de acuerdo con el gobierno nacionalista, que, por otra parte, no da un solo paso sin consultarme y obedecerme". El fue quien, cuando alguien sugirió, en aquella misma ocasión, la posibilidad de negociaciones para lograr la paz, exclamó: "Se necesita llevar las hostilidades hasta el fin y obtener la victoria por la espada... No puede haber otra pacificación que la de las armas".
     Hasta aquí la revista. Muy otra es la verdad.
     Yo estuve en Budapest durante el Congreso Eucarístico —mayo de 1938— y personalmente vi y oí al cardenal Gomá cuando, ante el breve auditorio de la reunión especial de habla española, pronunció las palabras que aquí aparecen absolutamente deformadas. El cardenal —que no sólo es "eminentísimo" por eso, sino eminentísimo por la virtud, por la sabiduría, por el juicio—, habló con gran sencillez y soltura, sin preparación ni solemnidad, como quien charla en familia. Yo le conocía —muy antes de la púrpura— un librito ágil, substancioso, magistral sobre Tomás de Aquino. Aquí, en persona, me encantaron también su espíritu y su manera.
     Dijo, hablando con católicos y para orientarlos en asunto tan grave y debatido, cómo le constaba la intención católica del movimiento hispano, y cómo en varias ocasiones se habían acercado a él los dirigentes, pidiéndole y siguiendo su sentir en cuestiones entrelazadas con la doctrina. Ni remotamente asentó la transcrita necedad de que el Gobierno "no da un solo paso sin consultarme y obedecerme".
     Tampoco sugirió nadie, en aquella ocasión, la posibilidad de negociaciones. Nadie habló en tal sentido. Dentro de su misma plática, y espontáneamente, dijo el cardenal que se peleaba una batalla decisiva, por ideales básicos que no admitían transacciones y componendas; que éstas no harían sino defraudar el heroico esfuerzo empañado, y traer una situación falsa que al cabo desembocaría en una nueva catástrofe. Por eso juzgaba, como lo juzgaba Franco también, que debía llegarse a una victoria absoluta.
     (Pero no dijo el cardenal que esa victoria fuese precisamente a sangre y fuego: podía ser —pongo yo— por rendición, armisticio, convencimiento, fuga, cansancio, deserción... Ni menos dijo que no hubiese "otra pacificación que la de las armas": explícitamente habló de la espiritual pacificación por el apostolado y el amor).
     En todo mostró el cardenal de Toledo gran sentido común, como mostró también gran sentido cristiano. Porque habló intensamente (y esto se lo callan) del mal tremendo de aquella lucha: la estela de resentimientos y odios. Dijo que el esfuerzo primordial, la tarea más honda y más urgente, debía ser curar las heridas morales de la guerra; abolir rencores, y preparar y cultivar un olvido generoso, un abrazo fraterno de todos en la gran empresa del porvenir. Puso por símbolo la custodia de Arfe —desintegrada por los rojos, reconstruida al dominar los nacionales—, y exhortó a una cruzada así: restauradora, amorosa, unificante, constructiva.
     Es falso, pues, lo que se atribuye al cardenal. Gringoire me conoce, y sabe que mi testimonio es verdadero.

     Descorazona —aunque alecciona— que se hable sin respeto del cardenal Gomá, hombre egregio de veras por mil títulos, y, en cambio, se invoque por "autoridad" que oponerle y se infle con la designación de "gran católico” a un escritor de cuarta fila, ahora entre nosotros. José Bergamín, malabarista de palabras, equivoquista amanerado y sin jugo, tiene —eso sí— el triste mérito de gritarse católico mientras favorece a los comunizantes y vuelca inepcias contra el Sumo Pontífice y la española jerarquía.
     Hay que leer, del cardenal Gomá, inquiera la reciente pastoral de cuaresma (5 de febrero de 1939), para justipreciar la hondura, la claridad, el sosiego y la intrepidez con que el purpurado habla de las cuestiones candentes, reprueba el despotismo en cualquier forma, subraya “la trascendencia del bien común, amenazada por el trabajo tenaz del nacionalismo exagerado y del Estado absolutista"; propugna la inviolable dignidad de la persona humana, "la legítima libertad de asociación", los derechos de la familia, ''superiores y anteriores a los del Estado".
     "Hoy mismo —dice con alusión desembozada—, al tiempo que en algunos países se restaura la doctrina de un Estado con poder absoluto, sin limitación por la moral y el derecho, erigido él mismo en fuente trascendente de todo derecho, en otros se cree todavía en el mito de una absoluta soberanía del pueblo..."
     Ni una cosa ni otra:
     "Una autoridad que viene de Dios cualquiera que sea la forma de régimen que la ejerza, y un deber de conciencia —propter conscientiam— que someta la libertad individual a lo legítimamente ordenado: he aquí la fórmula católica de equilibrio.
''Autoridad fuerte, por parte del poder, dulcificada por el sentido de paternidad que la informe, y que tienda, como el padre de familias, a procurar el máximo bien para los ciudadanos; y sumisión, como a ministros de Dios, por parte de los súbditos.
     "Una autoridad de servicio al pueblo, y un servicio del pueblo a la autoridad, forma y garantía de la sociedad.
     "Así los sacrificios de arriba y de abajo coinciden en un punto de firmeza sobrehumana: Dios, que da el poder y ordena la obediencia.
     "Sólo así se resuelve el difícil problema de la armonía entre el poder y la libertad”.
     Toda la notable pastoral está saturada de la misma esencia. ¿Por qué no conocer y aquilatar este seguro documento, y en cambio acoger ligeramente cualquier rumor no comprobado y tendencioso, probable tergiversación y calumnia, como lo es en este caso concreto lo atribuido al cardenal Gomá?

LO QUE NO DICE PEMAN
     He aquí ahora lo que no dice Pemán, aunque se le incrimina, con estas acres voces, en la propia revista de Pedro Gringoire:
     "Como en los tiempos putrefactos de la decadencia romana, los poetas caen en un éxtasis ante las figuras de los césares y les dedican peanes de un exaltado sabor místico. Véase, si no, esta muestra de un poema que el bardo fachista español, José María Pemán, le canta a Mussolini:
     "Desde entonces señala mi joven derrotero la mirada de un César, claro y semidivino, con un cráneo redondo como un casco de acero y un labio prominente que arremete al Destino, y tras el cual la Roma que semejaba muerta, coronada de flores y de luz estelar, en ademán de Imperio, tiene la mano abierta para coger el viento, la tierra, el sol y el mar".
(En IMPERIO, Buenos Aires, abril, 1939).
     "Quedamos, pues, enterados de que el Duce es un semidios. Y de que su imperialismo no sólo aspira a adueñarse de la tierra y del mar, sino también del aire que respiramos y del sol que nos alumbra. Pero entonces, ¿qué sobrará para que satisfaga sus ambiciones imperiales el partido al cual pertenece don José María?" 

     No puede ser más sin fortuna el comento. Y exhibe ignorancias decisivas.
     I.—Se ignora —y la ignorancia degenera en calumnia— la calidad intelectual y moral de Pemán, hombre limpio y de nobilísima arrogancia.
     II.—Se cree que se trata de un poema que Pemán le canta a Mussolini. No hay tal. Esos versos pertenecen al espléndido Poema de la Bestia y el Angel (Ediciones Jerarquía, Zaragoza, abril de 1938), en que se canta la epopeya española. Bueno es saborear ese Poema y su prólogo, pieza profunda y procer de crítica literaria.
     III.—Se afirma —y es yerro medular— que Pemán dice aquello. No lo dice Pemán. Pónelo en boca de El Aguila de Roma, dentro de un Coloquio simbólico donde intervienen asimismo El Aire, La Nube, El Viento del Este (el cual esboza una loanza del bolchevismo que representa). Es El Aguila de Roma la que habla, no el autor. Habla, después, El Aguila de Germania, y luego replica El Angel Custodio del Imperio Español, diciéndoles:
     "Sin saberlo, vosotros aguardáis mi venida.
     Yo os traigo la palabra de Salud y de Vida que en vuestros pobres labios está a medio decir. Vuestras manos abiertas son tan sólo un deseo: son manos pedigüeñas que imploran caridad.
     Y esas verdades vuestras son como un balbuceo de la inmensa Verdad.
     LAS AGUILAS
     ¿Dónde, entonces, la fuente de esa Sabiduría?
     EL ANGEL
     La verdad que vosotros empezáis a encontrar, hace siglos y siglos que España la sabía; Ignacio, por guardarla, juntó su Compañía; por gozarla, Teresa cuidó su palomar".
     No es, pues, Pemán quien hace la lírica exaltación de Mussolini, sino El Aguila de Roma. Y el Angel de España interviene, señalando a las Aguilas cómo en sus pobres labios está a medio decir la Verdad, la cual es sólo el balbuceo en ellos, como en sus manos abiertas, pedigüeñas, es sólo deseo e imploración.
     Y adviértase, de paso, cómo en pleno fragor de guerra y alianza, el español no toma actitudes serviles, ni siquiera modestas, sino de superioridad, ante la filosofía política de Alemania e Italia.
     IV.—El chiste frío con que acaba la prosa transcrita, queda en pueril incomprensión. Por lo mismo que es obvio que nadie —ya no diqamos el patriota hispano— quiere el absurdo de que Italia nos robe a todos aire y sol, dolando al mundo entero en tiniebla y asfixia, la traducción resulta falsificación: como siempre que el ímpetu inspirado y la anchurosa hipérbole son, con prosaica literalidad, censurados por espíritus angostos y antipoéticos.
     Y no huelga recalcar, ante la reiterada tergiversación, que no existen ambiciones imperiales de España en sentido materialista. La palabra Imperio tiene para ellos sentido espiritual. Así lo ha declarado, rotundamente, Franco. Así lo han escrito muchas veces el propio Pemán y otros dirigentes. Por Imperio designan pujanza que acelere un resurgimiento de cultura y prestigio; ancha confraternidad de los pueblos hispánicos, afianzados y orgullosos en la grandeza de su estirpe.
ORIGINALIDAD DE LO HISPANO
     Lo que Pemán esboza en poesía, acerca del fascismo y el movimiento español, dícelo con todas sus letras, y muy eficazmente, en sus deliciosas Crónicas de antes y después del diluvio. (Valladolid, 1939).
     Escribe en expreso capítulo, que España tiene un compromiso de originalidad, porque lo suyo no es imitación de Mussolini o Hitler, sino cosa sustancialmente diversa; y en otro capítulo, lo sobrehumano y lo antihumano, reprueba todo "fascismo pagano, nacionalista o estatolátrico", y condena, con aquella tajante condenación de antihumano, al fascismo cuya postura ascética no reconoce una motivación ultraterrestre.
     Y no nos despiste —aquí como en otros autores— el uso elástico y genérico de la palabra Fascismo. Como la palabra Imperio, como la palabra Socialismo, como la palabra Democracia, se está prestando a confusiones deplorables. Por barajar y esgrimir esas palabras sin su previa definición cabal, pelean no pocas gentes que en el verdadero fondo tal vez estén de acuerdo.
     Yo prefiero nunca decir fascismo, para lo español, sino exclusivamente para lo italiano; y decir nazismo, siempre y únicamente, para lo alemán. Pero tratemos de entender, en todo caso, el pensamiento vital y los matices de cada quien, sin encajonarnos en las nomenclaturas ni ofuscarnos por los membretes.
     Pemán escribe:
     "Todo fascismo, por lo que tiene de ideología unitaria, requiere un núcleo central de pensamiento, que sea nudo y centro para su cohesión apretada. Mussolini y Hitler tuvieron, con genial intuición, que improvisar estos núcleos mentales para sus movimientos y sus pueblos; tuvieron que sobreexcitar una mística: la del Imperio romano, uno; otro, la de la pureza germánica, racista. En España no tuvo nadie que elaborar nada. La mística del movimiento, el núcleo central y unitario, se lo encontraron todos ahí, vivo y hecho. Al día siguiente de iniciarse el movimiento, todos los pechos, azules o kakis, aparecieron florecidos de cruces, medallas y detentes, y en las papeletas mortuorias de los primeros caídos, no por una consigna de mando, sino por una versión espontánea de algo evidente, escribieron las familias: Muerto por Dios y por España.
     "Ahí estaba ya, con sobriedad de consigna, la mística toda del movimiento. ..
     "Ahora bien: esta consigna quiere decir, como ninguna otra, asimilación y síntesis. La consigna que se hace a nombre de la Nación, la Raza, la Libertad o el Proletariado, quiere decir exclusivismo: porque esos son dioses menores, cuyo reino de radio corto deja fuera necesariamente zonas inmensas del pensamiento y de la vida. Pero la consigna que se hace en nombre de Dios, quiere decir asimilación y encarnación de todos: porque Dios no tiene contrario, y su reino es el único verdaderamente comprensivo y total".
     ¿Está clara la desestimación del exclusivismo, de los dioses menores, de lo que segrega enormes zonas del pensamiento y de la vida?

     Prosigue, con luminosa pupila histórica, Pemán:
     "Por eso la Edad Media, edad religiosa por esencia, es por esencia la edad de la total asimilación encarnadora al eje unitario de una verdad cristiana central. A ella San Francisco asimila la Naturaleza; San Alberto, la Ciencia; Santo Tomás, la Razón. A ella, como a una gran posada, llegan Aristóteles y Averroes, el Occidente y el Oriente.
     Y por eso, finalmente, España que es, en su Siglo de Oro, en cierto modo, Edad Media continuada, edad religiosa, sigue asimilando a ese eje central cristiano todas aquellas cosas que, en los otros países, cuajan fuera de ese eje, en disidencias y heterodoxias. Y así España hace con Loyola, con Cisneros, con Trento, su Reforma; con Fray Luis, su Renacimiento. Fórmulas definitivas de equilibrio y asimilación de las grandes renovaciones de las horas.
     "Así España tiene que hacer ahora su Fascismo, equilibrado, definitivo, sintético. Frente a esta tarea, sería deserción cualquier flaqueza de imitación atropellada; cualquier renunciamiento a su compromiso de originalidad...
     "No es ésta que pido una originalidad forzada, de receta o prospecto: es una originalidad vital que nace, por sí misma, de las condiciones de nuestro pensamiento y nuestra posición histórica.
     "Basta leer con un poco de atención los textos de José Antonio, donde una y cien veces se reniega del posible encasillamiento de la Falange como un movimiento nacionalista; donde a cada paso se define a la nación como una tarea en lo universal; donde se prescribe reiteradamente el respeto a la persona humana, para conocer toda la enorme cantidad de creación original, y de síntesis y equilibrio de los otros materiales europeos, que tiene el pensamiento de esta Cruzada".
     Y aquí Pemán ejemplifica, aludiendo al gran escritor Eugenio D'Ors: "Con decir que en el diario pamplonés, conductor de la idea falangista, ha plantado su tienda —el ya viejo cuadrilátero de su Glosario— el filósofo del Ecúmenos, el intolerante flagelador de la herejía nacionalista, está dicho todo".
     Así escribe Pemán en el capítulo un compromiso de originalidad. A continuación viene el titulado Lo sobrehumano y lo antihumano, donde corrobora y amplía de esta manera:
     "Insisto en lo que decía en el anterior capítulo. Todo fascismo, para justificar su aspereza, su seriedad y su postura ascética, ha de estar relleno de un real contenido sobrehumano. Es decir, religioso. Para despertar ideas de heroísmo, de disciplina férrea, de renunciamiento; para tener presta la vida y la hacienda; para ayunar a plato único cada viernes; para levantar el brazo con absoluta seriedad, es preciso sentirse colocado frente a valores que exceden toda medida humana. Porque, humanamente, lo primero es la vida. Y para mortificarla, macerarla y hasta perderla, es preciso servir a algo que valga más que ella.
     "Todo lo que no sea esto, es forzarlo y falso. Una Falange, sin un hondo contenido religioso, sería un repertorio de gestos excesivos: sería una retórica. Su aspereza, falta de un último sentido, heriría con su roce. Lo sobrehumano, que es esencia de su contenido y estilo, sería sustituido por su reverso y caricatura: lo antihumano.
     "Porque esto, lo antihumano, es el desemboque natural de todo humanismo sin Dios...
     "Un fascismo pagano, nacionalista o estatolátrico, no sería más que un último episodio de ese humanismo sin Dios. Una última religión vacía que querría fingir con las rigideces hieráticas e inhumanas de un estilo, la falta de un real contenido sobrehumano...
     "Pues bien, España, siempre un poco Edad Media continuada, es por esencia el país donde no se perdió nunca ese humanismo cristiano...
     "Nuestro viejo estilo, por lo que tiene de verdadero contenido, posee una llaneza sobria y humana, que nunca debemos perder. Son las adoraciones de los falsos dioses, son las idolatrías, las que necesitan exagerar la liturgia. Es el estilo que se siente inseguro de su contenido, el que disimula con gestos excesivos su vanidad. Es el que se nota falto de contenido sobrehumano el que adopta posturas violentas y antihumanas: rigideces injustificadas.
     "Precisamente porque nosotros teníamos un verdadero concepto sobrehumano de la realeza, tratamos a los Reyes con esa sobria llaneza humana, que admiramos en nuestros clásicos del siglo dieciséis...
     "Por eso nuestra Falange —tan llena de contenido religioso y sobrehumano— puede permitirse el lujo de ser humana. Nada tiene que ser en ella excesivo, porque todo es en ella ordenado y jerárquico. Gesto que alude a un sentido real y último, es suficiente con que sea discreto y moderado. Gesto vacío, que acaba y empieza en sí mismo, que disimula desesperadas vaciedades, que invoca a dioses inseguros de su divinidad, tiene que ser gesto estridente y espectacular".
     No puede ser mas nitido el repudio de lo que hay repudiable en el fascismo y el nazismo. No puede ser tan diáfana la antítesis entre lo antihumano de otros movimientos, y lo sobrehumano del movimiento hispánico.
     En todo lo cual resplandece la injuzgable gallardía española, que, en medio de los apremios de la guerra y las deferencias de la alianza, surge la integridad de su doctrina y la humanidad irreversible de su propio ideal.
Agosto de 1939.

 Alfonso Junco
EL DIFÍCIL PARAISO

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