martes, 15 de julio de 2014

INVITACION AL EXAMEN

   Yo invito a mi querido Pedro Gringoire, como a todos los que están en caso parecido al suyo, a acercarse a la entera realidad de los textos y de los hechos, para justipreciar el movimiento español. Pónganse a un lado pequeñas ironías y ardides controversiales. No se trata de molestar a nadie, ni de a ver quién gana, ni de otras cosas pueriles e inferiores. El ánimo es suscitar un intento leal, hondo, valiente de reconsideración. Porque atacan o desestiman muchísimos a Franco y los suyos, a causa de las deformaciones, insidias y calumnias que ha difundido y martilleado una habilísima propaganda comunizante, amañada por los peores y tragada a veces por los buenos.
     De éstos se trata. No de los servidores de la mentira. No de esos bolchevizantes, sin rango intelectual ni moral, que todavía a estas alturas —tras el pacto comunazi y la rufianesca puñalada de Rusia a Polonia— siguen haciendo argumentaciones en loor de Stalin. Con lo cual ganan título de profesionales de la idiotez.
     Dos hechos concretos de falsificación he mostrado: uno, contra el cardenal Gomá; otro, contra José María Pemán.
     Gringoire —con alguna tenue reticencia como por no dejar, pues su injustificación es obvia— acepta, honrada y decisivamente, mis dos rectificaciones. Noble actitud, que implícitamente borra el agravio inferido a Gomá y a Pemán por lo que no dijeron y por lo que no son.
     Quisiera yo eliminar confusiones, limpiar brumas, y, trascendiendo la equívoca apariencia de las palabras, llegar a la entraña de las cosas. Porque, a menudo, de los equívocos nacen los equivocados. Y para quien quiera, honradamente, acertar, no el vocablo impreciso, la realidad profunda es lo que importa.
     ¿A qué el empeño invulnerable de llamar "fachismo español" al movimiento hispánico?
     La palabra fascismo suscita un conjunto de ideas y aun de prejuicios y pasiones, que deforman la realidad española. Esta se parece al fascismo de Mussolini en el ímpetu constructivo, en el afán patriótico, en la organización corporativa y en otras cosas excelentes. Pero se aparta absolutamente de él, en cuanto repudia sus graves yerros doctrinales: la deificación del Estado, el desprecio a la libertad, la violencia como norma.
     Pues si lo español tiene lo excelente pero no lo pernicioso de lo italiano, ¿para qué designarlo con una misma palabra, a la que mentalmente se asocia la totalidad de las características del fascismo de Mussolini?
     El Estado español no tiene nada que ver, ni con la aberración racista y el neopaganismo de los nazis, ni con la estadolatría y otros excesos de Mussolini y Hitler. Si está, pues, limpio de lo que a éstos enturbia, ¿por qué envararlo sistemáticamente bajo una etiqueta equívoca que le atraiga una condenación que no merece?
     Tampoco es justo designar el alzamiento nacional de España como una simple rebelión militar. Es la tergiversación de siempre. ¿Dónde quedan las portentosas juventudes de Requeté y de Falange; dónde los valientes de Acción Popular y de Renovación Española; dónde la heterogénea, fervorosa, ingente masa social que así en vanguardia como en retaguardia abrazó con extremos de heroísmo la proeza libertadora?
     Menos se explica todavía que llegue Gringoire a insinuar afinidades diciendo: "¿Franco es católico? También lo es Hitler". Lo que equivaldría a decir, en plena persecución: ”¿Capistrán es católico? También lo es Calles”, sólo porque todos estén bautizados. Claro que así se multiplican confusiones. Claro que así nunca se capta la genuinidad de los hombres y de su obra.
     Y siguen los equívocos.
     Para nada hablé yo, como con extraño error sugiere Gringoire, ni de "fachismo católico" ni de ''totalitarismo católico". Cae, por tanto, en el vacío, este ardiente párrafo: "Aplicado a un régimen político, no entendemos eso de totalitarismo católico, salvo que se trate de una teocracia."
     Ni se trata de teocracia, ni hay tal totalitarismo. Después enfocaremos este vocablo, así como el de Imperio, para evidenciar con amplitud en qué sentido y con qué alcance se emplean por los hombres de la España Nueva.
     "Intento repugnante de identificar la religión de Cristo con un régimen político". En esta frase definidora condensa Gringoire la causa de la indignación con que él y otros cristianos distinguidos ven el régimen de Franco.
     Precisemos, y se apreciará cómo toda la indignación queda sin base.
     Absolutamente nadie, ni de parte de la Iglesia Española, ni de parte del Estado español, ha tratado de identificar la religión de Cristo con el régimen de Franco. El cristianismo es cosa sobrenatural, interior, universal, perfecta, que jamás puede identificarse (o sea confundirse y unimismarse) con un gobierno natural, exterior, local, sujeto a imperfección y yerro. Yo no sé que nadie haya caído en la torpeza de tal identificación.
     Todos, a este propósito, estamos de acuerdo con las palabras del cardenal Cerejeira aducidas por Gringoire (y que no pertenecen, por cierto, a una pastoral, sino a un discurso pronunciado por el patriarca de Lisboa en noviembre de 1938). Pero también estamos conformes con otras expresiones correlativas que constan en el mismo notable documento y que Gringoire quizá no conozca, porque tal vez, como en otros casos, sólo tuvo a la vista alguna cita fragmentaria y tendenciosa. Señala, pues, el cardenal, y reprueba, el que algunos parezcan tener menos fe "en el poder divino del Evangelio, que en la eficacia de ciertos medios humanos, legítimos en sí mismos y hasta necesarios en el orden natural, pero absolutamente impotentes para consumar la obra sobrenatural de la Redención humana".
     Y agrega más adelante: ''Lejos de nosotros querer negar el valor del Estado en el desarrollo y defensa de la civilización cristiana. De él depende en mucho el crear las condiciones favorables a la libre acción de la Iglesia. La buena organización y el buen gobierno de la sociedad temporal, constituyen la condición propicia a la difusión e influencia del Evangelio".
     Pues bien: de esto, puntualmente de esto, se trata en España.
     Ante un régimen impotente o cómplice —como se prefiera—, que presidía la propaganda moscovita del odio y del ateísmo; que dejaba crecer y organizarse a ojos vistas la criminal revolución bolchevique —ya pavorosamente ensayada en octubre del 34—; que presenciaba con los brazos cruzados la bacanal de incendios y asesinatos en que perecían hombres y monumentos de valor insigne, se insurgió el verdadero espíritu de España para defender su vida misma, su esencia religiosa y su tesoro de civilización. Llámesele o no guerra santa, su sentido profundo es lo que importa.
     Y luego, el movimiento hecho gobierno se inspira en las normas cristianas, esfuérzase por acatarlas y fomentarlas en la escuela, en el trabajo, en la reforma agraria y sindical, en las cárceles entendidas con sentido de regeneración, en todas las instituciones y relaciones sociales que del Estado pueden recibir influjo y guía. Sin fiar al hecho externo la moción sobrenatural e interior, el gobierno de España hace lo que le toca: poner esos medios humanos, legítimos en sí mismos y hasta necesarios en el orden natural, de que habla el patriarca de Lisboa.
     ¿Qué cristiano puede no ver con respeto y simpatía esta actitud? ¿Qué cristiano, puesto en la disyuntiva, puede preferir el salvajismo ateo de los unos frente al esfuerzo de los otros por defender e impulsar la civilización cristiana?
     Esto no es, ni remotamente, identificar la Iglesia con el Estado, cosa reprobada precisamente por la doctrina católica. Esto no es hipotecarse, ni embobarse, ni no "admitir la posibilidad de una desilusión". Toda cosa humana está sujeta a yerro, a mutación y a desengaño; pero sería injusto y torpe, por la posibilidad de una falla, cerrar los ojos y la admiración a la gloriosa evidencia.
Alfonso Junco
EL DIFÍCIL PARAISO

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