domingo, 19 de octubre de 2014

EXAMEN DE TOPICOS

Lo de García Lorca
Lo de los vascos
Lo de los bombardeos

LO DE GARCIA LORCA
     Federico García Lorcapoeta cuya muerte siento yo bastante más que la casi totalidad de los que la han gritado con ánimo de secta—, estuvo mal buscado como bandera de los rojos.
     Tenía el hombre raíz católica y hasta cantó alguna vez al Santísimo Sacramento. La moral no andaba a gran altura, pero nunca le dio por la irreligión profesional. Amistades literarias principalmente la de Alberti pudieron llevarlo, en los últimos tiempos, a presentarse en tal cual asamblea o fiesta rojiza. Quien lo oyó me dice que en una de ellas recitó García Lorca su romance de la Guardia Civil: parece que no pudieron hallarle cosa más revolucionaria ni avanzada...
     Sobre su muerte corren vaguedades, fantasías, declamaciones. Yo no conozco relato fehaciente, con datos precisos. ¿Estaba García Lorca en su casa o refugiado con algún comunizante? ¿Tomó participación en algún encuentro? ¿Supieron de antemano que era él o cayó anónimamente?
     Mientras llegan, si los hay, datos concretos y esclarecimientos posteriores, reproduzco las palabras con que el general Franco, hace ya muchos meses, habló de la muerte de García Lorca en la entrevista concedida a don Ricardo Sáenz Hayes para La Prensa, de Buenos Aires:
     "En los momentos primeros de la revolución en Granada, ese escritor murió mezclado con los revoltosos: son los accidentes naturales de la guerra.
     "Granada estuvo sitiada durante muchos días, y la locura de las autoridades republicanas, repartiendo armas a la gente, dio lugar a chispazos en el interior de la ciudad, en alguno de los cuales perdió la vida el poeta granadino.
     "Como poeta su pérdida ha sido lamentable, y la propaganda roja ha hecho pendón de este accidente, explotando la sensibilidad del mundo intelectual; en cambio, esa gente no habla de cómo fueron asesinados fríamente, con saña que pone espanto en el ánimo más templado, don José Calvo Sotelo, don Víctor Pradera, don José Polo Benito, el duque de Canalejas, don Honorio Maura, don Francisco Valdés, don Rufino Blanco, don Manuel Bueno, don José María Albiñana, don Ramiro de Maeztu, don Pedro Muñoz Seca, don Pedro Mourlane Michelena, don Antonio Bermúdez Cañete, don Rafael Salazar Alonso, don Alfonso Rodríguez Santamaría (presidente de la Asociación de la Prensa), don Melquíades Alvarez, don Enrique Estévez Ortega, don Federico Salmón, padre Zacarías G. Villadas, don Fernando de la Quadra Salcedo, don Gregorio de Balparda y tantos otros cuya lista haría interminable esta contestación.
     "Queda dicho que no hemos fusilado a ningún poeta".
     El comentario es obvio.
     ¿Qué persona de buena fe puede equiparar o poner en igual plano una muerte aislada, probablemente incidental, seguramente no ordenada ni prevista por las autoridades superiores, frente a la legión de intelectuales matados expresamente, con terco y sistemático designio, ya dentro de las cárceles al cuidado del gobierno azañista, ya en otras circunstancias y formas que salpican de infamia a las autoridades cómplices?
     ¿Y qué género de probidad puede haber en quienes se escandalizan con alharaca ante lo uno y se sumen en obstinada mudez ante lo otro?
LO DE LOS VASCOS
     Paradoja sangrante de la guerra española, fue la unión de muchos vascostradicionalmente católicos y al mando del católico Aguirrecon los rojos incendiadores de iglesias, asesinos de sacerdotes y enemigos de Dios.
     Esta absurda amalgama desconcertó el juicio de no pocos, influyó en la ejemplar desorientación de Maritain y otros extranjeros, y fue sagazmente explotadacon la habitual falsificaciónpor los comunizantes. El sofisma de los vascos entró al tesoro de la propaganda.
     Procuremos fijar, brevemente, los hechos, y esclarecer las sombras con tenacidad acumuladas.
     Los vascosposeedores de vigorosas características raciales—, ocupan cuatro provincias al norte de España: Vizcaya, Guipúzcoa, Alava y Navarra. Ocupan también, en Francia: Laburdi, Benaparoa y Zuberoa.
     La unión de los vascos con España es antiquísima. Vienen con ella identificados, secularmente, en proezas históricas de las que dan sello y gloria a la nación: gestas de la Reconquista, triunfo de Granada, carabelas colombinas... Su grandeza está orgánica e indivisiblemente vinculada a la grandeza de España, en los nombres y empresas de Ignacio de Loyola, de Sebastián Elcano, de Francisco de Vitoria...
     Nosotros, que estamos fuera y carecemos de cualquier interés o pasión, podemos decirlo: un separatismo vascocomo un separatismo catalán es un error suicida.
     Aisladas y como país independiente, estas magníficas regiones vendrían a menos: empequeñecerían absurdamente su posibilidad de influjo, su significación económica, su radio culturaly espiritual; traicionarían, con pueblerina reducción, la magnitud de su pasado y su destino; serían fácil presa de cualquier voracidad pujante. Identificadas con Españadentro de ciertas franquicias que consuenen con su peculiaridad regional—, defienden e intensifican su propia importancia, centrada en la armonía de una patria mayor.
     El problema no se plantea entre separatismo o sojuzgamiento. Se plantea entre separatismofunesta aberración que los patriotas españoles no pueden tolerar—, y libertades regionalesjusto consorcio que los pensadores políticos del catolicismo han levantado siempre por bandera—.
     Inspiradores y maestros del actual movimiento hispano son, en el cercano pretérito, un catalán: el poderoso Balmes; en este siglo dos colosos: Menéndez y Pelayo y Vázquez de Mella, propugnadores decisivos del razonable regionalismo y la descentralización administrativa, dentro de la gran unidad hispánica; y, ya en los inicios del movimiento, el vasco Ramiro de Maeztu, el gallego Calvo Sotelo, el matritense José Antoniotres mártires preclaros de la insania roja—, sustentadores de igual credo político.
     Franco expuso lo propio, con categóricas palabras, precisamente al hacerse cargo de la jefatura del Estado y esbozar su programa de gobierno, el primero de octubre de 1936:
     "La personalidad de las regiones españolas será respetada en sus peculiaridades, respondiendo a la vieja tradición en sus momentos de máximo esplendor, pero sin que ello suponga merma o menoscabo de la más absoluta unidad nacional''.
     Es de sentido común que una autonomía que puede y debe concederse y fortificarse cuando los vínculos de unidad patria son de invencible firmeza, ni puede ni debe propiciarse cuando es simple camino y pretexto de un separatismo antinacional. Y, por desgracia, Aguirre había llegado a tan obcecado extremo, que puesto en la apremíente disyuntiva entre España y Vasconia, gritó en el parlamento: "Mi patria es el país vasco"; y, urgidos a dar un viva a España, él y todos los suyos contestaron con un mutismo estrepitoso.
     Basta un leal traslado del problema para justipreciarlo con lucidez:
     Si en Méjico, un Estado cualquierapongamos Yucatán, que tiene peculiar fisonomía y hasta singularidad geográficaquisiera cercenarse de la patria común, ¿qué nos parecería? ¿Cuál gobernante patriota propiciaría tal separatismo?
     Si en Franciadonde zurdos políticos simpatizaron con vascos y rojoslos vascos franceses quisieran segregarse, ¿lo aceptarían los patriotas de allá? ¿Tendrían por loable esta agresión contra la integridad de la patria francesa?
     Es una de las graves e infinitas mentiras diseminadas por los comunizantes, el que todos los vascos sean separatistas o estuvieran contra el movimiento nacional.
     Prácticamente toda Navarra, tierra de los admirables requetés, estuvo con Franco desde el principio y con heroico fervor. Lo mismo la gran mayoría de Alava. Hablar, pues, de los vascos, sin más, como separatistas o antifranquistas, es falsificación fundamental.
     Tampoco es cierto, por desgracia, que todos los vascos sean católicos. Entre los elementos fabriles de Guipúzcoa y Vizcaya no escasean los rojos: dígalo la furibunda Pasionaria. De los vascos que en 1936 se coludieron, conscientemente, con el Frente Popular y digo conscientemente porque hubo también la ingenua masa engañada—, unos lo hicieron por pasión separatista; otros, por pasión izquierdista.
     Hay, pues, en la propaganda que ha despistado a muchos, una doble falsedad:
     No es cierto que los vascosasí,globalmenteestuvieran contra Franco.
     No es cierto que los vascosasi, sin distingossean católicos.
     La revista francesa Sept, que fue de las desorientadas, poco antes de morir tuvo la nobleza de reconocer su error.
     Aguirre, que sí es católico, llegó a una ceguera detestable. Obsedido por su idea únicael separatismo—, se alió con los frenéticos perseguidores, toleró en la zona vasca irreligiosas abominaciones; pospuso, en suma, al interés político, otros intereses infinitamente más altos, fundamentales y sagrados.
     Quién podría razonablemente creer que, sólo por el señuelo de la famosa autonomía, era lícito pelear a sangre y fuego contra los defensores de la civilización cristiana, y fraternizar con los salvajes ateístas rojos, fortaleciendo así a los conculcadores de toda religión y de toda ética?
     ¿Quién podría sensatamente suponer que, si triunfaban los comunizantes, fueran a respetar la libertad religiosa de los vascos, o que éstos solos hubieran podido luego defenderla con eficacia, cuando a España casi entera le estaba aquello costando angustias de heroísmo y de muerte?
     ¿Quién podría cuerdamente esperar que, si ganaban los rusificados, fueran a mantener con honradez la zarandeada autonomía? ¿No estaba y está patente el sarcasmo de las llamadas repúblicas de la U. R. S. S., tiranizadas por el déspota central?
     Cae ahora en mis manos un libro publicado en Buenos Aires, en 1938. Es su autor el argentino monseñor Gustavo J. Franceschi, publicista de gran reputación y mérito, que en expreso viaje de estudio visitó a España durante la guerra. En el humo del incendio llámase el libro, y trae al final una excelente monografía titulada El movimiento español y el criterio católico. Allí, monseñor Franceschi analiza, con notable vigor, sosiego e información, las objeciones habitualmente repetidas, y refutamuy respetuosa y muy sólidamentea su personal amigo Maritain, que en la revista Criterio, de Franceschi, publicó sus principales yerros sobre la cuestión española; yerrosaclarémoslomás de práctica posición y aplicación, que de actitud doctrinal.
     Tocando la cuestión vasca, deshace monseñor Franceschi la leyenda de que en la zona de los separatistas no hubiera desmanes irreligiosos. Habla de imágenes de la Virgen bestialmente profanadas, de blasfematorios pasquines bilbaínos: "esto lo he visto yo, así como las estatuas del Sagrado Corazón a las que se arrancó los ojos a punta de cuchillo". Cita la Gaceta del Norte que trae "los nombres de cuarenta y siete sacerdotes y religiosos de la sola diócesis de Vitoria, asesinados desde el 24 de julio de 1936 hasta el 18 de junio del año siguiente, lo que demuestra la perseverancia en la inquina". Menciona un escrito que al Cardenal Primado envió el cabildo de la catedral de Vitoria, en que éste atestigua que bastantes iglesias fueron convertidas en "salas de baile y hasta prostíbulos, como las de Ubidea y Ochandiano".
     ¿Podría recomendarse esta complicidad o esta impotencia, ni augurar cosa buena para Euzkadi si hubieran triunfado los bolchevizantes?
     Concluye monseñor Franceschi con estas noticias y reflexiones:
     "Sé muy bien que no debe culparse al pueblo vasco en general. Durante semanas he estado recorriendo sus caseríos y aldeas, y he visto gente sana, frugal, de moralidad altísima y de fe profunda. Hablando con los que saben castellano, he podido convencerme de que quienes eran separatistas no sabían bien a qué correspondía esta palabra, y creían en muchos casos que todo se reducía a conservar su religión.
     "Pero si la gente de las clases modestas carece de responsabilidad en este asunto, recae ella, y gravísima, sobre los dirigentes. El general Franco hallábase dispuesto a mantener el régimen de autonomía administrativa que existía ya, y me consta, por quienes sirvieron de intermediarios, que hizo llegar hasta Aguirre la formal promesa de establecer un sistema de justicia social basada expresamente sobre las encíclicas pontificias. En tales condiciones, una negativa que se traducía en ayuda armada a los extremistas de toda España, no tiene disculpas.
     "El pueblo español, y muy especialmente el pueblo vasco, maldecirán con el andar del tiempo a quienes de este modo han hecho derramar sangre y despedazado su territorio y su raza". 
     Nosotros opinamos igual.
     Ydesnudado el sofisma de los vascos con que la mendacidad profesional de los comunizantes engañó a muchos—, decimos nuestro voto y nuestra esperanza de que se extinga en los espíritus cualquier rescoldo de aberración separatista.
     De que se repudie todo lo que disgrega y empequeñece, para abrazar todo lo que hermana y magnifica.
     De que los vascos requetésgloria de esta cruzada—, de que el vasco Ramiro de Maeztuseñor de la Hispanidad—, sean, a la cabeza de sus hermanos, blasón, señuelo y paradigma de la grandeza indivisible de España.
LO DE LOS BOMBARDEOS
     En Polonia entraron los bolcheviques, cuando ya no había gobierno, para dar garantías. Finlandia fue agresora, y Stalin está ahora ayudándola y favoreciéndola. Tan grotescos cinismos, sarcasmos tan irritantes, dan la medida de la vocación comunista para la propaganda mendaz. Esa misma vocación se ejercitó a costa de España, ante la increíble credulidad de los incrédulos... y de algunos creyentes.
     Descolló entre los tópicos favoritos, el de los bombardeos.
     Los nacionales se entretenían en bombardear inofensivas poblaciones, despilfarrando proyectiles y afanes para matar ancianos, parvulitos y madres de familia...
     La más obvia sindéresis basta para reflexionar y concluir, con el general español Kindelan, jefe de la aviación franquista:
     "Mírese el asunto sin pasión. Supóngasenos, si se quiere, desprovistos de sentimientos humanitarios, y habrá que reconocer, sin embargo, que nuestro interés y nuestro deber nos han de llevar siempre a atacar objetivos militares, y que entre destruir un risueño pueblecito habitado por mujeres, niños y viejos, o causar miles de bajas de tropas en un cuartel o campamento, hemos de preferir lo segundo, como hemos de preferir ver volar por los aires una fábrica de municiones o un depósito de combustible, a destruir una fábrica de muñecas o de paraguas".
     ¿Qué es, entonces, lo que sucede?
     Que los bombardeos aéreos, basados en referencias no siempre exactas, están sujetos a error de noticia; efectuados desde alturas y a velocidades vertiginosas, están sujetos a error de cálculo. Y que, siguiéndose un objetivo estrictamente militar, puede fallar la información o la puntería, y causarse estragos donde no se intenta.
     Esto aconteció desde la pasada guerra mundial, en que el arma aérea se empleópor los propios países que ahora alzaron más escándalo contra Españaprecisamente para alcanzar objetivos alejados del frente de batalla: puertos de aprovisionamiento bélico, vías de comunicación, cuarteles, arsenales...
     Winston Churchill, ministro de Municiones de Inglaterra, decía en un informe del 21 de octubre de 1917: "Nuestra ofensiva aérea debe dirigirse al ataque de las bases y comunicaciones... Cualquier daño que pueda sobrevenir a la población civil a causa de esta operación de ataque, debe ser considerado como incidental e inevitable".
     Otros textos oficiales de igual sentido pueden verse en la obra de H. A. Jones, "The war in the air"editada en Inglaterra—, así como datos de este género: el día de Corpus de 1916, bombardeo de Karlsruhe, ocasionándose 120 muertos y 146 heridos de la población pacífica; el 14 de abril, aviones franceses e ingleses bombardean lo más populoso de Freiburg-in-Breis-gau, sin que conste que se diera a los pilotos objetivo militar.
     No hay, pues, sino calumnia de unos, credulidad o fariseísmo de otros, en las imputaciones a la aviación española. Quienes más se mostraron alarmados ante los bombardeos franquistas, permanecieron mudos ante las millaradas de homicidios sistemáticos en Madrid, y ante los estragos sufridos por los bombardeos rojos sobre Zaragoza, Valladolid, Pamplona, Salamanca...
     Tremenda es el arma aérea; trágicas a menudo sus consecuencias para los no combatientes. Franco, varón de inmaculada rectitud y de humanos sentimientos, se esforzó por ahorrar todo inútil daño, por delimitar el empleo de la aviación guerrera. Espontáneamente, el generalísimo señaló en cada ciudad, en cada puerto, zonas de seguridad. Pero ¿qué hicieron los rojos?
     “Todo el que haya estado en Madriddice un espectadorsabe que a la zona señalada se apresuraron a trasladar cuarteles, depósitos, polvorines y baterías. Barcelona, por su parte, contiene en su casco más de doscientos objetivos militares, señalados ya a la publicidad por la prensa y por los miembros del Gobierno Nacional. Lo mismo sucede en ciudades secundarias, como Figueras, Granollers y otras muchas. E igualmente ocurre con los puertos, que, por lo demás, siempre han sido considerados como objetivos militares, puesto que en ellos se realiza, en la España roja, el desembarque de municiones y material de guerra".
     "A pesar de todo ello, la España Nacional, que sufre como en su propia carne el dolor de la población inocente y los daños materiales de las ciudades y de los puertos sometidos aún a la tiranía marxista, ha presentado al mundo, en documento oficial, dos proposiciones cuya significación y cuyo alcance no han querido ser estimados y medidos como merecen.
     "Una, es la de ofrecer el ejemplo y la experiencia de España, para que se llegue a una delimitación más precisa de lo que constituyen los objetivos militares.
     "Otra, el ofrecimiento de dos puertos de abastecimiento de víveres, uno en Levante y otro en Cataluña".
     Este par de proposiciones oficiales de Franco, pinta la realidad de su espíritu y su conducta.
     Con lo primero, se ahorrarían estragos en la propia España y se fijarían normas futuras, de alcance universal, para seguridad y sosiego de las masas humanas no combatientes
     Con lo segundo, se da un ejemplo verdaderamente único de humanitaria magnanimidad: favorecer la libre entrada de víveres para la población civil. Ni remotamente se pensó en esto cuando se hizo, en la pasada guerra, el bloqueo de Alemania, factor importantísimo de la victoria final; ni se piensa ahora, cuando la esperanza de triunfo de los aliados reposa puntualmente en un aislamiento que lleve al enemigoincluso los pacíficos, las mujeres, los niños, los ancianosal agotamiento por inanición, a la desesperación por hambre.
     ¿Qué sentido de justicia puede haber en quienes vituperan a un jefe que se esfuerza por atenuar los horrores de la guerra, y hace proposiciones generosas que jamás ha pensado hacer ninguno de sus deturpadores?
     La pasión roja es destruir: destruir vidas, destruir bienes, destruir pudores. Destrucción es la huella de su pie. La pasión católica es construir: la zona de Franco era de orden y florecimiento; y ahora, tras el triunfo, hay un ímpetu portentoso de reconstrucción: de las almas y de las cosas.
     José María Salaverría dice, en crónica reciente, que, llegado a Madrid a raíz de su liberación, abatiósele el ánimo ante aquel espantoso cadáver de ciudad y pensó que era imposible soñar en revivirlo: que había que ir a otra parte y pensar en otra cosa. Y que, salido entonces de ahi y vuelto a la metrópoli dos meses más tarde, quedóse estupefacto ante una resurrección que parecía maravilla de cuento.
     Franco veíatodos lo veíamosque el triunfo era suyo, y cuidaba afanosamente las ciudades, las gentes, las riquezas que fortalecerían a la España reconquistada. No iba a destruir porque sí. Esto es de sentido común. Y se confirma por la calidad moral y patriótica que es en Franco evidente para cualquier observador imparcial.
     Los destructores profesionales achacaban su propio espíritu a los constructores. Viendo encima la derrota querían aplazarla con intrigas, contenerla con ajenas intervenciones; al menos, infamar al triunfador.
     Pero la verdad llega siempre. Y pone el letrero que respectivamente les toca, en la frente de los calumniadores, en la frente de los fariseos, en la frente de los crédulos.
Diciembre de 1939.

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