viernes, 28 de noviembre de 2014

SE CONVIERTE OVEJERO

     Los fogonazos de la guerra fueron luz decisiva para el nuevo Saulo. Viene el autoretrato de su retorno en la revista Razón y Fe, de Madrid (septiembre-octubre de 1939). Es una carta que dirige don Andrés Ovejero al P. Francisco Peiró, fechada el 3 de julio de 1939:
     "Hoy he recibido la Comunión... Quise revivir, al término de mi pecadora existencia, la emoción de sus inocentes comienzos. Por eso quise comulgar en una pequeña iglesia, en el Oratorio del Caballero de Gracia, situado frente por frente a la casa donde yo nací. En la casa de enfrente de esa calle vi por vez primera la luz del sol, a las ocho de la mañana, como dice mi partida de bautismo. A la misma hora, en la misa de las ocho, he visto hoy renacer para mí la luz de la verdad.
     "Entre aquellas columnas basilicares que trazó el arquitecto madrileño don Juan de Villanueva al volver de Roma —trayendo acaso en los ojos la imagen de San Pablo extramuros, por entonces en restauración—, entre esas columnas que en la iglesia profanada y saqueada se sostienen en pie, incólumes como un símbolo en piedra de lo imperecedero de las creencias, he dado hoy gracias a Dios, que ha traído a mi alma el apaciguamiento que tanto había menester".
     Va narrando Ovejero las peripecias de su camino y las influencias en su retorno. Dejóle huella siempre la formación espiritual de su juventud. Mas se ofuscó en sus años europeos:
     "En la primera mitad de cada día, todos los museos de Europa abrieron ante mí sus perspectivas estéticas con la saludable alegría de la mañana, y en la última mitad del día los centros obreros de todos los países por mí frecuentados, sumergieron mi pensamiento en lo sombrío de las luchas sociales. Todos los días acababan para mí cavilosamente en alguna reunión proletaria, donde asistía, al caer de la tarde, al crepúsculo de mis creencias..."
     Cuando regresó a España, por 1914, era ya socialista. "El verbo de los grandes propagandistas de Italia, de Bélgica, de Alemania y de Francia me hacía vibrar de entusiasmo. De entre todas esas voces, la que con más elocuencia exaltó mi admiración fue la de Jaurés... En conversación con él creo que fue cuando yo expuse por vez primera la fórmula que repetí después cien veces desde la tribuna: que mi ambición pretendía encontrar, en España y para España, la expresión estética del socialismo científico. Era el producto híbrido y, por tanto, infecundo, de mis museos matinales y de mis mítines vespertinos. (¿Dónde ha ido a parar mi fórmula vana? Lo estético, en los museos saqueados y en los incendiados templos; lo científico, en el descenso de la cultura nacional y en el furor homicida...)

     Al saber la muerte de Jaurés, ingresó Ovejero en el Partido Socialista; veinte años más tarde, la revolución de Asturias vino a rematar la decepción:
     "Yo creía entonces que la Internacional era la paz. No supe ver hasta octubre de 1934, cuando mi conciencia de español y de cristiano me impuso la separación de tan funesta política, que la paz en la tierra no será dable sino a los hombres de buena voluntad, cuando éstos canten angélicamente el glorioso in excelsis.
     "Durante todo ese tiempo, mi espíritu estuvo trabajado por una contradicción interior..
     Después, "cuando, alejado del socialismo, sentía nostálgicamente —¿a qué negarlo?— el vacío del ideal que durante años enteros había llenado mi actividad, el de la justicia social, llegó a mis manos —Dios bendiga las manos que me lo trajeron— un libro que contiene la encíclica Quadragésimo Anno, de S.S. Pío Undécimo. Yo no la conocía. Avergonzado y confuso, he de confesar que el día 15 de mayo de 1931, en que apareció el documento pontificio con sus verdades infalibles, estaba demasiado cerca del 14 de abril de 1931, con las mentiras convencionales de la Segunda República Española... Era por los tiempos en que España iba a dejar de ser católica, tiempos no lejanos de estos últimos en que España ha estado a punto de dejar de ser.
     "Felizmente, el agustiniano Tolle et lege se cumplió una vez más... Son páginas que me parecían escritas para mí, como si Dios viniese a tratar conmigo, en el interior de mi conciencia, los problemas que personalmente me acuciaban... Diríase que el Pontífice, puesto el oído sobre mi corazón, ha auscultado los latidos de mi fiebre...
     Y concluye Ovejero:
     "Estas páginas sí que quisiera yo que las leyesen todos los hombres de buena voluntad. No me reconozco autoridad moral para propagarlas ante los extraviados. He de confinarme en la soledad y reducirme al silencio. Mi corazón está en ruinas. Pero sobre los templos destruidos por la barbarie roja de sangre y roja de incendio, ya se celebra el santo sacrificio de la Misa y se ofrece el pan eucarístico. Yo lo he recibido en un templo que no sirve aún para la solemnidad litúrgica, pero sirve para el Santo Sacrificio. A las almas solas y desoladas como la mía no corresponden las altas misiones, sino los humildes rezos. Pero si, según escribía San Francisco Javier a San Ignacio, oraciones que subían al cielo desde Europa estaban logrando la conversión de otro continente en Asia, hoy percibo claramente que hay mucho que rezar en España para que España, y Europa, y el mundo entero, se salven con una superación de los principios fines nacionales que no sea la de la Internacional del odio y de la lucha de clases, sino aquella que fue el ideal del Papa Pío Undécimo y el lema de su pontificado: La paz de Dios en el reino de Cristo.
     "Ya es, felizmente, unánime en el territorio nacional de nuestra amada patria el grito salvador: ¡Arriba España! Pero es menester que nuestras oraciones suban más arriba todavía".
     El caso y las palabras de don Andrés Ovejero pueden dar luz a muchos espíritus.
     A los cristianos, hacerles palpar el jugo divino que ha vivificado la epopeya española, y trocado, en renovación magnífica, tantas almas.
     A los socialistas de buena fe, recordarles sus propias desorientaciones e ignorancias, y atraerlos al conocimiento directo de la doctrina social católica, donde toda reforma justiciera se nutre, todo generoso ideal se sacia, sin quimeras y sin odios. Con plenitud de ciencia y plenitud de amor.
Diciembre de 1939.

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