lunes, 29 de diciembre de 2014

VENGA A NOSOTROS TU REINO

     La expresión: el reino de Dios, proviene de las páginas del Antiguo Testamento y se ha ido enriqueciendo y saturando de sentido.
     Primero, el reino de Dios significa la dominación temporal de Israel sobre los pueblos rivales.
     En el Profeta Amós designa el reino de la justicia divina, igualmente inexorable para Israel y para sus enemigos.
     En los profetas, es la visión de un mundo trasformado en donde Dios está presente y transfigura las cosas con su presencia.
     En el Apocalipsis, después de una catástrofe cósmica, es la inauguración de un orden nuevo de cosas en que las fuerzas del mal quedan aniquiladas.
     En el Evangelio, es la doctrina de  Cristo, difundida y aceptada entre los hombres. "Se acerca a vosotros el reino de Dios".
     Es la Iglesia, fundada por Cristo y enviada a la conquista de todas las gentes
     Es el señorío de Dios en el alma por la infusión y presencia de la gracia. "El reino de Dios está dentro de vosotros".
     El Padre nuestro, enseñado por Jesús, nos hace pedir el advenimiento del reino de Dios. Que es el reino de verdad, de justicia, de paz y de amor en el mundo.
     Reino de Dios sería toda la vida actual de la humanidad, con su política, su trabajo, su economía, sus diversiones, sus progresos... pero todo ello sin injusticia, sin opresión de los débiles y de los pobres, sin odios, sin guerras, sin desbordamientos de concupiscencias, sin olvido de Dios...
     Reino de Dios sería toda la actividad de los hombres, pero bañada en las virtudes evangélicas; sería el mundo presente, mas purificado de egoísmo, orientado hacia los bienes y los goces eternos...
     Para decirlo todo, este Reino de Dios no se realizará jamás en la tierra en estado puro a pesar de los gritos iracundos de León Bloy.
     El reino de Dios o lo que San Agustín llamó la Ciudad de Dios estará siempre trabada con la ciudad edificada y defendida por el hombre. Y en el mismo corazón de cada hombre existirá siempre la lucha entre las exigencias de la gracia y los reclamos del instinto.
     El reino de Dios padece violencia y solo lo conquistarán los violentos, es decir, los esforzados.
     La posesión del reino de Dios sólo se alcanzará definitivamente en el cielo.
     Pero esta esperanza no debe llevarnos a despreciar el tiempo, la tarea de cada día, la tierra nuestra con sus hombres inquietos y turbulentos. El peso de la eternidad no debe inducirnos a la evasión egoísta del presente, al repliegue sobre sí mismo, a la fuga hacia un bello futuro imaginario. El reino de Dios debe construirse a través de nuestros esfuerzos.
     Y el pensamiento del reino eterno con sus recompensas no puede dispensarnos de trabajar por el mejoramiento de la ciudad terrestre, encuadrada en justicia y en paz.
     El reino de Dios, la doctrina de Cristo, debe encontrar en mi un aprendiz asiduo. Su código es el Evangelio. A sus páginas debo acudir diariamente a estudiar las lecciones de la santidad vividas por el Maestro y enseñadas en su predicación, en las bienaventuranzas, en las parábolas, en los reproches a los fariseos, en las confidencias con los apóstoles, en su cátedra de la Cruz.
     El reino de Dios, la Iglesia, debe tener en mí un militante aguerrido, gozoso de pertenecerle, deseoso de servirle, presto a obedecerle, dispuesto a defenderla y amplificarla, impulsado por el sentido misionero y proselitista. Llegue el reino de Dios más eficazmente a las naciones cristianas. Llegue su noticia y su luz a las gentes de la paganía, desalumbradas y desencaminadas. ¿Qué hago yo por dilatar en el mundo el reino de Dios?
     El reino de Dios, o sea, la gracia, tiene en mi alma exigencias de crecimiento. Es semilla de vida, de vida fecunda y operante, llamada a una consumación en la santidad y a una glorificación en el cielo. El santo es el hombre que le ha sacado a la gracia sus últimas consecuencias. Es el hombre que con el esfuerzo de cada día violentó las puertas del reino y lo arrebató definitivamente.
     ¡Padre nuestro, que estás en los cielos...
     Venga a nos tu reino!
R.P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
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