miércoles, 14 de enero de 2015

José Antonio Primo de Rivera

LA ALTIVA INTEMPERIE
     Aquí, como nunca, el estilo es el hombre. Seguro el pensamiento, la palabra tajante, arrollador el dinamismo, José Antonio Primo de Rivera ama lo directo, lo franco, aun lo abrupto. Despreciador de cautelas y recodos, va a la entraña. Poda, con laconismo militar, la elocuencia: dice, pronto y recio, lo que quiere. Tiene prisa. Marcha a la acción. Pero sabe que la alegría es una fuerza, que la poesía es esencia activa, y un viento de poesía y de alegría sacude, con aletazo varonil, todas sus cláusulas. Siempre en aquella altiva intemperie que es su pasión y su signo.
*
     Llega a Valladolid y habla en el Teatro Calderón el 4 de marzo de 1934. Salúdanlo con aclamaciones. El protesta:
     "Aquí no puede haber aplausos ni vivas para Fulano ni para Mengano. Aquí nadie es nadie, sino una pieza, un soldado en esta obra, que es la obra nuestra y de España.
     “Puedo asegurar al que me dé otro viva, que no se lo agradezco nada. Nosotros, no sólo no hemos venido a que nos aplaudan, sino que casi os diría que no hemos venido a enseñaros. Hemos venido a aprender".

     Cogida, así, admirablemente, la coyuntura, pasa de la agresiva humildad a esta simbólica alabanza en que el artista y el pensador se funden:
     "Tenemos mucho que aprender de esta tierra y de este cielo de Castilla, los que vivimos a menudo apartados de ellos.
     "Esta tierra de Castilla, que es la tierra sin galas ni pormenores; la tierra absoluta, la tierra que no es el color local, ni el río, ni el lindero, ni el altozano. La tierra que no es, ni mucho menos, el agregado de unas cuantas fincas, ni el soporte de unos intereses agrarios para regateados en asambleas, sino que es la tierra: la tierra como depositario de valores eternos: la austeridad en la conducta, el sentido religioso en la vida, el habla y el silencio, la solidaridad entre los antepasados y los descendientes.
     "Y sobre esta tierra absoluta, el cielo absoluto.
     "El cielo, tan azul, tan sin celajes, tan sin reflejos verdosos de frondas terrenas, que se dijera que es casi blanco de puro azul. Y así Castilla, con la tierra absoluta y el cielo absoluto mirándose, no ha sabido nunca ser una comarca; ha tenido que aspirar, siempre, a ser imperio. Castilla no ha podido entender lo local nunca; Castilla sólo ha podido entender lo universal, y por eso Castilla se niega a sí misma, no se fija en dónde concluye, tal vez porque no concluye, ni a lo ancho ni a lo alto”.
     Así, Castilla "nos hace entender cómo fue aquella España que no tenemos ya, y nos aprieta el corazón con la nostalgia de su ausencia".
     Y prosigue:
     "Porque si nosotros nos hemos lanzado por los campos y por las ciudades de España, con mucho trabajo y con algún peligro —que esto no importa— a predicar esta buena nueva, es porque, como os han dicho ya todos los camaradas que hablaron antes que yo, estamos sin España. Tenemos a España partida en tres clases de secesiones: los separatismos locales, la lucha entre los partidos y la división entre las clases".
     Contra esta triple secesión —que penetrantemente analiza en su discurso— predica y quiere José Antonio la España entera, la España total: y este es —¿habrá que repetirlo?— el totalitarismo que proclama: no ningún género de estatismo absorbente ni opresor.
     Si una más alta vocación no le hubiera punzado el espíritu y obsesionado la voluntad, seria de todas suertes José Antonio un escritor extraordinario.
     Lo fue. Pero su estilo excedió la literatura: alentó —y sobrevive— en cosas mayores.
     "Yo creo que está alzada la bandera —concluía en el discurso de fundación de la Falange (octubre de 1933)—. Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que, frente a la marcha de la revolución, creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias, creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que pueda despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación! A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas...
     "En un movimiento poético, nosotros levantaremos este fervoroso afán de España; nosotros nos sacrificaremos, nosotros renunciaremos, y de nosotros será el triunfo...
     Pero agrega con su cruda, antidiplomática franqueza, desdeñadora del oportunismo: "triunfo que —¿para qué os lo voy a decir?— no vamos a lograr en las elecciones próximas. En estas elecciones votad lo que os parezca menos malo. Pero no saldrá de ahí nuestra España, ni está ahi nuestro marco. Eso es una atmósfera turbia, ya cansada, como de taberna al final de una noche crapulosa. No está ahi nuestro sitio. Yo creo, sí, que soy candidato: pero lo soy sin fe y sin respeto. Y esto lo digo ahora, cuando ello puede hacer que se me retraigan todos los votos. No me importa nada.
     "Nosotros no vamos a ir a disputar a los habituales los restos desabridos de un banquete sucio. Nuestro sitio está fuera, aunque tal vez transitemos, de paso, por el otro. Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y, en lo alto, las estrellas. Que sigan los demás con sus festines. Nosotros, fuera, en vigilia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas".
     Este es José Antonio. Este su estilo. ¿No es portentoso que un político hable lenguaje tan impolítico? ¿No es portentoso que su seguridad —con aire entonces de juvenil locura— haya cuajado en triunfo por la ruta prevista y señalada: renunciamiento, sacrificio, militar intemperie, bronca franqueza, alegre poesía?
     Dos años después, clausurando el segundo Consejo Nacional de la Falange —ya habían acontecido los horrores de octubre del 34—, subrayaba lo duro y exigente de la senda elegida:
     Pero por eso —afirmaba— "nos miran cada vez con ojos de mayor inteligencia, estas juventudes a la intemperie que dejaron los sombrajos de la izquierda y de la derecha, porque sabían que allí no se les presentaba, con justificación entera, la ocasión de servicio y de sacrificio...
     ''Y no hay quien nos confunda: tenemos las caras bien limpias y los ojos bien claros. Todos los que vienen a pedir sombra a nuestras banderas para encubrir reminiscencias antiguas, nostalgias espesas de cosas caducadas y bien caducadas, se alejan pronto de nosotros y luego nos calumnian o nos deforman. En cambio, los buenos, los que sirven, desde nuestras filas y desde fuera de nuestras filas, van percibiendo nuestra verdad".
     Invita a los de fuera: Falange "está aquí, en su campamento, de primera línea; está aquí, en este contorno delimitado por las exclusiones y por las exigencias que he dicho, si queréis que vayamos por él todos juntos a esta empresa de la defensa de España frente a la barbarie que se le echa encima”. "Sólo pedimos una cosa...: ir a la vanguardia, porque no nos aventaja ninguno en la esplendidez con que dimos la sangre de nuestros mejores”.
     Queremos "el primer puesto para el servicio y el sacrificio. Aquí estamos, en este lugar de cita, esperándoos a todos... La Falange seguirá hasta el final en su altiva intemperie, y ésta será otra vez —¿os acordáis, camaradas de la primera hora?— ésta será otra vez nuestra guardia bajo las estrellas”.
     Nada de cobertizos ni blanduras. Esta “altiva intemperie" es el estilo de José Antonio. Estilo del orador. Estilo del hombre. Y en la altiva intemperie vive y muere.
     Su testamento corrobora esta heroica desnudez. Ningún aparato de postura o de retórica.
     "Condenado a muerte ayer, pido a Dios que, al llegar a este último extremo, me conceda hasta el fin sufrir dignamente la sentencia, como la sufro...
     ''Que los camaradas que me han precedido en el sacrificio, me acojan como al más humilde de ellos".
     Y hablando de su esencial amor, Falange:
     "Sigo viendo que, después de tres años, la inmensa mayoría de mis compatriotas persiste en juzgarnos sin haber hecho la menor tentativa para comprendernos...
     "Ayer, por última vez, expliqué al tribunal que me juzgaba lo que es Falange. Como he hecho ya tantas veces, presenté y comenté viejos textos de nuestra doctrina familiar. Una vez más pude observar a numerosas personas, hostiles al principio, luego reflejando el estupor que las embargaba, y por último demostrando simpatía. En las facciones de sus rostros me pareció leer esta frase: "¡Si hubiéramos sabido...!"
     Si hubieran sabido, ni ellos estarían allí, ni yo ante el tribunal, ni otros ''estarían ahora apercibidos para matarse en los campos de España". Pero... ya no era tiempo.
     (Lo es ahora, y este "¡Si hubiéramos sabido!" irá repitiéndose —a medida que avance la luz sobre Falange y la epopeya hispana—, por todos los espíritus generosos y limpios).
     Por sí mismo se defendió ante el tribunal, con todos los recursos de su profesión de abogado, José Antonio. No quiso "ganar con fanfarronadas una reputación póstuma de héroe". Porque "siempre habría sido monstruoso y mendaz abandonar sin defenderla una vida que aún podría ser útil y que Dios no me concedió para que la quemase en holocausto de la vanidad, como si fuera de fuegos artificiales".
     Y luego, con su honrada franqueza de valiente:
     "Sin alegría ni orgullo espero mi muerte próxima, ya que nunca es grato morir a mi edad. Mas la acepto sin rebelarme, y que lo que haya de sacrificio en mi actitud, me compense lo que ha habido de egoísmo en buena parte de mi existencia".
     Así escribía, en la prisión de Alicante, el 18 de noviembre de 1936. Dos días más tarde —precisamente el 20 de noviembre, en que acá conmemoramos la Revolución— subía a hacer su guardia en los luceros.
     En los discursos y en el testamento, en la vida y en la muerte, sobriedad poderosa. Impetu domeñado por la razón. Altiva intemperie. Línea escueta y viril. Como el Escorial en que —tres años después del sacrificio— acaba de encontrar tumba de rey.

EL DIFÍCIL PARAÍSO
     Pocos hombres pueden imantar la admiración de los espíritus rectos, varoniles y generosos, como José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española.
     Desampara su bienestar de marqués para pugnar, a costa de los bien-hallados, por una implacable justicia social.
     Suyos son la autenticidad inmaculada, la intrepidez alegre y concienzuda, el rapto de juventud y poesía, la altiva intemperie que busca y ama la dificultad heroica.
     No está con lo que suele llamarse la izquierda; no está con lo que suele llamarse la derecha. "Si el rencor es la consigna del frente revolucionario, simplemente el terror es la consigna del frente contrarrevolucionario... Todos son gritos: "que se hunde esto, que se hunde lo otro". El grito que se da al rebaño en la proximidad del lobo, para que el rebaño se apiñe, se apriete, cobarde. Pero una nación no es un rebaño: es un quehacer en la Historia. No queremos más gritos de miedo: queremos la voz de mando que vuelva a lanzar a España, a paso resuelto, por el camino universal de los destinos históricos''.
     No está ni con los que despedazan escudos ni con los que suspiran por los rigodones palaciegos. No añora la monarquía, aunque respeta a los que virilmente la añoran. Tiene por día de fiesta y esperanza el 14 de abril. Pero se yergue contra aquellos que defraudaron la esperanza que en tal día amaneció, cuajada de fecundas posibilidades.
     "Vosotros recordáis la alegría del 14 de abril, y seguramente muchos de vosotros tomasteis parte en aquella alegría. Como todas las alegrías populares era imprecisa, no percibía su propia explicación; pero tenía debajo, como todos los movimientos populares, muy exactas y muy hondas precisiones... El pueblo español necesita su revolución, y creyó que la había conseguido el 14 de abril de 1931; creyó que la había conseguido, porque le pareció que esa fecha le prometía sus dos grandes cosas largamente anheladas: primero, la devolución de un espíritu nacional colectivo; después, la implantación de una base material, humana, de convivencia entre los españoles".
     Esa radical integración del espíritu hispánico podía esperarse, porque "los hombres del 14 de abril pareció que llegaban por el camino mejor: por el amargo camino de la crítica. Esta era su promesa de fecundidad..." "Y os diré que el patriotismo nuestro también ha llegado por el camino de la crítica. A nosotros no nos emociona, ni poco ni mucho, esa patriotería zarzuelera que se regodea con las mediocridades, con las mezquindades presentes de España y con las interpretaciones gruesas del pasado. Nosotros amamos a España porque no nos gusta. Los que aman a su patria porque les gusta, la aman con una voluntad de contacto, la aman física, sensualmente. Nosotros la amamos con una voluntad de perfección". ¡Estupendas palabras!
     ''El recobrar un sentido nacional y el asentar a España sobre una base social más justa, eran las dos cosas que implícitamente prometía —así lo entendió el pueblo al llenarse de júbilo— la llamada revolución del 14 de abril. Ahora bien: ¿las ha realizado? ¿Nos ha devuelto el gozoso sentido nacional; nos ha vuelto a unir en una misión nacional de todos?... ¿Y en lo social? ¿Se hizo la reforma agraria? ¿Se hizo la reforma crediticia?"
     José Antonio contesta, con hechos, negativamente. Y de ahí su reprobación para los hombres del 14 de abril.
     Luego, hablando de los que entonces (el 19 de mayo de 1935), están "contra el sentido revolucionario frustrado el 14 de abril", señala por una parte a los monárquicos, por otra a los republicanos de Gil Robles. Analiza esas dos actitudes, y de entrambas disiente.
     "No podemos estar en ningún grupo que tenga, más o menos oculto, un propósito reaccionario, un propósito contrarrevolucionario, porque nosotros, precisamente, alegamos contra el 14 de abril, no el que fuese violento, no el que fuese incómodo, sino el que fuese estéril: el que frustrase, una vez más, la revolución pendiente española".
     Lo que Falange quiere es recoger “el espíritu revolucionario español que, más tarde o más pronto, por las buenas o por las malas, nos devolverá la comunidad de nuestro destino histórico, y la justicia social profunda, que nos está haciendo falta.
     "Por eso nuestro régimen, que tendrá de común con todos los regímenes revolucionarios el venir así del descontento, de la protesta, del amor amargo por la patria, será un régimen nacional del todo, sin patrioterías, sin faramallas de decadencia, sino empalmado con la España exacta, difícil y eterna que esconde la vena de la verdadera tradición española; y será social en lo profundo, sin demagogias porque no harán falta, pero implacablemente anticapitalista, implacablemente anticomunista''.
     Ya antes puntualizó con nitidez José Antonio lo que entiende por capitalismo: dominación económica absorbente, que viene a resultar enemiga de la propiedad privada, la cual "es un atributo elemental humano", una “proyección directa del hombre sobre sus cosas".
     Y termina:
     ”Ya veréis cómo rehacemos la dignidad del hombre, para sobre ella rehacer la dignidad de todas las instituciones que, juntas, componen la patria".
     ¿Con qué cuenta para esta jornada?'
     "Tenemos en contra a todos: a los revolucionarios del 14 de abril, que se obstinan en deformarnos y nos seguirán deformando después de estas palabras bastante claras, porque saben que la exigencia de cuentas que representa nuestra comparecencia ante España, es la más fuerte acta de acusación levantada contra ellos; y de otra parte, a los contrarrevolucionarios, porque esperaron, al principio, que nosotros viniéramos a ser la avanzada de sus intereses en riesgo, y entonces se ofrecían a protegernos y a asistirnos y hasta a darnos alguna moneda...
     "Contra los unos y contra los otros, en la línea constante y verdadera de España, atacados por todos los flancos, sin dinero, sin periódicos (ved la propaganda que se ha hecho de este acto que congrega a diez mil camaradas nuestros), asediados, deformados por todas partes, nuestra misión es difícil hasta el milagro. Pero nosotros creemos en el milagro; nosotros estamos asistiendo a este milagro de España.
     "¿Cuántos éramos en 1933? Un puñado. Y hoy somos muchedumbre en todas partes. Nosotros nos aventuramos a congregar, en cuatro días, en este local, que es el más grande de Madrid, a todos los que vienen, incluso a pie, de las provincias más lejanas, para ver el espectáculo de nuestras banderas y los nombres de nuestros muertos.
     ''Nosotros hemos elegido, a sabiendas, la vía más dura, y con todas sus dificultades, con todos sus sacrificios, hemos sabido alumbrar —¿qué sé yo si la única?— una de las venas heroicas que aun quedaban bajo la tierra de España. Unas pocas palabras, unos pocos medios exteriores, han bastado para que reclamen el primer puesto en las filas donde se muere, dieciocho camaradas jóvenes a quienes la vida todo prometía...
     "Y queremos que la dificultad siga hasta el final, y después del final; que la vida nos sea difícil antes del triunfo y después del triunfo.
     "Hace unos días recordaba yo, ante una concurrencia pequeña, un verso romántico: "No quiero el paraíso, sino el descanso", decía. Era un verso romántico, de vuelta a la sensualidad; era una blasfemia, pero una blasfemia montada sobre una antítesis certera. Es cierto: el paraíso no es el descanso. El paraíso está contra el descanso. En el paraíso no se puede estar tendido: se está verticalmente, como los ángeles.
     "Pues bien —concluye José Antonio con la ceñida masculinidad de su elocuencia—: nosotros, que ya hemos llevado al camino del paraíso las vidas de nuestros mejores, queremos un paraíso difícil, erecto, implacable: un paraíso donde no se descanse nunca, y que tenga, junto a las jambas de las puertas, ángeles con espadas".
     Se le cumplió el anhelo. Aquello que sonaba a milagro, cuajó en hechos. Aquel grupo de muchachos que estaba contra todos, se hizo muchedumbre, se hizo victoria, inspira hoy a la España resurgente. Difícil fue el camino, y en él cayó —fusilado a los treinta y dos años, el 20 de noviembre de 1936— José Antonio. Este admirable José Antonio que ahora, en una glorificación como pocas merecida, ha hecho en diez días la jornada de medio millar de kilómetros, sobre los hombros de sus compañeros, desde Alicante hasta el Escorial, donde acaba de consumarse —el 30 de noviembre— su inhumación y su apoteosis. Conveníale —más que a Clemenceau— ser enterrado de pie, para quedar en símbolo vertical, vigilando el "paraíso difícil, erecto, implacable", que él quería y hoy tiene España.
     Difícil paraíso calumniado, al que se oponen incomprensiones y concupiscencias de antitéticos rumbos. Difícil paraíso, que no tiene por menor adversario al. rico y al burgués, que quisieran salvaguardar comodidades y ventajas cuyo severo sacrificio impónese para acaudalar el bien común.
     Triunfó lo inverosímil. Se hizo el milagro. Vívese, con la tónica fatiga de toda ascensión, el "¡Arriba España!" Sigue, tras la victoria —cumpliéndole el gusto heroico a José Antonio— el difícil paraíso.
Diciembre de 1939
Alfonso Junco
EL DIFÍCIL PARAISO

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