viernes, 27 de febrero de 2015

LAS BATALLAS DE LA PAZ

     Precariamente conocemos la realidad de la España resurgente. Aun nuestros mejores diarios tienen escasos servicios informativos do allá, y leyes, y documentos y sucesos de capital importancia quedan en penumbra. Así, por ejemplo, apenas hay quien conozca el substancioso, excepcional discurso radiado el 31 de diciembre último por el jefe del Estado español.
     Discurso en que resplandece la varonil franqueza de Franco. Una franqueza y una hombría en desuso. No el velo color de rosa y el habilidoso halago con que suelen los políticos disfrazar yerros, lisonjear pasiones, prometer maravillas y seducir masas, sino la austera exactitud de la verdad y el llamamiento a la dura tarea de la reconstrucción, de la rectificación, de la superación.
     Encárase el gobierno español con los ingentes problemas que son cauda forzosa de toda guerra; además, con el desajuste de la balanza económica, que de atrás venía y que tuvo que agravarse por las obligaciones de la lucha, por la imprevisión y crimen de los rojos que no sembraron en su zona, que multiplicaron asolamientos innecesarios y que consumaron el gigantesco atraco del tesoro español; y, finalmente, con la gran tarea de justicia social, que es alma decisiva del movimiento, y que suscita las resistencias de siempre.
     Porque —contra la inepcia repetida por los que ignoran o los que calumnian—, el gobierno de Franco nada quiere con favoritismos y privilegios. Está exigiendo sacrificios y generosidades a los de arriba, para mejorar y levantar resueltamente a los de abajo. Todo sin demagogias, pero sin contemplaciones.
     Empieza el caudillo:
     "Españoles:
     "La guerra de liberación ha planteado a España problemas de magnitud sin precedentes: ingentes destrucciones materiales, valores espirituales aniquilados, un sistemático despojo de bienes económicos públicos y privados, y una unidad amenazada por los residuos de un sistema político con sus grupos y sus banderías.
     "La derrota de los marxistas había forzosamente de dejar en el cuerpo nacional fermentos de disolución y rebeldía entre esa masa de enemigos vencidos, de cuya moralidad y patriotismo es exponente aquel acaudalado cabecilla marxista que públicamente patrocinó el abandono a los nacionales de una patria despojada y en ruinas.
     "Un imperativo de justicia, impone, por otra parte, no dejar sin sanción los horrendos asesinatos cometidos, cuyo número rebasa al de cien mil; como sin corrección a quienes, sin ser ejecutores materiales, armaron los brazos e instigaron al crimen, creándonos así el deber de enfrentarnos con el problema de una elevada población penal, ligada con vínculos familiares a un gran sector de nuestra nación.
     "En contraste con todo ello, se destaca la energía que nuestro pueblo ha revelado en la cruzada, y su voluntad de bien patrio, lo que nos permite mirar serenamente el porvenir, augurando el resurgimiento español de que es tierra básica la realización de la revolución económico-social que España espera hace más de un siglo.
     ”La guerra, con sus inseparables consecuencias, fue el único camino de redención que a España se ofrecía, si no quería sumirse por siglos en el abismo de barbarie y anarquía en que hoy, desgraciadamente, se debaten otros pueblos mártires del nordeste europeo".

    Es natural que España tenga que "pasar hoy por un período de escasez y de limitaciones", lo cual se explota insidiosamente por los enemigos; pero "los sacrificios de nuestra nación son ínfimos, en relación con los que alcanzaron a otros pueblos” que sufrieron los estragos de una guerra. Así, "Rusia, que pasó una revolución de igual signo que la que asoló a España, padeció durante muchos años horrendas mortandades, causadas por el hambre; otros pueblos de Europa, análogamente, conocieron penalidades sin cuento. ¿Qué son nuestras pequeñas dificultades comparadas con las de ellos?"
     Y el general Franco, tal como lo hizo desde el propio día de la victoria, encarece a los buenos españoles que se fortalezcan y aperciban "para estas batallas de la paz".
     Con generosa elevación de miras, con ancha visión de las cosas, Franco no achaca toda la culpa a los vencidos, no obstante sus responsabilidades gigantescas:
     "La mayoría de los españoles ignora cuál era la vida económica de la nación antes del Movimiento, a qué cifras monta el importe de la alimentación de nuestro pueblo. Una muestra tenéis en que, con todo el oro de la nación, el cuantioso robado a los particulares y con crédito abierto en las principales naciones, los rojos no pudieron, durante sólo tres años, mitigar el hambre del pueblo que sojuzgaban.
     "Además, es necesario conozcáis, para que os deis cuenta de la magnitud del caso, que las vandálicas destrucciones rojas, con el robo y desaparición del tesoro español y de tantos bienes nacionales, con ser tan graves, no encerrarían tanto daño si nuestra economía anterior hubiera sido fuerte y no sufriésemos las consecuencias de varios lustros de abandono".

     Después de lo cual, pasa Franco revista minuciosa al problema económico, al desnivel de exportaciones e importaciones, a la firme posibilidad de rectificación. Todo sin eufemismos con un sentido exacto de las realidades, con un propósito concienzudo, científico y audaz de reforma. Se está trabajando y se trabajará encarnizadamente, por que España produzca —en el campo, en la fábrica, en el subsuelo— todo lo que puede y debe producir para bastarse a sí misma, depender lo menos posible del mercado exterior y volver favorable su balanza económica.

     Dos ejemplos del magno problema creado por la inconsciencia roja.
     El trigo. "El consumo normal de trigo de España es de cuarenta y un millones de quintales. Al ocupar la zona roja y encontrarla vacía, tuvimos un déficit, hasta empalmar con la cosecha, de cuatro millones de quintales, que importamos del extranjero con los consiguientes sacrificios económicos. La falta de siembra en la zona roja nos causó un déficit, para el año agrícola en curso, de diez millones de quintales más". Es forzoso importarlos, con enorme gravamen para el pago de la semilla y de los transportes.
     Porque éste es otro grave capítulo. Aparte de la voladura sistemática de los puentes y la destrucción ferroviaria, hubo "la huida por la frontera pirenaica de todo el material automóvil de la región catalana, del que sólo recuperamos, en estado lastimoso, una mísera parte; el robo y entrega a Rusia de una parte importante de nuestra flota mercante, que asciende a 48,000 toneladas, en poder todavía de los bolcheviques; los barcos perdidos en los puertos que fueron rojos, de los que en ocho meses llevamos salvadas más de 48,000 toneladas, con un valor actual de doscientos millones, obra admirable de nuestra Comisión de Salvamentos”.
     ¿No es punzante que los que destruyeron y corrieron, dejando a su patria en ruinas, mientras ellos usufructúan en el extranjero robados caudales, se atrevan todavía a salpicar imputaciones contra quien está afrontando y resolviendo heroicamente los problemas que ellos crearon?
     Pero no hay miedo.
     "En esta situación y con esta penuria de medios, España está salvando la crisis más grande que ha sufrido ningún pueblo, sin hipotecas y sin claudicaciones.
     "Para coronar esta obra es necesaria la colaboración de todos los buenos españoles, con un espíritu de servicio y de sacrificio.
     "Mas este espíritu de sacrificio es necesario que no pese sobre los menos dotados, sino, al contrario, sobre los que tienen qué sacrificar".
Alfonso Junco
EL DIFICIL PARAISO

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