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miércoles, 29 de septiembre de 2010

La Dedicación a San Miguel Arcangel

La fiesta de san Miguel, arcángel. 29 de septiembre
Patrono Principal de la ciudad de Guadalajara, Jalisco.
Celebra hoy la santa Iglesia fiesta particular, no sólo de san Miguel que es el príncipe de toda la milicia celestial, sino también en honra de todos los santos ángeles. Estos soberanos espíritus, cuya muchedumbre excede, como dicen algunos doctores, al número de las estrellas del cielo y de las gotas del mar y de los átomos del aire, fueron criados antes que todas las criaturas o con las primeras de todas, y son incorruptibles e inmortales. Su inteligencia entiende sin discurso todas las cosas que naturalmente se pueden saber: su voluntad es tan constante que, según dice santo Tomás, nunca se aparta de lo que una vez escogió; su memoria nunca se olvida de lo que una vez aprendió; su poder es grande sobre toda fuerza de la naturaleza corpórea, y su agilidad es tan admirable, que no hay velocidad en la tierra ni en los cuerpos celestes que con la suya pueda compararse. Enseña el doctor angélico que no hay ningún ángel que no difiera en especie de todos los demás; y con todo, están distintos en tres jerarquías, suprema, media e ínfima, y cada jerarquía dividida en tres coros, como se saca de las divinas Letras y santos doctores. En la suprema jerarquía hay tres órdenes: Serafines, Querubines y Tronos; en la segunda hay tres coros, Dominaciones, Virtudes y Potestades; en la tercera, Principados, Arcángeles y Angeles. Llámanse todos estos soberanos espíritus con el nombre de ángeles, porque como dice san Pablo, son ministros del Señor para bien de los que han de heredar la bienaventuranza eterna. Todos ellos están vestidos de la estola de la gracia que nunca perdieron, y son la familia lucidísima de criados que sirven a Dios, y de ministros que ejecutan su voluntad soberana en la gobernación del mundo y en la particular providencia que tiene de la Iglesia, y también de cada uno de los hombres, así fieles y cristianos, como infieles y pecadores, pues todos tienen su ángel de guarda. Por estas excelencias de los santos ángeles y por los beneficios que de sus manos recibimos, los debemos honrar, y señaladamente al gloriosísimo príncipe de ellos, san Miguel, que es soberano protector de la Iglesia.
Su nombre significa ¿Quién como Dios? porque cuando el príncipe de los ángeles Lucifer, envanecido con la grandeza de sus dones y gracias, se negó a adorar el misterio de la humana naturaleza tan ensalzada en la persona de Cristo, y atrajo a su rebelión a muchos ángeles, el fidelísimo san Miguel volvió por la honra de Dios, y de su Unigénito, y con gran poder arrojó de los cíelos a los ángeles rebeldes. Entonces fué exaltado san Miguel al trono que perdió Lucifer, y recibió el principado de todos los ejércitos celestiales, y la representación de la divina autoridad en la tierra, y la protección de la Iglesia de Cristo a la cual defenderá de todos los poderes del. mundo y del infierno, hasta el fin de los siglos.

Reflexión: Entiendan bien todos los católicos que esa actual rebelión de los hombres que ensoberbecidos por los progresos materiales, apostatan de la fe, no es otra cosa que una imitación de la rebeldía de los ángeles malos, que inspira Lucifer a los pobres hijos de Adán, para que no logren la dicha de reinar en el cielo con los ángeles buenos, sino que se condenen y padezcan eternamente con los demonios.

Oración: ¡San Miguel arcángel! Defiéndenos en la batalla: sé nuestra protección contra la malicia y las asechanzas del diablo. Reprímale Dios, suplicamos humildemente: y tú, oh príncipe de la milicia celestial, arroja a los infiernos a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan sueltos por el mundo, para causar la perdición de las almas. Amén.

martes, 28 de septiembre de 2010

Ofrecimiento de la sagrada pasión de N.S.J. por las benditas almas del purgatorio.

Esta santa devoción, tan útil para los fieles, como provechosa para las benditas almas del purgatorio, se hallará en un librito italiano, cuyo autor es el citado [Avers. Neap., 1633), y distribuye por los siete días de la semana, en la forma siguiente.

DOMINGO.
Ofrece los gravísimos afanes, tormentos, angustias y dolores que padeció el Señor en el huerto, diciendo :
1. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, uno por uno, todos los tormentos de vuestra pasión santísima, la muerte penosísima de la cruz; y la preciosa sangre que derramaste por la salvación eterna de nuestras almas.
2. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellos grandes pasmos y terrores, que asaltaron vuestro angustiado corazón en el huerto, porque representándoseos al vivo de la imaginación todos los martirios que el día siguiente habiais de padecer, os comprimisteis en el cuerpo y en el alma de un mortalisimo pavor.
3. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella tan fiera tristeza, que os ocasionó el horror de la muerte que os amenazaba, faltandoos muy poco para espirar de dolor, como lo expresasteis á vuestros amados discípulos, con aquellas palabras: Tristis est anima mea usque ad mortem.
4. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel acto tan humilde y devoto con que en las mas graves angustias, queriendo orar a vuestro Eterno Padre, os pusisteis de rodillas, postrado sobre la tierra, por reverencia del Padre, y por las mortales ansias y congojas que oprimían a vuestro piadosísimo corazon.
5. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella oración resignada con que pedisteis a vuestro Eterno Padre, que si era posible, os dispensase del amargo cáliz de vuestra muerte, y conformando vuestra humana voluntad con la divina, dijisteis : Non mea voluntas, sed tua fiat.
6. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella vuestra ardiente caridad con que visitasteis á vuestros amados discípulos, estando anegado en un mar de angustias, exhortándolos a la vigilancia y á la oración, para que de la tentación no fuesen vencidos.
7. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella confortación misteriosa que os hizo el ángel, hallándose vuestra alma santísima llena de tantas congojas y dolores, que bastaban a quitaros la vida.
8. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel gran conflicto que os puso en mortales agonías, explicando vuestra grande aflicción con aquellas palabras : Spiritus quidem promptus est; caro autem infirma.
9. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella firme perseverancia en la oracion, estando en el colmo de vuestras aflicciones, agonizando en mortales angustias por el remedio y salvación eterna de los pecadores.
10. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella sagrada y preciosa sangre, que á fuerza del interno dolor sudasteis en tanta abundancia, que corrió hasta la tierra.

LUNES
Ofrece las penas y tormentos que el Señor padeció desde que fue preso, hasta que le presentaron al pontífice Anas, diciendo :
1. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella prontitud de ánimo que mostrasteis para morir, cuando levantándoos de la oración bañado del sudor de sangre, salisteis a encontrar a vuestros enemigos, dándoos á conocer, y diciéndoles que Vos erais aquel a quien ellos buscaban.
2. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, el grande dolor que sentisteis por la gravísima culpa de la traición de Judas, vendiéndoos a los judíos por treinta dineros, y con el fingido ósculo de paz entregándoos en manos de vuestros enemigos: dolor tan agudo y sensible, que es uno de los mayores que atravesaron vuestro piadosísimo corazón.
3. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellos actos de heroica piedad, con que disteis lugar a vuestros crueles enemigos para que se levantasen de tierra, y curasteis la oreja que vuestro fervoroso discípulo había cortado con celo de vuestra defensa al indigno siervo del pontífice que os venia á prender.
4. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella gravísima tribulación que padecisteis cuando fuisteis embestido en el huerto de tanto número de soldados, y os prendieron y ataron con tan inhumana crueldad, que es imposible comprenderla con humano discurso.
5. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella vuestra admirable paciencia con que sufristeis tantos golpes, oprobios y baldones, hasta arrancaros los cabellos de vuestra sacrosanta cabeza, estando Vos como cordero humildísimo sin responder palabra alguna
(Jerem., XI, 19).
6. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellos actos internos que en medio de las opresiones hacías de amor de Dios, de tolerancia y resignación, ofreciendo siempre al Eterno Padre todos aquellos malos tratamientos que os hacían, en satisfacción de nuestros pecados (Isai., LIII, 7).
7. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel dolor vivísimo que os atravesó el corazón, cuando en medio de tales tribulaciones os hallasteis solo y abandonado de vuestros mas caros amigos, los cuales, cuando os vieron preso y atado, huyeron todos (Matth., XXVI, 16).
8. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellas aflicciones y dolores que sufristeis desde el huerto hasta la casa de Anas, por tantos golpes que os daban, y blasfemias que os decían los verdugos, haciéndoos caminar con tanta prisa y desprecio por fuera y dentro de la ciudad.
9. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel acto de humildad y mansedumbre, cuando delante del pontífice Anas estuvisteis con las manos atadas, en forma de reo, oyendo los cargos que os hacían, y las falsas acusaciones que daban contra Vos, como si fuerais el hombre mas malo del mundo.
10. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella cruelísima bofetada que os dio aquel hombre vilísimo, con tan infernal furia, que os desfiguró la mejilla, y la indecible paciencia y mansedumbre con que hablasteis a aquel indigno pontífice.

MARTES
Ofrece los tormentos que el Señor padeció en la noche de su pasión en la casa de Caifas, diciendo :
1. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel grande ultraje con que fuisteis llevado y puesto en la presencia del pontífice Caifas, quien os recibió con una infernal indignación, hecho blanco de sus iras, y de los ministros y soldados que estaban con él.
2. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, las acusaciones inicuas, y falsos testimonios que os levantaron aquellos hombres vilísimos, no habiéndose verificado cosa alguna contra vuestra inocencia.
3. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel admirable silencio vuestro, no respondiendo ni una palabra para defenderos de tantas falsedades, injurias y calumnias, como os imponían; dejándonos con eso un ejemplo admirable, para seguiros en nuestras adversidades.
4. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel torpe y escandoloso conjuro que os hizo el soberbio Caifas, para que respondieseis si erais Hijo de Dios, a quien con profunda humildad, por reverencia del Padre, respondisteis que sí, y que con grande majestad vendríais a juzgar el mundo.
5. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella injuriosa afrenta que os hicieron aquellos ministros infernales, después de haber oído vuestra respuesta; y debiendo postrarse y adoraros como verdadero Dios, os publicaron por blasfemo, y hombre merecedor de una afrentosa muerte.
6. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel rabioso furor con que los pérfidos judíos os embistieron después que concedisteis ser Hijo de Dios vivo, hiriendo con crueles bofetadas vuestro divino rostro, y maltratando vuestro cuerpo santísimo con fieros golpes, llevando con tanta mansedumbre estas ofensas horribles, que no se os oyó el menor lamento.
7. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel oprobio vilísimo de escupiros en vuestro soberano rostro con tantas y tan hediondas salivas, que no se hallan palabras para explicar tan gran desprecio.
8. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella ingeniosa burla y mofa con que os trataron los pérfidos judíos cuando os vendaron los ojos con un paño muy sucio, y dándoos muchos golpes, decían: profetiza, y adivina quién te ha dado.
9. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, las tres negaciones ingratas de vuestro apóstol san Pedro, y la grande compasión que de él tuvisteis cuando con tanta piedad le mirasteis, que volvió en sí, se dolió, y comenzó a llorar amargamente su pecado.
10. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, todas aquellas penas y ultrajes que padecisteis en toda aquella tristísima funesta noche, habiendo quedado al arbitrio de vuestros enemigos y de gente vilísima, para ser atormentado a su voluntad, no cesando de afligiros con todos aquellos géneros de tormentos, afrentas y desprecios que quisieron con su diabólica crueldad.

MIERCOLES:
Ofrece los tormentos y desprecios que el Señor padeció en casa de Pilátos y Heródes, hasta el grande tormento de los cruelísimos azotes, y dirás con devocion lo siguiente :
1. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellas tres falsas acusaciones que los judíos dieron contra Vos á Pilátos, esto es: que engañabais a los pueblos; que mandabais no se pagase tributo al César; y que os hacíais rey de los judíos.
2. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella grande humildad con que os dejasteis llevar atado por las calles públicas de Jerusalen, y presentaros como malhechor al rey Heródes, quien hizo burla y escarnio de vuestra inocencia y grandeza divina.
3. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel vilísimo desprecio con que os trató aquel soberbio rey cuando mandó poneros la vestidura blanca, como a un loco, y sacaros delante de los príncipes, de los escribas y fariseos, y de un concurso muy grande.
4. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellos gravísimos escarnios que sufristeis de todo el pueblo cuando por las calles de Jerusalen os llevaban con la vestidura blanca, y os llenaban de injurias y baldones.
5. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellas horribles voces de los impíos judíos, cuando decían: crucifige, crucifige, y daban por libre a Barrabas, hiriendo tan cruel sentencia vuestro piísimo corazon, y el de vuestra santísima Madre.
6. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellos pasos que disteis de la columna donde habíais de ser azotado, y aquella grandeza de amor y de humildad con que os ofrecisteis a tan cruelísimo tormento.
7. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel gran rubor y vergüenza que tuvisteis cuando os desnudaron para el tormento; y asimismo aquellos vivísimos dolores que os causaron las ligaduras de los brazos y las manos, que os fueron de especial y fuerte mortificación.
8. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, uno por uno todos aquellos fuertes azotes que dieron a vuestro delicadísimo cuerpo aquellos verdugos infernales, rompiendo vuestras carnes santísimas y derramando con grande copia vuestra preciosa sangre.
9. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel imponderable dolor que tuvo vuestra Madre santísima por este tormento; pues cuantos golpes dieron en vuestro delicadísimo cuerpo, tantos puñales atravesaron sus piísimas entrañas. [Pía consid.)
10. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellos horribles dolores que os causaron por todas las partes de vuestro cuerpo santísimo los crueles azotes, y las llagas que os hicieron, con mas de cinco mil golpes, y aquel desmayo tan grande que al último tuvisteis por el intenso dolor y falta de la sangre, cayendo en tierra como difunto. (Pía consid.)

JUEVES:
Ofrece el acerbísimo tormento de la corona de espinas, como se sigue :
1. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellos pasos dolorosos que disteis cuando os llevaban al puesto y lugar de la coronacion de espinas, todo lleno de heridas y llagas que destilaban vuestra sangre preciosísima, despues de la áspera y cruel flagelación.
2. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel vivo dolor que sentisteis cuando os desnudaron segunda vez, renovando las llagas de los azotes, al despegar la túnica de vuestro santísimo cuerpo con una crueldad inhumana.
3. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella indigna mofa y escarnio con que os trataron los soldados cuando como a rey de burlas os vistieron la púrpura irrisoria, os dieron por cetro una caña, por corona una de espinas, y por trono una piedra desnuda.
4. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella rigurosa crueldad con que los soldados asentaron sobre vuestra santísima cabeza la penetrante corona, apretándola con fieros golpes para que penetrasen las espinas, con el intenso dolor que se deja á la piadosa consideración.
5. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella sangre preciosa que salió de vuestra divina cabeza, corriendo hasta la tierra, estando Vos con humildad profundísima sujeto a aquellos cruelísimos tiranos, ofreciendo al Eterno Padre por nuestra salvación eterna este atrocísimo tormento.
6. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellos afrentosos golpes que os dieron sobre la corona de espinas, con la misma caña que os pusieron por cetro, para que penetrasen mas sus puntas, y fuesen mas profundas las heridas.
7. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellos oprobios, injurias y baldones que os hicieron los soldados, cuando puesto de rodillas os dieron tantas bofetadas, saludándoos ignominiosamente con aquellas irrisorias palabras: Dios te salve, Rey de los judíos, como si fueseis rey de burlas.
8. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella grande afrenta, cuando con sucias y hediondas salivas mancharon los soldados desatentos vuestro divino rostro, con tanta copia, que os desfiguraron del todo [Is., LIII, 2).
9. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella virginal y angelical erubescencia que sentisteis cuando, en aquella lamentable forma, casi desnudo, os mostró Pilátos al numeroso pueblo, diciendo: Ecce Homo.
10. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel grito diabólico del pueblo judaico, cuando clamó diciendo: crucifige, crueifige, llenando de pavor y de espanto mortal a vuestro piísimo corazon con la cruda muerte a que os condenaban.

VIERNES.
Ofrece lo que padeció nuestro Señor con el grave peso de la cruz, hasta ser en ella crucificado, y dirás:
1. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella grande fatiga de llevar la cruz tan pesada, que os hizo una grande llaga en el hombro, sobre las muchas que teníais en vuestro santísimo cuerpo.
2. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellas mortales congojas que tuvisteis y os ocasionaron los soldados en el camino del Calvario, tirando cruelmente de las sogas; y los desprecios que os hicieron con las injurias, baldones y blasfemias del ingrato pueblo; y con tantos malos tratamientos como si fuerais el mas mal hombre del mundo, que llevaban al suplicio. (Pia consid. sup. text.)
3. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellas tres veces principales que caísteis con el grave peso de la cruz, como debilitado y sin fuerzas; y asimismo os ofrezco aquella grande impiedad con que os levantaron del suelo, tirando de las sogas con que os llevaban atado. (Simpl. consid.)
4. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel sumo desprecio con que fuisteis sacado de la ciudad, cargado con la cruz, atado, escarnecido y vituperado de todo el pueblo, y acompañado de unos ladrones, como el mas facineroso del mundo.
5. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella pena y dolor con que vuestra Madre santísima os iba buscando por las calles de Jerusalen; y habiéndoos hallado, la apartaron luego de vuestra presencia, haciéndoos caminar aprisa al monte Calvario.
6. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella grande flaqueza y desmayo vuestro, cuando por no poder llevar el grave peso de la cruz, os dieron al Cirineo para que os la ayudase a llevar hasta el Calvario.
7. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella bebida amarga de hiel y vinagre que os dieron en el monte Calvario, y gustándola, llenaste de amarguras vuestra santísima boca.
8. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel intenso dolor que sentisteis cuando con tanta impiedad os arrastraron, y quitaron la túnica que estaba pegada a las llagas de vuestro santísimo cuerpo, y se renovaron todas las heridas, arrojando por todas mucha copia de sangre, y en especial de la cabeza, por haberse movido la corona de espinas.
9. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellos mortales dolores que sentisteis en las manos y en los pies, cuando os clavaron en la cruz; y asimismo los dolores de vuestra santísima Madre, cuando veía poner los clavos, y sentía los golpes.
10. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella oferta sacrosanta, que de Vos mismo hicisteis al Eterno Padre en el altar de la santísimá cruz, para redimir al hombre, y abrirnos las puertas del cielo.

SÁBADO.
Ofrece lo que padeció nuestro Señor en la cruz, miéntras en ella estuvo vivo y pendiente. Dirás como se sigue :
1. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella suma de todos los grandes dolores que en vuestro divino cuerpo padecisteis desde los piés a la cabeza; sin haber parte que no padeciese, y fuese atormentada con pena vehementísima (lsai., I, 6).
2. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellas tres horas que estuvisteis vivo pendiente de la cruz, con aquellos sumos dolores de las manos, piés y cabeza, por las heridas de los clavos y las espinas.
3. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio , aquellos terribles dolores que os ocasionaban las principales llagas de vuestro divino cuerpo; como la del hombro, del espinazo, de las espaldas, de las rodillas, de los ojos, y de algunos huesos fuera de sus lugares. [Pia consid.)
4. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellos dolores mentales que atormentaban vuestro piadosísimo corazon, singularmente viendo a vuestra santísima Madre al pié de la cruz, al amado discípulo, y a la penitente y amorosa Magdalena.
5. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellas palabras injuriosas que os gritaban los judíos ingratos, estando clavado en el madero santo de la cruz.
6. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquellas fervientes lágrimas con que estando en la cruz rogabais al Eterno Padre, que perdonase a vuestros enemigos (Hebr. V, 7).
7. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquella sed ardentísima que os atormentaba las entrañas, cuando exclamasteis diciendo: Sitio: tengo sed; y os dieron a beber con una esponja aquel vinagre amarguísimo.
8. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel doloroso lamento que hicisteis de veros desamparado del Padre, y de los amigos y discípulos amados, explicando vuestro íntimo dolor con aquellas misteriosas palabras: Pater, ut quid dereliquisti me ?
9. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, aquel sumo y último dolor que sentisteis al separarse vuestra alma santísima del cuerpo, encomendando el espíritu en las manos del Eterno Padre, con aquellas voces: Pater, in manus tuas commendo spiritum meum.
10. Yo os ofrezco, dulcísimo Jesús, por las almas del purgatorio, todos los dolores, angustias y trabajos que padeció vuestra Madre santísima al pié de la cruz, en su soledad, en la herida del costado, y en vuestro entierro, hasta que os vió resucitado.

Este santo ejercicio se hallará también en un cuadernito aparte; porque considerando un devoto, que puede ser útilísimo para los vivos, para las memorias de la sagrada pasión del Señor, y para los difuntos, por el grande socorro de las benditas almas del purgatorio, le ha hecho imprimir a costa suya. Y siendo cosa breve lo que toca para cada dia, se podrá añadir fácilmente despues del Rosario de la Virgen santísima, así en las casas, como en las iglesias; y también despues del ejercicio santo del Via Crucis.
Puédese también hacer este espiritual ejercicio todo en un dia; aunque para mas facilitarle, va distribuido en los siete dias de la semana.

R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA
1866

lunes, 27 de septiembre de 2010

PUNTILLAZO DEL PAN AL SINARQUISMO

El desplazamiento de Avilés al Centro Nacional de Comunicación Social, pero conservando el puesto clave de consejero de la jerarquía panista, fue, sin lugar a dudas, una hábil maniobra, pues al ocupar la jefatura de prensa del CENCOS, la dirección de la escuela Carlos Septién García, ligada desde sus orígenes con la Acción Católica Mexicana, calmaba las inquietudes de algunos católicos respecto a las ligas de "su partido" con la "Democracia Cristiana ". Con un hombre colocado en puestos tan visibles y en línea directa con la Jerarquía Eclesiástica, Acción Nacional ya podría continuar ostentando a los cuatro vientos su carácter de "partido de los católicos". Además, para reforzar tal carácter, el consejero panista asumía también la dirección de "Mundo Mejor", periódico fundado por la Orden de los Carmelitas Descalzos y que el padre Joaquín Nuñez entrego al panista y demo-cristiano Avilés.
Políticamente fue un golpe magistral, porque desde sus nuevos puestos, Avilés demostraba a la vista le lodos los miembros del "partido de los católicos" que era "un hombre de iglesia". Por otra parte, ser dirigente del PAN, personaje importante del CENCOS, director de un plantel fundado por la Acción Católica y de un semanario que nació de una organización religiosa, permitía servir habilidosa y eficazmente al Partido Acción Nacional y a "la Iglesia", dentro de los nuevos programas del "progresismo religioso" o "Internacional Progresista" para dinamitar intramuros a la Iglesia Católica y desde ella, al Estado mexicano.
La obra de penetración democristiana lanzada desde las filas de Acción Nacional, tuvo sus más rápidos y mejores resultados en la Universidad Iberoamericana. Miguel Manzur Kuri fue el comodín que se movió en una y otra dirección para lograr el adoctrinamiento; su carácter de maestro de la Septién García, catedrático de la Ibero y activista del "partido de los católicos", permitió establecer los enlaces previstos.
Por otra parte, la presencia en la Universidad Iberoamericana de clérigos "progresistas" como el jesuíta Felipe Pardinas Illanes, David Mayagoitia, etc., y de catedráticos como David Orozco Romo, exjefe nacional de una facción de la Unión Nacional Sinarquista, facilitaron enormemente la labor de Manzur Kuri.
Los grupos "agresivos y compactos" que funcionaron dentro del "Movimiento Estudiantil Profesional" y que proliferaron bajo la gestión de Manzur, permitieron (desde 1957, cuando Avilés llegó de Venezuela con instrucciones) aglutinar elementos de la Ibero, la Septién y del Sinarquismo. Una paciente labor de adoctrinamiento realizó Manzur Kuri entre el estudiantado. Por lo general, invitaba a los estudiantes al café "Tupinamba" o al "Do Brasil" de las calles de Bolívar, se hablaba desde las nueve de la noche de todos los problemas mundiales y paulatinamente dejaba escapar ingredientes demo-cristianos. La charla proseguía hasta las primeras horas del día siguiente y generalmente concluían con una visita a la Villa de Guadalupe (para no despertar sospechas) y así, una y otra vez.
Para el grupo "agresivo y compacto", Teilhard de Chardin era el nuevo profeta. Jacques Maritain, Marcusse, León Bloy, Lebret (maestro de Helder Cámara y del padre Pedro Velázquez), Congar, etc., eran objeto de constantes citas. El "pluralismo" de la sociedad del futuro, la "nueva iglesia", los "curas del mañana", las "sociedades comunitarias", la propiedad privada supeditada "al interés social", la "universalidad de las ideas", posibilidades de estructurar una "sociedad no capitalista", la conveniencia de las prácticas anticonceptivas, etc., pero sobre todo, la "estupidez" de los Niños Héroes de Chapultepec, que murieron por una causa "racionalmente injustificada", según lo reiteraba una y otra vez Miguel Manzur Kuri, fascinaban al grupo "agresivo y compacto", que pasó a formar parte del "Movimiento Estudiantil Profesional".
Y esto que aquí narramos nadie nos lo contó, lo escuchamos en múltiples ocasiones; pero nuestra filiación de católico "pre-conciliar", de creyente no partidario de la existencia de un clero político, ni adicto a la idea de que "la Iglesia Católica estuvo equivocada durante 20 siglos", y contrariado por la forma en que Manzur, el apóstol de la "Democracia Cristiana" en México denigra a unas de las figuras más conmovedoramente limpias y patriotas de nuestro país, los Niños Héroes, tuvimos que "resignarnos" a no formar parte del "grupo agresivo y compacto"; pero es indudable que ello sirvió para conocer a los demócratas cristianos en toda su perversidad.
Ocho años de continuada labor de adoctrinamiento dieron por resultado que durante el primer trimestre de 1965 la penetración democristiana contara con elementos suficientes para acometer la iniciativa de crear en México el "Partido Demócrata Cristiano", naturalmente que con directrices internacionales. Elementos panistas y de la Universidad Iberoamericana firmaron el correspondiente manifiesto.
El ingeniero Carlos Alonso de Florida, el doctor Carlos de la Cuesta, el licenciado Alfredo García López y el arquitecto Federico Muggenburg R. firmaron como presidente, vicepresidente, secretario general y "j.d.c.", respectivamente, de la naciente institución política alimentada desde el extranjero y primer resultado palpable de la desmexicanización de la política de México en el campo de la oposición.
Entre los consejeros que dieron la cara figuran:
Ingeniero Ricardo Iglesias H., licenciado Manuel González Gallardo, profesor Luis Pérez Flores, licenciado Ezequiel Teyssier, licenciado Roberto Acosta, doctor Luis Humberto S., Arturo Cabrera, Rafael López Espinosa, profesor Héctor Narváez Gama, profesor Antonio González Orozco, José Hernández R., Francisco Orozco Mancilla, José Viloría, ingeniero Alfredo Fuentes Elizalde, licenciado Javier Aguilera, C. P. T., Antonio Sánchez, Armando Anguiano y Raúl Elizondo.
Para el mes de marzo de 1965, otros planes de infiltración realizados por elementos egresados del PAN y tendientes a infiltrar la Unión Nacional Sinarquista, rindieron sus primeros resultados. El PAN asestaba así un doble golpe al sinarquismo, su temible competidor en las filas de la oposición. Al sobrevenir la división en las filas de la UNS el mes de noviembre de 1944, Acción Nacional pudo afianzarse como "el organismo más representativo de los católicos" en el campo de la política y al desviar de su ruta original (mediante la infiltración democristiana) a los cuadros directivos de la facción política sinarca que el año 44 quedó bajo el control de Juan Ignacio Padilla (la otra, dirigida por el licenciado Carlos Athié Carrasco, pereció por "inanición", pues "la base" —cuadro de mando— así lo determinó), esa organización quedaba aniquilada como competidora en el campo opositor y formaba un aliado en los programas de penetración político-religiosa del "progresismo religioso" infiltrado en la Iglesia Católica.
Cierto que en múltiples ocasiones el PAN y la UNS han formado alianza para presentar frente unido contra el Partido Revolucionario Institucional, como aconteció en la campaña presidencial de 1952, ocasión en que Acción Nacional lanzó en pos de la Primera Magistratura del país al "hombre de Dios", licenciado don Efraín González Luna, pero a los sinarquistas les ha tocado desempeñar el papel de "peón de la política", es decir, han aportado el contingente para sumar votos panistas sin que se les haya dado algo a cambio, salvo "la oportunidad de votar por los mejores hombres de México".
De nueva cuenta, el brazo ejecutor de la penetración democristiana (esta vez en perjuicio de la UNS) se integró con elementos panistas como Alejandro Avilés, que gusta de escribir bajo el alias de Carlos Newman, y Miguel Manzur Kuri, auxiliados por Manuel Rodríguez Lapuente. Ignacio González Gollaz, exjefe nacional sinarquista, abrió las puertas de la sinarquía nacional (cuadro de mando de la UNS) a la infiltración, y su sucesor, David Orozco Romo —catedrático de la Iberoamericana— la fortaleció. David Lomelí Contreras fue el último dirigente de la facción sinarquista que controló Juan Ignacio Padilla, en mantener los lineamientos tradicionales. Después, todo fue entreguismo en provecho de la penetración extranjera y que en el caso de la UNS es negación de principios originalmente enarbolados.
Con la caída del sinarquismo en manos del "progresismo religioso", se desplomó el último baluarte que en los años postreros de la década de los 30 y los primeros de los años 40, fue formidable escudo contra la sovietización proyectada para México.

NOVIEMBRE DE 1944: El Comité Nacional de la UNS, jefaturado por Manuel Torres Bueno, rompe con "La Base" (organismo secreto de mando) y se cayó en el tobogán, después se produjo el desafortunado encapuchamiento de Juárez en la Alameda. Más tarde, la "sinarquia nacional", nuevo cuadro de mando, entregó el sinarquismo a la "Democracia Cristiana".

Manuel Magaña Contreras
PODER LAICO
1970

Misterios. La Trinidad. La Encarnación.


Yo no me hago católico, porque la Iglesia me obligaría a creer misterios que no entiendo. La razón me dice que no debo creer lo que no puedo entender. ¿No se , contradice la fe y la razón? ¿Cómo va a creer uno dogmas como el de la Trinidad, la Encarnación, la Eucaristía y otros tantos?
—Nada tan irracional como rechazar los misterios, sólo porque la razón no los puede entender como son en sí. La razón y la fe ni se contradicen ni se pueden contradecir, porque Dios es el autor de las dos. La oposición entre ellas, de que tanto se (habla hoy, no es más que aparente, y se ha originado de los errores de los científicos, que dan por hechos consumados hipótesis improbables, y de las opiniones falsas sin apartarse por esos espacios de la línea imaginaria que un Geómetra divino le trazara; que el Sol es 350.000 veces más pesado que la Tierra y 1.400.000 veces más voluminoso; que la Luna se mantiene en su órbita por la atracción de la Tierra, siendo así constreñida a seguir el círculo que ella tiende constantemente a dejar; que el rayo de luz de una de las estrellas de las Cabrillas, caminando a la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, tarda setenta y dos años en llegar a la Tierra; que la gravitación en la superficie del Sol es veintiocho veces mayor que la de la Tierra, etc. Pero cuando la ciencia se arriesga a querer explicarnos estos hechos, tartamudea y, a lo sumo, emplea cuatro frases altisonantes, vacías de todo significado. Newton vio esto y confesó sinceramente que él «sabía las leyes de la atracción, pero no sabía qué era atracción». Y es que el hombre sólo entiende lo que él ha hecho. Entiende la maquinaria de un reloj, porque él la hizo; pero su entendimiento limitado jamás comprenderá los misterios que Dios ha encerrado en los mundos de la Naturaleza y de la Gracia. Comprensión total e inteligencia perfecta son patrimonio de solo Dios.
La razón y la fe se ayudan mutuamente. Gracias a la razón, no nos quedamos del todo a oscuras en los misterios y demás verdades reveladas; gracias a la revelación, sabemos cosas que de otra manera jamás hubiéramos sabido. Creer en los misterios es punto capital en materias de religión. Una revelación que nos dijese solamente cosas ya sabidas o que fácilmente se podrían saber, sería inútil. Dios sólo puede revelarnos secretos de su vida íntima, como la Trinidad, la Encarnación, la Eucaristía, etc. Nuestro asentimiento a estos dogmas no es ciego, sino muy razonable, ya que se basa en la autoridad de Dios revelador. El que obra a ciegas es el racionalista, que, sin pesar las razones para ello, rehusa a todo trance aceptar las verdades divinas. Los católicos procedemos de otro modo. Sabemos que la vida es imposible sin religión y que la religión es imposible sin creer; sabemos que la fe requiere autoridad, y que ésta en religión es indispensable. Aceptamos de antemano estos principios, y luego, bien examinados, los juzgamos excelentes y nos congratulamos de poseerlos. Entonces aceptamos lo sobrenatural, porque así Dios lo ordena, y nos rendimos sumisos a la verdad revelada. la cual no puede ser plenamente abarcada por el entendimiento humano.

Yo no puedo creer una absurda contradicción en los términos, como es la Trinidad, ¿Cómo se explica usted que uno sean tres y tres sean uno?
—Para entender la respuesta es menester estar familiarizados con ciertos términos filosóficos de contenido subido, como esencia, naturaleza, persona, sustancia, generación, relación, procesión y otros cuya explicación puede hallarse en cualquier manual de filosofía. Decimos, pues, que aunque es cierto que el dogma de la Santísima Trinidad es un misterio en el que jamás hubiera pensado la razón por sí sola, no es menos cierto que este misterio no envuelve contradicción alguna. En Dios hay tres Personas en una esencia divina: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, realmente distintas, iguales y consustanciales. El Padre no fue engendrado, el Hijo fue engendrado del Padre, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (II Concilio de Lyon, 1274). Todas las cosas en Dios son comunes a las tres Personas, y son todas lo mismo, excepto aquellas en que haya oposición de relación (Decreto de Eugenio IV a los jacobitas). La actividad divina es común a las tres Personas, que son el Principio único de todas las cosas. Como las palabras uno y tres se refieren a dos cosas esencialmente diferentes, naturaleza y persona, sigúese que ni hay ni puede haber contradicción en los términos. Tres personas que poseen naturaleza humana se llaman con razón tres hombres, porque la naturaleza humana en cada uno no es numéricamente la misma; las tres Personas que tienen la Naturaleza divina no son tres dioses, porque la Naturaleza divina es numéricamente la misma en cada una de ellas. Cómo puede ser esto, no lo entendemos, pero lo creemos, porque así nos lo ha revelado Dios mismo.
Este dogma nos lo reveló Jesucristo, Hijo de Dios, el único que nos podía hablar de la vida íntima de Dios (Mat 11, 27). El Nuevo Testamento está lleno de textos a este propósito, y la tradición lo ha conservado fielmente junto con el dogma de la Encarnación; dogmas preciosos que distinguen a la religión cristiana de todas las demás religiones. Se menciona la Trinidad en la relación que de la Encarnación hace San Lucas (1, 32-33), en la descripción del bautismo de Jesucristo hecha por San Mateo (3, 16-17), en el sermón de la última Cena (Juan 14, 11-16) y en el último encargo del Señor a los apóstoles (Mat 28, 19). Los cristianos hacemos expresa mención de la Trinidad cuando bautizamos, en las doxologías (doxe, gloria) o alabanzas a las tres divinas Personas, desde el siglo I de nuestra era, y los Santos Padres en los primeros siglos defendieron este dogma contra toda clase de herejes que lo atacaban.

¿Qué entienden los católicos por Encarnación? ¿Se habla en el Nuevo Testamento de esta sutileza teológica? ¿No es contra la razón que Dios se haga hombre o el hombre se haga Dios? ¿No supone esta doctrina un cambio en la Divinidad inconmutable?
—El misterio de la Encarnación es la unión maravillosa de dos naturalezas, la divina y la humana, en la Persona única del Verbo hecho carne, Jesucristo. Es ésta una unión rara y maravillosa: rara, porque es la única en su género; maravillosa, porque sólo la pudo efectuar el poder y el amor de un Dios infinito.
En la Encarnación, las dos naturalezas están unidas en un todo sustancial, la divina Persona (Jesucristo), como el cuerpo y el alma están unidos en una persona humana sustancial, usando la analogía del Credo atanasiano. Sin embargo, estas dos naturalezas son distintas: la inferior no influye nada en la superior, y ésta influye en la inferior lo que influiría aunque estuviesen separadas. El punto del misterio está en que dos naturalezas constituyan una sola Persona sin estar fundidas en una sola naturaleza. El verbo ocupa el lugar de la personalidad humana y hace tan suya la Humanidad, que esta Humanidad pertenece al Verbo y debe ser adorada con El y en El.
Es cierto que la Biblia no nos habla expresamente de «dos naturalezas en una Persona», pero lo dice con bastante claridad en no pocos pasajes. Jesucristo es a la vez Hijo de Dios e Hijo del hombre, engendrado del Padre desde toda la eternidad, y nacido de la Santísima Virgen en el tiempo. San Juan enseña esta doctrina en el prólogo de su Evangelio con una claridad y hermosura sin igual: «En el principio era ya el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios... Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.» San Pablo dice repetidas veces que Cristo es al mismo tiempo Dios y hombre. Es «Hijo de Dios que le nació, según la carne, del linaje de David»: «Dios envió a su Hijo revestido de una carne semejante a la del pecado»; «en El (Jesucristo) habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente»; «Jesucristo, teniendo la naturaleza de Dios, no fue por usurpación, sino por esencia, el ser igual a Dios; y, no obstante, se anonadó a Sí mismo tomando la forma—naturaleza—de siervo, hecho semejante a los demás hombres y reducido a la condición de hombre» (Rom 1, 3; 8, 3; Colos 2, 9; Filip 2, 6-7). Aunque la Encarnación es un misterio tan subido que jamás la razón lo hubiera descubierto por sí sola, sin embargo, no es contra la razón. Esta nos dice que Jesucristo reclamó para Sí la dignidad de Dios, y que Dios confirmó con milagros que Jesucristo decía la verdad (Juan 10, 25). Tampoco le faltan a la razón comparaciones y analogías que ilustran no poco este misterio. San Agustín, por ejemplo, habla del concepto intelectual, que se reviste de una forma sensible—la palabra— sin perder por eso nada de su espiritualidad. El Credo atanasiano trae la unión que hay entre el cuerpo y el alma. Además, la Encarnación satisface los deseos que Dios tiene de dársenos, y apaga en alguna manera la sed que el hombre tiene por el Infinito. «No hay incoherencia—dice Monsabré—, ni contradicción ni absurdo alguno en este misterio. La Naturaleza divina se desposó con la humana sin menoscabo de ninguna de las dos; las dos están allí completas, perfectas, distintas, subsistiendo en la misma Persona.» Tampoco hay cambio alguno en Dios. «Al hacerse hombre—dice Hugón—, Dios ni pierde nada, ni recibe nada, ni se hace más pobre mi más rico, sino que completa y perfecciona la naturaleza humana. El cambio está en la humana naturaleza, que es levantada al rango de Divinidad," no en la Persona que la levanta y la diviniza. El Eterno no cambia, como no cambia la cúpula de San Pedro vista por el peregrino que la visita por primera vez. La cúpula permanece la misma; el cambio está en el visitante, ya que comienza a existir lo que antes no existía: el conocimiento que de ella tiene ahora el peregrino.

Las víctimas

SI LO HUBIERA ENCONTRADO ANTES

¿Quién no ha oído hablar del Padre Lino de Parma? ¿Quién no ha llorado al leer la vida, extraña y heroica, de este hijo de San Francisco, de este capellán de las cárceles durante toda la vida?
Pero, ¡cuántas veces lloró también él! ¡cuántas veces el Padre Lino salió de las horrendas mazmorras, mordiendo su pañuelo para sofocar los sollozos que le hacían estallar el pecho!
Más que todo, le laceraba el alma la exclamación: ¡si lo hubiera encontrado antes!
Ya era un joven estudiante envuelto por el mal, con el corazón gangrenado, lleno de prejuicios contra el clero. Al principio, recibió al Padre Lino con una frialdad cortante, terminó al fin arrojándose en brazos del padre y repitiendo: ¡si lo hubiera encontrado antes!
Ya era, otras veces, un obrero, considerado como una bestia de carga, a quien envenenó la propaganda comunista; ya era un viejo asiduo lector, que obstinadamente se había mantenido alejado de la Religión, que creía más en los libros que en la vida.
¡Si lo hubiera encontrado antes!

Antes de que el mal ejemplo manchara su alma, antes que un mal compañero le hubiese hecho entrever los jardines falaces de la maldad, antes que un mal libro le hubiese descorrido el velo de los misterios de la corrupción.
Desgraciadamente en nuestros días, por el tristísimo estado de cosas, siempre se encuentra primero el mal.
Se encuentra el escándalo que produce desencanto en el alma, antes que el beso de Jesús en la Primera Comunión.
Se encuentra al maestro ateo y materialista, que describe la vida como una carrera bestial hacia el placer, antes que el sacerdote que le diga al corazón del adolescente: Busca primero el reino de Dios y todo lo demás se te dará por añadidura.
Se encuentra el cine lascivo, el teatro obsceno, que pone al hombre al nivel de las bestias, antes que el templo que eleva al hombre hasta los ángeles, hasta la presencia de Dios.
Casi siempre alguien se ha adelantado al sacerdote; casi siempre llega cuando ya no quedan sino las ruinas de una juventud, la desolación de un alma, el cadáver de una pureza, el desierto de un espíritu.

Hay hombres que encuentran al sacerdote por primera vez dentro de los oscuros corredores de una cárcel, o en la sala blanca de un hospital, o quizá cuando ya está listo el pelotón que va a ejecutarlos.
Aun entonces la misión del sacerdote es sublime; pero ¡qué triste es!
Ministro de consuelo, de redención y de misericordia; pero ¡cuánto mejor si hubiera sido luz de la vida, guía del camino, amigo del corazón, alas para batirlas y elevarse!
¡Qué doloroso es este encuentro tardío, que es remedio, que es consuelo; pero que no puede borrar el hecho de una vida de pecado, ni desarraigar totalmente sus raíces, ni desintoxicar un corazón envenenado!

La causa de estos encuentros raros, tardíos y dolorosos con el sacerdote, son, es verdad, los prejuicios, las calumnias contra el Clero; pero la causa principal es la escasez de sacerdotes.
Alcanzan apenas para la administración esencial de los sacramentos, para cumplir con las obligaciones estrictas del culto.
Faltan sacerdotes que vivan en medio de los jóvenes en su trabajo; que desciendan a las minas; que reúnan a los muchachos; que entren a las escuelas; que, como sal de la tierra, condimenten todas las vidas, la vida cotidiana de los hombres; que, como luz del mundo, iluminen todos los tugurios, todas las barracas.
Mucho se ha hecho y se sigue haciendo para mejorar las condiciones de los menores de edad en las cárceles. Pero el único modo definitivo consiste en impedir que caigan al caos de una cárcel, que se les preserve con el bien, con la religión, con la pureza.
Este es el único modo de hacer que encuentren a Dios antes que a Satanás, al sacerdote antes que al juez, la iglesia antes que la cárcel, los sacramentos antes que las cadenas.

Y el único medio es multiplicar las falanges de los sacerdotes que hablen a los hombres en la lengua del Cielo, que fortalezcan a los obreros con la esperanza de lo Alto, que enseñen a los jóvenes la alegría de la pureza.
Lo requieren así los primordiales intereses de la sociedad y las necesidades vitales de las almas.
Es la solución radical y única de los problemas de la vida social.
Ninguno puede dejar de tener interés en esto, nadie puede sentirse extraño y fuera de la cruzada para la multiplicación y santificación de las Vocaciones sacerdotales.
Por eso hacemos un llamamiento a todos para que no llegue la hora de las quejas, de los lamentos inútiles y penosos.

ENVIENNOS UN SACERDOTE

No hace muchos años que los cadetes del Alcázar de Toledo conquistaron una gloría legendaria.
Su comandante, el coronel Moscardó, que vive aún, nos parece un héroe, grande y lejano, como Leónidas. La reconstrucción cinematográfica de la resistencia del Alcázar más parece una creación de la fantasía que una desleída reproducción de la realidad, que es más sublime y más trágica.
Bajo las ruinas del viejo castillo, sitiados, bajo el fuego de las ametralladoras, acosados por el martilleo infernal de artillería, los cadetes resistieron, hasta que fueron liberados por los nacionalistas victoriosos.
Los Rojos, admirados y al mismo tiempo rabiosos por tan heroico resistencia que los humillaba, recurrieron hasta el expediente más salvaje y desesperado: excavaron túneles subterráneos para hacer saltar con dinamita las ruinas que quedaban del edificio entre las cuales se defendían los cadetes.
Pero más conmovidos y derrotados quedaron los Rojos cuando, antes de hacer estallar las minas, anunciaron a los héroes su próximo y tremendo fin, y les preguntaron cuál era su último deseo, su última petición.
Sobre un montón de ruinas se vio a un joven cadete que respondió a nombre de todos:

"¡ENVIENNOS UN SACERDOTE!"

En efecto, fue un sacerdote a confesarlos y a darles el Santo Viático; y después volvió al torbellino rojo para ser engullido también él, por la hecatombe revolucionaria.
¡Envíennos un sacerdote! La petición es reveladora y nos deja entrever las fuentes de un heroísmo tan puro y tan sencillo. Están extenuados por el hambre, y no piden pan; falta agua, y no la solicitan; los heridos se desangran en los subterráneos y no reclaman un médico.
No sienten las heridas, no piensan en el hambre, parece que ya no sienten el cuerpo y, por eso, sienten el alma más aguda y vivamente, y el hambre del espíritu los atormenta.
Sienten ahora que su corazón late con otra vida, que no sufren ya hambre de pan, ni sed de agua, sino hambre y sed de Dios; se sienten ciudadanos de otra región donde las provisiones ya no sirven ni las medicinas hacen falta, sino sólo la palabra de Dios y el Pan del Cielo.
En aquellas horas únicas: eternas en el tiempo, divinas sobre la tierra, extáticas en medio del tormento, gustan y comprenden las palabras de Jesús: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Como los ángeles, quieren nutrirse sólo de Verdad, de Luz y de Amor.
En aquellas horas augustas y sagradas, en víspera de la eternidad; decisivas y grandiosas, en vísperas de la muerte; sublimes y gloriosas, en vísperas del holocausto; se elevaron muy por encima de las pequeñeces humanas y efímeras, por sobre los odios y la política; y, desde aquellas alturas, contemplaron toda la grandeza y la necesidad suprema y eterna del sacerdote.
En el tumulto terreno, en los poblados humanos, en las bajezas del mal, habían pensado quizá que el sacerdote era un hombre inútil, una mano improductiva, o al menos, no lo habían creído tan necesario; en cambio, ahora, renuncian a todo para tener un sacerdote; saben que el todo de acá abajo es nada y que el sacerdote es todo, porque él es el embajador de Dios, el lazo que nos une con el Eterno, la escala para el cielo.

Lo comprendieron sólo entonces, porque la luz sacerdotal sólo pueden soportarla los ojos serios, fijos y profundos, que entreven la eternidad; porque sólo teniendo por fondo el infinito de los cielos, el trágico e irremediable fondo de la muerte, del heroísmo, del martirio y de la tragedia, se destaca nítida la grandeza del sacerdote y se aprecia la magnitud de sus poderes.
Los otros ojos terrenos no pueden ver, porque están deslumhrados; sobre otro fondo, temporal y mezquino, el sacerdote aparece como un ser inhumano, porque es sobrehumano y porque trasciende todas las limitaciones y sobrepasa toda grandeza; parece casi monstruoso, como el genio, el héroe, el santo.
Pero ¿por qué es preciso esperar estas horas excepcionales y raras?
Una fe profunda y llena de humildad puede fortalecer los ojos mortales para que puedan contemplar el misterio, para entrever lo divino.
Una fe sincera sabe que el sacerdote es el hombre más necesario a los individuos y a la sociedad, como es necesario Jesús, de quien es ministro.
Jesús es el Camino, el sacerdote es el único guía en este Camino; Jesús es la Verdad, el sacerdote es el único pregonero de esta Verdad; Jesús es la Vida, el sacerdote es el dispensador de esta Vida.
Por lo tanto, también en estas horas de angustia, también en estas horas de necesidad, él nos es el más necesario, como fue el único verdaderamente necesario a los Cadetes del Alcázar de Toledo.

LA PRIMERA MISA EN BARCELONA

La tarde del 6 de Enero, las tropas libertadoras de Franco entraban en Barcelona, capital de Cataluña.
A la mañana siguiente, después de dos años de orgía satánica, se celebró la primera Misa en la Plaza Mayor.
No se celebró en la Catedral violada, convertida en archivo; no se celebró en el magnífico templo de la Sagrada Familia, arrasado; sino en la Plaza, donde pocas horas antes habían pasado rugiendo en su fuga los tanques de los rojos y los cañones comunistas.
Habían arrojado a Jesucristo de las iglesias, y El retornaba triunfante, Rey en la luz esplendente de una plaza abierta, bajo la comba azul de un cielo matinal, en la gloria de un sol victorioso, entre las banderas gloriosas que ondeaban al viento.
Los generales, después de las noches febriles e insomnes; los soldados, llenos de polvo, lacerados, olvidaron el cansancio, la mesa y el jergón, y cayeron de rodillas en la tierra desnuda, en torno del altar de campaña.
Bajo el alba blanca del sacerdote se asoman los pantalones del oficial de Navarra, y los zapatones claveteados, llenos de lodo por el largo camino.

Aquella primera Misa era la consagración de la victoria; sin aquella consagración, la victoria hubiera quedado trunca y sin su propio significado.
Ahora que de nuevo se elevaba la Hostia divina en el cielo de Barcelona, se podía decir que Cataluña había sido libertada; ahora que de nuevo las campanas que habían logrado sobrevivir hacían vibrar los aires, como para llamar a los ángeles a rodear el Misterio de la Eucaristía; Cataluña se sentía libre de las cadenas de la esclavitud comunista.
En los primeros días de aquel báratro infernal, el comisario ruso había exclamado ante las ruinas humeantes de las iglesias: "Hemos resuelto definitivamente el problema religioso y político de España al derribar las iglesias".
Infernalmente hablando, tenía razón; había dicho bien: porque el problema estaba precisamente ahí, en las iglesias, en la fe, en el espíritu, en la presencia de Jesús en los Sagrarios.
Lógicamente también ahora, para resolver definitivamente el problema en el sentido cristiano, se celebraba la primera Misa en la Plaza Mayor.
Porque el duelo está, no entre cañones y cañones, no entre ejércitos y ejércitos; sino entre espíritu y materia, entre Dios y Satanás.

La tragedia y el martirio de Barcelona y de Cataluña, no empezaron con los hechos sangrientos del 18 de julio de 1936; sino cuando los católicos tibios de Cataluña dejaron que los Sagrarios se quedaran vacíos y las lámparas se extinguieran por falta de sacerdotes. Cuando, indiferentes, sin importarles nada, dejaron que vinieran por tierra las iglesias, arruinadas por los años. Cuando vieron crecer, sin terror, las inmensas zonas industriales de Barcelona, vacías, sin iglesias, sin campanarios, sin cruces. Cuando se abandonaron a las fáciles ilusiones de las manifestaciones exteriores de fe. Cuando se sintieron seguros por las convicciones adormecidas de la católica Cataluña.
Y entre tanto, el pueblo, anémico por la falta de Dios, se envenenaba la sangre con ideas comunistas; y sediento de lo elevado y noble, se bestializaba con la materia.

Crecieron por aquellos años los propagandistas del comunismo en proporción inversa de como disminuían los sacerdotes de Cristo. Aumentaron en número los teatros, los cines, las casas de pecado, las cámaras de trabajo; y en proporción inversa se arruinaron y cayeron por tierra las iglesias.
Entonces empezó la derrota del espíritu.
Como ahora empieza el resurgimiento, ahora, cuando Jesús vuelve al altar de campaña en la Plaza Mayor de Barcelona.
Esta batalla entre Dios y Satanás, entre el espíritu y la materia; entre el ángel y la bestia, no tuvo lugar sólo entonces, ni sólo en España; la explosión violenta no es más que el reventar de un tumor putrefacto que ha madurado a través de los años; esta batalla se realiza siempre y doquiera, sordamente, continuamente, sin tregua y sin cuartel.

Y, debemos ser sinceros, leales cristianamente, al afirmar que en nuestra patria, la suerte del combate, hasta el presente, más bien ha sido de retroceso para nuestra fe. Incensiblemente, cotidianamente, hemos cedido terreno; la misma lentitud de la retirada nos engaña; pero si comparamos nuestra patria de hace algunos años con la de hoy, nos daremos cuenta del terreno que hemos perdido.
Nuestros viejecitos no reconocerían la nación de María de Guadalupe, de hace medio siglo.
No nos engañemos, ni nos consuele la necia comparación con los que están peor que nosotros; es un consuelo triste y engañoso. Que la aparente tranquilidad no nos conduzca al error; si se aflojaran un poco las fuerzas que detienen el mal, veríamos qué heces y qué odios vomitarían ciertas zonas abandonadas de nuestras ciudades que carecen de asistencia religiosa.
Nuestras ilusiones no nos dejan ver la sonrisa compasiva de los que tienen lástima de nuestra obstinación.

De algunos años a esta parte se nota una reacción saludable, un despertar que comienza: se han edificado algunas iglesias, algunos sacerdotes jóvenes han venido a engrosar las raquíticas filas del clero. Pero, ¡cuánto, cuánto queda aún por hacer!
Apenas se empieza a afrontar el problema; pero las masas están sumidas aún en la indolencia y en la ignorancia.
No desesperemos porque este tábano nos ha costado muchas lágrimas y muchas almas ruegan por nuestra patria.
Quizá no nos será dado ver el problema resuelto, quizá a nosotros nos ha tocado en suerte la dura tarea de sembrar en medio de las lágrimas, y otros serán los que cosechen con alegría.
No nos entristezca esta tarea; sembremos generosamente hasta cuando la semilla parezca que va a perderse.
Quizá, y lo decimos convencidos, se necesitarían corazones más puros y más santos que los nuestros, para obtener de Dios los operarios y las iglesias para las mieses doradas de esta tierra de mártires.
En el dolor de nuestra indignidad, ofrendemos a Dios esta misma pena, que sea como una plegaria, como una imploración para que suene la hora y surjan los sacerdotes santos que la Iglesia necesita.

LA PALABRA DEL SACERDOTE

Dio Jesús a sus Apóstoles, como única arma de conquista y de defensa, la palabra, "la locura de la predicación", según expresión de San Pablo.
Arma metafórica y, sin embargo, la más temible; no proviene de una fábrica metalúrgica y no obstante es capaz de movilizar o de contener todas las armas, todos los ejércitos, de poner en movimiento o de cerrar todas las fábricas de armamentos.
Entre la palabra de las armas y el arma de la palabra, ésta última tiene la ventaja y el primer lugar; porque el espíritu tiene la supremacía sobre la materia y es el que la mueve; porque la materia es de suyo inerte y pasiva.
La fuerza es materia y la palabra es espíritu; hay, pues, una prioridad absoluta de la palabra sobre la fuerza, a la que solamente una palabra puede desencadenar, mover y encauzar.
La inmaterialidad de la palabra, su fragilidad, su insignificancia diría, la hacen invulnerable e incoercible.
Ninguna arma puede herir a la palabra, ninguna barrera puede detenerla, ninguna cárcel puede aprisionarla, ninguna cadena la puede aherrojar, ningún obstáculo puede cerrarle el paso; en cambio, la palabra destruye todas las armas, salva todas las barreras, se escapa de todas las cárceles, rompe todas las cadenas, vence todos los obstáculos; es más profunda, más misteriosa, más huidiza que cualquier submarino; más elevada, más libre, más insuperable que cualquier aeroplano; más difluí de contener, más mortal y contagiosa que cualquier microbio.
En suma, es soberana, libre y activa como el espíritu, de quien es signo.
Jesús no podía darnos un arma mejor, un arma más efectiva.

Por eso los Apóstoles fueron celosos, sobre todo, de la palabra.
Sacrificaron hasta la organización de la caridad, que confiaron a los diáconos, con tal de no sacrificar la palabra, que se reservaron para sí. "Nos vero orationi et ministerio verbi instantes erimus".
Oración y Palabra: las dos grandes obligaciones de todo apóstol, hablar con Dios y hablar con los hombres; hablar a Dios de los hombres; hablar a los hombres de Dios.
Prueba de ello es el miedo de los enemigos del cristianismo; lo que más temen es la palabra, lo que más desean es el silencio.
El Sanedrín dejará en paz a los Apóstoles, les permitirá aun hacer milagros, con tal de que no hablen.
Y los Apóstoles aceptan cualquier imposición, menos el silencio; están dispuestos a sacrificarlo todo, pero no la palabra.
¡Non possumus non loqui! ¡No podemos dejar de hablar!
Porque, al respecto, el mandato divino era explícito. Euntes docete.- Id y hablad: ésta es la consigna.

El apóstol no es un pensador sedentario; éste es un filósofo no un apóstol; el apóstol es un sembrador trotamundos, que no confía a los demás la difusión de su pensamiento, sino que, personalmente, con el agudo arado de la palabra viva lo siembra en el surco viviente de las almas.
Como el Sanedrín, todos han temido su palabra y han tratado de imponerle silencio.
Sólo hay una fuerza que puede vencer a la palabra: otra palabra opuesta, más elevada, más vital y fascinadora.
Pero ¿qué palabra puede compararse y vencer a la palabra del sacerdote?
La suya es una palabra inconfundible, se percibe y se distingue aun en un tumulto estrepitoso, porque es una palabra distinta de las demás.
No sé quién escribió acerca de la voz de un niño que se escucha dominante, distinta y clara, en el fragor de una batalla. Esa voz parece dominar la infernal barahúnda no por la intensidad, sino porque es una voz diversa, la voz de la inocencia y del amor, entre los gritos bestiales del odio.
¡Cuánto se habla actualmente, en los parlamentos, en las universidades, en los comicios, en las salas, por las calles!
Es una gritería que perdura, desde hace siglos, para sofocar la palabra del sacerdote, al menos para cansarlo. Y no lo han logrado; a tal grado que ahora, para hacerlo callar, lo degüellan.

Por encima del clamor de las voces humanas, se cierne elevada, serena, idéntica, obstinada, la palabra del sacerdote; distinta siempre, porque, con un timbre diverso, en una lengua que es extranjera en la tierra, anuncia verdades de otra región de la vida.
Palabra originalisima, apenas escuchada, porque a los hombres ansiosos de pan, de dinero, de carne, les habla de espíritu, de abnegación, de dolor, de cielo, de Dios, como si no quisiera entenderlos, o como si jugara trágicamente.
Con otros hombres puede uno entenderse, con el sacerdote, no; habla como en otro idioma, o con demasiada ingenuidad, o con una hondura de abismo.
En aquel Jesús del "Gran Inquisidor" de Dostoiewsky, que en la plaza de Sevilla dice cosas muy sublimes pero irreales, profundas pero extrañas, bellas pero irrealizables, parece que habla cada sacerdote.
Los hombres no lo siguen, porque lo que dice es utópico y difícil; pero no pueden dejar de escucharlo, porque su voz es inconfundible; no pueden quedarse indiferentes ni olvidar sus palabras, porque las verdades que dice son esenciales e inolvidables.

Es una palabra elevada. Los profetas antiguos empezaban y terminaban siempre sus discursos con esta solemne afirmación: Dice el Señor.
No era el hombre el que hablaba, sino Dios; y su Palabra se adora, no se discute.
¡Dice el Señor! Así debería empezar todo sacerdote que habla a sus hermanos. Es un embajador, un intermediario; no expresa su mezquino pensamiento humano, sino el indiscutible Pensamiento de Dios.
Hacen mal los sacerdotes que hacen polémicas, que discuten, que descienden a la riña mezquina de las palabras humanas. El sacerdote debe expresar, repetir, explicar, inculcar las verdades y los mandamientos de su Señor, con autoridad; sin descender ni a pactar ni a discutir.
Dios no discute con los hombres.
Es solemne y sintomático el silencio que Dios opone a las preguntas más o menos audaces y ridiculas, a las dudas, a los retos más o menos estúpidos, a las polémicas imbéciles que los hombres tratan de suscitar, como poniéndose a la par con el Altísimo.
¿Eres acaso el consejero de Dios?, dice San Pablo lleno de ironía y de indignación.
Así habla también el sacerdote: todos los demás oradores pueden y deben tener miedo de la discusión o del disentimiento; el sacerdote pide tan sólo la aceptación sencilla y humilde de su palabra; no puede discutir porque no es un parlamentario, sino un portavoz divino.

Es una palabra augusta por la antigüedad, actualísima por la vitalidad perenne. Desde hace miles de años, repite siempre la misma cosa, las mismas verdades, con una identidad que raya en obstinación, pero es coherencia divina.
Cambian los idiomas, los estilos, las escrituras, los métodos; pero la palabra es siempre la misma.
La palabra de un cura rural es idéntica a la de Bossuet; el sermón de un sacerdote mediocre dice los mismos misterios altísimos que predicaba San Pablo.
Y sin embargo, tal antigüedad no significa vejez. Ninguna palabra puede jactarse de tánta frescura y de tan palpitante actualidad como la palabra del sacerdote.
Hace temblar, llorar, esperar, temer y gozar con la intensidad con que lloraron los primeros hombres que la escucharon en Palestina, en Grecia, en Roma; no ha perdido a través del tiempo, ni la fragancia de la fuente ni el calor de la vida; por el contrario, la pátina del tiempo la ha hecho más augusta y solemne, porque le ha dado el peso de la experiencia de los siglos y porque ha sido comprobada por las lágrimas de los pueblos.
Actual como las verdades eternas que predica, que no envejecen porque son eternas; como los problemas esenciales de la vida y de la muerte, del dolor y de la alegría, del amor y del odio, de la familia, de la moral y de la justicia, que afronta con seguridad. Estos problemas, estas necesidades, que radican en el alma y en el corazón humanos, no envejecen jamás, porque renacen angustiosamente como todo hombre que nace.
Como es siempre actual el corazón humano con sus pasiones, sus tempestades, su grandezas y sus miserias; como es siempre actual Dios y sus Misterios; como es siempre actual la interrogación de nuestro origen y de nuestro destino; así es siempre actual la palabra que afronta tales problemas y responde a tales interrogaciones.

Palabra seria y austera como serios son Dios, el alma, la eternidad; como es austero el dolor eterno y la alegría sin fin.
Desentona un sacerdote que hace reír cuando habla,- son demasiado graves, vitales y delicados los asuntos que debe tratar, los intereses que tiene que defender.
Palabra universal, que interesa a ricos y a pobres, que entienden los doctos y los ignorantes, que concierne a todos los pueblos, a todas las civilizaciones y a todos los tiempos, como es trascendente Dios y el más allá.
No es una palabra oscura, o en un idioma técnico que sólo entienden los iniciados; sino una palabra sencilla, porque es idéntica y debe decir cosas idénticas a todos.

Palabra aristócrata, no se hace vulgar, ni puede descender al nivel de los intereses humanos y terrenos, porque las certezas que manifiesta son absolutas, elevadas e inmutables.
¡Ay de los hombres si llegara a faltarles una palabra así! ¡Ay si llegaran a callar los labios del sacerdote!
Los hombres caerían en la vulgaridad de las pasiones cuando no sintieran la aristocracia de la verdad divina, la elevación de su origen, de su esperanza y de su fin.
Ya no habría nada absoluto, firme y cierto que sostuviera a los hombres, y quedarían a merced de lo relativo ¡como en una nueva y monstruosa Babel, no se entenderían ya, porque les faltaría una palabra universal!

Tal es la palabra del sacerdote y, por eso, la Iglesia quiere que sus labios estén limpios y purificados con el fuego de la meditación y de la pureza, por eso lo quiere virginal, para que no hable a favor de sus intereses, sino que siempre y en todo hable para la Gloria de Dios y en favor de los intereses de las almas.

Mons. Francesco Pennisi
Obispo de Ragusa
LA TRAICIÓN AL SACERDOCIO