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viernes, 28 de enero de 2011

Ratzinger firmó en 1970 un documento que cuestionaba el celibato

Desde ELPAIS.COM

El texto fue avalado por otros ocho teólogos y enviado a los obispos alemanes

LAURA LUCCHINI - Berlín - 28/01/2011

Joseph Ratzinger, el actual Papa Benedicto XVI, firmó un documento con fecha de 9 de febrero de 1970 en el que se cuestionaba la obligación del celibato al mismo tiempo que se advertía de "la desobediencia masiva de grupos de curas". El texto fue firmado por otros ocho teólogos, algunos pensadores de fama mundial como Karl Rahner, Otto Semmelroth, Karl Lehmann y Walter Kasper.

"Nuestras consultas y estudios coinciden en la necesidad de un tratamiento distinto de la ley que establece el celibato (...) tanto por la Iglesia alemana como para la Iglesia mundial", escribieron los teólogos en una carta a la Conferencia Episcopal alemana, para la que actuaron como consultores en cuestiones de fe y moral.

El contenido del documento se publica hoy en una información del diario alemán Süddeutsche Zeitung, titulada Las dudas del joven Ratzinger.

En el texto, los teólogos repiten muchas veces que, con su análisis, no quieren influir en ninguna decisión. Pero el hecho de que se animaran a escribir un documento de este tipo demuestra que por lo menos ellos mismos dudaban de la obligación del celibato.

El documento, que no se había publicado hasta ahora, debió haberlo entregado un colaborador de Rahner a un clérigo de confianza que pertenecía al grupo católico crítico con la Iglesia de la ciudad de Regensburg, Aktionskreis Regensburg (AKR). Permaneció cuidadosamente archivado durante 41 años y aparece ahora publicado por el AKR en su revista Pipeline.


Enciclica "Quo Graviora"


Encíclica de Gregorio XVI
Manifiesta a los Obispos de la Alta Renania su pesar por las calamidades que amenazan a la Iglesia, a causa de la Pragmática Constitución Civil de Offemburgo
Del día 4 de octubre de 1833
1. Las preocupaciones del Papa por la Pragmática Constitución civil y la negligencia en curar sus males.
Cuanto más graves sean los males que amenazan a la Iglesia Católica por las malvadas maquinaciones de los impíos, con tanta mayor prontitud deben esforzarse en contenerlas los Romanos Pontífices a quienes, constituidos en la Cátedra del Bienaventurado Pedro, se les dio la divina determinación, la suprema autoridad de apacentar, regir y gobernar la misma Iglesia. Pío VIII, predecesor nuestro de feliz recordación, comprendiendo ciertamente esto, apenas supo con máximo dolor que en las regiones de la provincia de Renania se habían intentado audazmente y no con vano conato, muchas cosas contra la doctrina de la misma Iglesia y su divina autoridad y constitución, en la carta que os dirigió en el año 1830, durante el mes de junio, animó, ya que las circunstancias lo exigían, vuestra pastoral solicitud a tutelar con todo celo los derechos de la Iglesia y defender la santa doctrina, de manera que en modo alguno dudarais en mostrar a quienes fuese necesario cuán contrarias eran a la razón y a la justicia las determinaciones perniciosas para la Iglesia que ya se habían adoptado o que estaban a punto de adoptarse, y procuraseis por lo tanto que fuesen revocadas. Sumamente preocupado por el enorme escándalo de las innovaciones os exigió una respuesta lo más rápida posible acerca del estado de esas iglesias, sea que estuviese acorde con sus deseos, para consolar su dolor, sea que, lo que no esperaba, les fuese adversa, para que pudiese tomar las medidas que reclamase el conflicto apostólico. Estas exhortaciones y sugerencias del Pontífice en un asunto tan grave, os hubieran debido incitar cuanto convenía a quienes, como abogados constituidos para defensa de la Iglesia, corresponde vigilar atentamente por su corrección. Pero lo que nunca pudo imaginar nuestro celebrado predecesor y lo que, si aún viviese, lo hubiera turbado sin duda muy vehementemente, estaba reservado para que Nos causara dolor a Nosotros que ocupamos su lugar poco después de los hechos mencionados. Contrariados y casi con repugnancia decimos, pero con todo no podemos dejar de decir, que las cosas sucedieron en forma tan contraria a los deseos de esta Santa Sede, la cual enteramente ignora cuales hayan sido vuestras gestiones que cerca de esos Príncipes por la incolumnidad de la Religión Católica habéis hecho y qué éxito hayáis logrado, que pasados tres años aún espera los relatos detallados que tan solícitamente os encareció Pío VIII de inmortal memoria. Ni siquiera podemos conjeturar que no habéis faltado a las obligaciones de vuestro cargo por el hecho de haberse aplicado desde entonces algún remedio saludable a las heridas infligidas allí a la Iglesia, siendo así que por el contrario nos proviene de allí una causa de más acerbo dolor. Pues no sólo están en plenísima vigencia las cosas que fueron sancionadas contrariando los convenios establecidos entre la Santa Sede y los Príncipes federados, y la misma Iglesia, violentamente despojada de la libertad que Cristo le concedió, está sometida a una indigna servidumbre, sino que también, si bien no Nosotros, lo veis vosotros con vuestros propios ojos, nuevas causas han hecho aún más ruinosa la situación en esas regiones. Del mismo conjunto de los clérigos se han levantado hombres que hablan perversidades y que condenando con suma imprudencia según es costumbre de los innovadores, aquella ansiada regeneración y restauración, enconándose temerariamente contra esta Santa Sede, procuran arrastrar discípulos tras sí, y engañar a los incautos. Por eso, se reunieron en una especie de sociedad y no dudan en tener reuniones y en tratar de reformar la Iglesia Católica según las exigencias de los tiempos; tal es su modo de expresarse. No hace mucho, según se nos notificó, dieron público ejemplo de esta gravísima temeridad no pocos clérigos de la ciudad de Offemburgo, los cuales siguiendo a F. L. Mersy, su decano, propulsor y jefe, llegaron a proponer al arzobispo de Friburgo para su aprobación varias reformas escogitadas en sus conventículos, y las propusieron a cada uno de los capítulos rurales suscitando conspiraciones para la misma iniquidad; se atrevieron, además, a adornar con muchos aditamentos un libelo y editarlo por dos veces con esta procaz inscripción: "¿Son necesarias reformas en la Iglesia Católica?" Y ¡ojalá que otros clérigos friburgueses no hubiesen tramado lo que pública y abiertamente hicieron los de Offemburgo en sus deliberaciones acerca de la Religión! ¡Ojalá se hubiera detenido dentro de los límites de aquélla ciudad la pésima sedición de los reformadores! Mas ya sabemos y con gran dolor lo recordamos que invadió casi todas esas regiones y sobre todo la diócesis de Rottemburgo y que se extendió también fuera de la provincia eclesiástica renana. No ignoráis, Venerables Hermanos, en qué principios erróneos se apoyan los hombres mencionados y sus secuaces y qué origen tenga el apetito que los mueve a introducir novedades en la Iglesia. No juzgamos inútil el descubrir aquí algo de eso y explicarlo claramente.
2. Los innovadores y la doctrina y disciplina de la Iglesia
Ha prevalecido desde hace tiempo y ampliamente se ha difundido por esas regiones la opinión falsísima, nacida del impío y absurdo sistema de la indiferencia religiosa, que afirma que la Religión cristiana puede ir perfeccionándose. Y como los propugnadores de esta vana opinión no se atreven a extender la presunta posibilidad de perfección a las verdades de la fe, la aplican a la administración y disciplina externa de la Iglesia. Para conciliar la fe con su error, perversamente y con no escasa habilidad para el engaño, se apoyan en la autoridad de los teólogos católicos que frecuentemente enseñan ser ésta la diferencia entre la doctrina y disciplina de la Iglesia mientras aquélla es perpetuamente una e inmutable y no susceptible de cambio alguno. Una vez sentado esto afirman que hay indudablemente muchas cosas en la actual disciplina, gobernación y culto externo de la Iglesia que no se acomodan a la índole de nuestros tiempos y que como perjudiciales para el incremento, conviene cambiar sin que se siga de ello detrimento alguno para la fe y costumbres. Así, ostentando celo por la Religión y bajo la apariencia de piedad acumulan novedades, meditan reformas y realizan la regeneración de la Iglesia.
Que estos innovadores se valgan realmente de tales principios, amén de manifestaciones en los muchos opúsculos divulgados sobre todo en Alemania, en que se desarrollan y defienden estas mismas cosas, aparece ahora claramente en el folleto impreso en Offemburgo y más aún en lo que imprudentemente añadió el predicho F. L. Mersy cabecilla del conventículo sedicioso allí celebrado, cuando hizo la segunda edición de la misma obra. Pero mientras torpemente envanecidos en sus pensamientos establecen por su cuenta tales cosas, o no advierten o simulan astutamente no advertir que caen en los errores condenados por la Iglesia en la proposición 78 de la Constitución "Actorem fidei" de Pío VI, predecesor Nuestro de piadosa memoria, publicada el día 28 de agosto del año 1794 y que atacan la sana doctrina que, según dicen, quieren conservar íntegra y proteger. Por cierto cuando sostienen que puede cambiarse indistintamente toda la forma exterior de la Iglesia ¿No someten también a mudanzas aquellos capítulos disciplinares que tienen su fundamento en el mismo derecho divino y que están unidos con estrecho vínculo con la doctrina de la fe, de manera que la ley de los que se ha de creer hace la ley de los que se ha de obrar? ¿No se empeñan además en volver humana a la Iglesia y manifiestamente injurian al Divino Espíritu que la rige, cuando juzgan que su actual disciplina está viciada de defectos, oscuridades y otros inconvenientes, imaginando que contiene muchas cosas no sólo inútiles sino contrarias a la incolumnidad de la misma Religión Católica? ¿Cómo es posible que hombres particulares se arroguen un derecho peculiar y propio de solo el Romano Pontífice? Pues aunque se trata de aquellas disposiciones disciplinarias que tienen fuerza en toda la Iglesia, pero como son de libre institución eclesiástica pueden sufrir modificaciones, sólo el Romano Pontífice a quien Cristo puso al frente de toda la Iglesia debe juzgar acerca de la necesidad de reformas según lo exigen las diversas circunstancias y según escribe San Gelasio: Emitir decreto canónicos, adaptar los preceptos de los predecesores de manera que luego de una discreta consideración se suavicen las cosas que la necesidad de los tiempos pide se amplíen para restaurar las iglesias. Dicho esto en forma resumida acerca de la falsedad de los principios en los que se apoyan los reformadores. Sería fatigoso, Venerables Hermanos, entreteneros en largas exposiciones de las impías acusaciones con las que, uniendo la audacia al error y a la licencia para insultar, común entre esta clase de personas, atacan a esta Santa Sede como si ella, exageradamente celosa de lo antiguo sin entender en lo absoluto la índole de nuestros tiempos, ciega en medio de la luz de los nuevos conocimientos, no distinguiendo suficientemente las cosas que respetan la sustancia de la Religión de las que se refieren tan sólo a su forma externa, nutriera las supersticiones, fomentara los abusos, y en fin obrara de tal manera que jamás se preocupase de las conveniencias de la Iglesia Católica. ¿A qué fin viene todo esto? Ciertamente para excitar el disgusto contra la Santísima Cátedra de Pedro en la que Cristo puso el fundamento de su Iglesia, fomentar el odio de los pueblos contra su divina autoridad y romper la unión de las demás iglesias con ella. De aquí que, buscando conseguir de vuestra fraternidad lo que saben no lograrán de esta Sede Apostólica, afirman que conviene que la Iglesia "patria" ("nacional") según ellos la llaman, se rija por sus propias leyes, llegando a atribuir a cada uno de los pastores de la Iglesia la libre facultad de suprimir y abrogar las leyes universales de la Iglesia según lo pida la utilidad de la propia grey. ¿Qué más? Como advierten que tampoco consiguen nada de vosotros, se empeñan en emancipar a los mismos presbíteros de la debida sujeción a sus obispos, y no temen concederles el derecho de administrar las diócesis.
3. Errores de los innovadores. Celibato
Por cierto que todas estas cosas total y manifiestamente invierten la jerarquía eclesiástica constituida por ordenación divina, contrariando la verdad de fe definida por los Padres tridentinos. Suscitan nuevamente los errores expresados en las proposiciones 6, 8 y 9 proscritos en la predicha constitución dogmática Auctorem fidei. Que tienden a esto también los clérigos de Offemburgo y que las mismas doctrinas condenadas están contenidas sobre todo en las adiciones insertas en la segunda edición del folleto, aparece tan a la vista que no deja el menor lugar a duda. Pero conviene enumerar particularmente algunos de los muchos errores en que por todas partes abunda ese opúsculo. En primer lugar se nos ofrecen las cosas que, con no menor audacia que falsedad, propalan los autores de la torpísima confabulación contra el celibato clerical, cuya ley no se atreven a atacar abiertamente como los demás. Quieren que los clérigos incapaces de guardar el celibato, eclesiástico y que son tan depravados y corrompidos en sus costumbres que no queda esperanza alguna de su enmienda, sean reducidos al estado laical de manera que puedan contraer nupcias válidas también ante la Iglesia; esto de ninguna manera está de acuerdo con la mente de los Padres tridentinos explicada en la sesión 7 can 9 de los sacramentos en general y en la sesión 23 capítulo 4 y can. 4. Ciertamente no se nos oculta con que artificios se esfuerzan por torcer hacia un sentido depravado la doctrina del concilio ecuménico.
Sostienen que según la sentencia del Tridentino, aquel que una vez fue ordenado sacerdote, no puede volver a ser laico por su propia autoridad pero sí puede lograrlo por la autoridad de la Iglesia, entendiendo por Iglesia a cada uno de los obispos a quienes otorgan la autoridad de volver los clérigos al estado laical; y que el carácter que se imprime en el orden es llamado indeleble por el concilio en cuanto el sacramento del orden no puede recibirse dos veces, no en el sentido de que el sacerdote no pueda, por el modo predicho, volver a ser laico; y no vacilan en enumerar el mismo carácter entre las recientes elucubraciones de los escolásticos. Imaginando tales desvaríos ¿qué otra cosa hacen con tan torpes cavilaciones e insistencia en una interpretación de los predichos decretos tridentinos contraria a la genuina y universalmente admitida por la Iglesia, sino acumular evidentes errores sobre errores?
4. Indulgencias
Ni se distancia menos de la sana doctrina lo que audacísimamente enseñan sobre la virtud y uso de las indulgencias. Ciertamente éstos o bien afirman sin ninguna duda, o insinúan por medio de muchos rodeos que las indulgencias en modo alguno pueden referirse a las penas temporales de los pecados que quedan para satisfacer por ellos, sea en esta vida sea en la otra, que hasta el siglo undécimo no fueron otra cosa sino la remisión de las penas canónicas que debían cumplirse a la faz de la Iglesia, y que, por primera vez se sometieron a la potestad de las llaves las penas que son impuestas por Dios al pecador, proviniendo de aquí una enorme depravación de la disciplina eclesiástica. El tesoro formado por los méritos de Cristo y satisfacciones de los santos fue inventado, dicen, por el Romano Pontífice Clemente V; en fin, para omitir lo demás, las indulgencias sólo sirven al presente en la Iglesia para recordar a los fieles las antiguas penitencias canónicas y atraer así a los pecadores a la penitencia. ¿Qué significa esto sino volver a renovar las proposiciones 17 y 19 de Lutero, 6 de Pedro de Osma, 60 de Bravo y en fin las proposiciones 40, 41 y 42 prescriptas en la citada constitución Auctorem Fidei e insturar con suma imprudencia los errores allí condenados?
5. Penitencia
Tanto más deplorable es la ciega temeridad de estos hombres que quieren reformar radicalmente el el santísimo instituto de la penitencia sacramental, se burlan contumeliosamente de la Iglesia y casi la acusan de error como si hubiese enervado ese mismo saludable instituto y menoscabado su eficacia y virtud, ordenando la confesión anual, concediendo indulgencias con la condición de que se practique la confesión y permitiendo el culto privado y las misas cotidianas. ¿Podrá la Iglesia que es columna y fundamento de la verdad y a quien el Espíritu Santo como consta enseña siempre todas las verdades, mandar, conceder y permitir cosas que conduzcan a la ruina de las almas y a la deshonra y detrimento de un Sacramento instituido por Cristo? "¿No será propio de una insolentísima locura, como decía San Agustín, disputar si se debe hacer lo que acostumbra hacer por todo el orbe de la Iglesia? No queremos pensar que estos innovadores que ostentan un celo tan vivo por fomentar la piedad en el pueblo, sólo desean que, disminuida o más bien suprimida del todo la frecuencia de los sacramentos, languidezca paulatinamente y se destruya por último la Religión entera.
6. Otros errores
Sería demasiado largo, Venerables Hermanos, proseguir enumerando las demás opiniones erróneas de los innovadores, sea acerca del estipendio de las misas que afirman deber suprimirse, como de la costumbre de ofrecer muchas misas por el mismo difunto, que dicen ser contrario a la doctrina de la Iglesia acerca de la infinita virtud del sacrificio de la nueva ley, o sea acerca de un nuevo ritual escrito en lengua vulgar que desean más adaptado a la índole de nuestros tiempos o en fin acerca de las congregaciones piadosas, las plegarias públicas y sagradas peregrinaciones, que de diversa manera reprueban. Es suficiente advertir que semejantes opiniones no proceden de otra corruptísima fuente ni manan de otros principios que los que hace tiempo condenó con solemne juicio La Iglesia en las varias veces mencionada Constitución Auctorem fidei, sobre todo de las proposiciones 30, 33, 66 y 78.
7. Conclusión y exhortación final
Siguiendo los ejemplos de nuestros predecesores en casos similares, Venerables Hermanos, juzgamos deber Nuestro exponeros estas cosas según parecía exigirlo Nuestro cargo apostólico, con el fin principal de que, puestos en evidencia los errores de estos hombres, aparezca en los hechos adónde conduce el depravado apetito de introducir novedades en la Iglesia. Por lo demás, con qué angustias esté oprimido nuestro corazón en medio de tantas amarguras como aflige a la Iglesia, fácilmente lo podéis suponer. Gemimos al ver a la Esposa sin mancilla del Inmaculado Cordero Jesucristo velada por los ímpetus de los enemigos externos e internos, y con abundantes lágrimas deploramos los males que la oprimían estando allí reducida a oprobiosa cautividad. Añádase lo que padece por causa de sus hijos torpemente alejados del seno amantísimo de su madre los que hablan falsamente contra ella. Lejos de nosotros sin embargo desfallecer, lejos de nosotros el contener la voz apostólica en tan grave necesidad de la causa apostólica, y que, despojándonos de la fortaleza, el juicio y la virtud del Espíritu de Dios y como perros mudos incapaces de ladrar, dejemos que la grey del Señor sea expoliada y las ovejas de Cristo se conviertan en pasto de todas las bestias del campo. Por tanto, queremos que estéis persuadidos, Venerables Hermanos, de que es tal la disposición de Nuestro ánimo que nada de lo que esté en nuestras manos dejaremos de hacer hasta que a la Iglesia Católica se le restituya la libertad anterior que pertenece enteramente a su divina constitución y sea cerrada la boca de quienes hablan iniquidades. Pero no podemos dejar de excitar con el celo de la Religión vuestra constancia y virtud, Venerables Hermanos, y de exhortaros vehementísimamente para que unidos con el Espíritu de Dios luchéis por la causa de la Iglesia. A vosotros que habéis sido llamados a participar de la solicitud cuya plenitud nos fue concedida, incumbe custodiar el santísimo depósito de la fe y sagrada doctrina, alejar de la Iglesia toda profana novedad y esforzaros con todo ánimo contra quienes se empeñan en conculcar los derechos de esta Santa Sede. Desenvainad pues la espada de la fe, que es la palabra de Dios, como tan encarecidamente os lo inculca el Apóstol Pablo en la persona de su discípulo Timoteo: instad oportuna e inoportunamente, argüid, rogad, reprended con toda paciencia y doctrina. Y nada os detenga a emprender cualquier combate por la gloria de Dios, la tutela de la Iglesia y la salud de las almas encomendadas a vuestros cuidados. Pensad en Aquel que sostuvo tan gran contradicción por obra de los pecadores. Pues si teméis la audacia de los malvados, puede darse por perdido el vigor del episcopado y la sublime y divina potestad de gobernar la Iglesia.
8. Palabras finales y Bendición
Ahora sólo resta que, meditando a los pies del Señor, reparéis con cuidado en la gravísima obligación de vuestro carago y el durísimo juicio que espera a todos los que gobiernan, pero muy en particular a los vigías de la casa de Israel. Confiamos en que os encenderéis en adelante de tal celos por ayudar según vuestras fuerzas a la Religión Católica y por defenderla de los impíos enemigos, que llegaréis a realizar aún mayores cosas de las que os escribimos. Reconfortados y solazados grandemente con esta esperanza os impartimos amorosamente a vosotros y a los pueblos confiados a vuestra fidelidad la Bendición Apostólica, augurio de todos los bienes.
Dado en Roma junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el día 4 de octubre de 1833, de nuestro Pontificado el año tercero. Gregorio, Papa XVI

jueves, 27 de enero de 2011

AL SOBERANO PERTENECE LEGISLAR

Discípulo.—Tenga la bondad, Padre, de resolver y disiparme otras dudas. Ante todo, ¿la confesión es absolutamente necesaria para cancelar o borrar los pecados?
Maestro.—Sí, absolutamente necesaria. Como es necesaria el agua para lavar las manchas, así es necesaria la confesión para lavar y quitar los pecados. Así lo ha establecido Dios; y desde el momento que ha creído obrar de este modo, a nosotros no nos toca sino obedecer.
Por otra parte, ¿qué otro remedio se puede haber escogido más fácil? Ninguno. Pongamos, por ejemplo, que por cada pecado hubiera ordenado que se diera una gran limosna, ¿a cuántos no les parecería gravosa y hasta imposible?... Supongamos que hubiese establecido un ayuno, ¿cuántos no podrían o no querrían ayunar?... Demos que hubiese mandado una larga peregrinación, ¿cuantos, aún con la mejor voluntad, no podrían cumplirla? Mas nada de todo eso. Cualquiera que sea el pecado, por cualquier número de veces que lo hubiese cometido, basta que se confiese con un ministro suyo, que el pecador puede elegir libremente, del modo más secreto, todo queda perdonado. Dime: si las leyes humanas y civiles hicieran lo mismo, si bastara presentarse al juez y confesar su delito para obtener el perdón, ¿habría cárceles y galeras?
D.—No, por cierto, todos los delincuentes se apresurarían a confesar, aún los más bribones.
M.—¿Por qué, pues se considera gravosa la confesión sacramental?
D.—¡Claro! Mas, ¿no bastaría confesarse con Dios directamente? ¿Qué necesidad hay de recurrir al sacerdote, y comunicar a otros nuestros intereses?
M.— Quien manda, manda, y cartuchera al cañón. Ven acá. El rey el gobierno mandan pagar los impuestos; ahora bien, prueba de ir a la Capital a pagar directamente al rey o al gobierno. Te dirán: ve a nuestro encargado, al cobrador y págale a él; y no te valdrán tus protestas. Quieren que se pague, pero al cobrador.
Así pasa con la confesión. Dios perdona, pero por medio de sus encargados, que son los confesores.
D.—Absolutamente cierto, jamás había pensado en ello.
M.—Y en lo tocante a lo que decías de manifestar a otros tus intereses, perdona que te pregunte, ¿de qué intereses se trata aquí? Se trata de pecados y no de intereses. Cuando te viene un fuerte dolor de cabeza , o de muelas ¿acaso por no manifestar tus intereses no acudes al médico o al cirujano para que te sane? ¿Y cuando alguien tiene alguna querella contra ti, no te vas a un abogado para que te salve de la condena?
D.—¡Ah! si, voy inmediatamente al médico o al abogado a contarle todo lo que me pasa, y procuro explicarme bien.
M.—¿ Cómo, pues, sólo con respeto a la confesión, que es un secreto impenetrable y divino, se teme manifestar los propios intereses? ¡Vamos, estas son excusas muy débiles, que a la legua revelan una buena dosis de mala voluntad.
D.—Sin embargo, Padre, me habrá de conceder que es cosa muy dura tener que manifestar ciertas miserias.
M.—Que sea algo duro, concedo, porque nuestro amor propio queda algún tanto humillado, mas después de todo es un deber y una necesidad. ¿Acaso no se manifiestan al médico ciertas miserias?...
D.— ¡Oh sí, con tal de sanar!...
M.—Pues bien, o se quiere recibir la gracia de Dios y volver a ser su hijo, o se quiere permanecer en el pecado y continuar siendo hijo del demonio y esclavo del infierno. No hay escape; y para conseguir librarse es indispensable la confesión, sin la cual ni puede haber paz, ni perdón, ni Paraíso.
Al Soberano toca legislar. He aquí otra vez la prueba de ello por los hechos.
* * *
En la crónica de la Orden de San Benito se narra de un religioso llamado Pelagio, que habiendo, por desgracia, en su juventud cometido un grave pecado, resolvió no confesarlo. Pasó en este estado meses y años con gran aflicción, preso siempre de los más graves remordimiento. -Habiendo pasado por ahí un peregrino, como inspirado por Dios, dijóle: "Confiésate, Pelagio, Dios te perdonará y conseguirás la paz". Mas él se obstinó en su silencio, lisonjeándose de obtener el perdón sin confesarse, y se determinó a darse en cambio a grandes penitencias. Entró en un monasterio; allí era la admiración de todos por su humildad, su obediencia, ayunos y mortificaciones continuas, reputándole todos, por ello, como santo. Vino finalmente, que murió y fue sepultado, con gran sentimiento de todos, en la sepultura de la iglesia, como se acostumbraba entonces. A la mañana siguiente el sacristán encontró su cuerpo sobre la sepultura, y lo enterró de nuevo. También a la mañana del tercer día lo encontró de nuevo afuera. Entonces avisó al abad, el cual, con los demás monjes, rodeado el cadáver, le dijo: "Pelagio, tú siempre fuiste obediente en vida, obedece ahora después de muerto. Dime, de parte de Dios, ¿estás acaso en el purgatorio? ¿tienes necesidad de sufragios, o es voluntad de Dios que se te ponga en un lugar más digno?" Entonces, el difunto, dando un aullido, respondió: "¡Ay de mí! Estoy en el infierno por mi pecado que no confesé desde hace ya muchos años, del cual esperaba obtener misericordia por otros medios. Sacadme de aquí y sepultadme en un estercolero como a los jumentos.
* * *
De una monja se lee que habiendo cometido un pecado a la edad de siete años, nunca quiso confesarlo, con la esperanza de que le fuese perdonado lo mismo. A tal fin se encerró en un convento y se hizo religiosa. Por su vida austera y por la práctica de todas las virtudes, fue elegida abadesa, cargo que desempeñó del modo más escrupuloso y ejemplar. Mas le llegó la muerte, se apareció a las religiosas rodeada de llamas y gritando desesperadamente, decía: "No roguéis por mí, que estoy condenada por un pecado que cometí a los siete años y que jamás confesé".

D.—¡Pobrecitos! Y pensar que con haber dicho una palabra en la confesión hubiera bastado para hacerles felices, ¿no es así, Padre ?
M.—Cierto que sí, y sin embarco se acarrearon un infierno aquí y otro mayor allá. No obstante, créelo, no es corto el número de estos desgraciados que no quieren persuadirse que para perdonar los pecados es indispensable la confesión, la cual, además es una necesidad del corazón.
D.—¿ Cómo que hasta una necesidad del corazón ?
M.—Te lo pruebo.
* * *
No hace muchos años corría en la prensa de Italia el caso de un hombre, —zapatero de la ciudad de Bassano en el Véneto—, el cual en un ímpetu de cólera arrojó un hierro contra un sobrino suyo de corta edad y lo mató.
Horrorizado de lo que acababa de hacer, escondió el cadáver, y por la noche se fue y lo enterró en un bosque. Buscóse durante muchos días al niño, hiciéronse por todas las más extrañas conjeturas, pero nadie pensó en el zapatero, nadie le había visto cometer el delito; lo hizo impunemente. Podía, pues, estar tranquilo y vivir con toda alegría. Pero desdo aquel día, ya no repicaba, sonoro el martillo, se volvió triste, pensativo. Vendió la casa y las herramientas y huyó a América.
Allí estaba seguro todavía. Había podido olvidar todo aquello y ser feliz. Muy de otro modo fue sin embargo. Al cabo de dos años vuelve, se presenta espontáneamente al juez y confiesa su delito. La justicia indaga, se busca en aquel bosque los míseros restos de la víctima, se instruye el proceso. Antes de dictar la condena, el juez, dirigiéndose al asesino le pregunta: —Dime, infeliz, ¿por qué, habiendo cometido el delito impunemente, y pudiendo quedarte tranquilo en América has venido a consignarte a la justicia y obligado a condenarte?
—Señor juez, responde el reo, no es verdad que lo haya hecho impunemente. Si fue impunemente para los hombres, no lo fue para Dios. Desde aquel día, jamás he gozado de paz, la sombra de aquel niño me turba el sueño, siempre veo mis manos gotear sangre. Condéneme a galeras y ojalá a muerte y acábese así una vida de remordimientos
El pobrecito equivocó el camino: si en vez de dirigirse a América, a la justicia, a las galeras, al deshonor, se hubiera acogido a los pies del confesor, ¡ ah! no hubiera visto la sombra de su víctima, ni sus manos destilar sangre, hubiera recobrado al punto la tranquilad de su conciencia.
• • •
D.—¡Oh, de veras, Padre, la confesión es una necesidad del corazón!
M.-¡Qué bien, si nos aprovechamos siempre y en toda ocasión! Así, como cuando se nos clava una espina en el pie o se nos mete una brizna en el ojo, no podemos aquietarnos hasta que sacamos la espina del pie o la puajuela del ojo; o como cuando el estómago siente angustia por haberle sentado mal algo, no se está bien hasta lanzarlo, así sucede con el pecado; no nos deja tranquilos hasta que lo sacamos de la conciencia mediante la confesión. Así lo ha establecido Dios y a El, que posee toda soberanía, le toca legislar.
D.—¡Cuan consolador ha de ser el perdon de Jesús después de años y más años de remordimiento! ¿No es verdad, Padre?
M.—¡Oh, sí! Ninguna alegría del mundo puede igualarlo. La confesión, además de ser una exigencia del corazón, es también un consuelo para las almas afligidas. Bien lo da a entender el hecho siguiente.
* * *
Predicaba una misión en un lugar de los Alpes el padre Brjdáine, célebre misionero francés. Un antiguo oficial de caballería, por la curiosidad de oír un orador tan renombrado, fue a oírle. Quiso Dios que aquella noche hablase de la necesidad de la confesión. La palabra sencilla, pero fervorosa y persuasiva del siervo de Dios, penetró hasta el corazón de aquel militar, el cual se resolvió a confesarse.
Fuese, en efecto, a la sacristía a postrarse a los pies del padre Brjdáine, el cual lo recibió bondadosamente y con toda caridad. Acabada su confesión se levantó, y besando la mano al Padre, exclamó en voz alta que oyeron todos: "En verdad digo, que en toda mi vida no he experimentado una consolación y una alegría tan grande, como ahora que me siento en gracia de Dios. Creo que ni siquiera el rey, a quien sirvo hace treinta y seis años, puede ser más feliz que yo".
Lo que dijo aquel viejo oficial francés es lo que podrían decir todos aquellos que, superando todas las dificultades, van a confesar y se confiesan bien. También aquí puede repetirse: Al soberano corresponde legislar, pero las leyes del Señor, ¡cuán dulces y suaves son!

Luis José Chiavarino
CONFESAOS BIEN

SEDE VACANTE IV

LA DOCTRINA A SALVO . . .
Pero, ¿LAS CONSECUENCIAS?
Es indudable que la discusión sobre la "colegialidad" fue una de las más agitadas y peligrosas del Vaticano II. El "ecumenismo", la "unión con las sectas separadas", uno de los principales, si no el principal objetivo de ese Concilio Pastoral, tropezaba, como con uno de los más graves obstáculos para la "unión" de los protestantes con la Iglesia Católica o, mejor dicho, para la unión de la Iglesia Católica con las sectas protestantes, en el 'Consejo Mundial de las Iglesias", entre otros puntos fundamentales de nuestra fe católica, con el Primado de Jurisdicción y la Supremacía del Magisterio del Romano Pontífice. Era necesaria, pues, eliminar o debilitar, al menos, esos dogmas católicos, fundados en la Escritura y en la Tradición. La "colegialidad", la existencia en la Iglesia de un Cuerpo Episcopal, cuya cabeza, si se quiere, es el Papa, pero del que son partes integrantes e iguales todos los obispos, ponía al Papa, si queréis, en una primacía de honor, en un centro de coordinación, en una especie de Secretario General, como el que usan en el "Consejo Mundial de las Iglesias", entre los protestantes; pero no como Cabeza suprema de la Iglesia.
La Operación Staffa, como, con ironía, designaron los "progresistas", la actuación de este sabio y valiente defensor de la fe y la verdad católica, no obtuvo, al parecer, los resultados buscados, para salvar, en punto tan básico e importante la doctrina esencial del Romano Pontíf¡ce. El Papa se contentó con ordenar una investigación oficial sobre estas y otras violaciones en los procedimientos del Concilio. La táctica seguida por los "peritos" había sido hábil, a no dudarlo; se redactó y se puso a votación un esquema en extremo escabroso y de suma trascendencia, sin empezar por precisar y definir la noción misma de lo que la Comisión entendía por "colegialidad". Y así se hizo, de un modo global e impreciso, la votación general, sobre el esquema preparado hábilmente por la Comisión, con fines evidentemente partidaristas.
Ya antes, hicimos ver los diversos sentidos, que en los diversos grupos tenía o pretendía tener la palabra "colegialidad". Según lo definido, como dogmas de fe, en el Vaticano I, nada podría añadirse, en este concepto, que, en lo más mínimo, menguase las prerrogativas propías y exclusivas de Pedro y de sus sucesores. La idea de"Colegio", fuera de la unión y dependencia de los obispos, respecto del Papa y de la jurisdicción participada que tienen en sus diócesis, no tenía, ni podía tener valor jurídico ninguno, por lo que se refiere a la Iglesia Universal. El Obispo es en su diócesis lo que el Papa es en toda la Iglesia, cuya unidad se afirma en la dependencia o comunión con el Romano Pontífice, de los obispos, sacerdotes y fieles. En los mismos Concilios Ecuménicos, en donde se realiza de una manera más tangible la idea de "Colegio" y de la "colegialidad", no se rompe, ni disminuye, en lo más mínimo, la dependencia de todos los miembros conciliares respecto del Papa.
Pero, el "progresismo", el "reformismo imperante" pretendía reaccionar contra lo que ellos llamaban "centralismo papal", buscando en la idea vaga de "Colegio Apostólico" una participación real de todos los obispos en el gobierno universal de la Iglesia y en los poderes y prerrogativas del Sumo Pontífice. Esta es la idea extrema y herética del cardenal Suenens, que, llevada a la práctica, hubiera destruido lo que el Vaticano I había definido respecto al Romano Pontífice, como dogmas de fe irreformables, en su sentido y expresión, y hubiera también destruido a la misma Iglesia de Dios.
El esquema, tal como había sido redactado por la Comisión, había sido aprobado por Paulo VI, antes de su primera votación. El Papa Montini, a pesar de la teológica carta de Mons. Staffa y del documento redactado por los 35 Cardenales y Superiores Generales de algunas Ordenes religiosas, en el que Advertían al Pontífice que el texto sobre la "colegialidad", globalmente votado, tenía una marcada tendencia revolucionaria, o por lo menos, ambigua, que, a la larga, se prestaría a interpretaciones radicales y destructivas, después del Concilio no pareció aceptar estas fundamentales advertencias. El esquema parecía seguir contando con la aprobación y el apoyo de Paulo VI. Ni la visita personal del Cardenal, que encabezaba la carta, ni las explicaciones amplias, que, en nombre propio y de sus representados dio al Pontífice, ni los sólidos argumentos expuestos en las cartas de Mons. Staffora y de los Cardenales y Superiores Generales de algunas Ordenes religiosas hicieron a Paulo VI cambiar aquella que parecía su terminante decisión.
¿Fue ingenuidad? ¿Fue falta de visión? ¿Fue participación consciente, consigna dada por el Papa Montini de una proyectada reforma a esta estructura fundamental de la Iglesia y de su Jerarquía, tal como había sido instituida por su Divino Fundador, Jesucristo? Esta es una interrogación difícil de responder de una manera categórica y cierta. Pero lo que el hecho histórico nos demuestra es que el Papa Montini no es débil, ni indeciso, como piensan algunos, sino, por el contrario, sabe muy bien lo que busca y los medios por los que puede llevar sus planes adelante, dejando caer la responsabilidad de sus decisiones sobre las mayorías episcopales, en un plan democrático.
¿Por qué, tratándose de un asunto tan importante y trascendental, relacionado con la esencia misma de la Iglesia, se negó Paulo VI a que los teólogos de ambos grupos discutieran en su misma presencia sobre sus opuestos puntos de vista? ¿Por qué se turbó al oir los tres primeros nombres, que el Cardenal le dio de los teólogos del grupo antiprogresista, que iban a impugnar el esquema votado? ¿Por qué acudió a la afirmación de que el texto de la "colegialidad" había sido ya aceptado por una abrumadora mayoría, mayor que la necesaria, si el Papa Montini sabía muy bien que esa primera votación —como fue expresamente declarado a los Padres Conciliares— no tenía un valor definitivo, sino tan sólo explorativo? Aun admitiendo la mucha consideración y mucha oración que Paulo VI creía que los padres tuvieron, antes de votar sobre tema tan grave no parece una razón convincente para negarse a esa disputa, en la que debía esclarecerse ese tema de incalculable trascendencia, en el que se debatía el porvenir y aún la existencia de la Iglesia.
Lo que providencialmente vino a salvar tan delicada situación fue la imprudente jactancia de uno de los extremistas en las filas del progresismo, quien expresó anticipadamente la herética interpretación que ellos pensaban dar al texto votado, una vez que el Concilio hubiese terminado.
Ese papel cayó en las manos del anteriormente mencionado grupo de Cardenales y Superiores de algunas Ordenes religiosas, cuyo repretentante lo llevó personalmente a Paulo VI.
Ante la evidencia de la prueba, ¿cuál fue la solución excogitada por el Paulo VI? Ni aun entonces dio su brazo a torcer. A su juicio, ya que el texto del esquema no contenía ninguna falsa afirmación, sino tan sólo términos ambiguos, pensó que, conservando el texto original, podía añadir una explicación, una "NOTA", cuidadosamente redactada, que eliminase toda torcida interpretación. Esta solución es, pienso yo, una nueva prueba de cuál era, desde un principio, la mentalidad del Papa Montini, en este gravísimo asunto. La ambigüedad era casi general en todo el texto o, por lo menos, en sus partes más delicadas y peligrosas; no parece que una NOTA PRELIMINAR EXPLICATORIA fuese bastante para poner todos los puntos sobre las íes. ¿Por qué no rehacer todo el esquema? ¿Por qué no asentar, como base principal de todos los otros puntos, la doctrina ya definida en el Vaticano I, doctrina que todos los católicos tenemos que aceptar, bajo pena de eterna condenación? ¿Por qué dejar una puerta abierta, para que los enemigos, en cualquier tiempo, puedan insistir en sus demandas?
Es verdad que en la carta, que por instrucciones de Paulo VI envió al Cardenal Ottaviani el Secretario de Estado, además de la "NOTA" se pedía que algunos otros puntos del esquema fuesen con mayor precisión expresados. Pero, con mayor razón, pregunto: ¿por qué no rehacer todo el esquema y no querer con esos remiendos salvar la doctrina en punto tan trascendental, cuando es la voz de un Concilio la que habla?
El Secretario General del Concilio, hizo tres famosas declaraciones a todos los Padres, incluyendo a la Presidencia del Concilio y a los Cardenales moderadores. Las dos primeras, sin nombrar al Arzobispo Staffa, se referían a la carta que este Prelado dirigió a Paulo VI el 7 de noviembre. Según el Secretario General no había habido ninguna violación a las reglas directrices del Concilio. Las dudas concernientes a la doctrina expuesta en el capítulo tercero, ya habían sido entregadas, para ser debidamente examinadas, a la Comisión Teológica, por segunda vez.
Aquí parece haber cierta contradicción, en la respuesta: si no hubo violación, si las dudas propuestas por los padres no tenían el suficiente peso para Mf discutidas, ¿a qué mandarlas a la Comisión Teológica para ser nuevamente revisadas? ¿Acaso, sin oír a los quejosos, podía la dicha Comisión Teológica dar una respuesta a todos satisfactoria? Un estudio completo y sólido de esa Comisión, no podía hacerse -así parece- sin un diálogo, una discusión de los "peritos" de la Comisión Teológica con los Padres inconformes en la redacción del documento, en donde toda ambigüedad fuese totalmente eliminada.
Más sorprendente fue la segunda advertencia del Secretario General: La enseñanza, según esta notificación, de este capítulo no era una definición infalible; no era un nuevo dogma sino que era una enseñanza que debía ser aceptada por todos como la enseñanza de la Suprema autoridad de la Iglesia. Yo conozco -como ya lo he expresado en otras partes- que hay dos clases de enseñanzas del Magisterio de la Iglesia (Papa o Concilio): la extraordinaria que es la definición de un dogma nuevo, la cual siempre es infalible; y la ordinaria la cuál sólo es infalible, cuando se refiere a verdades ya dogmáticamente definidas anteriormente por Papas o Concilios, o a verdades que siempre y en todas partes enseñó la Iglesia. Esa "enseñanza de la Suprema autoridad de la Iglesia" de que nos habla el Secretario General, suponemos que se refiere a la enseñanza del Papa Montini, que él mismo nos advierte, por boca del Secretario General, no es "infalible", es decir que puede equivocarse, que no es una definición dogmática de ningún Papa, ni es una doctrina que siempre y en todas partes haya enseñado la Iglesia; pero que debe ser aceptada, porque es de la Suprema Autoridad del Magisterio, aunque él mismo reconozca que no está usando esa suprema autoridad, en una nueva definición, ni se está apoyando en definiciones anteriores de Papas o Concilios, ni en una enseñanza tradicional y universal de la Iglesia de Cristo. Y más inquieta el ver el contraste entre las enseñanzas equívocas de este Concilio con las enseñanzas invariables de la Iglesia de siempre.
Queda solo, como garantía de la nueva doctrina que quieren imponernos, el "obsequium religiosum" de que hablan los teólogos, que no tiene lugar, cuando existe una contradicción con verdades infalibles, ya definidas o siempre profesadas por la Iglesia.
Es en la tercera declaración del Secretario General donde se advierte el valor y el sentido de la "NOTA EXPLICATIVA PRELIMINAR", la que providencialmente vino a salvar, a lo menos para todos los católicos sinceros, la fe católica, definida inmutablemente por el Concilio Ecuménico Vaticano I. Según esta declaración la "NOTA" abarcaba todo el capítulo 3 del esquema sobre la "colegialidad". No hay "colegialidad" sin Pedro, sin el Papa; no hay gobierno de la Iglesia Universal sino en el Papa. Los Obispos, aun en el gobierno de sus diócesis dependen del Papa. Aunque la "mayoría" de ellos piensen en modo opuesto al Papa; aunque decidan algo sin el Papa, su opinión y sus mandatos carecen de valor para la Iglesia Universal, sin la suprema y definitiva decisión del Sumo Pontífice. Es decir, el "COLEGIO EPISCOPAL" no es una entidad jurídica universal, ni su doctrina puede considerarse como católica, hasta que queda aprobada y promulgada por Pedro y sus sucesores, con las condiciones ya anteriormente expresadas, a no ser que esa doctrina, sin haber sido definida, haya sido siempre aceptada por la Iglesia universal.
Al advertir, pues, el Secretario General que la enseñanza sobre la "colegialidad" no es infalible, no es dogmática, podemos, sin pecado, sin herejía alguna, rechazar esa doctrina, sobre todo, cuando con ella se pretende establecer una falsa base para destruir el Primado de Jurisdicción y la Supremacía del Magisterio de Pedro y de los sucesores de Pedro.
Recordemos aquí lo que definió el Vaticano I:
"Si quis dixerit, beatum Petrum Apostolum non esse a Christo Domino constitutum Apostolorum omnium principem et totius ecclesiae MILITANTIS VISIBILE CAPUT; vel eundem honoris tantum, non autem verae propriaeque jurisdictionis primatum ab eodem Domino nostro Jesu Christo directe et immediatae accepisse: ANATHEMA SIT.
(Si alguno dijere que el bienaventurado Apóstol Pedro no fue constituido, por Cristo Señor nuestro, príncipe de todos los Apóstoles; o que ese primado, que recibió directa e inmediatamente del mismo Jesucristo Nuestro Señor, fue tan sólo un primado de honor y no de una verdadera y propia jurisdicción, QUE SEA ANATEMA).

Y en el capítulo segundo leemos:
"Si quis ergo dixerit, non esse ex ípsius Christi Domini institutione seu jure divinu, ut beatus Petrus in primatu super universam Ecclesiam habeat perpetuos successores: aut Romanum Pontificem non esse beati Petri in eodem primatu successorem. ANATHEMA SIT".
(Si , alguno dijere que no es de institución de Cristo Nuestro Señor o de derecho divino que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre toda la Iglesia: o que el Romano Pontífice no es el sucesor en ese primado del bienaventurado San Pedro, QUE SEA ANATEMA).

Y en la definición dogmática de la Infalibilidad Pontificia, promulgada por el mismo Concilio, leemos también:
"Itaque Nos traditioni a fidei christianae exordio perceptae fide liter inhaerendo, ad Dei Salvatoris nostri gloriam, religionis catholi cae exaltationem et christianorum populorum, salutem, sacro approbante Concilio, DOCE MUS ET DIVINITUS REVELATUM DOGMA ESSE DEFINIMUS:
"Romanum Pontificem, cum ex cathedra loquitur, id est, cum omnium christianorum pastoris et doctoris fungens pro suprema sua Apostólica auctoritate doctrinam de fide vel moribus ab universa Ecclesia tenendam definit, per assistentiam divinam ipsi in beato Petro promissam, ea infallibilitate pollere, qua Divinus Redemptor Ecclesiam suam in definienda doctrina de fide vel moribus instructam esse voluit; ideoque eiusdem Romam Pontificis definitiones ex sese, non autem ex consensu Ecclesiae, irreformables esse".
(Así es como nosotros, adheridos fielmente a la tradición, que so remonta a los comienzos mismos de la fe cristiana, para gloria de nuestro Dios y Salvador, para ex.litación de la religión católica y para salud de los pueblos cristianos, con aprobación del Sagrado Concilio, ENSENAMOS y definimos como dogma revelado por Dios: (Que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el cumplimiento de sus altísimos deberes de Pastor y Doctor de todos los cristianos, con su Suprema autoridad Apostólica, define una doctrina sobre la fe y costumbres, que debe ser creída por toda la Universal Iglesia, por la asistencia divina, que le fue prometida en la persona de San Pedro, goza de aquella infalibilidad, la cual el Divino Redentor quiso que su Iglesia tuviese al definir la doctrina pertinente a la fe o a la moral; y que, por lo mismo, las definiciones del Romano Pontífice, por sí mismas, no por el consen timientode la Iglesia, son irreformables").

Permítaseme ahora, dada la importancia de la materia, reproducir aquí parte de mi libro "DONDE ESTA EL PAPA, ALLÍ ESTA LA IGLESIA" ya que así quitaré toda duda sobre mi ortodoxia y daré una demostración de que conozco la materia que estoy tratando: "Demostrado que Cristo fundó en su Iglesia un Magisterio auténtico e infalible, preservado del error por la asistencia especialísima del Espíritu Santo, hemos visto que Pedro independientemente del Colegio Apostólico como fundamento de la Iglesia, como Pastor supremo del rebaño de Cristo, como cabeza visible de la Iglesia, recibió entre sus prerrogativas y poderes, el don de la infalibilidad didáctica en el ejercicio de su supremo Magisterio.
Hicimos hincapié en que evidentemente esa prerrogativa no le fue dada a Pedro en beneficio propio, sino para bien de la Iglesia. El fin mismo de la Iglesia exige que los sucesores de Pedro, en el Magisterio jerárquico, estén también preservados contra todos los errores doctrinarios. O ¿vamos a pensar que Cristo dio solamente a los primeros cristianos un Magisterio infalible, dejando a las generaciones posteriores al cuidado de un magisterio meramente humano y falible? ¿Cómo entender entonces las promesas del Divino Fundador de una asistencia divina hasta la consumación de los siglos? Creer en la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia, creer en la infalibilidad de los sucesores de Pedro no es otra cosa que creer en el cumplimiento de las promesas de Jesucristo; creer en la "INERRANCIA" de la Iglesia, creer en su origen divino.
El supremo Magisterio de Pedro, que tiene por fin conservar la verdad y unidad de la doctrina de la Iglesia, sería ineficaz, si no gozase de la asistencia especial del Espíritu Santo, mediante la cual custodiase incontaminada la revelación, el Depósito de la Fe, predicada por los apóstoles, enseñada por Cristo y Fielmente la expusiese; es decir, si no fuese infalible. Porque, en la Iglesia, la fe ha de ser una y tan cierta, que sin ninguna clase de duda o temor prudente, pronta y seguramente podamos conocer todo lo que nos es necesario para salvamos, según las palabras de Cristo: "El que creyere será salvo; el que no creyere, se condenará".
Ahora bien, ¿quién sería capaz, entre los puros hombres y sin esta asistencia divina, sin esta prerrogativa, tratándose de una religión revelada, que comprende un cuerpo de doctrina, que se ha de creer, un conjunto de leyes que deben ser cumplidas y ciertos ritos y ceremonias que se han de guardar en el culto que se tributa a Dios; y tratándose de hombres de tan débil inteligencia, tan volubles, tan diversos en su modo de sentir y de apreciar las cosas y tan llenos de toda clase de pasiones, quién sería capaz, —digo—, de conservar la unidad de la fe con tan heterogéneos elementos?
Ni vale decir que la Iglesia decidiría, pues, ¿quién, con la frecuencia necesaria, estaría encargado de consultar el parecer de todos los miembros de la Iglesia o de su Jerarquía? ¿Quién determinaría el número de votos que se requenrían y con qué autoridad haría esta determinación? ¿Tendrían más valor los votos de los más ancianos, de los más doctos, de los más nobles? o por el contrario, ¿valdrían más los votos de los jóvenes, de los ignorantes, de los plebeyos? ¿Se buscaría en la frecuente convocación de los Concilios el medio para definir siempre la verdad? Pero, el Concilio no puede ser el medio para encontrar el fin propuesto, porque -haciendo a un lado otras razones— la Iglesia no podría estar en un Concilio permanente. Tendría, por lo tanto, que convocarse el Concilio para resolver cada caso particular y para decir si una nueva doctrina es o no es parte del Depósito de la divina revelación. Y ¿quién no ve las dificultades y dilaciones que estos Concilios traerían consigo? Basta observar que en los dos mil años de la Iglesia, tan sólo ha habido 21 Concilios Ecuménicos, incluyendo el último, si es que, por su carácter pastoral, puede considerarse como un verdadero Concilio. Entre Trento y el Vaticano I transcurrieron tres siglos; y entre el Vaticano I y el Vaticano II muy cerca de cien años. Por el contrario, los errores se suceden con pasmosa rapidez y todos los días surgen controversias en materia de fe y de moral de cuya correcta solución depende para todos la eterna salvación.
Es, pues, necesaria esta prerrogativa del romano Pontífice. Si Cristo se la concedió a San Pedro, no pudo negarla a sus sucesores. Cristo no hizo la Iglesia para un siglo, sino hasta la consumación de los siglos. La unidad y la estabilidad de la Iglesia exigen esta prerrogativa en aquel que es su fundamento y el Pastor supremo del rebaño de Cristo. Quitad la infalibilidad didáctica del Sumo Pontífice y los miembros de la Iglesia, como los protestantes, andarán desorientados, como ovejas sin pastor, expuestas constantemente a caer en las garras del lobo.
Para ver el alcance y el verdadero sentido de la infalibilidad didáctica del romano Pontífice, vamos a traducir de nuevo ahora las palabras, cuyo texto latino dejamos ya citado más arriba;
"Asi, pues, Nosotros, apoyándonos firmemente en una tradición que se remonta al exordio mismo de la fe cristiana recibida, para gloria de nuestro Dios y Salvador, para exaltación de la religión católica y para salud del pueblo cristiano, con la aprobación del Sagrado Concilio, enseñamos y definimos como dogma revelado por Dios:
Que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, es decir, cuando funge su oficio de pastor y de doctor de todos los cristianos, al definir con su suprema autoridad apostólica la doctrina de la fe o de costumbres, que debe ser creída por toda la Iglesia, es por si infalible, y, por lo mismo, sus definiciones, por si mismas, no por el consentimiento de la Iglesia, son irreformables". (Conc. Vat., sess. IV, c. 4).

Según las palabras citadas, el Romano Pontífice, es considerado aquí como cabeza visible de todo el Cuerpo de la Iglesia, como Pastor de todo el rebaño de Cristo, como Vicario en la tierra del mismo Salvador; y, por lo tanto, en cuanto ejerce su propio oficio de enseñar, definir y declarar la verdadera fe, la Verdad Revelada, y las leyes saludables de las costumbres y aquellas cosas que con ellas están conectadas; y así mantiene la unidad de la Iglesia y la pureza de la vida de los fieles. El Romano Pontífice puede ser considerado en tres diversas maneras:
1°.-Como hombre particular, como teólogo privado; y entonces, es evidente que puede errar, no sólo en cuestiones puramente humanas, sino aún en asuntos relacionados con la fe; sin que esto signifique que pueda llegar a definir ex cathedra el error.
2°.-Como Pontífice, pero no definiendo algo, en virtud de la plenitud de su autoridad apostólica. Por ejemplo, cuando habla acerca de un asunto que no pertenece a la Iglesia Universal, o, cuando menos, aunque sea un asunto pertinente a la Iglesia Universal, su juicio no es dogmático, no es último y definitivo.
Hay que tener presente que la definición papal no supone un descubrimiento científico o teológico que haga el Papa, sino simplemente decimos, enseñarnos infaliblemente que esa verdad definida por él está comprendida en el Depósito de la Divina Revelación. Aunque, según la definición del Concilio Vaticano I, no alcanza a otros casos la infalibilidad pontificia, sería, sin embargo, temerario oponerse y negar —sin graves y evidentísimos razones- las enseñanzas de los Papas, ya que cuentan siempre, aunque no de esa extraordinaria asistencia divina, que supone sus definiciones ex cathedra, con la gracia de estado, la asistencia divina, que exige, sin embargo, la libre cooperación de la libertad humana.
En muchas de las Encíclicas, en las que, cumpliendo su oficio de Pastor de la Iglesia, los Papas exponen la doctrina católica, en el Magisterio ordinario de la Iglesia, pero no hacen propiamente una definición, no emiten un juicio dogmático nuevo, sin más bien instruyen a los fieles con la doctrina de la Iglesia, que es Columna y Firmamento de la Verdad, por ser dirigidas a la Iglesia Universal, en los puntos substanciales que directamente son allí expuestos, aunque no contengan una nueva definición, deben ser aceptadas con toda sumisión por los fieles, a no ser que encontremos una doctrina novedosa, que contradice la voz secular de la tradición y de las enseñanzas definitivas de otros Pontífices
3°. -Finalmente, cuando habla ex cathedra, como Pontífice máximo, precisamente "en cuanto funge su oficio de Pastor y Doctor de todos los católicos, al definir, con su suprema autoridad apostólica la doctrina de la fe o de custumbres, que debe ser creída por toda la Iglesia". En este tercer caso, cuando define ya sea una verdad que no había sido antes definida, ya sea una verdad contenida explícitamente en las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, que el Papa con nuevo juicio, con nueva definición ratifica y confirma, según las exigencias de los tiempos, como Pastor y Doctor supremo de todos los cristianos, es infalible, no puede errar "por la asistencia divina que le fue prometida a San Pedro, para bien de la Iglesia. A este último caso se refiere expresa y directamente la definción dogmática del Vaticano I.
Antes de hacer esta definición dogmática sobre la infalibilidad del Supremo Magisterio de Pedro, el Concilio Vaticano I (cap. IV) expone los invictos argumentos en que se funda, y demuestra que el Primado de Pedro contiene la excelsa prerrogativa de la suprema potestad del Magisterio de la Iglesia Universal. ¿Cuáles son los argumentos que sucintamente señala al Concilio? El concilio expone, en primer lugar, tres argumentos tomados de la tradición: 1) Esta fue siempre la convicción firmísima y la práctica constante de la Sede Romana: haec Sancta Sedes semper tenuit, 2) El uso perpetuo de la Iglesia Universal corrobora esta verdad: perpetuus Ecclesiae usus comprobat. 3) y los mismos Concilios Ecuménicos (es decir la Iglesia Universal), principalmente aquellos en los que el Oriente y el Occidente se unieron en la unidad de la fe y de la caridad, así lo han enseñado: ipsaque oecumenica Concilla. . . declaraverunt. Después de estos argumentos, el Concilio señala otro argumentos teológico, basado en el fin de esta prerrogativa.
Que esta haya sido la convicción firmísima de la Sede Romana y su práctica constante, lo comprueba el Concilio con estas palabras: "para cumplir éste su oficio pastoral, nuestros predecesores, sin interrupción y sin claudicación alguna, han siempre trabajado, para que la doctrina saludable de Cristo se propague en todos los pueblos de la tierra, y con igual solicitud han vigilado para que, en donde ya dicha doctrina fue recibida, se conserve pura y sincera. . . Y los Romanos Pontífices, según la condición de los tiempos y de las cosas lo exigía, ya convocando los Concilios Ecuménicos o explorando el sentir de la Iglesia Universal, diseminada por todo el mundo ya por los sínodos particulares, ya valiéndose de otros auxilios que la Providencia de Dios les ofrecía, han definido siempre las cosas que hay que creer y que ellos, con el auxilio de Dios han conocido como verdaderas, según las Sagradas Escrituras y las tradiciones apostólicas. Porque no les fue prometido el Espíritu Santo a los sucesores de Pedro, para que con una nueva revelación enseñasen (la Iglesia) una nueva doctrina, sino para que, con la asistencia del Espíritu Santo, guardasen incorrupta y fielmente enseñasen la revelación que de los Apóstoles recibieron o sea el Depósito de nuestra Fe. Y, por eso, todos los venerables Padres han abrazado y los Doctores ortodoxos han venerado y seguido la doctrina apostólica (de los sucesores de Pedro), porque sabían perfectamente que esta Santa Sede de Pedro permanece siempre inmune de todo error, según la divina promesa de Nuestro Salvador y Señor: "Ego rogavi pro te ut non deficiat fides tua et tu aliquando conversus confirma fratres tuos". (Yo he rogado por tí, para que tu fe no desfallezca; y tú, ya convertido, confirma en esa fe a tus hermanos).
Siempre, desde los más remotos tiempos, los Romanos Pontífices han zanjado y dirimido las controversias, que en cuestiones de fe han surgido en la Iglesia, y sus decisiones han sido aceptadas como definitivas. Al pronunciar sus solemnes juicios, los Papas hablan como dotados de la prerrogativa de la infalibilidad, sin protesta alguna de la Iglesia. Así, por ejemplo, ya a fines del siglo II, el Papa Víctor excomulgó a Teodoreto, que negaba la divinidad de Jesucristo, y su sentencia fue tenida por definitiva... Ceferino, a principios del siglo III, condenó al montanismo, desde entonces los montanistas fueron tenidos por expulsados de la Iglesia. Por los años 220, los sabenianos son condenados por el Papa Calixto, y desde esa condenación la Iglesia los consideró como herejes. Los Padres del Concilio Cartaginés y Miletivano decretaron que en la causa de los pelagianos se había de recurrir, como se hizo, al Papa, para que diera su solución definitiva. Lo mismo determinó San Cirilo de Alejandría en la causa de Nestorio.
El Papa Silvestre (325) presidió por sus legados el Concilio Niceno. Julio I (342) determinó que las causas de los obispos se habían de juzgar en Roma. Dámaso, después del Sínodo de Arrímini, propuso una regla de fe a los obispos orientales para que la suscribieran. Y Siricio (385) escribiendo a Himenio, Obispo de Tarragona dice: "llevo la carga de todos o, por mejor decir, en mí la lleva el beato Apóstol Pedro, que, como esperamos, nos protegerá en todo a los herederos de su administración".
El segundo argumento expuesto por el Concilio Vaticano I, para comprobar la suprema autoridad del Magisterio de Pedro y la infalibilidad pontificia es el uso perpetuo de la Iglesia. Desarrollar históricamente ese argumento exigiría un prolijo trabajo, impropio de nuestro objeto. Sin embargo, traeremos los testimonios de algunos Santos Padres y Doctores de la Iglesia, así del Occidente, como del Oriente. Pero, antes, citemos otras palabras del Concilio Vaticano I, que de propósito omitímos, por parecemos más propias de este segundo argumento: "Por esta razón, dice el Vaticano I, los obispos de todo el Orbe, ya individualmente, ya congregados en Sínodos, siguiendo la inveterada costumbre de las Iglesias y la forma de la antigua regla, manifestaron principalmente a esta Sede Apostólica aquellos peligros que en los negocios de la fe surgían, para que ahí especialísimamente fueran reparados los daños de la fe, donde la fe no puede tener defecto alguno".
Recordemos ahora las palabras de San Ireneo, que por su claridad no necesitan explicación alguna: "Porque con esta Iglesia, por su más excelsa y poderosa dignidad, es necesario que convengan todas las Iglesias, es decir, todos los fieles de todas partes del mundo, en la cual todos los fieles de todas las regiones han hallado conservada y custodiada la tradición apostólica". Con este testimonio de San Ireneo concuerdan otros del insigne Doctor griego, San Máximo Mártir.
De la Iglesia de Cartago, traigamos el testimonio de San Cipriano, que escribe lo siguiente (Epist. 40 ad plebem): "Hay un solo Dios, y un solo Cristo, y una sola Iglesia, y una sola cátedra sobre la roca, fundada por la voz del Señor... Cualquiera que en otro lugar reuniere, desparrama". Y, en otro lugar: "Los herejes se atreven a navegar hacia la Cátedra de Pedro, hacia la Iglesia principal, de donde nació la unidad sacerdotal..." (Epst. ad Cornelium). Más bello y, si cabe, más elocuente es el siguiente testimonio del mismo mártir sobre la Iglesia de Roma: "Muchos son los rayos del sol, pero uno es el foco de donde proceden; y muchas son las ramas del árbol, pero uno es el tronco sostenido por profundas raíces; de una misma fuente se derivan muchos arroyos, y, aunque las aguas se difundan por diversos cauces, se guarda, sin embaí go, la unidad en su origen. Separa el rayo del Sol del foco de donde dimana y perderá su luz; desgaja la rama del tronco, y así, ya quebrantada, no podrá germinar; aparta los ríos de su fuente y se sacarán. Así sucede en la Iglesia del Señor, que, con claridad sorprendente, envía sus rayos por todo el orbe, pero una misma es la luz que por todas partes se difunde, sin que sufra su unidad. Con prodigiosa fecundidad extiende su copudo y frondoso follaje a toda la tierra . . . pero una es la cabeza, uno mismo es el origen, una es la madre rica y fecunda". Este centro de unidad y de vida es la Cátedra de Roma (De Unitate Ecclesiae, c. 5)

El testimonio de San Agustín es también decisivo. Habían condenado, en dos Concilios, los obispos de África a Pelagio y Celestio, y escribieron después al Papa Inocencio para que, con su suprema autoridad apostólica confirmase la sentencia de los Concilios. Al recibirse en Cartago la respuesta afirmativa del Romano Pontífice, San Agustín pronunció un sermón en el que hizo esta terminante afirmación: "Ya se han enviado las sentencias de dos Concilios sobre esta causa a la Sede Apostólica. Ya vinieron de allá los documentos. Causa finita est: la causa está terminada; ¡Ojalá terminase también pronto el error! ". (Sermón 131, núm. 10). Luego, según San Agustín, la causa no estaba terminada, a pesar de las condenaciones conciliares, hasta que la Santa Sede con su autoridad apostólica, confirmó las decisiones de los Concilios.
San Bernardo, en su carta (190) al Papa Inocencio II, en la que habla de los errores de Abelardo, escribió este magnífico testimonio de la infalibilidad pontificia; "Es necesario denunciar ante vuestra autoridad apostólica todos los peligros y escándalos que surjan en el Reino de Dios, y especialmente aquéllos que atañen a la fe. Porque me parece digno que allí principalmente sean reparados los daños de la fe, donde la fe no puede tener defecto".
Antes de terminar estos testimonios, que, entre otros muchos, hemos escogido, vamos a citar al Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino, cuya exactitud y precisión es de todos bien conocida: "La edición del símbolo pertence a aquella autoridad, a la que también pertenece determinar finalmente aquellas cosas propias de la fe y que todos deben abrazar con una fe inquebrantable. Pero esta autoridad pertenece al Sumo Pontífice, a quien los asuntos mayores y más dificiles (de la fe) deben llevarse. Por eso dijo el Señor a Pedro: Ego rogavi pro te. Yo rogué por tí, para que tu fe no desfallezca; y tú, ya convertido, confirma a tus hermanos". (II II, Q. 1, art. 10).
El tercer argumento que el Concilio Vaticano señala para probar a suprema potestad del Magisterio y Jurisdicción de los Sumos Pontífices y, consiguientemente, su infalibilidad, son las declaraciones de los Concilios Ecuménicos, principalmente las de aquéllos, en los que el Oriente y el Occidente convinieron sobre la unión de la fe y de la caridad. Tres son los testimonios de Concilios que, a continuación, son citados por el Vaticano I: el IV Concilio Constantinopolitano el II de Lión y el de Florencia.
Los Padres del octavo Concilio Ecuménico, que es el IV de Constantinopla, suscribieron e hicieron suya la siguiente regla de fe, propuesta ante los obispos, que habían participado en el cisma de Acacio. Ya antes del Concilio había sido suscrita y aceptada por todos los Obispos de Oriente, por el Emperador Justiniano y por los Patriarcas de Constantinopla Epifanio, Juan y Mena: "La primera salud es guardar la regla de la verdadera fe ... Y, pues, no puede hacerse a un lado la sentencia de Nuestro Señor Jesucristo que dice: Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam, tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia . . . Estas palabras, que fueron dichas, son comprobadas por los efectos de las cosas, porque en la Sede Apostólica siempre se conserva sin mancha alguna la religión católica. No deseando, pues, en manera alguna separarnos de su fe y doctrina . . . esperamos merecer estar en aquella única comunión (de fe), que predica la Sede Apostólica, en la que sólo se halla la verdadera e íntegra solidez de la religión cristiana".
En la profesión de fe que, con la aprobación del II Concilio de Lión (1274) se propuso a los griegos disidentes, que regresaron a la unidad de Roma, se encuentra este incuestionable testimonio sobre la suprema y definitiva autoridad del Magisterio de la Sede Apostólica: "Que la Santa Iglesia Romana tiene el sumo y pleno primado y principiado sobre la universal Iglesia católica, el cual primado recibió del mismo Señor (Jesucristo) en la persona de San Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, de quien es sucesor el Romano Pontífice, con la plenitud de la jurisdicción ... Y, como más que todas las demás Iglesias está obligada (la Iglesia Romana) a defender la verdad de la fe, así deben ser definidas por su juicio todas las cuestions que surjan acerca de la fe".
En el Concilio de unión con los griegos de Ferrara-Florencia, conocido como el Concilio Florentino (1438-1445), que estuvo presidido por el Papa Eugenio IV en persona, y al que asistieron el Emperador Juan Paleólogo, el Patriarca de Constantinopla y muchos obispos orientales, encontramos el tercer argumento conciliar. El 6 de julio de 1439 se publicó solemnemente el decreto de unión, firmado por todos los obispos griegos, excepto el de Efeso. En él, además de otros puntos doctrinales, se hace la siguiente definición sobre el Primado de la Santa Sede: "Definimos que la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tiene el primado en todo el orbe universo; y que el Romano Pontífice es el sucesor de San Pedro, príncipe de los Apóstoles, y verdadero Vicario de Cristo, y cabeza de toda la Iglesia, y que su oficio es de Padre y de Doctor de todos los cristianos; y que a él, en la persona de San Pedro, le fue dada por Nuestro Señor Jesucristo la plena potestad de apacentar, regir y gobernar la Iglesia Universal, como en las Actas de los Concilios Ecuménicos y en los sagrados cánones se contiene".
Hasta aquí los argumentos de la tradición enumerados por el Vaticano I. Antes de la declaración dogmática de la infalibilidad pontificia, el Concilio aduce un argumento teólogico, al decirnos el fin de la infalibilidad del Papa, que no es otro sino poder cumplir su altísima misión de Supremo Pastor y Doctor de la Iglesia, para que todos los fieles sean apacentados con la verdad y sean libres del error, y de este modo, quitada la ocasión de los cismas y divisiones, la iglesia se conserve en la unidad, sobre el fundamento que Cristo le dio y contra la cual las puertas del infierno nunca prevalecerán.

EL ESTUDIO MEDICO DE LA VIDA Y DE LA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR

La persona física de Cristo
"Si el rostro del hombre refleja el alma invisible —escribe el Padre Didón—, Jesús debió ser el más hermoso entre los hijos de los hombres. La luz de Dios, velada por la sombra del dolor, esclarece su frente con un resplandor dulce, que el arte humano nunca logrará pintar".

Hasta 1898, acerca del aspecto corporal de Cristo, no se poseían más que vagos pormenores de la tradición, sintetizados por otra parte en tres imágenes cuya autenticidad se admite con claras reservas. Son los Santos rostros, llamados acheiropoiétes (no hechos por la mano del hombre):

1. La Sacra Távola, conservada en el Sancta Sanctorum, es una imagen de Cristo pintada sobre madera de cedro o de olivo. Atribuida a San Lucas, habría sido terminada por los ángeles. Se la conoce en Roma desde los primeros siglos, pero hoy no sería más que un calco que cubre el original dañado por el tiempo.
2. La Imagen de Edesa, conservada en Ginebra, sería un retrato que Jesús habría enviado a Abgar, rey de Edesa en la Mesopotamia. Esta imagen era ya célebre en el siglo III.
3. La Verónica (vera icón, verdadera imagen) conservada en San Pedro en Roma. Sería la impresión milagrosa que el Salvador habría dejado sobre el velo con que la santa mujer, Berenice, secó su rostro, cubierto de sudor y de sangre, durante la subida al Calvario. Al parecer, está casi completamente borrada, y se le conoce solamente por el grabado llamado "el Santo Rostro de Tours".
Estos Santos Rostros, más o menos restaurados o reconstruidos, no permiten siquiera, a pesar de una notable comunidad de caracteres, la representación del verdadero semblante de Cristo. Mas en 1898 tuvo lugar la exposición de una reliquia de la Pasión, la Mortaja de Cristo; llamada comúnmente Santo Sudario, que después de haber sido conservada al parecer sucesivamente en Constantinopla, Besanzón, Lirey y Chambery, se halla en Turín, desde que se la llevó allí para ofrecerla a la veneración de San Carlos Borromeo. Se reconoce en ella la doble impresión, por cierto muy vaga, de un cuerpo humano.
Ahora bien, una fotografía de la reliquia hecha por el caballero Pia, dejó comprobar con estupefacción que el clisé daba una imagen positiva singularmente elocuente: la impresión de la mortaja era y es un verdadero negativo. El estudio realizado por Paul Vignon, doctor en ciencias, con la colaboración del profesor Yves Delage, de Hérouard, maestro de conferencias en la Sorbona y del Comandante Colson, de la Escuela Politécnica, llegó a la conclusión de que la impresión se debió al contacto del cuerpo de un ajusticiado en las condiciones de la Pasión de Cristo, envuelto apresuradamente en una tela embebida del áloe de que hablan los Evangelios y dejada solamente un tiempo limitado en el sepulcro.
La reliquia proclamaba por sí misma su autenticidad y después de diecinueve siglos nos traía la fotografía de Cristo.
Las exposiciones recientes en 1931 y 1933 no han hecho más que confirmar estas conclusiones. Las fotografías tomadas durante estas exhibiciones por el caballero Enrié pueden obtenerse en los "Tertiaires du Carmel de l'Action de Graces", que tenía su sede en Cormeille-en-Parisis. (S. y O.), 4, route de Montigny.
A pesar de algunas lagunas en la historia de la reliquia, que fueron la base de discusiones a veces apasionadas, se puede piadosamente contemplar en ella el cuerpo del Hombre-Dios, muerto para redimirnos.
A nuestros ojos se presenta el cuerpo descripto siete siglos antes por Isaías: "De la planta de los pies hasta lo extremo de su cabeza, nada hay intacto: no es más que herida, contusión, llaga tumefacta, que no ha sido envuelta en vendas, ni curada, ni untada con ungüentos, ni aliviada con aceite. (Isaías, I, 6.)
Mas a pesar de esas llagas, de esas heridas, es ciertamente el más hermoso de los hijos de los hombres, de acuerdo con la profecía mesiánica del salmo 45: talla esbelta de 1,80 metros, proporciones perfectas y, sobre todo, un rostro de incomparable majestad. Contemplándolo, se comprende la timidez de los discípulos en interrogar al "Maestro"; la retirada de los acusadores de la mujer adúltera, mientras Cristo escribe en el suelo; la elocuencia do Jesús ante Pilatos y... la confianza de los niños atraídos hacía Aquel que promete el cielo a los que se le parecen.

Cristo desde el punto de vista médico
Los evangelios hablan de su salud física solamente en las líneas de nuestro colega y patrono San Lucas:
"Y el niño crecía y se fortificaba, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en El" (Lucas, II, 40).
"Y Jesús crecía en sabiduría, en edad (algunas traducciones dicen: "en talla") y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lucas, II, 52).
La mortaja de Turín atestigua que ese crecimiento acabó en un ser de forma perfecta, y los teólogos estiman que la enfermedad y las flaquezas no afectaron su organismo, exento por parte de su Madre y por Sí mismo de la mancha original.
Parecería que esto sería todo lo que se puede decir de la persona física de Cristo y que no queda más que recoger con piedad las sublimes enseñanzas que fueron admiradas por la mayoría de no creyentes y no cristianos de todos los países y cuya observancia ha de dar la felicidad a la raza humana.
Pero como esas enseñanzas contrarían tantas tendencias y pasiones nuestras, el Espíritu del mal sabe explotar muy bien nuestras ignorancias y nuestros prejuicios; y se han hallado hombres que han tratado de socavar la doctrina, desacreditando y disminuyendo todo lo posible la persona física y moral de Cristo, quien habría sido un degenerado, porque sus padres iban todos los años a Jerusalén el día solemne de Pascua y "la devoción es un signo de degeneración": Cristo habría sido un alcoholista, porque reclamó el vino en las nupcias de Cana, y en otras oportunidades alaba el vino añejo: habría sido un histérico, un débil intelectualmente, un megalómano, un afectado por el delirio de persecución, etc. Es de lamentar por el honor del espíritu humano, de la ciencia médica y de los no cristianos de buena fe, que semejantes absurdos hayan podido ser sostenidos por médicos más o menos ateos o racionalistas. Además, con algo más de moderación, se han publicado: Jesús, estudio psico-patológico, Jesucristo del punto de insta psiquiátrico, La salud física de Jesús, Cristo a la luz de la psicología, etc., estudios enumerados por el Padre Grandmaison (T. II, página 122).
El Dr. Schrameck, en su tesis Creencia y sugestión (París, 1924) reanuda el antiguo paralelismo antirreligioso entre Apolonio de Tiana y Nuestro Señor. Al primero "para ser Dios —escribe— no le falta tal vez más que el haber nacido semita". Apolonio, representante de la "Taumaturgia en general" sería un sugestionador autosugestionado, de donde surgieron la autoridad, los discípulos, los "milagros", la deificación, el culto. El pastor Jorge Berguer quiso encuadrar en el psicoanálisis algunos rasgos psicológicos de la vida de Cristo. (Ginebra 1920). Nos parece absolutamente inútil insistir; de todas esas producciones recordaremos sólo el juicio de G. Stanley Hall en su obra: Jesucristo a la luz de la psicología (pág. 244):
"Por eso Jesús reúne en sí todas las tendencias nobles del hombre. Encarna a través de las edades toda su resistencia al mal. Contemplando su carácter, sus acciones, sus enseñanzas, el hombre retoma su mejor "yo", su yo de antes de la caída, y viendo así encarnado el verdadero ideal de su raza, hace algo para evocar en sí la fuerza de resistir al mal de dentro y de fuera, le da algún estímulo para acercarse a su yo de antes de la caída, y hasta puede poner en juego fuerzas subyacentes que llevan a un camino de regeneración, aportan un sentido nuevo del deber, una pasión nueva por servir, y dan al hombre un respeto nuevo para consigo mismo, un nuevo autoconocimiento, un nuevo autocontrol."

Los milagros médicos de Nuestro Señor.— Su finalidad
"Cristo ha hecho milagros para confirmar su doctrina, y para demostrar que había en El una virtud divina". (Summa theol. III, p. 9-43, a. 3, c.). El mismo lo proclama claramente en uno de sus milagros médicos, la curación del paralítico de Cafarnaúm:
"¿Qué es más fácil decir: "Tus pecados te son perdonados", o "Levántate y anda"?
"Ahora bien, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados (dijo al paralítico): Yo te lo ordeno, levántate, toma tu lecho y ve a tu casa.
"Y en el acto, levantándose ante ellos, tomó el lecho en que estaba recostado y se fué a su casa, glorificando a Dios".
Cuando los enviados de Juan Bautista se presentaron a Jesús y le preguntaron:
". . .¿Sois Aquel que ha de venir o es otro aquel que esperamos?"
A esa misma hora, Jesús libró a mucha gente de sus males, y de sus llagas, y de los espíritus malignos, y devolvió la vista a muchos ciegos.
Después de eso les contestó: "Id, anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: que los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos están purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan y el Evangelio es predicado a los pobres:
'Y bienaventurado todo aquel que no se escandalice de mí." (Lucas, VII, 20-33).

De hecho, entre los milagros de Nuestro Señor, las curaciones milagrosas ocupan el lugar mayor. De esta manera la medicina goza del glorioso privilegio de ser una de las ciencias principales, llamadas a atestiguar la naturaleza y la misión divina del Salvador.

Número. — Las curaciones practicadas por Nuestro Señor, según la opinión misma de autores racionalistas como Ewald y Holtzmann, llegan posiblemente a varios millares. Los Evangelistas relatan sin cesar su multiplicidad:
"Jesús... recorrió toda Galilea, predicando el evangelio del reino de Dios y curando todos los males, y todos los achaques entre el pueblo. Su fama se difundía por toda la Siria y se le presentaron todos los que estaban enfermos, afectados por dolores y varios sufrimientos... y los lunáticos y los paralíticos, y El los curaba" (Mateo, IV, 23-24).
"Todos aquellos que tenían enfermos afectados por diversas enfermedades, se los llevaban; y El los sanaba, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos" (Lucas, IV, 40).
"Y habían venido para oírle y para ser curados de sus males... y toda la muchedumbre trataba de tocarlo, porque una virtud partía de El y los curaba a todos" (Lucas, VI, 18-19).
"La gente del país (de Genesaret) reconoció en seguida a Jesús y recorriendo toda esa región comenzó a traer de todos los ángulos a los enfermos sobre camillas, en cualquier lugar en que creían que estaba.
Y en cualquier lugar en que se hallara, en aldeas, ciudades o campos, se colocaban los enfermos en las plazas públicas, y le pedían que les dejara tocar solamente la fimbria de su vestido; y todos los que la tocaban, curaban" (Marcos, VI, 54-56).

Y en otra circunstancia:
"Muchedumbres numerosas se le acercaban, habiendo entre ellas mudos, ciegos, cojos lisiados y muchos otros enfermos, y se echaban a sus pies y El los sanaba; y así las muchedumbres lo admiraban, viendo a los mudos que hablaban, a los cojos que caminaban, a los ciegos que veían; y glorificaban al Dios de Israel" (Mateo, XV, 30-31).

Estas fórmulas globales no son indeterminadas porque no se refieren a un vago "se dice". Se aplican a momentos preciosos de la vida de Nuestro Señor, y cada uno de esos momentos es citado por varios evangelistas.
Por otra parte, éstos relatan con sus pormenores unos treinta casos de esas curaciones: El hijo del oficial del rey, la suegra de San Pedro, el leproso de Cafarnaúm, el paralítico de Cafarnaúm, el paralítico de la piscina de Betsaida, el joven lunático, el ciego de nacimiento, el hombre con la mano desecada, el sirviente del centurión, el ciego y mudo, la hemorroísa, dos ciegos, un mudo, un sordomudo, la ciega de Betsaida, la mujer encorvada, la hidrópica, los diez leprosos, los dos ciegos de Jericó, la oreja de Malco.
Agreguemos las tres resurrecciones: el hijo de la viuda de Naím, la hija de Jairo y Lázaro.
La exactitud, lo vivido de alguna de esas narraciones es tal, que esas "observaciones" se cuentan entre las pruebas intrínsecas de la historicidad de los Evangelios. Una vez más la medicina ha sido llamada a "atestiguar" por Cristo.

Caracteres principales
Uno de los caracteres notables de las curaciones del Salvador es su variedad: los evangelistas enumeran las fiebres, la lepra, las parálisis, totales o parciales, las hemorragias, la ceguera, la sordera, el mutismo, la hidropesía, las llagas, las heridas, etc., sin contar... la muerte. Esta variedad excluye la acción de un proceso natural de curación y recalca la omnipotencia divina.
Lo mismo vale por los caracteres de instantaneidad e integridad de esas curaciones: la fiebre, las lesiones de la lepra, las de los ojos, de los oídos, etc., desaparecen instantáneamente; el paralítico se lleva su lecho; el Señor envía a los curados milagrosamente, para que los sacerdotes puedan comprobar su curación.
Se comprende la emoción de la muchedumbre en Jerusalén:
"Cuando Cristo venga, ¿hará más milagros que los que hace éste?" (Juan, VII, 31), y la afirmación del Apóstol: "Estos (milagros) han sido descritos, para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyéndolo, tengáis vida en su nombre" (Juan, XX, 31).

El interés de su estudio
Esta importancia atribuida por Nuestro Señor a los milagros que realizara, y por los Apóstoles a los que los relataban, explica cómo el esfuerzo anticatólico se ha dirigido con insistencia contra estas curaciones. Se las trató de leyenda, de invenciones artificiales, o se ha aceptado su notable exactitud atribuyéndoselas, sin embargo, a magnetismo, sugestión, ciencia médica de Jesús, etc., sin olvidar el papel de los errores de diagnóstico, sobre todo, en los casos de resurrecciones. Los doctores Cabanés, Félix Regnault, P. Farez, H. Roger, etc., han sostenido teorías de esta naturaleza. Mas si la variedad de las enfermedades curadas aboga en favor de la acción divina, la diversidad de las hipótesis es más bien vergonzante para el valor de las mismas; sin contar que cada una de ellas, para sostenerse, se ve obligada a cercenar, agregar o suponer algo fuera del texto, y, variando esc algo según los autores, se llega a textos que serán todo lo que se quiera, pero no los Evangelios admitidos por los contemporáneos de Cristo.
Los médicos católicos que no se escandalizan del Señor, tienen afortunadamente una tarea más fácil. Guiados en el texto por la tradición y el contralor de la Iglesia, instruidos por ella y por toda la experiencia mística de sus Santos y sus Doctores, como por la ciencia y la filosofía, acerca de las posibilidades sobrenaturales, conociendo además los milagros que se verifican actual e intensamente a la luz de nuestros conocimientos modernos, pueden conocer la acción de Dios en toda su amplitud, en las curaciones evangélicas. Y además de la edificación personal que pueden obtener, exponiendo esos milagros con toda su ciencia, saben que continúan la acción del Apóstol: "los milagros han sido descritos para que creáis". ¿No son ellos, de hecho, a través de los siglos, los sacerdotes, las personas competentes a quienes Cristo envió los enfermos para que la curación fuera comprobada y conocida por todos, en todo su valor?

El Estudio médico de la Pasión
"La carne de Cristo —dice Santo Tomás— fue capaz del sufrimiento y de la muerte, y por consiguiente, también su alma fue capaz de sufrir. No cabe duda de que Cristo haya sentido realmente el dolor... pudo haber en El una verdadera tristeza... y temor. Sin embargo, esos movimientos de la sensibilidad en Cristo no pudieron nacer más que de acuerdo a la razón: y su razón no pudo nunca ser perturbada".
Efectivamente, fue Cristo un ser perfecto: perfecto por su razón, perfecto también por su sensibilidad física y moral. En El no hubo la anestesia de esos sistemas nerviosos perturbados, que por otra parte aparece muy raramente en el momento oportuno; no hubo el síncope que permite huir a una parte de la tortura; no hubo la locura del terror, que en su desencadenamiento puede pasar por sobre ciertos sufrimientos. Fue Cristo el hombre perfecto, que debió soportar, más que ningún otro hombre, el suplicio atroz, por cuya aceptación redimió a todos los hombres.
Los médicos podemos sondear más que nadie el martirio corporal del divino Maestro; los médicos, llamados a conocer el dolor humano, debemos recordar más que nadie el dolor de nuestro hermano Jesús; los médicos podemos controlar cada pormenor de la narración evangélica y aportar nuestro testimonio de que es verdad. Vamos a resumir los trabajos notables de dos cirujanos, los doctores Le Bec y Pierre Barbet.

El sudor de sangre
El mecanismo de la producción de los sudores de sangre no está bien explicado; parece hallarse casi siempre en relación con un choque moral extremadamente intenso. "Ahora bien, —dice el Abate Fillion— las torturas infligidas por los hombres, aun cuando puedan ser desgarradoras, son bien poca cosa frente a los sufrimientos directamente impuestos por Dios. Fue Dios mismo quien hizo llevar al alma del Salvador, en el Huerto de Getsemaní, el horrible peso de todos los pecados del mundo".
El choque moral fue, pues, de una violencia extrema, pues el Salvador dirige al Padre este ruego en alta voz: "Si es posible, que se aleje este cáliz de mí"; pero agrega en seguida: "Sin embargo, que se haga vuestra voluntad y no la mía".
No podríamos admitir en Nuestro Señor uno de esos desarreglos del sistema nervioso, que a veces se encuentran en los sujetos afectados por la hematidrosis; por una parte nos lo prohiben nuestros conocimientos teológicos y psicológicos de Cristo; por otra la fuerza moral y la resistencia física atestiguada durante las largas horas de la Pasión, lo desmienten en absoluto. Es por lo tanto exclusivamente el dolor moral experimentado por Cristo en su agonía por nosotros, en el Huerto de los Olivos, lo que provocó esa manifestación física de choque intenso.

La flagelación
La flagelación fue uno de los episodios más crueles de la Pasión del Salvador. El sufrimiento debe haber sido excesivo, porque Horacio llama al látigo "horribile flagellum". En realidad, según el Santo Sudario de Turín, el instrumento del suplicio de Nuestro Señor no fue el flagellum, compuesto de cuerdas retorcidas y anudadas sino el flagrum de correas provistas en la extremidad de un botón metálico en forma de plomos redondos. En efecto, M. Vignón notó en la impresión de la cara dorsal muchas decenas de heridas de tres centímetros de largo, hinchadas ligeramente en los extremos. La agrupación de esas heridas y su orientación permiten deducir la acción de dos flageladores, ubicados detrás y a cada lado de Cristo. Se nota también alguna de esas heridas en la impresión frontal. Esos rastros se deben a la exudación sanguínea que ha manchado la mortaja, lo mismo que la sangre de las heridas de la cabeza, de las manos, de los pies y de la llaga del costado. En cambio, la impresión general del cuerpo de Cristo se debió a la acción del amoníaco úrico exhalado por el cadáver, sobre la mezcla de áloes que impregnaba la mortaja. Por estas razones las impresiones de las heridas son positivas, mientras que la silueta general es negativa.
De cualquier manera, el dolor de esa flagelación debe haber sido intenso; el Santo Rostro del Sudario de Turín conserva al respecto un rastro elocuente: de una de las llagas frontales, producidas por la corona de espinas, fluye un reguero de sangre que alcanza la ceja izquierda. Ahora bien, ese reguero describe dos puntas vueltas hacia la derecha, que nos parecen debidas al correr de la sangre por los surcos de la frente, contraída por el dolor. Esas llagas múltiples produjeron hemorragias debilitantes: la Santa Túnica de Argenteuil, que está impregnada de la primera sangre vertida, conserva manchas amplias. Finalmente la reabsorción de la sangre de las equimosis fue una causa de la fiebre en las horas sucesivas.

La Vía Crucis
Como todos los cruciarii (condenados a la crucifixión), Nuestro Señor debió llevar su cruz. El peso de ese instrumento de suplicio era considerable. Su aplicación sobre las espaldas ya fuertemente magulladas por los golpes de látigo, provocó un dolor agudo durante todo el camino. El Sudario de Turín y la Túnica de Argenteuil tienen una gran mancha sobre el hombro derecho. La distancia que debió salvar el Redentor, fue relativamente corta, tal vez unos 600 metros. Pero el camino, como se comprueba por las partes que se pudieron hallar, era desigual, lo que obligaba a un esfuerzo incesante: por eso el agotamiento del Salvador se manifestó en las caídas (Dr. Le Bec). Ese esfuerzo y la fiebre explican fácilmente la transpiración que proveyó la urea citada en el génesis de la impresión del Sudario.
"Y le dieron a beber vino mezclado con hiél, mas cuando lo probó, no quiso beberlo". (Mateo, XXVII, 34). San Marcos habla de un vino de mirra. Se trata de un vino al que se mezclaba mirra y substancias aromáticas y que se consideraba como un narcótico poderoso, pero de efecto muy breve. Los judíos acostumbraban darlo a los condenados, como ligero alivio a su suplicio. Parece que los verdugos del Señor le agregaron hiél para que no pudiera beberse.

La Crucifixión
Los verdugos van a concluir su tarea. El Salvador de la humanidad está extendido sobre la Cruz; se plantan en sus manos y en sus pies esos gruesos clavos cuadrados, largos diez centímetros y anchos unos ocho milímetros cerca de la cabeza, como el que se conserva en la Iglesia de Santa Cruz de Jerusalén, en Roma. El Dr. Barbet confirmó con sus experiencias lo que demuestra el Sudario de Turín: los clavos de las manos fueron plantados en el puño, para hallar en los ligamentos del carpo el sostén necesario al peso del cuerpo. El clavo o los clavos de los pies habrían sido plantados en la parte posterior del segundo espacio intermetatarsiano.
La Cruz fue levantada y plantada brutalmente en el agujero de la roca. Sufrimiento atroz.

Comienza la abominable agonía.
La sed tortura al Crucificado. El grita: "Tengo sed". A esa queja parece que se contestó como con el vino de mirra, mediante una broma odiosa y cruel. Había a mano una vasija llena de vinagre, lista sin duda para preparar la posea, mezcla de agua y vinagre con que se refrescaban las tropas romanas durante las marchas y los ejercicios. Ahora bien, ofrecer esa bebida hubiera sido un doble acto de humanidad: eso hubiera apagado la sed del Redentor y, si la observación de los antiguos es exacta, es decir, si la deglución de un poco de bebida provoca en los crucificados un síncope mortal, eso hubiera abreviado el suplicio. Mas los Evangelistas dicen que un soldado acudió y ofreció a Cristo una esponja embebida de vinagre; San Lucas recalca especialmente el espíritu cruel de ese ofrecimiento: "Los soldados también lo insultaron, acercándose y ofreciéndole vinagre". (Lucas, XXIII, 36). Ningún dolor debía ser ahorrado al divino Crucificado.

La Muerte
Poco después, "Jesús gritó con voz fuerte: Padre, encomiendo mi espíritu a vuestras manos. Y diciendo estas palabras, expiró". (Lucas, XXIII, 46). Esa muerte, más rápida que la que ocurre generalmente en los crucificados a quienes se rompían las piernas con golpes de barras de hierro para provocar un síncope mortal, desconcertó a los verdugos y sorprendió al mismo Pilatos. Por eso uno de los soldados abrió el costado de Cristo con una lanza y en seguida fluyó de la herida sangre y agua.
"Y el que lo vio —dice San Juan—, lo ha atestiguado y su testimonio es verdadero; y sabe que dice la verdad para que vosotros también creáis" (Juan, XIX, 34-35).
Esta cuestión de la llaga del costado y de la salida del agua y de la sangre dio lugar a muchas discusiones médicas. Parece que deberán concluir con las hermosas experiencias del Dr. Pierre Barbet.
Después de haber efectuado varias mediciones sobre el Sudario de Turín, hasta marcar exactamente la llaga del costado que la tradición y el Sudario sitúan a la derecha, el Dr. Barbet trasladó las indicaciones sobre cadáveres, las controló con el Dr. Piot con la telerradiografía y luego procedió a la experiencia siguiente:
"Primero tomé —dice— una larga aguja, montada sobre una gran jeringa; marqué el nivel de la llaga, hundí la aguja en el quinto espacio, dirigiéndola hacia adelante un poco en alto y hacia atrás. A los 9-10 centímetros penetré en la aurícula derecha, y aspirando, llené la jeringa de sangre líquida. Mientras atravesaba el pulmón, la aspiración no atrajo ningún líquido, ni sangre, ni agua.
"En seguida hundí en las mismas condiciones un cuchillo largo para amputaciones. A la misma profundidad abrió la aurícula derecha y la sangre corrió a lo largo de la hoja, a través del túnel perforado en el pulmón...
"La sangre viene, pues, muy naturalmente del corazón y en esa cantidad no puede venir más que de allí. Pero ¿de dónde viene el agua?
"Yo he notado en mis primeras autopsias, que el pericardio contiene siempre una cantidad suficiente de serosidad (hidropericardio, probablemente agónico), para que se la pueda ver fluir por la incisión de la hoja parietal. En algunos casos es hasta abundante. Volví a tomar la jeringa, pero empujé la aguja muy lentamente, aspirando continuamente. Así pude sentir la resistencia del pericardio fibroso y, en seguida de haberlo perforado, obtuve fácilmente una cantidad notable do serosidad. Luego, al seguir la aguja su camino, aspiré la sangre auricular.
"Volví a tomar de inmediato mi cuchillo y, hundiéndolo con las mismas precauciones, vi fluir la serosidad, luego, a continuación, la sangre.
"El agua era, pues, líquido del pericardio. Puede suponerse que después de la agonía excepcionalmente dolorosa del Salvador, el hidropericardio fue particularmente abundante: lo suficiente para que San Juan que fue testigo ocular, haya podido ver distintamente fluir el agua y la sangre."

La experiencia anatómica confirma, pues, plenamente, la narración evangélica en sus menores detalles.
La muerte de Cristo, en primer término, se explica al parecer en forma completamente natural por el agotamiento consecutivo a la coronación de espinas, a la flagelación, a la crucifixión y, sobre todo, a los sufrimientos que acompañaron los diversos estados de la Pasión.
El Dr. Le Bec recuerda a este respecto el término "hemorragia de los sufrimientos" empleado por los antiguos cirujanos. Sin embargo, esta muerte, en algún modo pasiva, no parece muy compatible con la eminente dignidad de Cristo, conociendo sobre todo, como lo veremos en otro lugar, una forma de muerte no ya por simple agotamiento físico, sino por iniciativa del alma. Tal nos parece haber sido la del Salvador.
"Por cuanto —nos dice San Francisco de Sales—, aun cuando los crueles suplicios hayan sido más que suficientes para matar a cualquiera, la muerte no hubiera podido entrar nunca en la vida de quien tiene las llaves de la vida y de la muerte, si el amor divino que maneja esas llaves no hubiera abierto las puertas a la muerte, para que ella saqueara ese cuerpo divino y le robara la vida, no conformándose el amor con haberlo hecho mortal para nosotros, si también no lo mataba. Fué por elección y no por fuerza del mal, que murió: "Nadie me quita la vida —dijo—, yo mismo la dejo y me la quito; yo tengo el poder de quitarla y tomarla por mí mismo". "Fué sacrificado — dice Isaías—, porque El lo quiso", por lo que no se puede decir que su alma se fué, lo dejó y se separó de El; por el contrario, fué El quien puso su espíritu fuera de El, lo expiró, rindió su alma y la puso en manos de su eterno Padre... Por eso la muerte del Salvador fué un verdadero sacrificio, y sacrificio de holocausto, que El mismo ofreció al Padre por nuestra redención: porque aunque los sufrimientos y los dolores de su Pasión fueron tan grandes que cualquier otro hubiera muerto por ellos, El no hubiera muerto nunca si no lo hubiese querido y el fuego de su infinita caridad no hubiera consumido su vida".

Cristo resucitó
Cristo murió, pues, y murió realmente: la lanza le abrió el corazón. Era de noche y víspera de sábado; por eso fué envuelto someramente y de prisa en una mortaja, adquirida por José de Arimatea e impregnada con una composición de mirra y de áloe llevada por Nicodemo.
El domingo por la mañana, cuando María de Magdala, María de Santiago y Salomé fueron al sepulcro para embalsamar a Jesús, con las aromas que habían comprado y preparado, hallaron la tumba vacía, caída al suelo la mortaja, y un ángel les anunció la resurrección del Señor. Y Cristo apareció a María Magdalena, a los discípulos de Emaús, a los once en Jerusalén y en Galilea, en el lago de Tiberíades, etc.
Y en esas apariciones, Nuestro Señor estuvo presente en su corporeidad real. Lucas, el médico, anotó las pruebas:
"Y les dijo: ¿Por qué os turbáis? ¿Por qué nacen en vuestros corazones esos pensamientos de duda?
"Ved mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tocad y ved: un espíritu no tiene ni carne ni huesos como veis que yo tengo. Y al decir esto, les mostró sus manos y sus pies. Y como no lo creían aún, tan grande era su alegría, y estaban sorprendidos, les dijo: ¿Tenéis aquí algún alimento? Y ellos pusieron delante de El un trozo de pescado asado y un panal de miel, y El se sirvió y comió" (Lucas, XXIV, 36-43).

Y San Juan nos relata la duda de Tomás, que ese día se hallaba ausente:
Al interior de la casa donde se reunían y Tomás con ellos; vino Jesús, estando cerradas las puertas, y colocándose en medio de ellos, les dijo: "La Paz sea con vosotros". Y en seguida dijo a Tomás: Pon tu dedo aquí y ve mis manos; trae tu mano y ponía en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente."
Y durante cuarenta días se mostró a sus discípulos, ocupándose de pormenores materiales como cuando en la orilla del lago de Tiberíades los discípulos le hallaron cerca de un fuego de brasas en el que asaba un pescado, y les dijo: "Venid a comer", sentándose a la mesa con ellos y los instruyó. Y entonces, nos dice San Lucas, "Los llevó hasta Betania, y levantando la mano los bendijo y mientras los bendecía, se alejó de ellos y se elevó en el cielo".
Del mismo modo, los cuerpos que cuidamos y que, a pesar de nuestros esfuerzos zozobran en la enfermedad, los achaques, la muerte y el aniquilamiento de la tumba, resucitarán el último día en la gloria, porque la resurrección de Cristo es la garantía de la nuestra, como dice el apóstol Pablo a quien también Cristo apareció: "Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de los que murieron..."

Dr. Henri Bon
LA MEDICINA CATOLICA

Bibliografía:
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HALL, G. STANLEY: Jesús the Christ in the light of psycology, Nueva York, 1922.
LE BEC, DR.: Le supplice de la Croix, etude physiologique de la Passión de N.S., en el Bull. Soc. méd. st.-Luc., 1926, pág. 97.
VIGNON, DR. PAUL: Le Linceul du Christ, étude scientifique, Masson, Paris, 1902.
BARBET, DR. PIERRE: Le mains du cricifié. Essai anatomique et expérimental, en el Bull. Soc. méd. St.-Luc., 1933, pág. 130, y Les pieds du crucifié et le coup de lance, id. 1934, pág. 73.
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