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lunes, 28 de marzo de 2011

Un Ideal

     A todo hombre que quiere hacer algo en este mundo le es preciso un ideal.
     Un ideal, es decir, por encima de lo vulgar y la mediocre, un fin elevado y sagrado hacia el cual uno se dirige en constante y pujante aspiración.
     Un ideal no es un vano fantasma, nacido de una imaginación calenturienta; no es el irrealizable sueño del poeta a quien el vuelo de sua alas lo transporta por encima de todo lo posible.
     Es la concepción clara de una razón segura de si misma y que sabe todo lo que debe querer; es la clara visión del deber total.
     Hombre como eres, oh hijo mío, debes tratar de realizar el tipo eterno del hombre perfecto, tal como Dios lo quiso cuando lo creó.
     Ciudadano, debes tender a cultivar la justicia y la fraternidad, bases de las sociedades humanas.
     Cristiano, debes mirar a Jesucristo y colocarlo en tu corazón, tendiendo siempre hacia la perfección por medio de una lucha Infatigable.
     Este último ideal es el mejor y el más completo, pues el más bello esfuerzo del hombre es imitar a Dios.
     Feliz tú, hijo mío, si las miradas de tu alma, siempre levantadas hacia lo alto, se emplean en contemplar a Jesús, el Ideal eterna y viviente.
     Más feliz aún, en verdad, si tu vida responde a este Modelo sublime; tu vida entonces tendrá a la vez la belleza misma y la fecundidad de la vida de los santos.
     Las blancas gaviotas, pájaros viajeros, sin nido, sin apego a la tierra, no se sienten bien en nuestro suelo. Siempre cambiando de horizontes, no aman más que el mar sin límites y se remontan por los espacios inmensos.
     Imita a las gaviotas blancas, oh alma joven, sedienta del infinito, a quien nada aquí abajo satisfará.
     La tierra es demasiado pequeña para ti; ten la noble ambición de vivir más arriba de la tierra, en esa región más luminosa y pura, donde reina la idea del Bien eterno y de la absoluta perfección; y con toda la fuerza de tus deseos y de tu voluntad, con todo el vuelo de tus alas, tiende hacia el fin supremo.

viernes, 25 de marzo de 2011

ENCICLICA "NEMINEM VESTRUM LATET"

PÍO IX
Carta encíclica sobre la persecución de la Iglesia Armenia
de la provincia Constantinopolitana
Del 2 de febrero de 1854
Venerables Hermanos y amados hijos, salud y bendición apostólica
1. Solicitud de los SS. Pontífices por la Nación Armenia
A ninguno de vosotros se oculta, Venerables Hermanos amados hijos, cuan paternal afecto a hayan demostrado los Romanos Pontífices predecesores Nuestros desde los más antiguos tiempos hacia vuestra nación Armenia que tan gloriosos nombres ilustran; y con cuánto cuidado y solicitud hayan procurado volver esa misma nación a la unidad católica. Ni ignoráis cuánto fruto hayan percibido Nuestros predecesores, con la gracia divina, por medio de sus intensos trabajos en vuestra nación y cuánta alegría hayan experimentado cuando obtuvieron que muchos armenios vueltos a la profesión de la unidad católica persistieran inconmovibles en ella. Y bien sabéis y conocéis con qué admirable virtud y suma gloria de su nombre los católicos armenios en tiempos luctuosísimos hayan sufrido por la defensa y profesión de la fe y unidad católica en cuyo amor y afición estaban encendidos, las más ásperas calamidades aun con peligro de su vida, con qué asiduo esfuerzo esta Sede Apostólica nunca haya dejado de ofrecer su ayuda a los mismos armenios, para proveer de todas las maneas posibles a sus necesidades, particularmente espirituales según su propio rito. Y como quiera que en aquellas regiones que estaban libres del furor de las persecuciones pudo de alguna manera conservar la jerarquía episcopal de los armenios anteriormente restituida, por lo mismo esta Santa Sede muy ansiosa y solícita por el bien espiritual de los armenios radicados en Constantinopla y en las provincias limítrofes donde no podían residir los obispos, juzgó que no debía perdonar ningún medio para mirar por la salud de los armenios. Por lo cual esta Santa Sede procuró con intensísimo afán formar inmejorablemente sacerdotes de vuestra nación haciendo intervenir la ayuda de Nuestro Colegio Urbano y dar ánimo sobre todo a aquellos alumnos de las familias religiosas que se ocupan en procurar el bien espiritual de vuestra nación. Y también sabéis muy bien, Venerables Hermanos y amados hijos, que esta Sede Apostólica, apenas se lo permitieron las circunstancias, constituyó en la ciudad de Constantinopla, una sede episcopal, y después que por la clemencia del supremo emperador de los turcos, lograron los armenios católicos una mayor libertad, sobre todo en las cosas sagradas (por la que con mutua concordia de los ánimos, pudiesen tener mayor vigor y florecimiento las cosas de la Religión) erigida en la misma ciudad una sede primacial arquiepiscopal para los armenios católicos y les fue dado su propio arzobispo como abundantemente lo atestigua la carta apostólica de Nuestro predecesor Pío VIII de piadosa memoria[1], todos conocen los infatigables y singulares cuidados de Gregorio XVI, igualmente predecesor Nuestro de feliz recordación, para constituir convenientemente la organización de aquella extensísima diócesis para procurar y fomentar cada día más el bien y prosperidad de los católicos armenios. Nosotros apenas por inescrutables juicios de Dios fuimos colocados en esta cátedra del Príncipe de los apóstoles, abarcando con Nuestro ánimo y pensamiento el orbe cristiano en toda su extensión fijamos con todo empeño y afecto Nuestra paternal solicitud en esa principalísima parte de la nación Armenia católica. Utilizando pues, los servicios de Nuestro Venerable Hermano Inocencio, Arzobispo de Sidón, a quien enviamos como Legado extraordinario Nuestro al supremo emperador de los turcos para que expusiera al mismo príncipe Nuestros amistosos sentimientos y simultáneamente le presentara Nuestros respetos, no descuidando de recomendar al mismo poderoso emperador de los otomanos, a los armenios y demás naciones católicas orientales que viven en sus dominios.
Y como estuviese muy en Nuestro corazón procurar una mayor utilidad a vuestra nación Armenia, Armenia y que nos lo comunicara para que, considerado todo con maduro examen, supiéramos qué medidas deberíamos adoptar para conseguir el mayor bien espiritual de vuestra nación. Y así después que Nuestro Venerable Hermano hubo cumplido con el oficio que se le encomendó y nos suministró noticias detalladas acerca del estado de las cosas, aprobamos varios decretos publicados por Nuestros Venerables Hermanos Cardenales de la Santa Romana Iglesia, de Nuestra Congregación de la Propagación de la Fe y entre otros aquel que reprueba la sociedad llamada Connacional, de la que razonablemente se preveía habían de originarse muchos peligros. Luego publicamos Nuestra carta apostólica en la que llevamos a cabo lo que se había propuesto realizar el mismo predecesor Nuestro Pío VIII y constituimos otros cinco obispos del rito armenio, entre los que fue dividida parte de la antigua y extensísima diócesis constantinopolitana. recomendamos al mismo Venerable Hermano que investigara diligentemente en qué estado se hallaba la misma nación
2. Orígenes de las funestas disensiones.
Y mientras teníamos la esperanza de que la provincia eclesiástica Armenia pudiese con Nuestros paternales cuidados florecer próspera y felizmente no sin gran dolor de Nuestro ánimo supimos que las perniciosas disensiones ya hace tiempo introducidas en vuestra nación por el hombre enemigo[2], crecían en tal forma que no faltaban quienes para fomentar tales desavenencias se valiesen de los mismos proyectos con que esta Sede Apostólica intensamente deseaba ayudar a vuestra nación. Esta discordia nunca suficientemente deplorada se enardeció cuando una de las partes disidentes comenzó a disertar y discutir abierta y públicamente en escritos impresos acerca de las cuestiones religiosas de la nación. Esos escritos fueron redactados por ambas partes con expresiones y sentencias hostiles y muy enconadas que distan mucho de la cristiana caridad y son en absoluto contrarias a lo que se requiere para proteger la caridad cristiana; salieron a la luz ignorándolo esta Sede Apostólica y contra su voluntad como quisimos que se declarara por reiteradas cartas de Nuestra misma Congregación. Cualquiera entre vosotros sabe qué escándalos dimanaron de allí no sin grave daño para vuestra nación, y con qué celo Nosotros, sin ninguna dilación, nos apresuramos a ponerlo todo por obra para apartar de vosotros todas las disputas y disensiones y extirpar de raíz sus gérmenes. Nos causó no pequeña alegría el que Nuestros primeros cuidados lograron el fin apetecido. Pues los Venerables Hermanos Antonio vuestro Arzobispo constantinopolitano y Juliano Arzobispo petrense en las regiones de los infieles y el vicario apostólico que allí tenemos para los del rito latino se llegaron hasta Nosotros, y expuestas todas las cosas vinieron a un perfecto acuerdo con gran concordia de ánimos y luego con Nuestra aprobación publicaron cuanto habían convenido. Ojalá, que, proporcionando gran gozo a Nuestro paternal corazón, todos los órdenes de vuestra nación con ecuanimidad hubiesen seguido Nuestros deseos según lo que no se descuidó en avisar e insinuar Nuestra Congregación encargada de la propagación de la fe, y confiando plenamente en Nuestros consejos y ordenaciones que últimamente se dirigían a vuestro bien común. Pues así nos veríamos obligados a llorar tantos daños y males como redundaron en vosotros, máxime por la disensión de los ánimos, con suma tristeza Nuestro espíritu.
3. Medidas adoptadas por el Papa.
Como no cesasen estas disensiones y visiones, ordenamos que Nuestra misma Congregación encargada de la propagación de la fe, con la mayor rapidez posible procurase conocer diligentísimamente tanto las antiguas como las recientes disputas de la nación Armenia y que los Venerables Hermanos Nuestros Cardenales de la S. R. I. de la misma Congregación las examinasen y considerasen según costumbre con su singular prudencia. Y sumamente solícitos por este asunto Nosotros mismos presidimos algunas de las reuniones y, oído el parecer de los mismos cardenales, manifestamos Nuestro pensamiento acerca de los principales artículos, no descuidando nunca de rogar y suplicar a Dios, rico en misericordia para que quiera ayudar y dar feliz éxito con el omnipotente auxilio de su divina gracia a Nuestra humilde labor iniciada tan sólo para el bien de vuestras almas. Siendo así que nada fuera para Nosotros más importante que mirar cuanto antes por vuestra tranquilidad y prosperidad, procuramos realizar lo que condujera a tan saludable fin. Por lo que conociendo que los daños de vuestra nación en gran manera se aumentaron por la publicación de los mencionados escritos, ordenamos que los principales de esos escritos, luego de un detenido examen, fuesen prohibidos y condenados, como también vehementemente reprobamos todas las demás cosas que se refieren a este asunto y que hayan salido a la luz pública, ya que antes o después de haber sido condenados aquellos escritos, tanto si han sido redactados en armenio como en armenio vulgar o en italiano o francés o cualquier otro idioma, máxime teniendo en cuenta que abundan en sentimientos de odio enteramente contrarios a la caridad cristiana. Dirigimos también todos nuestros cuidados para que en ese Seminario Constantinopolitano sea religiosamente promovida cada día más la recta y cuidadosa formación del clero, y para que las Familias Religiosas guarden un orden mejor que hasta aquí, y mandamos publicar por Nuestra misma Congregación de la Propagación de la Fe, un decreto referente a esto que mandamos fuera cumplido enteramente. Para que termine toda controversia y sospecha acerca de la doctrina de los monjes mequitaristas que viven en Venecia, queremos que sepáis que los mismos monjes nos enviaron una espléndida profesión y declaración de la fe y doctrina con las correspondientes firmas, lo que nos proporcionó suma consolación y satisfizo completamente Nuestros deseos. Pues no sólo con elocuentísimas expresiones profesan con espíritu animoso y decidido que acatan todas las ordenaciones y decretos de los Romanos Pontífices y Sagradas Congregaciones sea que ya estén publicados o que en adelante se publicaren y en particular las que vetan la comunicación en las cosas divinas con los cismáticos, sino que también clara y abiertamente declaran: que parte de su nación, cuyo bien y utilidad, principal y únicamente procura su instituto, infelizmente se encuentra separada de la comunión Católica Apostólica Romana y por eso declaran que abrazan y reconocen como a sus hermanos a quienes la Santa Iglesia Apostólica Romana reconoce como hijos suyos, condenando el error de los armenios cismáticos, afirman que ellos están fuera de la verdadera Iglesia de Jesucristo, y profesan que nunca dejaron de orar, predicar, y tanto con hechos, escritos y palabras procurar que los mismos errantes vuelvan al único pastor supremo, cabeza y centro es el Romano Pontífice, Sucesor de Pedro, Príncipe de los Apóstoles Y también os comunicamos que tomamos otras oportunas determinaciones para que desaparezca todo temor acerca de los colegios en los que los mismos monjes instruyen a la juventud Armenia. Y para que la principalísima obra comenzada por Nuestros predecesores y llevada por Nosotros a feliz término por la jerarquía ordinaria de los obispos, pueda en adelante proseguir prósperamente y se pueda tener la elección tanto del arzobispo primado como de los demás obispos sufragáneos, ordenamos que se diesen oportunas instrucciones por la predicha Congregación y mandamos que fuesen comunicadas al mismo arzobispo y a los demás obispos.
4. Anhelos del Papa: que todos vuelvan a la unión y caridad de Cristo Nuestro Señor.
Todas estas cosas abundantemente demuestran, Venerables Hermanos y amados hijos, cuan vehementemente estamos solícitos por vuestro bien espiritual y con qué paternal afecto de caridad amamos en el Señor a vuestra nación Armenia. Ahora pues os escribimos esta carta, con la que con todo amor os hablamos a todos y encarecidamente os exhortamos, advertimos y rogamos que os revistáis como elegidos de Dios de benignidad, humildad, modestia, paciencia y, unidos entre vosotros con estrechísimo vínculo de concordia y caridad depongáis todas las diferencias, disputas, envidias, iras, disensiones, tengáis en todo paz y santidad, y, sintiéndoos unos seáis perfectos en el mismo sentir y opinar y solícitos por guardar, en el vínculo de la paz, aquella unidad de espíritu que fue tan recomendada e inculcada por Cristo Señor Nuestro. Con tanta mayor confianza esperamos que sigáis Nuestras amantísimas amonestaciones, exhortaciones, deseos y peticiones, según vuestra fiel piedad para con Nosotros y esta Santa Sede, cuanto que, enseñados por una triste experiencia, sabéis cuántas calamidades haya sufrido vuestra ilustre nación por la discordia de los ánimos y cuan prósperos y faustos acontecimientos hubiese vivido, si todos unidos con mutua concordia de voluntades y amándose mutuamente, hubiesen caminado en la caridad de Dios. Recordando, pues, con cuántas calamidades habéis sido probados a causa de la discordia, considerando seriamente que toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá en pie[3] y teniendo siempre ante los ojos aquel aviso del Apóstol que si mutuamente os mordéis y coméis mirad que acabaréis por consumiros unos a otros[4], nada tengáis en adelante por más importante y estimable que fomentar entre vosotros con singular cuidado y celo la cristiana concordia de ánimo, tener paz y buscar las cosas propias de la paz. Todos recordáis con qué paternal solicitud os inculcó esta concordia el mismo predecesor Nuestro Pío VIII, quien al instituir la sede primacial arzobispal constantinopolitana dio fin a su Carta Apostólica con estas palabras de San León Magno, asimismo predecesor Nuestro: "La unión de todo el cuerpo es causa de unidad, salud y hermosura, y esta conexión de un solo cuerpo requiere unanimidad y exige sobre todo concordia de los sacerdotes". Estos consejos, verdaderamente saludables, no dejó de repetirlos con igual celo el otro predecesor Nuestro Gregorio XVI, para excitaros e inflamaros cada día más en esta mutual concordia de los ánimos. Ahora empero, nos dirigimos en particular a vosotros, Venerables Hermanos, obispos de esa provincia eclesiástica constantinopolitana y os rogamos encarecidamente en el Señor que con ánimos concordes e infatigable celo, no ceséis nunca de exhortar e inflamar a los fieles, a vosotros encomendados, ya con obras, ya de palabra, ya con el ejemplo, a una mutua concordia, paz y caridad, quebrantando y reprimiendo todo movimiento de disensión. Todos, pues, desempeñando cuidadosa y celosísimamente, con suma unión de ánimos, voluntades y opiniones, las obligaciones de vuestro gravísimo oficio episcopal aceptad a la grey de Dios encomendada a vuestro cuidado, velando sobre ella no forzada sino espontáneamente según Dios... ni como señores del clero, sino hechos espiritual ejemplo de la grey[5]. En primer lugar no perdonéis ningún cuidado, consejo ni trabajo para custodiar en vuestras diócesis íntegro e inviolable el depósito de nuestra divina fe, para que el clero sea santamente instruido en cosas óptimas y formado cuidadosamente en toda virtud y en el espíritu eclesiástico y enseñado en todas las disciplinas, sobre todo las sagradas, enteramente inmunes de todo peligro de error.
5. Recomienda el Padre Santo los medios suaves.
Para que los fieles sean imbuidos cada día más en las saludables doctrinas de la Religión católica y en sus santísimos preceptos y sean confirmados por los carismas de la gracia de manera que, apartándose del mal y haciendo el bien, crezcan en la ciencia de Dios, y con pie aún más ligero, caminen por la sendas del Señor, de manera que la honestidad de las costumbres, la integridad de la vida y la virtud, religión y piedad, reciban cada día mayor incremento florezcan y dominen los ánimos de todos. Y mirando siempre el ejemplo del Príncipe de los pastores, que se profesó manso y humilde de corazón que nos dejó ejemplo, para que sigamos sus huellas, nada tengáis por más estimable, Venerables Hermanos, que devolver con espíritu de suavidad y mansedumbre al recto camino de la justicia y verdad a los pobres errantes y siguiendo la prescripción apostólica argüirles, rogarles, reprendiendo con toda la paciencia, bondad y doctrina[6], como quiera que frecuentemente sea más eficaz para corregirlos la benevolencia que la austeridad, la exhortación que la amenaza, la caridad que la potestad. Y si alguna vez os veis obligados a mostrar seriedad y severidad, cuando hayan sido inútiles los remedios suaves y la gravedad del mal pida remedios más enérgicos, corregid a los hombres que delinquen según lo que prescriben los sagrados cánones, templando el juicio con la misericordia, el rigor con la suavidad, como conviene en gran manera a los pastores de la Iglesia que deben mostrarse a sus súbditos, madres en la piedad y padres en la disciplina.
Nos dirigimos también a vosotros, amados hijos clérigos de cualquier orden, tanto seculares como regulares, que incorporados así al divino ministerio, elegisteis ya al Señor como parte de vuestra heredad, subordinados como conviene a los propios obispos y obedeciéndoles y acordándoos de vuestra vocación y dignidad, esforzaos en seguir y conservar tal gravedad en las costumbres y santidad en la vida, que podáis llevar a los pueblos a un gran amor y veneración de vuestro orden, y dar un gran incremento a la edificación eclesiástica. Por lo cual, evitando cuidadosamente todas las cosas que están prohibidas a los clérigos y que de ninguna manera les convienen, no queráis nunca admitir nada que sea de escándalo a otro, sino procurad cada vez mostraros como ejemplo de buenas obras, en la palabra, en la conversación, en caridad no fingida, en doctrina, fe y castidad. Y cuando, sea por necesidad, sea por razón del sagrado ministerio os veáis forzados a vivir en casa de laicos, procurad con todas vuestras acciones mantener en tal forma la grandeza y dignidad de la persona eclesiástica, que brillando con el ornato de todas las virtudes, seáis buen olor de Cristo. Y vosotros, varones religiosos, teniendo presente el decreto que Nuestra misma Congregación ha publicado por Nuestro mandato el día 20 de Agosto del año pasado, procurad observarlo religiosamente. Vosotros, varones de ambos cleros, no dejéis nunca de insistir en la oración y rogarle continuamente a Dios para que derrame, siempre propicio, sobre vosotros y el pueblo cristiano los ubérrimos dones de su celestial gracia.
6. Cultivo de los Estudios Sacros.
No ceséis de cultivar asidua y cuidadosamente los estudios sobre todo de las divinas letras y sagradas disciplinas, de modo que podáis responder a quienes requieren de vuestros labios la ley y enseñar los mandatos de Dios a los que los ignoran y yerran. Buscando con singular industria y diligencia no las cosas que os pertenecen, sino las que interesan a Jesucristo, estudiad, amados hijos, ejercitad pía y santamente todas las obligaciones de vuestro sagrado ministerio y no ceséis nunca de cooperar unánimes en todas vuestras actividades con vuestros propios obispos, para que podáis procurar la salud eterna de los fieles, promover cada día más nuestra santísima Religión y su doctrina, extirpar los gérmenes de discordias e infundir en todos el amor a la concordia y paz cristiana. Dado que proviene de Dios toda sabiduría no deben jamás ensoberbecerse aquellos de entre vosotros que se destacan por su ciencia, sino que dando humildes gracias al Señor, dador de todo bien, usen de la doctrina para edificación propia y la de los demás, meditando seriamente que Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes y que juzga más severamente a los que recibieron más que a los otros. Pues, como sapientísimamente advierte San Gregorio Magno, predecesor Nuestro, cuántose aumenta también la cuenta que se pide por ellos, y por tanto deberán ser cada cual tanto más humilde y más pronto en el servicio de Dios, según su oficio, cuanto entienda que será más estricta la cuenta que habrá de dar[7]. No se encuentre nunca entre vosotros quien envidie en otros varones eclesiásticos aquellos dones que puedan redundar en utilidad espiritual del prójimo.
7. Exhortación a los fieles.
Pero ya Nos queremos dirigir a vosotros, dilectísimos hijos en Cristo de la nación católica Armenia, que vivís en las regiones de esa provincia eclesiástica constantinopolitana, cualquiera sea vuestro orden, edad, sexo y condición.
A vosotros, pues, os advertimos y exhortamos encarecidamente, según Nuestro sumo amor paternal hacia vosotros, que después de todas las diferencias, disensiones, envidias y rencillas, tengáis entre vosotros concordia y paz, soportándoos mutuamente con caridad. Esté pues, cada día más en vuestro corazón la perseverancia siempre más estable en la profesión de la Religión católica y la adhesión firme y constante a Nosotros y a esta cátedra del Beatísimo Príncipe de los Apóstoles, e insistid siempre en las obras de caridad para con Dios y el prójimo cumplid cuidadosamente cada uno de los mandatos de Dios y de la Iglesia haciéndolo todo en Nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Estad sujetos y obedeced a vuestros obispos, a quienes el Espíritu Santo puso a regir la Iglesia de Dios. A ellos está encomendada vuestra salvación, de la cual habrán de rendir algún día cuenta severísima al Eterno Príncipe de los Pastores por lo mismo es obligación de ellos el vigilar cuidadosamente, estar en vela y trabajar para llevarlos por la senda de la salud y confirmar lo débil con doctrina oportuna y verdadera, consolidar lo resquebrajado, enderezar lo depravado y dispensaros la palabra de vida como alimento para la eternidad. Por lo cual debéis ofrecer oído pronto a la voz y autoridad de obispos y jamás deberá suceder entre vosotros que alguien resista al propio obispo y quiera en cierta manera imponerle leyes, máxime en todo lo referente al ministerio y autoridad episcopal.
8. El celo de los Magistrados.
Os hablamos a todos vosotros que en esta nación católica Armenia os aventajáis a los demás en la nobleza de vuestra sangre, el esplendor de vuestra posición, la autoridad y las riquezas. Nada ciertamente más útil y conveniente podría ocurrir a vuestra ilustre nación que si brillarais todos vosotros en el esplendor de las virtudes lo mismo que en el honor y dignidad, puesto de vosotros espera el pueblo cristiano un ejemplo que imitar. Os pedimos, pues, insistentemente que, encendidos en el amor de la Religión y celo de la misma concordia, no sólo evitéis maquinar algo contra la Iglesia y vuestros obispos, como suelen hacer los que están separados de la unidad católica, sino que encaminéis todos vuestros cuidados y preocupaciones a que la Iglesia Católica adquiera allí mayor incremento y manifiesten todos la debida reverencia, acatamiento y obediencia tanto a la suprema y plena potestad confiada por Cristo a Pedro y a sus sucesores los Romanos Pontífices, de apacentar, regir y gobernar a la universal autoridad de que gozan los obispos en su propia grey, la que jamás puede estar subordinada y sujeta ninguna autoridad. Bien veis qué gloria podéis adquirir y qué merced tan abundante podréis lograr de Dios, retribuidor de todos los bienes, si obedeciendo a estos Nuestros avisos, deseos y pedidos, os esforzareis en procurar, según la medida de vuestras fuerzas, la utilidad y prosperidad de Nuestra santísima Religión.
9. Aclaración final. La Iglesia desea y ora por la unidad.
Antes de poner fin a este escrito, Venerables Hermanos y amados hijos, creemos deberos declarar clara y abiertamente algunas cosas acerca de un asunto en el que se ha suscitado gran confusión de opiniones y que no fue pequeño motivo de disensiones entre vosotros, pues suprimiremos así todas las ambigüedades y dudas. Merecen ciertamente gran alabanza quienes desean que vuelva a la unidad a aquella parte de vuestra nación que desgraciadamente se encuentra aún en el cisma, pues tal deseo responde plenamente tanto a los ardentísimos votos de la Santa Madre Iglesia, que nunca deja de rogar y suplicar a Dios para que todos sus hijos disidentes vuelvan a su seno y a sus brazos como también a las infatigables aspiraciones y afanes de esta Santa Sede que tanto ha trabajado y nunca dejará de trabajar para que esto se logre. Nosotros mismos, como bien sabéis, ya desde el comienzo de Nuestro Supremo Pontificado con ocasión de haber enviado un Legado al ilustre emperador de los turcos, enviamos una carta a los orientales[8], en la que con gran amor y celo los excitamos a que se apresuraran a volver a la profesión de la unidad católica. Ojalá que toda vuestra nación, respondiendo a la gracia celestial, abjurando sus errores, volviera con espíritu de docilidad y unidad al único redil de Cristo, del que está enteramente alejado quien no está unido a esta Santa Sede de Pedro, de la que dimanan para todos los derechos de la venerable comunión[9], a la que se debe todo honor y reverencia[10] y a la que por su principal preeminencia es necesario que se una toda la Iglesia, es decir, a los fieles de todas partes[11]. Ciertamente, experimentaríamos gran consolación y la universal Iglesia se regocijaría con gran alegría, Venerables Hermanos y amados hijos, si toda vuestra nación volviera a la unidad católica. Por lo que bien entendéis, que Nosotros no sólo no podemos aprobar el modo de obrar de aquellos que suelen tratar con modo áspero y duro a los cismáticos de vuestra nación ni tienen con ellos la debida consideración, sino que también reprobamos vehemente y absolutamente a quienes no tratan con amor y benevolencia, sino con aspereza y severidad aun a los que se convirtieron del funesto cisma a la unidad católica.
10. La Iglesia es celosa custodia de la unidad doctrinal.
Pero al mismo tiempo no podemos tolerar que algunos con el pretexto de promover la unión católica no quieran que se admita diferencia alguna con los errores de los cismáticos y abusando del celo con que esta Santa Sede procuró conservar los antiguos y santos ritos de la Iglesia Oriental, juzguen que en esto se ha de hacer cuidadosamente y por entero lo que acostumbran los cismáticos actualmente y sostengan que deben ser eliminados ciertos usos que fueron justificadamente introducidos, de manera que con solemne testimonio se demostrase cuan vehementemente rechace la herejía y el cisma vuestra nación católica y se adhiera firmemente a la unidad católica. Estos hombres querrían también que se suprimieran ciertas obras y reglas eclesiásticas que la experiencia demostró debían ser agregadas a la disciplina de los viejos cánones, siendo así que la Iglesia Católica, totalmente distinta de la herejía y el cisma que están muertos, floreciendo con perpetua vida, enriquecida con los tesoros de las riquezas celestiales y siendo maestra de la verdad y camino de salvación, es fecunda madre y nutricia de tantas obras santas y hermosísimas instituciones con las que fomenta la religión, piedad, humanidad y todas las virtudes y no deja nunca de proveer maravillosamente al bien común de todos, al orden, prosperidad y concordia. De ninguna manera ignoráis que el mismo Predecesor Nuestro Gregorio XVI publicó contra las maquinaciones de estos hombres su Carta Apostólica del día 3 de febrero de 1832, que comienza: ínter gravissimas. Resulta cosa singular y digna de admiración que estos hombres tan entusiastas por los ritos, no vacilen en apartarse en otras cosas de los mismos antiguos cánones de la Iglesia Oriental.
11. Se impone silencio sobre el asunto; otras medidas para volver a la paz y concordia.
Ahora, pues, Venerables Hermanos y amados hijos, después de todas estas cosas que movidos por el celo de Nuestra ardiente caridad hacia vuestra nación Armenia juzgamos deberos expresar y declarar para eliminar todas las dudas y ambigüedades, que Nos abrigamos la esperanza de que con la ayuda de Dios, según Nuestros ardentísimos votos, volverán de nuevo a revivir y dominar en los ánimos de todos vosotros, la concordia y la paz de las que vuestra misma nación puede esperar toda la prosperidad verdadera. Para que una tranquilidad tan saludable y tan deseada pueda más fácilmente ser lograda por vosotros, imponemos con esta carta perpetuo y absoluto silencio sobre las pasadas cuestiones y controversias y del todo prohibimos todas las reclamaciones y conversaciones que puedan turbar la paz entre los católicos armenios; asimismo prohibimos expresa y severamente que se aplique la designación de herejes y cismáticos a quienes están en gracia y comunión con esta Sede Apostólica. Si hubiese algunos, lo que esperamos no sucederá, que no obren rectamente o despierten sospechas, habrá que proveer las medidas convenientes y en primer lugar habrá que exponer el caso a esta Santa Sede con documentos adecuados y canónicos. Por lo que toca hacer después de estos avisos y declaraciones Nuestras, todos los perturbadores de cualquier clase y orden serán en adelante reos de grandísima culpa y no podrán de ninguna manera y con ningún pretexto excusarse si se les aplica la debida severidad. Pero los reiterados y espléndidos testimonios de filial piedad, amor y acatamiento hacia Nosotros y esta Santa Sede, que recibimos de todos los órdenes de vuestra nación Armenia católica, Nos llevan a una máxima esperanza de que vuestra misma nación Nos proporcione gran consuelo, alegría y gozo. Apoyados en esta esperanza no dejamos de rogar humildemente e insistentemente en todas Nuestras oraciones y súplicas con acciones de gracias, al clementísimo Padre de las misericordias para que os quiera conceder siempre propicio a todos vosotros, Venerables Hermanos y amados hijos, que todo os suceda próspera y saludablemente y que la paz de Dios que supera todo sentido custodie vuestros corazones e inteligencias y la gracia de Jesucristo y 1a comunión del Espíritu Santo sea con vosotros. Y como auspicio de esto y testimonio de Nuestra afectuosísima caridad paterna os impartimos con íntimo afecto de Nuestro corazón, a todos vosotros, Venerables Hermanos y amados hijos, la Bendición apostólica.
Dado en roma, junto a San Pedro, el día 2 de febrero de 1854, de Nuestro Pontificado el año octavo. Pío IX

[1] Pío VIII, Carta Apost. Quod iam diu y Aposlolatus officium, 6-VII-1830.
[2] Mat. 13, 25.
[3] Mat. 12, 25
[4] Calatas 5, 15
[5] I Pedro 5, 2-3.
[6] II Timot. 4, 2
[7] S. Gregorio Magno, Homilía 9, sobre el Evangelio
[8] Pío IX, Carta a los orientales In suprema Petri 6-I-1848
[9] S. Ambrosio. Epist. 12, al Papa Dámaso n. 2 y 4
[10] Concilio de Efeso, Actio IV (Mansi Coll. Conc. IV, col. 1311-E)
[11] S. Ireneo, Contra los herejes lib. III, cap. 3 (Migue PG. 7-A, col. 849-A).

Cuidado de los padres de familia para que todos sus hijos sepan la doctrina cristiana

El sabio Salomón en sus misteriosos proverbios dice (Prov., XIX, 2), que donde falta la ciencia del alma no bay cosa buena. Ubi non est scientia animae, non est bonum. Esta sabiduría espiritual del alma es la doctrina cristiana, la cual Cristo Señor nuestro nos enseñó, para que las almas consigan la vida eterna, y se perfeccionen en esta vida mortal.
Muchas almas se pierden por la ignorancia crasa que tienen de la doctrina cristiana, como lo dice el apóstol de Valencia san Vicente Ferrer; y la mayor lástima es, que no solo se pierden las almas que ignoran lo que deben saber de la doctrina cristiana, sino que también peligran y se condenan los que deben enseñar la doctrina de Cristo, y no cumplen con esta grave obligación, como lo advierte el mismo Santo.
Lo mismo dice el apóstol seráfico de Italia san Bernardino de Sena, el cual hace particular discurso sobre los males imponderables que se originan de la culpable ignorancia de la doctrina cristiana, y con severísimas sentencias afirma, que la tal ignorancia precipita y pierde a innumerables almas.
En la maravillosa vida del venerable Taulero se escribe, que deseando el siervo de Dios ir a predicar a los infieles, y orando en presencia de Dios nuestro Señor sobre este gravísimo asunto, le respondió su divina Majestad que predicase las verdades católicas entre los cristianos, porque en muchos de ellos hay torpísima ignorancia de la doctrina cristiana que deben saber, por lo cual se pierden muchas almas.
Al insigne arzobispo de Valencia santo Tomas de Villanueva le dijo también el Señor, que se pasmase de ver cuántos millares de hombres viven olvidados de su salvación eterna, y tan descuidados de saber el camino llano del cielo, como si no fuesen criados para un tan noble y excelente fin, como es el conocerle y amarle en esta vida, y gozarle después en su gloria por toda la eternidad.
Causa grandísimo horror el leer las sentencias y doctrinas de algunos santos padres en este punto, de los muchos que se condenan. San Vicente Ferrer dice un número asombroso, como se puede leer en su apostólico sermón de Quadruplici morte. Santa Brígida en sus divinas revelaciones dice aquella expresión espantosa; que bajan las almas al infierno como los copos de la nieve. Refieren algunos casos horrorosos de los muchos que se condenan el venerable padre Felipe Dios en su sermón de las Nieves, el docto Esperanza en su Escritura selecta, el ilustrísimo Cornejo en la segunda parte de su Crónica, el doctísima expositor Alápide, el cual en la exposición de un santo profeta, dice: Máxima pars hominum diabolo servit; exigua vero remanet Christo.
En la divina historia de la Mística Ciudad de Dios se dice, que en la primitiva Iglesia eran muchos los que se salvaban, y ahora son muchos los que se condenan; porque los hijos de la fe siguen las tinieblas, aman la vanidad , y llegan a cegarse con sus vicios de tal manera, que no conocen la verdadera luz, ni saben hacer distinción entre lo bueno y lo malo.
El profeta Isaías, hablando de esta fatal perdición de los hombres, dice, que anda el Señor para coger el fruto de su viña, como el que pasada la vendimia busca algún racimo que se ha quedado, ó alguna oliva que no haya sacudido, ó llevado el demonio. Esto dice el profeta santo por los muchos que se condenan, y pocos que se salvan; y verdaderamente causa horror el considerar esta formidable sentencia.
Esta horrorosa perdición del mundo la atribuye el dulcísimo san Bernardo al descuido reprensible que tienen los que deben educar la juventud, y enseñan la doctrina cristiana a sus feligreses y subditos, porque la mucha ignorancia en los principales dogmas, principios de la fe católica, y la falta notable de la profunda consideración de la vida eterna, son la causa de tan lamentable daño.
Tienen estrecha obligación en conciencia de enseñar la doctrina cristiana los padres a sus hijos, los padres de familia a sus criados y criadas , los maestros a los discípulos que van a su escuela, los curas y vicarios a todos sus feligreses, y en esto convienen y están concordes todos los teólogos moralistas.
De la grande obligación de los curas y párrocos habla el santo concilio Tridentino en dos sesiones distintas; en las cuales expresamente dice, que los curas de almas han de dar estrecha cuenta a Dios nuestro Señor de ellas, y deben enseñarles con diligencia la doctrina cristiana en los dias dominicales y fiestas solemnes (Ses., y, c. 2, de Ref.; et Ses. XXIV, c. 4).
El gran padre de la Iglesia, san Juan Crisóstomo comprendió tan altamente la estrecha obligación de los prelados y curas de almas, que llegó a escribir aquella espantosa sentencia, que dice: Miror si potest salvari aliquis rectorum.
La obligación grande que tienen los maestros de niños, y maestros de la juventud para enseñarles la doctrina cristiana, está muy contestada de los doctores, y la razón lo dicta, porque los padres descargaran su obligación en los maestros, y por eso les pagan para que enseñen a sus hijos. El doctor Eusebio Cesariense escribe en su Historia eclesiástica, que en Alejandría, donde fue obispo el evangelista san Marcos, se abrieron escuelas públicas, dedicadas solamente para enseñar la doctrina cristiana; de que se seguía grande utilidad en los pueblos, y mucho descanso espiritual a los padres de familia.
La estrecha obligación de los padres para enseñar a sus hijos, consta de las divinas Escrituras (Deut., XI, 19; Prov:., I, 4 et 8); y la que tienen para con sus criados y criadas, lo dicta asimismo la razón, porque mientras viven en sus casas no tienen otros padres que los puedan educar y enseñar.
El apóstol san Pablo dice, que los padres de familia descuidados en enseñar a sus domésticos, son peores que los infieles; porque estos tienen mas cuidado de enseñar su mala ley a sus domésticos, que ellos de enseñar la buena ley a los suyos (I Tim , v, 8).
Sin mucha molestia pueden y deben los padres de familia cumplir con esta principal obligación de enseñar la doctrina cristiana a todos los de su casa; porque en los ratos ociosos, despues de las comidas y cenas, si tienen celo santo de Dios y del bien espiritual de su familia, pueden introducir la conversación provechosa de la doctrina cristiana; y en cabeza de un hijo enseñarla a todos los de su familia. El tiempo oportuno es el óptimo, dice el sabio Salomón (Prov., XV, 23).
El principal fundamento de toda la virtud es el saber y entender bien la doctrina cristiana. Nadie tiene autoridad de poner otro fundamento distinto, como nos lo advierte el apóstol san Pablo (I Cor., III, 11).
Por este motivo los santos padres hicieron tan alto concepto de esta santísima doctrina y sabiduría del cielo; y muchos de ellos se aplicaron a enseñarla públicamente; entre los cuales fue san Juan Crisóstomo, que del oficio de enseñar la doctrina cristiana fue elevado a ser patriarca de Constantinopla.
La seráfica madre, santa Teresa de Jesús leía todos los dias indispensablemente un capítulo de la doctrina cristiana, y para su verdadero espíritu el librito de la doctrina fue el mas estimado de su corazón, como lo dice la misma santa en el precioso libro de su vida.
Nuestra venerable madre, sor María de Jesús de Agreda tenia esta especial devoción de decir todos los dias infaliblemente todo el sagrado texto de la doctrina cristiana, y leía tres hojitas de su declaración, como lo escribe en la breve relación de su vida el ilustrísimo señor obispo Samaniego.
Y para que los padres de familia puedan con mas facilidad cumplir con esta grande obligación de enseñar a todos los de su casa la doctrina cristiana, les pondremos en el capitulo siguiente una explicación breve de toda ella; advirtiéndoles, que haciéndola leer ganarán también las muchas indulgencias concedidas por los sumos pontífices.
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

jueves, 24 de marzo de 2011

DONDE NO ESTA EL PAPA, NO ESTA LA IGLESIA.


Las doctrinas expresadas en la Encíclica "Mystici Corporis" del Papa Pío XII, están en flagrante contradicción con las que ritualmente están enseñando de palabra o con los hechos, a inmensa mayoría de los pastores de la Iglesia de las "catacumbas" (que es ciertamente la verdadera Iglesia de Jesucristo), expulsada de los templos después de la gran Apostasía del "Concilio" Vaticano II.
Debemos destacar algunas doctrinas que serán con seguridad una luz esplendorosa en este momento de oscuridad y desconcierto para todos aquellos verdaderos católicos, que si bien han caído en una gran confusión después de la apostasía del clero mundial incluida la jerarquía vaticana con los supuestos "papas" desde Juan XXIII, desean la unidad y el triunfo de la Iglesia contra las potencias infernales que hoy dominan al mundo en forma sin precedente, y contra todos aquellos que dentro de la misma Iglesia serán enemigos de esta unidad, ya sea por una consciencia errada honesta, o por desorientación, o lo que es peor, porque habiéndose infiltrado en el Rebaño remanente, han llegado a ocupar, incluso, sedes episcopales, con el único fin de controlar y luego destruir lo poco que ha quedado en nuestro día, de la Iglesia desolada.
"Se apartan, dice Pío XII, de la verdad divina, aquellos que se forjan la Iglesia de tal manera, que no pueda ni tocarse ni verse, siendo solamente un ser "pneumático", como dicen, en el que MUCHAS COMUNIDADES de cristianos, aunque separadas mutuamente en la Fe, se juntan sin embargo por un LAZO INVISIBLE".
Sin analizar la forma descarada en que los herejes del Vaticano enseñan esta doctrina y la ponen en práctica con las llamadas Iglesias Protestantes y con otras, es muy claro que su influencia está ganando terreno conforme pasa el tiempo, en las filas de la tradición, puesto que si se niega LA NECESIDAD ABSOLUTA DE LA UNIDAD BAJO LA AUTORIDAD DE PEDRO, es evidente que se creen unidos, sustentando así esta herejía, que si bien pueden condenar de palabra, la práctica actual tan evidente terminará con infectar a todas las comunidades para arrojarlas fuera de la Iglesia. No es desconocido que hay divisiones doctrinales ya, en varios puntos esenciales que no admiten interpretaciones diversas.
Por este motivo, dice Pío XII que, "LOS QUE ESTÁN SEPARADOS ENTRE SI POR LA FE O POR EL GOBIERNO, no pueden vivir en este único Cuerpo y de este su único Espíritu". No reúne aquí en este texto, la Fe y el gobierno, sino que claramente vemos que aunque se tenga la misma Fe PERO NO EL MISMO GOBIERNO, no se está participando del Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia, ni del Espíritu Santo, porque dice: "...los que están separados entre sí, por la fe, O POR EL GOBIERNO". Los actuales "islotes" de la Fe, son gobernados por sus obispos o por sus sacerdotes y ninguno de estos microgobiernos obedece a una sola cabeza, es decir, que NO ESTÁN UNIDOS BAJO EL MISMO GOBIERNO. Esto es absolutamente incuestionable. Y esto, NO ES IGLESIA CATÓLICA.
El Padre Remigio Vilariño Ugarte, S. J. en su libro Puntos de Catecismo, dice al respecto: "367. EL PAPA ES CENTRO DE UNIDAD Y DE COMUNIÓN. A él deben estar unidos absolutamente todos los que quieran pertenecer a la Iglesia fundada por Jesucristo. Los que se apartan de su doctrina son HEREJES; los que se apartan de su gobierno y obediencia son CISMÁTICOS". En el número 395, dice: "La unidad (de la Iglesia) debe ser doble: unidad de DOCTRINA y unidad de GOBIERNO... Jesucristo quiso que fuese UNA MISMA LA FE DE TODOS... Jesucristo quiso que fuese UNA MISMA LA CABEZA DE TODOS... Siempre se ha creído desde los primeros tiempos por los Padres que la Iglesia de Cristo debía tener estas dos unidades; y los que no se sujetaban a la unidad de doctrina, eran expulsados y separados como HEREJES, y los que no se sujetaban a una cabeza, el Papa, eran expulsados por CISMÁTICOS. En esto la Iglesia se ha mostrado siempre firme".
"Hállanse en un peligroso error, continúa Pío XII, aquellos que piensan poder abrazar a Cristo Cabeza de la Iglesia, sin adherirse fielmente a Su Vicario en la Tierra. Porque quitando esta Cabeza visible, y rompiendo los vínculos sensibles de la unidad, OSCURECEN Y DEFORMAN el Cuerpo místico del Redentor de tal manera que los que andan en busca del puerto de salvación no pueden verlo ni encontrarlo".
¿Qué pensaremos de aquéllos que no solamente se separan de la obediencia al papa, sino que estando la Iglesia en peligro gravísimo y sin papa, se niegan a elegirlo pidiendo sin embargo milagros o señales del Cielo o la intervención directa de Dios para solucionar la crisis?, ¿no son más culpables que los herejes del Vaticano y reos de "oscurecer" y de "deformar" el Cuerpo místico de Cristo, cuando se niegan a elegir al representante de Jesucristo, que ha de hablar infaliblemente en Su nombre?, ¿qué motivo humano por grave que sea, habrá más poderoso que la unidad y la salvación de la Iglesia?, ¿no condena Pío XII a los obispos que se creen independientes, y que no quieren elegir al papa, del que dice, les comunica la jurisdicción ordinaria?. Los herejes del Vaticano han sido condenados, entre otras cosas, por desoír las voces de los papas de los pasados tiempos. ¿No están haciendo exactamente lo mismo los jefes de la Iglesia tradicionalista al oponer su opinión y voluntad a lo que la Iglesia ordena?.
Ahora, a la mayoría parece, que la Iglesia ha quedado tan pequeña que no amerita la elección de un papa. O no lo eligen, porque están esperando a Elias y a Enoc para que les diga qué hacer. O porque esperan ilusamente la recuperación de las iglesias o el Trono material de Roma, o porque hay muy pocos electores, o porque se dice que el actual usurpador es papa material, aunque no formalmente, y por tantos otros motivos que aislados o todos juntos, no tienen ninguna fuerza ni validez, para VEDAR LO QUE ES ESENCIAL A LA IGLESIA pues si han reconocido la mayoría de ellos que en el Vaticano se sienta un hereje, se debe proceder de inmediato a elegir a Pedro que unifique a la Iglesia. Si ésta ha sido reducida a su mínima expresión, NO ES COSA QUE A NADIE INCUMBA SINO SOLO A DIOS, porque El ha tolerado esta situación por alguna razón que nadie puede juzgar y mucho menos utilizarla como un argumento que juztifique la rebeldía contra Dios.
Y no se piense que es exagerado el calificativo de cismatico y sospechoso de herejía para todo aquel que diga que obedece a los papas anteriores, lo cual demuestra con los hechos que es falsísimo, pero que se niegue a elegir al papa, cualquiera que sea la situación e incluso contra cualquier contingencia humana por grave que parezca, porque negarse a elegir al papa, es DESOBEDECER A LOS PAPAS ANTERIORES.
Pero se podría pensar que la responsabilidad es solamente de los pastores y no de los fieles. Pío XII nos aclara: "Además, nuestro Salvador, dado que no gobierna la Iglesia de un modo visible, quiere ser ayudado POR LOS MIEMBROS de Su Cuerpo místico en el desarrollo de su misión redentora. Lo cual no proviene de insuficiencia por parte suya, sino más bien porque EL ASI LO DISPUSO para mayor honra de su Esposa Inmaculada. Porque mientras al morir en la Cruz concedió a su Iglesia el inmenso tesoro de la redención, sin que ella pusiese nada de su parte; en cambio, cuando se trata DE LA DISTRIBUCIÓN de ese tesoro, no sólo comunica a su Esposa sin mancilla la obra de la santificación, sino que quiere que en alguna manera provenga de ella. Misterio verdaderamente tremendo y que jamás se meditará bastante; QUE LA SALVACIÓN DE MUCHOS DEPENDA de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, dirijidas a este objeto, Y DE LA COLABORACIÓN DE LOS PASTORES Y DE LOS FIELES..."
Es por lo tanto INSOSLAYABLE LA RESPONSABILIDAD DE TODOS LOS FIELES CRISTIANOS, siendo junto con los pastores parte del Cuerpo místico de Cristo, en esta hora de angustia, en la gran tarea de salvar a la Iglesia, y en la medida que les corresponde, SON CORRESPONSABLES DE LA DIVISIÓN Y DE LA AUSENCIA DEL PAPA, y deben colaborar en la medida de su capacidad y entendimiento para que la Iglesia se una, bajo las llaves de Pedro.
Dice después Pío XII que "la Iglesia ha de ser tenida, por UNA SOCIEDAD PERFECTA... superior a todas las demás sociedades humanas, a las que supera como la gracia sobrepuja a la naturaleza y como lo inmortal aventaja a todas las cosas perecederas". También dice que Cristo "quiso que la comunidad fundada por El fuera UNA SOCIEDAD PERFECTA en su género y dotada de TODOS LOS ELEMENTOS JURÍDICOS Y SOCIALES PARA PERPETUAR EN EL MUNDO LA OBRA DIVINA DE LA REDENCIÓN".
Negar en las presentes circunstancias, sumamente graves, indiscutiblemente nunca acontecidas en la Iglesia y muy probablemente finales, que la Iglesia "SOCIEDAD PERFECTA", fundada
por Jesucristo Dios, que posee "TODOS LOS ELEMENTOS JURÍDICOS Y SOCIALES" para perpetuarse y nunca ser vencida por ninguna clase de enemigo, repito, negar que tenga posibilidades, y que por esto está completamente IMPEDIDA, por lo cual es necesario un milagro o la intervención directa de Dios, es levantarse abiertamente, no solamente contra la autoridad del Papa Pío XII, del cual dicen, fue el último pontífice legítimo en el sagrado Trono de San Pedro, sino contra la Providencia divina, como si no hubiese previsto una situación como la actual, que amerita Su intervención, lo cual haría de la Iglesia fundada por El, UNA SOCIEDAD IMPERFECTA, e incapaz de salir de las peores crisis.
Si se enseña que la Iglesia es una sociedad perfecta, pero con las obras se niega lo que se enseña, esto es, se pide a Dios un milagro para solucionar la crisis, es evidente que esa es una doctrina que no se cree en lo absoluto y es haber perdido la fe en Dios y es haber caído en la herejía. Y es ponerse del lado de los que están destruyendo a la Iglesia. Y es militar con los que "oscurecen y deforman el Cuerpo místico del Redentor de tal manera que los que buscan el puerto de salvación no pueden verlo ni encontrarlo".
Ratifica Pío XII lo dicho anteriormente, en la siguiente forma: "TIENE QUE HABER UNA UNION DE TODOS SUS MIEMBROS, por lo mismo que tiende a un mismo fin", siendo por "voluntad de su Fundador, UN CUERPO SOCIAL Y PERFECTO", "y cuanto más noble es el fin que persigue esta unión, y más divina la fuente de que brota, tanto más excelente será sin duda la unidad". Pero también se puede añadir a propósito de ésto, que, tanto más culpable será la inacción, cuanto más grave y necesaria sea la unidad y la participación, sobre todo estando de por medio la misma Iglesia.
¿Cómo puede pedirse a Dios el milagro de la recuperación y la salvación de la Iglesia, si no se quiere elegir a Pedro, pero ni siquiera hay la unidad lo cual está matando la Caridad por voluntad del hombre?. Si se soslaya la responsabilidad pidiendo milagros, si se dice que la crisis debe ser solucionada solamente por los eclesiásticos y no también por la acción conjunta de los fieles, ¿cómo es posible que se pida a Dios la salvación de la Iglesia?.
"ES UN CRIMEN LA PASIVIDAD Y NEGLIGENCIA en consentir que la Iglesia esté privada de su Cabeza visible (se falta al deber más grave y santo, según dijo San Pío X) y mal vamos a evitar el efecto del castigo, si no eliminamos la causa del mismo", dijo el Prof. Tomás Tello en su artículo "La cuestión clave".
El Padre Vilariño dice: "372. PRIMADO DEL PAPA. Así, pues, el Papa es el Jefe de la Iglesia. Y como Pedro sobre los Apóstoles, así el Papa tiene autoridad sobre todos los demás prelados, y con más razón sobre los fieles. Y, por tanto, es el Primado de la Iglesia. Por lo cual decía muy bien San Ambrosio: Ubi Petrus ibi Ecclesia, (donde está Pedro (el Papa), allí está la Iglesia). Y puédese decir: DONDE NO ESTA PEDRO, NO ESTA LA IGLESIA".
Esta doctrina, no está sujeta a ninguna clase de discusión ni parecer humano, provenga de donde provenga. Todo aquel que no quiere elegir al papa aún en esta hora de tremenda confusión, en la que la Iglesia ha sido expulsada de los templos y reducida a un corto número, indudablemente ya no pertenece a la Iglesia. Ha dejado de ser católico.
No puede admitirse confusión ante una doctrina tan claramente expresada por tantos papas, teólogos y Padres de la Iglesia. Puede admitirse cierta confusión cuando no ha sido propuesta la doctrina, pero después de ésto, no debe haber rechazo alguno.

EL MILAGRO QUE SE ESTA PIDIENDO.
El milagro es un testimonio de la doctrina en cuyo favor se hace o es la manifiesta aprobación divina de alguna obra que el hombre realiza, y no es posible que venga por otra cosa, porque Dios no puede cooperar con la mentira.
Por este motivo, si para apoyar una acción o una doctrina. Dios hace un milagro, todos entenderán así que El está aprobando plenamente. Lo mismo puede decirse de la profecía cumplida, porque decir las cosas futuras con certidumbre cuando ninguna razón hay para conjeturarlas, es un milagro, obra del poder de Dios.
No puede haber un milagro de Dios, si nadie va a entender qué es lo que se pretende, y si los hombres no están trabajando por la unidad de la Iglesia y la elección del papa, aunque esto humanamente parezca imposible. En estas condiciones, no habrá un milagro, sino un castigo muy merecido.

LA NECESIDAD DE LA AUTORIDAD.
No siempre es posible establecer, de común acuerdo, lo que los particulares deben hacer en la Iglesia, para su extensión, conservación y santificación. Estos bienes, además, pueden ser conseguidos frecuentemente de diversos modos, y no es fácil llegar solamente por la discusión o por la reflexión, a ver cuál es el mejor camino de todos ellos. Además, todo hombre es impulsado por su naturaleza egoísta a colocarse en el centro del Universo y así exige que los demás eviten todo lo que no le parece y hagan lo que va a ser para su personal provecho, sin preocuparse en querer u ordenar lo que sirve a los demás o impidiendo lo que siendo de provecho para todos, a ellos les daña. Estos tales individuos o sociedades, existe el peligro, exigen a los demás, lo que ellos no están dispuestos a hacer, y piden mucho, ¡y a veces muchísimo!, sin dar nunca, ABSOLUTAMENTE NADA.
Por ese motivo, es necesario un poder capaz de imponerse sobre todos. Una de las cosas esenciales para la UNION, es la autoridad, y ES ELEMENTAL, Y TODO MUNDO LO SABE, que uno de los deberes de cualquier sociedad, e indiscutiblemente de los miembros de la Iglesia, ES TENER UNA AUTORIDAD EFICIENTE Y PROCURAR QUE ESTA EXISTA SIEMPRE. Por eso decía el Papa León XIII en su Encíclica "Immortale Dei": "PUESTO QUE NO HAY SOCIEDAD QUE SE MANTENGA EN PIE SI NO HAY QUIEN ESTE POR ENCIMA DE LOS DEMÁS, moviendo a todos con eficacia y unidad de medios hacia un fin común, se sigue que a la convivencia civil, ES INDISPENSABLE LA AUTORIDAD". Si esto decía de la sociedad civil, ¿no lo diría con mayor fuerza y razón de la Iglesia?
En su Encíclica "Diuturnum Illud" escribe: "En toda comunidad o reunión de hombres, LA NECESIDAD OBLIGA a que exista algunos que manden, para que la sociedad, SIN PRINCIPIO O CABEZA QUE LA RIJA, NO SE DISUELVA 0 SE VEA PRIVADA DE CONSEGUIR EL FIN PARA EL CUAL NACIÓ Y FUE CONSTITUIDA".
Santo Tomás de Aquino en "De Regimini Principum" enseña que: "En todas las cosas en las cuales alguien es ordenado a un fin, o en las que obra de un modo o de otro, ES NECESARIO QUE EXISTA UN DIRIGENTE POR EL CUAL SE LLEGUE DIRECTAMENTE AL FIN DEBIDO".
Es obvio que la necesidad de un papa para la Iglesia constantemente gobernándola, es una necesidad mayor que la de un gobernante temporal. ¡Y este es un severísimo precepto de Jesucristo!.
La autoridad es además necesaria, porque no todos hacen espontáneamente lo que deben hacer, y no falta quienes contrariamente a lo que se debe obrar, se inclinan a obstaculizar todo aquello que no les parece: con la abstención, con la ocultación o negación de medios a su disposición, o con acciones abiertamente contrarias.
Y aunque en algunos de estos casos se puede interpretar cierta honestidad, no falta muy seguido, sin embargo, la mala voluntad, el egoísmo o incluso el deseo de destruir no tanto a veces por las pasiones, SINO POR LAS INFILTRACIONES. Y no faltan quienes obran contra el bien común por alguna anormalidad o por alguna distracción.
La Revelación, la Tradición de la Iglesia, el Magisterio, han subrayado enérgicamente que la procedencia de la autoridad es Dios. Así, por ejemplo, en Proverbios leemos: "Por mí, los reyes reinan...; por mí mandan los príncipes y los poderosos administran justicia" (Cap. 8, v. 15 y sig.). O lo que dice Sabiduría Cap. 6, v. 3: "...os fue dado por el Señor y la soberanía por el Altísimo".
Y el Eccles. Cap. 17, v. 4: "Dio a cada nación un jefe". Y es harto conocido lo que Cristo N. S. dice a Pilatos: "No tendrías poder alguno contra mí, si no se te hubiese dado de lo alto..."
No determina Dios, sin embargo, LA FORMA EN QUE LOS HOMBRES HAN DE ELEGIR A SUS GOBERNANTES, y tampoco ha determinado LA FORMA DE ELECCIÓN PAPAL, sino que deja esta responsabilidad al hombre mismo, SIN DISPENSARLO DE LA NECESIDAD Y OBLIGACIÓN DE TENER AUTORIDAD O PAPA que es Su representante en la Tierra.
Por lo tanto, renunciar al derecho y a la gravísima obligación de elegir papa, según lo anteriormente dicho, y sabiendo perfectamente que "DONDE NO HAY GOBIERNO EL PUEBLO VA A LA RUINA" (Prov. Cap. 11, v. 14), es APROBAR LA DISCORDIA entre los hombres, sabiendo que todos hacen las cosas como les parece, y es DARLE ENTRADA CONSCIENTE Y VOLUNTARIAMENTE AL EGOÍSMO de gentes o grupos y a la creación de infinidad de lidercillos firuletes y gritones que todo ordenan o critican sin hacer absolutamente nada. Es ser ENEMIGO DE LA UNIDAD, es abrir la entrada en la Iglesia a toda clase de PASIONES y apoyar la acción de quienes infiltrados, quieren destruir los últimos reductos de la Fe. Pero lo más grave de todo: es oponerse a la Tradición, que se dice defender, a los dictados de las Sagradas Escrituras y al Magisterio de la Iglesia, todo lo cual en conjunto, no es otra cosa que LEVANTARSE EN ABIERTA REBELDÍA CONTRA DIOS.
Quienes en esta hora de angustia y necesidad para la Iglesia se niegan a elegir al papa para que la unifique, son demoledores de la Iglesia, y han de ser considerados como de los peores que en su historia ha tenido, pues no solamente desoyen los dictados de los papas anteriores, aunque hipócritamente digan oírlos, sino que se niegan a elegirlo sabiendo que a falta de pastor, las ovejas se dispersan y se pierden.

LA DEFENSA DE LA CIUDAD FORTIFICADA.
Decía Santa Teresa de Jesús: "Cuando los enemigos han asolado todo el país, el soberano, viéndose en una situación desesperada, se retira a una ciudad que hace fortificar cuidadosamente. Desde allá él opera de tiempo en tiempo salidas contra el enemigo y, tan grande podrá ser el valor de los hombres mejores encerrados en la plaza, que ellos solos harán más que un ejército de soldados apocados. A menudo así se obtiene la victoria o si no se es vencedor, por lo menos no se es vencido. En efecto, SIEMPRE QUE NO SE ENCUENTRE TRAIDOR EN LA PLAZA, no se puede ser forzado más que por el hambre. Ahora bien, entre nosotros, no es jamás el hambre la que obliga a capitular. Se puede morir, sí: ser vencido, jamás".
En nuestro día, la Iglesia ha sido asolada: sus templos violados, su Sacrificio desterrado, sus Sacramentos adulterados e invalidados, sus doctrinas cambiadas, su autonomía económica destruida y entregada a la banca internacional judía, sus puestos de mando usurpados por sus peores enemigos, su Liturgia prostituida y sus fieles seducidos y engañados lanzados por todos lados a las doctrinas más extrañas.
Los pocos fieles que han quedado, se han reunido en una ciu dad pequeña, que toda ella constituye el resto de aquella otra más rrande, y han tratado de conservar todo lo que han podido, PERO NO HAN SABIDO FORTIFICAR CUIDADOSA Y ADECUADAMENTE SU FORTALEZA, porque dentro de ellos han venido también agentes del falso rey usurpador del trono de la gran ciudad. Y estos se han encargado de convencer a muchos de ellos, de que no es necesario que se nombre a un rey verdadero que los dirija, aduciendo toda clase de razones que a ellos en nada favorecen, sino exclusivamente al rey usurpador.
Sin embargo, es innegable que por más pequeña que la fortaleza sea, NECESITA UNA CABEZA QUE LA DIRIJA, porque si la lucha no está UNIFICADA, y cada soldado hace lo que a su parecer sea lo mejor, el falso rey vendrá en cualquier momento y con mucha facilidad los podrá destruir. Pero si algún día fuera posible recuperar el trono de la ciudad grande, esto siempre se hará imposible estando todos divididos y a veces hasta enemistados. Un ejército en el que todos los bajos jefes mandan a sus tropas diversas cosas es fácilmente derrotado y no hay nadie además que tenga sentido común que pueda venir a apoyarlos para ser también destruido.
Entre los cristianos, no podemos pensar nunca en la derrota, aunque las crisis en nuestra santa Iglesia parecen que la van -. destruir. Porque nuestro Señor Jesucristo, ha empeñado Su palabra y las puertas del Infierno no pueden prevalecer contra ella. Esto es de Fe, y no podemos pensar de otra manera. Pero es necesario estar unidos con los vínculos de la Caridad y la voluntad humana lograr la unidad, porque para que ésta sea lograda no es necesario ningún milagro, sino exclusivamente QUERER HACERLO.
La unidad ha de lograrse con plenitud, cuando el papa sea elegido y así, esperar a Jesucristo el dia de la Parusía si esta crisis es terminal, o esperar el milagro de Dios, entonces sí, que permita la recuperación de los templos y del Trono sagrado de San Pedro que está en Roma. Mientras no se logre ésto, mientras no se desoiga a los agentes del falso rey no tenemos ningún derecho a milagros del Cielo.
Un Rey más poderoso vendrá en nuestra ayuda, pero debemos de ser dignos de que nos visite.

LOS QUE QUIEREN RECUPERAR LOS TEMPLOS Y LA SEDE ROMANA.
Es verdaderamente asombroso ver cómo muchos se niegan a la elección de un papa que sería la cabeza en esta tremenda lucha actual para unificar a la Iglesia dispersa, pero pretenden con esa Iglesia dispensa y lógicamente sin ninguna fuerza, recuperar el Trono romano de San Pedro y también los templos del mundo. Sin meternos a analizar esta postura estulta e incongruente, que a veces nos parece intencional y subversiva, quiero considerar entre los muchos, dos puntos que con frecuencia se olvidan o tal vez se desconocen para aclarar que los que tal cosa pretenden, están caminando hacia un callejón sin salida, si no antes, la Iglesia remanente está unida bajo la obediencia de un papa.
1. LA AUTONOMÍA ECONÓMICA DE LA IGLESIA ESTA TOTALMENTE DESTRUIDA.

El día 2 de junio de 1835, en un pequeño pueblecillo sin historia, Riese, nació en el seno de una familia pobre, José Melchor Sarto, el futuro y grandioso Papa San Pío X. No quiero hacer una biografía de su vida, sino destacar muy particularmente su humilde origen y las carencias económicas que lo llevaron a asistir a sus primeras clases de latín y religión recorriendo los doce kilómetros desde Riese hasta Castelfranco, descalzo para no gastar los zapatos que llevaba al hombro.
Es profunda y violentamente contrastante la razón del origen humilde de Juan XXIII que aducen sus apologistas para aprobar el inicio de una serie de medidas que destruirían completamente todo el potencial económico de la Santa Sede.
Cuando Pío XII murió, la Iglesia pasaba por lo que algunos autores llaman "el milagro económico", pues su influencia financiera se había extendido a bienes raíces, cemento, acero, banca, productos farmacéuticos y químicos, seguros, fuerza eléctrica, molinos, turismo, ingeniería, construcción y una serie de empresas que le permitían una AUTONOMÍA muy saludable y conveniente frente a los poderes mundiales enemigos del orden cristiano.
Pero Juan XXIII, ese hombre "de extracción campesina", queriendo que la Iglesia fuera pobre como su Fundador y proyectara una imagen de pobreza cristiana, inicia una serie de operaciones secundadas después por sus sucesores que desembocan con celeridad no solamente en una serie de muy sucios escándalos, sino en la entrega del poder económico de la Iglesia a la banca judía internacional.
El escritor Wilton Wynn, muy bien enterado de las cosas que en el Vaticano pasan entre bambalinas, escribe en su libro Los Guardianes de las Llaves que Paulo VI, "en vez de apoyarse enteramente en el antiguo club de la nobleza negra para efectuar movimientos financieros, la Santa Sede empezó a canalizar sus inversiones por medio de organizaciones internacionales como Credit Suisse, de Zurich, Chase Manhattan, Banker Trust, Hambros y, los Rothschilds". ¡NADA MENOS!. Este autor, dice que el Cardenal Vagnozzi, dijo con orgullo, "ya no tenemos control de una sola compañía".
Destrucción a fondo, entrega, a fondo y TRAICIÓN A FONDO de esos supuestos cuatro "papas" que suben como una mafia anticrística más efectiva que todos los enemigos de la Iglesia juntos, porque dentro de ella y recorriendo sus venas y centros vitales la han destruido.
2. LA IGLESIA QUE OBEDECE AL VATICANO ESTA TOTALMENTE INFILTRADA.
Harto conocido es el texto de San Pablo que ya en su época denuncia que había comenzado a obrar el "misterio de iniquidad" DENTRO DE LA IGLESIA. San Agustín en La Ciudad de Dios hablando de este texto, dice que los partidarios del Anticristo, un día DENTRO DE LA IGLESIA, formarían un poderoso cuerpo, para destruir a la Iglesia. Y es bien conocida también la Encíclica "Pascendi" de San Pío X denunciando un mal muy avanzado y envenenando a la Iglesia por todos lados. La famosa policía secreta por él creada para detectar el mal, caería en el desprestigio por los ataques y las presiones.
La verdad es que desde hace muchísimos años los puestos de mando han sido tomados por quienes esperaban el momento del cambio, mientras propiciaban otras numerosas y muy graves infiltraciones. Con apariencia de piedad y de ortodoxia, agazapados, ganando posiciones, engañando a los jerarcas y al pueblo, paralizaban poco a poco, cautamente y en el momento oportuno todos los movimientos de su gran enemiga la Iglesia.
A la muerte del gran Pío XII, vino la avalancha, el río de podredumbre se desbordó y con esa mentada "ventana" abierta de Juan XXIII, entraron en la Iglesia toda clase de males que pocos años antes se pensaban imposibles.
No es un misterio para mi el cambio tan radical de mentalidad del clero mundial, cuando en tan poco tiempo aceptó las cosas más increíbles. No hubo tal cambio, sino que lo que hubo es un movimiento disciplinado e inmediato para ponerse a las órdenes de quienes por la infiltración habían llegado al Trono de San Pedro. Ideal acariciado por tantos siglos por los enemigos de Jesucristo.
La Iglesia del Vaticano está totalmente impedida para retornar a la ortodoxia, porque está paralizada por toda la gente perfectamente adiestrada que la ha invadido, y la misión que todos ellos tienen es destruir toda noción de Cristianismo, acabar con la memoria del Crucificado, aunque en forma paulatina que los hace hablar de cosas aparentemente cristianas que engañan y seducen a la masas desorientadas e ignorantes de católicos.
Es la hora de la gran prostituta del Apocalipsis, y es la hora en que los pocos favorecidos que están en la Iglesia remanente deben unirse y elegir al padre común, para no ser completamente destruidos. Y es la hora de desoír completamente a todos aquellos que predicando una prudencia paralizante o con textos teológicos o canonicos embrollados que ya nadie entiende, tratan de detener toda la acción que hará que las fuerzas del Infierno no prevalezcan contra la Iglesia, porque aunque hemos de esperar con Fe firmísima la ayuda de Dios, debemos de creer que también es necesaria la acción de los hombres que aman a la Iglesia.
La Iglesia es la pequeña Ciudad que ha quedado fuera, y todo lo que no sea SALVARLA, UNIFICARLA Y ELEGIR AL PAPA, no es católico y HAY QUE DESECHARLO POR COMPLETO.
¿Vendrá luego la recuperación de Roma, o lo que debemos esperar es al Señor para darle su merecido a Sus enemigos?

LA ESTRUCTURA QUE VA SURGIENDO.
La muerte lenta de la Ciudad Católica, no ha dejado un vacío evidentemente, sino que poco a poco, como ésta ha ido desapareciendo de todas partes, ha sido substituida por partes o por emanaciones morbosas de la Ciudad de Satanás. Es sumamente difícil si no se tiene la ayuda de Dios, no ser afectado en alguna forma pues muchos de estos cambios aparecen como algo bueno, o arreligiosos o simplemente producto del progreso del mundo de hoy, que debe prosperar y cambiar.
No dejan de introducirse los elementos descaradamente anticatólicos donde es posible y las gentes han sido ya suficientemente infectadas, por el ambiente, por los líderes incluso de la Iglesia de Juan Pablo II o por los falsos ideales "promisorios" del siguiente milenio de paz y de fraternidad.
Y es tan grande el desplazamiento de la Ciudad Católica, y es tan formidable el poder que la va expulsando de todos lados y aplastando, que sus promotores están ya a punto de cantar su triunfo, igualmente que sucedió el día que mataron a Cristo.
El bajó al sepulcro, pero tres días antes de Su resurrección.

YA ES TIEMPO DE UNIRNOS Y DE ACTUAR.
Por este motivo, es ya tiempo de actuar, es ya tiempo de olvidar rencillas, es tiempo de deponer las opiniones personales, para que sean resueltas por el Santo Padre. Hay que ubicarse en la situación de EXTREMÍSIMA NECESIDAD, por la que nuestra Iglesia está pasando, que si bien, es de Fe que nunca será destruida, el negar sistemáticamente nuestra acción y nuestra cooperación para sacarla de esta situación, nos enfrenta abiertamente a Dios, que ciertamente sí actuará al fin, PERO LO HARÁ EN CONTRA DE NOSOTROS, para hacer prevalecer Su santísima voluntad.
¡Se supone que no estamos tratando con enemigos de la Iglesia, sino con católicos que han sufrido las mismas desgracias, consecuencia de la gran Apostasía y usurpación del Trono de San Pedro!
Es tiempo de recibir a todos los que quieran actuar, colaborando en alguna forma en favor de nuestra divina Institución. NO HAY LEY HUMANA INCLUSO ECLESIÁSTICA CUANDO POR LA EXTREMÍSIMA NECESI DAD LA QUE ESTA EN PELIGRO ES LA MISMA IGLESIA. Todos los que manejan estas cuestiones sin darse cuenta de la situación por su diabólica terquedad, no están más que destruyendo y saludable sería que se retiraran para no estorbar, si es que egoistamente no colaboran.
Es tiempo ya de unir los esfuerzos sacrificados por nuestra causa que es la causa de Dios. Y es tiempo también de concientizarnos de que ESTA PUEDE SER NUESTRA ULTIMA OPORTUNIDAD, pues Dios no ha de tolerar mucho tiempo más nuestra ridicula y escandalosa división y nuestra posición "prudente" cuando tantas almas buenas han sido engañadas y seducidas por el prosópago del Vaticano, y se están perdiendo.
Algunos esperan a Elias y a Enoc para que digan qué es lo que hay que hacer. ¿No saben que las Sagradas Escrituras dicen que todo mundo se burlará de ellos, que nadie los creerá, que harán con ellos todo lo que les dé la gana y que cuando muertos harán todos fiestas y se mandarán regalos?, ¿no saben que pocos han de conocerlos, porque si Dios evidenciara su personalidad, la conversión no tendría mérito sino que seria servil y convenenciera?.
La Iglesia no es la "SECTA" del Vaticano. La Iglesia vive en esas comunidades escondidas y perseguidas esparcidas por todo el mundo, a cuya cabeza, obispos y sacerdotes, muy pocos por cierto, tratan de conservar la ortodoxia. Pero deben ya unificarse, pues ya no se puede a estas alturas justificarse la confusión que a todos afectó después del "Concilio" de Juan XXIII y Paulo VI. No es posible aceptar que esa Iglesia, aunque pequeña, siendo la verdadera, NO TENGA UN PAPA, para que la unifique, para que la ilustre, y para que ¡SI DIOS QUIERE!, la lleve al triunfo. Ya es tiempo, por ahora, de olvidarnos de recuperar nuestros templos que Dios nos devolverá a su debido tiempo, pero no es posible olvidarnos de elegir a Pedro, porque los templos no son esenciales para la existencia y unidad de la Iglesia, pero Pedro es ABSOLUTAMENTE NECESARIO, y es una gran des gracia, el destierro del Sacrificio de los altares del mundo, pero no es menos desgracia que hoy, en nuestro día, Pedro no está en el mundo, ni quieren elegirlo. Y esto es escandaloso.
¡Ya es tiempo, señores obispos, señores sacerdotes, señores dirigentes de comunidades religiosas, señores dirigentes de grupos católicos diversos, DE TERMINAR CON ESTE ESCÁNDALO, CON ESTA CONFUSIÓN Y CON ESTA DIVISIÓN, porque si voluntariamente hemos renunciado a la UNIDAD Y HEMOS MATADO LA CARIDAD, ha llegado, pues, el momento del fin!. Y así como no hay ley humana que justifique no salvar a la Iglesia, pues "LA NECESIDAD NO ESTA SUJETA A LA LEY", tampoco se debe obedecer a quien nos quiere paralizar. Si no actuamos según dicta nuestro más estricto deber y responsabilidad, vendrá el Señor y aplicará con su Brazo victorioso el castigo que merecemos .