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martes, 29 de mayo de 2012

Advertencias para el buen gobierno de la casa

Para el buen gobierno de la casa en todo tiempo y a todas horas conviene mucho la unión perfecta de los dos bien casados, los cuales se han de dividir los empleos económicos; y como el sol y la luna presiden a diversos tiempos para el buen gobierno del mundo, así el marido y la mujer en diversas horas han de componer la luz continua de su casa y de su familia; de tal manera, que rara vez ó nunca falte el uno de los dotes de la casa, para que tengan a quien atender los que viven en ella.
Por esto en aquel misterioso sueño se le manifestaron al patriarca José su padre y su madre, representados en el sol y en la luna; porque no hay símbolos mas expresos para significar la unión perfecta y bien concertada que han de tener los padres de familia para el buen gobierno de su casa.
El marido ha de ser como el sol, que nunca está ocioso, sino andando siempre diligente, para que en su casa no falte lo necesario; y dando luz a todos los de su familia, para que vean y sepan lo que deben hacer. Si el sol se parase, se trastornaría todo el universo; y si el marido se descuida, se revuelve y se pierde toda su casa.
El sol siempre lleva constante su carrera, para el mayor bien del mundo, sin divertirse a otra cosa. Así debe ser el padre de familia, cuyo principal cuidado ha de ser el bien espiritual y temporal de su casa. El hombre que no cuida de sus domésticos es peor que un infiel, dice san Pablo (I Tim., V, 8); y así es que el hombre descuidado de su mujer y de sus criados es peor que un moro, que un turco.
Mientras el marido está fuera de casa buscando lo necesario para su familia, ha de trabajar la mujer cuidadosa en todas las providencias ocurrentes que han de correr por su mano. Y como a la luna se atiende para todas las navegaciones, medicinas y agriculturas, y en todas las plantas influye; así por la mano de la mujer prudente ha de pasar todo el gobierno de los de su casa; ella ha de tener el inmediato cuidado, y todo ha de correr á su custodia, como dice san Pablo (Tit., 11, 5).
El hombre que tiene una mujer buena, dice el Espíritu Santo que ya tiene principio para una grande posesion con que sustente su casa: Qui possidet mulierem bonam, inchoat possessionem (Eccli., XXXVI, 26); porque mientras su marido busca lo que es menester, ella dentro de su casa lo dispone todo con prudencia, y en su mano lo poco es mucho.
La mujer sabia edifica su casa, dice un proverbio de Salomon, y la mujer necia, vana y ociosa, arruinará la casa bien edificada. Toda la sabiduría de una mujer prudente consiste en saber gobernar bien su casa, y conservar lo que su marido la adquiere, gastando con discreción lo que sea necesario, sabiéndole distribuir a su tiempo oportuno, y cuidando de que sus criados y criadas ganen el pan que comen.
No puede una mujer ganar los jornales enteros en el campo, como un gañán; pero serán bien cumplidos sus jornales, cuidando no se pierda lo que su marido adquiere, y no gastando todo el tiempo en sus vanos afeites, sino desvelándose en que todos los de su familia empleen bien los días y los talentos. En este diligente cuidado hay un grande tesoro; y un proverbio del Sabio dice, que la mujer diligente es corona de su marido, llevándole limpio y aseado, de tal modo, que pueda parecer entre personas.
Pero si la mujer fuere gastadora, vana, indiscreta y fatua, ya hemos acabado con toda la buena fortuna de la casa. El pobre marido perecerá corrompidos los huesos, como lo dice el mismo Sabio. Este es un daño irreparable. Cuanto el marido gane, lo desperdiciará presto su fatua mujer; y le sucederá lo que a un pobre fatigoso, que torcía una soga de esparto, y cuanto iba torciendo, se lo iba comiendo su jumento.
En el Espejo de los ejemplos se halla uno muy horroroso; y es de una infeliz mujer condenada, por quien un hijo suyo multiplicaba las oraciones y santos sacrificios; pero su madre se le apareció rodeada de demonios, y le dijo no rogase por ella, porque ya no tenia remedio su perdición eterna, y que el motivo de su condenación había sido el desperdicio de los bienes temporales de la casa de su marido, y los malos ejemplos que había dado a los de su desventurada familia con sus afeites y vanidades, no cuidando de su cristiana educación y buena enseñanza. El Señor ilustre a las madres de familia para su perfecto desengaño. Amen.
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

lunes, 28 de mayo de 2012

Los Santos. Sus imagenes y Reliquias. Reliquias de la Cruz. Peregrinaciones.

¿Por qué rezan los católicos a la Virgen y a los santos? El unico Mediador entre Dios y los hombres es Jesucristo (I Tim. II, 5). El es también el único Abogado con el Padre (I Juan II, 1). 
La Doctrina de la Iglesia sobre la invocación de los santos fue resumida así por el Concilio de Trento: "Los santos que ahoran reinan con Jesucristo ruegan a Dios por los hombres. Es bueno y provechoso invocarlos con preces y encomendarnos en sus oraciones e intercesión para que nos alcancen de Dios beneficios por Jesucristo su Hijo, nuestro único Redentor y Salvador. Los que condenan la invocación de los santos, que gozan de eterna bienaventuranza en el cielo; los que niegan que los santos pidan por nosotros; los que afirman que pedir a los santos que rueguen por cada uno de nosotros es idolatría, opuesto a la palabra de Dios y al honor debido a Jesucristo, único Mediador entre Dios y los hombres, esos tales son impíos" (sesión XXV). 
Los dos Testamentos, Antiguo y Nuevo, abundan en pasajes donde se recomienda la práctica de encomendarnos en las oraciones de nuestros hermanos, especialmente cuando éstos son justos. Dios mandó a Abimelec que pidiese oraciones a Abraham: "El pedirá por ti, y tú vivirás" (Gén. XX, 7, 17). Gracias a los ruegos de Moisés, Dios miró con ojos de misericordia a los israelitas que habían pecado en el desierto (Salm. XV, 23). Dijo Dios a los amigos de Job: "Mi siervo Job pedirá por vosotros; Yo aceptaré su oración" (Job XLIII, 8). Finalmente, en las cartas de San Pablo vemos que el apóstol pedía constantemente a sus hermanos que rogasen a Dios por él (Rom. XV, 30; Efes. 6, 18; 1 Tes. V, 25).
¿No es absurdo pensar que el cristiano que en esta vida se esmeró en rogar caritativamente a Dios por sus hermanos va a perder todo interés por ellos una vez que sube al cielo y está delante del Omnipotente? La tradición cristiana nos dice todo lo contrario. Los santos, en el cielo, conocen mejor nuestras necesidades y los deseos que Dios tiene de despachar favorablemente sus súplicas. 
Oigamos a San Jerónimo: "Si los apóstoles y los mártires rogaban tanto por otros cuando aún estaban acá en la tierra y necesitaban rogar por sí mismos, ¿qué harán ahora en el cielo, seguros ya como están, pues han sido coronados por sus triunfos y victorias? Moisés, un hombre sólo, alcanza de Dios perdón para seiscientos mil hombres armados, y Esteban ruega por sus verdugos. ¿Serán acaso menos poderosos cuando estén con Jesucristo? San Pablo nos dice que sus oraciones en el navio salvaron a ciento setenta y seis tripulantes. Una vez muerto, ¿va a cerrar sus labios y no va a rogar por todos aquellos que acá y allá han creído en el evangelio, que él predicó? (Adv Vigil 6). 
Sabemos que los ángeles ruegan a Dios por los hombres (Zac I, 12-13).
Dijo el ángel Rafael a Tobías: "Cuando rogabas con lágrimas..., yo ofrecía tu oración al Señor" (Tob. XII, 12). El mismo Jesucristo nos dijo que los ángeles se interesaban por nosotros: "Se alegrarán los ángeles de Dios cuando un pecador haga penitencia" (Luc. XV, 10). En otro lugar nos manda que no escandalicemos a los niños, porque tienen ángeles que interceden por ellos en el cielo (Mat. XVIII, 10). Pues si los ángeles interceden por nosotros, con mayor motivo lo harán los santos, que están unidos con nosotros por el vínculo de la misma naturaleza humana, y por el vínculo sobrenatural de la comunión de los santos, tienen el mismo poder y el mismo privilegio. Esta doctrina sobre la intercesión de los santos puede verse desarrollada en los escritos de los Santos Padres, que la defienden unánimemente. No citaremos más que algunos testimonios.
Escribe San Hilario (366): "A los que hagan lo que está de su parte para permanecer fieles, no les faltará ni la vigilancia de los santos ni la protección de los ángeles" (In Ps 124). 
San Cirilo de Jerusalén (315-386): "Conmemoramos a los que han dormido en el Señor, a los patriarcas, a los apóstoles, a los mártires, para que Dios, por su intercesión, despache favorablemente nuestras peticiones" (Muys 5, 9).
San Juan Crisóstomo (344-407): "Cuando veas que Dios te castiga, no te pases al enemigo... Acude más bien a los amigos de Dios, a los mártires, a los santos y a los que le agradaron, porque éstos tienen ahora gran poder" (Orat 8; Adv Jus 6).
Los católicos estamos firmemente persuadidos de que el único Mediador es Jesucristo (I Tim II, 5), y el Concilio de Trento hace especial hincapié en esto al hablar de la invocación de los santos. La Iglesia católica enseña que el único que nos redimió fue Jesucristo, que murió por nosotros en la cruz y nos reconcilió con Dios, haciéndonos participantes de su gracia en esta vida y de su gloria en la otra. 
Ningún don divino nos puede venir si no es por Jesucristo y por su sagrada Pasión. Por tanto, nuestras oraciones todas, así como las de la Santísima Virgen y las de los ángeles y santos, tienen eficacia sólo por medio de Jesucristo. Lo que hacen los santos es unir sus plegarias a las nuestras. Ahora bien: esas plegarias no pueden menos de ser agradables a los ojos divinos, por la amistad íntima que los santos tienen con Dios. Sin embargo, la eficacia de esas plegarias está vinculada a los méritos del único Mediador. Nuestro Señor Jesucristo. 

¿Por qué adoran los católicos a las imágenes y oran delante de ellas? Dios prohibió las imágenes y demás obras de escultura (Exodo XX, 5). ¿No es cierto que los católicos suprimieron el segundo mandamiento, porque en él se prohibían las imágenes? ¿Por qué dividen los católicos los mandamientos de diferentes maneras?
Es falso que los católicos adoren a las imágenes y se encomienden a ellas. 
Dice así el Concilio de Trento: "Las imágenes de Jesucristo, las de la Virgen Madre de Dios y las de otros santos deben ser guardadas en las iglesias, donde se les debe tributar especial honor y veneración; no porque creamos que haya en ellas divinidad o virtud alguna por la cual las debamos adorar o pedir favores, pues no queremos imitar en esto a los gentiles de la antigüedad, que ponían toda su confianza en los ídolos, sino porque al honrar a las imágenes honramos a los que las imágenes representan; de suerte que, cuando besamos la imagen o nos arrodillamos o descubrimos ante ella, adoramos a Jesucristo y veneramos al santo retratado en su imagen" (sesión XXV). 
Estas palabras son repetición de las del segundo Concilio de Nicea (787), que condenó a los iconoclastas orientales por decir que la reverencia tributada a las imágenes era obra del demonio y una nueva forma de idolatría. 
En cuanto al texto del Exodo, decimos que, aun cuando Dios hubiera prohibido a los judíos esculpir imágenes, esa prohibición no rezaba con los cristianos, pues la ley de Moisés quedó abrogada por la ley de Jesucristo (Rom. VIII, 1-2; Gál. III, 23-25). No hay maldad intrínseca en la escultura de imágenes. La ley eterna no puede ser abrogada jamás; siempre será pecaminoso "adorarlas y servirlas". Sabemos que los judíos no interpretaron esa prohibición en sentido absoluto, pues vemos que tenían en el templo bastantes imágenes. Por ejemplo, tenían la serpiente de bronce (Núm. XXI, 9), el querubín de oro (III Rey. VI, 23), las guirnaldas de flores, frutos y árboles (Núm. VIII, 4), los leones que sostenían los lebrillos y el trono regio (III Rey. VII, 24) y el efod o vestidura sacerdotal (Jueces VIII, 27; III Reyes XIX, 13).  
Los judíos dispersos, a pesar del odio innato que tenían a la idolatría, decoraban sus cementerios con pinturas de pájaros, bestias, peces, hombres y mujeres. 
Los cristianos primitivos adornaban las catacumbas con frescos de Jesucristo, la Virgen y los santos, y describían en ellos escenas y pasajes de las Sagradas Escrituras. Entre estos frescos merecen especial mención Moisés, hiriendo la roca, el arca de Noé, Daniel en la cueva de los leones, el Nacimiento, la venida de los Reyes Magos, las bodas de Caná, la resurrección de Lázaro y Jesucristo, el Buen Pastor. Las estatuas escaseaban mucho, por la sencilla razón de que eran muy costosas y los cristianos eran pobres. Cuando la Iglesia salió triunfante de las catacumbas y empezó a esparcirse por la faz de la tierra, cobijando bajo su manto a todos, patricios y plebeyos, comenzó a decorar los templos con mosaicos de mucho precio, esculturas, pinturas y estatuas artísticas. 
Ahora bien: ninguno se atreverá a llamar idólatras a aquellos cristianos primitivos que daban gustosos su vida antes que consentir en adorar a los dioses del Imperio. La Iglesia no ha suprimido jamás el segundo mandamiento: lo que ha hecho es resumirlo abreviándolo en los catecismos para el pueblo, imitando en esto a la Biblia (IV Reyes XVII, 35), donde también se resume este mandamiento. El Antiguo Testamento nos dice que los mandamientos son diez (Exodo XX, 1-17; Deut V, 6-11), pero no da regla ninguna sobre la manera en que se han de dividir. 
Los católicos, siguiendo a San Agustín, comprenden en el primer mandamiento la idolatría y el culto falso, y en los mandamientos nono y décimo comprenden los pecados de lujuria y avaricia, respectivamente. 
En la división hecha por los protestantes no hay más que un mandamiento para los dos pecados de adulterio y robo; en cambio, ponen dos mandamientos para el culto falso. Esta división está basada en Filón, Josefo y Orígenes. 
Hablemos con claridad: los protestantes se hicieron iconoclastas por las ansias que tenían de incautarse de las múltiples obras artísticas encerradas en las iglesias católicas y en los monasterios. Los luteranos, en el continente, y los príncipes Tudores, en Inglaterra, confiscaron con gran alborozo todos los tesoros que poseía la Iglesia católica. No se movieron, pues, por religión, sino por avaricia. La religión ocupaba un lugar secundario. Lutero, por ejemplo, odíaba a las imágenes, porque creía falsamente que el pueblo las erigía para ganar méritos delante de Dios y para ejecutar obras buenas que él abominaba. Asimismo se propuso atacar a la Iglesia en un punto que le pareció vital. En realidad, nunca comprendió el carácter profundamente moral y religioso de la veneración de las imágenes ni su influencia consoladora que se reflejaba en las peregrinaciones de su tiempo.

¿No es superstición venerar las reliquias de los santos? ¿Qué eficacia pueden tener los huesos de hombres y mujeres ya difuntos, o los vestidos que llevaron cuando vivían?
Según el Concilio de Trento, "solamente se ha de venerar a los santos cuerpos de los mártires y otros santos que ahora viven con Jesucristo —los cuales cuerpos fueron miembros vivos de Cristo y templos del Espíritu Santo— y han de resucitar a la vida eterna para ser glorificados; pero por estos cuerpos, Dios concede muchos beneficios a los hombres, de suerte que los que afirman que a las reliquias de los santos no se les debe honor ni veneración, o dicen que los fieles honran inútilmente a estos monumentos sagrados y visitan en vano los templos dedicados a su memoria para obtener su ayuda, esos tales son reos de condenación" (sesión XVI). 
Jamás ha dicho la Iglesia que la reliquia misma tenga virtud mágica de eficacia alguna curativa, sino que dice, apoyada en las Escrituras, que Dios se vale a veces de las reliquias para obrar milagros. Leemos en el Antiguo Testamento la veneración en que tenían los judíos a los huesos de José (Exodo XIII, 19; Josué XXIV, 32) y a los del profeta Eliseo, que resucitaron a un muerto (IV Reyes XII, 21).  
En el Nuevo Testamento leemos que una mujer enferma sanó con sólo tocar las vestiduras del Señor (Mateo IX, 20-21), que la sombra de San Pedro sanó a un enfermo (Hech V, 15-16) y que sanaban los enfermos al ser tocados por los pañuelos y delantales que habían tocado a San Pablo (Hech XIX, 12).
La veneración de las reliquias de los santos empezó, por lo menos, en el siglo II. Cuando los verdugos quemaron a San Policarpo, los discípulos del santo "recogieron sus huesos, más valiosos que las piedras preciosas y de quilates más subidos que los del oro refinado, y los colocaron en un lugar apropiado donde el Señor permite que nos juntemos con gozo y alegría para celebrar el aniversario de este martirio" (Mart. Polyc). 
Muchos Padres de la Iglesia, al mismo tiempo que anatematizaban la idolatría, ponían por las nubes el culto a las reliquias; entre otros, San Agustín, San Ambrosio, San Jerónimo, San Gregorio de Nisa, San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo. 
Citemos sólo a San Jerónimo: "No damos culto ni adoramos ni nos inclinamos ante la criatura, sino ante el Creador; y si veneramos las reliquias de los mártires, lo hacemos para adorar mejor a Aquel por cuyo amor los mártires padecieron" (Ad Riparium 9). 
Los católicos guardamos y veneramos todo aquello que perteneció a los santos, como la madre guarda y besa la trenza de cabello de su hijita difunta; como los norteamericanos guardan la espada de Jorge Washington, los españoles la de Carlos V y los hispanoamericanos las de San Martín y Bolívar. 
La Iglesia nunca ha declarado que esta o aquella reliquia es auténtica; lo que hace es vigilar cautelosamente para que en modo alguno se venere una reliquia cuya autenticidad no esté razonablemente probada. 
En último término, importa poco que la reliquia sea o no auténtica, ya que la reverencia es no para la reliquia material, sino para el santo. Véase cómo las naciones, después de la guerra europea, han levantado monumentos al Soldado Desconocido, para fomentar el espíritu de patriotismo. Tal vez el soldado a quien allí honran fue un cobarde y un canalla. La nación no le tributa honor a él en particular, sino a todos los soldados que murieron por la patria.

¿Qué pruebas históricas hay que nos convenzan de que Santa Elena encontró la misma cruz en que murió Nuestro Señor Jesucristo? ¿No es cierto que si se juntasen todas las reliquias que se dicen ser de la verdadera cruz, se podrían formar, por lo menos, trescientas cruces del tamaño de la original?
No nos consta con toda certeza que Santa Elena misma descubriese la verdadera cruz; pero sabemos por muchos escritores contemporáneos que la verdadera cruz fue hallada a principios del siglo IV (327). 
San Cirilo de Jerusalén menciona este hecho en las catequesis que tuvo el año 347 en el sitio en que fue hallada (Cat 4, 10), y una inscripción del año 395 encontrada en Tixter de Mauritania habla de la "madera de la cruz". 
Aunque Eusebio menciona el descubrimiento del Santo Sepulcro, nada dice del descubrimiento de la cruz. Sin embargo, en su Vida de Constantino (3, 39) inserta una carta del emperador a Macario, obispo de Jerusalén, en la que parece se alude a ella. Ciertamente, mencionan este hecho San Paulino de Nola, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo, Sulpicio Severo, Sócrates y Sozomeno. 
El año 335, Constantino erigió la basílica del Santo Sepulcro en el sitio mismo del sepulcro de Nuestro Señor, y los orientales celebraban la fiesta de su dedicación el 13 de septiembre. El leño de la verdadera cruz era venerado públicamente en Jerusalén, y de él tomaron fragmentos que enviaron a diversas partes de la cristiandad. 
San Paulino de Nola (353-431) envió una reliquia de la cruz a su amigo Sulpicio Severo, recomendándole que la conservase para que le sirviese de "protección en esta vida y de prenda para la vida eterna" (Epist 31).  
Rohault de Fleury, en 1870, después de hacer un detenido estudio sobre las reliquias de la cruz, halló que todas juntas no formarían más que dos quintos de un pie cúbico. Ahora bien: se calcula que en la cruz habría unos seis pies cúbicos de madera, más cinco octavos de pie cúbico. 
  
¿Que bienes pueden sacar los católicos de las peregrinaciones, si Dios está presente en todas partes? ¿O es que no se puede honrar a los santos si no es viajando kilómetros y más kilómetros, para visitar sus santuarios? ¿No nació más bien esta idea del concepto pagano de que el dios no tiene poder más que en ciertos lugares, como leemos en el libro primero de los Reyes, cap. 20, v. 23?
No cabe duda de que las peregrinaciones son algo que pide el corazón humano, pues las hallamos en todas las edades y en todas las naciones. Era y es costumbre entre los paganos visitar los lugares donde el supuesto dios nació o murió, o donde se dice que tienen lugar milagros y otras maravillas. Los egipcios consultaban el oráculo de Ammón en Tebas, como los griegos acudían al oráculo de Apolo en Delfos, o esperaban ser curados mientras dormían en el templo de Asclepio. El budista aún va a Benares, y el mahometano a la Meca. 
Sabemos de sobra los católicos que Dios está en todas partes. Ya notó San Jerónimo que "las puertas del cielo están abiertas lo mismo para los habitantes de Jerusalén que para los de Bretaña". Pero ya que Jesucristo se dignó santificar los confines de Palestina con su presencia, sus milagros sin cuento y su sagrada Pasión, los cristianos de todo el mundo han sentido siempre una devoción especial a estos Santos Lugares, y han acudido a ellos en peregrinación. 
Este mismo espíritu de devoción los mueve a visitar tantos otros santuarios de la Virgen y de los santos y mártires, como lo testifican Roma, Loreto, Lourdes, Santiago de Compostela, Guadalupe y otros lugares no menos célebres. Nadie negará que Dios se ha complacido en obrar muchos milagros en estos santuarios y ha concedido favores sin número, tanto espirituales como temporales, a los peregrinos que han acudido con espíritu de fe y devoción. El resultado de esas peregrinaciones ha sido, en general, excelente, pues ellas han motivado muchas confesiones, muchas comuniones y muchas preces y oraciones.
Sabemos por la Biblia que Elcana y Ana iban todos los años a orar a Silo (1 Rey 1, 3) y que Nuestro Señor Jesucristo tomaba parte en las peregrinaciones anuales que los judíos hacían a Jerusalén (Luc II, 41). Aquellas discípulas de San Jerónimo, las santas Paula y Eustaquia, escribieron desde Jerusalén a Marcela, que estaba en Roma, rogándola que imitase el ejemplo de tantos cristianos que iban por devoción a visitar los Santos Lugares. 
San Juan Crisóstomo ensalza la piedad de los cristianos "que visitaban los lugares donde habían vivido los santos", y afirmaba que si no fuera por sus muchas ocupaciones, visitaría gustoso la ciudad de Roma para entrar a ver la cárcel donde había estado preso San Pablo (In Eph Hom 8). 
San Agustín nos habla de los milagros que tenían lugar en los santuarios de los santos Gervasio y Protasio (Epist 87). 
Aparte de la devoción y de otros bienes espirituales, las peregrinaciones o romerías trajeron consigo muchos bienes materiales. Gracias a ellas se levantaron en la Edad Media ciudades de importancia, se construyeron caminos de gran servicio, se fomentaron las relaciones entre países distintos, ampliándose así los conocimientos geográficos; se fundaron Ordenes religiosas, como los caballeros de San Juan y los Templarios, y, finalmente, libraron del mahometismo a Europa con las Cruzadas. Claro está que como lo malo sigue siempre de cerca a lo bueno, entre tantos bienes no faltaron algunos males. 
San Gregorio Nacianceno, en el siglo IV, y Erasmo en el siglo XVI, nos hablan de los abusos que a veces se cometían con motivo de una peregrinación; pero eso no quita para que las peregrinaciones en sí fuesen buenas. Erasmo dice así en el coloquio 35: "Yo no disuadiría a ningún peregrino que se mueva a serlo por motivos piadosos".

Bibliografia
Apostolado de la prensa, Santos y santones.
Aracil, Santa Elena, en Tierra Santa. 
Bayle, Santa María en Indias.
Eguia, Los Santos
G. Villada, Rosas de martirio.

Certeza del misterio de la Asunción

¿Pertenece a aquellas verdades que la Iglesia puede definir como dogma de fe, según la Sagrada Escritura y la Tradición? Algunas palabras sobre los libros apócrifos del "Tránsito y del Sueño de la Bienaventurada Madre de Dios". 
I. No entra en el plan de esta obra el estudiar minuciosamente todas las razones sobre las cuales está basada la común, antigua y piadosa creencia de la Asunción corporal de la gloriosa Virgen María. Lo que aquí principalmente pretendemos, como en todos los puntos de esta obra, es mostrar el encadenamiento de este privilegio con la divina maternidad. Con todo, no carecerá de utilidad e interés el mostrar en algunas páginas la certeza de este misterio y las bases principales sobre que se funda esta certeza.
Digamos, ante todo, que la Asunción, es decir, la resurrección anticipada de María y su entrada triunfal en el Cielo, con su carne viva y glorificada, aunque no es aún dogma de fe, no puede ser negada ni puesta en duda sin incurrir, por lo menos, en la nota de insigne y condenable temeridad.
Nace este grado de certidumbre del consentimiento unánime de los teólogos, desde los orígenes de la Escolástica; consentimiento que sería inexplicable si no reflejase la doctrina de la Iglesia y si de ella no proviniese. Nace también del consentimiento, aún más unánime, si cabe, de todos los fieles extendidos por el universo. Nace de la autoridad de todas las liturgias cristianas, que celebran en la fiesta del Tránsito, de la Dormición y de la Asunción de la Madre de Dios, no sólo su dichosa muerte y la glorificación de su alma santísima, sino también el doble privilegio que esta Virgen recibió en su cuerpo, privilegio de exención de la corrupción común y privilegio de participar sin demora de la resurrección, que para los demás se difiere hasta la consumación de los tiempos. Nace, por último, del testimonio moralmente universal de los Santos Padres y de los escritores eclesiásticos, que desde el siglo VI hasta nuestros días han celebrado a porfía este glorioso misterio.
No pondremos aquí los textos que confirman estas aserciones, porque los habremos de citar después en este estudio sobre la Asunción. Por otra parte, pueden hallarse en gran cantidad en Passaplia, de Inmac. Deip. Conceptu, S. 6, c. 6, a. 1, n. 1.465, sqq.; Jannucci, de Deiparentis Assumpt. (Taurini, 1884): Trombelli, Vita Deiparae, Diss. 45; Benedicto XIV, de Festis..., L. II, p. 8, etc.

Tal es la multitud, la antigüedad, la autoridad de estos testimonios, que cuando se celebró el último Concilio ecuménico, cerca de doscientos venerables Padres (otros dicen que trescientos) firmaron diversas peticiones para pedir a la augusta asamblea que la Asunción de María fuese, como su Concepción inmaculada, inscrita entre los dogmas de la fe. Desde entonces, muchos graves teólogos han procurado, con sabios trabajos y obras, uno, probar que este misterio está maduro para la definición dogmática, y otros, que esta definición sería feliz complemento del ciclo de prerrogativas de la Virgen impuesta por la Iglesia a la creencia de los católicos.
El punto principal no es ya saber que la Asunción es de indudable certeza, sino probar que en ella se cumple la condición fundamental esencialmente requerida para que una verdad sea colocada por el Magisterio en el número de los dogmas de la fe; en otros términos, que este misterio está verdaderamente contenido en el depósito de la divina revelación. Cierto que, según demostraremos con toda evidencia, se deduce, a modo de corolario natural de varias verdades reveladas; pero, a juicio de los teólogos, tal vez de los más y de los más graves, el que una verdad sea consecuencia lógica de otra verdad formalmente contenida en el depósito de la revelación no basta para que sea objeto de una definición estrictamente dogmática. Puede ser auténticamente propuesta como verdadera, mas no como revelada por Dios y, por consiguiente, no como un dogma de la fe católica. La creemos fiando en la palabra de la Iglesia; no podremos creerla fiando inmeditamente en la palabra de Dios.
Hay teólogos a quienes no detiene esta dificultad, como quiera que están persuadidos de que las consecuencias inmediatas y ciertas que resaltan de la revelación deben ser consideradas como partes de la palabra de Dios, por lo menos cuando el autor de la revelación preveía que serían naturalmente deducidas de dicha revelación. Sea como quiera, tal vez no fuese preciso entrar en esta controversia si pluguiese a Dios que la Asunción corporal de su Madre se estudiase en orden a su definición. Dos caminos se ofrecen: el de la Sagrada Escritura y el de la tradición, para llegar al apetecido resultado.

II. El de la Sagrada Escritura. No hablan, ciertamente, de este misterio en términos explícitos los Libros Sagrados; pero lo que no nos revelan explícitamente, ¿no nos lo dicen implícitamente? ¿No sucede con la Asunción de María como con su Concepción? Si buscáis esta última en la Sagrada Escritura, ¿dónde la halláis significada en términos expresos? Pero lo que no está expresado con fórmulas explícitas puede estar implícitamente contenido en otras verdades formuladas con claridad. Sondead estas últimas verdades; poned en plena luz lo que llevan en cierto modo escondido en su seno, y veréis cómo aparecen otras verdades más o menos veladas hasta entonces. Así, la inmaculada Concepción de María estaba, a juicio de los Padres  ("Doctrinam judicio Patrum divinis Litteris consignatam", dice la bula Ineffabilis), implícitamente comprendida en su plenitud de gracia y, por consiguiente, revelada por Dios en ella y por ella. ¿No se podría decir que la Asunción corporal de la Virgen está también contenida del mismo modo en el depósito de la revelación escrita? No toca a nosotros el resolver magistralmente tan alta cuestión. Señalemos, sin embargo, dos textos de la Sagrada Escritura que, bien interpretados, podrían encerrar la Asunción de María. Es el primero de ellos la salutación angélica: "Dios te salve, llena de gracia; bendita eres entre las mujeres." El Papa Alejandro III, en una carta al Sultán de Iconio, en la que exponía a este príncipe infiel los principales artículos de la fe cristiana, decía, hablando de María: "Concibió sin rubor, parió sin dolor y pasó de este mundo al Cielo sin corrupción, según la palabra del Angel, o, mejor dicho, según la palabra traída de Dios por el Angel, a fin de que apareciese llena, y no semillena de gracia" ("Maria concepit sine pudore, peperit sine dolore, et hinc migravit sine corruptione, juxta verbum Angelí, imo Dei per Angelum, ut plena, non semiplena gratiae probaretur." (Ep. 22. Labb. XXI. p. 898 (ed. Mansi). Estas palabras del Papa son muy dignas de notar. No prueban solamente el grado de certidumbre que atribuía a este misterio, sino que indican además el tesoro evangélico en donde, según el Pontífice, está contenida esta prerrogativa de la Virgen María. En efecto, si tiene la plenitud de gracia, ¿por qué negarle esta gracia insigne, entre tantas otras?
"Los testimonios —escribía Suárez— que proclaman a la Virgen Santísima llena de gracia, según la universalidad de los comentarios, incluso el de Santo Tomás, encierran todos los privilegios y todos los dones de gracia que, según la recta razón, convienen a la Madre de Dios. Y así, los Padres y los teólogos los han juzgado suficientes para demostrar la santificación de la Virgen en el seno de su madre y su preservación de toda culpa personal. Luego, con el mismo título se ha de ver incluida también en ellos la prerrogativa de una Concepción inmaculada" (Suárez, de Myster. vitae Christi, D. 3, S. 5. Possumus ergo primo). ¿Por qué no podríamos nosotros decir también: luego, con el mismo título ha de verse incluida en esos testimonios la prerrogativa de la Asunción corporal?
Y esta conclusión parece imponerse con nueva fuerza, cuando se meditan las otras palabras: "Bendita eres entre (sobre) las mujeres"; porque esta última expresión, como no se quiera restringir arbitrariamente su significación, aparta de María toda maldición lanzada contra la mujer, ya se mire ésta como miembro de la familia humana, ya se la considere en su particular condición de mujer, y, por consiguiente, también la maldición que la condenaría a la corrupción del sepulcro.
Al llegar aquí preguntará quizá alguno: ¿Cómo los Santos Padres pudieron saber que esta plenitud indeterminada de gracias y esta bendición tan particular encerraban el privilegio determinado que afirmamos de María, puesto que en el texto evangélico nada lo indica, ni ellos tuvieron sobre este punto una relación nueva? Dando de lado, por un momento, a las tradiciones apócrifas, de que luego hablaremos, respondemos: Los Santos Padres sabían que había que mirar como parte de la gracia universal atribuida por el Ángel a María, y, por consiguiente, como implícitamente revelados en ella, varios privilegios que la maternidad divina requería; por ejemplo, la impecabilidad y la exención de toda concupiscencia. Supuesto este conocimiento, ¿no era natural pensar que la gracia de pasar por la muerte sin sentir sus estragos, era también elemento parcial de la plenitud, donde estaban contenidos los otros privilegios? Porque este privilegio era, como aquellos, una gracia, y como las otras gracias convenía a la Madre de Dios, pues no dejaba de ser, como las otras, una bendición que apartaba a María totalmente de la maldición común.
Pero se insistirá, diciendo: El texto evangélico no es tan claro de suyo que el privilegio de la Asunción corporal aparezca con certeza absoluta incluido en la plenitud de gracias, afirmada por Gabriel, de María. Cierto; pero esto mismo se objetaba a propósito de la inmaculada Concepción. Entonces se respondía, y con razón: si la verdad de esta gracia no fuese conocida por otra parte, quizá sería violento, casi imposible, el mostrar por ese único texto que tal verdad pertenecía al depósito de la revelación; pero, presupuesta ya como cierta la Concepción inmaculada, ¿cómo no reconocerla en la plenitud de gracias, como parte principal de un todo?
Respondíase también, con no menos razón: verdad es que con nuestras propias luces no podemos penetrar tan adentro en el texto evangélico que descubramos todo lo que en él se contiene. Pero los Santos Padres y los Doctores señalaron con frecuencia la Concepción sin mancha de María como una de las joyas que forman su plenitud de gracia y la sobreexcelencia de su bendición. Por consiguiente, es revelada de Dios, no en una proposición particular, sino en una afirmación general; en otros términos: no explícitamente, sino implícitamente (S. Thom., opuse, in Salut. Ang.).
He aquí, decimos, lo que se respondía cuando se trataba de la Concepción de María. Ahora bien; esta misma respuesta cuadra maravillosamente a su gloriosa Asunción, porque, aun prescindiendo del texto evangélico, debemos tenerla por cierta, porque nuestros Padres y nuestros Doctores la vincularon, del mismo modo que la exención de la culpa original, a la plenitud de gracias y de bendiciones con las cuales el Verbo enriqueció a la Virgen, su Madre.
Vengamos ya al segundo texto de la Escritura, donde parece estar implícitamente revelada la Asunción corporal de la Madre de Dios. Es también uno de los que se invocaban en favor de su Concepción inmaculada. Nos referimos al célebre texto del Génesis, que con tanta razón se ha convenido en llamar el Proto-evangelio: "Pondré enemistades entre ti (la serpiente engañadora) y la mujer, entre tu descendencia y la suya, y ella quebrantará tu cabeza" (Gen., III, 14-15). Que sea cuestión aquí del Redentor y de su Madre, lo damos por supuesto, pues hemos de probarlo sobre-abundantemente en otro lugar de esta obra. Así, pues, enemistad perpetua entre la serpiente y la mujer y el hijo de la mujer; triunfo completo de éste sobre aquélla, es decir, del Cristo Salvador sobre el diablo, simbolizado en la serpiente.
¿Y en qué consiste el triunfo de Cristo? La Escritura nos responde en términos de claridad meridiana: "El Hijo de Dios apareció en el mundo para destruir en él la obra del diablo" (I Joan., III, 8), y lo que vino a hacer, lo hizo. Este fué su triunfo. Pero ,¿cuáles son esas obras del diablo que Cristo vino a destruir? El pecado, ante todo; pero después del pecado, la concupiscencia y la muerte, dos consecuencias y dos frutos del pecado; obras del diablo también, puesto que una y otra entraron en el mundo por el pecado.
Cuales fueron las victorias del Hombre-Dios sobre ese triple enemigo, dícenoslo la Sagrada Escritura: "He aquí —dice el Precursor— el Cordero de Dios; he aquí el que quita el pecado del mundo" (Joan., I, 29). Cristo, vencedor del pecado, lo es también de la concupiscencia: "Infeliz de mí —exclama el Apóstol—, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo, Nuestro Señor" (Rom., VII. 23, 25). Y la muerte también será destruida; la muerte, el último de los enemigos; porque el Padre puso todas las cosas debajo de los pies de su Cristo (I Cor., XV, 26). Por lo cual, el Apóstol, contemplando esta victoria final que, en cierto modo, comprendía todas las otras, entona un canto de triunfo: "¡Oh, muerte!, ¿dónde está tu victoria? ¡Oh, muerte!, ¿dónde está tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la Ley. Así, gracias sean dadas a Dios, que nos ha dado la victoria (completa y total) por Jesucristo, Nuestro Señor" (Ibídem., 65, sqq.)
Todos los hombres están llamados a participar del triunfo del nuevo Adán, y todos participan de él, bien que en medida diferente. Y así, escribe San Pablo a los romanos: "Que el Dios de la paz quebrante pronto a Satanás debajo de vuestros pies" (Rom., XVI, 20). Pero, ¿cuál será la parte de la Mujer, es decir, de María, en esta triple victoria de Cristo? La mayor, después de la de Cristo, puesto que ella se nos presenta en el vaticinio mesiánico singularmente asociada a Cristo, como enemiga perpetua de la serpiente, como Madre del Triunfador sobre el diablo (Esto es lo que ha hecho aceptar la variante del texto de la Vulgata, "Ipsa conteret caput tuum", en lugar de la lección original: "Ipsum (semen mulieris) conteret caput tuum").
Así, pues, ni el pecado, ni la concupiscencia, ni la muerte tendrán imperio sobre Ella, como tampoco lo tuvieron sobre Cristo, su Hijo. Es una conclusión cuya verdad nos está ya demostrada por la fe, en cuanto al pecado y a la concupiscencia, puesto que esta Bienaventurada Madre fué preservada de toda culpa, así original como personal, como quiera que, siendo siempre Virgen inmaculada, nunca sintió ni rebelión, ni atractivo desordenado de la concupiscencia. Así, pues, por iguales títulos, la exención del estipendio del pecado, es decir, de la muerte, forma parte de su triunfo. Morirá, sin duda, como su Hijo; pero no será su muerte obra del demonio; no será su muerte esa que lleva a la descomposición del cuerpo y se prolonga en el sepulcro hasta el día de la resurrección universal, porque esta muerte es castigo del pecado, compañera inseparable de la concupiscencia.
Fácil sería demostrar que los Santos Padres leyeron en ese primer vaticinio mesiánico el triunfo singular de María, no sólo sobre el pecado, sino también sobre la muerte. ¡Cuántas veces, conforme veremos en su lugar, vieron en María a la nueva Eva, aquella en quien todos serán vivificados, así como todos murieron en la primera y por la primera! ¡Y cuántas veces recuerdan ese texto, celebrando la triunfante Asunción! Así, pues, para concluir, no parece en modo alguno fuera de razón el tener la Asunción corporal de María por verdad comprendida, implícitamente al menos, en el depósito de la revelación escrita (Véase la Civitá Cattolica, ser., t. VIII, pp. 567, sqq.), y, por tanto, apta para ser propuesta a la fe de los cristianos como fundada en el testimonio escrito del mismo Dios.

III. Vemos, por lo que precede, que la tradición sería un auxilio poderoso, por no decir indispensable, a la demostración escrituraria. ¿Bastaría, por sí sola, sin necesidad de acudir, al menos directamente, a la revelación escrita, para asentar una definición? En otros términos: ¿tiene el grado de antigüedad, de universalidad, de claridad requerido para juzgar que la Asunción corporal de María pertenece al depósito confiado por Nuestro Señor a los Apóstoles, y por los Apóstoles a la Iglesia? Así lo creen muchos teólogos, y ese era también el sentir de muchos Padres del Concilio Vaticano, los cuales pidieron a esta insigne Asamblea que definiese como dogma este privilegio de María (Prueba de esto que decimos es el Postulatum, que circuló en el Concilio y que fué cubierto de muchas firmas. En el dicho documento, después del Protoevangelio (Gen., III, 15), se leía: "Insuper, de hac Inmaculatae Virginis resurrectione et in caelos assumptione, uti ex concordi Majorum consensu, et constanti, publico, solemnique cultu evincitur, antiqua est utriusque Ecclesiae Traditio ad quam servandam rei manifiesta cohaerentia cum aliis beatae Virginis praerogativis, carentia reliquiarum, supulcrumque corpore virgíneo vacuum cospirabant.").
En efecto, si remontamos el curso de las edades, hallaremos una tradición muy expresa y muy general, a lo menos hasta la segunda mitad del siglo VI. En aquella época, casi toda la Iglesia celebraba ya la Asunción como una fiesta principal de la Virgen, y monumentos litúrgicos, incontestables prueban que tal fiesta tenía por objeto la Asunción corporal. Ahora bien: si toda la Iglesia, en la segunda mitad del siglo VI, celebraba con unánime concierto la Asunción de la Madre de Dios, claro es que de más atrás ha de arrancar la institución de la fiesta y, por consiguiente, la creencia explícita en ese misterio. Sin embargo, debemos confesar que no tenemos ningún monumento anterior, de valor incontestable, que baste a demostrar que los cristianos de las edades precedentes enseñaban y creían explícitamente la prerrogativa en cuestión. Pero esto mismo no prueba que fuese universalmente ignorada.
Hay sobre este particular un pasaje notable de San Juan Damasceno. Este gran Doctor, que fué, como sabemos, uno de los más ilustres panegiristas de María, habla, en una de sus homilías, de una antigua y muy verídica tradición, muy anterior al Concilio de Calcedonia, y que el Santo debió de tomar de la Historia de Eutimio (Euthymiaea Historia, L. III, c. 40). Daremos primero el relato del Santo, y después añadiremos algunas reflexiones que suscita:

"Más arriba dijimos cómo Santa Pulquería edificó varias iglesias en Constantinopla. Una de ellas fué magníficamente construida en las Blanquernas, durante los primeros años del reinado de Marciano, de feliz memoria, en honor de la gloriosísima y santísima y siempre Virgen María, Madre de Dios. Marciano y Pulquería deseaban ardientemente consagrarla con la presencia del cuerpo que llevó a Cristo en su vientre. Para esto llamaron a Juvenal, Arzobispo de Jerusalén, y a otros Obispos de Palestina, que a la sazón estaban en la ciudad imperial por causa del Concilio que había de celebrarse en Calcedonia.
"Hemos sabido —les dijeron— que hay en Jerusalén una ilustre y hermosa iglesia dedicada a la siempre Virgen Madre de Dios, en el lugar llamado Getsemaní; allí reposará en una tumba el cuerpo que engendró a la Vida. Es nuestra voluntad que las preciosas reliquias sean traídas a esta ciudad imperial para que sea su salvaguardia.
"A esto respondió Juvenal: —Aunque las Santas y divinas Escrituras nada dicen de las circunstancias que acompañaron la muerte de la Santa Madre de Dios, hemos sabido por una antigua y muy verídica tradición que al tiempo del glorioso sueño de esta Virgen bendita, todos los Apóstoles, entonces dispersos por el mundo para salud de las naciones, fueron instantáneamente llevados por los aires y reunidos en Jerusalén, junto a la Madre de Dios. Allí contemplaron una visión celestial: la Virgen, entre conciertos angélicos, entregó gloriosamente su santísima alma en las manos de Dios. Entretanto, su cuerpo, que había recibido a Dios mismo para darlo a luz por nosotros, fué transportado entre cánticos de los Apóstoles y de los Ángeles, y depositado en el sepulcro, en Getsemani.
"Tres días después, el Apóstol Santo Tomás, que no había asistido a la traslación de los santos despojos, fué a unirse con sus hermanos, junto a la tumba sagrada, pidiendo que le fuese dado contemplar y honrar por última vez aquel templo de Dios. Abrieron la tumba; pero el cuerpo ya no estaba en ella; sólo se hallaron los lienzos que lo habían envuelto, y que despedían un olor de paraíso. Llenos de admiración a vista de este misterio, no pudieron los Apóstoles pensar más que una sola cosa: que Aquel que se había dignado tomar carne en el seno inmaculado de María, el Verbo de Dios, el Señor de la gloria, que no había querido menoscabar la integridad de aquel cuerpo virginal, se había complacido, después de su propia Ascensión, en llevarlo incorruptible a la gloria, sin hacerle esperar la común y universal resurrección de los elegidos. Con los Apóstoles se hallaba el santísimo Obispo primero de Efeso, Timoteo, y el gran Dionisio Areopagita como éste último lo atestigua en una carta donde habla al mismo Timoteo del Bienaventurado Hieroteo, que también estuvo presente al Tránsito de la Madre de Dios... (Sigue el texto del supuesto Areopagita.)
"Oído ese relato, Marciano y Pulquería pidieron a Juvenal que les enviase el ataúd y los lienzos de la gloriosa y santísima Madre de Dios, todo cuidadosamente sellado. Y, habiéndolos recibido, los depositaron en la dicha iglesia de la Madre de Dios, en las Blanquernas. Y he aquí cómo pasó todo esto" (San Joan. Damasc., hom. t in Dormit. B. V. M., n. 18. P. G., XCVI, 748, sqq.).
Este relato, que la Iglesia Romana no juzgó indigno de insertarlo en las lecciones del Breviario (Lecciones del Segundo Nocturno, en el 4v día de la Octava de la Asunción), ¿merece entera confianza? Algunos han juzgado extraño que Juvenal pudiera hacer mención de las obras del pseudo Dionisio en tiempo del Concilio de Calcedonia, es decir, cuando tales obras eran, según parece, totalmente desconocidas. Otros, suponiendo que Juvenal realmente contó lo que la Historia de Eutimio pone en su boca, dudan de la sinceridad de este patriarce de Jerusalén, que no siempre supo evitar la falsedad, cuando era caso de realzar la gloria de su Iglesia (Quéjase de ello el Papa San León en una carta que escribió a Máximo de Antioquía).
Comoquiera que sea, la tradición que Juvenal, a mediados del siglo V, habría llamado una tradición antigua y muy verídica debía de existir en aquella época. Una prueba, que parece bastante perentoria, se halla en el famoso decreto publicado hacia 494 por el Papa Gelasio. El pontífice coloca entre los apócrifos un opúsculo titulado Del Tránstito de María, De transitu Mariae (El decreto de Gelasio no contuvo la propagación del librito. Sabemos, por el autor de la carta a Paula y a Eustaquio, que en el siglo VIII corría en Occidente entre los fieles. Y aunque sea de pasada, diremos que este autor fué causa de algunas dudas que, en parte de la Edad Media, hubo sobre la Asunción corporal de María. Escribía a sus supuestos corresponsales: "Ne forte si venerit in manus vestras illud apocrypnum de Transitu ejusdem Virginis, dubia pro certis recipiatis: quod multi Latinorum pietatis amore, studio legendi charius amplectuntur." Después de esta alusión al opúsculo del Tránsito de María, el autor añade que uno de los argumentos por los cuales se confirma la Asunción corporal de la Virgen es que en Jerusalén se muestra su tumba vacia, la cual dicen que destila un maná precioso. En cuanto a él, no se atreve a decidir nada sobre el hecho de la Asunción, ni en pro ni en contra. "Quod quia Deo nihil est impossibile, nec nos de beata Vírgíne Maria factum abnuimus, quamquam propter cautelam, salva fide, pió magis desiderio opinari oporteat, quam inconsulte definiré quod sino periculo nescitur." (Epist. 9, ad Paulam et Eustach., de Assump. B. V. n. 2, in Mantissa Opp. S. Hieron. P. L., XXX, 123, 124.) Creíase que la carta era realmente de San Jerónimo, y la gran autoridad de este santo doctor fué para algunos ocasión de dudas semejantes a las que expresa el autor), ya conocido en Occidente, conocido, por tanto, en Oriente, donde parece haber tenido origen. Difícil es puntualizar de qué libro habla San Gelasio, o, al menos, qué redacción tenía a la vista. Lo que sí es seguro es que había ya entonces en el mundo cristiano varias obritas sobre el Tránsito y la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.
Tres tenemos a la vista, al escribir estas líneas: dos en latín y otra en griego. Una de las primeras se atribuye, si bien falsamente, a San Melitón, Padre del II siglo; la otra, menos divulgada, no lleva nombre de autor; en cuanto a la última, a creer el título y el prólogo, sería de San Juan Evangelista. Hay, además, buen número de ediciones o de versiones siríacas, árabes, etc. El erudito Constantino Tischendorf estima que los textos latinos, árabes y siríacos sobre el Tránsito de la Madre de Dios provienen todos del texto griego de la Dormición de María, el cual, a su juicio, salió a luz; por lo menos en lo substancial, en el siglo IV de nuestra Era, si ya no fué compuesto en época más lejana, quizá en el siglo II.
Se halla el texto del Pseudo-Melitón en la Patrología griega de Migne, IV. 1231. sig. He aquí algunas palabras del prólogo, de donde se puede inferir que esta obra supone otra anterior: "Melitón, siervo de Dios, Obispo de la Iglesia de Sardis... Recuerdo haber escrito con frecuencia sobre un cierto Leucio que, habiendo conversado, como nosotros, con los Apóstoles, con temeraria audacia... corrompió mentirosamente en varios puntos su doctrina... Y, como si esto no le bastase, alteró de tal modo la verdad sobre el Tránsito de la Bienaventurada siempre Virgen María, Madre de Dios, que no se permite en la Iglesia ni leerlo ni oírlo." (Véase C. Tischendorf, Apocalypses apocryphae .. item, Mariae Dormitio (Lipsiae, 1866), prolog., p. XXXIV, cum sqq., texto, pp. 95, sqq.) Bajo el nombre de este Leucio condena en conjunto el Catálogo gelasiano una multitud de actos apócrifos: "libri omnes quos fecit Leucius, discipulus diaboli". Como San Epifanio dice que fué discípulo de San Juan Evangelista, resultaría que la cuestión de la Asunción corporal de María se remonta a los orígenes del Cristianismo, si es que verdaderamente Leucio "alteró la verdad sobre el Tránsito de la Bienaventurada Virgen".
Por lo demás, aunque todas las obras concuerdan en la substancia, es decir, aunque todas refieren el tránsito admirable y la Asunción corporal de la Madre de Dios, las circunstancias del relato son muy diversas. Sin. embargo, no hay texto alguno que no afirme que la Santísima Virgen murió en Jerusalén; ninguno que deje de presentar a los Apóstoles llegando sobre las nubes, de diferentes países donde estaban dispersos evangelizando, para reunirse en torno de María moribunda, y en torno de su tumba, en Getsemaní.
El texto del supuesto Melitón no habla de la tardía llegada del Apóstol Santo Tomás. Según él, todos los Apóstoles, sin excepción, estaban al lado de María cuando Jesucristo descendió visiblemente del cielo para llamar a su Madre Santísima al premio; todos la vieron entregar a Dios su alma bienaventurada; todos, por orden de Jesús, llevaron el santo cuerpo al sepulcro nuevo cavado en el valle de Josafat, y se quedaron velando y orando a su alrededor; todos, en fin, contemplaron con sus propios ojos cómo María salía del sepulcro, al llamamiento de su Hijo, y se elevaba al cielo escoltada y llevada por los ángeles.
En el segundo texto latino varían las circunstancias. Nos muestra a Cristo bajando, entre infinidad de espíritus angélicos, junto a la cama de su Madre, y el alma de esta Señora subiendo al cielo en compañía de su Hijo. Pero el Apóstol Tomás no estaba con sus hermanos para asistir a aquella muerte bienaventurada, ni para acompañar los sagrados despojos a la tumba. Sin embargo, fué el único que contempló el cuerpo de María elevándose por los aires, vivo y glorioso. Llegaba de las Indias, y se hallaba ya en el Monte Oliveto. La Madre de Dios le dejó caer en sus manos un cíngulo con que los Apóstoles habían ceñido su cadáver. Y cuando los Apóstoles le mostraron la tumba de la Virgen: "Ya no está aquí Ella", respondió el Santo; y contó su visión y mostró el cíngulo en prueba de la verdad de sus palabras. Entonces los Apóstoles apartaron la piedra y hallaron vacío el sepulcro, y, bendiciendo a Dios, fueron de nuevo transportados en las nubes del cielo al sitio mismo de donde los ángeles los habían llevado.
También en el libro de la Dormición de María, dejando a un lado todas las cosas maravillosas que precedieron a su última hora, hallamos al Hijo de Dios viniendo del cielo con sus ángeles para consolar a su Madre moribunda. Todos los Apóstoles están allí presentes, entre ellos Tomás. Delante de ellos promete Jesús a María que en adelante estará en cuerpo y alma en el paraíso. El resto del relato, salvo algunos embellecimientos de todo en todo legendarios, concuerdan con los que leímos en San Juan Damasceno. La Virgen es depositada en el sepulcro de Getsemaní por los Apóstoles. Por espacio de tres días, mientras velan santamente a su alrededor, de la tumba se escapa un perfume como nunca se conoció en la tierra; en los aires resuenan cánticos entonados por ángeles invisibles; al tercer día cesan los cánticos, y los Apóstoles entienden que el purísimo y santísimo Cuerpo de la Madre de Dios ha pasado de este mundo al paraíso, conforme a la promesa del Señor.
Así, pues, repetimos, por diversas que sean las varias versiones del misterio, todas afirman la muerte y la resurrección de la Madre de Dios, en todas, Jesucristo mismo manifiesta a los Apóstoles, o delante de los Apóstoles reunidos, su resolución de tener consigo en el cielo, no sólo el alma, sino también el cuerpo glorioso de su Madre; todas nos presentan a los discípulos convencidos, por una señal manifiesta, de que la Virgen ha salido verdaderamente gloriosa de la tumba todas, en fin, atestiguan de modo unánime el respeto, la veneración y el amor filial de los cristianos hacia María, y, acaso más aún, el poder de esta Virgen cerca de Dios; porque entre las promesas que le son hechas por su Hijo en aquel instante supremo hay un compromiso solemne de bendecir a todos los que la honren y conceder cuantas gracias se pidan por su intercesión. 
Interesante sería el comparar los relatos de los apócrifos con las visiones de Ana Catalina Emmerich sobre el mismo misterio, las cuales pueden leerse en la Vida de la Sma. Virgen, según las meditaciones de Ana Catalina Emmerich, pág. 389 y siguientes de la traducción del abate Cazalés. (7° edit. Amb. Bray, París, 1864.) Una multitud de pormenores son parecidos a los que nos dan los apócrifos. Sin embargo, aunque los Apóstoles se reúnen milagrosamente acudiendo de los más lejanos países para asistir al tránsito de María, no son transportados por los ángeles a través de los aires.
La Vidente sigue el relato de San Juan Damasceno con preferencia a los otros, al contar el modo cómo fué comprobada la resurrección de la Madre de Dios. Santo Tomás llega después que los otros Apóstoles, y pide con instancia el contemplar por última vez el cuerpo virginal de María, y para satisfacerle se abre el sepulcro. Entonces es cuando los Apóstoles reconocen la maravilla de la Asunción corporal; la tumba aparece vacía, como la del Señor; no quedan más que los lienzos donde había estado envuelto el santo cuerpo.
La circunstancia capital en que Catalina Emmerich se separa, no sólo de todos los apócrifos sin excepción, sino también de todos los Padres orientales que escribieron o predicaron sobre el Tránsito de la Sma. Virgen, es que hace a Efeso teatro de la muerte, de la sepultura y de la Asunción de María. No ignoramos que para hacer creíble, en esta parte, tales visiones, acuden algunos a la carta sinódica del Concilio de Efeso, donde se dice que Nestorio fué condenado "en esta ciudad, en la cual Juan el teólogo y la Virgen Santa María, Madre de Dios..."). Como la frase truncada queda en suspenso, la completan con estas palabras: "tienen sus tumbas". Pero, ¿por qué no leer "tienen sus iglesias", o cualquiera otra cosa análoga? Cuanto más que no está en modo alguno probado que María acompañase a San Juan a Efeso, y menos aún que habitase allí de un modo estable. Además, es también muy dudoso que aún viviese, cuando San Juan fué a habitar en Efeso. De las dos redacciones del Tránsito de María, la una fija su muerte en el segundo año que siguió a la Ascensión del Señor, y aunque la otra —la del supuesto Melitón— diga en algunos manuscritos que vivió veintidós años después de la Ascensión, el texto preferido por Tischendorf indica también el año segundo, cuando aún estaban los Apóstoles en Jerusalén. Conforme a estas hipótesis, entiéndese sin esfuerzo cómo pudieron reunirse todos alrededor de la Virgen moribunda. Aunque María hubiese muerto a los cincuenta y nueve años, como afirma otra versión, incierta, pero muy extendida, no por eso sería mayor la dificultad, si se admite que la dispersión de los Apóstoles acaeció diez años, por lo menos, después de la muerte del Salvador; es decir, hacia el año 42 de nuestra Era. Hacerlos llegar de todos los países, aun del fondo de la India, y sobre las nubes del cielo, o de la manera indicada por Catalina Emmerich, tiene bastantes visos de leyenda, por no decir de fabula.
Por lo demás, si va a decir verdad, no concedemos sino escasísimo crédito, por no decir otra cosa, a esas visiones demasiado encomiadas de la religiosa agustina del Convenio de Agnetenberg. Cuando hallamos en esta Vida de la Sma. Virgen la mayor parte de los pormenores, manifiestamente legendarios, que traen los apócrifos; cuando se nos hace un inventario de la casa de la Virgen en Efeso, en el cual nada se olvida, ni el techo, ni las ventanas, ni la forma exterior del edificio, ni el número y la disposición de los aposentos, ni las piezas y el pobre aspecto de los muebles, ni el nicho donde se conserva un Crucifijo, ni el Vía-Crucis y la gruta del Sto. Sepulcro; cuando la Vidente nos presenta a los Apóstoles llegando unos tras de los otros de las regiones más lejanas, sin exceptuar Santiago el Mayor, muerto muchos años antes, puesto que ya se había celebrado el Concilio de Jerusalén; cuando nos describe de cada uno en particular, la estatura, el corte y el color de la barba, la clase de vestido, etc.... ; cuando nos hace asistir a la administración del Sto. Viático y de la Extremaunción, notando cada una de las circunstancias con una precisión minuciosa, de que no sería capaz el observador más atento, en verdad no nos avenimos a reconocer en estas señales una revelación sobrenatural.
Y la Vida de Nuestro Señor, salida de la misma fuente, no es para hacernos cambiar de opinión. También en ella se hallan mil relatos que nos extrañan sobremanera si los comparamos con los Evangelios. Vemos a Nuestro Señor saliendo de Judea para viajar por el país de los tres Reyes Magos, por Egipto, por Chipre; curando en las travesías a los que padecen el mareo, visitando las minas, los hospitales, los campos, hasta las estaciones balnearias; asistiendo a los banquetes de bodas, bautizando, curando y predicando, como ni en Galilea, ni en Jerusalén lo hizo; como en la Vida de la Virgen, hallamos descripciones tan minuciosas de lugares, producciones, personas, con sus nombres, caracteres y costumbres, que jamás geógrafo ni turista alguno pudo decir tanto. ¿Qué diremos de aquel cáliz donde, según la Dolorosa Pasión, Jesús consagró su sangre en la última Cena, que se había conservado en el arca de Noé, y después fué usado por Melchisedech, cuando ofreció su sacrificio de pan y de vino, símbolo de la Eucaristía? Todas estas cosas, repetimos, y otras aún más raras contadas en la Vida de C. Em., nos impiden decir: Digitus Dei est hic, el dedo de Dios está aquí. Notamos con evidencia, no diremos falsedades, pero sí, al menos, reminiscencias de cosas leídas, y que proceden de otra fuente, distinta de la luz divina, con la imaginación por principal elemento. Por otra parte, no ponemos en duda ni las virtudes de la Vidente ni su admirable paciencia, ni aun ciertas gracias extraordinarias, con que pudo ser favorecida; hablamos únicamente de los libros impresos, no sabiendo hasta qué punto reflejan las piadosas meditaciones de la misma Catalina Emmerich.
¿Qué podemos deducir de documentos tan legendarios, tantas veces manoseados y retocados, según el capricho y genio de los traductores? Una cosa que nos parece de gran importancia en la cuestión de que estamos tratando: que el fondo del relato, despojado de su excesiva vegetación de pormenores maravillosos, puede, no sin fundamento, ser tenido por verdadero. Sucede en estas obritas como en los Evangelios apócrifos, en los cuales, bajo mil fábulas, hallamos los dogmas capitales de la fe de los cristianos de entonces: la Trinidad, la virginidad de María, la Encarnación del Verbo, su divinidad, su muerte por la salud del mundo.

El monje Epifanio (1015), que no se ha de confundir con San Epifanio, Obispo de Salamina, en un discurso sobre la vida de la Sma. Madre de Dios, se vale más de una vez de los antiguos libros apócrifos. Él mismo lo confiesa, y declara que no lo ha hecho sin motivo:
"Si hemos tomado algo de libros apócrifos y aun heréticos, nadie nos acuse de ello como de un crimen; porque los testimonios que vienen de los enemigos, no por eso dejan de ser dignos de fe, dice el gran Basilio. El admirable Cirilo, Obispo de Alejandría, nos ha dado ejemplo...", etcétera. (Epich. Monach. Sermo de Vita sanctissimae Deiparae. P. G., CXX, 148.)
 Por tanto, siendo, cuando menos, verosímil que la substancia de esos relatos data del segundo siglo, ya desde esta época había una creencia explícita en la Asunción corporal de María; creencia que se consideraba fundada en la palabra de Dios, puesto que todos esos apócrifos concuerdan en presentar la Asunción como afirmada por Nuestro Señor delante de los Apóstoles (Aun cuando se supusiera que los Apóstoles no habían conocido la resurrección de María sino por la vista del sepulcro vacío, todavía podría creerse por la autoridad de Dios. Bastaría para esto que hubiesen estado inspirados para transmitirla como hecho cierto. De igual modo que creemos con fe divina los hechos que ellos escribieron bajo la inspiración del Espíritu Santo, así podemos creer con la misma fe lo que predicaron bajo la inspiración del mismo Espíritu). Así, pues, creemos que no va fuera de camino el admitir que la tradición que en el siglo II fué escrita y ordenada, como lo fueron otras con más de una leyenda, se remonta a los tiempos apostólicos.
Sea lo que fuere de esas inducciones y de esas verosimilitudes, dos verdades nos parece que quedan asentadas. De un lado, la Asunción corporal de María está contenida, por lo menos implícitamente, en las Escrituras, y se deduce de ellas, poco más o menos, del mismo modo que la inmaculada Concepción. Del otro, tenemos durante largos siglos una tradición unánime y constante, y esta tradición, tal como aparece desde el siglo VII, lo más tarde, ya en la Liturgia de las Iglesias, ya en las homilías de los Doctores y de los Padres, a la vez que aclara los textos de la Escritura, parece presentarse con los caracteres de una tradición primitivamente basada en el testimonio de Dios.
Notemos, además, que los mismos Padres, en sus homilías o en sus discursos, aun cuando se apropian, en parte a lo menos, las narraciones de los apócrifos, no fundan única ni principalmente sobre ellas la afirmación que hacen del misterio; ante todo, apelan a la palabra divina. Cierto que entre los textos de las Escrituras, que ordinariamente citan, hay varios que no se refieren a ]a Asunción de María sino en un sentido acomodaticio; pero no es menos cierto que ese recurso a las Escrituras nos induce a creer que, según los Padres, la resurrección gloriosa de la Virgen tiene de su parte la autoridad divina.
Parece, pues, razonable concluir que la creencia en la Asunción corporal de la Madre de Dios podrá, si la Iglesia lo estimare oportuno, ser propuesta como verdad revelada por Dios a la fe de los cristianos.

J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS... (Tomo I)

sábado, 26 de mayo de 2012

LOS DECRETOS DEL CONCILIO LATINOAMERICANO (VII)

TITULO III
DE LAS PERSONAS ECLESIÁSTICAS
Capitulo I
De los Obispos 
179. Asi como el Romano Pontífice es el Maestro y Principe de la Iglesia universal, así los Obispos son rectores y jefes de aquellas Iglesias cuyo gobierno respectivo les ha sido encomendado. Cada uno en su propio territorio tiene el derecho de presidir, de corregir, y de decretar en general cuanto concierne a los intereses cristianos; pues son participes de la sagrada potestad que Cristo Nuestro Señor recibió del Padre y dejó a su Iglesia. Esta potestad ha sido conferida a los Obispos con gran provecho de aquellos sobre los cuales la ejercen; porque mira por su naturaleza a la edificación del Cuerpo de Cristo, y hace que cada Obispo, a guisa de eslabón, una a los cristianos que gobierna, entre sí mismos y con el Pontífice Máxímo, como miembros con su cabeza, con la comunión de fe y caridad. 
Importante es la sentencia de San Cipriano a este propósito: Ellos son la Iglesia, la feligresía unida al sacerdote, la grey adherida a su Pastor; y todavía más importante es esta otra: Debes saber que el Obispo está en la Iglesia, y la Iglesia en el Obispo, y que el que no está con el Obispo no está en la Iglesia. De donde resulta que se debe mostrar a los Obispos la reverencia correspondiente a su elevado cargo, y obedecerlos en todo lo que es de su competencia (León XIII, Cum multa)
180. Por tanto, es absolutamente preciso que todos y cada uno de los individuos del pueblo cristiano estén sujetos a sus pastores con el alma y el corazón; y éstos, juntamente con aquellos al Supremo Pastor, porque en esta sumisión y obediencia voluntaria estriban el orden y la vida de la Iglesia, y es condición indispensable para obrar bien y acomodarse a sus altos fines. Por el contrario, si se arrogan la autoridad los que no la tienen por derecho, y pretenden ser maestros y jueces; si los inferiores aprueban y procuran sostener en el gobierno eclesiástico un método diverso del que adopta la autoridad legítima, se trastorna el orden, se perturba el juicio de muchos y se yerra por completo el camino. 
En esta materia falta a sus deberes no sólo el que clara y abiertamente sacude la obediencia debida a su Obispo y al Jefe Supremo de la Iglesia, sino todo el que les resiste por caminos torcidos, y con equívocos tanto más peligrosos, cuanto más se encubren con el disimulo. Pecan de igual manera, los que acatan en verdad la potestad y derechos del Romano Pontífice, pero no honran a los Obispos con él unidos, ó menosprecian su autoridad, ó previniendo el juicio de la Sede Apostólica, interpretan torcidamente sus actos y sus consejos (León XIII, Epistola tua, 17 Iun. 1885, )
181. No hay que encerrar la obediencia en determinados límites cuando se trata de asuntos pertenecientes a la fe cristiana, sino que ha de extenderse más allá, es decir a todas aquellas materias que abraza la autoridad episcopal. Es cierto que son los Obispos maestros de nuestra santa fe en el pueblo cristiano; pero también gobiernan como rectores y jefes, y de tal suerte que algún día darán cuenta a Dios de la salvación de los hombres que Él les ha encomendado (León XIII, Est sane molestum,17 Dec. 1888)
182. Para evitar que por las calumnias de 1a gente, ó por otros pretextos cualesquiera, contrarios a la sumisión, se debilite la obediencia que les es debida, todos los fieles, sean clérigos ó legos, tengan presente esta importantísima lección del Pastor de los Pastores y Jefe Supremo de los Obispos: «Si alguno se encontrase entre los Obispos que algún tanto olvidado de su dignidad parezca en parte apartarse de sus deberes, no por esto hay que eximirse de su autoridad; y mientras esté en comunión con el Romano Pontífice, a ninguno de sus subditos es permitido menoscabar la reverencia y obediencia que se le debe. Inquirir en los actos de los Obispos, ó contradecirlos, de ninguna manera toca a los particulares: atañe tan sólo a los que son superiores a aquellos en la sagrada jerarquía y principalmente al Pontífice Máximo, a quien Cristo mandó apacentar no sólo sus corderos sino todas sus ovejas, donde quiera que estén. A lo sumo, si hay algún grave motivo de queja, se concede llevar el asunto al Romano Pontífice; pero esto se ha de hacer con prudencia y moderación, como lo exigen los intereses comunes, y no con gritos y recriminaciones, que sólo sirven para engendrar disensiones y ofensas, ó por los menos para aumentarlas» (Est sane molestum).
183. Los que pertenecen al clero, nominalmente, procuren dar pruebas de modestia y obediencia, pues sus palabras y sus acciones se toman como modelo en todo y por todo. Sepan que su ministerio será más fructuoso para sí mismos, y más provechoso para la salud del prójimo, si lo conforman en todo a las órdenes y deseos del que maneja el timón de la diócesis (Cum multa).
184. Dando ejemplo de obediencia a los fieles sujetos a nuestra jurisdicción, Nós, los Padres de este Concilio Plenario, profesamos solemnemente fidelidad, sujeción y obediencia en todo y por todo al Romano Pontífice, Vicario de Jesucristo; y protestamos, con la gracia de Dios, perseverar en la unidad de la misma fe, en que sin duda alguna está la salvación de todos los cristianos. Protestamos asimismo observar todos los Decretos de los Pontífices y de la Sede Apostólica: cuanto ellos han condenado condenamos nosotros, y cuanto han aceptado lo aceptamos, y veneramos en toda la integridad de la fe, y siempre con libertad, como ellos han predicado, predicaremos nosotros.
185. Para mejor atestiguar con qué intenciones, con qué mente y con qué espíritu nos adherimos y sujetamos al Romano Pontífice, declaramos y prometemos que no sólo aceptaremos con humildad los mandatos de la Santa Sede, y los ejecutaremos con la mayor diligencia, sino que acataremos también con piedad filial sus advertencias, consejos y deseos (Con. Prov. Burdigal. an 1850, t. 4, cap. I)
186. Sosteniendo la autoridad de las Sagradas Congregaciones de Cardenales de la Santa Iglesia Romana, inculcaremos con la palabra y con el ejemplo el acatamiento y la religiosa obediencia debida a sus declaraciones y mandatos, dados a nombre del Sumo Pontífice: «pues ellas guardan el depósito que se les ha entregado de la antigua y la actual disciplina de la Iglesia, enriquecido con los copiosos tesoros de la sabiduría pontificia, y con las consultas de los varones que en todos los siglos han sobresalido por su alto conocimiento de la jurisprudencia eclesiástica» (Epist. Card. Cagiano S.C.C. Praefecti, 22 maii 1858, ad Card. Gouseet, Conc. Prov. Rhemensis (an. 1857) praesidem. cf. Conc. Prov. Neogranat. an. 1868, t. 2, cap. I)
187. A esta saludable práctica de la obediencia a la Santa Sede, que hace a los Obispos modelos de su grey en la misma obediencia, debe estar unido el constante empeño por la propia santificación. Entréguense todos y cada uno de los Obispos a la práctica de la oración, que les servirá de escudo en las espirituales batallas, y armen con ella a sus colaboradores en las obras de religión y caridad. Procuren que este espíritu crezca constantemente en el pueblo, ponderando que nadie puede lograr la más mínima ventaja en lo tocante a la vida eterna y la salvación de las almas, sino es implorando el auxilio divino por medio de la oración (Con. Prov. Urbinat. an. 1859, art. 99).
188. Amen a sus familiares, y escójanlos como conviene que sean los ministros de los ministros de Dios, no sea que los vicios ajenos arrojen sobre ellos mismos alguna mancha ó deshonor. Lo que la solicitud episcopal espera y tiene derecho a esperar de las familias de los seglares, muéstrelo primero el Obispo con el ejemplo de su propia familia, que alimentará con la frecuencia de sacramentos, la oración cuotidiana y frecuentes sermones (Con. Prov. Urbinat. an. 1859, art. 102).
189. Acuérdense que son pastores y no verdugos, y que han de gobernar a sus subditos, no con imperio sino con amor de padres y hermanos. Trabajen por apartarlos del pecado con oportunas exhortaciones, para no verse obligados después a castigarlos si tuvieren la desgracia de delinquir. Si alguno cayere por humana fragilidad, observe el precepto del Apóstol arguyendo, increpando, rogando con gran bondad y paciencia, porque muchas veces aprovecha más para la enmienda, la benevolencia que la austeridad; más la exhortación que la amenaza; más la caridad que la ostentación del poder (Conc. Trid. sess. 13. cap. I de ref.)
190. Si la gravedad del delito exige el castigo, la mansedumbre ha de templar el rigor, la misericordia la justicia, la clemencia la severidad, para que sin aspereza se conserve la disciplina útil y necesaria a los pueblos, y los castigados se enmienden, ó si se obstinan en no cambiar de vida, los demás al menos se aparten de los vicios, con el escarmiento saludable en los delincuentes (Trid. Ibid).
191. Con incesante solicitud examinen cuanto sea contrario a la pureza é integridad de la fe y de la moral, atáquenlo con apostólica libertad ya de palabra ya por escrito, y castíguenlo severamente conforme a las sanciones de los sagrados cánones. Cumplan con la mayor frecuencia posible, para provecho de los fieles, con el deber de predicar, que es la principal obligación de los Obispos (Conc. Trid. sess. 24, cap. 4 de ref.). ya sea personalmente ó, si estuvieren legítimamente impedidos, por medio de aquellos a quienes confíen tal encargo (Conc. Trid. ibid.).
Cuiden escrupulosamente de escribir cartas pastorales, acomodadas a la inteligencia y necesidades espirituales de los fieles, que mandarán leer públicamente en la debida oportunidad.
192. Al admitir a alguno a las sagradas órdenes, tengan presente esta importante advertencia de Pío IX en la Encíclica Qui pluribus de 9 de Noviembre de 1846: «Guardáos bien, conforme al precepto del Apóstol, de imponer a nadie las manos con precipitación. Iniciad únicamente en las sagradas órdenes y admitid a la administración de los santos sacramentos, a aquellos que, después de un examen concienzudo y minucioso, se vean adornados de todas las virtudes y sean notables por su sabiduría, y consideréis que servirán para la utilidad y decoro de vuestras diócesis. Comprendéis fácilmente que con párrocos ignorantes y negligentes, pronto decae la moralidad en los pueblos, se relaja la disciplina cristiana, acaba el culto y se introducen en la Iglesia toda clase de vicios y corruptelas». 
Sean, pues, sumamente solícitos acerca de la educación de los clérigos, ante todas cosas, y guarden su Seminario como la niña de sus ojos (Cfr. Leon XIII Caritate Christi, 25 Dec. 1825). Recordarán a este propósito las siguientes palabras de Pío IX: «Seguid empleando toda vuestra actividad y trabajo, en que los candidatos a la sagrada milicia sean admitidos desde los más tiernos años, siempre que sea posible, en los Seminarios, para que creciendo en ellos a guisa de nuevas plantas en derredor del tabernáculo del Señor, se formen en la inocencia, religiosidad, modestia y espíritu eclesiástico, al mismo tiempo que les enseñan la literatura y las ciencias menores y mayores, sobre todo las sagradas, maestros escogidos que profesen doctrinas purísimas, en que no quepa la sospecha de error» (Pius IX. Encycl. Nostis, 8 dic. 1849).
193. Velen también de todo corazón por la buena formación de la juventud, de la cual resultan tantos bienes a la Iglesia y a la sociedad: exciten para ello el celo de los párrocos, de los padres y maestros de primeras letras, y con gran solicitud investiguen su comportamiento, para que corrijan lo que necesitare correción. Tengan especial cuidado de la educación cristiana de los indios y negros y de la conversión de los infieles; a cuyo fin promoverán con todas sus fuerzas el estudio de las lenguas indígenas entre los clérigos.
194. Para que se disipe toda sospecha de avaricia ó de humana ganancia, y se eliminen los abusos, si los hubiere, vigilarán los Obispos para que ni los oficiales de la Curia, ni los párrocos, cobren más obvenciones de las establecidas, ó multipliquen títulos para percibir derechos. Procedan, por tanto, sin tardanza a formar el Arancel, según lo mandado por la Sagrada Congregación del Concilio el 10 de Junio de 1896 (V. Appen. n. XC), y castiguen severamente a quien directa ó indirectamente cobre más de lo que él expresa.
195. Tratarán los Obispos a los oficiales de la Curia con toda caridad y benevolencia, pero de tal suerte «que no les comuniquen imprudentemente ó con sobrada facilidad los asuntos más graves de la diócesis, ni hagan más caso del debido de sus consejos, ó les hagan estudiar más de lo que conviene, lo cual con igual razón se ha de entender de los demas familiares» (Consess. Episc. Umbriae an. 1849, tit. 8).
196. Otro punto de la solicitud episcopal ha de ser la buena administración de los bienes eclesiásticos, guardándose los Obispos de distraer los bienes de la Iglesia, ó de erogar los réditos en objetos que no sean para bien de la misma Iglesia, aunque no se trate de bienes raices ó preciosos. Los bienes de la Iglesia deben gastarse ó en provecho de ella misma, ó en el Seminario ó en los pobres, salvo que tengan un objeto determinado por el fundador; pues en este caso, sin permiso apostólico, no es lícito emplearlos en otro objeto, aunque sea mejor. «Y como alguna vez el amor a los parientes hace aun a los más sabios obrar sin juicio, conviene que la administración de la mesa episcopal nunca se les encomiende, por honrados que sean, para evitar toda queja: y si estuvieren necesitados, se les socorrerá como a los demás pobres, según aconseja el Tridentino» (Ibid.). 
Guárdense también de gastos tan excesivos «que tengan que gravarse con deudas; porque si después no pueden pagar sufrirá menoscabo la mesa ó se manchará su memoria» Esta vigilancia en la administración de los bienes temporales, no disminuirá, sino antes bien aumentará, la virtud de la caridad. Porque el buen Pastor considera a los pobres como parte de su familia, y haciéndose todo para todos, socorre hasta donde le alcanzan las fuerzas, las necesidades materiales y morales de sus subditos.
197. Como el esplendor de los templos y el decoro y exactitud de las ceremonias, contribuyen mucho al honor de Dios y mueven a la piedad, también de ello debe cuidar el Obispo con los hechos y con las palabras. Económico consigo mismo, emplee toda su liberalidad en honra de la casa de Dios. Vele para que los Sacramentos se administren con gravedad y exactitud por todas partes en su diócesis, y muy particularmente el Santísimo Sacrificio de la Eucaristía (Conc. Prov. Urbinat. an. 1859, art. 98).
198. Por cuanto los enemigos de la Iglesia Católica persiguen con odio mortal las Communidades religiosas, aunque tan beneméritas de la Iglesia, de la sociedad y de las letras, y claman que no tienen motivo legítimo de existir, aplaudiendo así las falsas doctrinas de los herejes (Pius IX. Encycl. Quanta cura, 8 Dec. 1S64), los Obispos las defenderán con todas sus fuerzas, las protegerán y ayudarán, y respetarán sus fueros y privilegios para que puedan ser gobernadas pacíficamente, conforme a los cánones. Donde los regulares, por las vicisitudes de los tiempos, ó se ven obligados a vivir dispersos, ó necesitan reforma, tiendan los Obispos una mano protectora, y desechando todo consejo ó pretexto en contrario, no permitan que los restos de las comunidades dispersas sé acaben; antes bien, procuren con todas sus fuerzas que sus conventos no se empleen en usos extraños, eclesiásticos ó profanos, que hagan imposible moralmente el restablecimiento de los Regulares, trayendo con el tiempo la ruina total de las Familias Religiosas. 
Observen siempre la mayor concordia y benevolencia con los Superiores de los Regulares, pues «la exige la paterna caridad de los Obispos para con sus colaboradores, y la mutua reverencia del clero hacia los Obispos; la requiere el bien común, que es el procurar unidos la salvación de las almas; la pide la necesidad de resistir á los enemigos del nombre católico» (León XIII, Romanos Pontifices, 8 Maii 1881). 
Los Regulares por su parte veneren mucho a los Obispos, y tengan siempre ante los ojos esta admonición de Pió IX: «Os rogamos una y mil veces, que unidos con estrecho vínculo de concordia y de caridad, y con suma conformidad de pareceres, a Nuestros Venerables Hermanos los Obispos y al clero secular, vuestro principal empeño sea emplear todas vuestras fuerzas en caminar unidos en los trabajos del ministerio para la edificación del Cuerpo de Cristo, y rivalizar en conseguir del cielo gracias mayores» (Ubi primum).
199. Para que los Obispos puedan desempeñar sus funciones, es indispensable que guarden inviolablemente la ley de la residencia, A que están obligados por los sagrados cánones, y principalmente por el Concilio de Trento, el cual con estas palabras «advierte, y quiere que se den por advertidos, todos los que con cualquier nombre y título gobiernan las Iglesias Metropolitanas y Catedrales, que atendiendo a sí propios y a toda su grey, velen, como manda el Apóstol, trabajen en todo y por todo, y desempeñen su ministerio: y sepan que no lo pueden desempeñar, si abandonan a guisa de mercenarios los rebaños que les han sido confiados, y no atienden a la guarda de sus ovejas, de cuya sangre les pedirá cuenta el Supremo Juez, no teniendo excusa el pastor, si el lobo devora las ovejas y él lo ignora.... El Santo Sínodo ha decretado renovar los antiguos cánones, que por culpa de los tiempos ó de los hombres han caido casi en desuso, promulgados contra los no residentes, y en virtud del presente decreto los renueva» (Con. Trid. sess. 6 cap. I de ref.).  
Tampoco crean que cumplen con sus deberes pastorales, los que no procuran desempeñar lo mejor que pueden, las demás funciones episcopales; porque la ley de la residencia no se limita a la presencia material en algún lugar.
200. No dejen los Obispos de visitar su propia diócesis personalmente, ó en caso de legitimo impedimento (Conc. Trid. sess. 24. de ref.), por medio de su vicario general ú otro visitador, ó por algunos eclesiásticos recomendables por su ciencia, piedad, destreza y madurez en el manejo de los negocios. En atención a la grande extensión de nuestras diócesis, y dada por otra parte la suma utilidad de la visita personal, practicada por el propio Obispo, hay que procurar con todo empeño que el Obispo llegue a su debido tiempo, aun a los lugares ya visitados por su delegado; y para lograrlo más fácilmente, dividir la diócesis en regiones, é ir visitando región por región, de modo que en determinado número de años quede visitada toda la diócesis.
201. "El principal objeto de todas estas visitas será introducir la doctrina sana y ortodoxa, desterrando las herejías; conservar las buenas costumbres, corregir las malas; exhortar al pueblo con sermones y pláticas a la religiosidad, paz é inocencia, y determinar todo lo demás que convenga para el provecho de los fieles, según las circunstancias del tiempo y lugar, y como lo dictare al visitador su prudencia. Para mejor y más fácilmente lograr estos fines se advierte a todos y a cada uno de los visitadores que abracen a todos con paterna caridad y celo cristiano, y contentos con modesto tren de hombres y caballos, procuren terminar la visita lo más pronto que sea compatible con la debida diligencia» (Conc. Trid. sess. 24. cap. 3 de ref.)
202. Los decretos de la visita se guardarán con cuidado en los archivos de las Iglesias y lugares píos visitados, y en la curia diocesana. Dentro de un año contado desde el día de la visita, los párrocos y demás sacerdotes a quienes corresponde, darán cuenta al Obispo de la ejecución y observancia de los decretos de la misma visita; y si no lo hicieren, se les advertirá. Sepan entretanto los párrocos y los demás sujetos a la visita, que los Obispos en la santa visita, haciendo a un lado toda apelación ó queja, tienen potestad de proveer, mandar, castigar y ejecutar cuanto su prudencia les sugiera ser necesario para la enmienda de sus subditos, la utilidad de la diócesis y la extirpación de los abusos (Cfr. Conc. Trid. sess. 24. cap. 10 de ref.).
203. Entre los principales deberes que conforme a los decretos de los SS. Padres y los cánones incumben a los Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos, hay que enumerar el que los obliga a visitar los sepulcros de los Santos Apóstoles, y con esta ocasión manifestar su acatamiento y obediencia al Romano Pontífice, y darle cuenta del cumplimiento de los deberes pastorales y de cuanto atañe al estado de sus Iglesias, a las costumbres y disciplina de su clero y de su pueblo, y a la salud de las almas a su cuidado cometidas. Por lo cual, conforme a la Constitución de Sixto V Romanus Pontifex, de 20 de Diciembre de 1585, todos los Obispos que gobiernan una diócesis canónicamente erigida, y por razón de su cargo (S.C. de Prop. Fide 1 junii 1877), todos lo Vicarios Apostólicos de nuestros paises, no deben dejar de visitar las tumbas de los Santos Apóstoles por lo menos cada diez años, personalmente, ó en caso de legitimo impedimento, por apoderado. El decenio, aun tratándose de diócesis recién erigidas, debe computarse de modo que, empezando desde el día que fué promulgada la Constitución de Sixto V, a saber el 20 de Diciembre de 1585, transcurra perpetuamente y sin interrupción para todos los Obispos sucesivos Con Benedicto XIII advertimos á los Obispos que no tan fácilmente se dispensen de esta visita personal, en que escucharán de los labios mismos del Sumo Pontífice y bajo el patrocinio de los mismos Santos Apóstoles, muchos y muy saludables consejos, que a veces no pueden confiarse a la pluma. Como advierte la S. Congregación de Propaganda Fide, en su Instrucción de 1° de Junio de 1877, aprobada por Pío IX «fácil es entender que las causas ordinarias que impiden la visita personal casi no han lugar en nuestro siglo; pues la humana inventiva ha proporcionado tales medios de recorrer las distancias, que con increíble rapidez y facilidad se pueden llevar a cabo los viajes más largos de mar y de tierra». Sobre el modo de redactar las relaciones del estado de las Iglesias, téngase presente y obsérvese al pie de la letra la Instrucción de la S. Congregación del Concilio, promulgada por Benedicto XIII, y si se trata de comarcas de Misión, o sujetas a la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, observense la Circular e Instrucción de 1° junio de 1877.