Vistas de página en total

lunes, 25 de junio de 2012

REFUGIUM PECCATORUM.

Transida el alma de mortal quebranto 
Estaba la dulcísima María, 
En pie junto al madero sacrosanto 
En que el Divino Redentor, moría.

Mientras ella empapaba con su llanto 
La planta de Jesús sangrienta y fría. 
Salpicóle la tela de su manto 
La sangre que del leño descendía.

Por eso siempre ostentas, Virgen pura. 
Tu manto salpicado con estrellas... 
Por eso aquél que teme las centellas 
De la ira divina, las conjura 
De tu manto, a la sombra protectora: 
¡Lo cobija la sangre redentora!

Mons. Vicente M. Camacho

domingo, 24 de junio de 2012

LA SIMBIOSIS ENTRE FE Y HEREJIA


DESDE EL ARCHIVO
Revista "Claves"
De la Fundación San Vicente Ferrer
Año I, N° 1
Febrero de 1993







 Uno de los actos de Juan pablo II, en la sinagoga, hacer a un lado la Cruz para no ofender a los enemigos de la Iglesia.








Si Karol Wojtyla (Juan Pablo II) es Papa, tengamos en cuenta:
Karol Wojtvla fomentó y asistió a la reunión ecuménica de Asís como vicario de Cristo, es decir, como cabeza visible de la Iglesia: tenemos allí, un acto de la Iglesia. Inútil es intentar la afirmación de que lo hizo «a título privado», es una ficción, es una ilusión y tal vez un artilugio de quienes no desean ver la realidad. Estaba entonces allí la Iglesia. En Asís: y toda la catolicidad representada por la cabeza, y el mismo Cristo por su Vicario en la tierra. Tenemos un acto visible de la Iglesia visible, en una función estrictamente pontificial.
Cuando Karol Wojtyla fue a la sinagoga de Roma a mutilar la doxología trinitaria de los salmos y a negar la verdad teándrica de Nuestro Señor -a quien se refirió como «la persona de Jesús de Nazareth»-, presenciamos un acto del vicario de Cristo, en cuanto tal; un acto visible de la Iglesia visible.
En 1983, Karol Wojtyla promulgó una codificación canónica sustituto de la legislación vigente -como cuerpo- desde Benedicto XV, y que resulta herética por varios capítulos, actuó entonces como el sumo pontífice: sólo él en funciones puede hacerlo. La autoridad máxima de la Iglesia, realizó un acto de Iglesia.
Cuando el obispo de Roma -en la hipótesis que planteamos- celebra la «misa» con un rito inválido; ordena dudosamente; confirma con materia dudosa y una fórmula alterada hasta un grado de duda positiva; o utiliza una forma de altísimo riesgo de invalidez en las consagraciones episcopales, manifiesta visiblemente la dinámica de la Iglesia visible.
Cuando excomulga a los católicos y se inclina indulgente ante judíos y masones, ejerce una potestad punitiva que le es propia: es de la Iglesia.
Cuando PUBLICAMENTE hace sus profesiones de fe modernista y en sus elevaciones maritenianas y origenistas en documentos papales, profiere la herejía, es doctrina de la Iglesia.
Cuando fomenta el cisma y la herejía, avanzando minúsculos heresiarcas en todas las diócesis del mundo, elevando al cardenalato los más aptos para la destrucción y abolición de la FE preparando ya el próximo cónclave que continuará su labor, entonces es el papa el que obra en nombre de la Iglesia.
Karol Wojtyla es cabeza de una sociedad que maquina contra la Iglesia: el cisma conciliar judeo-masónico, que sistemática y rigurosamente busca la supresión del remanente católico en el mundo.
Supuestamente es papa legítimo. Entonces tenemos una Iglesia que es amalgama de Fe y herejía, y se hace IMPOSIBLE saber dónde está el cuerpo visible de la Iglesia. Porque la forma del cuerpo social, visible, de la Iglesia es la profesión pública de la fe: sin embargo, a cualquier católico con leal entender le parecerá imposible que los actos magisteriales, potestativos o jurídicos de la jerarquía actual -comenzando por el propio Karol Wojtyla-, así como los gestos litúrgicos con su respectivo contenido de Fe, MANIFIESTEN EXTERIORMENTE LA EXISTENCIA DE LA IGLESIA. ¿ACASO SE PUEDE AFIRMAR QUE LA IGLESIA CONCILIAR ES LA IGLESIA VISIBLE, EL CUERPO SOCIAL VISIBLE DE LA IGLESIA DE CRISTO? Restaría en ese caso explicar cómo la IGLESIA puede profesar la herejía, o perder la Fe.
Con la sociedad posconciliar, no hay posibilidad de compromiso EN NINGUN TERRENO, ni siquiera en el meramente jurídico de conveniencia» sería reconocerle una entidad que no tiene, y formar parte aunque más no sea en la periferia legal, del inmenso mecanismo al servicio del misterio de iniquidad que representa esa sociedad de naturaleza cismática.
Ellos tienen los templos; y bien, nosotros la Fe. Si de templos se trata, entonces da lo mismo incardinarse con un pope ortodoxo -más «ortodoxos» que los modernistas- que un obispo que carece de súb-ditos católicos, porque él mismo no tiene razón de superior, en la medida en que abandona el fundamento de su autoridad: la Fe y la Unidad con la Iglesia de Cristo.
En el fondo de toda la cuestión subyace una noción hegeliana de la Iglesia que nos ha sido impuesta por la línea de la Fraternidad San Pío X: la Iglesia Conciliar es, de alguna manera, «algo» de la Iglesia Católica. Es una simbiosis, es alquimia teológica y herejía eclesiológica: porque la Iglesia de Cristo no es un ser relativo a la sociedad conciliar, no necesita de ella para ser lo que es. Ella es y permanece en sí tal y cual su Divino Fundador así lo dispuso: no le puede faltar nada esencial porque «lo tenga la Iglesia conciliar». Es decir, por ejemplo. puede estar vacante la Sede Romana, pero NO PORQUE «EL PAPA» PERTENEZCA A LA IGLESIA CISMATICA DEL POSCONCILIO por que esa iglesia tiene su pontífice en Karol Wojtyla: de lo contrario el Papa estaría donde no está la Iglesia, y la Iglesia donde no está el Papa. 
Es preciso afirmar la inmutabilidad de naturaleza esencial en la Iglesia de Cristo: no puede existir una «Iglesia enferma», que nos permita afirmar de ella lo siguiente, síntesis de la concepción dialéctica a la que hacemos referencia: 
«Ellos no pueden combatir el veneno que emponzoña toda la vida de la Iglesia» (P. Schmidberger, 20 de marzo de 1990; Cfr. «Fideliter», N 75. pág. 18).
La vida de la Iglesia no puede estar envenenada, porque la Iglesia como tal es SANTA, y por lo tanto no puede transmitir la muerte dogmática, ni la muerte moral, ni la muerte litúrgica. La iglesia del posconcilio es vehículo de muerte, porque no es la Iglesia Católica, no hay otra explicación -al menos ortodoxa-.
Y en definitiva si el Vaticano II es heterodoxo, también lo es esta novedad eclesiológica, que disuelve el Credo Niceno Constantinopolitano del 381: «Et Unam, Sanctam, Catholicam et Apostolicam Ecclesiam».
 

sábado, 23 de junio de 2012

El cuarto mandamiento.

Ningún otro ser de la creación tiene el triste privilegio de que goza el hombre, de poder, abusando de su libertad, ahogar los gritos de la naturaleza y, con mano bárbara, desviar y destruir sus inclinaciones y atrofiar sus apetitos.
Sólo el hombre necesita que se le imponga de manera positiva y se le urja este precepto: «Honra a tu padre y a tu madre.»
¿Es posible que el hombre pueda no honrarlos?
Los pajarillos, en su nido, pían alegremente cuando su madre revolotea en torno de ellos; los polluelos se esconden amorosos bajo las alas maternales; hasta el lobezno que, en su guarida de maleza, ensaya sus instintos fieros, retoza juguetón junto a la loba, lo mismo que, en la selva, los cachorros de león juegan con la leona madre.
Poned a una hiena frente a la que le dió el ser, hostigadla, y no conseguiréis jamás que le acometa.
Sólo el hombre goza del triste privilegio de poder olvidar a sus padres y hasta despreciarles y maltratarles.
Sólo él hace necesario que Dios, al dictarle su Ley, después de haberle impuesto los preceptos conducentes al amor que a El ha de profesar, encabece los mandamientos ordenados al amor del prójimo diciendo: «Honra a tu padre y a tu madre.»
Estoy seguro de que entre mis lectoras no hay ninguna mala hija, ninguna que sea capaz de despreciar a sus padres, ni de vejarles, ni de zaherirles; pero ¿acaso todas son buenas hijas? ¿Honran a sus padres como es debido?
Envueltas en el barullo de la vida, solicitadas por multitud de emociones y embargadas por constantes preocupaciones, tal vez el concepto que tenéis de la grandeza de vuestros padres sea un poco ciego; la voz clamorosa de vuestro corazón de hijas, más que el fruto de la reflexión y del discurso.
Pero aquí también, como en todos los problemas capitales de la vida, la revelación se llega a nosotros para derramar luces espléndidas sobre cuanto la naturaleza nos dice.
Preguntad a ésta qué son los padres y, si las pasiones permanecen quietas y no nublan vuestro espíritu, la inteligencia, irguiéndose en el cerebro y el corazón, saltando en el pecho, os dirán:
Los padres son para ti los seres humanos más grandes.
Ellos te han traído a la vida.
Ellos te han cuidado con abnegación y cariño.
Por ellos hablas, por ellos piensas, por ellos rezas.
Por ellos has llegado al momento actual.
al puesto sobre que te asientas, 
a la esperanza de un futuro.

Y muy bien habla la naturaleza. Jamás encontraréis en el mundo seres que os amen más, y a quienes más debáis que vuestros padres.
Ahora preguntad a la revelación, y la revelación os dirá:
Los padres son tus mayores bienhechores;
los reyes del pequeño estado que se llama hogar.
Los padres son para ti Dios.

¿Qué es esto? ¿Los padres son Dios? Eso es un mito; una herejía.
¡Atención!: Estáis oyendo la «radio»: El speaker reclama atención: «Transmite Radio Nacional: Habla el Jefe del Estado.» A través del altavoz, la palabra de la autoridad suprema de la nación llega a vosotras, orientadora y normativa.
¿Le obedecéis? Sí; que no es el altavoz el que habla, sino el Jefe del Estado.
El speaker vuelve a reclamar atención. «Transmite radio Vaticano: habla el Papa, el Vicario de Cristo en la tierra.» Y la voz firme y serena de Su Santidad resuena en vuestros oídos.
¿Quién habla? ¿El altavoz? No; el Papa.
¿Tú ves al Papa? No; ves el altavoz, pero por encima de él ves al Pontífice Romano cuya palabra llega hasta ti mediante el altavoz:
¡Atención! ¡Atención! Transmite...
¿Quién?
Tu padre te habla; te manda...
¿Tu padre habla? Te habla Dios.
—¿Dios? No lo veo. Veo a mi padre. Sus labios se mueven; su voz vibra...
Coge el prisma de la fe; mira. Tu padre no es más que un altavoz.
Mira bien; por encima de su frente contraída por las preocupaciones de tu educación, por encima de su cabeza encanecida en el trabajo por tu sustento, aparece la figura venerable del Padre Celestial, del cual proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra; Dios, que ha creado al hombre, y, como autor suyo y gobernador supremo del universo, le gobierna...
¿Cómo? ¿Como a las bestias cuyos movimientos determina por medio de instintos ciegos y precisos, obedientes a leyes concretas y determinadas?
No. Al hombre le ha creado libre; y, en virtud de su libertad, puede obrar o no obrar; proceder en un sentido o en otro. Al hombre le gobierna manifestándole su voluntad, e indicándole el camino que ha de seguir.
Pero Dios no habla directamente a cada uno de los hombres, ni siquiera al conjunto de ellos. Ha revelado su doctrina, que constituye un depósito sagrado en manos de la Iglesia, y en ocasiones excepcionales hace revelaciones particulares; pero a diario, con frecuencia, como cosa normal, no habla al hombre.
Es cierto que en el fondo del alma resuena a veces la inspiración divina indicando el camino a seguir; pero no es menos cierto que ésta interna inspiración divina está sujeta a posibles confusiones que es preciso evitar contrastando sus luces con otras ciertamente divinas.
Entonces..., ¿qué?
Dios, dice Santo Tomás, gobierna a las criaturas sirviéndose de las superiores para regir a las inferiores. Así sucede también en la humanidad; Dios gobierna a los inferiores por medio de los superiores, y, en concreto, a los hijos por medio de los padres.
A los padres les ha impuesto la obligación grave de, en su nombre, cuidar a los hijos, y a éstos les ha señalado el deber grave de honrar a los padres para honrarle a El.
¿Te enteras tú, muchachita presuntuosa, que te crees más sabia que Lepe porque has terminado el bachillerato, y te ríes despectivamente de tu padre porque pronuncia mal el castellano y da a las palabras un uso inadecuado y no sabe hablar más que de las patatas que cultiva en la huerta, de la madera que sierra en el taller, del hierro que forja en la fragua, de los garbanzos que vende en la tienda o de los números que hace en la oficina; sin conocer las hazañas de Jaime el Conquistador o las traiciones del conde de Nasau, o la fórmula del benzoato de sosa, o la prosodia francesa, o la tabla de logaritmos?
Es tu padre; para ti representa a Dios. Besa su frente, inclínate ante él y obedécele.
¿Te enteras tú, muchacha, que te juzgas ilustrada porque lees muchas novelas, entiendes de películas y de marcas de automóviles y te bebes sin pestañear uno de esos cocktailes capaces de hacer arrugar la cara a un carabinero, y desprecias a tu madre, como una atrasada que aún se preocupa de zurcir medias y remendar la ropa?
Es tu madre; para ti representa a Dios. Cúbrela de besos, humíllate ante ella, obedécela.
Aunque sean ignorantes y no sepan ni leer ni escribir; aunque sean muy pobres y vistan con miseria, los padres son siempre los padres, los representantes de Dios. Honra a tu padre y a tu madre, te lo manda Dios.
¿Te enteras tú, chica ultramoderna, que pretendes hombrearte con tus progenitores, y aun abusando de sus mimos, considerarte superior a ellos, y sólo te preocupas de tu persona, de tus comodidades y de tus diversiones?
Dios te ha dado los padres para algo más que para proporcionarte dinero con que satisfacer tus caprichos y atender a tus extravagancias; te los ha dado para que, en su nombre, te guíen, orienten y eduquen; lo cual supone, por tu parte, obligación de atenderles, honrarles y obedecerles.
Ten presente lo que, bajo la inspiración de Dios, ha sido escrito para ti en el Eclesiástico:
«De todo corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre.
«Acuérdate que les debes la vida. ¿Cómo podrás pagarles lo que han hecho por ti?»
Emilio Enciso Viana
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

Madrugar

     Todo ser viviente se despierta con el día y recomienza con él el movimiento de la vida que las sombras habían interrumpido. 
     Así es cómo la naturaleza nos da el ejemplo y solicita nuestra actividad al despertar, por su diligencia en sacudir ella misma el amodorramiento nocturno.
     Es preciso dormir; el ser humano todo entero, cuerpo y alma, tiene necesidad de sumergirse a horas fijas en el misterioso anonadamiento del sueño. El sueño nos da descanso, el sueño nos rehace, el sueño nos vuelve las fuerzas perdidas.
     Pero demasiado sueño es malo en la vida: el sueño exagerado entorpece la sangre, hace pesado el espíritu, enerva las facultades del alma y las energías del cuerpo.
     Hay aún inconvenientes más graves en abandonarse sin medida a ese placer inconsciente: el demonio de la impureza vigila a la cabecera del perezoso que se retarda en su lecho.
     No te complazcas, pues, en esas muelles delicias. Es bueno, sobre todo al joven, sacudir el sueño al canto del gallo y levantarse al aparecer el alba.
     ¡Qué alegría profunda y pura, qué delicada gracia, qué verdadera dicha puede procurarnos el minuto de esfuerzo que se necesita para salir de un lecho tibio!
     El levantarse temprano nos hace gozar del despertar de la naturaleza: el aire es más puro, las cosas son más frescas, todo es más nuevo y más bello.
     El levantarse temprano es propicio a la oración y a la meditación: el espíritu, que se ha repuesto, encuentra de mañana todo su vigor y todo su ímpetu.
     El levantarse temprano, en fin, es una salvanguardia para el alma tentada.
     Hazle a Dios ese sacrificio, hijo mío; sacude los lazos del sueño con valor todas las mañanas. Será un sacrificio meritorio y de una maravillosa fecundidad.
     El levantarse temprano, también alarga y prolonga la existencia, y permite al cristiano multiplicar las buenas acciones

LA MEDICINA MILITAR

Características que alejan a veces al médico militar de la buena medicina. 
Deberes de estado del médico militar. — Conocimiento y aplicación de los reglamentos. Conciencia particular de los cuidados. Adaptación a las necesidades militares. 
Medicina militar en tiempo de paz. — Aplicación hasta en los pequeños cuidados: cultura personal. Conferencias profilácticas: deben ser médicas y no pornográficas.
Medicina militar en tiempo de guerra. — Ni temeridad, ni cobardía: el bien de los heridos. Simuladores, mutilados voluntarios, desertores; deberes de caridad. Enfermos y heridos rebeldes: respeto a la personalidad humana y a la justicia. El sufrimiento; ¿la eutanasia ordenada? Los heridos enemigos.
La asistencia religiosa a los heridos y enfermos. — La ley francesa de 1905 y la libertad de cultos. Importancia del factor religioso desde el punto de vista médico. El médico militar debe dar a heridos y enfermos las facilidades requeridas para beneficiarse con el derecho que les reconoce la ley. En tiempo de guerra, simulacro de organización oficial. La iniciativa de los sacerdotes soldados, el respeto anticipado a las conciencias, el conocimiento de los valores espirituales, el deber de humanidad y de caridad en los médicos y en los oficiales, deben permitir un servicio religioso efectivo.
Bibliografía.

La medicina militar se distingue de la medicina civil por cierto número de caracteres, cuyas repercusiones desde el punto de vista religioso deben ser contempladas. Estos caracteres son especialmente: la obligación del soldado de ser atendido por un médico que él no elige; la designación de un médico en un lugar determinado a pesar de sus gustos, sus aptitudes o ineptitudes; la subordinación de los cuidados a líneas directivas de orden militar; el encuadre en una reglamentación que limita la iniciativa y la acción del médico; la asignación durante años a servicios poco atrayentes o poco instructivos desde el punto de vista de la medicina; inicial y finalmente, la elección de la carrera médica militar por motivos a menudo extraños al fondo mismo de esa carrera: prestigio del uniforme, gusto por la aventura, por el mando, razones pecuniarias, ocupación provisoria a la espera de algo mejor, etc.
Es fácil concebir que algunos de estos elementos no son muy favorables para el ejercicio de una ciencia eficaz y que, a pesar de la solidez de los estudios en la Escuela del Servicio Sanitario y el gran valor de ciertos médicos militares, hayan resultado ciertos modos de ser y de actuar que dieron al término "médico militar" un sentido algo peyorativo.
El médico militar de carrera o de la reserva (todo lo que diremos concierne a uno y otro) se hallará, pues, en presencia de condiciones que a menudo exigirán de su parte un real esfuerzo para cumplir plena y concienzudamente su deber de médico. Necesitará a la vez iniciativa y espíritu de adaptación, para utilizar lo mejor que puede una situación en la que no está libre de proceder a su gusto.

Deberes de estado del médico militar
El médico militar tiene como primer deber, lo mismo que todo médico, el de cuidar sus enfermos, serles útil: espíritu de caridad y de ciencia comunes con el médico civil; pero dado que su ejercicio médico está subordinado a reglamentos, es necesario que conozca muy exactamente estos reglamentos para obtener de ellos las mayores ventajas para sus pacientes. Hemos visto, durante la guerra, enfermos privados de los medicamentos o aparatos que necesitaban, por la falta del médico, generalmente de la reserva, que no se dedicó a compulsar algunos reglamentos o circulares que indicaban el procedimiento que debía seguirse. Hemos visto proponer a las comisiones de excepción soluciones diferentes de las impuestas por los reglamentos, y el resultado fue que muchos soldados enfermos recorrieron inútilmente los caminos del frente a la retaguardia y a la inversa, a veces llevando al frente mejorías ilusorias, a veces agravando inútilmente un estado de salud precario, a veces demorando en la retaguardia o en el país a soldados aptos para combatir.
¡Cuánto pesan sobre el presupuesto de pensiones, "recuperados" que no han estado en el ejército más que el tiempo necesario para ser inscriptos para una prebenda, o inválidos admitidos a pensiones desproporcionadas con su verdadera enfermedad! El bien de los enfermos y el bien del Estado exigen que un médico militar no sea sólo un buen médico, sino también un médico adaptado a conciencia a sus funciones militares.
Por eso tratará a sus enfermos y heridos lo mejor posible, en primer lugar por ellos mismos, pero también para devolver rápidamente al país los defensores de que tiene necesidad. Las negligencias en los cuidados constituyen una falta contra los enfermos (a la que en tiempo de guerra éstos se adaptan gustosos), son también una falta contra la patria; son una falta contra los camaradas del enfermo, que soportan solos esfuerzos y fatigas que su presencia podría aliviar. En la medicina civil la negligencia de un médico no tiene más que consecuencias individuales; en la medicina militar puede tener malas consecuencias colectivas.
Finalmente, el médico necesitará subordinar los mejores cuidados a las necesidades bélicas, y éste es uno de los puntos más dolorosos para la conciencia del médico y uno de los más atroces de la guerra. Ese enfermo que ya no amenaza a nadie, que es la víctima de políticos ambiciosos o incapaces, que sufre y no tiene defensa, sufrirá por necesidades militares la restricción de los cuidados que requiere, será trasladado a pesar de su imposibilidad o, al contrario, será abandonado sin socorros y a todos los peligros. César es responsable de la salud de todos, tiene el derecho de hacer el tirano para salvar a la nación, tiene el derecho a la obediencia de los individuos; el médico militar debe obedecer a César y es solamente en los límites de esa obediencia que puede hacer el máximum de bien en torno suyo, siendo además esa obediencia la colaboración al bien que César se esfuerza en proporcionar al resto del ejército y de la nación.

Medicina militar en tiempo de paz
Es a menudo una medicina monótona y fastidiosa: comprende la visita de jóvenes con enfermedades tontas, cuyos casos "interesantes" se dirigen al hospital; comprende las visitas de enrolamiento, las de contralor sanitario, etc., objeto deleznable para el espíritu médico. Mas esto, cumplido atentamente, puede rendir buenos servicios. Y luego, las horas de cuartel ¿no pueden emplearse para aumentar el capital de los conocimientos teóricos, para llegar a ser el más apto, cuando se presenten las funciones activas?
Un punto difícil y delicado de la medicina militar en tiempo de paz es el de las conferencias profilácticas. Algunos autores materialistas quisieran proteger contra las enfermedades venéreas sin restringir el libertinaje, y grandes jefes adoptan esa manera de ver y quisieran conferencias en que se tratara solamente de los medios materiales de protección, sin indicaciones de continencia ni de moral. El médico católico no puede aceptar esa limitación, que no depende ni de la medicina ni de las necesidades militares, sino solamente de las ideas filosóficas o... pornográficas de los autores y dirigentes en cuestión.
La conciencia del médico debe obligarlo a decir la verdad exacta sobre tal asunto: es decir, que ningún recurso profiláctico preconizado es de eficacia segura; solamente la continencia da la seguridad. Por otra parte, como la exposición de los medios de profilaxis materiales corresponde en fin de cuentas a una concepción filosófica particular, la que admite y favorece el libertinaje, el médico militar que debe mantenerse neutral, no puede silenciar los motivos profilácticos morales de otras concepciones filosóficas: motivos religiosos de las distintas religiones, motivos que surgen de la simple moral llamada natural, respeto de sí mismo, respeto de la futura esposa, deberes para con los hijos por venir, etc.
La disciplina obliga al médico militar católico a enseñar los medios que facilitan el libertinaje, disminuyendo sus riesgos, como obliga al soldado a matar o a derribar las puertas de las iglesias y los conventos. La responsabilidad del robo, del asesinato o de la inmoralidad recae sobre los dirigentes. Pero la disciplina no puede forzar al médico a ser un mal médico, a no enseñar la totalidad de la profilaxis venérea: profilaxis material y moral; no puede obligarlo a ofender los sentimientos legítimos de sus oyentes cristianos y los suyos propios, no exponiendo la ayuda que la salud moral aporta a la salud física.
Es evidente que el médico militar católico no debe tener ningún escrúpulo en organizar los servicios profilácticos prescritos por los reglamentos. Debe efectuar esa organización lo mejor que puede, pero con discreción, señalando siempre la inseguridad de la profilaxis realizada de ese modo.

Medicina militar en tiempo de guerra
En los ejércitos en campaña se presentan otros problemas. En primer lugar, ¿cómo debe comportarse el médico militar frente al peligro? Deberá cuidarse a la vez de ser combatiente y de manifestar una prudencia excesiva. El papel del médico es el de dar la seguridad a los combatientes, estando a su alcance y en su lugar; de ese modo contribuye a su valor moral, les asegura los socorros físicos y salvaguarda el máximum de vidas para el ejército. Eso vale más que un gesto, por hermoso que sea, o una seguridad vergonzosamente asegurada. Exponerse lo necesario al peligro para llevar un socorro eficaz a los heridos; buscar toda la seguridad posible para cuidarlos y evacuarlos, ése es el deber netamente trazado. Es evidente que el médico, que, para ponerse al abrigo del peligro, se atribuyera aptitudes de cirujano que no posee, sería gravemente culpable en razón de los riesgos que impondrá a los heridos que le serán confiados a raíz de su engaño.
Entre los heridos y enfermos que se presentan, hay simuladores y mutilados voluntarios. Grave conflicto para la conciencia del médico, acostumbrado al dogma del secreto médico y a su libertad de decisión en la vida civil. Si habla, un hombre pasa al consejo de guerra y puede ser fusilado; si calla, recompensa la cobardía, permite adquirir una pensión injustamente, y el ejemplo puede ser contagioso y peligroso para el ejército; no es permitido dudar: el médico debe conformarse estrictamente a lo que prescriben los reglamentos: éstos están hechos para el bien del ejército y de la patria; las opiniones personales no pueden sustituírseles más que por un bien del mismo orden evidente, por ejemplo, en el caso de un oficial que desobedece los reglamentos o una orden de avanzar o retirarse, en razón de una situación especial que se presenta a su iniciativa y cuyo aprovechamiento puede ofrecer la mayor utilidad para el ejército. Mas no es éste el caso del simulador o del mutilado voluntario. El médico no puede oponer al reglamento más que el interés del culpable y su propia piedad para con éste. Y eso es realmente insuficiente para infringir un reglamento establecido por "César" en el interés de todos. Lo mismo ocurre para los desertores, de quienes el médico deberá apreciar el estado mental: la piedad personal no debe imponerse al deber de dar a la autoridad militar la información médica exacta: el médico militar no es un juez, es un ciudadano que debe a su país íntegramente su saber de médico. Es por lo tanto en los límites del reglamento, que el médico podrá dar libre curso a su piedad o a su indulgencia. El médico militar católico debe saber unir su deber y el máximo de caridad para hombres que la locura de la guerra arranca a sus hogares, a sus afectos, y expone al peligro.
Más difícil y delicado todavía es el caso de los heridos o enfermos que se rehusan a exámenes e intervenciones, ya por falta de confianza en un médico que no han elegido, ya por temor a una mejoría o una curación que permitirá su vuelta al fuego. En el primer caso, el médico cristiano, como indica el doctor Guéniot (1916), no se molestará; "deberá poner en práctica todo lo que el corazón y el espíritu de caridad le sugieran, para ganar su confianza y devolverlos, si puede, a una sana concepción de su deber. Para el mismo fin, les propondrá todas las garantías que pueden ofrecer las consultas especiales y de su elección". 
En el segundo caso, deberá comprender el estado de ánimo del herido y esforzarse en llevarlo a la resolución realmente oportuna para su estado, sin perder de vista el interés del ejército. Si se trata de un acto médico muy benigno, debe predominar el interés del ejército. Si se trata de un acto médico peligroso, deben primar el interés y la opinión del enfermo. En el primer caso, en realidad, el leve inconveniente no equilibraría su deber para con el país, que, no debemos olvidarlo, puede exigirle que exponga la vida. En el segundo caso, sería injusto imponer un peligro cierto a un hombre, con el solo fin de poderlo exponer a los peligros de la guerra, mientras que sus demás conciudadanos están expuestos solamente a los últimos.
Por esta razón en plena guerra, en 1916, la Comisión consultiva del Servicio Sanitario francés opinó que "puede ser impuesto cualquier tratamiento que no importe una intervención operatoria". El soldado no es por lo tanto simple material humano; es una personalidad que tiene derechos sobre los cuales la autoridad militar puede imponerse solamente dentro de ciertos límites: hasta tanto la ley no prevea la corrección obligatoria de enfermedades o defectos que excluyen del servicio militar o determinan la clasificación para servicios auxiliares, no se tiene en absoluto el derecho de imponer la corrección de un defecto análogo al soldado que lo adquiera en la guerra. El médico católico tendrá siempre presente en su mente estos derechos de la persona humana y no atentará contra ellos más que en la medida en que lo obliga la ley. Ir más allá, sería a la vez contrario a la justicia y a la caridad.
Hablando del sufrimiento (al final del Capítulo XXII), hemos visto la situación del médico frente a los enfermos o heridos sometidos a violentos dolores y sin esperanza: aliviar hasta donde eso no es atentatorio para la vida. Por lo que se refiere al herido caído entre las líneas, en tierra de nadie, o al que se está por abandonar a un enemigo cruel, el médico no tiene ciertamente el derecho de darle la muerte por su propia iniciativa. ¿Puede hacerlo por orden formal del comando? Seguramente, el comando no tiene un derecho absoluto de vida y de muerte sobre sus hombres; lo tiene sólo en razón de las operaciones militares; no puede por lo tanto ordenar la eutanasia por sí misma; pero si esa eutanasia tiene por fin salvaguardar la moral de las tropas y mantener su capacidad combativa, garantizándoles un fin libre de crueldades, podrá ser tal vez un acto militar legítimo, análogo a la destrucción de un puente o de una obra aun ocupada por una fracción del ejército, pero cuyo sacrificio es útil al resto del ejército. Y ¿por qué erigir al médico en juez de las resoluciones del comando? ¿El médico es médico militar más por los heridos que por el bien colectivo? Y finalmente: ¿el médico militar, sometido al comando, puede rehusar su obediencia a éste, por una acción que puede justificarse militarmente? Parece muy difícil contestar en otra forma que la negativa a estas tres preguntas. La eutanasia ordenada del campo de batalla podría ser entonces una forma del deber de obediencia a "César", que en tiempo de guerra exige muchos actos reprochables en sí. Mas el médico, antes de ceder, debería, si es posible, tratar de obtener el retiro de la resolución, sin dejar por ello de suministrar hipnóticos capaces de hacerlos en cierta medida insensibles a los sufrimientos que les amenazan. Lo que sería tan difícil de realizar como lo es de resolver el caso de conciencia.
Una cuestión más simple es la de los deberes del médico frente a los heridos enemigos. Él debe cuidarlos como los propios, con la misma conciencia, con la misma atención. No es admisible que por un espíritu de "bluff" que a veces se ha visto, los "acaricie" más que a sus compatriotas; es inadmisible que en un ambiente de odio los descuide o intente sobre ellos intervenciones que consideraría imprudentes o crueles para los connacionales. El herido no es ya un combatiente, es un prójimo a quien debe cuidarse con caridad. Si hay alguna ventaja que no puede ser acordada a todos, se dará al más grave, independientemente de la nacionalidad, y si no puede ser acordada más que a pocos, será justo reservarla a los connacionales. Parece que todo esto se comprende sin decirlo; pero en la gran guerra se vió que era y es necesario recordar algunas consideraciones muy simples.

La asistencia religiosa a los heridos y enfermos
El médico tiene el deber de vigilar para que enfermos y heridos puedan practicar su religión, por un lado, porque la ley les asegura este derecho:
"El libre ejercicio del culto es asegurado en los establecimientos públicos, hospicios y prisiones y para las tropas de tierra y mar en tiempo de guerra" (Ley francesa de Separación de 1905).
Por otro lado, dada la importancia de lo moral en las enfermedades, sería antimédico no proporcionar a los pacientes el socorro del factor religioso, del que hemos visto en otro lugar la importancia.
El médico militar de conciencia y respetuoso de la libertad de pensamiento hará por lo tanto todo lo posible para que los enfermos y los enfermeros que dependen de él, puedan cumplir sus deberes religiosos. Dará las autorizaciones necesarias para que los ministros del culto puedan tener libre acceso a sus correligionarios enfermos, y les proporcionará las facilidades requeridas para que ejerzan su ministerio decorosamente. En realidad, la ley reconoce en Francia el libre ejercicio del culto, mas no lo organiza; depende pues del celo de los fieles y de los ministros de cada religión, y los médicos de los establecimientos hospitalarios deben tomar la iniciativa para que la ley se cumpla.
En tiempo de guerra (se encuentran capellanes militares desde el siglo VIII; el antiguo régimen tenía uno por regimiento), hay un simulacro de organización oficial. Se encuentran capellanes en el grupo sanitario de abastecimientos de los cuerpos de ejército, en el hospital de evacuación primaria, en el hospital complementario de armada. Desde el punto de vista administrativo, dependen no ya del Servicio de Sanidad, sino del Estado Mayor (Circ. francesa del 20 de septiembre de 1921). Es evidente que esos capellanes forman más bien un cuadro simbólico y no práctico. El legislador quiso darse el beneficio de un respeto de las conciencias que no posee, y de una amplitud de miras que no se encuentra realmente más que entre la gente que sabe lo que es el peligro; éste no es casi nunca su caso, por eso se ha evitado realizar en el ejército un servicio religioso efectivo.
Afortunadamente, las leyes sectarias han distribuido en Francia los sacerdotes entre las tropas, y la camaradería del fuego, que no es la de la política, sabe ofrecerles las posibilidades de llenar su ministerio para con las víctimas de la guerra. ¿Tendría menos derecho el soldado a los servicios del sacerdote, que a los del cocinero, del peluquero o del cómico? El médico militar, cualesquiera sean sus ideas religiosas, y con más razón el médico católico, deberá manifestar la buena fraternidad de armas facilitando su ministerio a los sacerdotes movilizados y proporcionando a sus heridos y enfermos la asistencia de estos sacerdotes. El heroísmo demostrado por sacerdotes-soldados para llevar a sus camaradas los socorros religiosos durante la guerra de 1914-18, es una de las páginas más hermosas de la devoción sacerdotal. El lugar y el papel del sacerdote en el ejército los conoce cualquier hombre de corazón. El médico militar tiene a menudo la posibilidad y el deber de llenar las lagunas de una legislación y de una organización para la que no tiene sentido el término "valor espiritual". El hombre que tal vez va a morir por su país, merece toda la solicitud del médico católico, preocupado en realizar el antiguo adagio médico: "curar algunas veces, aliviar a menudo, consolar siempre", y deseoso de proporcionar a todos los beneficios inestimables de la gracia divina.

BIBLIOGRAFIA
Grandmaison, G. de, y Veuillot, Fr. : L'aumónerie militaire pendant la guerre, Bloud, París, 1923. 
Duéniot, Dr. : Le devoir des médecins militaires et la liberte individuelle du malade, en Bull. Soc. méd. St. Luc., 1917, pág. 133.
Pannier, J.: L'aumonerie militaire. Lois, décrets, circulaires de 1880 a 1918, Berger-Levrault, París, 1918.

viernes, 22 de junio de 2012

De la canonización de San Vicente y de la traslación de su cuerpo

Acordándose el papa Calixto de la obligación que tenia al padre San Vicente, luego en verse papa hizo mirar con gran diligencia el proceso que en tiempo de Nicolao V se había formado para averiguación de la santidad y milagros de su coterráneo, y halló que estaba bueno y bien calificado con los dichos de más de cuatrocientos testigos, cada uno de los cuales afirmaba grandes maravillas del Santo. Ni crea nadie que todos los testigos eran gente vulgar e indocta, sino que había entre ellos personas de mucho lustre y crédito; es a saber: cardenales, obispos, abades, canónigos, frailes benitos, bernardos, franciscos, carmelitas y algunos dominicos, y uno de ellos inquisidor mayor del reino de Francia.
Item había muchos clérigos y curas de almas, maestros, bachilleres y muchos jueces y señores de lugares. Hasta el mesmo rey don Alfonso V de Aragón quiso decir su dicho en el proceso, porque, siendo mozo, le había conocido en Perpiñán. Pues como Calixto hallase masa para ello, no quiso dilatar más el negocio, sino qué en el primer año de su pontificado, que fue el de 1455, a los 29 de junio, día del apóstol San Pedro, y en su mesmo templo, con gran regocijo de toda la corte, le canonizó, declarando que el glorioso padre San Vicente estaba en el ciclo gozando de Dios. 
Pero porque un español que ha emprendido de escribir las vidas de los pontífices dice en la de Calixto que este pontífice canonizó a San Vicente en el principio del año 1458, que fue el postrero de su pontificado, no querría que alguno pensase que yo llevo errada la cuenta, y así quiero probar que digo verdad con algunos irrefutables testimonios, en los cuales se irán descubriendo algunas cosas que darán gusto a los lectores. Bien pudiera traer por constante testigo a San Antonino, que se halló en aquellos tiempos en Roma, y en el título 22, en el capítulo 14, dice que el primer año de su pontificado, día de San Pedro y San Pablo, le canonizó; pero no quiero sino traer otras pruebas. 
Primeramente, el papa Pío II lo dice así en la bula de canonización de San Vicente, la cual se pondrá en el capítulo siguiente. También en los libros y memorias de esta ciudad se halla lo mesmo. Y para más confirmación de esto, en el año de 1555, día de San Pedro, se había de hacer en esta ciudad una de las más solemnes procesiones y más costosas en juegos y músicas que se han hecho desde que ella es de cristianos, aunque por cierto estorbo se dilató para otra fiesta. E hizose la procesión en memoria de que el mesmo día se cumplían cien años justos desde la canonización de este Santo. Iban en ella todos los clérigos de la ciudad, que son muchísimos, con sus cruces y con riquísimas ropas de iglesia; iban las religiones y todos los caballeros y ciudadanos la acompañaban, y demás de esto todos los oficios llevaban sus banderas, y también los estandartes, que fue cosa muy de ver. Y traían un carro triunfal riquísimamente entapizado y con muchos brocados, y en él una como representación del Santo que predicaba, y de los moros y judíos, y otras gentes que le oían. Salió de la iglesia mayor la procesión y vino a esta casa, y con grande vuelta y rodeo se tornó a la mesma iglesia. 
Y así se hará el año de 1655, y verla ha quien viviere. Sin todo esto, en la sacristía del devotísimo convento nuestro del Corpus Christi de Lucente, el cual está edificado en el mesmo monte y en el propio lugar donde aconteció el grande milagro de los santos corporales de Daroca, hallé un libro muy auténtico y antiguo de todos los actos de los Capítulos generales de nuestra Orden desde el año 1442 acá, y en los del año 1456 hallé todo lo que se sigue: Hacemos saber a todos los religiosos de nuestra Orden que el santísimo señor nuestro, el señor Calixto por la divina Providencia papa III, el año pasado, es a saber, el de 1455, día de San Pedro y San Pablo Apóstoles, que cae a 29 de junio, en la iglesia de San Pedro de Roma, canonizó en presencia de toda su corte y de muchísima otra gente al bienaventurado varón el maestro Vicente Ferrer, de Valencia, de nuestra Orden, y esto con grande solemnidad y devoción, diciendo el mismo santísimo señor papa la misa y haciendo un devoto sermón. Púsole en la cuenta y catálogo de los santos que están en los cielos, y como verdadera y canónicamente canonizado mandó que todos los fieles le aceptasen y honrasen. Sin esto, quiso y mandó que en todos los conventos de nuestra Orden se celebre su fiesta a 5 de abril, y que en razón de esto se asiente en el calendario en aquel día, y que se haga del oficio como de todo doble, con los himnos y antífonas y responsorios, conforme ha encargado en este Capítulo general el reverendísimo maestro de la Orden. Sin esto, quiere que el nombre de San Vicente se ponga en la letanía después del de Santo Tomás, y que cada día se haga memoria de él, como de los otros santos de nuestra Orden. Túvose este Capítulo general en Montpeller, siendo General de la Orden el maestro fray Marcial de Auribeli.
Con otros testimonios tan claros como los pasados podría yo probar que el papa Calixto canonizó a San Osimundo, o Edimundo, inglés, y no Nicolao V, como aquel autor escribe; pero no me quiero detener en esto: basta que en el epitafio de Nicolao V, que el ya dicho autor trae, en el cual se pone una suma de las más principales cosas que Nicolao hizo, no se hallará que canonizase a San Edimundo, sino a sólo. San Bernardino de Sena, fraile de San Francisco. Pero volvamos a San Vicente, cuyo cuerpo, el año de 1456 a 5 de abril, fue trasladado con grandísima honra, como se escribe en el mesmo Capítulo general, y pasó de esta manera: El papa Calixto dió por protector de la Orden de Santo Domingo a Alano, cardenal de Santa Práxedes, legado suyo en Francia, el cual vulgarmente se llamaba el cardenal de Avignon. Era tan devoto de San Vicente este señor, que se quiso hallar con el maestro Marcial en Vannes a la traslación de su cuerpo, concurriendo también el obispo de la ciudad y el duque de Bretaña. 
Sacaron el cuerpo en el año y día que dijimos del sepulcro donde primero estuvo, y pusiéronle en un otro más rico que le habían aparejado. Acaecieron entonces muchos milagros, de los cuales en las actas ninguno se refiere en particular, porque ésta es nuestra flojedad ordinaria; y por este y otros semejantes descuidos se ha perdido la memoria de cosas principalísimas que han pasado en la Orden, y de santos muy grandes que ha habido en ella, de los cuales apenas nos acordamos nosotros, como de San Pedro González Telmo, el abogado de los marineros, de quien tanto caso se hace en la iglesia mayor de Túy, en Galicia, y en otras partes de España y aun de Italia, y no hay casi entre nosotros quien sepa su vida, por ser más antiguo con hartos años que Santo Tomás de Aquino. A lo menos yo apenas la he leído sino en una obra de un padre de San Francisco que anda de mano y en una historia de las cosas de la iglesia y obispado de Túy. Pero no quiero detenerme más en llorar nuestros descuidos, que son muchos.
Mandó el cardenal de Avignon hacer tres buenas cerrajas, con otras tantas llaves, para que el cuerpo de San Vicente estuviese bien guardado. La una de las llaves tomó para sí, la otra dió al duque de Bretaña, y la tercera al obispo de Vannes. Entretanto, el pobre del General, que veía delante sus ojos repartir las llaves de su tesoro y que él se quedaba privado de las reliquias del Santo, hizo grandes protestaciones en presencia de testigos, que no consentía en lo que se había hecho; y por esto propuso de volver a Roma a pedir al papa justicia del agravio que se hacía a la religión; pero, en fin, él se quedó sin nada, y nosotros también en esta tierra quedamos despojados de tan grande tesoro. 
Hizose el mismo dia en Vannes una solemnísima procesión, en la cual se hallaron más de 150.000 personas y como 100 frailes de la Orden que por su devoción fueron de diversas partes a ver el santo cuerpo. Esto es lo que se escribe en las actas sobredichas de la canonización y traslación de San Vicente.
Mucho después, siendo preso el rey Francisco I de Francia por el ejército de nuestro emperador Carlos V, en el año 1525 fue traído a España y desembarcó aquí en el Grao de Valencia. Algunos padres de esta casa, por no perder tan buena ocasión, le fueron a besar las manos, y rogáronle que, pues Dios le había guardado de los peligros del mar y traído a la tierra del santo padre fray Vicente, cuyo cuerpo él tenía en Vannes, prometiese de dar el cuerpo del mesmo Santo o alguna parte de él a este convento de Valencia, siquiera para que el Santo le favoreciese para salir con libertad de España, que era la cosa que el rey más deseaba. Porque, según tenía ofendido al emperador, temíase mucho de quedar toda su vida en prisión. Dióles, pues, su palabra, y aun les libró una cédula para que en Francia les diesen un brazo del Santo. Con este recaudo partieron de Valencia para Bretaña el maestro fray Luis Castelloli y otro padre, su compañero; pero hallaron tanta resistencia en Francia, que se hubieron de contentar con uno o dos huesos pequeños. Y con no más de esto se volvió a Valencia el compañero del maestro Castelloli, porque al maestro le tomó la muerte en Francia, aunque no desapercibido, pues algún tiempo antes había dicho que moriría día de Nuestra Señora de septiembre, en el cual era nacido también. 
Fue este padre uno de los famosos predicadores que nuestra nación ha producido después de San Vicente. Llegado el otro religioso con las riquezas que de Bretaña traía, fué inestimable el gozo que toda la ciudad recibió, y así las salieron a recibir con grande solemnidad por la puerta de los Serranos.
Fray Justiniano Antist O.P.
VIDA DE SAN VICENTE FERRER

COMO LOS JUDIOS CAMBIARON EL PENSAMIENTO CATOLICO (2)

(Pág.  21-35)
Por: JOSEPH RODDY.
Revista LOOK  
25 Enero 1966.

Cerca de dos semanas antes de esto, Mons. George Higgins de la National Catholic Welfare Conference de Washington D. C., prestó su ayuda para obtener una audiencia papal al embajador de las Naciones Unidas, Arthur J. Goldberg, quien era entonces Juez de la Suprema Corte de Justicia. El Rabino Heschel aleccionó a Goldberg antes de que éste discutiese con el Papa la Declaración. 
El Cardenal de Boston, Richar Cushing, quiso también ofrecer sus servicios. Por medio de su representante en Roma, consiguió otra audiencia papal para el rabino Heschel, cuyos recelos sobrepasaban a los del Cardenal. Teniendo como compañero a Shuster, del Comité Judío Americano, Heschel habló seriamente sobre el Deicidio y culpabilidad judaica en la muerte de Cristo, exigiendo también al Papa que presionase para obtener una declaración en la que se prohibiese a los católicos hacer labor de proselitismo entre los judíos. Paulo, algún tanto contrariado y molesto, no parecía estar de acuerdo. Shuster desazonado, se disoció de Heschel, empezando a hablar en francés, que el Papa entiende y habla, pero el rabino no. Todos estuvieron de acuerdo en que la audiencia no había terminado con la cordialidad con que habían empezado.
Solamente Heschel y otros pocos opinaron que la audiencia había sido benéfica. Heschel invitó a un periódico israelita, para publicar que el texto de la próxima Declaración saldría libre de cualquier tono de controversia. Para el Comité Judío Americano aquella entrevista fue tan irritante como las anteriores. La audiencia del rabino con Paulo en el Vaticano, así como la reunión de Bea con los miembros del Comité Judío Americano en Nueva York, fueron concedidas bajo la condición de que serían conservadas en secreto.
El descubrir estas secretas conferencias en la cima hizo que los conservadores empezasen a señalar a los Judíos americanos como el nuevo poder detrás de la Iglesia. Pero dentro del Concilio las cosas aparecían todavía peores para los conservadores. 
En la Asamblea Conciliar, los conservadores tenían la impresión de que los Obispos estaban trabajando por los intereses judíos. Para su discusión tenían ahora los Prelados el nuevo esquema, algún tanto debilitado en comparación con los anteriores. Los Cardenales de San Louis y de Chicago, Joseph Ritter y el ya difunto Albert Meyer, pidieron volver al esquema más fuerte. Cushing exigía que la negación del Deicidio fuese de nuevo mencionada. El Obispo Steven Leven de San Antonio pidió que se limpiase el texto de todo argumento que pudiera ser controvertido y, sin darse cuenta, expresó una visión profética acerca del Deicidio. "Nosotros debemos arrancar esa palabra del vocabulario cristiano, dijo, para que así nunca pueda ser usada de nuevo en contra de los judíos".
Estas conversaciones inquietaron a los Obispos Árabes, que afirmaban que una declaración favorable a los judíos, expondría a los católicos a una persecución, mientras los Árabes estuviesen en lucha contra los israelíes. Deicidio, culpa hereditaria y expresiones de invitación a conversión de los judíos, parecían como otros tantos puntos de discusión para los Árabes. Ellos no querían ninguna declaración; su punto de vista invariable era que cualquier declaración tendría un valor político en contra de ellos. 
Los aliados, en esta guerra santa, eran los conservadores italianos, españoles y sudamericanos. Estos conservadores veían la estructura de la fe sacudida por los teólogos liberales, quienes pensaban que las doctrinas de la Iglesia podían cambiar. Para los conservadores esto estaba cerca de la herejía, mientras que para los liberales esto era pura fe. Más allá de la fe, los liberales tenían los votos, y devolvieron la Declaración al Secretariado para que fuese reforzada. Mientras la Declaración estaba siendo reestructurada, los conservadores querían que fuese reducida a un párrafo en la Constitución de la Iglesia. 
Pero, cuando la Declaración apareció, al fin de la Tercera Sesión del Concilio, era enteramente un nuevo documento llamado: "Declaración de la Relación de la iglesia con las Religiones No-Cristianas". Con esta redacción, la Declaración fue aprobada por los Obispos con una votación de 1770 votos en favor, contra 185 votos en contra. Gran regocijo provocó esta votación entre los judíos de los Estados Unidos, al saber que finalmente su Declaración había sido aprobada.
En realidad esto no era cierto. La votación solamente se refería a la substancia del texto en general. Pero, dado que muchos votos iban condicionados, (placet iuxta modum, es decir: sí, pero con modificación), el tiempo que pasó entre la Tercera y Cuarta Sesión fue empleado en hacer las modificaciones, que los 31 miembros del Secretariado pensaron que eran aceptables. Según las reglas del Concilio estas modificaciones, después de la votación ya hecha, sólo podían referirse a expresiones del lenguaje, pero no a la substancia del texto. Mas el problema, que preocupaba a los filósofos entonces, consistía en determinar lo que realmente era substancial o meramente accidental al texto. Y los mismos teólogos también tenían sus incertidumbres en este punto.
Pero, al principio, había menos obstáculos ocultos a los que enfrentarse. En Segni, cerca de Roma, el Obispo Luigi Carli escribió, en el número de su revista diocesana de febrero de 1965, que los judíos del tiempo de Cristo y sus descendientes hasta nuestros días, eran colectivamente culpables de la muerte de Jesucristo. Unas semanas más tarde, el domingo de Pasión, en una Misa al aire libre en Roma, el Papa Paulo habló de la crucifixión diciendo que los judíos fueron los principales actores de la muerte de Jesús. El jefe de los rabinos de Roma Elio Toaff respondió con desencanto: "Hasta las más distinguidas personalidades católicas hacían resurgir los prejuicios de la Pascua que se aproximaba".
El 25 de abril de 1965, el corresponsal del "New York Times" en Roma, Robert C. Doty, desconcertó a todo el mundo. La Declaración sobre los judíos se encontraba en aprietos: ésta era, en esencia, su información; y decía además que el Papa la había entregado a cuatro de sus consultores para que la limpiaran de toda contradicción contra las Escrituras y para que fuera lo menos objetable para los Árabes. Este reportaje fue refutado, como todos los anteriores que el "Times" había publicado, pues tres días después llegó a Nueva York el Cardenal Bea e hizo que el sacerdote, su Secretario, negara la información de Doty, diciendo que su Secretariado por la Unidad Cristiana tenía todavía pleno control sobre la Declaración acerca de los judíos y dando una disculpa por el sermón del Papa: "Tengan Uds. la seguridad que el Papa predicó para gente sencilla y piadosa y no para gente instruida" dijo el sacerdote. 
Por lo que toca al antisemita Obispo de Segni, el enviado del Cardenal dijo que la manera de pensar de Carli definitivamente no era la del Secretariado. Morris B. Abram, del Comité Judío Americano, fue al aeropuerto a recibir a Bea y calificó como alentadora la opinión de su Secretario.
Días después, parte de los miembros del Secretariado se reunieron en Roma para votar sobre las sugestiones hechas por los Obispos. Entre esas sugestiones, algunas habían nacido y habían sido enviadas del cuarto piso del Vaticano, bajo la firma del Obispo de Roma. Se ignora si ese Obispo en particular fue ciertamente el que urgió el que fuese suprimida la negación de la "Culpabilidad del Deicidio"; pero la alternativa posibilidad de que la frase hubiera sido suprimida, aunque él hubiese indicado lo contrario, no tenía ya importancia ahora. 
En el Secretariado, todos coinciden en que la votación sobre el Deicidio fue muy pareja, después de un largo día de debates. Eliminada la palabra Deicidio, quedaba en pie la sugestión del Obispo de Roma, según la cual la cláusula que comienza "deplora y en verdad condena el odio y la persecución contra los judíos", tendría una redacción mejor si se omitiesen las palabras "en verdad condena". Esta omisión dejaría el odio y la persecución de los judíos "todavía deplorada". Esta sugestión papal no ocasionó ningún debate, sino que fue fácil y prontamente votada. Era ya muy tarde, y nadie deseaba ya seguir discutiendo sobre menudencias.
Esa reunión tuvo lugar del 9 al 15 de mayo, y durante esa semana el New York Times publicó una nueva historia, cada tercer día desde el Vaticano. El 8 de mayo, el Secretariado volvió a negar que gente extraña hubiese puesto la mano en la Declaración judía. El día 11 de ese mismo mes, el Presidente de Líbano, Carlos Helou, árabe de raza y maronita católico de religión, tuvo una audiencia con el Papa. El día 12 la oficina de prensa del Vaticano anunció que la Declaración Judía permanecía invariable. Si esto era para alentar a los judíos, parecía como si la prensa oficial declarase demasiado. 
El día 15 el Secretariado cerró sus reuniones y los Obispos se fueron cada quien por su lado, unos tristes y otros satisfechos, pero todos con los labios sellados por el secreto. Algunos pocos se preguntaban extrañados si algo fuera de orden había sucedido y si, a pesar de las reglas del Concilio, un documento conciliar había sido substancialmente cambiado fuera de las sesiones.
El "Times" siguió provocando mayor confusión. El 20 de junio, Doty dejó entender entre líneas que la Declaración en favor de los judíos bien pudiera ser que fuese al fin del todo rechazada. El día 22 Doty publicó otro reportazgo que vino a convertirse en un golpe dado a su propia nariz. Comentando este reportazgo de Doty, una fuente cercana al Cardenal Bea dijo que: "estaba tan carente de toda base que no merecía siquiera el ser negado". 
Para quienes habían hecho de las refutaciones un arte refinado, este mentís, era algo de lo que debían sentirse orgullosos, porque precisamente era verdadero lo que trataba de ocultar completamente. Doty había escrito que la Declaración estaba en estudio, cuando, en realidad, el estudio había sido ya terminado; el daño estaba ya hecho y existía en verdad lo que muchos consideraban como una Declaración, substancialmente nueva, en relación a los judíos.
En Génova, el Dr. Willem Visser'tHoof, cabeza del Concilio Mundial de las Iglesias, manifestó a dos sacerdotes americanos que si los relatos de la prensa eran verdaderos, el movimiento ecuménico sería frenado. Sus opiniones no fueron un secreto para los Jerarcas de los Estados Unidos. 
Por su parte, el Comité Judío Americano en manera alguna se mantuvo inactivo. El Rabino Tanenbaum presionó con recortes periodísticos de airados editores judíos a Monseñor Higgins. Este Monseñor comunicó sus temores al Cardenal Cushing y el Prelado de Boston hizo una delicada indagación con el Obispo de Roma. 
En Alemania, un grupo que trabaja en favor de la amistad judeo-cristiana mandó una carta a los Obispos en la que se alegaba: "Hay ahora una crisis de confianza vis-a-vis hacia la Iglesia Católica". Para el "Times" nunca había habido una crisis de confianza vis-a-vis en sus reportazgos desde Roma. Pero si hubiera habido alguna vez, esta hubiera debido ocurrir el 10 de septiembre.
En su historia bajo el encabezado "NUEVO ESQUEMA VATICANO DE LA EXONERACION DE LOS JUDÍOS, YA REVISADO, OMITE LA PALABRA DEICIDIO", Doty no quería que los lectores del "Times" pensasen que él había penetrado los secretos del Vaticano. Se contentaba en dar a entender que su fuente de información, "era una infiltración autorizada por el Vaticano".
Historias semejantes, publicadas en el "Times", predijeron algunos otros deslices del Concilio, antes de que estos hubieran ocurrido. La mayoría de esas versiones del "Times" fueron substanciadas en libros y revistas publicadas más tarde, aunque algunas de esas publicaciones hagan referencia a otras fuentes de informaciones especiales. 
La intelectual revista mensual, "Commentary" del Comité Judío Americano había ya presentado el más frío reportazgo sobre el Concilio y los judíos, bajo la firma de un seudónimo. F. E. Cartus. En una nota marginal el autor remite al lector a un libro de 281 páginas, titulado "The Pilgrim", escrito bajo el seudónimo de Michael Serafian, que confirmaba plenamente las afirmaciones de Cartus. 
Más adelante, en la revista "Harper's", Cartus, todavía con mayor dureza, expresó sus dudas acerca del nuevo texto relacionado con los judíos. Para apoyar su opinión, reproduce pasajes del "Pilgrim" y hace mención a los reportazgos sobre el Concilio de la revista "Time", cuyo corresponsal en Roma se había destacado como escrupuloso autor de un notable libro sobre el mismo Concilio. 
Por ese tiempo, la revista "Time" y el "New York Times" de Nueva York estaban satisfechos de tener dentro del Concilio un fiel informador. Sólo como una humorada periodística de las revelaciones del hombre infiltrado eran firmadas con el nombre de "Pushkin", cuando estas informaciones eran secretamente dejadas en las puertas de algún corresponsal.
Pero los lectores no vieron aparecer nunca más el nombre de Pushkin en las últimas sesiones del Concilio. La sotana había descubierto el doble agente, que nunca más pudo volver a trabajar. Resultó que Pushkin era el Michael Serafian del libro, el F. E. Cartus de las revistas y un traductor del Secretariado por la Unidad Cristiana, que cultivaba una cálida amistad con el Comité Judío Americano. 
Por este tiempo Pushkin-Serafian-Cartus estaba viviendo en el Instituto Bíblico, en donde él era bien recibido desde su ordenación en 1954, aunque allí su nombre era el de R. P. Thimoty Fitzharris O'Boyle, S. J. Para los periodistas los informes secretos del joven sacerdote y las fugas tácticas se ajustaban tan bien que el mismo autor no se resistía a adornarlos de vez en cuando con un lenguaje florido y creador. Una imprecisión o dos podrían ser atribuidas a haberse agotado la información que él tenía. Se sabía que estaba escribiendo un libro en el apartamento de una joven pareja. El libro fue terminado finalmente; pero también terminó o bajó en la mitad la amistad. El Padre Fitzharris O'Boyle se dio cuenta que había llegado el momento de emprender una marcha forzada antes de que su superior religioso pudiese averiguar cuidadosamente las razones de esa crisis de su camadería. Salió de Roma entonces, seguro de que ya no podía ser útil allí.
Aparte de su gusto por los seudónimos, por las hermosas mujeres, y por los relatos sobre lo no existente, y, tal vez, siendo un real genio para hacer narraciones humorísticas, Fitzharris O'Boyle era eficiente trabajador en el puesto que tenía en el Secretariado del Cardenal Bea, muy valioso para el Comité Judío Americano y todavía es considerado por muchos en los círculos de Roma, como una especie de genuino salvador en la Diáspora (dispersión). Sin su intervención, la Declaración Judía pudo haber fracasado antes, porque fue Fitzharris O'Boyle quien mejor ayudó a la prensa para denunciar a los romanos que querían suprimirla. El hombre tiene muchas peticiones de sacerdotes.
En las primeras sesiones del Concilio, cuando la Declaración necesitaba ayuda, Fitzharris D'Boyle estaba en Roma; pero en la Cuarta y última sesión del Vaticano II, no había ayuda visible. Y las cosas iban sucediendo con gran rapidez. El texto había al fin salido debilitado, como lo había predicho el "Times". 
Entonces, el Papa emprendió su viaje para pronunciar su discurso a las Naciones Unidas en el que su "Jamais Plus la Guerre" fue un triunfo. Después de ese discurso él recibió con afecto al presidente del Comité Judío Americano en una Iglesia del East Side. Este acontecimiento fue un buen augurio para la causa. En seguida, en la misa del Yankee Stadium, el lector del Papa entonó el texto que comienza "Por miedo a los judíos". Y en la televisión esas palabras causaron ciertamente enorme sorpresa. En todas partes se comentaban las alzas y las bajas de la Declaración en favor de los judíos, y muchos de esos comentarios parecían preparar la eliminación final del documento. 
El rabino Jay Kaufman, vice-presidente ejecutivo de Lichten había advertido a sus oyentes su propia incertidumbre, "ya que el hado de la sección sobre los judíos se encuentra peloteado, como en un juego de Badmington clerical, entre una próxima declaración y una cierta refutación". Shuster pudo escuchar esta opinión en el Comité Judío Americano. El pudo también oír a la oposición. No contento con una declaración debilitada, él pretendía de nuevo o alcanzar una total victoria o que no se hiciese ninguna declaración. Por ese entonces las últimas palabras de los Árabes fueron respetuosamente presentadas en un memorándum de 28 páginas en el que se pedía a los Obispos salvar la fe del "comunismo y ateísmo y de la alianza con el Judaísmo comunista".
En Roma, se había señalado el 14 de octubre de 1965 para la votación de los Obispos sobre la Declaración Judía, y tanto Lichten como Shuster veían, casi sin esperanza alguna, el mejorar en lo más mínimo esa Declaración. Los sacerdotes habían introducido, con el texto repartido entre todos los Padres Conciliares de las modificaciones que los Obispos habían pedido, una copia de las secretas respuestas del Secretariado. El "modi" producía, al leerlo, una sensación de desconsuelo. En el antiguo texto, el origen judío del catolicismo estaba expresado en un párrafo que principiaba: "En verdad, con un corazón agradecido". Dos obispos (pero, ¿cuáles dos?), sugirieron que las palabras "con un corazón agradecido", fueron retiradas, porque temían que esas palabras pudieran ser entendidas como si los católicos estuvieran obligados a dar gracias a los judíos de ahora. "La sugestión fue aceptada", decidió el Secretariado. Las respuestas del Secretariado siguieron ese camino por más de 16 páginas. En todas ellas, se dieron pocas razones para explicar por qué se quitó el calor al antiguo texto, haciendo al texto más legal que humano.
Cuando Shuster y Lichten terminaron de leer el nuevo texto, llamaron por teléfono al Comité Judío Americano y a la B'nai B'rith de Nueva York. Pero ninguna de estas dos organizaciones pudieron hacer nada. Fue Higgins el que primero trató de convencer a los dos desanimados "coyotes" para que recibiesen serenamente lo que ellos lograron conseguir. Todavía por uno o dos días, el Obispo Leven de San Antonio les dio alguna esperanza. Pensaba él que el nuevo texto estaba tan debilitado que los Obispos americanos se verían obligados a votar en bloque en contra de ese texto. Si eso hubiera sucedido, tal táctica hubiera sumado algunos centenares de votos negativos al bando de los conservadores y de los Árabes y habría dado la impresión que el Concilio se hallaba tan dividido en este punto, que el Papa no podría atreverse a promulgar nada. Por eso se abandonó luego esa táctica de protesta en la votación.
Lichten no se daba todavía por vencido y envió telegramas a más de 25 Obispos con la esperanza de que ellos pudiesen restaurar el texto vigoroso; pero de nuevo fue Higgins quien calmadamente le aconsejó que desistiera: "Mira, Joe, le dijo a Lichten el sacerdote, con ademanes de un abogado especializado en asuntos laborables, "yo comprendo tu descontento. Yo también estoy descontento". En seguida se fue del mismo modo a consolar a Shuster.
En su propio aposento, en donde Higgins pensaba que Lichten y Shuster por primera vez se habían reunido en Roma, el sacerdote les habló como si fuese un oficial que pretendía poner en orden a su regimiento. "Si Uds. dos dan la impresión en Nueva York, les dijo, de que se podía haber alcanzado un mejor texto para la Declaración, están Uds. locos". "Poned sobre la mesa vuestras cartas. Es sencillamente insensato pensar que por algunas presiones aquí o por algunos artículos de prensa allá, en Nueva York, Uds. pueden hacer un milagro en el Concilio. Vosotros no obtendréis lo que pretendéis y ellos pensarán que habéis fracasado en vuestro intento".
Lichten recuerda todavía más: "Higgins dijo: 'debéis daros cuenta del daño que se haría, Joe, si nosotros permitimos que estos cambios que se han hecho en el texto se conviertan en barreras para interceptar el camino que hemos emprendido hace ya tanto tiempo. Y esto puede suceder, si su gente y la mía no responden a los aspectos positivos del nuevo texto'. Este fue el argumento sicológico decisivo para mí" dijo Lichten. 
Shuster no estaba convencido, sin embargo, él recuerda bien la conversación de ese día. "Tuve que romper mi cabeza y mi corazón, dijo, para pensar lo que debíamos hacer. Pasé por una crisis, pero al fin fui convencido por Higgins. El que se hubiese omitido en el nuevo texto la palabra Deicidio, no lo consideré yo francamente como una catástrofe. Pero, el que se hubiese cambiado la palabra 'condena' por la palabra "deplora" esto es otra cosa. Cuando yo le piso un pie inadvertidamente, Ud. deplora lo que yo he hecho. Pero ¡una masacre! ¿es bastante deplorar una masacre?" 
Un diferente punto de vista fue tomado por el Abad René Laurentin, miembro moderador del Concilio, el cual escribió a los Obispos para hacerles un último llamamiento a su conciencia. Si no volviese a haber antisemitismo en el mundo, nada le importaría a Laurentin la negación del crimen del Deicidio, atribuido al pueblo judío, pero como la Historia nos obliga a ser pesimistas en esta materia, Laurentin pedía a los Obispos el que se supusiese, como una hipótesis, que el genocidio volviese a repetirse. "Entonces, argüía Laurentin, el Concilio y la Iglesia serán acusados de haber dejado sin extirpar la raíz emocional del antisemitismo, que es el tema del Deicidio". 
El Obispo Leven había expresado su deseo de que la palabra Deicidio fuese suprimida en el vocabulario cristiano, cuando un año antes él había pedido el retorno al texto primitivo más explícito y enérgico. Ahora el Secretariado había suprimido en la nueva declaración la palabra Deicidio y de tal manera había suprimido esta palabra Deicidio del vocabulario cristiano, que aun la proscripción de la palabra fue omitida. "Con dificultad puede uno evitar la impresión, escribió Laurentin, "de que estos argumentos tienen algo de artificioso".
Antes de la votación en San Pedro el Cardenal Bea habló delante de toda la Asamblea de los Obispos. Dijo que su Secretariado había recibido "sus modi" con agradecido corazón y que las palabras, objetadas por los Obispos, habían sido las primeras en ser suprimidas. El habló sin entusiasmo, como quien se da perfectamente cuenta de que estaba pidiendo a los Obispos menos de lo que Jules Isaac y Juan XXIII hubieran deseado. Exactamente 250 Obispos votaron contra la Declaración, mientras 1763 la respaldaron. En los Estados Unidos y en Europa, horas después, la prensa hizo simple lo que en realidad era complejo, con encabezados como estos: "El Vaticano Perdona a los Judíos", "Los Judíos no son Culpables", o "Los Judíos Exonerados en Roma".
Brillantes comentarios hicieron entonces los voceros del Comité Judío Americano y de la B'nai B'rith, aunque en esos comentarios hay una nota de desencanto, porque el texto más vigoroso de la Declaración había sido debilitado. Heschel, amigo de Bea, fue el más duro en sus comentarios y llamó la decisión de suprimir la palabra Deicidio: "un acto de pleitesía a Satanás". 
Más adelante, ya con más calma, él simplemente se mostraba consternado. "Mi viejo amigo, dijo Heschel, el Padre jesuita Gus Weigel pasó una de las últimas noches de su vida en este cuarto". "Yo le pregunté ¿si él creía que fuese realmente ad majoren Dei gloriam el que no hubiere más sinagogas, ni comida de los "sederes", ni oraciones en hebreo?". La pregunta fue meramente retórica y Weigel está ya en su tumba. 
Otros comentarios se hicieron, desde lo triunfal hasta lo satírico. El Dr. William Wexler, de la confederación Mundial de Organizaciones Judías, procuró ser más preciso: "El verdadero significado de la Declaración del Concilio Ecuménico, nos los darán los resultados prácticos que esa Declaración tenga en aquellos a quienes está dirigida". Harry Golden de la "Carolina Israelita" pedía un Concilio Ecuménico Judío en Israel para hacer la declaración judía sobre los cristianos.
Con su innecesaria mordacidad en sus respuestas, el comunista estaba reflejando una opinión popular en los Estados Unidos, según la cual se había concedido a los judíos un especie de perdón. Esa idea fue iniciada y sostenida por la prensa, aunque no tenía base alguna en la Declaración. Lo que, sin embargo, comprensiblemente consiguieron, fue abrir una disputa en torno del Concilio, que presentaba a los judíos como si hubiesen estado en el banquillo de los acusados por cuatro años. Si los acusados no se sienten completamente exonerados, cuando se pronunció el veredicto, es porque el proceso se prolongó por demasiado tiempo.
Esta demora era completamente comprensible, si se tenían en cuenta las razones políticas, pero pocos fueron los que quisieron atribuirla a motivos religiosos. La actual cabeza de la Santa Sede, como el hombre cumbre de la Casa Blanca, está firmemente convencido de que debía buscarse una votación mayoritaria o unánime, cada vez que estaba a discusión un tema importante. Por el principio de la colegialidad, según el cual todos los Obispos ayudan al gobierno de toda la Iglesia, cualquier tema importante dividía al Colegio Episcopal en dos grupos: el progresista y el conservador. El papel del Papa consistía en reconciliar a estas dos alas. Para remediar estas divisiones en el Colegio Episcopal, el Papa tenía que acudir bien fuese a la persuasión o a la imposición que trastornaba el principio de contradicción. Cuando una facción decía que la Escritura sola era la fuente de la enseñanza de la Iglesia, la otra defendía que eran dos fuentes: la Escritura y la Tradición. Para poner un puente entre las dos opiniones, la Declaración fue de nuevo redactada con toques personales de Paulo en las que se reafirman las dos fuentes de la revelación, no sin dejar de dar a entender que el otro punto de vista merecía estudio. Cuando los oponentes de la Libertad Religiosa decían que esa declaración podría oponerse a la antigua doctrina de que el catolicismo es la única y verdadera Iglesia, una solución parecida bajó, a la aula del Concilio, del cuarto piso del Vaticano. Ahora la Declaración sobre la libertad religiosa comienza con la doctrina de la única verdadera Iglesia, que, según el pensamiento de algunos conservadores satisfechos con esa Declaración, contradice el texto que sigue después de esa afirmación inicial.
La Declaración Judía tuvo mayores conflictos para tener el consentimiento universal que Paulo pretendía. Aquellos que veían una dicotomía (división) en la Declaración, pudieron darse cuenta que esa división también existe en el Nuevo Testamento en el que todos, sin embargo están de acuerdo. Pero ¿hasta qué grado estaba complicada la Declaración con la política de los Árabes? 
En Israel, después de la votación, existe la impresión de que las masas cristianas de los árabes eran más indiferentes en esta disputa de lo que los intérpretes conservadores de la Escritura hubieran querido. Los periódicos del Medio Oriente nos dan una evidencia considerable en este punto. 
Por las leyes de Newton, en movimientos políticos, la presión origina una contra-presión, más frecuentemente de lo que los "coyotes" quisiesen admitir. Y una de la hipótesis más ponderadas de la B'nai B'rith en gran parte y algunas de las intransigencias teológicas de los conservadores fueron originadas por las intrigas de elementos judíos. 
Había desde el principio temores de que las actividades subterráneas del Judaísmo llegasen a ser contraproducentes. Nahum Goldmann advirtió a los judíos con oportunidad, "a no exigir esa Declaración con demasiada intensidad". Muchos elementos judíos no lo hicieron así. Después de la votación, cuando Fritz Becker, el hombre callado de la W.J.C., confesó que él había alguna vez entrevistado a Bea en su casa, dijo que no se había mencionado la Declaración. "El Cardenal y yo, dijo Becker, sencillamente hablamos acerca de las ventajas que tenía el no hablar de la Declaración".
Hay católicos, que estuvieron cerca del teatro de los acontecimientos en Roma, quienes piensan que la actividad judía fue dañosa. Higgins, el sacerdote de la acción social de Washington, no es uno de ellos. Si no hubiera sido por este trabajo subterráneo de los coyotes, opina él, la Declaración hubiera fracasado. 
Pero, el Cardenal Cushing, en su modo áspero de hablar, dijo que los únicos que podían haber dado al traste con la Declaración Judía eran los "coyotes" judíos. El Padre Tom Stransky, vigoroso y joven Paulista, que conduce un automóvil Lambretta para trabajar en el Secretariado, pensaba que una vez que la prensa entrase en el Concilio, sería imposible detener la presión de esos grupos. Si el Concilio hubiera podido deliberar en secreto, sin insinuaciones ni presiones extrañas, el Padre opina que la Declaración hubiera podido salir más vigorosa.
El mismo Stransky teme que muchos católicos consideren la Declaración, tal como fue votada, como si hubiese sido escrita exclusivamente para los judíos. "Debe tenerse presente que esta Declaración está dirigida a los católicos, que es un asunto de la Iglesia Católica. Yo no temería decir que me sentiría ofendido, si yo fuese un judío y yo pensase que este documento había sido redactado para los judíos". 
Para los católicos, piensa él que el documento ha sido promulgado para tener los mejores resultados. Fue el superior en el Secretariado de Stransky, el Cardenal Bea, quien más accedió a las peticiones de los conservadores. Bea, se dio cuenta aparentemente ya muy tarde de que hay algunos católicos, más piadosos que instruidos, para quienes su desprecio a los judíos es inseparable de su amor a Cristo. El que el Concilio hubiese declarado que los judíos no mataron a Cristo habría sido un cambio demasiado brusco para la fe de esa gente sencilla. Esa gente está formada por los que pudiéramos llamar simples dogmáticos del catolicismo. Pero había muchos Obispos en el Concilio, que si estaban lejos de ser simples, no dejaban de ser dogmáticos. Ellos sintieron la presión judía en Roma y se molestaron por esta causa. Ellos pensaron que los enemigos de Bea estaban en lo justo, cuando veían que los secretos del Concilio aparecían en los periódicos americanos. "Bea quiere entregar la Iglesia a los judíos", decían, del viejo Cardenal, los que sembraban el odio contra él, y algunos dogmáticos del Concilio consideraban el cargo como justo. "No digan que los judíos han tenido parte en obtener esta Declaración, dijo un sacerdote, porque de lo contrario toda la lucha con los dogmáticos volverá empezar". 
El Padre Feliz Morlion de la Universidad Pro-Deo, que encabeza el grupo de estudio que trabaja en unión con el Comité Judío Americano, opinó que el texto promulgado fue el mejor. "El texto anterior tenía mas en cuenta la sensibilidad del pueblo judío, pero no producía la claridad necesaria en la mente de los cristianos".
"En este sentido era menos efectivo para la causa del pueblo judío".
Morlion sabía perfectamente lo que los judíos habían hecho para obtener la Declaración y por qué los católicos habían aceptado ese compromiso. "Nosotros hubiéramos podido derrotar a los dogmáticos, insistió el Padre". "Ellos hubieran ciertamente perdido, pero el costo hubiera sido la división de la Iglesia".

JOSEPH RODDY.