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viernes, 13 de julio de 2012

Iucunda Semper

 LEÓN XIII
Sobre la devoción al Santísimo Rosario 
Del 8 de Septiembre de 1894
 
I. La eficacia del Santo Rosario.
Con la gozosa expectación y alentadora esperanza de siempre vemos volver el mes de Octubre, en que, consagrado por Nuestra exhortación y mandato a la Bienaventurada Virgen María, florece desde hace no pocos años en todo el mundo católico la unánime y ferviente devoción del Rosario. Hemos explicado muchas veces el motivo de Nuestras exhortaciones.
Como los calamitosos tiempos porque atraviesa la Iglesia y la sociedad civil reclamaban con urgencia el socorro inmediatísimo de Dios, hemos pensado que era preciso implorar ese socorro por la intercesión de su Madre y que debía conseguirse principalmente de aquella manera cuya eficacia el pueblo cristiano siempre estimó saludabilísima.
Frutos de la devoción.
Experimentóla, en efecto, desde el mismo origen del Rosario mariano, ya en la defensa de la fe contra los criminales ataques de los herejes, ya en el justo elogio de las virtudes, el cual habrá de volver a entonarse y refirmarse en medio de un siglo de corrompidos ejemplos; y la experimentó en privado y en público por la serie de beneficios cuyo preclaro recuerdo está consagrado por doquiera también en instituciones y monumentos. Del mismo modo, en nuestra época,  agobiada por los múltiples peligros del mundo, nos regocijamos conmemorando los frutos que de el provenían. Sin embargo, Venerables Hermanos, paseando la mirada en torno vuestro, veréis que esos motivos subsisten y en parte se han agravado, por lo cual, en este año, ha de volver a estimularse en vuestros rebaños el fervor de las súplicas a la Reina del cielo.
 
II. El fruto obtenido, motivo del deseo de un mayor progreso.
Añádase a esto que, al fijar Nuestro pensamiento en la íntima naturaleza del Rosario, cuanto más gloriosas se Nos presenten su grandeza y utilidades tanto más se acucian el deseo y la esperanza de que Nuestra recomendación tenga tanta fuerza que el amor a esta santísima oración produzca progresos aun más grandes, al aumentarse su conocimiento en los corazones y al difundirse esa práctica.
Para ello no queremos repetir las consideraciones de índole varia que en años precedentes expusimos sobre el tema; más bien conviene explicar y enseñar por qué sublime disposición divina sucede, que, gracias al Rosario, primero influya de un modo suavísimo en los ánimos de los que ruegan la confianza de ser escuchados, y segundo la maternal misericordia de la Virgen Santísima para con los hombres, responda con suma benignidad a ese ruego.

III. María Medianera de la divina gracia
El hecho que busquemos, mediante nuestras oraciones, el auxilio de María se basa, ciertamente, en el oficio, que Ella constantemente desempeña cerca de Dios, de obtenernos la gracia divina, por ser María en sumo grado acepta a Dios a raíz de su dignidad y méritos y por aventajar por mucho el poder de todos los santos. Este oficio, empero, no está, quizás, tan manifiestamente expresado en ningún modo de oración como en el Rosario en que la participación que tuvo la Santísima Virgen en la obtención de la salvación, está explicado casi con efectos tangibles, lo cual redunda en eximia ventaja para la piedad, ya contemplando los sucesivos misterios, ya repitiendo con labios piadosos las preces.

IV. Los misterios gozosos.
Primero vienen los misterios gozosos. El Hijo Eterno de Dios se inclina hacia la humanidad, haciéndose hombre, consintiendo, empero, María y concibiendo del Espíritu Santo [i]. Luego, Juan, por una gracia insigne, se santifica en el seno de su madre, favorecido con escogidos dones para preparar los caminos del Señor [ii]; todo ello, empero, gracias a la salutación de María que por divina inspiración visita a su prima. Finalmente, Cristo, el Esperado de las Naciones [iii] viene al mundo y nace de María; los pastores y los magos, primicias de la fe, apresurándose piadosamente para llegar al pesebre, encuentran allí al Niño con María, su madre [iv]. Jesús para ofrecerse a Dios como víctima en una ceremonia pública, quiere ser llevado al Templo, por el ministerio de María a fin de ser allí presentado al Señor [v]. La misma Virgen en la misteriosa pérdida del Niño, buscándolo con solícita inquietud, lo encuentra con inmensa alegría.
 
V. Los misterios dolorosos.
Ni de otro modo nos hablan los misterios dolorosos. En el jardín de Getsemaní, donde Jesús se aflige y se entristece hasta la muerte; y en el Pretorio, donde es  azotado, coronado de espinas, condenado a muerte, María está, ciertamente, ausente, pero, mucho tiempo ha, que conoce todo ello y lo medita, porque al ofrecerse a Dios como sierva para ser su madre, y al consagrarse enteramente a Él en el Templo con su Hijo, ya se asoció, en ambos actos, a ese Hijo en la laboriosa expiación del género humano; y por esto, no es dudoso que se haya condolido íntimamente con Él en sus acerbísimas angustias y tormentos.
Por lo demás, en presencia y a la vista de María había de consumarse el Divino Sacrificio para el cual había alimentado la víctima de sí mismo, lo cual en el último y más enternecedor de los misterios se nombra, diciendo: junto a la Cruz de Jesús, estaba María su madre [vi], la que, movida de inmenso amor hacia nosotros para acogernos como hijos, ofreció voluntariamente el suyo a la justicia divina, muriendo en su corazón con Él, traspasada por una espada de dolor.

VI. Los misterios gloriosos
Finalmente, en los misterios gloriosos que siguen, se confirma más el mismo oficio misericordioso de la Santísima Virgen, por los mismos hechos. Goza en silencio la gloria de su Hijo, que triunfa de la muerte; al que sube a su trono celestial le sigue con el afecto de madre; mereciendo el cielo, se halla retenida en la tierra, la mejor consoladora y maestra de la naciente Iglesia, penetrando en los insondables abismos de la divina sabiduría, más allá de cuanto pudiera creerse [vii]. Mas como el sagrado misterio de la redención no se había de cumplir antes que viniera el Espíritu Santo, prometido por Cristo, hallamos por eso a la Virgen en el memorable Cenáculo donde, orando, en unión con los Apóstoles y por ellos, con inefables gemidos va madurando para la Iglesia la gloria del mismo Consolador, don supremo de Cristo, tesoro que jamás había de faltar ya. Ella trasladada al cielo corona y perpetúa su misión pidiendo por nosotros, la contemplamos subiendo del valle de lágrimas a la ciudad santa de Jerusalén, rodeada de coros de ángeles; la honramos, exaltada en la gloria de los Santos, coronada por su Hijo divino con la diadema de estrellas y sentada cerca de Él, Reina y Señora de los Universos.
Todas estas cosas, Venerables Hermanos, en que se manifiesta el designio de Dios, designio de sabiduría, designio de piedad [viii] y en que brillan al mismo tiempo los grandísimos beneficios de la Virgen Madre en favor nuestro, no pueden menos de causar en todos una honda alegría, inspirándoles la firme confianza de que, por la mediación de María, se obtendrá la divina clemencia y misericordia.

VII. Oración vocal
La oración vocal que está en apropiada consonancia con los misterios, obra en el mismo sentido. Precede, como es justo, la oración dominical, dirigida al Padre celestial; después de haberle invocado con eximias peticiones, la voz suplicante se vuelve del trono de su Majestad a María, Pues, no hay otra ley que la llamada ley de reconciliación y de petición que San Bernardino de Sena ha formulado en esta sentencia: "Toda gracia que se comunica a este mundo llega por tres pasos: es decir de Dios a Cristo, de Cristo a la Virgen y de la Virgen a nosotros; así se dispensa la gracia con toda regularidad" [ix]; de éstos, que son, ciertamente, de diversa naturaleza, aquel grado en que solemos reposar más larga y gustosamente, es el último, mediante el Rosario, en que la salutación angélica se recita por decenas, como si, de este modo, subiéramos más confiadamente a los otros grados, es decir, por Cristo a Dios.

VIII. El por qué de las repeticiones
Elevamos tantas veces la misma salutación a María para que nuestra oración imperfecta y débil sea sostenida por la necesaria confianza, suplicando a María que ruegue a Dios por nosotros, como en nuestro nombre. Pues, a nuestras plegarias se añade una mayor gracia y eficacia cuando se recomiendan por las súplicas de la Virgen Santísima, a quien dirige de continuo el soberano Señor aquella tierna invitación del libro de los Cantares: "Suene tu voz perpetuamente en mi oído; porque es dulce el sonido de tu voz" [x].
Por esto, vuelven tantas veces, enunciados por nosotros, los que son para Ella títulos gloriosos para suplicar. Saludamos a la que ha encontrado gracia delante de Dios, y especialmente, la que la sido llena de gracia, cuya sobreabundancia se derrama sobre todos; a aquella con quien el Señor está unido en la unión más intima que pueda darse; a la bendita entre todas las mujeres que sola soportó la maldición y trajo la bendición [xi], aquel fruto dichoso de sus entrañas, en quien serán bendecidas todas las naciones. La invocamos, por último, como a Madre de Dios, y amparada con esta sublime dignidad, ¿qué no podrá alcanzar ella para nosotros, pobres pecadores?, y ¿qué no podremos esperar nosotros de sus ruegos en toda la vida y en la última agonía de nuestro espíritu?

IX. Fuente de confianza y de impetración.
Imposible es que el hombre que con fe y fervor se dedique a estas oraciones y misterios, no se sienta arrebatado en admiración, contemplando los designios de Dios, realizados en la Santísima Virgen para la salvación de todos los pueblos; imposible que no se regocije en pronta confianza de que sea recibido en su protección y regazo maternal, repitiendo las palabras de San Bernardo: ¡Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir que ninguno de cuantos han acudido a vuestra protección, implorado vuestro socorro y pedido vuestros auxilios haya sido des oído ni abandonado!
La misma virtud que el Rosario posee para persuadir a la confianza de ser escuchados a los que rezan, la tiene también para mover a la misericordia al corazón de María. Le causa, sin duda, una gran alegría el vernos y oírnos cuando, según corresponde, vamos tejiendo la corona de las honrosas peticiones y de las más bellas alabanzas. Pues, cuando, rezando de esta manera, damos a Dios la debida gloria y la anhelamos para Él; cuando buscamos únicamente el cumplimiento de su deseo y voluntad; cuando exaltamos su bondad y munificencia, dándole el nombre de Padre e implorando en nuestra indignidad, los más preciosos dones, entonces María se complace sobremanera en ello, y, verdaderamente, glorifica al Señor mediante nuestra piedad. Pues, al recitar la oración dominical rezamos una oración digna.

X. La oración dominical.
A las peticiones que en ella formulamos, de suyo tan rectas y bien ordenadas como conformes a la fe, esperanza y caridad cristianas, viene a juntarse el peso de cierta recomendación que es gratísima a la Santísima Virgen, por cuanto a nuestra voz parece asociarse la voz de Jesús su Hijo, quien, siendo su autor, entregó esa oración a sus discípulos en términos precisos, prescribiendo su rezo al decir: Así habéis de rezar [xii]. Cuando, pues, obedecemos a tal prescripción, en la devoción del Rosario, María se hallará, sin duda, más inclinada a ejercer su misión, llena de amor y solicitud, y aceptará benévola esta mística guirnalda, recompensándonos con abundancia de dones.

XI. Escuela de oración.
Por eso, una no despreciable razón de poder esperar su liberalísima bondad se halla en el mismo método del Rosario, tan apto para rezar bien; porque muchos y variados intereses suelen apartar de Dios al que reza y frustrar su sincero propósito, pagando así el tributo a la fragilidad humana. Pero quien pondere esto debidamente, comprenderá en el acto cuánta eficacia se encierra en el Rosario para despertar, por un lado, la acción del espíritu y para expulsar la desidia del corazón; por otro lado, para excitarnos a saludable dolor sobre los pecados cometidos y elevar nuestro espíritu hacia las cosas celestiales; puesto que el Santo rosario como todos bien saben, consta de dos partes, distintas entre sí y, a la vez unidas: de la meditación de sus misterios y de la oración vocal.

XII. Frutos de la meditación 
de los más grandes misterios de la fe.
Por esta razón, este método de rezar pide la especial atención del hombre por cuanto no sólo dirige de algún modo a Dios al espíritu humano sino que ocupa en tal forma de lo que considera y medita que logrará también enseñanza para la enmienda de la vida y alimento para toda clase de piedad, dado que no hay nada más grande ni admirable que aquellas verdades en torno de las cuales gira la esencia de la fe cristiana y de cuya luz y fuerza surgieron la verdad, la justicia y la paz, las cuales crearon un nuevo orden de cosas en la tierra, produciendo los más gozosos resultados.
Con esto dice también relación la forma en que estos puntos importantísimos se presentan a los devotos del Rosario; es decir, de tal forma que se adapten convenientemente a las inteligencias aun de los menos instruidos por cuanto el rezo está dispuesto de tal modo que casi no se proponen a  consideración las verdades principales de la fe y doctrina sino que, más bien se presentan como si los hechos aconteciesen y se repitiesen a la vista del que reza, porque cuando se ofrecen casi con las mismas circunstancias de lugar, tiempo y personas con que sucedieron un día, impresionan mucho más los corazones y los mueven a recoger mayor fruto. Mas como, ordinariamente, penetraron y se imprimieron en, alma desde la más tierna infancia, resulta que, apenas enunciados los misterios, aquel que realmente se preocupa de la oración, los recorra, sin esfuerzo alguno de imaginación, con fácil pensamiento y corazón, y, con la bendición de María, se impregna del rocío de la gracia celestial.

XIII. Los recuerdos de los misterios agradarán a María 
y la dispondrán a la benevolencia.
Hay, además, otra ventaja que vuelve más agradables a esas coronas y las hace más dignas de recompensa. Pues, cuando piadosamente recitamos el triple orden de misterios, testimoniamos más vivamente nuestro sentimiento de gratitud hacia Ella, porque así declaramos que nunca nos cansamos del recuerdo de aquellos beneficios con que Ella, para contribuir a nuestra salvación, se ha abrazado con insaciable amor.
Apenas podemos imaginarnos en nuestra mente con qué nuevo gozo y alegría se llene su alma bienaventurada, cuando frecuente y fervorosamente celebramos ante sus ojos la memoria de tantos y tan grandes misterios. Por otra parte, estos mismos recuerdos comunican a nuestras súplicas un más vehemente ardor y le dan una mayor fuerza impetratoria, de tal modo que cuantas veces se repita cada uno de los misterios tantas razones de ser oídos se presentan, lo cual tendrá, indubitablemente, un gran influjo sobre el corazón de la Virgen. Pues, a vuestro amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no abandones a los desgraciados hijos de Eva. Os imploramos, reconciliadora de nuestra salud, tan poderosa como clemente, y os suplicamos fervorosamente por las dulzuras de las alegrías que os vienen de vuestro Hijo Jesús, por vuestra unión con sus indecibles dolores y por el esplendor de su gloria. Pese a nuestra indignidad, ¡oídnos benignamente y atendednos!

XIV. Las bendiciones del Rosario para las aflicciones actuales.
La excelencia del Rosario mariano, considerado desde el doble punto de vista que acabamos de exponer, os hará comprender más claramente, Venerables Hermanos, por qué Nuestra solicitud no cesa de recomendar y de hacer progresar su práctica. El siglo en que vivimos necesita, día a día, como Nos ya lo hemos advertido al empezar, de los favores del cielo, principalmente, porque por doquiera hay muchas cosas que afligen a la Iglesia lesionando sus derechos y su libertad, y muchas, que destruyen radicalmente la prosperidad y la paz de los Estados.
Pues bien, repetimos, afirmamos y proclamamos que tenemos cifradas Nuestras mejores esperanzas en merecer por el rezo del Rosario los auxilios que necesitamos. ¡Quiera Dios que, en todas partes, se restablezca, según Nuestros deseos, el prístino honor de esta sagrada devoción! ¡Que en las ciudades y aldeas, en las familias y talleres, entre los nobles y modestos se ame entrañablemente y se practique, como preclaro santo y seña de la fe cristiana y óptima protección para el otorgamiento de la divina clemencia.

XV. Nuevo Motivo: Las afrentas hechas a la Virgen.
En esto debemos insistir todos, cada día con mayor urgencia, porque la frenética perversidad de los impíos no omite intriga alguna ni perdona audacia para irritar la cólera de Dios y hacer caer el peso de su justa ira sobre la Patria. Pues, entre todas las demás causas, existe ésta, -deplorada por Nos y con Nos por todos los buenos-, que en el seno de los pueblos cristianos hay demasiados hombres que se recrean en las afrentas con que, de cualquier modo, se insulta la Religión; son los mismos que, amparados por cierta increíble licencia de publicar cualquier cosa, parecen empeñados en exponer al ridículo y al desprecio de la multitud las cosas más sagradas y la confianza en la protección de la Virgen; justificada por la experiencia.

XVI. La profanación del nombre del Salvador.
En estos últimos meses no se ha perdonado siquiera a la augustísima Persona de Jesucristo, Salvador Nuestro. No ha habido la menor vergüenza en llevarla a escenas escabrosas del teatro, éste no pocas veces contaminado por obscenidades y en representarla despojada de la majestad propia a su divina naturaleza, quitada la cual ya no hay necesidad de negar la redención misma del género humano. No se han avergonzado de intentar arrancar de su eterna infamia a aquel hombre que es reo del crimen y de la perfidia muy aborrecible por su suprema monstruosidad, la mayor de que haya memoria entre los hombres, al traidor de Cristo. 
A raíz de lo que se ha perpetrado o se intenta perpetrar a través de las ciudades de Italia, se ha desatado una ola de general indignación, deplorándose amargamente que se haya violado el sacratísimo derecho de la Religión, violado y conculcado precisamente en aquel pueblo cuyos habitantes principalmente y con razón se glorían de su nombre católico. La vigilante solicitud de los Obispos, como era su deber, se enardeció entonces, dirigiendo sus protestas justísimas a quienes incumbe el sagrado deber de proteger la dignidad de la Patria y de la Religión. No sólo advirtieron a su grey de la gravedad del peligro sino que también la exhortaron a reparar con especiales solemnidades religiosas la nefanda injuria hecha al amantísimo Autor de nuestra salvación.

XVII. Renovada protesta por estos sacrilegios.
Nos, ciertamente, aprobamos íntegramente el fervor de los buenos, gloriosamente manifestado de muchas: maneras lo cual contribuyó a suavizar el dolor que sentíamos por ello en lo más íntimo del corazón. En esta oportunidad en que os dirigimos la palabra, ya no podemos sujetar la voz de Nuestro supremo cargo, y, con las protestas de los Obispos y fieles, Nos unimos Nuestras más enérgicas protestas. Por 
Por virtud de este mismo sentimiento que Nos mueve a quejarnos del atentado sacrílego y de execrarlo, Nos exhortamos vivamente a las Naciones cristianas, y en particular a la Italiana, a que guarden incólume la Religión de sus padres que es su herencia más preciosa, que la defiendan con decisión y no cesen de propagarla con la honestidad de sus costumbres y su gran piedad.

XVIII. Celebración fervorosa del mes de Octubre.
Por eso, Nos deseamos que por esta razón también, se empeñen a porfía, en el mes de Octubre, los fieles y las cofradías, mostrando un fervor constante para honrar a la Augusta Madre de Dios, poderosa protectora de la sociedad cristiana y gloriosísima Reina del Cielo. Nos, con todo corazón confirmamos las mercedes de las sagradas indulgencias que, a este efecto, hemos concedido en años anteriores.
El Dios, empero, Venerables Hermanos, que nos había reservado con toda su misericordiosa providencia al medianera [xiii], y que ha querido que todo lo recibamos por María [xiv] se digne por medio de su intercesión y gracia atender Nuestros ruegos comunes y colmar Nuestras esperanzas. Para ayudar a su realización, Nos os impartimos de todo corazón la Bendición Apostólica a vosotros, al Clero y al rebaño confiado a cada uno de vosotros.
Dado en Roma, cerca de San Pedro, el 8 de Septiembre de 1894, en el decimoséptimo de Nuestro Pontificado.  LEÓN PAPA XIII

[i] Lc. 1, 35.
[ii] Lc. 1, 76; Mc. 1, 2.
[iii] Ageo. 2, 8.
[iv] Lc. 2, 16.
[v] Lc. 2, 22.
[vi] Juan 19, 25.
[vii] San Bernardo, De prerrogativ. B.M.V. n. 3.
[viii] San Bernardo, Serm In Nativ. B.M.V. n. 6.
[ix] S. Bernardino Serm. VI in festis B.M.V. de Annunc., a. 1. c. 2.
[x] Canto 2, 14.
[xi] S. Thomas op. VIII super salut. angel. n. 8.
[xii] Mat. 6, 9.
[xiii] S. Bernardino. De las 12 Prerrog. BMV n. 2
[xiv] S. Bernardino Serm. in Nativ. BMV n. 7

jueves, 12 de julio de 2012

SOBRE LOS MARTIRES DE PALESTINA, POR EUSEBI0 PANFILO (II)

9. Ya, después de tamaños sufrimientos, había empezado a mitigarse la persecución, gracias a las proezas de los magníficos mártires de Cristo, y el incendio parecía extinguido en los ríos mismos de su sangre sagrada; se había concedido marchar libremente a los mismos cristianos de la Tebaida que se consumían por Cristo en las minas de la región; íbamos, en fin, a respirar un poco de aire puro, cuando, no sabemos cómo, dando vuelta atrás el que había recibido poder de perseguirnos, nuevamente se encendió contra los cristianos. El hecho es que de pronto se publicaron por todas partes nuevas letras de Maximino contra nosotros, y los gobernadores de provincia, y aun el mismo general del ejército, por órdenes, cartas y públicas reglamentaciones, apremiaban a los magistrados municipales, administradores de la hacienda y duunviros a llevar a efecto el edicto imperial, que ordenaba reconstruir a toda prisa los templos de los ídolos derruidos y que pusieran toda diligencia para que todos, sin excepción, hombres, mujeres y siervos, y aun los niños de pecho, sacrificaran e hicieran libaciones y gustaran efectivamente de las sacrilegas víctimas; los géneros del mercado habían de mancharse con libaciones de los sacrificios; en los baños públicos había que establecer vigilantes que obligaran, a cuantos intentaran purificarse, mancharse antes con los abominables sacrificios. Ante semejante situación, nueva angustia se apoderó, como os natural, de los nuestros; los mismos paganos censuraban las nuevas disposiciones, como molestas y superfluas, pues a los mismos hombres ajenos a nuestra fe les iba pareciendo todo aquello repugnante y grosero. Una nueva tormenta se cernía en todas partes sobre todos, y nuevamente la potencia divina de nuestro Salvador inspiró tal fortaleza a sus luchadores que, sin que nadie los empujara ni arrastrara a ello, pisotearon toda amenaza de tamaños poderes. Efectivamente, tres fieles, puestos de acuerdo, se abalanzaron sobre el gobernador en el momento de ofrecer el sacrificio, diciéndole a gritos que se dejara de semejante desvarío, pues no hay otro Dios que el Creador y Ordenador de todas las cosas. Preguntados, desde luego, quiénes eran, respondieron confesándose cristianos. Fuera de sí Firmiliano ante el hecho y la confesión, ni siquiera los somete a tortura, sino que los condena sin más a la pena capital. El más viejo de ellos se llamaba Antonino; otro, Cebinas, oriundo de Eleuterópolis, y el tercero, Germano. Su martirio hubo lugar el trece del mes Dio, que es exactamente los idus de noviembre. Juntóseles como compañera de viaje el mismo día una mujer, por nombre Ennata, natural de Escitópolis, adornada también ella con la corona de la virginidad, no porque realizara hazaña semejante a la de ellos, sino porque fue arrastrada a la fuerza y presentada ante el juez, después de sufrir azotes y espantables ultrajes que, sin orden superior, se atrevió a infligirle uno de los tribunos de guarnición en las cercanías. Llamábase el tal Majis, hombre peor que su propio nombre, abominable en todo; pero brutal sobre toda ponderación, violento de carácter y de pésima fama entre sus conocidos. Este bárbaro, despojándo a la bienaventurada virgen de todos sus vestidos, la dejó sólo cubierta de los muslos a los pies y, desnuda el resto del cuerpo, la hizo pasear por toda Cesarea, teniendo por una hazaña, mientras la arrastraba por todas las plazas, irla azotando con correas; y fue así que, después de tan atroces suplicios, mostró la más valerosa constancia ante los tribunales gubernamentales y la condenó el juez a ser quemada viva. Este, propásandose en su rabia contra los adoradores de Dios hasta lo inhumano y yendo más allá de las leyes de la naturaleza, no tuvo rubor de negar la sepultura a los cuerpos exánimes de los santos. Dió, efectivamente, órdenes de que los cadáveres, expuestos a cielo raso para pasto de las fieras, fueran cuidadosamente vigilados día y noche, y era de ver cómo por muchos días un número considerable de hombres estaban al servicio de esta voluntad feroz y bárbara. La guardia, como decimos, vigilaba de lejos que nadie sustrajera los cadáveres, y los animales salvajes, los perros y las aves carnívoras iban esparciendo de acá para allá los miembros humanos, dejando todo el perímetro de la ciudad cubierto de entrañas y huesos. Jamás se había visto espectáculo más horripilante, hasta el punto de lamentarlo los mismos que nos eran hostiles, no tanto por lástima de quienes lo habían sufrido, cuanto por el ultraje que a ellos mismos se les hacía en la común naturaleza de todos. Se daba, en efecto, a la puertas mismas de la ciudad un espectáculo que supera todo discurso y trágica representación, cuando no era sólo un lugar donde las carnes humanas eran devoradas, sino que quedaban tiradas por todas partes. Y aun dícese que dentro mismo de la ciudad se vieron miembros enteros, pedazos de carne y trozos de visceras. Como esto durara muchos días, sucedió el prodigio siguiente: El tiempo estaba sereno, el aire diáfano y en todo el contorno la atmósfera aparecía tranquilísima; cuando, de pronto, las columnas que por toda la ciudad sostenían los pórticos públicos empezaron casi todas a destilar una especie de lágrimas y, sin que cayera una gota del aire, los mercados y plazas, no se sabe de dónde, aparecieron cubiertas de humedad. Esparcióse inmediatamente por todas partes la voz de que la tierra, por milagrosa manera, había llorado, no pudiendo sufrir los atroces crímenes entonces cometidos y que, para confusión de la dura e implacable naturaleza humana, las piedras y la materia insensible se habían lamentado y hecho duelo sobre lo sucedido. Sé muy bien que esto parecerá puras pamplinas y cuentos a los por venir; pero no pareció tal a quienes el tiempo les acreditó la verdad de los hechos.

10. Al siguiente mes, el catorce del llamado Apeleo, que corresponde al 19 antes de las calendas de enero (14 de diciembre), nuevamente fue detenido un grupo de egipcios ante las puertas de la ciudad por los guardias puestos para el interrogatorio de los que entraban en ella. Habían sido enviados para socorrerla los confesores en Cilicia, y algunos de ellos sufrieron la misma sentencia que aquellos a quienes venían a ayudar, inutilizándoseles los ojos y los pies; tres de ellos, después de dar en Ascalón, donde los habían hecho detenerse, una maravillosa prueba de su valor, tuvieron diverso fin de martirio. Uno de ellos, por nombre Ares, fue condenado al fuego; los otros dos, llamados Promo y Elias, fueron decapitados.
El once del mes Andeneo, que corresponde al tres antes de los Idus de enero (11 de enero), en la misma Cesarea, el asceta Pedro, por otro nombre Apsélamo, natural de Aneas, aldea del término de Eleuterópolis, dio prueba, con generoso pensamiento, de su fe en el Cristo de Dios. Suplicábanle insistentemente, tanto el juez como los que le rodeaban, que tuviese lástima de sí mismo y tuviera en cuenta su juventud, la flor y vigor de su edad; más él, despreciándolos, prefirió a todo y a la vida misma la esperanza en el Dios del Universo. Un tal Asclepio, obispo al parecer de la secta de Marción, por celo, según él imaginaba, de la religión, pero no de la que es según la ciencia, salió de la vida abrasado en la misma y única pira de Pedro. Esto así pasó.


11. Mas es llegado el momento de narrar el grande y famoso espectáculo que dieron Pánfilo, nombre para mí queridísimo, y los que con él consumaron el martirio. Fueron entre todos doce, favorecidos de gracia y número profético y apostólico. El capitán de todos y único entre ellos ornado de la dignidad presbiteral en Cesarea era Pánfilo, varón que brilló toda su vida en todo linaje de virtud por su renuncia y menosprecio del mundo, por su largueza en repartir con los pobres su hacienda, por su olvido de las esperanzas terrenas, por conducta, en fin, y ascesis de verdadero filósofo. Pero en lo que descolló sobre todos nuestros contemporáneos fue en el más fervoroso estudio de las divinas sentencias, en su tesón indomable en toda obra emprendida y en su generosa asistencia a sus parientes y a cuantos a él se allegaban. Sus otros méritos y virtudes, que requerirían larga explicación, los hemos dejado escritos en tres comentarios que hemos dedicado a su propia biografía, y a ellos remitimos a quienes tengan particular interés en conocerlos; por ahora, atengámonos a los sucesos que atañen a los mártires.
El segundo que después de Pánfilo bajó al combate fue Valente, diácono de Elia, adornado de sacras canas, anciano que con sólo su vista infundía la más alta veneración, versado como nadie en las divinas Escrituras. Estas se las había aprendido tan fielmente de memoria, que no necesitaba tomar el códice para leer cuando tenía que recitar algún pasaje, que él sin más recordaba perfectamente. El tercero que se distinguió entre los mártires fue Pablo, hombre vehemente en sumo grado, hirviente del Espíritu, natural de Jamnia, que había ya anteriormente pasado por el combate de la confesión de la fe, soportando el hierro rusiente. Los tres pasaron en la cárcel dos años íntegros, y la ocasión de su martirio fue la venida de nuevo de unos hermanos de Egipto, que consumaron con ellos el martirio. Los egipcios habían acompañado hasta Cilicia a los confesores condenados a las minas de allí y se volvían nuevamente a su patria. A la entrada de las puertas de Cesarea, los guardias, que eran gentes bárbaras por su carácter, preguntáronles, como a los otros, quiénes eran y de dónde venían; declararon ellos sin disimulo alguno la verdad y al punto, como si fueran malhechores cogidos in fraganti, fueron detenidos. Era un grupo de cinco. Presentados ante el tirano, hablaron ante él con toda libertad, siendo seguidamente encerrados en la cárcel. Al día siguiente, el dieciséis del mes Peritio, que corresponde entre los romanos al catorce antes de las calendas de marzo (16 de febrero), dió el juez orden de que se presentaran al tribunal tanto los egipcios como Pánfilo y sus compañeros. Empezó por poner a prueba, por medio de todo linaje de tormentos, extraños, variados y de nueva invención, la inexpugnable constancia de los egipcios. Después de ejercitar bien en estos combates al que entre todos llevaba la voz cantante, preguntóle ante todo quién era y, en lugar del propio nombre, tuvo el juez que escuchar el de un profeta. Y lo mismo sucedió con todos los otros, pues todos se habian cambiado los nombres impuestos por sus padres, nombres, si a mano viene, de algún ídolo, y se habían puesto los de Elias, Jeremías, Isaías, Samuel y Daniel, y con lo que demostraban no sólo con sus obras, sino con sus mismos nombres, que ellos eran el judío interior y el legítimo y puro Israel de Dios. Oído que hubo Firmiliano semejante nombre, sin entender su sentido, siguió preguntándole cuál era su patria. Y el mártir, en consonancia con su primera respuesta, contestó que su patria era Jerusalén, entendiendo evidentemente aquella de que dice Pablo: Mas la Jerusalén de arriba es libre y ella es madre nuestra (Gal. IV, 26).
Y: Os habéis acercado al monte Sión y a la ciudad del Dios viviente, la Jerusalén celestial (Hebr. XII, 22). Tal entendía el mártir; mas el juez, que dirigía su mente a la tierra y al suelo, se desazonaba por saber puntualmente qué ciudad fuera aquella y en qué punto de la tierra estuviera situada, y terminó por aplicarle la tortura para hacerle confesar la verdad. Mas él, tendido en el potro, con las manos atrás y descoyuntados los pies por medio de extrañas máquinas de tortura, afirmaba haber dicho la verdad. Luego, preguntado nuevamente y por muchas veces quién era y dónde estaba situada la ciudad que decía, respondió que aquella ciudad era sólo patria de los piadosos, pues sólo éstos, con exclusión de todos los otros, gozaban de su ciudadanía; en cuanto a su situación, estaba hacia Oriente y en el punto en que nace el sol. Filosofaba en esto también el mártir según su propio sentido, sin hacer caso de los que a la redonda le sometían a tortura, no pareciendo darse siquiera cuenta de sus dolores, como si no tuviera carne ni cuerpo. El juez, por su parte, pataleaba desconcertado, imaginando que los cristianos habían sin género de duda fundado en alguna parte de la tierra una ciudad enemiga y hostil a los romanos. Mas el juez se devanaba los sesos imaginando que habían con toda seguridad establecido en alguna parte los cristianos una ciudad hostil y enemiga de los romanos, tratando de averiguar la tal ciudad y dar con ella en algún punto de Oriente. En fin, cuando tras desgarrar al joven a azotes y someterle a los más varios tormentos, se dió cuenta de que perseveraba inconmovible en sus primeras declaraciones, pronunció contra él la sentencia de pena capital. Tan dramática escena se produjo en el interrogatorio de este primer mártir. A los otros, después de hacerles pasar por torturas semejantes, los despachó también de modo igual.
Luego, cansado y convencido de que era vano seguir atormentado a aquellos hombres, saciado por lo demás su deseo, se volvió a los compañeros de Pánfilo. Ya antes le habían éstos dado prueba de que por los tormentos no había de lograr hacerles cambiar el propósito de su fe; preguntóles, pues, si al menos entonces estaban dispuestos a obedecer. La única respuesta que de cada uno de ellos recibió el juez fue la última confesión de su fe, la que les había de llevar al martirio. Y, efectivamente, sentenciólos a la misma pena que a los primeros. Llevadas a término estas cosas, un muchacho de la servidumbre de Panfilo, como quien se había formado y educado en la escuela de tan gran varón, gritó de en medio de la muchedumbre, pidiendo que los cuerpos de los mártires recibieran sepultura. Mas el juez, ya no hombre, sino fiera y más salvaje, si lo hay, que una fiera, sin atender a lo justo de la petición y sin miramiento alguno a la edad del muchacho, apenas supo por confesión de él que era cristiano, hinchado de ira, como si le hubiera herido un dardo, manda a los atormentadores que empleasen sobre el joven toda su fuerza. Intimóle que sacrificara y, como el joven se negara a ello, dió nueva orden de que le desgarraran sin tregua, no como a carnes humanas, sino como si se tratara de piedras, madera o cualquier otro objeto insensible, penetrándole hasta los huesos y las más recónditas entrañas. Prolongado largo rato el tormento, dióse el juez cuenta que todo su intento era vano, cuando, por lo demás, el mártir estaba ya sin voz e insensible y casi exánime, con el cuerpo destrozado todo por los suplicios; pero tenaz en su crueldad e inhumanidad, sentenció que, tal como estaba, se le aplicara fuego lento. De este modo, antes de la consumación de su propio señor según la carne, éste que llegara el último al combate, se adelantó en la muerte corporal a los que se habían dado prisa en ser los primeros. Y era de ver a Porfirio, como un atleta vencedor en todos los combates de los juegos sacros, cubierto su cuerpo de polvo, pero radiante su rostro, caminando a la muerte después de tamañas torturas, con gesto animoso y gallardo, lleno, como de verdad lo estaba, del Espíritu divino, sin más atuendo que el manto de filósofo, terciado al hombro a modo de clámide, dando de camino con mente serena sus encargos e indicaciones a sus familiares y conservando en el mismo patíbulo el brillo de su cara. Encendida en torno a él la hoguera a considerable distancia, ya desde allí aspiraba con la boca las llamaradas. Al alcanzarle el fuego, dió un grito invocando la ayuda de Jesús, Hijo de Dios; mas aparte esa única palabra, perseveró generosísimamente en silencio hasta exhalar el último suspiro.
Tal fue el combate de Porfirio. El mensajero de su martirio que llevó la noticia a Pánfilo fue Seleuco, confesor que había pertenecido al ejército, y como ministro de tal mensaje fue al punto juzgado digno de entrar en la suerte de los otros mártires. En efecto, apenas acababa de dar la noticia del fin de Porfirio y saludó a uno de los mártires con el beso de paz, cuando le echaron mano unos soldados y le llevaron a presencia del gobernador. Este, como si tuviera prisa por hacerle compañero de viaje de los primeros camino de los cielos, ordena inmediatamente se le castigue con pena capital. Seleuco era oriundo de Capadocia, pertenecía a un escuadrón de jóvenes escogidos y había alcanzado un grado honorífico no despreciable entre los romanos. Y era así que a todos sus compañeros de milicia se aventajaba con mucho por su estatura y fuerza corporal; era famoso entre todos por su prestancia y toda su figura; por su grandeza y buena gracia inspiraba admiración. Ya a los comienzos de la persecución había brillado en los combates de la confesión de la fe por su paciencia en soportar los azotes; mas una vez retirado del ejército, hecho émulo de los ascetas de la religión, apareció, por su amor de padre y solícito cuidado, como si fuera el obispo y protector de huérfanos abandonados y viudas desvalidas y cuantos sufrían en la pobreza o enfermedad. Y, probablemente, por estas obras en que Él se complace más que en los sacrificios que se le ofrecen entre el humo y la sangre, le otorgó Dios la gracia de la maravillosa vocación al martirio. Este fue el décimo atleta que, junto a los ya mentados, consumó el martirio en un solo y mismo día; día en que, a lo que parece, abierta de par en par la puerta por el martirio de Pánfilo, según el mérito de tan gran varón, fue fácil también a los demás entrar con él al reino de los cielos.
Tras las huellas de Seleuco siguió Teódulo, venerable y piadoso anciano que pertenecía a la servidumbre del gobernador y era apreciado por Firmiliano más que todos los demás de su casa, parte por su venerable edad, pues era padre de tres generaciones, parte por el cariño y fidelísima conciencia con que sirvió a sus señores. Habiendo cumplido un acto semejante al de Seleuco, fue presentado a su propio amo, quien, irritándose más que con los anteriores, le condenó a morir crucificado, con lo que sufrió el mismo martirio del Salvador en su Pasión.
Hasta ahora faltaba uno para completar con los mártires ya nombrados el número de doce, y fue Juliano quien vino a completarlo. Juliano venía de viaje y, sin haber siquiera entrado en la ciudad, apenas supo lo sucedido, se dirigió tal como estaba a ver a los mártires, y al contemplar tendidos por tierra los despojos de los santos, lleno de gozo iba abrazando a cada uno e imprimía en todos el ósculo de paz. Mientras esto hacía, le prenden los ministros de la muerte y le presentan a Firmiliano. Éste, obrando conforme a sí mismo, le condenó también a morir a fuego lento. Así fue como Juliano, dando verdaderos saltos de júbilo y agradeciendo a grandes voces al Señor tan grandes beneficios, fue tenido por digno de la corona del martirio. Era también éste oriundo de Capadocia y, por su carácter prudentísimo, muy fiel y noble, y si en todo grave y serio, fervoroso señaladamente con el hervor del mismo Espíritu Santo. Tal fue el escuadrón de compañeros de camino que mereció entrar con Panfilo en el martirio. Durante cuatro días con sus noches, por orden del impío gobernador, fueron custodiados los sagrados y en verdad santos cuerpos, para que fueran pasto de animales carnívoros; sin embargo, milagrosamente, ni fiera ni ave ni perro alguno se acercó a ellos y, conservados intactos por disposición de la providencia de Dios, fueron luego retirados y, tras rendírseles los debidos honores, se les dió la acostumbrada sepultura. Hablaba aún todo el mundo de la impresión producida por los pasados sucesos, cuando Adriano y Eúbulo, procedentes de Batanea, la región así llamada, llegaron a Cesarea para ver a los otros confesores. Interrogados también ellos a la puerta de la ciudad sobre la causa de su venida, confesaron la verdad, e inmediatamente fueron coducidos a Firmiliano. Éste, tal como estaba, sin dilación alguna, después de hacerlos pasar por muchas torturas de sus costados, los condena a ser devorados por las fieras. Pasados dos días, el cinco del mes Distro, que corresponde al tres antes de las nonas de marzo, en el natalicio de la llamada Fortuna de Cesarea, Adriano fue arrojado a un león, y luego fue consumado, degollado a filo de espada. Eúbulo, a los dos días, en las mismas nonas, es decir, el siete del mes Distro, no obstante las instancias del juez para que sacrificara y obtener así lo que ellos tienen por libertad, poniendo por encima de la vida temporal la muerte gloriosa por la religión, tras las fieras, fue sacrificado de modo semejante a su compañero. Ultimo de los mártires de Cesarea, él vino como a poner el sello a los combates.
Vale la pena que recordemos aquí cómo, poco después, la divina providencia vino a castigar a los impios gobernadores, por obra de los mismos tiranos; y asi, este Firmiliano,que llegó a tal frenesí de crueldad contra los mártires de Cristo, sufrió con otros el último castigo, terminando trágicamente su vida a filo de la espada. Tales fueron los martirios cumplidos en Cesarea en todo el tiempo que duró la persecución.


12. Aparte los martirios relatados, los otros acontecimientos durante todo el período de la persecución, por ejemplo, los referentes a los prepósitos de las Iglesias; cómo en lugar de pastores de las ovejas espirituales de Cristo, a las que no gobernaban conforme a ley, los puso la divina justicia, como si los hubiera juzgado dignos de ello, por guardia de camellos, animales sin razón y de la más contrahecha figura, y cómo los condenó a estar sujetos al lado de los caballos imperiales; cuánto estos mismos pastores hubieron de sufrir con motivo de los vasos sagrados y de los otros inmuebles de la Iglesia, de parte de los procuradores imperiales y gobernadores del tiempo, que los insultaron, deshonraron y torturaron; las ambiciones de muchos de ellos; las imposiciones de manos indiscretas y fuera de ley; las escisiones y rencillas entre los mismos confesores; las maquinaciones de jóvenes sediciosos, con tanto ardor emprendidas contra los restos destrozados de la Iglesia, inventando novedad sobre novedad, agravando sin miramiento alguno las calamidades de la persecución y amontonando males sobre males; todo eso, paréceme debo omitirlo, por considerarlo ajeno a mi propósito y repugnarme, como, por lo demás, ya advertí al comenzar mi obra, entrar en pormenores sobre ello. En cambio, todo lo grave y de buena fama, conforme a la palabra sagrada; todo lo que sea virtud y obra digna de loa; publicar todo eso, escribirlo y hacer que llegue a las fieles orejas, lo tengo por la cosa más propia de la historia de los admirables mártires. Y paréceme, también, que debo coronar este discurso con el relato de la paz que, después de tanto martirio, brilló desde el cielo para nosotros.

13. Finaba el año séptimo (310-311) de la lucha contra nosotros, y hasta cierto punto iban lentamente nuestras cosas recobrando la tranquilidad; y así entramos en el año octavo. Había en las minas de cobre de Palestina no pequeña muchedumbre de confesores, que gozaban, por cierto, de tanta libertad que les fue posible construirse edificios para iglesias. El gobernador de la provincia, hombre duro y malvado, como lo demostró en lo que hizo contra los mártires, hizo allí un viaje, y enterado del género de vida que llevaban allí los condenados, informó de ello al emperador, escribiéndole, a lo que parece, con intención calumniosa contra los mártires. Viniendo luego el intendente de las minas y obrando, según daba a entender, por indicación del emperador, dividiendo en varios grupos toda la muchedumbre de los confesores, a unos les designó como residencia Chipre, a otro el Líbano y a otros los esparció por diversos lugares de Palestina; a todos, sin embargo, ordenó se los sometiera a determinados trabajos especiales. Luego, escogió a cuatro de los que parecían cabezas de los otros y se los mandó al comandante de las tropas de guarnición en el lugar. Los cuatro escogidos fueron: Peleo y Nilo, obispos egipcios; un presbítero, y el último, Patermutio, conocidísimo de todos por su caridad para con todo el mundo. El comandante de las tropas les intimó que renegaran de la fe y, negándose ellos, los mandó quemar vivos. Había además allí otro grupo, que había logrado vivir en lugar aparte, y eran confesores que, por su vejez, por sus mutilaciones u otras enfermedades corporales, estaban dispensados de trabajar en las minas. Al frente de ellos estaba Silvano, obispo oriundo de Gaza, hombre que era prodigio de prudencia y dechado auténtico de cristiano. Silvano se había distinguido desde el primer día, si cabe decirse, de la persecución, y todo el tiempo que duró ésta, por toda suerte de combates en la confesión de la fe, y había sido reservado hasta aquel momento para ser él quien pusiera el último sello a toda la lucha en Palestina. Con él había varios confesores más, procedentes de Egipto, entre ellos Juan, que sobrepasó a todos nuestros contemporáneos por la fuerza de su memoria. Juan estaba ya de antes privado de vista; sin embargo, al confesar brillantemente su fe, sufrió, al igual de los otros, la inutilización, por cauterio, de uno de los pies, y le aplicaron el hierro rusiente a unos ojos que ya no veían. Hasta este extremo de barbarie llevaron los verdugos su crueldad inhumana. Siendo admirable por sus costumbres y vida de verdadero filósofo, no era, sin embargo, ahí donde más se le admiraba, por no aparecer en ello tan prodigioso cuanto en la fuerza de su retentiva, por la que fue capaz de grabar, con alma traslúcida y limpísimo ojo de su inteligencia, libros enteros de las Sagradas Escrituras, no en tablas de piedra, como dice el divino Apóstol, ni en pieles de animales o papel, que la polilla y el tiempo destruyen, sino real y verdaderamente en las tablas de carne de su corazón. Y asi, cuando quería, podía recitar, como si no sacara de un tesoro de palabras, ora una escritura de la ley o los profetas, ora un pasaje histórico, ya el Evangelio, ya los escritos apostólicos. Yo mismo confieso haberme quedado atónito, cuando por vez primera le vi de pie, en medio de una muchedumbre considerable, explicando unos pasajes de la divina Escritura. De pronto, como sólo podía oír la voz, me imaginé estaría leyendo alguno, según es costumbre en nuestras reuniones de culto; mas cuando, acercándome más, me di cuenta de lo que pasaba: sanos de sus ojos los que le rodeaban, y él, que no disponía sino de los ojos de su inteligencia, realmente hablando como un profeta y dejando muy atrás a los fuertes de cuerpo, yo no sabía cómo glorificar a Dios ni acababa de maravillarme, y parecíame tener delante de mis ojos un argumento claro e incontrastable que demostraba por vía de hechos cómo el sólo de verdad hombre no es el que por tal se tiene en el cuerpo visible, sino el del alma y la inteligencia; el cual, aun en cuerpo maltrecho, puede hacer alarde de la superior virtud que en sí encierra.
Los confesores, pues, antes citados vivían en el lugar señalado y allí practicaban sus acostumbrados ejercicios de ayunos, oraciones y demás; y fue Dios, fue Dios mismo quien los tuvo por dignos de alcanzar la consumación salvadora del martirio, alargándoles su diestra benigna. El enemigo, que no podía soportar que con todo vagar y sosiego se armaran contra él por medio de sus oraciones a Dios, determinó quitarles la vida y eliminarlos como a gentes molestas, y Dios le consintió que saliera con su empresa, primero, para que el mismo enemigo no hallara estorbo en el camino de maldad que por propio arbitrio seguía, y luego, para que los confesores recibieran, en fin, los premios de sus múltiples combates. De este modo, pues, por orden del muy abominable Maximino, en un solo día se decapitó a treinta y nueve confesores de la fe.
Tales fueron los martirios habidos en Palestina durante ocho años íntegros y tal fue la persecución contra nosotros. Iniciada con la destrucción de las iglesias y creciendo conforme surgían, con el tiempo, nuevos gobernantes, los múltiples y variados combates de los atletas de la religión produjeron en cada provincia una muchedumbre incontable de mártires, en una extensión que va desde la Libia, Egipto entero y la Siria, el Asia oriental y su contorno, hasta la región del Ilírico. Porque es de saber que las partes del Imperio más allá de las dichas, Italia íntegra, Sicilia, las Galias y todo el Occidente, con España, Mauritania.y Africa, sólo tuvieron que sufrir la guerra de la persecución los dos primeros años, y no enteros, pues merecieron la más rápida visita de Dios y de la paz, mirando sin duda la celeste providencia la sencillez y fe de aquellos hombres. Y es que lo que no se cuenta de los tiempos más remotos del Imperio romano, vino a darse en los nuestros contra toda esperanza. Durante la persecución, en efecto, estuvo el Imperio escindido en dos, y así se dio el caso de que, mientras los hermanos que habitaban la parte occidental gozaban de paz, los de la otra tenían que soportar, en número infinito, combates sobre combates. Mas, en fin, cuando la divina y celeste gracia quiso mostrar también sobre nosotros su visitación benigna y propicia, entonces los príncipes que nos gobernaban, aquellos mismos, por cierto, que habían sido autores de la guerra que de antiguo se nos hacía, cambiando milagrosamente de sentir, cantaron la palinodia, y con benévolos edictos y favorables disposiciones apagaron la hoguera contra nosotros encendida. Tal palinodia debe ser transcrita.

Como todos los que viven juntos en una familia, han de mirar por la estimación y bien común de la casa.

La estimación y crédito de una familia es la misma honra y estimación de todos los que viven en ella, porque todo el bien común se refunde en los particulares que la componen; y cuando se dice una casa dichosa, no se entiende por las paredes y piedras que la componen materialmente, sino por las criaturas racionales que habitan en la casa, y componen la familia, como lo advierte san Gregorio, papa. (Hom. XXXIX, in Ev.)
Por esto cuando se dice feliz y dichosa la casa de Lázaro, en pluma de san Agustín: Félix domus in qua Martha de María conqueritur, no se aplica la felicidad y buena fortuna a lo material de la casa, sino a las personas que la componían, las cuales a porfía, cada una en su ministerio, obsequiaban y servían a su Criador y Señor.
Y cuando en el sagrado evangelio se dice la buena fortuna de la casa de Zaqueo, no se entiende por la fábrica insensible de la casa, sino por las personas que en ella vivían; a las cuales con la visita misericordiosa de Cristo Señor nuestro les alcanzó la bendición divina, y la salud verdadera: Hodie huic domui salus a Deo facta est (Luc., XIX, 9).
Por el contrario, cuando se anuncia la ruina y perdición de alguna casa, no se entiende por la ruina material de ella, sino por la desgracia y desventura de sus habitadores. Así, cuando el Señor lloró sobre la ciudad de Jerusalen, dice san Gregorio, no lloraba por la destrucción de sus admirables torres y grandes edificios, sino por la desolación y castigo fuerte de sus habitadores ingratos.
Así también, con mayor expresión, un santo profeta del Señor anunció la ira de Dios omnipotente contra una familia relajada y perdida con muchos vicios, y dijo en nombre de su divina Majestad, que pensaba enviar muchas tribulaciones y grandes trabajos sobre aquella casa: Ego cogito super familiam istam malum; porque en aquella familia maldita no había temor de Dios, ni atención respetuosa a su divina ley, comenzando su prevaricación desde la primera luz de la mañana (Mich., XI, 3).  
Siendo esto así, que todos los de una familia participan del bien o del mal, de la estimación ó deshonor de la misma casa, sigúese que todos son interesados en la estimación y bien común de la casa donde viven, y a todos les conviene mirar por ella, y conservar el buen nombre, que vale mas que todas las riquezas del mundo, como dice el Sabio (Prov., XXII, 1).
Todas las criaturas tienen inclinación natural para su propia conservación, y para estar sosegadas en su centro, dice la buena filosofía; pero como no puede ninguna criatura conservarse, si el universo se destruye, dicen con mucho fundamento algunos grandes filósofos, que hasta en las criaturas insensibles hay otra inclinación natural para dejar su centro propio, cuando conviene para la conservación del universo, que es el bien común de todas las criáturas.
Por este grande motivo son de parecer los mismos filósofos, que cuando el agua y la piedra dejan su centro natural, y suben hácia arriba: Ne detur vacuum, para conservacion del universo; aquel movimiento que parece violento, no lo es, sino muy natural; porque si el universo se destruyese, ellas también perecerían, y así es muy conforme a su natural inclinación de conservarse aquel movimiento que parece violento; pero entonces no lo es, porque les conviene para su propia conservación, que naturalmente apetecen.
Aplicando esta filosófica doctrina a nuestro propósito, quiere decir, que todas las personas de una familia han de vencer sus particulares inclinaciones cuando importa para el bien común y estimación de la casa; porque mas ha de pesar el bien común que el particular, principalmente cuando del detrimento del bien común se sigue también la desconveniencia y detrimento del particular. Esta es la prudencia magistral de la serpiente, que expone todo el cuerpo para guardar la cabeza, porque el golpe de la caza es mortal detrimento de todo el cuerpo (Matth., X, 16). 
El deshonor de una casa se refunde y se extiende mortalmente a todos los que de familia viven en ella, y respectivamente cada uno le toca su parte de la mala fortuna comun; como también le tocaría su parte de complacencia en el caso de coman felicidad. Todos los de la familia que seguían y acompañaban al fugitivo David, participaron de la desconveniencia de su fuga presurosa, y también del estimable socorro que le sacó al camino el respetuoso y atento Siba (II Reg , XVI, 2). 
Los domésticos felices de la mujer fuerte participaban de la generosa providencia de su señora, y entraban a la buena fortuna de tan abundante casa, recibiendo sus raciones cumplidas con toda puntualidad, y sus decentes vestiduras dobladas, como lo escribe en sus proverbios el sabio Salomon.
El Espíritu Santo dice, que el amigo fiel que atiende con amor verdadero al padre de una familia, tratará también con afectuosa confianza a todos sus domésticos; porque estos regularmente siguen las fortunas buenas ó malas de sus amos, y son atendidos por la casa donde habitan y comen el pan.
En el mismo sagrado libro se dice como el gozoso padre de familia celebrará sus placeres y buena fortuna de su casa en medio de sus domésticos (Eccli., XXX, 2); en lo cual se da bien a conocer que todos los inferiores que componen una familia, entran a la parte en las felicidades de la casa donde viven.
Aun dice mas el profeta Isaías, que en caso de hacerse favores en las casas poderosas, se han de tener mas a mano los domésticos que los extraños; y asi parece lo pide la buena razón; porque aun el mismo Señor dice en su santo evangelio, que al siervo fiel en lo poco se le atiende, para fiarle los encargos de cosas mayores.
Asimismo siguen también los domésticos los infortunios, desprecios y trabajos que padecen sus señores; por lo cual dice nuestro Señor Jesucristo en su santo evangelio, que si al padre de familia le llaman Beelzebub, ¿cuánto mas darán ese apellido ignominioso a sus domésticos? Si patrem familias Beelzebub vocaverunt, quanto magís domésticos ejus? (Matth., X, 25). Y por el contrario, los que honran al Señor, también estiman a sus domésticos, y estos se hacen dichosos por la casa bien estimada donde viven de familia.
Una poderosa confirmación de esta verdad tenemos en los Hechos apostólicos, donde se refiere, que habiendo visitado un ángel del cielo al venturoso Centurión gentil, que habitaba en la ciudad de Jope, para que buscase al principe de los apóstoles san Pedro, fueron participantes de la visita del cielo sus criados y domésticos, y a todos los de la casa se extendió la buena fortuna del padre de familia.
El apóstol san Pablo también confirma la misma doctrina, llamando iglesia doméstica a toda una familia bien regulada (Rom., XVI, 5); de lo cual se infiere, que los domésticos participan de los bienes comunes de la casa donde viven, y son respectivamente interesados en todas sus felicidades y dichas.
El mismo santo apóstol, enviando memorias y salutaciones espirituales a sus amigos y conocidos, las da también de parte de santa Priscila, y de todos sus domésticos; dando a entender con esto que todos los que componen una familia dichosa participan de todos los bienes comunes de la casa (1 Cor., X. 19).
Ultimamente confirma san Pablo el asunto de este capítulo, diciendo, que los fieles consideren que ya no son extraños ni adventicios, sino domésticos de Dios; dando a entender, que el privilegio estimable de ser domésticos de un padre de familia generoso, hace dichosos a todos los que son de su casa; y los pone en especial obligación de atender a sus operaciones, para que no desdigan de la familia santa donde son estimados.
Siguese de todo lo dicho, que todos los domésticos que componen una familia cristiana, deben atender y mirar mucho, que por ellos no pierda su estimación y crédito la honrada casa donde viven, ni tampoco sus conveniencias temporales. Lo primero se consigue hablando siempre con la debida estimación de todos los de su casa; pero sin mentira, porque Dios no necesita de nuestras ficciones mentirosas para ser alabado en sus criaturas, como se dice en el sagrado libro del santo Job.
Lo segundo (que es mirar los domésticos por las conveniencias temporales de la casa donde viven) se conseguirá cumplidamente, trabajando cada uno cuidadoso por su parte, como tiene obligación, y no sisando ni robando de los bienes comunes; porque esto no se puede hacer en buena conciencia. De los trabajos útiles de los particulares se consigue el aumento del bien común, como se dice en la divina Escritura. (IV Reg., vi, 2 et seq.)
R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

El cielo. La comunión de los santos. El purgatorio.

¿Es el cielo un lugar, o un estado del alma? ¿Qué es lo que sabemos acerca del cielo? ¿Reconocemos allí a nuestros amigos y parientes?
El cielo es, a la vez, la felicidad eterna y la morada donde habitarán eternamente los justos en la vida de ultratumba. En la Biblia recibe los nombres de reino de los cielos, reino de Dios, reino del Padre, vida eterna (Mat. V, 3; XIII, 43; XIX, 16; Marc. IX, 46), reino de Cristo, ciudad de Dios, paraíso, corona de vida de justicia, de gloria y nuestra herencia eterna (Luc. XXII, 30; Hebr. XII, 22; 2 Cor. VI, 4; Santiago I, 12; Hebr. IX, 15).  
La bienaventuranza sobrenatural del cielo consiste en la visión intuitiva de la esencia divina. "Ahora vemos confusamente, como en un espejo; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; entonces conoceré plenamente (a Dios) a la manera que yo soy conocido" (1 Cor XIII, 12).  
Esta doctrina fue definida primero por Benedicto XII en 1336 y luego por el Concilio de Florencia, en 1349. El Confio de Viena nos dice que para que nuestro entendimiento pueda ver a Dios, es perfeccionado sobrenaturalmente por el lumen gloriae o luz de la gloria. Nadie puede entrar en el cielo a no ser que esté en estado de gracia (Apoc. XXII, 27).  
La felicidad suprema que allí se goza excluye forzosamente todo mal, sea éste moral o físico. "Y Dios les enjugará todas sus lágrimas; ni habrá ya muerte, ni alarido, ni llanto, ni habrá más dolor, porque las cosas de antes son ya pasadas" (Apoc. XXI, 4).  
Pero esa felicidad eterna será susceptible de grados. "Quien escasamente siembra, cogerá con escasez; y quien siembra a manos llenas, a manos llenas cogerá" (2 Cor IX, 6).  
La intimidad que el alma tendrá con Dios en el cielo, sus relaciones con los santos, su inmunidad contra todo pecado, son gozos que nuestro entendimiento no puede alcanzar. "Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para aquellos que le aman" (1 Cor. II, 9).  
No cabe duda que en el cielo conoceremos a nuestros amigos y parientes, y por cierto con más intimidad; de donde se seguirá un amor muy superior al que les tuvimos acá en la tierra. Uno de los mayores goces del hombre en esta vida es el amor de los amigos y familiares. Dios, en vez de destruir en el cielo ese amor, le sobrenaturalizará. En el cielo todo es sobrenatural, sin que por eso sea antinatural. Al fin y al cabo, del amor y la amistad acá en la tierra son plantas excesivamente delicadas. No es raro ver amistades cambiadas en odios, y por cosas bien insignificante. Dígase lo mismo de las familias donde por desgracia abundan las riñas y las desavenencias. En la otra vida, cuando el alma está confirmada en gracia, los efectos del corazón serán mejorados y aumentados el ciento por uno. Amaremos a los nuestros en Dios y por Dios.

¿Cómo es posible que se encuentre feliz en el cielo el que tenga noticia de que sus parientes y amigos están en el infierno, y para siempre?
El cielo no es otra cosa que la visión beatífica, lo cual equivale a decir que los santos lo verán todo desde el punto de vista de Dios. Los sufrimientos de los condenados no pueden afectar a los bienaventurados más de lo que afectan a Dios, que es infinitamente feliz, a pesar de los padecimientos de sus criaturas en el infierno. Hay una diferencia grandísima entre la manera de habernos en esta vida y en la otra. Acá lloramos desconsolados si sospechamos que un miembro de nuestra familia está en el infierno. Por eso hay en la Iglesia tantas Ordenes y Congregaciones religiosas que se dedican con todo ardor a la salvación de los hombres. El deseo de convertir a los pecadores espolea vivamente a estos siervos de Dios y hace que ayunen y se destierren a tierras lejanas, exponiéndose continuamente a mil peligros por salvar a las ovejas extraviadas. Pero en la otra vida nuestros sentimientos tienen que cambiar necesariamente. Entonces tendremos por los condenados la misma simpatía que ahora tenemos por los demonios, porque nos haremos perfecta cuenta de que están en el infierno justísimamente. Rehusaron obedecer a Dios, murieron impenitentes y en el infierno odian y odiarán a Dios eternamente. Esto despoja a los condenados de todo aquello que acá en la tierra los hacía amables a nuestros ojos.

¿Qué quieren decir aquellas palabras: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán"? (Marc. XIII, 31).
No es difícil el sentido de estas palabras. Jesucristo acababa de hablar de la destrucción del templo de Jerusalén, que se avecinaba, y del fin del mundo. A continuación añadió que, aun cuando el mundo y todas las cosas terrenas son fugaces y perecen, su Evangelio es eterno. Ya había expresado esta misma idea el profeta Isaías: "Los cielos se desharán como humo, y la tierra se consumirá como un vestido, y perecerán como estas cosas sus moradores. Pero la salud (el Salvador) que Yo envío durará para siempre, y nunca faltará mi justicia" (Isaí. 51, 6).

¿Qué se entiende por la "comunión de los santos"?
La comunión de los santos es el lazo espiritual que une a los fieles de la tierra a las almas del purgatorio y a los bienaventurados del cielo en un Cuerpo místico, cuya cabeza es Jesucristo y la participación de todos en una misma vida sobrenatural. Los santos, por su proximidad a Dios, obtienen de El gracias innumerables, tanto por nosotros los fieles como para las almas del purgatorio. Los fieles, acá en la tierra, con us plegarias y buenas obras, honran y aman a los santos y con sus sufragios socorren a las almas del purgatorio. De este modo, todos constituimos un Cuerpo místico, cuya cabeza es Jesucristo.
Los Evangelios abundan en textos que nos hablan del reino de Dios, y dicen que es un reino divino y espiritual establecido por Jesucristo y unido por el vinculo de la caridad (Mat. III, 2, 11, 48; XII, 28; Luc. XVII, 20; XII, 49; Marc. 1, 5). Son ciudadanos de ese reino los justos de acá abajo, los santos y los ángeles (Mat. XIX, 29; Apoc. XXI, 10-27). San Juan dice de esta comunión que es "la unión entre nosotros y nuestra unión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Juan 1, 3). San Pablo, hablando de este Cuerpo místico, dice que todos los fieles son miembros de él (Rom. XII, 5; Colos. 1, 18). Todos participan de las mismas bendiciones espirituales (1 Cor. XII, 13), de los mismos méritos (Rom. XII, 4-6; Efes. IV, 7-13) y de las mismas oraciones (Rom. XV, 30).

¿Dónde habla la Biblia del purgatorio o de las oraciones por los difuntos? ¿Creyeron los cristianos primitivos en un estado intermedio entre el cielo y el infierno? ¿No es más razonable suponer que, a la muerte, el alma va directamente, o al cielo, o al infierno?
La Iglesia ha definido la existencia del purgatorio en dos Concilios ecuménicos: el de Florencia y el de Trento. Dice así este último: "La Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, basándose en las Escrituras y en la tradición de los Padres, ha declarado en otros Concilios sagrados, y recientemente en este Sínodo ecuménico, que existe un purgatorio y que las almas allí detenidas pueden ser ayudadas por los sufragios de los fieles y principalmente por el aceptable sacrificio del altar" (sesión 25).  
Fundándose en la Sagrada Escritura, el mismo Concilio declaró (sesión 14, canon 12) que Dios no siempre remite toda la pena temporal debida por los pecados ya perdonados (Núm. XX, 12; 2 Rey. XII, 13-14).  
El Apocalipsis nos dice que en el cielo no puede entrar nada que esté manchado (XXI, 7). Ahora bien: a nadie se le oculta que muchos cristianos mueren con pecados veniales. Sigúese, pues, que todos aquellos que mueran manchados con pecados veniales o con pena temporal no remitida aún, tienen que expiar eso en el purgatorio. 
La doctrina del Antiguo Testamento sobre el purgatorio puede verse clara y precisa en el libro segundo de los Macabeos (XII, 43-46). Después que Judas Macabeo venció a Gorgias, volvió con sus compañías a sepultar a los judíos que habían perecido en el campo de batalla. Tenían los muertos en sus vestidos algunos amuletos tomados de los ídolos de Jamnia, contra lo preceptuado por el Deuteronomio (VII, 25). Cuando Judas los vio, hizo oración a Dios para que perdonase ese pecado a los difuntos (12, 31-42), y, "juntando doce dracmas de plata, las envió a Jerusalén para que se ofreciese un sacrificio por los pecados de los muertos". No creyó que éstos habían pecado mortalmente, "pues consideró que los que habían muerto piadosamente tenían asegurada una paz muy grande". Luego añade el escritor sagrado: "Es, pues, un pensamiento santo y saludable el rogar por los difuntos, para que sean libres (de las penas) de sus pecados." 
Los protestantes no admiten los libros de los Macabeos, sino como apócrifos; pero eso lo hacen para no verse obligados a admitir estos textos que condenan su doctrina sobre el purgatorio. Aun cuando no hubieran sido inspirados, estos libros nos muestran lo que creían los judíos mucho tiempo antes de la venida de Jesucristo.
Nuestro Señor habla en el Evangelio de pecados que pueden ser perdonados "en el otro mundo" (Mat. XII, 32), lo cual se refiere al purgatorio, como afirman San Agustín (De Civ Dei 21, 24) y San Gregorio Magno (Dial 4, 39). 
San Pablo habla de pecados veniales que serán borrados por el fuego y del alma que será salva, pero así como por fuego (1 Cor. III, 11-15).  
Orígenes, San Jerónimo, San Ambrosio y San Agustín dicen que en este pasaje el apóstol se refiere al purgatorio. Asimismo, todos los Padres, los de Oriente lo mismo que los de Occidente, mencionan la costumbre apostólica de rogar por los difuntos. 
Tertuliano (160-240) habla dos veces sobre las misas que se decían el día del aniversario del difunto. "Ofrecemos sacrificios por los muertos una vez al año, como si celebrásemos su onomástico" (De Cor Mil 3). "La viuda fiel hace oración por el alma de su esposo difunto, pidiendo para él, primero, refrigerio, y luego, unión y compañía con ella después de resucitados: y con este objeto hace oblaciones el día del aniversario de su muerte" (De Monog 10). 
San Cipriano (200-258) decretó que no se dijesen misas por el sacerdote que hubiese desempeñado el oficio de ejecutor en los testamentos (Epist. 66).  
San Ambrosio, en las honras fúnebres del emperador Teodosio, decía: "Dad, Señor, descanso perfecto a tu siervo Teodosio, ese descanso que habéis preparado para vuestros santos... Yo le he amado, y por eso quiero estar con él en la tierra de los vivos; ni descansaré hasta que con mis lágrimas y oraciones le lleve allá a donde sus buenas obras le reclaman, al monte santo del Señor." 
A San Agustín le dijo su madre, Santa Mónica, momentos antes de morir: "Entierra este cadáver donde quieras; no te aflija en modo alguno su cuidado. Lo que sí te encarezco es que dondequiera que estés te acuerdes de mí ante el altar del Señor" (Confes 11, 27).  
San Cirilo de Jerusalén (315-386) escribe así: "Luego rogamos por los santos Padres y por los obispos que nos han precedido, así como por todos los que han muerto en comunión con nosotros, pues creemos que las almas por las cuales se ruega reciben gran ayuda mientras se celebra el santo y tremendo sacrificio" (Cath Myst 5, 9).
San Juan Crisóstomo (334-407): "No son vanas las oblaciones que se hacen por los difuntos; no son vanas las súplicas, no las limosnas" (Act. Apost XXI, 4). También son de mucho valor en este punto las oraciones de las liturgias más antiguas, tanto orientales como occidentales. 
Dice así la liturgia romana: "Acuérdate, ¡oh Señor!, de tus siervos, que nos han precedido con el sello de la fe y duermen el sueño de la paz. Te suplicamos, Señor, que les concedas un lugar de refrigerio, luz y paz, por el mismo Jesucristo Nuestro Señor." Estas palabras, "refrigerio, luz y paz" pueden verse en no pocas inscripciones de las catacumbas. En muchas tumbas cristianas de los tres primeros siglos se encuentran estas frases por demás significativas: "En paz", "Tenga luz eterna en Cristo", "Que Dios te dé el refrigerio." Hoy día solemos escribir R. I. P., o sea: Descanse en paz. 
Toda esta serie de testimonios no pesan nada en la balanza protestante. La doctrina cristiana está tan entrelazada toda ella, que la negación de un dogma lleva forzosamente a la negación de muchos otros. Al afirmar Lutero que la fe sola nos justificaba, se vio forzado a negar la distinción entre pecado mortal y venial, la pena temporal, la necesidad de las buenas obras, la eficacia de las indulgencias y la utilidad de las oraciones por los difuntos. Efectivamente, si el pecado no es, en realidad, perdonado, sino sólo cubierto; si el "hombre nuevo" del Evangelio es Jesucristo imputando su propia justicia al que aún es pecador, siguese lógicamente que rogar para que los difuntos sean libres de la pena temporal de sus pecados es un contrasentido. La negación luterana del purgatorio implica dos hechos a cual más absurdos, a saber: o que la mayoría de los cristianos se condenan, o que Dios, "por un cambio repentino y mágico", purifica el alma a la hora de la muerte para que se salve. Para Lutero no hay términos medios. En cambio, los católicos tenemos una doctrina más consoladora y más conforme a razón. Hay que admitir que muchos mueren con pecados veniales y con la pena temporal debida por los pecados ya perdonados en, cuanto a la culpa. 
De ordinario cometemos muchos pecados veniales, de los cuales nos olvidamos pronto, sin que se nos pase por las mentes arrepentimos de ellos, porque los tenemos en poco. Hay pecadores que viven apartados de la religión años y más años, y, por fortuna, se convierten a Dios en el lecho de muerte. Estos tales mueren de ordinario con mucha pena temporal, que habrán de pagar en la otra vida "hasta el último cuadrante". 
Aun el filósofo pagano Platón distinguió entre las ofensas curables e incurables que han de ser castigadas en la otra vida; unas, temporalmente; las otras, eternamente. Yo me he encontrado con protestantes—algunos de ellos luteranos— que me han confesado sin ambages que rezan a menudo por sus parientes difuntos, aunque los pastores les dicen lo contrario; porque, según me han dicho, los difuntos no eran ni tan perversos que merecieran el infierno, ni tan buenos que pudieran entrar en el cielo pronto. Me acuerdo de una señora de Baltimore, luterana, que todos los días rezaba por su esposo difunto. Sin haber leído en su vida a San Agustín, estaba cumpliendo a la letra lo que dijo el santo, a saber: "Que hay muchos que salen de esta vida ni tan malos que no merezcan ser mirados con misericordia, ni tan buenos que tengan derecho a entrar en seguida a gozar de la bienaventuranza" (De Civ. Dei 24). Esta doctrina sobre el purgatorio es, además, tan conforme a razón, que muchos escritores no católicos se han visto forzados a admitirla. Mallock dice que, "lejos de ser ésta una superstición superflua, es ni más ni menos lo que la razón y la moralidad piden a una".

Bibliografia
Apostolado de la Prensa, El Purgatorio y los sufragios
Id. Acto heroico en favor de las benditas almas.
Bilbao, Pláticas sobre el cielo.
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Drexiellus, El cielo, ciudad de los bienaventurados.
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Ruiz Amado, El cielo.
Vidal, ¡Pobres almas!.
Vilariño, El cielo.
Id. El purgatorio.