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martes, 25 de septiembre de 2012

Augustissima Virginis. De León XIII

Sobre la devoción del Santísimo Rosario 
Del 12 Septiembre  de 1897
 
l. María a través de la Biblia. 
Cuanto interese fomentar constantemente el culto de la Augustísima Virgen María y promoverle cada día con más esfuerzos en privado y en público, fácilmente echará de ver cualquiera que consigo mismo considere el grado altísimo de dignidad y gloria a que ha sido elevada por el Señor. Desde el principio de los siglos la destinó para ser Madre del Verbo que había de tomar carne humana; y por lo tanto de tal manera la distinguió entre todos los seres que existían más hermosos en los tres órdenes de naturaleza, gracia y gloria, que con razón la Iglesia, ha aplicado a Ella ellas palabras: Yo salí de la boca del Altísimo, engendrada antes que existiese ninguna criatura (1). Mas luego que comenzaron los siglos, caídos en la culpa original nuestros primeros padres, e inficionados con la misma mancha todos sus descendientes, fue constituida como prenda restauradora de la paz y de la salvación. El mismo unigénito Hijo de Dios no pudo menos de dar a su Madre Santísima señales evidentes de honor: pues cuando hacía vida privada en la tierra, fue mediadora para la ejecución de dos prodigios, que entonces realizó: uno de gracia, dando muestras de gozo el niño en el vientre de Isabel, con motivo del saludo que le dirigió María, el otro de naturaleza, al convertir el agua en vino en las bodas de Caná; y cuando, al fin de su vida pública, instituía el nuevo testamento que había de ser sellado con su divina sangre, la encomendó al Apóstol del amor con aquellas dulcísimas palabras: Ahí tienes a tu Madre (2)
 
II. Como en testamento.
Nos, pues, que, aunque indignos, hacemos las veces y representamos en la tierra a la persona de Jesucristo Hijo de Dios, jamás dejaremos de alabar a tan grande Madre mientras tengamos vida.
Conociendo que, por lo avanzado de Nuestra edad, no la hemos de tener muy larga, no podemos menos de reiterar a todos y a cada uno de Nuestros Hijos en Jesucristo, para dejarles como testamento, las últimas palabras del mismo cuando estaba pendiente de la Cruz: Ahí tienes a tu Madre.
Y Nos consideramos plenamente satisfechos, si con Nuestras exhortaciones consiguiéremos, que cada uno de los fieles nada tenga más arraigado, nada mire con más amor como al culto de María, y que Nos fuere permitido aplicar a cada uno las palabras de San Juan que escribió de sí mismo: y desde aquel punto encargóse de ella el discípulo, y la tuvo consigo en su casa (3).
 
III. Mes del Rosario.
Acercándose, pues, el mes de Octubre, no omitiremos tampoco en este año, Venerables Hermanos, la ocasión de dirigiros Nuestras Letras, exhortándoos una vez más con la mayor solicitud que esté a Nuestro alcance, que procure cada uno, por medio del Santo Rosario, adquirir méritos para sí y para la Iglesia militante.
Y esta devoción parece que al finalizar el presente siglo por singular pro videncia de Dios aumenta de día en día, para excitar la piedad de los fieles que languidece: y de ello dan testimonio los grandes templos y santuarios que son celebérrimos por el culto de la Madre de Dios. A esta Madre Divina, a la cual ofrecimos flores en el mes de Mayo, consagrémosle también con especial afecto de piedad el fructífero mes de Octubre: pues es muy propio que dediquemos ambas épocas del año a aquélla que dijo de sí misma: mis flores dan fruto de gloria y de riqueza (4).
 
IV. Espíritu de asociación.
El espíritu de asociación a que se inclinan naturalmente los hombres, en ninguna época se ha hecho más efectivo constituyendo lazos de estrecha unión, como en la Nuestra; ni nadie ciertamente le condenará, a no ser, que, torciéndose esta nobilísima inclinación de naturaleza, tienda a malos fines, confederándose y reuniéndose los hombres impíos en asociaciones de varia especie contra el Señor y contra su Cristo (5). Se echa, no obstante, de ver con gozo del alma, que también entre los católicos se despierta el amor y se procura el fomento de las asociaciones piadosas, acrecentándose el número de sus individuos, uniéndose todos en ellas con el vínculo del amor cristiano, considerándolas como domicilios comunes, de tal manera que pueden llamarse y parecen ser verdaderamente hermanos. No debe en manera alguna llevar el nombre de asociación fraternal aquélla donde no exista el amor de Cristo; lo cual condenaba severamente en otro tiempo Tertuliano con estas palabras: Somos por derecho de naturaleza vuestros hermanos, como hijos de una madre, aunque tenéis poco de hombres, porque sois malos hermanos. Pues, ¿cuánto más son dignos del nombre de hermanos aquellos que reconocen a un Dios como padre, que bebieron un mismo espíritu de santidad, y de un mismo vientre de ignorancia salieron a la única luz de la verdad (6).
 
V. Fomento de asociaciones católicas
Muchos son los motivos que deben excitar a los hombres católicos: a la institución de estas últimas asociaciones, como las llamadas círculos y bancos agrarios, las reuniones para recreo del ánimo en los días de fiesta, las que se conocen con el nombre de patronatos dedicados a la vigilancia y dirección de los niños, con otras congregaciones y cofradías constituidas sobre excelentes bases. En verdad todas ellas, aunque por su nombre, forma y especial próximo fin, parezcan de institución moderna, son antiquísimas; pues se encuentran vestigios de las mismas en los comienzos de religión cristiana. Regularizándose más tarde mediante ciertas reglas, distinguiéndose con signos especiales, obtuvieron privilegios, y empleadas en el culto divino en los templos, o destinadas al cuidado de las almas y de los cuerpos, se les ha dado varios nombres según los distintos tiempos. El número de estas asociaciones se ha aumentado de día en día, de tal modo que, en Italia sobre todo, no hay ciudad, villa y aun parroquia donde no existan una o muchas.

VI. La Cofradía del Santo Rosario
Entre estas asociaciones no dudamos en dar el primer lugar de dignidad a la  que se llama del Santo Rosario. Pues si atendemos a su origen, es de las primeras en antigüedad, porque se ti por autor de esta institución al mismo Padre Santo Domingo: si consideramos sus privilegios, está dotada de innumerables gracias por la munificencia de Nuestros predecesores, La forma y la vida de institución es el Rosario Mariano, de cuyo poder hemos hablado extensamente en otras ocasiones. Sin embargo, es mucho mayor la virtud y eficacia del Rosario en cuanto que es práctica de la asociación que lleva su nombre. A nadie se oculta lo necesario que es la oración a todos, no porque puedan mudarse por su virtud los decretos divinos, sino para que según San Gregorio: Los hombres, elevando  a Dios sus plegarias, merezcan recibir lo que el Señor omnipotente tiene dispuesto concederles desde la eternidad (7). Y San Agustín el que sabe orar rectamente, sabe también vivir rectamente (8). Pero las oraciones tienen más vigor para impetrar el auxilio del cielo, cuando se dirigen por muchos a Dios, pública, constante y unánimemente; de tal manera que entonces se hacen como solo coro de súplicas y esto lo declara manifiestamente aquello de los hechos Apostólicos, cuando se dice que los Apóstoles que esperaban el Espíritu Santo, perseveraban unánimes en oración (9). Los que oren de este modo, no podrán menos de lograr fruto ciertísimo, y esto acontece con los Cofrades el Santo Rosario. Pues, así como oran , los sacerdotes pública y constantemente y por consiguiente con mucha eficacia con la recitación del oficio divino; también es de cierta manera pública, constante y común la oración que se hace por los cofrades con el rezo del Santo Rosario, o Salterio de la Virgen, como se le llama por algunos Romanos Pontífices.
 
VII. Oración pública y común.
Y por cuanto estas preces públicas, según dijimos, son mucho más excelentes que las que se hacen en privado, tienen también mayor fuerza de impetración, de ahí es que se haya dado por los escritores eclesiásticos a esta Cofradía el nombre de "milicia suplicante inscrita por el Padre Santo Domingo bajo la bandera de la Madre de Dios" a la que saludan las sagradas letras y los fastos eclesiásticos como a vencedora del demonio y de todos los errores. Ciertamente el Rosario Mariano une a todos aquellos que dan su nombre a esta asociación con un vínculo común a manera de una compañía fraternal y militar bien constituida y formada, que se compone de un ejército potentísimo para resistir los esfuerzos de los enemigos, que nos acometen intrínseca o extrínsecamente. Con mucha tazón pueden, por tanto, aplicarse a sí mismos los cofrades de esta piadosa asociación aquellas palabras de San Cipriano: Tenemos una oración pública y común, y cuando oramos, no elevamos nuestras plegarias al Señor por uno, sino por todo el pueblo, porque todo el pueblo somos una misma cosa (10). Por otra parte nos dan testimonio de la virtud y eficacia de tal súplica los anales eclesiásticos al consignar la derrota sufrida por las tropas turcas en la batalla naval en las islas del mar Jónico, como también las victorias alcanzadas contra los mismos en el siglo pasado en Polonia y en Córcega. Gregorio XIII quiso que perseverase la memoria del primero de dichos triunfos con la práctica pública del Santísimo Rosario en el día de Nuestra Señora de las Victorias, cuyo día lo dedicó después Nuestro predecesor Clemente XI a la misma Señora bajo la advocación del Rosario, mandando además que se celebrara dicha fiesta cada año en toda la Iglesia.
 
VIII. La oración a los Santos.
Por cuanto esta milicia es suplicante, inscrita bajo la bandera de la Madre de Dios, lleva consigo nueva virtud y especial honor. A esto se refiere particularmente, la salutación angélica repetida muchas veces después de la oración dominical. Dista mucho de oponerse esta devoción del Rosario a la dignidad de Dios, pareciendo que hemos de tener por medio de ella más confianza en el patrocinio de María que en el poder divino; Sino por el contrario, no hay cosa que más pueda promover el culto del Señor y hacérnosle propicio. La fe católica nos enseña que no solamente hemos de dirigir a Dios nuestras plegarias, sino también a los bienaventurados del Cielo, aunque de distinto modo, porque elevamos nuestras súplicas a Dios como a fuente de toda clase de bienes, y a los santos corno a intercesores. La oración, dice Santo Tomás se dirige a alguno de dos maneras, de una en cuanto que ha de ser despacha da por aquel a quien oramos, y de otra en cuanto que ha de ser conseguida por mediación de aquel a quien se eleva. Del primer modo oramos solamente al Señor, porque todas nuestras oraciones deben ordenarse a la consecución de la gracia y de la gloria, cuyos dones sólo Dios puede otorgar, conforme a aquello del Salmo 83, 12: "el Señor dará la gracia y la gloria". Pero del segundo modo dirigimos la oración a los Ángeles y hombres Santos, no para que por medio de ellos conozca Dios nuestras peticiones, sino para que nuestras oraciones produzcan su efecto por las súplicas y méritos de ellos, y por eso se dice en el Apocalipsis 8, 4, que el humo de los perfumes o aromas encendidos de las oraciones de los Santos subió por la mano del Ángel al acatamiento de Dios (11).
 
IX. La intercesión de María.
¿Quién entre todos los bienaventurados podrá competir con la augusta Madre de Dios en el poder y en la gracia de intercesión? ¿Acaso hay alguno que pueda ver más claramente en el Verbo eterno, las calamidades que sufrimos y las cosas que necesitamos? ¿A quién se le dio mayor poder para atraernos la misericordia de Dios? ¿Quién podrá compararse con Ella en sentimientos de piedad maternal? Es de notar que no pedimos a los Santos del mismo modo que lo hacemos a Dios, pues a la Santa Trinidad le pedimos que tenga misericordia de nosotros, pero a todos los demás Santos les decimos que oren por nosotros (12): mas el modo de orar a la Virgen tiene algo de común con el culto de Dios, de tal manera que la Iglesia pide a Ella empleando las mismas palabras con que ora al Señor: Ten misericordia de los pecadores. Muy bien, pues, obran los cofrades del Santo Rosario al dirigirle tantas salutaciones y súplicas, que vienen a ser otras tantas guirnaldas de rosas. Tal es la grandeza de María y tanta la gracia que tiene ante Dios, que aquel que estando necesitado de auxilio no recurre a Ella, es lo mismo que si deseara volar sin el auxilio de las alas.
 
X. Meditar los misterios es oficio angélico.
Hay también otro motivo de alabanza para esta Asociación que no debemos pasar en silencio. Siempre que meditamos con el rezo del Santo Rosario los misterios de nuestra salvación, otras tantas veces practicamos con noble emulación los oficios santísimos encomendados en otro tiempo a los Ángeles del cielo a quienes imitamos.
Ellos revelaron cada uno a su tiempo estos misterios, tomaron parte muy principal en ellos, diligentísimos fueron al intervenir en los mismos, manifestando en sus rostros unas veces gozo y alegría y tristeza otras: San Gabriel es enviado a la Virgen para anunciarle la Encarnación del Verbo eterno: coros angélicos celebran con cánticos de alegría el nacimiento del Salvador en la gruta de Belén; un Ángel sugiere a José la huida a Egipto, y que se tuviese allí con el niño; un Ángel consuela al Señor que a fuerza de dolor sudaba sangre en el huerto. Vencida muerte, los Ángeles anuncian la resurrección del Señor, y, subido a los cielos, los Ángeles también proclaman que desde allí ha de venir acompañado los ejércitos celestiales, con los cuales juntarán las almas de los escogidos, llevándolas consigo a los cielos, sobre los cuales ha sido ensalzada la Santa Madre de Dios (13).
Pueden con razón aplicarse a cofrades del Santo Rosario aquellas labras que dirigía el Apóstol San Pablo a los primeros cristianos: Vosotros habéis acercado al monte de Sión la ciudad de Dios viviente, la celestial Jerusalén, al coro de muchos millares de ángeles (14). ¿Qué cosa puede haber más divina y más dulce que el contemplarle con los Ángeles y orar juntamente con ellos? ¿Cuánto deben esperar y confiar que gozarán algún día en el cielo de la compañía bienaventurada de los Ángeles, aquellos que se asociaron en cierto modo a su ministerio la en tierra?
 
XI. Elogios de Pontífices para esta Cofradía.
Por estas consideraciones ensalzaron con grandes elogios esta Cofradía Mariana, los Romanos Pontífices, entre los cuales Inocencio VIII la llama Cofradía devotísima (15); Pío V, afirma que por su virtud se ha conseguido que: comenzasen a madurar repentinamente los fieles de Jesucristo en otros varones, a desvanecerse las tinieblas de las herejías y a manifestarse la luz de la verdad católica (16). Sixto V, considerando los frutos que se derivan de esta religiosa institución, se manifiesta devotísimo de ella; y otros, en fin, o la enriquecieron con grandes y provechosísimas indulgencias, o se pusieron bajo su tutela, dando a ellas su nombre con excelentes señales de benevolencia. También Nos, Venerables Hermanos, movido por el ejemplo de Nuestros predecesores, os exhortamos y rogamos con encarecimiento, como ya lo hemos hecho muchas veces, que consagréis especial cuidado al fomento de esta sagrada Cofradía de tal manera que con vuestro auxilio, cada día se llenen e inscriban nuevos cofrades; que por medio de vuestra solicitud y con el auxilio del Clero sometido a vuestra vigilancia que trabaja por la salvación de las almas, conozcan los fieles y estimen verdaderamente cuánta sea la virtud y utilidad de esta Cofradía para la salvación de los hombres. y esto lo pedimos con tanto más empeño, cuanto que en estos presentes tiempos vuelve a excitarse la hermosísima manifestación de piedad para con la Madre de Dios por medio del Rosario que llaman perpetuo.
 
XII. Bendición para esta asociación.
Damos con grato contento de Nuestro corazón Nuestra bendición a esta asociación, y deseamos sobre manera que os ocupéis en promoverla con mucha constancia y diligencia. Esperamos, pues, con gran confianza que han de ser muy valiosas las alabanzas y oraciones que sin cesar surgirán del corazón y los labios de la muchedumbre cristiana; y alternando de día y de noche por las varias regiones del orbe, junten el canto de sus voces concordes con la meditación de las cosas divinas. y esta perpetuidad de alabanzas y súplicas la significaron hace ya muchos siglos, aquéllas voces con que era aclamada Judith con el canto de Ozías: Bendita eres del Señor Dios altísimo tú, oh hija, sobre todas las mujeres de la tierra... porque hoy ha engrandecido tu nombre de tal manera, que jamás tus alabanzas cesaron en los labios de los hombres; a cuyas voces todo el pueblo de Israel respondió clamando: Así sea, así sea (17).
Entre tanto, como prenda de celestiales beneficios, y en testimonio de Nuestra paternal benevolencia, os damos la Bendición Apostólica con mucho amor en el Señor a vosotros, Venerables Hermanos, y a todo el clero y pueblo encomendado a vuestra fe y solicitud.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 12 de Septiembre del año 1897, vigésimo de Nuestro Pontificado. 
LEON PAPA XIII

(1) Eccli. 24, 5.

(2) Joan. 19, 27.
(3) Joan. 19, 27.
(4) Eccli. 24, 23.
(5) Psalm. 2, 2
(6) Apolog, c. 39.
(7) Dial, L, 1, c. 8.
(8) In Psalm, 118.
(9) Act. 1, 14.
(10) De orat. Domin.
(11) S. Thom., 2-2 q., 83, a 4.
(12) S. Thom., 2-2 q., 83, a 4.
(13) Brev. Rom. Vísp. y Matutin. de la Asunc.
(14) Hebr. 12, 22.
(15) Día 26 Febr. 1491.
(16) Día 17 Sept. 1569.
(17) Jud. 12, 23 ss.

lunes, 24 de septiembre de 2012

De la perfecta caridad y amor con que se han de asistir y consolar recíprocamente los que componen una familia cristiana, guardándose fidelidad unos a otros.

Las nobilísimas condiciones de la caridad perfecta las explica el apóstol san Pablo en una de sus cartas, diciendo, que la caridad es paciente, benigna y afable, sin emulaciones ni envidias, que no hace mal a nadie con falsedades, no se ensoberbece, no es envidiosa, no es amiga de su propio ínteres, no se irrita ni se enfurece con ninguna criatura, no admite juicios temerarios, no se alegra sóbrela iniquidad, sino que se llena de gozo por la verdad; todo lo sufre con paciencia, cree todo lo bueno, espera en su Dios, y todo lo sufre por su divino amor. (I Cor., XIII, 4 et seq.)
Si en las casas y familias reinase esta preciosa virtud, vivirían como ángeles en la tierra; y aunque por otra parte tuviesen muchos defectos, parecieran como santos; porque la verdadera caridad encubre todos los delitos, según la sentencia del Sabio (Prov., X, 12).
Lo primero, dice san Pablo, que la caridad es paciente; de lo cual se infiere que las frecuentes impaciencias, inquietudes y turbaciones de las familias provienen de que en ellas no reine la perfecta caridad; y por esto se llenan de imperfectísimas impaciencias unas criaturas con otras, y se las siguen muchos daños, conforme a un proverbio de Salomon (Proverb., XIX, 19).
Lo segundo, es la verdadera caridad muy benigna: Charitas benigna est; y el Espíritu de Dios es humano, benigno, afable, piadoso y misericordioso. Consideren las criaturas impacientes cuán lejos están de tener del espíritu del Señor.
 El apóstol san Pablo dice, que unas criaturas con otras sean benignas, afables y amorosas, y no se persigan con emulaciones ni envidias, porque la afabilidad cristiana induce grande sosiego eu el cuerpo y en el alma; y por el contrário, las personas inquietas ni tienen paz consigo, ni con su prójimo, y viven una vida mísera, aun para su propia conveniencia.
Nuestro Señor Jesucristo dice, que son bienaventurados los mansos de corazon: Beati mites (Matth., V, 4); y aun en esta vida les da el premio de su virtud; porque llevan una vida de pacífico sosiego, que ya parece es participación de la vida eterna que han de tener en el cielo.
El mismo Señor nos dice, que el medio mas eficaz para vivir con descanso y sosiego en este mundo, es el ser humildes de corazón, benignos, suaves, amorosos y piadosos con nuestro prójimo; y el apóstol san Pablo nos advierte, que ninguna criatura del mundo puede poner distinto fundamento a la virtud que el que Cristo la puso.
La verdadera caridad no se compone bien con las envidias y emulaciones, dice el apóstol san Pablo: Charitas non aemulatur; y el Sabio dice, que la vida de los envidiosos es como vida de infierno, donde no hay quietud, paz ni sosiego, sino turbación, rabia y horror sempiterno.
También dice san Pablo, que la caridad verdadera no es amiga de falsedades ni mentiras, errores, embustes ni chismes, porque la criatura que tiene caridad perfecta mas bien conoce los defectos propios que los ajenos. Primero se acusa el justo a sí mismo, que a su prójimo, dice una sentencia de la divina Escritura (Prov., XVIII, 17).La condición infernal del demonio es estar siempre acusando a todas horas a las criaturas humanas, como se dice en el misterioso libro del Apocalipsis; por lo cual aquellas personas maliciosas que siempre están pensando en acusaciones ajenas, imitan al enemigo cruel de las almas, que viéndose perdido, quiere perder a los demás.
No es contraria esta doctrina a la que dejámos escrita, enseñando a los domésticos que tienen obligación en conciencia de dar aviso a los padres de familia de los dispendios graves ocultos que padece su casa: solo queremos decir, que se eviten las acusaciones impertinentes de faltillas cuotidianas y geniales, cuyas acusaciones solo sirven para turbar la familia y la paz de todos.
 Los avisos que se deben dar a los padres de familia han de ser aquellos defectos perniciosos, a los cuales ya no se les halla otro remedio, sino que los señores pongan su mano para atajarlos. Se debe avisar también si algún niño ó niña de los hijos de casa comen tierra ó sal, ó cosa mala que les hace perder la salud, ó si tienen algún indecente divertimiento dentro ó fuera de casa, para cuyo remedio no basta de la correcciou fraterna, ó se conoce que no ha de ser de provecho.
Otras faltas casuales que suceden a los más avisados y cuidadosos, no son asunto para acusaciones criminales, ni otro ningún defecto, en que prudentemente se conoce no tiene voluntad de reincidir en él quien le cometió, porque el defecto que ya está remediado no necesita de acusación para su remedio.
Otras muchas faltas hay en las criaturas que piden enmendarse con la corrección fraterna, según el Señor nos lo tiene enseñado en su santo evangelio (Matth., XVIII); y si la corrección caritativa y amorosa no fuere bastante, será bien dar el aviso para que los padres de familia lo remedien.
Estas correcciones fraternas se han de hacer caritativamente, conforme el Señor lo dice en su santo evangelio. La primera corrección ha de ser en oculto: la segunda delante de dos personas de buena confianza, previniéndola a la delincuente, que si aquellas correcciones amorosas no bastaren, se dará noticia a quien pueda y deba poner el remedio que se desea para el mayor bien de su alma, y estimación de su persona.
El fin del precepto de Cristo Señor nuestro es la caridad bien ordenada, como nos lo advierte el apóstol san Pablo (I Tim., I, 5); por lo cual la criatura virtuosa que se emplea en este género de correcciones, ha de tener mucho cuidado que no la mueva para ella su propio ínteres, ni otro afecto vicioso, sino puramente el amor del bien espiritual de su prójimo.
El mismo santo apóstol también nos avisa, que semejantes correcciones se hagan con mucha paciencia, porque muchas veces sucede resultar mal del bien, y alterarse demasiado la persona corregida, teniendo por ofensa lo que fué caridad y amor; y para tales casos es menester mucha paciencia.
 Asimismo se ha de prevenir que la caridad de Dios no se compone bien con la soberbia del corazon humano, como dice san Pablo: Non inflatur. Y por esto las personas arrogantes y soberbias no son buenas para correcciones caritativas; porque estas edifican y la soberbia destruye, y comunmente nada se recibe bien del ánimo presuntuoso y soberbio.
Entre las criaturas soberbias siempre hay continuas discordias, dice la divina Escritura: Inter superbos semper jurgia sunt (Prov., VI, 4). Y por esta razón en algunas casas infelices nunca se ve la paz verdadera, ni la caridad perfecta; porque la soberbia interior les tiene inquietos los corazones, y mientras no se humillen, apenas hallarán sosiego.
Al contrario sucede en las familias dichosas, donde no reina la soberbia, y triunfa la verdadera caridad y el amor fraternal; porque aun en este mundo viven como en una semejanza del cielo, amándose unos a otros, como Cristo Señor nuestro lo enseña (I Joan., IV, 8); y estimando las correcciones como grandes beneficios, y así lo son, si se consideran bien.
El príncipe de los apóstoles san Pedro dice en la primera de sus cartas, que la verdadera caridad y amor fraternal encubre la multitud de los pecados; por lo cual, aquellas casas y familias dichosas donde triunfa y reina la caridad de Dios, y el amor fraternal de unos con otros, parece casa de santos; porque en ellos no se ve pecado alguno, no porque no los tengan (que ninguno vive sin faltas: Nemo sine crimine vivit), sino porque el amor, paz y caridad encubre todos los defectos.
¡Dichosas las familias donde todos viven en sana paz! Para conservar esta grande felicidad importará mucho que se repriman los juicios temerarios de unos con otros; porque dice David, que los que juzgan iniquidades de su prójimo en su malicioso corazon, todo el dia lo pasan maquinando disturbios y disensiones (Psalm. CXXXIX, 3).
Han de amar la verdad, y aborrecer los chismes, enredos y mentiras; porque dice el Espíritu santo, que los engaños y mentiras son oprobio de las criaturas humanas (Eccli., XX, 19).
Se han de guardar la reputación, la fama y el secreto natural unas con otras las personas honradas que viven en una familia virtuosa; y desengáñense, que el quebrantar el secreto natural en materia grave es pecado mortal, de que se han de confesar en el octavo mandamiento. El Espíritu Santo dice, que si oyeres alguna cosa contra tu projimo, se sepulte en tu pecho, y no lo digas, que no reventaras por callarla: Non enim te disrumpet (Eccli., XIX, 10).Aborrece las murmuraciones, si quieres vivir en paz con la familia, porque es abominación de los hombres el murmurador, dice el Sabio: Abominatio hominum detractor (Prov., XXIV, 9). No puede ocultarse el mal que dice de los otros, y por último cae la piedra sobre su cabeza. Á muchos les pierde su maldita lengua.
Algunas personas infelices tienen lengua de áspides, dice un santo profeta (Psalm. XIII, 3); y el veneno de áspid es insanable, como también se dice en un misterioso cántico, porque algunas personas murmuradoras dicen tales horrores, que despues no tienen curación.
Bienaventurada es la criatura que sabe gobernar su lengua, y a nadie ofende con ella, dice el Espíritu Santo, porque en esta vida vivirá con quietud y estimación de mi persona; y los que fueren inconsiderados en hablar sentirán muchísimos males, no tendrán sosiego interior ui exterior, y serán aborrecidos en las familias, como perturbadores de la paz común, y enemigos de la verdadera caridad y amor de sus prójimos. El Señor los corrija. Amen.
R. P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

viernes, 21 de septiembre de 2012

Sexto Mandamiento. Eugenesia. Control de la natalidad. Esterilización de criminales y endebles. Higiene sexual en las escuelas.

¿Por qué se opone tanto la Iglesia católica a la eugenesia moderna? El fin de la eugenesia es mejorar y robustecer la raza. ¿No es acaso conveniente y aun necesario que el Estado prohiba casarse a los que padezcan enfermedades mentales? ¿Por ventura tiene alguno derecho a engendrar hijos que han de vivir raquíticos toda la vida y se han de convertir en una carga para la sociedad?
     No ha habido ni habrá jamás corporación alguna que se pueda comparar con la Iglesia en su celo por el mejoramiento de la raza. Con ese fin, la Iglesia propaga una doctrina moral y espiritual que tiende, como por su propio peso, a robustecer el individuo y la sociedad. Los corifeos de la eugenesia moderna, con miras materialistas, minan la sociedad, pues someten al hombre a experimentos que hacen añicos la dignidad humana, van contra los principios fundamentales de la Etica, fomentan la inmoralidad sexual dentro y fuera del matrimonio y no tienen más que una mueca de desprecio para los miembros débiles de la sociedad. 
     Por eso la Iglesia condena absolutamente el control de la natalidad, la esterilización en masa de los endebles, la muerte dulce de los incurables y otras pestes y fuentes de inmoralidad, harto frecuentes, por desgracia, en nuestros días. El fin no justifica los medios, ni es lícito a nadie hacer el mal para conseguir el bien (Rom III, 8). 
     Pero no se crea que la Iglesia es irracional. En esto, como en todo, sabe muy bien separar el trigo de la paja. La verdadera eugenesia es la que propone la Teología católica, y la Teología no es más que la pregonera de las enseñanzas de la Iglesia. Esta, fundada por Jesucristo para llevar al Cielo a todos los hombres, no ha descuidado jamás el desarrollo físico de los mismos. Predica sin cesar la templanza y la castidad, y con esto pone óbice a la embriaguez y a las enfermedades venéreas. A los solteros de uno y otro sexo les exige continencia absoluta, que redunda en beneficio de la raza, pues hace que los esposos vayan puros al tálamo conyugal. Y, en cuanto a los casados, insiste en la castidad conyugal, previniendo así a la familia contra sus dos enemigos más repugnantes, que son el adulterio y el divorcio. 
     Además, ¿cuándo ha dicho la Iglesia que todos en absoluto tienen derecho a casarse? No tiene derecho al matrimonio el que no ha de poder en modo alguno mantener a la prole. Las obligaciones del matrimonio son graves, y sólo aquellos que son capaces de cumplirlas tienen derecho a encontrarlo. Cuando un individuo se halla en tales condiciones que no puede desempeñar por sí las obligaciones anejas al matrimonio, la caridad y la razón piden que se abstenga. Piden, pero no obligan. Hay que mirar a la prole; y si un individuo no puede engendrar más que prole raquítica y enfermiza, debe abstenerse del matrimonio. La razón de que la Teología moral no prohiba en absoluto a los tales que se casen es porque la continencia absoluta es una carga más pesada para la mayoría, y no hay que exigir actos heroicos al promedio de la humanidad. Ciertamente, no parece injusto prohibir que se casen los locos rematados, ya que ignoran por completo los deberes del matrimonio; pero, en casos en que la enfermedad mental no está tan avanzada, si el enfermo es debidamente atendido en sanatorios o en instituciones docentes apropiadas, puede mejorar notablemente, y en tal caso queda hábil para engendrar hijos. Desde luego, legislar en esta materia es por demás imprudente y peligroso, tanto más que los que legislan son oficiales públicos, ateos muchas veces, falsos casi siempre de religión y de sentido común. Tales leyes no tendrían fuerza alguna; vendrían los sobornos y, al cabo de cierto tiempo, serían materia de risa y venero riquísimo para los caricaturistas.

     ¿Por qué se opone la Iglesia tan tenazmente al control de la natalidad? ¿Por qué obliga a los casados a tener familias numerosas, y, por cierto, bajo pena de pecado mortal? Más pecaminoso es engendrar hijos que uno no puede mantener. Además, la limitación de la familia es necesaria, porque la población mundial crece en proporciones superiores a la producción de subsistencias. En materia de hijos, mejor es la calidad que la cantidad; y éste es el lema del progreso moderno: "Menos hijos y mejores". ¿Qué Concilio ha condenado jamás el control de la natalidad?
     La Iglesia católica prohibe el control de la natalidad por ser éste un vicio inmoral, un pecado contra la naturaleza, condenado por los Mandamientos quinto y sexto. Aunque ningún Concilio ecuménico ha legislado nada sobre este punto, sin embargo, la tradición divina de la Iglesia desde los días de las catacumbas hasta las últimas decisiones de las Congregaciones romanas no ha podido ser más inequívoca. 
     Un decreto del Santo Oficio de 21 de marzo de 1851 declaró que esta doctrina malsana está prohibida por la ley natural, y otro decreto similar, expedido dos años más tarde (10 de abril de 1853). la declaró mala intrínsecamente. Ni la ética católica ni la teología moral han tolerado jamás semejante práctica. El débito conyugal es un derecho legal, sano y estricto, que obliga igualmente a las dos partes hasta la muerte y que sólo se puede negar por justas y graves razones, como en caso de embriaguez, locura, grave peligro de la salud o de la vida, etc. 
     Sin embargo, si los esposos convienen en ello, pueden ceder de su derecho y abstenerse, o por toda la vida, o por un espacio de tiempo determinado (1 Cor VII, 5). Muchos que no son católicos no acaban de entender la posición de la Iglesia en este particular. Creen que los matrimonios católicos están obligados a tener todos los hijos de que son capaces. No hay tal. Los esposos son libres para abstenerse y guardar continencia si no quieren tener hijos. Lo que la Iglesia católica prohibe y prohibirá siempre es la limitación de la familia por medios artificiales, ya sean éstos quimicos, mecánicos o como sean. Esta limitación de la natalidad es contra la naturaleza, pues tiende a frustrar el orden de la creación. Además, impide el fin de un acto natural humano; va contra los Instintos naturales de la humanidad y conduce a excesos en el uso de una función que requiere más que otra ninguna dominio y moderación. 
El fin primario e inmediato del matrimonio es la generación de la prole. Cuando el acto conyugal tiene lugar de manera que este fin primario es frustrado deliberadamente, entonces va contra la ética y contra la naturaleza. Los placeres del matrimonio son legítimos e inocentes mirados desde el punto de vista de la prole. Por tanto, si lo único que se busca es el placer, procurando al mismo tiempo echar de sí los sacrificios anejos y la responsabilidad de la paternidad, el acto conyugal se convierte en un pecado horrible y degradante. Y, ciertamente, los que practican este control nefando no pueden sustraerse a los remordimientos de conciencia que trae consigo este pecado; que parece que Dios ha escrito en los corazones de todos los hombres aversión y repugnancia innatas a este crimen, por desgracia tan esparcido en el día de hoy. 
     Los incrédulos se ríen de tales remordimientos, que ellos califican de supersticiones religiosas anticuadas. Pero los católicos lo miran de manera muy distinta. Para ellos, el matrimonio es un sacramento instituido por Jesucristo. Este sacramento da gracia a los casados para que críen hijos para el Cielo. Las obligaciones del matrimonio son graves, pero fiel es Dios que dará gracia en proporción a las necesidades de cada uno cuando se procede a las derechas.
     La excusa del exceso de población no tiene fundamento ninguno. Al contrario, hoy día es un problema para las naciones dar salida a los productos, tanto agrícolas como industriales. Se produce inmensamente más que se consume, y no hay mercados en el mundo para tanta producción. Leroy-Beaulieu cree que aunque el mundo triplicase la población actual, no habría el más mínimo peligro de escasez de subsistencias. Lo que se necesita es una repartición más por igual, y ésta no tiene que ver nada con la reducción de la natalidad. Oígase lo mismo de la excusa de la pobreza. Vemos que que tienen familias más numerosas son los pobres, los ciudadanos de la clase media. No es, pues el dinero ni las expensas que trae consigo la educación de los hijos lo que mueve a los padres a practicar el control de la natalidad, sino el vicio, el deseo inmoderado de placeres carnales y un indiferentismo absoluto en materia de religión. Ni vale tampoco la excusa de que las madres que tienen muchos hijos acortan la vida y se exponen a perderla en cualquier parto. A veces así pasa, pero no es lo ordinario. Por el contrario, tenemos estadísticas que prueban con toda evidencia que la longevidad de las señoras no está en razón inversa del número de hijos. No son los hijos, sino la pobreza, la ignorancia y la falta de tratamientos médicos adecuados los que ocasionan en la mayoría de los casos la enfermedad y la muerte. 
     La Naturaleza tiene cuidado de salir por sus fueros. Por eso, cuando se va contra ella, se venga y paga en la misma moneda o peor. Nadie crea que la práctica del control de natalidad contribuye al robustecimiento de la raza. Esta práctica trae consigo esterilidad y enfermedades nerviosas de varios géneros. La doctora Mary Sharlied escribió en la British Medical Review: "Al cabo de más de cuarenta años de experiencias, me he convencido de que la limitación artificial de la natalidad daña al sistema nervioso de la mujer... La mujer que la practica, no sólo es estéril, sino que padece enfermedades nerviosas y, en general, tiene mala salud."
     No hay duda de que el control de la natalidad destruye con frecuencia la paz, felicidad y estabilidad del vínculo conyugal. Una familia de unos cuantos hijos robustece el amor de los padres, que se ven obligados a cooperar en su mantenimiento y educación. Cuando no hay hijos, hay menos obstáculos para el divorcio, y, de hecho se divorcian más los que no los tienen. Además, los bienes de una familia numerosa son inestimables. En ella, los hijos no se crían mimosos y melindrosos, acostumbrados a salir siempre con la suya, sino que se ven forzados a practicar virtudes muy preciosas, como la caridad, la disciplina, la paciencia y un continuo dominio propio. El hijo único de nuestros días se cría muelle y regalón, y más tarde es un hombre egoísta, inútil para la sociedad.
     En cuanto al principio "Menos hijos, pero mejores", no hay que decir sino que flaquea por su base. No son las familias cortas las que dan mejores hijos a la sociedad, sino las familias normales. 
     El laboratorio eugenésico de la Universidad de Londres posee estadísticas que prueban que los mejorados en la herencia paterna son los hijos tercero, cuarto y los que sigan; mientras que los dos primeros son los más propensos a heredar los defectos físicos y mentales de los padres. Lo ridículo es que hablan de mejorar la raza los que hacen todo lo que está en su mano para destruirla. Siempre se ha considerado como una maldición la esterilidad; y la peor de todas las esterilidades es la procurada artificialmente. 
     La civilización pide que el hombre y la mujer sean padres de guapos y robustos hijos para que la raza se multiplique en vez de disminuir.

     ¿Es cierto que la Iglesia condena la esterilización de los endebles, de los criminales y de los que padecen enfermedades mentales?
     Llamamos esterilización aquella operación quirúrgica que inhabilita al hombre y a la mujer para tener hijos. La Iglesia católica mantiene y defiende que sólo Dios tiene dominio supremo sobre la vida, por ser Creador y Señor del hombre. Este poder absoluto no lo tiene ni el individuo ni el Estado. El individuo no tiene derecho a suicidarse, ni puede el Estado disponer arbitrariamente de las vidas de los ciudadanos. Más aún: el individuo está obligado a conservar la integridad del cuerpo, y sólo por justas y graves causas puede mutilar uno o más miembros. 
     La ovariotomía o extirpación de uno o ambos ovarios es lícita sólo en caso de enfermedad de esos órganos, aunque a la extirpación suceda la esterilización. Los meros deseos del paciente no justifican esta operación. La vasectomía o esterilización del hombre sólo es lícita cuando corre peligro la vida o hay peligro de idiotez.
     Hay quienes opinan que el Estado puede castigar al criminal haciéndole estéril; pero la mayoría de los teólogos creen que este castigo es ilícito, por no ser ni eficaz ni necesario, ni ejemplar, ni reformador, ni reparador, es decir, que carece de todas las cualidades y requisitos que justifican la imposición de un castigo. No es, ciertamente, castigo para esa clase de gente a quien se aplica. Es, nótese bien esto, una privación innecesaria de un derecho esencial a todo hombre, un ataque desordenado a un derecho humano primario, y un acto de violencia contra la Naturaleza y su Autor, sin razón que los justifique. 
     Los que lean la prensa están enterados de la rapidez con que cunde este movimiento. En algunas naciones se han votado leyes legalizando la esterilización, con lo cual pretende cortar la transmisión de defectos por vía de degeneración. Con este fin privan de la facultad de engendrar a los locos, a los criminales, a los raquíticos, etc., etc. Los moralistas católicos se preguntan con qué derecho vota el Estado semejantes leyes. Porque, en primer lugar, ¿quiénes son esos inhábiles? No está todo en tener una musculatura hercúlea. A eso aspiran los materialistas. Los católicos distinguen muy bien entre el cuerpo y el espíritu. Un cuerpo débil contiene a veces un espíritu gigante que contribuye con su ingenio al mejoramiento de la raza más que un hombre de estatura gigantesca donde no se encuentran dos adarmes de sentido común. No han sido los débiles, sino los fuertes, los que han inferido puñaladas mortales a la civilización con tanta guerra y tantas revoluciones. 
     El Evangelio es mucho más razonable. Aunque no alaba la enfermedad, ni el pauperismo, ni la locura, sin embargo, considera a los pobres y a los enfermos como hijos de Dios, con alma inmortal como los fuertes, criados igualmente para el cielo y con derecho al respeto y reverencia que se deben a la personalidad humana.
     Dice Pío XI en su encíclica sobre el matrimonio cristiano: "Reprobamos este uso pernicioso, que próximamente se relaciona con el derecho natural del hombre a contraer matrimonio, pero que también pertenece en cierto sentido verdadero al bien de los hijos. Hay algunos... que anteponen el fin eugénico a todo otro fin, aun de orden más elevado, y quisieran se prohibiese por la autoridad pública contraer matrimonio a todos los que según las normas y conjeturas de su ciencia, juzgan que habían de engendrar hijos defectuosos por razón de la transmisión hereditaria, aun cuando sean de suyo aptos para contraer matrimonio. Más aún: quieren privarlos por la ley, hasta contra su voluntad, de esa facultad natural que poseen, mediante intervención médica; y esto no para solicitar de la pública autoridad una pena por un delito cometido o para precaver futuros crímenes de reos, sino contra todo derecho y licitud, atribuyendo a los gobernantes civiles una facultad que nunca tuvieron ni pueden legítimamente tener. Los gobernantes no tienen potestad alguna directa en los miembros de sus súbditos. Así, pues, jamás pueden dañar ni aun tocar directamente la integridad corporal donde no medie culpa alguna o causa de culpa cruenta, y esto ni por causas eugénicas ni por otras causas cualesquiera... Por lo demás, la doctrina cristiana y la luz natural de la razón nos dicen a una que los mismos hombres privados no tienen otro dominio sobre los miembros de su cuerpo que el que pertenece a sus fines naturales, y que, por tanto, no pueden destruirlos, mutilarlos o, por cualquier otro medio, inutilizarlos para dichas funciones naturales, a no ser cuando no se pueda proveer de otra manera al bien de todo el cuerpo."
     Además, aun cuando es un hecho que las enfermedades de los padres las heredan los hijos, sin embargo, las leyes de esta herencia están envueltas aún en el misterio. La mera conjetura de un médico del Estado de que tal pareja va a engendrar una prole enfermiza, no es garantía bastante para que se proceda sin más a una operación tan seria como ésta. Si no condenamos a los criminales hasta que se les ha demostrado en pleno juicio que son realmente reos del crimen de que se los acusa, ¿por qué se va a tratar con menos consideración a los débiles y enfermos? Nadie se llame a engaño; en las leyes que legalizan la esterilización se esconde evidentemente la posibilidad del abuso, con tan desastrosas consecuencias, que basta esa posibilidad remota para que se proceda a borrar de los libros leyes tan monstruosas. Esa clasificación amplísima de los inhábiles y la plenitud de poderes que han dado algunos Estados a los oficiales eugenistas hacen posible una inquisición del Estado arbitraria, mucho más tiránica que la célebre Inquisición de los siglos medios. Muchos médicos de fama no vacilan en afirmar que la existencia de un crecido número de individuos esterilizados sería una fuente perenne de corrupción e inmoralidad en toda la nación, con las enfermedades venéreas consiguientes. Finalmente, el Estado no conseguiría lo que pretende al esterilizar a los inhábiles. Las deficiencias mentales no sólo vienen por herencia, sino por otros muchos cauces. El problema, pues, queda sin resolver. Esta eugenesia es negativa, es decir, no es eugenesia. Los enfermos que se lograría aislar con esta práctica constituirían una fracción despreciable. En cambio, hay otros medios más eficaces y más humanos para preservar a la nación; por ejemplo, la segregación en hospitales y sanatorios bien montados.

     ¿Cuál es la actitud de la Iglesia respecto a la enseñama de la higiene sexual en las escuelas? ¿No dijo San Pablo: "Para el puro todas las cosas son puras"? (Tito I, 15).
     La Iglesia católica se opone tenazmente a la enseñanza de la higiese sexual en las escuelas. No hay nada tan peligroso para la pureza del niño como hablarle de materias sexuales con todos los detalles y pormenores. Semejante instrucción encendería la llama de la sensualidad, que se pretende apagar. No ganará nada la virtud del niño con oír de labios de un profesor (generalmente, inmoral) las consecuencias de los pecados de la carne. A lo sumo, aprendería a precaverse contra las enfermedades venéreas, lo cual contribuiría a que entrase más libremente por los prados de la lujuria. 
     San Pablo, escribiendo a los efesios, les dice que las palabras "fornicación, inmundicia..., ni se nombren siquiera" (V, 3). En cuanto al texto: "para el puro todas las cosas son puras", decimos que el apóstol habla allí de la ley judaica, ya en desuso, respecto de los animales impuros. 
     Y ¿quién no ve que la discusión de materias obscenas da al traste con la modestia y la vergüenza, que son como el muro y antemuro de la castidad? El lugar más apropiado para semejantes instrucciones es el hogar, el sentido común y la vigilancia de los padres. Además, los jóvenes de uno y otro sexo oyen con frecuencia en el pulpito y en el confesonario que la pureza se conserva guardando la ley de Dios, obedeciendo a los dictados de la conciencia bien formada, y si esto no basta, que acudan al confesonario por detalles, que se los dará gustoso el confesor, verdadero médico de las almas.

BIBLIOGRAFIA.
"Razón y Fe",
El matrimonio cristiano.  La educación de la juventud. 
Franco, La educación de los hijos.
Gaterer, Pensamientos cristianos sobre la vida sexual.
Guchteneere, La limitación de la natalidad. 
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Medina, Herencia y eugenesia. 
Pujiula, ¿Es lícito el aborto? 
Id., Controversia sobre el aborto terapéutico. 
Merenciano, Sexo y cultura. 
Vallejo, La asexualización de los psicópatas.

Mérito de la Maternidad Divina

Tres razones por las cuales la Virgen Santísima nos engendró espiritualmente por la maternidad divina a la vida de la gracia. Primera razón, fundada sobre el "mérito" de esta maternidad; segunda razón, sacada de su consentimiento en la Encarnación; tercera razón, que proviene de su cooperación próxima a la inmolación de la víctima en el Calvario. El mérito de la maternidad divina; mérito no de "condignidad", sino de suprema conveniencia o de "congruidad". 

I. Como acabamos de meditarlo, los Padres, los Doctores y los Santos, hablando de la maternidad espiritual de María, la celebran como la consecuencia, el coronamiento y el fin de su maternidad divina, y San Epifanio no hacía más que expresar la fe de todos, cuando escribía: "Por la Virgen María la vida misma ha entrado en el mundo, a fin de que, engendrando al Viviente, fuese, por lo mismo, esta Virgen madre de los vivientes" (San Epiph., Haeres., 78, n. 18. P. L., XLII, 729).
Pero he aquí que la herejía se levanta en contra. No admite que el título de Madre de Dios baste para justificar lo que creemos, ya de la incomparable dignidad de María, ya del concurso en la redención que la consagró madre de los hombres en el orden de la gracia. Un protestante y, por cierto, de los menos alejados de la creencia católica, el doctor Pusey, creyó conveniente apoyar con su autoridad estos ataques contra la nueva Eva. Ya hemos refutado sobreabúndantemente este error en lo que concierne a los privilegios y a la inconmensurable grandeza de la maternidad divina. Bástanos ahora limitarnos a la segunda parte de la objeción y mostrar cuán vana es ésta y cuán sólida, en cambio, la doctrina tradicional. María —dicen ellos— no fue otra cosa, en su calidad de Madre de Dios, sino un simple instrumento físico de la Encarnación, así como David y Judá, sus antepasados y los de Cristo; todo su privilegio consiste en haber concurrido más inmediatamente que ellos al nacimiento del Salvador. El Redentor es de Ella materialmente; pero en manera alguna hemos recibido de Ella la redención, con los bienes de la vida que nos procura, así como tampoco se la debemos mediatamente a los antepasados de Cristo. Si una mujer es madre de algún personaje superior por el brillo de sus méritos y virtudes, o bien lo es de algún gran criminal, ¿debemos dar a la primera las alabanzas y la gratitud que su hijo merece, y a la segunda el horror de los crímenes que su hijo ha cometido, y esto por el único motivo de que son sus madres? Sin duda que tenemos derecho a vituperarlas o alabarlas por razón de la educación que dieron a sus hijos respectivos; pero ni estas alabanzas ni estos vituperios pueden corresponderles sólo en virtud del acto por el que son madres. Ellas han dado a luz materialmente, ésta, un azote; aquélla, un bienhechor de la Humanidad; ni una ni otra tienen, por el solo hecho de su maternidad, responsabilidad formal de las obras y del destino de su hijo. Tal es la objeción, y así se pretende combatir todos los textos de los Santos Padres y reducir a la nada la maternidad espiritual de la Santísima Virgen María.
¿Qué hace falta para derribar tan frágil argumento? Volver sencillamente al texto evangélico y a los escritos de los Santos Padres. Tres cosas establecen una diferencia esencial entre la Madre del Salvador y las madres comunes de que se habla en esa impugnación, o, si se quiere, entre los antepasados de Cristo y la Virgen Madre. Es, en primer lugar, que Ella debe a sus propios méritos la divina fecundidad que la ha hecho Madre de Dios. En segundo lugar, que la Encarnación del mismo Salvador ha dependido de su libre consentimiento; es, en fin, que Ella ha cooperado, conjuntamente con su Hijo, a la oblación sangrienta que nos procuró el perdón y la vida. Tres puntos de soberana importancia que debemos desarrollar extensamente, porque son indispensables para la completa inteligencia de la maternidad espiritual de María.
En efecto, y voluntariamente lo concedemos, si la Virgen Santísima fuese pura y simplemente la Madre de Dios Salvador; en otros términos, si el Hijo de Dios, queriendo salvar la naturaleza humana, hubiese tomado carne en María, sin que María hubiese concurrido con su libre voluntad y por sus virtudes libremente al cumplimiento del misterio de la salud, desde la Encarnación del Verbo hasta el sangriento sacrificio del Calvario, esta maternida, por muy gloriosa que hubiera sido, no bastaría para hacer a la Virgen, Madre de los hombres con toda verdad, Madre nuestra. María no sería por este título la verdadera Cooperadora de la Redención; no tendríamos que atribuirle el honor de nuestro renacimiento espiritual, a no ser del modo y en la medida que convienen al instrumento ciego de un beneficio. Compararíamos nosotros su influencia vivificante a la de una madre cualquiera en el orden de la transmisión del pecado original. Toda mujer que concibe y da a luz, concurre por el hecho mismo a formar un hombre pecador. Pero si este hombre es concebido en la muerte, la responsabilidad no recae sobre sus generadores inmediatos. La cooperación de éstos no es la causa, sino únicamente la condición requerida para que la muerte y el pecado pasen a nuevo ser, salido de su unión. Por consiguiente, no se puede concebir la maternidad espiritual de María como una legítima y verdadera consecuencia de su maternidad divina, sin tener en cuenta las tres verdades que hace poco indicamos, y por haberlas ignorado y desconocido es por lo que Pusey y sus discípulos han, desdichadamente, ignorado y desconocido a la Madre de los hombres.
Pero hay que precisar más nuestro pensamiento, porque la inteligencia exacta de la maternidad de gracia está estrechamente ligada con estas nociones. Se trata de averiguar si la Virgen Santísima es verdaderamente Madre de los hombres porque es la Madre del Dios Salvador; en otros términos, si por su maternidad divina ha concurrido por su parte y en gran parte a procurarnos esta gracia que constituye para nosotros el principio de una nueva vida, la vida sobrenatural, propia de los hijos de Dios. ¡Sí! Ella lo ha hecho, respondemos, no solamente porque ha merecido esta divina fecundidad, porque la Encarnación del Salvador en Ella ha dependido de su libre voluntad, y porque Ella ha cooperado en cualidad de Madre y por sus acciones de Madre a la inmolación que nos dió la vida. He aquí el sentido en que la maternidad de gracia sale de la maternidad de naturaleza y cómo la Virgen Santísima, siendo Madre de Dios se convierte en Madre de todos nosotros (Jesucristo es nuestro hermano, no sólo porque ha nacido, como nosotros, de una mujer, y porque esta mujer ha sido, por su especialisimo concurso a nuestra santificación, la madre de nuestras almas, sino, además, porque nosotros hemos nacido del Padre en el órden de la gracia de ese Padre del cual Cristo es el Primogénito. El título de hermanos de Jesús, considerado únicamente desde este último punto de vista, no nos autorizaría para reclamar, sino de un modo muy impropio, a María por Madre. Una mujer no se convierte, en el verdadero sentido, en madre de los hijos nacidos de otra mujer solamente porque el padre de su propio hijo sea también padre de aquéllos).
Así, pues, explicar el cómo de la maternidad de la gracia, es poner en luz esos diferentes puntos y mostrar que son inseparables de la maternidad divina, tal como siempre nos la han presentado los Santos, los Padres y la misma Iglesia.

II. Y primero afirmamos que si María no es la madre de un hombre cualquiera, sino del Hombre-Dios, Salvador y Redentor de la familia humana, lo debe, después de la munificencia divina, a sus propios méritos. Que la Santísima Virgen haya merecido en un sentido muy justo ser escogida para Madre de Dios, es una verdad tan generalmente recibida entre los teólogos y los Santos Padres que no se puede razonablemente poner en duda.
¿Queréis pruebas de este común sentir? Leed, entre otros muchísimos, estos testimonios: "Con harto derecho es saludarla María y sólo María, llena de gracia, escribe San Ambrosio, porque Ella sola ha obtenido del cielo una gracia que persona alguna ha merecido, sino Ella, la de ser llena del Autor de la gracia" (San Ambros., Expos. in Luc.. 1. II, n. 9. P. L., XV, 1656).
En la misma época, San Jerónimo parece que escribía a Eustoquio en idéntico sentido: "Ten siempre a María delante de los ojos; a María, cuya pureza fue tan grande, que mereció ser la Madre del Señor" (Confieso que no he podido compulsar este texto).
La misma afirmación en boca del gran San Agustín: "Esta Virgen, que mereció por su amor y por su fe que el más santo de los gérmenes se formase en Ella; esta Virgen, digo, la ha creado el Hijo para elegirla; la ha escogido para ser creado en Ella" (San August., de Peccat. merit. etrem.. c. 24. P. L., XLIV, 175).
Y San Pedro Crisólogo, comentando las palabras del Angel, dice así: "Bendita eres entre todas las mujeres. ¡Sí! Es verdaderamente bendita esta Virgen, que conserva el honor de la virginidad, al mismo tiempo que recibe la dignidad de Madre; verdaderamente bendita, porque ha merecido la gracia de una concepción divina y ha llevado la corona de la integridad" (Serm. 143, P. L., LII, 584).
Si pasamos al Oriente, hallamos sentimientos idénticos: "Sólo Tú, Señora, dice San Metodio a la Virgen María, has merecido compartir con Dios lo que es de Dios; Tú, la única que has engendrado en la carne al Dios eternamente engendrado por el Padre, que es Dios" (San Method.. de Sim. et Anna. Apud Galland.. t. III, p. 816).
"¡Qué mundo más hermoso y magnífico!, exclama San Juan Damasceno, hablando de María. ¡Qué maravillosa creación, en la cual se unen la belleza de todos los árboles cargados de los frutos de todas las virtudes, con el perfume de la castidad, el esplendor de la luz y todo cuanto hay de apacible y de bueno! Digno mundo tan bello, por todos los títulos de que Dios, viniendo al hombre, lo escogiese por morada..., enamorado con pasión de amor por Aquella que sobrepuja a toda criatura" (Serm. 2 in Nativ. B. M. V., n. 4. P. G., XCVI, 684).
Idea semejante pone en labios de María el piadoso abad Ruperto, representándola en la Esposa del Cantar de los Cantares. Dice así en su Comentario sobre este libro: "Cuando el Rey estaba en su reclinatorio, el nardo que embalsama derramó su perfume... ¿Cuál es este reclinatorio del rey, sino el corazón o seno del Padre?... Así, cuando descansaba en este eterno y divino reclinatorio, mi nardo exhaló su perfume, y El, como embriagado de su olor descendió al seno mío. En otro tiempo, rechazado por el hedor que despedía la soberbia de Eva, se había alejado del género humano; hoy, deleitado, atraído por el buen olor de mi humildad, vuelve a él... Nada agrada tanto al corazón del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo como ese perfume de la humildad! ¡Amigos míos!, creedlo, lo sé por experiencia... Y aquel que me ha creado, ha reposado en mi tabernáculo... (Eccli., XXIV, 12). Aquí digo, ha reposado y ha permanecido nueve meses enteros, y se ha hecho hija de la esclava, de quien era dueño. ¿Queréis saber después, amigos míos, lo que el Amado ha sido para mí y lo que yo he sido para El? Mi Amado es para mí como un hacecito de mirra; descansará en mi seno (Cant.. I, 12), como descansa en el seno del Padre" (Rupert., Comment. in Cantic., 1, I. P L., CLXVIII. 354, sq.). 
Algunos escritores eclesiásticos insisten más aún sobre lo que acabamos de oír. Si el Verbo de Dios no se encarnó más pronto; si dejó pasar tantos siglos antes de revestirse de nuestra naturaleza y ser hombre como nosotros, fué, entre otras causas, porque no había hallado, en la larga serie de edades transcurridas una mujer que mereciese ser su madre. Así pensaba especialmente el discípulo y secretario de San Anselmo, Eadmero: "Los siglos —escribía— se sucedían a los siglos, y el grave peso de la primitiva sentencia cargaba siempre sobre los hombres y era cada vez más agobiador. Es que la Sabiduría de Dios no hallaba entre la masa de la Humanidad perdida la senda por la cual había eternamente decretado venir al mundo para reparar una tan lamentable ruina; no la hallaba, digo, hasta el día en que apareció la Virgen Santa de que hablamos. Pero en cuanto el curso de las generaciones hubo dado tal Virgen a la tierra, resplandeció Ella con tal esplendor de virtudes, que la divina Sabiduría la juzgó perfectamente digna de introducir a Dios en el mundo, ya para borrar la culpa de sus antepasados y de los demás pecadores que les siguieron, ya para derribar en él la obra del demonio, su perpetuo enemigo. ¿Quién, pues, podrá meditar estas maravillas, sin estimar digna de toda alabanza a Aquella que con preferencia a tantas otras ha merecido ser la Mediadora de bienes tan inefables?" (Eadmer., de Excellent. V. M., c. 9. P. L., CLIX, 574).
A estas palabras de Eadmero añadid estas otras, tan hermosas, de San Anselmo, su ilustre maestro: "Tallo de bendición, raíz sagrada... Tú sola, llena del Espíritu Santo, has merecido virgen roncebir a un Dios, llevar a un Dios siendo virgen y parir un Dios quedando virgen" (San Anselm., or. 56 (al. 55). P. L„ CLVIII, 962).
Añadid también la explicación mística dada por San Bernardo a la fuente que regaba toda la superficie del Paraíso terrenal. El santo ve en esa fuente al Verbo viviente y vivificante. Ahora bien: "ese río bajó por un acueducto, no ciertamente para derramar sobre nosotros toda la plenitud de sus aguas, sino para empapar en nuestros áridos corazones los arroyuelos vivificantes de ellas, con más abundancia en unos, con menos en otros. El acueducto tiene la plenitud, pero de modo que los demás reciban de esa plenitud y no la misma plenitud... Ya habréis comprendido, supongo, cuál es este acueducto que, tomando del Corazón del Padre la plenitud misma de la fuente, la ha traído hasta nosotros, si no entera, al menos en la medida que la podíamos recibir, porque bien sabéis a quién se le dijo: "Dios te salve, llena de gracia..." Pero, ¿cómo ha podido nuestro acueducto ser capaz de alcanzar una fuente tan prodigiosamente elevada? ¿Cómo? Por la vehemencia de sus deseos, por el fervor de su devoción, por la pureza de su oración... Y no sólo María penetra los cielos con su oración, sino con su pureza, que, según el Sabio, acerca a Dios (Sap., VI, 20)..., por su ardentísima caridad..., por su humildad incomparable... Así es como se eleva por encima de todo el género humano, sube hasta los ángeles y deja atrás toda criatura celestial, porque tiene que sacar, muy por encima de los ángeles, esta Agua viva, que derramará después sobre los hombres" (San Bernard., serm. de Aqnaeductu, n. 3-5, 9. P. L„ CLXXXIII, 440, sqq.).
¿Qué falta hace acudir ahora a los testimonios de la Liturgia? Y, no obstante, ¡cómo se afirma en ella por todas partes ese mérito de la divina Maternidad! Ya es la Iglesia griega que, en sus cantos sagrados, nos propone a la Virgen Santísima "la única digna de los divinos prodigios; la única digna de haber sido hecha Madre de Dios" (Men, die 20 Jun.. od. 7: die 26 Oct.. od. 4).
"El Hijo, increado como el Padre, dice a María, ha descubierto en Ti la razón de tomar una naturaleza semejante a la nuestra, porque te ha encontrado a Ti sola resplandeciente con una pureza sin igual entre las criaturas" (San Joseph. Conf., in Men., 17 Mart., od. 1, de S. Alexio, in clausula. Véase a Petau (de lncarn., 1. II, c. 17, § 56), donde hay un texto análogo de un Padre antiguo. "Antes de la creación del mundo, el misterio había sido predestinado en los eternos consejos. Pero hasta la Santísima Virgen Dios no había hallado en el mundo un santuario donde la Encarnación del Dios hecho Hombre pudiese dignamente operarse. Apenas el Verbo halló a esta Virgen, cuando tomó carne en ella." Petan pretende haber sacado el texto de la Panoplia, de Eutimio; no he podido hallarlo allí).
"Inclina los cielos, canta también la misma Iglesia al Salvador y desciende entre nosotros. He aquí, ¡oh, Verbo!, que tu Trono está preparado... Y Cristo, ¡oh, Santa Madre!, Cristo seducido por tu belleza incomparable, más que inmaculada, ha escogido su morada predilecta en tu seno virginal, a fin de librar al género humano del yugo de sus pasiones y devolverle el don de la belleza original" (Teophan., in Men., die 24 Mart., od. 8).
"En cuanto el celestial Esposo, ¡oh Desposada de Dios nuestro Señor!, se hubo encontrado contigo, contigo, Rosa entre espinas, flor olorosísima de de los Valles, Azucena Inmaculada por su blancura, se unió a Ti, perfumando al mundo entero con sus aromas" (Men., die 10 Feb., od. 6. Cf. 23 Mart., od. 3; 15 Oct., od. 18).
Los coptos cantan a su vez: "Salve, Lecho nupcial. Lecho resplandeciente de luz, donde el verdadero Esposo se ha unido la naturaleza humana. Grande es la gloria de María por cima del honor de todos los Santos, puesto que ella ha merecido recibir en sí al Verbo de Dios" .
Los maronitas dicen en su oficio a María: "Bienaventurada eres Tú, que has merecido ser Madre del Hijo del Altísimo" ( p. 406 (ibid.).
A la Iglesia Romana correspondía el proclamar aún con más frecuencia y más altamente en sus oraciones litúrgicas el mérito de su Reina: "¡Regocíjate, Madre de Cristo!, porque Tú sola, ¡oh, Virgen Dulcísima!, has merecido una tan elevada dignidad que te coloca muy cerca de la Trinidad adorable" (Thesaur. hymnol., t. I, p. 346)
También nos incita a reclamar la intercesión de aquella "por quien hemos merecido recibir al Autor de la vida, Jesucristo Nuestro Señor" (Orat, post complet., a Nativ. Dom.)
Y cuando Jesucristo resucita, entona este himno triunfal: "Reina del cielo, alégrate, porque Aquel que mereciste llevar en tu seno ha resucitado, según dijo" ("Regina coeli laetare". "Quia quem meruisti portare...").
Terminemos con un hermoso texto del Misal Mozárabé: "Sólo María, después del cielo, ha merecido llevar a Dios; sólo Ella ha merecido ser Virgen después del parto; sólo Ella ha merecido al Hombre-Dios: haec sola meruit Deum et hominem".
No creemos que hayamos prodigado las citas. Algunos textos aislados pudieran fácilmente interpretarse en un sentido impropio; pero es imposible que ese conjunto de testimonios pueda explicarse satisfactoriamente si la Virgen Santísima no hubiese merecido con toda verdad su título de Madre de Dios.

III. Otra cuestión se ofrece aquí espontáneamente: ¿de qué mérito se trata? Porque hay varias clases. Seguramente no se puede decir que la Virgen Santísima haya merecido la substancia misma de la Encarnación del Verbo; hablamos del mérito propiamente dicho, del mérito de condignidad. Es un axioma en teología que el principio del mérito no puede caer bajo el mérito, porque este principio, sería entonces efecto y causa: efecto del mérito, porque sería su precio; causa del mérito, porque sería su origen. He aquí por qué ningún hombre puede merecer la primera gracia, y por qué la Encarnación, primer principio de la gracia, en virtud de la cual hacemos actos meritorios, no es, en modo alguno, fruto del mérito. Además, la Encarnación del Verbo es una gracia infinita en su orden, puesto que es unión con el ser personal entre la naturaleza humana y el Hijo Eterno de Dios; es, además, de un valor sin límites, puesto que por sí misma tiende al levantamiento de toda la familia humana. Así, pues, es claro que sobrepuja a todo mérito limitado en su valor, es decir, a todo mérito de una pura criatura.
S. Thom., 3 p., q. 2, a. 11. — La tesis sin embargo, no carece de objeciones. He aquí tres, que tomamos del lugar indicado de la Suma, y que insertamos con sus respuestas.  
Primera objeción: La Encarnación presuponía méritos: porque la Glosa (en el salmo XXXII, 22) la atribuye a las oraciones y méritos de los Profetas. Respuestas: No se trata sino de un mérito impropiamente dicho: "los santos de la Ley antigua merecieron, es verdad, la Encarnación, por sus deseos y oraciones, pero era un mérito de pura conveniencia. Convenía, en efecto, a la divina bondad el escuchar los votos de los que la obedecían". Abraham, padre de los creyentes, oyó de la boca de Dios esta consoladora promesa: "Porque has hecho esto, y por obedecerme no perdonabas ni a tu hijo único.... he aquí que todas las naciones serán benditas en tu posteridad, in semine tuo" (Gén., XXII, 16-18). La recompensa prometida y merecida no era tanto el nacimiento del Verbo Encarnado como el honor para Abraham de tenerlo entre sus descendientes.
Segunda objeción: Todo el que merece una cosa, merece aquello sin lo cual no puede ser obtenida esa misma cosa. Ahora bien: por un lado, los antiguos Padres merecieron la vida eterna; del otro, no podían entrar en posesión de esa vida sino por la Encarnación del Verbo. Así, pues... Respuesta: "No es cierto que todo lo que presupone la posesión de la recompensa merecida sea objeto del mérito. Hay cosas, en efecto, que son no solamente presupuestas para la recompensa, sino también para todo mérito: por ejemplo, la divina Bondad, su gracia y la naturaleza misma del hombre. Semejantemente, el misterio de la Encarnación es el principio de todo mérito, porque escrito está: De su plenitud todos hemos participado" (Joan., I, 16).
Tercera objeción, relacionada directamente con María. La Iglesia afirma en sus cantos que "Ella ha merecido llevar al Señor de todas las cosas"; lo que manifiestamente se ha hecho por la Encarnación. Respuesta: "La Virgen Santísima ha merecido llevar al Señor, no porque haya merecido la Encarnación tomada en sí misma sino porque con el auxilio de la gracia ha merecido el grado de pureza y de santidad que le convenía a una Madre de Dios, ut congrue posset esse Mater" (1. cit-, ad 1, 2 et 3).
"Por consiguiente, la Santísima Virgen no ha merecido estrictamente la Encarnación, sino que, presupuesta la Encarnación, ha merecido que se hiciera por Ella, no con un mérito de condignidad, sino con un mérito de congruidad, en tanto en cuanto convenía que la Madre de Dios fuese una Virgen pura y perfectamente sana" (S. Thom., III Sent., D. 4, p. 8, a. 1, ad 6).
Meditemos estos últimos textos para hacernos bien cargo de su significación precisa. La Virgen Santísima no mereció, en el sentido estricto de la palabra, la maternidad divina, no solamente en tanto en cuanto comprende la Encarnación del Hijo, sino también en tanto en cuanto la presupone independiente de todo mérito.
Es que el mérito estrictamente dicho, el mérito de condignidad, no se da sin cierta igualdad entre el acto meritorio y la recompensa con la cual es divinamente pagado (S. Thom., in II Sent., D. 27, q. I, a. 3).
Ahora bien, lo sabemos, la dignidad de Madre de Dios es mayor que la más alta recompensa prometida a los méritos condignos de una criatura; es decir, es superior al aumento de la gracia y a la gloria misma, porque es de un orden superior, tocando, como lo hace, en los confines de la divinidad. Siendo, pues, así que hay mérito y que ese mérito no puede ser mérito de condignidad, es un mérito de congruidad. De una parte convenía a la bondad divina escoger por Madre de su Hijo una Virgen rica con tan inefables virtudes, adornada de una inocencia y de una pureza suiperiores a todo lo que podemos concebir, las mas incomparablemente hermosa de sus imagenes creadas, y, por otra parte, convenía también que una Virgen, enriquecida con tantos privilegios y méritos, no tuviese otro hijo que un Dios hecho Homre, si a dios le agradaba darle un Hijo. Esto, sin embargo, no impide que María haya merecido condignamente, no digo su primera gracia, la de la Concepción Inmaculada, pero si el sobreeminente aumento de santidad que le valió con preferencia a toda otra mujer la gloria de elevar en su seno al Verbo Encarnado. 
Hay que confesar que todos los teólogos no concuerdan en esta cuestión con el Doctor Angélico. Algunos sostienen que la Virgen Santísima ha merecido su maternidad divina con un mérito de condignidad. Pueden verse los nombres de estos autores en Suárez (t. I, de Incarn., D. 10, sect. 7) o en el P. Cristóbal de Vega. Un teólogo bastante autorizado. El P. Viva (Trutina theol. P. II, in propos. 26 et 31 e prohibitis ab. Alex. VIII, pp. 107, 108), tiene por muy probable esta opinión, y, ¡cosa rara!, se apoya para sostenerla en dos grandes teólogos que la han negado, quiero decir en Suárez y en Vázquez. He aquí cómo dos condiciones se requieren para constituir el mérito de condignidad: una proporción suficiente entre el acto meritorio y el bien, que es su precio, y una promesa por la cual Dios se ha comprometido a dar esto, si se hace aquello. Según Suárez (1. c.), habría en rigor proporción suficiente, pero faltaba la promesa; según Vázquez, por el contrario (in III p, D. 23, c. 3), había promesa, pero no proporción; tan sublime cosa es la maternidad divina. ¿Qué hace, pues, Viva? Toma de cada uno de estos teólosros una afirmación: de Suárez la proporción, de Vázquez la promesa. ¿Ha logrado así su intento? Más que dudoso nos parece. Pero concedamos que ha demostrado la verdad de su opinión; en este caso, aun más cierto sería lo que queremos asentar en este capítulo, porque la participación moral de la Santísima Virgen en la obra de la Encarnación crecería proporcionalmente.
Una palabra más sobre otro modo de ver, que es de San Buenaventura. El Doctor Seráfico distingue tres clases de méritos. El mérito de pura congruidad, como es el del pecador, que por sus actos de fe, de esperanza, de contrición y de amor, se ha dispuesto próximamente, o con disposición próxima, a volver a la gracia de Dios. El mérito de dignidad; tal es, por ejemplo, el de un justo, que merece ser oído, cuando ruega por otro. Por fin, el mérito de condignidad, según el cual, a un acto hecho en caridad corresponde un acrecentamiento proporcional de gracia y de gloria. Bien consideradas las cosas, el mérito de dignidad no es má que un mérito de congruidad, pero superior en grado a los méritos ordinarios del mismo género. "Digo, pues —añade San Buenaventura—, una vez establecidas estas distinciones, digo que la Virgen Santísima antes de la Anunciación merecía con un mérito de congruidad concebir al Hijo de Dios, porque la inefable excelencia de su pureza, de su humildad, de su benignidad, la hacía apta para llegar a ser Madre de Dios (idónea). Pero en la Anunciación, cuando hubo dado su consentimiento al mensaje del Angel, y descendió a Ella el Espíritu Santo con la sobreabundancia de su gracia, no mereció ya solamente con un mérito de congruidad, sino con un mérito de dignidad, el ser cubierta y hecha fecunda por la virtud del Altísimo. Pero en cuanto al mérito de condignidad, no lo tuvo jamás, ni podía tenerlo; y  esto por dos razones: primera, porque el privilegio de ser Madre de Dios sobrepuja a todo mérito; y segunda, porque es el fundamento de todos los méritos de Nuestra Señora. Sea que un Dios se haga hombre, sea que una mujer llegue a ser Madre de Dios, una y otra maravilla está por encima del estado debido a una simple criatura (por mucho que sea el mérito de que la supongamos adornada), y, por consiguiente, una y otra es obra puramente de benignidad" (S. Bonav., in III, D. IV, a. 2. q. 3). Excepto la diversidad de algunas expresiones, es la misma doctrina de Santo Tomás de Aquino, y también de Alberto Magno (Quaest. super Missus et, q. 142, Opp., t. XX, p. 96).
 
De intento hemos pasado en silencio varias cuestiones demasiado sutiles y menos necesarias, cuya discucion podemos hallar en nuestros teólogos.
Una de esas cuestiones es la de saber si la Santísima Virgen hubiera podido merecer con mérito de condignidad su maternidad divina, sin merecer también de condigno la Encarnación. Parece, en efecto, que este último punto está comprendido en el primero. Porque si la Virgen ha merecido de condigno ser Madre de Dios, ha debido merecer que Dios naciese en Ella, y, por consiguiente, que se hiciera hombre. En otros términos se diría: Ella ha merecido ser Madre de Dios; luego ha merecido producir en su carne al Hombre-Dios; luego ha merecido que este compuesto teándrico viniese a la existencia: lo que no es otra cosa sino el misterio mismo de la Encarnación. He aquí la solución dada por Suárez (Incarnat., t. I, D. 10, sect. 7, in fine): Este mérito de la maternidad divina puede ser considerado de dos maneras. Primero, absolutamente, independientemente de toda hipótesis. De esto modo encierra necesariamente el mérito de la Encarnación; porque si la Santísima Virgen puede, por razón de sus méritos exigir de cierta manera que Dios se haga hombre en Ella, y esto absolutamente, sin ninguna hipótesis previa, debe exigir también que se haga hombre, estando este último misterio comprendido, como decíamos, en el primero. Pero el mismo mérito de la maternidad divina puede ser considerado bajo la condición de que deba Dios tomar nuestra carne, y de esta manera el mérito de la maternidad se distinguiría del mérito de la Encarnación, puesto que presupondría su realidad futura. Un ejemplo hará comprender la cosa. Suponed que debiendo un príncipe venir a una ciudad, merece un ciudadano de ella que escoja su casa por morada, con preferencia a cualquier otra; este hombre no habrá merecido la venida del príncipe, pero habrá merecido la circunstancia que le presupone, es decir, el honor de recibirlo en su hogar cuando haya venido.
Hay una, sin embargo, que no es permitido omitir. Se podría objetar que los testimonios citados de los Santos Padres y de la Liturgia de la Iglesia no demuestran la doctrina que teníamos que probar. El mérito de que hablan esas citas puede entenderse en un sentido muy diferente. ¿No se dice, en efecto, que tal o cual persona, por razón de su belleza, de sus cualidades puramente naturales y de la fortuna que ha de heredar, merece ser escogida por esposa? Es el ejemplo que comúnmente se trae. He aquí otro, más en relación con el orden sobrenatural. Un niño que muere acabado de bautizar merece entrar en el cielo, y, sin embargo, ¿qué actos meritorios ha hecho libremente?
Confesamos que el nombre de mérito tiene a veces un significado muy amplio. Pero vuélvanse a leer los textos sobre los cuales nos hemos apoyado, y pronto quedarán todos convencidos de que en ellos tiene el mérito un sentido menos impropio, porque atribuyen principalmente a las virtudes de María el haber sido preferida por Dios para tan gloriosa dignidad. No se pregunte a cuáles virtudes. Es a todas sin excepción. Sin embargo, cuando descienden, por decirlo así, a pormenores los Santos Padres, alaban ya a su virginal pureza, ya su humildad, ya a su fe, ya a la caridad que abrazaba su corazón, y esta divergencia que, por otra parte, no es sino superficial, no debe sorprendernos. Es que cada una estas virtudes es necesaria en la Madre de Dios; es que también cada una, tomada en particular, brilla con tal esplendor en María, que no se la puede contemplar sin juzgar que a esa sola debe su cualidad de Madre.
San Fortunato, por ejemplo, hace hincapié particularmente en la pureza virginal de María:

 "Virginatas felix quae partu es digna Tonantis
 Quae meruit Domínum progenerare suum." 
Venant. Fortunant., Miscellan., I. VIII, c. 6. De Virginitate. P. L., LXXXVIII, 268.
Conocidas son las preferencias de San Bernardo hacia la humildad sobre la virginidad. "Dios, según Ella misma lo proclama, ha mirado la humildad de su Sierva. María le agradó
por su virginidad; pero por su humildad ha concebido; de donde resulta esta consecuencia que si la virginidad de su Madre le agradó tanto a Dios, efecto fué de la humildad". (hom. I super Missus est, n. 5).
Mas no creamos que sólo sus virtudes prepararon a la Santísima Virgen para la maternidad divina. Sabemos qué admirable conjunto de privilegios recibió antes de todo mérito personal, aun después, independientemente del mismo mérito, para ser digna Madre de Dios. Esta doble preparación o este doble mérito, proviniendo el uno de la Virgen bajo el influjo de la gracia, y el otro del sólo Espíritu de Dios, recuérdalos la Iglesia en una de sus oraciones más familiares: "Dios todopoderoso y Eterno, que por la cooperación del Espíritu Santo habéis preparado el cuerpo y el alma de la gloriosa Virgen Madre María, a fin de que mereciese ser digna morada de tu Hijo, concédenos, etc.".
En otro lugar hemos recordado el axioma tan familiar a los Santos Padres, según el cual, María debió concebir al Hijo de Dios en su espíritu y en su corazón antes de concebirlo en su carne. (
Este axioma se presenta, además, bajo otra forma: La Virgen concibió primero a Cristo por su fe, por su humildad y por su pureza inmaculada.).
¿Qué quiere decir esto, sino que esas dos concepciones se relacionan: la concepción en la carne, presuponiendo la concepción por el espíritu, y la del espíritu exigiendo la concepción según la carne? De donde nuevamente debemos deducir que la Santísima Virgen ha merecido su maternidad; en otros términos, que su mérito fué la condición requerida por Dios para que el Verbo se encarnase en sus castas entrañas.
He aquí, para concluir, un pasaje de un antiguo autor, donde tales ideas son expresadas con unción muy notable: "Así, pues, María ha sido hecha Madre de Dios por causa de los pecadores. Porque era imposible hallar en la familia humana una persona más casta, más santa y más humilde que Ella, con justicia escogió para tan excelente dignidad Aquel que ni ve, ni puede ver nada más casto, ni más santo, ni más sublime que El mismo porque, ¿hay cosa más grande que concebir en su carne a Dios hecho hombre y permanecer perpetuamente virgen? Ahora bien esta excelencia Dios la ha conferido a la Virgen María porque la ha visto, más que otra alguna, adherirse a El por la doble pureza de su corazón y de su cuerpo. ¡Oh, feliz adherencia que une, que pega en cierto modo a Aquel que sólo es verdaderamente, que sólo es soberanamente, que no falta jamás a la criatura sinceramente unida a El de corazón. Por tanto, ¡oh, piadosa Señora nuestra, porque Tú te has unido a El, El a su vez se ha unido a Ti y de la manera más dulce. Porque, en efecto, ¿que cosa más dulce que las relaciones de una madre con su hijo y de un hijo con su madre?" (
Tractat. de Concept. B. M. V., n. 25. P. L., CLIX, 312).
Así queda derrocada la objeción que nos oponían al principio. No, no ha sido la Virgen casualmente elegida Madre Dios; no ha sido un concurso puramente físico el que Ella pretó al Espíritu Santo para obra tan maravillosa. Antes de concebir a Jesucristo en su carne lo había concebido, por la excelencia de sus méritos, en su corazón, y esta concepción, según el espíritu, llamaba y atraía a la concepción de naturaleza.
Poco importa que María no supiese por adelantado adónde la conducían sus méritos. ¡Cuántas almas sencillas ignoran una multitud de bienes con los cuales le place a la divina munificiencia recompensar su fidelidad! Así, pues, también por esta razón podemos y debemos dar gracias a María de habernos dado al Dios Salvador y por El todas las gracias. Su libre voluntad no fue extraña al don de Dios, puesto que le preparó el camino por el cual Dios había resuelto hacer entrar a su Hijo en el mundo; una senda sin la cual no hubiera venido a salvar al mundo, degradado y perdido. Al lado de su concurso físico, vemos su concurso moral, y de éste depende aquél. Por consiguiente una vez más lo repetimos, la debemos con toda verdad el Salvador, todas las gracias que por El nos han venido. Así, pues, es una misma cosa para Ella dar a luz al Salvador y ser nuestra Madre.
He aquí lo que resalta ya de la consideración de su mérito y lo que aparecerá más claro todavía cuando hayamos meditado el consentimiento dado por Ella a la Encarnación del Verbo de Dios.

J. B. Terrien S.J.
MARIA MADRE DE DIOS Y...