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miércoles, 30 de enero de 2013

Alogos o Alogianos, Alumbrados, Amauri, Amsdorfíanos.

Alogos o Alogianos 
     Secta de antiguos herejes, cuyo nombre trae su origen de a privativo, y de palabra o verbo, como si dijéramos sin verbo; porque negaban que Jesucristo fuese el Verbo eterno. Rechazaban el Evangelio de San Juan, como una obra apócrifa, escrita por Cerintho; aunque este apóstol no lo hubiese escrito mas que para confundir a este hereje, que negaba también la divinidad de Jesucristo.
     Algunos autores refieren el origen de esta secta a Teodoto de Bizancio, de oficio zurrador, pero no obstante, hombre ilustrado, que habiendo apostatado durante la persecución de Severo, respondía a los que le vituperaban este crimen, que no habia renegado mas que a un hombre, y no a Dios; y de aquí, sus discípulos, que negaban la existencia del Verbo, tomaron el nombre de alogos; «Decían, añade M. Fleurv, que todos los antiguos y aun los apóstoles habian recibido y enseñado esta doctrina, y que habia sido conservada hasta la época de Víctor, que era el décimotercio obispo de Roma desde San Pedro; mas que Zeferino, su sucesor, habia alterado la verdad.» Pero les oponían los escritos de San Justino, de Milciades, Taciano, Clemente, Ireneo, Meliton y otros antiguos, que decían que Jesucristo era Dios y hombre; Víctor excomulgó a Teodoto; ¿cómo le habia de excomulgar, si hubiera pensado del mismo modo? (Hist. eccles. tom. 1, lib. 4, n. 33).
     Otros adelantan que fue San Epifanio el que en su lista de las herejías les dió este nombre; pero otros Padres y un gran número de autores eclesiásticos hablan de los alogianos, como sectarios de Teodoto de Bizancio. (Véase Tertul. lib. des Presc., cap. último, San Agustín, de Haer. c. 33; Eusebio, lib. 5, c. 19 ; Baronio, ad ann. 196; Tillemont, Dupin, Biblioteca de los autores eclesiásticos, siglo I). 

Alumbrados
     Nombre de una secta de herejes que aparecieron en España hacia el año 1575, y que los españoles llamaban alumbrados. Sus jefes eran Juan de Villalpando, natural de Tenerife, y una monja carmelita denominada Catalina de Jesús. Un gran número de sus discípulos fueron puestos en la inquisición, y castigados con la muerte en Córdova; los demás abjuraron sus errores.
     Se vituperaba principalmente a estos alumbrados, el que decían, que por medio de la oración sublime a que llegaban, entraban en un estado tan perfecto que no tenian necesidad del uso de los sacramentos, ni de las buenas obras; y que podian hasta cometer las acciones mas infames sin pecar. Molinos y sus discípulos, poco tiempo despues, siguieron los mismos principios.
     Esta secta fué renovada en Francia en 1634, y los guerineles, discípulos de Pedro Guerin, se unieron a ellos; pero Luís XIII los hizo perseguir con tanta eficacia, que desaparecieron en poco tiempo. Pretendían que Dios había revelado a uno de ellos, llamado hermano Antonio Bocquet, una práctica de fe y de vida sobreeminente, desconocida hasta entonces en toda la cristiandad; que con este método podía llegarse en poco tiempo al mismo grado de perfección que los santos y bienaventurada Virgen María, que según ellos, no habian tenido mas que una virtud común. Añadian que por este medio se llegaba a una tal unión con Dios, que todas las acciones de los hombres eran deificadas; y que cuando se había llegado a esta unión, era preciso dejar obrará Dios solo en nosotros, sin producir ningún acto. Sostenían que todos los doctores de la Iglesia habían ignorado lo que es la devocion; que San Pedro, hombre sencillo, no habia comprendido la espiritualidad, lo mismo que san Pablo; que toda la Iglesia estaba en las tinieblas y en la ignorancia sobre la verdadera práctica del Credo. Decian que nos es permitido hacer todo lo que dicta la conciencia, que Dios no ama mas que asi mismo, que era preciso que en diez años fuese recibida su doctrina en todo el mundo, y que entonces no habia necesidad de sacerdotes, de religiosos, de curas, de obispos, ni de otros eclesiásticos superiores.

Amauri
     Teólogo de París, vivió a principios del siglo XII. Enseñó que Dios era la primera materia; que la ley de Jesucristo debia concluir el año 1200 para dar lugar a la ley del Espíritu-Santo, que santificaría a los hombres sin sacramentos y sin ningún acto exterior; que los pecados cometidos por caridad eran inocentes. Negaba la resurrección de los muertos y el infierno, rechazaba el culto de los santos, declamaba contra el papa, etc. Tuvo sectarios muy pertinaces. Se perdonó a las mujeres; pero diez de sus seductores sufrieron el último suplicio el año 1210. El concilio de Letran, celebrado en 1215, confirmó la condenación de su doctrina. Amauri tuvo por sucesor a David de Dinant, que predicó la misma doctrina. (Hist. de la Igles. gal. lib. 30, año 1210 y 1212).
     Sostenia, además de mil extravagantes errores, que el cristianismo solo consistía en creerse uno miembro de Jesucristo; que el paraíso, el infierno y la resurrección de los muertos eran sueños. Fué condenado por la universidad de París, y apeló a Inocencio III, quien le condenó también. Temiendo ser castigado rigorosamente se retractó, y se retiró a San Martin de los Campos, en donde murió de pesadumbre y de despecho. Como el error siempre va en progreso, en rigor de su falta de centro, vióse al punto que sus discípulos inventaron nuevas ó impías aserciones. Cuéntase entre estas el decir que todos los sacramentos eran inútiles; que todas las acciones dictadas por la caridad, aun el adulterio, no podian ser malas, con otros errores que fueron condenados. Su discípulo David de Dinant enseñó que Dios era la materia primera; y su sistema era muy parecido al de Espinosa: así se reproducen en un siglo los errores ya proscriptos; y como para cabal cumplimiento de que la iniquidad se engaña a sí misma, todos los esfuerzos de secta y de sistemas temerarios vienen a parar en serviles repeticiones de extravagantes delirios.

Amsdorfíanos. 
     Secta de los protestantes del siglo XVI, llamados así por su jefe Nicolás Amsdorf, discípulo de Lutero, a quien desde luego hizo ministro de Magdeburgo, y de su propia autoridad obispo de Namburgo. Sus sectarios eran confesionistas rígidos, quienes sostenían que no solamente las buenas obras eran inútiles sino también perniciosas a la salvación; doctrina tan contraria al buen sentido como a la Escritura, que fué reprobada por los otros sectarios de Lutero.

martes, 29 de enero de 2013

E Supremi Apostolatus

SOBRE LA FALTA DE DOCTRINA Y EL DEBER
DE DARLA A CONOCER
  
Venerables hermanos: Salud y bendición apostólica
 El peso del Pontificado
     Al dirigirnos por primera vez a vosotros desde la suprema cátedra apostólica a la que hemos sido elevados por el inescrutable designio de Dios, no es necesario recordar con cuántas lágrimas y oraciones hemos intentado rechazar esta enorme carga del Pontificado. Podríamos, aunque Nuestro mérito es absolutamente inferior, aplicar a Nuestra situación la queja de aquel gran santo, Anselmo, cuando a pesar de su oposición, incluso de su aversión, fue obligado a aceptar el honor del episcopado. Porque Nos tenemos que recurrir a las mismas muestras de desconsuelo que él profirió para exponer con qué ánimo, con qué actitud hemos aceptado la pesadísima carga del oficio de apacentar la grey de Cristo. Mis lágrimas son testimonio -esto dice-, así como mis quejas y los suspiros de lamento de mi corazón; cuales en ninguna ocasión y por ningún dolor recuerdo haber derramado hasta el día en que cayó sobre mí la pesada suerte del arzobispado de Canterbury. No pudieron dejar de advertirlo todos aquellos que en aquel día contemplaron mi rostro... Yo con un color más propio de un muerto que de una persona viva, palidecía con doloroso estupor. A decir verdad, hasta ese momento hice todo lo posible por rechazar lejos de mí esa elección, o por mejor decir esa extorsión. Pero ya, de grado o por fuerza, tengo que confesar que a diario los designios de Dios resisten más y más a mis planes, de modo que comprendo que es absolutamente imposible oponerme a ello. De ahí que, vencido por la fuerza no de los hombres sino de Dios, contra la que no hay defensa posible, entendí que mi deber era adoptar una única decisión: después de haber orado cuanto pude y haber intentado que, si era posible, ese cáliz pasara de mí sin beberlo... entregueme por completo al sentir ya la voluntad de Dios, dejando de lado mi propio sentir y mi voluntad (1).
 
Los hombres están hoy apartados de Dios
  
     Y efectivamente no Nos faltaron múltiples y graves motivos para rehusar el Pontificado. Ante todo el que de ningún modo, por nuestra insignificancia, nos considerábamos dignos del honor del pontificado; ¿a quién no le conmovería ser designado sucesor de aquel que gobernó la Iglesia con extrema prudencia durante casi veintiséis años, sobresalió en tanta agudeza de ingenio, tanto resplandor de virtudes que convirtió incluso a sus enemigos en admiradores y consagró la memoria de su nombre con hechos extraordinarios? Luego, dejando aparte otros motivos, Nos llenaba de temor sobre todo la tristísima situación en que se encuentra la humanidad. Quién ignora, efectivamente, que la sociedad actual, más que en épocas anteriores, está afligida por un íntimo y gravísimo mal que, agravándose por días, la devora hasta la raíz y la lleva a la muerte? Comprendéis, Venerables Hermanos, cuál es el mal; la defección y la separación de Dios: nada más unido a la muerte que esto, según lo dicho por el Profeta (2): Pues he aquí que quienes se alejan de ti, perecerán. Detrás de la misión pontificia que se me ofrecía, Nos veíamos el deber de salir al paso de tan gran mal: Nos parecía que recaía en Nos el mandato del Señor: Hoy te doy sobre pueblos y reinos poder de destruir y arrancar, de edificar y plantar (3); pero, conocedor de Nuestra propia debilidad, Nos espantaba tener que hacer frente a un problema que no admitía ninguna dilación y sí tenía muchas dificultades.
 
«¡Instaurar todas las cosas en Cristo!»
 
     Sin embargo, puesto que agradó a la divina voluntad elevar nuestra humildad a este supremo poder, descansamos el espíritu en aquel que Nos conforta y poniendo manos a la obra, apoyados en la fuerza de Dios, manifestamos que en la gestión de Nuestro pontificado tenemos un sólo propósito, instaurarlo todo en Cristo (4), para que efectivamente todo y en todos sea Cristo (5).
     Habrá indudablemente quienes, porque miden a Dios con categorías humanas, intentarán escudriñar Nuestras intenciones y achacarlas a intereses y afanes de parte.
     Para salirles al paso, aseguramos con toda firmeza que Nos nada queremos ser, y con la gracia de Dios nada seremos ante la humanidad sino Ministro de Dios, de cuya autoridad somos instrumentos. Los intereses de Dios son Nuestros intereses; a ellos hemos decidido consagrar nuestras fuerzas y la vida misma. De ahí que si alguno Nos pide una frase simbólica, que exprese Nuestro propósito, siempre le daremos sólo esta:

¡instaurar todas las cosas en Cristo!
Los hombres contra Dios
 
     Ciertamente, al hacernos cargo de una empresa de tal envergadura y al intentar sacarla adelante Nos proporciona, Venerables Hermanos, una extraordinaria alegría el hecho de tener la certeza de que todos vosotros seréis unos esforzados aliados para llevarla a cabo. Pues si lo dudáramos os calificaríamos de ignorantes, cosa que ciertamente no sois, o de negligentes ante este funesto ataque que ahora en todo el mundo se promueve y se fomenta contra Dios; puesto que verdaderamente contra su Autor se han amotinado las gentes y traman las naciones planes vanos (6); parece que de todas partes se eleva la voz de quienes atacan a Dios: Apártate de nosotros (7). Por eso, en la mayoría se ha extinguido el temor al Dios eterno y no se tiene en cuenta la ley de su poder supremo en las costumbres ni en público ni en privado: aún más, se lucha con denodado esfuerzo y con todo tipo de maquinaciones para arrancar de raíz incluso el mismo recuerdo y noción de Dios.
     Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición (8) de quien habla el Apóstol. En verdad, con semejante osadía, con este desafuero de la virtud de la religión, se cuartea por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada son impugnados y se pretende directa y obstinadamente apartar, destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre. Por el contrario -esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol-, el hombre mismo con temeridad extrema ha invadido el campo de Dios, exaltándose por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios; hasta tal punto que -aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene-, tras el rechazo de Su majestad, se ha consagrado a sí mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que todos lo adoren. Se sentará en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios (9).
     Efectivamente, nadie en su sano juicio puede dudar de cuál es la batalla que está librando la humanidad contra Dios. Se permite ciertamente el hombre, en abuso de su libertad, violar el derecho y el poder del Creador; sin embargo, la victoria siempre está de la parte de Dios; incluso tanto más inminente es la derrota, cuanto Con mayor osadía se alza el hombre esperando el triunfo. Estas advertencias nos hace el mismo Dios en las Escrituras Santas. Pasa por alto, en efecto, los pecados de los hombres (10), como olvidado de su poder y majestad: pero luego, tras simulada indiferencia, irritado como un borracho lleno de fuerza (11), romperá la cabeza a sus enemigos (12) para que todos reconozcan que el rey de toda la tierra es Dios (13) y sepan las gentes que no son más que hombres (14).
     Todo esto, Venerables Hermanos, lo mantenemos y lo esperamos con fe cierta. Lo cual, sin embargo, no es impedimento para que, cada uno por su parte, también procure hacer madurar la obra de Dios: y eso, no sólo pidiendo Con asiduidad: Alzate, Señor , no prevalezca al hombre (15), sino -lo que es más importante- con hechos y palabras, abiertamente a la luz del día, afirmando y reivindicando para Dios el supremo dominio sobre los hombres y las demás criaturas, de modo que Su derecho a gobernar y su poder reciba culto y sea fielmente observado por todos.
 
El deseo de paz: dónde encontrarla
 
     Esto es no sólo una exigencia natural, sino un beneficio para todo el género humano. ¿Cómo no van a sentirse los espíritus invadidos, Hermanos Venerables, por el temor y la tristeza al ver que la mayor parte de la humanidad, al mismo tiempo que se enorgullece, con razón, de sus progresos, se hace la guerra tan atrozmente que es casi una lucha de todos contra todos? El deseo de paz conmueve sin duda el corazón de todos y no hay nadie que no la reclame con vehemencia. Sin embargo, una vez rechaza de Dios, se busca la paz inútilmente porque la justicia está desterrada de allí donde Dios está ausente; y quitada la .justicia, en vano se espera la paz. La paz es obra de la justicia (16).
     Sabemos que no son pocos los que, llevados por sus ansias de paz, de tranquilidad y de orden, se unen en grupos y facciones que llaman «de orden». ¡Oh, esperanza y preocupaciones vanas! El partido del orden que realmente puede traer una situación de paz después del desorden es uno sólo: el de quienes están de parte de Dios. Así pues, éste es necesario promover ya él habrá que atraer a todos, si son impulsados por su amor a la paz.
     Y verdaderamente, Venerables Hermanos, esta vuelta de todas las naciones del mundo a la majestad y el imperio de Dios, nunca se producirá, sean cuales fueren nuestros esfuerzos, si no es por Jesús el Cristo. Pues advierte el Apóstol: Nadie puede poner otro fundamento, fuera del que está ya puesto, que es Cristo Jesús (17). Evidentemente es el mismo a quien el Padre santificó y envió al mundo (18); el esplendor del Padre y la imagen de su sustancia (19), Dios verdadero y verdadero hombre: sin el cual nadie podría conocer a Dios como se debe; pues nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiera revelárselo (20).
 
Que los hombres vuelvan a Dios, por la Iglesia
 
     De lo cual se concluye que instaurar todas las cosas en Cristo y hacer que los hombres vuelvan a someterse a Dios es la misma cosa. Así, pues, es ahí a donde conviene dirigir nuestros cuidados para someter al género humano al poder de Cristo: con El al frente, pronto volverá la humanidad al mismo Dios. A un Dios, que no es aquel despiadado, despectivo para los humanos que han imaginado en sus delirios los materialistas, sino el Dios vivo y verdadero, uno en naturaleza, trino en personas, creador del mundo, que todo lo prevé con suma sabiduría, y también legislador justísimo que castiga a los pecadores y tiene dispuesto el premio a los virtuosos.
     Por lo demás, tenemos ante los ojos el camino por el que llegar a Cristo: la Iglesia. Por eso, con razón, dice el Crisóstomo: Tu esperanza la Iglesia, tu salvación la Iglesia, tu :efugio la Iglesia (21): Pues para eso la ha fundado Cristo, y la ha conquistado al precio de su sangre; y a ella encomendó su doctrina y los preceptos de sus leyes, al tiempo que la enriquecía con los generosísimos dones de su divina gracia para la santidad y la salvación de los hombres.
 
El deber concreto de los Pastores
 
     Ya veis, Venerables Hermanos, cuál es el oficio que en definitiva se confía tanto a Nos como a vosotros: que hagamos volver a la sociedad humana, alejada de la sabiduría de Cristo, a la doctrina de la Iglesia. Verdaderamente la Iglesia es de Cristo y Cristo es de Dios. Y si, con la ayuda de Dios, lo logramos, nos alegraremos porque la iniquidad habrá cedido ante la justicia y escucharemos gozosos una gran voz del cielo que dirá: Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo (22).
     Ahora bien, para que el éxito responda a los deseos, es preciso intentar por todos los medios y con todo esfuerzo arrancar de raíz ese crimen cruel y detestable, característico de esta época: el afán que el hombre tiene por colocarse en el lugar de Dios; habrá que devolver su antigua dignidad a los preceptos y consejos evangélicos; habrá que proclamar con más firmeza las verdades transmitidas por la Iglesia. toda su doctrina sobre la santidad del matrimonio. la educación doctrinal de los niños, la propiedad de bienes y su uso, los deberes para y con quienes administran el Estado; en fin, deberá restablecerse el equilibrio entre los distintos órdenes de la sociedad, la ley y las costumbres cristianas.
 
Los medios: formar buenos sacerdotes
 
     Nos, por supuesto, secundando la voluntad de Dios, nos proponemos intentarlo en nuestro pontificado y lo seguiremos haciendo en la medida de nuestras fuerzas. A vosotros, Venerables Hermanos, os corresponde secundar Nuestros afanes con vuestra santidad, vuestra ciencia, vuestras vidas y vuestros anhelos, ante todo por la gloria de Dios; sin esperar ningún otro premio sino el hecho de que en todos se forme Cristo (23).
     Y ya apenas es necesario hablar de los medios que nos pueden ayudar en semejante empresa, puesto que están tomados de la doctrina común. De vuestras preocupaciones, sea la primera formar a Cristo en aquellos que por razón de su oficio están destinados a formar a Cristo en los demás. Pienso en los sacerdotes, Venerables Hermanos. Que todos aquellos que se han iniciado en las órdenes sagradas sean conscientes de que, en las gentes con quienes conviven, tienen asignada la provincia que Pablo declaró haber recibido con aquellas palabras llenas de cariño: Hijitos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vos otros (24). Pues, ¿quiénes serán capaces de cumplir su misión si antes no se han revestido de Cristo? y revestido de tal manera que puedan hacer suyo lo que también decía el Apóstol: ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (25). Para mí la vida es Cristo (26). Por eso, si bien a todos los fieles se dirige la exhortación que lleguemos a varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo (27), sin embargo se refiere sobre todo a aquel que desempeña el sacerdocio; pues se le denomina otro Cristo no sólo por la participación de su potestad, sino porque imita sus hechos, y de este modo lleva impresa en sí mismo la imagen de Cristo.
     En esta situación, ¡qué cuidado debéis poner, Venerables Hermanos, en la formación del clero para que sean santos! Es necesario que todas las demás tareas que se os presentan, sean cuales fueren, cedan ante ésta. Por eso, la parte mejor de vuestro celo debe emplearse en la organización y el régimen de los seminarios sagrados de modo que florezcan por la integridad de su doctrina y por la santidad de sus costumbres. Cada uno de vosotros tenga en el Seminario las delicias de su corazón, sin omitir para su buena marcha nada de lo que estableció con suma prudencia el Concilio de Trento.
     Cuando llegue el momento de tener que iniciar a los candidatos en las órdenes sagradas, por favor no olvidéis la prescripción de Pablo a Timoteo: A nadie impongas las manos precipitadamente (28); considerad con atención que de ordinario los fieles serán tal cual sean aquellos a quienes destinéis al sacerdocio. Por tanto no tengáis la mira puesta en vuestra propia utilidad, mirad únicamente a Dios, a la Iglesia y la felicidad eterna de las almas, no sea que, como advierte el Apóstol, tengáis parte en los pecados de otros (29). 

Cuidar a los sacerdotes jóvenes
 
     Otra cosa: que los sacerdotes principiantes y los recién salidos del seminario no echen de menos vuestros cuidados. A éstos -os lo pedimos con toda el alma-, atraedlos con frecuencia hasta vuestro corazón, que debe alimentarse del fuego celestial, encendedlos, inflamad los de manera que anhelen sólo a Dios y el bien de las almas. Nos ciertamente, Venerables Hermanos, proveeremos con la mayor diligencia para que estos hombres sagrados no sean atrapados por las insidias de esta ciencia nueva y engañosa que no tiene el buen olor de Cristo y que, con falsos y astutos argumentos, pretende impulsar los errores del racionalismo y el semirracionalismo; contra esto ya el Apóstol precavía a Timoteo cuando le escribía: Guarda el depósito que se te ha confiado, evitando las novedades profanas y las contradicciones de la falsa ciencia que algunos profesan  extraviándose de la fe (30). Esto no impide que Nos estimemos dignos de alabanza los sacerdotes jóvenes, que siguen estudios de ciencias útiles en cualquier campo de la sabiduría, para hacerse mas instruid os en la guarda de la verdad y rechazar mejor las calumnias de los odiadores de la fe. Sin embargo, no podemos ocultar, antes al contrario lo manifestamos abiertamente, que serán siempre Nuestros predilectos quienes, sin menospreciar las disciplinas sagradas y profanas, se dedican ante todo al bien de las almas buscando para sí los dones que con vienen a un sacerdote celoso por la gloria de Dios. Nos tenemos una gran tristeza y un dolor continuo en el corazón (31), al comprobar que es aplicable a nuestra época aquella lamentación de Jeremías: Los pequeños pidieron pan y no había quien se lo repartiera (32). No faltan en el clero quienes, de acuerdo con sus propias cualidades, se afanan en cosas de una utilidad quizá no muy definida, mientras, por el contrario, no son tan numerosos los que, a ejemplo de Cristo, aceptan la voz del Profeta: El Espíritu me ungió, me envió para evangelizar a los pobres, para sanar a los contritos de corazón, para predicar a los cautivos la libertad y a los ciegos la recuperación de la vista (33).
 
La falta de doctrina: enseñar con caridad
 
     ¿A quién se le oculta, Venerables Hermanos, ahora que los hombres se rigen sobre todo por la razón y la libertad, que la enseñanza de la religión es el camino más importante para replantar el reino de Dios en las almas de los hombres? ¡Cuántos son los que odian a Cristo, los que aborrecen a la Iglesia y al Evangelio por ignorancia más que por maldad! De ellos podría decirse con razón: Blasfeman de todo lo que desconocen (34), y este hecho se da no sólo entre el pueblo o en la gente sin formación que, por eso, es arrastrada fácilmente al error, sino también en las clases más cultas, e incluso en quienes sobresalen en otros campos por su erudición. Precisamente de aquí procede la falta de fe de muchos. Pues no hay que atribuir la falta de fe a los progresos de la ciencia, sino más bien a la falta de ciencia; de manera que donde mayor es la ignorancia, más evidente es la falta de fe. Por eso Cristo mandó a los Apóstoles: Id y enseñad a todas las gentes (35).
      Y y ahora, para que el trabajo y los desvelos de la enseñanza produzcan los esperados frutos y en todos se forme Cristo, quede bien grabado en la memoria, Venerables Hermanos, que nada es más eficaz que la caridad. Pues el Señor no está en la agitación (36). Es un error esperar atraer las almas a Dios con un celo amargo: es más, increpar con acritud los errores, reprender con vehemencia los vicios, a veces es más dañoso que útil. Ciertamente el Apóstol exhortaba a Timoteo: Arguye, exige, increpa, pero añadía, con toda paciencia (37).
     También en esto Cristo nos dio ejemplo: Venid, así leemos que El dijo, venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados y Yo os aliviaré (38). Entendía por los que trabajaban y estaban cargados no a otros sino a quienes están dominados por el pecado y por el error. ¡Cuánta mansedumbre en aquel divino Maestro! ¡Qué suavidad, qué misericordia con los atormentados! Describió exactamente Su corazón Isaías con estas palabras: Pondré mi espíritu sobre él; no gritará, no hablará fuerte; no romperá la caña cascada, ni apagará la mecha que todavía humea (39).
     Y es preciso que esta caridad, paciente y benigna (40) se extienda hasta aquellos que nos son hostiles o nos siguen con animosidad. Somos maldecidos y bendecimos, así hablaba Pablo de sí mismo, padecemos persecución y la soportamos; difamados, consolamos (41). Quizá parecen peores de lo que son. Pues con el trato, con los prejuicios, con los consejos y ejemplos de los demás, y en fin con el mal consejero amor propio se han pasado al campo de los impíos: sin embargo, su voluntad no es tan depravada como incluso ellos pretenden parecer. ¿Cómo no vamos a esperar que el fuego de la caridad cristiana disipe la oscuridad de las almas y lleve consigo la luz y la paz de Dios? Quizás tarde algún tiempo el fruto de nuestro trabajo: pero la caridad nunca desfallece, consciente de que Dios no ha pro metido el premio a los frutos del trabajo, sino a la voluntad con que éste se realiza.
 
El deber insustituible de los Obispos
 
     Pero, Venerables Hermanos, no es mi intención que, en todo este esfuerzo tan arduo para restituir en Cristo a todas las gentes, no contéis vosotros y vuestro clero con ninguna ayuda. Sabemos que Dios ha dado mandatos a cada uno referentes al prójimo (42). Así que trabajar por los intereses de Dios y de las almas es propio no sólo de quienes se han dedicado a las funciones sagradas, sino también de todos los fieles: y ciertamente cada uno no de acuerdo con su iniciativa y su talante, sino siempre bajo la guía y las indicaciones de los Obispos; pues presidir, enseñar, gobernar la Iglesia a nadie ha concedido sino a vosotros, a quienes el Espíritu Santo puso para regir la Iglesia de Dios (43).
     Que los católicos formen asociaciones, con diversos propósitos pero siempre para bien de la religión. Nuestros Predecesores desde ya hace tiempo las aprobaron y las sancionaron dándoles gran impulso. y Nos no dudamos de honrar esa egregia institución con nuestra alabanza y deseamos ardientemente que se difunda y florezca en las ciudades y en los medios rurales. Sin embargo, de semejantes asociaciones Nos esperamos ante todo y sobre todo que cuantos se unen a ellas vivan siempre cristianamente. De poco sirve discutir con sutilezas acerca de muchas cuestiones y disertar con elocuencia sobre derechos y deberes, si todo eso se separa de la acción. Pues acción piden los tiempos; pero una acción que se apoye en la observancia santa e íntegra de las leyes divinas y los preceptos de la Iglesia, en la profesión libre y abierta de la religión, en el ejercicio de toda clase de obras de caridad, sin apetencias de provecho propio o de ventajas terrenas. Muchos ejemplos luminosos de éstos por parte de los soldados de Cristo, tendrán más valor para conmover y arrebatar las almas que las exquisitas disquisiciones verbales: y será fácil que, rechazado el miedo y libres de prejuicios y de dudas, muchos vuelvan a Cristo y difundan por doquier su doctrina y su amor; todo esto es camino para una felicidad auténtica y sólida.
     Por supuesto, si en las ciudades, si en cualquier aldea se observan fielmente los mandamientos de Dios si se honran las cosas sagradas, si es frecuente el uso de los sacramentos, si se vive de acuerdo con las normas de vida cristiana, Venerables Hermanos, ya no habrá que hacer ningún esfuerzo para que todo se instaure en Cristo.
     Y no se piense que con esto buscamos sólo la consecución de los bienes celestiales; también ayudará todo ello, y en grado máximo, a los intereses públicos de las naciones. Pues, una vez logrados esos objetivos, los próceres y los ricos asistirán a los más débiles con justicia y con caridad, y éstos a su vez llevarán en calma y pacientemente las angustias. de su desigual fortuna; los ciudadanos no obedecerán a su ambición sino a las leyes; se aceptará el respeto y el amor a los príncipes y a cuantos gobiernan el Estado, cuyo poder no procede sino de Dios (44). ¿Qué más? Entonces, finalmente, todos tendrán la persuasión de que la Iglesia, por cuanto fue fundada por Cristo, su creador, debe gozar de una libertad plena e íntegra y no estar sometida a un poder ajeno; y Nos al reivindicar esta misma libertad, no sólo defendemos los derechos sacrosantos de la religión, sino que velamos por el bien común y la seguridad de los pueblos. Es evidente que la piedad es útil para todo (45): con ella incólume y vigorosa el pueblo habitará en morada llena de paz (46).
 
Exhortación final 

   Que Dios, rico en misericordia (47) acelere benigno esta instauración de la humanidad en Cristo Jesús; porque ésta es una tarea no del que quiere ni del que corre sino de Dios que tiene misericordia (48) y nosotros, Venerables Hermanos, con espíritu humilde (49), con una oración continua y apremiante, pidámoslo por los méritos de Jesucristo. Utilicemos ante todo la intercesión poderosísima de la Madre de Dios: Nos queremos lograrla al fechar esta carta en el día establecido para conmemorar el Santo Rosario; todo lo que Nuestro Antecesor dispuso con la dedicación del mes de octubre a la Virgen augusta mediante el rezo público de Su rosario en todos los templos, Nos igualmente lo disponemos y lo confirmamos; y animamos también a tomar como intercesores al castísimo Esposo de la Madre de Dios, patrono de la Iglesia católica, ya San Pedro y San Pablo, príncipes de los apóstoles.
     Para que todos estos propósitos se cumplan cabalmente y todo salga según vuestros deseos, imploramos la generosa ayuda de la divina gracia, y en testimonio del muy tierno amor de que os hago objeto a vosotros ya todos los fieles que la providencia divina ha querido encomendarnos, os impartimos con todo cariño en el Señor la bendición apostólica a vosotros, Venerables Hermanos, al clero y a vuestro pueblo.
     Dado en Roma junto a San Pedro, el día 4 de octubre de 1903, primer año de Nuestro Pontificado.
 
PÍO PAPA X
 




(1) Epp. I, III. ep. 1

(2) Salm 72, 26. 
(3) Jer. I, 10 
(4) Efes. I, 10 
(5) Col. III, 11 
(6) Salm. II, 1 
(7) Job, XXI, 14 
(7) 2 Tes. II,3 
(8) 2 Tes. II, 4 
(9) Sab. XI, 24 
(11) Salm. 77, 65 
(12) Salm. 67, 22 
(13) Salm. 46, 7 
(14) Salm. 9, 20. 
(15) Salm. 9, 19 
(16) Is. XXXII, 17 
(17) I Cor. III, 11 
(18) Jn. X, 36 
(19) Hebr. I, 3 
(20) XI Mt., 27 
(21) Hom. de capto Eutropio, n. 6 
(22) Apc. XII, 10 
(23) Gal. IV, 19 
(24) Gal. V, 19  
(25) Gal. II, 20   
(26) Filip I, 21 
(27) Efes. IV, 13  
(28) I Tim. V, 22   
(29) I Tim. V, 22     
(30) I Tim. VI, 20 s.    
(31) Rom. IX, 2    
(32) Tren IV, 4   
(33) Lc. IV, 18-19  
(34) Jud. 10  
(35) Mt. XXVIII, 19  
(36) 3 Rey XIX, 11 
(37) 2 Tim. IV, 2 
(38) Mt. XI, 28 
(39) Is. 42, 1 s.  
(40) I Cor. XIII, 4 
(41) I Cor. IV, 12 s. 
(42) Ecli. XVII, 12 
(43) Hech XX, 28 
(44) Rom. XIII, 1 
(45) I Tim. IV, 8 
(46) Is. XXXII, 18 
(47) Efes. II, 4 
(48) Rom. IX, 16 
(49) Dam. III, 39

¿LA MADRE O EL HIJO?

CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE  
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¿LA MADRE O EL HIJO?


     Le rogaría me ilustrase acerca de una afirmación hecha por el Padre Santo en uno de sus últimos discursos. «Salvar la vida de la madre —dijo el Papa— es un fin nobilísimo; pero el matar directamente al niño, como medio para ese fin es ilícito.» Estas palabras me han parecido muy oscuras, y, en especial, me parece que la afirmación misma es inconsistente. Realmente, las razones que pueden inducir a preferir la vida del feto más que la de la madre, en la mayoría de los casos, tienen un valor infinitamente inferior a las que imponen que se salve a la madre. Moralmente es ilicita la supresión del hijo; pero inversamente no me parece licito el matar a la madre como medio para salvar a su criatura. Considero sumamente cristiana y heroica la abnegación de una madre que espontáneamente se sacrifica, pero me parece injusta e inadmisible una obligación en ese sentido. (E. V. —Módena.) 
     El Papa ha dicho: "Salvar la vida de la madre es un fin nobilísimo, pero el matar directamente al niño como medio para ese fin no es licito.» Dice un periódico que no se debe matar al niño porque su vida podría llegar a ser valiosa en el futuro para la Humanidad... Podría llegar a ser... Pero podría llegar a ser algo diametralmente contrario... Por otra parte, ¿el valor de la vida del uno no equivale a la vida de la otra? Y ¿por qué, si hay que sacrificar una de las dos vidas, es precisamente a la madre a la que hay que dejar que se muera? ¿Existe una jerarquía de los valores humanos en las relaciones con la sociedad? (I. C. —Milán.)

     No tenemos sino que meditar en las precisas palabras del segundo objetante: «¿Por qué es precisamente a la madre a la que hay que dejar que se muera?» Esto es: «Por qué no dejar, en cambio, que se muera el hijo?» Y el señor I. C. habría podido incluso considerar otro caso, que es el más trágico y doloroso, aquel en que no «dejando» que muera el hijo se pone fatalmente en peligro la vida de ambos: «¿Por qué dejarlos morir a ambos?»
     No hay duda. Se puede perfectísimamente —o incluso se debe— dejar morir al hijo para que viva la madre.
     Pero entre dejar que muera y apuñalarlo para matarlo hay un abismo; el abismo del empleo en el segundo caso, del medio ilícito, del verdadero asesinato. Concedido que sin ese medio mueren ambos. Esa es la desgracia de la muerte; aquello, el delito del asesinato.
     En cambio, dejar que muera, después de hacer todo lo posible para salvar a ambos, no es un asesinato.
     Como, al contrario, dejar que muera la madre para no matar el hijo, no es matarla.
     Hay una lancha de náufragos con la madre y varios hijos. No puede cargar con todos. Habría que sacrificar a uno que pesa más para salvar a los otros. ¿Qué diríais si uno de los hermanos para deshacerse de aquél, lo apuñalase? Morirán todos; pero ninguno querrá mancharse la mano con ese horrendo delito, tanto más grave incluso cuanto más asociados están en el trágico peligro. Evidentemente, seria diferente su psicología si aquél, por desgracia, se cayese o se perdiese en el mar, restableciéndose así el indispensable equilibrio de la lancha. En ese caso, aun con el corazón desgarrado, los supervivientes podrían omitir aquellas tentativas de salvamento, que acabarían luego por perderlos a todos; habrían dejado que pereciese uno para salvar a todos los demás, pero no habrían matado a ninguno.
     Es el gran principio moral de que el fin no justifica los medios. El fin bueno de salvar a la madre, aun en la hipótesis de que, de lo contrario, perecerían tanto la madre como el hijo, no puede justificar jamás el delictivo medio de asesinar al hijo.
     Los pragmatistas y los empíricos se ríen de esta distinción moral entre el fin y los medios, pretenden poderlo justificar todo con la bondad y utilidad del fin. Esto les parece tanto más obvio cuando se trata de un medio (el matar al hijo) sin el cual no sólo aquel mal (la muerte del hijo) ocurriría naturalmente, sino que se añadiría otro mayor (la muerte asimismo de la madre, que, en cambio, con aquel medio se habría podido salvar). Pero no piensan que un principio moral, o vale siempre, o no vale nunca. Y si ese principio se viene abajo se producirían consecuencias catastróficas, humanas y socíales. Haced que se considere, sin más, licito lo que redunda en ventaja propia y no habría ya freno a las opresiones mutuas. En nuestro caso, borrad ese principio, y tendréis a los paganos que matan a los niños aun después de nacidos y estando sanísimos, y a los tiranos modernos que obligan a eliminar a los enfermos, a destruir las razas enemigas o a arrebatar los hijos a sus padres —como hicieron los comunistas en Grecia—, etc., por los ficticios fines buenos del interés propio, nacional o social; tendréis, en este como en todos los demás sectores, el aplastamiento de todos los derechos del hombre y el maquiavelismo social y político más cínico y más cruel.
     Ideológicamente, ese principio es la bifurcación de las dos morales: religiosa y materialista.
     Quien obra teniendo en cuenta la ley de Dios no tiene dudas. No se puede faltar a la ley de Dios. Cueste lo que cueste. Lo que verdaderamente importa para quien obra teniendo en cuenta que Dios lo mira y la voluntad de Dios, no es tanto el resultado cuanto el medio empleado para lograrlo, que para estar conforme con la divina voluntad debe ser intrínsecamente lícito. Lo cual resulta lógico además pensando que sólo los medios dependen del hombre y crean, por tanto, su responsabilidad, mientras los resultados pueden no estar en su mano y deben, por consiguiente, confiarse, con fe ilustrada, a la divina Providencia, la cual puede, ciertamente, permitir un mal, pero siempre, en definitiva, para un bien mayor. Bien sabrá Dios premiar, o en el tiempo o en la vida eterna, el sacrificio hecho para obedecer a su divina voluntad. Bien sabrá premiar a aquella madre que para no matar directamente sacrifica su propia vida. Y también en la tierra sabrá bendecir a aquella sociedad en que se respetan estos supremos principios.


BIBLIOGRAFIA

Pío XI: Encíclica Casti connubii, 31 de diciembre de 1930 (Denz-U. 2.242-44); 
Pío XII: Discurso a las comadronas, 29 de octubre de 1951 («Civilta Cattolica», 17 de noviembre de 1951); 
Pío XII: Discurso a los padres de familia, 26 de noviembre de 1951 («Civilta Cattolica», 15 de diciembre de 1951); 
A. Gemelli y A. Vermeersch: «Nouvelle Revue Théologique», 60 (1923), págs. 500-27, 577-620 y 677-95; 
L. Schremín: Appunti di morale professionale per i medici, Roma, 1947; 
C. Testore, P. Liuzzi y G. de Ninno: Aborto, EC., I, págs. 105-12.

Distribución de las gracias actuales.

     La Santísima Virgen, después de haber cooperado con el Salvador a prepararnos en El y por El los principios de la vida divina, coopera también, con dependencia de El, en la aplicación de la Sangre redentora, es decir, en la distribución actual de las gracias. Demostración por la razón teológica y por la autoridad de las Sagradas Escrituras.

     I. Por los dos misterios de la Encarnación del Verbo y de la dolorosa Pasión del Hombre-Dios, las fuentes de la Vida divina, agotadas para nosotros por la caída original, fueron henchidas de nuevo. Jesucristo, naciendo y muriendo por los hombres, les ha dado, liberalmente, a todos el poder de ser hechos hijos de Dios. Todos lo son ya, no en actos, es verdad, puesto que muchos aún no existen y otros muchos viven en la muerte del pecado, sino en preparación, y en potencia, y en virtud, en las causas universales que son los méritos y la satisfacción de Jesucristo, y esto basta para que todo hombre tenga derecho para decir a Dios Padre nuestro y Padre mío.
     ¿Qué más es necesario para llegar a serlo, y serlo efectivamente? Llenar una sola condición, respondían los jefes de la Reforma luterana: apropiarse para sí mismo por la fe los méritos de Cristo, la justicia y la santidad de Cristo. Creed firmemente que Cristo ha muerto, ha satisfecho por vosotros; esto basta; la justicia de Cristo es vuestra; estáis justificados, sois hijos de Dios y sois salvos. La doctrina católica ha condenado esta pretensión (Concil. Trident., s. VI capp. 3 et 6; can. 10 et 11).
     Quiere la doctrina católica que nosotros lleguemos a ser interiormente justos y santos, con una santidad, con una justicia que nos sea inherente; que nuestra filiación divina descanse sobre la participación real de la naturaleza divina, llamada gracia santificante, y que nos dispongamos a este estado, sobrenatural y divino, por medio de actos libremente puestos bajo la luz y por inspiración del Espíritu Santo (
La Grace et la Gloire, I, 2, c. 1, sq„ t. I, p. 75, etc.).
     La Pasión del Salvador no es la salvación, sino el medio universal de salvación. La sangre derramada en la cruz preparó para los hombres una fuente inagotable de vida sobrenatural, de la que nadie está excluido, puesto que esta sangre ha sido vertida por todos; más aún, falta que de esta fuente la vida mane en cada uno de los hombres, bajo la forma de gracias actuales y de gracia permanente o santificante; en otros términos, de la gracia que prepara y de la gracia que constituye la adopción de Hijos de Dios. Y esto es lo que se quiere dar a entender cuando se habla de la aplicación de los méritos de Cristo y de la distribución de las gracias, necesarias una y otra para que seamos rehechos a imagen del Hijo único de Dios y para que obremos conforme a nuestro ser de hijos.
     Aclaremos esto con un ejemplo. Así como todos los hombres universalmente han muerto en Adán, todos son vivificados en Cristo (Rom. V, 15 y sig.) Ahora bien: para que cada uno de ellos contraiga de hecho el pecado original que es la muerte del alma, es preciso que la condenación lanzada contra el primer padre le sea actualmente aplicada: es decir, que venga a la existencia y salgan, naturalmente, de su estirpe. Mientras no viven aún, están muertos y no lo están: muertos de derecho, en principio, puesto que tienen que nacer con una naturaleza caída; pero no muertos en realidad, puesto que la privación de la gracia sólo puede afectar a un sujeto existente. Ahí ocurre, guardando las debidas proporciones. con la vida sobrenatural. La Humanidad entera ha sido vivificada por la Sangre de Jesucristo. Mas esta vida, para llegar a ser actualmente propia de cada miembro de la Humanidad, debe entrar en él por la gracia. Hasta entonces no pertenece, de hecho, al número de los vivientes.
     He aquí por qué la operación santificante de Jesucristo no cesa. No está Él en el caso de merecernos de nuevo los principios de la vida divina. Bajo este aspecto hemos sido santificados por la oblación del Cuerpo de Cristo hecha una sola vez sobre el Calvario (Hebr., X. 10). ¿Qué hace, pues? Nos lo aplica, nos los apropia por medio de su Iglesia, de sus Sacramentos, de su intervención perpetua cerca de su Padre (Hebr., VII, 25; Rom., VIII, 24), y es de este modo cómo, engendrándonos completamente para la vida divina, consuma su misión de Salvador y Redentor.
     Aquí preséntase una cuestión capital para la maternidad espiritual de María. ¿Tiene su parte Ella en esta aplicación de los méritos de Cristo, en esta perpetua distribución de la gracia y de la vida divina?
     Sí, consumada la Redención en el Calvario, la bienaventurada Virgen María no tiene, dependiendo de Jesucristo, una Cooperación propia en esta nueva obra, o bien, si esta cooperación se encuentra limitada, ora a ciertas personas, ora a ciertas efusiones de bienes sobrenaturales, de un modo manifiesto su maternidad de gracia es imperfecta en sus funciones. No alcanza, en su orden, hasta donde se extiende la influencia del Redentor. Habrá, por lo menos, vidas o grados de vida que supondrán, es verdad, su concurso ministerial en la obra fundamental de la Redención; pero que no dependerán de ella, en manera alguna, en cuanto a su actual producción. Si queremos, pues, tener pleno conocimiento de la maternidad espiritual de María, debemos indagar si representa un papel y qué papel en la distribución de la gracia. Sin entrar por el momento en la cuestión muy compleja de saber si todo favor divino, sin excepción alguna, nos viene por Ella, después de Jesucristo, nos mantendremos ahora en consideraciones más generales. Más adelante será menos difícil, a la luz proyectada por los pensamientos de los Padres y los Santos, precisar con mayor o menor certeza hasta dónde alcanzan en esta materia el poder y la acción de la Madre de los hombres.
     Este doble papel de la Santísima Virgen en el alumbramiento de los hijos de adopción está felizmente expresado en el texto siguiente: "La Madre de la Misericordia ha sido establecida cooperadora de nuestra redención y madre de nuestro nacimiento espiritual. Primeramente dio a luz sin dolor a su primogénito, que envolvió en pañales: después dió a luz de nuevo junto a la cruz, entre inmensos dolores, no ya un solo hijo, sino una muchedumbre de hijos: todos aquellos que eran rescatados por el Señor (Psalm., CXI, v. 2) y los dió a luz a todos juntos, si se mira a la virtud de la causa, "simul quantum ad virtutem causae"; mas no a todos juntos si se mira al ser, "non simul quantum ad esse", puesto que los efectos de la Pasión deben ser aplicados sucesivamente en diferentes épocas de la duración." En otras términos, la Virgen tiene dos maneras de cooperar al nacimiento de los hijos de Dios. Ha cooperado primero a preparar para todos la causa universal de su vida divina; y coopera después, a medida que vienen a la existencia, a aplicarles los efectos de la Pasión del Salvador, es decir, las gracias que los regeneran. Y de este modo es como los engendra sucesivamente "quatum ad esse" después de haberlos engendrado a todos a la vez "quantum ad virtutem causae". 
     Este texto se cita como perteneciente a la cuarta parte de la Summa theologica de San Antonino, de donde lo habría tomado el autor de la Bibliotheca virginalis (t. II. p, 517). No hemos podido verlo ni en la primera ni en la segunda de estas obras. En todo caso, es la expresión clara y verdadera de las funciones ministeriales de la Santísima Virgen en la generación de los hijos de Dios. La Biblíotheca virginalis es una colección de obras escritas en alabanza de María. El primer autor es Pedro de Alba y Astorga, de la Orden de San Francisco. Fué impresa por vez primera en Madrid, en 1648. Tres in folio. 
     La cuestión presente es ésta: ¿Concurre María actualmente, y concurre generalmente (Generalmente, es decir, de tal modo que ordinariamente, al menos, las gracias lleguen dependiendo su mediación), sobre todo por sus intercesiones y por sus méritos, a la distribución que se hace entre los hombres de los bienes sobrenaturales? No sabríamos contestar mejor que tomando de Bossuet la solución dada por él al problema. Después de haber demostrado cómo María ha cooperado por el libre movimiento de su amor a dar al mundo su Libertador, añade: "Como esta verdad es conocida, no me detengo en explicarla; más no os callaré una consecuencia que quizá no hayáis meditado bastante: es que Dios, habiendo querido darnos una vez a Jesucristo por medio de la Santísima Virgen, este orden ya no lo cambia, y los dones de Dios son sin arrepentimiento (Rom., XI, 29). Es y será siempre verdadero que habiendo recibido una vez por ella el principio universal de la gracia, nosotros recibimos también por intermedio de Ella sus diversas aplicaciones en todos los diferentes estados que componen la vida cristiana. Habiendo su caridad maternal contribuido tanto a nuestra salvación en el misterio de la Encarnación, de modo igual contribuirá eternamente a todas las otras operaciones que no son sino dependencias de aquélla" (Bossuet, Tercer Sermón para la fiesta de la Concepción de la S. V., primer punto; col. Tercer Sermón para la fiesta de la Anunciación. Fin del primer punto).
     Notad esta expresión: dependencias. Esto sólo bastaría para demostrar la alta conveniencia y como la necesidad para Dios de santificar a los hombres por mediación de María, puesto que de ella y por ella nos ha venido el Autor de toda gracia. "Habiendo Dios querido una vez que la voluntad de la Santísima Virgen cooperase eficazmente a dar a Jesucristo a los hombres, este primer decreto no varía, y siempre recibiremos a Jesucristo por mediación de su caridad" (B
ossuet, Cuarto Sermón para la fiesta de la Anunciación, primer punto). Habría una especie de inconsecuencia en mutilar este orden, y el plan divino perdería gran parte de su belleza y de su unidad. He aquí, ciertamente, con una razón sólida, una grave autoridad. Mas otra voz se ha hecho oír en nuestros días aún más precisa y digna de mayor atención. Es la de León XIII, afirmando desde lo alto de la silla apostólica que por decreto de Dios, María, entronizada en la gloria, como lo exigen su dignidad de Madre de Dios y la excelencia de sus méritos, no cesa de protegernos y de velar por nuestros intereses con una solicitud más que maternal: "Porque habiendo prestado su ministerio a la obra de la redención de los hombres, ejerce igualmente el mismo ministerio en la dispensación de la gracia que mana perpetuamente de la Cruz, estando, como está, para este fin investida de un poder inmenso" (Adiutricem populi. 5 sept. 1895).
     Antes de León XIII y de Bossuet, y de un modo tan explícito como el uno y el otro, el autor de un sermón sobre la Asunción de la Santísima Virgen María, distinto de aquel que otras veces se atribuía a San Jerónimo, testificaba este natural enlace entre el oficio de la Virgen en el Calvario y su cualidad de repartidora universal de la gracia. He aquí este notable pasaje: "Con todo el afecto de nuestro corazón, confiemos en las intercesiones de la Virgen bendita; todos y con todas nuestras fuerzas imploremos su patrocinio, a fin de que, recibiendo de la tierra constantemente nuestras súplicas y nuestros homenajes, se digne, en el cielo, hacer llegar a Dios una oración porfiada. En efecto, no cabe duda: aquélla que ha sido digna de proporcionar el precio de nuestro rescate, puede también, mejor que todos los santos juntos, hacer oír sus súplicas en favor de los redimidos" (
Append. serm. S. Augustini, serm. 208, n. 12, P. L.. XXXIX, 2134. Estímase que este sermón pertenece o a Fulberto de Chartres, o más probablemente, quizá, al beato Ambrosio Autpert (siglo VIII). Como quiera que sea, se le halla al final de las obras de San Jerónimo, in Mantissa, ep. 10, P. L., XXX, 143, sqq.).
     ¿Veis, pues, las dos funciones generales de la maternidad espiritual de María, la que hemos estudiado hasta ahora, función de cooperadorá en la redención del mundo, consumada plenamente sobre el Calvario, y la que nos resta que meditar, función de dispensadora de los bienes de su Hijo? ¿Veis también cómo la primera supone la segunda? Porque si los sufragios de María son de mayor virtud que la de todas las oraciones reunidas de todos los Santos de la tierra y del cielo, ¿no es, acaso, porque ella sola ha merecido preparar el sacrificio y ofrecer el precio de la Redención, Jesucristo, su único Hijo?.
     La misma relación está también claramente marcada en la oración de la misa votiva de la Santísima Virgen, que se celebra desde Navidad a la Purificación. "Oh Dios, que por la fecunda virginidad de la bienaventurada María habéis procurado al género humano las riquezas de la salvación; haced, os suplicamos, que sintamos que intercede por nosotros aquella por quien hemos merecido recibir al Autor de la vida, Jesucristo Nuestro Señor." 
     Después de esta corta entrada en materia, la que, dicho sea en verdad, comprende en germen todos los desarrollos que van a seguirse, vamos, ante todo, a hacer descansar nuestra tesis sobre razones sacadas de la naturaleza misma de las cosas; después vendrá el llamamiento a los testimonios positivos de las Sagradas Escrituras, de los Santos Padres y Doctores.

     II. Supuesta, pues, esta verdad: que la Santísima Virgen nos ha dado consciente, voluntaria y libremente al autor y principio de toda gracia y de toda vida sobrenatural, y que, no contenta con darle a luz para el sacrificio esperado por todos los siglos, le ha alimentado, guardado y seguido paso a paso hasta la Cruz, como asistenta inseparable de su inmolación; supuesta esta verdad, digo, y establecida sobre demostraciones sólidas, ¿qué consecuencias debemos sacar? La doctrina que es el objeto de este capítulo, puesto que mana de estas premisas como de fecundo manantial y por mil canales. Aquí también la dificultad no estriba en encontrar las pruebas de esta múltiple deducción, sino en ordenarlas de suerte que no se debilite ni su fuerza ni su alcance. ¿A qué tienden todos los dones de gracia que nos hace la liberalidad divina, y de dónde proceden? La fe nos lo enseña: del Redentor, Hijo de María, es de quien los obtenemos, sin excepción de uno solo. Y el objeto de los mismos es el de perfeccionar en nosotros la imagen de Cristo (Galat., IV, 5), incorporarnos a Él, hacer de cada uno de nosotros no sólo un Cristo, a imitación del Primogénito, sino el Cristo total, Christus totus, según el admirable pensamiento de San Agustín (La Grace et la Gloire, 1. V, c. 4, t. I, págs. 315 y sigs.). De ahí hemos deducido en uno de los primeros capítulos de esta segunda parte (L. I, c. 3) que nos hace falta una Madre, y que esta Madre es, con toda verdad, la bienaventurada Virgen María.
     Mas ahí no deben detenerse nuestras deducciones, porque pertenece a las madres, no sólo al dar la vida a sus hijos, sino también y, sobre todo, el presidir a su entera formación. Esto es lo que la Sagrada Virgen ha hecho para con el Salvador, cabeza de la persona mística de la que somos miembros. Suponed que después de haber cooperado sobre el Calvario al primero y virtual nacimiento del género humano (
Pudiera decirse que hay en el orden sobrenatural como un doble nacimiento a la vida divina. El primero es el que acabo de nombrar virtual. Es como a todos los hombres, y a todos da derecho para llamar a Dios Padre Nuestro. El segundo, que es el que nos constituye formalmente hijos de Dios y nos introduce de hecho en la familia divina, resulta de la infusión de la gracia santificante en los corazones; gracia que conjunta inseparablemente a la morada del Espíritu Santo, es el fundamento y la razón íntima de nuestra filiación divina), ya no concurre más a la aplicación de las gracias de las que mana la vida divina; es madre si queréis todavía; pero una madre que no hace ya por los miembros lo que ha hecho por la Cabeza, una madre incapaz de presidir a su formación espiritual.
     Menos trabajo nos costaría el entenderlo así si nos fuera dado, como en otro tiempo a los espíritus angélicos, el alcanzar con un solo esfuerzo la perfección, el llegar de un salto a la beatitud eterna, es decir, a la plenitud del hombre perfecto. Mas, en el orden religioso y moral, igual que en el orden físico, estamos sometidos a la ley de la evolución; niños pequeños (infantes) al salir de las aguas del bautismo, deberemos crecer bajo la acción de la gracia, lentamente, y aun a veces con retroceso, sin escapar jamás totalmente en este mundo a las flaquezas de la formación. ¿Comprendéis ahora la necesidad de una Madre que, de acuerdo con Jesucristo y por Jesucristo, haga llegar hasta nosotros los medios de conservación y crecimiento, es decir, las gracias merecidas por el Salvador?
     Y esta necesidad parece tanto más urgente cuanto que, remontándonos al origen de los bienes sobrenaturales esparcidos sobre los hombres, hallaremos que, si vienen principalmente del Hijo, la Madre ha prestado generosamente su ministerio para su adquisición.
     No diremos, ciertamente, que la Redención del mundo sea el precio de los merecimientos y de las satisfacciones de la Madre de Dios. Ya eliminamos esta opinión como incompatible con el carácter exclusivo del Redentor. Lo que Ella ha merecido es el derecho de ser el instrumento por el cual Jesucristo dispensa las gracias de la salvación. Puede afirmarse así en este sentido: en el momento en que la Virgen revistió libremente de su carne al Verbo hecho hombre, y en el momento aún más solemne en que,, de pie sobre el Calvario, le ofrecía a Dios como víctima nuestra y precio de nuestro rescate, adquirió entonces una especie de jurisdicción sobre todas las efusiones de la gracia; porque esta gracia sale de una sangre tomada de sus venas y de una carne hecha de su propia carne.
     Hemos dicho una especie de jurisdicción. Los santos lo han anunciado mucho tiempo antes que nosotros y de un modo aún más enérgico. Sea una prueba este pasaje de San Bernardino de Sena: "Toda gracia, comunicada a los hombres en este siglo, lo es por una triple procesión, porque va del Padre a Cristo, de Cristo a la Virgen y de la Virgen a nosotros... En efecto; a partir de la hora en que María concibió al Hijo de Dios en su casto seno, ha gozado de una especie de jurisdicción o de autoridad sobre todas las procesiones temporales del Espíritu Santo, de suerte que ninguna criatura recibe de Dios gracia alguna de que María no sea la dispensadora... Puede, pues, con justicia apellidarse llena de gracia, puesto que toda gracia corre por ella sobre la Iglesia militante" (
S. Bernard. de Sena, Serrn. de Anunciación, 6, a. 1. c. 2, t. IV. opuse, p. 99). Es un pensamiento repetido por Bossuet: "Vos tenéis en vuestras manos —dice a esta bienaventurada Madre— la llave de las bendiciones divinas. Es vuestro Hijo esa llave misteriosa con la cual son abiertos los tesoros del Padre Eterno; Él cierra y ninguno abre; Él abre y nadie puede cerrar. Su sangre es la que nos inunda de gracias celestiales. ¿Ya quién dará Él más derecho sobre esta sangre, que a aquélla de quien la sacó toda? Su carne es vuestra carne, ¡oh, María!; su sangre es vuestra sangre, paréceme que esta sangre preciosa gustosamente corría a borbotones en la Cruz por vos, pues sentía que erais vos el manantial de donde brotara. Por lo demás, vivís con Él en tan perfecta amistad, que es imposible que no seáis escuchada" (Bossuet, Segundo Serm. para el Viernes de la primera Sem. de Pasión, 19 p. Obras oratorias, t. I, págs. 86 y 87).
     Estas últimas palabras de Bossuet bastan para disipar las imaginaciones de ciertas almas, que se figuran, en su sencillez, que los dones sobrenaturales de la gracia son como una cosa material que sería transmitida de Jesucristo a su Madre, para que de ella la recibiéramos. La expresión de canal, a menudo empleada, confirmaría esta ilusión. No; la gracia no es nada parecido. Es Dios mismo el que la infunde en las almas, pero en consideración a los méritos de Jesús, mediante la oración de María. En este sentido, esta bendita Virgen es también la tesorera de la gracia. No quiera Dios que materialicemos lo que es puramente espiritual.
     Notemos, para responder de antemano a las objecciones calumniosas de los protestantes, que el término de jurisdicción no debe tomarse en el texto de San Bernardino de Sena (
Suárez mismo se sirvió de la misma expresión), como si se tratara de un dominio o de una autoridad propiamente dicha. El Santo mismo nos pone en guardia contra semejante equivocación. Una cierta jurisdicción —dice—, es decir, cierto derecho fundado sobre las disposiciones mismas de Dios, llamando a la Virgen a cooperar en la medida que hemos dicho, en la redención del mundo, y, de consiguiente, sobre el mérito que esta misión le valió, sobre todo en el Calvario.
     Propongamos otro capítulo de prueba. Nadie discutirá que dar al mundo el principio universal de la gracia, ser la Madre del Autor de todo don perfecto, es más que servir de canal repartidor de la misma gracia y de los mismos dones. Ahora bien; en las operaciones de lo divina sabiduría, lo más arrastra a lo menos, cuando lo más y lo menos pertenecen al mismo orden, al mismo designio.
     Dos analogías contribuirán a derramar nueva luz sobre estas verdades. Siendo cierto que Dios ha querido darse a nosotros por Jesucristo, este orden en adelante no cambia ya más. Lo que tuvo lugar para todos generalmente en el Calvario, se continúa siempre y para cada uno de los hombres a través de los siglos. Nadie puede ir al Padre sino por el Hijo (
Joan., XIV, 6); entiéndase, por el Hijo, revestido de nuestra carne. Querer conseguir las gracias y la amistad del Padre sin recibirlas por su Cristo, es impiedad o pura ilusión. De igual manera, habiendo Jesús querido darse a nosotros por María (Nobia datus, nobia natua ex intacta Virgine), este orden tampoco debe cambiar. La vía normal para llegar al Hijo ha de pasar por la Madre. Luego si es por la gracia por la que llegamos al Hijo, es a María a quien pertenece el obtenernos esa gracia. Tal es, substancialmente, la primera analogía. He aquí la segunda:
     Eva, por lo mismo que cooperó con el primer hombre a la rebelión de donde tuvo origen la caída original, ha dado muerte, en principio, a toda la familia humana. Por este solo título es verdaderamente la madre de los muertos, entiéndase de los muertos a la vida sobrenatural y divina. Pero Eva concibió hijos con Adán, el gran culpable, y por ella, después de él, el pecado, que es la muerte del alma, los inficionó de hecho, en su primer origen. Así, pues, y si bien lo consideramos, Eva no solamente ha concurrido en general y por derecho a privar a la Humanidad de la justicia primitiva, derrocando, de concierto con su esposo, el orden divinamente establecido, sino que, además, y por una consecuencia necesaria, ha cooperado por su parte a distribuir la muerte entre los hombres que engendraba a la vida natural, y lo que hizo de una manera inmediata con sus propios hijos, continúa haciéndolo, mediatamente al menos, con sus descendientes, a medida que, originados de la primera pareja, llegan a la existencia (
Si el acto de engendrar es el vehículo de la muerte espiritual, es porque el padre y la madre son la continuación de la primera pareja de donde proceden).
     Así, pues, para que la relación entre la antigua y la nueva Eva se mantenga, es preciso que ésta coopere próximamente con el nuevo Adán en la distribución que de la vida sobrenatural se haga en todo el curso de los siglos. Si restringís su participación en la aplicación de los méritos y de la redención de Cristo, no tendréis sino en una medida incompleta a la Eva nueva al lado del nuevo Adán, y en este punto el plan de la Reparación perderá algo de su majestuosa y perfecta armonía.
     Insistamos sobre este carácter de nueva Eva para aprovecharnos de todo lo que encierra. Recordemos la antigua promesa: "y el Señor dijo a la serpiente: "Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya, y ésta quebrantará tu cabeza". Estas enemistades las veíamos hace poco actuando en el Calvario; y la mujer, con su descendencia y por su descendencia, es decir, la Virgen María con Jesús y por Jesús, aplastaba la cabeza del monstruo infernal. Mas por vencido, y derrocado, y oprimido que esté, sin embargo no está aniquilado. El dragón se yergue todavía, para combatir y devorar a la otra posteridad de María, a la que nosotros formamos, sus hijos de adopción. Por tanto, las enemistades prosiguen su curso; por tanto, las emboscadas, la lucha continúan; por tanto, la mujer y su descendencia, Jesucristo y María, deben proseguir y completar su obra reparadora.
     Y, ¿cómo se continúa esta obra con respecto a Jesús? ¿Es que aún debe sufrir y morir para merecer el perdón de los culpables y conseguirles las gracias de salvación? No; mas es necesario que aplique a cada uno de los hombres los tesoros de misericordia y de santidad que tan costosamente ha adquirido para ellos. Por tanto, ¡oh, María! Vos debéis aún concurrir con Jesús a esta universal distribución de los frutos del Calvario, con el mismo título, en la misma medida y por las mismas causas por las cuales participasteis en su adquisición. Aquí tampoco conviene que el hombre esté solo (
Gen.. II. 18).
     ¿Será preciso añadir, además, que Jesucristo no podía rehusar a su Madre esta función escogida en la distribución de las gracias, sin hacer en alguna manera violencia a su amor maternal? ¿Podremos persuadirnos, en efecto, de que el amor de nuestra salvación, que le hizo pronunciar su doble fiat: el fiat de Nazaret y el del Calvario, se haya enfriado, y que, por consiguiente, ya no sea para nosotros la misma, siempre buena y madre siempre? Ahora bien; un amor como el suyo no podría quedar satisfecho; estaría privado, en la mansión de la bienaventuranza, de su placer más delicado, si no le fuera dado desahogarse haciendo beneficios, si no pudiera trabajar actualmente en la formación, en el desarrollo, en la conservación de sus hijos. ¿Y cómo podría hacerlo si las gracias destinadas a esta grande obra salieran del Corazón de Jesús sin pasar de ningún modo por las manos de María?
     Y no solamente Dios, al negar a María toda participación actual en la efusión de las gracias, la privaría del consuelo más amado de su corazón maternal, sino que para hacerlo así debería también alterar el orden de la Providencia; porque es una ley de la Providencia el servirse del ministerio de las causas segundas para distribuir sus beneficios sobre las criaturas. ¿No es esto lo que hace en el orden natural, y no procede así constantemente para obrar en el orden de la gracia sobre la tierra? A cualquier lado que volvamos los ojos vemos que se sirve de las obras de sus manos para la santificación de los hombres. Gloria suya es el que participe en lo que es más alto y más augusto, en la causalidad divina, y de esta gloria María, cuando estaba entre nosotros en su estado de humillación, gozaba más largamente que ninguna otra criatura de Dios. ¿Es posible que le haya sido retirada, ahora que Dios la ha coronado entre los esplendores del cielo, como Reina universal de la Creación? O, más bien, ¿no será preciso que la posea tanto más deslumbradora, cuanto ella es más honrada? Pues si le arrebatáis su parte escogida, en la distribución de las gracias, le quitáis necesariamente y al mismo tiempo esta joya, una de las más estimadas y preciosas de su diadema.
     San Bernardino de Sena trae también otra razón, discutible en sí misma, quizá, pero que prueba hasta qué punto la verdad de que tratamos estaba fuertemente impresa en el alma y en el corazón de los Santos: "Yo encuentro —escribe— al contemplar a Jesucristo, nuestro Rey, dos dignidades igualmente admirables: dignidad del Dios Padre, que le engendra de su substancia; dignidad del Dios Hijo, produciendo eternamente por vía de expiración al Espíritu Santo. Ahora bien; de la primera dignidad, que hace del Padre el principio del Hijo, la Virgen participa de un modo tan excelente, que Jesús es tan verdaderamente Hijo de la Virgen como es Hijo del Padre... Participando de la primera dignidad, María debe también participar, en cierta medida, de la segunda, ¿Por qué? Porque siendo Madre de un Hijo de quien procede el Espíritu Santo, soberanamente conveniente que dispense cuando quiera, como quiera, en la medida que quiera y a quien quiera los dones, las virtudes y las gracias de ese mismo Espíritu" (
San Bernard. Sen.. Serm. 1. Nativitatis B. M. V., 6, a. un., c. 8, Opp., t. IV, p. 96).
     Volvamos al pensamiento del Santo, para presentarlo de una manera algo diferente. Madre del Hijo Unico de Dios, la Virgen entra en comunicación muy estrecha con la propiedad del Padre. No menos comunica en la propiedad del Espíritu Santo, porque toda ella es obra del amor, tan obra del amor, que todo lo debe a la eterna dilección, aun su existencia. ¿Qué resta, pues, sino que participe de aquella perfección que hace de su Hijo el principio de la tercera persona? Mas porque esta participación no podría, de ninguna manera, llegar a hacerla concurrir a la procesión del Espíritu Santo, es de una conveniencia suprema que coopere a la existencia que tiene en las almas. Y esto mismo, ¿no es, por otra parte, una misma cosa que ser, después de su Hijo, dispensadora universal de las gracias, puesto que por ellas el Espíritu Santo viene a nosotros y en nosotros reside?
     Ultima consideración: Más de una vez hemos visto que María está asociada al Divino Redentor, ya sea en el orden de preparación, ya en el orden de ejecución de los divinos misterios. En el orden de preparación, casi lo mismo que el Salvador del mundo, ella ha sido prometida a los Patriarcas, anunciada por los Profetas, figurada por las personas y las cosas de la Ley Antigua, esperada por los justos, y, como Él, en cierta medida, la Deseada de las naciones. En el orden de ejecución, Ella lo ha recibido del Padre; de Ella es de quien ha tomado una naturaleza semejante a la nuestra; por Ella ha llegado a ser uno de nosotros. Ha vivido Ella su misma vida, trabajado, huido y sufrido con Él. Cuando Jesús sube al Calvario, cargado con el madero del sacrificio, ella le acompaña, con el corazón destrozado, mas no teniendo sino una misma voluntad, una misma intención con Él: glorificar a Dios, salvar al mundo. Y he aquí por qué, en tanto que Jesús se ofrece como holocausto de agradable olor, expiando nuestros crímenes y mereciéndonos las gracias de la salvación, María, en pie, al lado de la Cruz, le ofrece para el mismo fin, participando en la redención del mundo.
     Esto es lo que hemos contemplado hasta ahora. Falta, para terminar la obra, el último orden: el de la aplicación. ¿Es posible que Jesucristo no haya concedido en este orden a su Madre el lugar que tuvo en los otros dos, y que desde ahora sea bueno que el hombre esté solo? Mas, si no tiene la influencia universal en la dispensación de las gracias, el género de unión tan constantemente observado hasta aquí, ya no subsiste, o, por lo menos, se ha relajado en gran manera, cuando todo reclamaría que fuera en aumento, puesto que en todo lo demás esta unión se ha estrechado. En el cielo, la Madre está más cerca del Hijo, y sobre la tierra están menos separados que nunca, puesto que en todas las fiestas, en todas las alabanzas, en todos los corazones, María participa en el amor y en los honores rendidos a Jesús. Ahora bien; ella debe ser, a su modo, después de Jesús, el órgano universal de la aplicación de los méritos de Jesús. Si lo negáis, no podemos comprender entonces los designios de Dios. Él se negaría a Sí mismo, con la negación que ya hemos rechazado varias veces como menos digna de su divina sabiduría e irreconciliable con la continuidad que Dios tiene en sus consejos.

     III. Las dichas son, por cierto, razones admirables, y aunque no se tuvieran otras pruebas para afirmar la intervención universal de María en la distribución de las gracias, sería necesario admitirla sin réplica ni protesta. Pero, al comenzar, lo hemos dicho: la autoridad de los testimonios añade fuerza irresistible a las razones tomadas hasta ahora de la naturaleza misma de las rosas.
     Tenemos, ante todo, el testimonio de la Sagrada Escritura, testimonio de palabras y testimonio de hechos.
     Testimonio de palabras. Volvamos de nuevo a la promulgación de la maternidad espiritual de María. He aquí —dice Jesús— a tu Madre, y he aquí a tu Hijo.
     Estas palabras, para el que sabe entenderlas, demuestran, quizá, mejor que cualquiera otra consideración, la verdad que tratamos de dilucidar. En efecto, tienen un alcance indefinido. Jesucristo no dice solamente a Juan, y, en la persona de Juan, a todos los fieles: He aquí a tu Madre, es decir, he aquí a la que acaba de cooperar conmigo a la adquisición de las gracias por las que tendréis vida sobrenatural. Dice, sin distinción de tiempo, de lugar, ni de modo: He aquí a tu Madre; es decir, la que es y será desde ahora para vosotros una madre en el orden de la gracia; la que desde este momento os mirará como a hijos; hijos en formación, en el curso sucesivo de los siglos; hijos llegados a la edad perfecta, en la inmóvil eternidad; aquélla a quien he conferido para vosotros todas las funciones, todos los privilegios, todos los deberes de una madre. Así, pues, María siempre y en todas partes hará con nosotros oficio de Madre, como Jesucristo siempre y en todas partes continúa su oficio de Salvador. Decid, si os atrevéis a ello, que Jesucristo, después de habernos redimido en el Calvario, no nos redime aún y en cada momento por la aplicación que nos hace de los méritos de su pasión, y entonces os concederemos que María, hecha Madre sobre el mismo Calvario, no ejerce ya su misión maternal con respecto a sus hijos de adopción.
     ¿Qué más diremos? ¿No habría una especie de irrisión en esta proclamación de la maternidad de María, que desciende sobre ella desde lo alto de la Cruz, si los derechos, y los deberes, y los beneficios de esta maternidad debieran cesar en la misma hora en que Jesucristo la promulga juntamente con nuestra filiación? Y, sin embargo, esto sería lo que habría que admitir, si la madre de los hombres no contribuyera a la aplicación de los méritos de Jesucristo; es decir, a la dispensación de las gracias, que preparando y produciendo en ellos la vida divina, transforman a los hijos de los hombres en hijos adoptivos de Dios. A María, pues, incomparablemente más que a San Pablo, pertenece el decir, no sólo a los gálatas, sino a todos los fieles de Cristo y por toda la duración de los siglos: "Hijitos míos, os engendro de nuevo, hasta que Cristo esté formado en vosotros" (
Gal., IV).
     La autoridad de la palabra de las Sagradas Escrituras acrece con el testimonio de los hechos. Escogeremos dos entre otros varios, porque cada cual encierra un gran misterio. El primero, consignado en el Evangelio de San Lucas, es la visita de la bienaventurada Virgen a su prima Isabel; el segundo, relatado por los Hechos de los Apóstoles, es el descendimiento del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo con los primeros discípulos. Para comprender bien el enlace de estos dos misterios con la maternidad espiritual de María, es necesario recordar que nuestra vida sobrenatural y nuestro estado de adopción están constituidos por dos elementos: la gracia santificante y la morada en nosotros del Espíritu Santo. Por lo demás, ninguno de los dos elementos puede darse sin el otro. La gracia santificante llama al Divino Huésped (
"Dulcís hospes animae" Himn. Veni Creator), y la presencia íntima de Dios en nosotros supone la gracia. No debemos ver ahí dos beneficios separados ni separables, y es tal su armonioso encadenamiento, que Dios mismo no podía romperlo, puesto que está formado por la esencia misma de las cosas.
     Ahora bien; ¿qué vemos en los misterios de la Visitación y de Pentecostés? La primera aplicación sensible de la virtud santificadora del Salvador después de su Encarnación: la primera misión pública del Espíritu Santo sobre la Iglesia, considerada en sus jefes y en sus miembros. Nadie negará que esta primera aplicación de los méritos de Jesúcristo para la santificación de las almas, y esta primera donación del Espíritu Santo no sean aptas para mostrarnos cómo y por qué vías se harán las siguientes. Tanto valdría el decir que el perdón concedido al amor penitente de Magdalena y a la fe confiada del ladrón en la cruz, son hechos aislados y sin alcance, de los que no puede deducirse la misericordia de Jesucristo para cualquier pecador que se arrepienta como ellos. Tanto valdría el sostener que la curación de su hija, concebida por Nuestro Señor a las humildes y porfiadas importunidades de la cananea, no era un testimonio del poder de toda oración perseverante. No; hechos relatados con tal diligencia tienen un significado intentado por Dios. Son como el ejemplo y la muestra de lo que su bondad hará perpetuamente en la Iglesia, menos visiblemente, es cierto, pero con eficacia igualmente admirable.
     Ahora bien; si hay algo que sea manifiesto, es que en el uno y en el otro de estos dos misterios, en la santificación del Precursor y en el descendimiento del Espíritu Santo sobre la naciente Iglesia, aparece la intervención de María. De lo cual estamos en el derecho de deducir su constante intervención en la santificación de los hombres y en la efusión del Espíritu Santo y de sus dones.
     Volvamos a leer, para convencernos de ello, los testimonios sagrados. He aquí primero lo que nos enseñan sobre la santificación de San Juan Bautista: "Sucedió que apenas Isabel hubo escuchado la salutación de María, el niño se estremeció en su seno e Isabel fué llena del Espíritu Santo..." (L
uc., I. 41, 44). Este estremecimiento del niño es la señal cierta de su justificación. Él ha reconocido la presencia y la influencia santificante del Esposo, y como desde ahora ya es su amigo, no puede contener su alegría. Mas, ¿quién trae Jesús a Juan, si no es María? ¿Cuándo ha operado Jesús la santificación de su precursor? Mientras la Virgen calla, Juan permanece dormido en el seno de su madre. Lo que le despierta, lo que le hace estremecerse de alegría, es la salutación de María. Al oírla Isabel, también es llena del Espíritu Santo, como lo estaba su hijo. ¿De dónde proviene a la palabra de la Virgen esta acción sobre la Madre y sobre el Hijo, o, mejor dicho, para atenernos estrictamente al texto, a qué debe atribuirse el enlace y el orden de estos hechos: María saludando, Juan estremeciéndose de alegría, Isabel profetizando? A la acción del Verbo encarnado, sin duda; pero a su acción llevada por la voz de su Madre (León XIII Encíclica Jucunda semper. 8 sep. 1894). No hay otra explicación plausible. Por consiguiente, estas primeras gracias de Dios hecho hombre están ligadas al ministerio de María. Si Él es el autor principal, Ella es como su sacramento y su vehículo.     "Es necesario saber que el misterio de la Visitación es un misterio de Manifestación y de Luz, y que el principio de esa manifestación es el divino compuesto del Niño Jesús y da su Madre, y del Niño Jesús operando por medio de ella y viviendo en ella", escribe el R. P. Guillermo Gibieuf del Oratorio en su obra la Vida y las Grandezas de la Madre de Dios. 2° parte, cap. 6, § 4. Por lo cual, siguiendo al mismo autor, no solamente la santificación del Precursor, sino también el don de profecía que se revela en las palabras de Isabel, y más tarde en el cántico de Zacarías, deben ser atribuidas a María, como instrumento de Jesús. Grandes fueron las bendiciones que recibió la morada de Obededom por la presencia del Arca; pero tanto mayores incomparablemente son las que derramó el Arca de la Nueva Alianza sobre la casa de Isabel, cuanta es la distancia que hay entre la figura y la verdad. E Isabel puede decir con justicia de la Virgen lo que se dice de la Sabiduría: Venerunt mihi omnia bona cum illa, et innumerabilis honestas per manus illius; toda suerte de bienes me han venido con ella, y una infinidad de gracias me han sido conferidas por sus manos... Felices, ¡oh Virgen!, las casas que vos visitáis. ¡Dichosas las personas entre las que os dignáis establecer vuestra morada 1" Idem, ibid, c. 2, § 10. Véase también sobre este misterio a Bossuet, Tercer Sermón para la fiesta de la Concepción de la Santísima Virgen; Augusto Nicolás, La Virgen María según el Evangelio, c. 10, S 2.
     Esta verdad debe ser muy cierta, pues ha sido tan claramente profesada por un hombre de gran talento, pero en quien, ni por sus relaciones ni por su carácter, cabe el suponer exageración, cuando se trata de celebrar los privilegios de la Madre de Dios. La importancia del texto nos determina a citarlo íntegro. He aquí, pues, lo que leemos en Nicole, a propósito del misterio de la Visitación: "San Juan previno a Jesucristo en el orden del misterio, y Jesucristo previno a San Juan en el orden de la gracia, la cual le confirió en la visita que la Virgen hizo a Santa Isabel, que le llevaba en su seno. Así, pues, San Juan recibió, después de la Virgen, las primicias de las gracias obradas por la Encarnación del Hijo de Dios. Todas las que habían sido otorgadas con anterioridad, lo habían sido desde luego en virtud de la Encarnación de Jesucristo (y de sus méritos), pero no lo habían sido por Jesucristo hombre. La primera acción de Jesucristo ha sido el formar su Precursor. Por eso va a buscarle y le previene con su visita...
     "Jesucristo asocia a la Virgen al designio que tenía de formar un precursor, llenando de gracia el alma de San Juan. Quiere que esto se ejecute por su ministerio. Le da parte en el nacimiento espiritual de San Juan, como había tenido parte en el misterio de la Encarnación. Y como San Juan representaba a la Iglesia y a todos los elegidos, puesto que de Él se ha dicho que ha sido enviado por Dios a fin de que todos crean por Él (Juan, I, 7), y que no se puede llegar a la salvación sino por el camino de la penitencia, que Él ha enseñado a los hombres, Jesucristo nos ha mostrado con esto que la Santísima Virgen coopera por su caridad al nacimiento espiritual de todos los elegidos, y que cuando Jesucristo los visita por medio de su gracia, la Virgen los visita con su caridad, obteniéndoles estas gracias por sus intercesiones. Así, pues, Ella es nuestra verdadera Madure, y debemos siempre mirarla tan unida con Jesucristo en las operaciones que hace en nosotros, como lo estaba en esta visita hecha a Isabel y a San Juan" 
     Nicole, Continuat. des Essais de Morale. Pensées morales sur les mystéres de J.~C. La Visitation, § 2 et 3. (Euvres, t. XIII. pp. 331 et 332. Paris, 1741).
     En otra parte Nicole escribe lo que sigue: "Y esta caridad (maternal) aparece principalmente en la Santísima Virgen, que los lleva a todos (habla de los cristianos) en el seno de su caridad, y que por sus intercesiones coopera a la salvación de todos, pecadores e inocentes, muertos y vivos, obteniendo a los unos el que recobren la gracia y la vida, y a los otros, la conservación de la una y de la otra" "Idem, ibíd., Jésus-Christ elevé en croix, § 3, pp. 431 et 432).
     No dejemos a este autor sin haber recogido de su boca los testimonios más consoladores sobre la mediación universal de María. Servirán de contrapeso a lo que haya podido escribir en otros lugares menos favorable a nuestra confianza filial con respecto a la Madre de Dios. A la cuestión "cuáles sean los santos en los que debemos tener confianza más particular, y a los que debamos más especialmente dirigirnos", responde: "Como Dios aplica diversamente a los fieles que están en el mundo a asistir a otros fieles, sea por medio de su caridad, sea por medio de sus oraciones aplica también diversamente a los santos del cielo a socorrer en particular a determinados fieles de la Iglesia. Unos obtendrán gracias por intercesión de un santo al que habrán tenido particular devoción; otros por las oraciones de otro. Mas puede decirse, en general, que cada uno de los fieles debe tener confianza y devoción particulares a la Santísima Virgen. Ella es la madre de todos los cristianos, puesto que es la Madre de Jesucristo. Por su caridad —dice San Agustín— ha cooperado a su nacimiento espiritual ; y como su amor por Dios es mucho mayor que el de todos los ángeles y santos, es también mucho más eficaz para con su Hijo. Es necesario, pues, exhortar a todos los fieles a tener para con la Santísima Virgen, una reverencia y devoción particulares, a unirse a ella con diversos ejercicios de piedad: y no harán con esto sino seguir el espíritu de la Iglesia, que se dirige a la Santísima Virgen al principio de todas sus oraciones, puesto que emplea casi tan a menudo el Ave María como la oración dominical, para demostrar que la Santísima Virgen es el canal ordinario de las gracias de Dios para nosotros, y que tenemos necesidad especial de sus intercesiones." Nicole, Instruct. théolog. et mor. sur l'Oraison dom., la Salut. Ang., etc., 7e instr, ch. 6, pp. 303, 304 (Paris, 1718) 
     Transportémonos ahora al Cenáculo. Apóstoles y discípulos, por orden de Jesús al subir al cielo, se preparan allí en el retiro y con la oración a "recibir la virtud del Espíritu Santo que debe venir sobre ellos" (Act. I, 5, 8, 14). ¿Por qué la Sagrada Escritura, tan sobria siempre en sus detalles tratándose de la Madre de Dios, nos la presenta nominalmente en términos expresos, orando con ellos en medio de ellos? "Todos perseveraban unánimemente en la oración, con María, Madre de Jesús." A León XIII pediremos la contestación: "Como la sagrada obra de la Redención no estará terminada hasta que el Espíritu Santo, prometido por Jesucristo, no haya hecho su advenimiento, nosotros contemplamos a la Virgen en el Cenáculo, donde, orando en medio de los Apóstoles, y por ellos, con gemidos inefables, llama sobre la Iglesia la plenitud del Paráclito, don supremo de Cristo, tesoro que no fallará nunca en Ella" (León XIII, Encicl. Jucunda semper. 8 sept. 1894). Respuesta sugerida por el texto inspirado, según la opinión de nuestros más ilustres doctores, y simbolizada, como ya lo hicimos notar en otra circunstancia, por los pintores cristianos en la representación del misterio (Primera parte, 1. VII, c. 3, t. I, p. 427).
     Ahora bien; lo que ocurre en el Cenáculo es la imagen de lo que se reproducirá en todo el curso de los siglos. Porque toda efusión de gracia, de cualquier naturaleza que sea, cualquiera que sea el tiempo en que se renueve, es una participación, digámoslo con más propiedad, es una continuación de aquella primera y solemne efusión. Ningún don será hecho a los hombres, ya sea de gracia santificante, ya sea de privilegios gratuitos, que el Espíritu Santo no trajera entonces, cuando descendió sobre la naciente Iglesia. Luego, digámoslo una vez más, o las reglas trazadas por Dios sufren un cambio que nada puede explicar, o el Espíritu Santo y sus gracias descenderán siempre sobre los hombres por la oración y el misterio de María.
     Ahondemos en estos dos hechos capitales para sacar de ellos todo lo que pueda contribuir a poner de relieve la asociación de la Virgen con su Hijo en las obras de la gracia. El Evangelio, en su relato de la Encarnación del Verbo, nos muestra como un doble factor: el Espíritu de Dios viniendo sobre María, y la Virgen misma concibiendo al Hijo de Dios por operación del mismo Espíritu. Así es como nace a la vida mortal el Hijo único de Dios, hecho hombre. En el nacimiento espiritual de Juan, como en el de la Iglesia, en el día de Pentecostés, de nuevo encontramos al mismo Espíritu obrando y vivificando al uno y a la otra, y no debe asombrarnos, porque estos dos misterios son una consecuencia y como la prolongación del misterio de la Encarnación. Teníamos, pues, que encontrar a María, la Virgen Madre, a fin de que la continuación respondiera en todos sus puntos al principio.
     Y lo que la analogía de la fe nos hacía presentir, la Sagrada Escritura lo confirma expresamente en la historia del uno y del otro misterio. Mas, para decirlo una vez más, estos dos misterios, el misterio de la adopción divina por la justificación, el misterio del descenso del Espíritu Santo en el alma de los creyentes, son dos hechos capitales y diarios en el mundo: capitales, porque con estas dos cosas se relacionan todos los dones de la gracia esparcidos por Dios sobre sus criaturas; cotidianos, porque la obra de la santificación de los hombres jamás se detiene. Por consiguiente, así es también la perpetuidad y la universalidad del misterio de María en la aplicación de los méritos de su Hijo, nuestro Salvador.
     Tal es la ley manifestada por la santificación del Precursor y por el descendimiento del Espíritu Santo en el Cenáculo.
     Fácilmente podría notarse su huella y su aplicación en varios otros hechos contados en los Evangelios. He aquí a los Magos, primicias de los gentiles, que vienen a reconocer al Rey recién nacido con sus adoraciones. Una estrella milagrosa los conduce a su cuna; mas es por medio de su Madre y presentado por Ella como recibe los primeros homenajes de su fe. Poco después, Cristo, niño, irá a tomar posesión de los países infieles y a echar la semilla fecunda de la que saldrán un día espléndidas cosechas de virtudes religiosas; ganará esta tierra de Egipto llevado en los brazos de su Madre. Más tarde, demostrará con el primero de sus milagros que su bondad llega hasta concedernos los bienes temporales, cuando este favor puede tener como resultado el promover nuestro bien espiritual y la gloria de su Padre, y también será por intervención de María por la que operará ese prodigio (
Véase a Bossuet, Tercer Serm. para la fiesta de la Concep. de la S. V., primer punto). Si creemos a muchos escritores de la Iglesia latina y aun de la Iglesia griega, la conversión del buen ladrón sería fruto de las oraciones de la Madre del Dolor. Por su intercesión hubiera hecho recaer sobre este desgraciado la virtud de la sangre redentora. Su presencia en el Calvario, atestiguada por el Evangelio, les ha bastado para sacar esta conclusión.
     Podríamos desde ahora mostrar cuál es la perfección de la maternidad espiritual de María y cuáles son los derechos que posee para llamarnos sus hijos, puesto que cumple tan de lleno funciones que solas, independientemente de todo concurso en la redención del mundo, bastarían para darnos una Madre y un Padre en el orden de la gracia. Pero la verdad tratada en este capítulo es tan capital, que es necesario confirmarla todavía más con la autoridad de nuevos testimonios.
J. B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES