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sábado, 28 de septiembre de 2013

EL Buen Ejemplo

     Nada iguala al poder del buen ejemplo: es la viviente predicación de la verdad, el victorioso inspirador de las buenas acciones.
     El buen ejemplo enseña que la virtud es posible, y aún más: que es dulce, porque los que practican el bien son y parecen felices.
     Cuando hayas hecho mil hermosos razonamientos para probar el Evangelio y vengar tu fe, no siempre habrás convencido a alguien.
     Prueba con tu vida que el joven debe ser casto sin dejar de ser amable; temperante y regulado sin perder nada de sus alegrías ni de su fuego natural; tú no habrás sin duda destruido las pasiones que se agitan en tu derredor, pero más de una vez las habrás forzado a enrojecerse de si mismas.
     Tú habrás inducido a los malvados a crer en en la verdad, en su posibilidad, en sus atractivos, en su dicha, y no estarán entonces muy lejos de tenerte envidia y de querer marchar sobre tus pasos.
     ¡Que mentís daríamos a las falsas teorias de nuestros tiempos con el ejemplo de una moralidad irreprochable, aun en la edad en que fermentan las pasiones!
     ¡Que remedio en esta debilidad del carácter cristiano, con el espectáculo de una pureza que se conserva intacta a través de todas las seducciones de nuestra época!
     ¡Que elocuente y atrayente protesta ante esas doctrinas desoladoras que minan la moral cristiana, representándola como un ideal quimérico colocado por encima de las fuerzas humanas; ante esos desalientos de las almas que desesperan de la virtud, y que en cambio toleran como una imperiosa necesidad las más deplorables debilidades!
     Cuando una juventud compacta y numerosa presente en todas partes el cuadro admirable de una fe que progresa en presencia de las negociaciones, de una vida que subsiste sin mancha en el seno mismo de la corrupción del mundo, ¿quién podrá explicar la acción de esta predicación, muda, es cierto, pero mil veces más elocuente que todos los discursos?
     ¡Nada de prejuicios que no desaparezcan, nada de incredulidad que no deba por lo tanto quedar reducida al silencio!
     ¡Feliz el pueblo que tenga en su seno estos elementos de vida, y que vea abrirse ante sus ojos esas magníficas esperanzas!

EL SACRILEGIO DEL CISMA (5 y final)

Por Mons. José F. Urbina Aznar

¿QUIENES SON LOS AMIGOS Y LOS ALIADOS DE LA REVISTA ALEMANA "EINSICHT"?.
     Cuando el Sr. Heller al calce de la primera página del artículo del Dr. Wendland que publicó su revista EINSICHT, dice que esto fue escrito en 1973, y fue ampliado en 1990, y que la versión que ahora publica es de julio del año 2000, nos está revelando a los católicos, cosas muy importantes. Nos está revelando PRIMERO: que siempre la revista EINSICHT, sus amigos y colaboradores han querido establecer una nueva forma de organización para la Iglesia que ellos llaman "juntas centrales regionales" enfrentadas abiertamente a la Constitución de la Iglesia que es inmutable y de derecho divino. Quieren ver si aprovechando la dispersión, la falta de unidad actual, imponen su sistema e injertan en el alma de los fieles esta nueva doctrina. SEGUNDO: que siempre la revista EINSICHT y sus amigos y colaboradores han pugnado por el "magisterio de los laicos", de profundas raíces protestantes y masónicas, a quienes les quieren entregar "determinadas facultades" para "ordenar la vida de la Iglesia en la diáspora mediante líneas directrices e indicaciones de propósitos". Uno se pregunta consternado y asqueado: ¿de dónde han de venir esas "líneas directrices" y esas "indicaciones de propósitos"?, ¿de las zahúrdas donde se cultivan esas aspérgulas venenosas que se están mezclando constantemente con el alimento que se da a los fieles del remanente católico?, ¿de la logia, de la sinagoga?, ¿de las cumbres de aquellos altos montones de estiercol, excretados por la soberbia de quienes quieren imponer su propio magisterio y ordenar la vida de la Iglesia de Cristo mediante directrices, indicaciones y propósitos con fines sectarios, políticos, particulares, para el manipuleo de gentes y la obtención de poder?. Eh México ya tenemos una muestra. Sabemos lo que es esto: una Roma totonaca aliada de EINSICHT por la unidad de propósitos. El enorme peligro que corren los sacerdotes y los obispos aliados con todas estas gentes, es que caigan en el engaño de pensar que esa dirección de las juntas centrales regionales pugnadas por EINSICHT, no sean UN FIN, sino solamente un MEDIO LICITO para salvar a la Iglesia. El poder de estas organizaciones laicas los hace sentirse seguros y confiados en el triunfo de la Iglesia por el cual pugnan. Pero este acuerdo, aunque solamente sea tácito, aunque solamente sea entendido, imprime en todos aquellos sobre los que tienen alguna influencia un paso que está de acuerdo con esas "directrices" y esas "indicaciones de propósitos". Y antes que buscar la unidad con sus hermanos, a quienes condenan por todo, se han entregado a la solución fácil y a la vista. La astucia de Satanás es muy grande. TERCERO: que siempre la revista EINSICHT y sus amigos y colaboradores han enseñado que "ya no es posible" la solución de esta crisis a menos de que ocurra un milagro de Dios. Es decir, que la Iglesia de Dios es una institución IMPERFECTA a la que no es posible salir de sus más graves crisis, porque no tiene los medios jurídicos, sociales y sobrenaturales. Al Dios eterno le faltó providencia cuando fundó Su Iglesia. ¿Es esto posible?. CUARTO: que siempre la revista EINSICHT y sus amigos y colaboradores han llamado "movimiento arrogante y neoherético" a la pugna por la restauración del Colegio Apostólico y la elección del papa. ¡Con razón, quienes se han atrevido a moverse hacia ese punto, han sido difamados, calumniados, menospreciados y criticados cruelmente!. Ya sabemos ahora de dónde ha venido algo de esto. Han tomado cualquier argumento aprovechable, cualquier rumor, especialmente si se han atrevido a pasar por la necesidad sobre la letra de la ley. QUINTO: que siempre la revista EINSICHT y sus amigos y colaboradores ha enseñado que "nuestra voluntad y nuestros empeños no tienen ninguna significancia" en la presente crisis. ¿Se han dado cuenta, los que saben algo de Doctrina, lo que significa negarle a los hombres el libre ejercicio de una de las tres potencias del alma?. ¡Esto es horroroso!. SEXTO: que siempre la revista EINSICHT y sus amigos y colaboradores han querido reconstruir a la Iglesia desde sus bases. Desde hace años hemos oído que hay que comenzar a integrar parroquias. Este sistema estúpido y antievangélico, no lleva más que a la pérdida de la Fe, por cuanto no está Pedro para asegurar la ortodoxia, y a cansar al pueblo, a agotarlo, a anemiarlo, por cuanto por este camino no se logra nunca nada, porque no se está construyendo sobre la roca. Pero sí se logran objetivos inconfesables, pues esos seminarios y esas parroquias no en manos de la suprema jerarquía de la Iglesia, sino en manos de esas "juntas centrales regionales" de laicos, pueden ser manipuladas y controladas con grandes recursos. Si se eligiera al papa y los obispos vinieran a la unidad olvidando tanto pleito, se perdería el control de muchos sacerdotes y obispos y de todos los laicos que los siguen. No conviene desde luego. ¡Este es un plan diabólico de desgaste que no se debe aceptar de ninguna manera y hay que condenar siempre!. Ya sabemos que lo que se pretende es la desaparición completa de la Iglesia de toda la faz de la Tierra. ¡Y este plan es magistral!. SEPTIMO: que siempre la revista EINSICHT y sus amigos y colaboradores han pugnado porque los fieles, antes que defenderse de los enemigos de la Iglesia y rechacen el alimento envenenado que de ellos reciben, lo "beban" con alegría, humildad y fruición, aunque sepa "amargo" porque se trata de una medicina "curativa", de un castigo medicinal enviado por Dios mismo para curar a la Iglesia. ¡Los señores de la revista EINSICHT, sus amigos y sus colaboradores nos tratan como si fuéramos retrasados mentales!, ¿qué se creen?. OCTAVO: que siempre la revista EINSICHT y sus amigos y colaboradores han negado la autoridad de la jerarquía de la Iglesia, proponiendo a los fieles una comunicación directa y espiritual con Jesucristo, como lo hacen los peores herejes, ya que como ella publica, LOS PAPAS Y LOS OBISPOS NO SON LA LUZ DEL MUNDO, "AUN CUANDO SEAN SUCESORES DE LOS APOSTOLES", Y PAPAS Y OBISPOS "LEGITIMOS".

     Esta afirmación me recuerda palabras de San Gregorio Magno. En su obra LOS MORALES (Lib. XIX, Cap. XVIII, 27), escribe: "La Iglesia, oprimida en la futura tribulación y aflijida porque tendrán licencia de predicar cualesquier perversos predicadores, y lo harán libremente, y a los pequeños que los seguirán, los confirmarán en la maldad".
     El Dr. Wendland, dice también en su artículo, que "los cristianos católicos que se han vuelto conscientes de su situación de diáspora, son fundamentalistas CRISTOCENTRICOS RESUELTOS, y al mismo tiempo AUTENTICOS SEDEVACANTISTAS". Este señor, está jugando, engañando y confundiendo los términos. Al decir que los católicos se han vuelto cristocéntricos, no quiere decir otra cosa que ya "conscientes", han llegado a rechazar a la jerarquía de la Iglesia para volverse directamente a Cristo, sin ningún intermediario. Los papas y los obispos, no son la luz del mundo. Cristo basta, pues El es el camino y ha de enseñar a los fieles el camino a seguir. Son sus propias palabras.
     Y al decir que son "AUTENTICOS" "sedevacantistas", no quiere decir otra cosa que el auténtico sedevacantista, ya no pugna por la elección del papa y se queda sólo con Jesucristo. El Dr. Wendland y la revista EINSICHT al confesarse sedevacantistas, no se están sumando a la lucha de los llamados sedevacantistas que pugnan por tener al papa. Los están ENGAÑANDO, porque para ellos el falso sedevacantismo es el que quiere elegir al papa y unir a los obispos. El verdadero es el que ellos predican. Por eso se explica toda la tónica de su artículo y el que llame "neoherético" al movimiento a favor de la elección del papa. Y a eso se debe que en la revista EINSICHT fustiguen con tanta crueldad a les que lo intentan o lo han intentado.
     Si todas estas posturas se conocían desde el año de 1973, y tal vez antes, y si los editores las conocían con claridad, y estaban de acuerdo, lo cual es probado porque a finales de 2001 las publican nuevamente corregidas y aumentadas, e incluso con notas en letras cursivas que añade la misma redacción de EINSICHT, como allá mismo se anota, entonces las preguntas que se siguen son extremadamente lógicas: ¿quiénes son todos los que se han aliado con estos hombres?, ¿no podemos decir con clara seguridad que son lobos cubiertos con pieles de ovejas?, ¿qué son esos obispos y esos sacerdotes y esas organizaciones?.
     Dios los crea y el Diablo los reúne. Así se explica, por ejemplo, la existencia en México de esa Roma totonaca que de "toto" tiene muy poco y de "naca", todo, que funciona como una de esas "juntas centrales regionales" que la revista EINSICHT está pugnando desde hace años. Es evidente una identidad de ideología y propósitos. Y opera con "ciertas facultades" que no se sabe de dónde vinieron, señalando las líneas directrices y dando indicaciones de propósitos, que todos los eclesiásticos que con ellos están, aceptan como si fuera la voz del papa, y el único medio para "salvar" a la Iglesia.
     Mientras tanto, los obispos y los sacerdotes que verdaderamente tienen la salvación de la Iglesia en sus manos, porque es el camino que Dios manda, continúan con su manía de confusiones sostenidas, con su rechazo contundente a definirse, olvidando que la Iglesia es idéntica al modelo que salió de las manos de los Apóstoles, no distinta; que la elección del papa no puede ser impedida por el número, ni la Iglesia destruida por la autoridad episcopal; que no pueden estar cortando todo aquello que les parece cizaña, siendo más sabios que Cristo, porque no ha llegado el momento de la siega. En este momento de emergencia, todos nos son necesarios; que la acepción de personas, es un grave pecado contra la justicia distributiva; que la caridad es amor y supone la benevolencia que es el desear el bien para el prójimo y que incluye esencialmente la unión afectiva y la amistad; que la autoridad, no es la justicia y si así lo piensan, están equivocadísimos; que pasando el tiempo viviendo para las propias comunidades y los propios intereses, se hacen más incapaces para vivir para la Iglesia universal; que la vanidad le dice al hombre lo que es el honor, la fama y el buen nombre, pero la conciencia, lo que es la justicia; que no se sabe nada, si sólo se sabe mandar, reprender y corregir todo lo que parezca malo; que la Iglesia está sedienta de caridad y de justicia; que las virtudes se pierden en el interés, como los ríos en el mar; que la unidad de la jerarquía, es un signo visible e inequívoco de la adhesión sincera a Jesucristo; que los fieles necesitan a la Iglesia unida, no lo que les puede bridar una comunidad aislada, sino lo que representa esa unidad universal, porque las almas tienen sed de misterio y sed de infinito, ¿quién podrá comprender esto?; y que el cisma, ES UN SACRILEGIO, como decía León XIII en la Encíclica SATIS COGNITUM, que manifiesta a todas esas carnes leprosas que no pueden permanecer unidas a un cuerpo, aunque al caer a tierra se arrastran con ellas algunos gusanos.


LA ENCICLICA SATIS COGNITUM DEL PAPA LEON XIII.
EL SACRILEGIO DEL CISMA.
     A todos esos fariseos tan celosos del cumplimiento de la letra de la ley, sobre todo si se trata de aplicarla a otros, podemos con mucha facilidad calificarlos. Tomemos solamente un documento del Magisterio y analicemos si existe esa fidelidad y ese rigor que exigen. A la vista tengo la Encíclica SATIS COGNITUM de León XIII. Tomo palabras textuales de diversos números de la Encíclica: NUMERO 5. "En los seres animados, el principio vital es invisible y oculto en lo más profundo del ser, pero se denuncia y se manifiesta por el movimiento y la acción de los miembros; así el principio de vida sobrenatural que anima a la Iglesia, se manifiesta a todos los ojos por los actos que producen", "...están EN UN PERNICIOSO ERROR los que haciéndose una Iglesia a la medida de sus deseos, se la imaginan como oculta y en manera alguna visible, y aquellos otros que la miran como una institución humana, provista de una organización, una disciplina y ritos exteriores, PERO SIN NINGUNA COMUNICACION PERMANENTE de los dones de la gracia divina sin nada que demuestre POR UNA MANIFESTACION DIARIA Y EVIDENTE la vida sobrenatural que recibe de Dios". NUMERO 6. "...él cuerpo y el alma son incapaces por sí solos de constituir al hombre. El conjunto y la unión de estos dos elementos es indispensable a la verdadera Iglesia, como la íntima unión del alma y del cuerpo es indispensable a la naturaleza". NUMERO 7. "Es por consiguiente cierto que esta reunión de elementos visibles e invisibles, estando por la Voluntad de Dios en la naturaleza y en la Constitución íntima de la Iglesia, debe durar necesariamente, tanto como la Iglesia dure". NUMERO 8. "...Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia FORMADA DE MUCHAS COMUNIDADES QUE SE ASEMEJAN POR CIERTOS CARACTERES GENERALES, PERO DISTINTAS UNAS DE OTRAS Y NO UNIDAS ENTRE SI por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia su individualidad y LA UNIDAD de que hacemos profesión en el Símbolo de la Fe". NUMERO 9. "...la cima de la perfección de la Iglesia, COMO EL FUNDAMENTO DE SU CONSTRUCCION, CONSISTE EN LA UNIDAD". Dice León XIII que el fundamento de la construcción de la Iglesia es la unidad. Pero no hay unidad si no hay Colegio Episcopal con Pedro a la cabeza. NUMERO 12. "Cristo es el Jefe, en virtud del que todo el Cuerpo UNIDO Y LIGADO, por todas sus coyunturas, QUE SE PRESTAN MUTUO AUXILIO por medio de operaciones proporcionadas a cada miembro, recibe su acrecentamiento para ser perfeccionado en la caridad". NUMERO 13. "...todos los que debían ser sus miembros habían de estar UNIDOS POR LOS VINCULOS DE UNA SOCIEDAD ESTRECHISIMA HASTA EL PUNTO DE FORMAR UN SOLO PUEBLO". NUMERO 14. "...UNA TAN GRANDE Y ABSOLUTA CONCORDIA entre los hombres debe tener por fundamento necesario la armonía y la unión de la que se seguirá naturalmente la armonía de las voluntades Y EL CONCIERTO DE LAS ACCIONES" . NUMERO 33. "Jesucristo llamó a todos los hombres, a los que existían en Su tiempo y a los que debían de existir más tarde, para que le siguieran como Jefe y Salvador, NO AISLADA E INDIVIDUALMENTE, SINO TODOS EN CONJUNTO UNIDOS EN UN SOLO HAZ DE PERSONAS Y DE CORAZONES, para que de esa multitud resultase UN SOLO PUEBLO, legítimamente instituido en sociedad; UN PUEBLO VERDADERAMENTE UNO". NUMERO 36. "La unidad de la Iglesia debe ser considerada bajo dos aspectos: EL DE LA CONEXION MUTUA DE LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA O LA COMUNICACION QUE ENTRE ELLOS EXISTE, y en segundo lugar, LA DEL ORDEN QUE LIGA A TODOS LOS MIEMBROS A UN SOLO JEFE". NUMERO 37. "NADA MAS GRAVE QUE EL SACRILEGIO DEL CISMA". Pero como las pasiones, son los únicos oradores que siempre convencen, tenemos ahora legión de falsos pastores que ni quieren buscar a la cabeza, ni quieren unirse entre ellos. ¿No hubo un cínico que dijo que conocían perfectamente la doctrina, pero que la unidad "no les convenía"?. NUMERO 52. "La unión de los obispos con el sucesor de Pedro ES DE UNA NECESIDAD EVIDENTE QUE NO PUEDE OFRECER LA MENOR DUDA; PUES SI ESTE VINCULO SE DESATA EL PUEBLO CRISTIANO MISMO NO ES MAS QUE UNA MULTITUD QUE SE DIVUELVE Y SE DISGREGA". ¿Dónde está el celo apostólico, el amor a Cristo, el amor a las almas, el amor a la verdadera Misa, a los verdaderos Sacramentos, a la Doctrina, a la Tradición que ellos predican?, ¿no están arrojando a todo el pueblo a la disolución y a la pérdida de la Fe?. ¡No lo digo yo!. Lo dice un papa preconciliar que ellos dicen oir y respetar. ¡Son unos hipócritas sofomaníacos que ya muy poco les queda de católicos!. Soberbios destructores de la Iglesia a quienes desgraciadamente todavía siguen algunos católicos del resto fiel. NUMERO 53. "...los obispos perderían el derecho y el poder de gobernar si se separan de Pedro y sus sucesores. Por esta separación se arrancan ellos mismos del fundamento sobre el que debe sustentarse todo el edificio y se colocan fuera del mismo edificio". NUMERO 56. "EL ORDEN DE LOS OBISPOS NO PUEDE SER MIRADO COMO VERDADERAMENTE UNIDO A PEDRO A LA MANERA QUE CRISTO LO HA QUERIDO, SINO EN CUANTO ESTA SOMETIDO Y OBEDECE A PEDRO: SIN ESTO, SE DISPERSAN NECESARIAMENTE EN UNA MUCHEDUMBRE CONFUSA Y PERTURBADA". ¿Se puede estar sometido y obedecer a un papa muerto?. León XIII evidentemente habla de un papa en funciones. Es estúpido no ver el verdadero sentido de sus palabras. Sin Pedro los obispos son una muchedumbre confusa y perturbada. Ahora lo estamos viendo. NUMERO 58. "SERIA APARTARSE DE LA VERDAD Y CONTRADECIR ABIERTAMENTE A LA CONSTITUCION DIVINA DE LA IGLESIA PRETENDER QUE CADA UNO DE LOS OBISPOS CONSIDERADOS AISLADAMENTE, DEBEN ESTAR SOMETIDOS A LA JURISDICCION DEL ROMANO PONTIFICE, PERO QUE TODOS LOS OBISPOS CONSIDERADOS EN CONJUNTO, NO DEBEN ESTARLO". ¿No es claro que se están oponiendo "abiertamente" a la ley divina?, ¿no es cierto que "se están ya apartando de la verdad"?.
     Este ha sido sólo un documento del Magisterio analizado someramente a la luz de la actuación de esos sublimes defensores de la Tradición tan puros y tan puntillosos. ¿Crees que podrían aprobar algún otro exámen basado en cualquier otro documento?. La Iglesia ya tiene MAS DE CUARENTA AÑOS sumida en la más espantosa crisis de su historia y ellos siguen pensando y seleccionando. ¡Todavía hay quienes se atreven a hablar de obrar con calma y prudencia!. ¿Qué es esto?. ¡Qué es esto!.
     Por otra parte, ¿se puede encontrar un punto de contactacto entre las doctrinas expresadas por el Papa León XIII y los infundios de Wendland y de Heller?. Llamándose católicos, son unos herejes, y llamándose tradicionalistas son peores que los modernistas. San Juan Crisóstomo dice en OPUS IMPERFECTUM: "No hay nada que sea más destructivo del bien, como el bien simulado, porque el mal manifiesto se evita, y se precave uno de él como de un mal; en cambio el mal disimulado bajo la capa de bien, no es precavido hasta que no se conoce, sino que se recibe como un bien y, al unirse con el bien verdadero, acaba por destruirlo".


CONCLUSION.
     "...en manera alguna es lícito pensar otra mayor y más abundante manifestación y ostentación del divino Espíritu, toda vez que la que al presente se tiene en la Iglesia, ES MAXIMA Y PERMANECERA CUANTO ELLA PERMANEZCA, esto es, hasta que, abandonado el estado de milicia, sea conducida a la alegría de los que triunfan en la sociedad celestial" (Encíclica DIVINUM ILLUD de León XIII). Los que están esperando un milagro del Cielo para que esta crisis pueda ser solucionada, o son unos ilusos que están completamente fuera de la realidad, o son unos cobardes que temen el desprestigio, la pérdida de la fama, la calumnia, la difamación y todas aquellas cosas que nuestros enemigos van a emplear contra quienes se atrevan a tratar de reconstruir a la Iglesia, o son unos convenencieros que no quieren perder el negocio que les ha estado llenando el estómago en medio de cierta tranquilidad, o son unos traidores infiltrados, como los de la revista EINSICHT que tratan de paralizar las fuerzas vitales de la Iglesia con la esperanza de un milagro de Dios. ¡La Iglesia es una sociedad perfecta!. Cristo la dotó con todo lo necesario para salir ella misma de las crisis más grandes. Si esto no se ha hecho, es porque a faltado VOLUNTAD DE LOS HOMBRES. No milagros ni ayuda de Dios. "La Iglesia ha de ser tenida por una sociedad PERFECTA" dice Pío XII en MYSTICI CORPORIS, y lo repiten León XIII, Gregorio XVI y otros innumerables pontífices. Pero también, es cierto que "los que sólo tienen por guía a la razón, MUY DIFICIL, SI NO IMPOSIBLE, es que puedan tener unidad de doctrina" (León XIII. SAPIENTIAE CHRISTIANAE) pues los hombres de hoy, antes que seguir los consejos de la Iglesia, que les parecen descabellados e impracticables en la situación presente, se guían de su propia lógica y razón que aunque sea bien intencionada, se opone a la prudencia de la Iglesia que puede a los ojos de los hombres aparecer como locura.
     Pero han mantenido el cisma!. Cosa gravísima y de tristísimas consecuencias. "No hay NADA que pueda dañar tanto y DESHACER a la Iglesia de Dios, NADA que pueda perjudicar tan fácilmente" como la desunión, decía San Juan Crisóstomo en su Sermón sobre la Epístola a los Romanos. Como olvidarse los obispos del consejo de San Cipriano (DE CATHOLICAE ECCLESIAE UNITATE): "...esta unidad debemos profesarla y defenderla todos los obispos que dirigimos a la Iglesia, para demostrar que también nuestro episcopado es uno e indiviso... Uno es el episcopado del que cada uno disfruta una parte "in solidum". El Derecho Canónico llama a los cismáticos "imfames" y León XIII "sacrilegos".
     LA VERDADERA PRUEBA DE LEALTAD A CRISTO NO ES ADORARLO A EL DIRECTAMENTE, SINO VENERAR A QUIENES EL HA PUESTO COMO SUS REPRESENTANTES. Si el Dr. Wendland, el Sr. Heller y todos sus amigos, quieren acabar de una vez y para siempre con los representantes de Cristo, y todos los demás "tradicionalistas" han convertido los escritos del Magisterio en sucios papeles que solamente hay que seguir y cumplir según el capricho particular de todos ellos, y siguen con estólida indiferencia viendo la demolición de la Iglesia, ¿no se convierte en una gravísima obligación moral aconsejar a los fieles lo que dice el CATECISMO ROMANO DEL CONCILIO DE TRENTO (B.A.C.)?. TODOS LOS FIELES CRISTIANOS TIENEN LA OBLIGACION DE "HUIR DE AQUELLOS ERRORES QUE MAS O MENOS SE ACERCAN A LA HEREJIA" (Pág. 9).
     Lo que estamos presenciando es un horroroso onanismo espiritual en el momento que a decir de San Gregorio Magno, "las palabras de la Doctrina se han convertido en gemidos de dolor", y en momentos en que muchos enajenados, rebuscan entre los escombros del muro destruido por el enemigo, las piedras originales, hermosamente labradas, para volverlo a reconstruir en un momento en que la embestida se ha vuelto más furiosa.
     Cuando los esposos, evitando la concepción, le impiden a Dios CONCURRIR en aquel acto, para dar vida a un nuevo ser, lo cual no hacen ni los animales, cometen un acto abominable y despreciable que la Iglesia siempre a condenado. ¿Qué debemos pensar, entonces, de esos hombres que se oponen voluntariamente, anteponiendo razones y opiniones a la CONJUNCION de pareceres, a la unión de fines, de doctrina, de gobierno, que se oponen a ser un solo pueblo, IMPIDIENDOLE A DIOS CONCURRIR para dar la vida y el triunfo a Su Iglesia y salvar al mundo de la herejía y del Anticristo?. ¿No es este un nauseabundo onanismo espiritual?
     ¿Con que MATERIA Dios va a salvar a los hombres, si los hombres se la han substraído?, ¿dónde está el OBJETO de Su promesa y de Su Palabra empeñada, es decir, la Iglesia UNA, santa, católica y apostólica?, porque esperar las cosas que El dijo tengan cumplimiento anti-situaciones o instituciones de creación humana, es estar completamente loco. Aunque El no ha de dejar de ayudar nunca a las almas PARTICULARMENTE, no puede actuar a favor de una "Iglesia" que el hombre ha desnaturalizado y desvirtuado tan terriblemente. Lo que tenemos a la vista no es lo que salió de las Manos de Cristo y de los Apóstoles.
     A la vista de la secta que está surgiendo del mundo llamado "tradicionalista", no puedo dejar de recordar las palabras del Profeta Daniel: "Será aquel un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces... muchos andarán errantes, y acá y allá la iniquidad aumentará...ningún impío comprenderá nada", y la fuerza del pueblo de los san tos, estará "enteramente quebrantada". Es dedir, completamente, totalmente, absolutamente. Me pregunto aterrado si habiendo todavía comunidades, seminarios, capillas se ha de llegar todavía a la situación que describía el Cardenal Pie, que fuera uno de los grandes apóstoles del culto a Cristo Rey. En una conferencia en la ciudad de Nantes, en noviembre de 1859, dijo: "NO SE ENCONTRARA CASI, LA FE EN LA TIERRA, ES DECIR, QUE HABRA CASI DESAPARECIDO COMPLETAMENTE... LA IGLESIA... SERA REDUCIDA CADA VEZ MAS A PROPORCIONES INDIVIDUALES Y DOMESTICAS" (Card. Pie, OBRAS. Ed. Oudin, 1873, 4a. Ed. T. 3, Pág. 522). ¿No estamos caminando ya hacia ese punto a pasos agigantados?.
     No conozco el futuro, no sé si al fin algunos se van a levantar para defender el honor de Dios. Lo que sí puedo saber con toda seguridad, es que si las cosas continúan como hasta el día de hoy, se habrá perdido esta batalla. La batalla final. Por la depravación y apostasía de los hombres. Cristo no empeñó Su Palabra de que todas las batallas se ganarían, pero se comprometió a ganar la guerra. Entonces, El va a venir. Y pronto, y ganará la guerra contra el mal y contra todos los que destruyeron la Tierra y la Iglesia.
     Desde aquí, mi más profunda y absoluta solidaridad con los poquísimos laicos, sacerdotes y obispos que han sido crucificados con la Iglesia y a los que han recibido la aterradora e inmerecida gracia de VER. Que se han negado a cantar en los coros de los herejes y de los cismáticos. Que no han desunido a Jesús, porque estos no son de Dios (Jn. 4, 3).

+ MONS. JOSE F. URBINA AZNAR.
México, año 2002.



APENDICE.
     Algunas personas, después de leer el presente opúsculo, me han preguntado algunas cosas que a continuación voy a responder con la mayor claridad y lógica posible.
     Es cierto que en el Evangelio de San Juan, en el Cap. 20, v. 22 y siguientes, nuestro Señor Jesucristo les está confiriendo a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados, poder que debía permanecer en la Iglesia hasta el fin de los tiempos, pero hay que reflexionar las palabras de nuestro Señor para comprender este misterio. El les dice que a quienes perdonen sus pecados, les serán perdonados, y a quienes se los retengan, les serán en el Cielo retenidos. Todos los pecados se pueden perdonar con el poder de Cristo, aunque no se conozcan. Si así lo hubiese Cristo preceptuado, así hubiese sido. Los penitentes se acercarían al Sacramento y con sólo expresar su arrepentimiento, se les podría absolver. Pero no lo quiso así, porque dijo luego: y aquellos a quienes se los retuviereis, les serán retenidos. Esto implica ya otra cosa muy distinta. La necesidad de CONFESAR todos los pecados, bien diferenciados y todas las circunstancias atenuantes o agravantes, para que el obispos o el sacerdote sepa si los ha de perdonar, o los ha de retener. Esto implica ya UN JUICIO. Nuestro Señor Jesucristo, está instituyendo en el Sacramento de la Confesión UN TRIBUNAL, en el que hay un juez y un transgresor que se acusa de ciertos pecados que los pone a la consideración del juez para que le sean perdonados o retenidos, y para recibir una penitencia por los pecados perdonados, pues la justicia debe ser en alguna forma equilibrada y restañado el mal que se ha hecho. Esto tiene que ser así, como de la misma palabra bíblica se deduce, porque, se pueden perdonar todos los pecados sin ser conocidos, ¿pero cómo se sabe cuáles se han de retener si no se confiesan?.
     Jesucristo les está confiriendo a Sus Apóstoles el poder de perdonar los pecados, pero implica tener jurisdicción sobre el penitente. Esto se puede entender con los siguientes ejemplos. Un juez que ha metido a la cárcel a un individuo cuando tuvo jurisdicción sobre él que el Estado le confirió, no puede una vez retirado sacar a ese mismo individuo de la cárcel, porque ya no tiene la jurisdicción que el Estado le concedió estando en funciones. Es decir, el reo ya no es su subdito.
     Igualmente, si a un individuo lo mete a la cárcel un juez en una ciudad, no puede ser liberado por un juez de otra ciudad o de otra nación, porque no tiene JURISDICCION sobre él. Es indudable que ese juez tiene un poder, porque está en funciones, pero sería tonto pensar que siempre y en todo caso el puede donde quiera y como quiera, meter y sacar de la cárcel a quien se le antoje.
     El tener el poder de perdonar los pecados es perpetuo en los sacerdotes, pero solamente lo puede ejercer sobre sus subditos. El juez, no obra por su propia autoridad, sino que está ejerciendo EL PODER DEL ESTADO. En otras palabras. EL ESTADO EJERCE SU PODER A TRAVES DEL JUEZ. En la misma forma, él sacerdote, ejerce el poder de jurisdicción que la Iglesia le concede. El está obrando en representación de Pedro. En otras palabras, PEDRO ESTA EJERCIENDO SU PODER DE JURISDICCION A TRAVES DEL SACERDOTE que por la ordenación, ha recibido el "poder de las llaves", o el poder de perdonar los pecados. Así se explica que haya pecados "RESERVADOS" por el obispo o por la Santa Sede, es decir, que Pedro se los reserva, para absolverlos personalmente. Un sacerdote que no tiene jurisdicción para perdonar ciertos pecados que los obispos o el papa se han reservado; no solamente no tiene el poder para perdonarlos y si lo hace lo hace inválidamente, sino que tal cosa lo haría reo de diversos castigos. Y esto, aun teniendo el poder de las llaves que nunca pierde. Igualmente, el papa puede conceder jurisdicción delegada a ciertos sacerdotes u obispos, para determinadas regiones o situaciones. ¿No se sabe todo esto?, ¿no se sabe que en situaciones normales, los sacerdotes y los obispos tienen LIMITES a su poder de jurisdicción, que en ninguna forma implica la negación del poder de perdonar los pecados?.
     En la misma forma que nuestro Señor Jesucristo le dio a Sus Apóstoles el poder de perdonar o retener los pecados, en el rito de ordenación de sacerdotes se confiere el poder de las llaves, o lo que es lo mismo, el poder de perdonar o retener los pecados. Pero en ambos casos, es esencial para la administración VALIDA del Sacramento, tener JURISDICCION.
     Cuando un sacerdote cuelga los hábitos y apostata de la Iglesia, pierde el poder de jurisdicción, porque por la apostasía ha quedado fuera de la Iglesia, y fuera de la Iglesia no hay poder de jurisdicción, porque no se tiene la materia que es esencial para la validez del Sacramento, esto es, EL FIEL EN CUANTO SUBDITO. Fuera de la Iglesia, es decir, fuera de esa estructura piramidal, de esa organización social y visible que es la Iglesia, no es posible, ni absolver a los católicos que ya no son subditos, ni obrar en el nombre de Pedro que es el jefe de una organización a la cual ya no se pertenece. Cuando un sacerdote con permiso de la Santa Sede se retira del ministerio, le es retirado el poder de jurisdicción por lo cual, aunque no pierde el poder de las llaves, no puede absolver válidamente, porque ya no tiene subditos sobre quienes pueda ejercer la potestad. Y esto es lógico y justo.
     Sin embargo, a estos sacerdotes, en artículo de muerte, la Iglesia les devuelve el poder de jurisdicción para que puedan absolver válidamente al moribundo. Tienen jurisdicción nuevamente exclusivamente para ese caso y en ninguna forma para otro. Si todo esto ha sido bien sabido y bien estudiado, ¿por qué motivo ahora se está diciendo que los sacerdotes o los obispos, por el mero hecho de ser sacerdotes u obispos SIEMPRE administran el Sacramento de la Confesión válidamente, simplemente porque Cristo les dijo que a quienes les perdonaran los pecados, les quedaban perdonados?. Esta doctrina herética, se está predicando entre los tradicionalistas, para justificar permanecer en el cisma.
     Conviene hablar un poco del cisma. La Iglesia, como antes dije, ha definido con toda claridad qué es cisma: separarse de la cabeza de la Iglesia, o separarse de los miembros de la Iglesia, unidos a la cabeza que es el papa.
     Se piensa equivocadísimamente que son dos cosas distintas, dos condiciones aisladas para que se considere acontecido el cisma. Sucedería, entonces, que violando una cosa, o la otra, o las dos al mismo tiempo, el infractor sería un cismático. Si se analiza la doctrina, se verá con claridad que las dos cosas son esencialmente la misma, y la explicación es muy simple. La inmensa mayoría de los miembros de la Iglesia, recibe A TRAVES de otros la comunicación con la cabeza, y otros la reciben de uno mismo, por lo cual, la separación de los miembros de la Iglesia es un atentado contra la cabeza, como lo es la separación de ella directamente. La vida comunicada por el Espíritu Santo a la Iglesia, viene de la cabeza. Así que es lo mismo separarse de ella directamente, que separarse de los miembros de la Iglesia. Si me separo de la cabeza directamente, estoy evitando que la vida del Espíritu Santo que a la Iglesia comunica la cabeza, llegue a mí, al mismo tiempo que corto el flujo vital que por mí ha de llegar a otros. Si me separo de los miembros de la Iglesia, estoy cortando el flujo vital que de la cabeza viene, que de otros recibo, y al mismo tiempo estoy cortando ese flujo vital que por mí otros van a recibir. ¿No son las dos cosas exactamente la misma?. De las dos maneras, hay un ataque directo a la cabeza, a la Iglesia y al prójimo. Y como la cabeza, el papa, constituye una sola piedra con Cristo, y como la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, llamado por evangelistas o doctores sin más, "Cristo", se entiende entonces por qué Santo Tomás de Aquino enseña que el cisma es el peor pecado que se puede cometer contra el prójimo, y por qué San Juan llama "anticristos" a los que dividen a Cristo, es decir, a la Iglesia.
     Los obispos tradicionalistas que se sienten unidos a Cristo aunque no estén pugnando por la elección del papa o estén separados de los demás obispos están gravemente equivocados si creen que pertenecen a la Iglesia, si creen tener poder de jurisdicción que el cisma les arranca y si creen que a ellos no se puede aplicar el calificativo que San Juan fulmina contra los que dividen a Cristo. Y los sacerdotes o las comunidades que siguen a esos obispos aunque sean válidos, están usando para mantener su posición incongruente un argumento inaceptable en la Iglesia: sigo con el cismático para que algún día se convierta.
     Estos obispos cismáticos, ciertamente son obispos válidos, pero DE NINGUNA MANERA SON VICARIOS DE LOS APOSTOLES. Son sucesores de los Apóstoles, pero de ninguna manera son sus representantes. Aclaro. Un obispo, puede ser válidamente sucesor de los Apóstoles, porque ha recibido válidamente, HISTORICAMENTE, la imposición de manos que lo puede conectar con alguno de los Apóstoles. Indudablemente allá hay una TRANSMISION de la sucesión que no se puede negar. Pero para ser VICARIO de los Apóstoles, necesita esencialmente TENER LOS MISMOS PODERES, TENER SU MISMA POTESTAD. "Vicario", dice el diccionario de la lengua es el "que tiene poder y facultades de otro". Persona que "tiene las veces y autoridad de los superiores". No se entiende cómo se pueda obedecer a un válido obispo indiscutiblemente, si este no es vicario de los Apóstoles para lo cual necesita sus poderes, sus mismas facultades y su misma autoridad. Un obispo válido que no obedece a Pedro o que en sede vacante se dispone a elegirlo INMEDIATAMENTE, pues sabe que el Colegio Apostólico no puede tener unidad más que por la unión jurídica de derecho divino que Pedro le da sentado en medio como el primero de ellos, o que está separado de los demás obispos, por el cisma, no es un obispo católico ni representa a la Iglesia, y los compromisos de obediencia a él tienen ningún valor. Sería, entonces, lícito, irse a ofrecer obediencia las comunidades católicas a los obispos anglicanos, suponiendo su validez, con la esperanza de convertirlos a la Iglesia. ¿Es esto posible? .
     Hay un texto de la Encíclica SATIS COGNITUM del Papa León XIII que me parece que no se comprende bien. Es este: "El orden de los obispos NO PUEDE SER MIRADO como verdaderamente unido a Pedro A LA MANERA QUE CRISTO LO HA QUERIDO (es decir, de derecho divino), sino en cuanto está SOMETIDO Y OBEDECE A PEDRO". Si el orden de los obispos no está sometido y obedece a Pedro, "no puede ser mirado" verdaderamente unido a Pedro. Esto implica necesariamente un papa vivo, en funciones, gobernando, legislando, dirigiendo a la Iglesia. Una PERSONA FISICA VISIBLE, a la que se obedece. De allá viene la urgencia de elegir al papa, pues como dice León XIII a continuación, "sin esto, (los obispos) SE DISPERSAN NECESARIAMENTE EN UNA MUCHEDUMBRE CONFUSA Y PERTURBADA". ¿No está dando aquí León XIII el camino que se debe seguir que se rechaza tercamente?. Entonces, obispo que no está sometido a Pedro y obedece a Pedro, "no puede ser mirado" como "verdaderamente unido a Pedro", aunque él diga lo contrario. La palabra de León XIII es absolutamente clara.
     También escribe León XIII en la misma Encíclica: "SERIA APARTARSE DE LA VERDAD Y CONTRADECIR ABIERTAMENTE A LA CONSTITUCION DIVINA DE LA IGLESIA, pretender que cada uno de los obispos CONSIDERADOS AISLADAMENTE deben estar sometidos a la jurisdicción del Romano Pontífice PERO QUE TODOS LOS OBISPOS CONSIDERADOS EN CONJUNTO, NO DEBEN ESTARLO". ¿Puede haber una forma más "abierta" de contradecir la Constitución divina de la Iglesia y de "apartarse de la verdad" lo que estamos viendo en el mundo llamado "tradicionalista"?. Ya San Pío X se quejó varias veces de que su palabra había sido desoída o mal interpretada. No nos debe extrañar que la apostasía de los gentiles anunciada por San Pablo, haya llevado sus tentáculos al seno de las comunidades tradicionalistas .
     La consagración de un obispo, lleva siempre una piedra más para construir el Colegio Apostólico. Un obispo es consagrado para la unidad. La intención del consagrante debe conllevar esa integración e igualmente la intención del consagrado. Si el consagrado no tiene la intención de permanecer estrechamente unido a su obispo consagrante y A TODOS los obispos unidos a su obispo consagrante, ese es ciertamente un cismático. No puede ser vicario de los Apóstoles aunque sea un obispo válido. Si el consagrado busca la consagración válida, pero no la unidad, evidentemente logra su cometido. Comienza a ser un obispos válido, pero no representante ni de la Iglesia ni de los Apóstoles.
     Del mundo tradicionalista caído en el cisma y ya en la herejía que se comienza a predicar y a infiltrar, saldrá todavía una subdivisión más. Unos allá quedarán por la ignorancia, por la seducción o por el engaño. Sin culpa. Otros que podrán ver, se alejarán de los falsos pastores y formarán el pequeño remanente, el "rebañito" del fin al que nuestro Señor nombró cariñosamente. Se habrá completado el completo aplastamiento del pueblo de los santos y la muerte mística de la Iglesia. Los que se hicieron a los ciegos, habrán terminado ciegos.

     ¿Podemos pensar de otra manera, si los dos testigos, Elias y Enoc, como los últimos predicadores de la verdad de Dios, han de ser ignorados, condenados y matados, luego de lo cual, todos se mandarán regalos pues eran molestosos?.

LAUS ET GLORIA DEO NOSTRO

     NOTA: Que se me demuestre que algo de lo que he dicho en el presente opúsculo no es cierto, que hay error y lo acepto. Todo lo dicho, queda sometido al Megisterio de la Iglesia, que acepto plenamente.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Quis vos impedivit...?

¿Quién os ha impedido...?
     «¿Quién os ha impedido obedecer a la verdad?»
     Con estas palabras increpaba el Apóstol a sus fieles de Galacia para que volvieran sobre sí mismos y continuaran con constancia en el camino comenzado.
     Esas palabras recaen también sobre mi inconstancia y mi volubilidad en el cumplimiento de mis propósitos y me obligan a un examen sincero; ¿qué me impide a obedecer a la verdad, es decir ser plenamente consecuente con el convencimiento íntimo que tengo de mi obligación de tender a la perfección, de vivir en acuerdo perfecto con mis Reglas, con las inspiraciones de la gracia?
     ¿Qué verdad es ésa?  
     Conozco mis obligaciones de cristiano, mis obligaciones de religioso; esas obligaciones son para mí la expresión de la voluntad de Dios: son la verdad.
     Y todo lo que me impide la fidelidad a esas obligaciones me impide obedecer a la verdad.
     Yo sé lo que me impide: la falta de indiferencia; en otras palabras: esos pequeños afectos desordenados que no he logrado todavía desterrar de mi corazón.
     «Afección desordenada.» ¡Cómo debilita la voluntad y cómo ciega el entendimiento!
     Si la dejo dominar en mí, mis juicios se oscurecen y mis fuerzas espirituales se disminuyen.
     La afección desordenada es un peso y el peso tira hacia abajo; por tanto, mi ascensión en la vida espiritual se hace necesariamente más lenta, si es que hay ascensión, y no, más bien, un descenso vergonzoso.
     Esa afección es el verdadero obstáculo para obedecer plenamente a la verdad.
     Luchar contra ella es, por consiguiente, una obligación de mi estado; me he comprometido a tender siempre a la perfección.

     Mas ¡qué difícil es ver dónde está la afección desordenada, porque ella misma me ciega para no dejarme encontrar el desorden! ¡Señor, luz!
     Y aun conocida, qué difícil es dominarla y sujetarla para que no me haga daño!, porque ella misma debilita mis energías espirituales. ¡Señor, fuerza!
     Fuerza y luz, luz y fuerza; ambas me son necesarias en esta lucha; ver lo que debo hacer y tener fuerza para hacerlo. La Iglesia, que me conoce como una madre, me hace pedir de continuo estas dos gracias. Ella sabe bien cuánto las necesito.
     Ut et quae agenda sunt, videant, et ad agenda quae viderint, convalescant.
     ¡Señor, luz y fuerza! Con ellas obedeceré fielmente a la verdad.

Alberto Moreno S.I.
ENTRE EL Y YO

COMULGAD BIEN (17)

FE Y AMOR

     Discípulo.—Dígame: Padre, ¿cuáles son las disposiciones para comulgar bien y con fruto?
     Maestro.-Primeramente, nunca debemos acercarnos a comulgar como autómatas, con frialdad, apatía o indiferencia, sino con devoción, fervorosos, rebosantes de fe y de grande amor. ¿Acaso este Sacramento no es el Misterium fidei, el misterio de Fe por excelencia? Sí, es misterio de fe porque creemos en él en contra de nuestros sentidos, que no ven en la Hostia blanca y pura más que el pan, en el cáliz otra cosa que vino, sintiendo el sabor, olor y tacto de pan y de vino.
     Pero si, efectivamente y con la mayor firmeza, creemos que en la Santísima Eucaristía está presente real y verdaderamente Jesucristo, verdadero Dios, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, y creemos que al ir a comulgar recibimos en verdad a este Dios, que entra en nosotros y se hace uno con nosotros, ¿qué sentimientos y afectos deberemos llevar, tener, sentir? ¿Qué alegría no experimentaremos? ¿Qué esperanzas de consuelo y de protección? ¿Cuál no deberá ser la profundidad de nuestra voluntad y devoción al recibirlo? ¿Con qué anhelo no suspiraremos por El, invocándole, suplicándole y dándole gracias?

* * * 
     Léese en la Vida de San Felipe Neri que empleaba el mayor tiempo posible para la celebración de la Santa Misa y para dar gracias, y que frecuentemente despedía al monaguillo después de la Consagración con estas palabras: —Vete, ya volverás dentro de una o dos horas, cuando yo te llame. Y entretanto se comunicaba con Jesús, Hostia viviente en el Altar, por largo tiempo y en íntima conversación, como un amigo con su amigo más entrañable.
     D.—Yo también, Padre, he oído hablar y contar lo mismo de algunos santos, que, celebrando la Misa, en el momento de la Consagración y de la Comunión, veían y sentían visiblemente a Jesucristo, como le sucedió muchas veces al Beato Juan de Ribera, al Beato Eymard, a San José Cottolengo, a San Juan Bosco y a muchos otros.
     M.—Sin contar los sacerdotes, es muy cierto que muchos otros, como Santa Teresa de Jesús, Santa Teresita del Niño Jesús, San Luis Gonzaga, el Siervo de Dios, Domingo Savio, etc., etc., con frecuencia quedaban arrobados, en éxtasis, después de comulgar, y al volver en sí de este suavísimo sueño, se sentían rebosar de Jesús y de sus divinos consuelos.
     D.—¡Ah, si me lo concediera el Señor a mí alguna vez!
     M.- Sí, te lo puede conceder, pues ¿quién es capaz de contar el número de almas a quienes Jesús se ha manifestado de esta manera sensible y real? Habiendo fe y amor, existe también el milagro.
     D.—Padre, por lo que toca a la fe, creo tenerla, pues estoy firmemente convencido de estas grandes verdades; pero en cuanto al amor no me basta todavía. Dígame algo sobre él.
     M.—Santo Tomás de Aquino, serafín de amor, dice que debemos acercarnos a comulgar con el mismo impulso con que se precipita la abeja sobre la flor para librar el polen que después convierte en dulcísima miel; con la misma ansiedad con la que, calenturiento, se lanza uno sobre el agua para calmar su sed; con la impetuosidad con que el niño se pega al pecho de su madre para chupar la leche que ha de convertir en su sustancia. El amor es un fuego que todo lo abraza. Si amáramos de veras a Jesús, desearíamos recibirlo con más ardor, y frecuentaríamos más la Sagrada Comunión. "El amor no es amado", decía Santa Teresa derretida en lágrimas.
     D.- ¡Oh. Padre, qué cosas tan hermosas! Pero prácticamente, ¿qué hay que hacer para sentir ese amor y esa fe?
     M.—Es cuestión de acostumbrarse, pues se consigue poniendo sumo empeño y esforzando mucho la buena voluntad. O mejor, es cosa de hacerse siempre niños, considerar la Comunión como la leche que debe darnos la vida, el crecimiento, la robustez, la perfección, la santificación y la divinización. En vez de en el niño, pensemos en el pobre que pide al rico, en el enfermo que pide la salud al medico, en el náufrago que demanda ayuda y salvación.

* * *
     Hace algunos años asistí a un enfermo muy grave, que no cesaba de pedir viniera el médico. Cuando éste llegó, inmediatamente exelumó: "Doctor, ¡no me deje morir! ¡No me deje morir!" Este grito de angustia expresaba la confianza sin límites que este pobre enfermo había depositado en el médico y el favor que le pedía de curar sus males. Nosotros somos los necesitados de siempre, los enfermos de todas horas; necesitamos constantemente la Eucaristía, que es el tesoro inagotable, la medicina y el bálsamo divino: acerquémonos a la Comunión y repitamos también nosotros la súplica de aquel moribundo: —¡Jesús, no me dejéis morir !¡Haced que viva para amaros siempre y más y más! 
* * *
     En todas las peregrinaciones que continuamente se hacen a Lourdes desde hace casi noventa años, por ser la ciudad del milagro, se celebra una función especial, que consiste en bendecir a los enfermos con el Santísimo, llevado por uno de los señores Obispos allí presentes.
     Siempre se desarrollan escenas de fe y de amor. Miles y miles de fieles, postrados de rodillas, lloviendo o bajo un sol canicular, no cesan de gritar: ¡Jesucristo, tened piedad de nosotros! ¡Jesús, haced que vea! ¡Haced que oiga! ¡Haced que ande! ¡Haced que sane!
     Espectáculo por demás conmovedor, al que nadie puede asistir sin extremos de fe y sin derramar lágrimas. La oración brota espontánea de los labios, nace impetuosa, atronando el espacio, capaz por sí sola de ablandar los corazones más duros, y que cada vez es seguida de los más estruendosos milagros.
     Pues bien, cuando asistimos a la Santa Misa y nos acercamos a comulgar, acordémonos de Lourdes, y lancemos con todo el ardor de nuestro espíritu estas mismas invocaciones de fe, de esperanza y de amor.

     D.—Entonces podríamos decir en verdad que nuestras Comuniones fructifican y son muy agradables a Jesucristo.
     M.- Serían tal como Jesucristo las quiere y como deben ser siempre: obradoras de milagros.


Pbro. Luis José Chiavarino
COMULGAD BIEN

EL SACRIFICIO DE LA MISA (19)

3. De la asamblea liturgica primitiva a la Misa solemne 
     258. La forma originaria de la misa es aquella en que el obispo, rodeado de su clero y delante de la comunidad cristiana, ofrece el sacrificio. Casi todas las noticias que poseemos de la misa desde fines del primer siglo hasta bien entrado el cuarto suponen este orden, que se vio favorecido por el hecho de que el cristianismo de entonces fue preferentemente religión de las ciudades. San Ignacio de Antioquia defiende esta forma con especial ahinco: «Esforzaos en celebrar la Eucaristía única; pues no hay más que una carne de Nuestro Señor Jesucristo y solamente un cáliz en que se une su sangre, un solo lugar sacrifical y un solo obispo con su colegio de presbíteros y diáconos, mis consiervos» (San Ignacio de Antioquía. Ad Philadelph., 4: cf. Ad Smyrn., 8, ls; Ad Ephes., 20, 2. También suponen la asamblea de toda la comunidad, junto con el clero y el obispo, San Justino, Apol., I, 65 67; Didascalia. II, 57; San Hipólito, Trad. Ap. (Dix, 6 40 ff); Cánones Hippolyti, can. 3; Const. Ap., II 57: 1. c., VIII, 5ss (confróntese especialmente VIII, 11, 7ss; 15, VI); pseudo-Dionisio, De eccl. hierarch., III, 2; Narsai, Homil., 17). Los Ordines Romani para la liturgia papal reflejan el mismo estado de cosas. Es más: ante la imposibilidad de que todos los fieles se reúnan con su obispo en un mismo lugar, este principio de la celebración eucarística única creó la costumbre de las «estaciones», lo mismo en Roma que en otras ciudades. Consistía en que el papa, para tener su misa solemne, iba cada día a una iglesia distinta entre las principales, con lo cual, por lo menos teóricamente, se mantuvo durante muchos siglos el principio de una sola celebración eucarística. Ahora bien, como los Ordines Romani dieron durante siglos la norma para las misas pontificales de todo el Occidente, pudo conservarse el principio de la misa episcopal única también fuera de Roma (Cf. p. ej., Teodulfo de Orleáns (+ 821) Capitulare, I, c. 45 : PL 105 208. En lo esencial se mantiene todavía el principio del culto episcopal en el Decretum Gratiani, III, 1, 59 (Friedberg, I. 1310s) En el segundo sínodo de Sevilla (619) se confirmó la posición privilegiada del culto episcopal por una prohibición para los presbíteros eo (episcopo) presente sacramentum corporis et sanguinis Christi conficere (can. 7; Mansi, X, 559). Cf. Zacarías García Villada S I Historia eclesiástica de España (Madrid 1932) II, 1, 195 Cf' P de Puniet, Le pontifical Romain, I, 243s. Una disposición semejante se halla también en Martín de Braga presbytero civitatis offerré non liceat). De esta suerte la forma ideal del sacrificio, en que se reunía con el obispo toda la comunidad cristiana residente en el mismo lugar, se mantuvo viva en la tradición de la Iglesia occidental durante muchos siglos. En Oriente sigue en vigor hasta el día de hoy.

Diversas clases de concelebración 
     259. El papel que desempeñaban en esta asamblea litúrgica episcopal los clérigos, y en especial los sacerdotes, quedó caracterizado por el principio de la concelebración (P. de Puniet, Concélébration liturgique: DACL 3 (1914) 2470). Este principio significaba para los asistentes una participación, la que correspondía a su categoría, pero que no llevaba necesariamente consigo el tener que consagrar en común.
      La demostración de esta tesis véase en J. M. Hanssens, De concelebratione eucharistica; «Periódica de re morali canónica litúrgica» 16 (1927) 143-154 181-210; 17 (1928) 93-127; 21 (1932) 193-219. Fundándose en la distinción de Hanssens entre concelebratio caeremonialis y concelebratio sacramentalis (con la pronunciación común de las palabras consagratorias), H. v. Meurers (Die Eucharistische Konzelebration: «Pastor Bonus», 53 [1942] 65-77, 97-105) ofrece un resumen claro de la evolución histórica y la situación jurídica. Según él, se trata de la concelebración sacramental en Roma en un apéndice del Ordo Rom. I, n. 48 (PL 78, 958s), del siglo VIII; en cinco solemnidades del año, cada uno de los presbíteros cardenales que rodean el altar del papa lleva sobre el corporal tres panes y pronuncia, juntamente con el papa, sobre ellos todo el canon con las palabras consagratorias. Cf. el mismo uso en el Ordo de S. Amand (Duchesne, Origines, 480), en que, sin embargo, sólo el papa pronuncia en voz alta el canon; y para el siglo VI, una observación no muy clara del Liber pontificalis (Duchesne, i 139; confróntese también Duchesne, Origines, 185, nota 2). Esta costumbre no se continuaba después del siglo XII ni en la propia Roma. Antes la menciona también Inocencio III, De. s. alt. mysterio IV 25; PL 217, 875s. Además de esta costumbre, en la liturgia de la ciudad de Roma la concelebración sacramental se empezó a practicar entre los siglos VIII y XII únicamente con ocasión de la consagración episcopal o sacerdotal, costumbre que ha permanecido hasta la actualidad. Pasajeramente se usaba también en la consagración de un abad. En Oriente, además de la concelebración tradicional sólo en las comunidades unidas con Roma se introdujo la costumbre de pronunciar todos juntos las palabras de la consagración, pero al parecer no antes del siglo XVIII, bajo el influjo de Roma, donde según se desprende de Benedicto XIV (De s. sacrificio missae. III 16 [Schneider, 437-444]), se consideraba la celebración necesaria para la ordenación sacerdotal o episcopal; a estos concelebrantes se les reconoció su derecho de percibir un estipendio (Benedicto XIV, 1. c.). Solamente en el rito bizantino se ha introducido, fuera de la unión con Roma, en algunas ocasiones, la concelebración en voz alta, además de rezar los sacerdotes juntamente con el obispo en voz baja las oraciones (De Puniet, Concélébration: DACL 3 [1914] 2479S).  
     En principio la participación de los sacerdotes no consistía en otra cosa que la de los demás fieles, a la que, por cierto, algunos autores de la Edad Media ingenuamente aplican la expresión celebrare missam (San Gregorio de Tours (De gloria confessorum, c. 65: PL 71. 875 C): (mulier) celébrans quotidie missarum sollemnia et offerens oblationem pro memoria viri sui. Una mujer, cuyo hijo había sido resucitado de los muertos por Santa Gertrudis de Nivelles (+ 659), in crastinum missam celebravit in honore virginis Christi Gertrudis (Acta SS. mart., II, 596). También de Alcuino, que no fué más que diácono, se dice en su vida (n. 26; PL 100, 104 C): Celebrabat omni die missarum sollemnia. Un documento de París del 1112: «Los feligreses de un nuevo anejo están en seis días de fiesta en la parroquia missarum sollemnia ibi celebraturi et offerendas ex more oblaturi»; véase la cita en Schreiber, Untersuchungen zum Sprachgebrauch des mittelalterlichen Oblationswesens, 30s. Más ejemplos en F. de Berlendis, De oblationibus (Venecia 1743) 256. Cf. también Hanssens, 1. c., 16 (1917) 143) o sea, que contestaban al celebrante, le acompañaban en algunas oraciones recitadas en voz alta y recibían con él el Sacramento. Sin embargo, correspondía a la dignidad del culto el que se guardase el debido respeto al rango jerárquico de cada uno (Existen en la actualidad normas parecidas que han de tenerse en cuenta al celebrar la misa en presencia de un obispo; véase Caeremoniale episc., I, 30; II, 9. Entre las primeras ordenaciones de este género se cuenta la del Ordinarium O. P.. del 1256 (Guerrini, 245s), que da al obispo aún más prerrogativas de las que hoy tiene; se le invita al Confíteor y para dar la bendición final; bendice el agua que se mezcla al vino y el incienso; a él se le ofrece primero el libro de los santos Evangelios para que lo bese, y él es el primero a quien se inciensa y se le da la paz). Los presbíteros ocupaban su sitio en el presbiterio, junto con los demás clérigos, y llevaban sus ornamentos litúrgicos, que fue en Roma la planeta para ambos (En la misa pontifical de Lyón intervienen en la celebración, que aun en la actualidad es bastante frecuente (las palabras de la consagración se pronuncian solamente el Jueves Santo en común), además de siete acólitos y otros tantos subdiáconos y diáconos, seis sacerdotes, vestidos con la casulla. Están o se sientan al lado del trono episcopal; antiguamente recibían también la comunión de mano del obispo (Buenner, 261 269s 283s; cf. De Moléon, 47 73). L. c., 11 28, se relata lo mismo de Viena (de Francia). Véase un relato sobre las costumbres actuales del Jueves Santo en Lyón en La Maison-Dieu, n. 8 (1946) 171s. Según fuentes medievales, pertenecían a la misa pontifical también en otros sitios algunos sacerdotes vestidos de casulla; siete en Chalons, doce en Soissons y Sens (Marténe, 1, 3, 8, 2 [I, 331]). Cf. 1. c., XIX XXI XXX (I, 604s 609 467s). Doce sacerdotes pide también Bonizo de Sutri (+ hacia 1095), De vita christiana, II, 51 (ed. (Perels [Berlín 1930] 58). En las misas de estación papales ayudaban también a recoger las ofrendas, a partir el pan y a distribuir la comunión. En los ritos orientales, los concelebrantes se repartían entre sí el servicio de las incensaciones (Hanssens, De concelebratione, 17 (1922) 104*). Esta colaboración, desde luego, podía ser aún más activa. Encontramos desde muy pronto la costumbre de repartir las oraciones, con excepción del canon, entre el obispo y los sacerdotes asistentes
     Respecto de la bendición del aceite, que podia seguir a la oración eucarística, los cánones de San Hipólito, c. 3 (Riedel, 202), dan las siguientes normas: «Si hay aceite, rece sobre él de la misma manera; y si hay varios (sacerdotes), reparta entre ellos los diversos incisos; pero en todos ellos hay solamente una virtud activa». En la coronación del papa, según el Ordo Rom. XIV, n. 27 30: PL 78, 1135s, rezan después de las oraciones ante las gradas tres cardenales sendas oraciones, después de lo cual el Papa, luego de haberse terminado el canto del Gloria, dice la oración del día. Confróntese 1 c., n. 45 (1145 C). Parecido es el rito de la coronación del emperador (1. c.. n. 105 [1239s]).—En la liturgia bizantina, en que hoy día el mismo celebrante principal (respectivamente el único) empieza a rezar en voz baja las diversas oraciones sacerdotales, mientras el diácono y el pueblo están todavía recitando las letanías correspondientes que preceden a cada una de estas oraciones sacerdotales sus palabras finales, que siempre se han de rezar en voz alta, se las reparten entre sí los concelebrantes. Hanssens, Institutiones, III, 536) 
     También existía la costumbre de pronunciar en común algunos textos, incluso el prefacio (En Orleáns cantaban la misa hacia fines de la Edad Media el Jueves Santo seis canónigos junto con el obispo, pero no pronunciaban las palabras de la consagración (De Moléon, 196s). Algo semejante hay que decir de Viena (en Francia) (1. c., 17). En Chartres cantaban todavía en el siglo XVIII en este mismo día seis archidiáconos juntamente con el obispo el prefacio y el Pater noster y decían con él, dirigiéndose hacia el pueblo, el Dominus vobiscum (J. Grancolas, Commentarius historicus in Romanum Breviarium [Venecia 1734] 304). Un acompañamiento a media voz en las preguntas que dirige el obispo consagrante al candidato se estila en la actualidad al principio de la consagración episcopal por parte de los obispos que intervienen en ella (Pontificale Rom.. De cons. electi in episcopum). Una costumbre parecida se encuentra ya en el siglo XII (Andrieu, Le pontifical Romain, I. 142), de suerte que, de aquí al rito actual de la consagración de nuevos sacerdotes, en que todos pronuncian juntos las palabras de la consagración eucarística, no había más que un paso.     En nuestro rito actual de la concelebración en la ordenación sacerdotal llama la atención el que los neopresbiteros digan juntamente con el obispo, a partir del ofertorio, absolutamente todas las oraciones, aun aquellas que por lo demás se rezan en voz baja por su carácter de oraciones privadas. Esta circunstancia nos prueba que el rito en cuestión ha nacido de otra concepción distinta de la antigua concelebración conocida por la historia. Es evidente que, en el caso de la ordenación sacerdotal, el motivo por que los neo-sacerdotes acompañan al obispo en las oraciones es ejercitar por vez primera la potestad de orden que acaban de recibir, lo mismo aue habian de ejercer en las demás órdenes su nuevo poder cuanto antes fuera posible. Esta rúbrica, que al principio no prescribió el estar de rodillas, data ya del siglo XIII.
 
Auténticos restos de la antigua concelebración
     260. Sin embargo, los genuinos restos de la antigua concelebración en la Iglesia occidental no los tenemos en esta misa, sino más bien en la del Jueves Santo con la comunión de los sacerdotes (Por lo demás, conserva el culto pontifical del Jueves Santo otro ejemplo de la antigua concelebración: en la consagración de los santos óleos intervienen doce presbíteros como representantes del clero de la ciudad, y, según expresión de un antiguo Ordo de Ruán (PL 78, 329 A), simul cum pontífice verbis et manibus conficiunt. Es la misma expresión que Amalario usa de la participación en la consagración (De eccl. off., i, 12: PL 105, 1018 C), y en general en la prescripción del Triduo Santo, que prohibe las misas privadas, tomando todo el clero parte en las ceremonias no de otro modo que los fieles. También el ordo ad synodum del pontifical romano supone aun hoy que sólo el obispo se acerca al altar para celebrar, mientras el clero reunido recibe la comunión de sus manos; semejante prescripción se hace para los cardenales reunidos para la elección del papa. Esta solución fué la normal en todo el primer milenio siempre que se reunían en un mismo lugar varios sacerdotes y el particular no tenía que cumplir obligaciones especiales del culto divino. Aun hoy día persiste esta concepción en la Iglesia oriental.

Ejemplos de la historia
     Cuando San Paulino de Nola (+ 431) recibió en su lecho de muerte la visita de dos obispos, pidió que se preparase un altar delante de su lecho de muerte, ut una cum sanctis episcopis oblato sacrificio animam suam Domino comendaret (Acta SS., Iun., V, 171).
     En los monasterios se ha mantenido durante largo tiempo la costumbre de asistir todo el convento, incluidos los sacerdotes, a la misa conventual, especialmente en los días de fiesta, aun para comulgar en ella todos (
El Breviarium eccl. ordinis, monástico del siglo VIII (Silva-Tarouca, 196, lín. 11), en la descripción de la procesión de entrada de la misa solemne, en que todos comulgaban, enumera en primer lugar: presbyteri, qui missas publicas, ipso die non celébrant(ur). Para los conventos benedictinos de la alta Edad Media cf. Berliere, L'ascése bénedictine, 156s. Entre los cistercienses estaba previsto para cuatro grandes solemnidades un culto solemne, en que no solamente participaba todo el convento, sino que también debían comulgar los sacerdotes (Liber usuum, c. 66: PL 166, 1437). Confróntese V. Meurers, 104, nota 78. Parece que también en los dominicos supone el ordinario de 1256 que en los dias de comunión comulguen también por regla común los sacerdotes, pues hace la observación de que nadie puede faltar en la comunión nisi celebret missam ipsa die (Guerrini. 248). Entre los cartujos está aún ahora en vigor tal regla para las solemnidades de Navidad. Pascua de Resurrección y Pentecostés (V. Meurers, 102s.). De un modo más general expresó esto mismo San Francisco de Asís cuando en el siglo XIII declaró que «los hermanos celebrasen en sus casas una sola misa, como es costumbre en la santa Iglesia. Cuando hay varios sacerdotes en casa, uno se contente por amor de Dios con asistir a la misa del otro».
     San Francisco de Asís, Escritos completos, BAC (Madrid 1945) p. 57. En esta orden, citada con frecuencia, además del aprecio de la comunidad, parece haber influido la preocupación de que la celebración frecuente pudiera aminorar la reverencia ante el misterio. Cf. V. Meurers, 104s.).

La comunión de los ministros
     261. Por lo demás, donde esta ordenación se ha mantenido por más tiempo, fue en las rúbricas para los diáconos de la misa solemne (Browe, Die häufige Kommunion im Mittelater, 45-51). Lo que antes se consideraba como lo natural, a partir del siglo X se mantuvo durante bastante tiempo mediante prescripciones especiales nara ocasiones determinadas. Todavía en el siglo XI se menciona repetidas veces la regla según la cual de las tres partes en que se fracciona la hostia, se reserven una o también dos para la comunión del diácono y subdiácono. Por regla general se exige en siglos posteriores únicamente la comunión del diácono y subdiácono en la misa de un obispo (Ordo eccl. Lateran. Fischer, 85s.) o abad (Esto refiere Bernardo Ayglerio (+ 1232), de Montecasino. E. Martene, Commentarius in Regulam s. Benedicti: PL 66, 580 A.) o en la misa mayor de los domingos o días festivos (Así en Cluny: Udalrici Consuet. Clun., I, 9; PL 149, 653. Más ejemplos de los siglos XII-XIV en Browe, 47s.) o para el primer día del servicio semanal de los levitas (Según las reglas del convento de agustinos en Dontinghem (Browe, 49) o, finalmente, en los monasterios, para los días en que la comunión estaba prescrita a todos (Browe, 48s. Entre los agustinos de Seckau estaba todavía en 1240 prescrita la comunión de los ministros en los domingos y días festivos; en los estatutos reformados de 1267 quedó reducido a una sola vez por mes (L. Leonhard, Stand der Disziplin... im Stilte Seckau: «Studien u. aus dem Ben. und Cist. Orden», 13 [18921 6 9).) Al final de la Edad Media se exigía la comunión del diácono y subdiácono sólo en casos aislados, con excepción de la misa de difuntos (Como, p. ej., en los estatutos reformados de Odón Rigaldo para San Esteban, en Caen (1256) (ed. Bonnin, 262). Entre los cistercienses castellanos siguió esta costumbre hasta el año 1437, cuando la quitó el papa Eugenio IV como plerumque damnosum (Browe, 48s). El concilio de Trento se contentó con una cálida recomendación en este sentido.
     Sess. XXIII. De reform.. can. 13: sciantque (diaconi et subdiaconi) máxime decere, si saltern diebus dominicis et sollemnious, quum altari ministraverint, sacram commumonem perceperiui. confróntese Concilium Tridentinum, ed. Goerres., IX, 482, lin. 17; 527, lin. 34; 533, lín. 2; 559, lín. 4; 627, lin. 8. Esta recomendación ha pasado también al Caeremoniale episc., II, 31, 5. En casos aislados, una norma semejante ha sido incluida en algunos estatutos reformados; así, p. ej., por San Carlos Borromeo (Browe, 50s). Como práctica viva atestigua para la basílica vaticana la comunión del diácono y subdiácono (J. Catalani Caeremoniale episcoporum, I [París 1860; aparecido por vez primera en 17471 195). 

La misa solemne, oficiada por un simple presbítero
     262. La continuación directa de la antigua asamblea litúrgica episcopal la vemos hoy en la misa pontifical, y su forma más acabada, en la misa papal, en la que, por cierto, la participación del pueblo tiene carácter más bien accidental. Lo curioso es que la misa mayor con diácono y sub-diácono, celebrada por un simple sacerdote, de la que podíamos suponer que era una misa presbiteral con rito más solemne, resulta ser también una derivación tardía de la misa pontifical. De ahí que la diferencia entre la misa pontifical y la misa mayor corriente sea relativamente pequeña en la actual liturgia romana (La diferencia es mayor en la liturgia bizantina, donde en el rito episcopal, sobre todo de la antemisa, las funciones en gran parte están repartidas entre los concelebrantes y donde tiene lugar repetidas veces una bendición solemne con trikirion y dikirion. Algo semejante hay que decir del rito sirio-occidental (Hanssens, Institutiones, III. 535-543), lo que se explica por el hecho de que, cuando la Iglesia carolingia adoptó el rito romano, no hubo para la organización del culto más libros que los Ordines Romani, o sea las colecciones de rúbricas del rito pontifical. Este, por consiguiente, no se aplicó solamente en las catedrales, sino también en otras iglesias. El mismo primer Ordo Romanus lo había sugerido en una nota romana, que decía que los obispos, qui civitatibus praesint, se atuvieran en todo al mismo modo del papa y del obispo que substituía al papa en las misas de estación; solamente prescribía que tuvieran en cuenta algunas pocas modificaciones (No puede ocupar la cátedra; las oraciones las dice en el lado derecho del altar; en la fracción interviene él mismo en el altar y coloca luego el fermentum del papa en su cáliz), pero además aseguraba que valdría lo mismo para el presbítero cuanto in statione facit missas, con la única excepción de no poder entonar el Gloria sino en el día de Pascua (Cf. también el Ordo de S. Amand (Duchesne, Origines, 484) Así, pues, estas insinuaciones, sin que queramos hacer una interpretación abusiva de ella, podían aplicarse a todos los casos en que un simple presbítero, no solamente en los monasterios, sino también en las colegiatas, tuviera que celebrar una misa solemne ante público un poco más numeroso. Desde luego, no vacilaron en seguir estas normas. De ello tenemos, por ejemplo, una buena prueba en el Breviarium ecclesiastici ordinis del siglo VIII, que representa un arreglo para las necesidades de un monasterio de Irlandeses en Pranconia del Capitulare ecclesiastici ordinis, en el cual, siguiendo al archicantor romano Juan, se describe la misa estacional papal.

Pocas diferencias respecto a la episcopal
     Prescindiendo de la corte papal, a la cual el Capitulare da poca importancia, y del rito de la sustentatio, que eran prerrogativas del papa, casi todo el esplendor litúrgico se ha aplicado al simple sacerdote religioso, que entra asistido por sacerdotes, diáconos, subdiáconos y clérigos, en una procesión en que se llevan siete candelabros, con incensario, y cuando llega al altar, es recibido con las mismas salutaciones que el papa, contestando, como éste, con el Pax vobis y quedando luego sentado durante toda la antemisa retro altare en su cátedra, para lavar, finalmente, sus manos antes del ofertorio (Verdad es que tal lavatorio de manos no fué entonces prerrogativa del obispo o papa. El sacerdote entona también el Gloria, aunque no se supone la fiesta de Pascua de Resurrección, sino Navidad (cf. más adelante 455 4 2). Por la adopción de tradiciones galicanas, como, p. ej., el Dominus vobiscum antes del evangelio, el traslado de las ofrendas de la sacristía, la petición de intercesión (Orate), difiere el Breviarium del rito papal también en estos puntos).
     La misma forma de misa solemne la encontramos en las fuentes carolingias más tarde en los siglos IX y X. Generalmente se la llama «misa episcopal», aunque figure a veces, sin embargo, un simple sacerdote como celebrante (
Este es el caso de la exposición de Remigio de Auxerre (Expositio: PL 101, l248ss), en la que faltan datos más exactos sobre su desarrollo ritual. Las explicaciones de la misa de Amalario nombran con regularidad al obispo, pero la exposición Missa pro multis (ed Hanssens, «Eph. Liturg.» [19301 31, lín. 27), con ocasión de la primera mención del celebrante, dice: episcopus aut presbyter. También se refiere al simple presbítero Rabano Mauro (De inst. cleric., I, 33: PL 107, 322-326), aunque no exclusivamente, ya que comprende con la expresión sacerdos a ambos, obispo y presbítero). También la reorganización del rito de la misa que aparece alrededor del final del primer milenio en los documentos del grupo Séez, se refería en primer término a la misa pontifical, extendiéndose, sin embargo, pronto también a la misa solemne de simples sacerdotes (Esto se ve claramente en el ordinario de la misa de San Vicente (Fíala, 187 196ss), en el cód. Chigi y en Gregorienmunster (Martene, 1, 4. XII XVI [I, 568SS 595ss 5991): sacerdos, presbyter. En el misal de Lieja aparece como celebrante episcopus aut presbyter (1. c., XV [I, 5821). Las rúbricas que determinan su desarrollo son muy escasas dentro del texto común).

Transición a la actual misa solemne
     263. Los elementos concretos de la actual misa solemne se perfilan por vez primera a lo largo del siglo XI. Mientras en los tiempos anteriores se hablaba casi siempre de varios diáconos y subdiáconos (El sínodo de Limoges (1031) ordena que los abades y otros presbíteros no deben ir acompañados de más de tres diáconos, mientras que los obispos pueden también tener cinco y siete (Mansi. XIX, 545 b). También los documentos del grupo de Séez hablan en varias ocasiones de pluralidad de diáconos. Poco claros son los datos en el sacramentario de Ratoldo (+ 986) (PL 78, 239-245); Remigio de Auxerre (+ 908), que en su Expositio (PL 105, 1247s 125C 1271) no menciona más que un diácono y subdiácono, está aislado con estos datos), desde ahora en adelante aparecen claramente sólo un diácono y un subdiácono como asistentes del celebrante cuando éste se dirige al altar, y que luego como tales cumplen su servicio. Entre los primeros testimonios de este orden figura el escrito de Juan de Avranches, compuesto hacia el año 1065, que, concediendo todavía al simple sacerdote una serie de prerrogativas episcopales que hoy día ya no le competen (Juan de Avranches (De off. eccl.: PL 147, 32ss): «Llegado al altar, el sacerdote da el ósculo al diácono y subdiácono después del Confíteor; luego besa el diácono el altar en sus dos extremos y ofrece al sacerdote el libro de los Evangelios para que lo bese, después de lo cual éste besa además el altar. Hay también varios ceroferarios entre los ministros, siete en las solemnidades. Cuando empieza el subdiácono con la epístola, el sacerdote se sienta, pero iuxta altare. Después del evangelio, el pan y el vino son ofrecidos al diácono por el subdiácono; el cantor trae el agua. Sigue la incensación. Luego toma el subdiácono la patena, que pasa a uno de los acólitos. El diácono y el subdiácono reciben en la comunión partes de la hostia grande».) reserva claramente la cátedra al obispo (L. c. PL 147, 33 A: Sessio episcopi... ceteris celsior debet fieri). La misa conventual de Cluny presenta también por aquel tiempo el mismo tipo, con un solo diácono y subdiácono.
     Udalrici Consuetud. Clun., II, 30: PL 149. 716ss. Cf. también el ordinario de la misa del cód. Chigi (Mariéne, i, 4, XII [I, 569sl), que llama la atención por su semejanza con la descripción de la entrada en Juan de Avranches y claramente hace de puente al modo que nos es familiar en la actualidad: Deinde cum clerici inceperint Gloria post Introitum, procedat, antecedente eum diácono et ante eum subdiácono cum libro evangelii et ante subdiácono acolyto cum thymiamate, ante quem dúo alii acolyti praecedant cum candelabris et luminaribus, et sic ordinate exeant e secretario. Una diferencia notable, respecto a Juan de Avranches, está en los dos ceroferarios que preceden, mientras que éste menciona solamente un ceroferario después del turiferario.

Ultimas innovaciones y estabilización
     El rito de la misa solemne, prescindiendo de algunas costumbres particulares, regionales o monásticas, puede decirse en general que no ha cambiado apenas a partir del siglo XI. En el siglo XII aparecen, junto a otras reverencias, los numerosos ósculos al entregar o recibir los diversos objetos, que aun hoy siguen en uso. Por este mismo tiempo se introdujo la costumbre de leer en voz baja el celebrante, y con él sus asistentes, los textos que otros cantaban. La descripción minuciosa que de la misa solemne sacerdotal ofrece el ordinario de los dominicos del año 1526, es la que da prácticamente el orden actual, distinguiéndola claramente de la misa pontifical, cuyas ceremonias se fijaron definitivamente en el Caeremoniale episcoporum alrededor del año 1600. El ordinario prescinde de las ceremonias de ponerse los vestidos, contentándose con dos o cuatro cirios, que ya no se llevaban en la procesión al altar, sino que estaban allí. Tampoco usa ya el sacerdote el Pax vobis, sino solamente el Dominus vobiscum, y dice la oración, lo mismo que el Gloria y Credo, en el altar, lavándose las manos solamente después de la incensación. La bendición solemne después del canon, que constituyó en los países del norte de Europa la nota más sobresaliente de la misa pontifical durante toda la Edad Media, nunca fué impartida por los sacerdotes, como tampoco se usó la sustentatio, que en lo esencial había quedado siempre reservada al rito .episcopal. De igual manera el presbyter assistens, representante del antiguo colegio de los presbíteros que apareció en el siglo XII (Ordo eccl. Lateran. (Fischer, 80-87). Un estadio intermedio aparece en el Ordo Rom. VI. n. lss: PL 78, 9S9ss, del siglo X, donde dos sacerdotes, como por lo demás los diáconos, se encargan en parte de la sustentatio; de ellos sirve luego uno al lado del misal (n. 4). En catedrales francesas se encuentra aún en tiempos posteriores, al lado de los siete diáconos y siete subdiáconos, no solamente uno, sino seis y más presbíteros), quedó reservado por derecho común al rito pontifical (Cod. Iur. Can., can. 812).
     Algunas particularidades, de carácter más bien técnico, solemne en la Edad Media, desaparecieron posteriormente o se han conservado sólo en el rito monástico.
     E. o., conforme lo dice repetidas veces el Ordo, pertenecía también al oficio del diácono el arreglar la casulla del celebrante, que entonces era muy amplia y con muchos pliegues, sobre todo cada vez que se dirigía al pueblo, deorsum eam in anteriori parte trahendo (Ordo eccl. Lateran. [Fischer, 83; cf. 81s]), Cf. Ordinariurn O. P. de 1256 (Guerrini, 236 239s 244); Líber ordinarius, de Lieja (Volk, 93, lín. 17); Ordo Rom. XIV, n. 47: PL 78, 1151, y más veces. También entre los premonstratenses esta costumbre está atestiguada desde el siglo XII (Waefelghem, 47 67 96). Como prescripción de besar la casulla se ha conservado hasta la actualidad Q. c., véanse las notas que dan más eiemplos). Cf. también el Ordinarium Cartusiense (1932) c. 29, 13; 32, 13. Durante el canon, tempore muscarum el diácono tuvo que manejar un abanico (flabellum) para defender al celebrante y a las ofrendas (Ordinarium O. P. [Guerrini, 2401; Liber ordinarius, de Lieja [Volk 93s)]. En Udalrici Consuetudines Cluniacenses, II, 30 (PL 149, 719) es la ocupación de uno de los dos acólitos. En Oriente donde aun en la actualidad se usa el abanico litúrgico con sentido simbólico, las constituciones apostólicas demuestran que al principio tuvo la misma finalidad (Const. Ap., VII. 12. 2 [Quasten, Mon., 212 con nota]). Más detalles en Braun, Das christliche Altargerat, 642-660. En el Liber ordinarius, de Lieja, se encarece al sacristán el cuidado por el flabellum durante la temporada de las moscas para las misas privadas de los hermanos, así como en invierno el cuidado del brasero (carbones in patellis) (Volk, 49, lín. 23). Esta última solicitud también en el Ordinarium Cartusiense (1932) c. 29, 7.
     Entre ellas está también la costumbre de que los dos acólitos cuando el diácono y subdiácono están detrás del celebrante, se coloquen a la derecha e izquierda del diácono in modum crucis (Ordinarium O. P. [Guerrini, 235]). Esta costumbre se usa aun hoy día en el rito dominicano. Durante la Edad Media está atestiguada repetidas veces; p. ej., en el siglo XIV para la iglesia del Instituto de las Señoras en Essen (Arens, 19). La costumbre de volverse el diácono con el celebrante al pueblo cada vez que se le saluda se encuentra documentada en el cód. Chigi (Martene. 1, 4. XII [I, 570 D]) y en el Ordo eccl. Lateran. (Fischer, 83, lín. 30); en loe monasterios de benedictinos se usa aún en la actualidad.

Frecuencia de la misa solemne
     284. La diferencia más notable que distingue la misa solemne actual de aquella de la Edad Media está en su frecuencia. Durante toda la época medieval fué, sin duda ninguna, la forma más corriente del culto divino, sobre todo en aquellas iglesias que dominaban la vida litúrgica de su tiempo, o sea fuera de las catedrales, las iglesias de los conventos y las colegiatas con su cabildo, organizadas según el ejemplo de los monasterios En todas estas iglesias, la misa mayor con diácono y subdiácono, que se celebraba después de rezada la tercia, formaba parte de la vida diaria. Constituia entonces (Como es sabido, los monasterios antiguos, en cuyo ambiente se fué desarrollando el rezo de horas canónicas, desconocian la misa diaria. Cuando San Benito (Regula, c. 35 38) menciona la misa, se refiere solamente a la misa de los domingos y días festivos. Lo mismo se puede ver, por lo que se refiere a Occidente, en la Regula Magistri, c. 45 PL 88, 1007s), y en Fructuoso de Braga (+ hacia 665) (Regula, II, c. 13 : PL 87, 1120s). También en la vida de San Columbán (+ 615) se conoce que decía misa solamente los domingos (I, 26; ni, 16; PL 88, 740 765) el punto culminante de todo el Oficio divino (Solamente los cartujos formaban una excepción. En su primera época (habían sido fundados en 1084) se tenía la misa conventual solamente los domingos y días festivos (Bona. I, 18, 3 [2561): P. Goussanville. en las notas a Pedro de Blois [Sv. 86: PL 207. 266]). Además desconocían los cartujos, y en parte también los cistercienses, el oficio del subdiácono). En Cluny y en los ambientes influenciados por Cluny se celebraba diariamente ya en el siglo XI otra misa conventual; además de la misa mayor, la missa matutinalis. En ella actuaban también el diácono y subdiácono. Sin embargo, la primera se distinguía por una mayor sencillez (Por lo demás, se ve cómo va en aumento la solemnidad en la misa dominical festiva; en el introito se repetía ya antes del Gloria Patri la mitad del versículo; se añadía el Gloria in excelsis: se rezaba solamente una colecta; el gradual v el aleluya se cantaban por dos (solistas); todos recibían el ósculo de paz (Udalrici Consuet. Clun., I, 8 : PL 149, 653). La incensación del altar tenía lugar solamente en el ofertorio, pero no al principio, abreviándose los cantos y suprimiéndose generalmente el Credo. En los días no festivos empleábase el formulario de la misa de réquiem; porque esta segunda misa se decía por el eterno descanso de los bienhechores difuntos, ya que los monjes de Cluny se distinguieron por su celo de ayudar a las ánimas del purgatorio por medio de los sufragios de la santa misa.

La segunda misa conventual
    Una norma semejante adoptaron los premonstratenses (Waefelghem, 29-32. Solamente en la época en que recogían la cosecha se contentaban con una sola misa conventual (29). A la menor solemnidad de la misa temprana por los difuntos pertenecía el que hubiera sólo un acólito) y poco después también otros conventos (Juan de Avranches, De off. eccl.: PL 147, 32 B. Los cistercienses tenían también diariamente, incluso en los domingos y días festivos, con excepción de las solemnidades mayores, una misa de difuntos, que coincidía con el oficio de difuntos; se celebraba en un altar especial, probablemente sin participación del convento entero (Liber usuum, c. 51: PL 166, 1420); cf. R. Trilhe, Ctteaux: DAOL 3, 1795.). En tiempos del papa Honorio III apuntaba en Francia la tendencia de contentarse con la misa diaria de réquiem, que por cierto traía también ventajas materiales, suprimiéndose la misa de la fiesta. Este abuso dió lugar a una orden de este papa, publicada el año 1217, en que insistió en el cumplimiento de ambas obligaciones (Decretales Gregor., III, 41 11 (Friedberg, II 642s). De ahí que muchos canonistas sacaron la conclusión de que todos los cabildos de colegiatas y también los conventos tenían la obligación de celebrar dos misas conventuales, lo que contribuyó a aumentar la frecuencia de la misa solemne (Sawicki demuestra que la obligación por parte del Derecho canónico a la misa conventual existe para los religiosos con coro sólo desde Pío X, como consecuencia última del principio de que a la obligación del coro pertenece también la asistencia a misa (64s; cf. 68ss). Parece que el Derecho canónico nunca ha pretendido imponer una nueva obligación a la misa conventual de difuntos (45s). Durante la Edad Media variaba la práctica. En Klosterneuburg se decía siempre en un altar lateral durante la misa conventual una misa de Requiem; por otra parte, se tenía diariamente después de la prima la misa cantada matutina (generalmente de Beata) (Schabes, 59s 64). En cambio, los benedictinos de Santiago, de Lieja, tenían por regla general una sola misa conventual. Sólo en ciertas temporadas se añadía la missa matutinalis, que a veces se decía para los difuntos). Sobre esta base, el misal de Pío V, en su tendencia a atenuar el predominio de las misas de difuntos y a procurar la mayor posible concordancia entre oficio y misa, dió normas a las catedrales y colegiatas acerca de la doble misa, prescribiendo que una había de celebrarse de feria y la otra de festo y fijó las leyes según las cuales se podían substituir por misas votivas o de réquiem (Missa Rom., Rubr. gen. Posteriormente, los canonistas exigieron sólo la aplicación de la segunda misa para los difuntos, pero no un formulario determinado, solución que por Benedicto XIV consiguió fuerza la ley (Sawicki, 52-55 58).
     En tiempo más reciente se limitó la doble misa conventual en general a los días de doble carácter litúrgico (en el sentido ya explicado), reduciéndose su categoría en los días no festivos a la de misa cantada (
Sawicki, 86. En los capuchinos, la misa conventual no es más que missa lecta; tampoco la ley eclesiástica exige más de las otras órdenes obligadas al coro), con lo cual quedó restablecido lo que debió de haber sido la forma originaria de la misa dominical en los conventos.

Antagonismo entre el culto solemne y la cura de almas
     265. La misa solemne se celebra hoy día con muchísima menos frecuencia que antes. Varias razones han contribuido a ello. Los cabildos de las colegiatas, cuyo fin principal era el sostenimiento del culto divino solemne, han ido desapareciendo. A los cabildos de los catedrales y a los conventos se presentaron otras tareas de mayor urgencia. Las secularizaciones de los últimos siglos han hecho imposible la vida retirada de casi todas las comunidades de clérigos dedicadas exclusivamente al culto divino, que tanto florecieron durante la Edad Medía. El centro de la vida era para ellos la misa solemne.
     Por lo demás, estas misas solemnes ya desaparecidas nunca habian tenido carácter de cultos verdaderamente populares, como las misas de estación romanas, porque generalmente se celebraban en el altar del presbiterio, o sea en la parte de la iglesia que no sólo estaba destinada al cabildo, sino que se la separaba de la nave de tal modo que se había convertido en iglesia de los clérigos. Además, ya desde el principio de la Edad Media estaba excluido el pueblo de las iglesias conventuales, porque el convento tenía que evitar el contacto con el mundo lo más perfectamente posible y, por otra parte, no se debía apartar a los fieles de las parroquias. Aquí está la razón de por qué el edificio de las antiguas iglesias conventuales solía tener un presbiterio muy largo y una nave pequeña.

¿Por qué el culto solemne perdió interés?
     266. En la Edad Moderna volvió la cura de almas al primer plano del interés, y con esto la solicitud por la comunidad cristiana. En las nuevas normas litúrgicas del siglo XVI se advierte incluso cierta prevención contra el culto divino solemne de fines de la Edad Media, porque las obligaciones litúrgicas impedían una labor más intensa en la cura de almas, que ahora se hacía cada vez más necesaria. El espíritu realista y sobrio que a partir del siglo XVIII se fué extendiendo más cada vez, junto con la emancipación progresiva de las masas, ha hecho bajar sensiblemente el gusto por el esplendor principesco con que las ceremonias de la misa solemne rodeaban al celebrante, como a descendiente del papa, soberano temporal. La misa solemne pervive hoy solamente en las grandes fiestas, cuando, enriquecida por los valores de la música sagrada, que, como hija de una cultura más cercana a la nuestra, nos es más familiar, contribuye a dar expresión a nuestros júbilos festivos, viendo nosotros en ella una espléndida demostración de la Iglesia, pletórica de gracia y verdad.
     Los grupos de agustinos descalzos que se formaron en el siglo XVI tenían todos en sus estatutos la disposición de que no debían nunca cantar una misa solemne (M. Heimbucher, Die Orden und Kongregationen, II. 2* ed. [Paderborn 19071 188). En la Compañía de Jesús, en conformidad con la renuncia al coro, se prescindió también de la misa cantada, porque, según la concepción de entonces, esto hubiera implicado no solamente la asistencia a ella de toda la comunidad, sino también la ejecución del canto; Constitutiones S. I. [terminadas esencialmente en 1550] VI, 3, 4 (Institutum S. /.. II [Florencia 18931 99s): non utentur nostri choro ad horas canónicas vel missas et alia officia decantanda. Posteriormente se admitieron varias excepciones respecto a la misa (1. c., IT. 527 533 539). Los capuchinos conservaron el coro, pero renunciaron a la misa conventual cantada substituyéndola por la missa lecta. además de la cual no se permitían en los primeros tiempos misas privadas de los sacerdotes, con excepción de algunas fiestas (Caeremoniale Romano Seraphicum ad usura O. F. M. Cap. [Roma 19441 p. 327ss; Cuthbekt Widlócher, Die Kapuziner [Munich 19311 58). Tal renuncia a las formas del culto divino de la Edad Media en beneficio del trabajo apostólico parece que tuvo sus primeros principios en una época bastante anterior. Cf. S. A. van Djjk, O. F. M.. Historical Liturgy and liturgical History: «Dominican Studies», 2 (1949) 161-182, especialmente 168ss 180ss. Van Dijk interpreta la predilección de los mendicantes por la misa privada y la simplificación del canto de los salmos por aquel abbreviare que les parecía necesario para poder predicar y estudiar.

P. Jungmann S.I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA