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lunes, 15 de septiembre de 2014

EL CARÁCTER NO ES UN REGALO, SINO UN ESFUERZO

¡MUCHACHA! ASI...
Monseñor Dr. Tihamer Toth

I.- FORMA TU CARACTER
II.- SÉ PROFUNDAMENTE RELIGIOSA
III.- SÉ VERDADERAMENTE MUJER
IV.- PREPARA TU PORVENIR

Nihil obstat 
N. M. Negueruela, Censor
Imprimatur 
+ José María, Ob. Aux.  
Vicario General

Primera edición: agosto de 1957 
Impreso en México

A VOSOTRAS...
     muchachas de hoy, os brindo este ramillete de lecturas escogidas con un solo fin: el de llamaros a ser así, esto es, como se debe, para llenar vuestra vida a fuer de 
     Jóvenes de carácter, 
                         Cristianas,
                                 Verdaderamente femeninas 
                                                           Y dueñas de su porvenir.

     Estas páginas orientarán con seguridad vuestros caminos entre tantas erróneas opiniones del mundo acerca de cómo ha de ser la joven.
     A través de ellas veréis claramente que toda muchacha ha de ser ASÍ, como os la he presentado.
María Rosa

ADVERTENCIA
     ¡Muchacha! Así... es una selección de las principales enseñanzas dadas a las jóvenes en los manuales de monseñor Tihamér Tóth, adaptados a las muchachas por María Rosa Vilahur.
     Para apreciar mejor el alcance de las variaciones introducidas, advertiremos:
     1° Los números o párrafos, cuyo titulo no va precedido de asterisco, reproducen el texto de monseñor Tóth, salvo ligeras modificaciones gramaticales.
     2° Un asterisco (*) indica que aquel número, conservando la doctrina del autor, ha sido adaptado a las muchachas.
     3° Son de la adaptadora los párrafos o números precedidos de dos asteriscos (**).
     Confiamos en que esta selección será del agrado de nuestras jóvenes a quienes la ofrecemos.

FORMA TU CARÁCTER

I. EL CARÁCTER NO ES UN REGALO, SINO UN ESFUERZO
     El carácter no es un apellido de alta alcurnia que se hereda sin trabajo.
     El carácter es el resultado de la lucha ardua, de la autoeducación, de la abnegación, de la batalla espiritual sostenida con virilidad. Y esta batalla ha de librarla cada uno por sí solo, hasta que venza.
     Magnífico resultado de la lucha será tu carácter. Lo que significa esta palabra quizá no lo comprendas por completo en este momento. Pero llegará el día en que se descubra ante el divino acatamiento la obra cumbre de tu vida y se muestre, en su sublimidad sin par, tu alma en que tanto has trabajado; entonces se te escapará el grito de entusiasmo, como a Hayden cuando oyó su obra intitulada Creación: «¡Dios mío!, y ¿soy yo el autor de esta obra?»
     “Homines sunt voluntates”, dice con frase lapidaria y admirable San Agustín: «El precio del hombre es su voluntad».
     De día en día crece el número de convencidos de que la escuela actual dedica cuidados excesivos a la cultura de las jóvenes y olvida demasiado la formación del carácter, de la fuerza de voluntad de la joven. Triste realidad: en la sociedad de las mujeres maduras abundan también más cabezas adornadas y emperifolladas que temples de acero; hay más vanidad que carácter. Y, sin embargo, el basamento de un Estado, su piedra fundamental, no es la belleza, sino la moral intacta; no es la riqueza, sino la honradez; ni la veleidad, sino el carácter.
     Hoy, la enorme y casi única enfermedad de la humanidad, semillero de todos los pecados, es la consunción aterradora de la voluntad; hoy, el no tener carácter pasa, en el sentir de muchas, como virtud de prudente adaptación a las circunstancias, y la negación de los propios principios es bautizada con el nombre de discreción, y el perseguir el interés individual se llama interés por el bien común; hoy, la mujer, que con sentimentalismo exagerado se ofende a cada paso, alardea de dignidad personal, y la envidia se viste con la careta de amor a la verdad; hoy se evita todo trabajo y molestia, so pretexto de imposibilidad, y sólo se persigue la comodidad y los goces.
     Sin embargo, aunque pululen muchachas de alma quebrada, sin lastre; muchachas que no sienten interés por ningún problema espiritual; cuya única preocupación es cómo se peinarán y qué traje elegirán, cómo escamotearán un día al estudio, y saber quién es la nueva «estrella» de la pantalla y dónde se dan los más agradables saraos, espero que tú no seas de ésas, amada joven.
     Este libro quiere demostrarte que, a pesar de todo, las que parecen tan alegres, ¡tan despreocupadas!, éstas han de surcar con duro trabajo el camino del carácter si quieren alcanzar la vida digna de una mujer.

jueves, 11 de septiembre de 2014

¡Non serviam!

¡No quiero servir!
     He pensado tal vez algunas veces que ese es el grito del hombre libre.
     Y me he equivocado.
     Ese es el grito del esclavo, del esclavo de sí mismo y de sus pasiones y de sus pecados; la peor de las esclavitudes.
     Ese es el grito del ángel rebelde de Satanás, el eterno esclavo.
     ¡Non serviam! ¡No quiero servir! Es decir, no tendré mas Dios que a mí mismo. Mis deseos, mis caprichos, mis ambiciones; esa es mi ley, ese es mi dios.
     O de otra manera: seré el esclavo de mis deseos, de mis caprichos, de mis ambiciones. Lo que ellos me aconsejan..., lo que ellos me piden..., lo que ellos me exigen..., eso será mi ley.
     ¿Mi ley? Mi yugo... ¿Mi ley? Mi carta de esclavitud...
     Porque tengo que ser sincero conmigo mismo.
     ¿Quién es el verdaderamente libre?
     ¿El que ante la atracción del placer sabe dominar sus instintos, o el que se deja subyugar por ellos?...
     ¿El que ante el ídolo de las riquezas rehúsa la adoración, o el que dobla la rodilla ante ellas?...
     ¿El que ante el miedo al miserable qué dirán pisotea su deber, o el que lo cumple valientemente sin preocuparse de la maledicencia ni de las burlas de sus compañeros?...
     La respuesta no es dudosa:
     Es libre el que sabe dominar sus instintos...
     Es libre el que rehúsa conscientemente la adoración a una vil criatura...
     Es libre el que sabe defenderse de los lazos del respeto humano...
     Y es ése precisamente el que sirve a Dios.

     Y es esclavo el que se deja llevar de sus instintos.
     Y es esclavo el que se doblega ante el ídolo vil de las riquezas.
     Y es esclavo el que busca la honra de los otros hombres, pisoteando su deber.
     Y ése es precisamente el que grita: Non serviam! ¡No quiero servir!
     ¡Quiero ser libre! Libre, con la verdadera libertad. Con la libertad de los hijos de Dios, que son reyes, porque saben servir a su Señor, a su Creador, a su Redentor.
     Servir a Dios es reinar.
     ¡Quiero ser libre! ¡Quiero servir a mi Dios !
Alberto Moreno S.J.
ENTRE EL Y YO

Devoción a Jesús, María y José

PARA EL DÍA PRIMERO DE CADA MES


Acto de Contrición
     PADRE Eterno, Padre clementísimo, Señor Dios de las misericordias, Dios piadoso, Dios benigno, Dios de todo consuelo, Dios único refugio de los grandes pecadores: yo, el mayor de todos, vengo a Ti, me postro en tu divina presencia, y con todo el vigor de mi espíritu, confieso delante de tu Majestad mis ingratitudes, mis iniquidades y mis abominaciones.
     Señor mío y Dios mío, no soy digno de llamarme ni aun criatura tuya. Tú, Dios omnipotente, me sacaste de la nada, y me escogiste entre infinitas criaturas que te hubieran servido mejor que yo. Tú, gran Dios, has multiplicado esta bondad conservándome la vida en todos los instantes en que me he atrevido a pecar delante del cielo y de la tierra. Tú, Dios misericordioso, me has sufrido, me has tolerado en este último mes, sin embargo de que, ingrato, he demarcado quizá todos mis días con algún crimen; confieso. Dios benignísimo, que en todas sus horas y en todos sus instantes he sido acaso infiel a mis promesas, he quebrantado mis propósitos, y que, lejos de llorar y hacer penitencia de mis antiguas iniquidades, he añadido un pecado a otro pecado, y he puesto delito sobre delito. ¿Qué penitencia será bastante para lavar y purificar tantos y tan monstruosos crímenes? Ninguna, Dios y Señor mío. Para satisfacerte y evitar mi perdición, no tengo otro refugio ni otra esperanza que la de postrarme ante el trono de tu misericordia, suplicarte que me concedas la gracia de un verdadero dolor de mis culpas, y protestarte delante de tus ángeles y de los hombres que me pesa y que me arrepiento de haberte ofendido, que les tengo y les tendré un odio implacable a mis pecados, y que quisiera deshacerlos, sacrificando en tu honor mil vidas que tuviera. Padre Eterno, escucha mis clamores: no me arrojes de tu presencia, no retires de mí tu divino Espíritu, aparta tu santo rostro de mis iniquidades, vuelve a mí tus ojos de piedad, no veas al hombre pecador, mira el rostro ensangrentado de tu Hijo Jesús, mira todo el mérito de su Madre María, atiende a los servicios de su esposo José, y por su piadosa intercesión, vivifícame, restituyeme a tu gracia, y pon a tus espaldas todas mis iniquidades; fortalece mi fragilidad, sofoca mis pasiones, arranca mis vicios, concédeme la paz del corazón, el gusto de la observancia de tu ley santa, el sufrimiento en los trabajos, la conformidad con tu divina voluntad, la abnegación de mí mismo, y la perseverancia final, para gozarte por los siglos de los siglos. Amén.

ORACIÓN
     SAGRADAS personas de Jesús, María y José, nombres dulcísimos sin cuya intercesión no se puede conseguir la salud: rogad por mí, suplicadle al Padre de las misericordias que me perdone todos los pecados que he cometido en este último mes. Jesús amorosísimo, manifiesta al Eterno Padre tus cinco llagas, y pídele que no se pierda en mí el fruto de la perfecta satisfacción que con ellas le diste. Virgen Santísima, por las entrañas sagradas que encerraron al mismo Hijo de Dios, y por los pechos virginales que alimentaron a tu Hijo Jesús, te suplico que ruegues por mí y que me alcances el perdón de mis culpas. Gloriosísimo señor San José, que fuiste exaltado a la dignidad de ejercer en la tierra las funciones del Padre Eterno respecto de Jesús, y las del Espíritu Santo respecto de María: intercede por mí, ruega por mí, y dispénsame tu poderosa protección. Jesús, María y José, nunca se ha oído que quede desamparado quien implora vuestra clemencia; abrid, pues, para mí las entrañas de vuestra misericordia; no permitáis que sea yo confundido; interceded para que se borren mis iniquidades, y alcanzadme un perfecto dolor de ellas, para que en el presente mes no os diguste con mis infidelidades y reincidencias, sino que os ame, os sirva, os adore, os bendiga y os alabe por los siglos de los siglos. Amén.
     Jesús, José y María, yo os doy mi corazón y el alma mía.

     Aquí la petición.

ORACIÓN 
     ¡OH Jesús! ¡Oh María! ¡Oh José! ¡Oh Madre amabilísima de Dios Hombre! ¡Oh José, padre de Jesús y esposo de María! ¿A qué poder más grande que el vuestro podré recurrir para alcanzar las gracias espirituales y temporales que necesito en este mes? Vosotros estáis interesados en el bien de los hombres, los amáis con un amor sumo y perfecto, y deseáis su completa felicidad. Jesús, María y José: según los decretos del Altísimo, estáis constituidos para ser los protectores, los abogados, los defensores, los ministros, los únicos y seguros conductos por donde se nos dispensan sus bondades. El Dios grande e infinito no quiere franquearlas por otras manos, y se complace y tiene verdadera satisfacción en que todos las impetremos por la mediación vuestra. ¿Qué otro patrocinio, pues, debo ni puedo buscar sino el vuestro? No, no queda en mí libertad para solicitar otros abogados. Jesús, María y José: con todo gusto me veo necesitado a recurrir a vuestra protección. Si volvéis a mí vuestro piadoso rostro, con sólo esta gracia vendrán a mí todas las que necesito en este mes; con vuestro auxilio dominaré mis pasiones, triunfaré de mí mismo, me apartaré de lo malo y practicaré lo bueno, buscaré la paz, y la hallaré, y entonces mi alma, mi corazón, mis potencias y sentidos, serán dignos de vuestras bondades. ¡Oh Jesús! ¡Oh María! ¡Oh José! Deseo transformarme en Vos, deseo no tener más corazón que para amaros, y no deseo otro espíritu sino el mayor para serviros. ¡Oh Dios todopoderoso! Usad conmigo de misericordia; haced que muera, que se aniquile en mí todo el amor propio, toda la inclinación a los vicios y todo el afecto a las criaturas, para que no haya en mí otro amor que el de Jesús, María y José, y para que en todas las horas del presente mes, mis palabras, mis obras y hasta mis últimos pensamientos, sean en Jesús, por Jesús y para Jesús. ¡Oh sagrada e incomparable Familia! ¿Qué cosa podréis pedir al Altísimo, que no se os conceda? Vosotros sois los plenipotenciarios del cielo. Una súplica vuestra impele al Padre Eterno, como que le obliga y pone en necesidad de otorgar vuestras peticiones. Jesús divino, Tú eres el primer Pontífice constituido para ser abogado de todos los hombres. Tú, María Santísima, fuiste creada para ser Madre de Dios y de los pecadores. A ti, glorioso señor San José, encomendándosete el cuidado de Jesús y de María, se te encargó en esto mismo la protección del género humano. Desempeñad estos honrosos y amorosos oficios protegiendo a toda la congregación de la Iglesia santa; atended a sus necesidades actuales, escuchad sus clamores, defendedla de sus enemigos, y conservad pura y sin mancha nuestra santa Religión. Proteged también e iluminad y fortaleced, a todos los jefes de Estado. ¡Oh Jesús! ¡Oh María! ¡Oh José! Amparad a todos los que en este mes imploren vuestros dulcísimos nombres, confortadlos en vuestro servicio, para que os bendigan y os amen en la tierra, y después os gocen y alaben por toda la eternidad en el cielo. Amén.

JACULATORIAS
     Jesús amorosísimo, bendito seas, alabado, ensalzado y glorificado, porque te quedaste en el Santísimo Sacramento del Altar por nuestro amor. Virgen purísima, en Ti sea bendito, alabado, ensalzado y glorificado el Santísimo Sacramento del Altar, porque aquel Cuerpo y aquella Sangre los formó el Espíritu Santo en tus virginales estrañas.
     José gloriosísimo, en ti sea bendito, alabado, ensalzado y glorificado el Santísimo Sacramento del Altar, porque cargaste en tus brazos y alimentaste con el sudor de tu rostro aquel Cuerpo y aquella Sangre que nos sustenta y fortalece.

ORACIÓN
Al Dulce Nombre del Señor San José, la cual se repetirá todos los días.
     PATRIARCA fidelísimo José, abogado fidelísimo de los mortales, José santo, José justo, José inocente, José bienaventurado: ¡quién pudiera tener siempre en la boca tu santo nombre y no despedir un solo aliento, una respiración, sino acompañada de tu nombre santísimo! ¡Quién pudiera nombrar siempre a José con aquel respeto, con aquel puro amor y con aquella gracia con que lo pronunciaba María Santísima, su esposa! Acuérdate José mío, de aquella prontitud con que acudías a ver a tu esposa cuando te llamaba, y date prisa a acudir a mi mayor necesidad en la hora de la muerte para que, ahuyentando al demonio, despida yo el último aliento envuelto en tu nombre y en el nombre de Jesús y de María.

Oración a la Divina Providencia
     O soy, oh Dios mío, tuyo soy!. Yo me arrojo a tus brazos; dispón de mí según tu voluntad. Haz de mí todo aquello que quieras; los sucesos y lances de mi vida quiero que todos corran por tu cuenta. Si es de tu agrado enviarme prosperidades, yo los recibiré agradecido, y usaré de ellas como de unos dones venidos de tus manos; si prefieres que pase mis días y mis noches en la amargura de la adversidad, enhorabuena, yo te bendeciré porque así me visitas. Si me concedes ser estimado de los hombres, yo te daré gracias porque has conservado mi honor,cubriendo mis flaquezas; si, por el contrario, dispones que ellos me aborrezcan, yo te ensalzaré por la dicha que me otorgas de parecerme a tu santísimo Hijo, a quien profesó el mundo un odio cruel. ¿Qué temeré yo por nada ni de nadie si Tú eres mi ayuda? ¿Ni cómo podrá asustarme la presencia del mal, estando mi corazón lleno de Ti, que eres el sumo bien? Mas no sólo deseo conformarme con lo que quieras, sino acostumbrarme también a no considerar a las criaturas sino como unos instrumentos de tus disposiciones, Así, yo, lejos de pretender algún mal a los que me dañan, los recomiendo a tu piedad y los perdono. No quiero que haya en mi alma un solo afecto que pueda disgustarte, ni un solo pensamiento que desdiga de la dichosa convicción en que estoy de que debo descansar con toda confianza en tu divina Providencia. Amén.
Tu divina Providencia 
se extiende a cada momento, 
para que nunca nos falte 
casa, vestido y sustento.
EL DEVOTO DEL PURGATORIO

miércoles, 10 de septiembre de 2014

SAN IGNACIO DE LOYOLA (14)

LIBRO III
EL MAESTRO ESPIRITUAL
Capítulo Décimosegundo
LAS INFLUENCIAS RECIBIDAS 
(1493-1535)

     En París, Iñigo de Loyola sometió a la doctrina de los Ejercicios, durante treinta días, a Fabro, Laínez, Salmerón, Bobadilla, Rodríguez y Javier; y éstos se convirtieron en sus asociados en los proyectos Evangélicos. La estancia en Venecia había llevado al maestro nuevos ejercitantes, que, aun quedándose en el mundo, no dejaron por esto de ser sus discípulos espirituales. De esta doble experiencia se puede ya concluir que a esta fecha de 1537, a la que hemos llegado en nuestro relato, el libro de los Ejercicios tenía ya su redacción casi concluida, de lo que por lo demás, nos dan la prueba material los papeles de uno de los ejercitantes de Venecia, Juan Helyar. Es pues hora de detenemos, para examinar descansadamente todas las cuestiones que suscita este librito de los Ejercicios.
     Todos los que han estudiado la historia del ascetismo cristiano dan una buena parte en él a Ignacio de Loyola. Ya se le exalte o ya se le critique, no se puede negar su influencia. Y a decir verdad su papel es de tal manera considerable que es difícil exagerarlo. Por otra parte este creador es un heredero. ¿Qué recibió, pues, antes de abrir él mismo los tesoros de su doctrina? Los primeros conocimientos de la conducta cristiana que se infiltraron en su alma, proceden ciertamente de sus familiares. Cuando él vino al mundo, había pocos libros, y la imprenta estaba en sus comienzos. El clero de Azpeitia era más asiduo en mantener las observancias tradicionales del culto, que en impartir la enseñanza de la religión. Se predicaba poco. Fuera de las familias, los niños no tenían catecismo; era de los labios de sus padres de donde aprendían el dogma, la moral, todo lo que es del servicio de Dios. La religión era más sólida; ligada a todos los recuerdos de la casa paterna y al amor de los padres, estaba por decirlo así en la sangre.
     Ella forma la parte más sagrada de este fondo de ideas, de sentimientos y de prácticas, que constituye la tradición doméstica; en las familias nobles, se identifica con el honor de la raza. No hay que decir que siendo los Loyola más creyentes que edificantes, por lo menos hacia el fin del siglo XV, el residuo que finalmente se depositó en el alma de Iñigo adolescente, consistió sobre todo en una fe a toda prueba.

martes, 9 de septiembre de 2014

HEREJIA

     Esta palabra, que ahora solo se toma en mal sentido, y que significa un error contumaz contra la fe, no designaba en su origen mas que una elección, un partido, una secta buena o mala. Este es el sentido del griego yo tomo, yo elijo, yo abrazo. Se decía herejía peripatetica, herejía estoica para designar las sectas de Aristóteles y de Zenon; y los filósofos llamaban herejía cristiana la religión enseñada por Jesucristo. San Pablo declara que en el judaísmo había seguido la herejía farisaica, la mas estimable que hubo entre los judíos (Act., XXIV, 14). Si herejía hubiese significado entonces un error, este nombre habría convenido mejor a la secta de los saduceos que a la de los fariseos.
     Se define la herejía un error voluntario y pertinaz contra algún dogma de la fe de parte del que profesa la cristiana. Los que quieren excusar este crimen, preguntan cómo se puede juzgar si un error es voluntario ó involuntario, criminal ó inocente, originado de una pasión viciosa mas bien que de una falta de conocimiento. A esto respondemos: 
     1° que como la doctrina cristiana es revelada por Dios, es ya un crimen el querer conocerla por nosotros mismos, y no por órgano de los que Dios ha establecido para enseñarla; que tratar de elegir una opinión para erigirla en dogma, es ya sublevarse contra la autoridad de Dios. 
     2° Puesto que Dios estableció la Iglesia o el cuerpo de los obispos con su jefe para enseñar a los fieles, cuando la Iglesia ha hablado, es ya por nuestra parte un orgullo pertinaz el resistir a su decisión, y preferir nuestras luces a las suyas; la pasión que ha dirigido a los jefes de secta y a sus partidarios, se ha puesto de manifiesto por su conducta, y por los medios que han empleado para establecer sus opiniones. Ya hemos visto que Bayle, al definir un heresiarca, supone que se puede abrazar una opinión falsa por orgullo, por la ambición de ser jefe de partido, por envidia y odio contra un antagonista, etc.; lo probó con las palabras de San Pablo. Un error sostenido por tales motivos es seguramente voluntario y criminal.

lunes, 8 de septiembre de 2014

EL VALOR DEL CUERPO HUMANO

     Entre cultivadores desaforados del humanismo corren a menudo dos frases hechas: “La Iglesia católica desprecia al cuerpo humano”. “Al cuerpo hay que darle lo suyo”.
     Lo primero es falso. Lo segundo, equívoco.
     En realidad, no hay religión que aprecie tanto al cuerpo del hombre como la Iglesia católica. Ella nos recuerda la sentencia de Job de Idumea: Manus tuae fecerunt me et plasmaverunt me. Tus manos, oh Señor, me hicieron y me configuraron.
     Resumamos brevemente la doctrina de la Iglesia acerca del cuerpo humano (Seguimos en esta sugerencia a don E. Enciso, en su precioso libro “La muchacha y la pureza”).
     1.° El cuerpo es habitación, instrumento y compañero natural del alma.
     2.° El cuerpo es instrumento de Dios para la producción de nuevos seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios.
     3.° El cuerpo del hombre, formado del barro de la tierra, estuvo desde su origen destinado por Dios a un fin noble y bello, a un fin sobrenatural y eterno.
     4.° Jesucristo elevó el cuerpo humano a la cumbre más alta de la creación al unirlo, junto con el alma, a la Divinidad. Desde Nazaret, desde Belén, Dios humano habitó con nosotros.
     5.° El Cuerpo sacratísimo de Cristo fue instrumento de redención y santificación, triunfó gloriosamente en la resurrección y en la ascensión a los cielos y permanece sacramentalmente en la Eucaristía.
     6.° Flor y corona de cuerpos humanos fue el cuerpo de la Virgen María, inmaculado, incontaminado, pacífico, incorrupto y asunto a los cielos.
     7.° El cuerpo humano recibe culto en las reliquias de los que se ennoblecieron mediante la santificación.
     8.° También al cuerpo humano, desequilibrado por el pecado de origen, alcanzaron los frutos de la redención: fue rescatado a precio de sangre divina y gozará inefablemente en el cielo.
     9.° Al habitar Dios en el hombre, por la gracia, el cuerpo queda también constituido en templo de Dios, digno de respeto y consideración.
     10.° Pero tampoco se debe olvidar que el cuerpo humano sufre los desórdenes del pecado original y tiene entrañados y vivos los estímulos de la concupiscencia. De ahí sus instintos irracionales y bestiales; de ahí su combate contra las aspiraciones y los vuelos del espíritu.
     Hay quienes pretenden ignorar estas realidades insoslayables: la caída primera, el pecado original, la concupiscencia y sus brotes incesantes.
     De ahí la valorización excesiva del cuerpo humano y el cultivo unilateral pregonado por una reacción humanista de sentido neopagano.
     “Al cuerpo, repiten, hay que darle lo suyo...”
     ¿Y qué es lo suyo? ¿Acaso todo lo que satisfaga la voracidad insaciable de los apetitos desordenados? ¿Todo lo que reclama el instinto?
     En pleno Renacimiento, un austero santo español, Ignacio de Loyola, formuló su meditación sobre el fin y el uso de las criaturas, puestas por Dios en el mundo para que ayuden al hombre a conseguir su último fin, que es salvar el ánima... Y dió una máxima de suprema discreción en el famoso: tanto cuanto...
     A todos los cultivadores exagerados de un humanismo ambiguo habrá que recordarles siempre la sentencia imperecedera de Cristo, dicha para todos los hombres de todos los siglos y de todas las culturas: El que quiera seguir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo... Y negarse es decirles no miles de veces en la vida a muchas exigencias desordenadas.
    A la juventud de hoy, tan solicitada por el culto a la belleza física, por el deporte y el naturalismo, la Santidad de Pío XII invitaba a meditar en un texto célebre del Apóstol San Pablo. En medio de Corinto, ciudad corroída de inmoralidad, Pablo había plantado una cristiandad nueva. Y estando él en Efeso, tuvo noticias desagradables de algunos de sus cristianos, imbuidos, sin duda, por aquel ambiente de relajación. Pablo los había invitado a vivir según Cristo, y ahora se enteraba de que vivían, según frase proverbial, a la corintia... Fue entonces cuando tomó su pluma, que siempre destellaba luz, y les dijo: “¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros? Habéis sido comprados a un precio muy caro. Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo...”
     No debería la juventud cristiana de nuestros días olvidar esta doctrina glorificadora.
     Mira y trata el cuerpo con limpieza y decoro. No profanes el templo de Dios.
     Para que un templo sea sagrado, lo bendice el sacerdote. Y lo que era un edificio, por artístico que se quiera suponer, queda convertido en lugar sagrado. Bendecido por el sacerdote en la ceremonia del bautismo, tu cuerpo se convierte en casa de Dios.
     Hay templos ungidos por el Obispo en ceremonias de impresionante belleza y sublime simbolismo. También tú quedaste ungido en la ceremonia de la confirmación y debes difundir en tomo tuyo el buen olor de Cristo.
     El templo se llena de dignidad y majestad cuando en él se establece un sagrario. No olvides.. cristiano, que muchas veces en tu vida Cristo ha venido a ti en la dádiva prodigiosa y amorosa de la Eucaristía...
     Cuida tu santuario; ¡no profanes tu templo!
     A San Ignacio mártir lo presentan ante el Tribunal de Trajano.
     —¡Miserable!, lo insultan.
     — ¡Nadie llame miserable a quien lleva consigo a Dios!
     —¿Pero es que tú lo llevas? ¿Eres Teóforo?
     —Los que viven con castidad y piedad son templos de Dios...
     “Sí, hermanos —concluye San Pablo—; glorificad y llevad a Dios en vuestros cuerpos..."
R.P. Carlos E. Mesa, C.M.F.
CONSIGNAS Y SUGERENCIAS PARA MILITANTES DE CRISTO

Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora


8 DE SEPTIEMBRE
INTRODUCCIÓN

Génesis y significación de la fiesta.
     La Iglesia rehuye, en general, celebrar la venida de los santos a un mundo, en el cual ven la luz manchados con la culpa original y sujetos a las miserias que son consecuencia de la misma. Guarda su regocijo, no para el comienzo de una prueba, cuyo éxito es aun dudoso, sino para, el fin, que es su gloriosa corona (Por el decr. gen. de la S. Congr. de Ritos, 19-21 de diciembre de 1893, n. 3816, la Santa Iglesia ha recordado una vez más esta ley, que una dévoción indiscreta se proponía violar. No toquemos con ligereza los usos de la Iglesia. Profunda, es ordinariamente su razón de ser). La santificación de San Juan Bautista en el seno de su madre dio lugar muy pronto a una excepción. Otra derogación de esta regla se debía, con mayor razón, a aquella cuyo nacimiento, semejante a la aurora, anunció al divino Sol de justicia, Jesucristo. Desde el siglo VII, lo más tarde, vemos celebrada la fiesta del Nacimiento de Nuestra Señora, así en Oriente como en Occidente (El Oriente nos ofrece dos sermones de Andrés Cretense (720) sobre el Nacimiento de María. En Occidente, esta fiesta es mencionada con la Asunción en el Sacramentario Gelasiano de principios del siglo VII); pero su observancia universal no se remonta más allá, del siglo X o principios del XI. Desde entonces este día bendito llegó a ser una de las principales festividades de María. En el siglo XIII fue enriquecida con una octava, que los cardenales reunidos en cónclave para elegir sucesor a Gregorio IX, habían prometido instituir si triunfaban, de las divisiones y de las dificultades suscitadas por las intrigas de Federico II y por el descontento del pueblo. El Papa elegido, Celestino IV, no reinó más de 18 días. La promesa no pudo, por consiguiente, cumplirse hasta el tiempo de Inocencio IV, a mediados del siglo XIII.

Plan de la meditación.
     La Natividad da María a la tierra, la Asunción la da al cielo. ¡Con qué gozo fue acogida por los Ángeles y los bienaventurados! ¿No debemos también los hombres celebrar con gozo la venida de María a la tierra? Nativitas tua gaudium annuntiavit universo mundo: tu Natividad fue un anuncio de gozo para el mundo entero (Oficio de la Natividad de la Virgen.). Meditaremos, pues, el misterio bajo este aspecto que nos ofrece la siguiente división: La Natividad de María es fuente de gozo para el mundo; este gozo es, por desgracia, ignorado; podemos hacerlo nuestro espiritualmente.

MEDITACIÓN
«Multi in nativitate ejus gaudebunt» 
(Luc. I, 14).
Muchos se alegrarán en su nacimiento

     1er. Preludio: Veamos la modesta casa de San Joaquín y Santa Ana, y la cunita en que descansa la niña destinada a ser Madre de Dios. ¡Con qué gozo aquellos santos padres contemplan el fruto de bendición que el Señor les ha dado!
     2° Preludio: Pidamos con insistencia la gracia de sentir un gozo fecundo en el nacimiento de María, Madre de Dios y Madre nuestra.

I. LA NATIVIDAD DE MARIA, FUENTE DE GOZO
     I. — 1. Nuestra miseria y los dolores del parto no impiden que proclamemos dichoso el día en que un hombre viene al mundo. Sin embargo, para el que reflexiona, ¿es éste un gozo sin mezcla de tristeza ?
     ¿No está expuesta esta débil existencia a ser arrebatada por el primer soplo del cierzo, causando con este desenlace una pena mayor que el consuelo que trajo su venida?
     Por lo demás, ¿adonde va a parar? Es la existencia de un viajero que puede equivocar el camino y caer en un horroroso precipicio.
     Este niño, funesto tal vez para sí mismo, puede también llegar a serlo para otros. Tan tiernamente acogido por un padre, por una madre, es capaz de llenar su vida de amarguras; su influencia nefasta puede propagarse muy lejos, arruinando los cuerpos, las almas, las familias, las ciudades, las comarcas.
     He aquí cómo las obscuridades del porvenir son causa de una justa ansiedad. Y lo son, sobre todo, como consecuencia de esa triste mancha contraída aun antes de nacer: la mancha hereditaria del alma, el pecado original.
     2.- ¡Qué gozo tan completo debió de embellecer el día en que nació la hija de Joaquín y Ana! En vez de estar manchada, el alma de esta niña resplandece con el tnás uñoso brillo de la gracia. Ya desde la cuna sobrepuja a los serafines en sobrenatural belleza. Destinada a ser la Madre Dios, está al abrigo aun de las desdichas temporales, y una especial Providencia la levantará de la plenitud de la gracia a la de la gloria.
     Para los demás hombres, para el mundo entero, este nacimiento de la Madre es el preludio del nacimiento de la única alegría del mundo, el Salvador que viene a destruir el pecado, fuente de todos nuestros infortunios. María no es solamente la aurora que anuncia el claro día; su poder y su caridad intervendrán también para llamar a los hombres a que se aprovechen de su luz.
     3.- Los padres de la Santísima Virgen aun sin conocer, a lo que parece, todos sus grandes destinos, debieron sentir un indecible regocijo al nacer aquella su amadísima hijita, Hija única, según se cree, obtenida después de ardientes y prolongadas plegarias, y revestida de un encanto exquisito, reflejo de sus gracias interiores. ¿Y no estaba su felicidad muy por encima de la causa visible que la producía? ¿No añadía Dios algunas secretas delicias, cuyo misterio no les revelaba?
     II. — 1. Felicitemos a San Joaquín y Santa Ana por el nacimiento de María; unámonos con el pensamiento a su gozo: más aún, con la Santa Iglesia, sintámonos gozosos por el mundo mismo. ¡Oh, Virgen, vuestra Natividad anunció un gran gozo al universo entero!
     2. Comprendamos una vez más, en esta ocasión, que todo lo que aleja del pecado, aleja una causa de desdicha y le tristeza.

II. REGOCIJO IGNORADO DEL MUNDO
     1. Los santos padres de la Santísima Virgen no conocían sino imperfectamente los motivos de su gozo; pero el mundo desconocía completamente su dicha. Mientras celebraba con ruidosos festejos, y aun hartas veces con juegos crueles, el nacimiento de los príncipes y de los grandes, la natividad de su Soberana pasaba inadvertida.
     2. ¡Pobre mundo engañador y engañado! ¿Merece que se tengan muy en cuenta sus extraviados juicios?
     En muchas ocasiones, según el favor personal de que uno goza por su popularidad o por circunstancias imprevistas un mismo hecho es públicamente realzado y alabado, o pasa inadvertido. Para nuestra vanidad, suele haber aquí una ocasión de pequeños cuidados, de pequeñas preocupaciones, de pequeños errores, de pequeños desalientos. Seamos bastante nobles, bastante libres, bastante grandes para mantenernos en la independencia de una leal sinceridad, que ni presuma de hábil antes de tiempo, ni se entristece con demasía si no acierta.

III. NUESTRA INTIMA PARTICIPACIÓN EN ESTE GOZO
     1. El mundo, por desdicha suya, ignora el nacimiento de la Santísima Virgen. En cuanto a nosotros, no ignoramos que María nace espiritualmente en aquéllos corazones que un tierno y sólido afecto llena de su bondad. Conocemos igualmente cuán a propósito viene a alegrarnos semejante Natividad.
     Natividad efectivamente dichosa por el sentimiento de que nos llena, pues suele dilatar el corazón, consolarlo, fomentar un gozo verdadero y una gran confianza. Dichosa también por los frutos que produce: frutos de conversión, frutos de santidad. María nos anuncia y nos trae a Jesucristo
     2. Procuremos, pues, cuidadosamente sentir una filial devoción a la Santísima Virgen. Que esta devoción sea sólida y, para ello, fundada en su verdadero motivo; tomemos a pechos el tener siempre presente este motivo en nuestra mente y aun el profundizar en él. Que sea una devoción viva, es decir, fomentada por una práctica continua.
     De este modo podremos, en días más dichosos que los de este mundo, repetir lo que ya con júbilo decimos acá abajo: «Vuestra natividad; oh Virgen, ha anunciado el gozo al mundo entero». 

Coloquio
     En un fervoroso coloquio, supliquemos con insistencia al Señor que nos conceda la gracia de una tierna devoción a su Santísima Madre. Ave María.
Arturo Vermeersch S.J.
MEDITACIONES SOBRE LA SANTÍSIMA VIRGEN