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lunes, 2 de enero de 2012

LA ALTA VENTA DE LA MASONERIA ITALIANA

Por Jacques Crétineau-Joly

En 1825 una Comisión especial nombrada por S. S. León XII y presidida por Mons. Tomás Bernetti, gobernador de Roma, condenó a muerte, por varios asesinatos cometidos a traición, a dos carbonarios: Angel Targhini y Leónidas Montanari.

Sin embargo, se les comunicó que en atención al Jubileo que se estaba celebrando, esa pena se les conmutaría si pedían perdón y se reconciliaban con la Iglesia y con el Cielo.
Camino del cadalso, varios sacerdotes amonestan con suavidad a los sentenciados, que permanecen obstinados.
Ya ante el verdugo, mientras un gentío inmenso reza arrodillado, Targhini grita: "Pueblo, muero inocente, francmasón, carbonario e impenitente". Y es decapitado.
Montanari tomó entre sus manos la cabeza de su compañero ajusticiado y les dijo a los sacerdotes que lo exhortaban: "Esto. .., es una cabeza de una adormidera que acaba de ser cortada".
Los diarios de Francia y de Inglaterra aprovecharon la ocasión para acusar a la Santa Sede de crueldad y de "represión" y para glorificar como mártires a los dos vulgares asesinos.
Mientras tanto, el jefe de la Alta Venta le escribe a uno de sus cómplices, Vindice, la siguiente carta, con su seudónimo de Nubius:
"He asistido con la ciudad entera a la ejecución de Targhini y de Montanari; pero los prefiero muertos que vivos. El complot que locamente habían preparado con el fin de inspirar el terror no podía tener éxito, y pudo habernos comprometido; pero su muerte rescata estos pe-cadillos. Han caído con valor, y este espectáculo fructificará. Gritar a voz en cuello, en la plaza del Pueblo en Roma, en la ciudad madre del Catolicismo, en la cara del verdugo que os coge y del pueblo que os mira, que se muere inocente, francmasón e impenitente, es algo admirable: tanto más admirable cuanto que es la primera vez que semejante cosa ocurre. Montanari y Targhini son dignos de nuestro martirologio, puesto que no se dignaron aceptar ni el perdón ni la reconciliación con el Cielo. Hasta este día, los condenados, puestos en capilla, lloraban de arrepentimiento, a fin de tocar el alma del Vicario de las misericordias. Y éstos no han querido saber nada de las felicidades celestes, y su muerte de réprobos ha producido un magnífico efecto en las masas. Esto es una primera proclamación de las Sociedades Secretas y una toma de posesión de las almas.
"Así es que tenemos mártires. Para burlarme de la policía de Bernetti, he hecho depositar flores, y muchas flores, sobre la fosa en que el verdugo enterró los restos. Hemos adoptado las disposiciones convenientes. Temimos comprometer a nuestros criados con el desempeño de esa tarea; pero dimos aquí con unos ingleses y unas jóvenes señoritas románticamente antipapistas, y a ellos les encargamos la piadosa romería. La idea me ha parecido tan feliz como a estas rubias jovencitas. Esas flores, arrojadas durante la noche sobre los dos cadáveres proscritos, harán germinar el entusiasmo de la Europa revolucionaria. Los muertos tendrán su Panteón; luego, yo iré durante el día a llevarle a Monsignor Piatti mi cumplimiento de condolencia. Este pobre hombre ha perdido sus dos almas de carbonarios. En confesarlos puso toda su tenacidad de sacerdote, y fue vencido. Yo me debo a mí mismo, a mi nombre, a mi posición, y sobre todo a nuestro porvenir, el deplorar, con todos los corazones católicos, este escándalo nunca dado en Roma. Tan elocuentemente lo deploraré, que espero enternecer al propio Piatti. A propósito de flores, hemos hecho pedir por uno de nuestros más inocentes afiliados de la FrancMasonería, al poeta francés Casimiro Delavigne, una Messénienne sobre Targhini y Montanari. El poeta, a quien a menudo veo en el mundo de las artes y de los salones, es un buen hombre. Pues bien, llorando ha prometido un homenaje a los mártires y fulminar un anatema contra los verdugos. Los verdugos serán el Papa y los sacerdotes. Lo cual será siempre una pura ganancia. Los corresponsales ingleses harán también un efecto admirable; y yo conozco aquí más de uno que ha hecho resonar la trompeta épica en honor de la cosa.
"Sin embargo, es una mala obra el hacer así héroes y mártires. Tan impresionable es la turba ante el cuchillo que corta la vida; tan rápidamente pasa esta misma muchedumbre de una emoción a otra; tan de golpe se entrega a admirar a los que con audacia afrontan el supremo instante, que a partir de tal espectáculo, yo mismo me siento trastornado y presto a hacer lo que la multitud. Esta impresión, de la que no me puedo defender, y que tan rápidamente ha hecho perdonar a los dos ajusticiados su crimen y su impenitencia final, me ha conducido a reflexiones filosóficas, médicas y poco cristianas, que quizá habrá que utilizar algún día.
"Si un día triunfamos y si para eternizar nuestro triunfo hay necesidad de algunas gotas de sangre, no habrá que conceder a las víctimas designadas el derecho de morir con dignidad y firmeza. Tales muertes no sirven sino para mantener el espíritu de oposición y para darle al pueblo mártires cuya sangre fría le gusta siempre ver. Lo cual es un mal ejemplo, del que nos aprovechamos ahora nosotros; pero creo conveniente hacer mis reservas para casos ulteriores. Si Targhini y Montanari por un medio o por otro (¡tiene la química tantas maravillosas recetas!) hubiesen subido al cadalso abatidos, jadeantes y descorazonados, el pueblo habría tenido piedad de ellos. Pero fueron intrépidos, y el mismo pueblo guardará de ellos un precioso recuerdo. Ese día para él hará época. Aunque sea inocente, el hombre que se lleva al cadalso no es ya peligroso. Pero que suba a él con paso firme, que contemple la muerte con rostro impasible, y, aunque criminal, tendrá la simpatía de las multitudes.
"Yo no soy de natural cruel; espero no llegar nunca a tener glotonería sanguinaria; pero quien quiere el fin quiere los medios. Ahora bien, yo digo que en un caso dado no debemos, no podemos, ni siquiera en bien de la humanidad, dejarnos enriquecer con mártires a pesar de nosotros. ¿Acaso creéis que frente a los cristianos primitivos, no habrían hecho mejor los Césares debilitando, atenuando, confiscando en provecho del Paganismo todas las heroicas comezones del Cielo, que no el dejar provocar la simpatía del pueblo por un hermoso final? ¿No les hubiera valido más el medicamentar la fuerza del alma, embruteciendo el cuerpo? Una droga bien preparada, todavía mejor administrada, y que debilitara al paciente hasta la postración habría tenido, pienso yo, un efecto saludable. Si los Césares hubiesen empleado las Locustas de su tiempo en este negocio, persuadido estoy de que nuestro viejo Júpiter Olímpico y todos sus diosecitos de segundo orden no sucumbieran tan miserablemente. Con toda seguridad que no hubiese sido tan bella la oportunidad del Cristianismo. Se hacía morir a sus apóstoles, a sus sacerdotes, a sus vírgenes, entre los dientes de los leones en el anfiteatro o en las plazas públicas, bajo la mirada de una muchedumbre atenta. Sus apóstoles, sus sacerdotes, sus vírgenes, movidos por un sentimiento de fe, de imitación, de proselitismo o de entusiasmo, morían sin palidecer y cantando himnos de victoria. Daba envidia morir así, y está probado que se daban tales caprichos. ¿No procreaban gladiadores los gladiadores? Si aquellos pobres Césares hubiesen tenido el honor de formar parte de la Alta Venta, muy simplemente yo les habría pedido que hicieran tomar a los valientes de los neófitos una poción conforme a lo previsto, y no habría contado con nuevas conversiones porque ya no hubiera habido mártires. En efecto, no hay émulos por copia o por atracción desde el momento en que se arrastre sobre el cadalso un cuerpo sin movimiento, una voluntad inerte y ojos que lloren sin enternecer. Muy pronto se hicieron populares los Cristianos porque el pueblo ama al que lo conmueve. Pero si hubiera visto debilidad, miedo, bajo una envoltura temblorosa y sudando fiebre, se habría puesto a silbar, y el Cristianismo hubiera terminado en el tercer acto de la tragicomedia.
"Por un principio de humanidad política creo que debo proponer un medio parecido. Si se hubiese condenado a Targhini y Montanari a morir laxos; si se hubiese apoyado la sentencia con algún ingrediente de farmacia, a esta hora Targhini y Montanari serían dos miserables asesinos que no osaran mirar la muerte de frente. El pueblo los hubiera visto con profundo desprecio, y los olvidaría. Y en lugar de esto admira, a pesar suyo, esta muerte en que el desgarro obró por mitad pero en la que hizo el resto el error del gobierno pontificio para nuestro provecho. Así es que yo querría que en caso de urgencia estuviese bien decidido que nosotros no obráramos así. No os prestéis a volver gloriosa o santa la muerte en el patíbulo, orgullosa o feliz, y no tendréis gran necesidad de matar.
"La Revolución Francesa, que hizo tanto bien, en este punto se equivocó. Luis XVI, María Antonieta y la mayor parte de las matanzas de la época son sublimes por la resignación o la grandeza de alma. Eterno será el recuerdo (y mi abuelita me hizo llorar más de una vez contándomelo), el recuerdo será perpetuo de aquellas damas que desfilan ante la Princesa Isabel al pie de la guillotina y que le hacen una profunda reverencia como en los salones de la Corte de Versalles: no es esto lo que necesitamos. En un caso dado, arreglémonos de modo que un Papa y dos o tres Cardenales mueran como viejecillas, con todas las angustias de la agonía y en los terrores de la muerte, y así paralizáis los entusiasmos de la imitación. Así economizáis cuerpos, pero matáis el espíritu.
"Es la moral lo que nos importa dañar; es por lo tanto el corazón lo que debemos herir. Sé todo cuanto se puede objetar contra semejante proyecto; pero, considerándolo bien todo, las ventajas exceden a los inconvenientes. Si nos es fielmente guardado el secreto, en su oportunidad veréis la utilidad de este nuevo género de medicamento. Una piedrecilla, mal puesta en la vejiga, bastó para rendir a Cromwell. ¿Que cosa sería necesaria para enervar al hombre más robusto y que apareciera sin energía, sin voluntad y sin aliento en manos de los ejecutores? Si no tiene fuerzas para coger la palma del martirio, no habrá aureola para él, y consiguientemente tampoco habrá admiradores ni neófitos. Abreviemos con los unos y con los otros, y será un gran pensamiento de humanidad revolucionaria el que nos habrá inspirado tal precaución. La recomiendo vivamente". Hasta aquí el jefe de la Alta Venta.

La Alta Venta se proponía destruir a la Iglesia Romana mediante la corrupción del clero, con la esperanza de infiltrarla en el propio Colegio Cardenalicio para llegar un día a ponerle fin al Papado.
El Carbonarismo, en cambio, usaba como principal instrumento el terror. Quería reinar mediante el asesinato.
La Alta Venta no se asignaba sino un objeto con mil recursos para obtenerlo. El Carbonarismo y las Sociedades masónicas que de él dependían marchaban al asalto de la Iglesia Católica, pero desarrollaban su acción en todas partes y en todos los sentidos, y desde luego contra el poder civil que no les estuviera sujeto.
En 1821, el Carbonarismo está en la infancia del arte; la Alta Venta se oculta en los abismos de una insondable hipocresía. Todo es tinieblas alrededor de la Sede Apostólica. Sin embargo, de deducción en deducción, su presciencia llega a descubrir el misterio de tantas conjuraciones ocultas. Y Pío VII señala al enemigo en su Bula Ecclesiam a Jesu Christo:
"La Iglesia que Jesucristo, nuestro Salvador, ha fundado sobre la piedra firme, y contra la cual, según sus promesas, jamás prevalecerán las puertas del infierno, ha sido tan a menudo atacada, y por enemigos tan terribles, que sin esta divina e inmutable promesa, se habría podido creer que sucumbiría enteramente, estrechada ora por la fuerza, ora por los artificios de sus perseguidores. Lo que ocurrió en tiempos ya remotos se renueva todavía, y sobre todo en la deplorable época en la que vivimos, época que en estos últimos tiempos parece estar anunciada muchas veces por los Apóstoles, en la que vendrían impostores marchando de impiedad en impiedad, conforme a sus deseos. Nadie ignora cuán enorme es el número de hombres culpables que se han ligado en estos tiempos tan difíciles contra el Señor y contra su Cristo, y que han puesto en obra cuanto puede engañar a los fieles por las sutilezas de una falsa y vana filosofía, y para arrancarlos del seno de la Iglesia, con la loca esperanza de arruinar y derribar a esta misma Iglesia. Para alcanzar más fácilmente este objeto, los más de ellos han formado sociedades ocultas, sectas clandestinas, confiando, por este medio, en asociar más libremente a un mayor número a sus complots y a sus perversos designios.
Hace ya mucho tiempo que esta Santa Sede, habiendo descubierto esas Sectas, se irguió contra ellas con energía y ánimo, y dio a entender los tenebrosos designios que ellas formaban contra la Religión y contra la sociedad civil. Hace ya mucho tiempo que excitó la atención general sobre este punto, provocando la vigilancia para que estas sectas no pudiesen intentar la ejecución de sus culpables proyectos. Pero hay que gemir porque el celo de la Santa Sede no ha logrado los efectos que esperaba y porque esos hombres perversos no han desistido de sus propósitos, de lo cual han resultado finalmente todas las desgracias que hemos visto. Además, esos hombres, cuyo orgullo se hincha sin cesar, han osado crear nuevas sectas secretas.
Dentro de ese número es menester indicar aquí una sociedad recientemente formada, que se ha propagado ampliamente en toda Italia y en otros países, y que, aunque dividida en muchas ramas, y con diversos nombres, según las circunstancias, es sin embargo realmente una sola, tanto por la comunidad de pareceres y de puntos de vista como por su constitución. Lo más a menudo es designada con el nombre de Sociedad de los Carbonarios. Afectan un singular respeto y un celo en todo maravilloso por la Religión Católica, así como por la doctrina y la persona de nuestro Salvador Jesucristo: tanto que aun tienen la culpable audacia de nombrarlo gran Maestre y Jefe de su Sociedád. Pero estos discursos, que parecen más dulces que el aceite, no son otra cosa que dardos de los que se sirven esos hombres pérfidos para herir más seguramente a los que no están en guardia. Vienen a vosotros como si fueran corderos, pero en el fondo no son sino lobos rapaces.
"Es indudable que el juramento tan severo por el cual, a ejemplo de los antiguos priscilianistas, juran que en ningún tiempo ni en ninguna circunstancia, revelarán absolutamente nada que pueda concernir a la Sociedad a personas que no hayan sido admitidas en ella, y que jamás hablarán con los de los últimos grados de cosas relativas a los grados superiores; además, las reuniones clandestinas e ilegítimas que tienen a semejanza de muchos herejes, y la admisión de gentes de todas las religiones y de todas las sectas en su Sociedad, muestran suficientemente, aun cuando no hubiera otros indicios de ello, que no hay que tener ninguna confianza en sus discursos.
"Pero no hay necesidad ni de conjeturas ni de pruebas para pronunciar sobre sus discursos el juicio que estamos enunciando. Sus libros impresos, en los cuales se halla lo que se observa en sus reuniones, y sobre todo en las de los grados superiores; sus catecismos, sus estatutos, otros documentos auténticos y muy dignos de fe, y los testimonios de los que, después de haber abandonado esa Sociedad, han revelado sus engaños y sus errores a los magistrados: todo prueba que los Carbonarios tienen principalmente por objeto el propagar la indiferencia en materia de religión, el más peligroso de todos los sistemas; el dar a cada uno la libertad absoluta de formarse una religión según sus inclinaciones y sus ideas; el profanar y manchar la Pasión del Salvador mediante algunas de sus culpables ceremonias; el despreciar los Sacramentos de la Iglesia (tratando de substituirlos por algunos inventados por ellos), y aun los misterios de la Religión Católica; y, en fin, el derribar a este Sede Apostólica, contra la cual, animados por un odio muy especial, traman los complots más negros y los más detestables.
"Los preceptos de Moral que da la Sociedad de los Carbonarios no son menos culpables, como lo prueban esos mismos documentos, aunque se vanaglorie en voz alta de exigir a sus seguidores que amen y practiquen la caridad y las demás virtudes y se abstengan de todo vicio. Y así, favorece ella abiertamente los placeres de los sentidos; así, enseña que es lícito matar a quienes revelen el secreto del que arriba hemos hablado, y aunque Pedro, el Príncipe de los Apóstoles, les recomienda a los cristianos el someterse, por Dios, a toda criatura humana que El haya constituido por encima de ellos, ora al Rey por ser el primero en el Estado, ora a los magistrados por ser los enviados del Rey, etc.; y aunque el Apóstol Pablo ordena que todo hombre esté sometido a los Poderes más elevados, sin embargo, esta Sociedad enseña que es lícito excitar las revueltas para despojar de su poder a los Reyes y a todos los que gobiernan, a quienes da ella el nombre injurioso de tiranos.
"Tales son los dogmas y los preceptos de esta Sociedad, lo mismo que de otras que se le conforman. De aquí los atentados cometidos últimamente en Italia por los Carbonarios, atentados que han afligido tanto a los hombres honestos y piadosos. Así es que Nos, que estamos constituido guardián de la Casa de Israel, que es la Santa Iglesia; Nos, que por nuestro cargo pastoral, debemos velar por que el rebaño del Señor, que nos ha sido divinamente confiado, no sufra daño alguno, pensamos que en un asunto tan grave, nos es imposible abstenernos de reprimir los esfuerzos sacrilegos de la dicha Sociedad. Nos estamos moviendo también por el ejemplo de nuestros predecesores de feliz memoria, Clemente XII y Benedicto XIV, de los cuales el uno, medíante su constitución In eminenti, del 28 de abril de 1738, y el otro, por su constitución Providas, del 18 de mayo de 1751, condenaron y prohibieron la Sociedad dei liberi muratori o de los francmasones, o bien las Sociedades designadas por otros nombres, según la diferencia de lenguas y de países: sociedades que quizá han sido el origen de la de los Carbonarios, o que ciertamente le han servido de modelo; y, aunque Nos hayamos ya expresamente prohibido esta Sociedad por dos Edictos salidos de nuestra Secretaría de Estado, Nos pensamos, a ejemplo de nuestros predecesores, que deben ser solemnemente decretadas penas severas contra la dicha Sociedad, sobre todo porque los Carbonarios pretenden que ellos no pueden estar comprendidos en las dos constituciones de Clemente XII y de Benedicto XIV, ni estar sometidos a las penas que allí se infligen.
"En consecuencia, después de haber oído a una Congregación escogida entre nuestros venerables hermanos los Cardenales, y con el parecer de esa Congregación, así como por nuestra propia decisión, y tras de un conocimiento cierto de las cosas y una madura deliberación, y en virtud de la plenitud del poder apostólico, Nos resolvemos y decretamos que la susodicha Sociedad de los Carbonarios, o de cualquier otro nombre con que sea llamada, debe ser condenada y prohibida, así como sus reuniones, afiliaciones y conventículos, y Nos la condenamos y prohibimos por nuestra presente constitución, que debe permanecer siempre en vigor.
"Por lo cual recomendamos rigurosamente, y en virtud de la obediencia debida a la Santa Sede, a todos los cristianos en general, y a cada uno en particular, cualesquiera que sean su estado, su grado, su condición, su orden, su dignidad y su preeminencia, tanto a los laicos como a los eclesiásticos, segulares y regulares; Nos les recomendamos el abstenerse de asistir, bajo ningún pretexto, a la Sociedad de los Carbonarios, ni propagarla, favorecerla, aceptarla u ocultarla en la propia casa o en alguna otra parte, el afiliarse a ella, el tomar allí algún grado, el proporcionarle el poder y los medios de reunirse en alguna parte, el darle avisos y socorros, el favorecerla abiertamente o en secreto, directamente o indirectamente, por sí mismo o por medio de otros, o de cualquier manera que sea, o insinuar, aconsejar o persuadir a los demás que se hagan aceptar en esa Sociedad, el ayudarla y favorecerla; en fin, les recomendamos el abstenerse enteramente de cuanto pueda concernir a la dicho Sociedad, a sus reuniones, afiliaciones y conventículos, bajo pena de excomunión en la que incurrirán todos los que contravengan la presente constitución y por la que nadie podrá recibir la absolución si no es de Nos o del Pontífice romano que a la sazón exista, a no ser que esté en artículo de muerte".

En contestación a esta Bula, Roma fue acusada por el liberalismo de entorpecer el Progreso.
La Alta Venta, que utiliza al Carbonarismo y a las otras Sectas masónicas, aun para estas organizaciones es un misterio. Su reclutamiento es limitadísimo: no pasa de tener arriba de 40 miembros. Su acción se limita a sembrar la corrupción, sobre todo en el seno del clero. Se escoge, por lo tanto, de entre lo más selecto de todos los Grandes-Orientes, a los más astutos e hipócritas. Son principalmente abogados y médicos que conocen los secretos de las principales familias. No se les conoce en la Alta Venta sino por sus nombres de guerra. Su última finalidad es destruir el Trono apostólico.
En 1822 tiene ya gran poder la Alta Venta y permanece desconocida para el poder público, que no tiene noticia sino de la FrancMasonería en general.
Es notable la siguiente carta que el 18 de enero de 1822 escribe un judío de la Alta Venta con el seudónimo de Piccolo-Tigre:
"En la imposibilidad en que están todavía nuestros hermanos y amigos de decir la última palabra, se ha juzgado conveniente y útil propagar por todas partes la luz y dar el impulso a cuantos aspiren a moverse. Con este objeto no cesamos de recomendaros el afiliar en toda clase de congregaciones, tales cuales, con tal que el misterio domine en esto, a toda suerte de gentes. Italia está cubierta de Cofradías religiosas y de Penitentes de diversos colores. No temáis introducir a algunos de los nuestros en medio de esos rebaños guiados por una devoción estúpida; que estudien con cuidado el personal de estas Cofradías y verán que poco a poco no faltarán cosechas que hacer. Bajo el pretexto más fútil, pero jamás político ni religioso, cread vosotros mismos, o, más bien, haced crear por otros asociaciones que tengan por objeto el comercio, la industria, la música, las bellas artes. Reunid en un lugar o en otro, en las sacristías mismas o en las capillas, vuestras tribus todavía ignorantes; ponedlas bajo el cayado de un sacerdote virtuoso, bien visto, pero crédulo y fácil de ser engañado; infiltrad el veneno en los corazones escogidos, infiltradlo a pequeñas dosis y como al azar; luego, mirándolo bien, os asombraréis vosotros mismos de vuestro éxito.
"Lo esencial es aislar al hombre de su familia, hacerle perder sus costumbres. Muy dispuesto estará, por la inclinación de su carácter, a huir de las preocupaciones del hogar, a correr tras de fáciles placeres y gozos prohibidos. El ama las largas charlas de café, la ociosidad de los espectáculos. Atraedlo, sonsacadlo, dadle una cierta importancia; inclinadlo discretamente a disgustarse de sus trabajos diarios, y mediante este manejo, después de haberlo separado de su mujer y de sus hijos, y de haberle mostrado cuán penosos son todos los deberes, inculcadle el deseo de otro género de vida. El hombre nace rebelde; atizad este deseo de rebelión hasta el incendio, pero de modo que no estalle el incendio. Esta es una preparación para la gran obra que debéis comenzar. Cuando hayáis insinuado en algunas almas el disgusto por la familia y la religión (lo uno va casi siempre en seguimiento de lo otro), dejad caer ciertas palabras que provocarán el deseo de afiliarse a la Logia más cercana. Esta vanidad del citadino o del burgués de ingresar a la FrancMasonería tiene algo de tan común y tan universal, que no dejo de admirarme de la estupidez humana. Me asombro de no ver al mundo entero llamar a la puerta de todos los Venerables para pedirles a estos señores el honor de ser uno de los obreros escogidos para la reconstrucción del Templo de Salomón. El prestigio de lo desconocido ejerce sobre los hombres tal poder, que con temor se preparan a las fantasmagóricas pruebas de la iniciación y del banquete fraterno.
"Verse miembro de una Logia, sentirse, lejos de su mujer y de sus hijos, llamado a guardar un secreto que jamás se os confía, es para ciertas naturalezas una voluptuosidad y una ambición. Las Logias pueden muy bien ahora procrear glotones: jamás darán a luz ciudadanos. Se come muy bien en casa de los T.'., y T.". R.'. F.'. de todos los Orientes; pero este es un lugar de depósito, una especie de potrero, un centro por el que es menester pasar antes de llegar a nosotros. Las Logias no hacen más que un mal relativo, un mal templado por una falsa filantropía y por tonterías todavía más falsas, como en Francia. Esto es demasiado pastoral y demasiado gastronómico, pero tiene un objeto que debemos fomentar sin cesar. Enseñándole a brindar, se apodera uno así de la voluntad, de la inteligencia y de la libertad del hombre. Se dispone de él, se le hace dar vueltas, se le estudia. Se adivinan sus inclinaciones, sus afectos, sus tendencias; luego, cuando está maduro para nosotros, se le dirige hacia la Sociedad secreta, de la que la Franc-Masonería no puede ser sino la antesala.
"La Alta Venta desea que, bajo un pretexto u otro, se introduzca en las Logias masónicas el mayor número de príncipes y de ricos que sea posible. Los príncipes de casa soberana y que no tienen la esperanza legítima de ser reyes por la gracia de Dios, quieren todos serlo por la gracia de una revolución. El duque de Orleans es francmasón, el Príncipe de Carignan lo fue también. Ni en Italia ni en otras partes faltan los que aspiran a los honores harto modestos del delantal y la cuchara simbólicos. Otros están desheredados o proscritos. Halagad a todos estos ambiciosos de popularidad; acaparadlos para la Franc-Masonería. Después verá la Alta Venta cómo politizarlos para la causa del progreso. Un príncipe que no tiene reino que esperar es una buena fortuna para nosotros. Son muchos los que están en este caso. Hacedlos Franc-Masones. La Logia los conducirá al Carbonarismo. Vendrá un día en que la Alta Venta quizá se digne afiliárselos. Mientras tanto servirán de liga para los imbéciles, para los intrigantes, para los banqueteros y los necesitados. Estos pobres príncipes trabajarán en nuestro provecho creyendo no hacerlo sino en el suyo. Esta es una magnífica enseñanza, y siempre hay estúpidos dispuestos a comprometerse al servicio de una conspiración de la que un príncipe cualquiera parece ser el sostén.
"Una vez que un hombre, y aun un príncipe, un príncipe sobre todo, se haya comenzado a corromper, estad persuadidos de que casi no se detendrá en la pendiente. Casi no hay costumbres aun entre los más morales, y rápidamente se va por este camino progresivo. Así es que no os preocupéis de ver las Logias florecientes mientras el Carbonarismo se recluta con dificultad. Con las Logias contamos para doblar nuestras filas; a su pesar forman ellas nuestro noviciado preparatorio. Discuten ellas sin término sobre los males del fanatismo, sobre la dicha de la igualdad social y sobre los grandes principios de la libertad religiosa. Entre dos festines lanzan terribles anatemas contra la intolerancia y la persecución. No es necesario más para hacer adeptos nuestros. Un hombre imbuido en estas lindas cosas no está lejos de nosotros; no falta sino enrolarlo. La ley del progreso social está allí, y toda ella allí. No os toméis la pena de buscarla en otra parte. En las presentes circunstancias no os quitéis jamás la máscara. Contentaos con rondar alrededor del rebaño católico; pero, como un buen lobo, coged de paso al primer cordero que se presente en las condiciones deseadas. Buena cosa es el burgués, mejor todavía el príncipe. Sin embargo, que estos corderos no se cambien en zorros, como el infame Carignan. La traición del juramento es una sentencia de muerte, y todos estos príncipes, débiles o relajados, ambiciosos o pesarosos, nos traicionan y nos denuncian. Felizmente no saben sino pocas cosas, aun nada, y no pueden poner sobre la huella de nuestros verdaderos misterios.
"En mi último viaje a Francia vi con una profunda satisfacción que nuestros jóvenes iniciados ponían un extremo ardimiento en la difusión del Carbonarismo; pero me parece que precipitan un poco demasiado el movimiento. Según yo, su odio religioso lo convierten demasiado en odio político. La conspiración contra la Sede Romana no debería confundirse con otros intentos. Estamos expuestos a ver germinar en el seno de las Sociedades secretas ardientes ambiciones; y estas ambiciones, una vez dueñas del Poder, pueden abandonarnos. El camino que seguimos, no está todavía suficientemente trazado para entregarnos a intrigantes o a tribunos. Es menester descatolizar al mundo, y un ambicioso que alcance su objeto mucho se guardará de secundarnos. La revolución en la Iglesia es la revolución permanente, es el derribamiento obligado de los tronos y de las dinastías. Ahora bien, un ambicioso no puede querer tales cosas. Nosotros vemos más hacia lo alto y a lo lejos. Por lo tanto, tratemos de arreglárnoslas y de fortificarnos. No conspiramos sino contra Roma: para esto sirvámosnos de todos los incidentes, aprovechemos todas las eventualidades. Desconfíese principalmente de las exageraciones de celo. Un buen odio perfectamente frío, bien calculado, bien profundo, vale más que todos los fuegos artificiales y todas las declamaciones de la tribuna. Esto no lo quieren comprender en París; pero en Londres he visto gente que entiende mejor nuestro plan y que para éste se asocian con mayor fruto. Me han hecho ofrecimientos importantes; muy pronto tendremos en Malta una imprenta a nuestra disposición. Podremos, por lo tanto, con impunidad, asegurando el golpe, y bajo el pabellón británico, repartir de un cabo al otro de Italia los libros, folletos, etc., que la Venta crea conveniente poner en circulación."

Este judío, que viaja por toda Europa, a los ojos de la policía y de los gobiernos es un comerciante en oro y plata, uno de esos banqueros cosmopolitas que en apariencia no viven sino para sus negocios y que de ellos se ocupan exclusivamente.
Aparece en la escena el Cardenal Tomás Bernetti, el terror de los carbonarios. Nacido en Fermo el 29 de dic. de 1779, llegará a ser el Secretario de Estado de tres Papas: León XII (1823-1829), Pío VIII (1829-1830) y Gregorio XVI (1831-1846). Siempre fue tan digno que mereció la calumnia. Había sido el brazo derecho del Cardenal Consalvi, el gran Secretario de Estado de Pío VII.
Bernetti les sigue la .pista a los Carbonarios, les intercepta sus cartas. Les hace en todas partes una guerra continua.
Brilla entonces en la Alta Venta, por su talento para el mal, el judío que se oculta bajo el seudónimo de Nubius —cuya presentación ya se hizo arriba—, de una audacia y una habilidad extremas. Es el jefe supremo.
En virtud de una sabia hipocresía es apreciadísimo entre Cardenales y matronas romanas. "A ejemplo de Sejano, calcula la utilidad del amor en lugar de sus dulzuras". Nubius es joven, riquísimo, espléndido, culto y bien presentado.
Se le entrega el mando supremo de la Alta Venta, en Roma, donde residirá desde ese momento. Y escribe a Volpe, otro judío, el 3 de abril de 1824:
"Se ha echado sobre mis espaldas un pesado fardo, querido Volpe. Debemos lograr la educación inmoral de la Iglesia, y llegar, por pequeños medios bien graduados aunque harto mal definidos, al triunfo de la idea revolucionaria por un Papa. En este proyecto, que me ha parecido siempre de una importancia sobrehumana, caminamos todavía a tientas; pero no hace todavía dos meses que llegué a Roma, y ya comienzo a habituarme a la nueva existencia que se me ha destinado. Desde luego, debo haceros una reflexión mientras estáis vos en Forli levantando el ánimo de nuestros hermanos: es que, dicho sea entre nosotros; es que encuentro en nuestras filas demasiados oficiales y no bastantes soldados. Hay algunos que se ponen misteriosamente o a media voz a hacerle al primero que pasa confidencias por las que no traicionan nada, pero por las cuales también podrían ciertamente dejarlo adivinar todo a orejas inteligentes. Lo que induce a algunos de nuestros hermanos a estas culpables indiscreciones es la necesidad de inspirar temor o envidia a un vecino o a un amigo. El éxito de nuestra labor depende del más profundo misterio, y en las Ventas debe estar siempre presto el iniciado, como el cristiano de la Imitación, a amar el ser desconocido y a no ser tenido en nada. No es por vos, fidelísimo Volpe, por quien me permito expresar este consejo, pues no pienso, que vos podáis tener necesidad de él. Tanto como nosotros vos conocéis seguramente el precio de la discreción y del olvido de uno mismo frente a los grandes intereses de la humanidad; pero, sin embargo, si hecho el examen de conciencia, os juzgáis en contravención, yo os aconsejaría el reflexionar bien en ello, porque la indiscreción es la madre de la traición.
"Hay una cierta parte del clero que muerde el anzuelo de nuestras doctrinas con una vivacidad maravillosa: es el sacerdote que jamás tendrá más ocupación que la de decir su misa, ni más pasatiempo que el de esperar en un café a que suenen dos horas después del Avemaria para irse a acostar. Este sacerdote, el mayor ocioso de todos los ociosos que embarazan la ciudad eterna, me parece haber sido creado para servir de instrumento a las sociedades secretas. Es pobre, ardiente, ocioso, ambicioso; sabe que está desheredado de los bienes de este mundo; se siente muy lejos del sol del favor para poder recalentarse los miembros, y rumia su miseria sin dejar de murmurar de la injusta repartición de los honores y de los bienes de la Iglesia. Comenzamos a utilizar estos sordos descontentos que la incuria nativa osaba apenas confesarse. A este ingrediente de sacerdotes —empleados sin funciones y sin más distintivo que un manteo tan deteriorado como su sombrero que ha perdido toda huella de su forma primitiva— agregamos en cuanto es posible una mezcla de sacerdotes corsos y genoveses que llegan a Roma con la tiara en la maleta. Desde que Napoleón nació en su isla, no hay uno solo de estos corsos que no se crea un Bonaparte pontificio. Tal ambición, que actualmente no es sino una vulgaridad, nos ha sido favorable; nos ha abierto caminos que probablemente nos habrían seguido siendo desconocidos por mucho tiempo. Nos sirve para consolidar, para esclarecer el camino en el cual marchamos, y sus quejas, sazonadas con toda clase de comentarios y de maldiciones, nos presentan puntos de apoyo en los que jamás habríamos pensado.
"La tierra fermenta, el germen se desenvuelve, pero la cosecha está todavía muy alejada".

Nubius se ha creado en Roma una posición al abrigo de toda sospecha. Al judío prusiano Klauss le escribe lo siguiente :
"A veces paso una hora de la mañana con el viejo cardenal della Somaglia, el Secretario de Estado; monto a caballo ora con el duque de Laval, ora con el príncipe Cariati; después de misa, voy a besar la mano de la bella princesa Doria, en cuya casa encuentro muy a menudo al bello Bernetti; de allí corro a casa del Cardenal Pallotta, un Torquemada moderno que no hace daño a nuestro espíritu de invención; luego visito en sus celdas al Procurador General de la Inquisición, al dominico Jabalot, al teatino Ventura o al franciscano Orioli. Por la tarde reanudo en otras visitas esta vida de ociosidad tan bien ocupada a los ojos del mundo y de la Corte; y al día siguiente reemprendo esta eterna cadena. (Aquí a esto se llama hacer marchar las cosas). En un país en que la inmovilidad sola es una profesión y un arte, es menester sin embargo que los progresos de la causa sean sensibles. No tenemos en cuenta los sacerdotes ganados, los jóvenes religiosos seducidos; ni podemos tenerlos en cuenta ni lo querría yo; pero hay indicios que casi no engañan a los ojos ejercitados, y de lejos, de muy lejos se siente el movimiento que comienza. Felizmente no participamos de la petulancia de los franceses. Nosotros preferimos dejar madurar la cosa antes de aprovecharla: éste es el único medio de obrar con seguridad. A menudo me habéis hablado de venir a ayudarnos cuando el vacío se hiciera sentir en la bolsa común. Tal hora le ha llegado a Roma. Para trabajar en la futura confección de un papa no tenemos ya ni un papalín (Palabra de doble sentido: significa lo mismo una moneda de poco valor que un soldado del Papa) y por experiencia sabéis que el dinero es en todas partes, y aquí principalmente, el nervio de la guerra. Os tengo nuevas que os llegarán al alma; en cambio poned a mi disposición táleros, pero muchos táleros.
"Esta es la mejor artillería para derribar a la sede de Pedro".

En 1829 es cuando Pío VIII, cuyo Secretario de Estado es el Cardenal Albani, penetra por intuición hasta el fondo de estos abismos. La Alta Venta está en su apogeo. Todo le sonríe. En sus consejos cuenta con príncipes y con misteriosos agentes cerca del santuario. Pero en su encíclica del 24 de mayo Pío VIII no teme desgarrar una parte del velo. No llega todavía a la fuente del mal; pero sí presenta sus principales efectos. La Iglesia siente que el clero ha sido afectado; y la Iglesia habla:
"Después de haber velado por la integridad de las Sagradas Escrituras, es también de nuestro deber, venerables Hermanos, llamar vuestra atención sobre las Sociedades secretas de hombres facciosos, enemigos declarados del Cielo y de los príncipes, que se dedican a desolar a la Iglesia, a perder a los Estados, a perturbar todo el universo y que rompiendo el freno de la fe verdadera, abren el camino a todos los crímenes. Esforzándose por ocultar bajo la obligación de un juramento tenebroso tanto la iniquidad de sus asambleas como los designios que allí forman, por esto solo han despertado justas sospechas sobre los atentados que por la desdicha de los tiempos han brotado como del pozo del abismo y que han estallado para gran daño de la Religión y de los Imperios. Por lo cual los Soberanos Pontífices nuestros predecesores, Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII, León XII, a los cuales hemos sucedido, a pesar de nuestra indignidad, hirieron sucesivamente con anatema a esas Sociedades secretas, cualquiera que sea su nombre, por letras apostólicas cuyas disposiciones confirmamos con toda la plenitud de nuestro Poder, queriendo que sean enteramente observadas [...] para destruir esas fortificaciones detrás de las cuales se escudan la impiedad y la corrupción de gente perversa.
"Entre todas esas Sociedades Secretas hemos resuelto señalaros una, recientemente formada y cuyo objeto es corromper a la juventud educada en las escuelas secundarías y en las preparatorias. Como se sabe que las enseñanzas de los maestros son todopoderosas para formar el corazón y el espíritu de sus alumnos, se echa mano de toda suerte de cuidados y de astucias para dar a la juventud maestros depravados que la conducen por los senderos de Baal, mediante doctrinas que no son según Dios.
"De aquí que gimiendo veamos que esos jóvenes han llegado a tal licencia que habiendo sacudido todo temor de la Religión, suprimido la regla de las costumbres, despreciado las sanas doctrinas, pisoteado los derechos de uno y otro poder, no se avergüenzan ya por ningún desorden, de ningún error, de ningún atentado, de suerte que bien se puede decir de ellos, con San León Magno: Su ley es la mentira, su dios es el demonio, y su culto es el más vergonzoso. Alejad, venerables hermanos, todos estos males de vuestras diócesis, y por todos los medios de que dispongáis, por la autoridad y por la dulzura, tratad de que hombres distinguidos no solamente en las ciencias y las letras, sino más todavía por la pureza de la vida y por la piedad, sean los encargados de la educación de la juventud.
"Como cada día se ve aumentar de una manera espantable los libros más pestíferos, por cuyo medio se desliza como una gangrena la doctrina de los impíos en todo el cuerpo de la Iglesia, velad sobre vuestro rebaño, y haced todo lo necesario por alejar de él la peste de los malos libros, de todas la más funesta. (No había entonces las pestes de las revistas pornográficas de libre circulación. Pues había pornografía; pero, fuera del período triunfal de la Revolución francesa, era clandestina. No había tampoco ni radio, ni cine, ni televisión. Los enemigos de la civilización cristiana no contaban todavía con todos los medios que el progreso científico ha puesto a su disposición).

Esta Encíclica, en que parece estar señalada la Alta Venta, y en la que al menos es contraminado su trabajo, produjo en sus jefes una profunda impresión. La Alta Venta se creyó traicionada. En efecto, Felice escribe desde Ancona el 11 de junio de 1829:
"Es menester contenernos momentáneamente y concederles a las sospechas del viejo Castiglioni un tiempo para calmarse. Ignoro si se habrá cometido alguna indiscreción y si a pesar de todas nuestras precauciones, algunas de nuestras cartas no habrán caído en las manos del Cardenal Albani. Este zorro austríaco, que no es mejor que Bernetti, el león de Fermo, no nos dejará en paz. Los dos se encarnizan contra los carbonarios; los persiguen, los acorralan, de concierto con Metternich (Canciller del Imperio Austro-húngaro), y esta cacería, en la cual descuellan; muy inocentemente puede ponerlos sobre nuestra pista. La Encíclica gruñe y precisa con tanta seguridad, que debemos temer emboscadas, tanto de parte de Roma como de los falsos hermanos. No estamos habituados aquí a ver al Papa expresarse con tanta resolución. Este lenguaje no es el acostumbrado en los palacios apostólicos: para que haya sido empleado en esta circunstancia solemne, se requiere que Pío VIII haya obtenido algunas pruebas del complot. A los que están en su sitio les toca velar con cuidado todavía mayor que nunca por la seguridad de todos; pero, ante una declaración de guerra tan explícita, yo querría que se crea oportuno deponer por un momento las armas.
"La independencia y la unidad de Italia son quimeras (Independencia y unidad masónicas de Italia que significaban el despojar al Papado del milenario dominio temporal de Roma y de los Estados Pontificios. Esa "quimera" se realizaría en 1870), así como la libertad absoluta cuyo sueño persiguen algunos de entre nosotros en abstracciones impracticables. ...Pero quimera más seguramente que realidad, esto produce un cierto efecto sobre las masas y sobre la juventud efervescente... Este es un medio de agitación, del que por lo tanto no debemos privarnos... La multitud ha tenido en todo tiempo una extremada propensión a las contra-verdades. Engañadla: le gusta ser engañada; pero nada de precipitaciones... Suponiendo que la Corte Romana no tenga ninguna sospecha de nuestro trato, pensad que la actitud de los frenéticos del Carbonarismo ¿no podrá de un momento a otro ponerla sobre nuestras huellas? Nosotros jugamos con fuego; pero no hay por qué sea para quemarnos nosotros mismos... Debemos obrar sin mucho ruido, a la sordina, ganar poco a poco terreno y jamás retroceder. El rayo que acaba de brillar desde lo alto de la logia vaticana puede anunciar una tempestad. ¿Podremos evitarla, y no retardará esa tempestad nuestra recolección? Los Carbonarios se agitan en mil propósitos estériles; cada día profetizan un trastorno universal. Esto es lo que nos perderá; porque entonces los partidos estarán más marcados, y habrá que optar a favor o en contra. De tal elección brotará inevitablemente una crisis, y de esta crisis un nuevo día o desgracias imprevistas".

En enero de 1832 escribe Nubius a Víndice:
"[...] Mis orejas, siempre erectas como las de un perro de caza, recogen con placer suspiros del alma, confesiones involuntarias, que se escapan de la boca de ciertos miembros influyentes de la familia clerical. A despecho de las bulas de excomunión y de las encíclicas, están con nosotros de corazón, si no materialmente".

En doce años de existencia y de complots sin interrupción, la Venta no ha dado una sombra de inquietud a la policía pontificia; se ha cuidado de despertar aun las más ligeras sospechas. Pero ha logrado que se acepten doctrinas nefastas, conforme a las cuales el vicio se convierte en virtud, el crimen merece alabanza, el asesinato es un deber, el veneno un medio, la perfidia una gloria, la mentira un elemento, el principal elemento del éxito.
Pero se descubrió que algunos eclesiásticos estaban comprometidos en las Sociedades secretas. Algunos fueron condenados a hacer penitencia en monasterios, otros expiaron en las cárceles de Corneto la traición contra su madre la Iglesia; pero entre todos estos apóstatas, cuyos nombres son para las sociedades secretas un muy extenso martirologio de víctimas inocentes, no hay uno solo que la Venta suprema haya juzgado digno de su confianza. El misterio de esta conspiración permaneció circunscrito entre menos de cuarenta personas. Las cuales obraron siempre furtivamente, y aun, para desviar más completamente las investigaciones del gobierno pontificio, tuvieron el arte de entregarle cinco o seis Logias de Carbonarios cuyas imprudencias podían hacerse peligrosas. Así obtenían los jefes de la Alta Venta un doble resultado: desvanecían las sospechas de la Corte Romana y satisfacían una venganza fraterna.
En 1835, Malegari escribe desde Londres al doctor Breidenstein:
"Formamos una asociación de hermanos en todos los puntos del globo; tenemos propósitos e intereses comunes; tendemos todos a la liberación de la humanidad; queremos romper toda clase de yugos, y hay uno que no se ve, que apenas se siente y que pesa sobre nosotros. ¿De dónde viene? ¿Dónde está? Nadie lo sabe, o al menos nadie lo dice. La asociación es secreta, aun para nosotros, los veteranos de las asociaciones secretas. Se nos exigen cosas que a veces son para poner los pelos de punta; y ¿creeréis que se me comunica de Roma que dos de los nuestros, bien conocidos por su odio al fanatismo, han sido obligados, por órdenes del jefe supremo, a arrodillarse y comulgar en la última Pascua? Yo no razono mi obediencia, pero confieso que ciertamente querría saber a dónde nos conducen semejantes beaterías".

José Mazzini, audaz revolucionario activista, pretendió entrar a la Alta Venta. Nubius lo rechazó.
El 7 de abril de 1836 escribe Nubius a Beppo, otro personaje de la Alta Venta:
"Ya sabéis que José Mazzini se juzgó digno de cooperar con nosotros en la obra más grandiosa de nuestros días. La Venta suprema no decidió así: Mazzini tiene demasiado los aires de un conspirador de melodrama para que se avenga al oscuro papel que nosotros nos resignamos a desempeñar hasta el día del triunfo. Mazzini goza hablando de muchas cosas, de sí mismo sobre todo. No cesa de escribir que él trastorna los tronos y los altares, que fecundiza a los pueblos, que él es el profeta del humanitarismo, etc., etc., y todo esto se reduce a algunos miserables desórdenes o a asesinatos de tal manera vulgares, que yo despediría inmediatamente a cualquiera de mis lacayos que se permitiera desembarazarme de alguno de mis enemigos con tan vergonzosos medios. Mazzini es un semidiós para los imbéciles ante los cuales trata de hacerse proclamar como pontífice de la fraternidad, de la cual será el dios italiano. En la esfera en que él obra, este pobre José no es sino ridículo; para que sea una bestia feroz completa le harán siempre falta las garras.
"(...) Hacedle entender, aunque suavizando los términos según las conveniencias, que la asociación de la que ha hablado no existe ya, si es que alguna vez existió; que vos no la conocéis, y que sin embargo debéis declararle que si ella existiera, habría él escogido seguramente el peor de los caminos para entrar en ella. En el caso de admitir su existencia, esta Venta está evidentemente por encima de todas las otras; es el San Juan de Letrán, caput et mater omnium ecclesiarum. A ella se ha llamado a los elegidos que han sido considerados los únicos dignos de ser admitidos. Hasta ahora tendría que ser excluido de ella Mazzini: ¿no piensa que introduciéndose a medias, por la fuerza o por astucia, en un secreto que no le pertenece, se expone quizá a peligros que ya ha hecho correr a más de uno?
"Componed este último pensamiento a vuestro gusto; pero comunicadlo al gran sacerdote del puñal, y yo, que conozco su consumada prudencia, os garantizo que este pensamiento producirá cierto efecto en el rufián".

Inmisericorde con la sociedad, Nubius no tenía tiempo de ser cruel con un individuo. (Mazzini entendió el mensaje, y supo callar y prescindir de su deseo.)
En las Sociedades secretas en general, el puñal o el veneno eran el último argumento de estos teóricos de la fraternidad explicada mediante el homicidio. Nubius y los suyos siguieron otro camino. Desdeñaron echar mano de tales crímenes y, cosa extraordinaria, no se halla en sus manos una gota de sangre. Jamás les sirvió de pedestal el cadáver de un hombre.
Sin embargo, apresurémonos a decirlo, no es ni por un sentimiento de humanidad ni por temor a la justicia terrena por lo que renuncian a estos medios tan queridos por los Carbonarios vulgares. En la educación primaria de los que componen la Venta suprema hay un principio o más bien un prejuicio de honor de cuyo respeto se glorían. Consideran como algo inferior a ellos el animar o pagar a ciertos hermanos inclinados al asesinato. No se han condenado ellos a matar, sino a corromper. [... ] A ejemplo de Nerón, a fin de disminuir su propia infamia, multiplican a los infames.
En carta a Nubius del 9 de agosto de 1938, Víndice desenvuelve la teoría de la Alta Venta:
"Nuestros predecesores los Carbonarios no comprendían su poder. No hay que ejercerlo con la sangre de un hombre aislado, aunque sea un traidor, sino sobre las masas. No individualizamos el crimen; a fin de magnificarlo hasta las proporciones del patriotismo y del odio contra la Iglesia, debemos generalizarlo. Una puñalada no significa nada, no produce nada. ¿Qué le importan al mundo algunos cadáveres desconocidos, arrojados en la vía pública por la venganza de las Sociedades secretas? ¿Qué le importa al pueblo que la sangre de un obrero, de un artista, de un gentilhombre y aun de un príncipe haya corrido en virtud de una sentencia de Mazzini o de alguno de sus sicarios desempeñando seriamente el papel de la Santa-Vehme? El mundo no tiene tiempo de prestar oídos a los últimos gritos de la víctima: pasa y olvida. Somos nosotros, querido Nubius, nosotros solos los que podemos suspender su marcha. El Catolicismo no tiene más temor que las monarquías a un puñal bien acerado; pero estas dos bases del orden social pueden crujir bajo la corrupción: por lo tanto, no nos cansemos de corromper. Tertuliano decía con razón que la sangre de los mártires engendraba cristianos. Se ha decidido en nuestros consejos que nosotros no queremos cristianos: por lo tanto, no hagamos mártires, sino popularicemos el vicio en las multitudes. Que éstas lo respiren por los cinco sentidos, que lo beban, que de él se saturen; y esta tierra, en la que sembró el Aretino, está siempre dispuesta a recibir enseñanzas lúbricas. Haced corazones viciosos, y dejará de haber católicos. Alejad al sacerdote del trabajo, del altar y de la virtud; tratad hábilmente de ocupar en otras cosas sus pensamientos y sus horas (Este objetivo lo ha logrado plenamente el enemigo: el sacerdote se vive horas enteras ante la T.V., idiotizándose y corrompiéndose). Hacedlo ocioso, glotón y patriotero, y se volverá ambicioso, intrigante, perverso. Así habréis cumplido mil veces mejor vuestra tarea que embotando la punta de vuestros puñales en los huesos de algunos pobres diablos. Yo no quiero, ni tampoco vos, amigo Nubius, ¿no es así? dedicar mi vida a las conspiraciones para venir a dar en el viejo carril.
"Es la corrupción en grande que nosotros hemos tramado, la corrupción del pueblo por el clero y del clero por nosotros, la corrupción que debe llevarnos a enterrar un día a la Iglesia. Ultimamente oí reírse a uno de nuestros amigos de una manera filosófica de nuestros proyectos, y decirnos: 'Para destruir al Catolicismo es menester comenzar por suprimir a la mujer'. Esta sentencia es verdadera en un sentido, pero puesto que no podemos suprimir a la mujer, corrompámosla con la Iglesia. Corruptio optimi pessima. Harto bello es el objetivo para tentar a hombres como nosotros. No nos apartemos de él por algunas miserables satisfacciones de venganza personal. El mejor puñal para herir a la Iglesia en el corazón es la corrupción. Manos a la obra, por lo tanto, hasta el fin".

Se dedica entonces la Alta Venta con el mayor entusiasmo a la edición y propagación de libros y de grabados obscenos, que hace circular clandestinamente. Ahora cuentan con toda la prensa mundial, con el cine y la televisión, con el teatro y con las modas inmorales.
El resultado ha sido un cambio total en las costumbres: la corrupción ha penetrado al seno del hogar.
Beppo le escribe a Nubius el 2 de noviembre de 1844:
"Marchamos con grandes guiones, y cada día nos incorporamos a nuevos, fervientes neófitos en el complot. Fervet opus. Pero lo más difícil queda todavía no sólo por hacer sino aun por esbozar. Nos hemos incorporado, y sin muchos trabajos, monjes de todas las órdenes, sacerdotes de casi todas las condiciones, y a ciertos monseñores intrigantes o ambiciosos. No es esto quizá lo que hay de mejor o de más presentable; pero no importa. Para el objeto que se pretende, un Frate, a los ojos del pueblo, es siempre un religioso; un prelado será siempre un prelado. Pero hemos fracasado completamente con los Jesuitas. Desde que conspiramos ha sido imposible poner la mano sobre un solo ignaciano, y habría que saber el porqué de esta obstinación tan unánime. Yo no creo en la sinceridad de su fe y de su adhesión a la Iglesia. Pero ¿por qué no hemos podido, ni siquiera con uno solo, encontrar una deficiencia en la coraza? No tenemos Jesuitas con nosotros; pero siempre podremos decir y hacer decir que los hay con nosotros, y esto vendrá a ser absolutamente lo mismo. No es esto así respecto de los Cardenales: todos han escapado a nuestras redes. Las lisonjas mejor combinadas no han servido de nada, de tal suerte que en este momento nos vemos tan atrasados como en un principio. Ni un solo miembro del Sacro Colegio ha caído en el lazo. Los que han sido sondeados, auscultados, todos, a la primera palabra sobre las Sociedades secretas y sobre su poder han hecho signos de exorcismo como si el diablo fuera a llevárselos a lo alto de la montaña; y al morir Gregorio XVI (lo que sucederá muy pronto) nos encontraremos como en 1823, a la muerte de Pío VII.
"¿Qué hacer en estas circunstancias? Renunciar a nuestro proyecto no es ya posible, so pena de un ridículo imborrable. Esperar un premio en la lotería sin haber comprado ni un número, me parecería demasiado maravilloso; continuar la aplicación del sistema sin poder esperar una oportunidad ni aun incierta, me produce el efecto de jugar a lo imposible. He aquí que llegamos al término de nuestros esfuerzos. La Revolución avanza al galope, llevando en la grupa motines sin fin, ambiciosos sin talento y trastornos sin valor; y nosotros, que habíamos preparado todas estas cosas; nosotros, que hemos tratado de dar a esta revolución un supremo derivativo, nos sentimos heridos de impotencia en el momento de obrar soberanamente. Todo se nos escapa; la sola corrupción nos queda, pero para ser explotada por otros. El futuro Papa, cualquiera que vaya a ser, jamás vendrá a nosotros. ¿Podremos nosotros ir a él? ¿No será como sus predecesores y sus sucesores, y no obrará como ellos? En este caso ¿permaneceremos sobre la brecha y esperaremos un milagro? Ha pasado el tiempo,, y nosotros no tenemos más esperanza que en lo imposible. Muerto Gregorio, nos veremos aplazados indefinidamente. La revolución, cuya hora se aproxima un poco por todas partes, dará quizá un nuevo curso a las ideas. Ella cambiará, modificará; pero, a decir verdad, no será a nosotros a quienes ella eleve. Nos hemos encerrado demasiado en la media luz y en la sombra; no habiendo triunfado, nos sentiremos borrados y olvidados por los que se aprovecharán de nuestros trabajos y de sus resultados. No logramos el fin, no podemos lograrlo. Así que es menester sucumbir y resignarse al más cruel de los espectáculos, el de ver el triunfo del mal que se ha hecho, sin participar eh el triunfo".

Antes de apostatar, el abate Lamennais veía con claridad el único objetivo de la Revolución. En carta del 30 de noviembre de 1827 a M. Berryer le dice:
"Veo que muchas personas se inquietan por los Borbones; y no se equivocan; yo creo que tendrán el destino de los Estuardos. Pero no está allí, ciertamente, el primer pensamiento de la Revolución. Tiene ella miras más profundas: es el Catolicismo lo que quiere destruir, únicamente él; no hay más cuestión en el mundo".

Carlos X fue derrocado por haber conquistado Argelia contra el parecer de Inglaterra.
La revolución de 1830, que tuvo por objeto el derrocamiento de Carlos X —rey de Francia de 1824 a 1830, sucesor de Luis XVIII, el uno y el otro hermanos de Luis XVI— fue quizá más destructora en algunos aspectos que la de 1789: "lo que se perdió para el arte y para la ciencia, en esos días de locura, es incalculable —dice Luis Blanc—. Jamás devastación alguna había sido más extraordinaria, más completa, más rápida, más gozosamente insensata, porque todas estas cosas se cumplieron en medio de una espantable tempestad de bravos, de risotadas, de exclamaciones burlescas o de gritos furiosos". El primer balazo fue disparado por un inglés.
En esa ocasión, providencialmente se salvó de la destrucción o de la devastación Notre-Dame, pero a cambio de la destrucción del Arzobispado. Ya se había empezado a tratar de derribar la gran cruz de Notre-Dame.
Luis Felipe, hijo de Felipe Igualdad —antes de la Revolución francesa, Felipe de Orleans—, rey de Francia de 1830 a 1848, vivió no para oprimir sino para corromper. En 1848 es derrocado y se establece la Segunda República, que dará lugar al Segundo Imperio, de Napoleón III, bajo el cual continúa la corrupción, que explica suficientemente la derrota de Francia a manos de los alemanes en 1870.
Luis Felipe reglamentó y ordenó el mal, dirigido principalmente contra la Iglesia y las costumbres cristianas. Se preciaba de ser volteriano.
"Dios sea loado y mis negocios del Palacio Real también" exclamaba Luis Felipe.
"Enriqueceos y que no se os cuelgue", les repetía a los cómplices de su enriquecimiento.
Al morir León XII en 1831, los Carbonarios decidieron apoderarse de Roma e impedir la elección del sucesor. Inglaterra, que había regalado en Italia las primeras Biblias protestantes, en esta ocasión aprovisionó a las Sociedades Secretas de fusiles y parque. Se pretendía establecer la República Romana. Y esperaban paralizar de terror a los Cardenales, que ya estaban reunidos en Cónclave. Pero éstos se apresuraron a elegir a Gregorio XVI, en el momento más dramático.
Con el pretexto del carnaval, extranjeros de todos los rumbos de Europa invaden a Roma, principalmente ingleses. El Cardenal Bernetti, Secretario de Estado, forma una Guardia Civil y llama en su auxilio a los verdaderos romanos. Los masones retroceden. Sienten que aún no les llega su hora.
Bernetti acude a Francia. Pero el gobierno de Luis Felipe se lava las manos con la doctrina, que por lo visto no es nueva, de la no-intervención.
Gregorio XVI tenía por principio que hacerles favores a los malos es hacerles el mal a los buenos. Con su conducta demostraba que no hay nada más fácil que ser siempre el mismo.
Inglaterra seguía siendo la implacable enemiga de la Sede Romana. Costeaba las revoluciones y subvencionaba la herejía. Tanto los Whigs como los Tories predican la emancipación de los pueblos a la vez que oprimen a Irlanda. Protegen al Turco a fin de esclavizar a los cristianos. Predican la higiene y la profilaxis, y emponzoñan a China con opio sofisticado. A Luis Felipe lo consideraban más como un vasallo que como un aliado.

La Masonería pretende ahora que la Iglesia ha reconocido que se equivocó al condenarla con excomunión —-como contraria a la civilización cristiana— en los siglos XVIII y XIX. En este folleto encuentra el lector la plena refutación de tan sagaz e inconmensurable mentira. La Masonería sigue siendo el principal agente de disolución, y el Caballo de Troya del Comunismo en Occidente.

Acabóse de imprimir el día 19 de marzo, Festividad del Castísimo Patriarca San José, de 1982, en los Talleres de la Editorial Tradición, S. A. Av. Sur 22 No. 14 (entre Oriente 259 y Canal de San Juan), Colonia Agrícola Oriental, México 9, D. F. El tiro fue de 1,000 ejemplares.

martes, 1 de noviembre de 2011

«HUMANUM GENUS»

SOBRE LA MASONERÍA Y OTRAS SECTAS
Carta Encíclica
del Papa León XIII
promulgada el 20 de abril de1884


El humano linaje, después que, por envidia del demonio, se hubo, para su mayor desgracia, separado de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, quedó dividido en dos bandos diversos y adversos: uno de ellos combate asiduamente por la verdad y la virtud, y el otro por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad.
El uno es el reino de Dios en la tierra, es decir, la verdadera Iglesia de Jesucristo, a la cual quien quisiere estar adherido de corazón y según conviene para la salvación, necesita servir a Dios y a su unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su voluntad; el otro es el reino de Satanás, bajo cuyo imperio y potestad se encuentran todos los que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, rehusan obedecer a la ley divina y eterna, y obran sin cesar o como si Dios no existiera o positivamente contra Dios. Agudamente conoció y describió Agustín estos dos reinos a modo de dos ciudades contrarias en sus leyes y deseos, compendiando con sutil brevedad la causa eficiente de una y otra en estas palabras: Dos amores edificaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial [1].

2. En el decurso de los siglos, las dos ciudades han luchado, la una contra la otra, con armas tan distintas como los métodos, aunque no siempre con igual ímpetu y ardor. En nuestros días, todos los que favorecen la peor parte parecen conspirar a una y pelear con la mayor vehemencia, bajo la guía y auxilio de la sociedad que llaman de los Masones, por doquier dilatada y firmemente constituida. Sin disimular ya sus intentos, con la mayor audacia se revuelven contra la majestad de Dios, maquinan abiertamente y en público la ruina de la Santa Iglesia, y esto con el propósito de despojar, si pudiesen, enteramente a los pueblos cristianos de los beneficios conquistados por Jesucristo, nuestro Salvador.
Llorando Nos estos males, y movido Nuestro ánimo por la caridad, Nos sentimos impelidos a clamar con frecuencia ante el Señor: He aquí que tus enemigos vocearon; y levantaron la cabeza los que te odian. Contra tu pueblo determinaron malos consejos, discurrieron contra tus santos. Venid, dijeron, y hagámoslos desaparecer de entre las gentes [2].
3. En tan inminente riesgo, en medio de tan atroz y porfiada guerra contra el nombre cristiano, es Nuestro deber indicar el peligro, señalar los adversarios, resistir cuanto podamos a sus malas artes y consejos, para que no perezcan eternamente aquellos cuya salvación Nos está confiada, y no sólo permanezca firme y entero el reino de Jesucristo que Nos hemos obligado a defender, sino que se dilate con nuevos aumentos por todo el orbe.

4. Los Romanos Pontífices Nuestros antecesores, velando solícitos por la salvación del pueblo cristiano, conocieron muy pronto quién era y qué quería este capital enemigo, apenas asomaba entre las tinieblas de su oculta conjuración; y como tocando a batalla les amonestaron con previsión a príncipes y pueblos que no se dejaran coger en las malas artes y asechanzas preparadas para engañarlos.
Dióse el primer aviso del peligro el año 1738 por el papa Clemente XII [3] cuya Constitución confirmó y renovó Benedicto XIV [4]. Pío VII [5] siguió las huellas de ambos, y León XII, incluyendo en la Constitución apostólica Quo graviora [6] lo decretado en esta materia por los anteriores, lo ratificó y confirmó para siempre. Pío VIII [7], Gregorio XVI [8] y Pío IX [9], por cierto repetidas veces, hablaron en el mismo sentido.
5. Y, en efecto, puesta en claro la naturaleza e intento de la secta masónica por indicios manifiestos, por procesos instruidos, por la publicación de sus leyes, ritos y revistas, allegándose a ello muchas veces las declaraciones mismas de los cómplices, esta Sede Apostólica denunció y proclamó abiertamente que la secta masónica, constituida contra todo derecho y conveniencia, era no menos perniciosa al Estado que a la religión cristiana, y amenazando con las más graves penas que la Iglesia puede emplear contra los delincuentes, prohibió terminantemente a todos inscribirse en esta sociedad.
Llenos de ira con esto sus secuaces, juzgando evadir o debilitar a lo menos, parte con el desprecio, parte con las calumnias, la fuerza de aquellas censuras, culparon a los Sumos Pontífices que las decretaron de haberlo hecho injustamente o de haberse excedido en el modo. Así procuraron eludir el peso y autoridad de las Constituciones apostólicas de Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII y Pío IX; aunque no faltaron en aquella misma sociedad quienes confesasen, aun a pesar suyo, que lo hecho por los Romanos Pontífices, conforme a la doctrina y disciplina de la Iglesia, era según derecho. En lo cual varios príncipes y jefes de Gobierno se hallaron muy de acuerdo con los Papas, cuidando, ya de acusar a la sociedad masónica ante la Silla Apostólica, ya de condenarla por sí mismos, promulgando leyes a este propósito, como en Holanda, Austria, Suiza, España, Baviera, Saboya y en algunas otras partes de Italia.

6. Pero lo que sobre todo importa es ver comprobada por los sucesos la previsión de Nuestros Antecesores. En efecto, no siempre ni en todas partes lograron el deseado éxito sus cuidados próvidos y paternales; y esto, o por el fingimiento y astucia de los afiliados a esta iniquidad, o por la inconsiderada ligereza de aquellos, a quienes más interesaba haber vigilado con diligencia en este negocio. Así que en espacio de siglo y medio la secta de los Masones ha logrado unos aumentos mucho mayores de cuanto podía esperarse, e infiltrándose con tanta audacia como dolo en todas las clases sociales ha llegado a tener tanto poder que parece haberse hecho casi dueña de los Estados. De tan rápido y terrible progreso se ha seguido en la Iglesia, en la potestad de los príncipes y en la salud pública la ruina prevista muy de atrás por Nuestros Antecesores; y se ha llegado a punto de temer grandemente para lo venidero, no ciertamente por la Iglesia, cuyo fundamento es bastante firme para que pueda ser socavado por esfuerzo humano, sino por aquellas mismas naciones en que logran influencia grande la secta de que hablamos u otras semejantes que se le agregan como auxiliares y satélites.
7. Por estas causas, apenas subimos al gobierno de la Iglesia, vimos y experimentamos cuánto convenía resistir en lo posible a mal tan grave, interponiendo para ello Nuestra autoridad.
En efecto, aprovechando repetidas veces la ocasión que se presentaba, hemos expuesto algunos de los más importantes puntos de doctrina en que parecía haber influido en gran manera la perversidad de los errores masónicos. Así, en Nuestra carta encíclica Quod apostoli muneris emprendimos demostrar con razones convincentes las enormidades de los socialistas y comunistas; después, en otra, Arcanum, cuidamos de defender y explicar la verdadera y genuina noción de la sociedad doméstica, que tiene su fuente y origen en el matrimonio; además, en la que comienza Diuturnum, propusimos la forma de la potestad política moderada según los principios de sabiduría cristiana, tan maravillosamente acorde con la naturaleza misma de las cosas y la salud de los pueblos y príncipes. Ahora, a ejemplo de Nuestros Predecesores, hemos resuelto ocuparnos expresamente de la misma sociedad masónica, de toda su doctrina, así como de sus planes y manera de pensar y de obrar, a fin de que así llegue a conocerse, con la mayor claridad posible, su maliciosa naturaleza, y pueda evitarse el contagio de peste tan funesta.

8. Hay varias sectas que, si bien diferentes en nombre, ritos, forma y origen, unidas entre sí por cierta comunión de propósitos y afinidad entre sus opiniones capitales, concuerdan de hecho con la secta masónica, especie de centro de donde todas salen y adonde vuelven. Estas, aunque aparenten no querer en manera alguna ocultarse en las tinieblas, y tengan sus juntas a vista de todos, y publiquen sus periódicos, con todo, bien miradas, son un género de sociedades secretas, cuyos usos conservan. Pues muchas cosas hay en ellas a manera de arcanos, las cuales hay mandato de ocultar con muy exquisita diligencia, no sólo a los extraños, sino a muchos de sus mismos adeptos, como son los planes íntimos y verdaderos, así como los jefes supremos de cada logia, las reuniones más reducidas y secretas, sus deliberaciones, por qué vía y con qué medios se han de llevar a cabo. A esto se dirige la múltiple diversidad de derechos, obligaciones y cargos que hay entre los socios, la distinción establecida de órdenes y grados y la severidad de la disciplina por que se rigen. Tienen que prometer los iniciados, y aun de ordinarios se obligan a jurar solemnemente, no descubrir nunca ni de modo alguno sus compañeros, sus signos, sus doctrinas. Con estas mentidas apariencias y arte constante de fingimiento, procuran los Masones con todo empeño, como en otro tiempo los maniqueos, ocultarse y no tener otros testigos que los suyos. Celebran reuniones muy ocultas, simulando sociedades eruditas de literatos y sabios, hablan continuamente de su entusiasmo por la civilización, y de su amor hacia los más humildes: dicen que su único deseo es mejorar la condición de los pueblos y comunicar a cuantos más puedan las ventajas de la sociedad civil. Aunque fueran verdaderos tales propósitos, no todo está en ellos. Además, deben los afiliados dar palabra y seguridad de ciega y absoluta obediencia a sus jefes y maestros, estar preparados a obedecerles a la menor señal e indicación; y de no hacerlo así, a no rehusar los más duros castigos ni la misma muerte. Y, en efecto, cuando se ha juzgado que algunos han traicionado al secreto o han desobedecido las órdenes, no es raro darles muerte con tal audacia y destreza, que el asesino burla muy a menudo las pesquisas de la policía y el castigo de la justicia.
Ahora bien: esto de fingir y querer esconderse, de sujetar a los hombres como a esclavos con fortísimo lazo y sin causa bastante conocida, de valerse para toda maldad de hombres sujetos al capricho de otro, de armar a los asesinos procurándoles la impunidad de sus crímenes, es una monstruosidad que la misma naturaleza rechaza; y, por lo tanto, la razón y la misma verdad evidentemente demuestran que la sociedad de que hablamos pugna con la justicia y la probidad naturales.
9. Singularmente, cuando hay otros argumentos, por cierto clarísimos, que ponen de manifiesto esta falta de probidad natural. Porque, por grande astucia que tengan los hombres para ocultarse, por grande que sea su costumbre de mentir, es imposible que no aparezca de algún modo en los efectos la naturaleza de la causa. No puede el árbol bueno dar malos frutos, ni el árbol malo dar buenos frutos [10]. Y los frutos de la secta masónica son, además de dañosos, muy amargos. Porque de los certísimos indicios antes mencionados resulta claro el último y principal de sus intentos, a saber: destruir hasta los fundamentos todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo, y levantar a su manera otro nuevo con fundamentos y leyes sacadas de las entrañas del naturalismo.
10. Cuanto hemos dicho y diremos, debe entenderse de la secta masónica en sí misma y en cuanto abraza otras con ella unidas y confederadas, pero no de cada uno de sus secuaces. Puede haberlos, en efecto, y no pocos, que, si bien no dejan de tener culpa por haberse comprometido con semejantes sociedades, con todo no participan por sí mismos en sus crímenes e ignoran sus últimas intenciones. Del mismo modo, aun entre las otras asociaciones unidas con la masonería, algunas tal vez no aprobarán ciertas conclusiones extremas que sería lógico abrazar como dimanadas de principios comunes, si no causara horror su misma torpe fealdad. Algunas también, por circunstancias de tiempo y lugar, no se atreven a hacer tanto como ellas mismas quisieran y suelen hacer las otras; pero no por eso se han de tener por ajenas a la confederación masónica, pues ésta no tanto ha de juzgarse por sus hechos y las cosas que lleva a cabo, cuanto por el conjunto de los principios que profesa.

11. Ahora bien: es principio capital de los que siguen el naturalismo, como lo declara su mismo nombre, que la naturaleza y razón humana ha de ser en todo maestra y soberana absoluta; y, sentado esto, descuidan los deberes para con Dios o tienen de ellos conceptos vagos y erróneos. Niegan, en efecto, toda divina revelación; no admiten dogma religioso ni verdad alguna que la razón humana no pueda comprender, ni maestro a quien precisamente deba creerse por la autoridad de su oficio. Y como, en verdad, es oficio propio de la Iglesia católica, y que a ella sola pertenece, el guardar enteramente y defender en su incorrupta pureza el depósito de las doctrinas reveladas por Dios, la autoridad del magisterio y los demás medios sobrenaturales para la salvación, de aquí el haberse vuelto contra ella toda la saña y el ahínco todo de estos enemigos.
12. Véase ahora el proceder de la secta masónica en lo tocante a la religión, singularmente donde tiene mayor libertad para obrar, y júzguese si es o no verdad que todo su empeño está en llevar a cabo las teorías de los naturalistas. Mucho tiempo ha que trabaja tenazmente para anular en la sociedad toda influencia del magisterio y autoridad de la Iglesia; por esto proclaman y defienden doquier el principio de que "Iglesia y Estado deben estar por completo separados" y así excluyen de las leyes y administración del Estado el muy saludable influjo de la religión católica, de donde se sigue que los Estados se han de constituir haciendo caso omiso de las enseñanzas y preceptos de la Iglesia.
Ni les basta con prescindir de tan buena guía como la Iglesia, sino que la agravan con persecuciones y ofensas. Se llega, en efecto, a combatir impunemente de palabra, por escrito y en la enseñanza, los mismos fundamentos de la religión católica; se pisotean los derechos de la Iglesia; no se respetan las prerrogativas con que Dios la dotó; se reduce casi a nada su libertad de acción, y esto con leyes en apariencia no muy violentas, pero en realidad expresamente hechas y acomodadas para atarle las manos. Vemos, además, al Clero oprimido con leyes excepcionales y graves, para que cada día vaya disminuyendo en número y le falten las cosas más necesarias; los restos de los bienes de la Iglesia, sujetos a todo género de trabas y gravámenes y enteramente puestos al arbitrio y juicio del Estado; las Ordenes religiosas, suprimidas y dispersas.

13. Pero donde, sobre todo, se extrema la rabia de los enemigos es contra la Sede Apostólica y el Romano Pontífice. Quitósele primero con fingidos pretextos el reino temporal, baluarte de su independencia y de sus derechos; en seguida se le redujo a situación inicua, a la par que intolerable, por las dificultades que de todas partes se le oponen; hasta que, por fin, se ha llegado a punto de que los fautores de las sectas proclamen abiertamente lo que en oculto maquinaron largo tiempo, a saber, que se ha de suprimir la sagrada potestad del Pontífice y destruir por entero el Pontificado, instituido por derecho divino. Aunque faltaran otros testimonios, consta suficientemente lo dicho por el de los sectarios, muchos de los cuales, tanto en otras diversas ocasiones como últimamente, han declarado que el propósito de los Masones es perseguir cuanto puedan a los católicos con una enemistad implacable, y no descansar hasta lograr que sea destruido todo cuanto los Sumos Pontífices han establecido en materia de religión o por causa de ella.
Y si no se obliga a los adeptos a abjurar expresamente la fe católica, tan lejos está esto de oponerse a los intentos masónicos, que antes bien sirve a ellos. Primero, porque éste es el camino de engañar fácilmente a los sencillos e incautos y de atraer a muchos más; y después, porque, abriendo los brazos a cualesquiera y de cualquier religión, consiguen persuadir de hecho el grande error de estos tiempos, a saber, el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos; conducta muy a propósito para arruinar toda religión, singularmente la católica, a la que, por ser la única verdadera, no sin suma injuria se la iguala con las demás.

14. Pero más lejos van los naturalistas, porque, lanzados audazmente por las sendas del error en las cosas de mayor momento, caen despeñados en lo profundo, sea por la flaqueza humana, sea por un justo juicio de Dios, que castiga su soberbia. Así es que en ellos pierden su certeza y fijeza aun las verdades que se conocen por luz natural de la razón, como son la existencia de Dios, la espiritualidad e inmortalidad del alma humana.
Y la secta de los Masones da en estos mismos escollos del error con no menos precipitado curso. Porque, si bien confiesan, en general, que Dios existe, ellos mismos testifican no estar impresa esta verdad en la mente de cada uno con firme asentimiento y estable juicio. Ni disimulan tampoco ser entre ellos esta cuestión de Dios causa y fuente abundantísima de discordia; y aun es notorio que últimamente hubo entre ellos, por esta misma cuestión, no leve contienda. De hecho la secta concede a los suyos libertad absoluta de defender que Dios existe o que no existe; y con la misma facilidad se recibe a los que resueltamente defienden la negativa, como a los que opinan que existe Dios, pero sienten de El perversamente, como suelen los panteístas; lo cual no es otra cosa que acabar con la verdadera noción de la naturaleza divina, conservando de ella no se sabe qué absurdas apariencias. Destruido o debilitado este principal fundamento, síguese que han de quedar vacilantes otras verdades conocidas por la luz natural: por ejemplo, que todo existe por la libre voluntad de Dios creador; que su providencia rige el mundo; que las almas no mueren; que a esta vida ha de suceder otra sempiterna.
15. Destruidos estos principios, que son como la base del orden natural, importantísimo para la conducta racional y práctica de la vida, fácilmente aparece cuáles han de ser las costumbres públicas y privadas. Nada decimos de las virtudes sobrenaturales, que nadie puede alcanzar ni ejercitar sin especial gracia y don de Dios, de las cuales por fuerza no ha de quedar vestigio en los que desprecian por desconocidas la redención del género humano, la gracia divina, los sacramentos, la felicidad que se ha de alcanzar en el cielo.
Hablamos de las obligaciones que se deducen de la probidad natural. Un Dios creador del mundo y su próvido gobernador; una ley eterna que manda conservar el orden natural y veda el perturbarlo; un fin último del hombre y mucho más excelso que todas las cosas humanas y más allá de esta morada terrestre; éstos son los principios y fuente de toda honestidad y justicia; y, suprimidos éstos, como suelen hacerlo naturalistas y masones, falta inmediatamente todo fundamento y defensa a la ciencia de lo justo y de lo injusto. Y, en efecto, la única educación que a los Masones agrada, y con la que, según ellos, se ha de educar a la juventud, es la que llama laica, independiente, libre; es decir, que excluya toda idea religiosa. Pero cuán escasa sea ésta, cuán falta de firmeza y a merced del soplo de las pasiones, bien lo manifiestan los dolorosos frutos que ya se ven en parte; en dondequiera que esta educación ha comenzado a reinar más libremente, una vez suprimida la educación cristiana, prontamente se han visto desaparecer las buenas y sanas costumbres, tomar cuerpo las opiniones más monstruosas y subir de todo punto la audacia en los crímenes. Públicamente se lamenta y deplora todo esto, y aun lo reconocen, aunque no querrían, no pocos que se ven forzados a ello por la evidencia de la verdad.
16. Además, como la naturaleza humana quedó inficionada con la mancha del primer pecado, y por lo tanto más propensa al vicio que a la virtud, requiérese absolutamente para obrar bien sujetar los movimientos obcecados del ánimo y hacer que los apetitos obedezcan a la razón. Y para que en este combate conserve siempre su señorío la razón vencedora, se necesita muy a menudo despreciar todas las cosas humanas y pasar grandísimas molestias y trabajos. Pero los naturalistas y masones, que ninguna fe dan a las verdades reveladas por Dios, niegan que pecara nuestro primer padre, y estiman, por tanto, al libre albedrío en nada amenguado en sus fuerzas ni inclinado al mal [11]. Antes, por lo contrario, exagerando las fuerzas y excelencia de la naturaleza, y poniendo en ésta únicamente el principio y norma de la justicia, ni aun pensar pueden que para calmar sus ímpetus y regir sus apetitos se necesite una asidua pelea y constancia suma. De aquí vemos ofrecerse públicamente tantos estímulos a los apetitos del hombre: periódicos y revistas, sin moderación ni vergüenza alguna; obras dramáticas, licenciosas en alto grado; asuntos para las artes, sacados con proterva de los principios de ese que llaman realismo; ingeniosos inventos para una vida muelle y muy regalada; rebuscados, en suma, toda suerte de halagos sensuales, a los cuales cierre los ojos la virtud adormecida. En lo cual obran perversamente, pero son en ello muy consecuentes consigo mismos, quienes quitan toda esperanza de los bienes celestiales, y ponen vilmente en cosas perecederas toda la felicidad, como si la fijaran en la tierra. Lo referido puede confirmar una cosa más extraña de decirse que de creerse. Porque, como apenas hay tan rendidos servidores de esos hombres sagaces y astutos como los que tienen el ánimo enervado y quebrantado por la tiranía de las pasiones, hubo en la secta masónica quien dijo públicamente y propuso que ha de procurarse con persuasión y maña que la multitud se sacie con la innumerable licencia de los vicios, en la seguridad que así la tendrán sujeta a su arbitrio para poder atreverse a todo en lo futuro.
17. Por lo que toca a la vida doméstica, he aquí casi toda la doctrina de los naturalistas. El matrimonio es un mero contrato: puede justamente rescindirse a voluntad de los contratantes; la autoridad civil tiene poder sobre el vínculo matrimonial. En el educar los hijos nada hay que enseñarles como cierto y determinado en punto de religión; al llegar a la adolescencia, corre a cuenta de cada cual escoger lo que guste. Esto mismo piensan los Masones; no solamente lo piensan, sino que se empeñan, hace ya mucho, en reducirlo a costumbre y práctica. En muchos Estados, aun en los llamados católicos, está establecido que fuera del matrimonio civil no hay unión legítima; en otros, la ley permite el divorcio; en otros se trabaja para que cuanto antes sea permitido. Así, apresuradamente se corre a cambiar la naturaleza del matrimonio en unión inestable y pasajera, que la pasión haga o deshaga a su antojo.
También tiene puesta la mira, con suma conspiración de voluntades, la secta de los Masones en arrebatar para sí la educación de los jóvenes. Ven cuán fácilmente pueden amoldar a su capricho esta edad tierna y flexible y torcerla hacia donde quieran, y nada más oportuno para lograr que se forme así para la sociedad una generación de ciudadanos tal cual ellos se la forjan. Por tanto, en punto de educación y enseñanza de los niños, nada dejan al magisterio y vigilancia de los ministros de la Iglesia, habiendo llegado ya a conseguir que en varios lugares toda la educación de los jóvenes esté en manos de laicos, de suerte que, al formar sus corazones, nada se les diga de los grandes y santísimos deberes que ligan al hombre con Dios.

18. Vienen en seguida los principios de la ciencia política. En este género dogmatizan los naturalistas que los hombres todos tienen iguales derechos y son de igual condición en todo; que todos son libres por naturaleza; que ninguno tiene derecho para mandar a otro, y el pretender que los hombres obedezcan a cualquier autoridad que no venga de ellos mismos es propiamente hacerles violencia. Todo está, pues, en manos del pueblo libre; la autoridad existe por mandato o concesión del pueblo; tanto que, mudada la voluntad popular, es lícito destronar a los príncipes aun por la fuerza. La fuente de todos los derechos y obligaciones civiles está o en la multitud o en el Gobierno de la nación, organizado, por supuesto, según los nuevos principios. Conviene, además, que el Estado sea ateo; no hay razón para anteponer una a otra entre las varias religiones, pues todas deben ser igualmente consideradas.
19. Y que todo esto agrade a los Masones del mismo modo, y quieran ellos constituir las naciones según este modelo, es cosa tan conocida que no necesita demostrarse. Con todas sus fuerzas e intereses lo están maquinando así hace mucho tiempo, y con esto dejan expedito el camino a no pocos más audaces que se inclinan a peores opiniones, pues proyectan la igualdad y comunidad de toda la riqueza, borrando así del Estado toda diferencia de clases y fortunas.

20. De lo que sumariamente hemos referido aparece bastante claro que sea y por dónde va la secta de los Masones. Sus principales dogmas discrepan tanto y tan claramente de la razón, que nada puede ser más perverso. Querer acabar con la religión y la Iglesia, fundada y conservada perennemente por el mismo Dios, y resucitar después de dieciocho siglos las costumbres y doctrinas gentílicas, es necedad insigne y muy audaz impiedad. Ni es menos horrible o más llevadero el rechazar los beneficios que con tanta bondad alcanzó Jesucristo, no sólo a cada hombre en particular, sino también en cuanto viven unidos en la familia o en la sociedad civil, beneficios señaladísimos hasta según el juicio y testimonio de los mismos enemigos. En tan feroz e insensato propósito parece reconocerse el mismo implacable odio o sed de venganza en que arde Satanás contra Jesucristo.
Así como el otro vehemente empeño de los Masones, el de destruir los principales fundamentos de lo justo y lo honesto, y animar así a los que, a imitación del animal, quisiera fuera lícito cuanto agrada, no es otra cosa que empujar el género humano ignominiosa y vergonzosamente a su extrema ruina.
21. Aumentan el mal los peligros que amenazan a la sociedad doméstica y civil. Porque, como otras veces lo hemos expuesto, hay en el matrimonio, según el común y casi universal sentir de todos los pueblos y siglos, algo de sagrado y religioso: veda, además, la ley divina que pueda disolverse. Pero si esto se permitiera, si el matrimonio se hace profano, necesariamente ha de seguirse en la familia la discordia y la confusión, cayendo de su dignidad la mujer y quedando incierta la prole tanto sobre sus bienes como sobre su propia vida.
22. Pues el no cuidar oficialmente para nada de la religión, y en la administración y ordenación de la cosa pública no tener cuenta ninguna de Dios, como si no existiese, es atrevimiento inaudito aun entre los mismos gentiles, en cuyo corazón y en cuyo entendimiento tan grabada estuvo no sólo la creencia en los dioses, sino la necesidad de un culto público, que reputaban más fácil encontrar una ciudad sin suelo que sin Dios.
De hecho la sociedad humana a que nos sentimos naturalmente inclinados fue constituida por Dios, autor de la naturaleza; y de El emana, como de principio y fuente, la naturaleza y perenne abundancia de los bienes innumerables en que la sociedad abunda. Así, pues, como la misma naturaleza enseña a cada uno en particular a dar piadosa y santamente culto a Dios por tener de El la vida y los bienes que la acompañan, así, y por idéntica causa, incumbe este mismo deber a pueblos y Estados. Y los que quisieran a la sociedad civil libre de todo deber religioso, claro está que obran no sólo injusta, sino ignorante y absurdamente.
Si, pues, los hombres por voluntad de Dios nacen ordenados a la sociedad civil, y a ésta es tan indispensable el vínculo de la autoridad que, quitando éste, por necesidad se disuelve aquélla, síguese que el mismo que creó la sociedad creó la autoridad. De aquí se ve que quien está revestido de ella, sea quien fuere, es ministro de Dios, y, por tanto, según lo piden el fin y la naturaleza de la sociedad humana, es tan puesto en razón el obedecer a la potestad legítima cuando manda lo justo, como obedecer a la autoridad de Dios, que todo lo gobierna; y nada tan falso como el pretender que corresponda por completo a la masa del pueblo el negar la obediencia cuando le agrade. Todos los hombres son, ciertamente, iguales: nadie duda de ello, si se consideran bien la comunidad igual de origen y naturaleza, el fin último cuya consecuencia se ha señalado a cada uno, y finalmente los derechos y deberes que de ellos nacen necesariamente.
23. Mas como no pueden ser iguales las capacidades de los hombres, y distan mucho uno de otro por razón de las fuerzas corporales o del espíritu, y son tantas las diferencias de costumbres, voluntades y temperamentos, nada más repugnante a la razón que el pretender abarcarlo y confundirlo todo y llevar a las leyes de la vida civil tan rigurosa igualdad. Así como la perfecta constitución del cuerpo humano resulta de la juntura y composición de miembros diversos, que, diferentes en forma y funciones, atados y puestos en sus propios lugares, constituyen un organismo hermoso a la vista, vigoroso y apto para bien funcionar, así en la humana sociedad son casi infinitas las diferencias de los individuos que la forman; y si todos fueran iguales y cada uno se rigiera a su arbitrio, nada habría más deforme que semejante sociedad; mientras que si todos, en distinto grado de dignidad, oficios y aptitudes, armoniosamente conspiran al bien común, retratarán la imagen de una ciudad bien constituida y según pide la naturaleza.
24. Además, de los turbulentos errores, que ya llevamos enumerados, han de temerse los mayores peligros para los Estados. Porque, quitado el temor de Dios y el respeto a las leyes divinas, menospreciada la autoridad de los príncipes, consentida y legitimada la manía de las revoluciones, sueltas con la mayor licencia las pasiones populares, sin otro freno que el castigo, ha de seguirse necesariamente el trastorno y la ruina de todas las cosas. Y aun precisamente esta ruina y trastorno, es lo que a conciencia maquinan y expresamente proclaman unidas las masas de comunistas y socialistas, a cuyos designios no podrá decirse ajena la secta de los Masones, pues favorece en gran manera sus planes y conviene con ellas en los principales dogmas. Y si de hecho no llegan inmediatamente y en todas partes a las últimas consecuencias, no se atribuya a sus doctrinas ni a su voluntad, sino a la eficacia de la religión divina, que no puede extinguirse, y a la parte más sana de los hombres, que, rechazando la servidumbre de las sociedades secretas, resisten con valor a sus locos conatos.
25. ¡Ojalá juzgasen todos del árbol por sus frutos y conocieran la semilla y principio de los males que nos oprimen y los peligros que nos amenazan! Tenemos que habérnoslas con un enemigo astuto y doloso que, halagando los oídos de pueblos y príncipes, ha cautivado a unos y otros con blandura de palabras y adulaciones.
Al insinuarse entre los príncipes fingiendo amistad, pusieron la mira los Masones en lograrlos como socios y colaboradores poderosos para oprimir a la religión católica; y para estimularles más con insistente calumnia acusaron a la Iglesia de que, envidiosa, disputaba a los príncipes su potestad y prerrogativas reales. Lograda por tales artes la audacia y la seguridad, comenzaron a intervenir con gran influencia en el régimen de las naciones, estando dispuestos -por lo demás- a sacudir los fundamentos de los imperios y a perseguir, calumniar y destronar a los príncipes, siempre que ellos no se mostrasen inclinados a gobernar a gusto de la secta.
No de otro modo engañaron, adulándolos, a los pueblos. Voceando libertad y prosperidad pública, haciendo ver que por culpa de la Iglesia y de los monarcas, no había salido ya la multitud de su inicua servidumbre y de su miseria, engañaron al pueblo, y, despertada en él la sed de novedades, le incitaron a combatir contra ambas potestades. Pero ventajas tan esperadas están más en el deseo que en la realidad, y antes bien, más oprimida la plebe, se ve forzada a carecer en gran parte de las mismas cosas en que esperaba el consuelo de su miseria, las cuales hubiera podido hallar con facilidad y abundancia en la sociedad cristianamente constituida. Y éste es el castigo de su soberbia, que suelen encontrar cuantos se vuelven contra el orden de la Providencia divina: que tropiezan con una suerte desoladora y mísera allí mismo donde, temerarios, la esperaban próspera y abundante según sus deseos.
26. La Iglesia, en cambio, como que manda obedecer primero y sobre todo a Dios, Soberano Señor de todas las cosas, no podría, sin injuria y falsedad, ser tenida por enemiga de la potestad civil, usurpadora de algún derecho de los príncipes; antes bien, quiere se de al poder civil, por dictamen y obligación de conciencia, cuanto de derecho se le debe; y el hacer dimanar de Dios mismo, conforme hace la Iglesia, el derecho de mandar, da gran incremento a la dignidad del poder civil y no leve apoyo para captarse el respeto y benevolencia de los ciudadanos. Amiga de la paz, la misma Iglesia fomenta la concordia, abraza a todos con maternal cariño y, ocupada únicamente en ayudar a los hombres, enseña que conviene unir la justicia con la clemencia, el mando con la equidad, las leyes con la moderación; que no ha de violarse el derecho de nadie; que se ha de servir al orden y tranquilidad pública y aliviar cuanto se pueda pública y privadamente la necesidad de los menesterosos. Pero por esto piensan, para servirnos de las palabras mismas de San Agustín[12], o quieren que se piense no ser la doctrina de Cristo provechosa para la sociedad, porque no quieren que el Estado se asiente sobre la solidez de las virtudes, sino sobre la impunidad de los vicios. Conocido bien todo esto, sería insigne prueba de sensatez política y empresa conforme a lo que exige la salud pública que príncipes y pueblos se unieran, no con los Masones para destruir la Iglesia, sino con la Iglesia para quebrantar los ímpetus de los Masones.

27. Sea como quiera, ante un mal tan grave y ya tan extendido, lo que a Nos toca, Venerables Hermanos, es aplicarnos con toda el alma a la busca de remedios.
Y porque sabemos que la mejor y más firme esperanza de remedio está puesta en la virtud de la religión divina, tanto más odiada por los Masones cuanto más temida, juzgamos ser lo principal el servirnos contra el común enemigo de esta virtud tan saludable. Así que todo lo que decretaron los Romanos Pontífices, Nuestros Antecesores, para impedir las tentativas y los esfuerzos de la secta masónica, y todo cuanto sancionaron para alejar a los hombres de semejantes sociedades o sacarlos de ellas, todas y cada una de estas cosas las damos por ratificadas y las confirmamos con Nuestra autoridad apostólica. Y confiadísimos en la buena voluntad de los cristianos, rogamos y suplicamos a cada uno en particular por su eterna salvación que estimen deber sagrado de conciencia el no apartarse un punto de lo que en esto tiene ordenado la Silla Apostólica.
28. Y a vosotros, Venerables Hermanos, os pedimos y rogamos con la mayor instancia que, uniendo vuestros esfuerzos a los Nuestros, procuréis con todo ahínco extirpar esta asquerosa peste que va serpeando por todas las venas de la sociedad. A vosotros toca defender la gloria de Dios y la salvación de los prójimos: ante tales fines en el combate, no ha de faltaros ni el valor ni la fuerza.
29. Vuestra prudencia os dictará el modo mejor de vencer los obstáculos y las dificultades que se alzarán; pero como es propio de la autoridad de nuestro ministerio el indicaros Nos mismo algún plan razonable, pensad que en primer lugar se ha de procurar arrancar a los Masones su máscara, para que sean conocidos tales cuales son, que los pueblos aprendan por vuestros discursos y pastorales, dados con este fin, las malas artes de semejantes sociedades para halagar y atraer, la perversidad de sus opiniones y lo criminal de sus hechos. Que ninguno que estime en lo que debe su profesión de católico y su salvación juzgue serle lícito por ningún título dar su nombre a la secta masónica, como repetidas veces lo prohibieron Nuestros Antecesores. Que a ninguno engañe aquella honestidad fingida; puede, en efecto, parecer a algunos que nada piden los Masones abiertamente contrario a la religión y buenas costumbres; pero como toda la razón de ser y causa de la secta estriba en el vicio y en la maldad, claro es que no es lícito unirse a ellos ni ayudarles en modo alguno.
30. Además, conviene con frecuentes sermones y exhortaciones inducir a las muchedumbres a que se instruyan con todo esmero en lo tocante a la religión, y para esto recomendamos mucho que en escritos y sermones oportunos se explanen los principales y santísimos dogmas que encierran toda la filosofía cristiana. Con lo cual se llega a sanar los entendimientos por medio de la instrucción y a fortalecerlos así contra las múltiples formas del error como contra los varios modos con que se presentan atractivos los vicios en esa tan grande libertad de publicaciones y curiosidad tan grande de saber.
Grande obra, sin duda; pero en ella será vuestro primer auxiliar y colaborador de vuestros trabajos el Clero, si con vuestro esfuerzo lográis que salga bien pertrechado en virtudes y en ciencia. Mas empresa tan sana e importante reclama también en su auxilio el celo activo de los seglares, que juntan en uno el amor de la religión y de la Patria con la probidad y el saber. Aunadas las fuerzas de una y otra clase, trabajad, Venerables Hermanos, para que todos los hombres conozcan bien y amen a la Iglesia; porque cuanto mayor fuere este conocimiento y este amor, tanto mayor será así la repugnancia con que se mire a las sociedades secretas como el empeño en rehuirlas.

31. Y aprovechando esta oportunidad, renovamos ahora justamente Nuestro deseo, ya repetido, de que se propague y se fomente con toda diligencia la Orden Tercera de San Francisco, cuyas reglas con lenidad prudente hemos suavizado hace muy poco tiempo. El único fin que le dio su autor es el de traer los hombres a la imitación de Jesucristo, al amor de su Iglesia, al ejercicio de toda virtud cristiana; mucho ha de valer, por tanto, para extinguir el contagio de estas perversísimas sociedades. Y así, que cada día aumente más esta santa Congregación; pues, además de otros muchos frutos, puede esperarse de ella el insigne de que vuelvan los corazones a la libertad, fraternidad e igualdad, no como absurdamente las conciben los masones, sino como las alcanzó Jesucristo para el humano linaje y las siguió San Francisco: esto es, la libertad de los hijos de Dios, por la cual nos veamos libres de la servidumbre de Satanás y de las pasiones, nuestros perversísimos tiranos; la fraternidad que dimana de ser Dios nuestros Creador y Padre común de todos; la igualdad que, teniendo por fundamento la caridad y la justicia, no borra toda diferencia entre los hombres, sino que con la variedad de condiciones, deberes e inclinaciones forma aquel admirable y armonioso concierto que aun la misma naturaleza pide para el bien y la dignidad de la vida civil.
32. Viene, en tercer lugar, una institución sabiamente establecida por nuestros mayores e interrumpida por el transcurso del tiempo, que puede valer ahora como ejemplar y forma para lograr instituciones semejantes.
Hablamos de los gremios y cofradías de trabajadores con que éstos, al amparo de la religión, defendían juntamente sus intereses y, a la par, las buenas costumbres.
Y si con el uso y experiencia de largo tiempo vieron nuestros mayores la utilidad de estas asociaciones, tal vez la experimentaremos mejor nosotros por ser especialmente aptas para invalidar el poder de las sectas. Los que conllevan la pobreza con el trabajo de sus manos, fuera de ser dignísimos, en primer término, de caridad y consuelo, están más expuestos a las seducciones de los malvados, que todo lo invaden con fraudes y engaños. Débeseles, por ello, ayudar con la mayor benignidad posible y atraer a sociedades honestas, no sea que los arrastren a las infames. En consecuencia, para salud del pueblo, tenemos vehementes deseos de ver restablecidas en todas partes, según piden los tiempos, estas corporaciones bajo los auspicios y patrocinio de los Obispos. Y no es pequeño Nuestro gozo al verlas ya establecidas en diversos lugares en que también se han fundado sociedades protectoras, siendo propósito de unas y otras ayudar a la clase honrada de los proletarios, socorrer y custodiar sus hijos y sus familias, fomentando en ellas, con la integridad de las buenas costumbres, el amor a la piedad y el conocimiento de la religión.
33. Y en este punto no dejaremos de mencionar la Sociedad llamada de San Vicente de Paúl, tan benemérita de las clases pobres y tan insigne públicamente en su ejemplaridad. Bien conocidas son su actuación y sus aspiraciones; se emplea en adelantarse espontáneamente al auxilio de los menesterosos y de los que sufren, y esto con admirable sagacidad y modestia; pues, cuanto menos quiere mostrarse, tanto es mejor para ejercer la caridad cristiana y más oportuna para consuelo de las miserias.

34. En cuarto lugar, y para obtener más fácilmente lo que intentamos, con el mayor encarecimiento encomendamos a vuestro celo y a vuestros desvelos la juventud, esperanza de la sociedad.
Poned en su educación vuestro principal cuidado, y nunca, por más que hiciereis, creáis haber hecho bastante en el preservar a la adolescencia de aquellas escuelas y aquellos maestros, en los que pueda temerse el aliento pestilente de las sectas. Exhortad a los padres, a los directores espirituales, a los párrocos para que insistan, al enseñar la doctrina cristiana, en avisar oportunamente a sus hijos y alumnos sobre la perversidad de estas sociedades, y a que aprendan desde luego a precaverse de las fraudulentas y varias artes que sus propagadores suelen emplear para enredar a los hombres. Y aun no harían mal, los que preparan a los niños para recibir bien la primera Comunión, en persuadirles que se propongan y se comprometan a no ligarse nunca con sociedad alguna sin decirlo antes a sus padres o sin consultarlo con su confesor o con su párroco.
35. Bien conocemos que todos nuestros comunes trabajos no bastarán a arrancar estas perniciosas semillas del campo del Señor si desde el cielo el dueño de la viña no favorece benigno nuestros esfuerzos.
Necesario es, por lo tanto, implorar con vehemente anhelo e instancia su poderoso auxilio, como y cuanto lo piden la extrema necesidad de las circunstancias y la grandeza del peligro. Levántase insolente y orgullosa por sus triunfos la secta de los Masones, ni parece poner ya límites a su pertinacia. Préstanse mutuo auxilio sus sectarios, todos unidos en nefando contubernio y por comunes ocultos designios, y unos a otros se animan para todo malvado atrevimiento. Tan fiero asalto pide igual defensa, es a saber, que todos los buenos se unan en amplísima coalición de obras y oraciones. Les pedimos, pues, por un lado que, estrechando las filas, firmes y a una, resistan contra los ímpetus cada día más violentos de los sectarios; por otro, que levanten a Dios las manos y le supliquen con grandes gemidos, para alcanzar que florezca con nuevo vigor la religión cristiana; que goce la Iglesia de la necesaria libertad; que vuelvan a la buena senda los descarriados; y que, al fin, abran paso a la verdad los errores y los vicios a la virtud.
36. Como intercesora y abogada tengamos a la Virgen María Madre de Dios, para que, pues ya en su misma Concepción purísima venció a Satanás, sea Ella quien se muestre poderosa contra las nefandas sectas, en las que claramente se ve revivir la soberbia contumaz del demonio junto con una indómita perfidia y simulación. Acudamos también al príncipe de los Angeles buenos, San Miguel, el debelador de los enemigos infernales; y a San José, esposo de la Virgen santísima, así como a San Pedro y San Pablo, Apóstoles grandes, sembradores e invictos defensores de la fe cristiana, en cuyo patrocinio confiamos, así como en la perseverante oración de todos, para que el Señor acuda oportuno y benigno en auxilio del género humano que se encuentra lanzado a peligros tantos. Sea prueba de los dones celestiales y de Nuestra benevolencia la Bendición Apostólica, que de todo corazón os damos en el Señor, a vosotros, Venerables Hermanos, al Clero y a todo el pueblo confiado a vuestra vigilancia.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de abril de 1884, año séptimo de Nuestro Pontificado.


[1] De civ. Dei. 14, 17.
[2] Ps. 82, 2-4.
[3] Const. In eminenti 24 april. 1738.
[4] Const. Providas 18 mai. 1751.
[5] Const. Ecclesiam a Iesu Christo 12 sept. 1821.
[6] Const. 13 mart. 1825.
[7] Enc. Traditi 21 mai. 1829.
[8] Enc. Mirari 15 aug. 1832.
[9] Enc. Qui pluribus 9 nov. 1846. -Aloc. Multiplices inter 25 sept. 1865, etcétera.
[10] Mat. 7, 18.
[11] Conc. Trid. sess. 6 de iustif. c. 1.
[12] Ep. 137 (al. 3) Ad Volusianum c. 5 n. 20.