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miércoles, 31 de octubre de 2012

MARÍA EN EL CALVARIO (II)

Cómo la Virgen bendita sube al Calvario, y cómo de pie al pie de la Cruz, con un mismo corazón y una misma voluntad con su Hijo y el Padre Eterno, ofrece la Santa Víctima por la salud y la vida del mundo.

 Los Evangelios nos han descrito el martirio del Salvador; ¿han hablado igualmente del martirio de su Madre? En otros términos: lo que acabamos de establecer como exigido por razones de suprema conveniencia, ¿está también consignado como un hecho en nuestros Libros Santos? Si lo recordamos bien, han bastado dos palabras del discípudo amado para decir todas las grandezas de la Virgen, llamándola Madre de Jesús, el Verbo hecho carne. Algunas palabras van a bastarse también para resolver esta nueva cuestión: Stabat autem juxta crucera Jesu mater ejus... (Y la Madre de Jesús estaba de pie junto a la Cruz) (Joan., XIX, 26). Stabat mater dolorosa, Juxta crucem lacrimosa, traduce la poesía cristiana. Hela sobre el monte santo, y de pie; de pie, mientras la multitud carga a Jesús de maldiciones; de pie, mientras los soldados se reparten sus sagradas vestiduras; de pie, mientras el sol se eclipsa, se rasga el velo del templo, se parten las rocas y la Naturaleza entera se conmueve. Hela aquí en la actitud, en tal postura, en los sentimientos, en las angustias más aptas para dar complemento a su maternidad espiritual. Con nuestros Doctores, esto es, siguiéndolos, encontramos, a la luz de las breves pero substanciales palabras del Evangelio, todo lo necesario para responder a las exigencias enumeradas en el capítulo antecedente, es decir, la presencia en el Calvario, la oblación final de la Víctima, la comunión perfecta de sus dolores, y, para coronarlo todo, la proclamación solemne de la maternidad de gracia.

I. De pie junto a la Cruz de Jesús: es la presencia y es también la oblación consumada. El Génesis cuenta que Abraham que, habiendo cedido a las reiteradas instancias de Sara, madre de Isaac, el hijo de la promesa, resolvió echar de su casa a la esclava Agar, con Ismael, su niño. "Echa a esa esclava y a su hijo", le pedía importunamente Sara. Y el patriarca, después de haber consultado al Señor, "se levantó de mañana, y tomando pan y un cántaro de agua, cargólos sobre Agar, le dió el niño y la despidió. Agar, habiendo partido, anduvo errante en la soledad de Bersabée. Y cuando el agua del cántaro se consumió, dejó al, niño bajo uno de los árboles que allí crecían, y alejándose se sentó frente a él, a la distancia de un tiro de arco, y dijo: No veré morir a mi hijo; y, levantando la voz, lloró" (Gen., XXI, 14). Era la naturaleza la que obraba y hablaba en esta mujer.
Si no hubiera algo misteriosamente divino en la presencia de María a los pies de su Hijo agonizante y moribundo, esta presencia sería inexplicable. Hemos leído en algunos autores que estaba allí para consolar a Jesús, para disputarlo a sus verdugos con sus gémidos, lágrimas y súplicas. Puras invenciones que contradicen los hechos. ¿Qué consuelo podía dar al Crucificado el martirio de su Madre, cuando el dolor de Ésta debía ser un nuevo suplicio para su amor filial? ¿Qué esperanza podía tener de enternecer aquellos corazones, endurecidos hasta el punto de querer, en su terrible odio, la muerte de Jesús a toda costa, aunque la sangre de la Víctima cayese convertida en maldiciones sobre sus cabezas y las de sus hijos? Y, además, ¿no sabía María que aquel Hijo de sus entrañas debía, por voluntad del Padre y por su libre elección, dar su vida por todo el pueblo, de tal modo que procurar librarle del suplicio hubiera sido impedir los misericordiosos designios del Hijo y del Padre? Diréis que respondía simplemente al llamamiento de su Hijo. Otra equivocación; pues si el misterio de la Cruz no exigía la presencia de María, ¿por qué Jesús la había de llamar? ¿Solamente para hacerla testigo de sus angustias y para desgarrarle el corazón con una herida más cruel? "Porque, ¡oh, Señora mía!, ¿quién podrá jamás expresar ni sentir los sufrimientos vuestros viendo atormentar a Jesús, sin poder aliviarlo; viéndolo desnudo, sin poder cubrirlo; viéndole derramar sangre a raudales, sin poder restañarla; oyéndole tratar de malhechor, sin poder justificarlo; viéndolo devorado de sed ardiente, sin poder darle una gota de agua; viendo su faz adorable cubierta de salivas, sin poder limpiarla; viéndolo expirar con una muerte cruelísima, sin poder recoger su último suspiro, pegar tu rostro con su rostro y morir estrechándolo en tus brazos?" (
La Palma, Historía de la Sagrada Pasión, e. 37).
De pie junto a la Cruz de Jesús. Algunos pintores la han representado a veces caída en el suelo, o en brazos de las santas mujeres, desmayada y casi sin vida. En nombre de la sana doctrina, hay que protestar contra esos extravíos. El Evangelio la muestra de pie. ¿Con qué derecho la ponen en una postura y en un estado tan contrarios? Así, leemos en Cartagena
(L. XII, hom. 7. Opp., t. III. Cf. Novat., De Eminentia B. Virginis, t. I, c. 18, «i 7, p. 360, sqq.) que, por orden expresa del Maestro del Sagrado Palacio, se borró estando él presente, una pintura de esta clase en una iglesia de Roma. San Ambrosio no quiere ni aun oír hablar de llantos y de sollozos: "El Evangelio —dice este Padre— me la muestra de pie; no la muestra lamentándose y llorando: Stantem illam lego, flentem non lego" (San Ambros., De obitu Valentín, consol., n. 39. P. L., XVI, 1371).
No digamos, sin embargo, que María no derramó lágrimas, siendo así que, según el testimonio de San Pablo, Cristo mismo las derramó con su sangre (
Hebr., V, 7); pero eran lágrimas que corrían silenciosas, sin sollozos, ni gritos de angustia; y esto es lo que, sobre todo, quiso indicar el gran Obispo de Milán.
    Según el sentir de Suárez, hay que tener por indudable que durante toda la Pasión la Madre de los Dolores no mostró ni en su alma, ni en su cuerpo señal alguna de desfallecimiento. Es verdad que la vemos con frecuencia representada por los pintores, o en algunas meditaciones piadosas, como abismada en angustia, hasta el punto de perder el sentido y caer en brazos de las santas mujeres, y hasta en el suelo. Pero —dice también Suárez— estas son invenciones sin fundamento. Están en completa contradicción con el perfecto dominio sobre todos los movimientos de la sensibilidad que debemos reconocer en María; más aún, contrarias del todo al oficio casi sacerdotal que desempeñaba en el Calvario. Por eso los teólogos de nota y los Santos Doctores rechazan de común acuerdo opiniones tan poco dignas de la nueva Eva. 
     Por lo demás —añade—, los autores de ellas son generalmente personas de menor autoridad. Encuentro, es cierto, estas ideas en las Lamentaciones de la Virgen y en el Diálogo de la Pasión del Señor. Pero ni las primeras son de San Bernardo, ni el segundo de San Anselmo, aunque se lo han atribuido. Erróneamente, también se cita a Ludolfo de Sajonia y Dionisio Cartujano. Ni éste en su comentario sobre el capítulo 19 de San Juan, ni aquél en la Vida de N. S. Jesucristo (p. II, c. 55, § 5), han descrito nada que se le parezca, al pintar el dolor de María, cuando recibió en sus brazos el cuerpo inanimado de su Hijo. San Lorenzo Justiniano, a quien también acuden después de aquéllos, no confirma tampoco la opinión que le atribuyen, como se puede ver en el capítulo 21 de su Combate triunfal de Cristo, n. 5 (Lugdun., 1628, p. 335). Habla allí, en efecto, de las lágrimas de la Virgen, de la palidez de su rostro, de los gemidos que se escapaban de su pecho, cuando, teniendo a Jesús apoyado en sus rodillas, paseaba amorosas y dolorosísimas miradas sobre cada uno de los miembros destrozados, sangrientos y heridos de la Víctima santa; nos la muestra también como la viva imagen de la Pasión de Cristo, expirando en espíritu, cuando el Salvador exhaló el último suspiro; pero ni una palabra dice por donde se pueda entender el desfallecimiento corporal, el espasmo o cualquier otro movimiento desordenado de su exterior.
     Suárez procura hasta atenuar lo que los autores que combate pueden tener de excesivo en sus afirmaciones. No sabemos si lo ha conseguido del todo. Parece, sin embargo, que sus afirmaciones son bastante plausibles al tratar de las Meditaciones sobre la Vida de Nuestro Señor, obra que, por otra parte, no es del Doctor Seráfico, como hasta ahora creían casi todos. El mismo Suárez hace, por fin, una última advertencia, y es que los que han hablado, sea explícita, sea implícitamente, de espasmo, no están de acuerdo sobre el momento en que se produjo, puesto que unos dicen que en el encuentro del Señor con su Madre en el camino del Calvario; otros dicen que al crucificar a Cristo; otros, que al golpe de la lanzada, y otros, en fin, cuando la Santísima Virgen recibió el cuerpo de Jesús en sus brazos.
Cosas todas que prueban bastante la ausencia de tradición y de razones serias sobre este hecho. Sabido es también que el mejor intérprete de Santo Tomás de Aquino, el Cardenal Cayetano, ha escrito un libro expresamente para refutar el espasmo de la Virgen. (Cf. Suáres de Mysteriis Vitae Christi, D. 4, S. 3, § nec desunt. D. 41, S. 2, § tertio.) "Hay que notar que Nuestra Señora estaba de pie junto a la Cruz. Gran error cometen aquellos que dicen se quedó pasmada de puro dolor, porque sin duda alguna que no fué así; Ella permaneció firme y constante, aun cuando su aflicción fué mayor de la que mujer alguna ha experimentado jamás en la muerte de su hijo; porque tampoco puede hallarse quien haya tenido más amor que Ella a Nuestro Señor, no sólo por ser su Dios, sino por ser Hijo queridísimo y amabilísimo... Pero como este amor era según el espíritu, conducido y gobernado
por la razón, no produjo movimiento alguno desordenado... Permaneció, pues, esta gloriosísima Madre firme y constante y perfectamente sometida al divino beneplácito que había decretado que Nuestro Señor muriese por la salud y redención de los hombres" (San Francisco de Sales, Sermones varios. .. "Sermón del Viernes Santo", t. IX, p. 276 y sigs., edit de Annecy). 
En los antiguos oficios propios de la Orden de la bienaventurada María, o de la Anunciada (Virginum Annuciatarum), se encuentra entre las diez fiestas de la Virgen María la fiesta del Espasmo, o del Martirio de la Virgen, celebrarla el lunes que sigue al Domingo de Pasión. Después, en los Oficios reformados de la misma Orden, Oficios impresos en Anvers en 1026, y apropiados a la forma del Breviario Romano, no se habla ya de espasmo, y la fiesta lleva simplemente el nombre de Fiesta del Martirio, o del Dolor íntimo de la bienaventurada Virgen María... La oración de la Misa aprobada por León X (29 de agosto 1617) no hace tampoco mención de espasmo: "Omnipotens, clementissime Deus, qui gloríosam Virginen Mariam, Matrem tuam, et sacratissimo sanguine perfudisti et ejus cor medullitus tuo dolore nimium sauciasti, concede propituis ut per lamentationem ejus et a te separationem a praesenti, turbatione per eam misericordissime liberemur, et ad vitam proficiamus aeternam. Qui tecum", etc. (Fasti Mariani auctore Holwech, p. 313). Nótese que esta fiesta no excluía la de los Siete Dolores celebrada en la misma Orden el viernes de la misma semana.
     De pie junto a la Cruz de Jesús, es la actitud propia de la ofrenda. Jesucristo, nuestro Sacerdote y nuestra víctima, está a la vez de pie y tendido sobre la Cruz. Tendido como una víctima, de pie como un sacerdote en el altar; ofrece con su carne el gran sacrificio, del cual habían sido todos los otros, desde el origen de los siglos, profética figura; ese sacrificio del cual su Encarnación en el seno de la Virgen y su vida toda entera fueron la preparación y el preludio. No hay más que una explicación plausible de la presencia y de la postura que nos asombran en una Madre: Ella se une a Él para ofrecer el holocausto sangriento de donde saldrá la reconciliación del hombre con Dios. He aquí lo que San Ambrosio ha insinuado claramente en su libro de la Institución de las Vírgenes: "La Madre de Cristo, cuando todos los hombres habían huido, permanecía de pie, intrépida, cerca de la Cruz.. . Tenía devotamente fijos sus ojos en las llagas de su Hijo; esas llagas que sabía debían de merecer para todos el beneficio de la redención" (San Ambros., de Instit. Virgin., c. 7, n. 49. P. L., XVI, 818). En otro lugar había escrito el mismo Padre: "María contemplaba religiosamente las llagas de su Hijo, porque Ella esperaba, no la muerte de este único objeto de su maternal amor, sino la salud del mundo" (S. Ambr., in I.ue.. 1. X, n. 132. P. I... XV, 183).
     ¿Lo hemos oído bien? Lo que atrae las miradas de María, lo que no puede separar de su vista, son las llagas de Cristo. Mientras que los fariseos y los príncipes de los sacerdotes se complacen en ver en el Crucificado satisfecha su venganza y cumplido su odio; mientras las santas mujeres, al lado de la divina Madre, no ven en Cristo sino un objeto de la más dolorosa compasión, María, con los ojos de la fe, contempla en su Hijo Crucificado al Salvador que se inmola para la gloria del Padre y por la redención de la familia humana. Así, pues, lejos de quejarse del decreto providencial que la constituye espectadora de la muerte de Jesús, comprende la profunda razón que hay en ello, y dice en su corazón, al contrario de Agar: "Veré morir a mi hijo." Por esto, en medio de la turba de perseguidores, en medio de los insultos y maldiciones, la Mujer fuerte, llevada por un amor más fuerte que la muerte, ha seguido las huellas sangrientas que van del Pretorio al Calvario.
     Cuando Jesucristo llenaba la Palestina de los beneficios de amor y del ruido de sus milagros; cuando los pueblos se agrupaban a su alrededor, cantando sus alabanzas y proclamándolo el Enviado del Cielo, el Cristo, Hijo de David, el Rey tan largo tiempo esperado, su Madre entonces se ocultaba a las miradas de todos, o ni aun estaba con Él. Pero en este momento en que está tal como Isasías lo describe: "despreciado y hecho el último de los hombres, Varón de los dolores, quebrantado por nuestros crímenes (
Isa., LIII, 3 sqq.); llevando sobre Él toda la cólera del Padre, como que está cargado con todas las iniquidades del mundo", ahora María se encuentra a su lado, de pie, en evidencia, expuesta públicamente a todas las miradas. ¿Le preguntáis el porqué de esta conducta? "Ah, responde Ella, es que acuerdo del consentimiento que di en el día en que le concebí en mi seno; de la confirmación que hice, ya en la Circunsición de este amadísimo Hijo, cuando le impuse delante de los hombres el profético nombre de Jesús; ya en la Presentación, cuando le ofrecí como víctima al Padre. Puesto que hoy termina la oblación que ha hecho de Sí mismo en esos diferentes misterios, ¿no es fuerza que esté yo con Él para unir mi ofrenda con su ofrenda, de tal modo que una y otra, comenzadas juntas, juntas se consumen? Su Padre, que lo ha enviado a este mundo para este misterio de víctima, lo abandona a los verdugos, lo entrega al furor de sus enemigos, según lo prueba su resignada pero desgarradora queja: "Padre mío, Padre mío, ¿por qué me has desamparado?" (Matth., XXVII, 46). Y yo, que lo he engendrado para el sacrificio, ¿dejaré sin terminar mi propia oblación?"
He aquí por qué hallamos a María cerca de Jesús agonizante, y cuáles son sus sentimientos, y cómo está firme, inquebrantable, de pie, stabat, junto a la Cruz de Jesús, debajo de ella.
Un devoto y sabio autor de la Edad Media, Arnoldo de Chartres, ha descrito felizmente esta unión de la Madre y del Hijo en la ofrenda de la Víctima santa: "Una, y perfectamente una, era la voluntad de Cristo y de María: ambos ofrecían juntos a Dios su holocausto: Ella, en la sangre de su corazón; Él, en la sangre de su carne: Haec in sanguine cordis, ille in sanguine carnis" (
Ernald. Carnot. abb. Boae-Vallis, L. de Laúd. B. M. P. L., CLXXXIX. 1727). "Hubierais visto dos altares levantados sobre el Calvario: uno, en el pecho de María; otro, en el cuerpo de Jesús; Este, inmolando su carne; Aquélla, sacrificando su alma... Ella hubiera deseado derramar la sangre de sus venas después de la de su corazón, y, extendidas las manos en la Cruz, celebrar con su Hijo el sacrificio de la tarde, consumando con Él, con una muerte semejante a la suya, el misterio de nuestra Redención. Pero sólo al único Gran Sacerdote pertenecía el introducir en el Santo de los Santos la sangre de la expiación (Hebr., IX, 7. 12); nadie debía compartir con Él este privilegio; nadie, ni un ángel, ni un simple mortal, podía tener con Él una influencia común en la obra de la reparación. Sin embargo, el amor de la Madre cooperaba grandemente, pero en su medida y en su orden, a que Dios nos fuese propicio; porque la caridad de Cristo presentaba al Padre sus votos propios y los de su Madre; lo que pedía Ella, lo aprobaba el Hijo y el Padre lo concedía. El Padre amaba al Hijo; el Hijo amaba al Padre, y el amor de la Madre seguía a estos dos amores, de tal modo, que esas tres voluntades, la del Padre infinitamente bueno, la del Hijo lleno de piedad, la de la santa y misericordiosa Madre, no tenían más que una sola intención y un solo amor. Era como un enlace de bondad, de compasión y de caridad, en que las súplicas de la Madre se mezclaban a las peticiones del Hijo para hacer descender las gracias y el perdón del Padre" (Id., de Verbis Dom. in cruce, tract. III, P. L., CLXXXIX, 1694, 1695).

   II. María, de acuerdo con el Padre, ha entregado a su Hijo. Esto confiesa la Iglesia griega tan claramente como la latina. Prueba, esta oración que encontramos en su Liturgia: "Te lo suplico, ¡oh, Señora nuestra!: líbrame de la esclavitud de los espíritus malos. Tú, que has dado tu Hijo crucificado para que sea el común rescate del mundo, a fin de que, participando todos en la Redención, todos posean la paz de la salud" (San Sabbas., mell., 17 feb., ode 9. Cf. P. Simón Wafrnereck, Pietas Mariana Graec., p. I. n. 227).
   ¿No es, acaso, el mismo pensamiento el que respira esta otra oración, en que San Juan Damasceno describe con tanta viveza los dolores de la Madre y el ardiente deseo de la Redención que aguijonea su corazón inmaculado?: "La Oveja, contemplando sobre la Cruz a su Cordero y Pastor nuestro, dejaba escapar estas lastimeras palabras: El mundo se regocija con el beneficio de la Redención; pero, Hijo mío, ¡qué fuego quema mi corazón a vista del suplicio que Tú, pacientísimo y magnánimo Señor, sufres por las entrañas de tu misericordia Sin embargo, te lo suplico, ¡fuente inagotable de piedad!, que tus entrañas se conmuevan siempre, y perdona, Señor, los crímenes de todo el que honre con fe verdadera tus divinos tormentos".

   Jesucristo, si hubiera querido, hubiese podido escapar de sus enemigos, bajar de la Cruz y no morir de aquella muerte ignominiosa y cruel; más de una vez lo demostró Él mismo en su Evangelio (Juan X, 18; Mathh. XXVI, 53). Pero había aceptado la misión de Salvador, y de Salvador por medio de la Cruz. En vano le gritan los judíos, con insolente ironía: "Que el Cristo, que el Rey de Israel baje ahora de la Cruz, y viéndolo creeremos en Él" (
Marc.. XV. 82). A pesar de sus provocaciones, permanecerá en ella clavado hasta el último suspiro.
   Tal es, igualmente, la disposición de su Madre. Aun cuando hubiera podido acercarse libremente hasta tocar la Víctima santa y desclavarla de los brazos de la Cruz para recibirla, llena de vida, sobre su corazón, no lo hubiese hecho. Esto nos enseñaba San Ambrosio cuando nos mostraba a la Santísima Virgen "menos preocupada de la muerte de su Hijo querido que de la salvación del mundo", que debía ser el precio de ella. Escuchemos, sobre este asunto, al Doctor Seráfico, hablando no solamente como místico, sino como teólogo. Comenzando por recordar que María, lo mismo que Cristo, en el Huerto de los Olivos, hubiese querido con su voluntad natural, es decir, con una voluntad condicional, apartar de sí los horrores de la Pasión, y que esta voluntad era meritoria, puesto que entraba en los designios de Dios, continúa el Santo de este modo: "No hay que dudar tampoco, en modo alguno, de que, con un corazón varonil y con una determinación muy constante, quiso también entregar su Hijo por la salud de todo el género humano, de tal suerte, que la Madre estaba enteramente conforme con el Padre. Así, pues, lo que debe hacer de Ella el más admirable objeto de nuestras alabanzas y de nuestro amor es que, por su libre querer, consintió en que su Hijo único fuese sacrificado por la común Redención de los hombres. Y, sin embargo, sufría tanto y tan extremadamente con sus angustias, que, si hubiera sido posible, hubiera tomado, y con toda su alma, sobre Sí todos los dolores de que veía a Cristo Saturado. Fue, pues, aun tiempo, fuerte y tierna, dura y dulcisima; avara para misma, y pródiga con nosotros y por nosotros. A Ella, pues, conviene amar y honrar sobre todas las cosas, después de la Santísima Trinidad y de su Divino Hijo Jesucristo Nuestro Señor" (
S. Bonav., in I, D. 48, a. 2. q. 2, ad ult.)
   Algunos autores, deseando hacer resaltar todo lo posible el consentimiento dado por la Virgen Santísima para el sacrificio de su Hijo, no han retrocedido ante una proposición verdaderamente terrible: María, en la disposición de su corazón, estaba dispuesta a inmolar a su Hijo con sus propias manos, si Dios hubiera hecho consistir en esto la salud de los hombres.
 

 Esta opinión cuenta con otros partidarios. He aquí, por ejemplo, lo que encontramos en un libro notable por su ciencia y por su piedad: "Si Dios la hubiese mandado que con sus propias manos llevase a cabo la crucifixión de su Hijo, que la Providencia inescrutable había permitido a los malos, hubiera realizado esta voluntad con toda la prontitud y la resolución propias de un alma soberanamente sometida a las leyes de su Creador. Si la naturaleza se horroriza ante este pensamiento, basta que la gracia lo adore. Todo lo que la voluntad divina santifica, deja de ser cruel, impuro, malo y profano. (Lo que debe, no obstante, interpretarse sabiamente en el sentido que lo entiende el autor.) Si Dios se lo hubiera mandado, lo hubiese ejecutado; si lo hubiese ejecutado, hubiese hecho un acto de piedad más que generoso. Y que el Padre viviente se contentase con la preparación de su alma, sin querer el hecho, como se contentó con la de Abraham, no disminuye su dolor, sino que le da nueva materia para que crezca más y más. Supuesto que la voluntad de Dios hubiese intervenido, ¿no hubiera sido más honroso que manos llenas de santidad hubiesen tratado con más respeto, reverencia y devoción los sagrados miembros de Jesucristo que las impías manos de los verdugos y profanos, que fueron los instrumentos y ministros de su adorable sacrificio?" La Cruz de Cristo, en que están establecidas las verdades más hermosas de la Teología mística y de ta gracia santificante por el P. Luis Chardon, de la Orden de Predicadores, del convento de la calle Nueva Saint-Honoré. Premier entretien, ch. 31, p. 427. París, chez Bertier, 1647).
   Entre estos autores se señalan dos más notables por su autoridad. Uno sería, tal vez, el canciller Gersón. No traemos aquí las palabras que le atribuyen, porque no las hemos hallado en el lugar en que debían estar, según las citas que de ellas se hacen. El otro es San Antonio, el ilustre y sabio Arzobispo de Florencia. Dejémosle hablar a él mismo en un párrafo que es suyo, indudablemente: "La Bienaventurada Virgen María estaba de pie junto a la Cruz, firme en su conformidad con la voluntad divina. Ella lo sabía: era decreto del Padre que su Hijo único sufriese todos los horrores de la Pasión, y sabía que ese Hijo había venido para esto del cielo a la tierra... De aquí su inquebrantable conformidad al divino beneplácito. No murmuraba de ver sufrir a Jesús; no se indignaba de ver a los judíos que le trataban tan cruelmente, después de haber recibido tantos beneficios. No llamaba sobre ellos la venganza del cielo, ni pedía que que se los tragase vivos la tierra, como merecían. Ni aun se la veía hacer esas demostraciones exteriores de dolor tan comunes en las otras mujeres. ¡No! Ella estaba de pie, llorando, sin duda, y anegada en dolor; pero tranquila, modesta, llena de virginal reserva y compostura. ¡Oh, Soberana mía! (exclama el mismo Santo, imitando a San Anselmo), ¡qué arroyos de lágrimas corrían por tus castos ojos cuando viste a tu inocentísimo Hijo, a tu Hijo único, preso, flagelado, coronado de espinas, crucificado; cuando aquella carne de tu carne se te presentaba tan horriblemente desgarrada por tantas llagas y heridas! Y, sin embargo, tan conforme estabas con la voluntad de Dios, que sobre todas las cosas deseabas la salud de la naturaleza humana. Así es que, me atrevo a decirlo, Ella misma, a falta de verdugos, hubiera puesto en la Cruz a su Hijo, si hubiera sido necesario que hiciese esto para la salud de los hombres y para cumplir más perfectamente Ella misma la voluntad del Padre. No es de creer, en efecto, que su obediencia fuese menos perfecta que la de Abraham, aquel padre de los creyentes que, para gloria de Dios, consintió en sacrificar con su mano misma a su propio y único hijo, Isaac. Estaba, pues, de pie, firme, inmóvil, en su entrega a la voluntad divina" (San Antonin. Flor., Sum theol., p. IV, tit. 15, c. 41, § 1).

   Nada más verdadero que la reflexión de San Antonino sobre la actitud de la Virgen en el Calvario sobre la inefable conformidad de su querer con el del Padre y sobre los bienes inestimables que ella nos ha procurado. Pero, declarando todo nuestro pensamiento y todo lo que sentimos sobre esta materia, decimos que esa hipótesis que presenta a la Madre poniendo Ella misma en la Cruz a su Hijo y a su Dios nos repugna. Tiene un no sé qué de duro y penoso para nuestra devoción filial. Y puesto que nada, ni en la Escritura, ni en las comunicaciones divinas que fueron hechas a María, nada hay que dé pie para sospechar que Dios pudiera someterla a una prueba tan espantosa, ¿de qué sirve proponer y discurrir acerca de semejante hipótesis? Tanto menos, cuanto que tales suposiciones no son necesarias para entender que María no puso en su corazón reserva ni límite alguno a su completa ofrenda. Si fuera preciso hacer aquí alguna hipótesis de esa clase, preferiríamos esta otra que vamos a exponer, y que presenta algo que es menos terrorífico para la naturaleza. Supongamos, pues, que, por un imposible, el cuerpo de Cristo se fuese desprendiendo de la Cruz antes de que la muerte hubiese terminado la obra de la salud: sin duda alguna, Cristo se hubiese esforzado en permanecer sobre el leño del sacrificio, y María, la Mujer heroica entre todas, la Madre de los dolores, le hubiera ayudado con sus manos temblorosas, pero firmes, a quedarse en él: tanto estimaba Ella la parte escogidísima que le cupo en el gran acto de la Redención.
   Sea como quiera, María coopera libremente .y generosamente a la ofrenda de la nueva Víctima. "Hace falta —dice Bossuetque se una al Padre Eterno, que de común acuerdo entreguen al Hijo de ambos al suplicio; para esto la ha llamado la Providencia al pie de la Cruz" (
Bossuet, I serm. de la Compasión de la Virgen Ssma.).
  Ya hemos visto cómo respondió a los designios de Dios sobre Ella.
   Había en el alma de esta augusta Madre un doble amor: el amor de la vida de su Hijo, de aquella vida que estimaba y amaba soberanamente, porque era una vida divina; el amor de la muerte de ese mismo Hijo, que deseaba con toda su alma, porque tal era el decreto del Padre y tal la condición sin la cual no podía ser reparada la gloria de Dios, ni rescatado el mundo.
   Estos dos amores hicieron agonizar a Cristo en el Huerto de las Olivas, y renuevan una agonía semejante en el alma de la Madre. Cristo aceptó el cáliz de amargura presentado por el ángel, triunfando del espanto de la naturaleza: "El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no quieres que lo beba?" (Juan XVIII, 11).
Así hace también la Santísima Virgen. Fiel imitadora de su Hijo, coloca su voluntad en la voluntad divina, y tomando su cáliz lo beberá hasta las heces, sin dejar caer la gota más pequeña, o, mejor dicho, beberá en el cáliz mismo de su Hijo. Por esto, después de haber visto a María participar en la oblación del Salvador, considerado como Sacerdote, nos resta el contemplarla compartiendo su oficio y su destino de Víctima.

J.B. Terrien S.J.
MARIA MADRE DE DIOS Y
 MADRE DE LOS HOMBRES 

martes, 30 de octubre de 2012

De los principales ejercicios devotos.

TITULO IV
DEL CULTO DIVINO
Capítulo X. 
De los principales ejercicios devotos

451. Entre los mas útiles ejercicios de devoción, recomendamos encarecidamente la frecuencia de los sacramentos de la Penitencia y Eucaristía, la asistencia diaria al santo Sacrificio de la Misa, el rezo del santo Rosario y el examen de conciencia acompañado del acto de contrición. 

452. Recomendamos encarecidamente, que el ejercicio del Via Crucis se practique con toda la frecuencia posible, sobre todo en las Iglesias parroquiales. Como, por no llenar las condiciones requeridas en la erección del Via Crucis, no rara vez se ven privados los fieles de las indulgencias concedidas a este piadoso ejercicio, los curas y rectores de las Iglesias tendrán presentes los decretos de la Santa Sede y los observarán fielmente.

453. La religiosa costumbre de saludar tres veces al día a la Sma. Virgen María al toque de la campana, devoción canocida con el nombre del Angelus, es antigua, útil y está enriquecida con muchas indulgencia; por tanto, hay que procurar que los fieles la practiquen umversalmente y con constancia.

454. La asociación de la familia cristiana, bajo la protección de la Sagrada Familia de Jesús, Maria y José, cuyo culto siempre se tuvo en alta estima, suscitada por el empeño de varones piadosos, reconocida por Pío IX, y últimamente refundida por la autoridad suprema, tiene por objeto utilísimo unir las familias cristianas a la Sagrada Familia, con vínculos más estrechos de piedad; por lo cual deben los párrocos establecer y fomentar con todo empeño esta asociación, para que Jesús, María y José protejan y defiendan señaladamente las familias a ellos consagradas, como cosa propia, conforme a las Letras Apostólicas de León XIII Neminem fugit, de 14 de Junio de 1892 y Quum nuper de 20 de Junio de 1892.

455. Alabamos y recomendamos las oraciones antes y después de la comida, que se acostumbran en las familias de veras cristianas; y queremos que los curas y demás sacerdotes, con la palabra y el ejemplo, procuren restablecer esta práctica tan cristiana.

456. Trabajen con empeño los párrocos para que los ejercicios públicos de devoción, más acomodados a las costumbres cristianas y religiosas, y a las tradiciones aprobadas de cada República, se restablezcan y vuelvan al antiguo esplendor de piedad y religiosidad verdadera; y con frecuencia exhorten los fieles a su cuidado cometidos, a que se empeñen en adorar a Dios y a sus Santos en espíritu y en verdad, y no por sola ostentación exterior.

457. Háganse con gran religiosidad devotas peregrinaciones a los Santuarios más célebres de cada comarca, y procesiones extraordinarias. Queremos, por tanto, que previa licencia del Ordinario, las preparen a tiempo los curas, con oportunas y piadosas pláticas, de modo que resulten otras tantas ocasiones de renovación espiritual en la fe y la piedad para los pueblos, sobre todo con acercarse a la Penitencia y a la Eucaristía.

458. Y por cuanto, en los ejercicios devotos, cualquier cambio no necesario, y cierto prurito de novedad, se vuelven a menudo motivo de que se entibie el espíritu cristiano en aquella parroquia, en que se relaja la estabilidad de la devoción pública y de la piedad, por decirlo así, tradicional, prohibimos a todos los párrocos y sacerdotes que introduzcan ejercicios de piedad insólitos, ó nuevas cofradías, sin licencia expresa del Ordinario
ACTAS Y DECRETOS DEL CONCILIO 
LATINOAMERICANO DE1889

¿COMO SE HA PERDIDO LA FE?

                                                                                     "EL TIEMPO DE LA SEMENTERA
 DE LA PALABRA EVANGELICA
 ENTRE LOS GENTILES,
 SE HA TERMINADO"
 Por Mons. José F. Urbina A.
Mayo 2012

     El Padre Remigio Vilariño Ugarte, S.J., en su libro PUNTOS DEL CATECISMO (Num. 95), escribe: "Se pierde la Fe y se llega a estados (al indiferentismo, al cisma, a la apostasía, a la herejía), por falta de instrucción, por las malas compañías, por las malas lecturas, por los vicios, por la soberbia, por la falta de práctica religiosa; de ordinario antes de faltar la fe, suele faltar la vida cristiana y antes de practicar que de creer".
     "Todos los que estén en alguno de estos estados por su culpa, no se pueden salvar".

     Yo diría que todavía antes de faltar la práctica que conduce al descreimiento hay una etapa terrible que va entibiando el alma y la va cocinando e insensibilizando para un camino que la arroja a las regiones donde no está Dios e incluso se condena a Dios porque se va adquiriendo poco a poco el pensamientos de los condenados que incluso llegan a perder la esperanza de salvación. Aunque este declive está regulado por la soberbia que niega que esto puede pasar, comienza en las treguas a la gracia que revelan ya, de suyo, una falta de amor a Dios y un espíritu que se ha degradado. Este es ya un primer alejamiento, sutil y perezoso que ya de suyo, puede constituir pecado y a veces pecado mortal. La ingratitud lleva a desconocer a Dios como el Autor de todos los beneficios recibidos. Apartarse de la oración y de los Sacramentos, no me va a impedir caminar o ganar dinero, dicen.
     Estos pecados de la inteligencia, están eficientemente apuntalados por lo que dice el Padre Vilariño, y más. La falta de instrucción es terrible en el pueblo católico. Hay una supina indiferencia hacia todo lo que representa alguna clase de instrución en todo lo que huela a religión. Pero al mismo tiempo, la picazón por las malas amistades, ya se llamen amigos, o televisión, o impresos, dejan sus huevecillos infecciosos que no tardan en multiplicarse. ¿Estoy hablando de los individuos?, sí, pero también de la sociedad que se va anemiando y se va amarinando como los árboles atacadas por las plagas que pronto van a ser cortados y echados al fuego.
     Esa desgraciada indiferencia y tibieza general, que ha llevado a la apostasía, tiene culpables indudablemente!. No todo el pueblo está capacitado para entender las cosas de la Fe y la Doctrina cristiana, pero entre ese pueblo, hay muchas capacidades que antes de informarse en su Religión para explicar e ilustrar a los que no saben, se dedicaron a sus particulares intereses y abandonaron en las garras de los coyotes a las ovejas indefensas y desprevenidas. Es un pretexto bastante hipócrita y estúpido decir que los enemigos eran demasiado fuertes para hacer algo. Hay muchos hombres que se escudan para cometer toda clase de pecados e inmoralidades, porque las tentaciones "en estos tiempos" son muy fuertes, como si fuera posible que Dios permitiera un ataque diabólico que no se puede resistir. ¿No éste es el lenguaje del Diablo?, ¿no se está condenando a Dios como un Juez inicuo e injusto?. La sociedad cristiana tenía la fuerza por siempre para ser la reina de la historia. Si ha caído y besado el polvo, si ha sido estrellada contra el suelo, así sus enemigos fueran débiles o poderosos, enmascarados o descarados, es porque no se usaron los recursos divinos puestos en sus manos. Porque se abandonó la lucha. Porque no hubo sacrificio, ¡pero ni siquiera algún esfuerzo!. Porque la corrupción comenzó a invadir los estratos sociales y a romper las defensas del alma. ¡Fue más fácil!. Estuvo a la moda. Más aceptado. Pero también el pueblo ignorante, que no estaba obligado a saber, prostituyó su moral, abandonó la práctica, fue permisivo con los hijos y cerraron los ojos, y así los hijos se prostituyeron.
     Dice acertadamente Santo Tomás de Aquino que esta clase de infidelidad, la apostasía, difiere solamente de la herejía, accidentalmente. La herejía y la apostasía sólo difieren cuantitativamente. En el orden objetivo la apostasía es más grave, pero no enseña ninguna nueva especie de infidelidad, pues sólo enseña LA LLEGADA al estado de abandono total de la Fe. La herejía es un abandono parcial, por lo cual, este pecado es de la misma especie que la apostasía. El hereje, sigue el mismo camino que el apóstata, pero se detiene antes de la llegada. Tanto la herejía como la apostasía, ya dije antes, son irreversibles.
     San Pío X dijo que el Modernismo implantado luego por el Concilio Vaticano II principalmente destruiría totalmente la Religión cristiana, y la razón es clara. Un convertido al protestantismo, por ejemplo, se ha detenido antes del rechazo completo de la Fe, porque aunque ha seguido la misma ruta, en aras de su nueva creencia se detiene al encontrarla supuestamente. No llega a la apostasía, aunque sí a la herejía que es un pecado de la mismísima especie.
     Pero estoy hablando del Modernismo. San Pío X se refería al Modernismo que con el prurito constante del cambio, del progreso, de la modernidad, enseñado a un pueblo que es obediente y que cree que la voz de sus autoridades es la Voz de Dios, indudablemente no enseñaría la herejía solamente -como ya lo está haciendo-, sino que llegaría poco a poco a la pérdida total de la Fe. Pues el que cede poco, cede poco a poco y no hay un límite. Uno de los "dogmas" modernistas proclama abiertamente el progreso constante de la Doctrina y son tan hipócritas que dicen que esto es "como el pueblo lo vaya requiriendo". Se pulveriza el modelo firme, invariable, la verdad predicada por el Hijo de Dios. Para ellos, Cristo inició un cierto movimiento religioso para adaptar a las distintas situaciones y cambios de la historia y a cada lugar (Denz. 2059). La Iglesia debe estar sujeta a "perpetua evolución" (Denz. 2053). Los supuestos "papas" que vemos desde que Juan XXIII se apoltronó usurpando el Trono de San Pedro, son las cabezas anticrísticas profetizadas en cuya mente ya está figurada la apostasía a la que marchan con el mismo espíritu y paso firme hipócritamente disfrazado.
     Algunos teólogos dicen que existe la posibilidad psicológica de que haya un engaño inculpable, dada la facilidad del hombre para dejarse persuadir por cualquier error, pero desde el punto de vista teológico, esto no es posible, porque la gracia y la fe ayudarán eficientemente si no falta la oración y todos los remedios que todo creyente está obligado a poner para evitar los peligros contra la Fe. Por eso, todo aquel que ha perdido la fe por falsas persuaciones, es gravemente culpable, al menos en causa remota. Habrá pecado contra la Fe indirectamente por descuidar su grave deber de adquirir suficiente instrucción religiosa, o por no haber evitado los peligros, como pueden ser, por ejemplo, las comunicaciones con herejes y otras alimañas.
     Se puede argüir que muchos fieles no tienen, como antes dije capacidad para conocer la Doctrina y así son presa fácil del engaño, pero yo respondo que la brutal expulsión de la Misa, privó al pueblo del sentido de la fe. Un mal trajo otro. La corrupción del pueblo trajo el destierro del Sacrificio, y esto los introdujo al camino de la apostasía. Dios jamás te va a abandonar si tu no lo abandonas primero.
     A esta clase de peligros los "pastores" de la Iglesia han expuesto al pueblo a ellos confiado. No solamente le arrancan con brutalidad la Misa y los Sacramentos, fuentes de gracia y de fuerza y de luz; no solamente con pretexto de modernizar introducen el camino a la herejía que es el camino a la apostasía -porque no van a detenerse nunca-, sino que para acelerar el paso propician y "bendicen" toda clase de convivencias y reuniones con toda clase de sectas, de religiones extrañas, que en aras de la paz mundial entre los hombres infectan y prostituyen el espíritu de la inmaculada Iglesia de Cristo, ya demasiado arrastrada por el polvo por un pueblo indiferente y deshonesto.
     Temo que estoy hablando un idioma que ya no se entiende. Que pronuncio palabras ininteligibles que no calan, no entran, que no se comprenden. Por esto nadie ve que las puertas del aprisco están guardadas por lobos enmascarados de pastores. Pero esta ceguera es general. Ni los que se han quedado fieles al Vaticano ven nada, ni su acercamiento a la apostasía, ni los que han quedado fieles a la Misa católica que siguen el mismo camino que los otros, pero en un vagón más lejano del mismo ferrocarril.
     Santo Tomás de Aquino (Sum. Theo. 2-2, q. 10, a. 7) enseña nuy claro sobre el grave peligro que corren los fieles en esas reuniones con herejes y paganos, cuando no asisten quienes "con suficiencia e idoneidad puedan rebatir los errores. De esta forma se confirmarán los débiles en la Fe y se quitará a los infieles la posibilidad de engañar". Sigue diciendo: "El silencio de quienes debieran oponerse a los que pervierten la verdad de la Fe, sería la confirmación del error". De ahí las palabras de San Gregorio: "Como la palabra imprudente conduce al error, el silencio indiscreto deja en el error a aquellos que podían haber sido instruidos".
     En el caso de los modernistas, la defensa de la Fe no se dará jamás. Tienen el alma tan pervertida, que para ellos, todas las religiones constituyen diversos caminos para lograr la salvación. Dios quiere, dicen, que todas esas religiones existan. No hay ninguna esperanza de que defiendan la Fe Católica. Y no solamente no guardan un silencio obsequioso, sino que con toda intención predicarán en contra. Un "ministro" durante su nueva misa, como debe haber muchísimos, predicó que el Protestantismo y el Catolicismo son la misma cosa.
     Es que quien tiene el alma infectada de herejía o de apostasía, que es el término, la llegada, va a tratar siempre de llevar a otros al error que lo ha infectado. Es que sus llagas siempre supuran para embarrar a otros. Es un deseo incontrolable y morboso de hacer equipo. El eterno detractor de sus superiores, ha comenzado una carrera que para en el despeñadero. Santo Tomás dice (Sum. Theo. 2-2, q-12, a. 1) que muerta la vida del alma, aparece el desorden en todos sus miembros "en la boca que grandemente manifiesta el corazón; después en los ojos y en los medios del movimiento; y por ultimo, en la voluntad que tiende al mal. De ello se sigue que el apóstata, siembre la discordia, intentando separar a los otros de la Fe como él se separó". Lo cual puede comenzar en la detracción, seguir en la herejía y terminar en la apostasía. Son pecados de la misma especie. Apestan a lo mismo; uno encontrará a otros detractores; otro encontrará a otros herejes; otro encontrará a otros apóstatas. Y muchos de ellos, se creen apóstoles de la Fe. Pero cuando por ese camino ésta se ha perdido, quieren que otros sigan esa luz que ellos librándose del engaño, encontraron con su industria.
     El Concilio de Trento, tan condenado y atacado por los modernistas, que se reunió después de la Revolución Protestante para aclarar, definir y defender la Doctrina Católica cuestionada por Lutero y sus seguidores, dice: "La Fe se pierde por el pecado de infidelidad". Los católicos indiferentes, entibiados, que durante muchos años sin negar abiertamente, se apartaron de la vida eucarística y de la oración; fueron remisos en el estudio de su Religión; convivieron imbuidos en los errores del Naturalismo, del Racionalismo, del Liberalismo, del Ateismo, del Indiferentismo o de cualquiera de las herejías materiales -también llamadas "herejías de las obras"-, un día, y ese día llega indudablemente, verán que esos errores ya van siendo "compatibles" con su Fe. El camino ha comenzado sin dejarse sentir. Casi en todos los casos, si es que no decimos que en todos, el alto es imposible. Ningún apóstata quería en principio serlo, Pero descuidó sus obligaciones. Sólo fue indiferente, sólo se entibió, se hizo tibiecito como el vómito y el olor a vómito no se le quitará en adelante, a menos que rectifique lo cual es muy difícil, o imposible.
     Lo mismo es decir esto de los individuos aisladamente considerados que de la sociedad. Y la explicación es clara. El pecado personal, aunque sea un pecado "oculto", está ligado fuerte e indivisiblemente al pecado social y lo incrementa, ya que este es el cuerpo social de la Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo. Los católicos conocemos la doctrina sobre la "comunión de los santos". En la Iglesia todos tenemos una misión dada por Dios. Una obra que construye el reino de la luz, y una pugna contra el Demonio. Nuestras acciones siempre influyen al prójimo positiva o negativamente y esta obra un día será reconocida o condenada. Es terrible el día en que a los malos los alcance el destino y se enfrenten al Rostro airado del Cordero.
     En este sentido, adquiere suma importancia la familia que es la primera célula de ese Cuerpo místico. Cualquier acción por leve que sea la fortalece o la destruye. Son traidores al plan de Dios los que la dividen, e incluso los que no pugnan por unirla y fortalecerla, siguiendo sus pasiones, o sus propias opiniones, o sus propios intereses. Esos comegenes que trabajan bajo tierra, o escondidos tras la chapa de un mueble debilitando su firmeza son los aliados silenciosos de los enemigos de Cristo. ¿Cómo no referirnos a esa inmensa cantidad actual de matrimonios deshechos por el divorcio que traen tan terribles consecuencias?, ¿cómo no referirnos a esa inmensa cantidad de matrimonios unidos por la conveniencia social o económica, por una pasión carnal a los herejes, a los librepensadores, a los racionalistas, a los liberales y a una caterva de bichos ponzoñosos que van a pervertir a su descendencia aún sin la intención de evangelizarlos y tan sólo por su influencia?, ¿quién llevaría a su casa un cubo de comegenes para esparcirlos por todas las estancias donde horadarán para hacer sus nidos?. Estos "católicos" están lejísimos de haber constituido una unión como Dios manda en el sagrado vínculo matrimonial. Podrán ser una sola carne, pero no un solo espíritu y la razón es muy obvia. Pero ya nada de eso interesa hoy.
     La humanidad ha apostatado y todos están tranquilos y satisfechos. La Iglesia se hunde, y todos están tranquilos y satisfechos. Quedaba un reducto que estaba dentro de la Iglesia, pero los constructores del reino de la oscuridad y del odio, ahora rebuscan entre los despojos que quedan, alguna cosa sana para enlodarla y pervertirla. La Iglesia Católica es el nuevo Israel de Dios. Es el Israel espiritual, pero si ésta es ocupada por "papas" y jerarcas que traicionan la Doctrina y arrastran al pueblo a la herejía camino a la apostasía y han renunciado al primer principio de reconocer la necesidad de todos los hombres de convertirse a la Fe de Jesucristo, ésta no puede ser la Iglesia Católica ni el Israel espiritual de Dios. El rechazo de este principio, que es la razón fundamental de la autoridad apostólica le arranca sin discusión toda autoridad y posición de juicio, mientras todo el poder político terreno va a los enemigos de 1a Iglesia. Esta situación anticrística clara e insistentemente anunciada, debería ser conocida por los fieles. Tienen la grave obligación de conocerla. Es la señal toral de que los tiempos de las naciones se han cumplido ya. Es el momento crucial para reconocer que la sementera de1 Evangelio ha terminado, mientras los tiranuelos no se cansan de cacarear las glorias de ese desgraciado aquelarre de vociferantes y ese supuesto nuevo pentecostés que fue el Concilio Vaticano II.

lunes, 29 de octubre de 2012

NATURALEZA Y ESENCIA DE LA IGLESIA EN LA TRADICIÓN APOSTOLICA

 Revista CLAVES
Año I N° 5
Abril 1993

DE "FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA"
Capítulo I 
NATURALEZA Y ESENCIA


La Iglesia es una entidad viviente, un organismo cuya existencia sólo puede ser concebida con relación al "Mysterium Christi" (Misterio de Cristo) de que habla San Pablo. (Col. IV, 3).
En el espíritu de la Tradición Apostólica este "Mysterium Christi" constituye el centro absoluto de toda la esfera universal: la Encarnación del Verbo eterno de Dios en las purísimas entrañas de María, hipóstasis divino-humana, sublime comunicación sensible e histórica, entre la divinidad y la humanidad, hacia la cual se encuentra ordenada toda la Creación.
Ahora bien: la "Ecclesia" es el mismo "Mysterium Christi", o mejor dicho, es el "Mysterium Plenum Christi" ("Misterio pleno de Cristo"), cuya realidad está configurada por la propia hipóstasis divino-humana de Jesucristo, sacerdote etemo, ("sacerdos in aeternum secundum ordinem Melquisedec"), quien por un lado, se ofrece como Víctima de Redención, pero que además, en virtud de la doble naturaleza de su hipóstasis "unus et idem" según la fórmula de San Irineo, (Cf. BAC 300), es Sumo Pontífice (puente) capaz de establecer una perfecta comunicación entre la Trinidad Santísima y la congregación de todos los hombres que libremente quieran participar de la vida divina.
Esto es la Iglesia: Comunión divino-humana, sociedad perfecta, Cuerpo Místico de Jesucristo.
La Iglesia así concebida, vive tanto en el orden celeste cuanto en el orden terífeno; su ser late más allá del orbe; su naturaleza incorpora la virtud humana a la plenitud divina; su existencia trasciende todos los evos.
En el orden celeste, la Iglesia participa de la Vida Divina en la gloria beatífica de la contemplación trinitaria. En el orden terreno, la Iglesia participa de la Vida Divina a través de la gracia santificante que fluye desde los Símbolos Sacramentales, especialmente la Eucaristía —ágape misterioso—, perfecta renovación del mismo Sacrificio Redentor de la Cruz que perpetúa verdadera, real y físicamente la presencia del Verbo Encarnado en el tiempo y hasta la consumación final de todos los siglos. Sin embargo, previo a esto, la Iglesia participa de la Vida Divina por la comunión en la Fe que se recibe en el Bautismo.
SIN COMUNION EN LA FE NO HAY IGLESIA EN LA TIERRA.
Tanto en la tierra como en los cielos, la Iglesia es una sacrosanta realidad divino-humana. Si bien está compuesta por miembros humanos de por sí imperfectos, no obstante, por la comunión de estos miembros con el Verbo Encamado, la Iglesia es una misma y única cosa con Cristo. Es el Cristo total que aclama San Agustín y también San Hilario cuando dice: "El es la Iglesia, porque la contiene enteramente por el Misterio de Su Cuerpo". (In. Ps. 125, 6).
Con frecuencia, la Patrística y la liturgia también han visto a la Iglesia como "anti-typo" de María: "Arca Dei Viventis", "Templo donde la Trinidad es glorificada". (San Juan Damasceno, "Homilía en la natividad de Nuestra Señora, Madre de Dios y siempre Virgen María". Ediciones de Cerf, pág.75).
"María, que nunca fue de este mundo, en su muerte lo deja enteramente. Mas como en la tierra fue una potencia callada, pero terrible porque llevaba a su Hijo y era, enmedio de la comunidad cristiana, como un arca viviente de la presencia de Cristo, no se perdió en la nada, sino que, precisamente a partir de ese momento, desde el cielo llena con su presencia a la Iglesia". (Dom Odo Cassel "María como tipo de la Ekklesia", en "Misterio de la Ekklesia", pág. 461).
Esto es algo muy profundo y maravilloso: María, virgen purísima y "Madre del Amor Hermoso" (Eclesiástico XXIV, 24), ve en la Tradición Apostólica la figura personal, original, de la Iglesia.
Como María, así la Iglesia posee "un seno más amplio que los cielos mismos" ya que en él hospeda a "Aquel que los cielos no pueden contener" (Srisipo de Jerusalén, "Or. in S. Mariam Deiparam" Cf. BAC 8).La Iglesia, como María, es la Ciudad Santa, el ámbito inviolable e insustituible de la Teofanía, aquella sublime realidad fuera de la cual no hay salvación, porque sin la Iglesia, como sin María no existe posibilidad de comunicación con la divinidad.
La Iglesia, Una y Santa, conforme el Símbolo de Nicea, es una realidad absoluta ("Católica"), que perdura en el despliegue de la Tradición Apostólica, que no admite división o imperfección alguna, que no se confunde con su organización jurídico-canónica -aunque la necesite temporalmente—, que no se confunde con el Vicario Romano —que representa a Jesucristo, pero no es Jesucristo—, que no se confunde con la historia, -aunque esté presente en el mundo-, pues no es del mundo sino de la ternidad y de la gloria, donde reina Jesucristo resucitado, que es su Cabeza.
La Iglesia en la tierra es una anticipación escatológica de la Ciudad Celeste, la cual se encuentra ya realizada, incoactivamente, de modo misterioso y sacramental, en Ella. Es decir, que la Iglesia misma es ya "hic et unuc", la Ciudad Celeste, solamente que a nosotros nos falta trasponer aún los umbrales de la muerte para contemplarla en su divina magnitud.
Esta es la Iglesia en la que fuimos bautizados. Y cuando nosotros proclamamos nuestra FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA, nos referimos a esta Iglesia UNA, SANTA, CATOLICA V APOSTOLICA, concebida según y con forme esta Doctrina Tradicional que pro fesamos sostenidos por el poder de la Fe. 

Capítulo II 
LA IGLESIA EN EL VATICANO 

Muy diferente es la concepción de la Iglesia en los textos del Vaticano II, principalmente en la llamada Constitución Dogmática "Lumen Gentium". Este documento consta de ocho capítulos, de los cuales sin duda, los dos primeros son los esenciales.
En el primer capítulo trata específicamente del "Mysterium Ecclesiae". Sobre la base de la voluntad del Padre, la misión del Hijo y la santificación del Espíritu, concluye en la noción de la Iglesia como Cuerpo Místico de Jesucristo (no.7) con numerosísimas citas de San Pablo. Pero después dice:
"Esta Iglesia constituida y ordenada en este mundo como una sociedad subsiste en la Iglesia católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, aunque puedan encontrarse fuera de su conjunto muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, impelen a la unidad católica", (no.8).
Está de más decir que de esta doctrina derivan los principios que nutren los otros documentos conciliares sobre temas como "la libertad religiosa", el "ecumenismo", etc. 
En los medios "Tradicionalistas" estos temas han causado gran preocupación incluso desde antes de que fueran aprobados los documentos conciliares respectivos, pero muy pocos han advertido que lo verdaderamente grave reside en la doctrina que el Vaticano II pretende establecer sobre la naturaleza y condición de la Iglesia.
Si, de acuerdo a la Tradición Apostolica, la Iglesia es una comunión divino humana, absoluta, mística, trascendente y eterna, resulta imposible que puedan encontrarse fuera de Ella "elementos de santificación". La santificación no es otra cosa que la participación humana en la Vida Divina, y esto absolutamente no puede darse de la comunión divino-humana que se verifica en el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo, cuya existencia se enraiza en la Encarnación del Verbo eterno de Dios que es centro de todo el universo.
Nótese que la "Lumen Gentium" (Luz de las Gentes), en el párrafo que citamos, no está hablando de tal o cual iglesia entendida como una comunidad cristiana localizada en determinada latitud, ni siquiera está hablando de la iglesia romana en cuanto tal. Se refiere a la "Iglesia Católica", y en un contexto donde, además, trata del "Mysterium Ecclesiae" en sí mismo (!!!). En este orden es totalmente incompatible con la Fe sostener que fuera de la Iglesia haya elementos nada menos que de santificación, pues ello equivale a insinuar que fuera del "Mysterium Christi" es posible la participación en la Vida Divina.
Naturalmente, cada uno piensa como quiere con el mundo pluralista moderno, pero lo que no se puede pretender es que semejante doctrina sea considerada acorde con la Fe Apostólica. Según esta Fe, que es la nuestra, fuera del "Mysterium Christi", fuera de la "Ecclesia", fuera del "Corpus Mysticum Christi", sólo está el "Mysterium Iniquitates" (Misterio de iniquidad, de que habla San Pablo en su Epístola a los Tesalonicenscs, 11,7), o sea, el mundo con su príncipe (el demonio).
En su segundo capítulo la "Lumen Gentium" define aún más su doctrina. Allí pasa a considerar a la Iglesia como "populus Dei" (pueblo de Dios). Una vez que se ha obviado el abismo entre "Mysterium Christi" y "Mysterium Iniquitatis", la concepción de la Iglesia como "populus" surge sola, puesto que ya estamos enteramente inmersos en la corriente existencial de la historia. Y aquí tocamos el corazón de la doctrina conciliar, porque en cuanto uno se ha colocado en la perspectiva de dicha corriente existencial de la historia, inevitablemente recobra vigor la esperanza mesiánica incumplida.
"Este pueblo mesiánico —dice la "Lumen Gentium"tiene por cabeza a Cristo (no.9). Y después añade: "Así como el pueblo de Israel según la carne, peregrino en el desierto, es llamado alguna vez Iglesia (Núm. XX, 4), así el nuevo Israel que va avanzando en este mundo hacia la Ciudad futura y permanente (Cf. Heb. XIII,14) se llama Iglesia de Cristo (cf. Mt. XV, 18)".
Nosotros de ningún modo podemos comulgar con esta noción de la Iglesia. Esto no es la Iglesia Católica. Se trata de una concepción religiosa modernista y judaizante que desplaza por completo la trascendencia absoluta de la Encarnación del Verbo y de su muerte y resurrección. (Utilizamos la expresión "judaizante" en un sentido estrictamente doctrinario. Decimos que las concepciones religiosas del Vaticano II se aproximan a una cosmovisión religiosa judaica y se alejan notoriamente de la Tradición Apostólica. En cuanto el término "modernista" no necesita explicación. Es la herejía condenada por San Pió X cuyos principios están consagrados casi punto por punto en los textos del Vaticano II.)
En cambio, la concepción del Vaticano II conduce necesariamente a una inmersión en la Historia, en el devenir de los tiempos, esto es, en lo que el universo tiene de finito, mudable, perecedero. El mundo, la historia y la vida humana en su sucesión temporal adquieren una importancia suprema, desconocida hasta ahora; se convierten en la más deslumbrante epifanía, y, entonces, la participación en Vida Divina, la santidad, consistiría en hallarse consubstanciado, comprendido comprometido en el devenir histórico través del cual el "Pueblo de Dios" peregrina en una permanente evolución hasta el cumplimiento de las promesas mesiánicas, hacia el omega de la historia (Resulta casi imposible no advertir el acercamiento que ha operado el Vaticano hacia la cosmovisión del P. Teilhard Chardin, especialmente en cuanto a obra "El Fenómeno Humano", una de 1as más coherentes expresiones de una noción de la divinidad inmanente al universo, al hombre, a historia y a la evolución).Dentro de este pensamiento, adquiere descomunal importancia el "sacerdocio común de los fieles" (no.10); y por lógica el "Pueblo de Dios" habrá de tener un "gobierno colegiado" (no.18-20), puesto que, precisamente, es "populus" antes que "corpus". (O sea pueblo antes que "cuerpo"). En este sentido es inocultable que, pese a la "nota explicativa" previa, añadida para tranquilizar a los conservadores, la "Colegialidad" que define la "Lumen Gentium" es enteramente coherente con la eclesiología elaborada por los teólogos modernistas e historicistas de este siglo, principalmente Karl Rahner. (Ver "Vida y obra Karl Rahner" de Herbert Vorgrimler, I Taurus 1965). Esta eclesiología ahonda la noción de "populus Dei", y a partir allí sumerge a la Iglesia en la historicidad del hombre y su existencia en el mundo, por donde la jerarquía episcopal —otrora eminentemente sacramental—, asume razgos casi exclusivamente kerigmáticos. Un vistazo, incluso superficial, sobre doctrina que actualmente se enseña en colegios, seminarios, universidades, y aun en catecismos infantiles, torna evidente para cualquiera que prácticamente toda la estructura clerical que obedece al Vaticano y depende de él, se encuentra en vigencia dicha concepción eclesiológica modernista; las diferencias que puedan existir serán apenas de grado. 

Capítulo III 
LA REALIDAD DE UNA IGLESIA NUEVA

Sobre los principios doctrinarios de la "Lumen Gentium" se asienta la llamada Constitución Pastoral sobre la Iglesia y el mundo, "Gaudium et Spes" (Gozo y Esperanza). La Iglesia entendida como "pueblo de Dios" se encuentra, sin duda, muy íntimamente unida al mundo y todo cuanto el mundo ha edificado. Es el traslado, la consolidación en el orden práctico de la herejía sutil, equívoca e insidiosa, pero demoledora, que palpita en la nueva eclesiología del Vaticano II.
El "proemio" (no. 1) de la "Gaudium et Spes" define claramente esta postura religiosa ultramundana en términos que no dejan lugar a dudas: Dice: "El gozo y la esperanza, el dolor y la angustia de los hombres de este tiempo, sobre todo de los pobres y de los afligidos de todas clases, son también el gozo y la esperanza, el dolor y la angustia de los discípulos de Cristo, y no existe nada verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón, pues su comunidad está formada por hombres, que unidos en Cristo, son conducidos por el Espíritu Santo, en su peregrinación al Reino del Padre y han recibido un mensaje de salvación para ser propuesto a todos. Por lo cual dicha comunidad se siente en verdad íntimamente unida con el género humano y su historia".
La condición del hombre en el mundo de hoy es descrito como "una crisis de
creecimiento" (no.4), y la Iglesia en el mundo presente es definida como "una realidad social y fermento de la historia" que "no ignora cuánto ha recibido de la historia y evolución del género humano" (no.44).
Y después añade:
"Ella (la Iglesia) desde el principio de la historia aprendió a expresar por medio de los conceptos y lenguas de los diversos pueblos el mensaje de Cristo y procuró ilustrarlo con la sabiduría de los filósofos, a fin de adaptar, en cuanto es posible, el Evangelio tanto a la capacidad común como a las exigencias de los sabios. Y esta proclamación adaptada de la palabra revelada debe ser la ley perdurable de toda evangelización.
Así se fomenta en todos los pueblos la facultad de expresar según su modalidad el mensaje de Cristo y se promueve a la par un intercambio vivo entre la Iglesia y las diversas culturas"
. (no.44).
Y más adelante culmina: "Vivificados y reunidos en su Espíritu caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia humana", (no.45).
Difícilmente pudiera haberse declarado con mayor precisión y profundidad una doctrina de la Fe inmanente al mundo y a la historia. La Iglesia es el "fermento" de la historia, lo cual expresa magistralmente la idea de la sacralidad inmanente de la historia, por cuya virtud la palabra de la Fe es "adaptada" a la condición del mundo. Por tanto, no existen en el mundo realidades sacras que trascienden el devenir histórico, como imagen que son de las realidades celestiales, sino que, por el contrario, el devenir histórico es en sí lo sagrado.
Vale decir que lo sagrado, la imagen de Dios en el mundo, no está en lo perdurable, sino en lo mudable. Más aún, en rigor, lo único perdurable seria el principio inherente al devenir histórico de que todo se muda, y muy especialmente la palabra, puesto que todos sabemos que en el ámbito del espíritu, los cambios en la palabra importan necesariamente mutaciones ónticas y cualitativas muy profundas.
Lejos, muy lejos en las antípodas de todo esto, quedaron los principios evangélicos sobre el mundo y su principe. (Véase San Juan VII, 7; XII, 31; XIV, 30 y XVIII, 36; y I Cor. 11, 32) En base a los cuales fundamentó San Agustín su doctrina sobre la "civitas mundi" —ciudad del mundo sujeta a la "Civitas diaboli", ciudad del diablo. —(San Agustín, "De Libero Arbitrio" L.III. C.X y "De Trinitate", L. IV y XHI).
A la luz de todo esto se comprende, adquiere sentido, la tan mentada advertencia de Paulo VI: el Concilio Vaticano II es "pastoral", no ha querido definir dogmas. Esto es enteramente coherente, pues dentro de una noción de la Iglesia historicista y existencialista carece de sentido definir dogmas. Semejante "Iglesia" nada tiene ya que ver con la que definió el Concilio de Nicea (Una, Santa, Católica y Apostólica). Es una Iglesia nueva, totalmente comprometida en el porvenir del mundo. El P. Congar supo manifestarlo con una expresión muy vigorosa: "El porvenir de la Iglesia consiste en el porvenir del mundo". ("Chréticns en Dialogue", Editions du Cerf, pág. 47). ¿De qué "iglesia" se trata? Por cierto de aquella "Iglesia" que él mismo ya había definido con otra expresión también muy vigorosa: "Antropología cristiana en el marco del Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo". (Congar. "Tradición y Vida de la Iglesia", pág. 57).Estamos, pues, ante una nueva Iglesia fundamentada en los principios doctrinarios que consagra el Vaticano II. Son principios relativos a la esencia y naturaleza de la iglesia que absolutamente rompen los vínculos con la Tradición Apostólica.
Nótese que no se trata apenas de una situación donde abundan los equívocos, las desviaciones, ni siquiera las herejías. Se trata de un Concilio Ecuménico (reunión universal) que proclama principios sobre la existencia de una "ecclesia" (congregación) incomparablemente extraños a los principios de la doctrina sobre la "Ecclesia Sancta" que nos ha legado la Tradición Apostólica. Creemos que sería imposible imaginar un cisma más grave, una herejía más profunda, una apostasía mas universal. (Nota: La "Lumen Gentium" fue votada "placet", o afirmativamente, aceptada, por 2,151 obispos, y solamente 5 obispos votaron "non placet", o sea no la aceptaron. La "Gaudium et Spes" por su parte fue votada afirmativamente por 2,309 contra 75 rechazados).
No es casualidad que Juan XXIII inaugurara el Concilio Vaticano II invocando "un nuevo pentecostes", (Juan XXIII Constitución Apostólica "Humanae Salutis" BAC 252). Es una invocación impresionante, porque si hay "un nuevo Pentecostés" indudablemente que hay una nueva Iglesia. Por eso Rahner (uno de los teólogos del Concilio), pudo señalar al Vaticano II como "un nuevo comienzo". (Conferencia a propósito de la clausura del Concilio Vaticano II, el 12 de diciembre de 1965 en Munich, "El Concilio, nuevo comienzo" Ed. Herder 1966).
La nueva Iglesia Conciliar está ya en vigencia con su nueva doctrina sus nuevos ritos, con su nueva espiritualidad, con sus nuevos catecismos. Sólo debemos mirar a nuestro alrrededor para comprobar esto. A la muerte de Paulo VI, sus dos sucesores han reafirmado rotundamente la vigencia y aplicación del Vaticano II.
Ahora bien; en esta circunstancia histórica y doctrinaria, es que nos plantea la cuestión sobre una posible "interpretación tradicional del Vaticano II".( L'Osservatore Romano, edición castellana, del 3 de septiembre de 1978 y octubre de 1978).

Capítulo IV 
INVIOLABILIDAD DE LA FE

Dicha cuestión (de la interpretación tradicional del Vat. II) debe abordarse con la mayor sinceridad, sin segundas intenciones ni reservas mentales.
Es indudable que, desde un cierto punto de vista, el ensayo de una "interpretación tradicional del Vaticano II" parecería ofrecer a los "tradicionalistas" un vasto campo de acción donde ejercer su "apostolado", y "salvar muchas almas" que se perderían en la confusión, si uno tomase posturas excesivamente extremas. Este campo de acción, por otro lado, evidentemente es un espacio político, o sea, una zona o cuota de poder que los "tradicionalistas" obtendrían del mundo moderno. Esto les permitiría la consolidación y el acrecentamiento de sus obras, seminarios, colegios, publicaciones e instituciones, los que podrían funcionar libremente con el reconocimiento, o por lo menos la tolerancia de las autoridades civiles y clericales, sin el peligro de persecuciones incómodas y sin asustar a tanta "gente buena" que se acercaría al "tradicionalismo", si éste no estuviera al margen del orden establecido. Desde este punto de vista, una "interpretación tradicional del Vaticano II" no sólo es posible, sino además, necesaria, puesto que las autoridades vaticanas seguramente la habrán de exigir como "conditio sine qua non" (condición sin la cual no) para admitir al "tradicionalismo" y reconocerlo dentro del pluralismo de la nueva Iglesia.
Por supuesto que si ensayamos una aguda dialéctica y nos armamos de una considerable porción de auto-engaño, forzando las palabras, y violentando el sentido de los textos, entonces si sería perfectamente posible una "interpretación tradicional" del Vaticano II.
De hecho, con este método, casi todas las herejías que hubo en la histeria podrían ser rehabilitadas en una dirección "tradicional". Pero a nosotros, ante todo, nos interesa lo que la cosa es, y no lo que pueda decirse de ella.
Mons. Lefebvre dijo una vez, y con razón, que "el espíritu que ha dominado al Concilio... no es el Espíritu Santo sino el espíritu del mundo moderno..." (En su obra "Yo acuso al Concilio" pág.12). No vemos de qué modo podría darse ahora una "interpretación tradicional" del mundo moderno. (Nota de Trento: como sabemos, Mons. Lefebvre es ahora partidario de dicha "interpretación").
Nosotros hemos sido bautizados en la Fe Católica y Apostólica. Esto es inviolable. Nadie en el cielo, en la tierra ni en los infiernos puede privarnos del bautismo que hemos recibido "in Ecclesia Sancta". Y el bautismo que nos incorpora al Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo nos otorga el derecho y el deber de rechazar la nueva Iglesia del Concilio Vaticano II.
Confortados en la Fe, sabemos que, como lo ha prometido Nuestro Señor Jesucristo, "las puertas del infierno no prevalecerán" (Mt. XVI, 18), porque no han prevalecido, porque Cristo ha resucitado, y "por eso fueron conmovidas todas las cosas, porque se ha tramado la abolición de la muerte" (San Ignacio de Antioquía, Cf. BAC-65).
Por cierto que transitamos un cielo extremadamente oscuro. Cada uno tiene la posibilidad y la obligación de hacer una consideración inteligente sobre las circunstancias en que le toca vivir. Nosotros lo hemos hecho dentro de nuestra medída, y también hemos sacado conclusiónes; hemos determinado permanecer unidos en la única Fe Católica y Apostólica de la verdadera Iglesia de Jesucristo, tal y como fue revelada por El mismo, y comprendida por los Santos Padres y Doctores, y definida por los Sagrados Concilios y Pontifices legítimos a lo largo de dos mil años de Tradición Apostólica.
Sabemos que la nueva Iglesia tiene consigo todo el poder del mundo y sábemos que con nuestra postura seguramte nos sometemos a una soledad creciente y abrumadora. Sabemos que antes que vuelva a brillar la luzde la verdadera Iglesia todavía vendrán tiempos más oscuros. Como los discípulos de Emmaús, nosotros también dirigimos la mirada a Nuestro Divino Señor Jesucristo, y queremos decirle: "Señor, quédate con nosotros, porque anochece". (Lc XXIV, 29).