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jueves, 30 de junio de 2011

FENÓMENOS CORPORALES.PRODIGIOS BIOLOGICOS. VIII. - INCORRUPTIBILIDAD

La incorruptibilidad es el prodigio por el cual el cuerpo de ciertas personas permanece intacto, después de su muerte, durante años y aun siglos, sin haber experimentado una preparación especial. Numerosos Santos han merecido y siguen mereciendo este privilegio.

Incorruptibilidad en los Santos y personajes piadosos
Dom Guéranger nos relata que, el 20 de octubre de 1599, el cardenal Sfondrati halló el sarcófago de mármol blanco de Santa Cecilia. Contenía un ataúd de ciprés. La Santa "estaba vestida con su túnica bordada en oro, sobre la cual se distinguían todavía las manchas de sangre virginal; a sus pies estaban las telas teñidas con la púrpura del martirio. Tendida sobre el costado derecho, los brazos unidos delante del cuerpo, parecía dormir profundamente. El cuello llevaba las cicatrices de las llagas de la espada del lictor que la había herido... El cuerpo estaba completamente íntegro..." Habían pasado más de trece siglos desde el martirio.
San Claudio, obispo de Besanzón, murió en 699 a la edad de noventa y tres años. Se envolvió su cuerpo en perfumes preciosos y se le sepultó en la iglesia de la abadía de San Oyand (o de Condat, actualmente San Claudio). Cinco siglos más tarde, se le exhumó y fué hallado en perfecto estado de conservación. En 1447 el papa Nicolás V delegó a los abates de San Martín de Autun y de San Benigno de Dijon y de Beaume-les Moines para reformar la abadía que se había relajado. En la relación que elevaron al Papa, esos tres delegados atestiguaron que el cuerpo de San Claudio permanecía sin corrupción a los ocho siglos de la muerte. El cuerpo fué colocado en un ataúd del que se abría un costado delante de los peregrinos. En 1742, el primer obispo de San Claudio, monseñor de Méallet de Fargues ordenó el reconocimiento de la autenticidad de las reliquias en la iglesia abacial. Y fué a la iglesia con el Capítulo y una comisión compuesta de varios médicos y notabilidades de la ciudad. Se abrió el ataúd de San Claudio. Se reconoció en él un cuerpo de estatura ordinaria, al parecer de mucha edad, y en el cual cada miembro había conservado sus conexiones y situaciones naturales. Estaba entero, con excepción del meñique de la mano derecha, que parecía haber sido arrancado, y de la parte cartilaginosa de la nariz que estaba dañada. La parte izquierda del labio superior parecía algo retraída, pero la lengua era roja y todo el resto del cuerpo palpable y elástico. No había ni suturas ni aperturas hechas en el cuerpo; no exhalaba ningún olor aromático que pudiera hacer pensar en la embalsamación. Por eso los médicos que formaban parte de la comisión, declararon que "la incorruptibilidad de ese cuerpo durante casi doce siglos estaba por sobre los conceptos de su arte y sólo podían contemplarla con admiración por sobrenatural y milagrosa". El cuerpo fué destruido por la Revolución.
Citemos el caso notable de la lengua de San Juan Nepomuceno. Martirizado por haberse rehusado a violar el secreto de la confesión, su cuerpo que había sido tirado en la orilla del río Moldava, en 1383, fué encontrado y enterrado en la catedral. En 1719, durante el proceso de su canonización, se abrió su tumba. Se halló el esqueleto totalmente descarnado, pero la lengua estaba intacta, "tan fresca y bien conservada como el día de la muerte". Un cirujano que asistía a la apertura del ataúd, hizo una incisión en la extremidad del órgano y declaró que era idéntico al de un hombre vivo. La lengua fué colocada en una caja de plata con una inscripción que refiere el milagro.
En 1334, cinco años después de la muerte de Santa Rosalina, monja cartuja, su cuerpo fué hallado intacto. Hugo de Sabrán sacó los ojos, que colocó en un relicario. En 1660, esos ojos estaban todavía inalterados. Antonio Vallot, médico de Luis XIV, que lo acompañara por la Provenza, pinchó uno de ellos con una aguja y tuvo la prueba de que los ojos eran naturales. Por otra parte, el cuerpo se conserva intacto y recién en 1883 los daños causados por los insectos obligaron a tomar medidas de conservación (Pierre Sabatier, Sainte Roseline, Spés, París, 1929).
Entre muchos otros, señalemos el cuerpo de Rosa de Viterbo, que, como nos dice el abate Navatel, "presenta aun hoy después de 600 años las apariencias de una muerte que fuera de ayer. La carne es suave, la cabeza y los miembros flexibles; sin el color oscuro o pardo de un fuego que quemó solamente el ataúd y las vestiduras de la Santa, sin el contacto frío de los cuerpos inanimados, se le creería dormido y viviendo..."
Santa Bernardina murió en Névers el 16 de abril de 1879. Fué inhumada en la cripta de una capillita del convento de San Gildardo. El 22 de septiembre de 1909, es decir, treinta años después, monseñor Gauthey, obispo de Névers, hizo realizar el reconocimiento de los despojos mortales. Los doctores David y Jourdán establecieron el informe médico de la exhumación, del que extractamos las líneas esenciales: doble ataúd de madera y plomo intacto, ningún olor a la apertura del ataúd, vestidos húmedos. Figura de un blanco mate, párpados cubriendo los ojos, cuerpo apergaminado, rígido, sonoro en todas sus partes, cabellos, cejas y pestañas (excepto en el párpado superior derecho) y uñas adherontes; vientre encavado sonoro. Rigidez que permite dar vueltas al cuerpo para lavarlo.
El cuerpo, revestido del hábito religioso, fué colocado en un ataúd forrado de cinc, amortajado con satén blanco y devuelto a la cripta de la capilla.
El 3 de abril de 1919 tuvo lugar el reconocimiento del cuerpo, en vista de la beatificación. El examen médico fué confiado a los doctores Comte y Talón, que debían hacer cada uno una relación separada: vestiduras húmedas, nada de olor, piel desaparecida en algunas partes del cuerpo, órbitas encavadas, partes muelles de la nariz parcialmente destruidas o fuertemente retraídas sobre el esqueleto; venas sangrando en los pies y miembros superiores, cabellos y cejas adherentes, uñas de las manos adherentes, pero móviles, uñas de los pies en parte desaparecidas. Cuerpo rígido, que permite fácilmente el desplazamiento. En resumen, un cuerpo momificado, muy bien conservado. El cuerpo ha sido vuelto a vestir, se le ha colocado en un ataúd y devuelto a la cripta de la capilla.
El 18 de abril de 1925, es decir 46 años después del deceso, nueva exhumación para extraer reliquias, misión confiada a los doctores Comte y Talón. Nada de olor; tinte negruzco de la cara, manos y pies; vestidos húmedos; cuerpo rígido. Estado análogo al de la exhumación de 1919. Los músculos son suaves a la palpación y dos fragmentos retirados demuestran su buen estado de conservación; el hígado está igualmente intacto. El Dr. Talón termina su informe: "En resumen, creo que nos hemos hallado en presencia de un cuerpo momificado, muy bien conservado". El Dr. Comte concluye el suyo: "De este examen deduzco que el cuerpo de la Venerable Bernardina está intacto, el esqueleto completo, los músculos atrofiados pero bien conservados; la piel apergaminada es la sola que parece haber sufrido el efecto de la humedad del ataúd, ha tomado un tinte grisáceo y está recubierta do algunas mojaduras y de una cantidad bastante grande de sales y cristales calcáreos, pero el cuerpo no parece haber experimentado la putrefacción ni la descomposición cadavérica habitual y normal, después de tan larga permanencia en una cripta cavada bajo tierra.
La cara y las manos han sido recubiertas de cera y el cuerpo ha sido colocado en un ataúd que ha sido puesto en la capilla del convento.
En abril de 1929, en ocasión de la traslación del cuerpo del Padre de Foucauld, asesinado el 1° de diciembre de 1916, su cuerpo estaba en perfecto estado de conservación, mientras que los de tres mehalistas indígenas, asesinados simultáneamente, estaban reducidos al estado de esqueletos.
El 21 de marzo de 1933 tuvo lugar la exhumación de la bienaventurada Catalina Labouré, muerta 57 años antes. El ataúd exterior estaba casi totalmente destruido; el ataúd de plomo tenía una grieta, que a pesar del ataúd de abeto, había dejado penetrar la humedad y hacer desteñir el color del vestido sobre la mano de ese lado. Mortaja, sudario, vestidos algo húmedos. "Examinando el cuerpo, escribe el Dr. Roberto Didier, comprobamos la perfecta flexibilidad de los brazos y de las piernas. Esos miembros han experimentado sólo una leve momificación. La piel está intacta en todas partes y apergaminada. Los músculos están conservados; se podría disecarlos perfectamente como una pieza anatómica... Finalmente, los ojos están todavía en las órbitas; los párpados dulcemente entreabiertos, pudimos comprobar que el globo ocular, aunque amasado y desecado, existe entero y que hasta el color gris-azul del iris sigue subsistiendo".
El 31 de julio de 1933 se realizó el reconocimiento de los restos del Padre Esteban Pernet, fundador de las Pequeñas Hermanas de la Asunción, fallecido 44 años antes. Monseñor Chaptal presidió el acto; estaban presentes los doctores Arnoud, Ménard y Bosvieux. El cuerpo se hallaba notablemente conservado.

Incorruptibilidad no religiosa
Encontramos, parece, sólo una momificación natural, y no una verdadera incorruptibilidad.
a) En las arenas calientes del desierto, como en Korassan, en Persia, donde Chaidin relata que se han hallado cuerpos conservados después de dos mil años. En 1896, las excavaciones en Antinoe, en Egipto, pusieron a la luz centenares de momias naturales. "Esos cuerpos ofrecen la particularidad que no están embalsamados, sino solamente desecados. La acción de la arena caliente hasta el color blanco por el sol del Egipto los ha preservado mejor de lo que hubieran podido hacerlo los aromas más sutiles; los tejidos calcinados han alcanzado la dureza de la piedra. Han llegado hasta nosotros, intactos, pero arrugados y repugnantes". (Revue encyclopcdique, 1898).
b) En las criptas. — Se citan a este respecto Burdeos (Saint-Michel), Saint-Bonnet-le-Chateau, en el Loire (iglesia), Tolosa (Franciscanos y Dominicos), Bonn (iglesia del Calvario), Bromen (catedral), Graz (los Capuchinos), Kiew, Palermo (los Capuchinos), Quedlinburg (castillo), San Bernardo (hospicio), Viena (convento de Kahlenberg). Mas para muchos de esos lugares, el papel de la cripta donde están expuestas las momias es nulo; en Tolosa los cadáveres se sepultan primero en los sepulcros de las iglesias y claustros, donde los cuerpos se momifican. En seguida son exhumados y colocados en las criptas de exhibición. Igualmente las momias de Saint-Michel de Burdeos parecen proceder de cuerpos inhumados en una veta de tierra particular que atraviesa el cementerio. Cuando se abren las tumbas, los cuerpos o las partes de los cuerpos que se han encontrado en esa veta, están momificados y se los coloca en la cripta de Saint-Michel, mientras que la osamenta retirada del resto del cementerio se coloca en el osario que se halla debajo de la cripta. Esta inhumación previa parece ser habitual también en otras partes (Palermo, etc.) La morgue del San Bernardo es una excepción, pero en ella interviene el frío.
c) En los cementerios. — Se dio el caso de que el cadáver de un hombre guillotinado en Chartres, en 1874, e inhumado sin mortaja ni ataúd, en un terreno compuesto de arena fina, se halló perfectamente conservado más de diez años después.
Las momias halladas por Thouret y Foureroy, en el cementerio de los Santos Inocentes de París, y las halladas en el cementerio de San Eloi en Dunkerque, fueron objeto de estudios muy exactos.
Recordemos que durante la demolición de la antigua prisión inglesa de Horsemonger Lañe se halló el cadáver de un asesino, Manning, tan bien conservado que dos o tres entre los guardianes más viejos de la prisión no tuvieron dificultad alguna en reconocerlo (Lewys, Les causes célebres de l'Anglaterre, Charavay, París, 1884).
Finalmente, en las Notes de voyage en U. R. S. S. y aparecidas en el Correspondant, el autor habla del museo antirreligioso instalado en la catedral de San Isaac en Leningrado: "Se nos muestra —escribe— la momia perfectamente conservada de un célebre asesino, refiriendo este hecho a la pretendida conservación milagrosa del cuerpo de algunos santos..."

Apreciación de los hechos
Se impone una observación preliminar: se encuentra cierta incomodidad en esta apreciación, por la falta de precisión del vocabulario empleado por los autores; se habla fácilmente de "cadáveres perfectamente conservados", cuando se trata de momias secas. Así para el guillotinado de Chartres, el Dr. Chappert lo dice "perfectamente conservado"; y agrega: "El mismo resultado pudo obtenerse experimentalmente con cadáveres de pequeños animales. Hemos podido observar personalmente el cuerpo de una rata notablemente momificada... Esa rata, de la que no quedaban más que los huesos y la piel..." Podemos pensar por lo tanto que el guillotinado de Chartres ofrecía el mismo resultado, es decir se hallaba en el estado de momia seca.
También el Dr. Bourderionnet, en su tesis, habla de los cuerpos de la "cripta de los Franciscanos y Dominicos de Tolosa, donde se ha hallado cadáveres en un estado de perfecta conservación". Y cita Orfila a este respecto: "El esqueleto óseo y la piel que lo cubre se hallan perfectamente conservados y le permiten sostenerse en esa postura. Todas las partes internas del cuerpo (musculares, tendinosas, cartilaginosas, el hígado, los pulmones y todas las visceras contenidas en las tres grandes cavidades) se parecen a la yesca: caen en polvo cuando se las presiona con los dedos..."
La perfecta conservación no religiosa corresponde, pues, simplemente a la momificación natural. Y esta cuestión de vocabulario tiene una importancia considerable, porque la perfecta conservación religiosa implica generalmente la conservación de la flexibilidad de los tejidos, de la flexibilidad de las articulaciones y la ausencia de retracciones por desecación, que dan un aspecto repugnante o grotesco a las momias de Antinoe, de Palermo, de Burdeos, etc. Santa Cecilia, después de trece siglos, está igual que cuando se la colocó en el ataúd. No parece por lo tanto posible una asimilación entre tal incorruptibilidad y la momificación natural. Así podemos lograr una consideración de conjunto de la cuestión.
a) La destrucción del cadáver requiere un tiempo variable, de 15 a 18 meses según Orfila, de 30 a 40 años según Gmelín. En Francia, se admite la destrucción habitual en menos de cinco años y ésta es la base en que se ha establecido la legislación sobre las sepulturas. El Dr. Chavigny (Strasbourg medical, 1933) señala la conservación, a menudo durante meses y años, de las visceras internas, que permite comprobaciones médico-legales tardías.
b) Condiciones especiales, humedad considerable, inhumación en masa, llevan a la saponificación de los cadáveres, a su conservación en estado de momias grasas. No hay medio de detenernos en el caso, porque se produce un aplastamiento de los cuerpos y un reblandecimiento, que torna evidente la alteración.
A la inversa, en ciertos terrenos, en ciertos sepulcros, en condiciones todavía mal determinadas, se produce una desecación, una momificación seca, que sustrae el cadáver a la putrefacción habitual. Al contrario de los cadáveres afectados por el proceso de la putrefacción, que —según el Dr. Chavigny— ven alterarse primero los tegumentos externos, en la momificación la piel apergaminada resiste mucho tiempo, mientras que el interior se reduce a una sustancia friable y polvorienta.
c) En las exhumaciones piadosas, como la del cuerpo de Santa Bernardina, se halla el cuerpo en parte desecado, lo que hace pensar en la posibilidad del proceso precedente y no ha permitido a los médicos que han asistido a tres exhumaciones, excluir una causa natural para la conservación, sin embargo notable en su conjunto, del cuerpo de la Santa.
En tal caso se plantea un interrogante: habría que conocer cómo se comportaron o se comportarían cuerpos sepultados en la misma forma, en la misma cripta. Y aun teniendo este dato, habría que tener en cuenta que se han hallado cuerpos momificados al lado de cuerpos reducidos al estado de esqueletos, en cuyo caso juega ciertamente un factor individual.
La rigidez, la desecación parcial, hasta alteraciones mínimas del cadáver recomendarían la reserva frente a la afirmación de una intervención sobrenatural. Pero entretanto no debemos olvidar que Dios se sirve de causas secundarias para llegar al fin, y que una conservación desacostumbrada, sobre todo sin deformación del rostro y de la actitud del Cuerpo, aunque no absolutamente imposible en vía natural, debe hacer pensar en la posibilidad de una gracia de su parte.
d) Finalmente, hay casos que parecen muy netamente milagrosos, como la conservación de la lengua de San Juan Nepomuceno, cuando todo su cuerpo está destruido; como la incorruptibilidad con toda su flexibilidad del cuerpo de Santa Rosa de Viterbo; como la del cuerpo de San Claudio, que en 1769, a más de 1000 años después de su muerte, presentaba una carne "palpable", la lengua intacta, el rojo del paladar visible a través de la boca entreabierta, el brillo de los ojos...
Sin duda, ese estado no es eterno y esos cuerpos santos, después de siglos de incorruptibilidad caen finalmente convertidos en polvo; sin duda, algunos pueden experimentar internamente un proceso de desintegración, que un día los hace desaparecer en ceniza. Pero esa misma integridad limitada en el tiempo, esa misma incorruptibilidad limitada en calidad, nos parece exceder el proceso aún más excepcional de la evolución del cadáver.
Por eso, ya con seguridad, ya con más o menos probabilidad, la incorruptibilidad absoluta o relativa de los cuerpos santos puede manifestarnos la calidad de la virtud de los que los han animado durante su vida terrenal.

Prodigios particulares de algunos cuerpos santos
Hemos hablado ya de los fenómenos luminosos y odoríferos presentados por algunos cadáveres de personajes piadosos. Se ha comprobado muchas veces la producción por el cuerpo de un líquido perfumado, calificado, según los casos, de aceite, de bálsamo, de agua, de maná.
Juan Clímaco (muerto en 606) narra, en su Escala del Paraíso, con respecto a un santo religioso, Menas: "Mientras realizábamos para él el servicio divino, el tercer día después de su muerte, el sitio en que se hallaba su cuerpo, se llenó de pronto de un olor maravilloso. El Abate permitió entonces abrir su ataúd y vimos fluir de las dos plantas de los pies, como de dos fuentes, un bálsamo perfumado".
Cuando se retiró el cuerpo de Magdalena de Pazzi (1566-1607), un año después de su muerte, se le halló intacto y de él manó un aceite durante doce años, después de lo cual la producción se detuvo, pero el cuerpo permaneció incorruptible.
Se citan hechos análogos de la bienaventurada Juana de Orvieto, la bienaventurada Margarita de Castello, etc. En la bienaventurada Eustoquio (1437-1491), cuyo cuerpo estaba sin corrupción tres siglos después del fallecimiento, todos los viernes y todas las grandes fiestas se formaba un sudor perfumado.
Un caso notable es el de María Margarita de los Ángeles (1605-1658), cuyo cuerpo destiló más cien ampollas de un aceite que fué consumido en la lámpara del santuario.
Cuerpos enteros de Santos transformados en aceite odorífero, como aconteció con el bienaventurado Ángel de Oxford, el Venerable Francisco Olimpio, etc.
Finalmente ocurre que la osamenta de un Santo deja manar un líquido, como el "maná" de San Nicolás de Bari, que un tiempo parece haber sido un aceite, y que sin embargo es un agua muy pura (análisis del Instituto de Higiene de Bari en 1925). No parece que se trate de la condensación de la humedad atmosférica.
De todos modos, estos hechos nos enfrentan con tres órdenes de prodigios:
a) Exsudación de líquido de la osamenta; nos faltan informaciones suficientes al respecto.
b) Transformaciones de un cuerpo humano en aceite odorífero. El proceso de saponificación, de la producción de grasas de cadáver, el de la producción de gas inflamable durante la descomposición de los cadáveres, permiten comprender el fenómeno, pero, como esto no parece acontecer más que para cuerpos santos, es creíble que sea necesario un milagro para dirigir esta evolución específica de los restos humanos;
c) Secreción de un aceite o de un sudor perfumado, quedando entero e incorruptible el cuerpo. En este caso no se ve otra posibilidad que la del milagro, que pueda realizar ese prodigio, cuyo mecanismo biológico se nos escapa íntegramente.

CONCLUSIONES
Al terminar esta revista de los prodigios biológicos corpoles, sentimos que se nos impone determinadas conclusiones.
En primer lugar, estos prodigios se presentan con una gran riqueza de enseñanzas y horizontes, tanto desde el punto de vista biológico como religioso; lo hemos visto en el curso de nuestra exposición, sobre la que no es el caso de volver.
Pero estamos obligados a comprobar que a esos fenómenos se les ha concedido una insuficiente atención. Las autoridades religiosas y también a veces las civiles, por cierto, los han hecho controlar rigurosamente y hasta con un verdadero espíritu de incredulidad y hostilidad. No podríamos lamentarlo, porque eso presta un fundamento más sólido a nuestra documentación.
Mas no por eso se deja de ver que desde el punto de vista religioso esos prodigios demasiado a menudo se consideran con una suerte de sospecha: el espíritu modernista pertenece a todos los tiempos; se acepta un Dios filosófico, hasta se le exige, pero choca en cambio un Dios que transforma el agua en vino para unos esponsales y que permite a nuestra fe mover las montañas. Se proporciona Dios a nuestra dimensión: le permitimos hacer grandes cosas, pero no cosas pequeñas; ¡como si para el Todopoderoso hubiera diferencia entre unas y otras!
También se acepta que El realice la Transubstanciación cada día, sobre los miles de altares del mundo entero; se acepta que todos los días cree millares de seres, que acuerde o quite su gracia a millares de hombres, que juzgue los millares y millares de almas que la muerte le presenta, pero no se tolera que Él realice demasiado a menudo milagros materiales tangibles, ¡cuando nada existe sino por Él! Y luego, lo que es razonable, se cree engañarse o ser engañados y se desconfía de las ignorancias humanas; finalmente, muy a menudo se teme ser tachados de credulidad. Entonces, para complacer la insuficiencia de nuestra Fe, para evitar el esfuerzo del trabajo instructivo, para no tener que creer en la obra de Dios... se pasan por alto los prodigios que manifiesta su acción.
Desde el punto de vista biológico, hay la misma contención, pero por causas diferentes. Algunos piensan que estando el fenómeno en relación con lo religioso, arriesgan los rayos de la Iglesia, si se ocupan del mismo, y se ven llevados a esta o aquella conclusión sobre los hechos examinados. Olvidan o ignoran que ni un solo de los prodigios citados (inedia, estigmatización, incombustibilidad, etc.) es considerado por la Iglesia como un milagro en sí mismo; y que por otra parte, cuando la Iglesia ha admitido ciertos casos entre esos prodigios, como milagrosos, es porque por un lado las comprobaciones y consideraciones científicas y por otro los datos teológicos, están perfectamente de acuerdo en conferirles ese carácter.
El campo resulta, pues, completamente libre: los casos clasificados por la Iglesia son en número mínimo frente a los que no han determinado opinión alguna de su parte; éstos son pues abiertos a toda investigación y los primeros implican por lo menos una indicación seria, sino un criterio.
Otros declaran: ya que son hechos religiosos, no son más ciencia. Se hallan simplemente en contradicción con los teólogos, que estiman solamente como milagrosos un pequeño número de tales casos y piden a la ciencia consejo, y están también en contradicción con los materialistas que insisten en que todos esos hechos son naturales. ¿Cómo sería posible, por otra parte, sostener que todos esos prodigios son milagros?
En realidad, esta actitud no pasa de ser pereza e ignorancia. Otros, finalmente, no admiten absolutamente el milagro: vuelta a vuelta, en ese estado de espíritu, se han negado los hechos, se ha clamado contra la superchería, pero, entretanto, se los declara todos naturales.
En los tres casos, no se esfuerza uno en estudiarlos, porque se suponen de orden vulgar, o falsos, o inexistentes...
Finalmente, cuando, a pesar de estas desagradables disposiciones de ánimo, llega el caso de que los prodigios son estudiados, se presentan dos escollos: o bien no se estudian los hechos en sí mismos, sino que se trata de probar la existencia de un milagro o su inexistencia: y esto no es ya un estudio sino una defensa o una acusación. O bien se estudian los hechos, pero en un orden exclusivo de ideas: éste estudia los hechos luminosos milagrosos, aquél los hechos luminosos metapsíquicos, aquél otro los hechos luminosos fisiológicos.
La ciencia y la religión no admiten ni esas estrecheces, ni esas argucias. El mundo es una armonía en la que todo se correlaciona y cuanto más penetramos en su conocimiento, tanto más llegamos al conocimiento de Dios.
¿Qué hemos hallado en este estudio de los prodigios biológicos? ¿Qué supersticiones hemos debido destruir? ¿Cuántos falsos milagros hemos debido voltear de sus pedestales? No hemos hallado ni falsos milagros ni supersticiones; todos esos prodigios, de que desconfían los tímidos, nos han aparecido en mi complejidad, tocando por un lado las propiedades morales de los cuerpos y de las cosas y, por el otro, la Omnipotencia de Dios.
De los hechos que la Iglesia ha considerado o permitido considerar como milagrosos, sin garantizarlos como tales y sin imponerlos a nuestra fe, ninguno nos ha parecido menos digno de Dios, de lo que no haya sido considerado en el curso de los siglos. Por el contrario, de la comparación con los hechos similares de orden fisiológico, patológico o metapsíquico, los prodigios biológicos religiosos se han demostrado de una trascendencia sin igual.
Más aún, en lugar de la concepción simplista: "milagro o no milagro", hemos visto insertarse entre las dos clases una tercera, la de "las consecuencias biológicas de la vida mística": hemos visto asociarse a la obra de Dios, la de los ángeles, y combatirla o parodiarla, la de los demonios.
Por eso, nuestros prodigios biológicos aparecen como un resumen de las acciones naturales y sobrenaturales y de las repercusiones mutuas de unos y otros.
Y en esta complejidad armoniosa hemos encontrado los milagros que exige la teología, donde las fuerzas naturales son vencidas, excedidas o anuladas; pero también los que la ciencia tiene derecho y la alegría de reconocer, donde las fuerzas naturales no parecen lógicamente en juego, y donde la acción de Dios —científicamente— es la más probable.
Horizontes de conocimientos, verdad de la Iglesia, gloria de Dios, tales nos aparecen los prodigios biológicos corporales.

De muchos milagros que hizo San Vicente Ferrer viviendo


Antes que tratemos de los milagros que hizo San Vicente después de muerto, será bien pongamos algunos otros que hizo viviendo, los cuales no he tenido lugar de poner hasta ahora por no saber el tiempo o el lugar donde los hizo. En un pueblo donde San Vicente era llegado, había una mujer endemoniada que nombraba por sus propios nombres a todos los hombres y mujeres de Valencia que se hallaban en compañía del Santo, con ser verdad que nunca había estado en Valencia ni los conocía. Esta le fué traída delante, y en verse el demonio allí se salió de la mujer, que no fué menester conjuro ni exorcismo alguno. Y el mismo testigo que vio esto, el cual era hombre de letras, dice que vino San Vicente a tener esta gracia de echar los demonios tan perfectamente, que sólo en ser traídos los endemoniados una vez a su presencia, eran libres. Y cierto es cosa que lleva camino, porque como él les perseguía tanto, estaban tan amedrentados y hostigados, que en verse delante de él no osaban esperar sus conjuros, así como se escribe de San Antonio, que con ser verdad que había sido muy perseguido de los demonios en algún tiempo, después le cobraron tanto miedo que en oír su nombre desamparaban las personas a quien tenían tiranizadas. De suerte que no hay maravillarse de lo que Flaminio y otros escriben que San Vicente echó el demonio de 66 personas, y esto mientras vivió, porque Flaminio no escribe los milagros que hizo después de muerto.
Entre los que seguían al Santo, hubo un hombre que no creía en sus milagros, y, con todo, le seguía porque gustaba de su doctrina. Caminando, pues, el Santo hacia Castilla, acompañado de mucha gente, que con el cansancio y necesidad de mantenimiento ya desfallecía, volviéndose a ellos les dijo: Confiad en Dios, hijos, que tras este cerro que tenemos delante hallaremos una venta donde seremos bien hospedados. Subiendo la gente el recuesto, vieron en el camino una venta que parecía nuevamente edificada y el huéped los recibió con muy buen rostro, y les dio mejor recaudo que ellos pudieran desear. Salidos de allí, ya que tenían andado algún poco de camino, llamó San Vicente al incrédulo que antes dije, y rogóle que fuese al lugar donde había comido, y le trajese un bonetillo que se le había quedado en la venta. Fué el hombre allá corriendo, y mirando a una parte y otra, no vio mesón ni rastro de él, ni persona alguna, sino el bonete colgado de un árbol por del camino. Por do parece que toda la comida, y aun el mesón había sido cosa aparejada de presto, por manos de los santos ángeles, con lo cual el incrédulo dióse de allí adelante a las cosas del Santo. El mismo día dio San Vicente la habla a una muda que le vino al encuentro.
Otra vez, estando en un desierto con algunos millares de hombres, vinieron otros hombres (o si eran ángeles) no conocidos, y trajeron algunos panes, con los cuales todos mataron la hambre suficientemente, y bebieron de un poco de vino que trajeron, sin poderle acabar.
Trájole una mujer en brazos un hijo que se había muerto, y el Santo, hecha una breve oración, le dijo: Vete, buena mujer, y alaba de continuo a Dios, que tu hijo duerme, y antes que entres en tu casa despertará. No hubo bien llegado a la puerta de su posada, cuando ya el niño aparecía vivo.
Cierto hombre enemigo de San Vicente se quiso hallar en un sermón suyo para coger algo con que pudiese infamarle, y por justo juicio de Dios, que sensiblemente responde a veces por sus santos, se apoderó de él el demonio, y como el Santo le quisiese lanzar de aquel cuerpo, respondió el demonio: No me podrás echar de aquí hasta que haya tomado venganza de este bellaco que te quería calumniar. Mas el Santo replicó: Siervo soy y vasallo de Jesucristo, el cual rogó por sus enemigos, y así en su nombre te mando que salgas de ahí. Salió el demonio con un bramido terrible, dejando tras sí un olor insufrible de alcrevite, y el hombre quedó medio muerto. Mandó entonces San Vicente a uno de sus discípulos que se quedase allí hasta que volviese en sí el hombre, y que luego le confesase.
A otro enemigo del Santo le acaeció otra cosa más notable. Habíanle difamado de ciertas cosas malas, y sin volverle la fama, le tomó la muerte, en la cual, aunque tuvo contrición y murió en gracia de Dios, no tuvo tiempo para hacer la satisfacción que era obligada. Estuvo, pues, algún tiempo en el purgatorio, pagando la pena que por sus pecados debía, y poco antes de acabar su pena por mandato de Dios volvió a este mundo y apareció a San Vicente pidiéndole perdón de la infamia, y concediéndosele él, se fué al cielo. Este milagro se hallará en el primer sermón que él hace en el domingo de Quasi modo o In albis, que todo es uno.
Un rey de Aragón (no sé si sería don Martín o don Fernando el Primero, que entrambos fueron muy devotos de San Vicente), quiso hablar al Santo en su celda. Y entrando en ella, como le hallase puesto en oración y que alrededor de él había grandísima claridad, quedó tan atónito que se volvió a salir sin hablarle palabra. Después, platicando San Vicente con el rey, entendió que le había visto de la manera ya dicha y se entristeció de ello notablemente, y dijo al rey que le había enojado mucho. No contento con esto, reprendió gravemente al compañero que tenía cargo de su celda, y le dijo que por haber dado entrada al rey en su celda en aquella hora le castigaría Dios con siete años de calentura. Y en efecto, las tuvo todo aquel tiempo sin que jamás el Santo arrostrase quererle sanar. En lo cual se muestra no solamente que los Santos con tanto tratar con Dios toman sus condiciones, y castigan en este mundo a sus amigos ásperamente por culpas livianas, sino también cuan grande era la paciencia y humildad de aquel pobre religioso, que con ver cada día al Santo hacer milagros y sanar enfermos, y que nunca trataba de su remedio, no por eso se enojó ni dejó su compañía, antes le siguió hasta Bretaña, como lo dice un testigo en el proceso.
Muchas mujeres estériles que no podían parir le rogaban que hiciese oración por ellas porque les diese Dios fruto de bendición. A las cuales él respondía que si querían alcanzar de Dios lo que deseaban, que viviesen bien y se guardasen de pecar e hiciesen muchas veces oración; y, entre otras cosas, les encargaba que viviesen bien y que no negasen el débito a sus maridos, y que cada día, a la mañana y a la tarde, dijesen el Pater Noster y el Ave María y un Credo, y si no sabían decir salterio beati omnes qui timent Dominum, a lo menos le hiciesen decir. Y quiso Dios que muchas de ellas alcanzasen a tener hijos con estas devociones.
En un lugar de Aragón o Cataluña (que en esto hay opiniones aunque en la substancia del caso todos convienen), día de San Pedro y San Pablo, acabando la misa y queriéndose ya desnudar de la ropa sagrada para predicar, veis aquí que el cielo se anubla y se mueve un torbellino y tempestad horrible de truenos y relámpagos y rayos, como si se cayese el cielo. Tomó el Santo entonces agua bendita y echando de ella hacia el cielo hizo la señal de la cruz contra la tempestad. Y como si su bendición fuera un bravo viento, luego desaparecieron las nubes y quedó el cielo muy claro y sereno. Después, como dicen Surio y otros, subiéndose en un pulpito dijo a la gente: "Si no rogaran por vosotros los santos apóstoles, no dejara la tempestad hoja ninguna en los árboles, ni en los prados y campos cosa verde. Mas no os aflijáis del todo, que antes de un año volverá otra tempestad espantable: por eso rogad a Dios que os guarde y que ampare vuestras heredades. Pasados once meses vino la mesma llaga otra vez.
En Berca había predicado devotísimamente el nombre de Jesús, y cierto día, como se tomase a llover, entráronse unos cristianos en un horno de un moro, y recogiéronse en una parte de la casa donde había mucha leña seca. Dijo entonces una mujer al moro: "Hermano, ¿por qué tú nunca vas al sermón del santo padre?" El otro, con una furia del diablo, le respondió: "Oh, maldito sea vuestro padre santo; a fe que ahora veremos si os valdrán sus santidades"; y, diciendo y haciendo, puso fuego a la leña, el cual prendió tan de veras en ella, que antes que los cristianos se pudiesen rebullir, se vieron cercados de las llamas. Y como no tuviesen remedio ninguno, tornáronse a dar voces invocando el nombre de Jesucristo y de su siervo fray Vicente. Favorecióles milagrosamente nuestro Señor, y en un punto apagóse por sí mesmo el fuego. Lo cual visto por el moro, luego dijo que se quería bautizar, y de hecho recibió de allí a tres días el bautismo de mano de San Vicente, y perseveró en el santo propósito del cristianismo.

martes, 28 de junio de 2011

DIES IRAE


Oh! aquel día de venganzas que horroriza!...
Este mundo trocárase en vil ceniza:
La Sibyla con David lo profetiza!

¡Qué espantosas convulsiones de pavor
Cuando venga como juez Nuestro Señor
A pesar todas las cosos con rigor!

La trompeta de admirables vibraciones
Los sepulcros llenará de las naciones
y ante el trono arrojará los corazones.

Y la muerte estupefacta y la natura,
Mirarán el resurgir de la creatura
Que ante el Juez va a responder de su locura...

Sacarán el libro aquel, en donde escrito
Sin que falte nada. nada! está el delito
De que al mundo va a juzgar el Infinito.

Una vez que se ha sentado el Juez terrible,
Aún el crimen más oculto está visible:
Dejar algo sin castigo, es imposible!

Yo, qué digo miserable, en esa hora?
A quién pide amparo mi alma, a quién implora
Cuando apenas, solo el justo es quien no llora?

Rey divino de tremenda majestad;
Tú que salvas a los justos, por bondad,
Sálvame, ya que eres fuente de piedad!!

No te olvides, no te olvides, Jesús bueno.
De que fuiste por mi causa el Nazareno. . .
No me arrojes aquel dia de tu Seno!. . .

Por buscarme te sentaste faligado.
Por comprarme ¡yo te vi crucificado!
¡Que no sea tanto empeño defraudado!

Justo Juez de las venganzas: de tus dones
Uno pido y es, Señor, que me perdones
Cuando no juzgues aun los corazones!

Como reo estoy gimiendo en tu presencia.
Ya mi rostro se encendió en la penitencia.
Haz, que alance, ¡oh Dios! mi ruego, tu clemencia!

A María Magdalena perdonaste,
Del ladrón la humilde súplica escuchaste,
Y con eso mi esperanza Tú engendraste!

Ser oído no merece, no, mi ruego;
Mas benigno Tú, Señor, de bondad ciego.
No permitas que me abrace eterno fuego!

Quiero ser de los corderos. Oh Jesús!
Róbame de las tinieblas a la luz
Colocándome a la diestra de tu Cruz!

Cuando rueden confundidos los malditos
A quemarse en los tormentos infinitos;
De tu Padre, llámame con los benditos!

Yo te ruego suplicante, prosternado.
Hecho polvo el corazón, despedazado.
Que recibas mi última hora a tu cuidado.

Día espantoso aquel, de llanto y de tristeza!
Reo, el hombre se alzará de la paveza
De los mundos, a que juzgues su vileza. . .

Para él, pido el perdón! Y, si lo alcanzo.
Oh Señor, dulce Jesús, piadoso y manso
Da a tus hijos que murieron el descanso.

Mons. Vicente M. Camacho
Marzo 1926.

viernes, 24 de junio de 2011

ENCICLICA "UBI NOS..."

PÍO IX
Carta Encíclica sobre los Estados Pontificios y nulidad de las garantías
Del 15 de mayo de 1871
Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
1. La persecución y sus frutos
Cuando Nos, por secreto designio de Dios, reducidos bajo una potestad hostil, vimos la triste y acerba suerte de esta Nuestra Urbe y el Principado civil de la Sede Apostólica sojuzgado por la invasión armada, por la carta a vosotros enviada el día primero de noviembre del año próximo pasado, os dedicamos a vosotros y por vuestro medio a todo el orbe católico cuál fuese el estado de Nuestras cosas y de esta urbe y qué impíos y desenfrenados excesos Nos oprimiesen; cuando afirmamos delante de Dios y de los hombres, según lo exigía Nuestro supremo cargo, que queríamos mantener salvos e íntegros los derechos de esta Sede Apostólica, os excitamos a vosotros y a todos los fieles encomendados a Nuestros cuidados a aplacar con fervientes plegarias a la Divina Majestad. Desde entonces los males y calamidades que luctuosos experimentos presagiaban para Nosotros y esta Urbe, redundaron de hecho con exceso, mermándolas, en la dignidad y autoridad apostólicas, en la santidad de la Religión y de las costumbres y en Nuestros dilectísimos súbditos. Ni es esto sólo, venerables Hermanos, puesto que agravándose cada día más la situación, Nos vemos obligados a decir con San Bernardo: principios de los males son éstos, tememos cosas peores [1]. La iniquidad no ceja en sus designios, promueve consejos y ya no se preocupa mucho en ocultar sus pésimas obras, imposibles de encubrir, procurando aprovechar los últimos despojos de la justicia, honestidad y Religión conculcadas. En medio de estas angustias que llenan Nuestros días de amargura, sobre todo cuando pensamos a qué peligros y asechanzas se ven expuestas la fe y la virtud de Nuestro pueblo, no podemos dejar de recordar sin gratísimo gozo Nuestro, vuestros eximios méritos, Venerables Hermanos, y los de los amados hijos que abraza vuestra solicitud. Pues en todas partes los fieles siguiéndoos a vosotros como guía y ejemplo, respondieron con admirable decisión a Nuestras exhortaciones y desde aquel infausto día en que fue tomada esta Urbe insistieron en asiduas y fervorosas plegarias y ya con preces públicas, ya con sagradas peregrinaciones, ya frecuentando sin intermisión las iglesias y recibiendo los sacramentos, o bien ofreciendo las demás principales obras de la virtud cristiana, juzgaron ser de deber suyo acercarse al trono de la clemencia divina. Y no pueden quedar sin abundantísimo fruto estas encendidas plegarias delante de Dios. Pues muchos más bienes de los que ya de esto se han derivado, se nos prometen y con esperanza y fe los esperamos; vemos la firmeza de la fe, el ardor de la caridad acrecentarse cada día, contemplamos una solicitud tal en los ánimos de los fieles cristianos por los trabajos de esta Sede y del Supremo Pastor que sólo Dios pudo producir, y es tanta la unidad de las mentes y voluntades que desde los primeros tiempos de la Iglesia hasta nuestros días nunca pudo decirse con más esplendor y verdad que la muchedumbre de los creyentes era un solo corazón y una sola alma [2]. Al referirnos a este espectáculo de virtud no podemos dejar de hablaros acerca de Nuestros amantísimos hijos ciudadanos de esta alma Urbe pertenecientes a todas las clases y órdenes sociales, aun los más encumbrados, cuyo amor y piedad hacia Nosotros, cuya firmeza no superada por las dificultades y magnanimidad, no ya digna sino émula de sus antepasados, espléndidamente brilló y brilla todavía. Damos pues, a Dios misericordioso, inmortal gloria y acción de gracias por vosotros, Venerables Hermanos, y por Nuestros amados hijos los cristianos, puesto que ha obrado y obra tales maravillas en vosotros y en su Iglesia y ha hecho que sobreabundando la malicia sobreabundase la gracia de la fe, caridad y confesión. "¿Cuál es pues, nuestra esperanza, nuestro gozo y corona de gloria? ¿No lo sois acaso vosotros delante de Dios? El hijo sabio es la gloria de su padre. Favorézcaos pues Dios y acuérdese del fiel servicio y piadosa compasión, consolación y honor que prestasteis y prestáis en los tiempos adversos y en los días de aflicción a la esposa de su Hijo [3].
2. Simulación de los perseguidores
Pero entre tanto, el gobierno del Piamonte mientras por una parte se apresura a ridiculizar la Urbe ante el mundo entero [4], por otra, para engañar a los católicos y calmar su ansiedad, se preocupó por disponer ciertas fútiles inmunidades y privilegios que vulgarmente llaman garantías, con la mira de que las aceptáramos en lugar del Principado civil de que Nos despojó con una larga serie de maquinaciones y con armas parricidas. Nosotros ya declaramos Nuestro juicio acerca de esas inmunidades y cauciones, Venerables Hermanos, señalando su absurdo, la astucia e ironía en la carta escrita el 2 de marzo a Nuestro Venerable hermano Constantino Patrizi, cardenal de la Santa Romana Iglesia, decano del Sacro Colegio, Vicario Nuestro en la Urbe, que no hace mucho fue publicada por la prensa.
3. Dolor por los últimos sucesos
Pero como quiera que es costumbre del gobierno del Piamente unir una perpetua y torpe simulación con un imprudente desprecio contra la pontificia dignidad y autoridad, y con los hechos mostró que nada le importaban Nuestras protestas, postulaciones y censuras; de aquí que no obstante haber expresado Nuestro juicio acerca de las predichas cauciones, no desistió de urgir y promover su discusión ante los Supremos Ordenes del Reino, como si se tratara de un negocio serio. En esa discusión apareció claramente tanto la verdad de Nuestro juicio sobre la naturaleza e índole de aquellas cauciones como el inútil esfuerzo de los enemigos para velar su malicia y fraude. Ciertamente es increíble, Venerables Hermanos, que tantos errores abiertamente repugnantes a la fe católica y aun a los mismos fundamentos del derecho natural y tantas blasfemias como se profirieron en aquella ocasión, hayan podido tener lugar en medio de esta Italia que siempre se glorió y se gloría principalmente del culto de la Religión católica y de la Sede Apostólica del Romano Pontífice, y por cierto que, gracias a la protección de Dios sobre su Iglesia, son enteramente otros los sentimientos que en realidad alimentan a la gran mayoría de los italianos que con Nosotros gime y deplora esta nueva e inaudita forma de sacrilegio y con insignes y cada día mayores manifestaciones de su piedad nos demostró que está unida en el espíritu y en los sentimientos con los demás fíeles del Orbe.
4. Nulidad de las garantías
Por lo cual Nosotros, Venerables Hermanos, os dirigimos nuevamente la palabra y si bien los fieles a vosotros encomendados, ya con sus cartas ya con gravísimos documentos de protesta abiertamente han manifestado con cuanto disgusto sufren la situación que Nos oprime y cuanto disten de ser engañados con las falacias que se encubren bajo el nombre de cauciones, con todo juzgamos ser obligación de Nuestro oficio apostólico declararos solemnemente a vosotros y a todo el Orbe que no sólo las llamadas cauciones y que vanamente han sido dispuestas por el gobierno subalpino, sino cualquier clase de títulos, honores, inmunidades y privilegios y cuanto sobrevenga con el nombre de cauciones o garantías, de ninguna manera pueden servir para asegurar el expedito y libre uso de la potestad a Nosotros divinamente confiada y para proteger la necesaria libertad de la Iglesia.
5. La Iglesia nunca podrá aceptar conciliaciones que menoscaben sus derechos
Siendo así las cosas, como muchas veces declaramos y afirmamos, Nosotros no podemos admitir ninguna conciliación que de alguna manera destruya o menoscabe Nuestros derechos, que son los derechos de Dios y de la Santa Sede, sin incurrir en culpa por violación de la fidelidad prometida bajo juramento; por eso ahora por considerarlo obligación de Nuestro oficio, declaramos que nunca admitiremos o aceptaremos ni podremos admitir o aceptar aquellas cauciones o garantías excogitadas por el gobierno piamontés, cualquiera sea su forma, ni otras cosas similares de cualquier género o de cualquier manera sancionadas nos ofrecieren con el pretexto de proteger a Nuestra sagrada potestad y libertad en lugar y en sustitución del Principado civil, con el que la Divina Providencia quiso proteger y acrecentar la Santa Sede Apostólica que Nos confirman tantos legítimos e inconcursos títulos, como la posesión de más de once siglos.
6. La Iglesia no puede estar sometida a un poder civil.
Necesariamente comprenderá con evidencia cualquiera que, al estar sujeto el Romano Pontífice a la dominación de otro príncipe, ni tendría ya verdaderamente en el orden político la potestad suprema, ni podría —sea que se considere su persona o los actos del ministerio apostólico—, sustraerse al arbitrio de aquel gobierno al que estaría sometido, el cual podría ser herético o perseguidor de la Iglesia y encontrarse en guerra o estado de guerra con otros príncipes. Y en efecto, esta misma concesión de seguridades a que nos referimos ¿no es por sí misma un clarísimo testimonio de que a Nosotros, a quienes ha sido dada por Dios la autoridad de promulgar leyes referentes al orden moral y religioso y que estamos constituidos como intérpretes del derecho natural y divino en todo el orbe, se Nos imponen leyes y tales leyes que se vinculan con el gobierno de toda la Iglesia y sin otro derecho acerca de su conservación y ejecución que lo que prescribe y determina la voluntad del poder civil? Por lo que respecta a las relaciones entre la Iglesia y la sociedad civil, bien sabéis, Venerables Hermanos, que todas las prerrogativas y todos los derechos de autoridad necesarios para regir la Iglesia Universal, los recibimos Nosotros, a través de la persona del Bienaventurado Pedro, directamente del mismo Dios y aún más que todas esas prerrogativas y derechos y la misma libertad de la Iglesia fue lograda por la sangre de Jesucristo y debe ser estimada por el infinito precio de su divina sangre. Nosotros, ciertamente, corresponderíamos muy mal a la Sangre de Nuestro Divino Redentor, lo que Dios no permita, si negociáramos con los príncipes de la tierra estos derechos Nuestros, sobre todo en las condiciones en que ahora se Nos ofrecen tan disminuidos y adulterados. Hijos y no señores de la Iglesia son los príncipes cristianos a los que muy bien hablaba aquella gran lumbrera de santidad y dortrina Anselmo arzobispo de Cantorbery: "No juzguéis que la Iglesia de Dios os ha sido dada para serviros como a señores, sino que os ha sido encomendada como abogados y defensores. Nada ama Dios más en este mundo que la libertad de su Iglesia" [5]. Exhortándolos escribía en otro lugar: "Nunca juzguéis que se disminuye la dignidad de vuestro encumbramiento si amáis y defendéis la libertad de la Iglesia, Esposa de Dios y Madre Nuestra, no juzguéis que os humilláis al fortalecerla. Ved, mirad a vuestro alrededor; los ejemplos abundan; considerad qué aprovechan y en qué paran los príncipes que la impugnan y conculcan. A la vista está, no es necesario decirlo. Ciertamente, los que la glorifiquen, con ella y en ella se glorificarán" [6].
7. La libertad de la Iglesia está ligada al bien universal.
Ahora pues, por las cosas que en otras ocasiones y recientemente os expusimos, Venerables Hermanos, a nadie se oculta que la injuria hecha a la Santa Sede en estos tiempos calamitosos redunda en toda la República Cristiana. Como decía san Bernardo a todos los cristianos de la tierra, atañe la injuria hecha al glorioso Príncipe de los Apóstoles y como quiera que, según expresión del predicho San Anselmo, la Iglesia Romana trabaja para todas las Iglesias, quien le quita lo suyo, se hace reo de sacrilegio, no sólo contra ella sino contra todas las Iglesias [7]. Ni puede para nadie ser motivo de duda que la conservación de los derechos de esta Sede Apostólica está estrechamente ligada con las supremas conveniencias y utilidades de la Iglesia Universal y con la libertad de vuestro ministerio episcopal.
Reflexionando Nosotros sobre Nuestra obligación y considerando todas estas cosas, Nos vemos obligados a confirmar una vez más y a profesar constantemente lo que muchas veces declaramos con unánime consentimiento vuestro, o sea, que el principado civil de la Santa Sede fue por singular decreto de la Divina Providencia dado al Romano Pontífice y que el mismo es necesario para que el Romano Pontífice, no sujeto jamás a ningún príncipe o potestad civil, pueda ejercer con plenísima libertad por la Universal Iglesia Católica la potestad y autoridad divinamente recibida del mismo Cristo Señor Nuestro y mirar por el mayor bien, utilidad y necesidades de la misma Iglesia. Entendiendo esto, vosotros, Venerables Hermanos, y con vosotros los fieles encomendados a vuestro cuidado, con razón os conmovisteis por causa de la religión, justicia y tranquilidad que son los fundamentos de todos los bienes, e ilustrando a la Iglesia de Dios con un digno espectáculo de fe, piedad, constancia y un ejemplo nuevo, admirable en sus anales.
8. Exhortación a rogar por la libertad de la Iglesia
Por cuanto el Dios de las misericordias es autor de estos bienes, elevando a El Nuestros ojos, corazones y esperanzas, sin interrupción le rogamos que confirme, robustezca y aumente vuestros preclaros sentimientos y los de los fieles y la común piedad, amor y celo; a vosotros y a los pueblos encomendados a vuestra vigilancia intensamente exhortamos a que cada día con más firmeza y fervor cuanto más recrudece el combate, claméis con Nosotros al Señor para que se digne adelantar los días de su propiciación. Quiera Dios que los príncipes de la tierra a quienes en gran manera interesa que la usurpación que Nosotros padecemos, no se establezca vigorice, como ejemplo para ruina de toda potestad y orden, se unan todos en concordia de almas y voluntades, y, quitadas las disensiones, tranquilizadas las perturbaciones de los rebeldes, desbaratados los criminales planes de las sectas, junten sus esfuerzos para que sean restituidos a esta Santa Sede sus derechos y con ellos a la cabeza visible de la Iglesia su plena libertad y a la sociedad civil la tranquilidad deseada. Ni debéis pedir con menor intensidad, Venerables Hermanos, a la divina clemencia en vuestras preces y las de vuestros que convierta a la penitencia los corazones de los impíos, y, disipando la ceguedad de sus mentes antes que sobrevenga el día del Señor, grande y terrible, o bien reprimiendo sus malignos planes muestre cuan vanos e insensatos son los que se esfuerzan en derrocar la piedra fundada por Cristo y violar los divinos privilegios [8]. En estas plegarias deben fundamentarse fielmente Nuestras esperanzas en Dios: ¿Creéis que podrá Dios apartar de su queridísima esposa cuando clamare contra aquellos que la angustian? ¿Cómo no reconocerá el hueso de sus huesos, la carne de su carne y aun en cierta manera el espíritu de su espíritu? Es ciertamente esta la hora de la maldad y del poder tinieblas [9]. Por lo demás, es la hora última y ese poder pronto pasa. La virtud de Dios y la sabiduría de Dios, Cristo, está con nosotros e interviene en la causa. Confiad, El venció al mundo [10]. Mientras tanto con magnanimidad y fe cierta sigamos la voz de la eterna Verdad que dice: Lucha a favor de la justicia exponiendo tu vida, y hasta la muerte combate por la justicia, y vencerá Dios por ti a tus enemigos [11].
9. La Bendición Apostólica
Suplicando a Dios de lo profundo de Nuestro ánimo que os conceda a vosotros, Venerables Hermanos, y a todos los clérigos y fieles laicos encomendados al cuidado de cada uno de vosotros, os impartimos amorosamente a vosotros y a los mismos amados hijos, la Bendición Apostólica, prenda de Nuestro singular e íntimo amor hacia vosotros y ellos.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 15 de mayo de 1871, de Nuestro Pontificado el año vigésimo quinto. Pío IX.

[1] S. Bernardo, Epist. 243 n. 4 (Migne PL. 182, col. 439-C)
[2] Act. 4, 32.
[3] S. Bernardo, Epist. 238 y 130 (Migne PL. 182, col. 428-B)
[4] S. Bernardo, Epist. 243 n. 3 (Migne PL. 182, col. 439-A)
[5] S. Anselmo de Cantorb., Carta 8. 1, 4
[6] S. Anselmo de Cantorb., Carta 12. 1, 4
[7] S. Anselmo, Carta 42. 1, 3.
[8] S. Gregorio VII, Carta 6 1, 3
[9] Lucas 22, 53; S. Bernardo, Carta 126 nrs. 6 y 14 (Migne PL. 182, col. 275-B y C; col. 280 D-282 A)
[10] Juan 16, 33
[11] Eclesiástico 4, 33

jueves, 23 de junio de 2011

La Iglesia y el Estado. Escuelas privadas y escuelas del Estado.

Si el Papa mandase a los católicos que desobedeciesen a los Gobiernos en materias puramente civiles, ¿estarían los católicos obligados a obedecer a la orden del Papa?
No, señor; en ese caso, los católicos no estariamos obligados a obedecer al Papa. Pero estamos seguros de que el Papa no ha de dar un paso semejante. Si diera ese paso, él mismo vería que se contradecía, pues mientras por un lado afirma que su campo de acción es la fe, la religión, las buenas costumbres..., por otro legisla sobre asuntos civiles que incumben únicamente a la sociedad civil. El sabe muy bien que Dios le da autoridad y le asiste para que gobierne su Iglesia, no para que se entremeta en las cosas que no son de la Iglesia. Hay en la Historia no pocos casos de naciones católicas que, aunque reconocían plenamente la supremacía del Papa en materias espirituales, se opusieron a sus decisiones en cuestiones de política. Cuando el Papa Pío V excomulgó a Isabel de Inglaterra, en 1571, Carlos IX de Francia, Felipe II y el emperador Maximiliano II se negaron a reconocer la Bula, de donde coligieron los católicos ingleses que tampoco ellos estaban obligados a obedecer donde los demás católicos desobedecían. Aunque la Bula decía abiertamente que asistir a las iglesias protestantes por mandato de Isabel era rechazar el catolicismo, sin embargo, los católicos se mantuvieron leales a su reina. Aun los mártires en el patíbulo, que morían por la religión católica, pregonaban la lealtad a la reina Isabel, que los condenaba. Pero téngase en cuenta que aun los actos puramente civiles tienen un aspecto moral y deben subordinarse al orden puesto por Dios para la convivencia humana.

¿No es cierto que los Papas, especialmente Pío IX en el Syllabus, han condenado la separación de la Iglesia y del Estado? ¿No les conviene a los dos esta separación?
Conviene tener ideas claras en este particular. El Syllabus es un índice o colección de doctrinas falsas condenadas previamente por los Papas Gregorio XVI y Pío IX en varias de sus Encíclicas, Breves y Letras apostólicas. Algunos creen que cuando el Papa condena una proposición, la contraria es verdadera. No es ésta la verdadera, sino la contradictoria, que no es lo mismo. "Supongamos—dice el cardenal Newman a este propósito—que tú me dices que todos los negros se apellidan Johnson. Cuando yo te respondo que esto es falso no quiero decir que no hay ningún negro que se apellide Johnson, sino que no todos los negros se apellidan así." Por tanto, cuando el Papa condenala proposición 55 del Syllabus, que dice: "La Iglesia debe ser separada del Estado y el Estado de la Iglesia", lo que quiere dar a entender el Papa es que no siempre han de estar separados la Iglesia y el Estado. Solamente los fanáticos e intolerantes que creen que estas dos sociedades perfectas han de estar por fuerza separadas pueden quejarse de esta condenación, por otra parte, tan razonable.
El ideal sería que la Iglesia y el Estado fuesen a una estrechamente unidos y ayudándose mutuamente: que, al fin y al cabo, la Iglesia fue instituida para todos los hombres y el Estado está compuesto de hombres; pero como hoy día corren otros vientos y otras ideas y las circunstancias son muy diversas de las de la Edad Media, decimos que la Iglesia se adapta a las actuales circunstancias y desempeña libremente sus funciones espirituales, prescindiendo en absoluto de la unión y de la forma de gobierno. En la Edad Media, los dos poderes estaban, por decirlo así, identificados, y la Iglesia florecía y prosperaba: hoy la Iglesia está tan floreciente como en sus mejores tiempos, lo mismo en las naciones católicas, que reconocen la religión católica como la religión oficial del Estado, que en las naciones unidas por el Vaticano sólo por un concordato, o sin relaciones algunas con el Vicario de Cristo, como acontece en los Estados Unidos. Para muchos latinos, la fórmula "separación de la Iglesia y del Estado" es sinónima de aplastamiento de la Iglesia por el Estado. Esto es una monstruosidad y el colmo del fanatismo y de la intolerancia. En resolución, cada pueblo debe pensar seriamente qué es lo que más le conviene, dado el estado de cosas del país, y obrar en conformidad con eso. La Iglesia está siempre dispuesta a entablar negociaciones para bien del Estado y del individuo. Nadie crea que la Iglesia va a entremeterse en lo que concierne al Estado; no. Por el contrario, el Estado es el que empieza siempre los disturbios y desavenencias, como lo prueba la Historia.
El fin de la sociedad civil es la prosperidad material del pueblo, dando al individuo medios y protección para eso; mientras que el fin de la Iglesia es el bien espiritual de todos los hombres, dándoles los medios necesarios para ello, a fin de que vivan y mueran en gracia de Dios y se salven. Absolutamente hablando, los dos poderes pueden vivir separados; pero, en general, debemos aspirar a una unión, mientras más íntima mejor, para que no sólo el individuo, sino también la nación entera, puedan gloriarse de tener por Madre a la Iglesia que Cristo fundó para que nos enseñe el camino del cielo y nos dé medios para caminar por él hasta el fin.

¿Es la Iglesia católica partidaria de que se traiga a ella la gente por fuerza, como aconteció en los días de Carlomagno, Luis XIV y ciertos reyes de España, que lo hacían así con los moros y los judíos?
La Iglesia no es responsable de lo que hayan hecho ciertos monarcas que, por motivos políticos, o por avaricia, o por demasiado celo, se han valido de la fuerza para convertir a sus subditos a la religión católica. Cuando Carlomagno empezó a forzar a los sajones paganos a que se convirtiesen, Alcuino y Arno de Salzburgo le repredieron por ello. El Papa Inocencio XI reprendió a Luis XIV por sus violencias contra los hugonotes, y acudió a Jacobo II de Inglaterra para que interpusiera su favor con el rey de Francia en defensa de los perseguidos hugonotes. Finalmente, Sixto IV no cesaba de protestar contra las arbitrariedades e injusticias de la Inquisición española. El sentir de la Iglesia en este punto está magistralmente declarado en los escritos de Tertuliano, Orígenes, San Cipriano, Lactancio, San Hilario y otros.
Dice Tertuliano: "Es un derecho fundamental y un privilegio natural que cada uno dé culto a Dios conforme a sus convicciones. La religión no dice que se imponga la religión. Esta debe ser abrazada libremente, no forzada" (Ad Scapulam 2, 2).
Orígenes: "Es imposible armonizar la legislación de Moisés con el llamamiento que nosotros hacemos a los gentiles... Porque a los cristianos no nos es lícito matar a los enemigos, ni condenar, como Moisés condenaba, a los que desobedezcan la ley, quemándolos o apedreándolos" (Contra Celsum 7, 26).
San Cipriano escribe: "Ahora que entre los fieles la circuncisión de la carne se ha sustituido por la del espíritu, a los soberbios y contumaces se los mata con la espada del espíritu arrojándolos del seno de la Iglesia" (Ad Pomponium. carta 82).
Lactancio: "En modo alguno se puede justificar la violencia y la injusticia, pues la religión no se puede imponer a viva fuerza. Es éste un negocio que pertenece a la voluntad, la cual es influenciada por la doctrina, no por los garrotes. A la religión se la defiende muriendo, no matando; con paciencia, no con crueldad; con fe, no con crimen... El que pretenda defender la religión con derramamiento de sangre ajena, con torturas y con crímenes, sepa que no la defiende, sino que la ensucia y la profana. Porque no hay cosa que así dependa del libre albedrío como la religión" (Divi. Insti 5, 20).
Finalmente, San Hilario de Poitiers, desterrado cuatro años por el arriano emperador Constancio, escribe: "Hoy que el Estado obliga a abrazar la fe divina por la fuerza, los hombres dicen que Cristo no tiene poder. La Iglesia amenaza con destierro y con calabozos. Esa Iglesia, en la que antes se creía cuando se estaba en el destierro y en la cárcel, ahora quiere forzar a los hombres a que crean en ella" (Contra Auxentium 4).

¿Por qué se oponen los católicos a las escuelas públicas del Éstado? ¿Por qué tienen ellos sus escuelas privadas? ¿No admiten los católicos que el Estado tiene derecho a educar a los ciudadanos? ¿Quién tiene prioridad de derecho respecto de la educación: la familia o el Estado?
Los católicos no se oponen a las escuelas públicas del Estado. Las miran, sí, con recelo, que no es lo mismo. Si el Estado prohibe la enseñanza de la religión en las escuelas o enseña algo contra ella, ya se ve que los católicos tienen derecho a quejarse y aun a protestar, pues contribuyen con su dinero a la conservación de las escuelas públicas y no es justo que paguen para que se los moleste, especialmente en países donde el porcentaje de católicos es elevadísimo, como acontece en los de lengua española.
En cuestión tan espinosa, preferimos citar a la letra algunos párrafos de la Encíclica de Su Santidad Pío XI sobre la educación cristiana. Veamos lo que responde el Papa a la dificultad propuesta: "Ante todo, pertenece de un modo supereminente a la Iglesia la educación, por dos títulos de orden sobrenatural, exclusivamente concedidos a ella por el mismo Dios, y por esto absolutamente superiores a cualquier otro título de orden natural. El primero consiste en la expresa misión y autoridad suprema del magisterio que le dio su divino Fundador: "A Mí se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, a instruir a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándolas a observar todas las cosas que Yo he mandado. Y estad ciertos que Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos." A cual magisterio confirió Cristo la infalibilidad, junto con el mandato de enseñar su doctrina... El segundo título es la maternidad sobrenatural con que la Iglesia, esposa inmaculada de Cristo, engendra, educa y alimenta las almas en la vida de la gracia con sus sacramentos y su enseñanza. Con razón, pues, afirma San Agustín: "No tendrá a Dios por Padre el que rehusare tener a la Iglesia por Madre." Por tanto, en el objeto propio de su misión educativa, es decir, en la fe e instrucción de las costumbres, el mismo Dios ha hecho a la Iglesia partícipe del divino magisterio, y, por beneficio divino, inmune de error; por lo cual es maestra de los hombres, suprema y segurísima, y en sí misma lleva arraigado el derecho inviolable a la libertad de magisterio... Así, pues, con pleno derecho la Iglesia promueve las letras, las ciencias y las artes en cuanto son necesarias o útiles para la educación cristiana, y, además, para toda su obra de la salvación de las almas, aun fundando y manteniendo escuelas e instituciones propias en toda disciplina y en todo grado de cultura. Ni se ha de estimar como ajena a su magisterio maternal la misma educación que llaman física, precisamente porque ésta tiene razón de medio que puede ayudar o dañar a la educación cristiana. Esta obra de la Iglesia en todo género de cultura, así como cede en inmenso provecho de las familias y las naciones, que sin Cristo se pierden..., así no trae el menor inconveniente a las ordenaciones civiles, porque la Iglesia, con su maternal prudencia, no se opone a que sus escuelas e instituciones educativas para los seglares se conforme en cada nación con las legítimas disposiciones de la autoridad civil, y aun está en todo caso dispuesta a ponerse de acuerdo con ésta y a resolver amistosamente las dificultades que pudieran surgir... Con la misión educativa de la Iglesia concuerda admirablemente la misión educativa de la familia, porque ambas proceden de Dios de manera muy semejante. En efecto, a la familia, en el orden natural, comunica Dios inmediatamente la fecundidad, principio de la vida, y consiguientemente principio de educación para la vida, junto con la autoridad, principio de orden... La familia, pues, tiene inmediatamente del Creador la misión y, por tanto, el derecho de educar a la prole; derecho inalienable por estar inseparablemente unido con la estricta obligación; derecho anterior a cualquier derecho de la sociedad civil y del Estado, y, por lo mismo, inviolable por parte de toda potestad terrena. La razón la da el Doctor Angélico: "El hijo, naturalmente es algo del padre...; es, pues, de derecho natural que el hijo, antes del uso de la razón, esté bajo el cuidado del padre. Y sería contra la justicia natural que el niño, antes del uso de la razón, fuese sustraído del cuidado de los padres, o de alguna manera se dispusiese de él contra la voluntad de sus padres." Y como la obligación del cuidado de los padres continúa hasta que la prole esté en condición de proveerse a sí misma, perdura también el mismo inviolable derecho educativo de los padres. "Porque la naturaleza no pretende solamente la generación de la prole, sino también su desarrollo y progreso hasta el perfecto estado del hombre en cuanto es hombre, o ser, el estado de virtud", dice el mismo Doctor Angélico... De este primado de la misión educativa de la Iglesia y de la familia, así como resultan grandísimas ventajas, según hemos visto, para toda la sociedad, así también ningún daño puede seguirse a los verdaderos y propios derechos del Estado respecto a la educación de los ciudadanos conforme al orden por Dios establecido. Estos derechos los ha comunicado a la sociedad civil el mismo Autor de la Naturaleza, no a título de paternidad, como a la Iglesia y a la familia, pero sí por la autoridad que le compete para promover el bien común temporal, que no es otro su fin propio. Por consiguiente, la educación no puede pertenecer a la sociedad civil del mismo modo que pertenece a la Iglesia y a la familia, sino de manera diversa, correspondiente a su fin propio... Por tanto, en orden a la educación, es derecho, o, por mejor decir, deber del Estado proteger en sus leyes el derecho anterior—que arriba dejamos descrito—de la familia en la educación cristiana de la prole; y, por consiguiente, respetar el derecho sobrenatural de la Iglesia sobre tal educación cristiana. Igualmente toca al Estado proteger el mismo derecho en la prole, cuando venga a faltar física o moralmente la obra de los padres por defecto, incapacidad o indignidad, ya que el derecho educativo de ellos, como arriba declaramos, no es absoluto o despótico, sino dependiente de la ley natural y divina y, por tanto, sometido a la autoridad y juicio de la Iglesia y también a la vigilancia y tutela jurídica del Estado en orden al bien común; y, además, la familia no es sociedad perfecta que tenga en sí todos los medios necesarios para su perfeccionamiento. En tal caso, por lo demás excepcional, el Estado no suplanta ya a la familia, sino suple el defecto y lo remedia con medios idóneos, siempre en conformidad con los derechos naturales de la prole y los derechos sobrenaturales de la Iglesia. Además, en general, es derecho y deber del Estado proteger, según las normas de la razón y de la fe, la educación moral, y religiosa de la juventud, removiendo de ella las causas públicas a ella contrarias... Además, el Estado puede exigir y, por tanto, procurar que todos los ciudadanos tengan el conocimiento necesario de sus deberes civiles y nacionales, y cierto grado de cultura intelectual, moral y física que el bien común, atendidas las condiciones de nuestros tiempos, verdaderamente exija. Sin embargo, claro es que en todos estos modos de promover la educación y la instrucción pública y privada, el Estado debe respetar los derechos nativos de la Iglesia y la familia a la educación cristiana, además de observar la justicia distributiva. Por tanto, es injusto e ilícito todo monopolio educativo o escolar que fuerce física o moralmente a las familias a acudir a las escuelas del Estado contra los deberes de la conciencia cristiana, o aun contra sus legítimas preferencias."
Estimamos que bastan estos párrafos para demostrar que la educación no es patrimonio exclusivo del Estado, sino de la Iglesia y de la familia, quedándole al Estado el deber de proteger el derecho de la Iglesia y de la familia. El Estado, claro está, debe favorecer las iniciativas de esas dos sociedades, suplir sus deficiencias con escuelas propias, para el bien común; puede también reservarse las escuelas para empleos oficiales y dar cierta educación cívica para el mismo bien común. Más adelante prueba Pío XI en su Encíclica que el Estado en esto, como en todo, debe estar en armonía con la Iglesia, porque la educación cristiana hace buenos ciudadanos, gana con esto la ciencia y, sobre todo, porque la fe y la ciencia vienen de Dios y no se oponen, antes se ayudan.

BIBLIOGRAFÍA
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Muñecas, La enseñanza superior de la religión en los centros oficiales del Estado.
Noguer, La escuela única.
Regatillo, El Concordato español de 1953.

EL TRATADO "DE LAPSIS" DE SAN CIPRIANO

Hacia la primavera de 251, la persecución de Decio, tan fiera y metódicamente iniciada a los comienzos del 250, se había totalmente extinguido, ope adque ultione divina, dirá el obispo de Cartago, aludiendo a la trágica muerte del emperador por manos de los temidos bárbaros. Después de Pascua, San Cipriano pudo salir definitivamente de su retiro y, tras un voluntario destierro de más de un año, cumplió su ardiente deseo de verse nuevamente entre su grey. Quizá de su retiro mismo se trajo ya compuestos y redactados dos de los más bellos e importantes tratados de todas sus obras, en que se esforzaba por resolver los dos más graves problemas que la persecución, como su rastro peor, dejaba tras sí en la Iglesia de Cartago y—en medida más o menos grave—en toda la Iglesia universal: en el De unitate catholicae Ecclesiae se ataca al cisma que se fue lentamente fraguando en ausencia del obispo y terminó en la formación de la factio Felicissimi (cf. Epist. 43), y en el De lapsis se plantea y resuelve la delicada cuestión de los apóstatas o caídos durante la persecución y su reintegración a la Iglesia por el solo camino posible de la penitencia. Sólo este tratado nos interesa aquí, y no tanto por la grave cuestión disciplinaria que en él se trata, sino porque es una mirada retrospectiva a la persecución de Decio, explica maravillosamente el sorprendente número de apostasías, como no se habían conocido ni se volverán a conocer en ninguna otra persecución, y nos da idea de las tristes reliquias que su diabólica consigna de "antes apóstatas que mártires" dejó en las almas, y, juntamente, del definitivo fracaso de ella y su consigna. Se habían hecho muchos apóstatas; pero también hubo muchos mártires. Y mientras éstos eran una gloria e incitación permanente al heroísmo de los posteriores — lo nota el mismo San Cipriano hablando de los supervivientes —, los apóstatas, la mayor parte de ellos al menos, lo fueron sólo de boca y no de corazón, y si su impaciencia por reintegrarse a la Iglesia abreviando trámites de la dura y larga penitencia de entonecs, y aun saltando por encima de toda penitencia gracias a la recomendación de los mártires, desconcertó, como no podía ser menos, a los guardianes de la disciplina, vista ahora a distancia no podemos menos de percibir en ella un síntoma claro de que el huracán de la persecución pasó doblando muchas almas débiles, no nacidas o hechas al heroísmo, pero logró desarraigar a muy pocas de la tierra honda que la Iglesia llevaba ya laborando durante siglos. A la verdad, ni el cristianismo ni el paganismo se implantan ni se destruyen por decreto y certificados. La conciencia cristiana de aquellos días, más nítida que la nuestra, menos sutilizada por la casuística, marcó a fuego a quienes se procuraron a precio de oro o por el medio que fuera certificados de sacrificio, sin haber sacrificado; pero no cabe duda que tales certificados, que en la mente administradora del perseguidor o sus consejeros habían de ser la malla cerrada que cogiera infaliblemente en la red a todo subdito del Imperio, fue precisamente el agujero por donde se le escaparon los que más interés había en prender. De ahí, sin duda, que en ninguna otra persecución posterior se hable ya para nada de certificados de sacrificio. Al cristiano se le obliga a sacrificar o se le quita de en medio. Como documento de la persecución, había que reproducir aquí íntegro esta maravillosa pieza oratoria de San Cipriano. Si no todo él es edificante, si nos produce tristeza el cuadro de la corrupción de la Iglesia africana la víspera de estallar la persecución, si sentimos vergüenza de aquellos cristianos que en hileras interminables suben por su propio pie, y aun incitándose unos a tros, al Capitolio cartaginés, a renegar pública y oficialmente de su fe, si nos indigna verlos suplicar a los magistrados, que no dan abasto a tanta petición de certificados y se les viene a más andar la noche, que no se los deje para el día siguiente; si nos subleva contemplar a niños pequeños arrastrados por sus padres a manchar la tersura de su vestido bautismal, digamos las nobles palabras del mismo obispo cartaginés, cuya alma debió de dolerse antes e infinitamente más que la nuestra ante tanto estrago: Disimulando, fratres, neritas non est...
No hay por qué disimular la verdad. Y la verdad es que a una Iglesia corrompida en sus cabezas y en sus miembros; a una Iglesia en que los sacerdotes no saben lo que es devoción ni fidelidad en sus ministerios, y los obispos, dejada su cátedra, vagabundean de provincia en provincia en busca de pingües negocios; a una Iglesia así, no se le podía pedir heroísmo. Y, sin embargo, aún lo hubo. Porque, para eterna sorpresa de quienes no conocen la raíz sobrenatural y divina de donde sube la savia al árbol gigante de la Iglesia, aun en los momentos en que parece seca en sus ramas cimeras y más visibles, sigue aquélla vigorizando otras quizá ocultas a las miradas del viajero o espectador no atento.
Literariamente, hay que tributar al tratado De lapsis las más altas alabanzas, que serían más plenas si la retórica no tuviera tanta parte en él. Mas era tan grave el asunto que se ventilaba, el alma del orador tan grande, su amor a las otras almas, las triunfadoras y las caídas, tan ardiente y sincero, que esta pieza oratoria resulta bella y conmovedora a despecho de la retórica misma. La exuberancia verbal, la selva de sinónimos y repetición de la misma idea con distintas palabras, en que se debate todo traductor de San Cipriano, no llega a ahogar la sinceridad del sentimiento del orador, que pasa efectivamente íntegro al oyente o lector. Oigamos, por unos momentos, a este lejano obispo en uno de los más críticos momentos de su Iglesia. Con ello, tras la lectura de las cartas de San Cipriano, habremos vivido íntegra la dura prueba en la persecución décica, de la que, en definitiva, la Iglesia salió triunfadora, purificada y fortalecida. Gran parte de esta gloria es de su obispo Cipriano.

El tratado "De los caídos", de San Cipriano.
I. La paz, amadísimos hermanos, ha sido devuelta a la Iglesia, y lo que hace poco parecía difícil a los incrédulos e imposible a los que renegaron su fe, con la ayuda y venganza divina, se ha reparado nuestra seguridad. Las almas vuelven a la alegría, y disipada la tormenta y la nube de la persecución, han vuelto a brillar la serenidad y la calma. De tributar son alabanzas a Dios, y celebrarse deben con hacimiento de gracias sus beneficios y dones, si bien ni aun en la persecución cesó jamás nuestra voz de dar gracias; pues no puede el enemigo llegar a tanto que los que amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda el alma y fuerza, no publiquemos siempre y en todas partes, gloriosamente, sus bendiciones y alabanzas. Llegó el día con todos los deseos deseado, y, tras la horrible y tétrica oscuridad de larga noche, brilló el mundo iluminado por la claridad del Señor.
II. Con alegres ojos contemplamos a los confesores, claros por el pregón de su buen nombre y gloriosos por las hazañas de su valor y fidelidad, y, pegándonos a ellos con santos ósculos, a los que por tanto tiempo echábamos de menos, los abrazamos con divina e insaciable gana. Aquí está la blanca cohorte de los soldados de Cristo, los que rompieron la ferocidad turbulenta de la persecución en todo su apremio, preparados a soportar la cárcel, armados a sufrir la misma muerte. Luchasteis valerosamente contra el mundo, disteis a Dios un espectáculo glorioso, os convertisteis en ejemplo para los hermanos por venir. La voz religiosa proclamó a Cristo, en quien una vez confesó creer; las ilustres manos, que sólo se ejercitaron en obras divinas, resistieron a los sacrilegos sacrificios; las bocas, santificadas con la celeste comida después de gustar el cuerpo y la sangre del Señor, rechazaron los profanos contactos y los restos de los sacrificios a los ídolos. Vuestra cabeza permaneció libre del impío y criminal velo, con que allí se cubrían las cautivas cabezas de los sacrificantes. La frente pura con la señal de Dios, no pudo llevar la corona del diablo, sino que se reservó para la corona del Señor.
¡Cuan alegre os recibe en su seno la madre Iglesia a vuestra vuelta de la guerra! ¡Qué feliz, qué gozosa os abre sus puertas, para que en formados escuadrones entréis con los trofeos que traéis del enemigo derrotado! Con los varones triunfantes vienen también las mujeres que, juntamente con el mundo, vencieron a su sexo. Vienen también, doblada la gloria de su milicia, las vírgenes y los niños que con sus actos de valentía han traspasado sus años. Por fin, sigue a vuestra gloria toda la otra muchedumbre de los en pie, que va pisando vuestras huellas con muy cercanas y casi juntas señales de alabanza. La misma sinceridad de corazón hubo en ellos, la misma integridad de tenaz fidelidad. Agarrados a las inconmovibles,raíces de los preceptos celestes y fortalecidos por las tradiciones evangélicas, no fueron capaces de espantarlos ni los destierros prescritos, ni los tormentos señalados, ni los daños de la hacienda, ni los suplicios de su cuerpo. Se señalaban días para examinar la fe de cada uno; mas quien recuerda que ha renunciado al siglo, no conoce ningún día del siglo, ni computa ya los tiempos terrenos quien espera de Dios la eternidad.
III. Que nadie, hermanos, pretenda estropear esta gloria; que nadie, con maligna detracción, intente debilitar la incorrupta firmeza de los que se han mantenido en pie. Pasado el día señalado para negar, quien dentro de ese plazo no hizo profesión de paganismo, confesó ser cristiano. El primer título de la victoria es ser prendido por manos de los gentiles y confesar al Señor; el segundo escalón para la gloria es retirarse con cauta huida y reservarse para el Señor. Aquélla es confesión pública; ésta, privada; aquél venció al juez de este mundo; éste, contento con tener por solo juez a Dios, guarda pura su conciencia, con integridad de corazón. Allí se da más pronta fortaleza; aquí, más segura solicitud. Aquél, al llegar su hora, fue hallado ya maduro; éste tal vez fue diferido, que, dejado su patrimonio, se retiró porque no había de negar. Hubiera indudablemente confesado su fe si también hubiera sido detenido.
IV. Estas celestes coronas de los mártires, estas espirituales glorias de los confesores, estas máximas y eximias virtudes de los hermanos en pie, sólo una tristeza las viene a nublar, y es que el violento enemigo, habiéndonos arrancado una parte de nuestras entrañas, las arrojó por tierra en el estrago de su devastación. ¿Qué haré en este lugar, hermanos amadísimos, fluctuando como estoy entre las varias olas que combaten mi alma; qué o cómo hablaré?
De lágrimas, más bien que de palabras, es menester para expresar el dolor con que debe llorarse la llaga de nuestro cuerpo, con que debe lamentarse el quebranto múltiple de un pueblo en otro tiempo numeroso. Pues ¿quién habrá tan duro y tan de hierro, quién hasta punto tal olvidado de la fraterna caridad, que, puesto entre las ruinas multiformes de los suyos y las lúgubres y, por su mucha suciedad, feas reliquias de la catástrofe, tenga fuerzas para mantener secos sus ojos y, rompiendo sin demora en llanto, no dé antes salida a sus gemidos que a su voz? Me duelo, hermanos, me duelo con vosotros; ni basta a mitigar mi dolor la propia integridad y salud privada, pues es cierto que el pastor se siente más herido de las heridas de su rebaño que de las suyas propias. Con cada uno junto yo mi pecho; tengo parte en la pena y muertes luctuosas de todos. Con los que plañen, plaño; con los que lloran, lloro; con los postrados, me parece estar tendido por tierra. Con los dardos del furioso enemigo fueron juntamente heridos mis miembros; las terribles espadas atravesaron también mis entrañas. Del ataque de la persecución no pudo quedar inmune y libre mi ánimo. Con los hermanos derribados, a mí me derribó el amor que les tengo.
V. Mas es preciso también, hermanos amadísimos,, que tengamos cuenta con la verdad, y la tenebrosa oscuridad de la persecución enemiga no debe hasta tal punto cegar nuestra mente, que no quede en ella una chispa de luz por la que podamos ver con claridad los divinos preceptos. El Señor quiso probar a su familia y, como una larga paz había corrompido la disciplina que nos fué divinamente enseñada, la celeste censura quiso levantar la fe tumbada y, casi diría, dormida; y mereciendo aún más por nuestros pecados, el Señor clementísimo de tal modo lo templó todo, que todo lo sucedido, antes ha parecido un examen que una persecución.
VI. Nadie tenía otro afán que el aumentar su hacienda, y olvidados de lo que hicieron antes los creyentes en tiempo de los Apóstoles y de lo que en todo tiempo debieran hacer, con insaciable ardor de codicia se entregaban al acrecentamiento de sus bienes. No se veía en los sacerdotes aquella reverencia devota, ni en sus ministerios fidelidad integra, ni en sus obras misericordia, ni en sus costumbres disciplina. En los varones, la barba raída; en las mujeres, hermosura colorada. Los ojos, adulterados después que fueron hechos por las manos de Dios; los cabellos, mentirosamente pintados. Astutos fraudes para engañar los corazones de los sencillos; para burlar a los hermanos, arteras voluntades. Unirse en matrimonio con los infieles, prostituir los miembros de Cristo. No sólo jurar temerariamente, sino perjurar, despreciar con soberbia hinchazón a los superiores, maldecirse mutuamente con boca envenenada, dividirse entre sí con odios pertinaces. La mayor parte de los obispos, cuya vida debiera ser exhortación y ejemplo de los demás, despreciando la divina procuraduría, se hacían procuradores de los reyes del mundo y, abandonando su sede, desertando de su pueblo, andaban errantes por provincias ajenas, a la caza de pingües negocios; y mientras en su Iglesia los pobres se morían de hambre, ellos querían tener largamente dinero, se dedicaban a arrebatar heredades con insidiosos fraudes y, multiplicando la usura, a aumentar sus rentas. Siendo tales, ¿qué no merecemos sufrir por nuestros pecados, cuando ya de antiguo nos avisó anticipadamente y nos dice la divina censura: Sí abandonaren mi ley y no anduvieren en mis juicios, si profanaren mis justificaciones y no observaren mis mandamientos, visitaré con vara sus crímenes y con azotes sus delitos? (Ps. 88, 31).
VII. Todo eso se nos anunció anticipadamente y de antemano nos fue predicho; mas nosotros, olvidados de la ley que nos fue dada y de su guarda, hemos hecho por nuestros pecados que, por despreciar los mandamientos del Señor, nos vinieran más duros remedios para castigo de nuestras faltas y prueba de nuestra fidelidad, y que ni siquiera, convertidos por lo menos tardíamente al temor del Señor, hayamos sufrido con paciencia y fortaleza este castigo nuestro y prueba divina. A las primeras palabras de amenaza del enemigo, inmediatamente la mayor parte de los hermanos traicionó su fe y no esperó a que le derribara el ímpetu de la persecución, sino que se derribaron ellos mismos con voluntaria caída. ¿Qué cosa inaudita, qué novedad habrá acontecido, decídmelo, os ruego, para que así, con temeraria precipitación, se desatara el juramento de fidelidad a Cristo, como si algo incógnito e inopinado hubiera surgido en el mundo? ¿Acaso no anunciaron esto antes los profetas y luego los Apóstoles? ¿No pregonaron, llenos del Espíritu Santo, las tribulaciones de los justos y los daños que de siempre vienen de los gentiles? ¿Acaso, para armar en todo momento nuestra fe y fortalecer a los siervos de Dios, no dice la Escritura divina: Al Señor Dios tuyo adorarás y a El solo servirás? (Deut. 6, 13). ¿Acaso no dice nuevamente, para mostrar la ira de la indignación divina y precaviéndoles con el temor del castigo: Adoraron a los que fabricaron sus dedos, y se encorvó el hombre y se abajó el varón, y no los soltaré? (Is. 2, 8). Y otra vez habla Dios, diciendo: El que sacrificare a los dioses y no a Dios solo, será desarraigado (Ex. 22, 20). Y luego, en el Evangelio, el Señor, que es maestro en palabras y consumador en hechos, enseñando lo que debe hacerse y haciendo cuanto enseña, ¿no avisó de antemano sobre cuanto ahora pasa o pueda pasar? ¿No estableció anticipadamente eternos suplicios a los que niegan y premios de salvación a los que confiesan la fe?
VIII. Todo eso, ¡oh maldad!, cayó para algunos por tierra y se les borró de la memoria. No esperaron, al menos, a ser detenidos para subir a sacrificar, ni a ser interrogados para negar su fe. Muchos fueron vencidos antes de la batalla, derribados sin combate, y no se dejaron a sí mismos el consuelo de parecer que sacrificaban a los ídolos a la fuerza. De buena gana corrieron al foro, espontáneamente se precipitaron a la muerte, como si fuera ello cosa que de tiempo estaban deseando, como si aprovecharan ocasión que se les ofrecía, que de buena gana hubieran ellos buscado. ¡Cuántos, por venirse a más andar la noche, fueron diferidos por los magistrados para otro día, cuántos llegaron hasta suplicar que no se dilatara su ruina! ¿Qué violencia puede ese tal pretextar para excusar su crimen, cuando fue él mismo quien hizo violencia para perecer? ¡Cómo! Cuando espontáneamente subiste al Capitolio, cuando de buena gana te prestaste a cumplir el terrible crimen, ¿no vaciló tu paso, no se oscureció tu rostro, no te temblaron las entrañas, no se te cayeron los miembros todos? ¿No fueron tus sentidos presa de estupor, no se te pegó la lengua, no te faltó la voz? ¿Conque pudo estar allí a pie firme el siervo de Dios y hablar y renunciar a Cristo, él, que había ya renunciado al diablo y al mundo? Aquel altar, a que se acercó para morir, ¿no fué más bien una hoguera? ¿Acaso no debía sentir horror y huir de aquel altar del diablo que viera humear y oler con negro hedor, corrió si fuera la tumba y sepulcro de la propia vida? ¿A qué fin llevar contigo, miserable, una víctima menor; a qué transportar otra mayor para cumplir el sacrificio? Tú mismo eres hostia para esos altares, tú has venido como víctima; allí inmolaste tu salvación; tu fe, tu esperanza, allí las quemaste con funestos fuegos.
IX. Y aun a muchos no fue bastante su propia ruina; con mutuas exhortaciones se empujaba el pueblo a su perdición; en mortífera copa se brindaban unos a otros la muerte. Y para que nada faltara al colmo del crimen, niños pequeños llevados en brazos o de la mano de sus padres, perdieron parvulillos lo que apenas nacidos habían conseguido. ¿Acaso no dirán estos niños cuando viniere el día del juicio: "Nosotros nada hicimos, ni dejando la comida y cáliz del Señor nos apresuramos espontáneamente a contactos profanos. A nosotros nos perdió ajena perfidia; tuvimos padres parricidas. Ellos nos negaron a la Iglesia por madre, ellos nos negaron a Dios por padre, y así, pequeños y sin razón e ignaros de tamaño delito, al unirnos por obra de otros al consorcio de los crímenes, fuimos cogidos en ajeno engaño"?
X. Ni hay, ¡oh dolor!, causa alguna justa y grave que excuse tan gran delito. La patria debía abandonarse, arruinarse debía la hacienda antes que cometerlo. Pues ¿quién de los nacidos no ha de abandonar un día su patria al morir y sufrir quiebra total en su hacienda? Cristo es quien no debe ser abandonado; de la salvación y trono eterno hemos de temer la quiebra. He aquí que por boca del profeta grita el Espíritu Santo: Retiraos, retiraos, salid de ahí y no toquéis nada inmundo; salid de en medio de ella, los que lleváis los vasos del Señor (Is. 52, 11). ¿Y los que son vasos del Señor y templo de Dios, no salen de en medio y se retiran para no verse forzados a tocar algo inmundo y mancharse y violarse con los fúnebres manjares? En otra parte, otrosí, se oye voz venida del cielo, que de antemano avisa qué hayan de hacer los siervos de Dios, y dice: Sal de ella, pueblo mío, no te hagas particionero de sus delitos y te alcancen sus plagas (Apoc. 18, 4). El que sale y se retira, no se hace partícipe del delito; mas el que es cómplice del crimen, es también alcanzado por las plagas. De ahí que el Señor mandó retirarse y huir en la persecución, y así lo enseñó de palabra y de hecho. Pues como la corona del martirio no haya de descender sino de la dignación de Dios, y nadie pueda recibirla si no fuere hora de tomarla, quien, permaneciendo en Cristo, se retira temporalmente, no niega la fe, sino que da lugar al tiempo; en cambio, quien por no apartarse cayó, para negar se quedó.
XI. No debemos, hermanos, disimular la verdad ni callar lo que dio ocasión y fue causa de nuestra herida. A muchos engañó su amor ciego a la hacienda, y no podían estar preparados ni expeditos para la retirada aquellos a quienes ataban, como con trabas, sus riquezas. Éstas fueron las ataduras de los que se quedaron; éstas, las cadenas con que se retardó el valor, quedó oprimida la fe, atada la mente, cerrada el alma, de suerte que quienes estaban pegados a lo terreno vinieron a ser presa y comida de la serpiente, que, según sentencia de Dios, se alimenta de tierra. De ahí que el Señor, maestro de los buenos, y previniéndonos para lo futuro: Si quieres—dice—ser perfecto, vende todo lo tuyo y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven y sigúeme (Mt. 19, 21). Si esto hicieran los ricos, no se perderían por sus riquezas y, colocando su tesoro en el cielo, no tendrían ahora un enemigo que los combate en su propia casa. Si el tesoro estuviera en el cielo, en el cielo estaría también el corazón, el afecto y el sentido, y no podría ser vencido por el mundo quien no tuviera en el mundo por donde ser vencido. Seguiría al Señor, suelto y libre, como lo hicieron los Apóstoles y muchos otros en tiempos de los Apóstoles, y algunos en otras muchas ocasiones, quienes dejadas sus cosas y sus padres, se adhirieron a Cristo con ataduras indivisibles.
XII. Mas ¿cómo pueden seguir a Cristo los que están detenidos por las ataduras de su hacienda? ¿O cómo pueden caminar al cielo y subir a lo sublime y elevado los que sienten que sus codicias terrenas les tiran pesadamente hacia abajo? Creen poseer los que más bien son poseídos, esclavos que son de sus rentas. No son señores de su dinero, sino que se han consagrado al servicio del dinero. Este tiempo y estos hombres son los que señala el Apóstol, cuando dice: Mas los que quieren hacerse ricos, caen en tentación, en lazos y deseos varios y dañosos que sumergen al hombre en su perdición y ruina, pues la raíz de todos los males es la codicia, siguiendo la cual algunos se han descarriado de la fe y se han visto envueltos en muchos dolores (1 Tim. 6, 4). Y el Señor mismo, ¿con qué premios no nos invita al desprecio de la hacienda? ¿Con qué galardones no compensará esos pequeños e insignificantes daños del tiempo presente? Nadie hay—dice—que deje su casa, o campo, o padres, o hermanos, o esposa, o hijos por amor del reino de Dios, y no reciba siete tantos en este tiempo y la vida eterna en el siglo por venir (Mc. 10, 29). Si eso sabemos y nos consta de la verdad de Dios que nos lo promete, no sólo no es de temer, sino más bien de desear semejante quiebra, comoquiera que otra vez nos predica y avisa el Señor: Bienaventurados seréis cuando os persiguieren y os separaren y expulsaren y maldijeren vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Gózaos en aquel día y regocijaos, pues he aquí que vuestro galardón es grande en los cielos (Lc. 6, 22).
XIII. "Mas habían venido luego los tormentos, y terribles torturas amenazaban a los rebeldes al edicto." Puede quejarse de los tormentos el que fue vencido por los tormentos, pretextar la excusa del dolor el que no tuvo fuerzas para superar el dolor. Ese tal puede suplicar y decir: "Yo, por mi parte, estuve dispuesto a luchar valerosamente, y, acordándome de mi juramento, tomé las armas de mi honor de soldado y de mi lealtad; mas, venido al combate, las varias torturas y prolongados suplicios me vencieron. Mi alma se mantuvo firme y mi fidelidad fuerte, y por largo tiempo mi alma luchó inconmovible con mis atormentadores; mas como se recrudeciera la crueldad del durísimo juez, y ahora los azotes me rasgaban las carnes, ahora me tundían los palos, ya me distendía el potro, ya me surcaban el cuerpo los garfios o, en fin, me tostaban las llamas, mi carne me abandonó en la pelea, cedió la flaqueza de mis entrañas y no fué mi ánimo, sino mi cuerpo, quien desfalleció en el dolor." Causa así puede aprovechar para el pronto perdón; excusa como ésa, puede infundirnos lástima. Así perdonó Dios aquí mismo, en otro tiempo, a Casto y Emilio y, vencidos en el primer encuentro, los hizo vencedores en la segunda batalla, de suerte que se mostraron superiores al fuego los que por el fuego fueran antes vencidos, y por donde antes habían sido superados, por ahí superaran ellos ahora. Suplicaban éstos no con la lástima de sus lágrimas, sino de sus heridas; ni con sola voz lastimera, sino con desgarramiento y dolor del cuerpo. Manaba, en lugar de lágrimas, sangre, y se la veía correr de las entrañas medio abrasadas.
XIV. Mas ahora, ¿qué heridas pueden mostrar los vencidos, qué llagas de las abiertas entrañas, qué torturas en los miembros, cuando no cayó la fe tras la lucha, sino que la perfidia previno todo combate? Ni excusa tampoco al derrotado la necesidad de su crimen, cuando el crimen es de la voluntad. Y no es que pretenda, al hablar así, sobrecargar la culpa de los hermanos, sino que quiero más bien instigarlos a la súplica de la satisfacción. Pues, como está escrito: Los que os llaman felices, os llevan a un error y turban el camino de vuestros pies (Is. 3, 12); el que pasa blandamente la mano sobre el pecador, con halagos de adulación, no hace sino fomentar el pecado, y no reprime así los delitos, sino que los alimenta; mas el que con más fuertes consejos reprende y juntamente instruye a su hermano, le pone en camino de su salvación. A los que yo amo—dice el Señor—, los reprendo y castigo (Apoc. 3, 19). De este modo, conviene también que el sacerdote del Señor no engañe con ilusorios obsequios, sino que provea de saludables remedios. Imperito médico es el que con mano indulgente va rozando los hinchados senos de las llagas, y mientras conserva el veneno encerrado allá en los profundos rincones, lo amontona más y más. Es preciso abrir la herida y cortarla, y, una vez eliminada toda la podre, hay que aplicarle enérgico remedio. Que vocifere y grite y se queje el enfermo, que no resiste al dolor; luego, al sentirse sano, nos dará las gracias.
XV. Y es que ha surgido, hermanos ainadísimos, un nuevo género de estrago, y como si hubiera sido poca la furia de la tormenta de la persecución, se ha juntado, para colmo de desdicha, bajo capa de misericordia, un mal engañoso y una blandura perniciosa. Contra el vigor del Evangelio, contra la ley del Señor y de Dios, por temeridad de unos cuantos, se afloja en favor de incautos la disciplina de la comunión y se concede una paz inválida y falsa, peligrosa para los que la dan y sin provecho alguno para los que la reciben. No soportan la espera de su salud ni quieren la verdadera medicina que ha de venirles de la satisfacción de su culpa. La penitencia está excluida de sus pechos, se les ha ido de la memoria el más grave y extremo delito. Se tapan las heridas de los que están a punto de muerte, y una llaga mortal, que está clavada en las más hondas y ocultas entrañas, se cubre con simulado dolor. Apenas vueltos de las aras del diablo, se acercan al sacramento del Señor con sucias manos que apestan de olor a grasa de los sacrificios; mientras están todavía poco menos que eructando los mortíferos manjares de los ídolos, y sus gargantas exhalan aún su crimen y despiden olor de aquellos funestos contactos, se precipitan sobre el cuerpo del Señor, cuando la Escritura divina les sale al encuentro y les dice a gritos: Todo el que estuviere limpio, comerá la carne, y toda alma que comiere de la carne del sacrificio saludable que es del Señor y tuviere sobre sí su inmundicia, esa alma perecerá de su pueblo (Lev. 7, 20). Y el Apóstol, igualmente, protesta y dice: No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios: no podéis comulgar en la mesa del Sentir y en la mesa de los demonios (1 Cor. 10, 21). Y él mismo amenaza a los contumaces y los denuncia diciendo: Quienquiera comiere el pan y bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor (1 Cor. 11, 27).
XVI. Saltando por encima de todo esto y despreciándolo todo, antes de expiar sus culpas, antes de hacer pública confesión de su crimen, antes de limpiar su conciencia con el sacrificio e imposición de manos del sacerdote, antes de aplacar la ofensa del Señor indignado y amenazante, se hace violencia a su cuerpo y a su sangre, y más ofenden ahora al Señor con sus manos y boca que antes cuando le negaron. Tienen por paz esa que algunos van vendiendo con falaces palabras. Ésa no es paz, sino guerra, y no se une a la Iglesia el que se separa del Evangelio. ¿Cómo llaman al daño beneficio? ¿Cómo ponen a la impiedad nombre de piedad? ¿A qué fin simulan comulgar con aquellos cuyo deber es llorar constantemente y suplicar al Señor, a par que les cortan la lamentación de la penitencia? Esos tales son, para los caídos, lo que el granizo para las mieses, lo que un turbio huracán para los árboles, lo que para el ganado una peste devastadora, lo que una dura tormenta para los navios. Quitan el consuelo de la esperanza, arrancan de raíz, con malsana palabra infiltran un mortal veneno, estrellan sobre las rocas la nave para que no llegue al puerto. Esta facilidad no concede la paz, sino que la quita, ni da la comunión con la Iglesia, sino que impide para la salvación. Otra persecución y otra prueba es ésta, por la que el sutil enemigo cobra nuevas fuerzas para combatir a los caídos con oculto estrago y lograr que descanse la lamentación, que calle el dolor, que se desvanezca la memoria del pecado, que se comprima el gemido en el pecho, que se restañe el llanto de los ojos y no se aplaque con larga y plena penitencia al Señor gravemente ofendido, siendo así que está escrito: Acuérdate de dónde has caído y haz penitencia (Apoc. 2, 5).
XVII. Nadie se engañe a sí mismo, nadie se forje ilusiones. Sólo el Señor puede otorgar misericordia. Perdon de pecados que contra Él se cometieron, sólo Él puede concederlo, que llevó sobre sí nuestros pecados, que por nosotros sufrió dolor, a quien Dios entregó por nuestros pecados. El hombre no puede ser mayor que Dios y no puede el siervo remitir y condonar por propia indulgencia lo que con delito más grave se cometió contra su Señor, no sea que se le impute también al caído por crimen el ignorar que está predicho: Maldito el hombre que su esperanza pone en otro hombre (Ier. 17, 5). Hay que orar al Señor; con nuestra satisfacción debe ser aplacado el Señor, que dijo habría de negar al que niega; que recibió, sólo él, todo juicio de su Padre. Creemos ciertamente que mucho valimiento tienen ante el juez los merecimientos de los mártires y las obras de los justos; mas eso será cuando viniere el día del juicio, cuando tras el ocaso de este mundo su pueblo se presentare ante el tribunal de Cristo.
XVIII. Por lo demás, si alguno, con precipitada prisa, piensa temerariamente que puede otorgar a todo el mundo el perdón de los pecados, o se atreve a rescindir los mandamientos del Señor, sepa que no sólo nada aprovecha a los caídos, sino que más bien les daña. Es provocar la ira no observar la sentencia y pensar que no debe ante todo suplicar de la misericordia del Señor, sino, despreciando al Señor, presumir de la propia facilidad. Bajo el altar de Dios, las almas de los mártires que fueron degollados gritan a grandes voces: ¿Hasta cuándo, Señor santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los moradores de la tierra? (Apoc. 6, 10). Y se les manda que descansen y tengan todavía paciencia. ¿Y piensa nadie que puede ser bueno querer contra el juez mismo perdonar a troche y moche los pecados, y que antes de vengarle a Él mismo se puede defender a los otros? Los mártires recomiendan que se haga algo; mas ello, si es justo, si es lícito, si no ha de hacerlo el sacerdote de Dios contra el Señor mismo. Sea el que concede pronto y fácil en consentir, si hay religiosa moderación en el pedir. Recomiendan los mártires que se haga algo: si lo que recomiendan no está escrito en la ley del Señor, antes hay que saber que alcanzan del Señor lo que piden, y luego hacer lo que recomiendan. Pues no puede parecer que se concede en seguida por la divina Majestad lo que se promete por humana promesa.
XIX. Pues también Moisés pidió por los pecados del pueblo, y, sin embargo, no obstante su petición, no alcanzó perdón para los que habían pecado: Te ruego —dice—, Señor: este pueblo ha cometido un delito grande; ahora, si les perdonas este delito, perdónaselo; si no, bórrame a mí del libró que has escrito. Y dijo el Señor a Moisés: A quien hubiere delinquido delante de mí, le borraré de mi libro (Ex. 32, 31). Él, amigo de Dios; él, que había muchas veces hablado cara a cara con el Señor, no alcanzó lo que pedía ni aplacó con su súplica la ira de Dios ofendido. A Jeremías le alaba Dios, y de él pregona diciendo: Antes de formarte en el seno de tu madre, te conocí, y antes de salir de la vulva, te santifiqué y te puse por profeta para las naciones (Ier. 1, 5). Y sin embargo, cuando ese mismo le ruega y suplica con frecuencia por los pecados del pueblo: No quieras —dice—suplicarme por este pueblo y no me pidas por ellos en ruego y oración, pues no los quiero oír en el tiempo en que me invoquen, en el tiempo de su aflicción (Ier. 11, 14; cf. 7, 16). ¿Y quién más justo que Noé, que cuando la tierra estaba repleta de pecados, sólo él fue hallado justo sobre la tierra? ¿Quién más glorioso que Daniel? ¿Quién más fuerte para sufrir los martirios con firme fidelidad o quién más feliz en la dignación de Dios, pues cuantas veces luchó venció y cuantas venció quedó sobreviviente? ¿Quién más pronto que Job en el bien obrar, más fuerte en las tentaciones, más paciente en el dolor, más sumiso en el temor y más verdadero en su fe? Y sin embargo, ni aun cuando estos tres rogaran, dijo Dios que había de conceder el perdón. Como el profeta Ezequiel suplicara por el delito de su pueblo, la tierra—dice—que pecare contra mí, de suerte que cometa delito, extenderé mi mano sobre ella, y desharé el establecimiento del pan, y enviaré sobre ella el hambre y quitaré de ella hombres y ganados. Y si en medio de ella se encontraren estos tres varones, Noé, Daniel y Job, no librarán a sus hijos y a sus hijas, sino que se salvarán ellos solos (Ez. 14, 13). Hasta tal punto es cierto que no todo lo que se pide está en el juicio anticipado del que pide, sino en el arbitrio del que da, ni puede tomar o vindicar para sí nada la humana sentencia, si no lo otorga también la censura divina.
XX. En el Evangelio habla el Señor y dice: El que me confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos, y al que me negare, yo también le negaré (Lc. 12, 8). Si no niega al que niega, tampoco confiesa al que confiesa. No puede el Evangelio mantenerse en una parte firme y vacilar en otra. O tienen valor ambas partes, o ambas han de perder la fuerza de verdad. Si los que niegan no son reos de crimen alguno, tampoco los que confiesan reciben premio alguno de su valor. Ahora bien, si la fe que venciere es coronada, preciso es que la perfidia vencida reciba su castigo. Así, los mártires, o no pueden nada, si es que puede deshacerse el Evangelio; o si el Evangelio no puede deshacerse, no pueden ir contra el Evangelio los que por el Evangelio llegan a mártires. Que nadie, hermanos amadísimos, que nadie destruya sus glorias y sus coronas. Sigue incólume la fortaleza de la incorrupta fidelidad, y no puede decir ni hacer nada contra Cristo quien tiene su esperanza y su fe y su fuerza y su gloria toda en Cristo. Que contra el mandamiento de Dios hagan nada los obispos, no puede venir de quienes tan admirablemente cumplieron los mandamientos de Dios. ¿Es que hay alguien mayor que Dios o más clemente que la divina bondad, que o quiera dar por no hecho lo que Dios consintió que se hiciera o, como si Él tuviera menos poder para proteger a su Iglesia, piense que hemos de poder salvarnos con su particular auxilio?
XXI. A no ser que digamos que todo esto sucedió sin saberlo Dios, y todo ello nos vino sin Él permitirlo. Pues que la Escritura divina enseñe a los inenseñables y recuerde a los desmemoriados, cuando habla y dice: ¿Quién dio en saqueo a Jacob, y a Israel por presa de quienes lo despojaban? ¿No fué acaso Dios contra quien pecaron y en cuyos caminos no quisieron andar ni oír su ley? Y descargó sobre ellos la ira de su indignación (Is. 42, 24). Y en otra parte atestigua y dice: ¿Acaso no tiene fuerza la mano deJJios para salvar o se endureció su oído para no oír? Mas vuestros pecados se interponen entre vosotros y Dios, y por vuestros pecados aparta su cara para no compadecerse (Is. 59, 1). Volvamos a pensar en nuestras culpas, y revolviendo lo secreto de nuestra conducta y de nuestro corazón pesemos los merecimientos de nuestra conciencia. Vuelva a nuestro corazón el pensamiento de que no hemos andado por los caminos del Señor, que hemos rechazado la ley de Dios, que jamás quisimos guardar sus mandamientos y avisos de salvación.
XXII. ¿Qué puedes sentir de bueno, qué temor pudo haber, qué fidelidad se puede creer en quien ni el temor pudo corregirle ni la misma persecución le reformó? Alta y derecha cerviz, que ni aun al caer se dobló. Hinchado ánimo y soberbio, que ni vencido se dejó quebrantar. Tendido en tierra, amenaza a los en pie; herido, a los sanos; y porque no se le permite inmediatamente tomar con manos manchadas el cuerpo del Señor o beber su sangre con sucia boca, se aira sacrilego contra los sacerdotes del Señor. Y—¡oh excesiva demencia del furioso!— te airas contra quien se esfuerza en apartar de ti la ira de Dios, amenazas a quien implora para ti la misericordia del Señor; contra quien siente tu llaga, que tú tal vez no sientes; contra quien vierte por ti lágrimas, que tú quizá no viertes. Estás todavía agravando y colmando tu crimen y, siendo tú implacable para los presidentes y sacerdotes de Dios, ¿piensas que .pueda el Señor aplacarse para contigo?
XXIII. Recibe más bien y admite lo que te decimos. ¿Por qué tus sordos oídos no oyen los saludables preceptos con que te avisamos? ¿Por qué tus ciegos ojos no ven el camino de la penitencia que te ponemos delante? ¿Por qué tu mente cerrada y enajenada no comprende los remedios de vida que de las Escrituras celestes aprendemos y enseñamos? Y si hay algunos incrédulos que den menos fe a lo por venir, que lo presente al menos les infunda miedo. ¡Qué suplicios no estamos contemplando entre los que negaron, qué tristes muertes suyas no tenemos que llorar! Ni aun aquí pueden estar sin castigo, por más que no haya llegado aún el día del castigo. Cae sobre algunos por de pronto el golpe, a fin de que por ahí se enderecen los demás. Escarmientos son de todos los tormentos de unos pocos.
XXIV. Uno de los que espontáneamente subió al Capitolio para negar su fe, apenas negó a Cristo quedó mudo. Por allí empezó el castigo, por donde empezó el crimen de suerte que no pudiera ni rogar quien no tenía voz para suplicar misericordia. Una mujer, estando en el baño—pues ya no faltaba a su crimen y desgracia sino ir inmediatamente a los baños la que había perdido la gracia del lavatorio de vida—; mas allí, arrebatada la impura por el espíritu impuro, se despedazó a mordiscos la lengua que se había alimentado o había hablado impíamente. Después que tomó aquella sacrilega comida, la rabia de su boca se armó para su propia perdición. Ella fue verdugo de sí misma y ya no pudo sobrevivir mucho tiempo, sino que, atormentada por dolor de vientre y entrañas, acabó su vida.
XXV. Escuchad ahora lo que sucedió, siendo yo testigo presencial de ello. Unos padres emprenden la fuga y, mal avisados por su miedo, dejaron una niña pequeña al cuidado de la nodriza. Esta llevó la pobre abandonada a los magistrados. Allí, junto al ídolo al que confuía el pueblo, como por su edad no podía comer carne, le dieron un pedazo de pan mojado en vino, que había sobrado de la inmolación a los dioses de perdición. Más tarde, la madre recobró a su hija. Mas la niñita tan incapaz fue de decir ni revelar el crimen cometido como lo fuera antes para entenderlo o rechazarlo. Por ignorancia, pues, se cometió el desliz de que, mientras nosotros ofrecíamos el sacrificio, la trajera consigo la madre a la Iglesia. Mas la niña, mezclada con los santos, no pudiendo soportar nuestras preces y oraciones, unas veces se agitaba llorando, otras veces se arrojaba al suelo fluctuante entre el oleaje de su mente y, como si el atormentador ¡a forzara, con las señales que podía daba a entender la conciencia de lo hecho en sus años aún inocentes aquella tierna alma. Mas cuando, terminada la misa, empezó el diácono a distribuir la comunión a los presentes y entre los otros le llegó su vez a la niña, la pequeñuela, por el instinto de la Majestad divina, apartó su cara, cerraba la boca con los labios apretados y rechazaba el cáliz. Persistió, sin embargo, el diácono y, aun a la fuerza, le infundió el Sacramento del cáliz. Entonces se siguieron sollozos y vómitos. La Eucaristía no pudo permanecer en un cuerpo y boca violados; la bebida santificada en la sangre del Señor salió violentamente de las entrañas manchadas. Tan grande es el poder del Señor; tan grande su majestad. A su luz se descubrieron los secretos de las tinieblas; al sacerdote de Dios ni aun los ocultos crímenes le engañaron.
XXVI. Tal sucedió con la niña que no había llegado a edad de revelar el crimen con ella cometido. Mas la nodriza que, avanzada en edad y adulta de años, se deslizó ocultamente entre los asistentes al sacrificio de la misa, no recibió comida, sino espada para sí, y como si se hubiera tragado unos mortales venenos, empezó a ahogarse y desfallecer con alma agitada, y sintiendo la angustia no ya de la persecución, sino de su propio delito, cayó al suelo palpitante y estremeciéndose. No quedó por mucho tiempo impune ni oculto el crimen de una fingida conciencia. La que había engañado al hombre, sintió a Dios por vengador. Otra, al intentar abrir con sus manos sucias un arca suya en que había estado el Sacramento del Señor, salió fuego de allí, quedó aterrorizada y no osó tocarlo. Otro que, manchado también, se atrevió a tomar a escondidas parte en la Eucaristía después de celebrado por el sacerdote el sacrificio, no pudo comer ni tocar el Sacramento del Señor, sino que abiertas las manos vio que llevaba en ellas ceniza. Por el ejemplo de uno sólo se mostró que el Señor se aparta cuando se le niega, y nada aprovecha para la salvación al indigno lo que toma, pues la gracia saludable, al huir el Sacramento, se muda en ceniza. ¡Cuántos diariamente se llenan de espíritus inmundos; cuántos, fatuos hasta la insania de la mente, se golpean con furor de demencia! No hay por qué recordar la muerte de cada uno, pues por entre las ruinas multiformes de todo el orbe hay tanta variedad de castigo de los delitos cuanto la muchedumbre de delincuentes es numerosa. Cada uno considere lo que él mismo merece padecer y no crea que se ha escapado si por de pronto se le difiere el castigo, pues aquél ha de temer más a quien para sí se reserva la ira de Dios juez.
XXVII. Ni se forjen tampoco ilusiones sobre no hacer penitencia los que si no se contaminaron con los nefandos sacrificios, mancharon, sin embargo, su conciencia con los certificados de sacrificio. También eso fue abierta negación; testimonio era el libelo de un cristiano que renegaba de lo que había sido. El que recibe el certificado, afirma haber hecho lo que otro de hecho cometió, y estando escrito: No podéis servir a dos señores (Mt. 6, 24), él sirvió al señor del mundo, se sometió al edicto, quiso antes obedecer a humano mandato que a Dios. Allá se las entienda él, si con menor deshonor y culpa ante los hombres se divulgó lo que cometió; no por eso podrá huir ni evitar a Dios por juez, como diga el Espíritu Santo en los salmos: Lo que hay en mí de imperfecto, lo han visto tus ojos y en tu libro serán todos escritos (Ps. 138, 16). Y otra vez: El hombre mira a la cara; pero Dios al corazón (1 Reg. 16, 7). Y el Señor mismo de antemano nos avisa e instruye diciendo: Y sabrán todas las Iglesias que yo soy escudriñador del riñon y del corazón (Apoc. 2, 23). Él mira lo escondido y secreto y considera lo oculto, y nadie hay que pueda escapar de los ojos de Dios, que dice: Yo soy Dios que está próximo y no un Dios de lejos. Si estuviere el hombre escondido en sus escondrijos, ¿es que yo ya no voy a verle? (Ier. 23, 24). Él ve los corazones y pechos de cada uno, y como quien nos ha de juzgar no sólo de nuestros hechos, sino de nuestras palabras y pensamientos, Él mira las mentes y voluntades concebidas aun en los escondrijos del más cerrado pecho.
XXVIII. Finalmente, ¡cuánta mayor fe y mejor temor demuestran los que, aun sin estar constreñidos por crimen alguno de sacrificio o certificado, por sólo haber tenido pensamiento de ello, confiesan esto mismo a los sacerdotes de Dios, con dolor y sencillez, y purifican por la pública penitencia su conciencia, se quitan ese peso de su alma y, aunque se trate de heridas leves y no profundas, buscan para ellas saludable irnedicina, sabiendo cjne está escrito: De Dios nadie se burla (Gal. 6, 7). No es posible burlar ni engañar a Dios, ni hay astucia alguna por la que se pueda trampear con Él. Es más, mayor delito comete quien, imaginándose a Dios a la manera humana, piensa que puede escapar del castigo de su crimen por el hecho de no haberlo cometido públicamente. Cristo, en sus preceptos, dice: El que se avergonzare de mí, también de él se avergonzará el Hijo del hombre (Mc. 8, ;S8). ¿Y se tiene por cristiano el que se avergüenza o teme ser cristiano? ¿Cómo puede estar con Chisto quien tiene a deshonor o espanto pertenecer a Cristo? Demos que pecó menos no viendo los ídolos ni profanando la santidad de la fe ante los ojos del pueblo que rodeaba e insultaba a los sacrificantes, ni manchando sus manos con los funestos sacrificios, ni contaminando su boca con los abominables manjares. Todo esto disminuye la culpa, pero no prueba una conciencia inocente. Puede con más facilidad alcanzar el perdón, pero no está inmune de crimen. Que no cese de hacer penitencia e implorar la misericordia del Señor, no sea que lo que parece menos por la calidad de la falta se colme por el descuido de la satisfacción.
XXIX. Yo os ruego, hermanos, que cada uno de vosotros confiese su delito mientras el delincuente está todavía en este mundo, mientras su confesión puede ser admitida, mientras la satisfacción y perdón, administrado por los sacerdotes, es acepto ante el Señor. Convirtámonos al Señor con toda el alma y, expresando con verdadero dolor el arrepentimiento de nuestro crimen, imploremos la misericordia de Dios. Prostérnese ante Él el alma; satisfágale a Él su tristeza; póngase en Él toda la esperanza. Cómo hayamos de rogar, El mismo nos lo dice: Volved—dice—a mí de todo vuestro corazón y juntamente con ayuno y lloro y plañido, y rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos (Ioel, 2, 12). Pues volvamos de todo corazón al Señor y, como Él mismo nos avisa, aplaquemos su ira y ofensa con ayunos, lágrimas y golpes de pecho.
XXX. Ahora bien, ¿vamos a pensar que suplica al Señor de todo corazón, con ayunos, lágrimas y plañidos, el que desde el día mismo de su crimen frecuenta diariamente los baños, el que comiendo opíparamente y reventando de puro harto vomita al día siguiente lo que no pudo digerir y no sueña en dar parte de su comida y bebida a los pobres? ¿Cómo decir que llora su propia muerte el que vemos andar alegre y risueño, y estando escrito: No corromperás la efigie de tu barba, él se rasura finamente y unta su cara? ¿Y a quién intenta ahora agradar el que desagradó a Dios? ¿Es que gime y llora es otra mujer que no tiene otra ocupación que vestirse de preciosos vestidos y no piensa que perdió la vestidura de Cristo, ponerse lujosos adornos y bien labrados collares y no sabe de llanto por haber estropeado el divino y celeste ornato de su alma? Ya puedes tú vestirte vestidos peregrinos y telas de seda: desnuda vas. Ya puedes adornarte de oro y margaritas y perlas preciosas: sin el adorno de Cristo, deforme estás. Y tú que te tiñes los cabellos, deja de hacerlo siquiera ahora, en momentos de dolor; y la que con una línea de polvo negro te pintas la arcada de tus ojos, lava siquiera ahora con lágrimas esos mismos ojos. Si hubieras por la muerte perdido alguno de tus seres queridos, gemirias y llorarías dolorosamente y por todas partes darías muestras de tu duelo con tu cara sin lavar, con el luto del vestido, con la cabellera descompuesta, el rostro nublado, la cabeza caída; has perdido, desgraciada, tu alma; muerta espiritualmente, te sobrevives a ti misma y llevas, cuando andas, tu propia tumba, ¿y no te golpeas fuertemente el pecho y no gimes incesantemente y no te escondes, o por vergüenza de tu crimen o por seguir en tu lamentación? He ahí llagas peores todavía que las del pecado; he ahí otros delitos más graves: haber pecado y no satisfacer por el pecado; haber cometido un delito y no llorarlo.
XXXI. Ananías, Azarias y Misael, ilustres y nobles jóvenes, ni aun entre las llamas e incendios del horno ardiendo dejaron de confesar a Dios. Aun con el testitmonio de su buena conciencia, y aun habiendo muchas veces merecido al Señor con el obsequio de su fidelidad y temor, no dejaron, sin embargo, de mantener la humildad y satisfacer a Dios ni entre los gloriosos martirios de sus virtudes. Habla la Escritura divina: De pie—dice—Azarías hizo una súplica y abrió su boca y confesaba a Dios, junto con sus compañeros, en medio del fuego (Dan. 3, 25). Daniel también, después de la múltiple gracia de su fidelidad e inocencia, después de la dignación del Señor muchas veces repetida sobre sus actos de valor y gloria, todavía se esfuerza en merecer a Dios con ayunos, se revuelca en saco y ceniza y hace con dolor pública confesión, diciendo: Señor Dios grande, fuerte y temible, que guardas el testamento y la misericordia a aquellos que te aman y observan tus mandatos, hemos pecado, hemos cometido un crimen, hemos sido impíos, hemos traspasado y abandonado tus mandamientos y tus juicios, no hemos escuchado de tus siervos los profetas lo que han hablado en tu nombre sobre nuestros reyes y sobre iodas las naciones y sobre toda la tierra. A ti, Señor, a tí la justicia; a nosotros, empero, la confusión. (Dan. 9, 4.)
XXXII. Esto hicieron para tener propicia la majestad de Dios los mansos, esto los sencillos, esto los inocentes; ¡y ahora se niegan a satisfacer al Señor y suplicarle los que negaron al mismo Señor! Yo os suplico, hermanos, aceptad los remedios saludables, obedeced a los consejos mejores, juntad a nuestras lágrimas las vuestras; con nuestro gemido, unid vuestros gemidos. Os rogamos a vosotros, para que nos sea dado rogar al Señor por vosotros; a vosotros dirigimos ante todo las súplicas mismas con que rogamos a Dios que tenga compasión de vosotros. Haced penitencia plena, probad la tristeza de vuestro ánimo dolorido y gemebundo.
XXXIII. Y no os impresione o el error impróvido o la estupidez vana de algunos que, siendo reos de tan grave crimen, están heridos de tal ceguera de alma que ni entienden sus delitos ni los lloran. Este es golpe mayor de la indignación de Dios, conforme está escrito: Y diales Dios espíritu de sopor (Is. 29, 10). Y en otro lugar: No recibieron el amor de la verdad para salvarse; y por eso les envía Dios operación de error para que crean en la mentira y sean juzgados todos los que no creyeron en la verdad, sino que se complacen en la injusticia (2 Thess. 2, 10). Complaciéndose injustamente en sí mismos y dementes por enajenación de su alma adormecida, desprecian los mandamientos de Dios, descuidan la curación de su herida, se niegan a hacer penitencia. Imprevisores antes de cometer el crimen, obstinados después de cometerlo, ni antes firmes ni después suplicantes, cuando su deber era estar firmes, estuvieron derribados; cuando su deber es prosternarse y pegar frente con tierra delante de Dios, se imaginan que están en pie. Se tomaron por su cuenta la paz sin que nadie se la diera; seducidos por falsa promesa y en pandilla con apóstatas y pérfidos, reciben por verdad el error, tienen por válida la comunión de los que no comulgan, y los que no creyeron a Dios contra los hombres, creen ahora a los hombres contra Dios.
XXXIV. Huid cuanto podáis de tales hombres; con saludable cautela evitad u los que andan en contactos perniciosos. Su palabra se infiltra como un cáncer, su conversación se pega como una peste, su nociva y envenenada persuasión mata de modo peor que la persecución misma. En ésta siempre queda la penitencia que puede quitar la culpa. Mas quienes quitan la penitencia del crimen, cierran todo -camino a la satisfacción. Así sucede que, mientras por la temeridad de algunos o se promete o se cree una falsa salud, se elimina la esperanza de la salud verdadera.
XXXV. Vosotros, empero, hermanos, cuyo temor de Dios está pronto, y el alma, aun sumida en la ruina, se acuerda de su mal, con arrepentimiento y dolor considerad vuestros pecados, reconoced el gravísimo crimen que pesa sobre vuestra conciencia, abrid los ojos de vuestro corazón para entender el delito cometido, sin desesperar de la misericordia del Señor y tampoco vindicar ya el perdón. Dios, cuanto por su piedad de padre se muestra siempre indulgente y bueno, tanto es de temer por su majestad de juez. Cuan grande fue nuestro delito, otro tanto lo sea nuestro llanto. A una herida profunda no falte diligente y larga medicina; la penitencia no sea menor que el pecado. ¿Con que piensas tú que puede tan aprisa aplacarse Dios a quien con pérfidas palabras negaste, a quien pusiste por bajo, de tu hacienda, cuyo templo violaste con sacrilego contacto? ¿Piensas que va Él fácilmente a compadecerse de ti, que dijiste no era tu Dios? Es preciso orar y suplicar más fervorosamente, pasar el día de luto, las noches en vigilia y lágrimas, llenar el tiempo todo de lamentos lagrimosos; tendidos en el suelo, pegarnos a la ceniza, envolvernos en cilicio y sucios vestidos, no querer tras el vestido perdido de Cristo vestidura alguna, después de la comida del diablo preferir el ayuno, darnos a las buenas obras por las que se limpian los pecados, practicar frecuentes limosnas por las que las almas se libran de la muerte. Lo que se llevaba el enemigo, recíbalo Cristo, y no debe ya retenerse ni amarse una hacienda por la que fuimos engañados y vencidos. Como enemigo se debe evitar la riqueza, como ladrón debe huirse, como espada y veneno han de tenerla los que la poseen. Sirva lo que quede para redimir el crimen y la culpa. Sin vacilación y con largueza se haga limosna, la renta entera se ha de gastar en medicina de la herida, de nuestros bienes y dinero llévese el rédito el Dios que nos ha de juzgar. Así de vigorosa era la fe en tiempos de los Apóstoles; así guardaba los mandamientos de Cristo el primer pueblo de los creyentes: eran fervorosos, eran largos. Todo lo daban, para ser distribuido, a los Apóstoles, y eso que no tenían que redimir tales delitos.
XXXVI. Si se ruega de todo corazón, si se gime con sinceros lamentos y lágrimas de penitencia, si con justas y continuas obras se dobla al Señor para el perdón, no hay duda que puede alcanzarse misericordia de Aquel que prometió su misericordia diciendo: Cuando te hubieres convertido y gimieres, entonces te salvarás y sabrás dónde estuviste (Is. 30, 15). Y en otro lugar: No quiero la muerte del que muere, sino que se convierta y viva (Eccl. 33, 11). Y el profeta Joel, por aviso del Señor mismo, declara la piedad del Señor diciendo: Volved -dice—al Señor Dios vuestro, porque es misericordioso y piadoso y paciente y de mucha compasión y que puede revocar la sentencia pronunciada contra la maldad (Ioel 2, 13). Él puede conceder indulgencia, Él puede revocar su propia sentencia. Al penitente, al operante, al rogante, puede clementemente perdonarle, puede aceptar cuanto por los tales pidieren los mártires e hicieren los sacerdotes. Y aun si alguno le moviere a más con sus satisfacciones, si con justa súplica aplacare su ira y la ofensa de su indignación, Él le da otra vez armas con que el antes vencido se arme; Él repara y robustece las fuerzas con que la fe restablecida se vigoriza. El soldado irá de nuevo al combate, saldrá otra vez al campo de batalla, provocará al enemigo, cobradas justamente nuevas fuerzas por el dolor. El que así satisficiere a Dios, el que por su arrepentimiento de lo hecho, el que por la vergüenza de su delito concibiere del dolor de su misma caída más fortaleza y fidelidad, oído y ayudado del Señor, alegrará a la Iglesia a quien antes contristara y no sólo merecerá de Dios el perdón, sino la corona.