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miércoles, 1 de septiembre de 2010

CARTA ENCICLICA "IUCUNDA SANE"

CARTA ENCICLICA «IUCUNDA SANE»
Con ocasión del centenario de San Gregorio Magno
Sobre la responsabilidad de quienes gobiernan la Iglesia LITTERAE ENCYCLICAE
Sanctissimi Domini Nostri Pii divina Providentia Papae X
occasione saecularium solemnium S. Gregorii Magni
VENERABILIBUS FRATRIBUS
PATRIARCHIS PRIMATIBUS ARCHIEPISCOPIS EPISCOPIS
ALIISQUE LOCORUM ORDINARIIS
PACEM ET COMMUNIONEM CUN APOSTOLICA SEDE HABENTIBUS

La huella de Gregorio el Grande
Nos viene a la memoria, Venerables Hermanos, el gozoso recuerdo de aquel grande e incomparable va­rón (1), el Pontífice Gregorio, primero que utilizó ese nombre, del que vamos a celebrar el décimo tercer centenario de su muerte. No sin una especial provi­dencia de Dios, que da la muerte y la vida..., que hu­milla y ensalza (2), hemos de volver los ojos a este san­to e ilustre predecesor, ornato y gala de la Iglesia, para que, también vosotros, Venerables Hermanos, llamados a participar en Nuestro apostolado, y todos los fieles que nos han sido encomendados, saquemos adelante cumplidamente nuestra misión, a pesar de las innumerables preocupaciones de Nuestro minis­terio apostólico, en medio de tantas y tan profundas ansiedades en que hemos de gobernar la Iglesia uni­versal y de las inquietudes que nos agobian. El ánimo ciertamente se eleva para tener confianza en su poderosa intercesión ante Dios, y es un gozo re­cordar todo lo que dispuso con sublime magisterio y lo que tan santamente realizó. Porque si con su firme gobierno y con la fecundidad de sus virtudes dejó en la Iglesia una huella tan amplia, tan profun­da, tan clara que mereció ser llamado el Grande por sus contemporáneos y por la posteridad—y aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido, es actual la alaban­za escrita en su sepulcro: vivió siempre lleno de bon­dades (3)—, no podemos menos que seguir su admi­rable ejemplo y, con la ayuda de Dios y a pesar de la fragilidad humana, cumplir con nuestros deberes.

Así estaban las cosas cuando llegó el Pontificado
Apenas es necesario recordar lo que ya es conoci­do por los datos de la historia. Cuando Gregorio asu­mió el supremo pontificado, era grande la perturba­ción de la sociedad; casi extinguida la vieja cultura, el imperio romano decaía dominado e invadido por toda suerte de barbarie. Italia, abandonada por los emperadores de Bizancio, era presa de los Longobardos que, sin asentarse, devastaban todo a hierro y a fuego en sus correrías, dejando todo sumido en luto y muerte. La misma Roma, asediada exteriormente por los enemigos, y afligida desde dentro por la pes­te, las inundaciones y el hambre, había llegado a tal extremo de miseria, que parecía no tener medio de salvar a sus habitantes ni a los que se refugiaban en ella. Hombres de toda clase y condición, obispos, sacerdotes que llevaban consigo los vasos sagrados para librarlos del pillaje, los religiosos y las esposas sin mancilla de Cristo: todos huían de la espada ene­miga o de la inicua violencia de gente impía. El mismo Gregorio nos describe la Iglesia de Roma: una vieja nave, deshecha por la violencia... que hace agua por todas partes, rota a diario por los embates de la tempestad y cuyas tablas carcomidas anuncian el naufragio (4). Sin embargo, Dios envió para salvarla el piloto que hacía falta, y éste, empuñando el timón, pudo llevarla a puerto entre aquel oleaje proceloso, guardándola de futuras tormentas.

Lo que hizo en trece años
Es de admirar todo lo que hizo en poco más de trece años de pontificado. Sobresalió en la restaura­ción de la vida cristiana en general: reanimó la pie­dad de los fieles, la observancia de los religiosos, la disciplina del clero y el celo pastoral de los sagrados obispos. Fue como un prudentísimo padre en Cris­to (5), custodio del patrimonio eclesiástico, que aten­dió liberalmente y con abundancia las necesidades del pueblo, de la sociedad cristiana y de cada iglesia en particular. Como verdadero enviado de Dios (6), llevó sus energías de organizador más allá de los lí­mites de Roma, y se empleó en el bien de toda la sociedad. Hizo frente a las injustas exigencias de los emperadores de Bizancio, puso límite a la insolencia de los exarcas y funcionarios imperiales, y, como paladín de la justicia social, frenó su execrable avaricia. Aplacó la ferocidad de los Longobardos, no temiendo salir a las mismas puertas de Roma para enfrentarse con Agilulfo, lo mismo que León Magno hiciera con Atila; no desistió en su empeño y ruegos amables hasta ver a aquellas temibles gentes final­mente pacificadas y organizadas con un gobierno justo y convertidas a la fe católica, cosa que consiguió con la ayuda de la piadosa reina Teodolinda, hija suya en Cristo. Por eso, se le aplica justamente el calificativo de defensor y libertador de Italia, tierra a la que él llama cariñosamente suya (7). Gracias a sus inagotables atenciones pastorales, acabó con los errores que subsistían en Italia y África, organizó la Iglesia en Francia, e impulsó la reciente conversión de los visigodos en España. También convirtió a la verdadera fe de Cristo al noble pueblo británico, que en los remotos confines del mundo, permanece toda­vía infiel, adorando ídolos de madera y piedra (8). Al enterarse de tan preciosa adquisición, Gregorio tuvo un gozo similar al del padre que abraza a su hijo queridísimo, ofreciéndoselo a Jesús Salvador, por cuyo amor —como él mismo dijo— nos encontra­mos en Bretaña con unos hermanos a quienes no co­nocíamos; por cuya mediación encontramos a quie­nes, sin saberlo buscábamos (9). Esas gentes estaban tan agradecidos al santo Pontífice, que le llamaban nuestro maestro, nuestro Apóstol, nuestro Papa, nuestro Gregorio, como si fuese el resello de su apostolado. En fin, fue tanto lo que hizo, que el re­cuerdo de sus hechos se grabó profundamente en las generaciones posteriores, sobre todo en la Edad Me­dia, hasta el punto de poder decirse que su espíritu las informaba, sus palabras eran como el alimento espiritual, y procuraban imitar su vida y sus costumbres; felizmente, una sociedad inspirada en el cristianismo sustituía a la romana que, con el trans­curso del tiempo, había dejado de existir.

Su visión sobrenatural y su humildad
¡Este cambio es obra de la diestra del Altísimo! Y es justo afirmar que Gregorio tuvo el firme conven­cimiento de que era la mano de Dios la que había hecho aquello. Con las siguientes palabras sobre la conversión de Bretaña —que pueden aplicarse a todo cuanto hizo durante su ministerio apostólico—, se dirige al santo monje Agustín: ¿De quién es obra esto, sino del que dijo: mi Padre sigue actuando, y yo también actúo? (10). Para demostrar que la conversión del mundo no se debe a la sabiduría humana, sino a Su poder, eligió como predicadores a los ig­norantes, enviándolos al mundo; lo mismo ha ocu­rrido con el pueblo inglés, porque se ha dignado hacer cosas grandes por medio de los débiles (11). No se Nos oculta todo lo que el Santo Pontífice, lleno de humildad, no quería atribuirse: su pericia para re­solver los asuntos, su habilidad para llevar a feliz término lo que había empezado; su admirable pru­dencia en las decisiones, su diligente vigilancia y su constante celo. Y también es evidente que no apete­ció la fuerza y el poder, como los reyes de este mun­do, quien —ocupando la más encumbrada dignidad pontificia—, quiso ser el primero en llamarse «Sier­vo de los siervos de Dios»; no sacó adelante su car­ga sólo con ciencia humana o con persuasivas pala­bras de humana sabiduría (12); su prudencia no se apoyó en puntos de vista mundanos; tampoco se dedicó a estudiar con prolongado detenimiento los medios de mejorar la sociedad, para ponerlos luego en práctica; finalmente, es admirable que todo eso no respondió a un plan preconcebido que él se hu­biese propuesto desarrollar paulatinamente en su ministerio apostólico; por el contrario, como es sabido, tenía la idea fija de que el fin del mundo estaba próximo, y que le quedaba poco tiempo para hacer algo importante. Siendo su cuerpo flaco y débil, aquejado de constantes enfermedades, con frecuencia al borde de la muerte, tenía una increíble fuerza de espíritu, a la que continuamente propor­cionaba nuevo aliento su fe viva en la palabra se­gura de Cristo y en sus divinas promesas. También confió plenamente en el poder divino entregado a la Iglesia, para poder cumplir bien su ministerio en la tierra.
Como lo demuestra todo lo que dijo e hizo, du­rante toda su vida se propuso fomentar en sí mismo esa fe y esa confianza, despertándolas con fuerza en los demás; y mientras le llegaba su último día, pro­curó hacer siempre lo mejor, en todo lo posible.
De ahí la firme decisión de este santo de hacer llegar, para la salvación de todos, la abundancia de dones celestiales, con que Dios enriqueció a la Igle­sia: la certísima verdad de la doctrina revelada, y su eficaz predicación, como está demostrado; los sacramentos, que tienen el poder de infundir o au­mentar la vida del alma; y, por último, con el fa­vor del auxilio divino, la gracia de la oración hecha en nombre de Cristo.

Nos proponemos imitarle
El recuerdo le todo esto, Venerables Hermanos, Nos conforta gratamente. Y si miramos a nuestro alrededor desde las alturas del Vaticano, sentimos el mismo temor —o mayor quizá— que sintiera Gregorio: tantas son las tempestades que se des­encadenan y tantos los ejércitos enemigos que aco­san; nos parece estar tan desasistidos de todo poder humano, que no nos vemos con fuerzas para dominar a aquéllas ni para resistir el empuje de éstos. Pero al buscar un punto de apoyo, un suelo firme para esta Sede pontificia, Nos sentimos seguros en la roca de la Santa Iglesia. ¿Quién ignora, escribía Gregorio al patriarca Eulogio de Alejandría, que la Iglesia Santa se apoya en la solidez del Príncipe de los Apóstoles, solidez que nos hace recordar que el nombre de Pedro proviene de piedra? (13). La eficacia divina de la Iglesia no ha disminuido con el paso del tiempo, ni las promesas de Cristo han traiciona­do a la esperanza; esas promesas son las mismas que fortalecían el ánimo de Gregorio, y las que Nos fortalecen, por encima de tantas dificultades actua­les y de tantas vicisitudes por las que estamos atra­vesando.
Los reinos y los imperios desaparecen; con fre­cuencia, las naciones se destruyeron a sí mismas, a pesar de su fama y de su cultura, como agostadas por la vejez. Pero la Iglesia, fiel a su propia natura­leza, sin romper jamás el lazo que la une al celestial Esposo, vive hasta hoy como una flor de ju­ventud perenne, sostenida por la fuerza que pro­viene del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz. Los poderosos de la tierra la combatieron; ellos han desaparecido, ella sobrevive. Los filósofos inventaron mil caminos, alabándose a sí mismos, como si por fin hubieran conseguido destruir la doctrina de la Iglesia, hundir los fundamentos de la fe y demostrar lo absurdo de su magisterio. Sin em­bargo, la historia enseña que aquellos caminos ter­minaron desiertos, mientras que la luz de la ver­dad que procede de Pedro ilumina con la misma intensidad con que Jesús la hizo nacer y la mantie­ne, según la divina sentencia: el cielo y la tierra pa­sarán, pero mis palabras no fallarán (14).

La Iglesia, luz y fuerza del mundo
Nos, con esta fe y apoyados en esta roca, sin de­jar de hacernos cargo de los gravísimos deberes del sagrado gobierno y del poder divino que Nos sostiene, esperamos que callen las voces de los vocin­gleros y que desaparezcan para siempre de la Igle­sia católica sus doctrinas; no tardaremos mucho en ver cómo se abandonan las afirmaciones de una cien­cia y de una cultura que rechaza a Dios, o en ver cómo desparecen de la sociedad. Entretanto, no po­demos dejar de recordar todos, como hizo Gregorio, cuánta es la necesidad de recurrir a la Iglesia, que da la salvación eterna junto con la paz y la prospe­ridad terrenas en esta vida.
Así, como decía aquel santo Pontífice, orientad los pasos de la mente, como habéis hecho desde el principio, hacia la seguridad de esa roca sobre la que nuestro Redentor, como sabéis, fundó la Iglesia en todo el mundo, de manera que el recto andar de un corazón sincero no se aparte por caminos equi­vocados (15). Sólo la caridad y la unión con la Iglesia une lo dividido, pone orden en la confusión, nivela desigualdades y acaba con la imperfección (16). Estad seguros de que nadie puede gobernar lo terreno si no sabe tratar lo divino, y que la paz de la sociedad depende de la paz de la Iglesia universal (17).
De ahí la necesidad de un perfecto entendimien­to entre la potestad eclesiástica y la civil, pues la providencia de Dios quiso que se ayudasen mutua­mente. En efecto, la autoridad... sobre todos los hombres proviene del cielo para ayudar a quienes buscan el bien, para ensanchar el camino de la gloria y para que el reino de la tierra sirva al de los cielos (18).
De estos principios brotaba aquella invencible fortaleza de Gregorio que Nos, con la gracia de Dios, trataremos de imitar, poniendo todos los me­dios para mantener incólumes los derechos y los privilegios de los que el Pontificado romano es cus­todio y defensor ante Dios y ante los hombres. De ahí que el mismo Gregorio, hablando de los dere­chos de la Iglesia universal, escribiese a los patriarcas de Alejandría y Antioquía: hasta con la muerte debemos protegerlos, porque si no amamos espe­cialmente lo nuestro, dañamos a todos (19). Y a Mau­ricio Augusto: ante quien con arrogancia alza su ca­beza contra el Señor omnipotente y contra lo esta­blecido por los Padres, yo, confiado en Dios todopo­deroso, no inclinaré la mía, aunque me amenace con la espada (20). Y al diácono Sabiniano: estoy dispuesto a morir antes que apartarme de la Iglesia del santo Apóstol Pedro. Conoces bien mi manera de proceder, porque siempre me he comportado del mismo modo; y si alguna vez pensara lo contrario, me enfrentaría decididamente a todos los peligros (21).Estas eran las principales enseñanzas del Pontífice Gregorio, obedecidas por todos aquellos a quie­nes se dirigían. Y como los gobernantes y el pueblo hacían caso de ellas, el mundo se encaminaba por la buena senda hacia una convivencia noble y fecunda, tanto más cuanto que descansaba firmemente en los fundamentos de un recto uso de la razón y de una rectitud de costumbres, que sacaban su fuerza de la doctrina revelada por Dios y de los preceptos del Evangelio.
Pero en aquella época, las gentes, aunque igno­rantes, incultas y carentes de sentimientos, busca­ban la vida; y de nadie podían recibirla sino de Cristo a través de la Iglesia: Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia (22). En efecto, la tuvieron ampliamente, puesto que, como la vida sobrenatural procede de la Iglesia, en ella se inclu­yen y fomentan también las fuerzas que dan vida al orden natural. Si la raíz es santa, también lo serán las ramas, decía San Pablo a los gentiles, ...y tú, siendo de acebuche, participaste con ellas de la raíz y de la abundancia del olivo (23).

La situación hoy día
Nuestro tiempo, aunque está tan iluminado por el espíritu cristiano que no tiene punto de compa­ración con el tiempo de Gregorio, sin embargo, pa­rece despreciar la vida de la que principal —y, con frecuencia únicamente— proceden como de una fuente los bienes pasados y presentes. Y no sólo eso, sino que con errores y disensiones renovados, se trunca a sí mismo como rama inútil, y busca la raíz profunda del árbol —la Iglesia— pretendiendo secar su savia vital, para abatirlo definitivamente e im­pedir que vuelva a retoñar.
Este error moderno, el mayor de todos y del que proceden los demás, es la causa, que tanto nos due­le, de la pérdida de la salvación eterna de los hom­bres y de los muchos daños que sufre la religión, que se harán mucho peores si no se les aplica la me­dicina. Niegan la existencia de todo orden sobrena­tural: que Dios sea el creador de todas las cosas y que su providencia gobierne todo; niegan que haya milagros y, negándolos, necesariamente des­truyen los fundamentos de la religión cristiana. Ata­can los argumentos que demuestran la existencia de Dios, y con increíble temeridad —contra los pri­meros principios de la razón—, se rechaza el pode­roso argumento, que no admite prueba en contra­rio, de que la causa, es decir Dios y sus atributos se conoce por los efectos. Las perfecciones invisibles de Dios, incluidos su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo, por el conocimiento que de ellas nos dan las criaturas (24).
Después de esto, queda abierto camino fácil a otros fantásticos errores, que repugnan a la recta razón y corrompen las buenas costumbres.
En la gratuita negación del orden sobrenatural —a la que se puede llamar falsa ciencia (25)—, se apo­yan críticas históricas igualmente falsas. Todo lo que de algún modo forma parte del orden sobrenatural, o lo constituye, o está unido a él o lo presupo­ne, o lo que sin él no tiene explicación, es borrado de la historia sin haberlo siquiera investigado. Lo mis­mo se hace con la divinidad de Jesucristo; con su carne mortal asumida por obra del Espíritu Santo; con el hecho de que, por su propio poder, resucitó de entre los muertos; y, finalmente, con las demás verdades de nuestra fe. Una vez emprendido ese fal­so camino, la ciencia no acepta ninguna ley crítica y, confiando en sí misma, suprime de los sagrados libros todo lo que no le favorece, o juzga que se opone a sus demostraciones. Negado el orden so­brenatural, es necesario buscar otro fundamento a la historia de los orígenes de la Iglesia, e inventan­do novedades a su antojo, buscan argumentos que se acomodan a su gusto, y no al sentir de los autores.
Con semejante aparato doctrinal y tan falsos ar­gumentos, engañan de tal modo a muchos, que és­tos abandonan la fe o se debilitan grandemente en ella. Hay también quienes, aun constantes en su fe, critican implacablemente la disciplina, como si fuese la causa del mal, cuando en realidad no es así, sino que, utilizada legítimamente, conduce a investi­gar con óptimos resultados. Pero ninguno cae en la cuenta de lo que inadvertidamente están admitien­do y proponiendo: una ciencia falsa, que por nece­sidad les lleva a conclusiones también falsas. Es evidente que todo es confusión, si se parte de un falso principio filosófico. Estos errores nunca po­drán ser suficientemente desmentidos, si no se ata­can en su misma raíz, es decir, si no se aparta a los equivocados de las posiciones en que se consideran seguros y se les lleva al legítimo campo de la filoso­fía, cuyo abandono les llenó de errores.
Molesta a hombres de tanta inteligencia y tan cul­tos considerar las palabras de Pablo, que increpa a quienes no han sido capaces de elevarse desde la tierra hasta lo que no se ve con los ojos: Devanea­ron en sus discursos, y quedó su insensato corazón lleno de tinieblas; y alardeando de sabios, vinieron a ser necios (26). Completamente necio debe ser llamado todo aquel que utiliza el poder de su inteli­gencia para construir sobre arena.
No son menos dolorosas las desgracias que, para las costumbres humanas y para la vida de la so­ciedad civil, se siguen de esa negación. Al negar que haya algo divino fuera de la naturaleza visible, no queda nada para controlar las pasiones desatadas y nefandas, que se apoderan de las almas y les causan gravísimos daños. De suerte que Dios los abandonó a los deseos de su corazón, a los vicios de la impu­reza, en tanto grado, que ellos mismos deshonraron sus propios cuerpos (27). No se os oculta, Venerables Hermanos, cómo se extiende por todas partes la calamidad de costumbres corrompidas, que el poder civil no será capaz de contener, si no busca la ayuda de ese orden más alto, al que nos referimos. Ni tam­poco habrá autoridad humana alguna que pueda curar los demás males, si olvida o niega que todo poder viene de Dios. Ese es el único freno con cuya fuerza se puede gobernar, pero esa fuerza ni se em­plea con constancia ni está siempre en la mano; y eso lleva consigo que el pueblo padezca como una enfermedad oculta, que no tenga estímulo para nada, que se conduzca a su antojo, que fomente las discordias, alimentando así los más perturbadores desórdenes sociales, y que trastorne todos los dere­chos humanos y divinos. Olvidando a Dios, no se respetan las leyes civiles, ni las instituciones nece­sarias; se desprecia la justicia y se oprime hasta la misma libertad que es un derecho natural; se llega al extremo de disolver la unidad de la familia, que es el primer y más firme fundamento de la socie­dad civil. Así, es muy difícil proporcionar a estos tiempos, tan hostiles a Cristo, los eficaces remedios que El entregó a su Iglesia para cumplir la misión de regir a los pueblos.
Sin embargo, fuera de Cristo no hay salvación: Pues no se ha dado a los hombres otro nombre bajo el cielo, por el cual debamos salvarnos (28). Es preciso volverse hacia El, echarse a sus pies, y escuchar las palabras de vida eterna que salen de su divina boca; sólo El puede indicar el camino para encontrar la salvación; sólo El puede dar la vida; sólo puede dar la vida quien dijo de sí mismo: Yo soy el camino, la verdad y la vida (29). De nuevo se ha intentado el gobierno de los asuntos temporales fuera de Cris­to; se comenzó a edificar rechazando la piedra fun­damental, como Pedro echó en cara a los que cruci­ficaron a Cristo. Una vez más, el sillar se desliza para abatir la cerviz de los que edifican. Jesús si­gue siendo la piedra angular de la sociedad huma­na, que está comprobando la verdad de que la salva­ción no está más que en El: Este es aquella piedra que vosotros desechásteis al edificar, que ha venido a ser piedra angular, y fuera de El no hay salvación en otro (30).

La responsabilidad de los Pastores
Por todo esto comprenderéis fácilmente, Venerables Hermanos, hasta qué punto nos acucia a cada uno de nosotros la necesidad de fomentar, todo lo que podamos y con todas nuestras fuerzas, la vida sobrenatural en todos los órdenes de la so­ciedad humana, desde el más humilde trabajador, que con sudor gana cada día su pan, hasta los más poderosos rectores de la tierra. En primer lugar, pidiendo a Dios misericordia —con la oración pri­vada y pública— para que nos conceda su poderoso auxilio, con la misma voz con que clamaban los Apóstoles, zarandeados por la tempestad: Señor, sálvanos, que perecemos (31).
Pero eso no es suficiente. Gregorio culpaba al obispo que, apartándose del amor divino y de la oración, no acudía al campo de batalla para defen­der decididamente la causa del Señor: Lleva inútil­mente el nombre de obispo (32), decía con razón. Hay que iluminar las inteligencias predicando constan­temente la verdad, y refutando las malas teorías con una verdadera y sólida ciencia filosófica y teo­lógica, y con todos los auxilios que proceden del genuino progreso de la investigación histórica. Ade­más conviene que se hagan llegar a todos las ense­ñanzas morales de Cristo, para que aprendan a ser dueños de sí mismos, a dominar las pasiones, a re­primir la orgullosa soberbia, a obedecer a la auto­ridad, a vivir la justicia, a ser caritativos con todos, a mitigar con amor cristiano los odios que hay en la sociedad entre los de fortuna desigual, de modo que todos se conformen con lo que la Providencia les haya dado, y procuren mejorar cumpliendo bien su trabajo; y, sin abismarse en los bienes de la tierra, po ngan su esperanza en los bienes sempiternos de la vida futura. Sobre todo, debe procurarse que es­tas ideas se inculquen y se asienten en el alma de modo que sean más profundas las raíces de una verdadera y sólida piedad, y que cada uno cumpla ros deberes de hombre y de cristiano no de pala­bra. sino de verdad y tenga una confianza filial en la Iglesia y sus ministros, pidiéndoles el perdón de los pecados; robustecidos con la gracia de los Sacramentos, acomodarán su vida a los preceptos de la ley cristiana.
Estas obligaciones del sagrado ministerio deberán estar empapadas en el amor de Cristo, con cuya inspiración no habrá ningún caído a quien no levan­temos, ni afligido sin consuelo, ni necesidad alguna a la que no acudamos. Debemos vivir tan plenamente esta caridad, que ante ella desaparezcan nuestros pro­blemas personales, olvidando nuestro propio inte­rés y nuestra comodidad, de modo que hechos todo para todos (33), busquemos la salvación de todos, in­cluso a costa de nuestra vida, imitando el ejemplo de Jesucristo, que decía a los pastores de la Iglesia: el buen pastor da su vida por sus ovejas (34). En mag­níficos documentos se recogen los escritos que Gre­gorio dejó, aunque dio un ejemplo todavía más va­lioso con su admirable vida que con sus palabras.

Lo que los Pastores no deben hacer
Por todo esto, que surge necesariamente de los principios de la revelación cristiana y de las ínti­mas obligaciones de nuestro apostolado, ya veis, Venerables Hermanos, cuánto se equivocan los que estiman que serán más dignos de la Iglesia y tra­bajarán con más fruto para la salvación eterna de los hombres si, movidos por una prudencia humana y una esperanza vacía, pueden ayudar fácilmente a los equivocados, cuando en realidad los hacen com­pañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (35).
También se equivocan por completo los que, dedicándose a hacer el bien, sobre todo en los pro­blemas del pueblo, se preocupan mucho del alimen­to y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana. Tampoco les importa ocultar, como con un velo, algunos de los principales preceptos evangéli­cos, temiendo que se les haga menos caso, e incluso se les abandone. Al proponer la verdad, será pru­dente proceder con tacto; cuando se hayan de tra­tar asuntos con quienes desprecian nuestras ins­tituciones y viven completamente apartados de Dios, como decía Gregorio, al curar las heridas, es preciso tocarlas antes con mano delicada (36). Pero este procedimiento se quedaría en prudencia de la carne, si se pusiese en práctica así, sin más; sobre todo, porque daría la impresión de que se tiene en poco a la gracia divina —que no sólo se concede a los sacerdotes, sino a todos los fieles de Cristo—, y con la que nuestras palabras y nuestros hechos acaban venciendo toda resistencia. Esta clase de pru­dencia fue desconocida para Gregorio, tanto en la predicación del evangelio, como en todo lo que ad­mirablemente hizo para remediar las desgracias del prójimo. Siempre siguió las huellas de los Apóstoles, que al recibir la primera misión de anunciar a Cristo por la tierra, decían: Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (37). Porque si ha existido algún tiempo en que pareciese más oportuna la prudencia humana, fue aquél, sin duda, ya que los ánimos no estaban preparados para recibir una doctrina nueva que contrastaba con las ambiciones generales, y tan opuesta a la magnífica cultura de los griegos y de los romanos. Sin embargo, los Apóstoles no hicie­ron caso de esa prudencia, porque conocían bien los designios divinos: Dios quiso salvar a los creyentes por la necedad de la predicación (38). Esa necedad, como siempre, también ahora es poder de Dios para los que se salvan, es decir, para nosotros (39). Como antes, también contaremos con armas poderosas en el escándalo de la cruz; como entonces, también en adelante venceremos con este signo.

Ante todo, los Pastores deben ser santos
Sin embargo, Venerables Hermanos, estas armas perderán toda su eficacia, y no servirán de nada si los que las manejan no llevan una vida de íntima unión con Cristo, si no tienen una auténtica y pro­funda piedad y no arden en deseos de dar gloria a Dios y extender su reino. Consideraba todo esto el Papa Gregorio de tanta importancia que procuraba con delicadeza extrema, al ordenar nuevos sacerdo­tes y obispos, que todos ellos buscasen sólo el honor de Dios y vibrasen en un auténtico celo por las al­mas. Y esta preocupación se refleja en su libro titulado Regula Pastoralis, en el que se dan normas para una adecuada formación del clero y para el gobierno de los obispos; normas no sólo válidas para su tiempo sino también para esta época nues­tra. Además, mientras describe con detalle cómo ha de ser la vida de éstos, como un Argos lumino­so, pasea su mirada llena de una honda preocupa­ción pastoral por todo el orbe de la tierra (40), para ver si se ha producido alguna desviación o negli­gencia en el clero y corregirlas en seguida. El solo pensamiento de que el fango y la corrupción pudie­sen penetrar insensiblemente en la vida de los clé­rigos, le llenaba de terror. Si descubría que algo se había hecho en contra de la legislación de la Igle­sia, se preocupaba muchísimo y no encontraba so­siego. Entonces se le veía amonestar, corregir, ame­nazar una y otra vez con penas canónicas a los transgresores de la ley; él, personalmente, imponía a ve­ces estas penas y, a los indignos, sin retrasarlo lo más mínimo ni importarle las habladurías de la gente, quitaba las licencias.
Solía aconsejar cosas que aparecen con frecuen­cia reflejadas en sus escritos: ¿Cómo puede interceder por los hombres delante de Dios quien con la dedicación de su propia vida no se muestra cons­ciente de que participa de Su gracia? (41). Si en su conducta se manifiestan las pasiones, con qué atrevimiento se apresura a curar al herido, el que muestra en su rostro las mismas heridas?» (42). ¿Qué frutos podrán conseguirse en los fieles, si los pre­goneros de su doctrina, niegan con sus vidas lo que enseñan con sus palabras? (43). Ciertamente no tiene fuerza para ayudar en las caídas ajenas, aquel a quien sus mismas faltas tienen hundido (44).Piensa cómo ha de ser un sacerdote verdadera­mente ejemplar y lo describe de esta forma: Mu­riendo a las pasiones de la carne, vive ya sólo para el espíritu; desprecia los halagos del mundo; no teme las contrariedades y sólo busca una auténtica vida interior; no le mueve la ambición sino que por el contrario entrega con generosidad todo lo suyo; su corazón está pronto para perdonar, pero nunca, por una compasión mal entendida, falta con su per­dón a la verdadera justicia, nunca hace cosas malas, y siente y desagravia por los pecados ajenos como por los suyos propios; sufre con los padecimientos ajenos y goza con las alegrías de los otros como con los suyos; puede servir de modelo para los que le rodean, porque en toda su conducta no hay nada de qué avergonzarse; desea vivir de tal forma que pueda inundar del frescor de su doctrina incluso los corazones más áridos de los que con él conviven; y ha aprendido por propia experiencia que por la perseverancia en la oración puede obtener de Dios lo que le pide (45).

Qué clase de sacerdotes deben ordenar los Obispos
Así pues, Venerables Hermanos, ¡con cuánta pro­fundidad debe reflexionar el obispo en su interior y en la presencia de Dios antes de imponer las ma­nos a los nuevos sacerdotes! Y ni por influencia, ni por súplica alguna —dice Gregorio— se atreva a or­denar a ninguno, sino sólo a aquellos que por su for­ma de vida se hayan mostrado dignos del sacerdo­cio (46). ¡Cuánta prudencia necesita antes de confiar las tareas pastorales a los recién ordenados sacerdotes! Si no han sido debidamente probados bajo la constante vigilancia de prudentes sacerdotes, si no han demostrado llevar una vida honrada, tener un espíritu piadoso y capacidad de obedecer a todo lo que es enseñanza o experiencia constante de la Iglesia, y de obedecer también a los obispos a los que el Espíritu Santo colocó para gobernar la Igle­sia de Dios (47), es de prever que sólo se ordenarán sacerdotes no para salvar, sino para perder al pue­blo de Dios. Pues no sólo sembrarán discordias, sino que provocarán rebeldías más o menos escandalo­sas, presentando ante el pueblo un triste espectácu­lo, como si hubiera falta de unidad dentro de la misma Iglesia, cuando en realidad todo eso se ha de atribuir, lamentablemente, a la soberbia y a la con­tumacia de unos pocos. ¡Lejos, muy lejos de todo ministerio deben estar los que provocan las discor­dias! La Iglesia no necesita de semejantes apóstoles y éstos no hacen el apostolado de Jesucristo sino su propio apostolado.
Nos parece tener todavía ante nuestros ojos la figura de Gregorio en el Concilio de obispos del mundo entero celebrado en Letrán, en presencia de todo el clero de la Urbe. ¡Con qué fluidez brotaron sus palabras acerca de la misión de los clérigos! Qué amor le consumía! Su discurso cayó sobre los hombres malos como un rayo. Son sus palabras como látigos que hacen reaccionar a los más pasivos. Son llamas de amor de Dios que consumen suave­mente a las almas más fervorosas. Leedlas a fondo, Venerables Hermanos, y vuestro clero debe leerlas también, meditarlas; de manera especial en los días de retiro anual llevad a vuestra oración las palabras de este santo Pontífice (48).
Con gran tristeza se plantea esta cuestión entre otras: El mundo está lleno de sacerdotes, pero a pesar de eso, en la mies de Dios apenas se encuen­tra operarios; porque recibimos el orden sacer­dotal, pero no cumplimos los deberes que lleva consigo (49). Y realmente, ¡cuántos hombres reuniría hoy la Iglesia si pudiese contar con un hombre en cada uno de los sacerdotes! ¡Qué abundancia de frutos para los hombres brotaría de la vida divina de la Iglesia, si cada uno se dedicase a explicar la verda­dera doctrina! Al actuar de esta forma levantó el Papa Gregorio un gran entusiasmo, que no sólo duró mientras él vivía, sino que se alargó también a los años siguientes. Y así, a ese tiempo se le conoce con el nombre «época gregoriana», porque de Gregorio recibió casi todo su impulso: las leyes de gobierno del clero, la institucionalización del estado de per­fección y de la vida religiosa, y, por último, la mú­sica sacra y la ordenación del culto.

Predicar la doctrina
Después vinieron tiempos muy distintos. Frecuen­temente decimos que en la vida de la Iglesia nada ha cambiado. La Iglesia posee una fuerza recibida de su divino Fundador por la que, en cualquier época sea la que sea, puede cuidar no sólo de las almas, que es su misión más específica, sino que también contribuye al desarrollo y perfeccionamiento de la humanidad, tarea que deriva de la misma naturaleza de su ministerio.
Es más, puede suceder que la misma revelación divina que ha sido entregada a la Iglesia para que la custodie, ponga de relieve en las cosas materiales lo que tienen de verdadero, de bueno, de bello, tanto más cuanto que todo ello hay que referirlo a Dios que es la suma verdad, la suma bondad y la suma belleza.
Grandes beneficios proporciona la doctrina divina a la ciencia humana porque a través de ella puede descubrirse más amplitud de horizontes para nuevos descubrimientos incluso de orden natural, y porque allana el camino para la investigación y previene contra los errores que pueden derivarse bien de la razón, bien del método seguido para investigar la verdad. Y así resplandece como el faro en un puerto, dando luz a los que navegan en la noche sobre muchas cosas que permanecerían envueltas en tinieblas y ayudándoles a evitar los es­collos que les harían naufragar, si su nave se es­trellase contra ellos.
En lo que se refiere a las costumbres, el Señor, Salvador nuestro, nos propone como ejemplo supre­mo de perfección a la misma bondad divina, a su Padre (50), y ¿quién no ve la cantidad de energía que podemos sacar de esto para que la ley natural, ins­crita en los corazones de los hombres se cumpla cada vez con más perfección y profundidad, de ma­nera que el individuo, la familia y toda la sociedad humana gocen de una mayor felicidad? Fue real­mente esta fuerza la que transformó en civilización la brutalidad de unos hombres bárbaros, la que rei­vindicó la dignidad de la mujer, la que acabó con la esclavitud, e instauró un orden nuevo, después de romper las cadenas con las que estaban atados las distintas clases de ciudadanos, la que devolvió la justicia, promulgó la verdadera libertad y veló por la paz, tanto familiar como pública.

Las artes al servicio de la vida de piedad
Por último las artes, al tender hacia Dios, ejem­plo supremo de toda belleza, y del que proceden las especies y las formas singulares que aparecen en la naturaleza de las cosas, se apartan con más facili­dad de todo lo vulgar y expresan con más fuerza la realidad captada por la mente, hecho en el que ra­dica la vida del arte. Y es imposible decir cuánto bien ha hecho el arte puesto al servicio de la reli­gión porque ofrece a Dios algo muy digno, por su riqueza, belleza y elegancia de formas. Es éste el motivo y el origen del arte sagrado, sobre el que se ha apoyado y se sigue apoyando todo arte profano. Hace muy poco tiempo hablamos con más detalle de este tema en un Motu proprio, en el que vol­camos en el canto romano y en la música sacra a todo lo establecido por nuestros antecesores. Y como las demás artes, sea cual sea su forma de ex­presión, se rigen todas por las mismas leyes, lo que se puede decir del canto, igual se puede aplicar a la pintura, a la escultura y a la arquitectura que, como muy nobles expresiones del genio humano, la Iglesia siempre promovió y alentó. Educada por tanta be­lleza, la humanidad levanta templos en los que los espíritus se remontan hacia los bienes celestiales, como en la propia casa de Dios, envueltos por el es­plendor de las artes, por la sublimidad de las cere­monias, por la armonía de la música.
Como hemos dicho ya, el Papa Gregorio aportó estos beneficios a su época y los tiempos que siguie­ron. Lo mismo podremos conseguir ahora si nos apo­yamos en tan sólido fundamento y empleamos me­dios adecuados para mantener lo bueno que, gracias a Dios, todavía queda, y para instaurar en Cristo (51) todo lo que se ha descaminado.

Exhortación final
Nos gusta poner fin a nuestra carta con las mismas palabras con que el Papa Gregorio finalizó su discurso pronunciado ante el Concilio de Letrán: Pensad esto detenidamente y transmitidlo a cuantos os rodean. Preparaos para dar fruto a Dios om­nipotente en la tarea que os ha encomendado. Pero esto que os decimos lo conseguiremos mejor rezando que hablando. Oremos: Dios, que nos quisiste lla­gar como pastores de tu pueblo, concédenos, te ro­zamos, que lo que decimos con nuestras palabras sea una realidad ante Tus ojos (62).
Mientras confiamos que, por la intercesión del Papa San Gregorio, escuchará benigno nuestras sú­plicas Dios Nuestro Señor, dador de todos los do­nes celestiales y testigo de nuestra paternal benevo­lencia, impartimos, llenos de cariño nuestra Bendi­ción Apostólica para todos vosotros. Venerables Hermanos, para el clero y para vuestro pueblo.
Dado en Roma, en San Pedro, el 12 de marzo de 1904, fiesta de San Gregorio, Papa y Doctor de la Iglesia, en el primer año de nuestro Pontificado.
PIUS PP. X
______________________________
1) Martyrol. Rom
2) I Reg II, 6-7
3) Apud Joann. Diac., Vita Greg., IV, 68.
4) Registrum I, 4 ad Joann. Episcop. Constantinop.
5) Apud Joanne. Diac. Vita Greg.- II, 51.
6) Inscr. Sepulcr.
7) Registr. V, 36 (40) ad Mauricium Ang.
8) Ibid. VIII, 2 (30) ad Eulog. Episcop. Alexandr.
9) Ibid. XI, 36 (28) ad Augustin Anglorum episcop.
10) Jn. V, 17
11) Registr. XI, 36 (28).
12) I Cor. II, 4.
13) Registr. VII, 37 (40)
14) Mt. XXIV, 35.
15) Registr. VIII, 24 ad Sabiniam. Episcop.
16) Ibid. V, 58 (53) ad Virgil. Episcop.
17) Ibid. V 37 (20) ad Mauric. Ang.
18) Ibid. III, 61 (65) ad Mauric. Ang.
19) Registr. V, 41 (43)
20) Ibid. V, 37 (20)
21) Ibid. V, 6 (IV, 47)
22) Jn. X, 10.
23) Rom. XI, 16-17.
24) Rom I, 20.
25) I Tim. VI, 20.
26) Rom I, 21-22.
27) Ibid. I, 24.
28) Hech. IV, 12.
29) Jn. XIV, 6.
30) Hech. IV, 11-12.
31) Mt. VIII, 25.
32) Registr. VI, 63 (30). Cfr. Regul. Past. I, 5.
33) I Cor. IX, 22.
34) Jn. X, 11.
35) Hebr. XIII, 8.
36) Registr. V, 44 (18) ad Joannem episcop.
37) I Cor. I, 23.
38) I Cor. I, 21.
39) I Cor. I, 18.
40) Joan. Diac. Lib. C. 55.
41) Reg. Past. I, 10.
42) Ibid. I, 9.
43) Ibid. I, 2.
44) Ibid. I, 11.
45) Ibid. I, 10.
46) Registr. V, 63 (58) ad universos episcopos per Hellad.
47) Hech. XX, 28.
48) Hom. In Evang. I, 17.
49) Ibid. n. 3.
50) Mt. V, 48.
51) Efes. I, 10.
52) Hom. Cit. n. 18.

PENETRACION POLITICO-RELIGIOSA


Capitulo I
Penetración politico-religiosa

Es en el terreno político donde los de la "IN­TERNACIONAL PROGRESISTA" o "PRO­GRESISMO RELIGIOSO" infiltrado en la Iglesia Católica, han levantado su aparato más formidable con vistas al control tanto gubernamental como so­cio-económico y de las conciencias, en las naciones no comunizadas, como es el caso de México y de otros países de Occidente y el "Tercer Mundo".
El campo de acción, en consecuencia, es a nivel internacional y como el "progresismo religioso" tien­de al "cambio de estructuras" con moldes dialéctico-marxistas, tiene entre sus principales bases ideológicas para la penetración política el "Mensaje de 5 Obispos al Tercer Mundo", suscrito por digna­tarios eclesiásticos encabezados por el "obispo rojo", Dom Helder Cámara, de Brasil y en el que se afirma que las "naciones pobres tienen el deber de exi­gir, por todos los medios legítimos en su poder la instauración de un gobierno mundial" (Temoignage Chrerien —semanario francés— agosto 31, 1967).
Para un promotor de la penetración política como el clérigo holandés C. Jaime Snoeg, "la revolución en la que los cristianos pueden y deben comprome­terse, en la medida en que las estructuras vigentes sean injustas e incapaces de adaptación, supone, por definición, una concepción global del nuevo orden que se quiere implantar. La subversión pura y sim­ple o la revolución meramente distribucionista serían peores que el status quo, a pesar de sus injusticias". ("Tercer Mundo, Revolución y Cristianismo", pu­blicado en "Concilium", revista madrileña, mayo 1966).
Impedido por las leyes mexicanas para actuar abiertamente en el terreno político, el "progresismo religioso" concentra sus esfuerzos en la "concientización" de grupos de seglares que gravitan en la órbita de la "Internacional Progresista", para inte­grar con ese contingente, un PODER LAICO afín al "cambio de estructuras" que desde perspectivas dialécticas se propone a las élites latinoamericanas con miras a "rescatarlas de la violencia que contra ellas ejerce el orden establecido".
La acción del "progresismo religioso" infiltrado en la Iglesia Católica no es producto de clérigos que actúan anárquicamente. Poseen sus promotores un plan perfectamente estructurado en materia de pe­netración política; cuentan con enormes ayudas del extranjero y con toda una literatura que "les autori­za" a intervenir en cuestiones que no son precisa­mente del ámbito religioso.
Conviene tener en cuenta que el resurgimiento de un Estado Iglesia o Iglesia Estado —sobre todo con ideología extraña al país— acarrearía grandes males a México. El Estado-Iglesia que existió aquí fue producto de la supervivencia del Real Patronato en el México posterior a la Independencia Nacional alcanzada en 1821 y esencialmente fue un arma que se esgrimió políticamente contra la nación y hasta en momentos en que se produjo la invasión de 1847, los partidarios del "Destino Manifiesto" nacidos en suelo mexicano avivaron artificiosamente la lucha fratricida cuando era más apremiante la unidad nacional para defenderse con resultados menos catas­tróficos de la agresión extranjera.
De manera que no beneficiaría en nada al país el surgimiento de un poder religioso-político, porque la época en que en suelo mexicano se consumían gene­raciones enteras en aras de una estéril lucha civil, debe desaparecer definitivamente del panorama na­cional, junto con la etapa de las intervenciones, las contra-intervenciones y las recontra-intervenciones.
De acuerdo con la máxima "Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", desde las propias filas de la Iglesia Católica se pedía en pleno siglo XIX, la separación de la Iglesia y el Estado; pero los intereses extranjeros y sus cómplices naci­dos en México, determinaron que tal separación no fuera pacífica, sino violenta. Hay, pues, una expe­riencia amarga que bajo ningún concepto debe tener una nueva versión.
Los nacidos en México que por perder la fe en nuestros propios recursos recurren a la ayuda ex­tranjera comprometiendo la soberanía del país —al igual que lo hicieron muchos durante la centuria pa­sada— o que de plano están comprometidos irremi­siblemente con intereses de índole internacional y que chocan con el ser nacional, no deben tener ya cabida.
Pero ante nosotros, en abierta violación al pa­sado, al presente y al futuro de México, se levanta el "progresismo religioso" infiltrado en la Iglesia Católica y en su programa subversivo contra esta institución dos veces milenaria y el poder civil, tra­baja para convertirse en fuerza política, mediante la creación de un PODER LAICO afín a sus intere­ses de línea marxista-leninista.
El hecho de que en cuestiones temporales -den­tro de lo cual está la participación política —el "lai­co goza de autonomía y responsabilidad propias en la opción de su compromiso temporal", se ha presta­do para que, previa "concientización", considerable número de católicos que aún no advierten la manio­bra de que son objeto se presten de buena fe a co­laborar con el "progresismo religioso" en su lucha contra "la violencia que ejerce el orden establecido" y en favor del "cambio de estructuras" con patrones dialécticos.
No se va a poner aquí en el terreno de las discu­siones si la Jerarquía Eclesiástica está o no dentro de sus funciones al expedir Pastorales —documen­tos en los que se analizan las cuestiones tempora­les—, lo que importa, insistimos, es exponer hechos que van contra la Iglesia y el Estado. En razón de esto, es reproducida a continuación una de las Pasto­rales que como galardón de victoria y a manera de grito de guerra, utiliza el "progresismo religioso" contra instituciones civiles y eclesiásticas. Se trata de la "Pastoral de Elites", redactada junto con otros 15 documentos en la "Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano, efectuada en Medellín, durante los meses de agosto y septiembre de 1968.
El texto es el siguiente:

"PASTORAL DE ELITES
"I. SITUACION EN AMERICA LATINA
"A. HECHOS

1
. Las élites son, en nuestro contexto:
a) de modo general: los grupos dirigentes más adelanta­dos, dominantes en el plano de la cultura, de la pro­fesión, de la economía y del poder;
b) de modo es­pecial; dentro de estos mismos grupos, las minorías comprometidas que ejercen una influencia actual o potencial en los distintos niveles de decisión cultural, profesional, económica, social o política.
2. Conscientes de la dificultad de presentar una clasificación adecuada, señalamos, sin embargo, como pertenecientes a la élite cultural a los artistas, hombres de letras y universitarios (profesores y es­tudiantes); a la élite profesional: los médicos, abo­gados, educadores. . . profesiones liberales: inge­nieros, agrónomos, planificadores, economistas, ex­pertos sociales, técnicos de Comunicación Social (tecnólogos); a la élite económico-social: los indus­triales, banqueros, líderes sindicales (obreros y cam­pesinos), empresarios, comerciantes, hacendados...; a la élite de los poderes políticos y militares: los po­líticos, los que ejercen el poder judicial, los mili­tares.
3. Partiendo del punto de vista de que se tra­ta, en general, de círculos específicos y compactos, conviene examinar en primer término sus actitudes, mentalidades y nucleaciones en función de cambio social, para considerar posteriormente la manifesta­ción de su fe, su espíritu eclesial y también social en confrontación con la pastoral actual de la Iglesia, señalando, finalmente, algunas recomendaciones pastorales.
Hemos comprobado que resulta difícil realizar un análisis exacto y profundo, por la carencia de datos precisos en estos diferentes campos. Para un análisis de este tipo, sería necesario escuchar más a los técnicos y a los laicos. Sin embargo, presenta­mos las siguientes observaciones:

B. TIPOS
Por razón de método y teniendo en cuenta el carácter relativo de toda tipología —que comporta necesariamente matices y simplificaciones— y tra­tándose de una clasificación en función del cambio social, señalaremos los siguientes grupos: los tradicionalistas o conservadores; los 'desarrollistas; y los revolucionarios, que pueden ser marxistas, izquier­distas no marxistas o ideológicamente indefinidos.
1. Los tradicionalistas o conservadores mani­fiestan poca o ninguna conciencia social, tienen men­talidad burguesa y por lo mismo no cuestionan las estructuras sociales. En general se preocupan por mantener sus privilegios que ellos identifican con el 'orden establecido'. Su actuación en la comunidad posee un carácter paternalista y asistencial, sin nin­guna preocupación por la modificación del statu quo.
Sin embargo, algunos conservadores actúan muchas veces bajo el influjo del poder económico nacional o internacional, con alguna preocupación desarrollista.
"Se trata de una mentalidad que frecuentemente se detecta en algunos medios profesionales, en sec­tores económico-sociales y del poder establecido. Esto hace que varios sectores gubernamentales ac­túen en beneficio de los grupos tradicionalistas o conservadores, lo que a veces da lugar a la corrup­ción y a la ausencia de un sano proceso de persona­lización y socialización de las clases populares. Las fuerzas militares apoyan en diversas partes esta es­tructura y, a veces, intervienen para reforzarla.
2. Los desarrollistas se ocupan preferentemen­te de los medios de producción, que según ellos de­ben ser modificados en calidad y cantidad. Atribu­yen gran valor a la tecnificación y al planeamiento de la sociedad. Sostienen que el pueblo marginado debe ser integrado en la sociedad como productor y consumidor. Ponen más énfasis en el progreso eco­nómico que en la promoción social del pueblo en vis­ta de la participación de todos en las decisiones que interesan al orden económico y político.
Es la mentalidad que se observa con frecuencia entre los tecnólogos y las varias agencias que pro­curan el desarrollo de los países.
3. Los revolucionarios cuestionan la estructu­ra económica-social. Desean el cambio radical de la misma, tanto en sus objetivos, como en los medios. Para ellos el pueblo es o debe ser el sujeto de este cambio, de modo que participe en las decisiones para el ordenamiento de todo el proceso social. Esta acti­tud puede observarse con mayor frecuencia entre los intelectuales, investigadores, científicos y universi­tarios.

C. ACTITUDES EN LA FE
"Reconociendo que en todos estos ambientes muchos viven su fe conforme a su conciencia, y aun realizan un trabajo positivo de concientización y promoción humana, notamos, desde el punto de vista de cambio social, las siguientes manifestaciones de esta fe:
1. En el grupo de los conservadores o tradicionalistas, se encuentra con más frecuencia la separa­ción entre fe y responsabilidad social. La fe aparece más como una adhesión a un credo y a principios mo­rales. La pertenencia a la Iglesia es más de tipo tra­dicional y, a veces, interesada. Dentro de estos gru­pos, más que verdadera crisis de fe, se da crisis de religiosidad.
2. Entre los desarrollistas pueden encontrar­se diversas gamas de fe, desde el indiferentismo has­ta la vivencia personal. Tienen la tendencia de con­siderar a la Iglesia como instrumento más o menos favorable al desarrollo. En estos grupos se percibe más claramente el impacto de la desacralización de­bida a la mentalidad técnica.
Es de notar en algunos de estos grupos, espe­cialmente entre los universitarios y los profesiona­les jóvenes, una tendencia que desemboca en el in­diferentismo religioso o en una visión humanística que excluye la religión, debido sobre todo a su preo­cupación por los problemas sociales.
3. Los revolucionarios tienden a identificar unilateralmente la fe con la responsabilidad social. Poseen un sentido muy vivo del servicio para con el prójimo, a la vez que experimentan dificultades en el relacionamiento personal con Dios trascendente en la expresión litúrgica de la fe. Dentro de estos gru­pos se da con más frecuencia una crisis real de fe. En cuanto a la Iglesia, critican determinadas formas históricas y algunas manifestaciones de los represen­tantes oficiales de la Iglesia en su actitud frente a lo social y en su vivencia correcta en este mismo orden.

II. PRINCIPIOS DOCTRINALES
1. En todos estos ambientes, la evangelización debe orientarse hacia la formación de una fe perso­nal, adulta, interiormente formada, operante y cons­tante confrontada con los desafíos de la vida actual en esta fase de transición.
2. Esta evangelización debe estar en relación con los 'signos de los tiempos'. No puede ser atemporal ni ahistórica. En efecto, los 'signos de los tiem­pos', que en nuestro continente se expresan sobre todo en el orden social, constituyen un 'lugar teoló­gico' e interpelaciones de Dios. 3. Por otra parte, esta evangelización se debe realizar a través del testimonio personal y comunita­rio que se expresará, de manera especial, en el con­texto del mismo compromiso temporal.
4. La evangelización de que venimos hablando debe explicitar los valores de justicia y fraternidad, contenidos en aspiraciones de nuestros pueblos, en una perspectiva escatológica.
5. La evangelización necesita, como soporte, de una Iglesia-signo.

III. RECOMENDACIONES PASTORALES
A. DE CARACTER GENERAL
1. Es necesario animar, dentro de las élites, las minorías comprometidas, creando —en lo posible—equipos de base que hagan uso de la pedagogía de la Revisión de Vida, haciéndoles comprender al mismo tiempo que son apóstoles de su propio ambien­te y estimulando, además, contactos con los demás grupos en la vida parroquial, diocesana y nacional. No se separe esta Pastoral propia de las élites de la Pastoral total de la Iglesia.
2. Procúrese que los sacramentos y la vida li­túrgica, sobre la base de una relación personal con Dios y con la comunidad, tomen su sentido de sos­tén y desarrollo, en el amor de Dios y del prójimo, como expresión de comunidad cristiana.
3. En la formación del clero es preciso pres­tar mayor atención a este tipo de Pastoral especia­lizada, preparando —también mediante estudios pro­fesionales y técnicos cuando fuere preciso— aseso­res especializados para estos grupos.

B. DE CARACTER ESPECIAL
1. Artistas y hombres de letras
a. Teniendo en cuenta el importante papel que los artistas y hombres de letras están llamados a des­empeñar en nuestro continente —especialmente en relación a su autonomía cultural'— como intérpretes naturales de sus angustias y esperanzas y generado­res de valores autóctonos que configuran la imagen nacional, la II Conferencia considera particularmen­te importante la presencia animadora de la Iglesia en estos ambientes.
b. Esta presencia de la Iglesia deberá revestir un carácter de diálogo ajeno a toda preocupación moralizante o confesional, en actitud de profundo respeto a la libertad creadora, sin detrimento de la responsabilidad moral.
c. La Iglesia latinoamericana deberá dar, en su ámbito propio, el debido lugar a los artistas y hombres de letras, requiriendo su concurso para la expresión estética de su palabra litúrgica, de su mú­sica sacra y de sus lugares de culto.
2. Universitarios (estudiantes)
a. Ante la urgente necesidad de una efectiva presencia de la Iglesia en el medio universitario esta II Conferencia ruega que se tengan en cuenta las re­comendaciones prácticas del encuentro Episcopal sobre Pastoral universitaria realizada en Buga en fe­brero de 1967.
b. Del mismo modo ruega a las Jerarquías lo­cales mayor comprensión de los problemas propios de los universitarios, procurando valorar antes que condenar indiscriminadamente las nobles motivado- "es y las justas aspiraciones muchas veces conteni­das en sus inquietudes y protestas, tratando de cana­lizarlas debidamente a través de un diálogo abierto.
c. Teniendo en cuenta el hecho de que miles de jóvenes latinoamericanos estudian en Europa y América del Norte, el CELAM procurará, de acuer­do con las Jerarquías de esos países, proveer la de­bida atención Pastoral de los mismos, cuidando al mismo tiempo de mantener viva en ellos la concien­cia del compromiso de servicio para con sus países de origen.
3. Grupos económico-sociales
a. La experiencia demuestra que en el ámbito de estas élites es posible la creación de grupos y or­ganizaciones especializadas, cuyas metas y metodología deben mantenerse en constante revisión a la luz del contexto latinoamericano y de la Pastoral social de la Iglesia.
b. Sin subestimar las formas asistenciales de acción social, la Pastoral de la Iglesia deberá orientar, preferentemente, estos grupos hacia un compro­miso en el plano de las estructuras socio-económica: que conduzca a las necesarias reformas de las mis­mas.
c. La Iglesia debe prestar una atención espe­cial a las minorías activas (líderes sindicales y coope­rativistas) que en los ambientes rural y obrero están realizando un importante trabajo de concientización y promoción humana, apoyando y acompañando pas­toralmente en sus preocupaciones por el cambio so­cial.
4. Poderes militares
Con relación a las fuerzas armadas, la Iglesia deberá inculcarles que además de sus funciones nor­males específicas, ellas tienen la misión de garanti­zar las libertades políticas de los ciudadanos en lu­gar de ponerles obstáculos. Por lo demás, las fuer­zas armadas tienen la posibilidad de educar dentro de sus propios cuadros, a los jóvenes reclutas en el orden a la futura participación, libre y responsable, en la vida política del país.
5. Poderes políticos
a. Deberá procurarse que existan entre la Igle­sia y el poder constituido, contactos y diálogos a propósito de las exigencias de la moral social, no excluyéndose, donde fuera necesario, la denuncia a la vez enérgica y prudente de las injusticias y de los excesos del poder.
b. La acción pastoral de la Iglesia estimulará a todas las categorías de ciudadanos a colaborar en los planes constructivos de los gobiernos y a contri­buir, también por medio de la crítica sana dentro de una oposición responsable, al progreso del bien co­mún.
c. La Iglesia deberá mantener siempre su in­dependencia frente a los poderes constituidos y a los regímenes que los expresan, renunciando si fue­re preciso aun a aquellas formas legítimas de presen­cia que, a causa del contexto social, la hacen sospe­chosa de alianza con el poder constituido y constitu­yen, por eso mismo, un contra-signo pastoral. (Cf. Gaudium et Spes.)
d. La Iglesia, sin embargo, deberá colaborar en la formación política de las élites a través de sus movimientos e instituciones educativas.
6. Nótese, finalmente, que también en Améri­ca Latina 'con el desarrollo cultural, económico y social se consolida en la mayoría el deseo de partici­par más plenamente en la ordenación de la comuni­dad política. . . La conciencia más viva de la digni­dad humana ha hecho que. . . surja el propósito de establecer un orden político-jurídico que proteja me­jor en la vida pública los derechos de la persona, como son el derecho de libre asociación, de expresar las propias opiniones y de profesar privada y públi­camente la religión' (Gaudium et Spes).
Hasta aquí el documento.

¿Por qué el "progresismo religioso" infiltrado en la Iglesia Católica ataca en la "Pastoral de Elites" todo aquello que tiene raigambre nacionalista; todo aquello que tiende a enlazar a un país en las costumbres, la tradición y el acatamiento al orden estable­cido?
¿Por qué el "progresismo religioso" infiltrado en la Iglesia Católica ataca en la "Pastoral de Elites" al Ejército, sostenedor de instituciones nacionales en países no comunizados?
¿Por qué el "progresismo religioso" infiltrado en la Iglesia Católica hace mofa de lo que él llama integrismo?
La razón de todo esto radica en que los del "pro­gresismo religioso" o "Internacional Progresista" que han penetrado a la Iglesia Católica, se esfuerzan en crear un conjunto de masas que les permita asal­tar el Poder en países donde existen gobiernos na­cionalistas. Esta afirmación que hacemos aquí, que­da más claramente especificada, al repasar el ideario político de los paladines del "progresismo religioso".

Dom Helder Cámara, por ejemplo, transforma la agresividad que profesa a los gobiernos nacionalistas —incluyendo Brasil, su país de origen— y al referir­se a la subversión castro comunista que amenaza a Latinoamérica, afirma: "Respeto a los que, en con­ciencia, se sienten obligados a optar por la violencia, no la violencia demasiado fácil de los 'guerrilleros' de salón, sino de los que han probado su sinceridad por el sacrificio de su vida. Me parece que la memo­ria de Camilo Torres y del Ché Guevara ameritan alto respeto como la del pastor Martin Luther King" (ICI, 2a. de mayo de 1968. P. 7).

Más adelante, el Nuncio en Cuba, Monseñor Cé­sar Zacchi nos señala a través de sus ideas políti­cas, que el "progresismo religioso" infiltrado en la Iglesia Católica, está en guerra contra los gobiernos nacionalistas y sus aspiraciones tienden al estableci­miento de un régimen "tan cristiano" como el de Fidel Castro.
Veamos lo que dice el Nuncio Zacchi: "La Igle­sia debe adaptarse a todos los regímenes. . . Aquí — en Cuba— hay un solo partido, el Comunista, y sus cuadros desempeñan una función importante en las tareas concretas del cambio social. No veo incon­veniente en que un católico adopte la teoría económi­ca marxista, a los efectos prácticos de su conducta como cuadro de una revolución."
Y todavía hay más. Monseñor Zacchi, al igual que los patriarcas del "progresismo religioso" que actúan en Latinoamérica, afirma que, si bien Fidel Castro no es ideológicamente un cristiano, "aunque se ha declarado marxista-leninista yo lo considero, éticamente, un cristiano" (Sucesos, marzo 16, 1968, Págs. de la 30 a la 35).
Por lo demás las tradiciones, de las cuales hacen crítica desafortunada, no son factores de retroceso ni carencia de interés en lo económico y social como los "progresistas" lo afirman, pues lejos de ser un factor negativo en la vida de los países, las tradicio­nes y las costumbres de los pueblos son el producto de la experiencia, del esfuerzo y del ideario naciona­lista que forman el haz luminoso y la fuerza para im­pulsarlos a niveles más superiores en lo social, lo económico, lo cultural, y lo ético.
Queden para el lector comentarios más amplios en torno a la "Pastoral de Elites" que acabamos de transcribir la edición 1968 del Secretariado Social Mexicano denominado "Presencia de la Iglesia en la transformación de América Latina". Y no es que aquí se eluda el análisis exhaustivo, sino que aún fal­ta un buen trecho por recorrer en la exposición sobre documentos de la "Segunda Conferencia del Epis­copado Latinoamericano" de Medellín, y en los cua­les "funda" el "progresismo religioso" infiltrado en la Iglesia Católica su institucionalización como clero político.
Por ejemplo en el documento denominado "JUS­TICIA", se asienta que "la carencia de una concien­cia política en nuestros países hace imprescindible la acción educadora de la Iglesia, con objeto de que los cristianos consideren su participación en la vida política de la Nación como un deber de conciencia y como el ejercicio de la caridad, en su sentido más noble y eficaz para la vida de la comunidad.
Y se añade que "Debemos (el clero) despertar la conciencia social y hábitos comunitarios en todos los medios y grupos profesionales, ya sea en lo que respecta al diálogo y vivencia comunitaria dentro del mismo grupo, ya sea en sus relaciones con grupos sociales más amplios (obreros, campesinos, profesio­nes liberales, clero, religiosos, funcionarios, etc.)."
En otro párrafo se asienta:
Asimismo, los institutos destinados a preparar personal apostólico de otros países, coordinarán sus actividades de pastoral social con los respectivos organismos nacionales, aún más se buscará la pro­moción de semanas sociales para elaborar doctrina social aplicándola a nuestros problemas. Ello permi­tirá formar la opinión pública.
Merecen especial atención los hombres-clave, o sea, aquellas personas que se encuentran en los niveles de elaboración de decisiones y su ejecución, que repercuten en las estructuras básicas de la vida nacional e internacional. Las Conferencias Episco­pales, por lo mismo, a través de sus comisiones de acción o Pastoral social, promoverán junto con otros organismos interesados, la organización de cursos, seminarios, etc., para técnicos, políticos, dirigentes obreros, campesinos, empresarios y hombres de la cultura en todos los niveles. ("Presencia de la Igle­sia en la Transformación de América Latina", Págs. 32 y 33.)
El documento "Paz" destinado a penetrar el ám­bito político de Latinoamérica, es natural que con­dene "los nacionalismos exacerbados en algunos paí­ses" (Ibidem, p. 38), pues de otra manera la intro­misión carecería de "justificación". Hay que conde­nar, en consecuencia —para ser lógicos con su obra de penetración, la resistencia de fuerzas identificadas con los intereses patrios.
El capítulo de la juventud ocupa también un lu­gar destacado dentro del acervo documental de Medellín y el "progresismo religioso" se frota compla­cido las manos cuando se afirma (Ibidem, p. 64) que la "juventud, particularmente sensible a los proble­mas sociales, reclama los cambios profundos y rá­pidos que garanticen una sociedad más justa; recla­mos que a menudo se siente tentada a expresar por medio de la violencia. Es un hecho constatable que el excesivo idealismo de los jóvenes los expone fácil­mente a la acción de grupos de diversas tendencias extremistas".
Además, también es alentador para la "Interna­cional Progresista" la afirmación de que "los movimientos juveniles esperan de la jerarquía de la Igle­sia un mayor apoyo moral, cuando se comprometen en la aplicación concreta de los principios de doctrina social enunciada por los pastores".
Si a ello se añade que el documento "PAZ", de Medellín, también condena la defensa que de las instituciones nacionales realizan los respectivos ejér­citos de los países latinoamericanos, mayores pers­pectivas, mejor campo de acción y panorama más amplio, en su dilatada labor de infiltración, no po­drían concebirse para una parte del clero metido a político.
El caso de México en materia de penetración político-religiosa sobresale entre las naciones latino­americanas, por el crecido número de instituciones que concurren con ayuda pecuniaria, con elemento humano, con influencias, etc., para provocar aquí el "cambio de estructuras" a la manera comunista y la exportación desde suelo mexicano, de las tácticas de subversión mediante el método de "concientización" de las masas latinoamericanas, con lo que que­da muy maltrecho el principio de "No Intervención y Autodeterminación de los Pueblos" que enarbolan las autoridades civiles mexicanas.
Manuel Magaña Contreras
Poder Laico
1970

Existencia y naturaleza de Dios. Necesidad que te­nemos de creer en Dios.

¿Puede el hombre con sólo la razón probar la existencia de Dios? Si puede, ¿por qué hay tantos que se obstinan en negarla? ¿Por qué creéis los católicos en un Dios personal? ¿No os imagináis a Dios en figura humana? La idea que tenéis de Dios, ¿no es una mera abstracción? ¿No son Dios y el universo una misma cosa?

     El sentir de los católicos en este punto está condensado en el siguiente párrafo del Concilio Vaticano:
«La Iglesia católica cree y confiesa que hay un Dios verdadero y vivo, Creador y Señor del cielo y de la tie­rra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, de entendimiento y voluntad infinitos e infinito en todas sus perfecciones; el cual, siendo una sustancia espiri­tual singular, simplicísima e inmutable, debe ser con­siderado como real y esencialmente distinto del mundo, felicísimo en Sí y por Sí mismo, e inefablemente le­vantado sobre todo lo que existe o puede concebirse» (Sess 3).
     La Iglesia católica enseña que la luz natu­ral de la razón nos lleva por las cosas creadas al cono­cimiento de Dios, principio y fin de todas las cosas; «porque las perfecciones invisibles de Dios se han hecho visibles después de la creación del mundo por el conoci­miento que de ella nos dan sus creatura» (Rom 1, 20).
     Ya en los albores de la razón adquirimos espontá­neamente la idea de Dios. Y aunque la certeza que tene­mos de su existencia no es necesariamente producto de un razonamiento científico; pero nuestra mente, como dice la Escritura, se levanta de las creaturas al Crea­dor. De las cosas contingentes elevamos nuestra mente a aquella Causa necesaria de la que todas las demás dependen. El universo nos habla a voces de un Dios verdadero y vivo, del cual proviene la vida y sin el cual ni la vida ni nada sería posible. ¿Quién no ve lo limi­tado que es el hombre en su ciencia, actividad, pensa­miento, todo? ¿Quién no siente dentro de sí aspiracio­nes y ansias a las que no puede satisfacer en esta vida? Es que estamos hechos para Dios, y entonces sólo des­cansaremos cuando estemos en Dios.
Todas las pruebas excogitadas por los sabios para demostrar la existencia de Dios no son más que una confirmación del convencimiento que ya teníamos de su existencia. Esas pruebas nos dicen que Dios es la Causa de las Causas, el Ser necesario, el primer Motor, etcé­tera, etc., y todas esas pruebas unidas tienen un valor y una fuerza irresistible. Examinemos solamente dos pruebas para abreviar:
      1ª Es evidente que cuando muchos medios concurren unidos y dan por resultado un fin ordenado, esos me­dios están manejados por la Causa inteligente. La ma­quinaria de un reloj que marca el tiempo con regula­ridad es un ejemplo casero que lo confirma. Sin relojero no hay reloj. Ahora bien: la Naturaleza nos ofrece ejemplos sin número de medios que, convenientemente adaptados, conspiran o concurren a un fin ordenado.
     Luego la Naturaleza es el resultado de una Causa inte­ligente: Dios.
     Porque es absurdo pensar que las plu­mas del ala de un pájaro, por ejemplo, nacieron allí al acaso. Y dígase lo mismo del ojo humano y de tan­tas otras maravillas como vemos en la creación.
Y lo que decimos del orden, dígase de la belleza y hermosura que reinan doquiera volvamos los ojos, en el cielo, en la tierra y en los abismos del mar. Belleza sin par nos salen al paso en las puestas del sol y en el plumaje de un jilguero; en la elegancia del helecho diminuto y en la robustez y grandor de la haya gigan­tesca; en la ligereza del antílope y en la flexibilidad del tigre; en las creaciones de un poeta y en las obras maestras de los artistas en general. Pues ¿qué decir del hombre, llamado con propiedad «un mundo en pe­queño»? Dotado de una razón potentísima, discute y analiza las últimas causas, y a puro raciocinio descu­bre que el orden y la hermosura de este mundo son obra de una inteligencia divina, de una hermosura divina, de un arquitecto divino: de Dios.
      2ª El segundo argumento es la conciencia. Concien­cia es nuestro entendimiento en cuanto juzga prácticamente de la moralidad de nuestros pensamientos, pala­bras y obras. La conciencia nos dice con imperio: «Esto es bueno, hazlo; esto es malo, no lo hagas», e instinti­vamente nos sentimos impelidos a obedecer. He aquí un hecho concreto que nos sale al paso cada día. Hay den­tro de nosotros una fuerza maravillosa que constante­mente regula nuestras acciones con la norma absoluta "bueno-malo", condenándonos implacablemente siempre que desobedecemos. La conciencia nos habla de deberes y obligaciones y nos promulga una ley cuyos dictados son obligatorios, últimos, inapelables.
     Ahora bien: ¿cómo se va a dar una ley sin legislador? Decimos, pues, que ese Legislador supremo no es otro que Dios, fuente y origen de toda moralidad, àrbitro único de lo malo y de lo bueno. La conciencia no es más que el pregonero de Dios.
     Oigamos al cardenal Newman: «Conciencia dice re­conocimiento de un objeto vivo al que ella se dirige. Las cosas inanimadas no pueden robarnos el afecto; éste va sólo tras las personas. El hecho, pues, de que al des­obedecer a la voz de la conciencia nos sentimos res­ponsables y nos avergonzamos y tememos, se debe a que hay Uno ante el cual somos responsables, ante el cual nos avergonzamos y cuyas iras tememos. Cuando obramos mal, sentimos en el alma el mismo dolor que nos toma cuando disgustamos seriamente a nuestra ma­dre. Al contrario, cuando obramos bien disfrutamos de aquella paz y sonrisa que nos viene cuando nuestro padre nos alaba. ¿Por qué es todo esto sino porque lle­vamos dentro la imagen de Alguien a quien veneramos y en cuya sonrisa nos complacemos; Alguien por quien suspiramos, a quien suplicamos y cuyo furor tratamos de esquivar? Jamás nos sobrevendrían tales sentimien­tos si no hubiera un Ser inteligente que los excitara. De donde se sigue que los fenómenos de la conciencia nos ponen ante los ojos la imagen de un supremo Gober­nador, que todo lo ve, juez, santo, justo, poderoso, remunerador.»     ¿Por qué, pues, hay hombres que niegan la existen­cia de Dios, siendo así que lo que sobran son pruebas contundentes que la confirman? La respuesta no es di­fícil. ¿No hay hombres que roban y matan con el mayor descaro, aunque saben que el robar y el matar es malo? Pues esto acaece a muchos entendimientos, que se atreven a negar lo que es más claro que la luz del día. El Salmista los llama «necios», y San Pablo, «inexcusa­bles». La razón de por qué muchos niegan la existencia de Dios hay que buscarla en sus vicios y pecados. Lo dice San Pablo: «El hombre animal no entiende las cosas que son del Espíritu de Dios, pues para él todas son una necedad y no puede entenderlas, ya que se han de discernir con una luz espiritual que él no tiene» (1 Cor 2, 14).
     Sabemos con certeza que Dios existe, pero el conoci­miento que de El tenemos es inadecuado y un tanto ne­buloso. Nada tan irracional, sin embargo, como la con­clusión de los agnósticos, que, aunque se ven forzados a admitir una causa primera, intentan deshacerse de Dios, sólo porque no le conocen como es en Sí. Conoce­mos a Dios por sus obras, y este conocimiento, aunque imperfecto, es verdadero. Nuestro entendimiento, limi­tadísimo como es, no puede conocer a fondo a Dios in­finito. De lo contrario, Dios no sería Dios. La Escri­tura está llena de textos que nos hablan de la «incom­prensibilidad de Dios» (Sab 9, 33, 16; Rom 11, 33, 34).
     Los católicos creemos que Dios es el único Ser nece­sario, es decir, el único que no puede menos de existir. Dios mismo se lo dijo a Moisés en la zarza que ardía sin quemarse: «Yo soy el que soy.» Muchos incrédulos modernos confunden «ser», término universal, y «Ser», con que designamos a Dios. Aquél sólo significa algo que puede existir; éste, aplicado a Dios, significa la pleni­tud de toda realidad y la unidad infinita de todas las perfecciones. Esto respondemos a los que nos acusan de hacer de Dios una mera abstracción.
     También se nos acusa de hacer de Dios una especie de hombre superior. Cuando decimos, con la Escritura, que Dios ve, oye, agradece, se enoja, etc., claro está que hablamos metafóricamente. En modo alguno adoramos a un dios hecho a nuestra imagen y semejanza. Y si al­guno replica: «Las perfecciones que aplicáis a Dios están tomadas de las que acá veis en los hombres, luego os imagináis a Dios en figura de hombre», respondemos que no hay consecuencia, porque las perfecciones hu­manas que acá vemos: bondad, sabiduría, belleza, etc., se las aplicamos a Dios por analogía. Dios posee esas perfecciones en un grado infinitamente superior al nues­tro. Si el hombre es bueno, Dios es la Bondad misma. La diferencia es infinita. Esto podría aclararse con una comparación. Cuando al ver un retrato de Menéndez y Pelayo, decimos: ¡Qué crítico tan excepcional!, no nos referimos al retrato, sino a la persona que éste representa, y en quien de hecho brillaron aquellas dotes admiradles de crítica literaria. Y, ciertamente, la proporción analógica que existe entre Dios y las criaturas es la mejor fuente de información para estudiar y conocer a Dios infinito.
No se pierda de vista que en Dios los atributos se identifican con la esencia divina, y que cada uno de ellos contiene a todos los otros. Por la limitación lamentable de nuestro entendimiento vemos separadamente en Dios diversas perfecciones: verdad, sabiduría, omnipotencia, etc., que en sí no son más que la naturaleza de Dios. Así que el Dios que adoramos no es una mera abstracción, ni tampoco un hombre superior, sino Dios personal, Creador y conservador de todo lo que iste, eterno, inmutable, santo.
     Nada tan consolador como pensar que Dios, felicísimo en Sí mismo, se dignase crear los cielos y la tierra, no solo para su gloria, sino también para nuestro bienestar eterno. A la luz de la creación, la religión brota espontánea. Yo no soy mío, sino de Dios, que perennemente me está conservando para que no vuelva a la nada, de donde vine. En la misma creación hay que buscar también la diferencia total que media entre Dios y la materia y fuerza del universo. Dios no es una de tantas cosas ni está identificado con ellas. Dios es el Ser absoluto y trascendente, infinitamente superior a todas las cosas creadas o por crear, pero al mismo tiempo inmanente dentro del universo que El sacó de la nada. "En El vivimos y nos movemos y somos» (Hech 17, 28). La presencia, poder y actividad de Dios son necesarias siempre y en todo lugar, no sólo para conservar las cosas, sino también para hacerles posible su actividad. No se puede dar un creador que no sea al mismo tiempo conservador.
     Esta misma creación nos habla de una Persona divina que nos ama infinitamente y nos pide nuestro amor. La causa primera debe ser un Dios personal, porque una causa primera impersonal es un concepto contradictorio. Lo más sublime que conocemos de tejas abajo es la personalidad humana: entender, querer, darse cuenta. La causa primera, por ser la creadora de la personalidad humana, tiene que entender, querer y darse cuenta, porque nadie da lo que no tiene. Todo lo infinito existe en Dios como en su fuente, y como la Fuente de todas las cosas es infinita, sigúese que en Dios la inteligencia y la voluntad se hallan en grado infinito, sin las limitaciones con que se encuentran en las criaturas. Siendo Dios nuestro principio, es necesa­riamente nuestro Señor, con derecho a mandarnos, y es también nuestro fin, la meta final de nuestras aspira­ciones. El mismo nos lo dijo por San Juan en el Apo­calipsis: «Yo soy Alfa y Omega, el Principio y el Fin» (Apoc 1, 8). 

     ¿No dicen algunos turistas que han encontrado tribus enteramente ateas?      Los turistas que tal digan hablan sin conocimiento de causa. En primer lugar, des­conocen por completo la lengua de los indígenas, a lo que hay que añadir el estudio por demás superficial que hacen de la religión de aquellos bárbaros. Estos se muestran siempre muy reservados en presencia de los blancos, y se avergüenzan de practicar delante de ellos sus ritos supersticiosos. De aquí infieren falsamente nuestros turistas que en aquella tribu no hay ni noción de un Ser supremo. Como confirmación ríe esto, nos pueden servir los indios de la Tierra del Fuego, a quie­nes se había creído ateos, hasta que dos sacerdotes ca­tólicos que allí misionaban lo negaron rotundamente.

     ¿No puede el ateo ser moral? ¿No es la virtud pre­mio de sí misma?
     No. Dios, Legislador infinitamente santo y justo, que ha escrito su ley en nuestros cora­zones y nos ha dado la luz de la razón para llegar al conocimiento de la ley moral por El revelada, Ese es la única base de la moralidad. «Una moralidad que no esté basada en motivos religiosos —ha escrito Liddon— es lo que una rama cortada del árbol. Tal vez, debido a cau­sas accidentales, perdure en ella el verdor durante al­gún tiempo, pero sus esperanzas de vida pujante y vi­gorosa están truncadas para siempre. Una moralidad basada únicamente en una ley abstracta no predomina­rá jamás, porque el hombre tiene que habérselas con hechos concretos y motivos que convenzan, y una ley abstracta es demasiado impersonal para obligar".
     Los incrédulos de nuestros días han intentado en vano va­rias teorías de moralidad, descartando siempre la reli­gión. Una de las más celebradas es la utilidad. No ne­gamos que estamos obligados a amar al prójimo, antes lo defendemos y alabamos la caridad. Pero concluir de ahí que el único fin del hombre es promover el bien común, es un absurdo contra el que se subleva la razón. El hombre no depende únicamente de la sociedad. De ese utilitarismo nos ha venido este paganismo moderno que se propone mejorar la raza privando a los defectuo­sos y endebles de la facultad de engendrar; que invita a las masas a gustar la fruta prohibida y juzgar por sí mismas qué es lo que les conviene, sin reparar en que al hacerlo así convierten el crimen en condición indis­pensable para la virtud.
     ¿Es la virtud premio de sí misma? ¡Ca! No es raro que el justo vista harapos y el vicioso se pasee en auto­móvil. ¿Se aquietará ese justo por sola la voz de la conciencia, que le dice que obra bien? ¡Pero si no es raro que la misma conciencia se embote a fuerza de re­chazar el bien y practicar el mal, llegando a llamar bien al mal, y viceversa! Pues... ¿las sanciones de la ley? Para la mayoría de los ciudadanos, las leyes civi­les hoy son puramente penales. ¿Acaso la opinión públi­ca? Tampoco. Hay periódicos que atacan a instituciones santísimas; y en nuestros días estamos viendo a corpo­raciones meritísimas vituperadas soezmente por las tur­bas y atropelladas por los Gobiernos.
     En resumen: Dios es el único que lee los secretos de nuestro corazón, el único que sabe los motivos porque nos movemos, el único que nos premiará o castiga­rá conforme a nuestras buenas o malas obras. «Sin recurrir a Dios—dice el cardenal Mercier—es inútil esperar que se guarde la ley moral. Porque, ¿cómo va el hombre a guardarla si no sabe que hay un Dios justo y poderoso, autor de aquella armonía en virtud de la cual a la virtud seguirá eterna bienaventuranza y al vicio castigo eterno?» 

     Supongamos que uno no cree en Dios; ¿no le bastaría la conciencia como guía y norma de sus actos?     La conciencia sola no, porque no es infalible; y, así como puede errar, cuando le dice cómo debe gastar el dinero, así también puede errar cuando se trata de la moralidad de los actos. Cuando se separa la moralidad de la religión, la razón se convierte en guía ciego, versátil y sujeto a los vientos de la opinión pública, al ca­pricho, a la pasión y a los prejuicios; y la autoridad de la conciencia viene a tierra y se desvanece. En cambio, al reconocer a Dios —creador, Señor y fin supremo— se reconoce a un poder superior con derecho absoluto para mandar a la criatura inferior y dependiente, que está obligada en justicia a obedecer a su Señor y a cumplir el fin para que fue creada.
     La ley presupone un superior. Por eso es ridícula la teoría de los agnósticos, que pretenden convertir a la razón individual en ley absoluta y norma infalible de los actos humanos. Ningún hombre es ni puede mirarse como superior de sí mismo. ¿Cómo, pues, se va a man­dar a sí mismo con autoridad? «Cuando el agnóstico —dice Sharpe— afirma que tiene conciencia y atribuye muchos de sus actos a la influencia del sentido del de­ber, ya admite el principio de causalidad, así como el principio de estabilidad y consistencia. Asimismo, en sus acciones se guía por ciertos ideales de perfección, como la bondad, la hermosura y la verdad, que él procura ha­cer suyos en sus actos. Ahora bien: estos principios di­rectivos constituyen precisamente los elementos de la idea de Dios.»

Bertrand L. Conway, CSP.