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viernes, 3 de septiembre de 2010

DECRETO «SACRA TRIDENTINA SYNODUS»

Sobre la Comunión diaria
DECRETUM
De dispositionibus requisitis ad frequentem et quotidianam
Communionem eucharisticam sumendam
DE QUOTIDIANA SS. EUCHARISTIAE SUMPTIONE
Necesidad de la Comunión sacramental
El Sagrado Concilio de Trento, teniendo en cuen­ta las inefables riquezas de gracia, que obtienen los cristianos que reciben la Santísima Eucaristía, dice: Desearía el Santo Concilio, que en cada una de las Misas comulgaran los fieles asistentes, no sólo por espiritual afecto, sino también por la recepción sa­cramental de la Eucaristía (1). Estas palabras expre­san con claridad el deseo de la Iglesia de que todos los fieles comulguen diariamente, y obtengan de este banquete divino frutos más llenos de santidad (2).
Y estos deseos coinciden con el que abrasaba a Nuestro Señor Jesucristo, cuando instituyó el divino Sacramento; El mismo indicó repetidas veces con toda claridad la necesidad de comer su carne y beber su sangre, especialmente cuando dijo: Este es el pan que bajó del Cielo; no como vuestros pa­dres, que comieron el maná y murieron: quien come este pan vivirá eternamente (3). Con esta comparación entre el pan celestial, el pan ordinario y el maná, los discípulos podían entender que, igual que cada día el pan alimenta al cuerpo y los Hebreos fueron sustentados por el maná, el alma cristiana puede diariamente comer el pan celestial y gozar de ello. Además, los Santos Padres de la Iglesia enseñan casi unánimemente que, el pan nuestro de cada día que se nos manda pedir en el Padrenuestro, más que al pan material, se refiere al pan eucarístico que se ha de tomar diariamente (4).
Este deseo de Jesucristo y de la Iglesia, de que se practique la comunión diaria, tiene por objeto el que, unidos a Dios por el Sacramento, los cristia­nos encuentren fuerzas para refrenar las pasiones malas, que laven las pequeñas faltas que se come­ten todos los días, y que estén preparados contra los pecados graves que amenazan a la fragilidad humana; este deseo no persigue principalmente dar honor y gloria a Dios, ni tampoco busca como otor­gar un premio a las virtudes de quienes comulgan (5). Por eso el Concilio de Trento llama a la Eucaristía: antídoto que nos sana de las culpas cotidianas y nos preserva de los pecados mortales (6).
Entendiendo bien este deseo de Dios, los primeros cristianos acudían diariamente a esta mesa de vida y de fortaleza. Perseveraban en la doctrina de los Apóstoles y en la comunicación de la fracción del pan (7). Los Santos Padres y los escritores eclesiásti­cos nos han dejado constancia de que esto se vivía en siglos posteriores, con gran provecho para la perfección y para la santidad (8).
Criterios equivocados acerca de la Comunión frecuente
Cuando la piedad se fue enfriando, y sobre todo más tarde, cuando la plaga del jansenismo fue ex­tendiéndose, comenzóse a discutir acerca de las dis­posiciones necesarias para la Comunión frecuente y diaria, y se fueron exigiendo cada vez mayores y más difíciles condiciones. Estas disputas dieron lu­gar a que pocos se considerasen dignos de recibir diariamente la Eucaristía y aprovechar los saluda­bles efectos de este Sacramento; se contentaban con recibirlo una vez al año, o una vez al mes, o a lo sumo cada semana. Las exigencias llegaron a ser tan grandes, que se excluía de la Eucaristía a grupos enteros de personas, como los comerciantes y las personas casadas.
Hubo quienes mantenían una opinión diametralmente opuesta. Estos pensaban que la comunión diaria obligaba por precepto divino, y, para que no pasase día sin comulgar, afirmaban, entre otras cosas que se apartaban de la costumbre legítima de la Igle­sia, que se debía recibir la Eucaristía incluso el Vier­nes Santo, y de hecho la administraban ese día.
Advertencias de la Santa Sede
La Santa Sede no dejó de cumplir con su obli­gación respecto a todo esto. Por un decreto de esta Sagrada Congregación, que empieza por las palabras Cum ad aures, del 12 de febrero de 1679, aprobado por Inocencio XI, se condenaron estos errores y se frenaron estos abusos, declarando al mismo tiempo que cualquier clase de personas, sin excluir de nin­gún modo a los comerciantes y a las personas casa­das, podían comulgar con la frecuencia que la pie­dad de cada uno le pidiera, aconsejado por su con­fesor. El día 7 de diciembre de 1690, un Decreto —Sanctíssimus Dominus noster— de Alejandro VIII condenó la proposición de Bayo, que exigía en quie­nes quisiesen comulgar un amor purísimo a Dios, sin mezcla de ningún defecto.
De todos modos, todavía no desapareció el vene­no jansenista; inficionando incluso a las almas bue­nas bajo el pretexto del honor y el respeto debidos a la Eucaristía. Aún después de las declaraciones de la Santa Sede, continuó la discusión acerca de las disposiciones necesarias para la Comunión fre­cuente; esto dio lugar a que incluso teólogos de fama opinaran que sólo en contadas ocasiones y con muchos requisitos podía permitirse a los fieles la Comunión diaria.
Por lo demás, no faltaron hombres dotados de buena doctrina y de piedad, que daban facilidades para esta práctica tan saludable y tan agradable a Dios: fundándose en la autoridad de los Santos Pa­dres, enseñaban que no hay en la Iglesia ningún precepto que exija mayores disposiciones para co­mulgar diariamente que para hacerlo una vez a la semana o una vez al mes; y decían que más abundantes eran los frutos de la Comunión diaria que los de la semanal o mensual (9).
La situación actual
Actualmente estas discusiones han aumentado y se han agriado; con ello se han perturbado la mente de los Confesores y la conciencia de los fieles, con no poco daño para la piedad y el fervor cristianos. Por este motivo, hombres ilustres y Pastores de almas se han dirigido a Nuestro Santísimo Señor el Papa Pío X, pidiéndole que resuelva con su autori­dad suprema esta cuestión de las disposiciones ne­cesarias para recibir la Eucaristía diariamente, con el fin de que esta costumbre tan saludable y gratí­sima a Dios no sólo no se pierda, sino que vaya en aumento y se generalice en todas partes, sobre todo en estos tiempos, en los que la Religión y la fe cató­lica son atacadas por doquier, y se echa tanto de menos el verdadero amor a Dios y la piedad. Su Santidad, con el celo y la preocupación que lleva en su corazón porque el pueblo cristiano sea llamado con frecuencia, e incluso diariamente, al sagrado convite y aproveche sus abundantes frutos, enco­mendó a esta Sagrada Congregación que examinara y resolviera este asunto.
Criterios a seguir para la Comunión frecuente
En la sesión plenaria del 16 de diciembre de 1905, esta Sagrada Congregación estudió detalladamente la cuestión y, después de ponderar con deteni­miento las razones a favor y en contra, determinó y declaró lo siguiente:
1° Se deben dar amplias facilidades a todos los fieles, de cualquier clase y condición, para la Comu­nión frecuente y diaria, pues éste es el deseo ardien­te de Nuestro Señor y de la Iglesia Católica; así, pues, no se debe prohibir a nadie que se encuentre en estado de gracia y tenga intención recta y piado­sa, que se acerque a la sagrada mesa.
2° La rectitud de intención consiste en que, quien va a comulgar no lo haga por rutina, o por vanidad, o movido por razones humanas, sino con deseo de agradar a Dios, de unirse a El más estre­chamente, y de aprovechar este remedio divino para sanar de sus debilidades y defectos.
3° Aunque es muy conveniente que quienes co­mulgan con frecuencia o diariamente, estén libres de los pecados veniales —al menos de los delibera­dos—, es suficiente con que estén limpios de peca­do mortal y tengan el propósito de no volver a pecar; con esta disposición interna, quienes comul­gan diariamente se verán poco a poco libres incluso de los pecados veniales y de su inclinación a ellos (10).
4° Aunque los Sacramentos de la Nueva Ley producen su efecto ex opere operato, mayor efecto producen si mejores son las disposiciones de quie­nes lo reciben; por eso es conveniente prepararse bien para recibir la Sagrada Comunión y, después de comulgar, dar gracias conforme a la capacidad, condición y deber de cada mal.
5° Para que la Comunión frecuente y diaria se haga con mayor prudencia y con más mérito, con­vendrá seguir el consejo del confesor. Pero cuiden los confesores de no apartar de la Comunión diaria a quienes quieran comulgar en estado de gracia y con recta intención.
6° Dado que con la Comunión frecuente o diaria se intensifica la unión con Cristo, se enriquece la vida espiritual, se robustecen las virtudes en el alma y se otorga a ésta prenda segura de felicidad eter­na, los Párrocos, los confesores y los predicadores deberán mover al pueblo cristiano, insistentemente y con gran empeño —siguiendo la doctrina del Ca­tecismo Romano (II Parte, cap. 4, n. 60) —, para que adopte esta piadosa y saludable costumbre.
7º Se deberá promover la Comunión frecuente y diaria de manera particular en los Institutos reli­giosos de toda clase, para los que sigue en vigor el decreto Quemadmodum de la Sagrada Congrega­ción de Obispos y Regulares, de 17 de diciembre de 1890. Igualmente se deberá estimular todo lo posible en los Seminarios, cuyos alumnos aspiran a servir al altar; y también en todas las escuelas cris­tianas.
8° Si la Regla o las Constituciones de algún Ins­tituto religioso, de votos simples o solemnes, seña­lan algunos días concretos en los que se debe comulgar, esta norma ha de ser considerada mera­mente directiva y no preceptiva. Ese número que se indica de Comuniones debe contarse como el míni­mo necesario para conservar la piedad de los Reli­giosos, por eso se les deberá dejar siempre entera libertad para acercarse a la Sagrada mesa con más frecuencia o diariamente. Para que todos los Reli­giosos y las Religiosas conozcan este Decreto, los Superiores deberán disponer que se lea a la comu­nidad en lengua vernácula todos los años en la infraoctava de la fiesta del Corpus Christi.
9° Finalmente, una vez promulgado este Decre­to, todos los escritores eclesiásticos deberán abste­nerse de cualquier discusión acerca de las disposi­ciones necesarias para la Comunión frecuente y cotidiana.
El abajo firmante Secretario de esta Sagrada Congregación, dio cuenta de todo lo anterior a Nuestro Santísimo Señor el Papa Pío X, en la audiencia del día 17 de diciembre de 1905, y Su San­tidad se dignó ratificar este Decreto de los Eminen­tísimos Padres, lo confirmó y mandó que se publicase, quedando anulada cualquier disposición en contrario. Además mandó que se enviase a todos los Ordinarios y Prelados Regulares, para que a su vez lo hagan llegar a sus Seminarios, Párrocos, Religio­sos y sacerdotes, y en sus informes acerca de los asuntos de la diócesis, deberán dar cuenta a la Santa Sede de cómo se ha llevado a la práctica lo que en este decreto se establece.
Dado en Roma, el 20 de diciembre de 1905.
Vicente, Card. Ep. Praenest, Praefectus
Cajetamus De Lai, Secretarius.
NOTAS
1) Sesión XXII, Cap. 6
2) La Iglesia ya manifestaba este deseo en alguna antigua declaración de la S. C. del Concilio, como señala De Lugo: De Euch, dispo. 17 n. 2.
3) Jn VI, 59.
4) Cfr. San Cipriano: De orat. Domin., 18; Tertuliano: De Oratione, cap. 4; San Ambrosio: De sacram, lib. 5, cap. 4; San Agustín: Serm. 80 cap. 4; Santo Tomás: Summa Theol., III, 9, 80, a. 10; Catecismo Romano, etc.
5) Cfr. San Agustín: Serm. 57 in Matth. De orat. Dom. V. 7.
6) Ses. 13, cap. 2.
7) Hech II, 42.
8) San Alfonso: Risposta apology. Contro d. Cipriano Aristasio.
9) Se entiende: siempre que se comulgue en estado de gracia y con rectitud de intención.
10) Esto enseñan: San Agustín: Epist. 118, cap. 3; San Ambrosio: De Sacram., lib. 4, cap. 6; San Cipriano: De Orat Dom., 18; San Beda: In ep. Ad Cor., cap. XI; Santo Tomás Summa Theol., III, q. 79, a. 8; etc.

Las comuniones indignas y sacrílegas destruyen a las personas, casas y familias.

Comunión indigna y sacrílega se dice aquella, que temerariamente se hace, conociendo el alma que actualmente se halla en pecado mortal, y no se ha confesado, o no se ha confesado bien. Porque si el alma está en gracia de Dios, habiéndose confesado bien, según todo lo que entiende, aunque actualmente se halle con pecados graves que no ha confesado, la sagrada comunión es digna, y no es sacrílega, como lo explica el santo concilio tridentino (Sess. XXIII, c. 1 et can. 11).

El primero que tuvo sacrílego atrevimiento de comulgar en pecado mortal fue el traidor y alevoso Judas ; de quien dijo el Señor, que mejor le sería no haber nacido en el mundo; y en otra parte le trató de diablo : Unus vestrum diabolus est (Marc., XV, 15).

Este hombre infeliz fue el primer ejemplar de los sacrílegos, que tienen atrevimiento de llegarse a recibir a Cristo sacramentado, sin purificar su conciencia de graves cul­pas. Luego que recibió sacrílegamente las especies consa­gradas, entró el demonio en su corazón, como advierte el sagrado texto : Post bucellam introivit in eum Satanas; y de esta enormísima culpa se le siguieron precipitadamente todas sus ruinas, sin parar hasta ahorcarse de un árbol, re­ventando por las entrañas, para que su alma maldita no saliese por donde había pasado el Santísimo Sacramento, que tan indignamente había recibido. Después del Señor entró el diablo en aquel hombre sacrílego, como entra el verdugo en la cárcel después del rey, para hacer justicia en los delincuentes y malhechores.

El apóstol san Pablo dice, que se come y se bebe el juicio el que atrevidamente se llega a comulgar sin haber pu­rificado primero su conciencia de mortales culpas [I Cor., XI, 29). Y así es, que parece que ha perdido el juicio, o le falta la fe católica, a quien se determina a cometer tan grande sacrilegio.

Si un hombre por sus delitos estuviese condenado a muerte, y sin haber conseguido el perdón se fuese en bus­ca del juez, y le llevase a su casa, ¿no diríamos con razón que estaba fatuo, y que él mismo se buscaba el suplicio? Pues esto mismo hace quien estando en pecado mortal, entra dentro de su pecho al supremo juez de vivos y muer­tos, de quien por sus pecados es capital enemigo.

Huye el impío sin que nadie le persiga, porque su mis­ma conciencia le acusa, como dice el Espíritu Santo en los proverbios: Fugit impius, nemine persequente. ¿Y tú, des­atento, conociendo que estás en desgracia de Cristo, te vas a buscar a Cristo sacramentado? Si primero confesases bien tus pecados, conseguirías el perdón, y hallarías en su di­vina Majestad la misericordia, el remedio y tu consuelo; pero siendo actual enemigo suyo, si primero no te con­viertes de corazón, en vez de misericordia, hallarás rigu­rosa justicia, y en lugar del perdón, debes temer no te se apresure la formidable sentencia de alguna muerte repen­tina, y de tu condenación eterna.

Por esta cosa el mismo apóstol dice, que muchos apresu­ran su muerte por sus comuniones indignas y sacrílegas: Ideo inter vos multi infirmi et imbecilles, et dormiunt mullí. Es notabilísima la causal, que por eso muchos viven sin sa­lud, y acaban luego sus días, porque ciegos y obstinados no reparan en hacer sus comuniones en mala conciencia. Reciben al Juez, que les da la sentencia que merece su desalmada desatención.

Si ellos se juzgasen primero, no serían juzgados con tanto rigor: Quod si nosmetipsos dijudicaremus, non utique judicaremur (/ Cor., XI, 31); pero como si no tuviésemos fe, se llegan á la comunion sagrada sin purificar bien su conciencia de sus graves culpas; y por eso donde habían de hallar salud, hallan la enfermedad; y donde habían de hallar la vida, hallan la muerte; porque hacen veneno de su remedio.

En confirmación de esta católica doctrina refiere un es­pantoso escarmiento el venerable padre Murillo. Había una señora a quien se la hacía muy fuerte el dejar la sagrada comunión de un día solemne. Persuadíala el ministro de Dios se abstuviese de comulgar, porque tenía enredada su conciencia con cierta ocasión próxima, pecaminosa y es­candalosa, que podía y debía quitar, y nunca acababa de quitarla. Terqueó la desventurada mujer en pasar a co­mulgar, y luego que fue a tragar la forma consagrada, se la atravesó en la garganta, y sin poderla librar de la mano de Dios ofendido, á vista de toda la gente que estaba en la misma iglesia, perdió fatalmente la vida, sofocada y ahogada con las especies sacramentales, que sacrílegamente había recibido.

Esto dispuso el Señor que sucediese, como dice el apóstol san Pablo, para nuestro provechoso terror y saludable escarmiento. Lo que una vez sucede, no repugna que suceda otra y otras muchas; y aunque no suceda con tanta publicidad, cada uno debe temer no sea que Dios le abre­vie la vida, si por su desgracia se determina a cometer tan sacrílega culpa: si no has de comulgar en gracia de Dios, mejor te será no comulgar; que siquiera excusarás ese nuevo sacrilegio, y no serán tantos y tan graves tus pecados.

La formidable sentencia de san Pablo siempre insta para que cada uno se pruebe á sí mismo, examine su conciencia, parifique su alma, y así reciba el pan de la vida eterna, que no le servirá para su juicio y condenación, sino para salud de su alma y de su cuerpo, y para universal remedio de todas sus necesidades.

En la santa ciudad de Roma, cabeza suprema de todo el orbe cristiano, sucedían por los días de la pascua de Re­surrección muchas muertes repentinas; y confiriendo con esta desventura la terrible sentencia del apóstol, que dice, que por las comuniones indignas suceden semejantes des­gracias, determinó el sumo pontífice, que en el himno de aquel tiempo se dijese todos los días aquella cláusula:

Quaesumus, Author omnium, Ab omni raorlis Ímpetu

la hoc Paschali gaudio, Tuum defende populum.

En la nueva corrección dice:

Ut sis perenne mentibus, A morte dira criminum

Paschale Jesu gaudium : Vitae renatos libera.

Es aquel tiempo santo cuando todos los fieles cumplen con la Iglesia, y cuando hay más peligro de comuniones indignas; y por eso se repite tantas veces esta humilde sú­plica al Señor, que libre a su pueblo de muertes precipi­tadas y desgraciadas. Todo esto nos debe poner en discreto temor de no cometer una culpa tan execrable y horrorosa, como es el recibir a Cristo sacramentado en mala concien­cia. ¿Si el justo teme, cuánto más el pecador? Es razón del sagrado apóstol san Pedro [I, IV, 18).

El apóstol san Pablo dice en otra cláusula, que la persona que recibe indignamente el santísimo Sacramento del altar, se hace como reo del cuerpo crucificado y sangre derramada de nuestro Señor Jesucristo, y será castigado como si en la verdad hubiese vuelto a crucificar al mismo Señor (I Cor., XI, 27).

De los obstinados príncipes de los sacerdotes que conde­naron a Cristo Señor nuestro, dice san Pablo, que si hu­biesen conocido al Señor no le hubieran crucificado. Y de los mismos príncipes dijo Cristo, que cometieron en su muerte mayor pecado que Pilatos. De estos dos católicos principios has de inferir, que el pecado del que comulga in­dignamente es mayor pecado que el de los judíos que cru­cificaron a Cristo.

La razón es manifiesta; porque el que comulga indigna­mente se hace reo de la muerte de Cristo, como dice el apóstol; por otra parte no tiene la disculpa de no conocer a Cristo, como de los judíos dice san Pablo: luego la culpa de los cristianos que comulgan en pecado mortal, es mayor que la de los judíos deicidas, que crucificaron a Cristo.

De los prolapsos que reinciden en sus pecados, dice tam­bién el apóstol, que otra vez vuelven a crucificar a Cristo; pero aun parece más terrible aquella expresión de decir, que el que comulga indignamente se hace reo del cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo; porque en exposi­ción común, es lo mismo que decir, que será castigado, como si no renovase en el sagrado cuerpo del Señor todos los horrorosos tormentos de su santísima pasión; y de nue­vo volviese a derramar aquella preciosa sangre de infinito valor : luego así ofende a nuestro Señor Jesucristo el que indignamente le recibe sacramentado, como si de nuevo le volviese a azotar, le coronase de espinas, le escupiese en el rostro, le clavase en la cruz, y le quitase la vida.

En la muerte de Cristo todos los elementos dieron seña­les de intenso dolor; se oscurecieron el sol y la luna; se vistió de luto con las tinieblas universales toda la tierra; se quebrantaron los más duros peñascos, y las piedras se hicieron pedazos, dándose unas con otras, como impacien­tes de que las detenía la infinita paciencia y misericordia de Dios, para que no acabasen con aquellos deicidas infa­mes, ingratos y rebeldes, que habían quitado la vida a su Criador.

Esto mismo debes considerar para que no te llegue la imponderable desgracia de comulgar en mala conciencia; porque si el que comulga indignamente se hace reo de toda pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, debe a proporción contemplar, que todos los elementos y todas las criaturas sensibles e insensibles del cielo y de la tierra se conmueven con sagrada impaciencia para quitarle la vida; y se la quitarían sin remedio, si Dios con su poder omni­potente, y con su infinita misericordia no las detuviese, es­perándole á verdadera penitencia.

De la hora en que Cristo Señor nuestro murió, dijo el mismo Señor: Ahora es el juicio del mundo {Joan., XII, 3). Y de la hora fatal en que se repite su muerte por la comu­nión indigna, se puede decir: ahora es el juicio terrible de este infeliz pecador: él se ha buscado el juez, y se ha be­bido el juicio.

La garganta del goloso es el sepulcro manifiesto de su confusión (Psalm. XIII, 3), y la garganta del sacrílego, que comulga indignamente, es la puerta de la cárcel, y el atrio del tribunal formidable donde es juzgado.

De muchos es su dios su mismo vientre; y el vientre del que comulga en mala conciencia es el teatro de su conde­nación. Adán huyó de la cara de Dios después de su peca­do; ¿y tú, atrevido sacrílego, sin rubor ni temor recibes a tu Dios y Señor, y le buscas sin dolerte de tu grave culpa?

El diablo puso a Cristo sobre el pináculo del templo; ¿y tú, peor que el demonio, le pones cerca de tu corazón, donde tienes el veneno de tu pecado? Del Señor está es­crito, que no habitará cerca de su Majestad el maligno (Psalm. V, 6); ¿y tú introduces al Señor en tu pecho, te­niendo en tu corazón al demonio? ¿Acaso quieres poner a la diestra de Satanás al que tiene su asiento a la diestra del Eterno Padre? ¡Atiende cuán prevaricado tienes el juicio!

Los betsamitas no se atrevían a estar en la presencia de un Dios tan terrible como el de Israel; ¿y tú, dementado, no solo no temes, ni te avergüenzas de ponerte en presen­cia de ese mismo Dios gravemente ofendido, sino que le buscas, y le introduces dentro de tu pecho?

Si es cosa horrenda el caer en manos de Dios vivo; ¿qué será el que tú le busques, y le traigas a tu pecho, siendo su mortal enemigo? Si el contravenir a la ley antigua ine­vitablemente traía la muerte, como dice san Pablo; ¿cuánto mayor castigo merecerá el que desprecia al Hijo de Dios, renueva su pasión, derrama su preciosa sangre, y le hace grave contumelia a la ley de gracia? [Heb., X, 28).

Todo lo que toca el que está manchado, queda contami­nado, como dice Ageo profeta; ¿y tú, miserable criatura, teniendo manchada tu alma con la fea inmundicia de tus graves culpas, te atreves temerario a tocar y recibir al San­to de los santos? ¿Recibes el pan de los ángeles, con que debías quedar como un ángel, y te quedas como un maldito Lucifer? lista envenenado tu corazón, y así todo cuanto recibes te se convierte en mortífero veneno (Ps. LXXVIII,25).

Recibes la dulzura de los cielos, y es para ti como si co­mieses amarguísimos ajenjos y hieles horrendas, y como si bebieses aguas corrompidas y pestíferas. El vino celestial, que alegra el corazón del hombre, a ti te convierte en hiel de dragones, y en bebida de condenados; verificándose en ti lo que dijo Dios por Amos profeta, que los malos bebe­rán el vino de condenados en la casa de su Dios y Señor (Am., II, 8).

La luz de la gloria entra en tu pecho, y siempre se queda tu alma tan negra, fea y abominable como un carbón de los infiernos. Todos los que tocaban la fimbria de la vesti­dura de Cristo quedaban sanos; ¿y tú, desventurado, apes­tado con tus graves culpas, le recibes, le tocas, le tratas, le pones dentro de ti mismo, y no sanas? El temor de Dios no está contigo. Buena semilla es la que se derrama en el cam­po de tu pecho; pero se sofoca por la maldita cizaña de tu malicia (Matth., XIII, 25).

Considera que no es justo recibir el pan de los hijos, y arrojarles a los perros (Matth., XV, 26). ¿Pues cómo siendo tú como un perro rabioso, enemigo de Dios, confederado con el diablo, te atreves a recibir la hostia santa, pura, in­maculada, y el cáliz de la perpetua salud? Ciertamente te se convertirá en juicio y condenación de tu alma, y no en poderosa defensa de tu vida, ni en remedio y medicina de tu dolencia mortal.

Un remedio tienes eficaz, y este es retractar tu pecado, confesarte bien, apartarte de las malas ocasiones que te precipitan, purificar tu conciencia, dolerte de tu culpa, pro­poner la enmienda, hacerlo que te manda el confesor para el bien de tu alma, y darle gracias a tu Dios y Señor, que con inmensa benignidad te ha esperado, y espera que ha­gas verdadera penitencia.

De ti se queja con razón el Altísimo por Jeremías profeta, y te dice : ¿qué cosa es que una criatura mia, en mi misma casa, que es mi Iglesia, ha hecho tantas maldades? ¿Acaso la carne santa quitará tus malicias? Y en otra parte dice: ¿para qué me ofreces incienso, si tienes tu corazón lleno de veneno? Tus holocaustos no son de mi gusto, porque no tienes sana tu conciencia (Jerem., XI et VI, 20).

No queráis confiar en palabra de mentira, diciendo: el templo de Dios nos defenderá, porque vosotros habéis hecho a mi templo santo espelunca de ladrones. Á vosotros, ¡oh sacerdotes! se encaminan mis palabras, dice Dios, que des­preciáis mi santo nombre, y os parece no habéis hecho cosa mala: mancháis mis altares, y siendo corregidos, respon­déis, que no habéis hecho cosa irreverente (Malac., I, 6).

El oficio de sacerdotes es oficio de ángeles, dice san Ber­nardo; pero se ha de notar, que los ángeles fueron más rigurosamente castigados que los hombres.

Los sacerdotes, dice David, invocaban al Señor, y su Majestad los oía: en la columna de una misteriosa nube les ha­blaba; pero también era terrible vengador de sus ocultas y públicas ofensas. Ya se llegará el dia cuando examinará el Señor tus intenciones y tus obras a muchas luces; y cuando se tomó el tiempo para sí, entonces .juzgará tus justicias, y acabarás de conocer que tú te has sido tu más grave y mayor contràrio. Estás ciego, y tu perdición se toma de ti mismo (Psalm. LXXII, 3).

En las divinas relaciones de santa Brígida se dice que Dios a sus malos sacerdotes los llena de maldiciones, y dice: maldito sea cuanto produce la tierra para indignos minis­tros míos, que sacrílegamente me consagran, y me reciben. Maldito sea el pan que comen, y la bebida que beben, con que regalan su cuerpo, que ha de ser comido de gusanos, y su alma será sepultada en el infierno. Maldito sea su cuer­po, que resucitará para arder después eternamente en el abismo.

Malditos sean los años que viven inútilmente en esta vida temporal y caduca. Maldita sea la hora con que acabarán esta vida mortal, y se continuará en las penas eternas para siempre jamás. Malditos sean sus ojos carnales con que vie­ron la luz del cielo sin provecho, sino para su eterna per­dición. Malditos sean sus oídos con que oían la palabra di­vina, y no cuidaban de ponerla por obra. Maldito sea su gusto, que solo les ha servido para su condenación eterna. Maldito sea el tacto con que me trataban en mi Sacramento. Maldito sea el olfato con que solo buscaron sus delicias, y a mí despreciaron, que soy más dulce, suave y deleitable que todas las cosas del mundo.

Malditos sean otra vez sus ojos, que ya no verán mi es­timable visión, sino las tinieblas y penas del infierno. Mal­ditos sean sus oídos, que ya no oirán mis amorosas voces; sino el clamor del infierno, y los horrorosos lamentos de los condenados. Maldito sea su gusto, que ya no percibirá el gozo de mis bienes eternos, sino la amargura perdurable. Maldito sea su tacto, que ya no me tratarán a mí, sino al fuego perpetuo inextinguible. Maldito sea su olfato, que ya no percibirán el olor suavísimo de mi reino celestial, que excede a todos los preciosos aromas, sino el hedor del infier­no, más amargo que la hiel de dragones, y peor que el azu­fre más activo. Malditos sean del cielo y de la tierra, y de todas las criaturas insensibles; porque estas obedecen a su Dios, y ellos le han despreciado: por lo cual les juro en mi Deidad, que soy la misma verdad, que si no se enmiendan sus vidas, y así les llega la muerte en su mala disposición y perversas obras, serán condenados sin remedio, y priva­dos de los dones sobrenaturales, que para su eterna salva­ción recibieron. Otras muchas cosas horribilísimas se po­drán ver en las citadas revelaciones de santa Brígida.

No solo se deben temer las fatales desventuras con que Dios amenaza castigar las comuniones indignas; sí también deben ponderarse los bienes estimables de que se privan las almas, que en mala conciencia llegan a recibir sacrílegamente á Cristo sacramentado.

Este soberano Sacramento, si se recibe en gracia de Dios, no teniendo culpa mortal en la conciencia, sustenta el alma y aun á veces el cuerpo; aumenta la gracia, da nuevas fuer­zas para resistir las tentaciones, satisface los santos deseos, quita el hambre de cosas temporales, une con Cristo, que­branta el poder de Satanás, da fuerza para recibir el mar­tirio, perdona los pecados veniales, preserva de los morta­les, aumenta los auxilios de la divina gracia, libra de mal, conserva en el bien, aumenta todas las virtudes, comunica el fruto de todas las gracias, restituye lo perdido, aumenta lo restaurado, da vida, modera el incentivo del pecado, causa alegría espiritual, da facilidad para la virtud, hace olvidar los deleites de la carne, excita la memoria de la pasión de Cristo, da dulzura en el entendimiento, aviva la luz de la fe, destierra las tinieblas de la ignorancia, causa cla­ridad para acertar en lo que se ha de hacer, ilustra para conocer mejor las cosas divinas, inflama la voluntad en el amor de Dios, mitiga la concupiscencia, detiene a los de­monios que no alteren nuestras pasiones, corrige los afec­to- desordenados, santifica el alma, y aun el cuerpo (Conc. Trid., sess. XIII, c. 2).

Cuando comulgas en gracia de Dios viene Cristo á hon­rarte con su presencia, á ungirte con su gracia, a curarte con su misericordia, a sanarte con su preciosa sangre, á re­sucitarte con su muerte, a alumbrarte con su divina luz, á inflamarte con su amor, a consolarte con su infinita suavi­dad, á desposarse con tu alma, a hacerte participante de su divino espíritu, y de todos los inmensos bienes que te me­reció en el árbol de la cruz.

En este Santísimo Sacramento está la fuente de todos los bienes, la causa de todas las delicias, y en él se gusta la ce­lestial dulzura del Señor. Este divino Sacramento es me­dicina a los enfermos, camino seguro a los peregrinos, for­taleza a los flacos, robustez a los sanos, y sanidad a los en­fermos. Nos libra del furor de la ira, y nos hacemos con este altísimo Señor un cuerpo y una carne, convirtiéndonos místicamente en Cristo, y Cristo en nosotros.

Por este soberano medio comunica Dios a su santa Igle­sia los tesoros de sus bienes, virtudes de patriarcas, ilus­traciones de profetas, alabanzas de predicadores, dignidad de apóstoles, victorias de mártires, santidad de confesores, religiosidad de monjes, doctrina de prelados, pureza de vírgenes, resplandor de inocentes, y mérito de los santos. A los de este mundo da nueva gracia, a las benditas almas del purgatorio alivia las penas, y en el cielo aumenta la doria accidental a los ángeles y santos. (AIb. Mag. lib., II de Of. Miss.)

De toda esta inmensidad de bienes espirituales queda pri­vado el que por su grave culpa se llega a recibir la comu­nión sagrada en mala conciencia; y en lugar de innume­rables ángeles, que acompañan a quien dignamente comul­ga, a él le acompañan innumerables demonios, que le si­guen y le rodean, y a cualquiera parte donde va le acom­pañan, en la Iglesia y fuera de ella, en la calle, en su casa, en su mesa y en su cama; siempre está rodeado de demo­nios que le miran como cosa suya.

Con esto dejamos probado que la sagrada comunión en gracia de Dios llena á la criatura racional de felicidades y bendiciones del cielo ; pero con la comunión indigna y sacrílega se pierde del todo, de tal manera, que el Señor le quita la salud ; y sin salud, se arruina su casa y su familia, le alcanzan las maldiciones y castigos de Dios; debe temer alguna muerte repentina y desastrada; y si no se enmienda, pierde su alma para toda una eternidad, y con esta fatal desventura no hay otra que se pueda igualar ; porque no hay conmutación equivalente por el alma condenada, como dice el Señor en su santo evangelio (Matth., XXVIII, 26).


R. P. Fray Antonio Arbiol

LA FAMILIA REGULADA

1866

jueves, 2 de septiembre de 2010

Náufragos en mar alegre


ENEMIGOS EN LA FORMACIÓN DEL CARÁCTER

Excusas inadmisibles
Ponte frente a ti mismo, y mira cómo todo cuanto haces, lo haces porque quieres hacerlo.
Para excusarte quizá creas que tus caídas son cosa natural, y que la ley de la naturaleza (llamémosla así) es más imperiosa que la ley de Dios. Si piensas así las pasiones han oscurecido y esclavizado tu inteligencia, han maleado tu corazón.
Es la defensa vergonzosa del esclavo: engañar a su señor para gozar de libertad. Si quieres gozar de li­bertad, conquístala con el dominio de tus pasiones, pero no te engañes creyendo gozar de libertad estan­do sometido a tus apetitos. Gozar de libertad es ir contra lo que se apetece, porque la voluntad habiendo roto los lazos que le encadenaban, se desenvuelve con soltura en el camino del bien.
El asno amarrado junto al pesebre, se harta de ce­bada. A esto le llamas tu libertad.
El hombre que no siente el aguijón de su concien­cia, es como el animal enfermo que no reacciona ante los alimentos.

No te canses de remar
Tu espíritu libre y ligero, lleva una carne pesada, con tendencias embarazosas, que te enredan y desani­man en el camino.
¿Pero hay cosa más ilógica que desanimarse por­que una vez no conseguí el objetivo que me propuse? Lo lógico es desquitarse en la primera ocasión. Cuan­do te propones subir una cima, toda la ascensión te parece una línea recta, pero luego surgen los obstácu­los y altibajos. Entonces es necesario un corazón cons­tante para volver a recuperar la altura perdida.
En la lucha militar cuanto más se combate una fortaleza, tanto más disminuye el índice de resisten­cia, por muy heroicos que sean sus defensores. En el Alcázar toledano a medida que pasaban los días, eran menos las municiones, vituallas y defensores. Con los lienzos de muralla, y las torres que iban desplomán­dose entre polvaredas y humo de dinamita, iba tam­bién desapareciendo la silueta señorial y guerrera del Alcázar, y hubiera terminado por sucumbir cuando todos sus defensores hubieran muerto. Así cayó el re­ducto de Santa María de la Cabeza con el último de sus hombres.
En la lucha espiritual no es así. A cada embate del enemigo se tiene más voluntad de resistencia, la for­taleza se endurece más, surge una silueta más dura y defensiva. La gracia de suyo perenne, ha aumentado su vigor, como la luz su resplandor con el aceite, o la llama con el viento. La voluntad aun humanamente hablando se habitúa al combate, y crece su maestría en la lucha, mirando este guerrear con la tranquilidad del quehacer cuotidiano de un soldado profesional.
En esta lucha del espíritu la prioridad está de tu parte, porque Dios también lo está. El éxito reside en la misma lucha, porque ante Dios perseverar en la lucha es ya la victoria.

El camino de la debilidad
La caída es un deformador del carácter, porque todo pecado es un camino de debilidades. El camino de la debilidad se aprende andándolo.
El vicio enferma el alma, y el enfermo siempre es débil, y el débil cae ante cualquier tropiezo.

«y no será una noche
sublime de huracán, en que las olas
toquen los cielos... tu barquilla leve
naufragará un día, un día claro
en que el mar esté alegre.
Te matarán jugando. Es el destino
terrible de los débiles...
Mientras un sol espléndido
sube al cénit, hermoso como siempre».
(M. Machado).

No serás el cadáver en un destrozado campo de batalla, sino en un jardín florido.
En un día fresco y transparente, cuando sobre tu frente no había negros nubarrones de tormenta, un vientecillo tronchó tus piernas de mendigo flaco. La muerte no te encontrará en el combate, sino en el aburrimiento e inanición.
No te vestirás de la gloria del náufrago que luchó noche y día con las olas gigantescas y embravecidas, y consumido de sed y de cansancio, es recogido a punto de muerte. Tu hundimiento vino lentamente, porque la contextura de tu barquilla era frágil, y no pudo resistir tu propio peso: imagen de tu voluntad quebradiza ante un ligero peligro. Se hundió tu bar­quilla en la profundidad abismal de un mar azul, por­que estaba podrida y se partió.

Defiende tu punto débil
El carácter templado es la defensa del espíritu.
El enemigo que te rodea día y noche tantea las defensas de tu castillo, y al darse cuenta del punto débil de tu carácter, dirige contra él todos los golpes para desmoronarlo.
Es necesario velar, aplicarse a curar esa debilidad, a endurecer esas blanduras, rellenarlas de piedra y hormigón. Pon pie Arme tras la puerta de tu castillo. Ya que la carne es flaca, que el enemigo encuentre un soldado de espíritu fuerte que no se asuste de reñir con él. Que tras la puerta carcomida de la carne, en­cuentre un alma aguerrida como un guerrero vestido de hierro.
Todo enemigo se aburre de luchar con adversarios resistentes. Si comienzas a ceder, esa puerta será to­mada, el boquete ensanchado, la defensa cada vez más difícil, la caída estremecedora, la ruina general, y quizá definitiva.
La condescendencia con el enemigo es falta de acometividad de carácter, de resistencia al sitiador. El enemigo es perseverante, pero su fuerza más débil que la tuya. Te supera sólo en perseverancia.
Te falta cierto militarismo espiritual: ganas de reñir.
Sin este espíritu combativo los héroes no hubieran existido, ni tampoco los grandes santos; esos caracte­res templados se hacen con la dureza del combate, porque la lucha espiritual no es un pasatiempo mís­tico, o un paseo militar, sino brega y contradicción.

Vivir alerta
Las tentaciones nos mantienen en movimientos de maniobra, y con las armas a punto para evitar sor­presas.
El agua en movimiento no se corrompe: el alma agitada con la tentación se mantiene pura y llena de vida.
La lucha es como la sístole y la diástole del cora­zón: recoge la sangre, y purificándola, la envía ca­liente y vivificante a todas las partes del cuerpo.
¿No has visto, al menos en la pantalla, esas ca­rreras de autos con velocidades de vértigo? Llegan a una curva, unos las sortean derrapando, otros vaci­lando se desvían, dan dos o tres vueltas de campana, y envueltos en llamas llegan al final de su camino. Otros como si fueran de goma se rehacen y como desperezándose siguen tragando kilómetros como si nada hubiera ocurrido. Otros, finalmente, siguen renquean­do la competición.
Algo así sucede en el deslizarse de tu vida por la pista de la existencia. Al principio todo va bien; no hay complicaciones. Viene luego la curva de la adoles­cencia o de la juventud, y del pulso o reacción de tu voluntad, depende el éxito de doblar aquel recodo. Unos se pliegan a él con maestría, otros vacilan y se rehacen, y otros se estrellan. Para los más afortuna­dos aquello sólo ha sido un lance más de experien­cias, sin haber recibido en su carne huellas pernicio­sas, otros a pesar del choque siguen adelante con sus abolladuras, y para los últimos la caída ha sido de­finitiva, quedando con el estigma enquistado del pe­cado.
Como una caída llama a otra caída, vienen las alte­raciones del carácter. «Este chico es otro», se dice. Es como un tallo sin savia, que lejos de producir nue­vos brotes languidece y muere. Hasta que llegue el último desenlace, se contenta con vegetar en el loda­zal, despreciando el terreno limpio.
Caer es perder el equilibrio y venir a tierra: no poseer seguridad de carácter, ni serenidad ante los tropiezos de dentro o los empujones de fuera. Se pier­den los bríos ante cualquier obstáculo. Caer es no aguantar el peso del deber. La voluntad dominada por el egoísmo, no respeta derecho alguno por sagrado y legítimo que sea.
Todas nuestras caídas son previsibles. No es un mero accidente de avión, en el que el aparato entra en barrena porque le falla el motor, ni es el percance de un auto al que se le rompieron la dirección o los frenos, ni un lance, en el que el motorista se encuen­tra de repente ante un gran camión, y se estrella por­que la reacción no llegó a tiempo. Los accidentes morales son fácilmente previsibles, y por ello culpa­bles. Las potencias del alma no se rompen como las piezas de una máquina. Dios hizo nuestros resortes para obedecer al primer impulso de la voluntad; no son laces imprevistos, porque todos sabemos que con las condescendencias se van debilitando paulatina­mente las fuerzas de la voluntad; como la luz de la tarde va cediendo poco a poco el paso a la noche. En lo moral nada sucede de repente. Se prevé todo desen­lace.
Nosotros conocemos o tenemos obligación de cono­cer los fallos de nuestro funcionamiento, defectos y fragilidades, contra los que nos es dado vivir alerta.
El pulso de la voluntad está lacio y sin nervio para reaccionar. No hay ideales que refrenen la pasión, y si las energías que existen en ti no producen luz, pro­ducirán llamas.
Con esta voluntad débil por la enfermedad, o maniatada por las dificultades voluntarias, actúan las otras pasiones sin control.
Eres responsable de todo acto, porque tú has crea­do sus circunstancias. Cedes ante cualquier emoción pe­caminosa: a la ira porque no supiste refrenarla a tiempo, y bajo cuyo imperio te desatas en disparates; a la impureza, porque no reprimiendo la curiosidad malsana, se levanta en ti la llamarada de la carne. En las cajas de cerillas hay un aviso: «apágame, que yo sola puedo ocasionar un gran incendio».
Pilato es el hombre que se estrella por falta de vo­luntad; ve claro no sólo la inocencia de Jesús, sino que admira extraordinariamente su santidad y poder. Frente a El ve la abyección de Barrabás, el contrin­cante de Cristo en orden a recibir las preferencias para la libertad. Pero es incapaz de decir «no» a una plebe que odia y desprecia en su corazón, y a la que otras veces ha dominado y castigado duramente. Como tú odias y desprecias tus pasiones, pero no siempre estás dispuesto a dominarlas.
Eres uno de esos seres que no se aviene a doblar su voluntad ante la justicia de Dios que no se acopla con tus caprichos.

Debilidad progresiva
Si cada día fortalecieses tu voluntad con una gim­nasia espiritual, serías fuerte ante los alicientes del placer. Las pequeñas renuncias de cada día son las que militarizan el ánimo del soldado de Cristo.
Cada caída no es sólo un paralizarse, sino una ce­sión del terreno propiedad del alma. Siendo el espacio cada vez más reducido, el alma se desenvuelve con más dificultades en la lucha, hasta quedar sitiada ante la última reivindicación de las pasiones, que ter­minan acorralando a la voluntad como una jauría de perros a un ciervo sin coraje para luchar ni para huir.
Con estos enemigos no se puede contemporizar. Si cedes aun en cosas pequeñas, es porque no conoces que tu fragilidad se va deslizando insensiblemente por lo fácil hasta crear una necesidad; ni aprecias el va­lor del alma que vendes, ni la amistad de Dios que desprecias.

CARTA ENCÍCLICA “ACERBO NIMIS”

SOBRE LA ENSEÑANZA DE LA DOCTRINA CRISTIANA
LITTERAE ENCYCLICAE

SS. D. N. Pii div. prov. Papae X ad sacros universi catholici
Orbis Antisites de christiana doctrina tradenda

VENERABILIBUS FRATRIBUS
PATRIARCHIS
PRIMATIBUS ARCHIEPISCOPIS EPISCOPIS ALIISQUE LOCORUN ORDINARIIS CUM APOSTOLICA SEDE PACEM ET COMMUNIONEM HABENTIBUS

Los secretos designios de Dios Nos han levantado de Nuestra pequeñez al cargo de Supremo Pastor de toda la grey de Cristo en días bien críticos y amargos, pues el enemigo de antiguo anda alrededor de este rebaño y le tiende lazos con tan pérfida astucia, que ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquella profecía del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Éfeso: Sé que... os han asaltado lobos voraces que destrozan el rebaño (1). De este mal que padece la religión no hay nadie, animado del celo de la gloria divina, que no investigue las causas y razones, sucediendo que, como cada cual las halla diferentes, propone diferentes medios conforme a su personal opinión para defender y restaurar el reinado de Dios en la tierra. No proscribimos, Venerables Hermanos, los otros juicios, mas estamos con los que piensan que la actual depresión y debilidad de las almas, de que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de la ignorancia de las cosas divinas. Esta opinión concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaró por su profeta Oseas: No hay conocimiento de Dios en la tierra. La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade a la sangre por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán todos sus moradores (2).

La ignorancia es enemiga de las almas
¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! -Al decir "pueblo cristiano", no Nos referimos solamente a la plebe, esto es, a aquellos hombres de las clases inferiores a quienes excusa con frecuencia el hecho de hallarse sometidos a dueños exigentes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente. ¡Difícil sería ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y -lo que es más triste- la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador de todas las cosas, y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan; y así nada saben de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la redención por El llevada a cabo; nada saben de la gracia, el principal medio para la eterna salvación; nada del sacrificio augusto ni de los sacramentos, por los cuales conseguimos y conservamos la gracia. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo, ni en lograr su perdón; y así llegan a los últimos momentos de su vida, en que el sacerdote -por no perder la esperanza de su salvación- les enseña sumariamente la religión, en vez de emplearlos principalmente, según convendría, en moverles a actos de caridad; y esto, si no ocurre –por desgracia, con harta frecuencia- que el moribundo sea de tan culpable ignorancia que tenga por inútil el auxilio del sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados. Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto XIV escribió justamente: Afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos (3).

La luz de la razón
Siendo esto así, Venerables Hermanos, ¿qué tiene de sorprendente, preguntamos, que la corrupción de las costumbres y su depravación sean tan grandes y crezcan diariamente, no sólo en las naciones bárbaras, sino aun en los mismos pueblos que llevan el nombre de cristianos? Con razón decía el apóstol San Pablo escribiendo a los de Éfeso: La fornicación y toda especie de impureza o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como corresponde a santos, ni tampoco palabras torpes, ni truhanerías (4). Como fundamento de este pudor y santidad, con que se moderan las pasiones, puso la ciencia de las cosas divinas: Y así, mirad, hermanos, que andéis con gran circunspección; no como necios sino como prudentes... Por lo tanto, no seáis indiscretos, sino atentos sobre cuál es la voluntad de Dios (5).
Sentencia justa; porque la voluntad humana apenas conserva algún resto de aquel amor a la honestidad y la rectitud, puesto en el hombre por Dios creador suyo, amor que le impulsaba hacia un bien, no entre sombras, sino claramente visto. Mas, depravada por la corrupción del pecado original y olvidada casi de Dios, su Hacedor, la voluntad humana convierte toda su inclinación a amar la vanidad y a buscar la mentira. Extraviada y ciega por las malas pasiones, necesita un guía que le muestre el camino para que se restituya a la vía de la justicia que desgraciadamente abandonó. Este guía, que no ha de buscarse fuera del hombre, y del que la misma naturaleza le ha provisto, es la propia razón; mas si a la razón le falta su verdadera luz, que es la ciencia de las cosas divinas, sucederá que, al guiar un ciego a otro ciego, ambos caerán en el hoyo. El santo Rey David, glorificando a Dios por esta luz de la verdad que le había infundido en la razón humana, decía: Impresa está, Señor, sobre nosotros la luz de tu rostro. Y señalaba el efecto de esta comunicación de la luz, añadiendo: Tú has infundido la alegría en mi corazón (6), alegría con la que, ensanchado el corazón, corre por la senda de los mandatos divinos.

La Sabiduría cristiana y la dignidad humana
Fácilmente se descubre que es así, porque, en efecto, la doctrina cristiana nos hace conocer a Dios y lo que llamamos sus infinitas perfecciones, harto más hondamente que las fuerzas naturales. ¿Y qué más? Al mismo tiempo nos manda reverenciar a Dios por obligación de fe, que se refiere a la razón; por deber de esperanza, que se refiere a la voluntad, y por deber de caridad, que se refiere al corazón, con lo cual deja a todo el hombre sometido a Dios, su Creador y moderador. De la misma manera sólo la doctrina de Jesucristo pone al hombre en posesión de su verdadera y noble dignidad, como hijo que es del Padre celestial, que está en los cielos, que le hizo a su imagen y semejanza, para vivir con El eternamente dichoso. Pero de esta misma dignidad y del conocimiento que de ella se ha de tener, infiere Cristo que los hombres deben amarse mutuamente como hermanos y vivir en la tierra como conviene a los hijos de la luz: No en comilonas y borracheras, no en deshonestidades y disoluciones, no en contiendas ni envidias (7). Mándanos, asimismo, que nos entreguemos en manos de Dios, que se cuida de nosotros; que socorramos al pobre, hagamos bien a nuestros enemigos y prefiramos los bienes eternos del alma a los perecederos del tiempo. Y sin tocar menudamente a todo, ¿no es, acaso, doctrina de Cristo la que recomienda y prescribe al hombre soberbio la humildad, origen de la verdadera gloria? Cualquiera que se humillare, ése será el mayor en el reino de los cielos (8). En esta celestial doctrina se nos enseña la prudencia del espíritu, para guardarnos de la prudencia de la carne; la justicia, para dar a cada uno lo suyo; la fortaleza, que nos dispone a sufrir y padecerlo todo generosamente por Dios y por la eterna bienaventuranza; en fin, la templanza, que no sólo nos hace amable la pobreza por amor de Dios, sino que en medio de nuestras humillaciones hace que nos gloriemos en la cruz. Luego, gracias a la sabiduría cristiana, no sólo nuestra inteligencia recibe la luz que nos permite alcanzar la verdad, sino que aun la misma voluntad concibe aquel ardor que nos conduce a Dios y nos une a Él por la práctica de la virtud.

Necesitamos de formación religiosa
Lejos estamos de afirmar que la malicia del alma y la corrupción de las costumbres no puedan coexistir con el conocimiento de la religión. Pluguiese a Dios que la experiencia no lo demostrara con tanta frecuencia. Pero entendemos que, cuando al espíritu envuelven las espesas tinieblas de la ignorancia, ni la voluntad puede ser recta, ni sanas las costumbres. El que camina con los ojos abiertos, podrá apartarse, no se niega, de la recta y segura senda; pero el ciego está en peligro cierto de perderse. -Además, cuando no está enteramente apagada la antorcha de la fe, todavía queda esperanza de que se enmiende la corrupción de costumbres; mas cuando a la depravación se junta la ignorancia de la fe, ya no queda lugar a remedio, sino abierto el camino de la ruina.

El primer ministerioPuesto que de la ignorancia de la religión proceden tantos y tan graves daños, y, por otra parte, son tan grandes la necesidad y utilidad de la formación religiosa, ya que, en vano sería esperar que nadie pueda cumplir las obligaciones de cristiano, si no las conoce; conviene averiguar hora a quién compete preservar a las almas de aquella perniciosa ignorancia e instruirlas en ciencia tan indispensable. -Lo cual, Venerables Hermanos, no ofrece dificultad alguna, porque ese gravísimo deber corresponde a los pastores de almas que, efectivamente, se hallan obligados por mandato del mismo Cristo a conocer y apacentar las ovejas, que les están encomendadas. Apacentar es, ante todo, adoctrinar: Os daré pastores según mi corazón, que os apacentarán con la ciencia y con la doctrina (9). Así hablaba Jeremías, inspirado por Dios. Y, por ello, decía también el apóstol San Pablo: No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar (10), advirtiendo así que el principal ministerio de cuantos ejercen de alguna manera el gobierno de la Iglesia consiste en enseñar a los fieles en las cosas sagradas.

El grave deber de predicar y enseñar
Nos parece inútil aducir nuevas pruebas de la excelencia de este ministerio y de la estimación que de él hace Dios. Cierto es que Dios alaba grandemente la piedad que nos mueve a procurar el alivio de las humanas miserias: más, ¿quién negará que mayor alabanza merecen el celo y el trabajo consagrados a procurar los bienes celestiales a los hombres, y no ya las transitorias ventajas materiales? Nada puede ser más grato -según sus propios deseos- a Jesucristo, Salvador de las almas, que dijo de Sí mismo por el profeta Isaías: Me ha enviado a evangelizar a los pobres (11).
Importa mucho, Venerables Hermanos, asentar bien aquí –e insistir en ello- que para todo sacerdote éste es el deber más grave, más estricto, que le obliga. Porque ¿quién negará que en el sacerdote a la santidad de vida debe irle unida la ciencia? En los labios del sacerdote ha de estar el depósito de la ciencia (12). Y, en efecto, la Iglesia rigurosamente la exige de cuantos aspiran a ordenarse sacerdotes. Y esto, ¿por qué? Porque el pueblo cristiano espera recibir de los sacerdotes la enseñanza de la divina ley, y porque Dios les destina para propagarla. De su boca se ha de aprender la ley, puesto que él es el ángel del Señor de los ejércitos (13). Por lo cual, en las sagradas Ordenes, el Obispo dice, dirigiéndose a los que van a ser consagrados sacerdotes: Que vuestra doctrina sea remedio espiritual para el pueblo de Dios, y los cooperadores de nuestro orden sean previsores, para que, meditando día y noche acerca de la ley, crean lo que han leído y enseñen lo que han creído (14).
Si no hay sacerdote, al que esto no sea aplicable, ¿qué diremos de los que, añadiendo al sacerdote el nombre y la potestad de predicadores, tiene a su cargo el regir las almas, así por su dignidad como por un pacto contraído? Estos han de ser puestos en algún modo en el rango de los pastores y doctores que Jesucristo dio a los fieles para que no sean como niños fluctuantes ni se dejen llevar doquier por todos los vientos de opiniones y por la malignidad de los hombres..., antes bien viviendo según la verdad y en la caridad, en todo vayan creciendo hacia Cristo, que es nuestra Cabeza (15).

Disposiciones de la IglesiaPor lo cual, el sacrosanto Concilio de Trento, hablando de los pastores de almas, declara que la primera y mayor de sus obligaciones era la de enseñar al pueblo cristiano (16). Dispone, en consecuencia, que por lo menos los domingos y fiestas solemnes den al pueblo instrucción religiosa, y durante los santos tiempos de Adviento y Cuaresma diariamente, o al menos tres veces por semana. Ni esto sólo: porque añade el Concilio que los párrocos están obligados, al menos los domingos y días de fiesta, a enseñar, por sí o por otros, a los niños las verdades de fe y la obediencia que deben a Dios y a sus padres. Asimismo manda que, cuando hayan de administrar algún sacramento, instruyan, acerca de su naturaleza, a los que van a recibirlo, explicándolo en lengua vulgar e inteligible.

La homilía y la catequesis
En su constitución Etsi minime, Nuestro predecesor Benedicto XIV resumió tales prescripciones y las precisó claramente, diciendo: Dos obligaciones impone principalmente el Concilio de Trento a los pastores de almas: una, que todos los días de fiesta hablen al pueblo acerca de las cosas divinas; otra, que enseñen a los niños y a los ignorantes los elementos de la ley divina y de la fe. Con razón dispone este sapientísimo Pontífice el doble ministerio, a saber: la predicación, que habitualmente se llama explicación del Evangelio, y la enseñanza de la doctrina cristiana. Acaso no falten sacerdotes que, deseosos de ahorrarse trabajo, crean que con las homilías satisfacen la obligación de enseñar el Catecismo. Quienquiera que reflexione, descubrirá lo erróneo de esta opinión; porque la predicación del Evangelio está destinada a los que ya poseen los elementos de la fe. Es el pan, que debe darse a los adultos. Más por lo contrario, la enseñanza del Catecismo es aquella leche, que el apóstol San Pedro quería que todos los fieles habían de desear sinceramente, como los niños recién nacidos. -El oficio, pues, del catequista consiste en elegir alguna verdad relativa a la fe y a las costumbres cristianas, y explicarla en todos sus aspectos. Y, como el fin de la enseñanza es la perfección de la vida, el catequista ha de comparar lo que Dios manda obrar y lo que los hombres hacen realmente; después de lo cual, y sacando oportunamente algún ejemplo de la Sagrada Escritura, de la historia de la Iglesia o de las vidas de los Santos, ha de aconsejar a sus oyentes, como si la señalara con el dedo, la norma a que deben ajustar la vida, y terminará exhortando a los presentes a huir de los vicios y a practicar la virtud.

Instrucción popular
No ignoramos, en verdad, que este método de enseñar la doctrina cristiana no es grato a muchos, que lo estiman en poco y acaso impropio para conseguir alabanza popular; pero Nos declaramos que semejante juicio pertenece a los que se dejan llevar de la ligereza más que de la verdad. Ciertamente no reprobamos a los oradores sagrados que, movidos por sincero deseo de gloria divina, se emplean en la defensa de la fe o en hacer el panegírico de los Santos; pero su labor requiere otra preliminar -la de los catequistas- pues, faltando ésta, no hay fundamento, y en vano se fatigan los que edifican la casa.

Humildad y sencillez al enseñar el Catecismo.
Harto frecuente es que floridos discursos, recibidos con el aplauso de numeroso auditorio, sólo sirvan para halagar el oído, no para conmover las almas. En cambio, la enseñanza catequística, aunque sencilla y humilde, merece que se le apliquen estas palabras que dijo Dios por Isaías: Al modo que la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven allá, sino que empapan la tierra y la penetran y la fecundan, a fin de que dé simiente que sembrar y pan para comer, así será de mi palabra salida de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que obrará todo aquello que yo quiero y ejecutará felizmente aquellas cosas a que yo la envié (17).
El mismo juicio ha de formarse de aquellos sacerdotes que, por mejor exponer las verdades de la religión, publican eruditos volúmenes; son dignos, ciertamente, de copiosa alabanza. Mas ¿cuántos son los que consultan obras de esa índole y sacan de ellas el fruto correspondiente a la labor y a los deseos de sus autores? Pero la enseñanza de la doctrina cristiana, bien hecha, jamás deja de aprovechar a los que la escuchan.
Conviene repetir -para inflamar el celo de los ministros del Señor- que ya es crecidísimo, y aumenta cada día más, el número de los que todo lo ignoran en materia de religión, o que sólo tienen un conocimiento tan imperfecto de Dios, de la fe cristiana que, en plena luz de verdad católica, les permite vivir como paganos. ¡Ay! Cuán grande es el número, no diremos de niños, pero de adultos y aun ancianos que ignoran absolutamente los principales misterios de la fe, y que, al oír el nombre de Cristo, responden: ¿Quién es... para que yo crea en él? (18).
-De ahí el que tengan por lícito forjar y mantener odios contra el prójimo, hacer contratos inicuos, explotar negocios infames, hacer préstamos usurarios y cometer otras maldades semejantes. De ahí que, ignorantes de la ley de Cristo -que no sólo prohíbe toda acción torpe, sino el pensamiento voluntario y el deseo de ella muchos que, sea por lo que quiera, casi se abstienen de los placeres vergonzosos, alimentan sus almas, que carecen de principios religiosos, con los pensamientos más perversos, y hacen el número de sus iniquidades mayor que el de los cabellos de su cabeza.
-Y ha de repetirse que estos vicios no se hallan solamente entre la gente pobre del campo y de las clases bajas, sino también, y acaso con más frecuencia, entre gentes de superior categoría, incluso entre los que se envanecen de su saber, y, apoyados en una vana erudición, pretenden burlarse de la religión y blasfemar de todo lo que no conocen (19).

Volver a enseñar el Catecismo
Si es cosa vana esperar cosecha en tierra no sembrada, ¿cómo esperar generaciones adornadas de buenas obras, si oportunamente no fueron instruidas en la doctrina cristiana?
–De donde justamente concluimos que, si la fe languidece en nuestros días hasta parecer casi muerta en una gran mayoría, es que se ha cumplido descuidadamente, o se ha omitido del todo, la obligación de enseñar las verdades contenidas en el Catecismo. Inútil sería decir, como excusa, que la fe es dada gratuitamente y conferida a cada uno en el bautismo. Porque, ciertamente, los bautizados en Jesucristo, fuimos enriquecidos con el hábito de la fe, mas esta divina semilla no llega a crecer... y echar grandes ramas (20), abandonada a sí misma y como por nativa virtud. Tiene el hombre, desde que nace, facultad de entender; mas esta facultad necesita de la palabra materna para convertirse en acto, como suele decirse. También el hombre cristiano, al renacer por el agua y el Espíritu Santo, trae como en germen la fe; pero necesita la enseñanza de la Iglesia para que esa fe pueda nutrirse, crecer y dar fruto. Por eso escribía el Apóstol: La fe proviene del oír, y el oír depende de la predicación de la palabra de Cristo (21). Y para mostrar la necesidad de la enseñanza añadió: ¿Cómo... oirán hablar, si no se les predica? (22).

Cómo se debe enseñar el Catecismo
De lo expuesto hasta aquí puede verse cuál sea la importancia de la instrucción religiosa del pueblo; debemos, pues, hacer todo lo posible para que la enseñanza de la Doctrina sagrada, institución - según frase de Nuestro predecesor Benedicto XIV- la más útil para la gloria de Dios y la salvación de las almas (23), se mantenga siempre floreciente, o, donde se la haya descuidado, se restaure. -Así, pues, Venerables Hermanos, queriendo cumplir esta grave obligación del apostolado supremo y hacer que en todas partes se observen en materia tan importante las mismas normas, en virtud de Nuestra suprema autoridad, establecemos para todas las diócesis las siguientes disposiciones, que mandamos sean observadas y expresamente cumplidas:
I) Todos los párrocos, y en general cuantos ejercen cura de almas, han de instruir, con arreglo al Catecismo, durante una hora entera, todos los domingos y fiestas del año, sin exceptuar ninguno, a todos los niños y niñas en lo que deben creer y hacer para alcanzar la salvación eterna.
II) Los mismos han de preparar a los niños y a las niñas, en épocas fijas del año, y mediante instrucción que ha de durar varios días, para recibir dignamente los sacramentos de la Penitencia y Confirmación.
III) Además, han de preparar con especial cuidado a los jovencitos y jovencitas para que, santamente, se acerquen por primera vez a la Sagrada Mesa, valiéndose para ello de oportunas enseñanzas y exhortaciones, durante todos los días de Cuaresma, y si fuere necesario, durante varios otros después de la Pascua.
IV) En todas y cada una de las parroquias se erigirá canónicamente la asociación, llamada vulgarmente Congregación de la Doctrina Cristiana. Con ella, principalmente donde ocurra ser escaso el número de sacerdotes, los párrocos tendrán colaboradores seglares para la enseñanza del Catecismo, que se ocuparán en este ministerio, así por celo de la gloria de Dios, como por lucrar las santas indulgencias con que los Romanos Pontífices han enriquecido esta asociación.
V) En las grandes poblaciones, principalmente donde haya Facultades mayores, Institutos y Colegios, fúndense escuelas de religión para instruir en las verdades de la fe y en las prácticas de la vida cristiana a la juventud, que frecuente las aulas públicas, en las que no se mencionan las cosas de religión.
VI) Porque, en estos tiempos, la edad madura, no menos que la infancia, necesita la instrucción religiosa, los párrocos y cuantos sacerdotes tengan cura de almas, además de la acostumbrada homilía sobre el Santo Evangelio, que han de hacer todos los días de fiesta en la misa parroquial, escojan la hora más oportuna para que concurran los fieles -exceptuando la destinada a la doctrina de los niños- y den la instrucción catequística a los adultos, con lenguaje sencillo y acomodado a su inteligencia. Para ello se servirán del Catecismo del Concilio de Trento, de tal modo que, en el espacio de cuatro a cinco años, expliquen cuanto se refiere al Símbolo, a los Sacramentos, al Decálogo, a la Oración y a los Mandamientos de la Iglesia.

Obligación estricta y grave de los obispos
Venerables Hermanos, esto mandamos y establecemos en virtud de Nuestra autoridad apostólica. Ahora, obligación vuestra es procurar, cada cual en su propia diócesis, que estas prescripciones se cumplan enteramente y sin tardanza. Velad, pues, y, con la autoridad que os es peculiar, procurad que Nuestros mandatos no caigan en olvido, o -lo que sería igual- se cumplan con negligencia y flojedad. Para evitar esa falta habéis de emplear las recomendaciones más asiduas y apremiantes a los párrocos, para que no expliquen el Catecismo sin la previa preparación, y que no hablen el lenguaje de la sabiduría humana, sino que con sencillez de corazón y con sinceridad delante de Dios (24) sigan el ejemplo de Cristo, pues aunque expusiese cosas que estuvieron ocultas desde la creación del mundo (25), sin embargo, las decía todas al pueblo por medio de parábolas, o ejemplos y sin parábolas no les predicaba (26).
Sabemos que lo mismo hicieron los Apóstoles, enseñados por Jesucristo; y de ellos decía San Gregorio Magno: Pusieron todo cuidado en predicar a los pueblos ignorantes cosas sencillas y accesibles, y no cosas altas y arduas (27). Y en las cosas de religión, una gran parte de los hombres de nuestra edad ha de tenerse por ignorante.

Enseñar el Catecismo exige mucha preparación
Pero no quisiéramos que alguien, en razón de esta misma sencillez que conviene observar, imaginase que la enseñanza catequística no requiere trabajo ni meditación; al contrario, los pide mayores que cualquier otro asunto. Es más fácil hallar un orador que hable con abundancia y brillantez, que un catequista cuya explicación merezca plena alabanza. Por lo tanto, todos han de tener en cuenta que, por grande que sea la facilidad de conceptos y de expresión de que se hallen naturalmente dotados, ninguno hablará de la doctrina cristiana con provecho espiritual de los adultos ni de los niños, si antes no se prepara con estudio y seria meditación. Se engañan los que, confiados en la inexperiencia y rudeza intelectual del pueblo, creen que pueden proceder negligentes en esta materia. Al contrario; cuanto más incultos los oyentes, mayor celo y cuidado se requiere para lograr que las verdades más sublimes, tan elevadas sobre el entendimiento de la generalidad de los hombres, penetren en la inteligencia de los ignorantes; los cuales, no menos que los sabios, necesitan conocerlas para alcanzar la eterna bienaventuranza.
Séanos permitido, Venerables Hermanos, deciros al terminar esta Carta, lo que dijo Moisés: El que sea del Señor, júntese conmigo (28). Observad, os lo rogamos y pedimos, cuán grandes estragos produce en las almas la sola ignorancia de las cosas divinas. Tal vez hayáis establecido, en vuestras diócesis, muchas obras útiles y dignas de alabanza, para el bien de vuestra grey; pero, con preferencia a todas ellas, y con todo el empeño, afán y constancia que os sean posibles, cuidad esmeradamente de que el conocimiento de la Doctrina cristiana penetre por completo en la mente y en el corazón de todos. Comunique cada cual al prójimo -repetimos con el apóstol San Pedro- la gracia según la recibió, como buenos dispensadores de los dones de Dios, los cuales son de muchas maneras (29).
Que, mediando la intercesión de la Inmaculada y Bienaventurada Virgen, vuestro celo y piadosa industria se exciten con la Bendición Apostólica, que amorosamente os concedemos a vosotros, a vuestro clero y al pueblo que os está confiado, y sea testimonio de Nuestro afecto y prenda de los divinos dones.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de abril de 1905, segundo año de Nuestro Pontificado.

PIUS X

Notas
1. Act. 20, 29.
2. Os. 4, 1 ss.
3. Instit. 27, 18.
4. Eph. 5, 3 ss.
5. Ibid. vv. 15 ss.
6. Ps. 4, 7.
7. Rom. 13, 13.
8. Mat. 18, 4.
9. Ier. 3, 15.
10. 1 Cor. 1, 17.
11. Luc. 4, 18.
12. Mal. 2, 7.
13. Ibid.
14. Pontif. Rom.
15. Eph. 4, 14. 15.
16. Sess. 5, c. 2 de refor.; sess. 22, c. 8; sess. 24, c. 4 et 7 de refor.
17. Is. 55, 10. 11.
18. Io. 9, 36.
19. Iudas 10.
20. Marc. 4, 32.
21. Rom. 10, 17.
22. Ibid. v. 14.
23. Const. Etsi minime 13.
24. 2 Cor. 1, 12.
25. Mat. 13, 35.
26. Ibid. v. 34.
27. Moral. 17, 26.
28. Ex. 32, 26.
29. 1 Pet. 4, 10.