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lunes, 2 de mayo de 2011

LA VALIDEZ DE LOS RITOS POST-CONCILIARES CUESTIONADA (II)

Prof. Tomas Tello C.

B) "LA SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS"
, como exponente de la finalidad e INTENCIÓN DEL RITO.
La Forma es la que determina y especifica la Materia, que es lo determinable, por su propia naturaleza, y cuya unidad en su aplicación, debe ofrecer el significado INEQUÍVOCO de la gracia y potestad (en su caso) del Sacramento que se confiere.
Las Formas de los Sacramentos fueron instituidas por Cristo, unas "in specie", y otras "in genere". En cuanto a las primeras, se trata de palabras dictadas por Cristo mismo. Su expresión es taxativa, inequívoca, de contornos bien definidos, que no puede ser alterado por la Iglesia. Ego te baptizo...Hoc est enim Corpus meum.
En cuanto a la Forma del Bautismo se objetó que en el Rito griego, se formula en pasiva. Baptizatur servus talis... Esta objeción la resolvió ya magistralmente, en su aspecto teológico, Sto. Tomás (Cf III, q. 66, a. 5). Pero es que, además, semánticamente, la activa y pasiva, dicen lo mismo, si bien, no del mismo modo; por lo que el sentido no queda substancialmente afectado.
Pero, en cuanto a las Formas instituidas "in genere", Cristo dejó a su Iglesia la facultad de expresarla como mejor le pareciera; asi como cambiarla, adaptarla o matizarla, con tal de que no quede alterada la substancia de la significación del Sacramento.
Por tanto, por la Índole de esta clase de Formas -a las que pertenecen las de los Ritos del Sacramento del Orden- no siempre están expresadas de manera plenamente inequívoca, consideradas en si, fuera del contexto ritual. Normalmente pueden prestarse al equivoco. Ahora bien, la Forma de los Sacramentos deben ser INEQUÍVOCAS, para que puedan producir su efecto sacramental.. (APOST CURAE). Y Pio XII en su Constitución SACRAMENTUM ORDINIS, dice: "La Forma son las palabras que determinan la aplicación de la Materia, por las que UNÍVOCAMENTE se significan los efectos sacramentales".
De ahi, la importancia suma de las diversas partes del rito y ceremonias secundarias para determinar inequívocamente esta clase de formas "in genere" que, en su expresión aislada, se prestan al equivoco. Esta es la razón, por la que todos los autores convergen en destacar la importancia del contexto ritual, en que se inserta la Forma de un Sacramento.

Asi pues, consideran y analizan minuciosamente lo que se ha dado en llamar SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS, o CONTEXTO LITÚRGICO, expresiones ya consagradas; así como la de RITOS EXPLICATIVOS, de que habla Werner, o la FORMA TOTAL, a la que se refiere el Dr. Wendland. El padre Aldama, en nota a pie de página, hace referencia al modo de considerar la Forma (San Agustín), como el complejo de todas las ceremonias que se realizan en la administración de un Sacramento, (p.25)
Esta teoría se ve favorecida, por un lado, por la praxis disciplinar. Siempre se puso el máximo interés en obervar, con absoluta fidelidad, el texto y ceremonias del rito transmitido, para asegurar la validez del Sacramento.
Los Obispos católicos ingleses de la provincia eclesiástica de Westminsterm que redactaron "A VINDICATION OF BULL APOSTOLICAE CURAE" (Defensa de la Bula APOSTOLICAE CURAE), dicen al respecto: "La Iglesia ha conservado las preces y Cerenonias que le fueron transmitidas, esmerándose en no omitir nada; pues, adhiriéndose con exactitud al rito transmitido, podemos estar seguros siempre; en tanto que, si omitimos o cambiamos algo, pudiéramos, tal vez, estar abandonando algo que es esencial." Esa fidelidad al rito se recomendaba en estos versos: "Nil Formae demas / Nil addas, nil variabis, Transmutari cave / corrumpere verba, morari.
Ese respeto a la integridad textual y ceremonial del rito, se dio siempre en todas las religiones. La exactitud en la recitación de la fórmula tradicional (los ritos proceden de una antigüedad inmemorial), rayaba entre los paganos en lo supersticioso, al considerar las palabras rituales como algo mágico. Entre los romanos, la simple equivocación en una palabra obligaba a repetir íntegramente toda la fórmula.
Se debe, no obstante, aclarar que, aunque siempre se instó a observar fielmente, bajo pecado, los ritos (Cf. varios cánones del CIC, así como el severísimo Canon del Tridentino, D. 856), o sea, plena exactitud en las preces, ceremonias y rúbricas, en la Iglesia católica, jamás se llegó a ese grado de exageración supersticiosa.
En relación con lo dicho, son sumamente instrutivas las normas del Misal de San Pío V, al tratar de DEFECTIBUS IN CELEBRATIONE MISSARUM OCCURRENTIBUS. A mayor abundamiento, por declaración de la misma Iglesia, una pronunciación incorrecta, siempre que no se haga adrede, o por burla, sino por ignorancia o un "lapsus linguae", no invalida un Sacramento (sin embarge Sto. Tomás lo aclara así: "si sit tanta corruptio quae omnino auferat sensum locutionis no videtur perfici Sacramentum...). Esa fue la solución que el Papa S. Zacarías dio a una consulta de S. Bonifacio, acerca de la validez del Bautismo de aquel sacerdote, que ignorante de la lengua latina, decía al bautizar: -..in nomine Patria et Filia.. (Cf D. 297). Pero ya es algo muy distinto si una alteración se hace con el propósito de introducir un error o herejía ,"non errorem aut haeresim", palabras textuales de la misma respuesta citada.

b) LA DOCTRINA.-S. Pío V, al hablar del defecto de F. en el lugar citado, dice que si se quita o altera algo (diminueret vel immutaret) que afecte al significado no habría consagración. Pero, añade: "Si se añade algo que no altere el significado, no invalidaría el Sacramento, pero "gravissime quidem peccaret. Es decir la omisión "sciens ac volens", del ENIM" constituiría un pecado gravísimo.
Pío XII, a pesar de definir infaliblemente la Forma del Sacramento del Orden, exige imperiosamente que se conserve, con toda exactitud, el texto y las ceremonias del Rito recibido. Pero el caso más ilustrativo, es la enseñanza de León XIII, en su citada Bula.
León XIII rechaza de plano la primitiva Forma del Ordinal anglicano, ya que las palabras de la misma no significaban con precisión ("minime significant definite ordinem sacerdotii vel eius gratiam et Potestatem"), ni el orden sacerdotal, ni su gracia y potestad...Pero, cuando un siglo más tarde, los anglicanos la modificaron, al percatarse ellos mismos de que era una Forma vacua e inane, el Papa, aun admitiendo su validez en el contexto de un rito católico, la rechaza también, por el motivo del contexto litúrgico en que se insserta;pues, en el contexto litúrgico anglicano se produjo la corrupción semántica del concepto católico del sacerdocio. Aqui, tenemos la base más segura de la teoría de que un contexto litúrgico o la "Significatio ex adiunctis'' puede invalidar un Sacramento, aunque la Forma empleada sea la correcta en la integridad de sus palabras.
¿Qué se entiende por SIGNIFICATIO EX ADIUNCTIS, CONTEXTO LITÚRGICO, etc.? J. Daly la define como "todos aquellos factores y circunstancias que están asociados a la F. sacramental y pueden, por tanto, dar una determinación extrínseca a una Forma intrínsecamente indeterminada." Y el P. Francis Clark: "El significado sacramental de una Ordenación no está necesariamente limitado a una frase o fórmula,sino que puede inferirse claramente de dichas parte del rito. Estas otras partes pueden contribuir individualmente o en su conjunto para determinar el significado sacramental de la fórmula operativa en un sentido inequívoco." En esto puede influir, incluso, la CONNOTACIÓN de la Ceremonia como un todo en el contexto religioso de la época (En THE CATHOLIC CHURCH AD ANGLICAN ORDERS, CTS, 1962, citado por Davies en su obra).
Como se puede inferir de lo dicho, esos factores, no sólo se refieren al contexto literario y ceremonial (factores intrínsecos), sino que abarcan, asimismo, lo que se llama contexto situacional; es decir, circunstancias de su génesis, objetivos propuestos, tiempo, connotaciones, etc. (son los factores extrínsecos).
Unos ejemplos ilustrativos. Si en un taller mecánico, oimos que el oficial pide al ayudante que le traiga el GATO, nosotros captamos, sin lugar a dudas, debido al contexto situacional, de qué GATO se trata. Y lo mismo sucede, si oimos al cocinero pedir al pinche que le lleve el CLAVO, o, en una carpintería, si el maestro le ordena al aprendiz que le pase la LIMA.
Pero, supongamos que, incluso, en ese mismo contexto, se dijera, en el primer caso:"Echa de comer al gato"; o: "cuelga esa bolso de arroz en el Clavo" o: "Comete esa lima, que me han regalado"... No hay duda de que nosotros también captaríamos, exactamente, de qué se trataba, a pesar de su contexto situacional.
Pero se puede dar un grado intermedio, en que una palabra o expresión puede resultar ambigua, sea cual sea el contexto. Es una servidumbre del lenguaje humano. Ya dijo Ortega y Gasset: "No todo decir expresa, sin más, lo que queremos decir. Sería ilusorio pensarlo. El lenguaje no da para tanto."

Ahora bien, esas ambigüedades inevitables, pueden ser fortuitas o fatales, debido a esa servidumbre del lenguaje humano; o bien, plenamente queridas, como estrategia para conseguir fines inconfesables..
Apliquemos esto al tema. Ya se La dicho que las formas de los Sacramentos instituidas "in genere" -y en la mayoria- suelen ser vulnerables, en esto aspecto, esto es, que se prestan a la ambigüedad en su formulación o expresión, aisladamente consideradas. Por otro lado, sabemos que la Forma debe expresar, por una exigencia dogmática, INEQUÍVOCAMENTE el efecto intentado en el Sacramento en cuestión. Pero ese inconveniente de la equivocidad intrinseca, en esas formas, lo obvia el Contexto litúrgico.
De aqui, que aun conservando la Forma todas sus palabras integrantes de la misma, su significación puede estar corrompida y falseada por el contexto litúrgico. Asi pues, para descubrir el contenido semántico y la intención que subyace en estos nuevos ritos, no tienen mejor camino que seguir la pauta trazada por León XIII en la APOSTOLICAE CURAE.
Dicha Bula censura, en el contexto literario y ceremonial (los factores intrinsecos) del Ordinal anglicano, eliminaciones, cambios, reticencias y mutilaciones en las preces y partes del ceremonial teológiamente explicitas: "De ipsis CONSULTO detractum est quidquid in Ritu catholico DIGNITATEM et OFFICIA SACERDOTTII perspicue designat..." Se eliminó DELIBERADAMENTE todo lo que, en el Rito católico designaba nitidamente la dignidad y las funciones del Sacerdocio. Por lo que saca la conclusión. "Non igitur esse Formam aptam... No puede ser Forma adecuada y suficiente para la confección de un Sacramento aquella que silencia lo que debería significar como lo propio de dicho Sacramento". Bien; esto es, precisamente lo que acontece en el nuevo rito postconciliar.
En esto coinciden todos los autores, comenzando por Davies, cuyo objetivo, como se sabe, fue defender la validez del nuevo rito. Davies reconoce paladinamente esos mismos vicios. "El Rito tradicional -dice- ha sido remodelado de la manera más drástrica y siguiendo el ejemplo de Cranmer, esto se logró, principalmente, por la sustracción de oraciones y ceremonias, que se usaban anteriormente, en que se concretaba de modo explícito y claro le potestad sacerdotal..."
En efecto, el nuevo rito elimina las referencias claras al Sacrificio de la Misa, que se dan en el tradicional de modo inequívoco.El Sacerdocio y el Sacrificio están estrechamente vinculados. Es la función primaria y esencial del sacerdote, ser Sacrificador. Y el Sacerdocio viene definido por el Sacrificio.. Asi lo afirma la doctrina católica. (Ep. ad Haebreos, Tridentino.., D. 957 ). ítem, en la Encíclica de Pío XI "AD CATHOLICI SACERDOTII": "La potestad esencial del Sacerdote consiste en su potestad de CONSAGRAR, OFRECER Y ADMINISTRAR EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, y como potestades secundarias y sobreañadidas , señala la de perdonar los pecados y la de predicar la palabra de Dios... "ACCIPE POTESTATEM OFFERRE SACRIFICIUM DEO.
Como la Forma, aisladamente considerada, se puede prestar al equivoco, al significar el Sacerdocio genéricamente, DIGNITATEM SACERDOTII... et SECUNDI MERITI MUNUS, dicha potestad católicamente especifica, esta se concreta en otras partes del rito: "SACERDOTEM ETENIM OPORTET OFFERRE, bencidere, praesse, praedicare et baptizare" "Al Sacerdote le compete la potestad de ofrecer, etc. "Quatenus mortis Domincae mysterium celebrantes... Et in obsequium plebis tuae, PANEM ET VINUM IN CORPUS ET SANGUIEN FILII TUI immaculata benedictione TRANSFORMENT." ...Para transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo..."
MISSAMQUE CELEBRARE TAM PRO VIVÍS QUAM PRO DEFUNCTIS... "Recibe la potestad de ofrecer a Dios el Sacrificio y de celebrar la Misa, tanto por los vivos como por los difuntos." "Et Oferre PLACABILES HOSTIAS PRO PECCATIS ATQUE OFFENSIONIBUS POPULI OMNIPOTENTI DEO"..."Y ofrezcáis al Dios Omnipotente Oblaciones propiciatorias por los pecados y ofensas del pueblo."
Todas estas expresiones claras e inequívocas de la potestad esencial y función primaria del sacerdocio, de celebrar el Sacrificio propiciatorio de la Misa por vivos y difuntos, ha desaparecido del nuevo rito, lo mismo que desaprecieron del Rito anglicano. Veamos un ejemplo
En la Ceremonia de la entrega a los ordenados del cáliz con vino y agua y de la patena con una hostia, en el antiguo Rito se dice: "Recibe la potestad de ofrecer el sacrificio a Dios y de celebrar misas, tanto por los vivos, como los difuntos en el nombre del Señor."
En el nuevo rito, ciertamente, se conserva esta ceremonia; pero veamos la fórmula de la entrega: "Recibe la OFRENDA del pueblo santo para pasar ofrecerla a Dios. ("ACCIPE OBLIATIONEM PLEBIS SANCTAE DEO OFFERENDAM"). En la traducción española se amplia el error; en lugar de traducir OFFERENDAM, por ofrecer, traduce por PRESENTAR.
Como se puede observar, nada, en absoluto, (y mucho menos en vernáculo) indica aqui el Sacrificio propiciatorio -en cuya oblación consiste la esencia del Sacerdocio católico- y ninguna ocasión más propicia que esta de la entrega del cáliz y de la patena con una hostia, para una referencia inequívoca al Santo Sacrificio propiciatorio, renovación incruenta del Sacrificio del Calvario, y no simple conmemoración como pretenden los protestantes.
Luego, del contexto literario y ceremonial, o sea del factor intrínseco, se debe concluir, por analogia, en la nulidad de la Ordenación. Pasemos, ahora, a la consideración y ponderación de las circunstancias o factores extrínsecos, para descubrir la intención subyacente en el mismo.
Como todos saben, la intención debida, junto con la Materia y la Forma, es un requisito "sine que non", para la validez de un Sacramento. Pero de la intención, como algo interior que es, no puede juzgar la Iglesia; pero si puede y debe, según subraya León XIII; juzgar de la misma, cuando por indicios externos, se pone de manifiesto. Asi lo enseño Sto. Tomás (III, q. 64, a.g).
Por eso, añade el mismo Papa, cuando un Ministro-aunque sea hereje o cismático-confecciona o administra de manera seria y de acuerdo con el Rito-SERIO AC RITE-por ese solo hecho, se juzga que tuvo intención de hacer lo que hace la Iglesia. En cambio, si en el Rito se introducen alteraciones con el manifiesto designio de establecer otro rito distinto, no recibido por la Iglesia, con el fin de rechazar lo que ella hace, entonces, se patentiza, no sólo que falta la debido intención, sino incluso una contraria que repugna al Sacramento
Con el fin de detectar la intención subyacente en el rito alterado, León XIII aconseja examinar los factores extrínsecos circunstancias, que puedieran falsear la intencion de la Iglesia. "Ad rectam -dice- plenamque . . . aestimationem..." Esto es: "Para una justa y plena valoración... además de las observaciones precedente (es decir las que se refieren a los facto asimismo, en cuenta, las circunstan secos). El Papa ofrece una lista abierta, porque: "Longum est -dice- singula persequi, neque est necessarium" seria prolijo y, por otra parte, innecesario, registrar detalladamente todas las circunstancias."

Examinemos algunas de estas circunstancias y apliquémosla a los nuevos ritos del Orden.
1) León XIII, se refiere, en primer lugar, a los autores y su actitud respecto de la iglesia..."cuius animi essent in catholicam Ecclesiam Auctores Ordinalis . . . "
Para enterarse de la calaña de los autores y fautores de los nuevos ritos, nada mejor que comenzar por la obra básica, "EL MOVIMIENTO LITÚRGICO" del P. Bonneterre. El director de orquesta fue el presunto masón A. BUGNINI. Los precursores, que preconizaban el cambio, desde hacia más de medio siglo, eran los Masones y Modernistas. Estos tenían muy clara su propia concepción de los Sacramentos, según se pone de manifiesto en las 13 proposiciones condenadas por S. Pío X, en el Decreto LAMENTABILI. Entre dicho precursores, destacó Dom L. BEAUDUIN, simiente de Satanás y una infinidad de neoliturgos, cuyos errores fueron condenados por Pío XII en la MEDÍATOR DEI.
Las fuerzas progresistas dominaron, desde los primeros días, en las decisiones del Concilio V. II. Esto no lo digo yo, sino el testigo cualificadoMons LEFEBVRE, que continúa: "Es así como las Comisiones fueron formadas por dos TERCERAS PARTES de miembros que eran progresistas." (Cf. F. N. , na 122, 1C-5-69).

2) Sus OBJETIVOS.-"Quo demum consilia sua referrent." ¿Cuáles podrían ser?-pregunto yo. ¿Qué intención podían poner Bugnini y sus colaboradores en su obra? Pues, pusieron la que tenían que poner, ni más, ni menos. Esos señores no podían poner una intención ortodoxa, aunque quisiera-que no podían querer-por estar instalados en el error que los inhabilitaba intrínsecamente para ello. Sólo un milagro de Dios, como el que obró con Balaam y su burra, podría haber encauzado su perversa intención. Pero, esos milagros, normalmente, no se deben esperar, ni se deben pedir a Dios. Sería tentarlo. OPERARI SEQUITUR ESSE.
Además, no hace falta un proceso de intención ni echar mano de conjeturas. Los principios revolucionarios están paladinamente proclamados. Vayamos al origen. En la Const. conciliar sobre la Liturgia, se comfirma proclamando solemnemente, el principio y fin fundamental con estas palabras: "Sacrosanctum Concilium cura sibi proponat..." ¿Qué es lo que se propone? ¿Cuáles son sus objetivos?. Oigamos. 1) Acrecentar, de día en día, entre los fieles, la vida cristiana. 2) Adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio. 3) Promover todo aquello que puede-contribuir a la UNION de todos cuantos creen en Cristo. 4) Fortalecer lo que sirve para invitar a tolos los hombres al seno de la Iglesia .
He aquí, el principio de los principios, el LEITMOTIV, que lo explica todo, amasado con una de cal católica y tres de arena heterodoxa modernista, de acuerdo con su táctica, como nos lo recuerda S. Pío X, en su Encíclica PASCENDI.

Cedo el comentario a una pluma más autorizada que la mía ¿ Cuáles son los elementos subersivos? Léase bien, a) Objetivo 2) "Adaptar las instituciones sujetas a cambio". Dichas instituciones no se precisan. Esta es la puerta abierta a una algarabía universal, y esto fue lo que se nos ofreció, b) Obj . 3) Favorecer, etc. Este es un principio, ecuménico, en si mismo, inmoral. Ese TODO ampara, de antemano, todos los abandonos. Y c) 4) "Fortalecer... Este es un principio de sesgo misionero; pero, sólo en apariencia; pues, no se trata de conversión, sino hablando propiamente de , una apertura al mundo... Aplicado a la Liturgia, este principio entraña la adopción progresiva de un estilo profano... (Cf. Mysterium Fidei, n2 4Í , 4 Trim. 1979).
En ese sentido de estos principio corrosivos se trabajó y asi lo confesaron los progresistas. Consideraban el esquema de la Constitución Litúrgica una Ley Marco, donde tendrían entrada, por una evolución coherente, todas las aberraciones de la Revolución. Por eso, Mons DWYER, arzb. de Birmingham, orador «..siduo de los Symposiums europeos, pudo decir en 1967: "La reforma litúrgica es, en sentido muy profundo, LA CLAVE DEL AGGIORNAMENTO. No se equivoquen en esto; es ahi donde comienza la REVOLUCIÓN." Palabras pronunciadas en Roma, con motivo del primer Sinodo de obispos . (Cf. ¿QUE PASA? Na 313, 27-12-69, que las toma del Diario LA CROIX del 25-X-67).
¿Qué más queremos? A confesión de parte, sobran pruebas. La intención, pues, subyacente en los ritos postconciliares es perversa, no es católica.
Debemos tener presente, por otra parte, que este guirigay y torrentes de tinta, discutiendo si son galgos o podencos, sólo se da entre los tradicionalistas. Los progresistas están bien seguros de que sus intenciones están bien plasmadas, siquiera sea implícitamente. Asimismo, los protestantes, con penetrante intuición, que pudiéramos llamar querúbica, captan perfectamente la univocidad a su favor de toda la reforma litúrgica. Asi pudo declarar el Consisterio Superior de la Iglesia confesional de Alsacia y Lorena: "Nos interesan la utilización de las nuevas preces eucaristías, en las cuales nos encontramos y que tienen la ventaja de matizar La teología del sacrificio que teníamos costumbre de atribuir al Catolicismo.Y en lo que se refiere a los ritos sacramentales, en general, el profesor KNUTSON, portavoz de los Luteranos, constató el vivo interés entre los protestantes por la renovación litúrgica", subrayando que "el pensamiento teológico de la Iglesia católica, en ciertos dominios, como en el de los Sacramentos, ha progresado considerablemente. Esta evolución muestra que el pensamiento luterano y católico se aproximan y nos acercan unos a otros". (Cf. Myst. Fidei, n2 49, Marz 1980). Basta con estas muestras.

domingo, 1 de mayo de 2011

De la vida y muerte de Bonifacio Ferrer y de algunas hermanas que tuvo san Vicente Ferrer.


Entre tanto que nuestro bendito Padre iba por Bretaña entendiendo en estos santos ejercicios, vino a morir de su enfermedad en el monasterio de Val de Cristo, acá en nuestro reino, el venerable religioso Bonifacio Ferrer, su hermano, en este año de 1417, por el mes de abril. Y por ser cosa que tanto toca a nuestro Santo, escribiremos aquí brevemente su vida, junto con otras particularidades, que no dejarán de dar gusto a los lectores. Fue Bonifacio natural de esta ciudad y doctor en Derechos, y señor de Alfara, lugar vecino a Moneada. Tuvo en su mujer dos hijos y muchas hijas, las cuales murieron vírgenes. Fue Jurado de Valencia el año de 1388. Pero enviudando, procuró de irse retrayendo poco a poco de las cosas de este siglo. Y para servir mejor a Dios, tomó (de consejo de su hermano) el hábito de los Cartujos en el monasterio de Porta Coeli, en el año de 1396. Y en el mismo año hizo profesión, siendo ya de cincuenta años, poco más o menos. Pocos días antes de tomar el hábito vendió por más de tres mil libras valencianas a Bartolomé Cruelles 0 el lugar de Aliara. Y con ser este dinero harto y tener él mucha otra hacienda, que pudiera dejar a sus hijos, pone San Vicente estas palabras en el sermón primero de la dominica trece después de la fiesta de la Trinidad: No se maten ni infiernen sus almas los padres por dejar a sus hijos muy ricos. Y noten lo que hizo el Don, o el señor de la Cartuja, el cual solamente dejó cien florines a sus hijos cuando se retiró del siglo. Asentósele tan bien a Bonifacio el hábito y (lo que más hace al caso) las costumbres de la religión, que dentro de cuatro años fue hecho prior de su casa y monasterio, renunciando otro padre aquel oficio porque le tomase él; atento que en otro oficio de menos importancia que poco antes le habían encomendado, dio grandes muestras de valer mucho para el gobierno y prelatura, cosa que raras veces se halla en hombres contemplativos, los cuales de tener muy puestos los ojos de su ánima en las divinas perfecciones, que sobrepujan en resplandor a los rayos del sol, vienen a deslumbrarse harto en lo tocante a los intereses temporales de los monasterios; siendo verdad que todo es menester a sus tiempos. Por razón del priorato hubo de ir a la Gran Cartuja, que está en los confines del Delfinado y Saboya, en el obispado de Grenoble. Cuando volvía de allá, pasó por Aviñón y detúvole allí Benedicto treceno, de quien asaz se ha hecho mención.
Quiso valerse Benedicto de su consejo en los grandes trabajos que entonces padecía, y envióle por su embajador al rey de Francia, Carlos VI; con lo cual se volvieron a poner en buenos términos los negocios del Benedicto, que ya comenzaban a ir de caída en Francia. Tras esto llegó al punto de la muerte el general de los Cartujos que entonces era. Y preguntándole los monjes a quién podrían elegir en su lugar, les aconsejó que diesen sus votos a Bonifacio, y así lo hicieron con grande paz y uniformidad, en el año de 1402, aprobándolo todo Benedicto, aunque Bonifacio lo rehusó todo lo posible, pero, en fin, hubo de obedecer. Con esta dignidad, que no poco le autorizaba, se sirvió Benedicto de él en negocios importantísimos. Hizo que asistiese en un concilio que se celebró en Perpiñán, al cual concurrieron muchos prelados, que tenían la voz de Benedicto. Después le envió con una solemne embajada a Pisa, donde pasó el padre Bonifacio grandes trabajos, que cierto es lástima vérselos a él mesmo contar en el libro que compuso contra la congregación pisana. Renunció el generalato para más quietud suya, como se puede ver en el sobredicho libro, mas (según parece) Benedicto le mandó retener su mesmo lugar y autoridad porque así cumplía. En una como squisma de la orden de los caballeros de Montesa fue juez por parte del Pontífice, e hizo su oficio con todo rigor. Por su respecto se celebraron algunos capítulos generales de los Cartujos en Valí de Cristo, junto a la ciudad de Segorbe. Y en el negocio de la elección del rey de Aragón fue uno de los jueces por parte de Valencia, y en el voto acostóse al parecer de su hermano muy amado fray Vicente, de cuya mano se halla en Porta Coeli una carta para el Bonifacio, donde apunta no sé que cosas bien importantes, pero por estar ya medio rasgada no se puede sacar bien en limpio su sentencia, y por eso no la pongo aquí, como he hecho de otras. En fin, murió en el tiempo ya dicho, dejando de si muy buena fama y renombre. Escribió Bonifacio algunas obras con las cuales perpetuó su memoria. De una de ellas hicimos ya mención arriba, y las demás refiere el abad Tritemio en el libro de los Eclesiásticos Escritores.
De otro hermano de San Vicente, el cual se llamó Pedro Ferrer, y fue (según consta por algunos autos que yo he visto) mercader, no tengo más que decir de lo que arriba dije. Sin estos hermanos, tuvo nuestro Santo algunas hermanas, que se ofrecieron al servicio de Nuestro Señor, porque, según se puede ver en el proceso, de ellas hubo quien se vistiese del hábito de la tercera regla de San Francisco y quien se preciase de seguir la vida y abstinencia y ayunos de la orden de Santo Domingo. Y de la muerte de una de éstas ya dijimos arriba lo que convenia. Sin esto se averigua en el proceso que muñéndose una de ellas llamada Inés Ferrer, en la calle de la Xerca, que no está muy lejos de Predicadores B, y hallándose a su muerte cuatro religiosos de este convento, estuvo tres días sin hablar pasando grandísimo trabajo con la agonía de la muerte; y esperando todos los presentes su muerte por momentos, a deshora ella volvió en su sentido, y dijo que le había aparecido su hermano fray Vicente y le había dicho que luego expiraría. Y así rogó que sacasen de un escritorio una túnica de estameña que el glorioso santo en su vida había llevado a raíz de la carne y se la pusiesen encima. Tras esto pidió un cirio encendido, y rezando el credo dio su espíritu en las manos de Dios. Murió esta dichosa señora en el año de 1434, poco más o menos, según se colige de la deposición de un canónigo regular que se halló presente a todo y lo atestigua en el proceso de la canonización.
De otra hermana de este Santo llamada Francisca Ferrer, hallamos en memorias antiguas que, cantando él misa en el altar mayor de Predicadores se le apareció ella, puesta en grandes tormentos del purgatorio, y le rogó que se apiadase de ella, que estaba obligada a padecer aquella pena por muy muchos años; mas como él hubiese ofrecido por ella muchos días el venerable y aceptable sacrificio del Altar, al cabo se le apareció otra vez, muy resplandeciente y gozosa, haciéndole muchas gracias por las misas que por ella habia dicho, y afirmando que se iba ya a gozar de la vista de Dios, en la cual consiste la bienaventuranza, según lo coligen del Evangelio los dos padres de muchas y muy firmes y bien fundadas verdades, San Agustín y Santo Tomás.
Por ocasión de la muerte de Bonifacio Ferrer he querido poner aquí las vidas y muertes de sus hermanas, anticipando en algo la narración y recogiendo algo de lo que se nos quedaba rezagado, porque todo lo hallase el lector junto en un lugar. De lo cual, y de lo que arriba se dijo del padre y de la madre de San Vicente queda claro, que toda aquella casa no fue sino un colegio y seminario de predestinados. Ahora volvamos al hilo de nuestra historia, tomándole de donde le dejamos, que es de la predicación de San Vicente en Vannes.

viernes, 29 de abril de 2011

FENÓMENOS CORPORALES.III. - INCOMBUSTIBILIDAD

III. - INCOMBUSTIBILIDAD
Hemos citado en el capítulo precedente la incombustibilidad del dedo de San Celso. En 1924, en oportunidad del Congreso Eucarístico de Amsterdam, se recordó el célebre milagro acaecido en esa ciudad en 1345: una hostia, devuelta por un enfermo y echada en el fuego, quedó intacta en medio de las llamas: fue retirada con la mano por una sirvienta que no sufrió ninguna quemadura. El Consejo de los regidores procedió a una investigación severa y, el año siguiente, Jan van Arkel, obispo de Utrecht, después de un examen serio de los hechos, declaró que debía considerarse a Dios como autor de los prodigios comprobados.
La historia religiosa menciona numerosos hechos de esta naturaleza. Nos limitaremos naturalmente a los que conciernen al cuerpo humano y tomaremos como guía a Olivier Leroy, cuyo opúsculo plantea perfectamente el problema biológico y filosófico.

Incombustibilidad en Santos
El ejemplo clásico es el de los tres jóvenes hebreos Ananías, Misael y Azarías, que Nabucodonosor hizo echar en un horno, "siete veces más ardiente que de costumbre", por haberse rehusado a inclinarse ante una estatua de oro erigida por orden del rey.
En seguida los tres hombres fueron atados y echados en medio de las llamas del horno, con sus medias, sus tiaras, sus zapatos y sus vestidos.
Pues el mandato del rey era poderoso. Y como el horno estaba calentado extraordinariamente, las llamas del fuego hicieron morir a los hombres que habían echado en él a Ananías, Misael y Azarías.
Entretanto esos tres hombres, Ananías, Misael y Azarías cayeron atados entre las llamas, alabando a Dios y bendiciendo al Señor...
Y el ángel del Señor descendió hacia Azarías y sus compañeros en el horno y apartó las llamas
Y formó en el medio del horno un viento fresco y un dulce rocío y el fuego no los tocó en ninguna forma, ni les molestó en nada ni les hizo sufrir algún dolor...
Entonces el rey Nabucodonosor quedó asombrado, se levantó de repente y dijo a los grandes de su corte: "¿No hemos echado tres hombres en el fuego?" Ellos respondieron al rey: "Sí, señor".
Y Nabucodonosor les dijo: "Sin embargo yo veo a cuatro que caminan sin ataduras en medio del fuego y que son incorruptibles entre las llamas y el cuarto de ellos se parece al hijo de Dios".
Entonces Nabucodonosor, acercándose a la puerta del horno ardiente, dijo: "Ananías, Misael y Azarías, servidores del Altísimo, salid y venid". Y en seguida Ananías, Misael y Azarías salieron del fuego.
Y los sápatras, los primeros oficiales, los jueces y los grandes de la corte del rey observaron atentamente a esos jóvenes y vieron que el fuego no había tenido acción alguna sobre sus cuerpos, que ni un solo cabello de su cabeza se había quemado, que no se veía rastro de las llamas en sus vestiduras y que ni el mismo olor del fuego los había alcanzado". (Daniel, III, 21-94).
Las Acta sanctorum describen más de cincuenta casos de incombustibilidad en mártires y más de una decena en otros santos. Tertuliano nos habla del apóstol San Juan caído completamente (demersus, sumergido) en aceite hirviendo y milagrosamente preservado. O. Leroy refiere como rodeada de garantías especiales de autenticidad (las declaraciones de los testigos oculares han llegado hasta nosotros en las causas oficiales), la incombustibilidad de Juan Buono, fundador de la ermita de San Agustín, que falleciera en 1245.
Un día, Juan Buono, sentado cerca del fuego con algunos Hermanos, comenzó a exhortarles a la perseverancia religiosa. Si tenían confianza en Dios, les aseguraba, su protección no les faltaría ni en las cosas materiales ni en las espirituales. Dios está siempre dispuesto a hacer milagros por sus amigos... Y para probarlo, Juan se levantó y, caminando sobre las brasas del hogar, las removió como se hace con el agua cuando se lavan las manos. Quedó haciéndolo aproximadamente durante el tiempo necesario para rezar la mitad del salmo Miserere mei Deus... El hermano Salveti examinó los pies, las piernas y la orla inferior de la túnica, pero no halló rastro alguno del fuego".
Santa Catalina de Sena, durante un éxtasis, cayó en un gran fuego encendido y fué hallada, por su cuñada, en medio de las brasas y las llamas, sin daños ni en el cuerpo ni en los vestidos.
El proceso de canonización de San Francisco de Paula registró también las declaraciones de testigos oculares de hechos de incombustibilidad: reparación de un horno de cal viva, manejo de hierros candentes y de brasas ardiendo.
¿No es oportuno relacionar estos hechos con milagros de detención de un incendio, como el que presenció Turena y que narra el general Weygand? Este dice: "Pascal fué profundamente sorprendido en 1656, cuando su sobrinita fué sanada por un milagro de la Santa Espina. Turena lo fué también por el que se produjo en el Louvre durante el incendio que estalló allí poco antes de la muerte de Mazarino; las llamas fueron detenidas por el Santísimo Sacramento llevado por un sacerdote: "Yo lo he visto, decía Turena; no puedo dudar: yo lo he visto".

Incombustibilidad judicial (ordalías)
La prueba del fuego es una costumbre de origen bárbaro, que parece remontarse a la más lejana antigüedad. Muchos Santos se sometieron a ella para justificarse de una acusación, como San Juan Limosnero y San Brice, hechos que la vinculan con la incombustibilidad de los Santos. Un ejemplo célebre es la ordalía sufrida por Ema, hija de Ricardo II, duque de Normandía, y madre de San Eduardo.
"Ema, merced a algunos señores ingleses, tenía demasiada influencia política. El apoyo que hallaba en el obispo de Winchester, hizo que se le atribuyera a ese prelado como amante. Roberto, arzobispo de Canterbury, sugirió que la reina debía purgarse de esa acusación por la prueba del fuego. Y así se decidió. Ema daría nueve pasos con los pies desnudos, sobre nueve rejas de arado enrojecidas en el fuego. Ella ofreció de dar cinco pasos más, por cuenta del obispo, su presunto cómplice.
La reina se preparó a la prueba, pasando la noche en oración sobre la tumba de San Swithin; luego la ordalía tuvo lugar en la iglesia que lleva su nombre. Ema apareció vestida como una mujer común. Llevaba una pequeña túnica que le llegaba a las rodillas. Sus piernas y sus pies estaban desnudos. Dos obispos la conducían. Ella avanzó sobre las rejas candentes en presencia de Eduardo y de los dignatarios del reino. Ella caminaba —dicen las crónicas— con los ojos fijos en el cielo. Pasó sobre las rejas y al llegar al vestíbulo de la iglesia, preguntó si llegaría pronto al lugar peligroso. No había sentido nada. Eduardo, asombrado, quiso ser castigado por haber sospechado de su madre; se hizo fustigar públicamente".
Los accidentes que se produjeron, obligaron a abandonar poco a poco esa prueba en nuestros países. Pero su larga persistencia, a pesar de los accidentes, es la prueba de que —como lo observa Leroy— hubo casos positivos. Por otra parte hay el testimonio de ejemplos modernos.
El padre Bouchet, misionero en Pondichery al comienzo del siglo XVIII, narra que muchos de sus fieles se sometieron a la prueba del aceite hirviendo y retiraron la mano sana. Uno de sus cristianos, celoso en grado extremo, llenó un recipiente de aceite.
Lo hizo hervir —escribe el padre Bouchet—, luego ordenó a su mujer de meter la mano en el aceite; ella obedeció en el acto, diciendo que no la retiraría hasta que él no se lo ordenara. La firmeza de esa mujer asombró al marido; quedó un momento sin decir nada, pero viendo que no daba señales de dolor y que su mano no se había quemado en absoluto, se echó a sus pies y le pidió perdón. Cuatro o cinco días después vino a verme con su mujer y me contó todo entre lágrimas. Yo interrogué a la mujer, que me aseguró que no había sentido otra cosa que como si su mano se hallara en el agua tibia... Se podrá creer lo que se quiera; pero yo que he visto hasta dónde llegaban los celos locos de ese hombre, y la convicción que después tenía de la virtud de su esposa, no puedo dudar de la verdad del hecho"

Incombustibilidad religiosa no cristiana
La antigüedad nos ha transmitido el recuerdo de los Hirpes, a quienes alude Virgilio, y que, todos los años, hacían un sacrificio a Apolo sobre el monte Soracte y pasaban tres veces sobre brasas ardientes. En Castabala, en la baja Sicilia, las sacerdotisas de Diana Perasia caminaban sobre el fuego sin quemarse. El "Firewalk" que se practica aún en la Polinesia, es muy conocido por las descripciones de ingleses o de misioneros franceses residentes en el Pacífico y que han sido testigos oculares. Los indígenas cavan una fosa de unos tres metros de diámetro. Ponen en el fondo un lecho de piedras y luego encienden un fuego intenso. El oficiante principal —parece— tiene el privilegio de la incombustibilidad, el "mana", y puede comunicarlo a quien quiere: él mismo pasa sobre las piedras quemantes, seguido de los que le acompañan en el rito.
El coronel Gudgeon, de Rarotonga, pasó también sobre esas piedras calientes, el 20 de enero de 1898. Afirmó que no sintió ninguna sensación de calor, sino una picazón muy parecida a pequeñas conmociones o sacudidas eléctricas, que duró todavía algunas horas después de la experiencia. Sin embargo, el horno era muy caliente. Media hora después de su paso, unas hojas de ti, verdes, echadas sobre las piedras, se secaron y ardieron en llamas.
Ceremonias análogas tienen lugar en la India, pero en lugar de piedras calientes es un lecho de brasas inflamadas que sirve como camino de fuego. El 21 de agosto de 1899, en Peralur, un joven cayó sobre el brasero sin sufrir daño. Entre los que caminaron sobre los carbones encendidos, se hallaba un hindú europeizado: Rajagopal Moodelliar, de Madras, profesor en el colegio de Pachaiyappa. Cabe notar que en ciertas regiones, hay una alteración del rito: los fieles toman precauciones y patalean en el lodo antes de pasar por el brasero; esto reduce singularmente el valor de la prueba, pero confirma la de los casos desprovistos de esa precaución.

Incombustibilidades diversas
Hay entre ellas la incombustibilidad de la convulsionaria María Sonnet, que el 12 de mayo de 1731, envuelta en una sábana y en convulsión permaneció durante treinta y seis minutos (en cuatro veces) entre las llamas de un fuego muy vivo, y una quinta vez nueve minutos, en presencia de once testigos, entre ellos un sacerdote, doctor en teología, un canónigo, Carré de Monegeron, consejero del Parlamento, etc.
El Journal des Savants publicó en 1677 un artículo pormenorizado sobre un prestidigitador inglés, Richarson, que "comía fuego". En 1781, un médium, Home, realizó en presencia de William Crookes curiosas experiencias: transporte de un carbón en un pañuelo, encender un carbón mantenido en la mano, mediante el soplo; depósito de un carbón ardiendo, capaz de quemar un papel sobre el cual fué colocado, sobre la mano de una asistente, que no sintió dolor alguno; cara entre las llamas, etc.
En 1921, monseñor Despatures, párroco y luego obispo de Mysore fué invitado por el rey a una experiencia con fuego.
"La experiencia —escribió a O. Leroy— debía realizarse en el Palacio de Verano; yo fui hacia las seis de la tarde. Se habia abierto en el parque una trinchera de cerca de un pie de profundidad, larga más o menos cuatro metros, ancha dos. Se había llenado esa fosa de carbón de madera rojo por un espesor de aproximadamente nueve pulgadas (25 centímetros).
Cuando llegué fui directamente al horno citado y lo examiné con mucha atención. No quería ser víctima de un timo. Di la vuelta con cuidado alrededor de la trinchera y me pude asegurar que se trataba de fuego real. Acercándose un poco, se sentían oleadas de calor espantosas. Cerca del horno se hallaba un mahometano de la India septentrional. Era el héroe de la velada...
Tomamos asiento a unos 25 metros del brasero. El Turco vino a prosternarse delante del rey, según la costumbre hindú y se fué hasta la trinchera ardiente. Creía que ese hombre penetraría él mismo en el fuego. Estaba equivocado. Se quedó a un metro del brasero e invitó a un empleado del palacio a caminar sobre las brasas. Le hizo una señal para que se adelantara y le espetó un discurso en el cual pareció poner toda su facultad de persuasión. El otro no se movió. Entretanto el Turco se le había acercado y tomándole por los hombros, lo empujó entre el fuego. En el primer momento el Hindú trató de salir del fuego; luego, de pronto, la expresión de terror pintada en el rostro, dejó lugar a una sonrisa asombrada y el hombre comenzó a atravesar la trinchera en el sentido de su longitud, lentamente, como quien pasea, y lanzando a derecha e izquierda miradas satisfechas.
El hombre tenía los pies y las piernas desnudas; cuando salió del brasero, sus compañeros lo rodearon y le pidieron sus impresiones. Las explicaciones del Hindú fueron convincentes, porque uno, dos, cinco y después diez sirvientes del palacio atravesaron entonces el horno. Luego les tocó el turno a los músicos del rey, entre los cuales había numerosos cristianos. Desfilaron de tres en tres por el fuego. En ese momento trajeron algunas carretillas de grandes hojas de palmera desecadas y las echaron sobre las brasas, de donde se elevaron llamas más altas que un hombre. El Turco persuadió nuevamente a muchos empleados de palacio para que atravesaran las llamas, lo que hicieron sin daño alguno. A su turno volvieron a pasar los músicos. Llevaban sus instrumentos y sobre ellos sus copias de la música en papeles. Y yo vi que las llamas lamían sus caras, rodeaban las distintas partes de los instrumentos y envolvían las hojas de papel sin inflamarse.
Calculo que doscientas personas caminaron sobre las brasas y un centenar pasaron entre las llamas. A mi lado se hallaban dos ingleses: el jefe de policía del reino (un católico) y un ingeniero. Solicitaron ambos del rey la autorización para intentar la experiencia; el rey les dijo que podían hacerlo bajo su responsabilidad personal. Se dirigieron al Turco, quien les hizo seña de pasar por el brasero. Cuando volvieron a mi lado, les pedí sus impresiones. "Sentimos que estábamos en un horno, contestaron, pero el fuego no nos hizo nada". Cuando el rey se levantó para indicar que la sesión había terminado, el Turco, siempre a un costado del brasero, se revolcaba en el suelo, como atormentado por dolores atroces. Pedía agua. Unos sirvientes se la llevaron y él bebió con avidez. Un brahmín a mi lado hizo esta observación: "Él ha tomado sobre sí las quemaduras del fuego".
Quince días después, el Turco ofreció una nueva sesión en un suburbio de la ciudad. Muchas personas pasaron sobre las brasas sin quemarse. Al final, aunque el Turco hubiera dado la señal para que nadie pasara más, tres personas siguieron el movimiento. Quedaron gravemente quemadas. Se las trasladó al hospital de la gobernación y el Turco fué citado por la justicia como responsable del accidente. Él se disculpó haciendo notar que nadie de los que habían pasado con su permiso, habían sufrido quemaduras y que esas personas habían penetrado en el brasero a pesar de sus advertencias.
Yo asistí a la experiencia en palacio, pero refiero los últimos hechos de oído.
¿A qué se pueden atribuir esos efectos? No creo que se le pueda asignar una causa material. Por lo demás, nada se empleó para ese fin. Yo creo en la influencia de una entidad superior que no es Dios..."
El relato de monseñor Despatures fué confirmado a O. Leroy por cuatro testigos: Rhimboo Cletty, secretario del rey, H. Lingaray Urs, A. B. Mackintosh, profesor y J. C. Rollo, principal del colegio de Musore. H. Lingaray Urs y J. C. Rollo atravesaron el fuego con su calzado puesto: ninguno de los dos sintió ninguna sensación de quemadura ni rastro alguno de fuego.

Apreciación de los hechos
Es conveniente en primer lugar recordar las condiciones que confieren naturalmente cierta incombustibilidad relativa al cuerpo humano. Es el fenómeno de la calefacción, observado por Heller en 1746, y estudiado después por Boutigny, Baudrimont y Pouillet. Mojando la mano, con preferencia en un líquido muy volatilizable (alcohol, éter) o aun si ella está húmeda de sudor, se puede mantenerla en plomo fundido o tocar una colada en fusión; hasta se puede pasar la lengua sobre un hierro al rojo sin quemarse. Pero la prueba "debe hacerse muy rápidamente y también con mucha habilidad, porque la simple irradiación puede quemar las partes de la mano cercanas a la que toca el metal fundido" (Cazin, La Chaleur, Hachette, París, 1867).
En realidad, la inmunidad es causada por la capa aisladora que se forma alrededor de la mano por el líquido volatilizado, y no es por lo tanto, más que muy breve.
El fenómeno, por lo demás, es empleado frecuentemente en forma práctica por los obreros metalúrgicos, los cocineros, y otros que manejan rápidamente un objeto candente, brasas, etc. Es así que se puede apagar una vela, aplastando el pabilo entre los dedos.
Recordemos que cada kilogramo de sudor, para evaporarse, consume alrededor de 537 calorías.
Comparando estos datos físicos con los ejemplos de incombustibilidad citados, parece que bien pocos pueden explicarse naturalmente. Sería necesario hacer experimentos para establecer las posibles discriminaciones.
En todo caso, los hechos mayores: los hebreos en el horno, Juan Buono, María Sonnet, la experiencia de Mysore, en que los vestidos participan de la incombustibilidad, parecen irreductibles a un proceso natural. Por eso, sobre todo comprobando la frecuencia y el predominio del elemento religioso en esos hechos, estamos inclinados a pensar en el elemento sobrenatural. Elemento sobrenatural: intervención de Dios mismo en el cristianismo, para recompensar la fe y la virtud; elemento preternatural angélico (evidente por los hebreos Ananías, Mosael y Azarías) o diabólico.
Pero aún este caso, es verosímil admitir, como la mayoría de los milagros que la intervención sobrenatural actúa solamente para determinar y completar los factores naturales realizables. Este problema de la incombustibilidad tanto natural como sobrenatural del cuerpo humano, merecería por lo tanto, serios estudios y experimentos, desde todos los puntos de vista.
Dr. Henry Bon
MEDICINA CATOLICA

lunes, 25 de abril de 2011

NULLIUS CERTE

De PÍO IX
Sobre la Defensa de los Estados Pontificios
Del 19 de enero de 1860
Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
1. Agradece a los obispos italianos la solicitud en defender el poder civil de la Iglesia.
No tenemos en verdad palabras para explicar, Venerables Hermanos, cuánto solaz y alegría nos layan traído en medio de Nuestras grandísimas amarguras, la singular y maravillosa fidelidad, piedad y observancia vuestra y de los fieles a vosotros confiados, hacia Nosotros y esta Sede Apostólica y la egregia concordia, ánimo, celo y constancia para proteger los derechos de la misma Sede y defender la causa de la justicia. Puesto que apenas por Nuestra Carta Encíclica, enviada a vosotros el día 18 de junio del año pasado y luego por Nuestras dos alocuciones consistoriales con sumo dolor de Nuestro ánimo, conocisteis los gravísimos males que en Italia afligían las cosas sagradas y civiles, y tuvisteis noticia de los malvados movimientos de rebelión y audacia contra los legítimos Príncipes de la misma Italia y el sagrado y legítimo Principado Nuestro y de esta Santa Sede, secundando inmediatamente Nuestros deseos y cuidados, sin ninguna demora os apresurasteis a ordenar, con todo celo, públicas plegarias en vuestras diócesis. Y luego, no sólo en vuestras respetuosísimas e igualmente afectuosas cartas a Nos enviadas, sino también tanto en cartas Pastorales como en otros religiosos y doctos escritos impresos para el público, levantasteis vuestra voz episcopal con insigne gloria para vosotros y vuestro orden, para defender valientemente la causa de Nuestra santísima Religión y de la justicia, y para detestar vehementemente las sacrílegas audacias admitidas contra el Principado civil de la Iglesia Romana. Y, defendiendo constantemente el mismo Principado, os gloriasteis de profesar y enseñar que, por singular determinación de aquella Providencia divina que todo lo rige y gobierna, fue él mismo dado al Romano Pontífice, para que él, no sometido jamás a ninguna potestad civil, ejerciera en todo el orbe el supremo cargo del ministerio Apostólico divinamente confiado por el mismo Cristo, con plenísima libertad y sin ningún impedimento, y muchos hijos de la Iglesia Católica, para Nosotros queridísimos, imbuidos en vuestras doctrinas y excitados con vuestro eximio ejemplo se esforzaron y se esfuerzan grandemente en testimoniarnos los mismos sentimientos.
2. El mundo católico defiende Nuestra actitud.
De todas las regiones del orbe católico recibimos innumerables cartas tanto de eclesiásticos como de laicos de toda dignidad, orden, grado y condición, algunas de ellas suscritas por centenares de miles de católicos, por las que confirman espléndidamente su filial devoción y veneración hacia Nosotros y esta Cátedra de Pedro y, detestando vehementemente la rebelión y la audacia introducidas en algunas de Nuestras provincias, afirman que el patrimonio del Bienaventurado Pedro debe ser conservado íntegro e inviolable y debe ser defendido de toda injuria. Esto mismo lo expresan no pocos de entre ellos docta y sabiamente en escritos redactados en lengua vulgar. Todas estas manifestaciones vuestras y de los fieles, dignas ciertamente de ser enlazadas con toda alabanza y publicidad y de ser anotadas con letras de oro en los fastos de la Iglesia, Nos conmovieron en tal forma que no pudimos dejar de exclamar alegremente: Bendito sea Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas Nuestras tribulaciones. Puesto que en medio de las gravísimas angustias que Nos oprimen nada podía haber más grato, alegre y deseable para Nosotros que ver con qué concorde y admirable celo todos vosotros, Venerables Hermanos, estáis animados y encendidos para defender los derechos de esta Santa Sede y con qué egregia voluntad se unen a lo mismo los fieles confiados a vuestro cuidado. Por vosotros mismos fácilmente podéis entender cuan vehementemente y con cuánta razón y derecho se aumenta cada día Nuestra paternal benevolencia hacia vosotros y los mismos católicos.
3. El Emperador de Francia aconseja silencio,
pero Nos no podemos callar.
Pero mientras tan admirable afecto y amor vuestro y de vuestros fieles suavizaba Nuestro dolor, Nos sobrevino por otra parte una nueva causa de tristeza. Por eso os escribimos esta carta para que, a vosotros ante todo, os manifestemos por segunda vez lo que pensamos en un asunto de gran importancia. No hace mucho, como ya lo saben varios de entre vosotros, se publicó en la revista parisiense Moniteur la carta del emperador de Francia con que responde a la Nuestra en que rogamos con todo empeño a su imperial majestad que con su poderosísimo patrocinio mantuviese íntegro e inviolable en el Congreso de París el dominio temporal Nuestro y de esta Santa Sede y lo defendiese de toda inicua rebelión. En esta carta el emperador, recordando un consejo que poco antes Nos habíamos dado acerca de las provincias rebeldes de Nuestro dominio pontificio, Nos persuade que queramos renunciar a la posesión de las mismas provincias pareciéndole a él que sólo de este modo podría remediarse la presente perturbación de las cosas.
Cualquiera de vosotros, Venerables Hermanos, entiende perfectamente que, teniendo en cuenta la gravedad de Nuestro cargo, no pudimos callar cuando recibimos semejante carta. Por eso Nos apresuramos a escribirle sin demora al mismo emperador manifestando clara y abiertamente con apostólica libertad que de ninguna manera podíamos seguir su consejo porque trae consigo insuperables dificultades por razón de Nuestra dignidad y la de esta Santa Sede, de Nuestro sagrado carácter y los derechos de la misma Sede que no pertenecen a la sucesión de alguna real familia sino a todos los católicos y simultáneamente afirmamos que no podíamos ceder lo que no es Nuestro y que claramente entendíamos que la victoria que él quería concediéramos a los revoltosos de Emilia, sería un estímulo para que los rebeldes nativos y extranjeros de las demás provincias maquinasen iguales revueltas viendo la próspera fortuna de los demás rebeldes. Y entre otras cosas manifestamos al mismo emperador que no podíamos nosotros, sin violar los juramentos que Nos obligan, renunciar a las supradichas provincias del dominio pontificio en la Emilia, sin excitar disgustos y movimientos en las demás provincias Nuestras, sin inferir una injuria a todos los católicos y sin que, por último, debilitáramos los derechos no sólo de los príncipes de Italia que han sido injustamente despojados de sus dominios, sino también de todos los príncipes del orbe cristiano, que no podrían ver con indiferencia que se introdujesen ciertos principios perniciosísimos.
4. Causa de las revueltas.
Ni dejamos de advertirle que su majestad no ignoraba con qué hombres, con qué dinero y ayuda se habían excitado y llevado a cabo los recientes conatos revolucionarios en Bolonia, Ravena y en otras ciudades, mientras la gran mayoría del pueblo se quedó atónita ante aquellas revueltas que de ninguna manera apoyaba, sin mostrarse de ninguna manera propensa a seguirlos. Y como el serenísimo emperador juzgaba que debíamos renunciar a aquellas provincias por las revueltas en ellas producidas, oportunamente le respondimos que ese argumento, como quiera que probaba demasiado, era inconsistente, puesto que rebeliones parecidas las había habido, tanto en varias regiones de Europa como en otras partes, y cualquiera que ve que no se sigue de allí ninguna razón para disminuir las soberanías civiles. No dejamos de exponerle al mismo emperador que era enteramente diversa esta carta suya de la anterior, escrita antes de la guerra de Italia, la cual nos trajo consolación y no aflicción. Y como de algunas palabras de la carta imperial publicada en la revista supradicha juzgáramos que debíamos temer que las mencionadas provincias Nuestras de Emilia ya debían ser consideradas como ajenas a Nuestro mandato pontificio, por lo mismo rogamos a su Majestad en nombre de la Iglesia que, mirando también por el propio bien y utilidad de su Majestad, hiciera que se desvaneciese este temor Nuestro. Con aquella paterna caridad con que debemos mirar por la eterna salud de todos, le recordamos que todos algún día tendremos que dar estricta cuenta ante el tribunal de Cristo y pasar por un juicio severísimo, y por lo tanto debe cada uno con toda el alma procurar experimentar más bien los efectos de la misericordia que de la justicia.
5. Valientemente defenderemos la causa de la Religión y de la justicia.
Estas cosas sobre todo, entre varias otras, respondimos al emperador de los franceses, las que pensamos, Venerables Hermanos, deberos manifestar para que en primer lugar vosotros y además todo el universo orbe católico más claramente entienda que Nosotros, con la ayuda de Dios, según obligación de Nuestro gravísimo oficio, todo con intrepidez procuramos y nada dejamos sin intentar para defender valientemente la causa de la Religión y la justicia y para proteger constantemente y conservar íntegros e inviolables el principado civil de la Iglesia Romana, sus posesiones temporales y sus derechos que pertenecen al universo orbe católico, mirando asimismo por la justa causa de los demás príncipes. Y confiados en el divino auxilio de Aquel que dijo: en el mundo estaréis oprimidos, pero confiad, yo vencí al mundo[1] y bienaventurados los que padecen persecución por la justicia[2] estamos preparados a seguir las ilustres huellas de Nuestros predecesores, emular sus ejemplos y padecer cualquier aspereza o amargura hasta dar la misma vida antes de abandonar la causa de Dios, la Iglesia y la justicia.
Pero fácilmente podéis entender, Venerables Hermanos, cuan acerbo dolor Nos aflige viendo la terrible guerra que oprime a Nuestra santísima Religión con máximo detrimento de las almas y cuan grandes tormentas azotan a la Iglesia y a esta Santa Sede. Y fácilmente también comprenderéis cuan vehementemente Nos angustiemos conociendo bien cuan grande sea el peligro de las almas en aquellas perturbadas provincias Nuestras, donde sobre todo con pestíferos escritos, diseminados entre el pueblo, se quebranta cada día más la piedad, religión, fe y honestidad de costumbres. Vosotros pues, Venerables Hermanos, que habéis sido llamados a participar de Nuestra solicitud y que os enardecisteis con tanta fe, constancia y virtud en propugnar la causa de la Religión, la Iglesia y esta Santa Sede, continuad con mayor esfuerzo y celo en la defensa de la misma causa, e inflamad cada día más a los fieles encomendados a vuestro cuidado para que siguiendo vuestras directivas nunca dejen de emplear toda su actividad, celo y prudencia en la defensa de la Iglesia Católica y de esta Santa Sede y en la protección del Principado civil de la misma Sede, patrimonio del bienaventurado Pedro, cuya tutela corresponde a todos los católicos.
6. Recurrir a Dios y a la Santísima Virgen María en estos peligros.
Por encima de todo os pedimos, Venerables Hermanos, que a una con Nosotros queráis, juntamente con vuestros fieles, dirigir ininterrumpidas plegarias a Dios Óptimo Máximo para que mande a los vientos y al mar y con eficacísimo auxilio Nos conforte a Nosotros y su Iglesia, se levante y juzgue su causa y con su celestial gracia ilustre propicio a todos los enemigos de la Iglesia y de esta Sede Apostólica y se digne reducirlos con su omnipotente virtud al camino de la verdad, de la justicia y de la salvación. Para que más fácilmente incline Dios sus oídos a las súplicas Nuestras, vuestras y de todos los fieles, pidamos en primer lugar, Venerables Hermanos, los sufragios de la Inmaculada y Santísima Virgen María, Madre de Dios, que es madre amantísima y segurísima esperanza de todos, eficaz tutela y sostén de la Iglesia y cuyo patrocinio es el más poderoso ante Dios. Imploremos también la intercesión tanto del Beatísimo Príncipe de los Apóstoles a quien constituyó Cristo Señor Nuestro piedra de su Iglesia, contra la que nunca podrán prevalecer las puertas del infierno como la de su coapóstol Pablo y de todos los Santos que reinan con Cristo en los cielos. No dudamos, Venerables Hermanos, que según vuestra eximia religión y celo sacerdotal, en el que sobremanera os distinguís, querréis obedecer cumplidamente a estos deseos y pedidos Nuestros. Mientras tanto amorosamente os impartimos de lo íntimo de Nuestro corazón a vosotros, Venerables Hermanos, y a todos los fieles clérigos y laicos encomendados a la vigilancia de cada uno de vosotros, la Bendición Apostólica, testimonio de Nuestro encendido amor, unida con votos por vuestra verdadera y total felicidad.
Dado en Roma junto a San Pedro el día 19 de enero del año 1860, de Nuestro Pontificado el año decimocuarto. PÍO IX.

[1] Juan 16, 33.
[2] Maleo 15, 10.

jueves, 21 de abril de 2011

No me mueve, mi Dios, para quererte

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.