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jueves, 5 de mayo de 2011

Explicación breve de la doctrina cristiana, para leer en familia (II)

Explicación del Credo.
Hicieron el Credo los doce apóstoles, cuando habían de salir a predicar el evangelio por todo el mundo, y le hicieron para informarnos en la fe.
En el Credo se contienen doce partes principales de nuestra santa fe católica; la primera pertenece al Padre, las seis que se siguen al Hijo, y las cinco últimas al Espíritu Santo.
Debemos creer todo lo que tiene y cree la santa madre Iglesia católica romana, y principalmente debemos saber y creer explícitamente lo que se contiene en el Credo ó en los Artículos de la fe, que se explicarán después.
Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Criador del cielo y de la tierra. En estas palabras creemos en Dios Todopoderoso, que es toda la santísima Trinidad, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, tres personas distintas, y un solo Dios verdadero, como arriba queda explicado.
Dios Padre, junto con el Hijo y con el Espíritu Santo, que es un Dios, ha criado el cielo y la tierra de nada, y es Criador de todas las cosas invisibles y visibles.
Decimos que el Padre es Criador del cielo y de la tierra, porque al Padre se le atribuye el poder, al Hijo la sabiduría, y al Espíritu Santo el amor; pero de todas las tres divinas Personas, en cuanto son un solo Dios omnipotente, se hace la creación de todas las cosas del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor. En estas palabras confesamos y creemos, que nuestro Señor Jesucristo es único Hijo de Dios Padre; como esta dicho en la explicación del misterio de la santísima Trinidad.
Que fue concebido por obra y virtud del Espíritu Santo. En este confesamos, que nuestro Señor Jesucristo en el vientre virginal de su santísima Madre no fue engendrado por obra de varón, por lo cual nuestro Señor no tiene otro padre sino el eterno Padre, ni otra madre sino a María santísima; de tal manera, que en cuanto al ser de Hijo de Dios tiene padre sin madre, y en cuanto al ser de hombre tiene madre sin padre humano.
La tres divinas personas, en cuanto son un Dios omnipotente, concurrieron al milagroso misterio de la Encarnación del Verbo divino; pero solo se encarnó con unión inmediata a la naturaleza humana la segunda Persona, que es el Hijo. No fue concebido Cristo en el corazón de la Virgen santísima, sino en su purísimo vientre.
Y nació de santa María Virgen. Como los rayos purísimos del sol penetran y pasan por un cristal sin romperle, sino antes bien dejándole mas hermoso; así nuestro Señor Jesucristo nació de su santísima Madre, dejándola siempre Virgen antes del parto, en el parto, y después del parto.
Padeció debajo del poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado. En esto confesamos y creemos, que siendo Poncio Pilato presidente y juez de Jerusalen, por el romano imperio, padeció muerte y pasión y fue crucificado nuestro Señor Jesucristo, y fue sepultado su sagrado cuerpo.
Fue crucificado, muerto y sepultado nuestro Señor Jesucristo por nuestro amor, para librarnos de nuestros pecados, y de las manos de nuestros enemigos: que nosotros éramos esclavos de nuestro pecado y del demonio, y el Señor nos redimió con su preciosa sangre.
Cuando nuestro Señor murió en la cruz, se separó su santísima alma de su santísimo cuerpo, pero la divinidad siempre quedó unida con el cuerpo y con el alma, como uno que saca la espada de la vaina, que la espada se separa de la vaina; pero esta y la espada quedan con quien las ha separado.
Descendió a los infiernos, y al tercer dia resucitó de entre los muertos. El sagrado cuerpo difunto quedó clavado en la cruz, y después fue sepultado y puesto en el sepulcro, y el alma santísima, separada de su cuerpo, bajó a los infiernos, esto es, al limbo, y sacó las almas de los santos padres que estaban esperando su santo advenimiento.
Resucitó al tercer dia. Después de haber sacado las almas de los santos padres del limbo, se volvió a unir la santísima alma de Cristo con su santísimo cuerpo, que estaba en el sepulcro, y así resucitó de muerte a vida en cuerpo y alma glorioso, para nunca morir.
Subió a los cielos, y está sentado a la diestra de Dios Padre, Todopoderoso. Después de su gloria y triunfante resurreccion estuvo en el mundo nuestro Señor Jesucristo cuarenta dias, en los cuales se apareció muchas veces a su Madre santísima, y a sus discípulos, conversando con ellos; y en presencia de sus mismos apóstoles y discípulos se subió a los cielos por su propia virtud y poder.
En el cielo está sentado nuestro Señor Jesucristo a la diestra de Dios Padre, Todopoderoso. Dios Padre es purísimo Espíritu, y no tiene cuerpo, ni figura corporal, ni tiene mano material diestra, ni siniestra, porque como Espíritu inmenso está todo en todas partes; y así el decirse que Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre, es decir que tiene Cristo el mejor lugar en el cielo; porque en cuanto Dios es igual con el eterno Padre, y en cuanto hombre, es sobre todos los ángeles y santos.
Y desde allí ha de venir a juzgar los vivos y los muertos. Creemos en esto que nuestro Señor Jesucristo al fin del mundo vendrá del cielo con gran majestad a juzgar a todos los hombres; para dar a cada uno según sus obras; a los buenos para darles gloria eterna, porque guardaron sus santos mandamientos; y a los malos pena eterna y perdurable, porque no los guardaron.
Se dice, que vendrá a juzgar los vivos y los muertos; porque aunque en aquel último dia ya habrán muerto todos, los buenos se llaman vivos, y los malos se dicen muertos.
Creo en el Espíritu Santo. Confesamos y creemos, que el Espíritu Santo es verdadero Dios, y es la tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre, y del Hijo, como queda explicado.
La santa Iglesia católica. Esta es la congregación universal de todos los fieles cristianos, cuya cabeza es Jesucristo, y el papa es su vicario en la tierra, y cabeza visible de esta Iglesia católica romana, que es la única santa Iglesia católica.
La comunión de los santos. Es la participación y comunicación que tienen todos los fieles cristianos entre si mismos, participando juntamente de los sacrificios, sacramentos y buenas obras que se hacen en la santa Iglesia católica romana .
Aunque todos los fieles cristianos que están en gracia de Dios, se participan mutuamente las buenas obras que hacen, no obstante bien puede cada uno aplicar en especial lo impetratorio y satisfactorio por alguna persona en particular.
Todas las buenas obras de los justos tienen tres partes o consideraciones distintas, que son: la primera, el ser meritorias de aumento de gracia y de gloria; esta siempre se queda en quien hace la buena obra: la segunda, el ser impetratorias de favores, auxilios y beneficios de Dios; esta se puede aplicar por otras criaturas: la tercera es, el ser satisfactorias, por lo que debemos satisfacer por los pecados que están perdonados; pero no está perdonada la pena que les corresponde, o en esta vida mortal, o en el purgatorio: esta parte se puede, aplicar, no solo por las benditas almas del purgatorio, sino también por los vivos, unos por otros, a mas de lo que se participan por la comunión de los santos. (Vide inf., § xv, in fin.)
Los infieles, idólatras, gentiles y moros, que no reciben el verdadero bautismo, no están dentro de la Iglesia católica, ni tienen la comunión de los santos, como los fieles.
Los herejes, que reciben el verdadero bautismo, son cristianos; pero no son católicos, ni tienen la comunión de los santos, porque están excomulgados, y no tienen fe verdadora, y son como miembros podridos, que no participan la vitalidad del cuerpo. (Ex. Conc.)
Los fieles cristianos que están en pecado mortal, son como los árboles secos de un jardín, que les pasa el riego, y no les aprovecha, como a los otros árboles vivos; pero en algún modo les alcánza la comunión de los santos, porque por las oraciones de los justos les da Dios auxilios para que salgan de su mal estado, y también, porque aun están unidos con ellos por la fe y esperanza.
El perdón de los pecados. En esto confesamos y creemos, que en la Iglesia tenemos remedio para que se nos perdonen los pecados ; y nos le dejó Cristo en los santos sacramentos, en que puso depositados los méritos de su pasión santísima. También creemos, que en la santa Iglesia hay potestad para perdonar los pecados, confesándolos al confesor sacerdote, que tiene jurisdicción.
Creo en la resurreccion de la carne. En esto creemos, que en el dia del juicio resucitarán todos los muertos; los buenos resucitarán gloriosos y hermosos, y los malos al contrario, feos, miserables y abominables.
Creo la vida perdurable. Confesamos y creemos, que después del juicio universal, los justos que murieron en gracia de Dios, en cuerpo y alma resucitados, han de gozar para siempre de la gloría eterna, y los malos también en cuerpo y alma padecerán eternamente en el infierno.
Las almas de todos los que mueren, van a uno de cuatro lugares, que son gloria, infierno, purgatorio y limbo, como se hallará explicado en el fin de los Artículos de la fe. Allí también se explican los cuatro novísimos y los dotes maravillosos del alma gloriosa, y del cuerpo glorificado.
Al que se llega a Dios le conviene creer, dice san Pablo, que Dios es el que es, y que es justo Remunerador, y que ha dedar premio a los buenos, y castigo a los malos (Hebrae., XI, 6).

Explicación de la Salve.
Esta oración de la Salve ha compuesto la santa madre Iglesia, y nos la ha enseñado a los fieles, para decir y cantar las alabanzas de la Virgen santísima, que en ella se contienen.
Hablamos en la Salve con la misma Virgen María, que está en los cielos, y la pedimos consuelo, favor y ayuda, y que nos asista en nuestras tribulaciones y trabajos.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia. Lo primero, la saludamos con aquellas palabras: Dios te salve, para proseguir después en sus alabanzas.
La decimos Reina, y así es la verdad, que es Reina y Señora de todo lo criado en el cielo y en la tierra, porque es verdadera Madre del Criador.
La llamamos Madre de misericordia; y lo es tanto, dice san Bernardo, qne tal vez estaríamos ya en el infierno, si no fuera por la piadosa intercesión de la Virgen santísima.
Vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. Otra vez la volvemos a saludar, en testimonio de nuestro afectuoso cariño. Es nuestra vida, porque por la intercesión y piedad de María santísima vivimos, que es Madre de pecadores.
Es dulzura de nuestro corazón, porque como dice san Bernardo, cesan nuestras amargas tribulaciones en nombrando el dulcísimo nombre de María.
Es esperanza nuestra, porque confiando en la poderosa intercesión de María santísima, esperan los pecadores el mayor consuelo del perdón de sus culpas.
A ti llamamos los desterrados hijos de Eva. Por el pecado de nuestros primeros padres y por nuestros pecados personales estamos desterrados del cielo, y clamamos a la Virgen santísima, Madre de misericordia, que la tenga de nosotros, para pasar sin mas culpas este destierro, y llegar a la patria celestial, que es la gloria. Todos los males que introdujo Eva los quita María, dice san Bernardo.
A ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Este es el mundo en que vivimos, valle de lagrimas; porque no experimentamos en él otra cosa que tribulaciones y trabajos; por lo cual suspiramos a la Virgen santísima, gimiendo y llorando, que tenga compasión de nosotros, como Madre de pecadores.
Ea, pues, Señora, Abogada nuestra, vuelve á nosotros esos tus ojos misericordiosos. El corazón compasivo, solo con ver el grande trabajo, se mueve a piedad, y por esto suplicamos a la Madre de misericordia, que vuelva sus ojos misericordiosos para ver nuestros males; porque eso será bastante para quedar remediados. Es nuestra poderosa Abogada, y debemos fiar mucho de su eficaz intercesión.
Y después de este destierro muéstranos á Jesús, fruto bendito de tu vientre. Mientras vivimos en este destierro del mundo nos conviene padecer, y esperar con paciencia; y así rogamos a nuestra piadosísima Madre, que después de nuestra vida mortal, acabado nuestro penoso destierro, nos deje ver a su bendito Hijo, que es el fruto precioso de su generoso vientre.
¡Oh clementísima! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce, Virgen María! Ruega por nos, santa Madre de Dios. Con estos fervorosos afectos exhalamos nuestro afligido corazón en presencia de la Reina de los ángeles, llamándola clementísima, piadosa, dulce Virgen, y santa Madre de Dios, como verdaderos hijos en presencia de su madre, que el amor inmenso y su trabajo les hace multiplicar voces para su remedio y consuelo.
Para que seamos dignos de alcanzar los prometimientos de nuestro Señor Jesucristo. Amen. No son condignos los trabajos de esta vida mortal para la gloria eterna, que el Señor nos tiene prometida, como dice san Pablo; y por eso clamamos a la Virgen santísima, nuestra clementísima, piadosa y dulce Madre, para que ruegue por nosotros, a fin de que seamos dignos de alcanzar tantos bienes como su Hijo santísimo nos tiene prometidos. Amen. Así sea.
Despues de la Virgen Maria nuestra Señora, conviene también que tengamos devoción a otros santos; y mas especialmente al ángel de nuestra guarda, y cada uno al santo de su nombre, al patriarca san José, y al glorioso príncipe san Miguel arcángel.
Las santas imágenes se han de venerar, no por la materia de que están hechas, sino porque nos representan a los santos que están en el cielo, y ruegan por nosotros.
Las sagradas reliquias de los santos también son dignas de veneración, por haber sido templo del Espíritu Santo, y por haberse de unir a las almas gloriosas, cuando llegue el dia de la resurreccion de los cuerpos (Concil. Trident., Ses. 25).
Asimismo conviene tener algunas devociones particulares de cada dia, como rezar el santísimo Rosario, o Corona de María santísima, hacer el examen de la conciencia, decir la confesión general, dar gracias a Dios, pidiéndole cada uno que le guarde de todo pecado, y ofreciéndole todas las obras de aquel dia.

Explicación de los Artículos de la fe.
Estos Artículos de la fe están ya contenidos y explicados en el Credo. No obstante diremos aquí alguna cosa para su mas clara inteligencia. Son todos catorce artículos, y los siete primeros pertenecen a la divinidad.
El primero creer en un solo Dios Todopoderoso. Porque las tres divinas Personas, aunque se distingue realmente una de otra, la naturaleza divina de las tres es una misma, y así todas tres son un solo Dios verdadero, y es Todopoderoso, porque todo lo puede (Ephes., IV, 5).
El segundo creer que es Padre; y así se dice Dios Padre, que de nadie procede.
el tercero creer que es Hijo; y asi se dice Dios Hijo, que nace de Dios.
El cuarto creer que es Espíritu Santo; y así se hace Dios Espíritu Santo, que procede de Dios Padre y de Dios Hijo, sin que sean tres dioses, sino un solo Dios, como ya se dijo en la explicación del misterio de la santísima Trinidad.
El quinto creer que es Criador; porque todas las criaturas son hechas de Dios.
El sexto creer que es Salvador; porque Dios salva, y ha de salvar a todos los que han de ir al cielo; mas no se dice Dios Redentor, porque esto le compete a Cristo en cuanto Hombre.
El séptimo creer que es Glorificado; porque solo Dios glorifica las almas, y glorificará los cuerpos de los santos después de la resurrección final.

Artículos de la humanidad.
El primero creer que nuestro Señor Jesucristo en cuanto hombre fue concebido po el Espíritu Santo; esto es, que la generación humana de Cristo no se hizo por obra de varón, sino milagrosamente por obra del Espíritu Santo; y san José solo fue padre de Cristo en la opinión de los hombres.
El segundo creer que nació de Santa María Virgen, siendo ella virgen antes del parto, en el parto, y después del parto. Este artículo ya se declaró en la explicación del Credo.
El tercero creer que recibió muerte y pasión por salvar á nosotros, pecadores. Véase también la explicación del Credo.
El cuarto creer que descendió a los infiernos , y sacó las almas de los santos padres. Se explica cómo y cuándo bajó al lugar citado.
El quinto creer que resucitó al tercero dia. Véase la explicación del Credo.
El sexto creer que subió a los cielos, y está sentado a la diestra de Dios Padre. Entiéndese, que Cristo, en cuanto Dios, está en igual gloria con el Padre, y en cuanto Hombre tiene gloria superior a todos los ángeles y santos. Dios Padre es purísimo Espíritu inmenso, que no tiene cuerpo material, ni mano diestra ni siniestra, sino que está todo en todas partes. Véase la explicación del Credo.
El séptimo creer que vendrá a juzgar a los vivos y los muertos, como también se explica en el Credo.
Las almas de todos los que mueren van a uno de los cuatro lugares, que son gloria, infierno, purgatorio y limbo.
A la gloria van los justos y santos que mueren en gracia de Dios, y salen del todo purificados de esta vida mortal.
Al infierno van las almas de los pecadores que mueren en desgracia de Dios, sin haberse confesado bien.
Al purgatorio van las almas de los que mueren en gracia de Dios; pero no se han purificado bien sus imperfecciones y culpas leves, ni han satisfecho bien la pena que merecían por sus pecados en esta vida.
Al limbo van las almas de los niños que no fueron bautizados, y las almas de aquellos que no han tenido otros pecados mortales personales, si solo el pecado original, y no han sido bautizados.
Los cuatro novísimos son muerte, juicio, infierno y gloria; y se dicen novísimos, porque son y han de ser los últimos pasos de toda criatura humana.
Los dotes del alma gloriosa son tres: visión, comprensión y fruición. La visión beatífica consiste en ver a Dios claramente cara a cara, como dice san Pablo, y corresponde este dote a la fe que tuvo el alma en esta vida mortal. Esta visión clara es por acto de entendimiento. La comprension es tener ya conseguido el fin, y corresponde a la esperanza que tuvo el alma cuando vivia en el mundo. La fruición es la suma delectación, que se sigue en el alma de ver a Dios claramente, poseerle y amarle. Esta corresponde a la caridad.
Los dotes del cuerpo glorioso son cuatro: claridad, impasibilidad, sutileza y agilidad. La claridad sirve para la hermosura trasparente, y para recibir bien las especies sensibles. La impasibilidad sirve para que no reciba las pasiones nocivas, que le den molestia. La sutileza sirve para que no le impida el movimiento la resistencia ajena de otros cuerpos. La agilidad le quita la gravedad y pesadez propia para moverse pronto y veloz, conforme a la divina voluntad, sin resistencia alguna.
El cuerpo glorioso quedará mas trasparente para recibir la luz que un finísimo cristal; y a mas de recibir la luz, la causará y derramará de sí, porque entrambas cosas le dará el dote de claridad.
Inclínese nuestro pesado corazón a seguir las justificaciones del Señor (Psalm. CXVIII, 112), considerando esta colmadísima retribución que tendrán los justos en cuerpo y alma gloriosos.

Explicación de los diez mandamientos de la ley de Dios.
En la ley antigua reveló Dios estos diez mandamientos, y los intimó a su pueblo, y después nuestro Señor Jesucristo los confirmó en la ley de gracia que profesamos.
Los tres primeros pertenecen al honor de Dios, porque quiere que le sirvamos, lo primero con el corazón, lo segundo con la lengua, y lo tercero con las obras. Los otros siete pertenecen al provecho del prójimo.
El primero: Amarás a Dios sobre todas las cosas. Esto lo guardarás adorando y reconociendo un solo Dios; y contra este mandamiento pecan los que adoran los ídolos, y hacen otras supersticiones y hechicerías. Véase el cuadernillo de las confesiones en el examen de la conciencia por los mandamientos.
Amarás a Dios sobre todas las cosas si te determinas a perder todas las cosas, vida, honra y hacienda, antes que perder a Dios, ni cometer un pecado mortal.
El segundo: No jurarás el nombre de Dios en vano. Cumplen este mandamiento los que alaban y dan gracias a Dios, y nunca juran sin las tres condiciones, que son: justicia, necesidad y verdad.
Contra este mandamiento pecan los que juran lo que, no es verdad, aunque sea con mentira leve.
El voto es una promesa, que se hace a Dios de mejor bien que su contrario. Los que han de hacer, o tienen hecho algún voto, consulten con persona docta, si algo dudan.
El tercero: Santicaras las fiestas, manifestando con obras exteriores la fe y amor que tenemos a Dios en nuestro corazón.
Guardaremos este mandamicnlo no trabajando obras serviles en tales dias, como lo manda Dios, y oyendo misa, como lo manda la Iglesia.
El cuarto: Honrarás padre y madre, obedeciéndolos, reverenciándolos y ayudándoles en lo que podemos.
También debemos honrar a los mayores, como son los señores sacerdotes, prelados, reyes, padres de república, ancianos y pobres de Cristo.
El quinto: No matarás. Cumplirás este mandamiento, no queriendo, ni haciendo mal al prójimo con el pensamiento, ni con la palabra, ni con la obra, sino amándole como á ti mismo.
Las impaciencias, maldiciones, injurias, deseos de la muerte, y comer o beber cosa que nos hace daño, es también contra este mandamiento.
El sexto: No fornicarás. Este mandamiento se cumple, huyendo de toda deshonestidad, por pensamiento, palabra y obra; y no queriendo ver, ni oir, ni focar con malicia, ni leer, ni hablar cosa deshonesta. En esta materia peligrosa, de lo que parece poco se pasa a lo mucho. Véase el citado examen.
El séptimo: No hurtarás. Guardarás este mandamiento, no tomando, ni reteniendo cosa que no sea tuya, ni haciendo daño a la hacienda de otro. El que no puede restituir por entero de una vez, debe restituir por partes; y si no lo hace, peca.
El octavo: No levantarás falso testimonio, ni mentirás. Este mandamiento se quebranta, no solo diciendo falso testimonio contra el prójimo, sino también descubriendo las faltas ajenas ocultas, aunque sea con verdad, y con murmuraciones, juicios temerarios y mentiras.
El noveno: No desearás la mujer de tu prójimo; porque no solo está prohibido el pecar por obra, sí también por deseo. El que mira a la mujer para desearla, ya ha pecado con ella en su corazón, dice Cristo nuestro Señor.
El décimo: No desearás las cosas ajenas. Este mandamiento se explica de la misma manera; porque no solo es pecado el hurtar, sino también el deseo de hurtar.
Los muchos y varios modos con que se quebrantan los diez mandamientos de la ley de Dios, se hallarán en el cuaderno del examen de la conciencia para la confesión general .

LA POSICIÓN INSOSTENIBLE (II)

Por Mons. José F. Urbina Aznar

LOS QUE DICEN QUE NO SE NECESITA UN PAPA, SON ENEMIGOS Y DEMOLEDORES DE LA IGLESIA.

Jaime Balmes, en la obra citada, T. 1, Pág. 927, escribe: "GUÁRDENSE LOS CATÓLICOS DE PRESTAR OÍDOS A LOS QUE INTENTAN PERSUADIRLES DE QUE LA SUPREMACÍA DEL PAPA, NO ES NECESARIA PARA NADA; entiendan que se trata nada menos que de un dogma de Fe reconocido como tal por toda la Iglesia..."
Por eso, es falaz el argumento de que si el Trono de San Pedro está vacante, de todas formas, Cristo gobierna a la Iglesia. La situación de sede vacante es anormal en la Iglesia. Para que Cristo gobierne invisiblemente a la Iglesia, es necesario que lo haga a través de Su Vicario en la tierra, que es el papa. El papa tiene por derecho divino sobre toda la Iglesia militante, Y SOLAMENTE DURANTE EL TIEMPO DE SU PONTIFICADO, no sólo el primado de honor, sino también la suprema y plena potestad de jurisdicción y de régimen, y los obispos gozan de potestad ordinaria, solamente si están subordinados al Sumo Pontífice, pero no a los que han muerto, sino al papa en funciones, que si no lo hay, están en la gravísima obligación de elegirlo, para no perder sus prerrogativas si acaso se oponen de cualquier manera. Porque esta es una herejía, y los que siguen esta NOVEDAD, son herejes. Esta era la doctrina del galicano Edmond Richer, Doctor de la Sorbona, a principios del siglo XVII, contra las palabras: sobre esta roca EDIFICARE, es decir, construiré, gobernaré, uniré.
Que lo apunten bien y lo recuerden, quienes siguiendo a Mons. Lefebvre en un principio, lo abandonaron cuando no supo romper completamente con la Roma apóstata, ni declarar la sede vacante, y quienes apoyaron al grupo del Padre Sáenz y Arriaga cuando organizaba el Concilio General Imperfecto, que si bien algunos dijeron, no daria los resultados deseados, manifestaban claramente el deseo de enfrentar al antipapa de Roma un papa verdadero que unificara a la Iglesia y hablara la verdad que estaba en peligro.
Todos ellos estaban perfectamente conscientes de la esencial necesidad que tiene la Iglesia de la dirección del Romano Pontífice, pues, ¿no es más necesario cuando la tormenta es más furiosa?, ¿no se necesita su palabra y dirección infalible cuando todo el edificio amenaza con desplomarse?.
Pero se ha perdido la fe en Dios. La Iglesia remanente en su casi totalidad, ha apostatado de Dios, y haciendo una labor conservatiba, ha querido confiar más en el hombre para salvar a la Iglesia. Se ha confiado en el poder de los hombres, en su dinero, en sus recursos, y esto para Dios es aberrante. Porque se ha negado la primordial obligación en sede vacante: elegir papa. Y no ha parecido al orgullo humano y a esa prudencia diabólica, hacer lo que Dios manda, solo porque les parece que en este momento no va a funcionar. Porque quieren que la Iglesia sujete sus doctrinas a las contingencias de cada momento y a la opinión y prudencia de los hombres.
Esta crisis no es querida por Dios. El nunca puede desear el mal para nadie, aunque a veces lo tolera, lo permite poniendo siempre a disposición de los hombres el remedio y el camino a la victoria que no se obtiene nunca fuera de Su voluntad soberana.
Dios no necesita de nadie para mantener Su Iglesia en el mundo contra la voluntad de todos Sus enemigos, pero ha querido tolerarles algunos triunfos para probar y enseñar a los fieles la eternidad e indestructibilidad de Sus obras. Se vale de los humildes, de los pequeños, de los pocos, para obrar portentosos resultados. Pero ahora, sin fe y sin la confianza a la que están obligados, la pequeña Iglesia remanente pide milagros. Sin tener fe, quiere milagros. Divididos, piden intervenciones sobrenaturales. Se olvidan del versículo 58 del capítulo 13 de San Mateo. Dios no obra si no hay fe, si no hay caridad. Jesucristo condenó duramente la prudencia humana y a los fariseos legistas (Mat. 11, 25; Luc. 10, 21; 11, 46 y 52).

QUIENES DICEN QUE NO SE NECESITA PAPA O QUE NO SE PUEDE ELEGIR ANTE CIERTAS CIRCUNSTANCIAS, SON HEREJES.

El Concilio de Constanza, (1414-1418), en la sesión XV del 6 de julio de 1415, condenó los errores de Juan Hus. Tres afirmaciones de este hereje, conviene ahora conocer que copiamos del Denz. 653, 654 y 655: "No tiene una chispa de evidencia, la necesidad de que haya una sola cabeza que rija a la Iglesia en lo espiritual, que haya de hallarse y conservarse siempre en la Iglesia militante". "Sin tales monstruosas cabezas, Cristo gobernaría mejor a Su Iglesia por medio de sus verdaderos discípulos esparcidos por toda la redondez de la tierra". "Los apóstoles y los fieles sacerdotes del Señor, gobernaron valerosamente a la Iglesia en las cosas necesarias para la salvación, antes de que fuera introducido el oficio de papa; y así lo harían si, por caso sumamente posible, faltara el papa, hasta el día del Juicio".
Estas son las doctrinas que han introducido los pastores de la Iglesia remanente entre sus filas y las predican con palabras o con los hechos, porque la caridad que no obra, es mero sentimentalismo y nunca caridad. Se han creído ortodoxos, porque conservan los Sacramentos y los ritos, pero han sido cegados por la vanidad colectiva, que logra imponerse al hombre religioso. "No busca la gloria personal, sino la de su cuerpo, de su grupo, de su institución, de su escuela. Procura la gloria de Dios, sí, pero a través del instrumento nuestro. Por donde queremos, a la par de la gloria de Dios, nuestra propia gloria. Surge así la vanagloria colectiva, la emulación colectiva, la envidia colectiva, la soberbia colectiva, con daño de la caridad, y escándalo de los buenos y sencillos, y regocijo del mundo y del infierno" (La Palabra de Cristo. T. I. Pág. 205. B.A.C.). Y así han venido a desechar la piedra fundamental, la piedra angular, imprescindible, sin la cual no pueden llamarse Iglesia Católica ni gozar de NINGUNA CLASE DE JURISDICCIÓN, que les viene de esa Piedra que han rechazado. Y habiendo sido escogidos por Dios, aún siendo pocos para ver el poder de Dios cuando obra contra Sus enemigos, confiando más en el poder de los hombres y en la propia prudencia, se han convertido en mayores culpables que los herejes del Vaticano, pues habiendo sido conservados en la ortodoxia, siendo el remanente de la Iglesia, estaban llamados al triunfo, no a la derrota, a la división y a la dispersión. A ellos se les confiaron los verdaderos Sacramentos y el tesoro de la Misa.
Pero al negarse a elegir al papa, han rechazado también a Cristo, porque "CRISTO Y SU VICARIO, CONSTITUYEN UNA SOLA CABEZA" (Mystici Corporis), a quien no quieren oír, porque sobre Pedro, el Señor "EDIFICA" Su Iglesia, y han dejado de ser cristianos, "PORQUE NO NOS DECIMOS CRISTIANOS SOLO POR CRISTO, SINO POR LA PIEDRA" (Sto. Tomás), y quieren hacer de la Iglesia un "MONSTRUO" con dos cabezas (Bonifacio VIII), y quieren inventar una NOVEDAD HERÉTICA, mediante la cual debemos de suponer que hay situaciones, a juicio de los hombres en que no es necesario el papa en la Iglesia. Y en esta forma, todo el edificio amenaza ruina.
Algunos tal vez no fueron conscientes de que eran engañados por el falso espejismo de frases brillantes, de prudencias falsas difundidas por los hijos de la Sinagoga que se infiltraron, por la falsedad de la ciencia mundana tratando las cosas del espíritu; ni preveían las amargas consecuencias, que hoy vemos, de tan lamentable actitud, que cambiaba la verdad de la doctrina de la Iglesia con la doctrina de algún particular, a veces investido de alguna autoridad; ni pensaban que renunciaban a la Doctrina, infinitamente sabia y paterna, para entregarse al arbitrio de una doctrina humana o mundanamente prudente, indudablemente pobre y mudable. Y hablaron de triunfo, cuando eran arrastrado a la derrota; de lucha cuando eran maniatados y vencidos, porque Dios no estaba con ellos; y hablaron de progreso cuando retrocedían; de elevación, cuando se degradaban; de guardar y conservar la ortodoxia, cuando la iban perdiendo o se las arrebataban; de madurez, cuando eran esclavizados por pastores soberbios o infiltrados en el rebaño; y no percibían la vanidad de todo ese esfuerzo humano que sustituía la Ley de Cristo por algo que pudiera igualarla, y así, como dice San Pablo, "se entontecieron en sus razonamientos" (Rom. 1, 21).
Después del terrible desgarramiento que separa a la Iglesia alejándose de la apostasía del Vaticano, la reciben para consolidarla nuevamente, para estructurarla, para unirla bajo las llaves de San Pedro, pero la han aniquilado y han destruido hasta su casi desaparición total; toda posibilidad, humanamente hablando, de recuperación. Y han venido a ser los cumplidores de la profecía de San Victorino mártir: "La Iglesia será quitada", porque no hay Iglesia, donde no está el papa.

LA VANA PRETENCIÓN DE CONSTRUIR SIN EL PAPA Y SIN CRISTO.

Cristo "EDIFICA" Su Iglesia, a partir de Pedro. Cualquier construcción que aparte al Sumo Pontífice, que es UNA SOLA PIEDRA CON CRISTO, es una construcción sobre arena, y prepara la ruina total. No hay ningún momento en la historia que esto no pueda darse. Decirlo es adherirse a la herejía y a la apostasía. Cualquier doctrina o cualquier acción que prescinda de la piedra fundamental, sigue un falso camino que lleva al abismo, porque aunque se construya con una mano, con la otra mano se prepara todo lo que es propicio para la ruina más completa. Toda lucha por sacrificada que sea que no sea dirigida por Pedro, no lleva a ningún lado aunque la soberbia humana quiera ver otra cosa. No se puede cambiar la voluntad de Jesucristo: "EN VANO CONSTRUYEN LOS EDIFICADORES...". Porque el apartamiento de la Doctrina y de la prudencia de la Iglesia, trae la indigencia moral y espiritual y se extiende la tiniebla por todas partes. Donde se rechaza la Doctrina y se pretende elevar a la colectividad de obispos a la suprema autoridad que solamente le corresponde al Sumo Pontífice, y ademas estando separados y hasta enemistados, se está rechazando no solamente la razón y conciencia cristianas, sino la misma autoridad invariable de Cristo, que hecho uno con Pedro, gobierna invisiblemente, por él y a través de él. Y bien sabemos que donde se rechaza la dependencia a la suprema autoridad y se le niega en la forma más estupida el derecho que tiene de existir, se provoca el desmoronamiento más completo de todo el edificio.
Muchos se creen Iglesia, se creen jerarquía, se creen autoridad y la verdad es que no son nada más que "UNA MASA CONFUSA Y PERTURBADA", PERO NO IGLESIA CATÓLICA.
Un poder así apoyado sobre fundamentos tan débiles y vacilantes, por humanos, ciertamente puede conseguir alguna vez, por las contingencias de las circunstancias, algunos éxitos materiales de que se maravillan sus observadores menos profundos, pero viene el momento indiscutiblemente en que triunfa la ineluctable ley que sacude todo lo que con aparente éxito se pudo haber construido y lo destruye, para manifestarse así la monstruosa desproporción entre la magnitud del resultado material débilmente cimentado en el capricho, en la opinión o en el orgullo humano, y la magnificencia de lo que incluso con débiles recursos humanos, Dios puede lograr, cuando se hace Su voluntad siguiendo los dictados de la Doctrina.
Porque donde no está el papa, no está Jesucristo, y allá donde todos se niegan a elegirlo, incluso en las condiciones más adversas e incomprensibles, se reniega de Cristo y de Su poder, y se cierran voluntariamente los oídos a Su palabra y dirección.
La causa principal de la confusión reinante que estamos viendo en la Iglesia remanente, es la división porque no hay una cabeza. Dios ha dado a unos el episcopado, a otros el sacerdocio y así a muchos toda clase de recursos intelectuales o materiales. Porque quiere que la Iglesia reunida obtenga el triunfo con Su ayuda. Porque ese triunfo no se lo dará a una Iglesia dividida y rebelde a Sus deseos. Si hay esterilidad en el apostolado, si no hay un horizonte de oportunidades, si todo se ve oscurecido, si ha surgido la división y la enemistad entre los grupos tradicionalistas y sus jefes, si nadie se pone de acuerdo, si todos quieren salvar a la Iglesia según su parecer cerrando sus ojos a los dictados de la misma Iglesia, si vemos que a un mundo paganizado y a una Iglesia del Vaticano caída en la herejía es, en las condiciones actuales, algo imposible de convencer, es porque no hay unidad con Pedro, que no está en la Iglesia. Porque todos se han concentrado en la administración de los Sacramentos y se han sentado a esperar algún milagro del Cielo destruyendo así las bases de la unidad y de la caridad .

DISTINTOS GRADOS DE VERDAD PARA CAPTAR A LOS TONTOS
Y DESTRUIR A LA IGLESIA.


Hace algunos años, el terremoto que causó el movimiento de Mons. Marcel Lefebvre, principalmente desde el año de 1976, y raramente apoyado por toda la prensa internacional, vendida en sus altas esferas a los lineamientos futuros del Vaticano, aunque en general por esos años poco conocidos, fue sin embargo para muchos, una esperanza que representaba el regreso a la ortodoxia y una lucha contra la herejía de Roma. Algunos avisaron, sin ser oídos, que el grupo de Lefebvre era colateral de la Roma apóstata y que solamente se pretendía la captación y nulificación de la protesta " tradicionalista".
Era muy lógico. Los grandes iluminados desde el siglo pasado habían anunciado no solamente la llegada al Trono pontificio de un individuo que actuara según los lineamientos del Poder Mundial, y la celebración de un concilio para introducir la Revolución dentro de la Iglesia, sino su rompimiento "en dos anillos": el anillo de los progresistas y el anillo de los tradicionalistas.
Era lógica la preparación de un poderoso mecanismo para la nulificación de los inconformes que pretendieran continuar fieles a la ortodoxia. El grupo de Lefebvre "protestaría" contra las reformas, conservaría los ritos, hablaría para revelar duras verdades pero nunca declararía que el Trono de Roma está vacante, ni daría un paso para solucionar la situación, que era en última instancia, lo que al Vaticano y al Poder Mundial les interesaba, quienes mientras con gran rapidez e inmensos poderes, consolidarían a los enemigos de la Iglesia en sus más altas cumbres de mando. Los lefebvristas dicen que el individuo que ocupa el Trono de Roma, es verdadero papa, pero papa malo, y en esta forma, no se le debe obedecer. Así justifican para sus fieles mantener los ritos condenados por el Vaticano y les hacen creer que así están luchando contra la impiedad cuando en realidad lo han encerrado en una cárcel sin salida. No vamos a analizar la incongruente posición, sino solamente destacar que el grupo de Mons. Lefebvre, extendido por muchas naciones y con muchos dólares, ha sido hasta el día de hoy, sumamente efectivo para lograr los planes que desde el principio se pretendieron.
Sin embargo, durante todo este tiempo, desde el Concilio Vaticano II, (verdadero conciliábulo), no fue posible evitar que muchos declararan que la Sede romana estaba vacante y que en el Trono de San Pedro se sentaba un antipapa. Se dio esta situación que no se deseaba. Y fue más grave desde que Mons. Pierre Martín Ngo Dinh Thuc, a quien luego asesinaron en los Estados Unidos, alarmado con la invalidación de ordenaciones sacerdotales y consagraciones episcopales, consagra a seis obispos para conservar la sucesión apostólica en peligro de extinción por la alteración más estúpida de fórmulas y ritos sacramentales.
Era necesario de toda necesidad, controlar esta nueva forma de protesta que podría poner en peligro lo que la subversión había logrado. No era tiempo de hablar de Sede ocupada a quienes decían que estaba vacante. Y se siguió la política de la capilaridad. Se hizo cabeza con ellos, se les nominó "sedevacantistas", como si fuera posible que el catolicismo puede ser sedevacantista, y siendo los más pocos, se les infiltró por todos lados y se les nulificó mediante muy diversos medios. Se les dijo que sí, efectivamente eran la verdadera Iglesia remanente, PERO QUE, no era posible elegir papa por la pequeña cantidad que eran, debiéndose esperar a otros hasta tener una repre sentatividad mayor; que era necesario esperar que Dios obrara un milagro que salvaría a la Iglesia; que Elias y Enoc vendrían para elegir a un papa que con la ayuda de Dios les diera la victoria; que sucedería una aparición mariana que lograra el triunfo de la Iglesia; o simplemente que no era el momento adecuado para la elección, momento que evidentemente se daría con el tiempo, porque "las puertas del Infierno no pueden prevalecer contra la Iglesia"; etc.
Los seis obispos que Mons. Thuc consagró, fueron también consagrando a otros, pero todos ellos se fueron dividiendo y enemistando porque siempre encontraron muy cerca a quienes los enemistaron con los demás. O fueron surgiendo diversos grados de "ortodoxia" y doctrinas erradas que naturalmente nacen cuando no está Pedro gobernándolos. Y se metieron en sus filas antiguos activistas del grupo de Lefebvre, o judíos y todos juntos activando antiguas consignas de los "Protocolos de los Sabios de Sión", los mantuvieron divididos, enemistados y evidentemente nulificados. Y en esta forma, todos los grupos inconformes, maniatados por sus líderes que los controlan por los Sacramentos o los nulifican con la ocultación de medios para la lucha, quedaron condenados a sobrevivir, en el radio de influencia del Vaticano, a moverse siempre con relación a él, y a ser llamados "sedevacantistas".
Hay una prueba evidente de que la subversión ha podido controlar o influir todas las áreas de la ortodoxia o Iglesia remanente. Cuando algunos pocos hicieron el cónclave de Asís, porque querían elegir a un papa que los unificara, e invitaron a todos absolutamente, incluso a los grupos lefebvristas y progresistas, la condena fue general y llegaron cartas de reprobación e incluso insultos. Como si lo que se pretendía fuera algo malo y no la salvación de la Iglesia.
Fue significativa la represión del Vaticano que a las puertas de San Juan de Letrán en Roma ejerció contra los conclavistas, manifestando su acordidad con quienes desde el interior de la ortodoxia, habían condenado y combatido la idea de la elección papal.
Seria muy bueno, que los católicos sinceros se dieran cuenta de la forma en que poco a poco, con sutileza y con muy diversos motivos aparentemente lógicos o prudentes, han hecho de ellos sus pastores o líderes que obedecen a los enemigos de la Iglesia, consciente o inconscientemente: ENEMIGOS DE QUIENES QUIEREN UN PAPA PARA LA IGLESIA.

LOS "PROTOCOLOS DE LOS SABIOS DE SION", EN ACCIÓN.

No es necesario hacer observaciones a los textos que tomamos del libro "Los Protocolos de los Sabios de Sión", publicado a principios de este siglo y comentado por Mons. E. Jouin.
"Es suficiente dar a las masas, dice el libro, el poder de gobernarse para que se conviertan inmediatamente en un tropel completamente desorganizado" (Pág. 44). "Es necesario fijarse en que el número de hombres con instintos perversos, es mucho más grande que aquéllos que tienen instintos nobles... Todo hombre tiene ansias de mando y de poder; a cada uno le gustaría ser un dictador... Y muy raros son aquéllos que no consentirían sacrificar el bienestar de otros, por satisfacer sus ambiciones personales", "...la fuerza de las masas es ciega, desprovista de razón y de discernimiento, porque tan pronto escucha a unos como a otros... Es suficiente dejarles que se gobiernen por sí un corto tiempo, para que todo se desorganice inmediatamente". (Págs. 184 y 185).
Se ha roto la estructura fundada por Jesucristo: doce Apóstoles y uno de ellos a la cabeza de todos, como Su representante infalible.
Ahora los jefes de la Iglesia de las catacumbas, abandonando la Iglesia apóstata del Vaticano, gobernada por un antipapa, lo cual reconocen todos, y reprobando la postura de los lefebvristas y grupos similares, se mantienen en el vacío sin querer lo que se ha dejado, pero sin querer tampoco adoptar la posición congruente que les correspondería como Iglesia de Jesucristo, evidentemente reducida a su mínima expresión, pero verdadera Iglesia de Jesucristo.
No pueden permanecer en esta situación, porque formando pequeñas "iglesias episcopales" no son la Iglesia y tienen que darse cuenta del manipuleo a que están siendo sometidos. Esta es una posición insostenible que no lleva a ningún lado. Que es el vacío lleno de fábulas, de intereses inconfesables de grupo, de prudencias mundanas y de soberbia.
Y es necesario despertar pronto, pastores desorientados o fieles engañados por lobos con pieles de ovejas, porque la Iglesia está en peligro y si no se actúa con prontitud, ciertamente Dios ha de hablar, pero no hará milagros, sino que enviará un castigo muy gran de que la cobardía merece.
La sociedad civil, necesita jefes, así como la Iglesia también los necesita. Todo se organiza en una armoniosa gradación jerárquica. Las luchas nunca se ganan si los ejércitos no están organizados y tienen un jefe que diga la última palabra. ¿Es lógica la batalla contra la herejía que combaten grupúsculos que cada uno hace lo que le viene en gana? ¿no se hace esto o estúpido o intencional?

LOS CATÓLICOS SEDEVACANTISTAS.

El solo término, es una tontería mayúscula. Dos cosas que como el agua y el aceite, no pueden mezclarse nunca. No existe ningún católico que sea "sedevacantista" y permanezca católico. Pueden estar vacantes las sedes episcopales; puede estar vacante la Sede de San Pedro, cuando falta un papa muerto o impedido, pero camino siempre a la pronta elección del siguiente. Y en el menor tiempo posible. Pero la Sede de San Pedro no puede estar "perpetuamente" vacante y además adoptarse el término "sedevacantista" para señalar a la Iglesia remanente. Esto es aberrante, y si hubiera esa clase de Iglesia, no sería definitiva y absolutamente Iglesia Católica.
A la verdadera Iglesia ahora la llaman "sedevacantista", porque dice que el "papa" de Roma es antipapa. La hacen girar siempre con respecto al Vaticano apóstata y a muchos han nulificado en esta forma, y esto no se puede permitir porque es un manipuleo judaico burdo y sucio. Y no es posible, porque la verdad no vive con referencia a la herejía, sino que el error es error, porque con referencia a la verdad se enseña diverso y errado.

EN LAS BATALLAS DE LA IGLESIA NO ES EL NUMERO,
SINO EL ARDOR DE LA CARIDAD, EL ELEMENTO DETERMINANTE.

Así decía el Papa Pío XII al Episcopado Italiano sobre la Acción Católica un 25 de enero de 1950: "En las santas conquistas de la Iglesia, el número no es el elemento determinante; éste ha de buscarse, por el contrario, en el ardor de la caridad y en la seguridad con que se cree en la eficacia de la fiel obediencia y de la gracia divina. En la armonía admirable de las fuerzas católicas, aún los poquísimos socios de una pequeña parroquia aportarán, sin duda, una contribución benéfica cuando sus actividades, aún muy modestas y limitadas, sean el fruto de una preparación iluminada y fervorosa, de filial disciplina hacia la Jerarquía, de generosa e interior piedad, de auténtico espíritu de sacrificio".
¿Puede esto pensarse sin el papa?

ESPECIALMENTE EN LA CARIDAD,
HAY QUE BUSCAR LA SOLUCIÓN Y EL TRIUNFO.


Nunca había sido combatida la verdad y la Iglesia como hoy. Porque nunca había sido más cierta ni más convincente y soberana, y esto ha generado un odio exacerbado y la manifestación de los más ocultos pensamientos de los enemigos de Cristo y consecuentemente, nunca el hombre había abusado tan diabólicamente de la bondad de Dios.
Hay que temblar ahora que el Espíritu clemente del Señor está siendo ultrajado y la soberbia se enfrenta voluntad contra la Suya.
Cuando vemos muchedumbre de almas que voluntad, están realmente engañadas y oprimidas la miseria moral de nuestro siglo; cuando vemos por causas ajenas a su por la herejía y por a nuestra Iglesia remanente, sumergida en la más grande confusión y división, con gran temblor, no podemos más que aplicar el único remedio para la salud que se desea, que es una grande efusión de caridad, es decir, de caridad cristiana, en la que está compendiada toda la ley y todo el Evangelio.
Eligiendo al Pastor supremo, llega la hora de la acción, la hora de despertar, y de sacudir el funesto letargo, de dar los pasos definitivos para liberar a nuestra Iglesia de las fuerzas infernales, de los traidores que la han tomado desde sus puestos más elevados .
No es hora de lamentos, no es hora para la opinión personal, ni para el orgullo, ni para el capricho que engendra división. Es hora de la acción bajo las banderas eternas de Pedro visible, que nos ha de llevar al triunfo de Cristo.
Toca a los mejores y más selectos hijos de la Iglesia, el reunirse con el entusiasmo que en espíritu de verdad, de caridad y de justicia, reunió a los antiguos cruzados. Es tiempo de desoír las engañosas palabras de prudencia que algunos infiltrados o desorientados en las filas de la Iglesia remanente, han predicado para inhibir toda acción, y toda victoria cristiana. Nuestra posición no es vergonzante, sino de señorío y de victoria, pues Cristo ha vencido al mundo.
No es tiempo de aislarse, cuando se es testigo de tanta miseria y de tanta necesidad. Es ya tiempo de hacer llegar a los corazones de todos, los gritos de auxilio de tanto desheredado. Es tiempo de la fidelidad, al divino patrimonio de la verdad. Es la hora de la sumisión a la Doctrina eterna, que entraña en este momento mucho sacrificio y tal vez mucha sangre, y la renuncia a la propia voluntad para seguirse la palabra de la Iglesia, aunque parezca ilógica e irrealizable. No se puede concebir ni admitir una fría indiferencia frente a los graves deberes de esta hora. Si Dios nos ha favorecido con los verdaderos Sacramentos, con el verdadero Sacrificio, nos ha hecho más responsables que a los demás, que se fueron con los traidores del Vaticano.
¿Nos hemos olvidado acaso, de que la lucha es contra las potestades diabólicas y no precisamente contra los hombres malvados?, ¿nos atreveremos a enfrentar los poderes del Infierno sin la ayuda de Dios?. Si fuera esto verdad, ¡qué tan lejos ha llegado ya el orgullo y la ignorancia del hombre!. Y si queremos tener la dirección de Cristo y oír Su palabra, ¿nos negaremos a elegir a nuestro padre, para que él nos hable la palabra del Señor?. Si esto fuera así, siendo la primera vez en la historia que la Iglesia no quiere al papa, ¡qué cercano estaría ya el día del Juicio, y que tan avanzada estaría ya en el corazón de los hombres, la Apostasía y la corrupción!.

miércoles, 4 de mayo de 2011

GRAVISSIMAS INTER

PÍO IX
Carta Apostólica sobre la Condena algunas opiniones de Jacobo Frohschammer
Del 11 de diciembre de 1862
1. El motivo: los libros y enseñanzas de Frohschammer
Entre las gravísimas amarguras con que de todas partes nos sentimos oprimidos en tan grande perturbación e impiedad de los tiempos, nos dolemos vehementemente al saber que en varias regiones de Alemania se hallan hombres, aun entre los católicos, que, al enseñar la sagrada teología y la filosofía, no dudan en modo alguno en introducir una libertad de enseñar y escribir inaudita hasta ahora en la Iglesia ni en profesar pública y abiertamente opiniones nuevas y de todo punto reprobables, que diseminan entre el vulgo.
De ahí, Venerable Hermano, que sentimos tristeza no leve, cuando a Nos llegó la infaustísima nueva de que el presbítero Jacobo Frohschammer, maestro de filosofía en esa Universidad de Munich, emplea más que nadie semejante licencia de enseñar y escribir, y defiende en sus obras publicadas perniciosísimos errores.
Así, pues, sin tardanza ninguna, mandamos a nuestra Congregación, encargada de la censura de los libros, que cuidadosamente y con la mayor diligencia examinara los principales volúmenes que corren bajo el nombre del mismo presbítero Frohschammer, y nos informara de todo. Estos volúmenes escritos en alemán llevan por título: Introducción a la filosofía, De la libertad de la ciencia, Athenaeum, de los cuales el primero salió a luz ahí en Munich el año 1858, el segundo el año 1861, el tercero en el curso del presente año de 1862.
Obediente, pues, dicha Congregación a Nuestro mandato, con gran diligencia inició un minuciosísimo examen y luego de haberlo discutido y ponderado todo, una y otra vez con madura circunspección, juzgó que el autor no siente rectamente en muchos puntos y que su doctrina se aparta de la verdad católica.
Y esto principalmente por doble motivo: primero porque el autor atribuye a la razón humana tales fuerzas, que en manera alguna competen a la misma razón; y segundo, porque concede a la misma razón tal libertad de opinar de todo y de atreverse siempre a todo, que totalmente quedan suprimidos los derechos, el deber y la autoridad de la Iglesia misma.
2. Doctrina de Jacobo Frohschammer
Porque este autor enseña en primer lugar que la filosofía, si se tiene su verdadera noción, no sólo puede percibir y entender aquellos dogmas cristianos que la razón natural tiene comunes con la fe (es decir, como objeto común de percepción); sino aquellos también que de modo más particular y propio constituyen la religión y fe cristianas; es decir, que el mismo fin sobrenatural del hombre y todo lo que a este fin se refiere, y el sacratísimo misterio de la Encarnación del Señor pertenecen al dominio de la razón y de la filosofía, y que la razón, dado este objeto, puede llegar a ellos científicamente por sus propios principios.
Y si bien es cierto que el autor introduce alguna distinción entre unos y otros dogmas y atribuye estos últimos con menor derecho a la razón; sin embargo, clara y abiertamente enseña que también éstos se contienen entre los que constituyen la verdadera y propia materia de la ciencia o de la filosofía. Por lo cual, de la sentencia del mismo autor pudiera y debiera absolutamente concluirse que la razón, aun propuesto el objeto de la revelación, puede por sí misma, no ya por el principio de la divina autoridad, sino por sus mismos principios y fuerzas naturales, llegar a la ciencia o certeza incluso en los más ocultos misterios de la divina sabiduría y bondad, más aún, hasta en los de su libre voluntad.
Cuán falsa y errónea sea esta doctrina del autor, nadie hay que no lo vea inmediatamente y llanamente lo sienta, por muy ligeramente instruido que esté en los rudimentos de la doctrina cristiana.
3. La filosofía y la fe
Porque si estos cultivadores de la filosofía defendieran los verdaderos y solos principios y derechos de la razón y de la disciplina filosófica, habría que rendirles alabanzas ciertamente debidas. Puesto que la verdadera y sana filosofía ocupa su notabilísimo lugar, como quiera que a la misma filosofía incumbe inquirir diligentemente la verdad, cultivar recta y cuidadosamente e ilustrar a la razón humana, que, si bien oscurecida por la culpa del primer hombre, no quedó en modo alguno extinguida; percibir, entender bien y promover el objeto de su conocimiento y muchísimas verdades, y demostrar, vindicar y defender por argumentos tomados de sus propios principios muchas de las qué también la fe propone para creer, como la existencia de Dios, su naturaleza y atributos, preparando de este modo el camino para que estos dogmas sean más rectamente mantenidos por la fe, y aun para que de algún modo puedan ser entendidos por la razón aquellos otros dogmas más recónditos que sólo por la fe pueden primeramente ser percibidos.
Esto debe tratar, en esto debe ocuparse la severa y pulquérrima ciencia de la verdadera filosofía. Si en alcanzar esto se esfuerzan los doctos varones en las universidades de Alemania, siguiendo la singular propensión de aquélla ínclita nación para el cultivo de las más severas y graves disciplinas, Nos aprobamos y recomendamos su empeño, como quiera que convertirán en provecho y utilidad de las cosas sagradas lo que ellos encontraren para sus usos.
Mas lo que en este asunto, a la verdad gravísimo, jamás podemos tolerar es que todo se mezcle temerariamente y que la razón ocupe y perturbe aun aquellas cosas que pertenecen a la fe, siendo así que son certísimos y a todos bien conocidos los límites, más allá de los cuales jamás pasó la razón por propio derecho, ni es posible que pase.
Y a tales dogmas se refieren de modo particular y muy claro todas aquellas cosas que miran a la elevación sobrenatural del hombre y a su sobrenatural comunicación con Dios y cuanto se sabe que para este fin ha sido revelado. Y a la verdad, como quiera que estos dogmas están por encima de la naturaleza, de ahí que no puedan ser alcanzados por la razón natural y los naturales principios. Nunca, en efecto, puede la razón hacerse idónea por sus naturales principios para tratar científicamente estos dogmas. Y si esos filósofos se atreven a afirmarlo temerariamente, sepan ciertamente que se apartan no de la opinión de cualesquiera doctores, sino de la común y jamás cambiada doctrina de la Iglesia.
4. La Revelación
Porque consta por las Divinas Letras y por la tradición de los Santos Padres, que la existencia de Dios y muchas otras verdades son conocidas con la luz natural de la razón aun para aquellos que todavía no han recibido la fe; mas aquellos dogmas más ocultos, sólo Dios los ha manifestado, al querer dar a conocer el misterio que estuvo escondido desde los siglos y las generaciones [Col. 1, 26], y ello por cierto de modo que después de que antaño en ocasiones varias y de muchos modos habló a los padres por los profetas, últimamente nos ha hablado a nosotros por su Hijo... por quien hizo también los siglos [Hebr. 1, 1 s]... Porque a Dios, nadie le vio jamás: El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, El mismo nos lo contó [Ioh. 1, 18].
Por eso el Apóstol, que atestigua que las gentes conocieron a Dios por las cosas creadas, al tratar de la gracia y de la verdad que fue hecha por Jesucristo [Ioh. 1,17], hablamos —dice—de la sabiduría de Dios en el misterio; sabiduría que está oculta... y que ninguno de los príncipes de este mundo ha conocido... A nosotros, empero, nos lo reveló Dios por medio de su Espíritu: Porque el Espíritu lo escudriña todo, aun las profundidades de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe lo que es del hombre, sino el espíritu del hombre que está dentro de él? Por la misma manera, tampoco lo que es de Dios lo conoce nadie, sino el Espíritu de Dios [1 Cor. 2, 7 ss].
Siguiendo estos y otros casi innumerables oráculos divinos, al enseñar la doctrina de la Iglesia, los Santos Padres tuvieron continuamente cuidado de distinguir el conocimiento de las cosas divinas, que por la fuerza de la inteligencia natural es a todos común, de aquel conocimiento de las cosas que se recibe por la fe por medio del Espíritu Santo, y constantemente enseñaron que por ésta se nos revelan en Cristo aquellos misterios que no sólo transcienden la filosofía humana, sino la misma inteligencia natural de los ángeles, y que, aun después de ser conocidos por la revelación divina y recibidos por la fe misma, siguen, sin embargo, cubiertos por el sagrado velo de la misma fe y envueltos en oscura tiniebla, mientras peregrinamos en esta vida mortal lejos del Señor.
5. El dogma y la libertad filosófica en Frohschammer
De todo esto se sigue en forma patente, ser totalmente ajena a la doctrina de la Iglesia Católica la sentencia por la que el mismo Frohschammer no duda en afirmar que todos los dogmas de la religión cristiana son indistintamente objeto de la ciencia natural o filosofía y que la razón humana, con sólo que esté histórica mente cultivada, si se proponen estos dogmas como objeto a la razón misma, por sus fuerzas y principios naturales, puede llegar a verdadera ciencia sobre todos los dogmas, aun los más recónditos [v. 1709].
Además, en los citados escritos del mismo autor, domina otra sentencia que manifiestamente se opone a la doctrina y sentir de la Iglesia Católica. Porque atribuye a la filosofía tal libertad, que no debe ya ser llamada libertad de la ciencia, sino reprobable e intolerable licencia de la filosofía. En efecto, establecida cierta distinción entre el filósofo y la filosofía, al filósofo atribuye el derecho y el deber de someterse a la autoridad que haya reconocido por verdadera; pero uno y otro se lo niega a la filosofía, de tal suerte que, sin tener para nada en cuenta la doctrina revelada, afirma que la filosofía no debe ni puede jamás someterse a la autoridad.
Lo cual debería tolerarse y acaso admitirse, si se dijera sólo del derecho que tiene la filosofía, como también las demás ciencias, de usar de sus principios o métodos y de sus conclusiones, y si su libertad consistiera en usar de este su derecho, de suerte que nada admita en sí misma que no haya sido adquirido por ella con sus propias condiciones o fuere ajeno a la misma.
Pero esta justa libertad de la filosofía debe conocer y sentir sus propios límites. Porque jamás será licito, no sólo al filósofo, sino a la filosofía tampoco, decir nada contrario a lo que la revelación divina y la Iglesia enseñan, o poner algo de ello en duda por la razón de que no lo entiende, o no aceptar el juicio que la autoridad de la Iglesia determina proferir sobre alguna conclusión de la filosofía que hasta entonces era libre.
Añádese a esto que el mismo autor tan enérgica y temerariamente propugna la libertad o, por decir mejor, la desenfrenada licencia de la filosofía, que no se recata en modo alguno de afirmar que la Iglesia no sólo no debe reprender jamás a la filosofía, sino que debe tolerar los errores de la misma filosofía y dejar que ella misma se corrija [v. 1711]; de donde resulta que también los filósofos participan necesariamente de esta libertad de la filosofía y que también ellos se ven libres de toda ley.
6. Condenanse las opiniones de Froschammer
¿Quién no ve con cuanta vehemencia haya de ser rechazada, reprobada y absolutamente condenada semejante sentencia y doctrina de Frohschammer? Porque la Iglesia, por su divina institución, debe custodiar diligentísimamente íntegro e inviolado el depósito de la fe y vigilar continuamente con todo empeño por la salvación de las almas, y con sumo cuidado ha de apartar y eliminar todo aquello que pueda oponerse a la fe o de cualquier modo pueda poner en peligro la salud de las almas. Por lo tanto, la Iglesia, por la potestad que le fue por su Fundador divino encomendada, tiene no sólo el derecho, sino principalmente el deber de no tolerar, sino proscribir y condenar todos los errores, si así lo reclamaren la integridad de la fe y la salud de las almas; y a todo filósofo que quiera ser hijo de la Iglesia, y también a la filosofía, le incumbe el deber de no decir jamás nada contra lo que la Iglesia enseña y retractarse de aquello de que la Iglesia le avisare.
Y así sostenemos y declaramos que la sentencia que afirme lo contrario, es totalmente errónea, y en sumo grado injuriosa a la fe misma, a la Iglesia y a la autoridad de ésta.
Después de haber considerado detenidamente todas estas cosas, según el parecer de Nuestros Venerables Hermanos los Cardenales de la Santa Romana Iglesia, que forman la Congregación encargada de examinar los libros, por Nuestra propia determinación, con ciencia cierta y madura deliberación Nuestra y con la plenitud de Nuestra potestad Apostólica, reprobamos y condenamos los supradichos libros del Presbítero Frohschmmaer como que contienen proposiciones y doctrinas respectivamente falsas, erróneas e injuriosas para la Iglesia, su autoridad y sus derechos y queremos que por todos sean consideradas cono reprobadas y condenadas y ordenamos a las misma Congregación que inscriba esas obras en el Índice de los libros prohibidos.
7. Exhortación
Al escribir estas cosas, Venerable Hermano, no podemos dejar de manifestar el gran dolor que aflige Nuestro espíritu al ver a este hijo Nuestro, autor de tales libros, quien por lo demás podía haber sido benemérito para la Iglesia, arrebatado por un lamentable ímpetu de su corazón, seguir un camino que no conduce a la salvación y se aparta cada vez más del recto sendero.
Pues habiendo sido anteriormente condenado su libro acerca del origen de las almas [1], de ninguna manera quiso someterse, y aun no temió enseñar de nuevo el mismo error en sus recientes escritos, abundando en injurias contra Nuestra Congregación del Índice y propasándose en muchas otras cosas temerarias y falsas contra el modo de obrar de la Iglesia.
Todas estas cosas son tan incomprensibles que con entera razón y derecho hubiéramos podido dar libre curso a Nuestra indignación. Con todo no queremos todavía deponer para con él Nuestras paternales entrañas y te exhortamos, Venerable Hermano, a manifestarle Nuestro corazón paternal y el acerbísimo dolor que Nos causa, y a que lo exhortes y amonestes al mismo tiempo con saludables consejos para que escuche Nuestra voz que es la voz del Padre de todos y se arrepienta como corresponde a un hijo de la Iglesia, dándonos así a todos una gran alegría[2].
8. Conclusión
De esta manera él mismo experimentará cuanto gozo y felicidad reporta el menospreciar una libertad vana y perniciosa, uniéndose al Señor, cuyo yugo es suave y la carga ligera, cuyas palabras son castas y purificadas con el fuego, cuyos juicios son verdaderos y justificados por sí mismos y cuyos caminos son siempre los de la misericordia y la verdad.
En fin también queremos aprovechar esta ocasión para asegurarte y confirmarte una vez más Nuestra particular benevolencia, de la cual queremos te sea prenda, Nuestra Bendición Apostólica, que te impartimos de todo corazón, a ti, Venerable Hermano, y a toda la grey confiada a tu cuidado.
Dado en roma, junto a San Pedro, el día 11 de diciembre de 1862, en el año décimo séptimo de Nuestro Pontificado. Pío, IX

[1] El libro de Frohschammer "Sobre el origen de las almas humanas", 1854, en el que enseña que las almas de los padres por la fuerza creadora universal inherente a ellas producen las almas de los hijos, fue condenado por la Iglesia en el año 1857.
[2] Pese a este llamado paternal, Frohschammer no se sometió, sino que combatió en adelante con mayor audacia al Papa y a la Iglesia.

Primera razón que hace de la maternidad de María el centro y la clave de sus privilegios.

Ella los reclama a título de "disposiciones".
I.—¿De dónde viene a la maternidad de María el privilegio de ser el centro hacia el cual convergen tantas gracias, el manantial, de donde derivan, el principio del que son como corolarios? A decir verdad, ya hemos respondido a esta pregunta, o, mejor dicho, respondieron por nosotros los Santos Padres. Mas es de tanta importancia, que debemos ahondar aún más en ella. A esto se enderezan este capítulo y los siguientes. Pero en esta materia, como en todas las demás, no queremos caminar solos, sino apoyándonos en autoridades de todo en todo recomendables, pues ¿por qué hemos de hablar por cuenta propia, cuando por doquier abundan testimonios de gran peso?
Santo Tomás de Aquino propone una razón tan perentoria, que por sí sola basta para esclarecer la cuestión. Tiene además esta ventaja: que demuestra más directamente las prerrogativas de la Virgen anteriores a la concepción del Verbo encarnado. "Cuando Dios —dice— escoge por sí mismo a algunas de sus criaturas para una función especial, la dispone de antemano y la prepara para que cumpla dignamente el ministerio al que la ha destinado" (3 p., q. 27, a. 4). Principio brevísimo, sencillísimo, pero de una certeza y de una fecundidad maravillosas. El Doctor Angélico lo aplica particularmente a la pureza sin mancha de María, y con él prueba que María nunca tuvo la menor mácula. Mas como quiera que el principio es universal, inmediatamente después usa de él para demostrar que María recibió la plenitud de la gracia. "A cada uno da Dios la gracia según la elección que ha hecho de él. Y como Cristo, en cuanto hombre, había sido predestinado para ser el Hijo de Dios, santificador del mundo, recibió en propiedad una plenitud de gracias tan abundante que bastase para enriquecer a todos los hombres, según que lo dijo San Juan: Y de su plenitud todos hemos recibido (Juan I, 16). Ahora bien; la bienaventurada Virgen María obtuvo plenitud tan grande de gracia, que ninguna criatura ha estado tan cerca como ella del autor de la gracia, porque ella recibió en sí mismo a aquél que está lleno de toda gracia y por su parto derramó en cierto modo la gracia sobre todo el linaje humano" (3 p., q. 27, a. 5, ad I). Hemos transcripto este texto íntegramente porque nos recuerda las dos destinaciones de María, o, hablando con más propiedad, su destinación total: ser Madre de Dios hecho hombre y concurrir con él, como Madre, a la salvación del mundo, en el modo y medida que después explicaremos.
Esta es, pues, la norma y la regla conforme a la cual debemos juzgar de las prerrogativas concedidas a María. Que tal norma sea sólida y que tal regla sea segura nos lo testifica la conducta de la Divina Providencia en el Gobierno de los Santos. Reparemos en el Bautista, el Precursor del Verbo encarnado. No se satisface Jesús con santificarlo como a los demás niños de Israel: va él mismo, personalmente, llevando en el seno de su Madre, y sale al encuentro a este niño tan especialmente predestinado. Aún no ha visto Juan la luz del día, cuando ya su alma, iluminada por la visita de Jesús, resplandece con claridades de gracia. Ya es lo que más adelante, cuando preceda al ángel del Testamento para anunciar la venida tantas veces deseada, mostrará ser: una lámpara ardiente y brillante (Malach., III, 1; Joan., V, 35).
Reparemos también en los apóstoles. "Cristo nos ha hecho idóneos para el ministerio de la Nueva Alianza", escribía el apóstol a los Corintios ( II Cor., III, 6). ¡Qué preparación! Tres años de noviciado con el Salvador como maestro visible; después, una efusión del Espíritu Santo, como el mundo nunca había conocido, sobre sus cabezas y sobre sus corazones.
Elevémonos hasta llegar al orden de la unión hipostática. Nunca naturaleza creada fue ordenada a un fin tan sublime como la santa humanidad de Cristo, ni criatura alguna recibió de Dios abundancia semejante de privilegios y de gracias. Si no hubiese sido así, la Eterna Sabiduría no dispondría todas las cosas con peso, número y medida.
Por consiguiente, Dios hubiese obrado contra las leyes más constantes de su Providencia si antes de elevar a María a la dignidad de Madre suya y asociarla con este carácter de Madre a la grande obra de la redención del mundo, no hubiera derramado sobre ella a torrentes todos los dones que pedía tan alta dignidad, la primera después de la de Jesucristo en el orden de la salvación (Admirablemente desarrolló estas ideas Alberto Magno; Super Missus est, q. 46, Opp. XX, p. 46).
Mas para profundizar en esta divina economía se ha de considerar cuánta diferencia va de la elección hecha por Dios a las elecciones humanas. El hombre, cuando elige a otro hombre para que ocupe un puesto, ha de informarse primeramente de si es capaz y digno de llenarlo; su elección presupone el mérito, no lo da. Muy de otra manera elige Dios. Hace aptos para los cargos a aquellos a quienes escoge para los mismos. Si no, ved lo que pasa en el orden de la naturaleza, con qué providencial solicitud dotó a cada uno de los seres que forman el universo de aquellas facultades e instintos que les son necesarios para llegar a su destino. ¿Podríamos ni aun sospechar que Dios sea menos liberal, que sea, digámoslo con su palabra propia, menos sabio y prudente en el orden sobrenatural de la gracia? Así se explica cómo, queriendo transformar el mundo escogió a pobres, a sencillos, a hombres de ningún valor; su elección los hizo capaces de dar cabo a una obra que superaba totalmente sus fuerzas y sus aptitudes nativas.
Por esta misma razón, las elecciones divinas nunca defraudan ni las previsiones de Dios, ni sus esperanzas. Si hay un traidor entre los apóstoles elegidos personalmente por Jesucristo, es porque la elección de Judas no fue absoluta. El Señor, cuando le llamó para que le siguiera, sabía que Judas le sería traidor; pero esto mismo entraba en los designios de su misericordia, pues la salvación del mundo pedía que Jesucristo fuese entregado a sus enemigos (Cf. S. Thom. a Villanova. In Fest. Nativit. B. V. M., conc. 3, n. 2. Conciones, II, 397).
Oh, María, no te eligió a ti el Ungénito de Dios entre todas las hijas de Israel ni te colmó de bendición sobre todas las mujeres para permitir un día que fueses infiel a tu misión. Por eso no sólo te preparó él mismo para la dignidad que te dio, sino que, como esta dignidad excede casi infinitamente a toda otra dignidad que no sea la de tu Hijo, los privilegios que te dio exceden también toda medida. El orden de la providencia pedía no sólo que fueses preparada, sino que la preparación correspondiese a la grandeza de la misión que divinamente te había sido confiada.

II.—No es posible decir con cuánto amor y con cuánta riqueza de estilo han desarrollado los Santos Padres este punto de doctrina para honor del Hijo y de la Madre. Baste recordar lo que más de una vez hemos dicho acerca de este particular en los libros precedentes. Mas no se crea que dejamos agotada la materia. En ésta, más que en otras cuestiones, rivalizan entre sí los cristianos de todas las regiones, de todos los ritos y de todas las lenguas, para ver quién habla con más deslumbradora magnificencia sobre la preparación de la Santísima Virgen para ser Madre de Dios. Hízose la traza y el modelo antes de todos los tiempos, allá en las profundidades de la eternidad, y cuando llegó la plenitud de los tiempos, dijérase que la Santísima Trinidad, toda entera, Padre, Hijo y Espíritu Santo, no tenían sabiduría ni poder ni bondad sino para acabar y rematar obra tan hermosa.
"Todos estaban destinados a la muerte; pero Dios, movido de misericordia, no quiso que el hombre, criatura de sus manos, volviese a la nada, de donde había salido. Así, creó un cielo nuevo y una tierra nueva, donde, descendiendo por un consejo de bondad para reformar la familia humana, habitase él, a quien nada puede contener. Este cielo y esta tierra es la bienaventurada y mil veces bendita Virgen María... ¡Oh, cuan espléndido es el palacio real preparado por el Rey universal...! ¡Cuan magnífico es este mundo! ¡Oh, qué plantas de maravillosa virtud adornan esta asombrosa creación...! Digna es, ciertamente de servir de morada a Dios, que viene a vivir en medio de los hombres... Afirme Job, aquel antiguo patriarca, que el cielo no es puro ni las estrellas irreprochables delante de Dios; pero en verdad, ¿puede concebirse nada más puro, nada más irreprochable que la Virgen? ¿Y no es esto maravilla? Dios, luz soberana y purísima, la amó tanto que por la operación del Espíritu Santo, que descendió sobre ella, se mezcló con ella substancialmente y salió de sus entrañas hecho hombre perfecto... No se ruborizó de ser llamado Hijo de su propia criatura, y, llevado del amor de esta Virgen, más hermosa que todas las cosas creadas, juzgó que era digna de sus abrazos aquélla que sobrepuja en excelencia a las virtudes mismas del cielo" (S. Joan. Damasc, Orat. 2, In Deip Nativit. n. 4 P. G. XCVI, 684).
"Calle, pues, el sabio Salomón; no diga ya que no hay nada nuevo en la tierra. Oh Virgen, que de todo tu ser destilas gracias divinas, ¿no eres tú el templo santo que el Salomón espiritual (Es decir, aquel de quien el primero fué tipo y figura), el príncipe de la paz, se edificó a sí mismo para habitar en él; templo en el que no veo oro, sino al mismo Espíritu Santo con sus esplendores?" (Id., ibíd., Orat. In Deip Nativit., n. 10, 677. El mismo pensamiento, y expresado casi con las mismas palabras, encuéntrase en Modesto de Jerusalén, Encom. in Deip., n. 4).
Si San Juan Damasceno no resumiese fielmente el sentir de los griegos, añadiríamos este otro pasaje de una carta de Teodoro de Jerusalén, leída ante los Padres del segundo Concilio de Niceo, y aprobada por ellos: "María es verdaderamente Madre de Dios, Virgen antes y Virgen después del parto, creada por Dios, más sublime en santidad y gloria que todas las criaturas inteligibles y sensibles" (Conc. Nic. 2, act. 3, apud. Mansi, XXII, 1139). Oigamos ahora a los Coptos los cuales cantan en su Liturgia, "El Padre te hizo con increíble solicitud y el Espíritu Santo descendió sobre ti" (Theotoc. p. 100. E. (texto tomado de Passaglia)). Los Maronitas cantan también así: "Bendito sea aquél que la escogió y la formó en el seno materno, para que fuese su propia Madre. Bienaventurada eres, oh María, tú, que mereciste dar a luz, por manera inefable, al Hijo del Altísimo, Virgen y Madre del eterno Creador de Adán y Eva" (In Offic. ad I, fer. 6. Apud Asseman, In Codic liturg., I, p. 406).
El mismo lenguaje oiremos en Occidente. Aquello que se lee en el libro tercero de los Reyes: "No se ha hecho en todos los reinos de la tierra obra semejante" (III Reg., X, 20), aplícalo San Pedro Damiano a la Madre de Dios. "Nada más verdadero, nada más sublime, nada más dulce para nuestra mísera modalidad. Aunque Dios haya hecho en el mundo muchas cosas grandes, nada ha fabricado tan excelente y magnífico como esta Virgen bendita" (Serm. 44, ln Nativit. B. V. Serm. 1. P. L. 144, 739, 740)
Y no es extraño, "porque la eterna sabiduría, que toca de un extremo al otro con fortaleza y que dispone todas las cosas con suavidad, la formó tal que fuese digna de recibir en sí a la misma Sabiduría y revestirla de una carne inmaculada" (Id., serm. 45. In Nativit. B. V. Serm. 2. Ibíd. 741).
"Digamos, pues, con alegría a la Santísima Virgen María, Madre de Nuestro Señor Jesucristo, digámosle con osadía: Amamanta Oh Madre, a Cristo Nuestro Señor y manjar delicioso de las almas. Nutre con tu leche el pan que nos ha venido del cielo, ese pan que fue depositado en el pesebre para que fuese alimento de los animales racionales... Amamanta a aquél que te hizo lo que era necesario que fueses para que él mismo fuese hecho de ti; aquél que, concebido por ti, te hizo fecunda y que, naciendo de ti, te conservó el honor de la virginidad; aquél que antes de nacer escogió él mismo el seno y el pueblo y el día en,que nacería y que por sí mismo hizo todo aquello que había escogido. Y esto es lo que antes, mucho antes, había predicho (Psalm. LXXXVI, 5): "¿No se dirá de Sión: un hombre y un hombre ha nacido en ella, y el Altísimo la fundó?" (In append. Serm. S. August., serm. 128, In Nativ. Dom., n. 2. P. L. XXXIX, 1998. Es muy dudoso que este sermón sea de San Agustín: pero todos reconocen que en gran parte, está formado con fragmentos tomados de las obras del santo gran doctor de la Iglesia y que los pensamientos son del santo. Si estas palabras, un hombre y un hombre, se interpretan como significativas de una multitud de hombres, no por eso el texto es menos adaptable a María, madre universal de los hijos de Dios).
Hasta ahora apenas hemos parado la consideración más que en María como Madre de Dios; pero ya desde el principio nos advierte Santo Tomás que cuando se trata de los privilegios que le fueron concedidos en razón de su misión es preciso también considerarla como cooperadora de la obra de Redención. "María —dice en otro lugar— es llena de gracia en cuanto que de ella refluyen sobre todos los hombres. Es en efecto, cosa grande que cada uno de los santos tenga tantas gracias cuantas serían menester para proveer a la salvación de muchos. Pero maravilla mayor sería que tuviese para dar abasto a la salvación de todos los hombres del mundo, y esto es lo que vemos en Cristo y en la bienaventurada Virgen" (Opusc. Super Salut, angelic, ad verba: Gratía plena). No es éste lugar oportuno para deternernos más largamente en este punto particular; volveremos a tratarle en más de una ocasión, o mejor dicho, nos llevarán de la mano los Santos Padres cuando llegue la hora de contemplar a María como medianera y como Madre de los hombres.
Por ahora contentémonos con recoger un pensamiento, en verdad exquisito, de San Bernardo, acerca de la preparación de gracia requerida por la maternidad divina. "El Salvador de los hombres, queriendo hacerse hombre y nacer de hombre, tuvo que elegir entre todas las mujeres; mejor dicho, tuvo que formar para sí mismo una Madre tal que él sabía Inmaculada, que venía a purificarnos de todas nuestras suciedades. La quiso humilde, él, que es el humilde y dulce de corazón, que había de darnos en su persona el necesario y saludabilísimo ejemplo de estas virtudes. Le dio un alumbramiento virginal, después que hiciera ella, bajo su inspiración, voto de virginidad y de este modo recibiera por su gracia el mérito de la humildad. Y la Virgen regia, adornada con estas virtudes como con otras tantas joyas, resplandeciente con el más puro de los resplandores en el cuerpo y en el alma, conocida hasta de los cielos por su incomparable hermosura, atrajo la mirada de los habitantes del cielo, hasta el punto de inclinar hacia sí el Corazón del mismo Rey, comprometiéndolo para enviarle un mensajero de las alturas. Y esto es lo que nos enseña el evangelista cuando nos muestra al Ángel enviado por Dios a la Virgen, es decir, por la Grandeza a la bajeza, por el Señor a la esclava, por el Creador a la criatura. ¡Oh condescendencia de Dios! ¡Oh excelencia de la Virgen!" (hom. 2, Super Missus est. n. 1 et 2. P. L. CLXXXIII, 61, 62).
Concluyamos con estas hermosas palabras de Bossuet: ¿De qué serviría a María tener un Hijo que va delante de ella y que es el autor de su nacimiento si no la hubiera hecho digna de él? Teniendo que hacer para sí mismo una Madre, la perfección de una obra tan grande no podía ni ser retrasada en demasía, ni ser comenzada demasiado presto, y si sabemos concebir cuan augusta es la dignidad a la que es llamada, fácilmente reconoceremos que no fue demasiada preparación el disponerla para tal dignidad desde el primer momento de su vida" (I serm. acerca de la Natividad de la Santísima Virgen, al final del punto segundo). Y con decir esto, no hace Bossuet más que repetir lo que había leído en los Santos Padres. En efecto, ¿no es esto lo que les oímos cuando en tantas formas y en tantas y tan varias circunstancias nos presentan a Dios formando, produciendo, creando en María a su Madre y haciéndola ya desde el principio tal que pudiese nacer y habitar en su seno virginal como en un templo digno de él?
J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS...