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lunes, 9 de mayo de 2011

EL MARTIRIO DE LAS SANTAS PERPETUA Y FELICIDAD Y DE SUS COMPAÑEROS, BAJO SEPTIMIO SEVERO


Tras el reinado infamante (180-192) de Cómodo, gladiador coronado, indigno vastago de Marco Aurelio; tras el relámpago de honradez de Pértinax, que se extingue, por asesinato, a los tres meses; tras la vergüenza del Imperio sacado a pública subasta y comprado por el infame Didio Juliano al precio de 7.500 denarios a cada pretoriano, la figura y reinado de Septimio Severo surge como último fulgor de un mundo en indeclinable ocaso, agotamiento y ruina.
Hacia fines de 197, vencido junto a Lión Albino, su último rival, Severo era dueño único del Imperio, cuya unidad restableció con tan férrea voluntad como fe en su estrella, que le había destinado—él lo sabía—para señor solo del mundo. Cierto que, aun después de su victoria, con instinto de tigre que no perdona a su víctima, hizo correr copiosamente la sangre, siguiendo una terrible convicción personal: "El que quiera—decía—salvar la unidad del Imperio, no debe por algún tiempo ahorrar la sangre, a fin de poder, en el resto de su vida, mostrarse amigo de los hombres." Mas mirada en su conjunto la obra de su reinado: unidad del Imperio restablecida, guerras victoriosas en las fronteras, reorganización y moralización del ejército, obras públicas por todo lo ancho de su dominio, auge nunca igualado del derecho romano cuando Papiniano, Ulpiano y Paulo se sientan en el Consejo imperial y dictan la ley al mundo, fomento de la vida del espíritu por el cultivo de las letras y hasta por los vagos anhelos religiosos que inquietan las almas de la época, puede bien afirmarse de este duro africano que "de haber dejado tras sí hijos y nietos de su talla, hubiera con él empezado una nueva época, y Septimio Severo se erguiría como uno de los auténticos grandes de la historia universal". A su muerte se dijo que o no debiera haber nacido o no debiera haber muerto. Su obra, en efecto, no halló continuadores. La disolución del Imperio era inevitable, y se prosigue implacablemente en todo el siglo III, hasta que venga la hora de recogerlo y estrujarlo con puño bárbaro Diocleciano, del que saldrá otro.
Septimio Severo inaugura una nueva época en la situación de la Iglesia y del Imperio. Hasta comienzos, del siglo III, en virtud, sin duda, de una ley especial, el cristianismo era religio illicita y sus seguidores estaban fuera de la ley. Sin embargo, según la paradójica jurisprudencia sentada por el rescripto de Trajano, no se los debía buscar; sí castigar, caso de ser delatados y convictos y perseverar en la confesión de la fe cristiana. Ni Adriano con su rescripto a Minucio Fundano, ni Antonino Pío con sus varias intervenciones moderadoras, ni Marco Aurelio en el caso que se le somete de los cristianos de Lión, introducen modificación de cuenta en la situación legal de los cristianos. El cristianismo es un crimen; pero un crimen sui generis, ante el que la autoridad puede hacer la vista gorda, mientras alguien no se tome la molestia de delatar a los presuntos criminales.
Entre tanto, pese a la anómala situación legal, pese a la sangre derramada, o más bien gracias, en buena parte, a esa misma sangre fecunda de los mártires, semilla de cristianos, la nueva fe, la nueva doctrina, la nueva iniciación de la vida proseguía su marcha ínvasora de almas y tierras, con caracteres alguna vez de contagio o epidemia, y un paisano y contemporáneo de Septimio Severo, el abogado africano Quinto Septimio Florente Tertuliano, podía escribir, hacia el año 197, con hipérbole oratoria, pero con fondo innegable de verdad histórica, las famosas palabras: "Somos de ayer y ya hemos llenado el orbe y todo lo vuestro: las ciudades, las islas, los castillos, los municipios, las audiencias, los campamentos mismos, las tribus, las decurias, el palacio, el senado, el foro; sólo hemos dejado para vosotros los templos". Pues justamente contra este crecimiento expansivo del cristianismo va dirigido el edicto de Septimio Severo, cuya fecha se pone entre los años 200 a 202, y cuyos motivos inmediatos no son claramente conocidos. Puestos a escoger alguna explicación, preferimos la que sigue: Séptimo Severo, en fecha bastante anterior a su elevación al Imperio, se había casado con Julia Domna, una siria, hija del sacerdote del Sol, destinada por su horóscopo a ser emperatriz. Julia Domna, alma abierta, por su origen oriental, a las inquietudes religiosas, era partidaria de un amplio sincretismo, en que habían de fundirse todas las religiones y filosofías antiguas en una nueva religión, no bien definida todavía, pero que luego se concreta en torno al culto del Sol invictus. Naturalmente, el cristianismo, como un puro diamante, era refractario a toda fusión, y el sincretismo de la emperatriz tenía que mellarse y aun hacerse trizas al chocar con él. Y lo mismo se diga del judaismo. Ella pudo inspirar el edicto que abarcaba por igual a ambas religiones. Esparciano, uno de los exangües escritores de la Historia Augusta, da la noticia en estos términos: "Prohibió (Septimio Severo) hacerse judíos, bajo grave castigo; lo mismo también decretó sobre los cristianos". La prohibición de hacerse judío no era, en realidad, nueva. La circuncisión había sido prohibida por Adriano, y Antonino Pío la había restringido a los hijos de judíos. La novedad atañía a los cristianos. Si podemos suponer que el institutum Neronianum rezaba: Ut christiani non sint, ahora la autoridad imperial manda: Ne fiant christiani: "No es lícito hacerse cristiano". En resolución, el edicto de Severo apunta señaladamente a la propaganda evangélica, que se presentaba, sin duda, alarmante en su invasión lenta y segura del Imperio, al modo de la levadura evangélica, que, puñado insignificante en sus comienzos, termina por fermentar toda la masa.
Notemos que la legislación anterior queda intacta. El ser cristiano sigue siendo un crimen. Los que lo eran el año 202, seguirán con la espada de Damocles suspendida sobre sus cabezas: una delación los podía poner, como a tantos hermanos suyos del siglo II, en la alternativa de apostatar o morir. Sólo que, de cumplirse el rescripto trajánico, no se los buscaría de oficio. Mas a los que en adelante pretendieran hacerse cristianos, les alcanzaba directa e inmediatamente una nueva ley imperial, y, por ende, la iniciativa del castigo a sus infractores tocaba, no ya a los particulares, sino a la autoridad misma, guardiana de la ley.
Tal parece ser el estado de cosas, tal la situación legal en que se desenvuelve uno de los más impresionantes dramas de toda la historia de las persecuciones: el martirio de las santas Perpetua y Felicidad y sus compañeros, en África, patria del emperador reinante. Las actas de este martirio, de contextura muy original y de autenticidad no discutida, son uno de los monumentos más admirables y más puros que nos haya legado la antigüedad cristiana.

* * *
Martirio de las Santas Perpetua y Felicidad y de sus compañeros.
I. Si los antiguos ejemplos de la fe, que atestiguan la gracia de Dios y obran la edificación del hombre, no por otro motivo se han puesto por escrito, sino porque con su lectura, como con nueva representación de las cosas, sea Dios honrado y el hombre confortado, ¿por qué no habrán también de escribirse los nuevos documentos que dicen con una y otra causa? Valga, por lo menos, la razón de que también estos acaecimientos han de venir un día a ser viejos y necesarios a los por venir; siquiera en su tiempo, que es este presente, por la veneración que sin más se tributa a lo antiguo, se diputen por de menor autoridad. Mas allá se lo hayan los que se atreven a juzgar la virtud, que es una sola, del Espíritu Santo conforme a las edades de los tiempos; y aun en este caso, hay que tener en más alta estima lo nuevo como perteneciente a los últimos tiempos, según la sobreabundancia de gracia decretada para los postreros espacios del mundo:
Porque en los últimos tiempos—dice el Señor—derramaré de mi Espíritu sobre toda carne y profetizarán los hijos y las hijas de ellos; y sobre mis siervos y mis siervas derramaré de mi Espíritu; y los jóvenes verán visiones y los viejos soñarán sueños (Act. II, 17).
Así, pues, nosotros, que reconocemos y honramos las nuevas visiones a par de las nuevas profecías, como igualmente prometidas, y diputamos las otras obras maravillosas del Espíritu Santo por escritura o documentos de la iglesia (a la que, por lo demás, fué enviado Él, siempre el mismo, para administrar todos sus carismas en todos, conforme a cada uno distribuyó el Señor), no podemos menos de consignarlas y celebrarlas con la lectura para gloria de Dios, a fin de que ni la flaqueza ni la desesperación de la fe estime que sólo entre los antiguos se dio la gracia de la divinidad, ora se atienda a la confesión del martirio, ora a las revelaciones. Dios obra siempre lo que promete, para testimonio contra los que no creen y beneficio de los que creen.
También, pues, nosotros os anunciamos lo que hemos oído y tocado, hermanos e hijitos, a fin de que vosotros, los que asististeis a los sucesos, rememoréis la gloria del Señor, y los que ahora de oídas los conocéis, tengáis comunión con los santos mártires, y por ellos con el Señor Jesucristo, a quien es la gloria y honor por los siglos de los siglos. Amén.
II. Fueron detenidos los adolescentes catecúmenos Revocato y Felicidad, ésta compañera suya de servidumbre; Saturnino y Secúndulo, y entre ellos también Vibia Perpetua, de noble nacimiento, instruida en las artes liberales, legítimamente casada, que tenía padre y madre y dos hermanos, uno de éstos catecúmeno como ella, y un niño pequeñito que criaba a sus pechos. Ella contaba unos veintidós años.
A partir de aquí, ella misma narró punto por punto todo el orden de su martirio (y yo lo reproduzco, tal como lo dejó escrito de su mano y propio sentimiento).
III. "Cuando todavía—dice—nos hallábamos entre nuestros perseguidores, como mi padre deseara ardientemente hacerme apostatar con sus palabras y, llevado de su cariño, no cejara en su empeño de derribarme:
Padre—le dije—, ¿ves, por ejemplo, ese utensilio que está ahí en el suelo, una orza o cualquier otro?
—Lo veo
—me respondió.
Y yo !e dije:
¿Acaso puede dársele otro nombre que el que tiene?No—me respondió.
—Pues tampoco yo puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy: cristiana.
Entonces mi padre, irritado por esta palabra, se abalanzó sobre mí con ademán de arrancarme los ojos; pero se contentó con maltratarme. Y se marchó, vencido él y los argumentos del diablo. Luego, por unos pocos días, di gracias al Señor de no ver a mi padre y sentí alivio con su ausencia. En el mismo espacio de esos pocos días fuimos bautizados, y a mí me dictó el Espíritu que no había de pedir del agua otra gracia sino la paciencia en mi carne.
Al cabo de otros pocos días me metieron en la cárcel, y yo sentí pavor, pues jamás había experimentado tinieblas semejantes. ¡Qué día aquel tan terrible! El calor era sofocante, por el amontonamiento de tanta gente; los soldados nos trataban brutalmente; yo, por último, me sentía atormentada por la angustia de mi niñito.
Entonces Tercio y Pomponio, diáconos bendecidos, que nos asistían, lograron a precio de oro que se nos permitiera por unas horas salir a respirar a un lugar mejor de la cárcel. Saliendo entonces de la cárcel, cada uno atendía a sus propias necesidades; yo aprovechaba aquellos momentos para dar el pecho a mi niño, medio muerto ya de inanición. Llena de angustia por él, hablaba a mi madre, animaba a mi hermano y les encomendaba a mi hijo.
Consumíame yo de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía. Durante muchos días me sentí agobiada por tales angustias; por fin, logré que el niño se quedara conmigo, y al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada del trabajo y solicitud por el niño. Y súbitamente, la cárcel se me convirtió en un palacio, de suerte que prefería morar allí antes que en ninguna otra parte.
IV. Entonces me dijo mi hermano:
—Señora hermana, ya has llegado a una alta dignidad, tan alta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si tu prisión ha de terminar en martirio o en libertad. Y yo, que tenía conciencia de hablar familiarmente con el Señor, de quien tan grandes beneficios había recibido, se lo prometí confiadamente, diciéndole:
—Mañana te lo anunciaré.
Y pedí, y me fué mostrado lo siguiente: Vi una escalera de bronce, de maravillosa grandeza, que llegaba hasta el cielo; pero muy estrecha, de suerte que no se podía subir más que de uno en uno. A los lados de la escalera había clavados toda clase de instrumentos de hierro. Había allí espadas, lanzas, arpones, puñales, punzones; de modo que si uno subía descuidadamente o sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y sus carnes prendidas en las herramientas. Y había debajo de la misma escalera un dragón tendido, de extraordinaria grandeza, cuyo oficio era tender asechanzas a los que intentaban subir y espantarlos para que no subieran. Ahora bien, Saturo había subido antes que yo (Saturo es quien nos había edificado en la fe, y al no hallarse presente cuando fuimos prendidos, él se entregó por amor nuestro de propia voluntad). Cuando hubo llegado a la punta de la escalera, se volvió y me dijo:
—Perpetua, te espero; pero ten cuidado no te muerda ese dragón.
Y yo le dije:
—No me hará daño, en el nombre de Jesucristo.
El dragón, como si me temiera, fue sacando lentamente la cabeza de debajo de la escalera; y yo, como si subiera el primer escalón, le pisé la cabeza. Subí y vi un jardín de extensión inmensa, y sentado en medio un hombre de cabeza cana, vestido de pastor, alto de talla, que estaba ordeñando sus ovejas. Muchos miles, vestidos de blanco, le rodeaban. El pastor levantó la cabeza, me miró y me dijo:
—Seas bienvenida, hija.
Y me llamó, y del queso que ordeñaba me dio como un bocado, y yo lo recibí con las manos juntas, y me lo comí. Todos los circunstantes dijeron: "Amén".
Y al sonido de esta voz me desperté, masticando todavía no sé qué de dulce. Y en seguida conté a mi hermano la visión, y los dos comprendimos que me esperaba el martirio. Y desde aquel punto empezamos a no tener ya esperanza alguna en este mundo.
V. De allí a unos días, se corrió el rumor de que íbamos a ser interrogados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, y se acercó a mí con intención de derribarme, y me dijo:
—Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivirte. Depon tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente, si a ti te pasa algo.
Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarle, diciéndole:
—Allá en el estrado, sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder, sino en el de Dios.
Y se retiró de mi lado, sumido en tristeza.
VI. Otro día, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente para ser interrogados, y llegamos al foro o plaza pública. Inmediatamente se corrió la voz por los alrededores de la plaza, y se congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado. Interrogados todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el turno. Y de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos, y me arrancó del estrado, suplicándome:
—Compadécete del niño chiquito.
Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii o poder de vida y muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano:
—Ten consideración—dijo—a las canas de tu padre; ten consideración a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.
Y yo respondí:
—No sacrifico.
Hilariano:
—Luego ¿eres cristiana? dijo.
Y yo respondí:
—Sí, soy cristiana.
Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara de allí, y aun le dieron de palos. Yo sentí los golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez.
Entonces Hilariano pronuncia sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y bajamos jubilosos a la cárcel.
Entonces, como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y permanecer conmigo en la cárcel, sin pérdida de tiempo envié al diácono Pomponio a reclamarlo de mi padre. Pero mi padre no lo quiso entregar, y por quererlo así Dios, ni el niño echó ya de menos los pechos ni yo sentí más hervor en ellos. Así lo ordenó el Señor, para que no fuera yo atormentada juntamente de la angustia por el infante y el dolor de mis pechos.
VII. Al cabo de unos días, estando todos en oración, súbitamente, en medio de ella, se me escapó la voz y nombré a Dinócrates. Yo me quedé estupefacta de que nunca me hubiera venido a la mente, sino entonces, y sentí pena al recordar cómo había muerto. Y me di inmediatamente cuenta de que yo era digna y que tenía obligación de rogar por él. Y empecé a hacer mucha oración por él y a gemir ante el Señor. Seguidamente, aquella misma noche se me mostró la siguiente visión: Vi a Dinócrates que salía de un lugar tenebroso, donde había también otros muchos, sofocado de calor y sediento, con vestido sucio y color pálido. Llevaba en la cara la herida de cuando murió. Este Dinócrates había sido hermano mío carnal, de siete años de edad, muerto tristemente de cáncer en la cara, enfermedad que infundió terror a todo el mundo. Por éste, pues, hacía yo oración. Entre mí y él había una gran distancia, de manera que nos era imposible acercarnos el uno al otro. Además, en el mismo lugar en que estaba Dinócrates, había una piscina llena de agua, pero con brocal más alto que la estatura del niño. Dinócrates se estiraba, como si quisiera beber. Yo sentía pena de que por una parte aquella piscina estaba llena de agua, y, sin embargo, por la altura del brocal, no había mi hermano de beber. Entonces me desperté y me di cuenta de que mi hermano se hallaba en pena. Pero yo tenía confianza de que había de aliviarle de ella, y no cesaba de orar por él todos los días, hasta que fuimos trasladados a la cárcel castrense, pues en espectáculo castrense teníamos que combatir con las fieras. Se celebraba entonces el natalicio del César Geta. E hice oración por él, gimiendo y llorando día y noche, a fin de que por intercesión mía fuera perdonado.
VIII. El día que permanecimos en el cepo, tuve la siguiente visión: Vi el lugar que había visto antes, y a Dinócrates limpio de cuerpo, bien vestido y refrigerado, y donde tuvo la herida vi sólo una cicatriz. Y la piscina que viera antes, había abajado el brocal hasta el ombligo del niño. Éste sacaba dé ella agua sin cesar. Sobre el brocal había una copa de oro llena de agua, y se acercó Dinócrates y empezó a beber de ella. La copa no se agotaba nunca. Y saciada su sed, se retiró del agua y se puso a jugar gozoso, a la manera de los niños. Y me desperté. Entonces entendí que mi hermano había pasado de la pena.
IX. Luego, al cabo de unos días, Pudente, soldado lugarteniente, oficial de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por entender que había en nosotros una gran virtud. Y así, admitía a muchos que venían a vernos, con el fin de aliviarnos los unos a los otros. Mas cuando se aproximó el día del espectáculo, entró mi padre a verme, consumido de pena, y empezó a mesarse su barba, a arrojarse por tierra, pegar su faz en el polvo, maldecir de sus años y decir palabras tales, que podían conmover la creación entera. Yo me dolía de su infortunada vejez.
X. El día antes de nuestro combate, vi en una visión lo siguiente:
El diácono Pomponio venía a la puerta de la cárcel y llamaba con fuerza. Yo salí y le abrí. Venía vestido de una túnica blanca y llevaba chinelas de variadas labores, y me dijo:
—Perpetua, te estamos esperando; ven.
Y me tomó de la mano y nos echamos a andar por lugares ásperos y tortuosos. Por fin, a duras penas, llegamos al anfiteatro jadeantes, y Pomponio me llevó al medio de la arena y me dijo:
—No tengas miedo; yo estaré contigo y combatiré a tu lado.
Y se marchó. Y he aquí que veo un gentío inmenso enfurecido. Y como sabía que estaba condenada a las fieras, me maravillaba de que no las soltaran contra mí. Sólo salió un egipcio, de fea catadura, acompañado de sus ayudadores, con ánimo de luchar conmigo. Mas también a mi lado se pusieron unos jóvenes hermosos, ayudadores y partidarios míos. Luego, me desnudaron y quedé convertida en varón. Y empezaron mis ayudadores a frotarme con aceite, como se acostumbra a hacer en los combates; en cambio, vi cómo el egipcio aquel se revolcaba, entre tanto, en la arena. Entonces salió un hombre de extraordinaria grandeza, tanto que sobrepasaba la cima del anfiteatro, vestido de túnica, con un manto de púrpura abrochado hacia el medio del pecho por dos hebillas de oro, calzado de chinelas recamadas de oro y plata. Llevaba una vara al estilo de lanista o adiestrador de gladiadores, y un ramo verde, del que pendían manzanas de oro. Pidió silencio, y dijo:
—Si este egipcio venciere a esta mujer, la pasará a filo de espada; mas si ella venciere al egipcio, recibirá este ramo.
Y se retiró. Y nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato. El trataba de agarrarme por los pies; pero yo le daba en la cara con los talones. Entonces fui levantada en el aire y empecé a herirle como quien no pisa la tierra. Mas como vi que el combate se prolongaba, junté las manos de forma que enclavijé dedos con dedos, y le cogí la cabeza y cayó de bruces, y yo le pisé la cabeza. El pueblo rompió en vítores, y mis partidarios entonaron un himno. Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo. Él me besó y me dijo:
—Hija, la paz contigo.
Y me dirigí, radiante de gloria, hacia la puerta Sanavivaria o de los vivos, y en aquel momento me desperté. Y entendí que mi combate no había de ser tanto contra las fieras, cuanto contra el diablo; pero estaba segura que la victoria estaba de mi parte.
Tales son mis sucesos hasta el día antes del combate; lo que en el combate mismo suceda, si alguno quiere, que lo escriba."
XI. Mas también el bendito Saturo publicó la siguiente visión suya, que él escribió de su mano:
"Habíamos ya—dice—sufrido el martirio y habíamos salido de la carne, y cuatro ángeles nos transportaban en dirección de oriente, sin que sus manos nos tocaran, íbamos, empero, no boca arriba, vueltos hacia el cielo, sino como quien sube una suave colina. Y pasado el primer mundo; vimos una luz inmensa, y yo le dije a Perpetua (pues ésta venía a mi lado) :
-Ésto es lo que el Señor nos prometía. Ya tenemos cumplida la promesa. Y mientras éramos llevados por los cuatro ángeles dichos, se abrió ante nosotros un espacio grande, que era como un vergel, poblado de rosales y de toda clase de flores. La altura de los rosales era como la de un ciprés, y sus hojas caían al suelo incesantemente. Allí, en el vergel, había otros cuatro ángeles más gloriosos que los demás; los cuales, así que nos vieron, nos rindieron honores y dijeron a los otros ángeles con admiración:
—¡Son ellos! ¡Son ellos!
Y, llenos de pavor, los cuatro ángeles que nos llevaban nos dejaron en el suelo, y por nuestro propio pie atravesamos la distancia de un estadio por un ancho vial. Allí encontramos a Jocundo, a Saturnino y Artaxio, que habían sido quemados vivos en la misma persecución, y a Quinto, que había muerto, mártir también, en la misma cárcel. Juntamente les preguntamos dónde estaban los demás. Pero los ángeles nos dijeron:
—Venid antes, entrad y saludad al Señor.
XII. Y llegamos junto a un lugar, cuyas paredes eran tales que parecían edificadas de pura luz; ante la puerta había cuatro ángeles, que nos vistieron, al entrar, de vestiduras blancas. Y entramos y oímos una voz unísona que decía:
"Agios, Agios, Agios: Santo, Santo, Santo", sin interrupción. Y vimos en el mismo lugar, sentado, a uno que tenía apariencia de hombre cano, con cabellos de nieve, pero rostro juvenil. Lo que no vimos fueron sus pies. Y a su diestra y siniestra había cuatro ancianos, y detrás estaban los demás ancianos, en crecido número. Y entrando, nos paramos atónitos ante el trono; pero los cuatro ángeles nos levantaron en vilo, y besamos al Señor, y Él nos acarició la cara con su mano. Y los otros ancianos dijeron: "Estemos firmes." Y nos quedamos firmes y les dimos la paz, y por fin nos dijeron los mismos ancianos:
—Id y jugad.
Yo le dije a Perpetua:
—Ya tienes lo que quieres.
Y ella me contestó:
—Gracias a Dios que, como fui alegre en la carne, aquí soy más alegre todavía.
XIII. Y salimos, y he aquí que nos hallamos al obispo Optato a la derecha, y a Aspasio, presbítero, catequista, a la izquierda, separados uno de otro y tristes.
Y se arrojaron a nuestros pies y nos dijeron:
—Poned paz entre nosotros, pues habéis salido de este mundo y nos habéis dejado así.
Y nosotros les dijimos:
—¿No eres tú nuestro padre y tú nuestro sacerdote? ¿Cómo es que os echáis vosotros a nuestros pies? Y nos conmovimos y los abrazamos. Perpetua se puso a hablar con ellos en griego, y nos retiramos con ellos al vergel, bajo un rosal. Pero mientras estábamos hablando con ellos, los ángeles les dijeron:
—Dejadlos que gocen de refrigerio; y si tenéis disensiones entre vosotros, perdonáoslas mutuamente. Y los llenaron de turbación. Y le dijeron a Optato:
—Lo que debes hacer es corregir a tu pueblo, que se reúnen contigo como si salieran del circo, contendiendo cada uno por su bando.
Y nos pareció como si quisieran cerrar las puertas.
Y empezamos a reconocer allí a muchos hermanos, señaladamente a los mártires. Todos nos sentíamos confortados por una fragancia inenarrable que nos saciaba. Entonces me desperté lleno de gozo."
XIV. Estas son las visiones más insignes de los beatísimos mártires Saturo y Perpetua, que ellos mismos pusieron por escrito. Respecto a Secúndulo, Dios le llamó a sí, estando aún en la cárcel, con prematura muerte, no sin beneficio, para hacerle gracia de las fieras. Sin embargo, si no su alma, su carne ciertamente que conoció la espada.
XV. En cuanto a Felicidad, también a ella le fué otorgada gracia del Señor, del modo que vamos a decir:
Como se hallaba en el octavo mes de su embarazo (pues fué detenida encinta), estando inminente el día del espectáculo, se hallaba sumida en gran tristeza, temiendo se había de diferir su suplicio por razón de su preñez (pues la ley veda ejecutar a las mujeres jironadas), y tuviera que verter luego su sangre, santa e inocente, entre los demás criminales. Lo mismo que ella, sus compañeros de martirio estaban profundamente afligidos de pensar que habían de dejar atrás a tan excelente compañera, como caminante solitaria por el camino de la común esperanza. Juntando, pues, en uno los gemidos de todos, hicieron oración al Señor tres días antes del espectáculo. Terminada la oración, sobrecogieron inmediatamente a Felicidad los dolores del parto. Y como ella sintiera el dolor, según puede suponerse, de la dificultad de un parto trabajoso de octavo mes, díjole uno de los oficiales de la prisión:
—Tú que así te quejas ahora, ¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras, que despreciaste cuando no quisiste sacrificar?
Y ella respondió:
—Ahora soy yo la que padezco lo que padezco; mas allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, pues también yo he de padecer por Él.
Y así dio a luz una niña, que una de las hermanas crió como hija.
XVI. Ahora bien, pues el Espíritu Santo permitió, y permitiendo quiso que se pusiera por escrito todo el desenvolvimiento del combate mismo, por muy indignos que nos sintamos para el intento de describir tamaña gloria, sin embargo, vamos a cumplir un mandato de la mujer santísima, Perpetua, o más bien ejecutamos un fideicomiso suyo, contentándonos con añadir un documento de su constancia y sublimidad de ánimo.
Como el tribuno los tratara con demasiada dureza, pues temía, por insinuaciones de hombres vanísimos, no se le fugaran de la cárcel por arte de no sabemos qué mágicos encantamientos, se encaró con él y le dijo:
—¿Cómo es que no nos permites alivio alguno, siendo como somos reos nobilísimos, es decir, nada menos que del César, que hemos de combatir en su natalicio? ¿O no es gloria tuya que nos presentemos ante él con mejores carnes?
El tribuno sintió miedo y vergüenza, y así dio orden de que se los tratara más humanamente, de suerte que se autorizó a entrar en la cárcel a los hermanos de ella y a los demás, y que se aliviaran mutuamente; más que más, que ya el mismo lugarteniente de la cárcel había abrazado la fe.
XVII. Igualmente, el día antes del suplicio, al tomar aquella última cena que llaman libre, y que ellos, en cuanto de su parte estuvo, convirtieron en un ágape, se dirigían al pueblo con la misma intrepidez, amenazándoles con el juicio de Dios, atestiguando la dicha de su martirio, haciendo befa de la curiosidad de los concurrentes. Saturo decía:
—¿No tenéis bastante con el día de mañana? ¿A qué miráis con tanto gusto lo que aborrecéis? Hoy, amigos; mañana, enemigos. Sin embargo, fijaos con cuidado en nuestras caras, para que nos podáis reconocer en aquel último día.
De este modo se retiraban todos de allí estupefactos y muchos de ellos creyeron.
XVIII. Brilló, por fin, el día de su victoria y salieron de la cárcel al anfiteatro, como si fueran al cielo, radiantes de alegría y hermosos de rostro, si conmovidos, acaso, no por el temor, sino por el gozo. Seguía Perpetua con rostro iluminado y paso tranquilo, como una matrona de Cristo, como una regalada de Dios, obligando a todos, con la fuerza de su mirada, a bajar los ojos. Felicidad iba también gozosa de haber salido bien del alumbramiento para poder luchar con las fieras, pasando de la sangre a la sangre, de la partera al gladiador, para lavarse después del parto con el segundo bautismo. Cuando llegaron a la puerta del anfiteatro, quisieron obligarles a vestirse los nombres de sacerdotes de Saturno y las mujeres de sacerdotisas de Ceres. Mas la noble constancia de los mártires lo rechazó hasta el último momento. Y alegaban esta razón: "Justamente hemos llegado al punto presente de nuestra libérrima voluntad, a fin de que no fuera violada nuestra libertad; si hemos entregado nuestra alma, ha sido precisamente para no tener que hacer nada semejante. Tal ha sido nuestro pacto con vosotros." Reconoció la injusticia la justicia y el tribuno autorizó que entraran simplemente tal como venían. Perpetua cantaba himnos pisando ya la cabeza del egipcio; Revocato, Saturnino y Saturo increpaban al pueblo que los miraba. Luego, cuando llegaron ante la tribuna de Hilariano, con gestos y señas empezaron a decirle:
- Tú nos juzgas a nosotros; a ti te juzgará Dios.
Exasperado el pueblo ante esta actitud, pidió los hiciera azotar desfilando ante los venatores. Ellos, a la verdad, se felicitaron de que les cupiera alguna parte de los sufrimientos del Señor.
XIX. Mas el que dijo: Pedid y recibiréis, dio a cada uno, por haberla pedido, la forma de muerte que había deseado. Y, efectivamente, si alguna vez conversaban entre sí del martirio que cada uno quisiera, Saturnino afirmaba que estaba dispuesto a ser arrojado a todas las fieras sin excepción, para llevar más gloriosa corona. Y fué así que, al celebrarse el espectáculo, él y Revocato, después de experimentar las garras de un leopardo, fueron también atacados por un oso sobre el estrado. Saturo, en cambio, nada abominaba tanto como el oso; pero ya de antemano presumía que había de terminar de una dentellada de leopardo. Así, pues, como le soltaran un jabalí, no le hirió a él, sino al venator que se lo había echado, y con tan fiera dentellada de la fiera que a los pocos días, después del espectáculo, murió: a Saturo no hizo sino arrastrarlo. Entonces le ligaron en el puente o tablado para que le atacara un oso; pero éste no quiso salir de su madriguera. Así, pues, por segunda vez Saturo fué retirado ileso.
XX. Mas contra las mujeres preparó el diablo una vaca bravísima, comprada expresamente contra la costumbre, emulando, aun en la fiera, el sexo de ellas. Así, pues, desnudas y envueltas en redes, eran llevadas al espectáculo. El pueblo sintió horror al contemplar a la una, joven delicada, y a la otra, recién parida, con los pechos destilando leche. Las retiraron, pues, y las vistieron de unas túnicas. La primera en ser lanzada en alto fué Perpetua, y cayó de espaldas; mas apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió el muslo, acordándose antes del pudor que del dolor. Luego, requerida una aguja, se aló los dispersos cabellos, pues no era decente que una mártir sufriera con la cabellera esparcida, para no dar apariencia de luto en el momento de su gloria. Así compuesta, se levantó, y como viera a felicidad tendida en el suelo, se acercó, le dio la mano y la levantó. Y ambas juntas se sostuvieron en pie, y, vencida la dureza del pueblo, fueron llevadas a la puerta Sanavivaria. Allí, recibida por cierto Rústico, a la sazón catecúmeno, íntimo suyo, como si despertara de un sueño (tan absorta en el Espíritu y en éxtasis había estado), empezó a mirar en torno suyo, y con estupor de todos, dijo:
—¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?
Y como le dijeran que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta que reconoció en su cuerpo y vestido las señales de la acometida. Luego mandó llamar a su hermano, también catecúmeno, y le dirigió estas palabras :
—Permaneced firmes en la fe y amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de nuestros sufrimientos.
XXI. Saturo, por su parte, junto a otra puerta, estaba exhortando al soldado Pudente, a quien le decía:
—En resumen, ciertamente, como yo presumí y predije; ninguna fiera me ha tocado hasta el momento presente. Y ahora ¡ojalá creas de todo corazón! Mira que salgo allá y de una sola dentellada del leopardo voy a ser acabado. E inmediatamente, cuando ya el espectáculo tocaba a su fin, se le arrojó a un leopardo, y de un solo mordisco quedó bañado en tal cantidad de sangre que el pueblo mismo dio testimonio de su segundo bautismo, diciendo a gritos: "¡Buen baño! ¡Buen baño!" Y baño, efectivamente, de salvación había recibido el que de este modo se había lavado. Entonces le dijo al soldado Pudente:
—Adiós, y acuérdate de la fe y de mí, y que éstas cosas no te turben, sino que te confirmen.
Al mismo tiempo pidió a Pudente un anillo del dedo y, empapado en la propia herida, se lo devolvió en herencia, dejándoselo como prenda y recuerdo de su sangre. Luego, exánime ya, cayó en tierra junto con los demás para ser degollados en el lugar acostumbrado. Mas como el pueblo reclamó que salieron al medio del anfiteatro para juntar sus ojos, compañeros del homicidio, con la espada que había de atravesar sus cuerpos, ellos espontáneamente se levantaron y se trasladaron donde el pueblo quería. Antes se besaron unos a otros, a fin de consumar el martirio con el rito solemne de la paz. Todos, inmóviles y en silencio, se dejaron atravesar por el hierro; pero señaladamente Saturo, como fué el primero en subir la escalera y en su cúspide estuvo esperando a Perpetua, fué también el primero en rendir su espíritu. En cuanto a ésta, para que gustara algo de dolor, dio un grito al sentirse punzada entre los huesos. Entonces ella misma llevó a la propia garganta la diestra errante del gladiador novicio. Tal vez mujer tan excelsa no hubiera podido ser muerta de otro modo, como quien era temida del espíritu inmundo, si ella no hubiera querido.
¡Oh fortísimos y beatísimos mártires! ¡Oh de verdad llamados y escogidos para gloria de nuestro Señor Jesucristo! El que esta gloria engrandece y honra y adora, debe ciertamente leer también estos ejemplos, que no ceden a los antiguos, para edificación de la Iglesia, a fin de que también las nuevas virtudes atestigüen que es uno solo y siempre el mismo Espíritu Santo el que obra hasta ahora, y a Dios Padre omnipotente y a su hijo Jesucristo, Señor nuestro, a quien es claridad y potestad sin medida por los siglos de los siglos. Amen.

domingo, 8 de mayo de 2011

OBEDIENCIA AL CONFESOR, RESPETO Y RECONOCIMIENTO.

Discípulo.—Padre, ¿sobre la obediencia al confesor no me dice nada?
Maestro.—La obediencia al confesor, es virtud tan necesaria para el provecho de nuestra alma, que si no se tiene o es defectuosa, será inútil todo empeño. Esa virtud, dice el Santo Padre Cafaso, no conoce ni el infierno, ni el purgatorio, sino tan sólo el Paraíso.
D.—¿En qué consiste esa obediencia?
M.—Consiste en estar sinceramente dispuesto a hacer u omitir inmediatamente todo lo que manda el confesor.
M.—Conseguirlo, es cuestión de tiempo y de la gracia de Dios, quien dará sus auxilios en proporción al esfuerzo y a la obediencia de cada uno.
Nadie se hace santo en un día. El confesor sabe muy bien estas cosas, y no se descorazona, aunque se repitan las caídas, seguro de que en tiempo más o menos breve, él y el penitente serán consolados por el éxito más satisfactorio.
¿Recuerdas el hecho de San Felipe Neri, que trabajó por espacio de muchos años en el alma de aquel jovencito acostumbrado al pecado de impureza y al fin lo curó enteramente e hizo de él un ángel de pureza, con sólo ordenarle que volviera a confesarse cuando recayera en pecado?
D.—Lo recuerdo perfectamente. ¿De modo, Padre, que no conviene disgustarse, ni menos descorazonarse por no llegar a poseer inmediatamente esta obediencia?
M.—Todo lo contrario; conviene humillarse siempre y renovar confiadamente los buenos propósitos. Esta es la historia de casi todos los santos más célebres, que en resumidas cuentas, estaban amasados de la misma carne y sangre que nosotros y sujetos a las mismas miserias.
D.—Padre, ¿se encuentran almas dóciles al confesor como niños?
M.—Encuéntrame bastantes. Esas tales desearían que su conciencia fuera como un libro siempre abierto y un espejo siempre terso en las manos del confesor, para que él las pudiera ver y leer claramente. Lejos de temer que las conozca demasiado, temen por el contrario, no poder descubrirse suficientemente, aunque esto sin angustias ni escrúpulos. Con estas almas basta un sí o no, una sola palabra a obedecerle en todo.
D.—¡Qué placer, ¿no es verdad, Padre? para el pobre confesor, cuando encuentra almas tan dóciles y obedientes!
M.—Estas son como místicos oasis en su dura y monótona labor, sin las cuales, decía el Santo Cura de Ars, no habría podido soportar su vida casi continua de confesonario.
D.—Mas tales resultados, ¿no requieren en el penitente largo tiempo de constante ejercicio ?
M.—Tratándose de almas constantes y voluntariosas, pueden bastar pocos meses y aun pocas semanas, pero sucede muy diversamente si se trata de aquellas otras almas que, aunque buenas y bien intencionadas, hállanse cardadas por su amor propio y tercas en sus opiniones. Con éstas se obtiene el resultado que consigue el maestro oon aquellos alumnos a quienes cada día debe repetirles las mismas cosas, sin ningún provecho.
D.— Haga el favor de decirme quiénes son esas almas tan poco afortunadas.
M.- Son aquéllas que si bien se aproximan al confesionario, no lo hacen con aquella candidez que se ha dicho. Aquéllas que frecuentemente litigan con el confesor, para llegar a una transacción. Aquellas que exigen argumentaciones muy persuasivas, fervorines muy acicalados, para venir siempre a parar al mismo resultado, es decir, a salirse con la suya, a que se haga su beneplácito, he aquí una muestra de ciertos diálogos, no raros por desgracia, en los que el confesor es puesto entre la espada y la pared por ciertos penitentes.
* * *
Una señora se acusaba de ser algo arrogante y soberbia para con su marido, de altercar frecuentemente con él, de no complacerlo, hasta de responderle con malos modos, etc. Y el confesor, procurando persuadirla de que la esposa debe ser humilde, paciente, mansa, sumisa, decíale:
—En resumidas cuentas, el hombre es el padre de la familia.
Y ella al punto: —Sí, lo comprendo, pero la mujer es la madre.
—El hombre es el amo de casa.
—Sí, Padre, pero la mujer es el ama.
—hombre debe ser el rey.
—Sí, Padre, pero la mujer debe ser la reina.
—El hombre debe ser la corona.
—Sí, Padre pero la mujer debe ser la cruz que se coloque encima.
M.—Ahora dime, qué cosa puede conseguirse de semejantes penitentes?
D.—Padre, ya se ve cuan tonta y orgullosa era esa señora.
M.—Igualmente arrogantes y presuntuosos son aquellos que dialogan parecidamente para continuar en sus amoríos: para continuar frecuentando el baile; para no resignarse, si son casados, a tener numerosa familia, etc.
P.— Gracias, Padre, lo he entendido perfectamente. ¿Y basta con respecto al confesor?
M.—Al confesor se le deben aún tres cosas más, todas ellas muy importantes: respeto, caridad y reconocimiento. Y ante todo respeto y caridad, ya en lo referente al secreto de la confesión, ya respecto al modo de comportarse con él, ya sobre rogar por él para el buen éxito de su ministerio.
D.—Qué hay que decir sobre el respeto y caridad, en lo tocante al secreto de la confesión?
M.—Se ha de decir que, así como el confesor se halla obligado a guardar el más inviolable secreto en lo referente al silencio de lo que se le confía como ministro de Dios; así también se debe, por parte del penitente, una proporcionada correspondencia. Todo lo que pasa entre el confesor y el penitente forma un todo sacramental con el Sacramento de la Penitencia, y todo lo que se refiere a la confesión merece grande estima, respeto y veneración. Se trata de relaciones intimas con el representante de Jesucristo, el rebajar estas relaciones al nivel de las relaciones puramente humanas, es una verdadera profanación.
D.—Así pues, ¿no está bien que se hable de las cosas oídas al confesor?
M.—No, no está bien, y no se puede hablar de eso. Todo lo que el confesor dice a un alma por razón de la confianza que en él deposita, es un alimento y un remedio preparólo gramo por gramo y gota por gota, únicamente para ella, y no es lícito disiparlo y hacer de ello materia de conversación. El confesor nunca manifiesta nada de lo que se le confía en confesión ni siquiera lo que contesta a los penitentes éstos a su vez tampoco deben hablar de lo que ellos comunican al confesor, ni de lo que el confesor les comunica.
D.—¿El hablar de tales cosas podría traer consecuencias ?
M.—Podría traerlas y muy perjudiciales.
1. Podría ser causa de equivocaciones, es decir, de atribuir al confesor lo que jamás tuvo intención de decir.
2. Podría, ocasionar al confesor estorbos en la dirección de las almas, ya que él debe preocuparse de cada uno de sus penitentes en particular, sin preocuparse de otras personas.
3. Podría faltarse a la caridad para con el confesor, que no tiene otra mira sino la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas.
4. Podría ser nocivo al aprovechamiento propio y ajeno, creando fácilmente celos o antipatías y aún ocasionar sospechas infundadas en la mente de algunos, que por tener el corazón atollado en fango, no saben valorar las cosas santas.
¡Oh, cuántos, con la ligereza de su lengua comprometen el respeto que se debe al Sacerdote y al Sacramento! Ellos repiten las palabras, los avisos, las preguntas del confesor; mas tomando palabras aisladas y despojándolas de las circunstancias que las justifican, les dan un sentido totalmente diverso del que tenían en el acto de la confesión, viniendo a ser enteramente falsas y mentirosas. ¡Qué responsabilidad ante Dios!
Debe seguirse, pues, la regla inflexible de nunca hablar absolutamente nada, de cosa tocante a la confesión. ¡Si supieras cuántos dolores y cuántas humillaciones acarrearon al Santo Cura de Ars ciertas devotas de falsa conciencia y de falsa piedad.
D.—¿Y los que hablan de su confesor o para criticarlo o para ensalzarlo hasta el cielo?
M.—También estos hacen mal. Al confesor se le debe dejar sepultado en su confesionario, en donde Jesucristo lo ha escondido. Si lo juzgas como a verdadero padre espiritual, toma sus consejos y practícalos; si por el contrario le crees parcial, caprichoso, no suficientemente santo, o bien desprovisto de aquellas prendas que desearas que tuviera, no sólo puedes sino que debes abandonarlo y buscar otro más adecuado a tus sublimes ideales.
D.— ¿Qué me dice, Padre, de los que cambian frecuentemente de confesor, con el objeto de encontrar otro mejor?
M.—Digo que esos son el martillo, o mejor dicho el martirio de los pobres confesores. Hacen perder la paciencia a todos, continuando siempre en su propia voluntad y en sus malas costumbres y defectos. A éstos se les puede aplicar el dicho del Arzobispo de París, hablando de cierta abadesa, que acabó por abandonar el convento y hacerse jansenista: "Era el tipo más acabado de aquellas vírgenes, que siendo puras como ángeles, eran al mismo tiempo orgullosas como demonios".

Los que frecuentemente cambian de confesor, proceden como ciertos litigantes, que por buscar un abogado que les dé la razón, vienen a arruinarse; o como ciertos enfermos crónicos e incurables, que van en busca de un médico que piadosamente los engañe.
D.—Padre, ha dicho, además que al confesor se le debe reconocimiento, ¿de qué modo?
M.—Francamente, si alguna persona hay en el mundo que merezca sobre todas las demás, todo nuestro reconocimiento por la cualidad y multitud de los beneficios que nos hace, es ciertamente nuestro confesor, el cual por el puro deber de su sagrado ministerio, con todo desinterés, sacrifica sus comodidades, sus propios intereses, toda su persona al bien y provecho de nuestras almas. Mas la recompensa la espera Únicamente de Dios. Lo único que espera de nosotros, es la correspondencia al bien del alma y nuestros ruegos por él, ya en la vida, ya después de su muerte, pues él lleva siempre en el corazón aquel gran temor que hacía temblar a San Pablo, es decir el temor de que, después de haber salvado a los demás, haya de ser contado él en el número de los reprobos.
D.—Reconocimiento, pues, mas no apego, ¿no es verdad, Padre?
M.—Justamente. Obediencia, respeto, reconocimiento, pero ningún apego. Antes bien, desechando todo lo que pueda tener rastro de imperfección en las relaciones humanas. Las perlas sobrenaturales no tienen nada común con las bellotas mundanas de la tierra.
Pbro Luis José Chiavarino
CONFESAOS BIEN

sábado, 7 de mayo de 2011

LA GRAN CONSPIRACIÓN JUDÍA - TRAIAN ROMANESCU

LA GRAN CONSPIRACION JUDÍA

SEDE VACANTE XI

CAPITULO VIII (A)
¿POR QUE SE CASAN LOS SACERDOTES?
Ya que nos hemos metido, en tan escabrosos temas, cuya responsabilidad, indiscutiblemente recae no tan sólo en los infelices clérigos, que dejan el altar para gozar, como ya dije en otra ocación, los deleites morbosos y sacrilegos del tálamo, sino también y de modo principal en los jerarcas y en el mismo pontífice, que, con su liberalidad, ha facilitado a tal grado el matrimonio de los sacerdotes, que ahora no hay problema para que los padres y las monjas, en una metamorfosis instantánea, cuelguen los hábitos, para aparecer después como ordinarios esposos, que se besan, que se abrazan y que duermen juntos, sin preocuparse para nada de los votos que han sido ya abolidos (al menos para ellos) ni de su sacerdocio, que en nada se opone a que ahora queden reducidos al estado secular. ¡Como si el poder papal pudiese borrar el carácter sagrado del que fue ungido por Dios y para siempre: "Tu es sacerdos in aeternum", tú eres, nos dijeron el día de nuestra ordena ción, sacerdote eternamente, en el cíelo o en el infierno. Que el sacerdote, como humano, caiga en el pecado, nada tiene de extraño; lo grave, lo increíble es que se legalice su caída, para que oficialmente, públicamente, el sacerdote viva como cualquier seglar, no sólo sin ofensa, sino con bendición de Dios. ¡Esto es increíble, inaudito; y, mientras no se remedie este escándalo, seguirán las deserciones de curas, y frailes, y de monjas, despoblándose los claustros y quedándose sin sacerdotes las parroquias.
Hay un caso reciente y doloroso, que es público en todo el país, ya que el Monseñor, el párroco de una población importante de la diócesis de Zacatecas, quiso hacerlo público en muy bien impresos folletos, que hizo circular por todas partes, con un comentario aprobatorio y encomiástico del Sr. obispo Rovalo Azcue. Merece conocerse, por lo que enseña:

EL POR QUE DEL FOLLETO
1.—Una persona, que yo aprecio muchísimo por su sensatez, cordura y decisión para enfrentarse a la vida, al conocer lo que vas a leer en este folleto, me dio este parecer: ¡Explícale todo eso a los fieles! Que el hombre de la calle sepa los problemas del sacerdote y su solución correcta, aun cuando por ignorancia o por malicia, se llegue a juicios erróneos o torpes. Si no procedes así, sucederá lo que es frecuente constatar; se da la noticia con criterio amarillista y morboso; todo el mundo se desorienta; sobre todo, la gente sencilla se queda desconcertada y sin saber qué pensar".
2.—¿Por qué no nos orientan habiéndonos claro y discutiendo en público esos problemas? Vivimos tiempos nuevos y estamos acostumbrados a ver que se ventilan públicamente hasta los asuntos más delicados, en otro tiempo intocables. En los Estados Unidos, por ejemplo, es casi ilimitado el derecho a recibir información. Allí tienes sobre el tapete todo lo de Vietnam, sin reserva alguna, así les arda la cara y redunde en desprestigio de los Estados Unidos. Y eso precisamente es lo que hace reaccionar a este pueblo con objetividad, contra la política exterior del gobierno.
3.-"Por otra parte, es éste un eficaz camino para llegar a una auténtica opinión púlica, a la que se le ofrecen cauces normales para expresarse con plena libertad. Si tal cosa nos parece aceptable y ventajosa, nos preguntamos entonces: ¿Por qué la Iglesia tiene todavía el secretismo, que tanto daño le está haciendo? ¿por qué no discuten públicamente esos temas tan candentes?"
4.—"¿Por qué no hacerlo así en este caso tuyo, que tendrá tanta repercusión? Si no se conoce todo el problema, su alcance, su historia, etc., los cristianos no reportaremos grandes bienes; si no se conoce todo eso, sucederá lo que hasta ahora: conturbación entre los buenos, 'escándalo' entre los malos y nada bueno para el pueblo fiel".
5.—"Mira, yo lo comprendí todo, después de haber leído tu despedida, la carta a los Sres. Obispos y la misiva a los sacerdotes de Zacatecas, que se completan y hacen un todo armónico. Dudo que no se convenza de tu verdad quien lea eso desapasionadamente y reflexione con serenidad acerca de las ¡deas que allí expones".
6.—Yo no suscribo todas las aplicaciones que de su escrito hizo sobre Estados Unidos a lo largo de nuestra conversación; pero sí estoy convencido de que esa exigencia a estar informados con sincera veracidad es un 'signo de los tiempos': todos lo pedimos como un verdadero derecho y eso va haciendo caer barreras y poco a poco se va abriendo paso la ¡dea de verlo reconocido por todos los gobiernos del mundo".
7.—Reconocimiento de este derecho fue el estruendoso triunfo que la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos otorgó al New York Times contra el Pentágono y el Presidente Nixon, en el juicio entablado por éstos contra aquél, al determinar que el periódico tenía la obligación de informar al público y que, por lo mismo, podía publicar la documentación secreta sobre Vietnam".
8—Y yo digo: exigimos eso a los gobiernos de todo el mundo; la misma Jerarquía lo exige y con razones muy poderosas. ¿Por qué, pues, tratándose de la Iglesia, todo se vuelve secreto y no se practica lo que se exige de los gobiernos civiles?
9.—"En el Concilio se empezó a hablar con una libertad, que entonces maravilló a los invitados de otras religiones. La autocrítica fue despiadada y sincera. Y trajo un gran bien a la Iglesia. Desgraciadamente ha habido tropiezos que han frenado esa apertura; pero hay signos inequívocos e inesperados de que la semilla ha germinado. Para mí tiene este valor la técnica seguida en España, al celebrarse Conferencias Diocesanas y luego una Nacional para preparar la participación en el Tercer Sínodo de Obispos. En esas Conferencias se habló con libertad y se informó con amplitud".
10.—Ahora bien, precisamente, porque estoy convencido de que todos, católicos y no católicos, tienen verdadero derecho a ser informados; y porque sé que la verdad nos hará libres y hará mucho y muy grande bien, doy a la publicidad la documentación que leerás en este pobre y sencillo folleto.
11 .—Con toda verdad doy el testimonio de que procedo así estando seguro de que es adversa al respecto la opinión de mi señor obispo. Quienes saben la reverencia y el cariño que le profeso, calcularán hasta dónde llega esta convicción íntima, que me ha obligado a causarle esa honda pena.
12.—En estas páginas verás todo el alcance que tiene, a mi leal saber y entender, el matrimonio de los sacerdotes, tema que ha sido tratado desde puntos de vista errados y de un modo tal que desorienta y perturba la conciencia de los buenos. Nunca, que yo sepa, se ha enfoca do hacia lo positivo y luminoso, antes bien se han torcido, por una u otra razón, el ángulo verdadero que tiene y ni de lejos se ha tratado la trascendental revelación que estalló, durante el Vaticano II, cuando el P. Congar lanzó estas ideas como sugerencias.
13.—Se dice que el inmortal Pontífice (Pio XII), al recibir la petición de varios sacerdotes, que alegaban lo de San Pablo: "Es mejor que el hombre se case y no se queme", escribió con grandísima indignación, al pie de aquel documento: "Urantur" " ¡Qué se quemen"!
14.—No creo que sea histórica la anécdota en hombre tan equilibrado; pero sí ha servido para llevar por ese cauce el problema del celibato sacerdotal la dispensa, simple tabla de salvación para quienes no pudieron observar el voto".
15.—Este humilde folletito quiere orientar a los buenos, a la gente sencilla de nuestro pueblo, que desgraciadamente ignora la verdad, y es la que más se desconcierta con este aspecto negativo, falso de toda falsedad, hasta nauseabundo, con que se ha presentado hasta hoy el matrimonio de los sacerdotes. Si con mis grandes sufrimientos se logra siquiera que se plantee el problema como es debido, los daré por muy bien empleados. Pongo mi testimonio en manos de la Virgencita, para que Ella saque todo el bien que tan ardiente y sinceramente deseo.

He aquí un prólogo verdaderamente revelador, que ante la conciencia católica y sacerdotal nos está diciendo la desorientación profunda y perniciosa que la llamada libertad de testimonio, inaugurada en el Vaticano II, ha causado en los sacerdotes y en los fieles. La caída de un sacerdote —hecho humano y desgraciadamente posible— en la Iglesia de Dios, se ha guardado siempre con reserva, no por hipocresía, ni por encubrimiento, sino por la obligación que existe, en conciencia, en primer lugar de evitar todo el daño, hasta donde sea posible, del mal, que en los fieles y aún en los mismos sacerdotes, puede hacer ese hecho que, por doloroso que sea, no deja de tener una malicia y una gravedad incalculable, y, en segundo lugar, para no contribuir con la difamación a aumentar la desgracia del infeliz sacerdote, que se resolvió a romper definitivamente con sus más sagrados compromisos con Dios y con la Iglesia.
Esa apertura del Concilio, de la que habla Mons. o, mejor dicho, el exmonseñor, porque el ser monseñor, es un título honorífico, que no imprime carácter, como el sacerdocio; esa apertura, digo, de hablar y comentar y exagerar y deformar las cosas más delicadas, que no sólo la prudencia, sino la conciencia misma obligan a guardar en secreto, no es ningún progreso; más bien es una de las características más inquietantes del Concilio Pastoral de Juan XXIII y Paulo VI. El servirse de los medios de comunicación, el querer poner amplificadores para llevar al último rincón del mundo no la verdad evangélica, no el mensaje de Cristo, sino las ideologías revolucionarias e inconformes de los que se sienten capaces de enmendarle la plana al mismo Cristo y a las enseñanzas seculares del Magisterio, no es un progreso, no es una orientación, sino un escándalo, en el riguroso sentido que esta palabra tiene en la moral católica y en la moral misma de la ley natural.
Lo más escandaloso del paso dado por Antonio Quintanar, al decidir casarse con una ex-monja y al hacer esa participación a sus feligreses, a toda su diócesis y a todo el país es, a no dudarlo, un verdadero "signo de los tiempos" agitados y turbulentos, empeñados en hacer una nueva "REFORMA" en la Iglesia de Dios. Así pensó Lutero; así han pensado todos los heresiarcas, todos los cismáticos y todos los reformadores. ¡Lo que impresiona, hasta hacernos temblar es la circular secreta del Obispo Rovalo Azcue, en la que conmueve nuestra conciencia católica, al alabar la sinceridad, al darnos su implícita aprobación del documento del Párroco de Tlaltenango, en el que anuncia su próxima boda de "aggiornamento", de "apostolado y pastoral moderna". El ex obispo de Zacatecas da todo su respaldo moral a este infiel sacerdote, a quien presenta casi como un santo, como un hombre de una gran madurez y espiritualidad!
Aunque interesante, por su sintomático análisis, no voy a reproducir todo el documento, sino seleccionaré las partes principales, que tiene, para darnos cuenta de la apología que hace este clérigo de la misma infidelidad a su sacerdocio, como una nueva forma del apostolado y de la pastoral de los tiempos futuros. Antonio Quintanar se nos presenta como un visionario que se adelanta a su tiempo y que anticipa el sacerdocio del mañana.

CARTA DE ANTONIO QUINTANAR A SUS ANTIGUOS FELIGRESES
"Ustedes, mis queridos 'tlaltenanguitos', son como alma de mi propia alma, por el cariño que nos ha unido durante casi medio siglo: yo he sido para ustedes la forja, el amigo, el papá y la mamá; los amo con todo el volcán de amor que es mi corazón, y ustedes me quieren como sólo Dios lo sabe. Asi que para ustedes son estas confidencias en momentos decisivos para mí, porque ustedes tienen derecho a conocer todo el esfuerzo que tuve que hacer para tomar la trascendental decisión que estoy por llevar a cabo. Esto formó, al principio, una espantosa tortura íntima y hoy, en plana calma, es para mi un camino doloroso, pero lleno de paz.
"Yo sé que muchos, no ustedes que me conocieron a fondo, juzgarán como tragedia lo que yo llamaria epopeya, si no fuera demasiada vanidad. Lo juzgo asi por el ideal que a ello me movió y porque hube de vencer obstáculos enormes para tomarla; yo sopesé todas las dificultades con que tropezaria al comenzar, después de los sesenta años, una vida que se empieza normalmente, pasados los veinte años. Y sé que iré sin el bagaje que se necesita para emprender ese camino: vencí, entre otros, el fantasma de la pobreza y de las dificultades de una vida, para la que no estoy preparado.
"Sólo mi Padre Dios puede comprender lo que me ha hecho sufrir el miedo, casi pavor, al 'escándalo'. Las manifestaciones de respeto, veneración y cariño para mí han sido extraordinarias por parte de ustedes. Pues bien, he temblado empavorecido no más de pensar: 'Todo esto se convertirá en desprecio y todos se van a sentir decepcionados de mi'. Van a decir: ¿Cómo íbamos a imaginarnos semejante cosa en el padre Quintanar? Y era tan viva en mí la imaginación de estas y otras ideas torturantes, que temblaba y sufna hasta lo indecible. Sobre todo, pasaban frente a mi los rostros de muchisimos de ustedes a quienes debo favores especiales y para quienes guardo un cariño inmenso... ¿Cómo sufrí no más de pensar que me iba a separar de ellos para siempre? Pero lo que más me dolía era el ver que se iban a sentir desilusionados, quizás hasta engañados por mí, ya que tal vez me juzgarían como un hipócrita. Lo único que me ayudó en esos pavorosos momentos fue esto: ofrecí a ia Virgencita ese mi Calvario para que se apresure el momento en que la Iglesia de Dios retorne a los primeros años y tenga sacerdotes lo mismo casados que célibes".
"Ruego al cielo que oriente a todos ustedes para que alcancen a comprender todo lo bueno que hay en esta resolución mía. Yo les aseguro ante Dios que nos va a juzgar que para mí hubiera sido más fácil el continuar ejerciendo como hasta ahora, si me hubiera guiado únicamente por ese enorme miedo, ese pavor ante el espectro del 'escándalo".
"Créanmelo, no sentí enojo con ustedes, porque así pensaran y obraran: me parece hasta lo más natural el que ustedes unan el celibato con el sacerdocio. Dieciséis siglos de educación en ese sentido han impreso una marca indeleble en el Pueblo de Dios".
"Fue aquella elección tan plena de alegría (la de mi sacerdocio), que aún la recuerdo con efusiones de gozo, que todavía perduran. ¡Qué sabrosos recuerdos me arranca 'el paso adelante' que di al recibir el subdiaconado, 'con el que hacía mi voto de castidad', como tantas veces les he explicado! Y doy gracias a la Morenita (la Virgen de Guadalupe) porque Ella me ayudó a cumplir fidelísimamente aquel voto que hice con toda la resolución del alma".
"Mi Padre Dios sabe que no miento. Y yo juzgo ante el Señor que me ha de juzgar, que jamás violé ese voto sacratísimo y grande sobre toda ponderación. Todavía más desde niño guarde la castidad. Ni siquiera me atrevo a destacar lo especial de la gracia recibida del Señor por mediación de la Virgencita, en mi niñez y juventud, por no desvirtuar en lo más mínimo la obra de mi buen Padre Dios".
"Ustedes saben cómo me entregué, en cuerpo y alma, a servirlos en todo lo que podía. La mayor y mejor parte de mi vida se queda entre ustedes. Y debo agradecerles, que, así como yo me entregué como su padre, su pastor y su amigo, así ustedes me dieron las grandes consolaciones de mi vida sacerdotal como hijos buenos y sumisos, ardientes colaboradores y grandes amigos. Yo pienso, y aquí quiero dirigirme especialmente a los varones casados, que mucho influyó en esa absoluta entrega de ustedes a que sabían cuan respetuoso era yo con sus esposas y sus hijas. Por eso quiero ahora decirlo ante mi Padre Dios y ante los hombres, que nunca los defraudé en eso. No es, pues, la cuestión sexual lo que me movió y estoy seguro de si, tomada esta decisión, quisiera yo seguir viviendo en celibato, lo podría hacer, con la gracia de Dios, en las mismas condiciones que hasta hoy".
"Nuestro Señor Jesucristo trajo a la tierra el celibato como un gran carisma, que siempre tendrá su Iglesia; pero no lo impuso a sus Apóstoles. Todavía más, los escogió casados en su inmensa mayoría y, como primer Papa, a San Pedro, de quien expresamente dice el Evangelio que era casado. San Pablo dice que "no tiene precepto del Señor acerca de la Virginidad"; pero la aconseja como el mejor medio de entregarse totalmente al apostolado y pide que tratándose de un obispo, en caso de ser casado, lo fuera una sola vez. Así que, al principio no se exigió, ni para los obispos, el vivir como célibes".
"Poco a poco se fue imponiendo en la práctica el consejo de San Pablo y, en la Iglesia Occidental, se hizo ley desde hace 16 siglos; con el rigor de hoy, hace 800 años. Siempre ha habido dispensas; pero no se les daba la publicidad que hoy suele darse, ya que ciertas publicaciones hacen fuente de escandalera el matrimonio de los sacerdotes y lo presentan como si se tratara de perversión sacerdotal; algunos tratan el hecho con mofa cruel e insensata".
"El cine trata con insistencia el tema y, aunque empezó a hacerlo desaconsejadamente, comienza ya a orientarse —al menos en parte -por los legítimos senderos. Igual cosa sucede con el periodismo: publicaciones tan senas como INFORMACIONES CATÓLICAS INTERNACIONALES' tocan el tema con madurez notable y, aquí en México, el periodismo más sensato y serio hace otro tanto".
"El gran moralista alemán. Padre Bernard Haring, maestro en el Alfonsiano, que es la única facultad de Roma, que confiere el Doctorado en moral, dice: 'Es urgentísimo, por ejemplo, ordenar sacerdotes casados en América Latina... Tomen el problema celibato, del que habla todo el mundo. El cárdenal Marty hizo bien en hablar de él en el contexto de la misión del sacerdote, porque no es un problema aislado... LA LEY DEL CÉLIBATO ES LA QUE PUEDE DESAPARECER, SEGÚN LAS SITUACIONES LOCALES, CUANDO EL CELIBATO IMPUESTO COMO LEY CONTRADICE EL TESTIMONIO PARA EL REINO, COMO SUCEDE EN AMERICA LATINA, ENTONCES LA LEY ES MALA Y DEBE CAMBIARSE".
"Mons. Parrilla Bonilla, jesuita. Obispo Titular de Ucres, en Puerto Rico, declaró: 'El celibato no es un dogma, ni una regla universal en la Iglesia... se trata de una disciplina que puede cambiar y que NUMEROSOS SACERDOTES CREEN EN CONCIENCIA QUE HAY QUE CAMBIARLA EN TODO EL MUNDO... DESDE PUNTO DE VISTA PASTORAL, HAY NUMEROSAS RAZONES EN FAVOR DE UN CLERO CASADO EN CIERTAS CIRCUNSTANCIAS". (I.C.I. N° 348, pág. 32. nov. 1969).

El padre Antonio Quintanar apoya su nueva ideología, su evolutiva vocación, no sólo en los "consejos" que recibiera de hombres eminentes, como su venerado Prelado, el ex-obispo de Zacatecas, Rovato Azcue, que, por su extraordinaria ciencia y experiencia tuvo que dimitir, dejar su obispado, tal vez no tan sólo para rectificar su ciencia teológica y sus inexperiencias en el gobierno de la diócesis, sino también para publicarlas en la concienzuda lectura de "publicaciones serias", como "INFORMACIONES CATÓLICAS INTERNACIONALES", el "aparato" informativo, montado por la judería internacional como una trinchera de avanzada, que pulveriza, durante estos tiempos de "evolución eclesial", la Iglesia Católica, echando por tierra y desacreditando todas las legítimas defensas de la Iglesia tradicional y difundiendo, por todo el mundo católico, especialmente el mundo clerical, las ideas más revolucionarias y anticatólicas, que los emboscados enemigos, como francotiradores, lanzan constantemente contra toda la doctrina inmutable de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del Magisterio auténtico e infalible de la Iglesia de veinte siglos. No nos extraña, pues, el leer los desvarios teológicos, ascéticos, morales y disciplinares de que está plagado el escrito de Antonio Quintanar, con el que quiere justificar su traición al sacerdocio y sus bodas otoñales, ya que él es un monseñor bastante viejo, para andar jugando con cosas tan sagradas.
"Por lo que acabo de decirles verán que el celibato es una ley de la Iglesia, no de Nuestro Señor Jesucristo. Es como la ley que teníamos antes para comulgar: estar en ayunas desde la media noche. Así como la Iglesia cambió ya esa ley y ahora podemos comulgar una hora después de haber comido, igual cosa puede suceder con el celibato: que haya sacerdotes célibes y casados".
"Pues bien, así como ahora 'ya nadie siente feo' porque comulga después de una hora de haber comido, llegará el día en que veamos a "sacerdotes célibes y casados con la misma naturalidad, con que lo vieron los fieles de los primeros cuatro siglos del cristianismo". Y, cuando la Santa Madre Iglesia ponga en los altares a un sacerdote casado, estará todo el mundo en plena tranquilidad y se reirán entonces del 'escándalo' que hoy nos produce este hecho".
"Ustedes, como campesinos que son, en su inmensa mayoría, comprenden cómo San Isidro Labrador y su esposa Santa María de la Cabeza fueron grandes santos y, por lo mismo, están en los altares. Y eran casados. Entenderán, pues, que si un labrador, siendo casado, pudo ascender a los altares, ¿por qué no lo podrá un sacerdote? "
"Quizá diga alguien: 'Es que el que quiere pasar del celibato al matrimonio, puso la mano en el arado y volvió atrás', como dice Nuestro Señor Jesucristo. Eso sería pensar conforme a un concepto de vocación ya superado. Según las actuales corrientes, un cambio de rumbo es natural y podrá haber sacerdotes que, ya desde su ordenación, determinen que se consagrarán al ministerio por algún tiempo: veinte años, quince, etc."
"De la misma manera, nada hay que se oponga a que, en el diálogo constante del sacerdote con Dios, éste le pida una realización tal que, de acuerdo con las exigencias de los tiempos, haya una nueva entrega para servicio del prójimo, dentro del matrimonio, la que bien pudiera ser más ardua y exigir mayores sacrificios, como me pasa a mí ahora".
"Pero, debo decirles la verdad completa, porque es peor decir una verdad a medias, que lanzar un error. Como suele decirse: 'El que quiera saber lo que es una verdad a medias, que empiece el Credo por Poncio Pilatos . En efecto, resultaría que Poncio Pilatos fue crucificado, muerto y sepultado... Por esto debo decirles mi verdad toda entera, completísima. Si no fuera por esto que les voy a decir, no habría tenido fuerzas para enfrentarme a este problema tan trascendental, ni hubiera podido afrontar el pavor al escándalo de que hablé antes"
"Lo razón fundamental que me ha empujado es mi amor a la Iglesia: yo estoy plenamente convencido de que los sacerdotes casados están parte de la solución a los gravísimos problemas que presentará a la Iglesia un mundo superindustrializado y que, si casos como éste mío se multiplicaran, precipitarían el momento de un cambio en la estructura, forjada hace dieciséis siglos, es decir, decidirá a la Santa Madre Iglesia a tener las dos clases de sacerdocio.
Pero, yo no sería plenamente sincero, si nos les dijera que en mi determinación han influido dos elementos: uno humano, muy personal otro, el bien de la Iglesia del que hablé antes. El elemento humano a que quiero referirme es el de que la felicidad, que he gozado en el ejercicio de mi sacerdocio podré seguir disfrutándola plenamente en el matrimonio. Sin este elemento, el de ser feliz, no hubiera iniciado mi camino por esta determinación; pero a la vez no lo hubiera podido proseguir si no viera en ella algo que beneficiará a la Iglesia. Pero quede bien claro que este elemento, el bien de la Iglesia, fue el que definitivamente me impulsó a tomar esta determinación, costárame lo que pudiera costarme".
"Cuando el Lic. Adolfo López Mateos fue a Tlaltenango en su gira como candidato a la presidencia, pronuncié un discurso en el que expresaba mi convicción de que era necedad el que los mexicanos anduviéramos divididos por cuestiones políticas del siglo pasado. Le dije: 'Cuando usted ya no escuche el alegre repicar de nuestras campanas, recuerde que deja acá un pueblo donde no hay izquierdas ni derechas, sino mexicanos, que, unidos, luchan por el progreso de su patria"...
¡Muy bien, exclamó él, con lágrimas en los ojos! "Se desató entonces en mi contra el escándalo más duro. Se me llamó Lutero, Calvino, traidor, etc. Mi obispo me escribió cartas sumamente enérgicas, condenándome. Pero llegó Juan el Bueno que convocó a la unión a todos los hombres de buena voluntad, recibiendo a los jefes comunistas etc. Y yo bendecía a Dios, que aceptara mi escándalo de antaño y mis penas que fueron tan acerbas, para el triunfo del bien y de su Iglesia. Quiera El concederme ahora una cosa parecida: que acepte mis martirios por el escándalo de hoy, y dé a su Iglesia muy pronto el doble sacerdocio, que será parte de su triunfo".
"Alguien dirá con sorna: 'Y ¿para eso era necesario que se casara el padre Quintanar?' Tratemos de ver esto con serenidad. Quien está convencido de la necesidad de este doble sacerdocio, necesita estar resuelto a enfrentarse a las mayorías con hechos, cargando así las consecuencias dolorosísimas de su convicción. Y cuando se está seguro de que Dios lo quiere, la gracia del Señor ayudará a superar todas las dificultades. Un gran teólogo me dijo: 'La Iglesia cambiará; pero si se repiten casos como el suyo, cambiará más pronto' Otro eminente psicólogo y dirigente de pastoral me dijo: 'Lo suyo es una verdadera vocación... rara, extraña y hasta extraordinaria... el dedo de Dios está allí... sus mismos detractores de hoy dirán algún día: 'se adelanto a su tiempo".
"Yo pensé: Cuando se publique mi decisión, algunos dirán: 'De él era de quien menos esperábamos semejante barbaridad'. Pero llegará la calma y la verdad se impondrá como siempre".
"Caminante, no hay camino: el camino se hace al andar. Este cantar de tan profundo sentido heroico es una dura realidad para los pioneros de esta revolución. Lo hemos dejado todo para emprender un camino que se hace al andar, un verdadero Calvario a causa de la incomprensión, el desprecio... iy hasta la compasión! de los nuestros. Al andar este nuevo camino, nuestras pisadas dejarán huellas de sangre, que unida a la del Verbo Encarnado harán un sendero de luz; porque así ha sido siempre: el que quiere romper moldes, debe crucificarse... También Jesús hizo su camino al andar".
"Todos ustedes saben que siempre he vivido pobre: todo lo destinaba a la Parroquia o al Colegio. Mis compañeros se dieron perfecta cuenta de que yo viví siempre a base de lo que ustedes me daban, porque no alcanzaba lo recaudado para solventar los gastos de la Parroquia. Todo lo dedicaba a los gastos de la Parroquia o del Colegio".
"Hoy, pues, deberé enfrentarme a la vida, con mucha confianza en la Providencia; pues los ahorros que me propuse hacer en los últimos meses son exiguos. Pero eso no me arredra: estoy dispuesto a todo, con la gracia de Dios, porque pienso que sigo el destino que me trazó el espíritu (sic)".
"Siempre se ha tratado este asunto como de una defección más. Los de más amplio criterio lo juzgan una rectificación. Pues bien, yo estoy palpando una cosa más alta, la estoy saboreando en estos momentos: la continuación de mis relaciones filiales con Dios, pues todo lo que en el momento presente consagro a planear y preparar mi matrimonio, de ninguna manera me ha apartado de la unión con Dios. En comprobación les hago esta confidencia. Todos ustedes saben el cariño que siempre he tenido a la Santísima Virgen. Pues bien, desde hace tiempo me ha llevado Ella como de la mano hacia un intimo gozo del Misterio Pascual: me llena el alma el ver cómo el Verbo de Dios se hizo hombre y me hace miembro suyo. Y precisamente por eso soy yo verdadero hijo de la Virgencita. Y siento hondamente el amor del Verbo al Divino Padre y a nosotros los hombres".
"Cuando celebraba la Santa Misa, muchas veces no podia continuar sino en medio de dulcísimas lágrimas a causa del gozo espiritual que experimentaba al palpar el Misterio del Amor en la Eucaristía... Mi resolución de contraer el santo matrimonio no me quitó nada de esto, antes bien la convicción íntima de que El me llamaba hacia una vocación rara, extraordinaria y llena de martirios, al mismo tiempo que se manifestaba soberanamente humano conmigo, me hacía estallar en gratitud al Señor a cada momento".
"Opino, por lo mismo, que si algún día la Santa Madre Iglesia deja de poner el celibato como necesariamente unido al sacerdocio, los sacerdotes casados podrán ser tan santos o más que los que observan el celibato, ya que la santidad, en último término, no es prerrogativa de un grupo determinado o de un género de vida, sino que depende de la correspondencia a la gracia de Dios".

El P. Quintanar se iba a casar con una monja, la Superiora del Colegio; era obligado, que en esta carta, justificación de su extravío, dijese algo de sus relaciones con las monjas:

"Todos ustedes me son testigos del afecto sincero con que traté a las Madrecitas. ¿Por qué pude hacerlo así? Pienso que se debió a que, si con la mujer en general fui respetuoso, con ellas lo fui de una manera especialísima". "Quiero que lo sepan ahora las tlaltenanguenses que están en el convento. Las seguiré queriendo como ángeles, como hermanas según la carne, como hijas predilectas. Sepan que sigo en la fe de todo lo que les predicaba: tengo en altísimo aprecio su virginidad, carisma sublime que el Verbo Encarnado trajo a la tierra y que siempre tendrá el pueblo de Dios".
"Eso mismo siento para mis 'peloncitos' del Colegio, que son sacerdotes o misioneros, así como los que se preparan en el seminario: serán para mí algo sacratísimo. Quiero decirles algo, que, en estos momentos, me brota de lo más íntimo del alma: ¡Nunca — ipero nunca! — traicionen al Señor con una doble vida! ; sean siempre dignos ministros de Dios por la castidad. Mi experiencia, tanto personal como ajena, me convenció de que la observancia del voto no solamente es posible, sino que llega a ser relativamente fácil, si se observan las reglas que marca la ascética cristiana".
"Al principio hablo de lo tremendo que fue la lucha; pero créanme que lo que digo no es sino una pálida imagen de lo recio que fue la batalla que hube de librar: de verdad que experimenté angustias de muerte; pero las superé, gracias a Dios, porque de veras vi la moción del Espíritu. Desde el momento en que me convencí de ello, una paz muy honda me quedó en el fondo de mi alma, aunque las más horrendas tempestades me azotaran con el espectro del escándalo, etc. Sé que muchos se reirán al leer lo anterior; pero yo digo mi verdad con plenísima sinceridad". ..
"Sólo Dios y su bendita Madre saben cómo me arranco de en medio de ustedes con las desgarraduras de una alma hecha girones, porque mi cariño para todos ustedes es sin medida. Y sé que jamás nos volveremos a ver; pero si algún día nos encontramos, los recibiré con el cariño de siempre y con mi frente muy en alto, porque no hice nada indigno, sino que seguí con muy auténtica lealtad el llamado de mi Padre Dios". "Les reconozco el derecho para juzgar con plena libertad los razonamientos que he expuesto: acéptenlos, rechácenlos; les reconozco, repito, ese derecho. Pero a nadie -ni a ustedes, mis 'tlaltenanguitos', ni a los que no me han tratado— le concedo el derecho de calificarme como mentiroso; no a ustedes, porque los largos años que he pasado a su lado han sido -gracias a la Virgencita que así me lo ha alcanzado de Dios— un constante testimonio de mi proceder abiertamente leal; no a los que no me conocen, precisamente por eso, porque no me conocen. Con pleno derecho, pues, puedo exigir que se respete mi verdad, aunque de ella se disienta".
"Quizá se fijaron que en los últimos meses que estuve entre ustedes daba yo la bendición de la Misa recalcando las últimas palabras, que no están ya en el ritual: La bendición de Dios Todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes Y PERMANEZCA PARA SIEMPRE". Como yo sabía que iba a dejar de ejercer el sagrado ministerio, al decir esas palabras, quise expresar un deseo inmenso de que mis últimas bendiciones les alcanzaran PARA SIEMPRE. Mi despedida, pues, los deja colmados de bendiciones por mis manos sacerdotales y con la intención de que alcancen a los hijos de sus hijos, hasta la tercera y cuarta generación. . . iy para siempre!
Pbro. Antonio Quintanar

¿Qué pensar, después de haber leido esa carta pastoral de un sacerdote, párroco monseñor, que, por una "nueva, rara y sacrilega vocación" deja el altar, se quita los hábitos y se une jubilosa, extáticamente, en postconciliares nupcias, con una ex-monja, a la que él, en su carácter de confesor y párroco, tuvo que tratar frecuentemente e insinuarse prudentemente, para hacerle sentir el hado del "espíritu" (así con minúscula), el mismo "espíritu maligno" que inspira a Sergio VII sus novedosas y continuas reformas, en Cuernavaca y en la Iglesia universal? El padre Quintanar —sigue siendo padre, a pesar de haber colgado los hábitos— ha pasado un doloroso calvario, antes de decidirse a seguir esa nueva vocación, cuyo fin, así lo dice él mismo, es hacer triunfar en la Iglesia la idea luminosa del celibato opcional, que establezca canónicamente el doble sacerdocio, que tanto urge: el sacerdocio de casados, que será el de primera, porque es el más humano, el más adaptado a las exigencias del mundo moderno; y el sacerdocio de segunda, el de los anormales, que, aspirando al altar, no quieran besos, ni quieran asociar a su ministerio las ternuras de una mujer, casi sacerdotisa, que comparta el ministerio de tratar bien a su apostólico marido llevándole la chismografía de la parroquia.
Quitándole toda la apariencia de espiritualidad de pueblo ignorante, con que encubre su designio el monseñor de Tlaltenango, su carta sentimental no tiene cuerpo de doctrina, carece de verdad, es un nuevo agravante a su defección, que quiere hacer prosélitos y que será, sin duda, ocasión de escándalo no sólo para los sacerdotes jóvenes, ya indoctrinados en los seminarios postconciliares, sino para los mismos fieles, que piensen en católico y no se dejen engañar por esa nueva ideología, que dice renovar los tiempos apostólicos, pero lo que pretende es destruir la verdadera Iglesia. Esta es una auténtica demolición de la Iglesia, de la que tanto se lamentaba el Papa Montini; este es uno de esos abismos que estamos cavando, en vez de rellenarlos.
No pretendo hacer leña del árbol caído. Conozco a Antonio Quintanar de tiempo ha, sé que hay otros puntos discutidos o discutibles en su vida, pero estoy seguro de que, en esta ocasión, ha sido víctima de los malos consejos que le dieron, incluso algunos obispos. La campaña de Méndez Arceo, el funesto obispo de Cuernavaca, buscando firmas de obispos y sacerdotes, para justificar sus pretensiones del celibato opcional y, de paso, sus deslices personales, no ha sido estéril; y el ejemplo de los numerosos jesuítas que se han casado no ha dejado tampoco, de producir sus abundantes frutos. ¡Si los jesuítas lo hacen, por algo será!
Y de esta caótica, vergonzosa y tristísima situación en la Iglesia; de esta sangría constante de sacerdotes y monjas que abandonan su verdadera vocación, a partir del Vaticano II, ¿quién tiene la mayor responsabilidad? ¿Quiénes son los que discutieron y permitieron discutir tema tan delicado y tan tentador a las Conferencias Episcopales, a los obispos, a los religiosos, a los curas y simples sacerdotes? Son las jerarquías de la Iglesia, en una actitud de tolerancia o de abierta actividad; es Paulo VI, que, después de su Encíclica sobre el "Celibato Sacerdotal", en la que parecía que definitivamente cerraba la puerta de la Iglesia con su autoridad suprema al celibato opcional, ha seguido facilitando las "dispensas" a esos pobres sacerdotes, que, tentados por la concupiscencia de la carne, se dejaron arrastrar por el enemigo para legalizar sus relaciones carnales con sus pobres víctimas. Es Paulo VI, que en el último Sínodo volvió a permitir se discutiese este tema candente del celibato eclesiástico. La respuesta fina de los Padres Sinodales fue: "Por ahora, no; más adelante ¿quién sabe?"
Seamos lógicos: se quejan de la escasez de sacerdotes, por un lado; y, por el otro, facilitan; casi invitan a los sacerdotes fieles a que se reduzcan al estado laical. Dada la fragilidad humana; dado el estado de naturaleza caída que por el pecado original tenemos, fácil es suponer que, al paso que vamos, tendremos que aceptar el clero casado, con mujer e hijos, o nos quedaremos sin sacerdotes. Porque los sacerdotes que no están de acuerdo; los que se quejan; los que escriben contra estos sacrilegos desacatos, están expuestos a "excomuniones de Su Eminencia" o de los que siguen los ejemplos de su Eminencia y tienen un canciller tan decidido como Reynoso Cervantes.
El "aggiornamento", el "ecumenismo", el "diálogo", todas esas novedades conciliares han servido eficacísimamente a esa sangría de sacerdotes casados, que crece de día en día. La autodemolición es eficacísima. Y, mientras tanto, el Papa Montini llora; pero estas lágrimas no convencen a Cicerón! ! Y, en último término, la Iglesia de Cristo, la verdadera Iglesia por el Hijo de Dios fundada, terminará por convertirse en una de tantas "sectas" protestantes, unida al Concilio Mundial de las Iglesias, según ellos quisieran.

ESTA LABOR DESTRUCTIVA DEL SACERDOCIO EMPIEZA YA EN LOS ORGANISMOS DE LA JUVENTUD
Voy a reproducir aquí el cuestionario de un "curso de humanidad", que en los organismos católicos se han hecho recientemente, cuyas preguntas están diciendo a dónde van los nuevos educadores:
El número 2: "El amor nos libera" El sexo, ¿un ídolo? Del egoísmo al amor. La libertad nace del amor. —¿Qué pienso o qué sé de ese tabú llamado 'sexo'? Para reflexionar en equipo: ¿Los muchos amores son indicio de un verdadero amor? ¿El amor se cuenta por cantidad, como los niños cuentan sus bolitas o los aficionados sus sellos de correo? ¿El que obra de esta forma aprende realmente a amar? ¿Por qué? ¿Cómo relacionas el hecho de que hoy haya en el mundo tanta falta de amor, justamente con una profusión incalculable de amoríos? En este caso ¿ese determinado modo de actuar de nuestra generación es para nosotros un ejemplo? ¿Los que no han aprendido a amar, pueden enseñarnos a amar? ¿Qué dosis de amor propio, de vanidad, hay en estos falsos amores? ¿El amor propio y la vanidad son el camino para encontrar el verdadero amor? ¿Cuál es el camino justo para llegar a él? ¿Qué consecuencias prácticas acarrean estos falsos amores? Estos son los temas del "diálogo" constructivo entre muchachos y muchachas. Viene ahora el trabajo escrito: En mi carpeta escribiré el resultado de estas reflexiones:
¿Qué alcance y qué desventajas encuentro en ese negocio llamado trata de blancas? ¿"Qué opino o cuál es mi reacción frente a aquellos que hacen del cuerpo un instrumento de compra venta? ¿Considero que para demostrar la fortaleza física es necesario utilizar el exhibicionismo o las relaciones sexuales? . . .
Hasta aquí, como ejemplo, la nueva pedagogía de los colegios católicos, de las organizaciones juveniles, que se dicen católicas, pero que, en realidad, son centros en los que peligra con la fe, la moral de los jóvenes de ambos sexos. Y todo esto, lo saben o lo deben saber nuestros venerables prelados; y, como el mal es universal y se ha extendido, como lepra, por todos los países, tenemos que hacernos esta pregunta: ¿Por qué el Papa, por qué las Congregaciones de la Curia no reprimen esa creciente y sistemática corrupción de la juventud? Antiguamente, las instrucciones de Roma en este punto de la así llamada "Educación Sexual", el parto de las parteras, como la llamó el ahora Licenciado Armando Chávez Camacho, en una Conferencia que tuvo en Puebla de los Angeles, ya que la idea de impartir esa educación colectiva sobre tema tan delicado, había nacido en un congreso de parteras, celebrado en esta capital, eran instrucciones severas y rigurosas, que desaconsejaban el tratar en público, y más con minuciosidades indebidas, temas tan escabrosos. ¿Podemos esperar que las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa se multipliquen, cuando en las escuelas católicas, en las organizaciones católicas, se habla hoy con tanta vulgaridad y ligereza de asuntos tan peligrosos? No se puede jugar con fuego; no se puede poner en peligro el pudor, la decencia, la castidad preciosa de los niños y de los jóvenes.

LA NUEVA MISA, PUNTO CENTRAL DE LA CONTROVERSIA ENTRE CATÓLICOS
Y ACUSACIÓN PRINCIPAL CONTRA EL PAPA MONTINI

Me permito transcribir ahora la traducción que de la Revista "ITINERAIRES" (feb. 1971) hizo el R.P. Hervé Le Lay de un libro de Luis Salleron sobre la NUEVA MISA, otro punto crucial de la crisis sacerdotal, impuesta por el Papa Montini, a pesar de las millones de quejas que de toda la Iglesia han llegado a Roma, contra esa destrucción fundamental de nuestra fe católica:
"Nosotros no asistimos ni al resurgir de una Misa nueva, ni al final de una Misa anticuada. Asistimos al eclipse de una Misa eterna". Todos callan y callan sobre algo que es esencial para todo católico: a saber, la Santa Misa. Idiotizados o maquiavélicos, hablan de cualquier cosa: ya sea por inconsciencia o conscientemente. El mayor cambio que jamás se haya introducido en la religión católica, sea que se lo apruebe o se lo desapruebe, sobre tal acontecimiento extraordinario. Salieron es el primero y único que hasta el presente (en Francia) ha escrito un libro.
Anormalidad máxima.
"Los que han querido la nueva Misa, los que la han fabricado, los que la han impuesto, los que la han adoptado brevemente, todos los que entusiastas o resignados son partidarios- ¿por qué callan ahora? Están silenciosos como si consideraran vana toda tentativa de justificación, como si tuvieran vergüenza.
"Se debería suponer que tienen una gran cantidad de razones sólidas y apremiantes. Para inventar, para imponer, para aceptar un cambio tan formidable, se necesitan motivos muy grandes e imperiosos. ¿Por qué esos motivos permanecen ocultos? El Papa Paulo VI ha mencionado algunos, en rápida alusión, en dos breves alocuciones; pasó completamente en silencio el motivo "ecuménico" del que será difícil admitir que no haya jugado un papel muy importante; después no volvió a hablar más de ellos, como si la transformación de la Misa católica hubiera sido un episodio completamente pasajero y secundario, un pormenor casi anecdótico, mucho menos importante, en todo caso, que los problemas temporales y mundanos, humanistas y democráticos, a los cuales, por otra parte, él suele consagrar tantas palabras, gestos, esfuerzos... Ese silencio del Papa, ese desinterés aparente, esos visos de distracción o de indiferencia son por cierto una anormalidad en alto grado. Pablo VI habla casi todos los días y toca todos los asuntos, pero nada de la reforma de la Misa. Si reflexionamos, esta actitud anormal del pontifica justifica por lo menos nuestra inquietud.
"Los otros, los productores y partidarios de la nueva Misa han imitado el silencio del Papa. Parece como si la reforma de la Misa fuera un asunto demasiado secreto en su verdadera naturaleza, en sus razones profundas, en sus reales motivos, para que sus productores pudiesen aceptar un debate público, por vía de argumentación y de respuestas a las objeciones. Se esperaba de ellos que demostrarían que la nueva Misa de Paulo VI es superior a la antigua Misa católica; que ellos expondrían con pruebas en su apoyo, que la antigua Misa de la Iglesia era insuficiente, superflua o anticuada, que demostrarían teológicamente que las "nuevas preces eucarísticas" con todo derecho podrían reemplazar el Canon romano. Pero nada; carencia total. ¿Y no es este motivo suficiente de sospecha?
"Los promotores de la Misa reformada si por alguna oscura razón no querían tomar la iniciativa de un debate público, por lo menos deberían aceptarlo y responder a las objeciones que se les propusieran.
"En el verano de 1969, el Courrier de Rome, por iniciativa y bajo la responsabilidad del P. Raimundo Dulac, fue el primero en refutar la misa reformada.
"En el año de 1969, los Cardenales Ottaviani y Bacci presentaron a Paulo VI el "Breve Examen Crítico", escrito por los mejores teólogos, canonistas y párrocos de Roma.
"Poco después, la "Declaración" del P. Calmel, O.P., breve, densa, definitiva.
"Por último la declaración del M.L. P. Guérard des Lauriers; en la que públicamente reivindica la responsabilidad personal de haber sido uno de los principales teólogos (sin duda debe decirse el principal) que había trabajado en el "Breve Examen Crítico".
Estas explicaciones doctrinales nadie las ha refutado. Y ahora aparece en escena Luis Salleron. Nadie, como él, ha puesto tan clara la subversión de la Liturgia bajo su doble aspecto de su naturaleza intrínseca y de sus consecuencias universales.
La verdadera situación.
Luis Salleron, al comienzo de su obra, ("La Nueva Misa"), recuerda cuál es la situación legal. El Decreto Romano más reciente sobre la Nueva Misa, es el del 26 de marzo de 1970, que figura a la cabeza de la nueva edición (reformada) del Missale Romanum. De tal Decreto resulta de manera irrefutable que de aquí en adelante, tenemos:
1) La Misa tradicional, llamada de San Pío V, que es la Misa normal, en latín.
2) La nueva Misa, que está permitido decir en latín.
3) La nueva misa, que podrá decirse en lengua vulgar tan pronto como la Conferencia Episcopal haya fijado la fecha de entrar en vigor, después que la traducción haya sido debidamente apiobada por la Santa Sede.
"Los católicos de buena voluntad habrán advertido que, en la práctica, se está haciendo todo lo contrario de lo que el Decreto dice. Ya no puede decirse que la nueva misa está sólo permitida, sino, al contrario, por un verdadero abuso de autoridad ha sido impuesta, aun en fecha anterior al Decreto. Abuso de autoridad perpetrado y unlversalizado por la 'Jerarquía paralela', establecida en la Iglesia, aprobada tácita o explícitamente por la Jerarquía legítima.
"En cambio, la Misa, legalmente normal, que es la Misa de San Pío V celebrada en latín, está de hecho casi prohibida por una odiosa tiranía.
"Podrá decirse, si se quiere, que es agradable, oportuno, moderno que todo esto suceda así. Pero si se pretende que todo esto se hace por obediencia, se falta por completo a la verdad.
"Por cierto, que es verdadera desobediencia a las leyes de la Iglesia, que la jerarquia actual, que también está moralmente sometida a las mismas, prohiba la Misa católica legal y normal e imponga como obligatoria una nueva Misa, que solamente está permitida por la legislación en vigor.
La fuerza principal del libro de Salleron.
"La fuerza principal del libro está en su nitidez absoluta sobre lo esencial. El pensamiento de Salleron es firme, sin vacilaciones. La nueva misa es mala, es detestable, es dañosa. Es la desintegración de la religión católica. ¿En qué momento se aparta del culto católico para entrar en el 'vudú'? Dios sólo lo sabe. Pero ciertamente se está más cerca de la magia que de la misa. (p. 173).
"Que el art. 7 (y muchos otros) de la Institutio Genéralis haya sido rectificado, en nada cambia el nuevo rito. "El Breve Examen Critico presentado a Paulo VI por los Cardenales Ottaviani y Bacci, no sólo va contra la 'Institutio Generalis', sino contra el mismo 'Nuevo Ordo Missae' como tal.
"La intención de los redactores de la nueva misa está claramente expresada en la 'Institutio Generalis', que no es sino la exposición de los motivos del 'Ordo Missae'. Querían ellos hacer una misa ecuménica, aceptable para los protestantes y dieron de la Misa una definición que coincidía con la de la cena luterana. La definición de la Misa ha sido posteriormente modificada, pero el texto mismo de la Misa ha quedado tal cual.
"Dice Salleron: 'Esto no es el 'Novus Ordo Missae', que remplaza al antiguo, esto es una misa completamente nueva, variada hasta lo infinito, que sustituye la Misa en un devenir sin límites. Y el P. Camel, O.P. añade: 'En realidad, este 'Ordo Missae' no existe, lo que existe es una revolución litúrgica universal y permanente'.
La nueva Misa es para una nueva fe.
Un verdadero debate sobre las reformas de LA MISA los obligaría a declarar sus ocultas intenciones que, ya de alguna manera dejaron entrever en la Institutio Generalis. "Todo eso, se dirá, no impide que la nueva misa haya sido adoptada en todas partes..." "y los fieles la han recibido muy bien" Responde Salleron: "Exacto -pasando por alto cierto malestar general que va creciendo en todas partes— pero, nuestra observación no concierne a la aceptación o al rechazo de la nueva Misa, sino que se refiere al hecho de que la misa es aceptada como una novedad y que, en consecuencia, tiende a fomentar una nueva fe, que no es la fe tradicional, la fe católica".
"La estadística de la aceptación o rechazo de la nueva Misa es sin duda, importante para medir las dimensiones de la catástrofe. La misa nueva es la historia del nuevo catecismo, y el nuevo catecismo es el de otra religión".
"Aun cuando el mundo entero, por cualquier razón, hubiese aceptado la nueva misa, eso en nada atenuaría el hecho de que esa nueva misa está tendenciosamente orientada hacia una nueva fe, que, por ser nueva precisamente, ya no es la fe católica. Una fe con adelantos 'evolutivos' está en armonía con una liturgia evolutiva. "La liturgia se ha vuelto evolutiva. Pero, ¿acaso no lo era ya? No; no lo era, porque obedecía a la ley del desarrollo, no de la evolución. No se trata de un matiz entre nociones afines, se trata de una diferencia total. Un niño, que se hace hombre, obedece a la ley del desarrollo. Un mono que se trasforma en hombre (si eso se diera) obedecería a las leyes de la evolución. *

*Me parece de suma importancia el insistir en esa idea luminosa, que viene a derrumbar el "castillo de naipes", con que los innovadores progresistas han querido no sólo defender su nueva religión, sino sus incesantes 'cambios', la metamorfosis radical, que, a todo trance, han decidido imponer a la Iglesia, fundada por el Hijo de Dios, hace dos mil años.
Alegan, en efecto, que hay que combatir hasta exterminarlo, el inmovilismo dogmático, moral, litúrgico, disciplinar de una Iglesia envejecida, cuyo "mensaje" carece de interés, para un mundo dinámico, que se transforma en constante "evolución".
Hay una confusión en dos principios básicos: se quiere confundir la idea de "desarrollo", crecimiento, con la idea de "evolución, de cambio"; estas ideas son, entre sí, antagónicas, irreconciliablemente opuestas. En el desarrollo hay identidad; en la evolución hay diversidad.
La Iglesia, ya lo había dicho Cristo en diversas ocasiones de su Evangelio, progresa, crece, se desarrolla "hasta llegar in mensuram aetatis plenitudinem Christi. hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del (pleno) conocimiento del Hijo de Dios, al estado de varón perfecto, alcanzando la estatura propia del Cristo total, para que ya no seamos niños fluctuantes y llevados a ta deriva, por todo viento de doctrinas, al antojo de la humana malicia, de la astucia que conduce engañosamente al error". (Efesios, IV, 13 y 14).
La Iglesia, en el decurso de su secular historia, ha crecido, se ha desarrollado, ha progresado; pero nunca ha evolucionado. Si evolucionase ya no sería la Iglesia de Cristo, sino la iglesia del Papa Montini.

"Lo que inspira secretamente la reforma de la Misa es un cambio de religión y de fe: "La Misa, desde sus orígenes hasta nuestros dias. se ha desarrollado y, más o menos, ha quedado fijada, desde el siglo V. Los cambios verificados ahora son presentados por Paulo VI como manifestaciones de desarrollo, pero son en realidad tratados por los innovadores, con anuencia de Paulo VI, como un fenómeno de evolución, anunciador de nuevos cambios". Para terminar, dice Salleron, que él se siente feliz, al tener pruebas que un cierto número de sacerdotes continúa diciendo la Misa de San Pío V, lo que constituye una garantía de volver, tarde o temprano, a la Misa de siempre".
"Jean Midiran termina su editorial: "Supongamos que este año o el año próximo tuviéramos de golpe, al frente de la Iglesia, un San Pío V o un San Pio X, o, si se quiere, un San Pío XIII, ¿cómo gobernaría una Iglesia, que sistemáticamente se ha hecho ingobernable debido a la EVOLUCIÓN del Vaticano II"? El desorden fundamental y universal, que se ha introducido en la Iglesia, después de diez años, pero cuyas raíces se remontan mucho más allá, no podrá ser anulado de un plumazo o por un simple decreto.
"Se necesitará una autoridad legítima, unida a una santidad auténtica y apoyadas ambas por algunos milagros de primer orden.
"En cuanto a la nueva Misa, si de nosotros hubiera dependido, jamás hubiéramos permitido que se estableciera universalmente el uso exclusivo de una liturgia vernácula, que contradice toda la tradición y toda la pedagogía de la Iglesia al margen de la Constitución Apostólica "Veterum Sapientia", promulgada por Juan XXIII y al margen de la constitución conciliar sobre la liturgia promulgada por Paulo VI. Y el día en que la autoridad legítima en la Iglesia emprenda la restauración de la fe, los sacramentos y la liturgia, nosotros no vacilaremos en reclamar cuanto antes la antigua Misa en latín obligatoria para el mundo entero. Será naturalmente necesario hacer unas concesiones y no habrá inconveniente en hacerlas en lo que se refiere a la parte de la Misa llamada ante-Misa o Misa de los catecúmenos. Pero será necesario restaurar universalmente la integridad de aquella parte de la Misa, que se llama "misa de los fieles", con el ofertorio y el Canon Romano íntegramente en latín en la Iglesia Latina.
"Bien sabemos que los sacerdotes que en la actualidad se atienen firmemente a ese "mínimum" son perseguidos, despreciados o, en el mejor de los casos, a lo más tolerados. Y sabremos que el día deseado de la restauración de la fe ha comenzado, cuando los obispos o un obispo, al menos, en Roma o en cualquier otra parte, proclame en voz alta y oficialmente aquello mismo que declara Salleron en su libro: "Nos sentimos dichosos al ver que todavía cierto número de sacerdotes siguen diciendo, la Misa de San Pío V", aunque sea en la Iglesia de las Catacumbas.

En medio de las grandes verdades, que hemos dejado consignadas en el artículo anterior, la más importante, la que tiene mayores consecuencias en el orden dogmático, es, a no dudarlo, la que afirma —con sobrada razón— que la "nueva misa" es para una nueva fe. Este es el reproche más grave que puede y debe hacerse al Papa Montini: con sus reformas, con sus dialécticas, con su incomprensible gobierno, ha establecido, por lo menos, ha tratado de establecer una NUEVA RELIGIÓN, que ya no es la religión católica, la única religión fundada por Cristo con el establecimiento de su única y verdadera Iglesia, que es UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA.
"¿Es Ud. sacerdote? Entonces tome el Denzinger (colección de documentos pontificios o conciliares, que son de fe divina o fe católica, desde San Pedro hasta nuestros días); abra cualquier página, desde el principio hasta Pío XII; le desafío a que con esta lectura se vería Ud. obligado a confesar con pena la contradicción patente entre la antigua fe, la de dos mil años, y la nueva religión que nos han impuesto los dos últimos Papas y su Concilio. El P. Le Lay nos dice: "He subrayado ya en este boletín cómo las innovaciones litúrgicas propuestas e insolentemente aplaudidas por el Congreso Litúrgico modernista de Assís, presidido por el Cardenal Lercaro, en 1956, fueron condenadas y rechazadas detalladamente por Su Santidad el Papa Pío XII, en su Alocución a los Congresistas, el 22 de septiembre de 1956. Todas esas innovaciones propuestas, aplaudidas y después condenadas entonces, se han impuesto hoy en la Iglesia Católica, por un Concilio Pastoral, que abrió la puerta y por Juan B. Montini, que puso toda su autoridad, legítima o ilegítima, para llevar adelante la "autodemolición" de la Iglesia.
"También he comparado —dice el P. Le Lay— esas innovaciones de la nueva misa con las del sínodo jansenista de Pistoia, condenadas por el Papa Pío VI, el 28 de agosto de 1794, en la Constitución "Auctorem Fidei". Voy a reproducir una vez más algunas proposiciones condenadas en ese sínodo:

D. 1528.-"La proposición del sinodo por la que la participación de la víctima es parte esencial al sacrificio, añade que no condena, sin embargo, como ilícitas aquellas misas, en las que los asistentes no comulgan sacramentalmente, por razón de que éstos participan, aunque menos perfectamente, de la misma víctima, recibiéndola en espíritu, en cuanto insinúa que falta algo a la esencia del Sacrificio que se realiza sin asistente alguno, o con asistentes, que ni sacramental ni espiritualmente participen de la victima, y como si hubieran de ser condenadas como ilícitas aquellas misas, en que comulgando sólo el sacerdote, no asista nadie que comulgue sacramental o espiritualmente, es falsa, errónea, sospechosa de herejia y sabe a ella".
D. 1529.—"La doctrina del sinodo, por la parte en que proponiéndose enseñar la doctrina de la fe sobre el rito de la consagración, apartadas las cuestiones escolásticas acerca del modo como Cristo está en la Eucaristia, de las que exhorta se abstengan los párrocos al ejercer el cargo de enseñar, y propongan estos dos puntos solos: que Cristo, después de la consagración está verdadera, real y substancialmente, bajo las especies; 2) que cesa entonces toda la substancia del pan y del vino, quedando sólo las especies, omite enteramente hacer mención alguna de la transubstanciación, es decir, de la conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo, y de toda la substancia del vino en la Sangre, que el Concilio Tridentino definió como articulo de fe y está contenida en la solemne profesión de fe; en cuanto que por semejante, imprudente y sospechosa omisión se sustrae el conocimiento tanto de un articulo que pertenece a la fe, como de una voz consagrada por la iglesia, para defender su profesión contra las herejías, y tiende así a introducir el olvido de ella, como si se tratara de una cuestión meramente escolástica, es perniciosa, derogativa de la exposición de la verdad católica acerca del dogma de la transubstanciación y favorecedora de los herejes.
D. 1531.—"La proposición del sinodo que enuncia ser conveniencia para el orden de los divinos oficios y por la antigua costumbre que en cada templo no haya sino un solo altar y que le place en gran manera restituir aquella costumbre antiquísima, piadosa y de muchos siglos a acá vigente y aprobada por la Iglesia particularmente la latina". Es temeraria, favorecedora de la herejía.
D. 1533. —La proposición del Sínodo por la que manifiesta desear que se quiten las causas por las que, en parte, se ha introducido el olvido de los principios que tocan al orden de la liturgia, volviéndola a mayor sencillez de los ritos, exponiéndola en lengua vulgar y pronunciándola en voz alta —como si el orden vigente de la liturgia, recibido y aprobado por la Iglesia, procediera en parte del olvido de los principios, porque debe aquélla regirse- es temeraria, ofensiva a los piadosos oídos, injuriosa contra la Iglesia y favorecedora de las injurias de los herejes contra ella.
D. 1 566. —La proposición que afirma que sería contra la práctica apostólica y los consejos de Dios, si no se le procuraran al pueblo modos más fáciles de unir su voz con la voz de toda la Iglesia —entendida de la introducción de la lengua vulgar en las preces litúrgicas— es falsa, temeraria, perturbadora del orden prescrito para la celebración de los misterios y fácilmente causante de mayores males".

viernes, 6 de mayo de 2011

El Deber

     Y ahora, hijo mío, tú sabes cuál es el camino que debes seguir, cuál es el ideal hacia el que debes tender, cuál es la meta que debes alcanzar. ¡Adelante! Lánzate, haz tu deber.
     Esta gran palabra no tiene sentido para el ateo, y es lo que pretende, pues no hay más que un Ser supremo que puede exigir de nuestra libertad la obediencia a sus leyes.
     Tú, hijo mío, crees en Dios y sabes lo que El reclama de tu voluntad; crees, pues, en el deber y eres impelido por tu conciencia a cumplirlo.
     Pero no te basta creer bien; estás obligado a obrar bien. Son los actos los que hacen el mérito y la fecundidad de la vida.
     El deber para ti es someter tu querer al querer de la razón y de Dios; pues es todo uno, y la razón y Dios deben ser para ti la soberana ley y la regla invariable.
     El deber para ti es elevarte al ideal, practicando las virtudes humanas que la naturaleza te manda y las virtudes sobrenaturales que la religión te impone; el deber para ti es ser hombre de bien y cristiano: dos cosas que se ligan más íntimamente de lo que se cree, porque el hombre de bien no está lejos de ser un cristiano, y un verdadero cristiano es siempre un hombre de bien.
     El deber para ti, finalmente, es cumplir enérgica y fielmente tu papel social, y ser bondadoso y útil a tus semejantes por el amor de Dios.
     Tú lo sabes desde ahora, hijo mío, el deber exige sacrificios, pues los bajos instintos reniegan, protestan contra su ley, y no se puede cumplirlo totalmente sin ser en cierto modo mi héroe. No vaciles, sin embargo, aunque te cueste mucho el cumplirlo. Sufrir por el deber, es sufrir por Dios, y sufrir por Dios, es merecer el cielo.
     El deber debe estar en primera línea y dominar tu conducta sin reservas y por encima de todo. Te es preciso incrustar esta idea en el centro de tu voluntad, como el fundamento único y eterno de tu vida. "El Deber en todo, en todas partes y siempre": tal debe ser tu divisa.
     Nos parece duro, es cierto; pero es porque molesta nuestra inclinación al placer: no queremos hacer más que aquello que halaga la naturaleza. No escuches la voz interesada de la bajeza humana.
     Estima tu deber, ama tu deber; así te resultará fácil. Los que arrastran lánguidamente la cadena, son aquellos que la llevan con repugnancia. Los que tienen la pasión del deber, allí encuentran la alegría. "Allí donde el amor trabaja, dice la "Imitación", el trabajo no pesa, o si el trabajo pesa, allí se ama el peso".
     Apégate, tanto a las más pequeñas obligaciones como a las más grandes; aquel que se permite débiles infracciones a la regla, se permitirá las más graves, y llegará a traicionar su deber.
     En fin, marcha por el buen camino y consérvate en el sendero de los justos, como lo dice la Escritura para esto sé cristiano.
     Fuera de los cristianos, muy pocos entre tos hombres de nuestro tiempo conocen los austeros sacrificios de la virtud. Sé cristiano, es decir, discípulo e imitador de Jesucristo, y serás el hombre perfecto.
     Coge ímpetu, arranque, sube los peldaños de la escala infinita que vio Jacob en su sueño; el hombre está abajo, Dios está arriba; sube sin detenerte, de virtud en virtud, hasta el pináculo sublime!
     Hacerse hombre, vivir como cristiano, ser católico, llegar a ser santo, asemejarse más y más a Jesucristo, viviente ideal del alma: tal es tu programa, hijo mío. No hay filosofía más hermosa que pueda proponerte.