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viernes, 27 de agosto de 2010

Los dos castigos de la Gran Tribulación

Las profecías hablan clarísimamente de las dos clases de castigos. Los castigos que serán de la TIERRA: Los ele­mentos, el hambre, terremotos, pestes, revoluciones y gue­rras.
Y los castigos DEL CIELO.
La Gran Tribulación, no sería un Juicio Final en mi­niatura, ni sería una cosa nunca vista, ni convendría a las intenciones del cielo, si sólo fuera un acontecimiento invo­lucrado con los elementos humanos. La razón es, que se tra­ta de demostrar, que Dios es sólo quien rige los destinos del mundo. Se trata de eliminar a todos los impíos, se trata DE CONSTRUIR UN ORDEN NUEVO Y UNA TIERRA NUE­VA, DESPUES DE UN JUICIO UNIVERSAL DE VIVOS.
Los acontecimientos por muy catastróficos que fuesen, nos darían a las gentes una lección natural, sin referencias al cielo. La guerra moderna, todos la concebimos en estos términos. Una gran desolación. Tenemos hasta ese orgullo natural de ver así los acontecimientos aún después de haber sido inventados los poderes atómicos. Siempre ha habido guerras. ¿Las enfermedades? ¡Hemos nacido con ellas!. . . El hambre, pues vaya... hasta nos viene bien para la es­peculación de algunos y para la línea anatómica de muchas. ¿Y qué? Después de 20 siglos con guerras, no es nada nuevo que haya otra. Pero no será así. Echaríamos la culpa a los rusos o al equívoco de algún avión norteamericano, que se perdió y dejó caer la bomba de prueba en una Ciudad, den­tro del perímetro de seguridad rusa. Pero a Dios, seguiría­mos, desconociéndolo. Y ahora Él nos lo advierte. El Cielo intervendrá en una forma cósmica, tan contundente, que de un bandazo cambiará el curso de la historia. Sólo así cree­remos en la Providencia de Cristo sobre la familia del mundo.
Un día reveló Dios a María de los Valles, la síntesis de la historia del Mundo. San Juan Eudes, fue inspirado por esta mujer, para introducir la devoción del Sagrado Cora­zón de Jesús. Dice así la historia de los tres diluvios: "Por sus pecados, los hijos de Adán obligaron al Padre, a enviar SU DILUVIO DE AGUA; por su perfidia, los fa­riseos, obligaron al Hijo a suministrar EL DILUVIO DE SU SANGRE; por su apostasía presente, el occidente cris­tiano obligará A UN TERCER DILUVIO DE FUEGO, QUE VENDRA DEL ESPIRITU SANTO. Este será triste, al igual de los precedentes, a causa de la gran resistencia de la leña verde, que resiste al fuego".
Luego el castigo, que vendrá del Espíritu Santo, ven­drá del cielo en forma de fuego. La Beata Ana María Taigi, con otras videntes clasificaron así la cuestión:
"Dios enviará dos castigos al mundo. Uno vendrá de los hombres, es decir, guerras, revoluciones, y otras desdichas; el otro vendrá DEL CIELO.
La plaga de la tierra será mitigada por las rogaciones, pero no LA DEL CIELO, que será horrible, espantosa, uni­versal".
La religiosa de la Visitación de Quebec, comunicaba a Roma la misma aclaración. Fue en abril de 1955:
"Si no cambian de parecer los hombres, una terrible plaga VA A CAER DEL CIELO.. . serán terribles para to­dos, estos momentos, ya que SE UNIRA EL CIELO Y LA TIERRA Y SERAN DESTRUIDOS TODOS LOS MALOS. Ciertas naciones serán purificadas, mientras otras desapa­recerán completamente”.
¿Cuánto tiempo durarán estos acontecimientos? La magnitud de la catástrofe parece que pide una gran duración de tiempo. Sin embargo, las profecías nos dan ciertos atisbos:
La religiosa Trapense de la que ya hemos hablado, anuncia:
"El tiempo de esos trastornos, será el de TRES ME­SES y el de la Gran Crisis, en que triunfarán los buenos, MOMENTANEO"... Y todas las injusticias de cualquier naturaleza que fuesen, se repararán lo que será muy fácil, por haber perecido en el combate la mayor parte de los malos".
Según todos aquellos que han profetizado este período, dan a entender que en los tres días de tinieblas, será LA CULMINACION DEL CASTIGO DE PARTE DEL CIELO. El de la tierra será entonces el que dure por el tiempo de tres meses...
La Hermana de la Caridad de Montreal, que trasmitió por medio de su Obispo Mr. Breynat, los mensajes a su San­tidad Pío XII, nos da una referencia también notable. La profecía fue tenida del cielo, el 14 de Diciembre de 1949. Di­ce así:
"Perseverad con amor y generosidad POR UNA NO­CHE Y UN DIA, OTRA NOCHE Y OTRO DIA; pues la NOCHE SIGUIENTE un sol hermoso, brillante como nunca ha brillado, sucederá al horror de las grandes tinieblas".
La consideración de estos funestos y gloriosos aconte­cimientos, nos obligan a concluir y esclarecer el momento.
NO SE TRATA DEL FIN DEL MUNDO.
La Virgen Santísima hace unos años ha comunicado a una hija suya, privilegiada, lo siguiente:
"Lo que sucederá próximamente en el mundo, es total­mente grave. No es posible formarse una idea aproximada. A la pregunta de la vidente: ¿Es éste, el fin del mundo? La Virgen María ha respondido:
"NO ES EL FIN DEL MUNDO. ES EL ADVENI­MIENTO DEL REINO DEL CORAZON DIVINO Y DE MI CORAZON INMACULADO".
Si no se ha de perdonar más que la centésima parte de cada cosa, las cifras son aterradoras:
De cien personas sólo quedará una, de mil solo 10, de un millón quedarán 10 mil personas y de 2,600 millones de hombres que viven actualmente, sólo quedarán 26 millones.
Y se marcha la imaginación por las ciudades queridas que uno conoce, y se entristece, al considerar los pocos su­pervivientes entre las ruinas. Y no sólo serán las personas diezmadas, sino las cosas. Y las cosas son las propiedades, los edificios, las industrias, todo lo que forma el decoro y la gloria de esta civilización gloriosa y adúltera.
Uno de los avisos proféticos que hay que considerar, es LA PROTECCION CONTRA LA CURIOSIDAD.
La Beata Ana María Taigi, nos lo amonesta proféticamente:
"Quien POR CURIOSIDAD abra las ventanas o mire afuera o salga a la puerta, caerá muerto repentinamente. Durante esos días, se deberá permanecer en casa, rezar el Rosario, e invocar la misericordia de Dios".
Algo similar nos amonesta la Hermana de la Caridad de Montreal, después de la visión profética del 14 de diciem­bre de 1949:
"Cuando suene el trueno con tal fuerza que estremezca a los montes, ESCONDEOS DEL MUNDO EXTERIOR. NO OS ABANDONEIS A LA CURIOSIDAD CONTEMPLAN­DO ESTOS SUCESOS TERRIBLES. Rogad entonces, y ha­ced penitencia. Dad gracias a Dios por esa Purificación, otra vez creed en Dios".
Se me va el recuerdo hacia los avisos de los ángeles cuando amonestaron a Loth antes de incendiar a Sodoma y Gomorra:
"Salva tu vida, no mires hacia atrás ni te pares en to­da la región circunvecina; sino ponte a salvo en el monte, no sea que también tú perezcas juntamente con los otros".
Y a la hora de la fuga y del fuego caído del cielo sobre las ciudades, la mujer de Loth entró en curiosidad y dese­chando el consejo de los ángeles, "Se volvió a mirar hacia atrás, y quedó convertida en estatua de sal".
¡Ah, la curiosidad de las mujeres!
Perdimos el paraíso por la curiosidad de Eva. Muchas se casan por curiosidad, otras se mueren por ella, como la mujer de Loth... y muchas de las que mueran, no será porque son malas, sino curiosas. Recomendamos tela adhesiva para los ojos de las mujeres de aquellos días... Al menos, si las queréis conservar...
Se desprende de la profecía de Isabel Canori, donde San Pedro encierra a los elegidos de Dios, para conservarlos para el reino de Cristo, que el sitio más seguro para esta tormenta sin igual, serán los conventos, los seminarios y las Iglesias, las montañas de los santuarios famosos de María, y las casas oficiales de Dios sobre la tierra, llenas de ora­ción y de endiosamiento. Ellas serán los mejores refugios.
LOS TRES DIAS DE TINIEBLAS tienen un raro sa­bor místico. Jonás nos dio un signo: tres días en el seno de una ballena. Después convencido y fortalecido por el casti­go, partió luminoso, hacia el Evangelio y la Misión.
Tres días estuvo Jesucristo en el sepulcro lleno de som­bras y de muerte. Y una mañana, Dios creó con todas las auroras, la gloria anastásica de la Resurrección.
La humanidad, pues, tendrá tres días de sepulcro lleno de muerte y de tinieblas. Después, un sol triunfante de re­surrección y de primavera llena de ángeles y de santos, bri­llará en todas las cúpulas catedralicias y en todos los cam­paniles de las iglesias del orbe rejuvenecido. Campanas de Gloria y Ángeles Celestes, cantarán GLORIA DE DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD.
En el pesebre, Cristo fue aclamado como Dios por los ángeles. La humanidad en ese día glorioso, tendrá el testi­monio de haber nacido de entre los sepulcros y de entre las bestias de los impíos muertos. Y los ángeles y los reyes ve­nidos de oriente, en una epifanía pentecostal de conversio­nes, aclamarán el testimonio del hombre que empieza a ca­minar a casa del Padre. Los hijos pródigos, serán la gloria de los cielos y la cosecha espiritual de la Iglesia.
Algunos creerán confundir esta época con aquella en que se desenvolverá el Anticristo con sus errores. Es decir, con la del fin del mundo. La cosa está demasiado clara en las profecías, SE TRATA DE NUESTRO TIEMPO Y DE NUESTRA EPOCA.
Los videntes del siglo XVII y XVIII nos lo advierten:
Leed cómo nos lo concreta el Padre Souffrand (1775- 1828):
"El momento estará próximo cuando se viaje con mayor celeridad. Yo no sé cómo se harán esos viajes, pero sé que se irá con la velocidad de los pájaros".
Y Bemard Rembort (1689-1783) nos habla más a nues­tra imaginación presente:
"Los hombres se creerán todopoderosos a causa de sus carruajes que recorrerán el mundo, sin ser arrastrados por los caballos. Los hombres imitarán a los pájaros".
Entonces, se cometerá la impiedad de la tierra y la justicia del cielo.
El desconocido monje alemán del siglo XVII parece aún más cercano a nosotros. Su profecía se hizo famosa sobre todo después la segunda guerra mundial.
"El siglo XX será una época de terrores y de miserias. Todo cuanto nos podamos imaginar de malo y de desagradable, ocurrirá en este siglo.
Desde el principio, en muchas naciones, los príncipes se levantarán contra sus padres: los ciudadanos contra la autoridad; los hijos contra sus progenitores: los páganos con­tra Dios, y pueblos enteros contra el orden establecido.
Y estallará una guerra civil, en la cual caerán las bom­bas del cielo. Y estallará entonces una segunda guerra, durante la cual, casi todo el universo se verá convulsionado. Desastres financieros y ruinas de la propiedad harán derra­mar muchas lágrimas.
Los hombres no tendrán alma ni piedad. Nubes envene­nadas y rayos más abrasadores, que el sol del Ecuador, fé­rreas fortalezas, que caminan y barcos voladores llenos de bombas terribles y de flechas, estrellas que destilan la muer­te y fuego sulfúreo, destruirán grandes ciudades.
Este siglo será el más extraño de todos, porque los hombres se levantarán y se destruirán mutuamente". (De "El Futuro del Mundo" de Luis Emrich)
El Apocalipsis, en su forma alegórica y misteriosa, re­sume, desde el capítulo octavo al noveno, todo lo que hemos visto anunciado, en forma de profecía particular, sobre la Gran Tribulación.
Nos habla San Juan de la destrucción de la tercera par­te de las cosas, del mar y de la tierra. Los elementos castigadores, como en las profecías particulares, son, el granizo, las plagas sobre los ríos, el fuego, las tinieblas físicas, el te­rror y la muerte.
La tercera parte de los hombres son destruidos por los elementos cósmicos y naturales. Las profecías particulares, hablan de la desaparición de las tres cuartas partes de la humanidad.
San Juan, sólo habla de aquellos eliminados por los ele­mentos cósmicos. ¿Los muertos, por los demonios, cuántos serán?
El misterio del número tres salta a la vista. La tercera parte de las cosas y de los hombres; los tres días de tinie­blas, los tres ayes, ¡Ay!, ¡Ay!, ¡Ay!, consecutivos. La alu­sión a la Santísima Trinidad queda bien definida. La expia­ción al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, se impone como oferta y victimaje fundamental para el reino.
En el mensaje de Heede, la Virgen hace alusión al Apo­calipsis. Luego es la misma época. La Virgen dice: "EL FU­ROR DE LA ESTRELLA DEL INFIERNO SOBREPASA­RA EN VIOLENCIA..."
El Apocalipsis dice: "Y VI UNA ESTRELLA DEL CIELO CAIDA EN LA TIERRA Y DIOS LE DIO LA LLA­VE DEL ABISMO".
Satanás, por lo tanto, tiene poder para desencadenarse y llegar a la tierra. Al abrir el abismo, el humo y las tinie­blas morales le acompañan.
Pero San Juan, también ve, que el cielo se abre junto al altar y salen "Los doscientos millones de seres celestes, so­bre el mundo".
Las profecías particulares, nos hablan de la salida de San Miguel y de los Ángeles a combatir al dragón, como dicen Daniel y el Apocalipsis. Jesucristo en el mensaje de Heede, nos habla de los Ángeles diseminados por el mundo, para ejercer su Justicia. Las videntes han visto sobre Ru­sia, millones de Ángeles, dispuestos a dar la batalla por Cristo.
La descripción de las huestes del infierno, nos anuncia la guerra. Lo mismo anuncian, los Ángeles en orden de ba­talla. Por lo tanto, en síntesis, la prueba, los castigos cósmi­cos y celestes, las plagas y la guerra, están dibujadas proféticamente, en el Apocalipsis.
Las conclusiones totales, del Apocalipsis, de Daniel y de las Profecías particulares, son estas:
AHORA SE TRATA DE LA BATALLA CONTRA EL INFIERNO, CONTRA LUCIFER. DESPUES DEL TRIUN­FO DE LA IGLESIA, SE TRATA DE LA BATALLA FI­NAL DEL ANTICRISTO. APOCALIPSIS.

Capítulo Octavo:
7.-Tocó, pues, el primer Ángel la trompeta, y formóse una tempestad de granizo y fuego, mezclados con sangre y descargó sobre la tierra, CON LO QUE LA TERCERA PARTE DE LA TIERRA se abrasó y con ella se quemó LA TERCERA PARTE DE LOS ARBOLES Y TODA LA HIERBA VERDE.
8. - El segundo Ángel, tocó también la trompeta, y al momento, se vio caer en el mar como un gran monte todo de fuego y la tercera parte del mar se convirtió en sangre.
9.- Y MURIO LA TERCERA PARTE DE LAS CRIA­TURAS que vivían en el mar y pereció la tercera parte de las naves.
10.- Y el tercer Ángel, tocó la trompeta y cayó del cie­lo una gran estrella ardiendo como una tea, y vino a caer en la tercera parte de los ríos y en los manantiales de las aguas.
11.- Y el nombre de la estrella es ajenjo; y así la ter­cera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, con lo que muchos hombres murieron a causa de las aguas, porque se hicieron amargas.
12.- Después, tocó la trompeta el cuarto Ángel y que­dó HERIDA DE TINIEBLAS, la tercera parte del sol y la tercera parte de la Luna y la tercera parte de las estrellas, de tal manera que se oscurecieron en su tercera parte y así quedó privado el día de la tercera parte de su luz y lo mis­mo la noche.
13.- Entonces, miré y oí la voz de un águila que iba volando por medio del cielo y diciendo a grandes gritos: "Ay! Ay! Ay!, de los moradores de la tierra, por causa del sonido de las trompetas, que los otros tres ángeles han de tocar.

APOCALIPSIS. Capítulo noveno.
1.- El quinto Ángel tocó la trompeta y vi UNA ES­TRELLA DEL CIELO CAIDA EN LA TIERRA Y SE LE DIO LA LLAVE DEL POZO DEL ABISMO.
2.- Y abrió el pozo del abismo y subió del pozo un hu­mo semejante al de un gran horno, y con el humo de este pozo, quedaron oscurecidos el sol y el aire.
3.- Y del humo del pozo, salieron langostas sobre la tierra y dióseles poder semejante al que tienen los escor­piones de la tierra.
4.- Y se les mandó no hiciesen daño a la hierba de la tierra ni a cosa verde ni a ningún árbol, sino solamente a los hombres QUE NO TIENEN LA SEÑAL DE DIOS EN SUS FRENTES.
5.- Y se le encargó no que los matasen, sino que les atormentasen POR CINCO MESES, y el tormento que cau­san es como el que causa el escorpión cuando hiere a un hombre.
6.- Los hombres buscarán en aquellos días la muerte y no la hallarán, y desearán morir y la muerte huirá de ellos.
7.- Y las figuras de las langostas se parecían a caba­llos aparejados para la batalla y sobre sus cabezas tenían como coronas al parecer de oro y sus caras eran como caras de hombres.
8.- Y tenían cabellos, como cabellos de mujeres, y sus dientes eran como dientes de leones.
9.- Y Vestían también, lorigas de hierro, y el ruido de sus alas era como el estruendo de los carros tirados por muchos caballos, que van corriendo al combate.
10.- Tenían asimismo, colas parecidas a las de los es­corpiones y en las colas aguijones con potestad de hacer da­ño a los hombres, por cinco meses. Y tenían sobre sí
11.- Por rey, al Ángel del Abismo, cuyo nombre' en he­breo es Abaddón, en griego Apollión, que quiere decir en latín Exterminas, esto es El Exterminador.
12.- Un ¡Ay! pasó ya, más luego después, van a venir dos ayes más, después de esas cosas.
13.- Tocó pues el sexto Ángel la trompeta, y oí una voz que salía de los cuatro ángulos del altar de oro, que está colocado ante los ojos del Señor.
14.- La cual decía al sexto Ángel que tenía la trompeta: Desata a los cuatro Ángeles del Abismo, que están li­gados al grande Río Éufrates.
15.- Fueron, pues, desatados los cuatro Ángeles, los cuales estaban prontos para la hora, el día, el mes y el año que debía matar LA TERCERA PARTE DE LOS HOM­BRES.
16.-Y el número de las tropas de a caballo, eran de 200 millones. Porque yo oí el número de ellas. 17.- Así como vi también en la visión los caballos; y los jinetes vestían corazas como de fuego y de color de jacinto y de azufre y las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones y de su boca salía fuego, humo y azufre.
18.- Y en estas tres plagas, fue muerta LA TERCE­RA PARTE DE LOS HOMBRES, con el fuego, con el humo y con el azufre que salía de sus bocas.
19.- Entretanto, los demás hombres que no perecieron en estas plagas, no por eso hicieron penitencia de las obras de sus manos, para dejar de adorar a los demonios, a los si­mulacros de oro, de plata y de bronce y de piedra y de ma­dera, que ni pueden ver, ni oír, ni andar.
20.- Ni tampoco se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus robos".
Queda un misterio insondable: La supervivencia de la levadura del mal. En los dos últimos versículos de este capítulo del Apocalipsis, se nos aclara este misterio. La leva­dura del mal será reservada para el crecimiento y el adve­nimiento del Anticristo, que ya irá tomando cuerpo y enve­nenando la paz del reino, conduciendo a los hombres hasta la gran apostasía o misterio de la iniquidad.
Ricardo Rasines U.
1960... Yel fin del mundo
1959

jueves, 26 de agosto de 2010

Un castillo en rebeldía

ENEMIGOS DE LA FORMACION DEL CARACTER
No hay paz en ti
Si una fortaleza ha de cumplir con su oficio, pro­teger un sector, ha de reinar la paz en su interior. Si sus defensores están en división o rebeldía, mal podrán rechazar las acometidas forasteras.
Si en este tiempo el dominio de tu voluntad no llega a encontrar el nivel de equilibrio, el movimiento de flujo y reflujo de esas aguas en torbellino, hará que el timón de tu alma, o en tus manos o en las ajenas, se muestre rebelde a toda dirección salvadora.
Durante el temporal se cambia de horizontes con rapidez: el que hasta ahora se sentía inferior, despereza su alma haciéndose arisco a la autoridad, comienza a tener conciencia de sí mismo, se enorgullece y trata de hacerse igual si no superior a los que hasta ahora le habían superado.
Resultado: todo repercute en el espíritu, y te sientes incómodo con todos: con los de abajo y con los de arriba, con amigos y enemigos, y puerilmente sacudes su tutela.
Tu personalidad va tomando conciencia de sí mismo, te aferras a ella y no permites que sea suplantada. No pides permisos, ni te gusta decir dónde vas, sueñas con escapadas románticas y no te avienes a rendir cuentas de tu proceder. La libertad es tu felicidad y la meta de tus aspiraciones. Por ello rehúyes la compañía de tus padres y educadores. Aburrido e impaciente, sus consejos los calificas de rollo. Cuando te equivocas no reconoces tu error, y sometes todo a la crítica, aun aquello que antes aceptabas sin discusión.
Es el pollo que se hace gallo, y toma como un insulto que se le trate como a un niño.
Ser fuerte para ti, consiste en no dar tu brazo a torcer. Es la actitud del loco que peligrando en el alero de un rascacielos, lucha para no ser auxiliado.
Te crees un ser exótico y singular, como si no fueras social; y esa convicción se refleja en lo arisco de esta conducta. Buscas ayuda porque la necesitas, y luego te rebelas porque nada te satisface. Dejas hoy lo que ayer seguías con entusiasmo loco.
Esas ideas que te hacen cambiar a cada momento, no son lo más a propósito para imprimir dirección a tu vida. Es más ventajosa la sumisión a los que entienden la aguja de marear. Llevas la tormenta y la nebulosidad dentro de ti, y no puedes ser piloto de ti mismo. Sin fundamento en tu formación te abandonarás a lo que salga, sin tener en cuenta su moralidad: miras solo si satisface tus ansias de independencia. Y sin embargo es tiempo de entrenamiento y fortalecimiento de la voluntad, porque nadie se enfrenta de repente con grandes peligros. Una guarnición sin entrenar no estará a punto de lucha cuando la fortaleza sea atacada. Nadie a los principios compite con los campeones.
No se pasa sin peligro de las faldas de mamá a una libertad completa; de un camino llano a uno erizado de dificultades; de unas pequeñas escaramuzas a grandes luchas en campo abierto.
Por eso es de necesidad absoluta la dirección de un piloto experto, que conduzca tu barquilla por ese mar agitado de olas encontradas: actividad, pereza, fatiga, excitabilidad, desenfado, antipatías. Las fuerzas de este castillo no pueden actuar en su propia defensa, si antes no se someten a la autoridad de su propio jefe. A tu voluntad.

No des lugar a la ira
Bajo el dominio de tu cólera fácil, dices palabras que no quisieras haber pronunciado, y te ves envuelto en actos comprometedores y desagradables. Bajo el imperio de la desazón, procedes de forma que luego te sonroja.
Pon en tu alma directivas que aplicar en el tiempo oportuno con decidida voluntad.
Cuando estés excitado guarda silencio, y no te pre­cipites en juzgar con vanas sospechas. No tomes en­tonces decisiones que dañen a un tercero, da tiempo a la reflexión.
Dice una sentencia rusa: «Es mejor volverse atrás que perderse en el camino.»
Cuando se defiende un objetivo con ira, en lugar de fortalecer a la razón, se compromete su justicia. Al salir fuera de sí, se pierde la autoridad y el derecho que le acompañaban. Bajo el imperio de la pasión, no se obtiene lo que se pretende. Siempre se baja de jerarquía. Dominarse es de interés cristiano y social.
Ten conciencia siempre de lo que debes ser y apa­recer. Amolda tu conducta a esta norma. Si no quie­res aparecer como un jovencillo tozudo, no des mues­tras de ello.
La falta de una clara orientación, ese no saber dónde te llevan tus propios pasos, te hace sumergirte en la melancolía. La incapacidad para conseguir lo que pretendes, produce en ti ese estado de postración. ¿Por qué te empeñas en seguir los pasos del abismo?
En el adolescente consentido la voluntad se rebela puerilmente, y cocea contra el educador que se man­tiene firme en la exigencia de su deber. Escribe en su diario frases de resentimiento contra el que pretende dominar su materia indómita. Se encabrita contra sí mismo, tanto si están como si no están satisfechos sus caprichos. Rehúye aquellas personas que le quie­ren curar preciosamente porque le quieren curar. Tie­ne miedo a la salud.
Entonces aparece también una crisis espiritual.
En el cruce de dos caminos no sabes si echar tras tus pasiones, o tras tus nobles sentimientos.
Lo mismo admiras a un «donjuán» que a un San Francisco de Asís.
Hoy quieres libertad, y mañana disciplina.
Eres mezcla de oro y tierra que hay que separar con el fuego.

Es tiempo de aguantar
Los años de la juventud son envidiables, tanto más cuanto más atrás se vuelve la vista para contemplar­los, por aquello de que «cualquier tiempo pasado fue mejor», pero mientras se viven estos años de juventud, hay que soportarlos sufriendo su desorden, con los ojos puestos en la meta liberadora.
Ves lo mucho que te falta para ser hombre, y de ese querer y no poder nace la pérdida de serenidad, hasta que un día te encuentres a ti mismo, como se encuentra un invento que paulatinamente se ha ido dibujando en la mente; o como los antiguos navegan­tes que tras larga travesía avistaban las márgenes flo­ridas de una tierra nueva.
Dejarás ese panorama ingrato para disfrutar hori­zontes más suaves, ese estar disconforme contigo mis­mo, y aparecerá en tu siquismo un equilibrio tran­quilo, sentirás cómo se va organizando en ti una vida nueva, y cómo van desapareciendo las tendencias anárquicas.
Mientras tanto aguanta, que aún no has resistido hasta la muerte.
La transformación es lenta, y para el niño que la ha de soportar, casi imperceptible.
Vela el paso de estos bajíos para que no se pro­duzcan cambios bruscos y perniciosos de la inocencia al pecado.
El adolescente, en la borrachera de su bullir sin experiencia, quiere asimilarse alegrías y goces, y no repara en nada para conseguirlos.
Los pueblos atribuyen a los ancianos el don de consejo, y a los jóvenes el de combate: no mates esos ímpetus de luchar, pero tampoco desprecies los con­sejos de los prudentes.
«No se creería, dice Pío XI, sobre todo en los paí­ses católicos, que tienen el don de la fe, y de la reve­lación, que los hijos pudiesen llegar a un desprecio tan grande de la autoridad paterna.»

No seas veleta
Haces de tus gustos la regla de tu conducta, pre­cisamente cuando el desarrollo de tu psicología es tan asimétrico como el desarrollo de tu cuerpo. Ener­gía para lo que te agrada y cuando te agrada. En las competiciones deportivas eres un entusiasta cuando estás de vena, e indolente cuando no te place el jugar. Hoy abrazas con entusiasmo de sangre una idea a la que mañana desengañado abandonas como baladid, aunque tenga la consistencia de un dicho del Hijo de Dios.
Tu norma es el humor. Lo que hoy es alegría ma­ñana es tristeza, hoy eres delicado, quizá demasiado delicado con una persona, por la que mañana sientes fobia y antipatía acentuada.
Tus altos y bajos no son constantes, porque tam­poco lo son los agentes que sobre ti actúan. Como se dilata más o menos el mercurio del termómetro según el calor que le afecte. Si deseamos tener el mercurio con una dilatación constante, es necesario acondicio­nar el ambiente.
La constante del carácter se mantiene vigilando sobre los agentes que lo puedan alterar, agentes de fuera y de dentro, como son las circunstancias que nos rodean, o estados de humor. Esta constante no se adquiere mecánicamente, sino mediante el control moral de la voluntad. El caballo también obedece con­tra sus propias querencias. Es lastimoso que dejen hue­llas factores pasajeros.
Tú mismo llegas a creerte un ser difícil, y no son más que las fuerzas latentes de tu naturaleza de hombre que están a punto de reventar y florecer para adaptarse a la vida. Dominadas darán fruto.
Aparecen tus juicios personales y comienzas a juz­gar las cosas por ti mismo. Antes «un papá o mamá lo dijo», era el argumento decisivo. De ellos, cuando aún no te dabas cuenta que vivías, recibías los ali­mentos y un cariño apasionado. Era natural que su juicio fuese suficiente y aun absoluto. No se discutía.
Ahora te has adentrado ya un poco en la vida, y has intuido sus primeros planos; crees que tus jui­cios son personales, y no pasan de ser un eco de lo que has oído o leído. El que no piensa como tú es un mentecato, y los que coinciden contigo hombres de juicio claro y certero. Disfrutas con llevar la con­taría, con tal de aparecer independiente.
Te crees capaz de revisar toda clase de ideas: religiosas, morales, políticas y científicas, y piensas que hasta ahora no se ha hecho nada bueno.
Ante tanta falta de razón es necesario que la su­plan los educadores, imponiéndolas algunas veces aun por la fuerza.
Junto a este espíritu escéptico y tontamente hipercrítico, eres un cándido en creer y amar, sin exami­nar los fundamentos. Te entregas a cuanto te impre­siona estética o sentimentalmente. Tienes actos de ex­traordinario valor, junto con una invencible timidez.
Tu «yo» es lo únicamente ponderable. Estás orgu­lloso de ti mismo como si fueras un ser insuperable. Ese orgullo te independiza de la dirección y tu bar­quilla quebrada contra los escollos, quedará hecha ta­blas de náufrago.
Piensa que se está más seguro sobre una barca con timón, que sobre un gran transatlántico a merced de las olas.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Poder Laico

Fuerzas que hoy se manifiestan en campos esencialmente contrarios, pero encaminadas a un mismo fin, parecen realizar en la presente centuria lo que Augusto Bebel vaticinó al finalizar el siglo XIX referente a que: "Cuando el socialismo llegue al poder, la Iglesia lo defenderá con el mismo vigor con que ahora favorece al feudalismo y la esclavitud, Y encontrará en el Nuevo Testamento, abundantes pruebas de que la Iglesia ha sido siempre comunista”
¿Bebel, nacido en Colonia, Alemania (1840- 1913), precursor de la Social Democracia, fue un visionario que adelantó hechos inquietantes para las generaciones de hoy, en lo político y en lo religioso?
¿Fue Bebel —discípulo de Marx, Engels, Lasalle—, procesado por traidor al país en que nació, un conjurado que con su augurio reveló maquinaciones que hoy conturban tanto a creyentes como a no creyentes?
Como quiera que sea, no puede negarse que en la actualidad existen dentro del Catolicismo, clérigos que "han encontrado en el Nuevo Testamento, abundantes pruebas de que la Iglesia ha sido siempre comunista".
¿Es que en el terreno de los principios se ha producido una lamentable claudicación?
¿Es que la Iglesia ha cambiado, y ahora, como afirma Bebel, cuando "el socialismo está por llegar al poder" en más naciones mediante la penetración armada y mental, "la Iglesia defiende al comunismo”?
¿Por qué si desde el Pontificado de Pío IX hasta nuestros días todos los Papas han condenado al comunismo, existen ahora clérigos que le encuentran "virtudes evangélicas", no obstante que Pío XI lo declaró intrínsecamente perverso?
¿Por qué si Pío XII anatematizó al comunismo y se identificó con la causa libertaria de los pueblos que sufren tiranía tras la Cortina de Hierro y abogó por la Iglesia del Silencio, que padece persecución del marxismo-leninismo, ahora hay clérigos que colaboran para la expansión de esa doctrina totalitaria?
¿Es que la Iglesia vivió en el error durante más de 19 siglos y ahora enmienda yerros?
Nada de esto ocurre en el fondo. La explicación de todo ello consiste en que la Iglesia ha sido objeto de una obra de infiltración que data de muchos años a la fecha. Los frutos de esa labor de zapa los estamos presenciando y se reflejan en la desorientación y la intranquilidad tanto en el orden político como en el religioso.
Del proceso de infiltración que desde hace años sufre la Iglesia Católica habló el Papa Pío X en su encíclica "Pascendi Dominici Gregis" (Sept. 8, 1907).
"Al presente —advierte el Pontífice— no es menester ya ir a buscar a los fabricadores de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y esto es precisamente objeto de grandísima ansiedad y angustia, en el seno mismo y dentro del corazón de la Iglesia. Enemigos, a la verdad, tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados. Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos y seglares, y lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, con pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en Filosofía y Teología, e impregnados, por el contrario, hasta la médula de los huesos de venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del Catolicismo, se jactan, a despecho de todo sentimiento de modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, y sin respetar la propia persona del Divino Redentor."
Pío X estima que "la Iglesia no ha tenido peores enemigos, porque, en efecto, como ya se notó, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas, y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más pro fundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, pasan a hacer circular el virus por todo el árbol y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper".
En el período de la postguerra, el Vaticano denunció también una labor de infiltración dentro de la Iglesia Católica, con elementos que habían bebido en las fuentes ideológicas del marxismo-leninismo. La situación de confusión que precedió a la Segunda Guerra Mundial, se prestó para que muchos penetraran las filas de la Jerarquía Eclesiástica.
Sacerdotes no comprometidos con la infiltración de la Iglesia que en la época del Papa Pío X se presentaban con el antifaz de "Modernismo", afirman que este movimiento no murió, que ha cambiado de nombre pero no de intenciones y ahora es el "progresismo" o la "Conjura Internacional Progresista" como aquí la denominamos. Antes, dicen los no comprometidos, era el agnosticismo, el fenomenismo, el ateísmo científico, la inmanencia vital, etcétera.
Ahora, señalan, es el historicismo que pretende diluir a Dios, la Religión, el Dogma y la Liturgia en una teología positivista, en la que la interpretación histórica de épocas y acontecimientos ya pasados y la exégesis aventurera e inescrupulosa vengan a ocupar los argumentos sólidos de la antigua teología y la filosofía escolástica, que han venido en desuso, como algo ya anticuado y absurdo, para dar lugar, sin trabas ni impedimentos, a una filosofía y teología modernas, flexibles, acomodaticias y adecuadas para un mundo presa del caos, pero sin pretensiones de salvarlo, sino al contrario, convivir en el error.
La "Conjura Internacional Progresista" o simplemente la "Internacional Progresista" como la denominan en muchos países, infiltrada en la Iglesia, desprecia los valores tradicionales, la síntesis tomista, los viejos argumentos de la escolástica "y busca una nueva cimentación a la fe religiosa. . . una transacción entre la verdad y el error, entre la Iglesia de Cristo y sus mortales enemigos: religión en la negación de la religión, teísmo y espiritualismo en el ateísmo y el materialismo, libertad en la esclavitud, paz en medio de la guerra. Esta es la coexistencia pacífica, religiosa, social, política, económica y moral que el progresismo sueña, busca y trata de realizar en su demencia" (J. Sáenz Arriaga, "¿Qué es el Progresismo?", p. 77).
En consecuencia, lo que Augusto Bebel dio a conocer no fue otra cosa que la revelación de maquinaciones que desde aquel entonces (finales del siglo XIX) ya estaba en plena marcha: es decir, la obra de infiltración dentro del Catolicismo, con miras a destruir a esa bimilenaria institución desde sus cimientos. Impedidos por nuestro carácter seglar para abordar el problema del "progresismo" en su aspecto religioso, hemos de circunscribirnos a lo meramente temporal o político, ya que en este terreno, existe plena autonomía en cuanto que son cuestiones ajenas a la Jerarquía Eclesiástica, como ajeno resulta para nosotros lo medularmente dogmático. Como país de mayoría católica, México tiene que verse afectado necesariamente por el oleaje del "progresismo religioso" que nos trae de todas latitudes, mensajes en lo religioso y en lo político que no corresponden ni a nuestra manera de pensar ni a nuestra realidad. Con el respeto que merece la Iglesia Católica a la cual pertenecemos como seglares —a cuya jerarquía fiel a los principios de su Fundador se reitera obediencia— y tomando en cuenta los elevados deberes que como ciudadano se tienen para con el suelo que nos ha visto nacer, se presenta esta obra. Su contenido no está destinado a satisfacer cuestiones de tipo individualista o intereses igualmente bastar dos de grupo, porque no militamos ni servimos a ninguna bandería política. Por lo demás, lo que aquí se expone no pasará inadvertido para quienes han hecho del ideario nacionalista, no un motivo de convencional pose de palabra y obra, sino acendrada actuación en pro de México y de confianza en que serán nuestros propios recursos —nuestras fuerzas morales y materiales— lo que habrá de llevarnos a mejores estadios de vida y no la penetración de fuerzas extrañas y adversas al país.
Manuel Magaña Contreras
Poder laico
1970

martes, 24 de agosto de 2010

El judío que derribó el mito del Holocausto

Ernst Zundel y Joseph G. Burg

Impresionante revelación de un judío que derribó el mito del Holocausto en la Segunda Guerra mundial, testimonio que le costó, entre otras cosas, que no fuese admitido en el cementerio judío, y que nadie de la ‘tribu’ pronunciase un elogio en sus exequias.

Joseph G. Burg fue el décimo segundo testigo llamado por la defensa, él testificó el martes 29 de marzo y el miércoles 30 de marzo de 1988.

Por un periodo de ocho o nueve años anteriores al año 1981, Zündel mantuvo comunicación por carta y visitaba a Joseph G. Burg, un autor judío quien escribió varios libros sobre la Segunda Guerra Mundial. Entre sus libros están los siguientes: Guilt and Fate/Culpa y Destino, Scapegoats/Chivos Expiatorios, Zionist Nazi Censorship in the Federal Republic of Germany/Censura Sionista Nazi en la República Federal Alemana, National Socialist Crimes of Bad Conscience by Germans Against Germans under Zionist Direction/Crímenes de Mala Fe del Nacionalsocialismo por los Alemanes en contra de los Alemanes bajo la Dirección Sionista, y Major Attacks of Zionists against Pope Pius XII and the German Governments/Principales Ataques de los Sionistas en contra del Papa Pío XII y a los Gobiernos Alemanes. Burg ha discutido estos libros con Zündel y este último parece haberlos recibido bien.

En estos libros, Burg trata acerca del tema de los supuestos campos de exterminio nazi, Burg ha hablado con cientos de personas que estuvieron en Auschwitz y visitaron el campo en el otoño de 1945. Burg quiso ver el crematorio, los hospitales y en particular una nueva panadería muy grande. También quiso localizar las cámaras de gas, aunque en ese tiempo, tal procedimiento no se acostumbraba. Él no encontró ninguna cámara de gas. Burg así se fue formando la idea de que no existieron campos de exterminio, que las cámaras de gas nunca existieron y que tampoco hubo un plan para exterminar a los judíos de Europa. Estas opiniones fueron publicadas en sus libros y en su correspondencia con Zundel.

Burg también visitó Majdanek en tres ocasiones. Ahí sí encontró cámaras de gas, pero testificó que eran cámaras de desinfección para eliminar piojos y pulgas: esos bichos causaban epidemias. Estas cámaras eran de uso común en cada campo y cada una mostraba un letrero con el siguiente texto en alemán: “¡Atención, gas venenoso!” junto con el símbolo de un cráneo humano simbolizando la muerte. Zuklon B era la nueva fórmula usada para desinfectar la ropa, ésta destruía los bichos sin dañar la tela.

Después de la guerra, Burg escuchó bastantes alegatos acerca de gente que fue gaseada en Auschwitz y Majdanek. Él probó que era una tontería o simple propaganda. Hasta el día de hoy, señaló, no existe ningún documento mostrando las órdenes de gasear a la gente o de quien había construido las cámaras y donde las había construido. Las autoridades alemanas han sido llamadas la “súper burocracia”. Por lo tanto, es inverosímil que no se haya encontrado un solo documento en todos estos años.

Burg dio testimonio de haber hablado con cientos de personas que sirvieron y operaron en los crematorios, pero las personas que operaban las cámaras de gas fueron imposibles de encontrar. Nadie ha publicado nada acerca de alguna declaración que diga que alguien había trabajado en una instalación para gasear seres humanos, y la literatura acerca de estos gaseos es completamente contradictoria. ¿Por qué? Porque todo fue inventado. Estas opiniones fueron publicadas en sus libros.

En cada campo habían crematorios, tenían un fin práctico, la gente moría. Cuando los alemanes ocuparon los territorios del este, se establecieron grandes campos y se dispusieron más crematorios de mayor capacidad a medida que la guerra progresaba. Hubo manifestaciones de epidemias que causaron y aceleraron las muertes. La preferencia por los crematorios fue debido a la higiene: este proceso era más higiénico que las inhumaciones y se necesitaba menos espacio.

Como cualquier otra actividad en los campos, los prisioneros se encargaban de los crematorios. Éste constituía el trabajo más difícil debido al calor y debido a que se tenían que colocar los cuerpos dentro de los hornos. Los prisioneros realizaban esta labor en tres turnos al día, y lo hacían voluntariamente. Los voluntarios se solicitaban por medio del consejo judío o la policía judía. Es importante indagar entonces, como pudo el consejo judío o la policía judía cooperar con las SS. alemanas.

Cuando estos crematorios funcionaban a toda su capacidad, las chimeneas arrojaban una gran cantidad de humo. De esta manera, era lógico que dependiendo del clima o de la hora del día, el color de las flamas fuera diferente. La gente inventó historias que supuestamente sucedían cosas malvadas dentro de éstos. Contaban que seres humanos aún vivos estaban siendo quemados. Ellos inventaron el relato de que cada crematorio era una cámara de gas. Incluso llegaron al punto de que tales autores dejaron volar tanto su imaginación, que cuando observaban humo de color azul, interpretaban que los judíos estaban siendo quemados [en los campos no sólo había judíos].

Otros inventaron el relato que judíos aún vivos estaban siendo empujados hacia los hornos. Burg testificó que le hubiera gustado ver a un judío ofrecer tales testimonios durante un proceso judicial. También dijo que en tal caso, un judío hubiera sido forzado a jurar bajo los ritos de un rabino, usando la kippa (el gorrito que usan en la cabeza), sin la presencia de imágenes de Cristo, con la Biblia hebrea, en la presencia de un rabino o de un judío piadoso. Entonces éste hubiera tenido que jurar que sí había visto algo. Pero estas declaraciones falsas, estas declaraciones enfermizas, se hubieran reducido en un 99.5% ya que tales juramentos superficiales no son moralmente obligatorios para esos judíos.

En el tiempo que Burg estuvo en los campos de emplazamiento de personas, habló con 30 o 40 personas sobre las cámaras de gas y con aproximadamente 5 a 10 personas acerca de los crematorios. Él tenía una especie de permiso especial que le permitía visitar las diferentes áreas en donde los judíos estaban situados. Él trató de interrogar a varias personas de diferentes ghettos y campos, ya que, en ese tiempo ya se había dado cuenta de muchas afirmaciones falsas.

En 1946, Burg asistió a los juicios de Nuremberg, en el tiempo cuando los asuntos sobre los judíos empezaban a tratarse. Durante una de estas comparecencias, conoció a Ilya Ehrenburg y a un editor judío, quienes habían estado en Auschwitz por muchos años. Burg preguntó al editor si el había visto alguna instalación para ‘gasear’ seres humanos, él contestó que no. Ehrenburg, quien había sido el dirigente de la propaganda para el Ejército Rojo durante la guerra, dijo a Burg que él había estado en Auschwitz pero que tampoco vio nada sobre ‘gaseos’ a seres humanos. Burg había discutido de toda esta información con Zundel. Burg nunca pudo entender el énfasis que se hacía sobre los ‘gaseos’.

Burg era hijo de judíos y pasó los días de la guerra en Transnystria, un área designada por los alemanes para la gente proscrita, como los judíos. Los judíos fueron proscritos ya que habían acogido al Ejército Rojo. La gente de esta región vivía en pequeñas villas y pueblos, pero tenían que arreglárselas por sí mismos y por lo tanto, no les iba mejor que a aquellos que estaban en campos de concentración. En los campos, las autoridades alemanas cuidaban de los prisioneros, ya que, era común que fueran usados como fuerza de trabajo. Hubieron ataques hacia los judíos en estas regiones, por parte de grupos étnicos extranjeros, pero ninguno de estos ataques fue organizado por los alemanes.

En 1946 y 1947, Burg vivió en Freising, un campo para judíos desplazados, cerca de Munich en la zona estadounidense. El director fue un oficial judío estadounidense. Burg sirvió ahí como delegado: él organizó la policía, la prisión, el diario, y los asuntos culturales. Organizó grupos y los condujo a las proximidades de Bavaria (el sur de Alemania), para mostrarles los lugares de interés, los museos y castillos. Sus experiencias en el campo fueron incluidas en su libro ‘Guilt and Fate / Culpa y Destino’.

Burg había leído un pasaje del folleto ‘Did Six Million Really Die? / ¿Realmente Murieron 6 millones?’:

La primera propuesta nazi para la solución Madagascar, fue hecha con asociación del Plan Schacht de 1938.

Burg testificó que la emigración de judíos desde la Alemania nazi, que nunca llegaron a Palestina, fue dificultada por los Sionistas. Los Sionistas impidieron que los judíos se dirigieran a otros países, ya que su interés era hacer que los judíos fueran a Palestina, adicionalmente, la mayoría de los países prohibieron la entrada de la emigración judía.

El Reich alemán quiso expulsar a los judíos: cómo y donde, fueron asuntos secundarios. La gente bajo el mando de Göring, al encargarse de los judíos, optaron por un plan propuesto por el fundador del movimiento Sionista, Theodor Herzl, que consistía en mover a los judíos a Uganda o a Madagascar. Ambas colonias pertenecían a Francia. El plan no funcionó, pero la sola existencia del plan, prueba que, por lógica, la liquidación de judíos nunca existió. La fuerza de trabajo que representaron fue necesaria. Burg hizo énfasis en que no hubo liquidación de judíos por parte de los alemanes.

El Acuerdo de Transferencia (Haavara) de 1933 fue uno de los incidentes más notables en la estructura del Holocausto. Bajo este acuerdo, se planeó que aproximadamente 2.5 millones de judíos fueran trasladados en camiones. El acuerdo nunca fructificó ya que los Sionistas no pudieron trasladar tal número de judíos a Palestina.

Burg ha descubierto que, los líderes Sionistas alemanes solicitaron, ya en 1933, que los judíos portaran la estrella de David amarilla. Los Sionistas no vieron en esto un insulto, sino un gesto heroico, tal y como las SS portaron la suástica. En 1938, el director del movimiento Sionista en el Tercer Reich, hizo portar a los judíos la estrella amarilla en contra de los deseos de Göring y Goebbels.

Burg escribió en su libro acerca de la cooperación que existió entre los líderes del Sionismo, incluyendo a David Ben-Gurion, con el régimen Nazi antes de la guerra. Muchos días después de que Hitler había sido nombrado Canciller, Rabbi Leo Baeck, anunció públicamente que los intereses del judaísmo eran idénticos a los intereses del Nacional Socialismo. Burg testificó que Baeck quiso decir ‘Sionismo’ y no ‘Judaísmo’. En ese tiempo, los Sionistas constituían el 1.5% de la población judía en Alemania. Unos días después otro líder Sionista haría una declaración similar. El sentido de estas declaraciones, testificó Burg, era la siguiente: “Nosotros los judíos nacionalistas, es decir, los Sionistas, estamos de acuerdo con este régimen. No nos avergonzamos de nuestras ideas nacionalistas”. Los alemanes que tuvieron que hacerse cargo de la cuestión judía, cooperaron inmediatamente con esta minoría de judíos con el fin de probar al mundo entero que ellos no eran anti-judíos sino que cooperaban con los judíos.

A principios de la década de los 30 del siglo pasado, como resultado de esta cooperación entre Nazis y Sionistas, aproximadamente 120.000 judíos emigraron desde Alemania hacia Palestina. Sin embargo, las dificultades comenzaron cuando Inglaterra, que administraba Palestina, se rehusó a permitir la inmigración debido al malestar árabe.

Los Sionistas en Alemania trabajaron organizando escuelas para niños, con clases de hebreo, tiendas para jóvenes, etc., para ayudar a preparar a la gente en su migración a Palestina. Los Sionistas sólo estaban interesados en la migración a Palestina e hicieron todo lo que estuvo a su alcance para asegurar que ningún otro país aceptará a los judíos. Los Nazis estaban interesados en facilitar la migración de los judíos tan pronto fuera posible. No obstante, la cooperación entre Sionistas y Nazis continuó hasta 1942, con gente como Adolf Eichmann, Golda Meir y David Ben-Gurion, fecha en la que en opinión de los Sionistas, se cumplió el objetivo. Burg declaró que, incluso llegado este punto, la derrota de Alemania fue vista por los Sionistas como “las ratas abandonando un barco que se hunde”.

Burg discutió frecuentemente el tema de la cooperación de los Nazis y los Sionistas con Zundel. Burg creyó que los Sionistas fueron los culpables de que los alemanes fueran derrotados. Y para borrar cualquier rastro, los Sionistas se comportaron como el ladrón astuto que corre hacia la policía gritando “¡ Detengan al ladrón!” Fue la tarea de Zundel el luchar en contra de esto y Burg declaró que podía ayudarle. ¿Por qué? “Porque de otra manera nunca llegará la reconciliación entre las personas. La verdad está revelándose poco a poco, así es como, el odio en contra de los judíos está creciendo, provocado por los líderes Sionistas”.

Zundel dijo a Burg que gracias a su libro ‘Guilt and Fate’, publicado en 1962, él se convirtió en lo que es ahora, un luchador por la verdad, un luchador en contra de las falsas acusaciones hechas a su pueblo.

Burg testificó que no hubo aniquilamientos en los campos de concentración. Las personas saludables fueron usadas para trabajar en forma voluntaria, Burg puntualizó que, incluso una jaula de oro representa una limitación e incluso un crimen, pero la invención de las cámaras de gases tuvieron origen en mentes enfermas. Burg quiso demostrar que incluso en Birkenau, donde supuestamente ocurrieron las muertes por gases, los judíos, hombres y mujeres, tuvieron trato preferencial. Un ejemplo de esto fue Benedikt Kautsky, judío con convicción en el movimiento mundial Socialista- Marxista. Kautsky estuvo en Birkenau durante la guerra realizando labores de oficina. Su madre, de 79 años de edad también fue enviada a Birkenau. Cuando ella enfermó, se le dispuso un cuarto individual y una dieta especial ordenada por el doctor. Esto fue “trato preferencial”, otorgado con el fin de prolongar la vida de la mujer, si es que no se curaba. Cuando fue liberado el Dr. Kautsky, regresó a Viena, Austria, en donde continuó su trabajo científico. En 1946, inmediatamente después de su liberación, el Dr. Kautsky fue uno de los primeros en publicar un libro, que llevó el título en alemán ‘Teufel und Verdammte / El Diablo y los Condenados’ Burg testificó que ese libro decía la verdad y que tenía verdadero valor histórico, sin embargo, toda la edición fue destruida. Un año y medio más tarde, publicó otra edición en la cual reescribió varios párrafos e hizo cambios, pero no lo cambió completamente. No existe documentación acerca de cámaras de gas y Kautsky admitió que él nunca vio ninguna cámara de gas por sí mismo.

En ‘Schuld und Schicksal / Guilt and Fate / Culpa y Destino’, Burg trató acerca de los ghettos de Varsovia y Lodz. Cuando las tropas alemanas ocuparon Varsovia, ellos quisieron concentrar a toda la población judía. Verdaderos ghettos estuvieron ahí por siglos, pero los judíos emancipados o que asimilaron la cultura anfitriona vivían lejos de esos ghettos. Cuando llegaron los alemanes, quisieron tener a todos los judíos juntos. En un sentido práctico, la función del ghetto también era proteger a la población judía.

Los Sionistas se mostraron satisfechos con este arreglo. Un Consejo Judío designado fue la entidad que gobernaba el ghetto. Ellos tenían su propia policía, cárceles y cualquier otra cosa. Naturalmente, algunos fueron crueles, uno de estos fue el vicepresidente de la policía, quien más tarde fue ejecutado. En consideración de Burg, esta ejecución fue la evidencia de que los judíos se defendían de la minoría Sionista, quienes usaban a la mayoría para sus propios fines.

En el ghetto de Lodz, existía una fuerza policíaca judía, un banco judío, moneda de cambio judía, oficina de correos judía y estampillas de correo para uso exclusivo de los judíos, existían talleres de manufactura para judíos. Si existía un plan alemán para exterminar a los judíos ¿por qué existían talleres?, preguntó Burg, ¿por qué destinar recursos económicos con esos fines? ¿Por qué entrenar a los niños para el trabajo? Gracias a Berlín, testificó Burg, los judíos tuvieron la oportunidad de vivir en un pequeño Israel. Sin embargo, todas estas cosas no deben decirse en la actualidad, ya que, ahora debe decirse que existió un Holocausto y que los judíos fueron asesinados.

Toda la población alemana, no sólo los Nazis, fueron culpados falsamente, y no sólo a los alemanes que vivían en Alemania, sino a cualquier alemán que viviera en cualquier parte del mundo. Burg tiene interés en este asunto, ya que, él piensa que esto provoca el odio en contra de los judíos. Los líderes Sionistas, tienen interés, incluso en la actualidad, en que se creen progroms o progromos en contra de los judíos, y el testimonio de Burg tiene el objetivo de prevenir esto.

En 1982, Zundel escribió a Burg en dos ocasiones, pidiéndole ayuda en contra de los Sionistas de Toronto quienes estaban provocándole dificultades, y para pedirle su recomendación. Zundel creyó que esto podría ayudarle mucho.

Burg frecuentemente discutió con Zundel acerca del desagravio a los alemanes. En la opinión de Burg, si el Holocausto hubiera sido verdadero, no se les debería ningún tipo de desagravio a los alemanes, pero “ellos lo están pagando”. El trató acerca de este tema en su libro ‘Guilt and Fate’, el cual, Zundel leyó en los años 60 del siglo pasado. Israel fue creado en 1948 y, en 1951 todavía no tenía relaciones diplomáticas con la República Federal Alemana. En ese año, Israel otorgó al Dr. Nahum Goldmann, representante del Congreso Judío Mundial, autoridad para negociar con el Dr. Adenauer, el Canciller de la República Federal Alemana en lo concerniente a la culpabilidad alemana. Israel, bajo el gobierno de Ben Gurion, exigió una indemnización por “los daños ocasionados por los alemanes”, pero nunca quiso sentarse en una mesa con ellos para negociarlo. Las negociaciones entre Goldmann y Adenauer, tuvieron como resultado el reconocimiento de Alemania de haber cometido un holocausto en contra de los judíos.

Burg testificó que era muy importante distinguir estas indemnizaciones al estado de Israel. Israel no existía durante la Guerra. Éste estaba en Palestina en ése entonces y pertenecía a la administración británica. Durante toda la Segunda Guerra Mundial, ningún soldado alemán estuvo en Palestina. ¿ Cuáles son entonces los daños y qué es lo que hay que reparar?, preguntó Burg.

Israel presentó entonces un documento a Alemania, declarando que tres de cada cuatro judíos europeos murieron y que el pueblo de Israel demandaba una indemnización por ellos. Ese documento nunca afirmó que hubieran muerto 6 millones. Tampoco que hubieran sido gaseados ni asesinados. La palabra usada fue ‘muertos’. La suma inicial de 3.5 marcos ha crecido y no sólo será pagado por los alemanes que viven en la actualidad, sino los que nacerán el día de mañana. Las sumas se justificaron por invenciones de 40 millones de judíos gaseados, luego que 25, y finalmente aproximadamente 6 millones, que es la cifra que ha permanecido.

Burg testificó que la razón por la que continuaron los juicios de crímenes de guerra tanto en la República Federal Alemana y en los Estados Unidos, fue para probar a todo el mundo que los alemanes, incluso los que nacieron en Estados Unidos y en Toronto, son culpables de haber asesinado y gaseado judíos.

Israel existió sobre la tesis de que el Holocausto sucedió y el pueblo alemán de la República Federal pagó con dinero honesto ganado con su trabajo a Israel, que es un barril sin fondo.

Goldmann también negoció por parte de aquellos que fueron liberados de los campos de concentración. Estos son los que han sufrido, dijo Burg, a quienes se les quitó sus hogares y apartamentos, quienes dejaron todo atrás. Fueron dispuestas oficinas especiales alrededor del mundo, en cada lugar donde Alemania tuviera alguna representación, con el fin de solicitar las indemnizaciones.

Burg discutió con Zundel acerca del responsable por la enemistad entre alemanes y judíos. Le dijo a Zundel que la Primera Guerra Mundial trajo a los Sionistas un lugar para vivir en Palestina, pero no era una nación. Esto era muy pequeño y era necesario hacer todo lo posible para crear el estado de Israel. Esto sólo fue posible a través de la guerra, se avecinaba una guerra mundial. Los Sionistas, por lo tanto, cooperaron con quien fue conocido como Wall Street. Wall Street causó la Segunda Guerra Mundial de la misma manera que causó la Primera. Hizo notar que éste también apoyaba al régimen de Hitler ya que supuestamente pelearía contra los comunistas. De la misma manera que los Nacional Socialistas no quisieron subordinarse a Wall Street, los comunistas tampoco lo hicieron. El plan de Churchill, junto con los Sionistas y los estadounidenses de Wall Street, era asegurarse que los Nacional Socialistas y los Comunistas “se consumieran entre ellos”. Chaim Weizmann declaró que él había deseado sacrificar a los judíos alemanes en favor del estado de Israel.

Burg estimó que Zundel había mostrado una sincera curiosidad acerca de la cuestión judía. Zundel era alemán y él estaba defendiendo a su país, dijo Burg. Zundel le había dicho que defender a su pueblo era el trabajo de su vida ya que ellos estaban siendo difamados, Burg también creía esto y lo había expresado en sus libros “una y otra vez” y como resultado de esto, sufrió en forma personal. Burg estuvo satisfecho de que Zundel aprendiera un poco de él al no hablar automáticamente de “judíos” sino, en su lugar, hacer énfasis en los “Sionistas”.

Si la historia del Holocausto sigue por el camino que ha tomado en la actualidad, dijo Burg, nunca habrá una relación sincera entre los judíos y los alemanes, y es lo que los líderes Sionistas buscan que pase. Burg dijo a Zundel que películas como Holocausto y Shoah constituyen un reforzamiento de la falsificación de la historia, hechas con el propósito de mostrar la razón por la que los alemanes deben pagar y deben seguir pagando por unas cuantas generaciones más.

Burg declaró que si Zundel hubiera ido con la corriente, nunca hubiera tenido los problemas que tuvo. Hubiera tenido una vida mucho más sencilla. También era la opinión de Burg que si existieran otros dos o tres Zundels, habría también mejores judíos.

La Corona [canadiense] decidió no volver a interrogar a Burg.

Desde Radio Cristiandad

Gracias a Jesús Ruiz Munilla

lunes, 23 de agosto de 2010

¿CISMA O FE? (2)

NUESTRA TESIS
(páginas 4-13)
En la Contra Reforma Católica (Nº 44, pág. 12, Mayo 1971), el escritor francés Louis M. Poullain, uno de esos inconsecuentes tradicionalistas, que admitiendo las pre­misas, se asustan, incongruentemente, al sacar de ellas las lógicas consecuencias, escribe plañideramente:
"Algunos de los grupos (católicos tradicionalis­tas) han llegado a pensar que la actual Jerarquía —incluyendo al mismo Papa— por sus tolerancias con los contestatarios y patentados demoledores de la Iglesia, NO REPRESENTA YA LA IGLESIA AUTENTICA y que, en las presentes condiciones, para preservar en nosotros el precioso tesoro de nuestra fe católi­ca, la verdadera religión de nuestros padres, debe­mos practicar en privado esa nuestra religión, sin te­ner ya en cuenta a esa Jerarquía, comprometida, en­gañada o cobarde, que se ha asociado descarada­mente con los enemigos eternos de la Iglesia, esperan­do nosotros, entre tanto, en la oración y en la peniten­cia, días mejores para la Iglesia y para el mundo, en el Reino de Dios”.
Y concluye espantado el escritor francés sus escri­tos con estas palabras agoreras y desconcertantes:
"Se llegará, por ese camino, a una nueva for­ma de cisma, deliberada y paradójicamente admiti­do por aquéllos mismos, que no toleran las divisiones creadas por los modernistas y progresistas, denuncia­das y condenadas por ellos antes".
Para responder debidamente a la meticulosa objeción del Sr. Poullain, conviene que hagamos esta concreta pre­gunta, para precisar el alcance de nuestro pensamiento: ¿Qué entiende él por estas palabras: "La actual Jerar­quía no representa ya a la Iglesia auténtica de Cristo"? Porque la frase puede tener dos sentidos distintos, que nos colocan en dos distintas hipótesis:
1) Que ellos (la mayoría de los actuales obispos y el actual Papa) no deben ser ya considerados como legítimos pastores, sino como lobos intrusos, bien sea porque su elección, in radice, no fue legítima ni válida; bien sea porque después de una legítima elección, han caído en la herejía o en la apostasía y han dejado de ser pastores legítimos del rebaño de Cristo.
2) Que la acción de esos obispos (no de todos) y del mismo Papa ha traicionado en verdad la misión que Cris­to les dio y que ellos deberían haber cumplido, con toda fidelidad, en beneficio de las almas a ellos confiadas. Es evidente que, en esta traición, puede caber una responsa­bilidad mayor o menor, según el caso individual de cada uno de esos malos o ineptos pastores. Pero, desgraciada­mente, son muchos los miembros de la actual Jerarquía en todas partes, que —unos por acción y otros por omi­sión— son ante Dios, ante nuestra conciencia y ante la historia, responsables de la actual pavorosa crisis de la Iglesia.
Raciocinemos sobre la primera hipótesis: esos obispos y ese Papa son ilegítimos pastores; son lobos intrusos, disfrazados con pieles de oveja.
La hipótesis no tiene nada de absurdo, ni de indiscipli­na, ni de injuria. El mismo Divino Maestro nos dijo: "Guar­daos de los falsos pastores, que vendrán a vosotros re­vestidos con pieles de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis". En las cuales palabras, Jesucristo nos dice: a) que en su Iglesia habrá falsos pastores. b) Nos amonesta para que nos cuidemos de ellos. Y Finalmente, c) nos da la norma, el criterio, para cono­cemos: “por sus frutos los conoceréis".
Suponiendo, siempre como hipótesis, que nos encontrásemos ahora con la doloroso realización de las palabras de Cristo; suponiendo que, al ver el rompimiento con la Iglesia del pasado, aplicamos la norma divina para juz­gar a los actuales pastores y, por sus frutos, por los frutos amargos de esta "reforma" de este cambio constante, vemos que la actual Jerarquía no representa ya, no puede representar ni a Cristo ni a su Iglesia, ¿cómo puede afir­marse que, al separarnos de ellos, como de pastores fal­sos y como de lobos carniceros, estamos incurriendo en una especie de cisma? ¿Por ventura puede considerarse como un cisma el que nos separemos de jefes ilegítimos, cuando precisamente estamos haciendo esta separación, con el al­ma angustiada, para preservar incólume nuestra fidelidad a la verdadera Iglesia, a la única Iglesia fundada por el Hijo de Dios Vivo, Nuestro Señor Jesucristo? ¿No podemos, con mayor razón, acusar de cismáticos, en esta hipóte­sis, a los intrusos y a los que ciegamente quieren seguirlos?
Y, continuando nuestro raciocinio —siempre en la misma hipótesis— preguntamos: ¿quién es el que vive una falsa religión, una religión humana y subjetiva, el que que­riendo ser fiel a la Iglesia, a la Verdad Revelada, practica en privado su religión, en las catacumbas, como los prime­ros cristianos, o aquéllos que son intrusos, que han adulte­rado la doctrina de Cristo o que se empeñan en seguir a estos falsos pastores? Aunque parezcan mayoría, aun­que tengan en sus manos el poder, no por eso pueden presentarnos un Evangelio distinto del que por veinte siglos nos fue predicado por la Iglesia.
Si son intrusos, si son lobos, si no son pastores, care­cen de toda autoridad para enseñarnos y para gobernarnos. ¿No ha habido en la Iglesia casos dolorosos, como éste? En esta hipótesis, el sujetarnos a los intrusos signi­fica perder el camino de la eterna salvación, caer en las garras de los lobos que intentan devorarnos. En esta hi­pótesis, esos intrusos no representan a Dios, no tienen una misión de Dios. Entonces, ¿a quién representan? ¿Qué misión cumplen? Representan al enemigo y están haciendo el juego al enemigo.
Raciocinemos sobre la segunda hipótesis: los pastores, legítimamente elegidos, han traicionado, en mayor o me­nor grado, su misión.
Tampoco esta hipótesis tiene nada de absurdo, ni de quimérico. La historia de la Iglesia nos enseña que hay casos, innumerables casos, en que un pastor haya legítima­mente sido elegido y haya después traicionado, en mayor o menor grado, su misión apostólica, sin que haya llegado por ello a perder todavía su puesto de pastor. En estos ca­sos y en estas particulares condiciones, es evidente que podemos nosotros —más todavía— debemos apartarnos de esos malos pastores, sin que por ello estemos afirman­do su ilegitimidad.
Hay, en el mundo, muchos sacerdotes, de vida ejem­plar, de ciencia muy reconocida por todos, de acción apos­tólica infatigable, que, en la crisis actual, al ver los asom­brosos y profundos cambios de la Iglesia, al considerar la confusión reinante, al darse cuenta del derrumbe, de la autodemolición de la Iglesia, al estudiar ese cambio de mentalidad, que pretenden imponernos, que, en realidad, es un cambio de fe, no han vacilado en tomar posiciones firmes y seguras, en perfecta armonía con su concienciar con su fe y con la sólida doctrina, que en sus estudios ad­quirieron.
Estos sacerdotes, no por exhibicionismo, ni por aspiraciones de poder o de dignidades, ni por soberbia, como algunos piensan y afirman, ni por el dinero que la mafia pueda darles, sino por la fidelidad sincera de su fe, por la conciencia de sus deberes sacerdotales y por el recuerdo de sus compromisos adquiridos con Dios y con la Iglesia, están dando esta batalla, sabiendo perfectamente que, que, al hacerlo, se exponen a las represalias feroces de los enemigos. Piensa el león que todos son de su condición; por eso el articulista de "EXCELSIOR", que vive de ese pre­supuesto, opina que yo estoy comprometido con los capi­talistas.
Pero, volvamos a nuestro raciocinio: ¿podemos, en esta segunda hipótesis, acusar de "cisma", de insubordi­nación o de injuria a los que, en estos apocalípticos mo­mentos, se niegan a seguir, en sus desviaciones, a una gran mayoría de los actuales miembros de la Jerarquía, después de que, por una madura y prolongada reflexión, por un estudio sólido y constante, por frecuentes y prolon­gadas consultas con teólogos de reconocida ciencia, de virtud acrisolada y de larga experiencia —respetados por tales por la gente que sabe y que investiga— han llegado a la tangible y espantosa convicción de que esos miembros de la Jerarquía, sin excluir al Papa, están traicionando su triple misión pastoral, que exige de ellos una total fi­delidad a la Iglesia tradicional?
La triple misión pastoral, según la institución divina, que tienen a su cargo los legítimos pastores de la Iglesia son: la preservación de la doctrina revelada, la salvación y santificación de las almas, por los Sacramentos, instituidos por Cristo (y, en especial, LA SANTA MISA, EL SA­CRIFICIO EUCARISTICO) y la conservación moral de las costumbres en el pueblo cristiano, según los preceptos de la ley inmutable y universal, que Dios mismo nos ha im­puesto y los preceptos y consejos del Evangelio.
¿Necesitamos acaso haber adquirido ese cambio de mentalidad, exigido por el progresismo, —que para nos­otros es un cambio de fe—, para eliminar la evidencia, que actualmente tenemos, de que, en esos tres deberes funda­mentales de su misión pastoral, muchísimos de los actua­les representantes de la actual Jerarquía han fallado y han provocado una catastrófica revolución, cada vez más radical y creciente, en el catolicismo tradicional?
Periódicos, revistas, emisiones radiofónicas, progra­mas de televisión y numerosos libros, que circulan con el "Nihil obstat", el "Imprimi potest" y el "Imprimatur" ca­nónico de Cardenales y obispos nos están dando incesantes y abrumadores testimonios, pruebas apodícticas, que nos están haciendo ver las fallas impresionantes de muchísimos pastores, de las así llamadas Conferencias Episcopales y de las más altas jerarquías de la Iglesia del postconcilio.
Cualquiera persona de mediana cultura católica, que no esté comprometido, que haya resistido, sin cambiar de fe, ese lavado cerebral; cualquier persona que tenga verdadero interés por su eterna salvación, se da perfecta cuen­ta de que, en esos tres puntos de su misión pastoral, muchí­simos de los actuales representantes de la Jerarquía han traicionado su misión divina, ya encabezando y empujan­do ellos mismos la revolución religiosa, que estamos pre­senciando, ya patrocinando a los dirigentes de la subver­sión, ya dejándose arrastrar rutinariamente (por temor, tal vez, a los venerables Hermanos, que tienen la posibili­dad de removerlos de su cargo pastoral), ya dejando sim­plemente hacer a los conjurados. Cualquiera de estas acti­tudes bastaría para hacer a los pastores cómplices mani­fiestos de la subversión.
¿En dónde se encuentra el mayor peligro de cisma, de herejía y de apostasía? ¿En los que siguen el camino de la subversión y colaboran, conscientemente o incons­cientemente, en la destrucción de la Iglesia o en aqué­llos —sean simples fieles católicos, sean sacerdotes o sean Prelados— que defienden su fe y luchan, según los dictá­menes de su conciencia, por los altísimos intereses del Rei­no de Dios?
Los primeros, anteponiendo la autoridad de los hom­bres a la autoridad santísima de Dios, las formas jurídi­cas sobre la Verdad Revelada; buscando mejor sus pro­pios intereses que la gloria de Dios y la salvación de las al­mas, aceptan, sin resistencia alguna, cuando no con acti­vismo incansable, la autodemolición de la Iglesia, con­virtiéndose así en "tontos útiles", en "compañeros de via­je", cuando no en dirigentes y activistas de los destruc­tores de la obra divina.
Ni faltan tampoco, por desgracia, los Genaros, que, con una absurda papolatría, con una obediencia mal en­tendida, que, en realidad, es traición y es entreguismo, están contribuyendo a la obra satánica de la perdición de innumerables almas, que, sin conocimiento de causa, se han sumado incondicionalmente a la destrucción acelera­da de la Iglesia.
Recuerden, sin embargo, estos demoledores, que tanto se escandalizan de nuestra lucha, que ni Papas, ni Concilios, ni Obispos o sacerdotes pueden exigir nuestra obediencia cuando ellos, en sus mandatos, se apartan de la verdad Revelada, contrariando las enseñanzas dogmáti­cos ya definidas por el Magisterio vivo, auténtico e infalible de la Iglesia, institucionalizada por el mismo Hijo de Dios o de la doctrina, que, sin haber sido dogmáticamente definida por el Magisterio, semper et ubique tenuit Ecdesia, siempre y en todas partes ha sido profesada por la Iglesia de Occidente y de Oriente como verdad revelada por Dios, como doctrina católica.
Pero, dirá alguno: LA IGLESIA ESTA DONDE ESTA PEDRO, DONDE ESTAN LOS LEGITIMOS PASTORES. Así es verdad; pero, hagamos énfasis en el epíteto: donde están los legítimos pastores, no los intrusos, no los traidores. La Iglesia está donde está PEDRO afirmando: "Tú eres el Cris­to, Tú eres el Hijo de Dios vivo"; no donde está Pedro ne­gando con imprecaciones conocer a su Maestro, ni donde está Pedro tratando de disuadir a Jesucristo a cumplir el mandato de su Eterno Padre de morir por nosotros en la Cruz. En esta ocasión el mismo Cristo dijo a Pedro: "Retí­rate, Satanás".
¿Acaso puede estar la Iglesia con los que han traicio­nado su misión divina, haciendo el juego a los enemigos del nombre cristiano y conduciendo gradualmente al reba­ño a la apostasía, renegando de una manera más o me­nos clara, más o menos disimulada, del catolicismo tradi­cional, para "aggiornar" la obra de Cristo al mundo mo­derno impío y materialista; para entablar el "diálogo ecu­ménico" con los mayores enemigos de la Iglesia y del mis­mo Jesucristo?
¿Se puede trabajar por la unidad de la Iglesia si­guiendo a aquellos que destruyen o dejan destruir los mis­mos fundamentos de la unidad: el primado de Pedro y los tres puntos principales, arriba indicados, de la misión pas­toral de los sucesores de Pedro y de los demás Apóstoles?
La Sagrada Escritura proclama: "Un solo Señor, un solo bautismo, un solo Dios, Padre de todos". (Eph. IV, 6). Por lo que es evidente que, por haber abandonado mu­chos pastores los tres máximos deberes de su misión pas­toral, se ha podido difundir por todas partes de la Iglesia —¡esto es lo más grave!— la más espantosa anarquía, y que esa anarquía ha llegado a tan graves extremos, que ha hecho ya incognoscible la misma obra de Cristo, preci­samente porque hubo una ruptura con lo que siempre fue y siempre debe ser inmutable, delante de Dios y de los hombres.
¿Tenemos acaso que decir que la doctrina, las conde­naciones, los pronunciamientos decisivos, contra los errores presentes, dados por Pío IX y su Syllabus, por San Pío X y su Pascendi y su syllabus, por Pío XII y la Humani Generis y la Mediator Dei, en un siglo perdieron no su actua­lidad, sino su verdad intrínseca?
Ellos mismos lo confiesan. El jesuita Miranda y de la Parra lo ha dejado escrito: "esa manera de proceder ha acarreado, dentro de la Iglesia, una situación, que, por mu­cho que nos desagrade, se llama división". “No se trata de establecer un Pluralismo, sino de una división real y ver­dadera, con la que hay que contar en adelante".
Resumiendo el pensamiento progresista, la confesión de parte, que esta corriente demoledora ha dado de sí misma, debemos señalar estos tres puntos básicos, sobre los que el progresismo, más o menos auspiciado por la jerarquía, ha podido imponerse y propagarse en el pueblo católico.
a) Hay una división, una real oposición, entre las en­señanzas de los Papas preconciliares y las enseñanzas de Juan XXIII, Paulo VI y el Vaticano II. Negarlo es insin­ceridad o desconocimiento de lo que han dicho o enseñado los Papas.
b) Lógica consecuencia de la anterior afirmación: "La unidad del mundo católico está rota". "Resulta más humilde, aunque no precisamente más prometedor de la unidad católica", como afirma Miranda y de la Parra, el penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres; es decir, bautizar solemne­mente el comunismo, elevando a Marx y a todos los progenitores de la revolución mundial a la gloria de los altares.
Ante estas realidades espantosas, tenemos que afir­mar: Es un imperativo ineludible de nuestra conciencia el que nos obliga a no seguir ya en pos de esos malos pas­tores, por el honor de Dios, por el amor y la fidelidad que debemos a la Iglesia, fundada por Cristo, por nuestra eter­na salvación, por la salvación de las almas inmortales, re­dimidas por la Sangre del Redentor.
No podemos contentarnos ya con protestas y críticas ineficaces; no podemos unirnos a los "silenciosos", encabe­zados por el prototipo de las "falsas derechas", Cardenal Danielou, porque esta postura, que mezcla el "sí" con el "no", la tesis con la antítesis, es un proceso dialéctico, to­talmente incoherente e inconsecuente, que hace, como dije antes, el juego al enemigo, a los demoledoras de la Igle­sia, acrecentando el número de los inconscientes, de los que, como borregos, se suman al número de los afiliados, favoreciendo la confusión, acrecentando el progreso cre­ciente de la perversidad, de la subversión, de la ruina mis­ma de los pueblos cristianos.
Pero, dirá alguno que esta negación a seguir a los ma­los pastores, a los dirigentes de la "autodemolición" de la Iglesia coloca a los católicos fieles en una situación ANOR­MAL. Así es; nadie puede negarlo. Esta situación es anor­mal, terrible y dolorosamente anormal.
Pero, ¿quién nos ha conducido a esta situación? ¿Quién la ha provocado? ¿Quién la sigue favoreciendo? ¿Quién la ha llevado a estos extremos trágicos? Han sido los miem­bros de la Jerarquía (no todos; hay algunas y honrosas excepciones) los que, en modos diversos, —unos por su acción y otros por su omisión— pero todos ellos con una Innegable responsabilidad, han hecho esa que Paulo VI, en un momento de sinceridad, llamó la "autodemolición" de la Iglesia de Dios.
Por lo que toca a la postura de esas pobres víctimas de la presente situación, que resueltamente se niegan a seguir a esos falsos pastores, por el deseo sincero de pre­servar su fe y que, en su corazón, anhelan vivamente vol­ver cuanto antes a la situación normal, malamente puede ser acusada de cismática. Como sería falso e injusto el afirmar que estos fieles católicos, al proceder según su conciencia, están siguiendo el "libre examen" luterano; porque el "libre examen" de los protestantes significa an­teponer el juicio propio sobre el juicio del Magisterio Tra­dicional, autorizado, definitivo, que quiere hacer una nue­va religión, acomodada al juicio o conciencia de los refor­madores. Los católicos tradicionalistas, en cambio, se opo­nen a seguir a estos innovadores, que han roto el hilo de la tradición apostólica y que, con sus novedades sospecho­sas, cuando no abiertamente heréticas, han fundado una nueva religión, la del "aggiornamento", la del "diálogo", la del "ecumenismo". Con el pretexto absurdo y entreguista de “una apertura al mundo" han perdido el sentido cristiano y se han hundido en el espíritu moderno, sin Dios, sin religión y sin moral.
La actual lamentable situación prueba con evidencia cuánta razón tenía Su Santidad el Papa San Pío X, cuando nos advirtió que estuviéramos en guardia contra esa tendencia a querer "conciliar la fe con el espíritu moderno. Esta tendencia nos llevará, dice Pío X, mucho más lejos de lo que se puede sospechar, no sólo haciendo que nuestra fe decaiga, sino que se pierda totalmente", es de­cir, que incurramos en la apostasía. (27 de mayo de 1914).
Hay tres acontecimientos recientes, que confirman am­pliamente lo que en mi libro "LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA" y en estas páginas llevo escrito. Me refiero al úl­timo Sínodo Episcopal, a la aparente liberación del Carde­nal Mindzenty, el heroico mártir de la Iglesia del Silencio, y a las componendas diplomáticas de Paulo VI y sus emi­sarios con los gobiernos comunistas, sometiendo a los po­bres ucranianos al Kremlin, por medio del Patriarcado Or­todoxo y cismático de Moscú.
Pbro. Joaquín Sáenz y Arriaga

domingo, 22 de agosto de 2010

TRAICIONES AL SACERDOCIO

No es atractivo el tema para tratarlo sería necesaria una pluma prudente, flexible, diplomática, que dijera las cosas sin lastimar. ¡Pero esa pluma no la tengo yo!.
Sin embargo, debo afrontar este problema que pesa sobre el sacerdocio como un escándalo y un desprecio mudo y universal.
Quizá la angustia, o mejor la pasión y la ausencia absoluta de reticencias prudentes, coloquen estas pági­nas por encima de la cólera nerviosa y de la susceptibili­dad ridícula y mezquina.
Tengo un aprecio austero a la Palabra de Dios y a mi palabra sacerdotal.
Dios, en la Sagrada Escritura, se permite hablar con una claridad y con una franqueza, tan sorprendentes, tan inefables, que abaten sin irritar y humillan sin ofender. Del mismo modo, lo tremendo del problema que voy a afrontar lo eleva a la atmósfera, libre de críticas, de lo sobrehumano; por eso escribo sin temor y sin precaucio­nes.
La aristocracia, de una manera universal, sistemáti­ca, obstinada, consciente, rehúsa que sus hijos se hagan sacerdotes católicos: éste es el hecho, el escándalo, la traición.
A lo más, la aristocracia paga —adrede uso esta palabra vulgar— al sacerdote, da una pensión al semi­narista, entrega su óbolo —para usar una palabra ele­gante— a las vocaciones eclesiásticas; pero niega al sa­cerdocio su sangre, su nombre, su honor, su blasón.
Y si rehúsa dar a sus propios hijos, ¿qué sentido tie­ne que ayude a los hijos de los demás?
Hay momentos en que es necesario explicar el sen­tido oculto de las cosas; y hoy es tan grande la apostasía, que es un acto de caridad y un deber ineludible acla­rar el significado de todo esto.
En la lucha actual del cristianismo —en su agonía, diría Unamuno—, la aristocracia es un espectador, pero no un combatiente; cuando mucho sostiene la lucha en la retaguardia, pero está ausente de las trincheras y ale­jada por completo del Estado Mayor. Los oficiales, los caballeros de Cristo, salen del pueblo, de entre los más pobres del pueblo.
¡Pedir a la Religión sin darle nada, sin darle el tri­buto de la propia sangre, sin contribuir personalmente!... Este espíritu egoísta, esta actitud de espectadores, esta pasividad de gente extraña, está tan lejos del amor, co­mo del odio y quizá más de éste. El odio reconoce una grandeza que hay que abatir; la indiferencia sólo ve una pequeñez despreciable; el cálculo sólo tiene en cuenta su propio interés.
La aristocracia con frecuencia se lamenta — ¡qué pa­radoja!— de la poca delicadeza del Clero y se escanda­liza del origen tan humilde de los sacerdotes.
Si esto fuera un mal —que no lo es— ¿quién tiene la culpa? ¿Quién ha prohibido a los aristócratas que suban al altar? ¿No han sido ellos mismos?. . . ¿Entonces?...
Después de la derrota, el grupo sobreviviente de sacerdotes que luchan con desesperación tienen otras cosas de qué preocuparse más importantes que la delicadeza; tienen que pensar, por ejemplo, que hay que morir bajo la ametralladora comunista; deben tener en cuenta que es necesario todavía proclamar su amor a Jesús Crucificado en medio de la apostasía general.
Muchas veces la aristocracia llora, porque la fe se pierde y se degrada el pueblo.
¿Por qué llora?
Sólo tiene derecho de llorar el que ama y lucha. Las lágrimas del que no ama —y no ama el que no lu­cha— son una parodia y una hipocresía, por lo menos son una ignorancia.
Como en el juicio de Salomón, ante el niño que van a destrozar, llora la madre, no la extraña; así, ahora que se degüella el cristianismo, ¡que llore la madre y el padre del cristianismo, porque han dado a la fe un hijo en el sacerdocio! ¡Que llore quien ha como engendrado este cristianismo con su sacrificio, con sus dolores, con su san­gre!
Desprecio el llanto pasivo e infecundo que debilita, desorienta y enmudece; sólo valen las lágrimas de sabor áspero y amargo como la pólvora, las lágrimas que se mezclan con la sangre y la tonifican, la inflaman y le dan nueva vida.
¿Cuáles son las causas de esta traición de la aristo­cracia?
Un orgullo torpe, un miedo servil, un cálculo egoísta, una decadencia en el heroísmo, en la caballerosidad, en la poesía, en la abnegación, y sobre todo, en la fe, en el espíritu sobrenatural y en el amor.
Desde el punto de vista humano y racional, estas son las causas; pero, en el orden sobrenatural, el fenómeno se oscurece con las tinieblas del desprecio de Dios.
¿La aristocracia es la que niega sus hijos a Dios? ¿O Dios es quien niega las vocaciones sacerdotales a la aristocracia? ¿Quizá Dios no pasa ya por los salones de­masiado lujosos, mundanos y fríos, y no dice a los aris­tócratas: ¡sígueme!
¿No es semejante esta apostasía a la del pueblo escogido —los judíos— que por orgullo, envidia y ex­clusivismo renegó de Cristo y fue excluido de la gloria de la Redención, y de pueblo escogido se convirtió en pueblo proscrito y traidor?
De estas terribles preguntas, nace la dureza —de­masiado humana quizá, lo confieso— que inconsciente­mente va mezclada con el amor de Cristo en estas páginas. Al mismo tiempo, el corazón sacerdotal experi­menta una gran tristeza y una inmensa compasión por tantos cristianos excluidos de la ternura, de la predilec­ción, de la amistad divina del sacerdocio.
¿Quizá la aristocracia ha abusado del sacerdocio? ¿Tal vez aun en el tiempo en que dio a sus hijos no los daba con humildad, con desinterés, con alegría?
¿Por qué siempre daba a los menos capaces y do­tados?
¿Era por interés o por amor? ¿No se parece ésta a la ofrenda de Caín?
Si dejo las preguntas sin respuesta, no es ciertamen­te porque trate de insinuar la sospecha de una manera astuta y baja, y al mismo tiempo sin comprometerme.
No respondo, porque la cuestión es difícil, histórica­mente muy complicada y nos vendría a distraer de nues­tro asunto.
Ante todo, afirmo que es injusto no admitir magnífi­cas excepciones de aristócratas que han abrazado el sa­cerdocio y aun han llegado a la santidad. Pero la res­puesta, en general, condena a la aristocracia.
¿Y comprende lo que ha perdido con alejarse del sacerdocio?
Ha perdido nobleza. Y no es una paradoja, sino una comprobación dolorosa y evidente.
Ha perdido el verdadero sentido de la nobleza y se ha dejado arrastrar por la novelería que no es nobleza, por el refinamiento que no es elevación, por el estoicismo que no es libertad, por lo extravagante que no es originalidad, por lo enfermizo que no es salud.
Dios es la fuente primera de toda elevación, de to­da nobleza, de toda aristocracia; por consiguiente, cuánto más nos alejamos de Dios, más nos acercamos a lo bajo, a lo vulgar, a la vileza del pecado. Aristócrata es el espíritu, vulgares son los sentidos; nadie tan noble co­mo los santos, nadie tan vulgar con los sensuales.
Por rechazar el sacerdocio, por rehusar ser el amigo de Dios y el caballero del espíritu, la aristocracia se ha alejado de la verdadera nobleza y ha descendido en busca del boato, del lujo, del derroche, del deporte y... del tedio; que no son sino una parodia y una caricatura de la nobleza, porque ésta reside en el corazón y en el alma.
San Pedro llama al sacerdocio cristiano, sacerdocio regio, regale sacerdotium, y así identifica al sacerdote con la realeza, cumbre de la aristocracia y de la majes­tad. En ciertos momentos, todo sacerdote siente que tiene corazón de rey: la pureza y el desprendimiento lo alejan de la carne y del dinero que son las cosas más asquero­sas y plebeyas.
¿Dónde está el primado de la aristocracia en la his­toria del cristianismo?
En esta hora ardiente de martirio y de conquista, en esta vida intensa de misiones, de apostolado, de acción católica, la aristocracia —con raras excepciones— bri­lla por su ausencia. Esta página gloriosa del cristianismo, que lucha acosado por una manada de lobos, se está escribiendo con sangre, pero no es sangre azul.
Mañana se escribirá el poema del pueblo, la epo­peya de los pobres, sin príncipes ni condes; pero será un poema magnífico.
La aristocracia ha perdido la primacía aun en el mundo civil, que ya se está desarrollando sin blasones. El eje de la evolución histórica ha pasado a una aristocra­cia de la voluntad, del peligro y del pensamiento.
Los mismos gobiernos fuertes ya no toman la forma de monarquía, sino que prevalece la elección libre y pre­dominan la inteligencia y la voluntad.
Y todo esto, porque la aristocracia ya no quiere asu­mir responsabilidades, sino llevar una vida fácil e irres­ponsable.
Es también un castigo, porque renunció al sacerdo­cio, la escuela más severa y exigente de responsabilida­des, que todo lo reviste de dignidad y lo hace irrevoca­ble.
Al renunciar la aristocracia al sacerdocio en el cris­tianismo, lógicamente ha renunciado a todo. ¿No ha per­dido a la vez el sacerdocio y el cristianismo?
Precisamente me propongo hacer ver en estas pági­nas lo fútil de este escándalo que sin razón impresiona tanto a los pusilánimes. Dios no necesita de nadie.
Jesús nació pobre, entre pobres, para los pobres, y fueron pobres los que lanzó a la conquista del mundo. La Redención, sin embargo, fue universal y se extendió también a la aristocracia, porque la sangre de su Madre era real, era aristócrata de la Casa de David; era san­gre real con la majestad de la pobreza.
Pero, si esta sangre azul rehúsa mezclarse a la co­rriente vital del cristianismo, éste no pierde por eso su nobleza.
Su realeza y su aristocracia perduran, porque nacen de Él, del Rey de Reyes y del Señor de los que do­minan.
¿Qué ha perdido el cristianismo porque de los tu­gurios hayan surgido gigantes de santidad de la talla de un Vicente de Paúl y de un Juan Bosco?
¿Qué ha perdido, si pudo vivir los heroísmos de Ru­sia, de México, de España?
Al contrario, de esta manera Dios ha aclarado y pu­rificado el culto que se debe a la santidad, porque no ha permitido que nos inclináramos de una manera simul­tánea y equivocada ante la aristocracia de la sangre y la nobleza de la santidad.
Ha querido que todos se postraran ante esta santi­dad nueva que brilla en la pobreza, ante la única aris­tocracia del espíritu, sin mancha alguna de la aristocra­cia de la tierra.

LA TRAICION DEL PUEBLO
Quiere el pueblo que sus sacerdotes sean santos e ilustrados, que su educación sea exquisita y delicada; y ciertamente tiene razón. Quiere también tener predica­dores elocuentes, apóstoles con métodos modernos, escritores famosos, confesores llenos de indulgencia, directo­res espirituales idóneos, educadores consumados... Ya es mucho pedir, pero todavía esas ambiciones son reali­zables.
Necesita el pueblo, además, sacerdotes numerosos, en vista de los problemas apremiantes de la sociedad de nuestra época, llena de complicaciones y exigencias; sacerdotes puntuales en la celebración de la santa Misa, siempre dispuestos a oír confesiones, a catequizar a los niños y a los adultos, a administrar los últimos sacramen­tos a los moribundos, a reconciliar a los enemistados, a socorrer a los pobres, a instruir a los ignorantes... en resumen, sacerdotes siempre a la disposición de los fie­les en el templo, en la escuela, en el hogar, en las ca­lles, en las plazas y hasta en las más miserables casuchas…
Todos estos deseos son buenos, justos, debidos y san­tos; todas estas necesidades son de gran importancia, gra­vedad, urgencia.
No exige, pero sí espera que los sacerdotes tengan recursos, para que puedan sostener sus obras: el culto, la Acción Católica, las Conferencias de San Vicente de Paúl, la catequesis. Lo que ya es mucho pedir; pero, en fin, puede pasar.
Como hasta aquí sólo se trata de desear, pedir, que­rer, exigir, estamos de acuerdo.
Mas, llegados aquí se impone, con una claridad evi­dente, con una lógica irrefutable, estas preguntas: ¿qué ha hecho el pueblo para tener esos sacerdotes que desea, tan santos, tan ilustrados, tan cultos, tan elocuentes, tan abnegados, etc., etc?
¿En qué apoya todas esas sus apremiantes y urgen­tes exigencias?
En una palabra: ¿cuál en su aportación, con qué contribuye para tener un clero con esas cualidades?
¿Con qué cara, con qué lógica, con qué derecho la hace?
—No hace nada, absolutamente ¡NADA!
Y en eso apoya sus deseos, sus pretensiones, sus exi­gencias?
¿Con "nada" quiere construir una catedral medie­val, un castillo de ensueño?
¿Y de la nada se quiere hacer brotar la santidad, la ciencia, la cultura, la elocuencia, y todas esas dotes tan difíciles de alcanzar.
La indiferencia y la apatía del pueblo es como una roca árida y seca; ¿y de ella se pretende —como lo hizo Moisés en el desierto— que brote el agua de dones tan divinos y de bendiciones tan celestiales?
Hasta para los milagros Dios espera la cooperación del hombre, a lo menos la de su fe y la de su oración.
Si se exceptúan algunas almas elegidas, ¿quién se acuerda de orar por los sacerdotes? ¿Quién implora con lágrimas el don divino de un sacerdote santo, don más precioso que un milagro?
Cuando nace un futuro sacerdote santo, vuelve a vibrar en el cielo el cántico que los ángeles entonaron en la primera Nochebuena, y en la tierra asolada y yerma torna a brillar la esperanza de la Redención.
Millares de años, henchidos de oraciones, deseos y lágrimas, hicieron violencia al cielo para que lloviera su rocío divino y naciera Cristo Jesús. ¿Y queremos que Dios nos envíe esos nuevos cristos, esos sacerdotes san­tos, cuando no nos unimos a la Iglesia para pedirlos, cuando ignoramos las súplicas y las mortificaciones que la Iglesia impone a todos los fieles con este fin, en las cuatro Témporas del año?
Este es el ilogismo desconcertante, la inconsecuen­cia inaudita del cristianismo superficial de nuestro pue­blo.
Si olvida esta obligación tan elemental que de suyo se impone; ¿qué decir de otras más graves?
Cuando la Iglesia y las almas piden al pueblo que dé a sus hijos para que sean sacerdotes, no los da; cuando solicitan su limosna para las vocaciones, se hace de­sentendido; entonces ¿cómo es posible que tenga los sacerdotes que desea y con las cualidades que exige?
Exigir con altanería cuando antes no se ha dado nada, es una inepcia degradante y absurda. Cuando to­dos piden y nadie da, el problema no tiene solución po­sible.
El deber de dar es primero; el derecho de pedir vie­ne después.
Estos vividores a expensas de la fe, estos zánganos de la religión, estos explotadores de la Iglesia que no hacen más que pedir, nos están manifestando la anemia y la pobreza de un cristianismo que no sabe sino men­digar.
Hablando en general —y salvas honrosas excepcio­nes— el pueblo con relación a la religión se ha conver­tido en un pueblo de pordioseros, exigentes y perezosos; no tiene esa riqueza, esa vida, ese gozo, esa poesía, esa dicha de DAR. No tiene, por consiguiente, ese hálito de juventud ni esa generosidad caballeresca; no sabe sino pedir y rezongar, como la vejez, mohína y melancólica.
¿Quién le va a dar estos sacerdotes santos? ¿La Iglesia? ¿Y quiénes forman la Iglesia?
—La formamos todos los cristianos. La Iglesia es una sociedad, una organización, un ejército. Si los cris­tianos se dispersan, la sociedad se acaba, la organiza­ción se disgrega, el ejército deserta.
Si nos figuramos que la iglesia es un ser abstracto, fruto de la imaginación, de la fantasía, algo puramente expectativo y teórico, encontramos en esa ilusión un mo­tivo para eludir cómodamente y sin remordimientos nues­tros deberes de cristianos.
Hasta la Iglesia docente —el Papa, los Obispos, los sacerdotes—, está formada por hombres, por cristianos, por hijos de Dios; no es una fantasmagoría.
Tampoco el cristianismo es un monopolio exclusivo de los sacerdotes. Este es el estado de ánimo, erróneo y lle­no de peligros, del cristianismo de hoy. Partiendo de la distinción entre la Iglesia que enseña y la enseñada —los sacerdotes y los fieles— se llega sin dificultad a que los fieles se desinteresen de los sacerdotes. Y los fieles son la parte más numerosa de la Iglesia.
Pero no solamente no ha hecho nada; ha hecho al­go peor.
Con una locura frenética, con una alegría malsana, con una terca obstinación, con un ensañamiento satáni­co, el pueblo humilla y desprecia al sacerdote, lo des­honra, lo difama, lo calumnia, lo cubre de fango y trata así de darle muerte civil.
Para lo cual se sirve, no tanto de la filosofía y de la Historia —que no están al alcance de todos—, como de los periódicos, de las novelas, del cine, de la radio, del teatro, de todos los medios de publicidad.
Y el pueblo que se dice cristiano devora esas ca­lumnias inmundas y las repite entre carcajadas en las tabernas, en los cuarteles, en las fábricas, en el campo.
Las caídas de los sacerdotes —verdaderas o supues­tas— son el material atrayente de la página roja de los periódicos y el platillo obligado de la conversación en las reuniones de sociedad.
El gobierno civil confisca sistemáticamente los bie­nes de la Iglesia, legítimamente adquiridos por la dona­ción de los fieles; y con esto intenta atarla de pies y ma­nos para hacer el bien y acorralarla por el hambre. Y para justificar esta depredación, ha sancionado leyes que desconocen la personalidad de la Iglesia y ha declarado que todos los bienes de ésta le pertenecen.
Los intelectuales han falseado la historia de la ma­nera más descarada para que aparezca el clero como la causa de todos los males y el instigador de todas las trai­ciones.
Y el pueblo, el pueblo que se llama cristiano ha aceptado todo, ha creído todo…
¡Y a esa Iglesia despojada y pobre, sin templos ni seminarios ni casas propias; a esa Iglesia sin medios ma­teriales para hacer el bien, atada, amordazada, venda­da, desprestigiada... a esa Iglesia así se le reprocha que no trabaja, que no hace el bien, que no forma mu­chos y excelentes sacerdotes!
¡Y a esos seminarios pobres, sin medios económicos, en casas inadaptadas y ruinosas y antihigiénicas, sin ali­mentación suficiente, sin dormitorios ventilados, sin cam­pos de juego, sin bibliotecas, sin laboratorios, se les echa en cara que no forma sacerdotes sabios y sanos!
Supongamos que unos estafadores despojan de su gran residencia a sus legítimos dueños; y mientras los expoliadores se instalan en el magnífico palacio, los ver­daderos dueños van a refugiarse en un tugurio. ¿Qué di­ríamos si los depredadores, con una frescura inconcebi­ble, fueran a echarles en cara a sus víctimas que viven en un lugar impropio de su posición social?
¡Después de arruinarlos, se mofan de la desgracia que ellos mismos les han causado!
¿No es ése nuestro caso?
El pueblo no deja que sus propios hijos sigan la vo­cación sacerdotal; con sus burlas y difamaciones, aleja de ella a los demás, y a todos los inficiona con su im­piedad y los envenena con su anticlericalismo.
¡Y después de esto, vienen con sus lágrimas de co­codrilo a lamentarse, con farisaica hipocresía, de que los sacerdotes no son santos, sabios y cultos! ¡Y después ce esto vienen a lamentarse, preocupados y compungi­dos, de que la iglesia va decayendo!
¡Oh inauditos revolucionarios, que roban y luego encarcelan al robado, acusándolo de haber hablado mal ce ellos...! ¡Son un símbolo, son los padres de toda una generación, son un ejército, son un pueblo!
Esta actitud de pseudocientíficos que se escandalizan, ce dirigentes que se irritan, de consejeros que se creen discretos, de protectores intrusos, de guías apenados de la Iglesia y del clero, es ridícula y causa honda repugnancia después de todo lo que han hecho contra la Iglesia y sus sacerdotes.
Esas manos que arrebataron los bienes de la Iglesia, adornadas con brillantes que valen una fortuna, enguan­tadas con piel de Rusia, perfumadas con el humo de un exquisito puro habano, cuando se levantan en actitud de dramática desolación ante la decadencia —suponiendo que exista— del clero, son más repugnantes que la de un asesino que se da golpes de pecho.
¿Por qué, en lugar de escandalizarse, no admiran el prodigio estupendo de la Iglesia que, sola y traiciona­da aun de sus propios hijos, sigue viviendo y luchando todavía?
¿Cómo no ha de ser un milagro convincente que el sacerdocio subsista después tantos siglos de martirio, de odio y de desprecio? ¿que todavía haya jóvenes heroicos dispuestos a beber el cáliz de Cristo y a subir con El hasta el Calvario; corazones de tan recio temple que puedan amar lo que todos odian, y admirar lo que todos despre­cian, y defender lo que todos persiguen?
Los cristianos de ahora, como los judíos de otro tiem­po, han pedido que la sangre de los sacerdotes caiga sobre ellos y sobre sus hijos. ¡No se extrañen, por tanto, si esa sangre no llega a ser para ellos instrumento de re­dención, sino pronóstico de maldición divina!
Los pueblos tienen los sacerdotes que se merecen.

LA TRAICION DE LOS PADRES
¿Para qué engañamos?
¿Para qué mentimos?
Ese catolicismo, esa Acción Católica, hasta esa co­munión diaria son una ilusión, si ese padre y esa madre, católicos, practicantes, miembros de la Acción Católica, cuando su hijo se quiere consagrar a Dios, le azotan el rostro con un ¡NO! categórico, rabioso, definitivo.
Y son mentiras las excusas que se dan a la concien­cia y a los demás para justificar este absurdo sacrilegio.
Simeón, después de haber revelado a María la vo­cación y la misión de Jesús, le dice estas palabras miste­riosas: ...y a tu alma la traspasará una espada y así se revelarán los pensamientos de muchos corazones.
La vocación es la revelación del corazón del hijo; pero también es la revelación del corazón de los padres. Revela los ideales íntimos, los ensueños virginales, la pu­reza del corazón de los hijos; y también las aspiraciones santas del corazón de la madre.
Sólo un hijo angelical sueña en el sacerdocio; sólo un padre santo anhela tener un hijo sacerdote. La voca­ción es una espada que deja al desnudo el corazón.
¿Qué catolicismo es éste que se opone a los designios de Dios, ahoga el llamado del Señor y pretende ha­cer que prevalezcan los derechos de la paternidad terrena sobre los Derechos soberanos de la Paternidad di­vina?
¿Qué vida eucarística puede tener el que intenta destruir la misma Eucaristía, porque sofoca las ansias de consagrarse a Dios en el alma del hijo, desprecia al sacer­dote que es el sacrificador, el que nos da el Pan del cielo, el hombre indisolublemente ligado a la Eucaristía, el segundo del Rey que, para saciar el hambre de las almas y aliviar la carestía de la tierra, llena los Sagrarios con el Pan de los ángeles, como José llenó los graneros de Egipto?
¿Qué Acción Católica es ésta que desprecia el alma de la Acción Católica y ciega sus fuentes?
¿Qué apostolado es el que desprecia a los apósto­les? ¿qué celo de las almas es el que asesina a los pa­dres de las almas? ¿qué amor a Jesús el que no quiere tener en casa al continuador de Cristo, al "ALTER CHRISTUS"?
Una madre que no ha soñado jamas en un hijo sacer­dote, que nunca lo ha implorado con lágrimas, que no sal­ta de gozo al anuncio de tal gracia, es cristiana sólo de nombre y por atavismo, no de alma y por convicción.
El que no desea un hijo mártir no es digno de Dios, escribió San Cipriano; y mucho menos digno es, si no de­sea un hijo sacerdote.
¿Y las excusas?
Lloran a un hijo que se consagra a Dios, que parte a las misiones, que se aleja del hogar para buscar y sal­var a las almas; pero no lo lloran si se va para buscar trabajo y empleo, y ganar un poco de dinero. Sólo ante Dios se hacen valer los derechos y las exigencias del co­razón; pero esas mismas exigencias se esfuman ante la perspectiva del lucro.
Al dios Mamón se le ofrecen víctimas sin lágrimas ni lamentos. ¿Por qué se pierde al hijo que se da a Dios y no se le pierde si se le da a una criatura? A pesar de que bien sabido es que el hijo que está más cerca de sus padres es el sacerdote, porque su corazón no está aca­parado por otra criatura. Sólo pertenece a Dios; pero Dios no separa sino une; no excluye sino confirma, fortifica y refuerza todo afecto legítimo y santo. En cambio, la criatura es la más exclusivista y monopolizadora.
¿Se teme la vida de sacrificio, de soledad y despre­cio para el propio hijo? ¿Y por qué no se teme el riesgo de ciertas profesiones —militar, marinero, aviador, etc.—, ni aun las que son deshonrosas?
No, no es la razón ni el corazón el que habla en los padres, sino algo más tenebroso y bajo.
Es un inconsciente y sordo anticlericalismo, que se ha absorbido con el aire, que se ha respirado en las es­cuelas sin Dios.
Es un inconfesado desprecio, tanto más hondo cuanto menos advertido, que ha penetrado en el alma con las conversaciones de salón, que se ha asimilado en el am­biente mundano, enemigo de Cristo.
Es la mueca sarcástica de Satanás que impresiona y se acepta casi sin darse cuenta.
Es la bestia irracional que odia sordamente al caballero del espíritu, es la carne degradada que odia la pu­reza del voto virginal.
Es un cristianismo voraz que pide y no da, que quiere sin ofrecer nada, que exige y no se sacrifica.
Es un cristianismo egoísta, sin brío, sin poesía, sin anegación, sin fecundidad.
Es un cristianismo mercenario que se vende al mejor postor, que espera los intereses del hijo convertido en capital.
Es un cristianismo bastardo que tiene miedo hasta de una sonrisilla burlona y tiembla ante las habladurías de los idiotas.
La justicia había de exigir que se negara la Eucaris­tía a los que han impedido la continuidad de la Eucaris­tía matando el sacerdocio que nacía en el alma de sus hijos.
Sería de justicia que en la hora tremenda de la muerte se negaran los sacramentos a los que fueron cau­sa de que otros no los recibieran, porque se opusieron a la vocación de su hijo que, de haber sido sacerdote, los hubiera administrado.
Sería justo arrojarlos fuera de la Iglesia, como in­dignos de escuchar la palabra de Dios, de asistir al Santo Sacrificio, de recibir la Sagrada Comunión, porque inten­taron hacer callar los labios sacerdotales y tornar triste y abandonado el Altar del Sacrificio.
Si fueran más lógicos, debieran rechazar todo el Cristianismo, puesto que le han negado la vida y el apos­tolado.
Si tuvieran un poco de dignidad, deberían enroje­cerse de vergüenza al pasar por una Iglesia, al recibir la absolución, al pedir un bautismo, porque todo esto es una rapiña, cuando todo esto se ha negado a otros. Dios mira con amargura y con desprecio a estos padres que tienen una fe tan lánguida, que tienen miedo y repugnan­cia del honor único de un "Alter Christus" que se les adentra por su hogar.
Dios se arrepiente de haber conferido la paterni­dad a los que no pueden elevarse hasta comprender la paternidad más alta y más pura del sacerdocio, que ilu­minaría con un rayo divino su misma paternidad de la tierra.
Jesús recuerda con nostalgia y tristeza a la madre de Santiago y de Juan cuando le pidió, como gracia suprema, que sus hijos se sentaran uno a su derecha y otro a su izquierda. En cambio, las madres de hoy quieren ver a sus hijos sentados en las curules de los diputados o en los sillones de los banqueros, no a la diestra de Cristo.
Recuerda con añoranza a las madres de Palestina que le presentaban a sus hijos para que sus manos divinas los bendijera y acariciara. En cambio, las madres cris­tianas de hoy tienen miedo de Jesús, de sus sonrisas, de sus caricias, de sus bendiciones; voluntariamente arran­can a sus hijos a los encantos del Señor, a su intimidad dulcísima; prefieren ofrecerlos a Satanás, al dinero, a la corrupción, a todo, menos a Cristo.
¡Y a ésas se les llama madres cristianas!!!...
A la sed divina de almas del Redentor Crucificado responden con la sequedad árida de sus almas, egoístas y escuálidas.
A Jesús, fatigado y cubierto de polvo, porque anda buscando la oveja perdida; a Jesús extenuado por el cansancio de los pocos sacerdotes y de los poquísimos misioneros; le niegan un lugar en su mesa familiar, le re­cusan un mendrugo de su pan.
Mañana, en un sentido más profundo, más urgente, más literal, a ese padre, a esa madre, le dirá: "Tuve hambre y no me diste de comer, tuve sed y no me diste de beber, fui peregrino y no me recibiste".
Y no valdrá la excusa: "Señor no te conocimos" por­que el que ama adivina, dice San Agustín; no ve el que no ama.
No ven a Jesús en el sacerdote, porque no tienen fe; y no tienen fe porque no aman.
El egoísmo es ciego; en cambio, el amor tiene intui­ciones admirables.

LA TRAICION DE LOS INTELECTUALES
A juzgar por la producción literaria, el sacerdocio y el seminario no gozan de la simpatía de los intelectua­les. Si se exceptúan el P. Cristóbal de Alejandro Manzoni, el P. Apolinar de José Mª de Pereda, los curas que pinta Jorge Bernanos, todos los sacerdotes de que habla en sus novelas Hugo Wast y alguno que otro tipo simpático de otros escritores de menos valor; todos los sacerdotes que han tenido la desventura de nacer en la fantasía en­fermiza de los novelistas son, en el mejor de los casos, la­briegos o charlatanes; en el peor, por lo menos, bribones.
El seminario no goza ni siquiera de una de estas ra­rísimas excepciones: (no cuento, claro está, a los escrito­res sacerdotes). Todos los seminarios, de todos los tiem­pos, de todos los lugares, sin excepción, están calcados en el seminario de "Rojo y Negro" de Stendhal, inclusive el último de Virgilio Brocchi.
Pero, aun sin haber hecho profundos estudios de crí­tica estética, nos damos cuenta al punto que estos escrito­res son o incompetentes o de mala fe.
Los incompetentes asoman la oreja desde las pri­meras líneas: se mueven en lo genérico, usan una termi­nología ambigua, inexacta, ingenua, que tiene sabor de enciclopedia popular, de diccionario eclesiástico y de lo que se oye decir: tienen un tono tan torpe y artificial, que descubren luego los pantalones de un laico impostor, bajo la sotana improvisada y carnavalesca.
La incompetencia, la audacia, la ignorancia de estos sabihondos hacen de ellos prestidigitadores tan chambo­nes, que aparece claro que bravuconean abusando de la ignorancia y de la estupidez de los lectores.
Seminarios del tipo del de "Posto sul mondo" jamás han existido.
Otra clase de escritores es competente, pero está llena de acritud. Son ex-seminaristas expulsados o algún infeliz que colgó la sotana.
Evidentemente que si ellos están fuera, todos los genios, los héroes, los nobles, los santos, han salido con ellos; y los estúpidos, los hipócritas, los aduladores se quedaron dentro. Cuando leo estas novelas, y las he leído casi todas, me divierto tratando de adivinar desde las primeras pá­ginas quién se va a salir del seminario y quién va a que­darse: hasta ahora no me ha fallado uno.
Hay aquí un misterio y un hecho: en todos los semi­narios, en todos los tiempos, en todos los lugares, todos os rectores, todos los superiores, echan fuera a los bue­nos y dejan a los malos, despiden a los genios incomprendidos y cuidadosamente conservan a los estúpidos.
Mi seminario también ha tenido la suerte de ser inmortalizado por uno de estos colosos del pensamiento, quien, para comenzar bien, desbarra desde el título.
Algunas veces el escritor se encuentra en la terrible necesidad de ocultar, no sólo sus defectos, sino también de haber sido alimentado gratuitamente en el Seminario, de haber comido el pan de la caridad, el haber sido des­bastado e instruido por amor de Dios.
Como, por ejemplo, Ayala que dice horrores de los jesuitas, después que hizo todos sus estudios a expensas de esos mismísimos tiranos.
A ésos les parece que la manera más decorosa de ser ingratos consiste en negar el beneficio, más aún en mal­tratar al bienhechor. Judas creyó poder olvidar y hacer olvidar los beneficios, haciendo morir al divino Bienhe­chor, porque permaneciendo vivo, hubiera sido un peren­ne reproche.
Pero yo no quiero discutir ni entablar polémicas; acepto con veneración su condena sumaria; sólo quisie­ra que me resolvieran esta pequeñísima dificultad.
¿Por qué de estos seminarios, antros del mal, guari­das de lobos, cárceles de los héroes, grilletes del genio; de esos superiores, ignorantes, malvados o crueles; de estos seminaristas ignorantes, hipócritas, crédulos, etc., han salido tantos santos, muchos santos, apóstoles, misio­neros, mártires, héroes, científicos?
Y si quieren, les puedo arrojar a la cara falanges de esos mismos seminarios y en los mismos tiempos descritos por ellos.
Mientras ninguno, digo ninguno, de estos héroes de la pluma y mártires de la palabra, ninguno de estos po­zos de cultura y otras tantas cloacas de inteligencia que pasma, ha llegado, no digo al nivel, sino ni al talón de la altura moral y heroica del más ignorado de los santos sacerdotes.
¡Sería preciso leer las catilinarias, ore rotundo, de aquel mamarracho, que eso y no otra cosa fue el libelo de principios del siglo XIX contra el Seminario del Piamonte!
Pero para ser lógicos, sería necesario que estos ilus­tres críticos se compararan, hombro con hombro, con Juan Bosco, José Cotolengo y José Cafasso, que salieron pre­cisamente y casi ¡untos de aquellos seminarios; y si algu­no de los mencionados críticos les llega a la altura de sus zapatos, me declaro vencido y convencido.
Si los seminarios son lo que ellos describen, ¿por qué la Congregación de Ritos se encuentra con una multitud tan grande de causas de canonización de santos sacerdotes; de dónde han salido estos colosos que el Papa ha mostrado, a manos llenas, al mundo desconcer­tado? Si los seminarios y el clero de España eran tales como nos los describen estos valientes de escritorio, ¿de dónde brotaron esos millares y millares de mártires sublimes, esos seminaristas que murieron sonriendo, esos jóvenes de quienes el mundo no era digno, según la palabra de San Pablo?
Esto, se entiende, debe compararse con la animosa fuga de los ex-seminaristas hacia playas más salubres, de los héroes que salieron del seminario para no permitir que les sofocaran su idea; y también con el no menos admirable pánico de los críticos de los seminaristas tímidos.
Aquí hay un misterio, o mejor, la cosa aquí es evidentísima: hay quien calla y muere, y hay quien habla. . . y se fuga!
Se trata, en el fondo, de la ley de la conservación de la energía: existe una energía heroica y hay quien la gasta en hablar de heroísmo y no guarda ni una pizca para los hechos, y hay quien la guarda toda para los hechos.
Y los hechos son hechos y las palabras, palabras; aunque estén escritas, aunque sean hermosas.
¡¡Los críticos del sacerdocio!!
Papini dice que los literatos italianos han sentido siempre esta invencible vocación de criticar a sus sacer­dotes. Me desagrada mucho, pero no puedo menos de recordar a los literatos italianos el "Medice, cura te ipsum” (Médico, cúrate a ti mismo) del Evangelio.
Que los literatos reformen primero las acciones de su propia conciencia y de su vida moral, y que después se ocupen de los sacerdotes. Que un Bocaccio la haga de moralista, y de la manera como lo hace, por lo me­nos es ridículo.
Los únicos que tienen derecho de criticar son los santos, que han usado ampliamente ese derecho, y ante los santos se inclina la cabeza; ante los demás se ríe uno como se ríe ante cualquier fariseo altanero.
El gran argumento de los intelectuales es la novela y la frase cincelada; pero la novela no es la historia y mucho menos la vida.
El clero no suele escribir novelas (malas o pura­mente literarias): no sabe, no pue­de, no tiene tiempo; porque tiene que pensar en cosas muy serias, por ejemplo, fundar hospitales, asistir a los tísicos, llevar el Evangelio a los desiertos y a los bos­ques. Dejemos en paz las novelas, comparemos obras con obras, las obras de los criticados, con las obras de los críticos.
¡Ah! ¡Para reparar las deficiencias de estos sacerdo­tes ignorantes e inmorales, menos mal que ha habido in­telectuales y literatos que salven al mundo!
Si Italia aún cuenta con una familia compacta, si aún nuestras muchachas tienen el orgullo de su pureza, si tantos jóvenes se conservan sanos y castos; todo esto y mucho más se debe, no a los sacerdotes, es evidente, ¡¡¡sino a los novelistas, que se han esforzado por man­tener elevado el nivel moral de la sociedad y por defen­der la estabilidad de la familia!!!...
Tenía derecho D'Anunzio, — ¡él, no los sacerdotes!— de hablar de jóvenes fuertes, sanos, heroicos. ¡Pero si los héroes reales hubieran sido como los héroes de sus no­velas, estaríamos fritos!
¡Y todavía dicen que los literatos tienen el sentido del ridículo!
Si hubieran tenido tal sentido, hubieran callado.
Son prestidigitadores y saltimbanquis de la vida; la coherencia y la seriedad no son su fuerte. La Iglesia es, ante todo, seria y lógica. La tachan de rígida y es cohe­rente, a la lógica y a la coherencia la Iglesia le sacrifica continentes enteros, como hizo con Inglaterra.
Es fácil hablar de ignorancia del clero; pero con la condición de que se diga desde las cátedras de las uni­versidades fundadas por la Iglesia, y se afirme en las aulas donde se ven maravillados e irónicos tantos retratos de sacerdotes que ilustraron esos ateneos.
Es cómodo hablar de patriotismo, pero si un emi­grado quiere encontrar un pedazo de patria, lo encon­trará o en un colegio salesiano o en un misionero.
La Italia, por ejemplo, que mostraron los literatos era nauseabunda; la Italia que mostraron el Cardenal Còglierò y otros ¡lustres hijos de Don Bosco, tenía el ros­tro divino y heroico de maestra de naciones.
Pero lo que niego sobre todo a los intelectuales es competencia, cuando se trata del sacerdocio.
Que hable de la posibilidad o la imposibilidad del celibato eclesiástico un novelista, que es. . . lo que es, por lo menos es estúpido.
San Pablo le niega cualquier competencia diciendo: "El hombre animal no entiende nada de las cosas del espíritu".
Deje hablar a San Pablo que es competente.
Pero la incompetencia aparece luego desde el punto de vista desde el cual juzgan. Para ellos el sacerdote se valúa por su actividad exterior; el sacerdote que ora, el sacerdote en el altar, el sacerdote en unión con Cristo; todo esto para ellos no tiene valor; y sin embargo, esto es principal y esencialmente el sacerdocio.
Helio escribe: El hombre mediocre y superficial com­prende a la hermana de la caridad, no entiende a la carmelita. A él se le escapa todo el mundo sobrenatural y misterioso de la gracia, que es la esencia del Cristia­nismo.
De aquí se deduce que los intelectuales son, por lo que respecta al sacerdocio, mediocres y superficiales.
Con su mediocridad y ligereza han asesinado al sa­cerdocio, corazón del Cristianismo, han traicionado a los primogénitos de su familia.
Antes de la metralla bolchevique, como causante e instigadora, estuvo la metralla de la imprenta.
Ha sido una diversión trágica la de mostrar sólo la debilidad y los defectos del sacerdocio, como si se hu­biera agotado el carisma de la santidad y la gloria del he­roísmo.
Si así fuera, la única conclusión sería la de desespe­rar de la humanidad; si los escogidos, si los electos, si los sacerdotes, después de tantos años de oración y con tan­tos medios para santificarse, son tan miserables, quiere decir que la santidad y la vida cristiana son imposibles; quiere decir que el hombre está condenado a ser animal y que son una quimera el héroe y el santo.
La única conclusión sería un suicidio universal, por­que no valdría la pena sufrir tanto para llegar a conver­tirse en bestias, no valdría la pena ser, entre los animales, el animal más triste y desconsolado.
Si la sal, dice el Evangelio, se torna insípida, ¿quién nos salvará dé la corrupción?
No, no sólo existe el sacerdote malo; hay santos. Si no los hubiera, el Cristianismo habría sucumbido, el mal habría vencido al bien y la humanidad se habría acaba­do, porque el mal es la nada.
¿Por qué no nos hablan de los santos? ¿Por qué esta conjura de silencio?
¿No significa esto la alegría morbosa de comprobar que aun los cerdos caen? ¿No significa esto el gozo bajo, que justifica y compra silencio para toda bajeza? O ¿quizá significa algo más terrible? Los intelectuales no saben escribir sobre la santidad, porque son incompetentes; por el contrario, saben escribir sobre sacerdotes inmorales, porque en eso son com­petentísimos. . .

LA TRAICION DE LAS GRANDES CIUDADES
Las metrópolis, las grandes ciudades, no dan ya vo­caciones sacerdotales, ya no dan sacerdotes. Un fenó­meno tan universal y preciso no puede ser atribuido a un simple caso fortuito, sino que debe tener causas tre­mendas de infecundidad espiritual.
Quien a distancia contempla esa confusa aglomera­ción, ese caos de Hierro y cemento, ve un velo caliginoso y sucio de aire corrompido, que lo cubre como con un manto mortuorio; ese aire inficionado y pestilente tiene más microbios que átomos de oxígeno y es más un ve­hículo de muerte que un hálito de vida.
Pero más putrefacta aún es la niebla espiritual que se cierne sobre las ciudades.
¿Cómo queremos que brote y viva la delicada flor de la vocación y de la pureza en un pantano mefítico donde los niños conocen la mueca del vicio antes que la sonrisa de la inocencia,
—donde los niños exangües tienen la palidez enfer­miza de la sangre lujuriosa y del corazón febril,
—donde los jóvenes marchitos, envejecidos prematuramente, muestran las arrugas repugnantes de un agota­miento morboso?
La ciudad, con el horizonte tronchado por una selva de chimeneas humeantes, por una multitud de fábricas monótonas, por tantos muros leprosos, por tantas casas sucias y negras, no le da alas a la fantasía ni al corazón para que se dilaten en los horizontes sin fin del espíritu y de la idea; quien vive allí tiene para su vida un hori­zonte estrecho como un callejón, ceniciento como los mu­ros cubiertos de polvo, material y utilitario como el ce­mento que impera allí.
El cielo de la ciudad no es una inmensa y tersa com­ba que se cierne sobre la campiña dormida o sobre el mar sereno, sino que son pequeños girones de una tela pintada de cobalto, desleída y sucia.
Y al atardecer, el hollín de las máquinas y de las chimeneas, los reflejos de la luz artificial, esconden las estrellas que no dan jamás a aquel pedazo de tierra mal­dita su sonrisa de esperanza.
Por eso los hombres de la ciudad no miran nunca al cielo, no se abisman jamás en la meditación profunda de una noche estrellada; les gusta encerrarse en los tea­tros, en las salas fétidas por la respiración y el sudor, pa­ra admirar una naturaleza postiza pintada en tela, en cartón o en cañamazo enyesado.
El sacerdocio nace en un corazón que tiene horizon­tes sin fin, en un alma soñadora, sobrecogida por el es­tupor de la inmensidad, por el misterio del cielo. Por eso no nace en la ciudad.
La metrópoli no puede tener poetas y por lo mismo no puede tener sacerdotes.
Es el reino de los negocios, el imperio del dinero, el reinado de la Banca.
En un reciente libro de Colín Ross: América y la hora de su destino, hay un pavoroso panorama de Nueva York en una fotografía aérea: de la isla de Manhattan, como puntas amenazadoras y crueles, se yerguen los rascacie­los de los bancos americanos: entre aquel rastrojo, como una plantita seca y tísica, se entrevé la pequeña aguja de la Iglesia de la Santísima Trinidad.
Debajo de la fotografía está escrito: ¡DIOS SUMER­GIDO!... ¡Muy cierto! Dios, ei espíritu, la idea, están sumergidos en ese mar fangoso y materialista de la ciu­dad.
¡Dios sumergido! ¡y con El, sumergidos: misión, apos­tolado, sacerdocio!
Allí donde todo se mide en libras o dólares; allí don­de todo: honor, amor y pureza, se compra y se vende; allí donde la alegría y la desesperación son frutos de los ti­pos de cambio; ¡allí, no puede germinar una vocación!
Allí donde el poder es un depósito en el Banco, la felicidad es el oro, el dominio son las rentas, la aristocra­cia es la Caja fuerte; donde la vida es cálculo y la ab­negación es utopía; donde el banquero es rey y el poeta es paria; donde triunfa el interés y es locura el heroísmo: allí no puede crecer un sacerdote.
Pero la ciudad es ante todo la cloaca de la impureza.
De las vitrinas de los comercios, de los puestos de los periódicos, de las fotografías del cine, de los cartelones de propaganda, de las modas de la calle, de la vida de las casas, de las representaciones teatrales, de las can­ciones de la oficina, de las conversaciones de los cole­gios, de los ejemplos de la familia, los jóvenes beben, se atragantan, se sacian, se impregnan y se empapan de fango y de inmundicia.
No me maravillo de que no haya vocaciones; me quedo atónito, como ante un inesperado milagro, de que todavía Haya una que otra.
Según las estadísticas demográficas, las ciudades son infecundas, tanto en la vida física como en la vida es­piritual; y en ésta mucho más.
La ciudad es una estéril devoradora, es el Mar Muer­to donde cae y perece toda vida que viene de los cam­pos.
No es engendradora de poetas, de apóstoles, de héroes y sacerdotes, sino una acaparadora, un vampiro.
De las campiñas soñadoras nos vienen hoy los sacer­dotes, los grandes soñadores de Dios, los que se han con­sagrado a la pureza. Los ojos acostumbrados a los ho­rizontes infinitos, adornados con álamos esbeltos y cam­panarios erguidos, saben mirar con firmeza y esperanza los horizontes inmensos del espíritu.
Los pulmones henchidos de aire puro, perfumado de azahar, están habituados a la atmósfera purísima del sacerdocio.
De los castos sueños, a la sombra de un olivo opu­lento, se pasa dulcemente al sueño heroico del apostola­do.
En la meditación de un cielo profundo, cuajado de estrellas, se enciende en el corazón la llama de conver­tirse en guía de las almas.
De la campiña, donde el amor es entrega y el ho­nor es pureza; donde la aristocracia es el espíritu, fuerza la idea y poder el Heroísmo, de la campiña vienen hoy los sacerdotes; como vino de los Becchi, puro, soñador, genial, San Juan Bosco; como vino de los campos, aman­te y humilde, San Vicente de Paúl, como vinieron otros mil.
La ciudad, a quien se le ha negado ahora el honor y la gracia divina del Sacerdocio, no se da cuenta, no se acongoja, todo lo contrario, ríe y se burla.
¿Los sacerdotes? — ¡Todos son pueblerinos incultos y labradores patanes!
Sí; éstos son, precisamente éstos, son la sangre virgi­nal y rica que lleva un hálito de vida y de sol a las venas pobres, exhaustas e inficionadas de la ciudad.
Son los que creen en una idea, que la ciudad ha ahogado y muerto. Son el regalo del campo, que da a la ciudad sin pedirle nada.
¿Qué ha dado, qué puede dar la ciudad a nuestras campiñas? No le ha dado jamás un sacerdote, no le ha dado un apóstol; ha llevado hasta los pueblecillos pacíficos la moda infame, el periódico obsceno, el cine lú­brico, la peste de los automóviles, los microbios de la tisis, la desunión de la política, el ansia de los placeres, la revolución, el incendio de las iglesias.
La ciudad es el pulpo que chupa y envenena los pue­blecillos rurales.
La ciudad ríe porque no tiene y no da sacerdotes; pero debe saber que no es solamente el reino de la Banca y del teatro, es también el reino de los hospitales, de los tuberculosos, de la locura, de la muerte.
Porque donde se extingue el espíritu, cuya pavorosa señal es la falta de vocaciones, la materia se convierte, primero, en sentido, después en carne, después en muer­te, después en putrefacción.
Llore la ciudad por esta terrible señal de infecundi­dad y de maldición divina; ruegue a fin de que Dios mi­re con piedad, no las culpas, sino la necesidad de las metrópolis; y agradezca a la campiña virginal los hijos que le manda y los apóstoles que le brinda.

Mons. Francesco Pennisi
Obispo de Ragusa