Vistas de página en total

jueves, 12 de mayo de 2011

De muchas cosas que hizo San Vicente Ferrer en el ducado de Bretaña.

Entendiendo el Santo que en las otras ciudades y lugares de Bretaña había grande necesidad de su presencia, y que ya las cosas de Vannes estaban razonablemente reformadas y puestas en buenos términos, partióse de allí para visitar lo restante del ducado, el martes después de Pascua Florida de este año de mil cuatrocientos diecisiete, donde habemos llegado con nuestra historia. Fuese a Joselino, que es de la diócesis Maclonense, y estuvo en ella ocho días predicando y diciendo misa en un alto tablado, en presencia del conde de Rohan. Por posada el priorado de San Martín, que era de Monjes Benitos, los cuales, habido el consentimiento de su Abad, hicieron ciertos agujeros por los cuales pudiesen ver lo que hacía su huésped en la celda. Vieron, pues, que no se acostó en la cama, y que muchas veces en la noche se desvelaba, y que, sin que buscase luz, la celda estaba clara y resplandeciente. No contentos los religiosos con haber tomado para sí aquel ejemplo, dieron aviso al conde, rogándole que enviase alguno de su palacio para que lo viese y el negocio fuese más público. El conde envió sus criados (y aún el mesmo fué con ellos) y todos hallaron ser muy grande verdad lo que los monjes publicaban, y allende de esto vieron que tenía por cabecera una piedra, de lo cual quedaron todos muy edificados. Pero aquí me dirá alguno: Si San Vicente tenia espíritu de profecía, ¿cómo no conocía que le acechaban? La respuesta de esto consiste en lo que San Gregorio enseña: Que Dios no da el espíritu de profecía a sus santos ordinariamente, sino a tiempos, y no les descubre todas las cosas, sino las que a su Majestad le parece que le conviene que les sean reveladas. Lo cual se podría probar con ejemplo de Natán y dos de Elíseo, pero no me quiero detener, porque el libro crece mucho y yo me canso. Movió mucho a todo el pueblo lo que habernos dicho de la claridad, porque lo tomaron como testimonio de Dios que atestiguaba visiblemente la santidad de su siervo. De aquí es que se cuenta y encarece mucho en el proceso el provecho que hizo en las almas de los de Joselino con su predicación, que fue el mesmo que en Vanncs. Demás de esto se movían mucho de ver cuan llanamente trataba con todos los pobres y labradores y con los que andaban en su servicio. Y cierto esto querrían que notasen mucho los predicadores, para que, cuando van por lugares de gente simple, traten a todos con humildad y no quieran ser tratados como duques. Porque el mundo es soberbio y está harto de ver soberbios; pues sin irlos a buscar anda siempre entre ellos, y, por el contrario, como ve pocos hombres humildes, admírase de ellos grandemente, como de cosa muy rara. Cuánto y más que Dios es quien mueve los corazones de las gentes, y está claro que más eficazmente los moverá, si ve humildad en su ministro que si le ve muy hinchado. Cuando los labradores veían que San Vicente, delante quién los reyes y príncipes de la tierra se arrodillaban y se tenían por dichosos que les quisiese hablar un rato, puesto entre ellos se allanaba tanto y que para sentarse a la lumbre en el invierno, se contentaba de sentarse como ellos en un escaño, pasmábanse como cosa de otro mundo, y mirábanle con ojos de hombre de Dios y siervo de Jesucristo, y cuando le oían predicar tomaban sus palabras como palabra del mesmo Dios.
De Joselino se salió con la procesión del pueblo, para ir a predicar a otras villas; y a la que se despedía de ellos rogó al conde de Rohan, que se diese a la oración y que hiciese justicia y que él le prometía buen suceso en sus negocios. Pasados algunos días llegó a la ciudad Rodonense, que ahora se llama Rennes, y estuvo allí más de ocho días, en los cuales predicó y cantó la misa, en los arrabales de la ciudad delante de la iglesia de su Orden, y un día, después del sermón, vino Isabel de Cadoret al convento, acompañada de su hijo. Y propúsole al Santo cómo estaba muy mala de dolor de cabeza, el cual había padecido por espacio de diez años. Pasóle San Vicente las manos por la cabeza e hízole la señal de la cruz, y ansí la sanó. En la mesma diócesis de Rennes, le trajeron un muchacho de tres años enfermo, de tal manera, que ni podía andar ni estar en pies ni sentado, y rogáronle sus padres que se apiadase de su niñez y le bendijese. Era la fe de ellos tanta, que haciendo San Vicente lo que ellos le pedían, luego el muchacho se sintió mejor, y en muy pocos días sanó del todo. Otro favor hizo el Santo a este niño de allí a nueve años, siendo ya el mesmo Santo fallecido, porque poco a poco se le volvió la cara a las espaldas, de tal suerte que en dos o tres días no se le pudo volver. Entonces acordáronse sus padres de la santidad del Maestro Vicente, y del milagro que viviendo había hecho por sus ruegos mesmos, y rogáronle que otra vez mostrase en el muchacho el poder que Dios le había dado y que ellos se lo traerían cada año a su sepulcro, y luego la cara del enfermo volvió a su lugar, como si hubiera allí alguno que se la torciera.
Aquellos días que el Santo estaba en Rennes, llegó un embajador del rey Enrique de Inglaterra, pidiéndole de parte de su rey (que entonces era pasado en tierra firme y estaba en Normandía, región vecina a Bretaña) que se quisiese a llegar allá a predicarle. Y proveyólo Dios bien, que en un sermón que predicó delante del embajador, se hallaron más de 30.000 hombres, o poco menos, para que el sobredicho embajador conociese el valor del que buscaba. De allí comenzó el Santo poco a poco a enderezar sus pasos hacia Normandía predicando siempre por los lugares de Bretaña que le quedaban, como son Dinanno, Iugono, Lámbala, Ploeniel, Rotono, Guerandia, y la ciudad Briocense 0 con otros muchos, de los cuales pondré todas las particularidades que he hallado en diversas partes del proceso. En Dinanno, que es de la diócesis Maclonense, se halló por el mes de junio del año 1417, y predicó en el lugar y modo que ya habernos dicho acerca de otros pueblos, hallándose presente a sus misas y sermones el duque don Juan de Bretaña, que era ido allá, y el obispo maclonense Roberto de Mota. Con su exhortación desterró infinitas supersticiones, que se usaban en aquella tierra, y quitó las blasfemias y reniegos antes muy ordinarios. Hizo, demás de esto, algunos milagros que se refieren en el proceso y son los siguientes:
Raonleta, niña de diez años, estaba enferma de vista, y tocándola el Santo algunas veces los ojos, le dio salud. Trajéronle al convento de la Orden un muchacho de seis años, llamado Tomás, enfermo de gota coral y el Santo, como otro Elíseo, encerróse con el niño en su celda, y rezó por él no sé qué oraciones, las cuales en alguna manera se oían de fuera. Después, abierta la puerta le despidió sano, pero de allí a un año se murió. Trájole también al mesmo convento un hombre a un hijo suyo de diez años, que se decía Guillem de Liquillie, atormentado del dolor de costado, y luego se lo entregó sano, mediante la señal de la cruz que sobre él hizo. Aquellos días estaba paralítica una moza ya desposada, que se llamaba Juana Moulina, y había padecido la ya dicha enfermedad por espacio de tres años. Trájosela su madre al monasterio, rogándole que se apiadase de ella. El Santo la tocó blandamente, y la mujer se fué por sus pies a su casa sana. No he podido bien averiguar, si hizo San Vicente estos milagros esta vez que estuvo en Dinanno, u otra, que volvió por allí el año siguiente de 1418, antes de irse a Vannes a morir.
Después vino a Lámbala, de la diócesis Briocense, donde predicó diez o doce sermones. Y un fraile benito atestigua de vista cómo antes y después de sus sermones concurrían en aquel pueblo tantos enfermos para tomar su bendición, que con el grande apretamiento de ellos apenas podía subir a predicar ni volverse a casa después del sermón. De éstos dice, que unos, luego en tocarles y decir: super aegros manus imponent et bene habebunt, sanaban perfectamente, y otros a lo menos sentían algún alivio. Y porque una buena señora llamada Juana de Lesquen le hospedó en su casa y le sirvió con sus criados, pagóselo el Santo con librarla de un dolor que padecía en la cabeza. Esta señora y sus criados vieron muchas veces grandísima claridad dentro del retraimiento del Santo, sin que alguno hubiese metido luz en él.
Finalmente, dejando a todos los de aquel pueblo muy instruidos y doctrinados, se fué a predicar por los otros lugares. En Ploerniel había un niño de dos años, que casi desde su nacimiento estaba tan atraillado con una enfermedad, que no se podía menear. Su madre, viendo los milagros que Nuestro Señor cada día obraba por su siervo, fuese con él al Priorado de San Nicolás, que está en los arrabales de Ploerniel, donde moraba el Santo por falta de convento de su Orden; y no atreviéndose a subir a la celda, envióle allá su hijo con un huésped suyo. Entendida la enfermedad del niño, santiguóle San Vicente, y juntando sus manos hizo oración a Dios por él; y antes de acabar la oración el niño comenzó a sanar, y se tomó a reír como suelen los niños cuando les hacen algún placer.
Tras esto vino San Vicente al lugar de Rothono, de la diócesis de Vannes, porque no iba hacia Normandía por camino derecho, sino yendo adelante y volviendo atrás, según le parecía. En aquel pueblo se hospedó en el Monasterio de San Salvador, de la Orden de los padres Benitos. Y es de notar que todo lo que diremos lo atestigua un don Ivo, abad de la sobredicha Orden, que se halló presente aquellos días en el monasterio, aunque no era abad. Dice, pues, de esta manera: "Dos veces vino el maestro Vicente a Rothono y las dos fué hospedado en nuestro monasterio, cada una por espacio de ocho días, en los cuales dijo misa y predicó en presencia de todos los monjes y de muchos eclesiásticos y seglares, que no aprovecharon poco con sus predicaciones. Tenia particular cuenta de instruir a los monjes en la observancia de la regla de San Benito, que habían profesado; hizo en ellos tanta impresión, que de allí en adelante se guardó en el monasterio la regla mejor que antes. Entre los otros había un fray Pedro Bontoniller, prior del convento, el cual era muy soberbio y deshonesto contra la ley de Dios y de su padre San Benito. Este se paró tan otro por las predicaciones del sobredicho maestro, que de allí en adelante hasta la muerte vivió muy bien y honestamente y con ejemplo de santidad. Dolíase tan de veras de la mala vida que había llevado, que, como otro San Pedro, cada dia lloraba sus pecados. Y aun cuando se partió de allí el maestro Vicente, se fué fray Pedro a su abad pidiéndole que le diese licencia para renunciar el priorado e irse tras el maestro en compañía de los otros discípulos. Sin éste hubo allí otros muchos hombres de mala y perversa vida, los cuales todos se enmendaron con la predicación y buen ejemplo que vieron en el maestro Vicente. Maravillábanse los monjes de ver que trabajando tanto y siendo ya tan anciano, no comía carne y solamente comía una vez al dia y entonces hacía que le leyesen la Biblia; ni dormía tampoco en cama, sino encima de un jergoncillo, y se mostraba hombre muy humilde y casto y templado, de manera que ninguno hablaba cosa mala de él. Concurría cada día al monasterio gran número de hombres, a quien aquejaban diversas enfermedades, a los cuales él con la señal de la cruz y cierta oración sanaba poniéndoles las manos encima. Y ellos hacían por ello gracias a Dios, y también al maestro Vicente. Este es el testimonio de fray Ivo, que después fué abad; y siéndolo, le vino a visitar en una de su enfermedad San Vicente, treinta años después de muerto. Pero esto quedarse ha para adelante. Hay otro convento de monjes bernardos en la misma diócesis de Vannes, llamado de Santa María de Piecibus, en el cual también estuvo y predicó San Vicente. Aparejáronle los monjes para que reposase en cama de plumas, con sábanas de lienzo, y a la mañana , lo hallaron todo en tierra, porque el Santo se había hecho traer un colchoncillo bien duro para dormir. Allí sanó muchos enfermos súbitamente, con hacer sobre ellos la señal de la cruz. Especialmente a una señora de Vazuellem a la cual juntamente con dos o tres hijas suyas libró de unos dolores de cabeza que antes padecía. Atestigúalo todo esto un abad de la Orden del Cister, llamado también Ivo, que es nombre muy usado en tierra de Bretaña, por la devoción de San Ivo clérigo, grande canonista y teólogo que fué bretón y que le canonizó el papa Clemente VI. Añade este abad, que en muchos trabajos y perplejidades que se le ofrecían, se encomendaba a San Vicente y siempre le sucedía todo bien.
Predicando San Vicente en tierra de Guerandia (que está entre Vannes y el río Erio) hizo un milagro digno de ser aquí referido. Por el campo o plaza donde el santo predicaba, vio pasar un carro, en el cual iba una mujer atada y cargada de hierros. Preguntó él qué cosa era aquello; y respondiéronle que era una mujer endemoniada, la cual llevaban a la iglesia de San Gildasio del Prado. Díjoles entonces que hiciesen parar el carro hasta que él acabase de predicar. Concluida, pues, la plática llegóse al carro, y usando de las armas que en semejantes negocios solía (es a saber, de la señal de cruz) y diciendo cierta oración, luego el demonio sin más réplica dejó libre a la mujer. La cual viéndose sana y libre de las sogas y hierros y del demonio, con gran gozo se fué de allí alabando a Dios y a su ministro.
También fué a predicar a la ciudad Briocense y a la villa de Quintino, en la mesma diócesis, y llevaba los libros en su asnilla, la cual atolló en un lodo. El Santo con su bendita simplicidad daba grandes voces. ¡Jesús, Jesús, Jesús! socorre, Señor, a la asnilla. Y, como ella no se levantase, uno de la compañía picóle con un palo herrado, diciéndole: Levántate con el diablo. Y luego ella se levantó. Fué tan grande el espanto que tomó San Vicente, de ver cómo se había levantado en nombre del diablo, que con alta voz invocó de nuevo el nombre de Jesucristo, y en detestación de aquella mala invocación que aquel otro había hecho sobre su asna, quitóle de encima todo su atillo, y dejósela allí. No hubo remedio con él para que otra vez fuese a caballo en ella. Donde es mucho de notar cuan grande es el atrevimiento de los que yendo a caballo maldicen a cada paso las cabalgaduras, ofreciéndolas al diablo. Pues San Vicente, que echaba los demonios de los cuerpos humanos, no se atrevió a ir a caballo en animal que había sido ofrecido al diablo.
No será bien que dejemos entre renglones lo que le aconteció en el ducado de Bretaña con algunos émulos suyos. Porque aunque en el proceso se encarezca mucho que ninguno le reprendía, pero eso es verdad hablando comúnmente; mas de cuando en cuando, hoy uno y de aquí a algunos meses otro, no dejaban de perseguirle algunos envidiosos, puesto caso que siempre salían con la cabeza quebrada. Dos hombres procuraron poner mancha en el Santo, y por castigo de Dios a uno se le cayeron las tripas para abajo, y al otro se le volvió la cara hacia las espaldas. Después, como el uno y el otro conociesen su yerro y le pidiesen perdón, a entrambos los sanó. Un clérigo de Picardía, llamado braván, decía mucho mal de San Vicente delante de unas mujeres, entre las cuales hubo una a quien le daban gran pena aquellas palabras, y rogó a Dios omnipotente que al sobredicho Braván le diese algún azote, para que tuviese necesidad del favor del Santo a quien con tanto denuedo perseguía. Oyó Dios la oración de la mujer, y así, aunque viviendo el Santo no azotó al murmurador, pero después le vino una perlesía y le torció la cara: y hubo de ir al sepulcro del Santo por salud, protestando por el siervo de Dios al que antes tenía por mal hombre. Así castigó Dios a los detractores del Santo. Pero él, cuando le venían delante, les recibía con gran mansedumbre y amor. Respondíales a sus palabras llanamente, sin demudarse ni mostrar turbación alguna; como lo atestigua un arzobispo de Polosa en el proceso.

miércoles, 11 de mayo de 2011

YO SOY EL BUEN PASTOR.


Azul el cielo está
y azul el lago
hay nubes pasajeras allá arriba,
y espumas fugitivas allá abajo. . .

El Maestro divino
interrumpe su plática. Extasiado
contempla a un pastorcillo que camina
conduciendo al aprisco su rebaño.
Resplandecen sus ojos verdinegros
cual si brillaran al través del llanto
y dice a los creyentes que le escuchan
entreabriendo los labios:

"Yo soy el buen Pastor:
Yo, por un nombre a mis ovejas llamo
y las llevo a las fuentes de agua clara,
y a las laderas de abundantes pastos.
Si alguno de mis tímidos corderos,
al volver al aprisco se ha extraviado.

Voy en su busca:
Subo a la cumbre de los montes altos,
Desciendo presuroso
hasta el fondo sin luz de las barrancas;
repiten las quebradas de las peñas
la voz de mi reclamo;
retienen los zarzales y las rocas
la sangre de mis pies y de mis brazos;
y no bebo ni como,
ni duermo ni descanso,
hasta que puedo regresar, trayendo
sobre mis hombros al cordero amado...

"Yo soy el Buen Pastor: A sus ovejas
¿quién jamás las amó cual yo las amo?
¿quién tiene sus delicias sólo en ellas?
¿quién su vida entregó por su rebaño. . .?
(Y, exhalando un suspiro.
Sus miradas volvió rumbo al calvario. . .)

"Yo soy el Pastor Bueno.
Mi Padre me ha entregado
al universo mundo como herencia. . .
¡Oh Padre. Padre! ¿Cuándo
habrá un solo Pastor
y habrá un solo rebaño?. . .

Y se quedó con la mirada fija
en las tintas purpúreas del ocaso. . .
Al volver sus pupilas a la tierra
Le rodeaban balando
las ovejas que iban al aprisco.
La muchedumbre se le había acercado
y, apiñada en su torno, parecía
un grupo de corderos espantados.
Las espumosas ondas
del bullicioso lago
llegaban cristalinas a la orilla
como corderos blancos;
y aparecía, en la altura,
el cielo totalmente "aborregado" .

Mons. Vicente M. Camacho
Sta. Edwiges, 4 de abril 1921.

martes, 10 de mayo de 2011

EL DRAMA ANGLICANO DEL CLERO CATÓLICO POSTCONCILIAR (6 y último)

SEXTA PARTE

OTROS ASPECTOS DEL NUEVO RITO EPISCOPAL:

SU “SIGNIFICATIO EX ADJUNCTIS”

Como nosotros lo habíamos explicado más arriba, se trata de ceremonias con las que la Iglesia rodea los signos sacramentales para explicitar su significación. ¿Se puede decir que las otras partes del rito postconciliar —su significatio ex adjunctis— cumplen la función de corregir los obvios defectos de una forma altamente indeterminada? Para responder a esta cuestión, nos es preciso examinar el resto de las ceremonias y ver si tal es el caso. Nosotros consideraremos esto bajo las dos categorías de adiciones y supresiones:

¿Qué se añadió?

Leyendo el texto del nuevo Rito de Ordenación de Obispos uno encuentra la Homilía del Consagrante bajo el título de “Consentimiento del Pueblo”. Esto es un concepto totalmente Protestante, ya que en el Catolicismo el Obispo es nombrado por el Papa (o su agente), sin que se requiera consentimiento alguno por parte del laicado. (¿Pidió Cristo la aprobación de alguien para elegir a los Apóstoles?) Al continuar con el párrafo siguiente se nos informa que “en la persona del obispo, con sus sacerdotes con él, Jesucristo el Señor, quien se hizo Sumo Sacerdote para siempre, está presente entre vosotros. Por medio del ministerio del obispo, Cristo mismo continúa proclamando el Evangelio y confiriendo los misterios de fe a aquellos que creen…”. Tal declaración también es engañosa, ya que estrictamente hablando, la presencia de Cristo entre nosotros y la proclamación del Evangelio no dependen del Obispo. Sin embargo, esta manera de expresar las cosas tiene la ventaja de ser aceptable a los Protestantes.

Luego leemos que el obispo es un “ministro de Cristo” y un mayordomo de los misterios de Dios. A él ha sido confiada la tarea de “atestiguar la verdad del Evangelio y de fomentar un espíritu de justicia y de santidad”. Pero esta tarea no es particular de un obispo. Todo católico está obligado “a dar testimonio de la verdad y a fomentar un espíritu de justicia y de santidad”. En un último párrafo el obispo-electo es llamado a que sea un inspector. Una vez más se nos presenta a un individuo cuya función como obispo católico no está delineada de ninguna forma. No hay nada en la declaración que pueda ofender a los Protestantes, y en realidad, la delineación de su función como inspector los complacería. Y así esta homilía continúa hasta el final sin proporcionar ninguna positiva “significatio ex adjunctis”.

Lo que sigue es el “Examen del Candidato”. De nuevo se pregunta al obispo-electo si está “resuelto a ser fiel y constante en la proclamación del Evangelio de Cristo”. La única parte de este examen que podría referirse a su función como Obispo Católico es la cuestión de si él está o no “resuelto a mantener el Depósito de la Fe íntegro e incorrupto tal como fue entregado a los apóstoles y profesado por la Iglesia en todas partes y en todas las épocas”. El debe responder afirmativamente, pero así debe hacerlo también todo laico que desee llamarse Católico. Es más, es obvio que según las declaraciones de muchos obispos postconciliares, ellos difícilmente toman esta responsabilidad en serio (La adherencia estricta a esta respuesta requeriría que ellos rechazaran las herejías del Vaticano II. En tales circunstancias se puede cuestionar si ellos serían escogidos por la moderna Roma para ser “inspectores”).

Después de las Letanías de los Santos encontramos quizás la única declaración salvadora de todo el rito postconciliar. El consagrante principal en este punto se pone de pie y con sus manos juntas reza: “Señor, escucha nuestras oraciones. Unge a tu siervo con la plenitud de la gracia sacerdotal, y bendícelo con el poder espiritual en toda su riqueza”. Esta oración también se encuentra en el rito tradicional en el cual la versión latina de esta importante expresión es “cornu gratiæ sacerdotalis” (literalmente, “el cuerno de la gracia sacerdotal”). La declaración sin embargo continúa siendo ambigua porque el “cuerno de la gracia sacerdotal” —o la mala traducción de la “plenitud de la gracia sacerdotal”— podría aplicarse tanto al sacerdocio como al episcopado. Además, y lo que es más importante, está fuera de la forma sacramental y aparte de la materia, y no especifica de ninguna manera el poder o la gracia conferida en el Sacramento.

¿Qué se suprimió?

En el presente contexto histórico, y desde el punto de vista de la Apostolicæ curæ del Papa León XIII lo que se suprimió del rito tradicional es mucho más importante que lo que se ha conservado y, en el contexto ecuménico de después del Vaticano II, mucho más significativo también. A causa de la gran extensión del rito tradicional (lleva dos o tres horas decirlo), hablaremos solamente de aquellos pasajes que pudieran tener influencia en la validez del Sacramento en virtud de la “significatio ex adjunctis”.

El rito tradicional se inicia con una solicitud por parte del asistente mayor al Consagrante: “Muy Reverendo Padre, nuestra santa Madre la Iglesia Católica solicita que promuevas a este sacerdote aquí presente a la carga del episcopado” (Conservado). Esto es seguido por un juramento por parte del ordenando en que él promete a Dios “promover los derechos, honores, privilegios y autoridad de la Santa Iglesia Romana” y “observar con todas sus fuerzas, y hacer observar a los demás las reglas de los Santos Padres, los decretos, las ordenanzas, las reservas y los mandatos apostólicos… para combatir y perseguir según su poder a los herejes, a los cismáticos y a los rebeldes para con nuestro Santo Padre el Papa y sus Sucesores” (Omitido en el nuevo rito y reemplazado por la Homilía descrita anteriormente bajo el título de “Consentimiento del Pueblo”). Luego se procede al “examen del candidato” en el que se le pregunta, entre otras cosas, si él “guardará y enseñará con reverencia las tradiciones de los Padres ortodoxos y las constituciones decretadas por la Santa y Apostólica Sede” (Omitido, aunque él promete “mantener el Depósito de la fe, entero e incorrupto, como fue transmitido por los Apóstoles y profesado por la Iglesia en todo lugar y en todas las épocas”). Entonces se le pide que confirme su creencia en todos y en cada uno de los artículos del Credo (Omitido). Finalmente se le pregunta si “anatematizará toda herejía que pueda levantarse contra la Santa Iglesia Católica” (Omitido). La supresión del requerimiento a anatematizar la herejía es significativo, ya que en verdad ésta es una de las funciones del Obispo. Además, esta función permanece sin especificar en el resto del rito postconciliar.

En el rito tradicional, el consagrante instruye al obispo-electo en los siguientes términos: “Un obispo debe juzgar, interpretar, consagrar, ordenar, ofrecer el sacrificio, bautizar y confirmar”. Ahora bien, esta instrucción, que explica el poder del episcopado católico, es en verdad muy importante para la “significatio ex adjunctis”, y su supresión en el nuevo rito es tanto más perjudicial por cuanto en ninguna parte del nuevo rito se menciona que la función del Obispo sea la de ordenar, confirmar, o juzgar (de atar y desatar).

La oración consagratoria en el rito tradicional de la Iglesia Romana es diferente de la del rito Sirio-Antioqueno pero ésta proporciona la “forma” necesaria que incluye las palabras esenciales especificadas por Pío XII. Su contenido o “substancial significado” es suficientemente similar al de las oraciones Copta, Antioquena y Siríaca como para no necesitar hablar más adelante de ellas. Nadie pondría ninguna objeción si se dijera todo el Prefacio oriental, especialmente porque contiene la “sustancia” de la forma tradicional.

De hecho, si Pablo VI hubiera adoptado la forma usada en los ritos Orientales, acompañada de la imposición de manos, no se requeriría nada más y la validez del nuevo rito no sería cuestionable. En el rito tradicional, después de la oración consagratoria, las funciones del obispo son especificadas una vez más. “Dale, Oh Señor, las llaves del Reino de los Cielos… Que todo lo que él ate en la tierra, sea igualmente atado en el Cielo, y todo lo que él desate en la tierra, sea también desatado en el Cielo. A quienes los pecados él retuviere, les sean retenidos, y perdona Señor, los pecados de quienes él haya perdonado… Que no haga de las tinieblas luz, ni de la luz tinieblas. Que no llame bien al mal, ni mal al bien… Establécele, Oh Señor, en la cátedra episcopal para gobernar Tu Iglesia y el pueblo que le es confiado…” Toda esta oración fue suprimida en el nuevo rito.

* * *

CONCLUSION

EL RESULTADO DE LOS CAMBIOS ES LA PROTESTANTIZACION DEL ORDINAL.

ALGUNAS PALABRAS DE LEON XIII TOMADAS DE SU APOSTOLICÆ CURÆ .

Obviamente, casi toda referencia al concepto específicamente Católico del episcopado fue suprimida en el rito postconciliar. Se incluyeron en estas supresiones su función de ordenar sacerdotes, confirmar, y su uso de las “Llaves”. Se conservó deliberadamente el término “obispo”, pero fuera de la forma esencial, y de modo tal para no ofender a nuestros hermanos Protestantes. Como tal no existe una positiva “significatio ex adjunctis”, sino más bien una negativa. Con esto en mente, consideremos algunas de las declaraciones de León XIII en su Apostolicaæ Curæ al respecto de la reforma de Cranmer, declaraciones que pronunció con su autoridad apostólica (A propósito del valor doctrinal de esta Carta Apostólica recordemos lo que León XIII escribía, el 13 de Septiembre de 1896, al cardenal arzobispo de París (es quien nos ha transcrito ciertos pasajes en negrita): “En efecto, nuestro objetivo al escribir esta Carta era dar un juicio decisivo y resolver completamente este gravísimo problema de las ordenaciones Anglicanas (…) Nos zanjamos la cuestión con argumentos de tal peso y con expresiones de tal claridad que no sería posible a una persona prudente y bien dispuesta levantar la menor duda a propósito de nuestro juicio; todos los católicos están obligados a recibirlo con el más profundo respeto como siendo definitivamente fijado, ratificado e irrevocable (perpetuo firmam, ratam, irrevocabilem)”. (A.S.S., vol 29, p. 664), en la que declaró irrevocablemente “nulas e inválidas” las Ordenes Anglicanas (Algunos teólogos liberales arguyen que esta Bula no obliga. El Papa León XIII dejó claro posteriormente que la Bula era “irrevocable”.

"En vano se alegó recientemente en defensa de la validez de las órdenes Anglicanas, algún auxilio proveniente de las otras oraciones del mismo ordinal. Dejando de lado otras razones que muestran que esto es insuficiente para la intención en el rito Anglicano, con este argumento basta: de él se suprimió deliberadamente todo aquello que expusiera la dignidad y el oficio del Sacerdocio en el rito católico. Esa ‘forma’ consecuentemente no puede ser considerada apta o suficiente para el Sacramento, ya que omite lo que esencialmente debe significar.

Lo mismo ocurre con la consagración episcopal. En efecto, no sólo las palabras ‘para el oficio y el cargo de obispo’ han sido añadidas más tarde a la fórmula: ‘Recibe el espíritu Santo’, sino que aún, como lo diremos pronto, estas palabras deben ser interpretadas de manera diferente que en el rito Católico. No sirve de nada invocar en este punto la oración que sirve de preámbulo: ‘Dios Todopoderoso’, ya que ésta, de alguna manera, fue despojada de las palabras que denotan el ‘sunmum sacerdotium’.

En verdad, está fuera de duda y se deduce de la institución misma de Cristo que el episcopado forma verdaderamente parte del Sacramento del Orden y que constituye el ‘sacerdotium’ en su más alto grado, o sea, aquél que por la enseñanza de los Santos Padres y nuestras costumbres litúrgicas se ha dado en llamar ‘Summum sacerdotium sacri ministeri summa’ (el sacerdocio supremo, la cima del ministerio sagrado). De donde resulta que habiendo sido completamente eliminados el sacramento del Orden y el verdadero sacerdocio —‘sacerdotium’— de Cristo del rito Anglicano, y no confiriendo de ninguna manera la consagración episcopal el sacerdocio del mismo rito, el episcopado no puede tampoco ser verdadera y legítimamente conferido, tanto más que, entre las principales funciones del episcopado, se encuentra la de ordenar ministros para la Santa Eucaristía y el Santo Sacrificio”.

Michael Davies, a pesar de su dudosa conclusión (“El Orden de Melquisedec”) de que el nuevo rito de ordenación es “válido”, nos proporciona todas las evidencias necesarias para establecer que la intención de Pablo VI era hacer los nuevos ritos de ordenación aceptables a los Protestantes. También nos aporta evidencias de que el Ordinal de Pablo VI fue creado con la ayuda de algunos satélites que asistieron a la creación del Novus Ordo Missæ —el Arzobispo Bugnini y seis “consultores” heterodoxos (Protestantes).

Francis Clark también resalta el intento ecuménico de Pablo VI. En realidad, él llega hasta el punto de compararlo con el de Cranmer en su intento de crear el rito Eduardiano (Anglicano), o sea el de destruir el carácter sacerdotal del Orden —él considera inválido el Cranmeriano pero legítimo el de la Iglesia postconciliar porque deriva de un papa (Rev. Herbert Jone, “Teología Moral”, Newman, Westminster M.D. (EE. UU.), 1962. Se pueden citar muchos teólogos en el mismo punto, como a Francis Clark, S.J. , El Sacrificio Eucarístico y la Reforma, Devon, Augustine, 1981).

Dejemos claro el significado de la intención. Los Protestantes niegan el carácter sacramental del Orden, y cualquier intento de crear un rito que los satisfaga resultará en ambigüedades y en una deliberada tergiversación de la doctrina. Pablo VI no tenía otra alternativa que suprimir deliberadamente toda referencia a una caracterización específicamente Católica del episcopado. Volvamos una vez más a la Apostolicæ Curæ de León XIII.

“Para un entendimiento pleno y exacto del Ordinal Anglicano, aparte de los puntos puestos en evidencia por ciertos pasajes, no hay nada más pertinente que considerar cuidadosamente las circunstancias bajo las cuales fue compuesto y públicamente autorizado… La historia de esta época muestra bastante elocuentemente qué espíritu animaba a los autores del Ordinal respecto de la Iglesia Católica, qué apoyos pidieron a las sectas heterodoxas y qué fines perseguían. Sabiendo demasiado la relación necesaria que existe entre la fe y el culto, entre la ley de creencia y la ley de oración, ellos desfiguraron en gran manera el conjunto de la liturgia conforme a las doctrinas erróneas de los innovadores, con el pretexto de llevarla a su forma primitiva. Por esta razón, en todo el Ordinal no sólo no existe una clara mención del sacrificio, de la consagración, del sacerdocio (sacerdotium), del poder de consagrar y de ofrecer el sacrificio, sino que, como Nos hemos declarado, toda traza de estas instituciones que subsistían todavía en las oraciones del rito católico en parte conservadas, fueron deliberadamente suprimidas y borradas con el esmero señalado más arriba.

De esta manera, el carácter original —o espíritu, como es llamado— del Ordinal claramente se manifiesta a sí mismo… toda palabra del Ordinal anglicano, como es ahora, que se preste a ambigüedad, no puede ser tomada en el mismo sentido que ella posee en el rito católico. En efecto, la adopción de un nuevo rito que niega o desnaturaliza, como hemos visto, el Sacramento del Orden y que repudia toda noción de consagración y de sacrificio quita a la fórmula, “Recibe el Espíritu Santo” todo su valor; porque este Espíritu no penetra en el alma más que con la gracia del sacramento. Pierden también su valor las palabras “para el oficio y el cargo de sacerdote u obispo” y otras parecidas; no son ya entonces más que vanas palabras, sin la realidad de lo que Cristo instituyó”.

Al respecto de la reforma litúrgica de Pablo VI, recordemos las circunstancias en las cuales ella fue decidida y emprendida, qué espíritu animó a sus promotores, qué cooperación buscaron y solicitaron y cuál era su fin. Sin ser el más grande de todos los sacramentos, el del Orden es indispensable en la Iglesia. Es en efecto la fuente de casi todos los demás sacramentos. Sin Obispo católico, los hombres todavía pueden ser bautizados y casarse religiosamente, pero no podrían hacer vida sacramental, en especial del santo sacrificio de la Misa y de la Presencia real de Cristo en su estado de víctima inmolada y ofrecida. Sin sacerdote válido, la Iglesia de Cristo no sería más que una secta y nada más.

Comprendiendo la importancia vital de este sacramento, la Iglesia, para conservarlo en toda su pureza, tal como los Apóstoles y los Padres se lo han transmitido de parte del Maestro, lo ha rodeado de todo un conjunto de ceremonias que son como “una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera alcanzar la integridad de su Misterio” (Cardenales Ottaviani y Bacci).

Desde los tiempos más remotos, la Iglesia codificó estas ceremonias en lo que se ha llamado más tarde el Pontifical. Es, nos asegura Mons. Batiffol, “el libro litúrgico más magnífico que nosotros poseemos. Nos viene en línea directa de la antigüedad cristiana sin haber sufrido las restauraciones del Misal, del Breviario; es un completo testimonio de las antiguas épocas. En el Pontifical todo son palabras y gestos del Obispo, y estas palabras y estos gestos expresan lo s actos más solemnes de la vida de la Iglesia, aquéllos a los que ha querido dar la publicidad más augusta, como la Consagración de los Obispos, las Ordenaciones, la consagración de las iglesias.” (Mons. P. Batiffol. Prefacio de Las Etapas del Sacerdocio , 1939).

Por el conjunto de los ritos así codificados, la forma del Orden ha expresado siempre de manera unívoca la transmisión del poder sacerdotal verdadero que se imprime de modo indeleble en el que lo recibe. Cada vez que, según la diversidad de los tiempos y lugares, la Iglesia ha creído bien añadir ceremonias a la administración de este sacramento, ella lo ha hecho para poner más en evidencia su significación. Para mostrar mejor que ésta permanece incambiada, ella conservaba celosamente lo que durante siglos lo había claramente expresado. Así, en la época en que la tradición de los instrumentos había ganado por la mano a la imposición de manos, ésta no llegó a ser suprimida y la significación del rito no había sufrido ningún daño. Tampoco nunca los Orientales, que no practicaban la tradición de los in strumentos, han impugnado la validez del rito occidental.

Cuando Pío XII intervino para declarar con su autoridad suprema que la tradición de los instrumentos y la oración que la acompaña no constituyen ni la materia, ni la forma de este sacramento, él no las suprimió. Él incluso prohibió expresamente el hacerlo: “No está de ningún modo permitido interpretar lo que Nos acabamos de declarar y de decretar sobre la materia y la forma de modo a creerse autorizado a descuidarla, o a omitir las otras ceremonias previstas en el Pontifical Romano; lo que es más, Nos ordenamos que todas las prescripciones del Pontifical Romano sean religiosamente mantenidas y observadas”.

Esta intervención pontifical, que se la ha llamado equivocadamente “la reforma de Pío XII”, no ha reformado nada en absoluto. El Papa se ha contentado con dirimir una controversia teológica y con poner fin a las angustias de algunos al precisar, con la autoridad de Pedro, “cuáles entre los ritos de Ordenación pertenecen a la esencia del sacramento y cuáles no pertenecen a él”.

Con Pablo VI, nosotros nos encontramos ante un verdadero trastorno del rito sacramental. Trastorno tan profundo, tan radical, tan nuevo, que ha alcanzado hasta su significado. Lo menos que se puede decir, es que el significado del rito reformado de Pablo VI es dudoso. En efecto, nosotros lo hemos mostrado a lo largo de estas páginas, Pablo VI ha trastornado todo el rito, no respetando ni su parte esencial.

Si el rito postconciliar, animado por un espíritu de falso ecumenismo, sigue el patrón establecido por su prototipo Cranmeriano; si es, como afirma Michael Davies, un paso en la dirección de un Ordinal Común, y si suprime toda expresión que caracteriza al episcopado Católico, entonces debe estar lógicamente sujeto a la misma condenación que León XIII promulgó contra las Órdenes Anglicanas. No existe una declaración de las citadas anteriormente de su Bula Apostólica que no se pueda aplicar a aquél. Si se añade a esto la abrogación de la forma especificada por Pío XII de su pronunciamiento ex cathedra y el cambio en la “substancia” o significado de las palabras esenciales, nos quedamos con la infortunada conclusión de que los obispos ordenados mediante este nuevo rito están a la par de sus colegas Luteranos y Anglicanos.

Y si la ordenación de obispos postconciliares es, en el mejor de los casos, extremadamente dudosa, ¿qué se puede decir de la ordenación de “presbíteros” bajo su órbita? Como el rito de ordenación del sacerdocio fue criticado con similares bases, tenemos una situación en la que una duda se suma a otra duda. Esto a su vez coloca a los otros sacramentos (excepto el Bautismo y el Matrimonio) en un terreno igualmente dudoso.

El lector debe recordar que, en el orden práctico, un rito que sea dudoso es lo mismo que sea inválido. Como dice Francis Clark, “el probabilismo no debe usarse cuando la validez de los sacramentos está en cuestión”, y como asevera el Padre Jone: “Materia y Forma deben ser ciertamente válidas. Por lo tanto, uno no puede seguir una opinión probable y utilizar una materia o una forma dudosa” (Rev. Heribert Jone, Teología Moral, Newman, Westminster MD, 1962. Michael Davies ignora el rito de ordenación episcopal en su ‘Orden de Melquisedec’. Sospecho que esto es porque lo encuentra imposible de defender).

“El mismo surgimiento de cuestiones o dudas sobre la validez de una forma determinada de conferir un sacramento —si esta cuestión está basada en un defecto aparente de materia o de forma— harían necesaria la estricta abstención del uso de esa manera dudosa de ejecutar el acto sacramental hasta que las dudas fueran resueltas. Al conferir los sacramentos todos los sacerdotes, ellos están obligados a seguir el «medium certum ». Actuando de otra manera se comete un sacrilegio” (Citado por Patrick Henry Omlar en su libro “Questioning the Validity of Masses using the New All-English Canon” (Athanasius Press, Reno, Nevada, 1969).

No puede haber dudas de que la Iglesia Postconciliar ha indeterminado, si no anulado totalmente, el Sacramento del Orden. Haciendo esto no sólo ha puesto su validez en cuestión, sino también la de todos los demás sacramentos que dependen de un sacerdocio verdadero. Y lo que es peor —una situación verdaderamente apocalíptica— casi con certeza ha destruido su pretensión de Apostolicidad. A menos que el contenido de este ensayo se demuestre que es falso, los obispos que aun posean la posibilidad y el poder de transmitir la Sucesión Apostólica están totalmente justificados, y verdaderamente obligados en caridad a hacer esto.

Lo que aparece de modo evidente en toda la reforma litúrgica del Vaticano II, es la voluntad ecuménica del que la ha promovido. Incluso Michael Davies está obligado a reconocerlo (Francis Clark insiste también en la intención ecuménica de Pablo VI. El llega hasta dar motivos de que Pablo VI tenía la intención de destruir el carácter sacerdotal del Orden como lo hizo Cranmer al crear el rito Anglicano).

Que se trate de la composición del nuevo rito de la misa o de el de las ordenaciones (estos dos sacramentos dependen uno del otro), se han reemplazado las fórmulas que arriesgaban contrariar a los “hermanos separados” por expresiones que podrían ser admitidas por los que no aceptan nuestros dogmas católicos. Es esta voluntad ecuménica la que le ha hecho buscar la cooperación de seis protestantes. Como si el Luteranismo no fuera para él una herejía, Pablo VI, para elaborar los nuevos ritos litúrgicos de la misa y del orden, invitó en calidad de expertos a seis luteranos, es decir, a seis negadores de los dogmas Católicos de la Misa y del Orden. El resultado de esta presencia activa de los luteranos en la comisión de preparación de los nuevos ritos fue la protestantización de los ritos de la misa y del orden. Si la mayor parte de los sacerdotes y de los fieles católicos no se han dado cuenta de ello, los Luteranos sí lo han notado y no han dejado de proclamarlo. Recordemos lo que declaró el Consistorio Superior de la Iglesia de la Confesión de Augsburgo de Alsacia y de Lorena el 8 de Diciembre de 1973 (Nosotros lo citamos según el texto que apareció en las Derniéres Nouvelles d’Alsace (Ultimas Noticias de Alsacia), nº 289 del 14 de Septiembre de 1973):

“Nosotros estimamos que en las circunstancias actuales, la fidelidad al Evangelio y a nuestra tradición no nos permite oponernos a la participación de los fieles de nuestra Iglesia en una celebración eucarística católica… Dadas las formas actuales de la celebración eucarística en la Iglesia católica y en razón de las convergencias teológicas actuales, muchos obstáculos que habrían podido impedir a un protestante participar en su celebración eucarística parecen en vías de desaparición. Debería ser posible, hoy día, a un protestante reconocer en la celebración eucarística católica la cena instituida por el Señor (Es decir, la cena protestante. No olvidemos que esta constatación ha sido hecha por Luteranos) Nosotros tenemos la utilización de las nuevas oraciones eucarísticas en que volvemos a encontrarnos y que tienen la ventaja de matizar la teología del sacrificio que nosotros teníamos la costumbre de atribuir al catolicismo. (¡Qué afrenta para esos católicos, obispos, sacerdotes y laicos, que se niegan a ver el carácter Protestante de la nueva misa de Pablo VI!), Estas oraciones nos invitan a recobrar una teología evangélica del sacrificio”. (Los Protestantes reconocen en la misa una eucaristía, es decir un sacrificio de acción de gracias; pero ellos han rechazado siempre reconocer que la Misa sea un sacrificio propiciatorio. Si para ellos las nuevas oraciones matizan la teología del sacrificio, es que ellos no encuentran en ella expresado el carácter propiciatorio de la Misa. Es así como lo han comprendido los protestantes de la Iglesia de la Confesión de Augsburgo, es así como lo han comprendido otros luteranos que han declarado en una de sus más importantes revistas: “Las nuevas oraciones eucarísticas católicas han abandonado la falsa perspectiva de un sacrificio ofrecido a Dios.” (Referido por Jean Guitton, amigo de Pablo VI, en el periódico “La Croixdel 10 de Diciembre de 1969),

El lector lo habrá notado, esta declaración emana no de un particular sino del Consistorio Superior de la Iglesia de la Confesión de Augsburgo (el grupo luterano más importante) que toma cuidado en señalar las convergencias actuales, es decir, desde el fin del concilio Vaticano II, las convergencias de las teologías. Puesto que las dos teologías convergen, es lógico que ellas desemboquen en un mismo punto, en una misma realidad, en una misma comprensión de la eucaristía. No habiéndose vuelto católicos los Luteranos, incluso en este punto, la Iglesia del Vaticano II se ha vuelto Protestante.

Para aquellos que podrían pensar que nosotros pedimos este texto, he aquí otra declaración: “Una más justa apreciación de la persona y de la obra de Lutero se impone… ¿no ha acogido el mismo Vaticano II exigencias que habían sido expresadas entre otras por Lutero y por las cuales muchos aspectos de la fe cristiana se expresan mejor actualmente que antes? Lutero logró de manera extraordinaria para su época el punto de partida entre la teología y la vida cristiana”.

Esta confesión del cardenal Villebrands, que había sido Padre conciliar y que era entonces representante oficial de Pablo VI en la Asamblea Luterana mundial de Evian en Enero de 1970, es inmensa; él explica las convergencias teológicas actuales o, para decir las cosas más claramente, la protestantización de la teología de la Iglesia del Vaticano II señalada por el Consistorio Superior de la Iglesia de la Confesión de Augsburgo.

Esta protestantizacion de la doctrina católica por el concilio Vaticano II es tan notoria que sus promotores no se esconden por ello. Otro cardenal, Roger Etchegaray, actualmente cardenal de la Curia, confesó sin vergüenza durante la 15ª Asamblea general del Protestantismo francés: “Vosotros no podéis reivindicar el monopolio de la Reforma si vosotros reconocéis los serios esfuerzos de renovación bíblica, doctrinal y pastoral emprendidos por la Iglesia del Concilio Vaticano II” (Declaración referida por Le Figaro del 10 de Noviembre de 1975).

¿Qué observador leal podría contradecir las palabras de este cardenal? ¿Quién podría seriamente negar la protestantización de la doctrina de la Iglesia por el Vaticano II? Basta conocer su catecismo para constatar qué doctrinas son todavía enseñadas desde el concilio y qué doctrinas no lo son ya. Desde que el concilio Vaticano II acogió exigencias anteriormente expresadas por Martín Lutero, ¡es completamente normal que la enseñanza de la Iglesia se resienta por ello! Dejemos todavía a un cardenal confesárnoslo:

“Se puede hacer una lista impresionante de tesis enseñadas en Roma, antes de ayer y ayer, como únicas válidas, y que fueron eliminadas por los Padres conciliares del Vaticano II.” (Joseph Suenens). Esta reforma oficial de la doctrina católica ha permitido a los pontífices de este concilio relegar a las mazmorras entre otras cosas el juicio de la Iglesia sobre las ordenaciones Anglicanas.

León XIII las había declarado nulas y sin efecto. Muchas de las exigencias expresadas anteriormente por Lutero y aceptadas por el Vaticano II, las ha mostrado Pablo VI al recibir al jefe de la Iglesia Luterana de Inglaterra, el doctor Ramsey, como si quisiera anular la Bula Exsurge de León X, los decretos del Concilio de Trento y el juicio de León XIII, ofreciéndole en público un cáliz (Por este don, Pablo VI actuaba como si quisiera reconocer públicamente el carácter sacerdotal del Doctor Ramsey, ordenado no obstante en el rito anglicano. En efecto, para quien tiene la fe católica, un cáliz no puede servir más que para ofrecer el sacrificio de la Nueva Ley, la santa Misa) de oro, poniéndole en el dedo su anillo pastoral (El anillo pastoral es el símbolo de la unión mística existente entre el obispo y la iglesia de la cual se encarga, que es su esposa. La entrega de un anillo pastoral corresponde pues a un reconocimiento práctico del carácter episcopal de aquél a quien se le entregue) y pidiéndole que se uniera a él para bendecir a la muchedumbre católica reunida ante ellos. (En el rito Católico de las Ordenaciones sacerdotales, el Pontífice dice al recién ordenado al consagrarle las manos con aceite santo: “Señor, por esta unción y por nuestra bendición dignáos consagrar estas manos para que todo lo que ellas bendigan sea bendecido, para que todo lo que ellas consagren sea consagrado y santificado, en nombre de Jesucristo Nuestro Señor”)

Y bien, fue en este clima de “protestantismofilia” que el nuevo rito de las ordenaciones de Pablo VI fue acordado y emprendido; fue afín de elaborar un nuevo rito que, sin negarlo, no significaría ya de modo unívoco el dogma católico y podría así, esperando ser adoptado por todos, no desechar en nada a aquellos que se obstinan todavía en negar los dogmas católicos del sacerdocio. Es, pues, como lo hizo León XIII respecto a la reforma de Cranmer, teniendo en cuenta ese espíritu que animaba a los autores del nuevo rito al respecto del rito tradicional, que es necesario evaluar la reforma de Pablo VI.

- Puesto que el rito postconciliar, inspirado por esta voluntad de falso ecumenismo, se modeló bajo el prototipo de Cranmer.

- puesto que, como Michael Davies lo reconoce, es un paso hacia un Ordinal Común.

- puesto que la forma tradicional utilizada en la Iglesia desde tiempo inmemorial, forma cuya validez acababa de ser asegurada de manera infalible por el Papa Pío XII, ha sido abrogada en provecho de una forma totalmente nueva e inspirada en un rito compuesto por un cismático y no habiendo servido nunca para ordenar un obispo católico.

- puesto que este rito reformado no expresa de manera unívoca el carácter específicamente Católico del sacramento del Orden del tercer grado nos es forzoso concluir que este rito reformado está sujeto a la misma condena que lanzó León XIII sobre el rito reformado de las ordenaciones Anglicanas: él es nulo y sin efecto (Aunque no haya más que una duda sobre su validez, habría obligación grave de rechazarlo ya que; como nosotros lo hemos visto más arriba, la utilización de un rito dudoso expone al sacramento a la nulidad y constituye la materia de un pecado mortal).

Y cuando plazca a Dios hacerlo juzgar oficialmente por una jerarquía Católica restaurada, los obispos “consagrados” mediante este nuevo rito, con los sacerdotes “ordenados” por ellos (Nosotros pensamos particularmente en los sacerdotes de la “Fraternidad San Pedro” y en todos aquellos que se hacen ordenar en el rito tradicional por obispos consagrados en el nuevo rito), se encontrarán en la situación de los “obispos” y de los “sacerdotes” anglicanos después de la sentencia de León XIII. Esto es por lo que nosotros hemos titulado nuestro estudio: El drama anglicano del clero católico postconciliar.

Al sacar esta conclusión de nuestro estudio sobre la reforma del rito de las ordenaciones, nosotros no nos hemos arrogado ninguna jurisdicción y no hemos pronunciado ningún juicio oficial o canónico. Nosotros nos hemos simplemente servido de nuestra inteligencia y hemos evaluado a la luz de la doctrina Católica una práctica y unos ritos nuevos que se intenta imponernos y que la fe teologal nos exige rechazar. Nosotros esperamos en paz el juicio oficial de la Iglesia infalible, cuando agrade a Dios que ella lo manifieste, y de antemano nosotros confesamos nuestra sumisión filial a esta decisión. Recemos por la restauración de la jerarquía.

Rama P. COOMARASWAMY, D .M.

Domine, adjuva nos, perimus!

Hombres ignorantes y tontos, con una labor tan vana como obstinada, buscan la naturaleza de las cosas mientras permanecen en la ignorancia de Aquél que es el Autor y Creador de ellos mismos y de todas las cosas también. Ellos aún no se preguntan por Él —como si sin Dios se pudiera encontrar la verdad o poseer la felicidad. Y, lo que tú puedes apreciar más claramente aún ¡qué estériles y en verdad qué perniciosos son tales estudios!; tú debes saber que no sólo no iluminan la mente para saber la verdad ,sino que en realidad la enceguecen, para que no pueda reconocer la verdad… ¿Qué beneficia, entonces, al hombre probar cuidadosamente la naturaleza de todo y entenderla profundamente, si él ni recuerda ni sabe de dónde viene, ni adónde va cuando su vida termina? ¡Qué es la vida mortal sino un viaje! Estamos pasando, y vemos las cosas que están en este mundo como si estuvieran a los lados del camino.

¿Se sigue, entonces, que debemos pararnos y preguntar por todo lo que vemos que es inusual o no familiar a nosotros, y quedarnos a un lado de la huella por ello? Esto es exactamente lo que la gente que ves está haciendo. Como tantos viajeros, ellos han olvidado dónde están yendo y están sentados en el camino investigando las cosas extrañas que ven. Por dar paso habitualmente a estas tonterías se han hecho como extranjeros que no recuerdan que están de viaje, ni buscan su patria… Ninguna vida puede ser más desgraciada y ningún final más infeliz que no tener esperanza de salvación cuando uno muere, porque uno no quiso tomar el sendero de la virtud mientras vivió.

Hugo de San Víctor.

Profesor de cirugía general y torácica, el Doctor Rama P. Coomaraswamy enseña en la Facultad de Medicina de Nueva York. De origen hindú, él se convirtió al Catolicismo a la edad de 22 años. Fiel a los compromisos de su Bautismo y de su Confirmación, el Doctor Coomaraswamy se ha distinguido entre los defensores de la Tradición Católica. Conferenciante apreciado, él da charlas un poco por todas partes en el mundo anglosajón para denunciar los errores del concilio Vaticano II.

La Iglesia católica es infalible. Libertad de pensamiento.

¿Qué razones tienen los católicos para jactarse de que su Iglesia es infalible? ¿Por qué es infalible?
Porque es la única que representa a Jesucristo, Maestro divino e infalible, en disciplina, fe y culto. Ella sola dice al mundo lo que dijo Jesucristo: "Yo soy el camino (disciplina, conducta), la verdad (fe, creencia) y la vida" (culto) (Juan 14, 15).
La razón y la revelación, a una, piden que la que es maestra de la doctrina de Jesucristo, sea, como El, infalible; es decir, que, con la ayuda divina, esté preservada aún de la posibilidad de engañarse. Esto lo han llegado a comprender con sola la razón no pocos protestantes sinceros, como Mallock, que dice así en su libro ¿Merece esta vida la pena de vivirse?: "Aquella religión sobrenatural que no reclama para si el don de la infalibilidad, ya se ve que no puede gloriarse de comprender más que la mitad de la revelación. Es algo híbrido, parte natural y parte sobrenatural; lo que equivale a ser una religión, puramente natural. Al profesar, por un lado, ser revelada, profesa que es infalible; pero si, por otro lado, es difícil distinguir en ella cuál es lo revelado, o esto es difícil de entenderse, o se contradice en muchas de sus partes, entonces esa religión está de sobra. Para hacer de ella una revelación infalible se necesita un poder que interprete el testamento con la misma autoridad de que goza el testamento mismo." Dios, que "quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad" (1 Tim II, 4), ¿iba a revelarnos su doctrina sin dejarla apoyada en una autoridad viva e infalible? O ¿cómo iba Dios a mandarnos bajo pena de condenación que creyésemos (Mar XVI, 16) si la doctrina revelada estuviese a merced de interpretaciones privadas, a merced de profetas falsos (Mat XIII, 21), de maestros mentirosos (2 Pedro II, 1) que predicasen un evangelio opuesto al de Jesucristo? (Gal 1, 8). No; cuantas veces en el Nuevo Testamento se menciona la Iglesia, ésta es llamada maestra divina que enseña con autoridad infalible, fundada por Jesucristo sobre una piedra que jamás podrán destruir los poderes del infierno (Mat XVI, 18). Jesucristo fue enviado por su Padre a este mundo "para que diese testimonio de la verdad" (Juan XVIII, 37). Es evidente que este testimonio era infalible. Pues bien: Jesucristo confía a sus discípulos y a sus sucesores esta misma misión. "Como el Padre me envió, así Yo os envío" (Juan XX, 21). "El que reciba a quien Yo envío, a Mí me recibe; y el que me recibe a Mí, recibe al (Padre) que me envió", dijo Jesucristo (Juan XIII, 20; Mat X, 40). "Nosotros somos de Dios", dice San Juan; "el que conoce a Dios, nos escucha; el que no conoce a Dios, no nos escucha. En esto conocemos el Espíritu de la verdad y el espíritu del error" (I Juan IV, 6). Cuando Jesucristo envió a sus apóstoles a predicar la divina palabra hasta los confines del mundo, les dijo: "Yo estoy siempre con vosotros" (Mat XVIII, 20). Esta frase es usada en la Biblia alrededor de noventa veces. Fuera de algunos lugares en que no es más que un saludo, la frase significa invariablemente que Dios coronará con éxito el negocio encomendado a la persona (Gen XXXIX, 2; Ex III, 12; Jer 1, 19, etc.). Si los apóstoles y sus sucesores han de coronar con éxito la divina misión de predicar el Evangelio a toda criatura, necesitan ser infalibles. Además, en el discurso de la última cena, Jesucristo prometió a los apóstoles que les enviaría el Espíritu Santo para que viviese siempre con ellos y les enseñase todo lo que El les habla predicado. Este Espíritu es el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir porque ni le ve ni le conoce (Juan XIV, 17). Luego la Iglesia, que da testimonio de Jesucristo, tiene que ser infalible. Asimismo, los apóstoles siempre insistían en que su predicación no era otra cosa que la palabra de Dios (Hech IV, 31; VIII, 14; XII, 24), declarada por ellos con infalibilidad por la asistencia del Espíritu Santo (Hech II, 4; XV, 28), que confirmaba su testimonio con milagros (Hech III, 16; IV, 29-31; V, 12-16). Toda otra predicación es falsa y blasfema, aunque la predique un ángel bajado del cielo (Hech XII, 18; Gal 1, 8-9). La Iglesia, dice San Pablo, "es columna y base de la verdad" (I Tim III, 13), metáfora con la que el apóstol da a entender la firmeza inconmovible de la Iglesia al dar testimonio de la verdad de Jesucristo. Un estudio somero de los escritos de los Padres de la Iglesia, de los varios Credos, de los Concilios todos, desde el de Jerusalén hasta el Vaticano, basta para persuadirse de que la Iglesia siempre se ha considerado infalible y ha condenado por herejes a los que se han atrevido a negar un solo artículo de la fe. Como dijo San Ireneo en el siglo II: "Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí están la Iglesia y todas las gracias; porque el Espíritu es la verdad" (Adv Haer 3, 24).

¿No hay oposición entre la doctrina católica sobre la infalibilidad y la libertad de pensamiento? El católico que quiera buscar la verdad, ¿no encuentra un obstáculo en la obediencia ciega y degradante a que le obligan las exigencias de una Iglesia infalible?
La doctrina sobre la infalibilidad se opone, ciertamente, a la falsa libertad de creer en el error, pero en modo alguno se opone a la verdadera libertad de creer en la verdad. Nótese bien que no tenemos ningún derecho a creer lo que es falso, como no tenemos derecho a hacer una cosa mala. Jesucristo declaró abiertamente que el error y el pecado implican, no libertad, sino esclavitud de la voluntad y del entendimiento. "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres." "El que peca es esclavo del pecado" (Juan VIII, 32; V, 34). El católico no presta una obediencia ciega y degradante a una autoridad humana y falible que le mande creer a ciegas en las proposiciones más absurdas, sino a una autoridad divina que ni puede engañar ni ser engañada. "El testimonio de Dios—dice San Juan—está sobre el testimonio de los hombres" (1 Juan V, 9). En esto, pues, no encuentra obstáculos al buscar la verdad, sino que, como verdadero hombre de ciencia, edifica sobre hechos y principios ya conocidos. La infalibilidad corrige los errores que pudieran cometerse en materias tocantes a la fe, culto y costumbre. "Es—como dice el cardenal Newman—una provisión para una necesidad, sin ser mayor de lo que exige la necesidad. Su objeto, y dígase lo mismo de sus efectos, no es debilitar la libertad o el vigor del pensamiento humano, sino poner freno a sus extravagancias" (Apología 253). Es como el compás de un buque o aeroplano, que marca la verdadera ruta en medio de la bruma o de las tinieblas de la noche. Después de todo, ¿qué es libertad de pensamiento? Pensar es concebir, juzgar y razonar. Concebir es algo tan determinado como sentir; pero juzgar si el juicio ha de tener algún valor, es menester seguir reglas fijas; pues en cuanto al razonamiento, éste, si no se quiere caer en el caos o en la falacia, está sujeto a ciertas formas y ciertos métodos previamente definidos. La amplitud de la llamada "libertad de pensamiento" queda con esto muy limitada. Pensar libremente es juzgar al azar o razonar con incorrección siguiendo los dictados del capricho y de la ignorancia, de los prejuicios, siempre viciosos, y de la insinceridad, siempre lamentable. Un protestante, hecho un ovillo de prejuicios, puede tener ideas erróneas sobre el significado de una indulgencia o el de la infalibilidaddel Papa; como tal vez no sabe latín, no lee bien, y cree que los jesuítas enseñan que el fin justifica los medios; un razonamiento falaz le puede hacer creer que los católicos son subditos de un poder extranjero, o que el control de los nacimientos no va contra la ley de Dios. Esto no obsta para que todos lamenten su estado, pues cree a ciegas lo que no es verdad. Nosotros llamamos a esa libertad de pensamiento error o ignorancia. Es algo que va contra la razón, contra la ciencia y contra la evidencia. Pues dígase lo mismo del incrédulo moderno, que, sin parar mientes en la evidencia de lo que dice, declara a rajatabla que el pecado original es una fábula; la revelación sobrenatural, un absurdo; los Evangelios, un mito; los milagros, un imposible, y Jesucristo, un hombre a secas. Procedería más a lo científico y más razonablemente si se despojase de prejuicios y, antes de lanzar estas aserciones gratuitas, pesase la solidez de los argumentos usados comúnmente para probar la verdad del cristianismo.

¿Es verdad que la Iglesia católica enseñó en cierta ocasión que la mujer no tenía alma?
Jamás la Iglesia católica enseñó semejante falsedad. Esta calumnia nació de una interpretación errónea, tal vez malintencionada, de un pasaje de San Gregorio de Tours en su Historia de los francos, 8, 20. En un Concilio que se celebró en Macón, (Francia), el año 585, un obispo dijo en una sesión privada que en la palabra homo no estaba significada la mujer, sino sólo el hombre. Los obispos allí presentes le probaron lo contrario, citándole el Génesis, V, 2. Pudieron habérselo probado también con textos de Cicerón, Ovidio, Plinio y otros latinistas por el estilo. La disputa, pues, no era en modo alguno dogmática, sino puramente gramatical.

BIBLIOGRAFÍA.
Apostolado de la Prensa, El libre pensamiento. Id., Libertades de perdición.
Buysse, La Iglesia de Jesús.
Pi, Conferencias en defensa de la Iglesia.
Portugal, Catecismo filosófico-teológico de religión.