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sábado, 24 de noviembre de 2012

SEGUNDA CARTA A LOS SEÑORES OBISPOS SEDEVACANTISTAS




Ave María!

Después de haber publicado la carta a los Sres. Obispos Sedevacantistas con nuestra postura acerca de la necesidad de poner los medios para acabar con la vacancia de la Sede Apostólica, lo único que nos queda es ir desarrollando nuestro pensamiento y nuestra convicción. En ella insto a los obispos que dicen todavía guardar la fe católica, pero, que hicieron de la “sedevacante” un estado permanente (hasta el punto, con el paso de los años, de formar en las almas la idea de una Iglesia sin la necesidad del Papa) y no una transición, a darse cuenta de que su intervención es esencial para poner fin a ese estado catastrófico de cosas

Creo que la carta habla por sí misma, no tengo nada que agregarle o quitarle, perfectamente transmite nuestro pensamiento, solo vamos a tratar de que sea leída por todos los obispos que nosotros conocemos personalmente y por referencias, sin excluir a ninguno, (porque de eso se trata y a ellos se dirige) , de crear una situación de discusión teológica con ellos para que tomando conciencia del fruto espantoso de división que se está recogiendo en la Iglesia y en las almas por querer perpetuar la vacancia de la Sede Apostólica, nos demos cuenta de que el árbol malo de la falta de unidad en una única cabeza el Papa, jamás dará buenos frutos y pongamos entonces manos a la obra para proveerlo.   

La Iglesia es una sociedad perfecta, como el Estado, y como sociedad perfecta, tiene en sí misma los medios para proveer su cabeza, quien lo niegue, lo hace a riesgo de negar su fe. ¿Qué sería de una nación soberana, también sociedad perfecta en su género, que durante 40 años se quedara sin gobernantes? ¿Cómo puede ser que ciudadanos de un Estado desprovisto de gobierno por las causas que sean, busquen desesperadamente la elección de sus gobernantes para poder seguir existiendo como estado soberano -como sucedió, por ejemplo, en Argentina en el año 2001- y nosotros católicos, viendo que la sede de Pedro está vacante desde hace más de 40 años pretendamos seguir siendo católicos a través de los años, sin cabeza visible y lo peor de todo es que sin tener la voluntad eficaz de proveerla por parte de quienes deben hacerlo a riesgo de arrastrar con ellos fuera de la Iglesia a las almas que los sigan?

Cuando sucedió en la Iglesia la dramática situación que se llamó el “Gran Cisma de Occidente” (1378-1417) en los cuales parecía que la Unidad se había desgarrado en tres obediencias, Romana, Aviñonense y Pisana; y que durante 38 años no se sabía cuál era el verdadero Papa, dice Salaverri, en el tratado de Ecclesia Christi, que no fue un formal y verdadero cisma  pues en todos los miembros de las “tres obediencias” (como así se les llamó a quienes estaban bajo la obediencia de los tres distintos “Papas”) “se veía manifiestamente un ánimo de unidad común a todos” “…quia animum unitatis communem ómnibus aperte patefaciebat”.  (Sacrae Theologie Summa B.A.C.) Se reunían, discutían, se excomulgaban unos a otros, pero siempre con la voluntad eficaz y el fin de lograr la unidad en una sola cabeza. Y lo lograron, con el concilio imperfecto de Constanza en el cual eligieron a Martín V como sucesor de San Pedro. Si usamos como criterio de juicio para la situación actual de la Iglesia lo que, mutatus mutandi, sucedió otrora, podemos afirmar que hoy Sí existe un verdadero y formal cisma entre los obispos sedevacantistas (incluidos sus sacerdotes y sus fieles); y que también podemos afirmar con seguridad, que, no son cismáticos hoy los que tienen un  ánimo de unidad, común, eficaz y manifiesto, y la única forma de lograrla es con el Papa, no perpetuando la vacancia.

Inexcusables son los obispos sedevacantistas (como quiera que se llamen y de la nacionalidad que sean, de rito latino o de rito oriental) que perpetúan la vacancia de la Sede Apostólica argumentando razones humanas y de conveniencia, haciendo de la jurisdicción supletoria jurisdicción tácita, y hasta casi ordinaria para todo menos para la elección de un Papa, sin tener además voluntad eficaz y manifiesta para hacerlo. Sobre todo deciden, sobre todo dogmatizan y enseñan, desgraciadamente con una autoridad falible poniendo en peligro a las almas que Cristo vino a salvar a través de la Iglesia Católica, transformándose en “papas” y transformando a sus capillas o congregaciones en “pequeños vaticanos”. Todas o la mayoría de las capillas sedevacantistas tienen sus obispos propios y algunas hasta tres obispos; y las que no, peor todavía, tienen sus sacerdotes que actúan como si fueran obispos. ¿No se dan cuenta que es un escándalo para los fieles de la Iglesia de Cristo semejante actitud y para aquellos que andan buscándola para salir de la oscuridad del error?, no solo es escandalosa, es hasta irrisoria, no es una cosa seria, y hoy por hoy ya no son creíbles. ¿No se dan cuenta que no hay distinción entre ellos y los Episcopales y Presbiterianos (donde la cabeza última, el nexo entre Dios y los fieles es un obispo o un sacerdote), sectas que lo son porque les falta la nota de unidad que los hace pertenecer a la Una y Única Iglesia de Cristo, enemigos acérrimos de la existencia de una cabeza visible?

Señores Obispos sedevacantistas, Hermanos míos, ¿Qué les pasa? ¿A qué le temen, a tener que obedecer a otro? ¿Por qué entonces someten a obediencia a muchos y ustedes no quieren someterse a nadie, menos a un Papa? Les causa horror la sola idea de tenerlo, hasta el punto de estirar la teología como goma para perpetuar la vacancia. Porque de tener un Papa, los primeros que vamos a tener que obedecer somos nosotros, los obispos. Recuerden que la “acefalía perenne” es una herejía. Necesitamos a Pedro para que nos ponga a cada uno en el lugar que nos corresponda, y con humildad y sumisión aceptar sus decisiones. Redundaría en el bien de todos. Yo estoy dispuesto a todo con la gracia de Dios, va mi vida y mi salvación en la unidad de la Iglesia.

…los obispos sedevacantistas, sólo tienen el poder de orden y ejercen la jurisdicción extraordinaria sólo de una manera provisional, hasta que la Sede de San Pedro sea ocupada por un Papa verdadero. Y DE NINGUNA MANERA LES ES LÍCITO PERPETUARSE INDEFINIDAMENTE AL AMPARO DE LA NECESIDAD, A TRAVÉS DE LA VIRTUD DE LA EPIQUEYA, SIN PONER LOS MEDIOS ADECUADOS PARA ACABAR CON LA VACANCIA DE LA SEDE APOSTOLICA.”

¿Solución simplista? No, solución teológicamente católica.

Tampoco entiendo a  los fieles  que no compelen a sus obispos a poner solución al problema de la falta de Papa. Indiferentes, negativos, ni les importa y muchas veces son hasta piedras de tropiezo ¿No se dan cuenta que los primeros beneficiados con el Papa son Uds. que van a estar seguros que el camino que se les propone para llegar al cielo es seguro y cierto? ¿No se dan cuenta que van a tener la certeza teológica de pertenecer a la Iglesia de Cristo? ¿No se dan cuenta que van a poder recurrir al Papa en caso de problemas de conciencia con sus obispos y sacerdotes? ¿No se dan cuenta que van a estar protegidos contra la voluntad muchas veces caprichosa y voluble de los obispos y sacerdotes, que destruyen cuando deberían construir y que yerran positivamente? Tantos casos hemos visto de fieles que abandonaron la fe porque no pudieron recurrir a ninguna autoridad suprema en casos de persecución injusta o de escándalos por parte de algunos sacerdotes u obispos. Realmente no puedo entender tanta apatía, y hasta incluso aversión a la idea de tener un Papa.

Cuando S.S. León XIII, como su Vicario, se mete en la mente de Jesucristo para explicar la unidad de la Iglesia en la encíclica Satis Cognitum, dice de manera tajante que Nuestro Señor ni siquiera concibió en su mente una Iglesia sin el Papa. Quiere decir que ni se le cruzó por la cabeza al momento de instituir la Iglesia otra opción que no tuviera a Pedro como fundamento necesario. “Ubi Petrus, ibi Ecclesia” (Donde está Pedro, está la Iglesia)

La Iglesia Católica no se limita solo al poder de orden para la administración de los sacramentos, es una aparato más complejo en el que la jerarquía, empezando y terminado por el Papa, es necesaria, es verdad de fe definida. No es solamente Santa Misa, Comunión y Confesión para los fieles.  Si así fuera, la institución del Supremo Pontificado por parte de Nuestro Señor Jesucristo sería vana e innecesaria.

Respondiendo a algunos comentarios de los que hemos recibido, protesto públicamente que no quiero ser Papa, ni me creo tal; pero sí, positivamente que quiero ser uno de sus electores, llegado el caso. También agradezco a quienes comentan la carta, a favor o en contra; si lo hacemos con caridad y por amor a la verdad, llegaremos a un buen fin. Eso es tener un ánimo eficaz de unidad aun presentando objeciones.

Quiero pedir a quienes lean estos escritos, que por caridad los hagan llegar a los Obispos que conozcan, aunque no estén de acuerdo, déjennos a nosotros la última palabra. O, en su defecto, hágannos llegar al blog de la Fundación direcciones de obispos sedevacantistas alrededor del mundo para ponernos en contacto con ellos y poder enviarles la carta.

Y después de haber hecho lo que corresponda en conciencia, que sea lo que Dios quiera.

En Cristo y María,

Mons. Juan José Squetino S.




viernes, 23 de noviembre de 2012

EL MATRIMONIO CRISTIANO (1)

     Numerosos problemas éticos, que pueden presentarse al médico y enfermeras, guardan estrecha relación con el estado del matrimonio. Por esto es preciso tener ideas claras acerca de la verdadera naturaleza del mismo. Tales conocimientos les proporcionarán, sin duda, la base y fundamentos definitivos para resolver la gran mayoría de los arduos problemas éticos. 

El Fundador Divino del matrimonio.

     El matrimonio fue instituido por el mismo Dios inmediatamente después de la creación del hombre, cuando unió a la primera pareja en vínculo sagrado. A partir de entonces, es el matrimonio, según el plan divino, el medio natural ordenado a la propagación y conservación del género humano. Tal como ha sido establecido por Dios, el matrimonio descansa sobre un triple fundamento: físico, espiritual y moral.
     El fundamento físico del matrimonio no es sino la adaptación de los cuerpos y su mutua atracción sexual. De tal manera ha conformado el Creador los cuerpos del hombre y de la mujer, que viene a ser uno el complemento del otro. Cada sexo ha sido dotado de estímulos dinámicos, a la vez intelectuales e instintivos, que tiene por finalidad la unión íntima de los sexos.
     La base espiritual es el mutuo amor puro entre el hombre y la mujer. Su fundamento más profundo y sólido consiste en amarse como criaturas de Dios, lo cual lleva consigo una extrema admiración por sus caracteres e ideales y un interés sumo por sus esperanzas y aspiraciones. No se trata de un amor condicionado a su riqueza, talento o hermosura. Más bien es un amor desinteresado al otro, lo que en realidad significa la personalidad de los esposos.
     La base moral del matrimonio es el principio ético fundamental a cuyo tenor las relaciones sexuales están exclusivamente permitidas a aquellos que se han unido en matrimonio, según las normas del contrato formal y mutuo, sancionado por la competente autoridad pública. 

El contrato natural.

     Desde la unión de nuestros primeros padres hasta la venida de Cristo al mundo, el matrimonio fue un contrato simplemente natural. Sin duda alguna era algo muy sagrado, ya que venía directamente de las manos de Dios, y a la vez muy noble, por cuanto tenía por objeto la conservación de la especia humana, procreando hijos destinados a la felicidad eterna.
     La esencia del contrato natural consiste en un convenio formal, mutuo y externamente manifestado entre el hombre y la mujer, por el que se transfieren recíprocamente el derecho a las relaciones sexuales y a todo lo que de ordinario lleva consigo la vida matrimonial, como la cohabitación y la ayuda mutua en los trabajos morales y físicos de la vida.
     Supuesto que el matrimonio es un verdadero contrato, sigúese que tan sólo aquellos que son capaces de llenar sus requisitos esenciales pueden tomar parte válidamente en esta institución de la naturaleza. A todas luces sería una pura ficción conceder derecho a las relaciones sexuales, cuando alguna deficiencia física las hace de todo punto imposibles. Por esto, a toda persona permanentemente incapaz de realizar el acto conyugal, le está vedado el matrimonio por la misma ley natural. Por inhabilidad permanente para realizar el acto conyugal no se ha de entender la incapacidad de procrear hijos a causa de esterilidad, o por otros motivos semejantes. Nos referimos más bien a la imposibilidad física de consumar el acto sexual, según el modo requerido por la naturaleza. Ha de acentuarse que, mientras exista tal imposibilidad física, está el sujeto excluido de contraer el matrimonio en virtud de la misma ley natural. Téngase muy en cuenta esta doctrina para que nadie piense que la Iglesia, por su sola autoridad, prohibe a tales sujetos el enlace matrimonial.

Impotencia y matrimonio de los afectados de paraplejía.

     Es éste un problema de actualidad como consecuencia del número siempre creciente de personas afectadas de paraplejía. En gran parte estos casos son debidos a la guerra. De lo dicho hasta aquí se sigue evidentemente, que todo aquel que sufre impotencia permanente anterior al matrimonio, es incapaz, por derecho natural, de contraerlo (Can. 1068, § 1). La impotencia se denomina «relativa» si la persona es incapaz de efectuar relaciones sexuales normales con una persona determinada o con algunas, en concreto, del otro sexo. Si esta impotencia se extiende a toda persona, es «absoluta». En los casos de paraplejía se trata de ordinario de impotencia «absoluta». Esta es la creencia más extendida. Sin embargo, experiencias médicas parecen no estar siempre de acuerdo. El doctor Hebert Talbot ha estudiado el problema, y concluye que un número considerable de personas que sufren paraplejía, no son impotentes, pudiendo, por consiguiente, contraer matrimonio (Journal of Urology, feb. 1949, pp. 265-270). Un 10 % aproximadamente de los casos por él examinados llevan a cabo actualmente relaciones sexuales, quedando firmemente persuadido de que el número es mucho mayor. No se han podido tener estadísticas más exactas, porque tres cuartas partes de tales enfermos fueron hospitalizados y un gran porcentaje eran solteros. De donde se deduce que los enfermos de paraplejía no deben ser clasificados sin más como personas que padecen impotencia permanente. Nadie tampoco podría, sin examinar el caso en particular, impedir a uno de estos enfermos contraer matrimonio. La norma de la Iglesia es la siguiente: «Si el impedimento de impotencia es dudoso, ya se trate de duda de hecho o de derecho, el matrimonio no debe ser impedido» (Can. 1068, § 2). Evidentemente, se presume la duda de hecho en el caso de enfermos de paraplejía. Cuando tales personas desean contraer matrimonio, debe consultarse un médico competente para resolver dicha duda. Si el juicio de un médico es desfavorable, la prudencia aconseja confirmar esa opinión con el veredicto de un segundo especialista. Inútil será recordar que deben evitarse todos los medios inmorales para llegar a estas conclusiones. Si, verificada la investigación conveniente, persiste la duda, debo permitirse el matrimonio. Sólo cuando se trata de una impotencia cierta debe prohibirse.
     Supuesto que el matrimonio es un contrato, sólo aquellas personas que tienen uso de razón pueden concertalo válidamente. Este uso de razón comporta a la vez conocimiento y libertad. Estas cualidades pertenecen a la esencia de todo contrato, e indiscutiblemente deben darse en todo matrimonio valido.
     El contrato de un matrimonio válido reclama un conocimiento básico de la naturaleza de la vida matrimonial. Este conocimiento fundamental ha de incluir, al menos, la idea de que el matrimonio es una unión permanente entre el hombre y la mujer, ordenada, como a fin primario, a la procreación y educación de los hijos. Varios factores, tales como la locura temporal, deficiencia mental, estado alcohólico, falta de edad, pueden ser ocasión de un conocimiento tan imperfecto, que haga imposible un contrato matrimonial válido.
     Supuesto que la libertad de elección es también elemento esencial en todo contrato válido, se requiere en absoluto el consentimiento libre de las partes para el enlace matrimonial. Y es tan indispensable esta libertad personal para la validez del matrimonio, que no hay poder humano —doméstico, civil, eclesiástico— que pueda suplir su ausencia. Por lo tanto, el matrimonio es inválido si se contrae bajo el influjo de una amenaza o violencia física, que coarte notable y sustancialmente la libertad de cualquiera de las partes.
     Siendo el matrimonio una institución de derecho natural, sólo pueden contraerlo válidamente aquellas personas que tienen intención de otorgar y recibir los derechos y obligaciones que de él dimanan, según la voluntad del Creador. En una palabra, a menos que ambas partes no se transfieran el derecho permanente al acto conyugal, según el modo establecido por la naturaleza, no han contraído un matrimonio válido.
     Así, pues, si una de las partes pronuncia simplemente las palabras de la ceremonia nupcial sin tener intención de dar o recibir el derecho al acto natural del matrimonio, éste es enteramente nulo. Desde luego, si esa persona intenta sostener que su matrimonio ha sido inválido por falta de la debida intención, tendrá que presentar una prueba satisfactoria del hecho, a más de su propio testimonio. En esta materia, al igual que en lo referente al conocimiento y libertad suficientes, presume la Iglesia que el matrimonio contraído, según todos los requisitos externos legales, es válido, mientras no se pruebe lo contrario. De otro modo, las personas nada escrupulosas contarían con un medio fácil para librarse de los lazos del matrimonio.
     El verdadero carácter del matrimonio, con los derechos y obligaciones a él inherentes, ha sido especificado por el Creador. El hombre es libre para estipular o abstenerse de este contrato, pero no puede alterar su naturaleza.
     Quienquiera que efectuase la ceremonia nupcial sin intención de otorgar y recibir el derecho permanente a las relaciones conyugales, no entraría en el estado del matrimonio establecido por Dios. No es necesario advertir que tal persona se haría reo de pecado mortal por el abuso de una institución tan sagrada.
     Análogamente, si intentasen las partes contrayentes otorgar tan sólo el derecho a la cópula anticonceptiva, el matrimonio intentado no sería válido. Es de la esencia misma del matrimonio el que las partes se confieran el derecho a las relaciones sexuales naturales; de otro modo, no existe un verdadero matrimonio.
     Por el contrario, si las partes se otorgan efectivamente el derecho a las relaciones propiamente matrimoniales, pero se ponen de acuerdo en tener tan sólo relaciones anticonceptivas, el matrimonio es válido, aunque gravemente pecaminoso. Y justamente es válido este matrimonio por cuanto se han cedido mutuamente los verdaderos derechos maritales, aun en la idea de violarlos. Es un matrimonio pecaminoso, porque han manifestado una determinada intención de comprometerse a una vida de matrimonio inmoral.
     La doctrina que precede es de capital importancia en un tiempo en que el monstruoso vicio de la anticoncepción se propaga y difunde por doquier.

El Sacramento del matrimonio.

     El médico y enfermen católicos conocen a perfección que Cristo instituyó ciertos signos externos denominados Sacramentos, con la virtud de conferir la gracia a los miembros de su Iglesia. Uno de ellos es el Sacramento del matrimonio.
     Desde el principio del mundo hasta la venida de Cristo, los matrimonios eran simplemente contratos naturales. Desde su venida, el matrimonio de los no bautizados continúa siendo un mero contrato natural indisoluble.
     Saben también que nadie puede beneficiarse de los otros Sacramentos de la Iglesia si no ha recibido el bautismo. Por esta razón, el bautismo es llamado «puerta de la Iglesia». Por consiguiente, cuando dos personas no bautizadas se enlazan en matrimonio, pactan un contrato válido y obligatorio, pero no reciben el sacramento cristiano del matrimonio.
     Al elevar el matrimonio al rango cristiano de sacramento, hizo Cristo de esa institución la fuente de la santidad de los esposos y de la felicidad doméstica. Cuando los cristianos se unen en matrimonio, no sólo celebran un contrato válido, sino que reciben, además, un aumento de gracia santificante. Con ella se les infunde una abundancia de gracias particulares sacramentales, que los ayudan a conllevar una vida marital santa y a cumplir los nuevos deberes que les incumben.
     El sacramento del matrimonio no es algo sobreañadido al contrato natural. En el matrimonio cristiano el sacramento y el contrato natural son una misma cosa; es decir, el matrimonio contraído entre dos cristianos tiene, de suyo, carácter sacramental. En los designios de Cristo, el acto mismo del consentimiento matrimonial, por el que el hombre y la mujer cristianos se entregan en calidad de esposos, les confiere la gracia sacramental.
     En virtud del sacramento reciben los esposos, tanto en el desposorio mismo como en el curso de su vida matrimonial, todos aquellos auxilios sobrenaturales necesarios para sobrellevar los arduos trabajos de la vida conyugal. En primer término, este sacramento confiere la gracia santificante, esa hermosa cualidad sobrenatural que hace al alma agradable a Dios. Asimismo, otorga una gracia sacramental peculiar que lleva consigo un cierto derecho a todos aquellos auxilios sobrenaturales que han de necesitar los esposos para ser fieles durante toda su vida los deberes de su estado. Importa recordar que los efectos sacramentales del matrimonio no están ligados al tiempo en que se contrae sino que se conceden ininterrumpidamente a los desposados hasta que los separa la muerte. Huelga decir que estos auxilios sobrenaturales únicamente pueden recibirlos quienes al desposarse se hallan en estado de gracia.
     Puesto que el matrimonio cristiano es un sacramento, sólo la Iglesia de Cristo posee autoridad suprema y absoluta sobre é1. Nunca ose el Estado usurpar este derecho inviolable de la Iglesia. A ella exclusivamente compete el derecho y poder de determinar qué es lo que constituye o no un matrimonio válido.

El fin del matrimonio

     El matrimonio es una institución natural, cuyo fin primario en la procreación y educación de los hijos. Hemos dicho ya que el contrato matrimonial consiste en el derecho mutuo a las relaciones conyugales y a todo lo inherente a ellas, como el amor, la ayuda, la cohabitación etcétera. Cualquier persona inteligente sabe que las facultades sexuales están ordenadas principalmente a la procreación de una nueva vida. El placer individual, que se experimenta en el acto matrimonial, es un aliciente para asegurar el uso de dichas facultades y asi garantizar la conservación de la especie humana.
     El fin primario del matrimonio incluye no sólo la procreación de los hijos, sino también su educación adecuada. En este aspecto, el hombre puede aprender mucho de los animales. El instinto natural compele a las bestias a mostrar algo así como un tierno cariño y solicitud por los pequeñuelos, llegando hasta el sacrificio de sí mismos. Solamente cuando los hijuelos han alcanzado un desarrollo que les permita abrirse un camino en la existencia, son dejados por los padres a sus propias fuerzas. En el caso del niño, la educación adecuada comprende no solo el cuidado de sus necesidades corporales, sino también atender al desarrollo de su naturaleza intelectual, religiosa y moral.
     El matrimonio está ordenado a otros fines a más de la procreación y educación de los hijos. Entre otros pueden numerarse el placer de una compañía simpática, las alegrías del amor apasionado, la ayuda recíproca que los esposos pueden proporcionarse en las numerosas penalidades de la vida y el sedante lícito de las fuertes tendencias sexuales de la naturaleza. Estos beneficios del matrimonio, si bien secundarios, pueden ser buscados licitamente, siempre que no se intente frustrar el fin primario de esta institución.
     No ha de pensarse que la actitud de la Iglesia católica hacia el matrimonio no tiene cuenta con el sentimiento. Por el contrario, la Iglesia ve en el matrimonio la floración magnifica de uno de los más puros y profundos amores que pueden arraigar en el corazón humano. Pero quiere enseñar a sus hijos que el amor más puro es el desinteresado, y que los matrimonios serán más felices si el deseo de dar prevalece sobre el deseo de recibir. El matrimonio que reconoce por base la satisfacción sexual egoísta, no puede producir aquella profunda y verdadera felicidad que fluye del amor desinteresado y benéfico que caracteriza al auténtico matrimonio cristiano.

Indisolubilidad del matrimonio.

     A tenor de las palabras del contrato, el matrimonio ha de ser considerado, según la ley de Dios y el plan de la naturaleza, como una unión estable y permanente de marido y mujer.
     La base racional de la indisolubilidad del matrimonio reside en el hecho de que los padres están en el deber estricto y mutuo de sustentar e instruir a los hijos. Estas obligaciones paternales pueden cumplirse como conviene, sólo si la unión conyugal es permanente. El desarrollo físico, espiritual, moral e intelectual del niño es un trabajo que requiere largos años de incansables esfuerzos. Como consecuencia de esto, los padres son ya bien avanzados en edad cuando han finalizado sus deberes para con los hijos. A lo largo de los años empleados en la crianza de los hijos, mujer y marido han llegado a constituirse como en partes de un todo orgánico. Decenios de vida conyugal han venido a soldar sus naturalezas, y la Interdependencia mutua es, no sólo física y sentimental, sino también de Indole Intelectual y espiritual.
     La naturaleza ha dotado a los animales inferiores de peculiares instintos, dirigidos a asegurar su convivencia hasta que los hijuelos no necesitan de su ayuda y protección. Sin duda, un grado semejante de estabilidad se ha de suponer en la unión de los esposos. Pero podemos ir aún más allá de la estabilidad reclamada por los fines primarios del matrimonio. Hemos de tener presente que también existen en esta institución fines secundarios, y que muchos de estos «beneficios secundarios» pasan a ser necesidades profundas y permanentes de los esposos, por el hecho mismo de haber convivido varios años «dos en una carne» para el logro del fin primario del matrimonio. La naturaleza ha producido e intensificado la interdependencia mutua de ambos cónyuges a lo largo de los años. Y no puede ser, a la verdad, la mente del Creador que este lazo de unión se rompa en la vejez, cuando, sin duda alguna, ha llegado a consolidarse más.
     Podrá objetarse que, si la indisolubilidad del matrimonio se basa primordialmente en la obligación de velar por los hijos, no es necesario que los matrimonios estériles sean indisolubles.
     Para comprender la solución de esta dificultad adviértase que la naturaleza del contrato matrimonial ha sido prefijada por Dios y no por las partes contrayentes. El matrimonio es una institución establecida por el Creador para conseguir un objetivo especial (la conservación de la especie humana). Debe, pues, poseer aquellas caracteristicas o propiedades por cuyo medio pueda alcanzar el fin preconcebido. Las razones ya alegadas —educación de los hijos y mutua dependencia y ayuda de los esposos— reclaman su convivencia permanente.
     Así, pues, la naturaleza y características del contrato matrimonial caen fuera del alcance de la influencia humana. Es cierto que el hombre es libre para elegir o no el estado del matrimonio, pero, si opta por él, no puede cambiar en nada su naturaleza, divinamente establecida.
     En los negocios ordinarios de la vida se estipulan con frecuencia. contratos entre los individuos. En ellos se otorgan mutuamente determinados derechos, a la vez que asumen específicas obligaciones. Tales contratos pueden, de ley ordinaria, ser disueltos por el consentimiento mutuo de las compartes interesadas. Pero no cabe situarlos en el mismo plano que el contrato matrimonial. En aquéllos, los individuos han fijado libremente y de común acuerdo la naturaleza y límites del contrato pactado; ellos son los exclusivos autores del mismo, de donde se sigue que tengan autoridad plena sobre ellos. En cambio, la naturaleza y propiedades del contrato matrimonial han sido determinados por Dios para la total humanidad. Los hombres son libres para abrazar o no este estado, pero en nada pueden alterar su naturaleza. Que el amor entre los esposos se haya convertido en odio mutuo, o que el matrimonio resultase estéril, por ningún concepto se anula el hecho de haberse contraído un matrimonio que la ley natural y divina declaran indisoluble.
     Convendría a este propósito recordar que las leyes tienen el fin social de asegurar el bien público de la comunidad. Es cierto que ocurren con frecuencia casos en los que la ley no beneficia a tal o cual individuo, sino que más bien le ocasiona un perjuicio. Pues bien: aun en tales circunstancias está obligado el individuo a acatar esa ley, a menos que la legítima autoridad le exima de su observancia. Supuesto que el bienestar social dependa de la subordinación a la ley, los individuos no pueden fallar por sí y ante sí que no están sometidos a esa ley, por el mero hecho de que su violación, en un caso particular, no perjudicaría a la sociedad.
     Y tal acontece en la institución matrimonial. Fué establecida por Dios para conseguir el objetivo social de la propagación y conservación de la especie humana. Para alcanzar este fin de un modo adecuado efectivo, es necesario que la estabilidad no esté supeditada a consideraciones individuales. Lástima grande, en verdad, que algunos matrimonios sean un fracaso. Entonces, cuando intervienen motivos razonables, la separación de los cónyuges es moralmente lícita, pero el vinculo matrimonial sólo puede ser disuelto por la autoridad divina.
     Es obvio que la disolución del vinculo matrimonial puede ser autorizada por Dios. De hecho, la ha llevado a efecto, atendidas algunas peculiares condiciones.
     En el Viejo Testamento se permitía al hombre divorciarse de la mujer y volver a segundas nupcias, si aquélla incurría en culpa de traición a las solemnes promesas del matrimonio. «Si un hombre toma una mujer, y después de haber cohabitado con ella viniere a ser mal vista de él a causa de una impureza, hará una escritura de repudio y la pondrá en mano de la mujer y la despedirá de la casa (Deut XXIV, 1). Algunos autores interpretan la frase «alguna impureza» refiriéndola exclusivamente al adulterio. Los mismos judíos no llegaron a un acuerdo sobre esta expresión; algunos la limitan al significado de adulterio, mientras otros la extienden aun a base de vicios de menor cuantía.
     Los casos en los que, según el Nuevo Testamento, puede ser disuelto el vínculo matrimonial, presuponen ciertas condiciones que se reducen a tres:
     Si al contraer matrimonio no estaban bautizados los cónyuges y luego uno de ellos recibe el bautismo, rehusando el otro la cohabitación pacífica y sin pecado con el convertido.
     Si en el momento del matrimonio uno de los contrayentes no estaba bautizado y el otro lo estaba fuera del catolicismo. La Iglesia, por razones suficientemente graves, puede disolver este matrimonio en virtud del poder de atar y desatar que le ha sido conferido por Cristo, poder transmitido por la tradición y manifestado por la práctica de los Papas desde hace muchos siglos.
    Si se trata del matrimonio entre bautizados aún no consumado.

     Pero ni la Iglesia ni otro poder alguno en la tierra puede disolver un matrimonio sacramental consumado.
     A más de la base racional que fundamenta la indisolubilidad del matrimonio, Dios ha dictado preceptos positivos sobre esta materia «El hombre se unirá a su mujer», fue el mandato del Creador al instituir el matrimonio. Siglos más tarde, Cristo afirmó categóricamente: «Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán dos en una carne; por tanto, no son ya dos, sino una carne y lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» (Mat., XIX, 4-6). Y en otra oportunidad: «Quienquiera que repudiase a su esposa y tomase otra, comete adulterio contra aquélla; y si la esposa abandonase al marido y se casase con otro, cometerá adulterio» (Marc., X, 11 12)
     En su primera Epístola a los Corintios (VII, 10), y en la diriguda a los Romanos (VIII, 2-3), San Pablo reafirma la doctrina de Cristo sobre la indisolubilidad del matrimonio.
     En los primeros siglos los Padres de la Iglesia escribieron con profusión y energía acerca de la indisolubilidad del matrimonio. A traves de su larga historia, la Iglesia de Cristo nunca ha transigido en esta doctrina, aun a sabiendas de que el no contemporizar con el divorcio de un rey había de representar la pérdida de toda una nación. 

Unidad del matrimonio

     La unión conyugal entre un hombre y una mujer se llama monogamia, y es la única forma de unión en matrimonio de acuerdo con la ley natural.
     Contrapónese a la monogamia la poligamia, que es la unión de una persona con dos o más de distinto sexo. Especies de poligamia son la poliginia —enlace con muchas mujeres— y la poliandria, si son varios los hombres.
     Es indudable que la poligamia se opone a la ley natural. En la unión poligámica el amor sincero y cordial entre los esposos es imposible; los celos y envidias están a la orden del día en el hogar; desvanecese la paz doméstica y, por último, los fines espirituales del matrimonio quedan subordinados a la rastrera satisfacción sensual.
     Cabe igualmente asegurar que en el enlace poliándrico es por extremo difícil para el padre conocer a su hijo y al hijo conocer a su padre. Este hecho mina la base sobre la que se asienta la ley natural de los deberes y derechos mutuos entre hijos y padres.
     Aparte de estos argumentos de razón en contra de la poligamia, sábese que en el principio del mundo hizo Dios a Adán y Eva «dos en una carne» (Gen., II, 24).
     Poseemos igual certeza acerca de que la monogamia fue la forma de unión matrimonial determinada por Dios, porque, cuando la especie humana parecía estar llamada a desaparecer después del Diluvio, el mismo Dios permitió se dispensase temporalmente a los hombres de la unidad del matrimonio. En aquel periodo crucial de la Historia exime de la monogamia precisamente para hacer posible que la institución del matrimonio alcance su fin social, la conservación de la especie humana. Si la monogamia no hubiese sido la forma de matrimonio instituida por Dios, no sería comprensible como medió una dispensa especial por parte del mismo Dios.
     Durante este período accidentado de la Historia, las ventajas del matrimonio monogámico, tales como el afecto conyugal y la plena armonía doméstica basados en el amor mutuo, hubieron de subordinarse al ínteres general de la preservación de la raza.
   Pero tan pronto como desaparecieron las circunstancias extraordinarias, cesó también la dispensa divina. La monogamia volvió a ser la universal para la humanidad.
     Cristo, en sus enseñanzas, dió a entender bien claramente que la unidad del matrimonio quedaba impuesta a todos los hombres (Mat., XIX, 4-6). La doctrina de Cristo tocante a esta materia ha sido defendida sin cesar por la Iglesia a través de todos los tiempos. Así, el Papa Pío XI, en su Encíclica sobre el matrimonio, describe su unidad como la «fidelidad mutua en el cumplimiento del contrato matrimonial, de tal manera que todo aquello que, según la ley divina, es de derecho de uno de los cónyuges en virtud del contrato, ni le sea negado a él, ni conferido a un tercero» (Casti Connubii).
     Tengase bien presente que no sólo se opone a la unidad del matrimonio el acto impuro externo, sino también le son contrarios los pensamientos o deseos consentidos de esos actos. Expresamente lo ha dicho Cristo: «Cualquiera que mirare a alguna mujer con mal deseo hacia ella, ya adulteró en su corazón» (Mat., V, 28).
     Superfluo seria observar que allí donde existe verdadera unidad conyugal nada hay impropio en las relaciones conyugales entre los esposos. De hecho, la vida sexual es el medio escogido por Dios para asegurar la propagación del género humano. Aún más: lo mismo que es licita la cópula entre los esposos, lo son también todas las acciones que la preparan, acompañan y son una consecuencia de ella.
     Las relaciones conyugales entre los esposos no sólo constituyen un derecho, sino también un deber. El derecho al acto sexual es legítimo para cada una de las partes, de donde se deriva que no puede rehusarse por cualquiera de las partes, sin que la negativa deje de representar de ordinario una infracción del contrato matrimonial y una violación de la justicia. Este deber ha sido muy puesto en relieve por San Pablo: «Pague el débito el marido a su mujer y la mujer al marido» (I Cor. VII, 3). Se sobreentiende que pueden presentarse a veces algunos motivos que justifiquen la negativa; asi, por ejemplo, un peligro efectivo para la salud o la vida de una de las partes, la posibilidad de infección a causa de una enfermedad venérea, el adulterio no perdonado, intoxicación y otras razones de índole semejante.
     Las relaciones matrimoniales han de caracterizarse por una genuina castidad conyugal. Este principio reclama que el uso de los derechos matrimoniales se mantenga bajo el control de la razón. La moderación es una cualidad tan importante para la castidad conyugal como para las demás virtudes. Al decir del Papa, en la Encíclica sobre el matrimonio: «Si la gracia de la fe conyugal ha de brillar en todo su esplendor, las mutuas relaciones familiares entre los esposos mismos deben distinguirse por la castidad, de tal manera, que los esposos se comporten en todo tiempo según la ley natural y positiva divina, y se esfuercen siempre por cumplir la voluntad sapientísima y santísima del Creador con la máxima reverencia hacia la obra de Dios.»
     Otra característica importante de la verdadera unidad en el matrimonio es la caridad o amor recíproco entre los esposos. No nos referimos aquí al sentimiento o atracción física, sino al auténtico, profundo y consistente amor espiritual. Es el amor sobreentendido en la Encíclica cuando dice: «El amor de que hablamos no se funda en una concupiscencia transitoria del momento, ni consiste tan sólo en palabras halagüeñas, sino en la unión profunda de corazones traducida en obras, ya que por ellas se prueba el amor.»
     Una última característica de la unión conyugal es la obediencia de los miembros de la familia al padre. La doctrina tradicional de la Iglesia es que el padre encarna la autoridad dentro de la sociedad doméstica. En la Epístola de San Pablo a los Efesios (V, 22-23) encontramos el fundamento escriturístico de esta doctrina: «Que las mujeres estén sujetas a sus maridos como al Señor, porque el marido es la cabeza de la esposa como Cristo es cabeza de su Iglesia.»
     Como expresamente se dice en la Encíclica sobre el matrimonio cristiano, la sumisión de la esposa al esposo no disminuye en lo más mínimo la dignidad que corresponde plenamente a la mujer en lo que atañe a su personalidad humana y a su noble misión de esposa, madre y compañera. No se le exige que obedezca indistintamente a cuanto le ordene su marido, si no está en armonía con la recta razón o con la dignidad que pertenece a la esposa. Ni, finalmente, implica que la esposa deba ponerse al mismo nivel de aquellas personas que llamamos menores de edad, a quienes no se suele permitir el libre ejercicio de sus derechos, a causa de su falta de madurez de juicio y de inexperiencia en los negocios humanos. Además, la sujeción de la esposa al esposo puede variar según las diferentes circunstancias de personas, lugar y tiempo. De hecho, si el esposo es negligente en el cumplimiento de sus deberes, toca a la esposa hacer sus veces en el gobierno de la familia. En una palabra, la esposa es la compañera del hombre, no su sierva; su misión de madre es en alto grado digna, importante y noble. Por estas razones, un amor hondamente espiritual debería darse siempre como base y fundamento de las relaciones ontre los esposos.

Charles J. Mc Fadden, O.S.A.
ETICA Y MEDICINA

jueves, 22 de noviembre de 2012

PLAN INICIAL PARA EL RESCATE DE LA SANTA IGLESIA CATOLICA.

Julio 20 de 1996.

     1. La infiltración en la Iglesia por tantos años procurada por el judaismo, vino a ser cada vez más poderosa, sobre todo durante los pontificados del siglo XX, como se hizo cada vez más evidente.
    2. Con el ascenso al Trono papal de Juan XXIII, llegaba a la cumbre de la Iglesia el Poder Mundial con planes perfectamente trazados de destruir completamente toda la Obra de Jesucristo.
    3. El devenir de acontecimientos alarmó principalmente a quienes conocían el estado oculto de la situación, pues veían el evidente arribo de los enemigos eternos del Orden Cristiano, los cuales fueron la simiente de lo que en nuestros días forma la Iglesia de las neo-catacumbas.
     4. Hubo durante los años posteriores al Concilio Vaticano II una gran desorientación y un doloroso desgarre y desprendimiento que dió por resultado la formación de los primeros grupos y pequeñas iglesias que protestaban contra la impiedad. También se formaron poderosos grupos para la captación de esas protestas en vías a nulificarlas.
     5. Comenzó a formarse una incipiente jerarquía eclesiástica con algunos sacerdotes, al principio itinerantes, y luego se pudo llegar a la consagración o localización de obispos.
   6. Se abandonó por imposible la idea del Concilio General imperfecto, ante la absoluta y completa apostasía de toda la jerarquía no solamente romana, sino mundial. El camino quedó impedido.
     7. Ante el peligro de la división y la disolución completa de la Iglesia remanente, comenzó a escucharse la idea de la elección de un papa que en general fue desechada también ante la aparente ineficacia del proyecto para recuperar la "Iglesia" y ante las circunstancias a todas luces contarías e insalvables. El proyecto era una locura y no daría ningún resultado.
    8. Hubo sin embargo por lo menos tres intentos de elección papal, inválidas, en España, Francia y Canadá, hasta que llegó la elección válida de Asís que termina con la renuncia tácita del electo, afirmándose aún más la ineficacia del plan.     
    9. La casi totalidad de obispos no ve en la elección papal esperanza alguna, porque tienen una apreciación falsa de la situación y del objeto que se persigue:
     a) Algunos esperan tener un número considerable de obispos, se habla de 200 o 300, para tener mayor representatividad y fuerza.
   b) Otros están pensando en razón de la recuperación de la estructura eclesiástica que se abandonó. Iglesias, seminarios, reprentatividad, etc.
     c) Esperan por lo tanto situaciones que no conocen ni saben si se darán, para proceder a la recuperación y a la elección.
    d) Toda dilación, puede deberse a la falta de comprensión de la presente situación, a la nostalgia de la estructura abandonada, o, también, a que elementos infiltrados en la Iglesia remanente, utilizan la táctica de la "prudencia", en contra de la Prudencia de la Iglesia y lo que dictan su Doctrina y el consejo de los papas, para situaciones de la extrema necesidad como la presente.
     10. La recuperación de la estructura y del trono de Roma con todo lo que trae anejo, por el momento es imposible humanamente hablando, y nunca se ha pretendido como un primer paso para los que quieren proceder a la elección papal.
     11. Es evidente que después del desgarramiento y división en dos bandos, la Iglesia de Cristo permaneció inalterable en lo que puede ser calificado como las catacumbas del siglo XX. Toda esa estructura aunque pequeña, forma COMPLETA, la Iglesia verdadera. Se desprende lógicamente la afirmación: la Iglesia del Concilio Vaticano NO ES LA IGLESIA.
  12. Consecuentemente, TODA la jerarquía episcopal, los sacerdotes y demás eclesiáticos aunque sean pocos, forman un total absoluto que no necesita completarse con ninguna cosa.
    13. En este sentido, está fuera de lugar pretender un mayor número de jerarcas para proceder a la elección y para proporcionar al pueblo fiel los canales para la salvación incluido un papa, como cabeza de la Iglesia.
   14. No ha dependido del hombre el número de fieles y eclesiásticos a que se ha visto la Iglesia reducida, pero habiendo una pequeña totalidad, se debe actuar según las normas eternas, y una de las más graves es lograr la UNIDAD.
     15. Es necesario por lo tanto, indispensable convencer al mayor número de obispos para que unidos elijan al Padre común que logre la unidad de los demás. Y lográndose ésto, se podría decir, aún siendo pequeña, que se la logrado la unidad de la Iglesia, porque no se puede ver en ninguna forma como Iglesia Católica la que ha quedado fuera después del cisma del Concilio Vaticano II.
     16. El no reconocer esta división, puede entrañar un miedo al rompimiento completo con las estructuras de la Apostasía, y esto está dañando gravemente a la Iglesia remanente.
     17. Esperar circunstancias favorables para la recuperación de Roma en este momento resulta más iluso, irresponsable e irrealizable que la pretención de elegir a un papa que unifique a la Iglesia.
     18. Es necesario conscientizar a todos que la Iglesia somos los que estamos en ella y NO LOS DE FUERA, aunque seamos pocos.
    19. Urge por lo tanto la UNIDAD, porque rechazarla es APAGAR la Caridad voluntariamente, de la cual viene, y es condenarnos a perder también la doctrina que se ha defendido y predicado y a convertirnos en "iglesias episcopales" aisladas que ya no serían la Iglesia de Cristo.
     20. Una vez elegido el papa, UNIDA la Iglesia, para el siguiente paso SI SE NECESITARIA la ayuda de Dios por tratarse de una empresa sobre toda fuerza humana. De Dios dependería la salvación, y El haría Su parte, pero después de que el hombre HAGA SU PARTE, QUE DESDE LUEGO NO HA HECHO, cual es, elegir al papa para que unifique a la Iglesia.
     21. El método que puede ser más efectivo es en principio ver con quienes se cuenta. Actualmente solamente tres o cuatro, y hablando con todos y llevando poco a poco a cada uno las adhesiones de los anteriores visitados, ir logrando esa unidad encaminada al cónclave electivo.
     22. Si esto se lograra, lo cual es urgentísimo, terminarían las discusiones que son un ESCANDALO, y la unidad y la Caridad volvería y solo en esta forma COMENZARIA la lucha para la recuperación del trono de roma. Porque TODO lo que se está haciendo hasta ahora no es más que una desesperada labor conservativa, camino a la extinción.
     23. Satanás no tiene un objetivo más alto en su camino a la destrucción del orden cristiano y la Iglesia, que la ortodoxia relegada no tenga UNIDAD y menos PAPA. Le teme a la lucha abierta, a la verdad sin barreras, a la UNIDAD que es fuerza irresistible y al papa que es representante de Jesucristo en la tierra. Y en esta hora precisamente es lo que debemos pugnar con todas nuestras fuerzas y la ayuda de Dios.
     24. Pienso que no sería difícil ir acercando poco a poco a los obispos, a gentes variadas, por las razones que son obvias sobre todo en cuanto a la defensa de la Iglesia. Hay tópicos que desafortunadamente se desconocen y esto resulta peligroso en una lucha de esta naturaleza y en este especial momento de la historia.

+Jose F. Urbina Aznar

San Vicente Ferrer el predicador en funciones

1. Predicación: Sabiduría teológica 

     Consecuencia necesaria de la caridad para con Dios es el amor o caridad respecto del prójimo; de tal modo que carecería de valor si no tuviera este doble aspecto: amor de Dios y del prójimo, que cristaliza en el deseo de llevarle a la bienaventuranza. En esto consiste la caridad integral: en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por Dios (Sermo 2 in festo sanctarum Apostolorum Philippi et Jacobi, III, 253. n. 5). Porque "de poco aprovecharía la caridad para con Dios a quien no tuviera caridad para con el prójimo..., ya que nadie debe contentarse con su propia salvación, sino que todos deben procurar la del prójimo" (Sermo in festo Sancti Benedicti).
     El primer acto de la caridad es el amor de Dios y del prójimo por Dios. Es el oficio esencial del teólogo sabio, quien, después de haber alcanzado el conocimiento y el amor de Dios, ha de comunicarlo a los demás del modo que sea: predicando, leyendo, escribiendo... (Sermo in festo coronae Domini).
     Se trata también de cumplir un mandamiento de Cristo a los suyos como garantía de su amistad. En este mandamiento de Jesús ve San Vicente toda la vida del predicador, las condiciones de su predicación, concretadas en las tres especies de sabiduría que derivan de la teológica: apostólica, angélica y heroica. 


 2. Sabiduría apostólica

     El mandato de Cristo a los suyos incluye tres cosas:  
a) "Ir por todo el mundo"; b) "Predicar el evangelio"c) "A toda creatura". Esta frase bien cumplida hará apóstoles. Y de la sabiduría apostólica brotarán las otras dos.

     a) "Ir por todo el mundo".—Debe predicarse en el mundo universo, y no siempre en una misma ciudad o villa, ya aue esto puede engendrar peligros y familiaridades que harán estéril la labor del predicador. Los apóstoles iban de ciudad en ciudad. Nuestro autor ilustra su doctrina con tres analogías curiosas, tomadas de la vida ordinaria:
     Primera: "En esta frase evangélica hay tres cláusulas que indican a los predicadores el programa que deben seguir. «Id por el mundo universo». Pues si el sol estuviera quieto en un lugar, no daría calor al mundo: una parte se quemaría, y la otra estaría fría. El sol recorre todo el mundo, iluminando, calentando y haciendo germinar y fructificar. Del mismo modo, los buenos religiosos de vida apostólica deben ir por todo el mundo. Tengan cuidado, no se lo impida el afán de comodidad; vayan por el mundo entero: iluminando en la fe católica, calentando en la caridad, y haciendo germinar y fructificar en las obras de misericordia."
     Segunda: "Cuanto más delicado y excelente es un manjar, tanto más ha de ser removido en la olla, para que no se adhiera a sus paredes. Asi también, si uno es delicado en la devoción, excelente en la ciencia y estimable por su predicación, es necesario que sea trasladado de un lugar a otro, y así no se adherirá. Pues si recibe familiaridad de alguna hija espiritual o de otras personas, perderá la devoción y pensará: Ya que he de permanecer aquí, necesito una celda o granero para guardar el grano, el vino, etc. De este modo, por las familiaridades, se pegará a la olla y se quemará; el amor que debía poner en Dios lo pone en las creaturas. Mas cuando se traslada por la predicación, no recoge dinero ni cosas semejantes, pues llevaría consigo la muerte, ya que los salteadores caerían sobre él; ni adquiere familiaridades ni se preocupa de los graneros."
     (Finísima observación psicológica del Santo, en la que se nos descubre la decadencia religiosa de su época, llorada y fustigada acremente por él. No extraña su modo de hablar a quienes conocen, sin salimos del ambiente frecuentado por el autor, las descripciones de Pedro d'Arenys en su Crónica.)
     Tercera: Comenta nuestro Santo, de modo acomodaticio, el pasaje bíblico de Efraím. "Efraím quiere decir persona alta y crecida, persona que crece en la ciencia, devoción o excelente predicación. Dice que es como torta entre las cenizas, a la que no se dió vuelta: por una parte está quemada y por la otra está cruda. Así le ocurre a la persona que tiene una vida excelente y no cambia de lugar: se enfria en el amor de Dios y se quema en el amor del mundo. ¿Qué sigue? «Los extraños devoran su sustancia» (Os. VII, 8-9). Tenía un puesto en la mesa de Dios, y comenzó a abandonar al Señor, perdió la devoción y las lágrimas de compunción, y, poco a poco, fué hundiéndose en la tierra. Y ahora respondo a una pregunta, a saber: ¿Por qué los religiosos se cambian cada año de convento en convento? Digo: Porque es necesario removerlos con el báculo del prelado, como a manjares delicados, para que no se adhieran a la tierra adquiriendo familiaridades" (Sermo Sancti Pauli Apostoli).
     En la mente de nuestro Santo está tan arraigada la necesidad psicológica del traslado de los religiosos, que no cesará de intimarlo en sus sermones. Estos cambios reportan muchas ventajas y libran de muchos peligros.
     Primera condición de la sabiduría apostólica es la predicación de ciudad' en ciudad. ¿Qué es lo que tiene que predicar?
     

     b) "Predicar él evangelio".—Jesucristo envió a los suyos por el mundo a predicar el evangelio; no les ordenó que predicaran los poetas. La razón es, como se apuntó al tratar de la sabiduría humana, porque su doctrina no enlaza con el principio supremo del que salió, que es Dios, sino que se arrastra sobre la tierra. Es más: es doctrina de muerte, pues para nuestro Santo los poetas están condenados. Su doctrina, suave y armoniosa al oído, no penetra en los corazones, no ilumina el entendimiento, no inflama la voluntad.
     "La segunda cláusula de la frase evangélica dice: «Predicad el evangelio». No dice que prediquemos Ovidio, Virgilio y Horacio, sino el evangelio, Toda la sagrada Escritura es el evangelio, o figurativo o figurado y claro. ¿Sabéis por qué mandó predicar el evangelio? Porque las otras doctrinas no tienen el fin unido con su principio. En un canal, el agua no puede subir más alto que el nivel de la fuente de donde procede, porque no tiene fuerza para más. Así ocurre con la doctrina de los poetas. ¿De dónde sale? ¿No sale del entendimiento humano? Por tanto, no puede hacer subir al cielo. Y tú, que predicas solamente la doctrina de los poetas, serás siempre terreno. Mas la doctrina evangélica, que viene del cielo, hace subir al cielo a la persona que la predica o que la practica. Por tanto, «predicad el evangelio», pues predicar la doctrina de los condenados es condenación. Dice San Jerónimo que Aristóteles y Platón están en el infierno. Toma, pues, la doctrina de Cristo, que conduce a la vida; toma la Biblia, que se llama libro de la vida: los libros de los poetas son libros de muerte".
     San Vicente se muestra implacable con los vicios de la predicación. No sufre estos primeros conatos del Renacimiento pagano, que se iba infiltrando en la cátedra sagrada. El fruto de la predicación era nulo o casi nulo. ¿Cuál es la causa de los éxitos de los apóstoles y de nuestros fracasos?, se preguntará. Ellos, hombres humildes, simples, rústicos, sin ciencia, convirtieron el mundo. Y nosotros, que somos tan numerosos, apenas podemos convertir un infiel. Y menos mal si no pervertimos a los fieles. La predicación de los apóstoles estaba avalada con tres garantías que la hacían fructuosa: su doctrina era celestial, es decir, evangélica; estaba autorizada por una vida santa y espiritual; por último, era confirmada con milagros. Esta es la clave de sus éxitos. El predicador que no base su enseñanza en la propia santidad, no tendrá autoridad.
     "¿Cómo un hombre sencillo según el mundo convertía tantos pueblos? Estos pueblos estaban inveterados en sus malas sectas, y de repente creían y se convertían a Cristo. Los pecadores habituados al pecado, se convertían repentinamente a la virtud. Y ahora, que somos tantos predicadores, no podemos convertir un infiel, y los fieles se pervierten. Los apóstoles convirtieron casi todo el mundo, pues su clamor resonó en toda la tierra; y ahora muchos se han pervertido. Como respuesta a esta cuestión, ten en cuenta que los apóstoles tenían tres cosas, con las que no es extraño que convirtieran las gentes: en primer lugar, su doctrina era celestial; la nuestra es todo lo contrario. La doctrina de los apóstoles, por ser celestial, inclinaba al amor de Dios y de las cosas celestiales. Pero la doctrina de muchos es doctrina de poetas condenados. ¿Cómo podrá salvar? Halaga los oídos con sones armoniosos, pero no mueve los corazones. La doctrina evangélica y celestial tiene la cualidad opuesta: no tiene las cadencias de la doctrina poética, pero penetra en los corazones, ilumina el entendimiento e inflama la voluntad. Pongamos un ejemplo: el agua asciende, por ley de la naturaleza, tanto cuanto ha descendido. Si procede de un principio muy bajo, no puede subir. Así ocurre con la doctrina evangélica, que procede de un principio altísimo: de aquella fuente de la que dice el Eclesiástico: «La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios en las alturas» (Eccli. I, 5). Por eso hace subir hasta el cielo a la persona que la predica y a la que escucha y practica la predicación. El agua de la doctrina de los poetas procede de la fuente del humano entendimiento; ¿cómo podrá hacerte subir al cielo" (Sermo SS. Philippi et Jacobi).
     "La segunda razón es porque los apóstoles llevaban vida espiritual y no se preocupaban de los bienes de este mundo... Ayunaban, hacían grandes penitencias y afligían su cuerpo, evitaban las familiaridades. Nosotros no sabemos predicar sino por vanidad, para exhibirnos, para ser alabados y para ganar dinero, o para adquirir amistades... Aunque una carta del rey o del papa esté bien compuesta y adornada de retórica, si no tiene el sello, no le deis crédito. Un sermón con mucha retórica y bien ordenado es como una carta real o papal; y si el que predica carece del sello de la buena vida, no se le cree. Esta es la causa por la cual no se convierten ahora los infieles y pecadores. Los apóstoles eran espirituales, y lo que decían de palabra lo hacían de obra; por eso se les daba crédito".
     "Tercera razón: no sólo tenían doctrina celestial y vida espiritual, sino que hacían obras divinas, milagros. Porque cuando predicaban sobre los artículos de la fe, de la Trinidad, Encarnación, Pasión, Resurrección y Ascensión, aducían no sólo las pruebas de autoridad de la sagrada Escritura, sino también la prueba evidente y más clara de los milagros. No es extraño que se convirtieran las gentes".
     Debe, pues, predicar el evangelio de ciudad en ciudad, por todo el mundo. La palabra de Dios, custodiada en la Biblia, será la fuente de su inspiración. Por eso llevará consigo la Biblia, la meditará día y noche, beberá en ella el agua de la doctrina celestial y la dará a beber a los demás. En la Biblia lo hallará todo. No debe preterir el Testamento antiguo, pues a través de él entenderá mejor el Testamento de Cristo.

     ¿A quiénes debe predicar el evangelio en su peregrinación por el mundo?

     c) "A toda creatura".—El predicador ha de dirigirse a todos, sin distinción de raza ni categoría social: a los señores y a los siervos, a los pobres y a los ricos, a los judíos, a los moros, a los infieles... Todos esperan el pan de la palabra divina.
     "La tercera cláusula del mandato evangélico dice: «A toda creatura», es decir, de aquí para allá, no sólo en una ciudad, ni a los grandes señores, sino también a los rústicos; no sólo a los ricos, sino también a los pobres... Jeremías, contemplando en espíritu esta falta, exclamó: «Los pequeñuelos piden pan y no hay quier se lo parta» (
Lam. IV, 4.). Los pequeñuelos, esto es, los rústicos, los sencillos, los pobres, los ignorantes y los herejes, pidieron la doctrina evangélica y nadie se la daba".
     Recuerda el Santo en este texto lo que él mismo había palpado, hacia el año 1401, en un valle de Lombardía, en el que durante más de treinta años ningún católico había predicado, mientras los herejes habían acudido con frecuencia a sembrar sus errores. Es bellísimo el fragmento de la carta al Maestro general, en la que relata su actuación: "Hecho esto, rogado e instado de muchos por cartas y de viva voz, pasé a la Lombardía, donde por trece meses prediqué en los lugares de vuestra obediencia, esto es, en los que prestaron, como Vos, la obediencia a Benedicto XIII, y aun en otros, como en los dominios del marqués de Monferrato, importunado de sus instancias y de los ruegos de los suyos. En aquellos países ultramontanos hallé varias valles de herejes valdenses y gázaros en la diócesis lirinense. Visitélas todas por su orden, dándoles la luz de la doctrina católica, y, cooperando la divina piedad, recibieron las verdades de nuestra fe con gran fervor, devoción y reverencia.
     La causa de sus errores era la falta de predicación. Supe de aquellos moradores que en treinta años no habían oído un predicador católico. Los herejes valdenses de Apuleya sí que acudían dos veces al año a comunicarles el tósigo de su venenosa doctrina. Considere de aquí, Maestro reverendísimo, cuánta sea la culpa de los prelados y de otros, a quienes de su institución les incumbe predicar a estas almas, y escogen estarse en ciudades y villas lucidas y en hermosos cuartos, viviendo en regalo; y entre tanto, las almas por cuya salud murió Cristo, perecen por falta de pasto espiritual, no hallándose quien parta el pan a los pequeñuelos. La mies es mucha, y pocos los obreros, y así ruego al Señor de la mies que la provea de operarios"
(Carta al P. General)
     El modo de predicar la doctrina evangélica a todas las gentes ha de ser simple, salpicado de imágenes domésticas, insistiendo en los vicios particulares y en la ponderación de las virtudes concretas, evitando, en lo posible, la abstracción. De tal modo que el pecador comprenda lo que se le explica como si a él solo se le predicara. Las palabras no sean hirientes, sino que procedan siempre de entrañas de caridad y de piedad. Las exhortaciones caritativas deben preceder siempre a las recriminaciones. Sabía muy bien el Santo el principio básico de la oratoria: antes que nada, conquistar el auditorio.
     Este modo de predicar, caritativo y muy concreto, suele ser provechoso a los oyentes, mientras que poco o nada los mueve escuchar generalidades sobre los vicios o las virtudes.


3. Sabiduría angélica

     Tenemos ya constituido, según los cánones del mandato evangélico, al apóstol, al teólogo sabio, que marcha por el mundo, predicando el evangelio a toda creatura. En esta peregrinación apostólica por el mundo surgirán dificultades, privaciones, desprecios, ocasiones de pecar, que pondrán a prueba el espíritu del predicador; pero a todo se sobrepondrá el varón de Dios, pensando en el honor y la gloria de su Señor. También le halagarán los éxitos, los frutos de su predicación...; mas considerará que todo le viene de Dios, a quien corresponde todo honor y gloria, según proclaman los ángeles del cielo. Esta mira sobrenatural en todas sus acciones le dará el mérito de una nueva forma de sabiduría, derivada de la apostólica, muy necesaria para su actuación y característica garantizada del verdadero fruto: la sabiduría angélica.
     Condición necesaria para conquistar la amistad con Cristo —base de la vida espiritual— es el cumplimiento de sus mandatos. El Maestro, cuando envió a los suyos por el mundo, les ordenó: "No llevéis oro ni plata ni cobre en vuestros cintos; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón" (
Mt. X, 9-10). "Con esta pobreza —dirá el Santo— convertían a todos. Las gentes se preguntaban: ¿Qué quieren éstos? Y respondían: Buscan nuestra salvación y no el dinero... Si nosotros fuéramos buenos y no amásemos tanto los bienes temporales, los infieles se convertirían; pero como nuestra vida es mala, no sólo no se convierten los infieles, sino que los mismos cristianos pierden la fe" (Sermo in festo sancti Bartholomaei Apostoli).     El Santo cifra la perfección de este mandamiento en el desprendimiento de todo lo humano, que ha de acompañar a la predicación como su propio tributo. El único motivo y el único precio debe ser la gloria de Dios. Los apóstoles no predicaban por conseguir honores, riquezas, fama y dignidades; su predicación era sólo y exclusivamente por el honor y gloria de Dios y por la salvación de las almas. Era consecuencia lógica de su vida espiritual (Sermo 1 in festo sanctorum Apostolorum Philippi et Jacobi, III, p. 248, n. 10).
     Al tratar de este tema tiene ocasión nuestro Taumaturgo de recriminar a los religiosos por la falsa pobreza en que viven. De sus labios salen terribles anatemas contra los que son pobres sólo de nombre, pero que son ricos en realidad. Nunca los ha censurado tan fuertemente como en esta ocasión, en la que los llama "puercos cebados". Recordemos el ambiente de la época y nos explicaremos la posición enérgica del Santo (
in festo sanctorum Apostolorum Simonis et Judae).
     "La pobreza apostólica —dirá en un arrebato oratorio— hay que guardarla como guarda una joven su virginidad" (Ibid). Nada de intereses humanos, nada de miras estrechas y falsas, nada de hipocresías, nada de buscarse a sí mismo. El predicador, el varón espiritual, el teólogo-sabio, debe posponerlo todo al honor y la gloria de Dios, y de este modo recibirá el premio que merecieron los ángeles fieles (
in festo Coronae Domini). Cumpliendo escrupulosamente el mandamiento de Cristo se hará acreedor a la misma gloria de los ángeles (festo sancti Vicentii Martyris). Su sabiduría apostólica tendrá un nuevo título de mérito: el mérito de los ángeles, la sabiduría angélica.

4. Sabiduría heroica

     Cumplido que haya el varón espiritual las dos primeras condiciones, oración y obediencia, para conquistar y permanecer en la unión y amistad con Cristo, principio fontal de toda gracia y santidad, debe encarnar la tercera condición: la penitencia (festo sancti Bartholomaei Apostoli).
     Es consecuencia indispensable en el amante sufrir por el amado y con el amado. Es el sumo grado de caridad, que lleva a dar la vida por aquel a quien se ama, y a sufrir por él todos los tormentos. Es, en el orden sobrenatural, la sabiduría divina, que logra vencer la muerte con la misma muerte y está por encima de las leyes de la lógica humana.
     El medio más excelente de santificación es el martirio. "El tercer grado es el más excelente: el martirio. Cuando alguien muere por Cristo, por la fe católica, por la defensa de cualquier virtud sobrenatural, es mártir y santo. Lo dice el Señor: «Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos»"
(Vigilia S. Joannis Baptistae).
     Todos los apóstoles sufrieron el martirio cruento, y por ello fueron coronados con una nueva diadema de gloria. Otros muchos santos y santas murieron en defensa de la fe que profesaban. San Vicente habla con acentos de admiración del martirio de las vírgenes Inés, Cecilia, Catalina, Margarita.
     Y admite y propugna un martirio espiritual, incruento, al que todos los cristianos, y de modo especial los predicadores, están llamados y obligados, cuando Dios no les concede el honor del martirio cruento. Es el martirio que resulta del combate contra sí mismos, por una muerte misteriosa a cuanto les inclina a la tierra; contra el demonio y contra el mundo. A sí mismo se vencerá el predicador, y el cristiano, matando sus malas inclinaciones y pecados, por medio de la penitencia; su inteligencia quedará vencida por la fe; su voluntad, por la obediencia, y su carne por la abstinencia. Al demonio le vencerá con la verdadera sabiduría, de cuya victoria reportará frutos ubérrimos en aquello mismo que era tentado. Y vencerá al mundo con mansedumbre y con paciencia (Tractatus consolatorius in tentationibus circa fidem).
    
Es un martirio que sufrirán cuantos quieran vivir en Cristo. Y como San Bartolomé, serán apaleados, crucificados, despellejados y decapitados, de modo místico, pero real y verdadero.
     "Si queremos entrar en el paraíso, conviene que nos asemejemos a Ban Bartolomé en estos cuatro tormentos. En primer lugar, hemos de ser apaleados. Pues cuando alguien que vive habitualmente en mal estado se enmienda, es flagelado por las habladurías. Cuando alguien se convierte a Dios, llegan en seguida los flagelantes. Sobre esto dice el apóstol: «Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones» (
2 Tim. III, 12). Segundo, es necesario que seamos crucificados. La cruz significa la penitencia que debemos sufrir: «Los que son de Cristo crucificaron su carne con sus vicios y concupiscencias» (Gal. V, 24). En tercer lugar, seremos despellejados. Si tienes piel de león (soberbia y vanidad), humíllate. Si tienes piel de zorra (avaricia), despelléjate y restituye las usuras; te hara daño, pero hay que restituir. Por último, es necesario ser decapitados. La cabeza de donde viene todo mal es la soberbia y presución, cuando el hombre presume de vanidad, de su ciencia o ingenio. Luego hay que someterse a la decapitación" (festo sancti Bartholomaei Apostoli).
     Recuérdense las frases encendidas de nuestro apóstol, cuando hablaba de la contemplación de Cristo paciente, que ha de ser alma de la vida del varón espiritual. "Has de morir a todos tus sentimientos humanos, y Cristo crucificado debe vivir en tu corazón". "Debes inmolarte por la salvación de todos los hombres, para que Cristo nazca en ellos". "Y debes pedir tres cosas, con gemidos y ardientes suspiros: deseo de propio desprecio, compasión a Cristo crucificado, y sufrimiento de las persecuciones y del martirio por el amor del nombre de Cristo y de la vida evangélica".
     Por todo esto merecerá la corona del martirio espiritual, la corona de la sabiduría heroica, aun sin la dicha de derramar su sangre.

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     En esta esquemática delineación de la imagen que del perfecto predicador tenía San Vicente, a través del concepto de sabiduría teológica, que encarna en el ideal de la Orden de Predicadores, aparecen tres conceptos integrales de la definición del predicador: claridad de ciencia, santidad de vida y predicación. La predicación fluye necesariamente de las dos primeras, como una propiedad esencial.
     En la claridad de ciencia incluye el Santo todo lo referente al estudio: estudio de la naturaleza, de la teología como ciencia, orientado siempre a Dios, estableciendo con ello una circunferencia, una corona, por la que el principio y el fin de todo saber quedan perfectamente enlazados.
     La santidad de vida, además de dar un sello especial y divino, por el que la ciencia del predicador será sabiduría, hace al apóstol, al sabio, hijo de Dios por la gracia, mediante la cual participa del ser divino, y de la cual brota la caridad, madre y norma de todas las virtudes, principio de contemplación y regulación de todas las cosas según los módulos divinos que saborea el justo. Con la presencia del Espíritu Santo tendrá infusa una nueva luz para juzgar y ordenar las cosas, para verlas y contemplarlas según el prisma divino.
     Como la santidad no es egoísta, no contento con este don sublime que se le ha concedido, el teólogo sabio quiere llevar a la santidad y a la gloria a todos sus semejantes; y así lo intenta, predicando, enseñando, escribiendo. Si marcha por el mundo, como los apóstoles cumpliendo el mandato divino, su sabiduría teológica se habrá convertido en apostólica, y por las condiciones que se le sumarán en esta nueva fase llegará a ser angélica y heroica.
     He aquí la concepción vicentina del predicador y de su vida integral. Nunca pierde de vista la constitución esencial y fin de su Orden de Predicadores. Los defectos que en ella encuentra—abundantes, por cierto— los critica con santa energía, y clama por la vivencia del auténtico espíritu del Patriarca castellano. Fija, con seguridad, las normas ascético-místicas que han de llevar a los suyos a la plenitud de la contemplación, don divino que el Señor concederá como desarrollo integral de la gracia, las virtudes y los dones del Espíritu Santo.
     Por desgracia, no nos quedan huellas del magisterio oral de San Vicente, sin duda alguna el más eficaz, a juzgar por sus efectos. Debía ser tan operante, que a su lado palidecerían los opúsculos y las síntesis doctrinales que podemos entresacar de sus sermones.
     Para completar nuestro estudio introductorio a la obra literaria de San Vicente, quisiéramos ver ahora la correspondencia perfecta de la doctrina que acabamos de exponer con el Tratado de la vida espiritual, a través de las fuentes escritas que de su magisterio nos han legado sus contemporáneos y el mismo Santo. Y, por último, como colofón, mostrar la encarnación más viva de esta doctrina en el mismo Santo predicador, valoración y canonización práctica de sus enseñanzas.