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sábado, 8 de marzo de 2014

SAN IGNACIO DE LOYOLA (8)

LIBRO SEGUNDO
Capítulo Séptimo
EL ESTUDIANTE DE ALCALA 
(Mayo 1526 a octubre 1527)

     Hacia fines de mayo de 1526, Iñigo tomó el camino de Alcalá. Hizo a pie aquel largo camino de cerca de ciento ochenta leguas. Desde Montserrat, que quizás volvió a ver en aquel viaje, había tomado la costumbre de caminar siempre así, a la apostólica; y aquel rudo penitente no podía concebir otra manera de llegar a la nueva Universidad donde iba a continuar sus estudios. (González de Cámara, n. 56)
     Alcalá de Henares estaba entonces en toda la frescura de su gloría naciente. (Hefelé. El Cardenal Cisneros, París, Letouzey 1869, 82-134. Esteban Azana, Historia de la Universidad de Alcalá, García, 1682, 231-298. Vicente de la Fuente, Historia de las Universidades en España, Madrid, Fontenebro, 1885, II, 48, 80-82) El movimiento creado en España por el genio de la Reina Isabel, encontró en el Cardenal Jiménez de Cisneros el mas poderoso propagador. Cuando no era mas que Gran Capellán en Sigueza, Jiménez había inspirado a su amigo Lope de Medina-Coeli, Archidiácono de Almazán, la fundación de la Academia de Siguenza. Llegado a ser arzobispo de Toledo y asociado por la confianza de los Reyes Católicos al gobierno del Estado, sus medios de acción se habían por decirlo así acrecentado sin límites. Se alegraba por las Universidades nuevas abiertas en diversas ciudades del Reino, como la gloria de Salamanca, aquella Atenas Española que contaba con 7000 estudiantes y en la que el humanista Pedro Mártir llegaba a su cátedra llevado en los hombros de sus alumnos, todo ello hacia palpitar de gozo al Cardenal; pero sus ambiciones eran más vastas aún. Al de esta inmensa diócesis de Toledo, Alcalá tenía desde hace 200 años una escuela. Fue allí en las márgenes del río Henares, en una llanura tranquila, donde Jiménez decidió fundar una Universidad que fue maravilla del mundo.

     Las rentas del Arzobispado de Toledo eran opulentas, el favor de la reina Isabel todo dedicado a las Letras; el nacimiento del príncipe Fernando en Alcalá, el 10 de marzo de 1503, permitió aun al omnipotente ministro obtener de los soberanos españoles beneficios y privilegios sin igual. La primera piedra del grandioso edificio del que había trazado el plano el famoso arquitecto Pedro Gumiel, fue puesta en 1500. A principios de 1509 las cartas pontificias autorizando la erección de la Universidad nueva habían llegado a Roma; cuatro años después se abrieron los cursos. Cuando Fernando el Católico fue a Alcalá por primera vez, en enero de 1514, se quedó maravillado. Diez años más tarde el vencido en Pavía Francisco I, al que la derrota había conducido a España en calidad de prisionero (marzo de 1525 a febrero de 1526) después de la recepción solemne que se le hizo en Barcelona y en Valencia, se detuvo en Alcalá para contemplar con sus ojos la obra de Jiménez. Durante esta visita el Rey dijo: "la Universidad de París, orgullo de mi reino es obra de los siglos, pero Jiménez ha hecho, él solo, una creación semejante."

     Desde el primer día en que abrió sus puertas, los estudiantes acudieron a la Universidad de Alcalá de todas partes; contaba con casi cuarenta cátedras: seis para Teología, seis para Derecho Canónico, cuatro para Medicina, una para Anatomía, una para Cirugía, ocho para Filosofía, una para Filosofía Moral, una para Matemáticas, cuatro para Retórica y seis para Gramática. Los más ilustres profesores de Salamanca y de otras partes habían sido llevados allí por Jiménez a precio de oro.
     El Colegio de San Ildefonso, compuesto de treinta y tres miembros y de doce sacerdotes, formaba como el núcleo central de la Universidad. En torno de él, se agrupaban los dos colegios de San Eugenio y San Isidoro, en donde cuarenta y dos humanistas pobres eran sostenidos durante tres años; los colegios de Santa Balbina y Santa Catarina destinados cada uno a cuarenta y ocho alumnos de Filosofía; el Colegio de San Jerónimo para treinta becas de Hebreo, Griego y Latín; el Colegio de la Madre de Dios, para veinticuatro estudiantes pobres de Teología y de Medicina; el Colegio de San Pedro y San Pablo, para doce Franciscanos. Bien pronto las órdenes religiosas, con excepción de los Benedictinos y los Jerónimos edificaron en Alcalá colegios para sus religiosos destinados a seguir los cursos de la Universidad.
     Tales creaciones llevaron por toda España y aun por toda Europa el renombre de Alcalá. La famosa Polyglotta Complutensis cuyo primer volumen apareció el diez de enero de 1514, el segundo en mayo y los otros cuatro que se terminaron en julio de 1517, acabó de consagrar a la vez la gloria de la joven Universidad y la del Cardenal Jiménez. Fue el primer esfuerzo de los filólogos católicos del Renacimiento. Las Biblias famosas de Amberes (1569), Heildeberg (1586-1616), París (1645) y Oxford (1657) no vendrán sino Después.
     Mientras tanto Juan Vergara preparaba una edición grecolatina de Aristóteles; los comentarios de Tostado sobre la Biblia salieron también de las prensas de Alcalá, no menos que numerosos libros de edificación, de cantos de Iglesia y de escritos populares sobre Agricultura. Tal es el medio de fervor intelectual a donde llegó Iñigo de Loyola, en Junio de 1526.
     Este hombre de treinta y cuatro años, poseía solamente los elementos de la lengua latina y quería proseguir sus estudios.
     Por todas partes se le ofrecieron socorros con real abundancia. Deseoso de aprender todo, todo lo emprendió a la vez, a riesgo de ahogarse en este maremagnum del saber. El mismo nos dice, (González de Cámara, n. 57) que durante los 15 o 17 meses pasados en Alcalá, siguió las explicaciones de Lógica de Soto, de la Física de Alberto Magno y de la Teología de Pedro Lombardo. Bajo ese montón de mociones nuevas, abstractas, difíciles y tan diversas ¿cómo un espíritu sin cultura no hubiera quedado destrozado? Cuando Iñigo llego a París en enero de 1528, toda su formación intelectual tenía que recomenzar desde su base. Lo sabemos por él. Los profesores de Alcalá sin embargo eran muy distinguidos; los reglamentos de la Universidad, muy sabios. Erasmo hace elogios de ellos y felicita a España por marchar a la cabeza del movimiento intelectual de entonces. Pero Iñigo no estaba incorporado a ningún colegio de la Universidad, y no parece que tuviera ningún director en sus estudios; él entraba por todas las puertas abiertas, con el pensamiento sin duda de que debiendo apresurarse por su edad, debía avanzar rápidamente hacia la teología que le daría con el sacerdocio el medio de trabajar eficazmente en la salvación de las almas. Todo esto no es sino una conjetura; pero solo ella permite explicar cómo en el espacio de año y medio Iñigo se lanzó así a través de la Dialéctica, la Física y la Teología, como si le hubiera bastado escuchar a la vez las lecciones de todo para saber todo de un golpe.
     A pesar de esta falta de método, es imposible que ante la Universidad de Alcalá, tal como él la conoció en 1526, Iñigo de Loyola no hubiera experimentado una de esas impresiones que se prolongan por la vida entera.
     Jiménez había muerto el ocho de noviembre de 1517. Sobre la tumba del Cardenal se leen estos versos de Vergara:
Condideram musis Franciscus grande Lyceum 
Condor in exiguo nunc ego sarcophago.
     Mejor que nadie Iñigo desertor de la hacienda de sus padres, comprendía esta lección sobre la vanidad de las grandezas humanas. Pero sin esperar a la biografía que Gómez debía escribir después, sabía también que el alma gloriosa del Santo Cardenal no había podido quedar presa en aquel sepulcro de mármol. Asociada en el cielo a la poderosa intercesión del otro Arzobispo de Toledo, San Ildefonso, continuaría rigiendo los destinos de la España de Carlos V. Por lo demás ¿acaso las obras de este monje, que fué padre de la patria, providencia de la Iglesia Ibérica, y protector de las Letras no llenaba todo Alcalá? El poder de su genio y el fervor de su celo ¿no habían llevado allí a millares de estudiantes llegados de toda Europa? ¿Y qué era aquella Universidad, tan joven y ya célebre inmenso hormiguero de espíritus trabajando, sino la ciencia al servicio de la fe? Fué seguramente en la ciudad de Jiménez donde Iñigo de Loyola tuvo por primera vez, la revelación de la divina nobleza del saber.
     Es verosímil añadir que debió llevar de Alcalá un sentimiento muy vivo de desconfianza contra Erasmo y Lefevre d'Etaples. Este había publicado en 1512 su Comentario sobre las Epístolas de San Pablo, aquél había hecho imprimir en Basilea su famosa edición del Nuevo Testamento en 1516. Estos dos libros, acogidos favorablemente por algunos profesores de Alcalá, habían sido hechos pedazos con cólera por uno de los colaboradores de la Políglota, Diego López de Zúñiga. Contra Erasmo sobre todo, Zúñiga había lanzado opúsculo sobre opúsculo, denunciando al mundo católico las Erásmicas Impiedades y Blasfemias: a los cuales Erasmo respondía por infatigables apologías. (Serrano y Sanz ha estudiado los procesos verbales de esta junta (Revista de Archívos, enero 1902, 60-73); en su Luis Vives, Bonilla y San Martín ha contado también esta historia)
     Esta guerra de pluma tuvo un epílogo solemne, un mes precisamente después de la llegada de Iñigo a Alcalá. El Inquisidor general, Alonso Manrique de Lara, Arzobispo de Sevilla, presidió en Valladolid, del 27 de junio al 13 de agosto, una asamblea de más de treinta teólogos, a fin de poner en claro las controversias provocadas por los libros de Erasmo. (Luis Vives. 194-1955) Este tenía en España partidarios tan decididos, como adversarios, (Ibid. 130-132) y sus obras se traducían al español y se reimprimían en latín, en la misma Alcalá en la casa de los Eguía. Era pues necesaria una conclusión autorizada para aquellos debates. Pero no se pudo alcanzar. Al cabo de veinte sesiones, la asamblea de Valladolid deliberaba cada vez con menos claridad. Aunque los adversarios de Erasmo fuesen numerosos en ella, no estaban de acuerdo sobre lo bien fundado y la gravedad de las críticas que había que hacerle. Quizás el Arzobispo de Toledo, Fonseca, que protegía a Erasmo, maniobraba en la Corte. En todo caso la Junta Teológica se separó sin concluir nada. (En tomo IX y último de las obras de Erasmo (Ed. de Basilea, 1540), se encontraran las cinco apologías de Erasmo contra Zúñiga. Menéndez y Pelayo (Historia de los heterodoxos españoles, II, 47-59), menciona los seis opúsculos de Zúñiga contra Erasmo)
     Los partidarios triunfaron de aquella impotencia como de un "no ha lugar"; sobre todo después de que el gran humanista recibió De Carlos V, en septiembre de 1527, una carta elogiosa y que Clemente VII, en octubre del mismo año prohibió atacar las obras de Erasmo contra Lutero; pero subsistía siempre la sospecha.
     Todo esto hizo gran ruido en Alcalá, más aun que en Valladolid, porque dos maestros, el doctor Carrasco y el doctor Ciruelo, habían tomado parte en una junta y habían dicho de Erasmo más mal que bien. Si creemos a Polanco, desde Barcelona Iñigo de Loyola se había disgustado de Erasmo, del que había leído entonces El Soldado Cristiano. Quizás Polanco comete un error y fecha en Barcelona un hecho sucedido en Alcalá. En todo caso el choque de aquellas opiniones contrarias que se produjo en 1527 en la Universidad, no eran de suyo capaces de atraer la simpatía de Iñigo hacia un hombre sospechoso. Y su poca cultura le hacía casi necesariamente depender del partido más alborotador. (Cronicon I, 33)
*      *
     Si medimos mal las conquistas que hizo entonces en el dominio de las letras y sus tendencias intelectuales, sabemos sin embargo claramente hacia que cimas de virtud caminaba Iñigo a grandes pasos.
     Desde el primer día había inaugurado en las calles de Alcalá, su vida de mendigo evangélico. No faltó en su camino un sacerdote que lo maltratara y le declarara que era una vergüenza su pereza. Pero su dulzura ante los insultos había conquistado el corazón de un
transeúnte, que acercándose a él con bondad, le dijo que iba a encontarle un asilo; y le condujo al Hospital de Antezana. (González camara, n. 57)
     Este Hospital llevaba el nombre de un bienhechor insigne, don Luis de Antezana, antiguo paje de los reyes católicos, casado con Doña Isabel de Guzmán, tan noble y cristiana como él. Don Luis dió al Hospital de San Julián el 21 de diciembre de 1483 una casa suya, situada en la gran Calle de Alcalá para establecer allí "doce lechos provistos de jergón, colchón, sábanas, almohadas y cobertores". Una hospitalaria se encargaría de "recibir a los pobres, hacerles sus camas y cuidar de la casa". En 1526 los dones incesantes de personas caritativas, enriquecieron el Hospital Antezana, llamado también Hospital Nuevo. Una junta de cofrades giraría los bienes y el primer dignatario, que había de llamarse Prioste o Preboste, fue en 1526 Lope de Deza. (Por acta de 21 de diciembre de 1483, la casa de Luis Antezana se convirtió en hospital de San Julián. Sixto IV aprobó la fundación por Bula del 23 de mayo de 1484. De 1510 a 1527 otras munificencias vinieron a añadirse a las de Luis de Antezana. En un registro de 1535, se encuentra escrito el reglamento primitivo del hospital)
     Los historiadores cuentan que en aquella fecha el Hospital de Antezana estaba embrujado y que desde su llegada, Iñigo pudo oír un ruido espantoso que sacudió toda la casa. Puesto de rodillas en medio de su cuarto, el servidor de Dios dijo a sus invisibles enemigos: "si Dios os ha dado algún poder sobre mí, aquí estoy; pero si no os lo ha dado, a qué vienen, pobres miserables, todos esos vanos espantajos". Y se hizo la calma.
     En aquella celda del hospital, Iñigo oraba, hacía penitencia, tomaba su escaso alimento y su corto sueño y repasaba las notas de su curso. La hospitalaria mujer no había visto frecuentemente a un mendigo de esa especie; y ella lo dirá, como lo veremos muy pronto.
     Otros notaron también aquella vida evangélica. Uno de los primeros fue Diego de Eguía, hermano de Miguel, el impresor de Alcalá. Los Eguía eran guipuzcoanos, (Según los Arch. de Estella, del marqués de Narros y el duque de Granada) como Ignacio. Su casa solar es vecina de Legorreta. Pero hacía ya largos años, una rama de la familia se había establecido en Estella de Navarra y Nicolás de Eguía, padre de Diego, estaba casado con Catalina de Jasso, tía abuela de Francisco de Javier. En la familia cuya sangre llevaba en las venas, Diego había adquirido una religión profunda y el amor a los pobres. El Hospital de Estella, sobre cuya puerta se ve, aun ahora, el escudo de los Eguía, había sido fundado en 1524, por su tío Juan. No es pues de sorprender que Iñigo recibiera de Diego, en Alcalá generosas limosnas. El joven estudiante de la Universidad no rehusaba nada. Un día que Iñigo, en la calle le tendió la mano, Diego, que estaba desapercibido, condujo al solicitante a su casa, "abrió un cofre, le dio unas colchas de diversos colores, unos candeleros y otras cosas semejantes". Iñigo envolvió en una manta todos aquellos regalos y se fue en triunfo a llevárselos a otros más miserables que el. (González de Cámara, n. 57)
     Fue en una de estas obras caritativas donde le reconoció un azpeitiano su compatriota, Martín Sáenz de Goyaz, hombre honorable y rico, que tenía la costumbre de ir cada año a la feria de Alcalá. Mientras que estaba allí de paso, creyó reconocer a Iñigo de Loyola entre los estudiantes que salían de la Universidad. Para mejor asegurarse del hecho y hablarle, se puso a seguirle. De pronto le vió entrar en una casucha para salir luego después; Martín de Goyaz, entró a su vez y encontró en ella a una pobre viuda a la que preguntó: "¿cuál es el nombre del hombre que acaba de salir de aquí?" Ella respondió: "no sé quién es, ni de dónde es; pero cada día viene a traerme alguna limosna". "Cuando le vuelva a ver usted, replicó Martín, hágale saber que si tiene necesidad de dinero, de un caballo, o de otra cosa, Martín de Goyaz le proveerá." La viuda cumplió con el encargo e Iñigo dijo entonces a la mujer: "le agradezco mucho lo que me dice y Dios Nuestro Señor la recompensará, pero ya no puedo volver a venir aquí". Martín de Goyaz logró al cabo encontrar a Iñigo. Es él quien contó la anécdota en la casa de Loyola y aun llevó una carta del estudiante de Alcalá. Ya se comprende que después de la partida del azpeitiano, Iñigo volvió a llevar a la pobre viuda su limosna cotidiana. (Scrip. S. Ign. II, 193-194)
     Entre la juventud que frecuentaba la Universidad, se encontraban entonces, (La presencia de estos futuros jesuítas en Alcalá, la afirman Rivadeneyra Vida. Castro, Historia del Colegio de Alcalá, 1. I, cap. VIII; Nadal Ep. I, I) no solamente Diego de Eguía, sino Martín de Olave, Alfonso Salmerón, Diego Laínez, Nicolás de Bobadilla, Manuel Miona, Jerónimo Nadal, Diego de Ledesma, todos futuros jesuítas. Pero no parece que con excepción de Miona, hayan tenido relaciones algunas con Iñigo. Este no tenía por compañeros verdaderos, sino a Cáceres, Calixto Saá, Juan de Arteaga, y un joven francés Juan Reynald. Ya volveremos a encontrarlos.
     Ni qué decir hay que entre los estudiantes, todos no eran tan buenos muchachos como los que acabamos de nombrar. Los reglamentos de Jiménez, podían ser lo bastante prudentes, pero quién no sabe que las barreras más altas y mejor preparadas no bastan para contener en la virtud los temperamentos indómitos o débiles.
     Lope de Mendoza era de los que olvidaban el respeto debido a la ley de Dios y al honor reclamado por su nombre. Iñigo, más de una vez le hizo algunas advertencias que fueron mal escuchadas. Otro al que los historiadores no designan, sino con la cualidad de que muy temprano había sido honrado con una dignidad eclesiástica en una de las principales catedrales del reino, llevaba una vida poco conforme a los cánones y al decálogo; sus desórdenes públicos eran un escándalo que desgraciadamente arrastraban al mal a otros estudiantes. Después de haber orado mucho Iñigo se decidió a pedir una audiencia a aquel noble calavera. Fué recibido pero en presencia de testigos. Pidió entonces una conversación confidencial que le fue acordada, y desde que se encontró a solas con el culpable, Iñigo comenzó sus reprensiones. El interlocutor se enfureció desde luego, irritado porque se había atrevido a reprenderlo hasta en su propia casa, pero la firmeza y cortesía del censor, acabaron por imponerse al joven olvidadizo de sus deberes hasta el punto de invitar a comer a aquel visitante que en un principio trataba de poner en la puerta. Por la tarde cuando llegó el momento de separarse, quiso que su amigo fuese conducido a su casa en una mula, seguido de algunos lacayos que llevarían antorchas. Iñigo logró a fuerza de súplicas esquivar el honor de una cabalgadura. Pero tuvo que aceptar el cortejo de lacayos con hachas encendidas, por lo menos hasta el momento en que con gran sorpresa se apercibieron de que el prisionero, obligado a todos esos honores, se les había escapado. En este acto de libertad apostólica volvemos a admirar al reformador de los Angeles de Barcelona.
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     Como en Barcelona, Iñigo buscaba en Alcalá, toda ocasión de evangelizar. Catequizaba a los niños, conversaba con las mujeres devotas, enseñaba a cualquiera que deseara aprovechar sus lecciones, los principios de vida cristiana que leemos ahora en su libro de los Ejercicios. Todas estas empresas de celo eran bendecidas por Dios.
     "Muchas personas, y es Iñigo mismo el que lo cuenta, llegaron a un conocimiento y un gusto notables de las cosas espirituales." Pero este bien hacía mucho ruido. Se preguntaban las gentes quiénes eran aquél Iñigo, aquél Cáceres, aquél Calixto y aquél Juan, vestidos como ermitaños, que sin ser sacerdotes hacían de apóstoles y atraían aquí y allá grandes concursos. Corriendo de boca en boca, el rumor creció y se deformó y cuando llegó a Toledo los inquisidores se preocuparon.
     Los Iluminados de España (Menéndez y Pelayo) han dejado en la historia una huella larga y vergonzosa. Se olvida a veces que sus excesos se desarrollaron en regiones y en épocas diversas. La secta tuvo sus doctores en muchas aldeas y ciudades y sus perjuicios alarmaron a la Inquisición durante más de cien años. Se encuentran entre los papeles eclesiásticos de Alcalá, hoy transportados a los archivos Nacionales de Madrid, los procesos de los Alumbrados hasta en los años que inmediatamente precedieron a la venida de Iñigo a la Universidad. Y además ¿no era en los medios universitarios donde el protestantismo naciente buscaba y encontraba sus más activos medios de propaganda? No es, pues, sorprendente, que desde el mes de noviembre de 1526 los inquisidores abrieran una investigación, para saber exactamente quiénes eran aquéllos predicadores sospechosos de que se hablaba en el país.
     La investigación (El texto de los procesos contra Ignacio en Alcalá ha sido publicado tres veces primero por Serrano y Sanz San Ignacio en Alcalá de Henares, Madrid 1895;después por el P. Fita, Los procesos de San Ignacio, en el Boletín de la Real Academia de Historia 1898, XXXIII, 422-462; finalmente en Scrip. S. Ign. I, 598-624) se hizo por el doctor Miguel Carrasco, Canónigo de San Justo de Alcalá y por el licenciado Alonso Mejía, Canónigo de Toledo, asistidos por el notario Francisco Jiménez. Entre los testigos, Fray Fernando Rubio, sacerdote de la Orden de san Francisco, cuenta que yendo hacia mediados de septiembre a buscar un poco de salvado en casa de la devota Isabel, situada enfrente de la iglesia de San Francisco, pudo ver por la puerta abierta a un joven sentado en un sillón, que hablaba, mientras que dos o tres mujeres le escuchaban con las manos juntas. Y como iba a entrar, la devota Isabel le dijo: "Déjenos usted que estamos ocupados". El Padre Rubio no sabía más, los predicadores eran jóvenes y no van, decía, a la Universidad; se les dan lecciones particulares y no viven juntos; se dice que uno de ellos es nativo de los alrededores de Nájera; se ignora si son de familia morisca; pero es evidente que es una novedad el reunir así a las gentes para predicarles. (Scrip. S. Ign. I, 599)
     Beatriz Ramírez de Alcalá, declara que los predicadores por los que preguntaban los jueces, van descalzos y con túnica parda, que ella no conoce sino a Iñigo y que ha oído decir que es un gentilhombre. Que ella encontró a Iñigo un día en casa de un panadero, Andrés Dávila, y que estaban allí para oírle Isabel Sánchez, Ana del Vado, la hija de Juana Villareso, así como el mismo panadero, su mujer, una Luisa, mujer de Francisco de la Morena, un comerciante en vinos y otras personas aún. Iñigo les explicaba los dos primeros mandamientos de la ley de Dios. Que a veces se pone a explicar en el hospital la doctrina cristiana, y que es en ese hospital en donde vive. Juan y Calixto viven en casa del Panadero Andrés Dávila; Cáceres y Castro en casa de Fernando de Parra. Que a veces ella les ha dado víveres, entre otros una canasta de uvas, y un poco de tocino. Que a Calixto y a Juan les ha ofrecido una almohada de lana. Que ella ha intercedido cerca de algunas señoras ricas, para que diesen a Iñigo algunas varas de paño, y que la túnica que lleva está hecha de ese paño.
     La mujer de Julián Martínez, hospitalaria del Hospital de Antezana, fue convocada también para decir en el tribunal lo que sabía. Que Cáceres iba todos los días al hospital a comer y cenar y que después que habían comido, Iñigo y él se iban a sus estudios. Que a veces Calixto iba al hospital a conferenciar con Iñigo, ya en el patio, ya en su cuarto. Que antes de que se les diese un colchón y mantas iban al hospital a dormir ya uno, ya otro, pero que después no. Que hace cuatro meses, poco más o menos que están en Alcalá; todos vestidos con una túnica parda; Juan había llegado después de los otros, herido pero bien vestido cuando llegó al hospital y sólo después de su curación tomó el mismo vestido que los otros. Que van al hospital mujeres, jóvenes, estudiantes, frailes para oír a Iñigo. Que Iñigo dijo a la hospitalaria que cerrara la puerta a los visitantes, porque tenía necesidad de estudiar. Así que es sobre todo en los días de fiesta, cuando van las personas, muchas veces al comienzo del día, otras después de comer, otras por la tarde.
     Julián Martínez, hospitalario del mismo hospital, confirma las afirmaciones de su mujer, y dice que a veces hay hasta diez o doce personas reunidas en torno de Iñigo. Que las mujeres que acuden por la mañana vienen cubiertas con un velo; pero que ninguna de ellas es sospechosa. Beatriz Dávila era mundana antes de casarse; Juan Reynald era paje del Virrey de Navarra don Martín de Córdoba, antes de venir a Alcalá.
     Tales fueron los resultados de la investigación del 19 de noviembre de 1526. El día 21 el licenciado Juan Rodríguez de Figueroa, vicario general de Alcalá por el Arzobispo de Toledo, dio su sentencia:
     "Habiendo sido informado que Iñigo, Arteaga, Calixto, Lope de Cáceres y Juan están los cinco asociados, llevan vestidos pardos en forma de túnica, con bonete del mismo color: por justas causas a esto concernientes, el dicente ha mandado y manda a cada uno de ellos en virtud de santa obediencia y bajo pena de excomunión mayor en que incurrirán ipso facto si no obedecen el tener que dejar todos y cada uno, en los ocho días próximos, los dichos hábitos y manera de vestirse; y conformarse con el vestido común que llevan los clérigos o los laicos en este Reino de Castilla."
     La sentencia fue notificada a los interesados por Figueroa en persona, e Iñigo nos ha contado la escena: El Vicario les dijo que no había encontrado ningún error en su doctrina ni en su vida y que por consiguiente podían continuar haciendo lo que hacían. Pero que no siendo religiosos, no parecía bien que fuesen todos vestidos de la misma manera. Iñigo y Arteaga harían de teñir sus vestidos de negro, Caceres y Calixto de pardo y Juanico, el joven francés, podía quedarse con el vestido que tenía.
     Iñigo respondió que obedecerían a las órdenes dadas; pero dijo, que no sabía el provecho de tales investigaciones. "Porque el otro día un sacerdote rehusó dar la comunión a uno de nosotros porque comulgaba cada ocho días, y ponía dificultades para dármela a mí. Quisieramos saber si se ha encontrado en nosotros alguna herejía."
     "No, dijo Figueroa, si se os encuentra alguna os quemarán."
     "Y a usted también, replicó Iñigo, se le quemará si resulta hereje."
     Teñir los hábitos con los colores pedidos, no fue de una gran dificultad; las órdenes de Figueroa fueron ejecutadas a la letra. Pero Iñigo continuó con su túnica negra y caminando descalzo. El Vicario General lo llamó y le ordenó que se calzara; lo que Iñigo hizo en seguida simple y tranquilamente.
     Acerca del hecho de la comunión rehusada, Figueroa no se explicó con los estudiantes. Pero a lo que cuenta el padre de Castro, el Canónigo Alonso Sánchez cambió por sí mismo su conducta. Movido por un impulso interior, consintió en dar la hostia santa a aquéllos que la pedían con tanto fervor, y al dar la comunión a aquéllos verdaderos cristianos, sentía una tal consolación que se convirtió en amigo de Iñigo y de sus compañeros hasta el punto de invitarlos algunas veces a comer.
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     Bajo sus nuevos vestidos, Iñigo y sus compañeros habían conservado su alma evangélica. Continuaban viviendo pobremente, predicando a quienes venían a verles y estudiando cuando estaban solos. Las idas y venidas de mujeres devotas al Hospital provocaron sin duda alguna nueva denuncia. El 6 de marzo de 1527, Figueroa mandó comparecer ante él a Mencía de Benavente, viuda, a su hija Ana y a Leonor de Mena, mujer de Andrés López. Estas mujeres refirieron en lo que consistían las reuniones sospechosas: Iñigo explica la manera de hacer examen de conciencia, siguiendo los cinco sentidos, o las tres potencias del alma, iluminando sus explicaciones con los evangelios, las palabras de San Pablo y de otros santos. Recomienda hacer este examen dos veces por día, después de haberse puesto en presencia de Dios delante de alguna piadosa imagen. Alienta a sus oyentes a confesarse y a comulgar cada ocho días y explica también los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Como el caso no era punible Figueroa despidió a las testigos y dejó en paz a los predicadores, a los que ni siquiera hizo comparecer. 
     Poco tiempo después un acontecimiento insignificante produjo las murmuraciones de toda la ciudad. María del Vado, viuda, su hija Luisa y su criada Catalina, desaparecieron secretamente hacia el fin de la cuaresma. Se supo más tarde que habían ido a pie hasta Jaén, donde se veneraba una copia del Divino Rostro de Roma, y a Guadalupe en donde la iglesia de los Jerónimos poseía una imagen milagrosa de Nuestra Señora. El doctor Pedro Ciruelo relacionado con la noble familia Velázquez no había tardado en constatar la ausencia de las tres peregrinas; y como éstas eran asiduas a las predicaciones de Iñigo, no dudó un punto en mezclar a éste en el hecho. Por relación del padre Castro, sabemos que iba por la ciudad murmurando contra aquel extranjero que ponía todo en desorden, añadiendo que el Doctor Mateo Pascual, Rector de la Universidad, no cumplía con su deber y otras palabras imprudentes.
     El doctor Pedro Ciruelo era todo un personaje en Alcalá. Desde 1508 era el maestro de la que fue primera cátedra de Santo Tomás; pertenecía a aquella primera generación de profesores en que se había fijado la elección del Cardenal Jiménez. Asi que cuando él se quejó ante Figueroa contra Iñigo, Figueroa procedió con todo rigor. Iñigo vió llegar un día al Hospital de Antezana a un alguacil que le dijo: "Venga usted conmigo." Por testimonio de un estudiante de entonces, que luego fue un gran doctor, mientras que el alguacil conducía a Iñigo a la prisión, se cruzó con él en la calle el joven Marqués de Lombay, Francisco de Borja, que atravesaba Alcalá a caballo, seguido de una brillante escolta. Borja iba a hacer la Corte a Carlos V en Valladolid, en donde se prometía mil alegrías mundanas y los favores imperiales. Tiempo llegará en que este marqués aprenderá de Ignacio la vanidad de las cosas humanas, (Pierre Suau, S. J. Hist. de San Francisco de Borja, París, Beauchesne, 1910) Mientras tanto Figueroa había reunido contra los prisioneros nuevos informes. El 10 de mayo fueron citadas Mena de la Flor, hija de Fernando, el 14 de mayo Ana de Benavente y Leonor, Mencia de Benavente, y Ana Díaz, mujer de Alonso de la Cruz. Sus testimonios nos revelan los principios de la dirección espiritual de Iñigo y de su compañero de apostolado Calixto. La frecuencia de sacramentos de la penitencia y eucaristía cada semana, el examen de conciencia, dos veces por día, la práctica de la meditación por las tres potencias del alma, la oración vocal pronunciada lentamente como con compás: tales son los ejercicios que eran enseñados a aquellas mujeres de buena voluntad. Iñigo añadía algunas explicaciones sobre los mandamientos y las impulsaba a huir de las vanidades del mundo, de la murmuración y de los juramentos. Advertía también a aquellas principiantes en la ascética cristiana, las diferencias que hay entre el pecado mortal y el pecado venial; y advertíales que si .querían entrar de lleno en el servicio de Dios debían esperar que el demonio se les opusiera y tratara de impedir sus resoluciones por tentaciones y desalientos, pero que la firmeza en sus designios las libraría de las importunidades diabólicas. 
     A esto se reducen todos los testimonios perfectamente de acuerdo. Naturalmente las explicaciones de estas mujeres acerca de los ejercicios de un mes, o sobre las tentaciones, son más o menos lúcidas y exactas. Pero un teólogo como el licenciado Figueroa no podía engañarse.
     En los testimonios de las mujeres interrogadas el 10 y el 14 de mayo hay un punto singular. La mayoría de entre ellas experimentaba accesos de melancolía, tristezas profundas e inexplicadas, desvanecimientos y algo así como crisis de epilepsia. Una de ellas, al servicio de Mencía de Benavente, era una mujer perdida; antes de seguir los consejos de Iñigo había tenido relaciones con numerosos estudiantes. Los fenómenos de que acabamos de hablar, eran en ella más caracterizados; pero las otras experimentaban cosas semejantes. Figueroa tratando de ver claro en este asunto fue a buscar a Iñigo a la prisión. Era el 18 de mayo de 1527.
     He aquí según el proceso verbal del notario Juan de Madrid la substancia de esta entrevista. Figueroa recordó una orden de él, dada en los alrededores de Navidad de 1526, por cuyos términos había prohibido a Ignacio formar asambleas de personas o conventículos para enseñar o doctrinar a quien quiera que fuese; y acusó al prisionero de haber contravenido aquella orden formal. Iñigo respondió: "usted no me mandó aquello bajo la forma de precepto; y si me habló de ello, de lo que no me acuerdo en manera alguna, fue tan sólo en forma de consejo."
     Figueroa cambió de táctica, y preguntó entonces al inculpado por qué aquellas mujeres que se ponían bajo su dirección, experimentaban todas debilidades y crisis nerviosas. Iñigo convino claramente en los desvanecimientos de cinco o seis de aquellas mujeres. El estado de su causa, en cuanto se puede comprender era éste: aquellas mujeres mejoraban su vida, se apartaban del pecado y resistían a las tentaciones que les venían del demonio o de los que las rodeaban. El demonio provocaba aquellos desfallecimientos sobreexcitando la repugnancia natural que tenían en cambiar de vida. Iñigo viéndolas en este estado, las consolaba, diciéndoles que permaneciesen firmes en medio de aquellas tentaciones y tormentos, y que si lo hacían así antes de dos meses no experimentarían ya tribulaciones algunas de ese género. Si les había hablado de esa manera, es porque él mismo había pasado por aquellas tentaciones con excepción de los desvanecimientos que no había experimentado nunca. Figueroa rogó entonces al prisionero le dijese si se había mezclado en cuestiones de confesión, aconsejando a aquellas mujeres que confesaran esto y no aquéllo, o confiarle el secreto de sus confesiones. Iñigo respondió: "como algunas personas me han confiado algunos de sus escrúpulos, cuando yo veía que ciertas cosas no eran pecados, les decía que no tenían que confesar eso, e inversamente. No hay otra cosa y niego haber pedido o buscado o intentado saber lo que en las confesiones se ha tratado con el confesor."
     Figueroa preguntó si había dado a algunas mujeres el consejo de salirse de sus casas y de irse vestidas de peregrinas a visitar los santuarios lejanos. El proceso verbal, cuyas hojas están incompletas, no menciona las respuestas de Iñigo. Pero las conocemos por el mismo Iñigo. Preso el primer día de mayo, llevaba ya diecisiete días encerrado, sin que supiera, antes de la visita de Figueroa, por que se le trataba de esa suerte. La pregunta concerniente a las peregrinas se lo explicó todo. Iñigo respondió que conocía a María del Vado y a su hija Lucía pero que ignoraba por completo su viaje. Hntonces Figueroa con el rostro alegre poniéndole la mano en el hombro le dijo: "pues éste es el motivo que os trajo aquí". "¿Quiere usted, replicó Iñigo, que le hable un poco más largamente sobre este asunto?""Sí.""Pues sepa usted que estas dos mujeres me importunaron muchas veces porque querían irse por el mundo a servir a los pobres en tales o cuales hospitales. Siempre las aparté de tal proyecto, en vista de que la muchacha es joven y bella, y yo les dije que si querían visitar a los pobres, podían hacerlo en Alcalá, e igualmente acompañar al Santísimo Sacramento." La entrevista terminó con esto y Figueroa, dice Iñigo, se fue con su notario llevándose todo por escrito.
     Entre tanto, Calixto estaba en Segovia. Enterado, no sabemos como, de la prisión de Iñigo se apresuró a volver, aun cuando estaba convaleciente de una grave enfermedad. Llegado a Alcalá se fue derecho a la prisión. Iñigo no estaba incomunicado; muchas personas venían a verle como ya hemos dicho; Calixto quería participar de la prisión de su amigo. Iñigo le hizo notar que haría mejor si fuese a buscar al vicario general. Figueroa recibió a Calixto con bondad; pero le ordenó sin embargo que fuese a la prisión y que se quedase allí, porque así convenía hasta que se pudiera interrogar a las tres peregrinas que no habían vuelto aún. Calixto obedeció; pero, convaleciente, se recrudeció su enfermedad con el régimen de la prisión, e Iñigo hizo que le sacaran de allí por medio de un doctor que era su gran amigo.
     Este suceso demuestra que el prisionero no había perdido todavía toda estima y crédito. El dice, por lo demás, que muchas gentes venían a visitarlo. Su confesor Manuel Miona era muy asiduo en hacerlo. Doña Teresa de Cárdenas le ofreció muchas veces sacarle de allí, pero él no aceptó jamás, diciendo siempre: "Aquel por amor del cual he entrado aquí, me sacará si le place." Con el mismo pensamiento de abandono perfecto en la Providencia que regulaba su vida desde su partida de Loyola, rehusó elegir abogados y procuradores, aunque muchos se ofrecían a hacerle ese servicio.
     Los estudiantes de la Universidad visitaban a su camarada prisionero y aun algunos profesores se atrevieron también a ir a la prisión. El doctor Jorge Naveros se distrajo una vez hasta el punto de dejar pasar la hora de su clase; llegando tarde a la Universidad se excusó ante sus alumnos, refiriéndoles sus impresiones que se resumen en una sola frase: Vidi Paulum in vinculis.
     El reglamento a que estaba sometido el prisionero no tenía nada de estricto; salvo que no podía salir de su nuevo domicilio, tenía sin embargo la libertad de conservar la puerta abierta y no lo dejaba de hacer. El mismo nos asegura que durante los cuarenta y dos días que permaneció en la prisión "hacía lo mismo que antes: enseñar la doctrina y dar los ejercicios."
     Las peregrinas de Jaén y de Guadalupe vinieron, por fin, de su largo viaje. El 21 de mayo se presentaron ante Figueroa. Confesaron que habían ido a vistar al Divino Rostro y a Nuestra Señora, pero que no fue por consejo de Iñigo; que era verdad que lo conocían; que habían hablado alguna vez con él; que le habían oído explicar la vida de Santa Ana, de San José y de otros santos y exhortar a la confesión y comunión semanarias; y que le tenían "por muy buena persona y siervo de Dios."
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     Figueroa no tuvo, pues, más que finiquitar el asunto. Y lo hizo con una sentencia en debida forma. Iñigo quedaba condenado a dejar su hábito de peregrino, para vestirse "conforme a la manera usada en este reino", tomando voluntariamente vestido de clérigo o  de laico; y se le daban diez días para proveerse de sus nuevos vestidos. Se le prohibía además enseñar cualquier cosa que fuese en público o en secreto, aisladamente o en reunión; pero pasados tres años se levantaría esta prohibición si el juez ordinario o el vicario general del lugar donde residiera lo juzgaban conveniente. Estas órdenes tendría que obedecerlas Iñigo, bajo pena de excomunión mayor, ipso facto, y bajo pena de ser desterrado del reino a perpetuidad. La sentencia se le notificó en la prisión, y se tuvo cuidado de darla a conocer a Juan López de Arteaga, a Juanico Reynald, a Calixto de Saá y a Cáceres.
     Aceptar estas decisiones no era un problema para aquellos hombres evangélicos. Pero sus escasos recursos no les permitían comprarse los vestidos y así lo advirtieron a Figueroa. El vicario general encargó a un hombre de bien, apellidado Lucena, que acompañase a Iñigo por la ciudad a fin de solicitar socorros. Ahora bien, en la calle que va de la Plaza de San Justo a la puerta del Vado, los dos mendigos se cruzaron con una carroza de la que bajó don Lope de Mendoza, para ir a un juego de pelota. El gentilhombre era elegante, vicioso y rico. A la primera palabra de los limosneros que le tendían las manos, se sulfuró hasta decir a Lucena: "¿Cómo puede un hombre de honor pedir limosna para esta gentuza? Apostaría ser quemado vivo, si Iñigo no merece la pena del fuego." La ciudad de Alcalá estaba de fiesta por el nacimiento del príncipe Don Felipe. En la torre de su casa don Lope de Mendoza disparó, como otros una serie de salvas en señal de regocijo. Una chispa que salió del arcabuz prendió el fuego a sus vestidos. El desgraciado echó a correr precipitadamente hacia el patio para arrojarse en una fuente llena de agua. Era demasiado tarde. Murió entre llamas. Toda la ciudad se llenó de estupor. Cuando se anunció el acontecimiento a Iñigo, éste acababa su siesta en la casa de Mencía de Benavente. "¡Ay!, dijo, yo le oí esta mañana desearse para sí semejante muerte." 
     Las limosnas recogidas permitieron a los cinco compañeros vestirse con los vestidos usados por los otros estudiantes. Pero la decisión de Figueroa al reducirlos al silencio ponía trabas a su celo apostólico. E Iñigo encontró la cosa muy dura, puesto que no se daba más motivo para la prohibición que la falta de estudios. Ciertamente, no dejaba de convenir en el hecho de su común ignorancia; él era el más sabio de los cinco y sus conocimientos eran muy pocos. Pero, al fin, no enseñaba sino cosas útiles que las almas necesitaban. ¿Qué hacer? Para decidir según Dios, Iñigo resolvió acudir al Arzobispo de Toledo.
     El Primado de España don Alfonso de Fonseca, (Alonso Fonseca nacido en Compostela en 1475, era Arzobispo de Toledo desde 1524. Inteligente, activo, gran Señor mundano y poco edificante fue mecenas fastuoso. Estaba en correspondencia con Erasmo quien le dedicó su edición de San Agustín. Ver Antonio López Ferreiro Historia de la Santa Iglesia de Compostela, VII, II i; VIII, 8-44) estaba en la corte de los reyes Católicos en Valladolid e Iñigo fue a encontrarle allí. En la audiencia que le concedió el Prelado, Iñigo contó fielmente lo que había pasado en Alcalá, y concluyó asegurándole que aunque no estuviese en ese momento en un territorio de su jurisdicción, ni obligado por ello a observar la sentencia dada por Figueroa, él haría lo que le ordenara el Arzobispo. En esta exposición Iñigo, despreciando la etiqueta y para tomar los modales de un hombre sin educación, había hablado a Fonseca en segunda persona, diciéndole de usted, como a un cualquiera. El primado de España, no obstante, le dio el mejor acogimiento; y como Iñigo hubiera pronunciado la palabra Salamanca, Fonseca le dijo: "que tenía en Salamanca algunos amigos y también un colegio y que los ponía a su disposición. Poco después al retirarse le hizo regalo de cuarenta escudos."
     Por la boca del Arzobispo, la Providencia había hablado. Iñigo comunicó a sus compañeros la decisión tomada.
P. Pablo Dudon, S.J.
SAN IGNACIO DE LOYOLA

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