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lunes, 5 de diciembre de 2011

El Hogar Mexicano.


Hoy que estamos en el mes Guadalupano, la intención que proponemos a los socios de la Cruzada Guadalupana para el presente mes no puede ser más importante para el bien de nuestra patria: el hogar mexicano.
Es al mismo tiempo algo que llega hasta el fondo de todo corazón que guarde amor sincero por nuestra afligida tierra, pues en el hogar están condensados los afectos más hondos y más puros que forman como la vida de nuestro corazón.
Vamos, pues, a pedir a la Virgen Santísima de Guadalupe remedio a los males que han destruido ya en parte y amenazan destruir del todo los hogares cristianos que fueron en nuestra patria, gloria de otras edades y muro ante el cual se estrellaron los conatos de la impiedad para acabar con la civilización heredada de generaciones que engrandecieron e hicieron gloriosa a nuestra patria.

Contra el primero y mayor de los males.
De esos males hay uno que ataca la raíz misma del hogar: es el insecto roedor que se esconde bajo la tierra y con su diente maligno, envenenado muerde esa raíz e impide que la savia vivificante vigorice la planta, le dé crecimiento, la haga florecer y fructificar. Se la ve languidecerse, secarse, morir y no se sabe porqué: pero ni el riego la reverdece, ni el sol la alegra, ni los cuidados de que se la rodea son poderosos a salvarla. Entre tanto, el oculto enemigo consuma su obra de destrucción, y la planta hermosa y lozana hace poco, ya no es más que un conjunto de ramas secas, un cadáver que es forzoso arrancar para que no afee con su triste aspecto la lozanía del jardín.
Pero, ¿cuál es esa raíz que perdió su vida destrozada por un voraz insecto? Es el principio de autoridad aplicado a la familia. Basados en una filosofía sana, nuestros padres creían que no puede haber sociedad alguna si en ella, no se unifican las aspiraciones de los componentes de la multitud, hacia un fin determinado; y de ahí deducían lógicamente que para unificar esas aspiraciones era necesario una fuerza capaz de hacerlos converger a dicho fin. Pues esa fuerza es la autoridad; la cual, en la familia está impregnada del amor de los que la ejercen, y no de un amor cualquiera sino del que produce sacrificios llevados más de una vez al heroismo.
Y si el imperio del padre ha de ser firme, como el brazo del piloto que sostiene el timón de la nave, el de la madre es dulce como el soplo de la brisa que impulsa las velas. Mientras esta autoridad que es una sola, combinada, es cierto, en los dos elementos que la forman, esté vigorosa, el hogar será una sociedad ordenada, y la barca, sin sacudidas ni vaivenes, surcará el mar tempestuoso, con rumbo cierto y fuerza bastante para romper las olas.
Pero, ¿qué ha sido en la sociedad moderna de la autoridad doméstica?... Principios demoledores atacaron las bases de la sociedad humana: se proclamó que en ella no hacía falta la autoridad ... propiamente dicha, que viene de Dios, en cuanto es autor de la naturaleza humana; se pretendió sustituirla con un fantasma de superioridad encargado de ejecutar la voluntad del pueblo único soberano...
Del Estado pasó esta ola destructora a la familia y proclamó la independencia de los esposos entre sí, pretendiendo romper el vínculo sagrado que los unía, perpetuo e indisoluble: la independencia de los hijos respecto a sus padres, pregonando entre unos y otros una igualdad que la misma naturaleza condena. Roída la raíz ¿cómo puede vivir la planta? ¿Adonde irá la barca sin timón que la guíe? ¿Qué será de ella si en vez de suave brisa que hinche sus velas, está sujeta a rachas de encontrados vientos y pasiones que la agitan?

Consecuencias.
De aquí la voluntad rebelde de los hijos; la debilidad de los padres; la inconsulta formación de hogares nuevos nacidos solo al soplo de la ambición o de pasiones pasajeras; la educación viciada desde el principio porque está sometida al antojo del que la recibe y no a la experiencia del que la debiera dirigir. Que estos males hayan invadido nuestra patria, no lo podemos negar; que van avanzando cada vez más, es una verdad que causa angustia a los que tienen ojos para ver; que a favor de malhadadas contiendas que todo lo trastornan, los hogares antiguos se disuelven y desaparecen; y así la tradicional familia mexicana, feliz y cristiana un tiempo es ya, no el tipo de la generalidad de las familias, sino excepción rara por desgracia... doloroso es confesarlo.

Al Tepeyac.
¿Adonde, pues, acudir para que esos restos de hogares cristianos no desaparezcan y para que los contagiados del veneno destructor recobren su vitalidad cristiana? "Mira hacia la estrella, invoca a María" respondemos con el piadoso doctor San Bernardo. Pueblo mexicano que aún conservas tu fe, mira hacia la estrella que apareció en el Tepeyac, acude a la Virgen de Guadalupe que salvará tus hogares de perecer al embate de los funestos principios que los combaten. Creemos que no habrá un solo hogar mexicano a donde no haya una imagen de su celestial Protectora: pues en este mes de diciembre, que las almas cristianas que haya todavia en esos hogares, le digan todos los días: "Virgen de Guadalupe, sálvanos que perecemos". Ella oirá ese clamor que se alce hasta su trono de todos los ámbitos de la República, y compadecida de nosotros, enviará sus bendiciones a esas familias, y comenzará una corriente de reacción que salvará los hogares, y con ellos preparará la salvación de la patria mexicana.

Cuidados que los padres deben de tener de los Sacramentos del Bautismo y la Confirmación

Socorridas las criaturas recien nacidas, y puestas a buen cobro sus vidas naturales, se sigue en los virtuosos y diligentes padres el cuidado principal de que sus hijos reciban el sagrado bautismo, cuya necesidad es tan grande, que ninguna criatura racional humana, sin ser bautizada, puede entrar en el reino de los cielos, como lo dice el mismo Señor en su santo evangelio (Joan., III, 3).
El gran padre de la Iglesia san Gregorio Nacianceno dice, que entre todos los beneficios de Dios, este del sagrado bautismo es el preclarísimo y prestantísimo; pues sin él, ni hay redención, ni hay sacramentos, ni hay vida sobrenatural, ni hay amistad de Dios, ni hay gloria: Bautisma, omnium Dei beneficiorum praeclarissimum, et praestantissimum.
Es el sagrado bautismo un espiritual nacimiento, en que nos dan el ser de la gracia y la insignia de cristianos, es el primero de los sacramentos de la Iglesia, sin el cual ningún otro sacramento se puede recibir, y sin él ninguno se puede salvar; como está declarado por punto de fe católico en el santo concilio Tridentino (Trid., sess. VI, de Bap., can. 5).
Verdad es que hay tres bautismos, que cada uno de ellos purifica el alma de todas las culpas, y la da gracia y el derecho para la gloria. El primero es bautismo de agua, que es el sacramento de que hablamos: este solo es sacramento. El segundo es bautismo de sangre, que es martirio padecido por amor de nuestro Señor Jesucristo, en defensa y confesion de la fe católica. El tercero es bautismo de deseo, que consiste en un ardiente deseo de ser bautizado con el bautismo de agua, teniendo un verdadero dolor de todas sus culpas, y un acto de amor de Dios sobre todas las cosas. (Comp. Theol. cum appr. Eccl.)
El bautismo de sangre y el deseo no son sacramentos, ni en rigurosa propiedad son bautismos, sino solo por equivalencia; esto es, que no pudiendo conseguir el bautismo de agua, se salvan las almas con el de sangre, ó con el de deseo; pero si el mártir se librase de los tormentos, y el que tuvo bautismo de deseo hallase quien le bautizase con agua, no se salvaría sin bautizarse con el sacramento del agua. Así se verifica que el bautismo sacramento es solo uno, conforme al artículo de la fe católica, que dice: Confíteor unum baptisma (Synod. Mr., et Eph.. IV, 5).
La venerable madre María de Jesús de Agreda, considerando la suma necesidad del sacramento del bautismo, y que administrándole criaturas terrenas, podia suceder invalidarse por falta de intención en el ministerio, apela fervorosa la sierva de Dios al bautismo de deseo, y decia: Altísimo Señor y Dios eterno, confieso el santo sacramento del bautismo, que me hizo hija de la Iglesia católica, señalándome como oveja vuestra con el carácter é iluminación de los hijos del Señor Dios de la verdad; mas porque este sacramento se administra por manos de los hombres, digo, Señor, que si por descuido ó falta de intención ó por otra cualquiera causa, no hubiere conseguido este bien, padeceré con mucho gusto el bautismo del martirio; y si este me falta por estar en tierra de cristianos, mi voluntad y deseo es grande de ser bautizada, y el fuego de este afecto arde en mi corazon.
Y porque los niños no son capaces del bautismo de deseo, ni regularmente lo son del bautismo de sangre, conviene guardarlos mucho para que no mueran sin bautizarse, y se priven enteramente de la gloria de su Dios y Señor por culpa de sus padres. Véanse los grandes peligros a que están expuestas las inocentes criaturas en estos primeros dias de su vida mortal.
Debe notarse mucho, que en caso de urgente necesidad, toda criatura racional, sea hombre, o sea mujer, puede bautizar a la criatura que se está muriendo, aunque sea el padre o la propia madre de la criatura; y cuando la echa el agua del bautismo, ha de decir estas palabras: Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Matth., XXVIII, 19).
Sobre esta materia esencialísima del sagrado bautismo hay muy grandes ignorancias en los seculares, y la turbación que causan semejantes acasos suele dejar muy arriesgado y dudoso el valor de este santo sacramento, como lo previene el doctísimo Posevino, cura experimentado de muchos años.
El docto Marcancio, que también fue cura de grandes experiencias, individúa los errores mas comunes que suelen tener los seculares. Lo cierto es que peligran muchísimas criaturas; y el citado Posevino dice, que de muchos niños que llevaban a la Iglesia, ya bautizados en casa por necesidad, y que decían estaban bien bautizados, examinándolo bien, halló que los mas no lo estaban por errores sustanciales cometidos en la forma del bautismo.
A mí me sucedió, estando leyendo teología en el convento de san Francisco de Huesca, que un hombre simple de la montaña me vino a preguntar si habia pecado, bautizando a una criatura, que le pareció estaba ya muerta. Yo le pregunté cómo habia dicho para bautizarla; y me respondió, que habia dicho estas palabras: criatura de Dios, el agua te bautiza en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Dijele, que no habia de decir el agua te bautiza, sino: Yo te bautizo en el nombre del Padre, etc. A esto me respondió el simple hombre, que todos los de su lugar entendían que las palabras: Yo te bautizo, solo las podian decir los sacerdotes; porque así se lo habían enseñado en aquel pueblo, y entendía seria lo mismo en los demás lugares circunvecinos. Avisé al cura, y se puso remedio en este común error sustancial de la forma del bautismo.
Otra grande ignorancia hallé en la materia de este santo sacramento del bautismo; porque haciendo viaje una tarde tempestuosa de truenos en dicha tierra, me arrimó la necesidad a una casa en despoblado, donde pasé la noche; y me parece fue divina providencia, porque habiendo nacido aquella noche dos criaturas de un parto anticipado en aquella misma casa, se pusieron luego a morir, y me pidieron las bautizase. Dije me trajesen agua prontamente, y todos los de la casa confusos, me respondieron que no tenian agua bendita. Bauticé las dos criaturas, y ambas murieron antes de la mañana, sin haber cumplido ninguna de ellas dos horas de vida. Alabé al altísimo Señor, cuya providencia nunca se engaña, como dice la Iglesia católica, y conocí que habia sido misericordia grande del Señor el haberme quedado aquella noche en tal casa; pues según el error que debia ser agua bendita, aquellas pobres criaturas se hubieran muerto sin el santo bautismo.
Adviértase bien este punto esencial, que el agua suficiente para el santo bautismo es la agua natural, aunque no este bendita; y la forma esencial son aquellas palabras, y no otras: Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Concil. Trident., ses. XXXVI, can. 2). Expliquen esto los diligentes padres de familia a todos los de su casa, por lo que les pudiere suceder.
La imposición del nombre de la criatura que se bautiza pertenece a los padres naturales de la misma criatura; y en caso de discordia, se ha da poner el nombre que quiere el padre, a quien debe atenderse, como se hizo en la imposición del nombre de san Juan Bautista (Luc., VI, 63).
En el sagrado bautismo de N. P. S. Francisco, la madre quería se llamase Juan, y el padre quiso llamarle Francisco; y como advierte nuestro seráfico doctor san Buenaventura, tuvo el nombre que le impuso el padre, y no dejó la significación misteriosa del nombre que le imponía la madre: todo era misterio. Ahora ya se puede contentar a los padres y a las madres, porque ya está en uso de poner muchos nombres de santos a las criaturas en el sagrado bautismo.
En la divina historia de la Mística Ciudad de Dios se dice, que preguntando el sacerdote a los padres del santísimo niño, ¿cómo había de llamarse? respondieron a un mismo tiempo el glorioso patriarca san José y la Reina de los ángeles María santísima, dijeron: Jesús es su nombre.
Cuando los padres han conseguido la sucesión deseada en su casa por oraciones y rogativas de algún santo particular, será justo ponerle a la criatura el nombre del mismo santo, como lo hicieron los felices padres del gran patriarca san Francisco de Paula, confesando agradecidos, que por oraciones de nuestro seráfico padre san Francisco tuvieron aquel hijo deseado. Lo mismo hicieron los dichosos padres de san Nicolás de Tolentino, que por oraciones de san Nicolás de Barí alcanzaron el hijo, que fue la honra de su casa.
Los nombres de santos se imponen a las criaturas en el sagrado bautismo, para que los santos sean patronos; y las criaturas que tienen sus estimables nombres, imiten sus virtudes, y los conozcan por sus particulares abogados, como lo advierte el gran padre de la Iglesia san Juan Crisóstomo. (Homil., XXI, in Gen.)
Algunas criaturas ya se traen con su nacimiento el nombre que han de tener, naciendo en dia señalado de algún gran santo. Así lo escribe un insigne varón, notando de otro muy célebre, que nació dia de nuestro padre san Francisco, le pusieron por nombre Francisco, entró en la religión en el dia de su santo, cantó su primera misa en dia de san Francisco, y murió dia de san Francisco. En el agregado misterioso se conoce, que no fue casualidad, sino especial cuidado, del humano serafín. (Theop. Rey. in Hist. S).
En la maravillosa vida del insigne patriarca san Pedro Nolasco se hace también digna ponderación de la devocion ardentísima que siempre tuvo al santo de su nombre san Pedro apóstol, de quien recibió muy particulares beneficios.
San Pedro Damiano refiere de un emperador, que tenia en su servicio un caballero llamado Bonifacio, el cual no vivia conforme, al significado de su nombre. Entró casualmente cierto dia en una ermita de su santo, y alli le vino una profunda consideración de que no correspondía con sus obras al desempeño justo del santo de su nombre, y tintes de salir de la ermita hizo firme resolución de dejar la corte profana, y entrarse en un monasterio para hacer vida religiosa, hízolo sin dilación alguna, y despues fue obispo tan fervoroso, que predicando la fe católica a los infieles, fue degollado, y dio su vida por Cristo. Este es san Bonifacio obispo y mártir. Tanto pudo conseguir la consideración de su nombre, que decia muchas veces: Aut non dicar Bonifacius, aut ero benefaciens.
El grande Agustino reprende y arguye al que no tiene las obras conforme al santo de su nombre, y dice: Quid, tibi prodest vocari quod non es, et nomen tibí usurpare alienum? ¿Qué te aprovecha el nombre del santo, si en tus obras perversas eres un demonio? Muchos tienen glorioso nombre con que viven, y viven muertos en el alma con torpísimas obras.
El santo bautismo es un favor incomparable con que Dios nuestro Señor, por los infinitos merecimientos de nuestro Señor Jesucristo nos hace cristianos, y nos concede por su infinita misericordia el nuevo ser de la gracia tan superior al ser de la naturaleza, cuanto dista la luz de las tinieblas, y el cielo de la tierra, como lo explica san Agustín.
Este soberano favor no se nos concede por merecimientos nuestros, como nos lo advierte el apóstol san Pablo: Non ex operibus justitiae, quae fecimus nos (Tit., III, 5); sino por la grande misericordia divina, que atiende a los méritos de Cristo Señor nuestro, y por ellos concede tan inefable beneficio a los que es su santísima voluntad.
Los divinos afectos que causa en las almas el sagrado bautismo, los quiso Dios nuestro Señor explicar con efectos materiales, conformes a nuestra rudeza, en un caso maravilloso que refiere san Antonino de Florencia. Es el ejemplo de una reina, que parió un niño feísimo, negro y horroroso. Tenían ya en el cadalso a la pobre señora para quitarla la vida, pensando que habia sido adúltera, por la fealdad de su hijo, cuando pidió para su consuelo le bautizasen a su hijo en presencia suya; y al instante que el agua del santo bautismo tocó aquel cuerpecillo monstruoso, feo y negro, convirtió toda la fealdad en hermosura, y así quedó restaurada la buena fama y reputación de la inocente reina, y conocieron los infieles el efecto maravilloso del santo bautismo.
Otro caso semejante hallamos en la prodigiosa vida de san Felipe Neri, el cual vió resplandecer en la frente de un sujeto el sagrado carácter que tenia: señal maravillosa que se imprime, en el alma con los tres santos sacramentos del bautismo, confirmación y órden.
El agua del santo bautismo por sí misma no es mas que agua natural; pero juntándose con las palabras del que bautiza, y haciéndose sacramento, se eleva tanto su virtud, que pasa a dar la vida eterna, y deja llena de luces admirables el alma. Esta es la fuente prodigiosa del agua, que se eleva hasta el cielo: Fons quae salientis in vitam aeternam; y san Agustín dice, que se junta la palabra al elemento, y se hace sacramento: Accedit verbum ad elementum, et fit sacramentum; y la virtud del agua se hace tan celestial, que tocando el cuerpo, purifica el corazon, y le lava del pecado original, y deja confuso al demonio.
En el sagrado bautismo se verifica prácticamente aquel vaticinio del profeta David, que dice: Contribulasti capita draconum in aquis (Psalm. LXXIII, 13); porque hallándose la pobre alma bajo la tirana potestad de los dragones infernales por el pecado original, que nos hace hijos de ira, como dice san Pablo, el agua del santo bautismo nos redime de esta mísera cautividad, y de hijos de ira nos convierte en hijos de Dios, y herederos de la gloria.
Todas las sagradas ceremonias de que usa la Iglesia católica para dar el santo bautismo están llenas de misterios, que deben considerar los padres en el bautismo de sus hijos, y celebrar solemnemente tales dias. Con mas razón pueden los padres alegrarse, y solemnizar el sagrado bautismo de sus hijos, que el padre del hijo pródigo su restauración (Luc., XV, 32); porque mayor felicidad alcanza la criatura recien bautizada, que el pecador convertido; y dado que no sea mayor, es dignísima de celebrarse con regocijo de toda la familia. También se aumenta la solemnidad del sagrado bautismo con las misteriosas ceremonias que allí se hacen.
En la sal que se pone a las criaturas en los labios se significa la sabiduría del cielo con que han de vivir en la ley de Dios. La vestidura blanca significa la sobrenatural pureza con que aquella dichosa criatura queda en el santo bautismo. La candela encendida que se la pone en la mano significa la luz de las buenas obras con que ha de esperar al divino Esposo, para entrar en la gloria. Todos estos admirables misterios explica el gran padre de la Iglesia san Agustín. (S. Aug., tract. X, serm. 155 de Templ.)
Las públicas alegrías y congratulaciones que los padres suelen hacer en los dias del bautismo de sus hijos, si no exceden los límites, de la posibilidad y modestia, están muy puestas en razón cristiana, porque celebran la mayor felicidad de sus hijos; y muchas veces la común alegría del pueblo en el sagrado bautismo de alguna criatura es manifiesta señal del bien común que el mundo tendrá con ella, según discurre con elegancia san Ambrosio: Habet sancionan editio Iutitiam plurimorum, quia commune est bonum (Lib. I in Luc., cap. 2).
De los padrinos del bautismo y de sus obligaciones habla el santo concilio Tridentino, y determina que sea solo uno el que recibe al bautizado; y contrae parentesco espiritual con él y con sus padres; y a lo sumo dice sean dos, esto es, padrino y madrina (Trid., ses. XXIV, de Ref., cap. 2). En caso de necesidad, no son necesarios los padrinos, y el bautismo es válido sin ellos.
San Dionisio Areopagita llama a los padrinos padres divinos; porque al padrino le pertenece el encargo de enseñar la doctrina cristiana a su hijo de pila, caso que sus padres naturales se descuiden de esta grande obligación: Patrinus dicitur quasi pater divinus; sub quo, sicut sub divino patre, puer degeret.
El gran padre de la Iglesia san Agustín llama al padrino fianza de la cristiana educación del bautizado: Patrinus sponsor est, et fidejussor; porque así como la fianza tiene obligación de pagar, en caso que no pague el principal, así el padrino tiene obligación en conciencia de enseñar a sus hijos, si sus padres naturales se descuidan en su cristiana educación.
Esta materia es muy grave, porque los doctores convienen con el angélico maestro, que a los padrinos los obliga, bajo de pecado mortal, el enseñar á las criaturas la doctrina cristiana, en caso que sus padres naturales no lo hagan (Angl. Doct., m p., q. 72, art. 8). Así también lo declaran y lo mandan con gravísimas penas los sagrados cánones.
El santo sacramento de la confirmación es de tan soberana dignidad, que el angélico maestro le llama sacramento de la plenitud de la gracia: Sacramentum plenitudinis gratiae; y algunos santos padres la intitulan consumación del bautismo, no porque el sagrado bautismo deje de perdonar todas las culpas, sino porque el sacramento de la confirmación da fortaleza a la criatura bautizada para que conserve la gracia recibida en el bautismo, y se arme de fortaleza para confesar sin temor de los tormentos la fe de Jesucristo.
Segun esta doctrina, la confirmación es un aumento espiritual del ser de gracia que nos dió el sagrado bautismo, aumentándonos esa misma gracia, y dándonos especial gracia y fuerzas con que confesemos la fe cristiana; por lo cual en el santo bautismo somos reengendrados en la vida sobrenatural, y con el sacramento de la confirmación nos armamos para la pelea en defensa de la fe católica. Así lo dice san Cipriano con otros santos padres de la Iglesia.
Verdad es, que sin el sacramento de la confirmación cualquiera se puede salvar; pero si el salvarnos, ha de ser batallando y peleando con tantos enemigos, y en pelear bien esta nuestra corona, como dice san Pablo: Non coronabitur, nisi qui legitime certaverit (II Tim., II, 5), mucho peligro llevará nuestra victoria, si no recibimos las armas que nos da el santo sacramento de la confirmación. Así discurre el insigne Hugo de Sancto Victore, y dice es peligroso morir el hombre cristiano de muchos años sin recibir este santo sacramento.
Los padres de las criaturas han de tener el cuidado de llevarlas a los señores obispos para que las confirmen; y también es obligación de los ilustrísimos prelados socorrer a sus ovejas con este santo sacramento. Uno y otro se confirma con un caso raro que escribe Surio, y es de una mujer piadosa que tenia un niño muy enfermo, y le llevó al obispo para que le confirmase; pero tardando un poco, se murió la criatura sin este santo sacramento; por lo cual el justo prelado hizo asperísima penitencia, y él mismo se desterró de su iglesia, hasta que el Señor le restituyó con un patente milagro: resucitó el niño, y fué confirmado, y así quedó con el deseado consuelo el santo obispo.
También se ofrece prevenir a las madres, que armen a sus hijos con la santa cruz, defendiéndolos con esta arma poderosa de los insultos del demonio, que nunca duerme, y siempre se desvela para perseguir a las pobres criaturas. Siempre que las ponen a dormir, procuren signarlas con la señal de la cruz, para que el demonio no se acerque a ellas, como ya en otra parte dejámos prevenido.
El glorioso padre de la Iglesia san Juan Crisóstomo persuade fervoroso a las madres, que no busquen para sus criaturas a las viejas santeras, sino que las santigüen con la señal de la cruz, que es lo que la santa Iglesia de Dios nos enseña, y las hagan decir los santos evangelios, que en esto no se puede errar; y las otras santiguaciones llevan mucho peligro de ser supersticiosas.
De san Bernardo se refiere en su maravillosa vida, que siendo niño, y estando enfermo de un grave dolor de cabeza, sin saberlo el santo, le trajeron una de las viejas santeras, para que le curase; mas apenas la vió el santo niño, se arrojó de la cama con tanto fervor, que fue asombro de todos los de su casa. Al punto le quitó el Altísimo su dolor de cabeza, y quedó sano.
Las sagradas imágenes y reliquias de los santos, y devociones a María santísima, han de ser también los poderosos defensivos de las criaturas para que se libren del demonio de los hechizos y de las brujas. Con una pasta de Agnus se libró un niño inocente de unas perversas brujas, como se refiere en el docto libro de las Disquisiciones mágicas (Delr., lib. VI, sect. 3).
En otro libro curioso también se refiere, que pasando una bruja por el aire al tiempo que en un lugar tocaron las campanas del alba, para invocar y saludar a la Reina de los ángeles María santísima, espantado con esto el demonio, soltó a la bruja, y la miserable mujer cayó en un zarzal, donde la hallaron; y presentándola a los jueces, confesó todo lo sucedido, y fué castigada, aunque no tanto como merecía (Reyn., t. XV, Esther., 1, fol. 413).
También es digno prevenir a los padres, que miren como hacen los votos, ofreciendo los hijos para ser religiosos; porque el Espíritu Santo dice, que mejor es no prometer ni hacer el voto, que retractarle y no cumplirle despues de haberle prometido (Prov., XX, 25).
En las crónicas de la religión de nuestro glorioso padre y patriarca santo Domingo se refiere, que una señora noble, deseosa de tener hijos, le hizo voto a san Pedro mártir, que si la alcanzaba de Dios un hijo, le prometía hacerle religioso de su órden. Concedióselo al punto este glorioso santo; pero viéndole la señora tan hermoso y agraciado, teniéndole en sus brazos, le dijo: en verdad, hijo mió, que me ha de perdonar san Pedro mártir, y no has de ser fraile. Al punto que la simple y estulta madre dijo estas palabras, comenzó a enfermar la criatura, y murió dentro de pocas horas.
Otros muchos ejemplos semejantes se hallarán en dicha crónica, y en la de nuestro seráfico padre san Francisco, para que los padres escarmienten; y una de dos, ó no ofrezcan los hijos por voto, ó se dispongan a cumplirle: porque según la doctrina del eximio Suárez, los padres no pueden obligar a los hijos a que sean religiosos; pero si los han ofrecido por voto, deben no impedirles el estado, y hacer de su parte todas las prudentes diligencias para encaminarlos, sin violentarlos, al estado religioso de que hicieron el voto.
Ultimamente se previene a los padres, que en el caso fuerte y desconsolado de no tener hijos ni sucesión para su casa, recurran a los santos, y sea como hicieron aquellos insignes barceloneses, de los cuales refiere el devoto Mercancio, que en veneración de los doce apóstoles consagraron a los altares doce cirios, grabando en cada uno el nombre, de un apóstol, purificando sus almas, confesándose, y comulgando con mucha devocion; y corriendo los años tuvieron la especiosa fecundidad de doce hijos, y a cada uno le iban poniendo el nombre del apóstol que le tocaba; y los santos apóstoles dieron bien a entender cuan grato les había sido el obsequio de aquellos devotos caballeros; pues aun en la muerte de los hijos se vió la circunstancia notable de que cada uno pasaba a la eternidad en el dia del santo apóstol que le habia tocado por nombre. Esta historia verdadera enseña mucho. Dios ilustre los corazones de los padres. Amen.
R. P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

domingo, 4 de diciembre de 2011

¡MEXICANO!



Sufrimos mucho, mucho! Es necesario
Que, en nuestra horrible noche de pesares.
La rutilante Estrella de los Mares
Brille, como brilló en el Calvario.

¡Mexicanos! ¡Recemos el Rosario!
Que, al declinar la tarde, los hogares
Se convierten en místicos altares,
Y nuestra Patria, en colosal santuario.

A México dio luz cuando era ciego
Un Rosario, y trocó la Patria mía
De erial muerto, en vergel, su santo riego,
Cuando el Tepeyactl lo regó un dia:
¡Aquel quimil de rosas de Juan Diego
Conque su Imagen nos pintó María!

sábado, 3 de diciembre de 2011

DEDICATORIA


A Ti Madre del alma Virgen Morena
Mas pura que los pétalos de la azucena
que tienes por doceles las blancas nubes
y por peana las alas de los querubes,
por túnica, celajes de oro y grana,
de esos que ostenta el cielo por la mañana!
La noche más oscura por cabellera
y como manto un cielo de primavera;
la luna como alfombra bajo tu planta
Y tienes el sol por sombra, tu imagen santa!

A ti dulce paloma de los ojos velados
por párpados brillantes y nacarados,
cuya voz argentina y arrulladora
anunció de mi Patria la clara aurora;
A Ti, la flor más pura de nuestro suelo
la estrella más brillante de nuestro cielo,
el ensueño mas grato de nuestro sueno,
de nuestro amor de niñas, único dueño.

A Ti, de nuestra Patria la Princesita,
la Reina coronada, la Reina Indita,
que hacia nosotros tienes tus ojos fijos,
y eres morena para llamarnos hijos:
ante quien inclinaron humildemente
los héroes de mi Patria, su altiva frente,
porque Tu la ceñiste laurel de gloria,
porque Tu eras la ensena de su victoria!

A Ti, Virgen Indita, hoy te ofrecemos,
en prueba que mucho te queremos,
este examen humilde...! Sol de la ciencia,
con tu rayos alumbrados la inteligencia!.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Mañanitas Guadalupanas


Madrecita, Madrecita
tu tilma es mi corazón,
estampa en el para siempre
tu divina Aparición.

Hoy es doce de diciembre,
el más grande y bello día;
porque nos tomó por hijos
la siempre Virgen María.

Madrecita, Madrecita
estamos locos de amor,
y quiere estallar de gozo
nuestro pobre corazón.

coro

Del cielo bajo al Cerrito
a decirnos sus amores,
y el Cerro la quiso tanto
que le dio besos de flores.

Madrecita del Niño
todos mis besos te di:
y por besarte en la gloria,
se me hace tarde morir.

coro

Los ángeles se asombraron
y se obscureció la luna,
al ver que a México diste
en tus brazos blanda cuna...

Madrecita, Madrecita
oyes a tu Xocoyotl?
ha llorado tanto, tanto...
que su voz se enronqueció.

coro

La primera luz del alba
ya por Oriente asoma;
despiértate y llena mi Patria
de tus arrullos Paloma.

Madrecita, Madrecita
vuélvenos a repetir
que nada nos hace falta,
pues te tenemos a Ti.

coro

A México le pediste
sólo un templo y un altar;
y en santuario te convertimos
cada pecho y cada hogar.

Madrecita, Madrecita
Tu reinas en mi jacal,
y en mi alma y en mi vida,
y en mi suerte, y más allá.

coro

Juan Diego escuchó conciertos
en la tierra nunca oídos;
y no era un sueno, cantaban
de tu pecho los latidos.

Madrecita, Madrecita
Dejame acercarme a Ti!
y quiero oír aquellas músicas,
y escuchándolas morir.

coro

Vencedora de la serpie
yo te miro en mi bandera;
por eso la quiero tanto:
por ella morir quisiera.

Madrecita, Madrecita
Tú eres águila caudal;
en mi pecho vive y mora,
aquí tienes tu nopal!

coro

Quitarnos pueden la plata
nos pueden quitar el oro,
nos pueden quitar la vida,
pero no nuestro tesoro!

Madrecita, Madrecita
no me quitarán tu amor,
ni cuando sequen los mares
y apaguen la luz del sol.

coro

Tal vez se te hacen poquitas
las estrellas de tu manto
por eso quieres que México
sufra y llore tanto, tanto...

Madrecita, Madrecita
qué gusto me da llorar!
para que tus lindas manos
puedan mis ojos tocar.

coro

A Juan Diego, sin su tilma
para dárnosla dejaste...!
en cambio le diste el cielo,
qué cara se la pagaste!

Madrecita, Madrecita
quítame todo también;
nomas dejame el aliento
para un Viva Cristo Rey!

jueves, 1 de diciembre de 2011

SOLO ELLA


Mexicanos, mexicanos, que gemís en hondo duelo
Al mirar que ya sin rumbo, de la Patria el barquichuelo
Es juguete de las olas y no tarda en zozobrar;
Levantad vuestras pupilas y clavadlas en el cielo
En María de Guadalupe que es estrella de la mar.

Mexicanos, mexicanos, que la llama destructura
Del incendio que la Patria en cenizas vuelve ahora
Con la sangre de mil pechos quisistes apagar...
Ved: Maria de Guadalupe es la nube bienhechora
que el incendio de la Patria con su lluvia apagará.

Mexicanos, mexicanos, que os volvéis hacia el oriente
Esperando algún rayito de luz pura que os ahuyente
Esta noche tenebrosa que en su manto os envolvió:
Levantad vuestras miradas hacia el trono refulgente
De María de Guadalupe que es Aurora y trae el sol.

Mexicanos, mexicanos, que exhalando heroico ¡Viva!
Expiráis en el combate sin tener quién os reciba
En sus brazos, ni quién guarde vuestro último estertor. . .
¡Oh! María de Guadalupe es la madre compasiva
Que a los héroes de mi Patria en sus brazos recibió!. .

Mexicanos, mexicanos que al oír el ronco grito
De la herida águila azteca le buscáis un lugarcito
Donde pueda estar segura. . . No hallaréis aquel lugar
¡Ni en la cumbre de los Andes! ¡La persigue el infinito!...
Escondedla entre las rocas del sagrado Tepeyac!...

EXTRACTO DE LAS ACTAS DE LAS SESIONES Y CONGREGACIONES (VI) CONCILIO LATINO AMERICANO 1899

CARTA SINODAL.
AL CLERO Y AL PUEBLO DE LA AMÉRICA LATINA.

Los Arzobispos y Obispos congregados en Roma para el Concilio Plenario de la América Latina, al Clero y al Pueblo de sus diócesis, Salud y bendición en el Señor.

La materna caridad de la Iglesia, que en todo tiempo se desvive por atraer los pueblos a Cristo, muy particularmente y por admirable manera resplandeció en nuestra América Latina desde los comienzos de la conversión de sus moradores. Los abundantes frutos de esta caridad con señalado júbilo enaltece Paulo III al decir (Altitudo, kal. Iun. 1537): «No sin grande y espiritual regocijo de nuestro ánimo, hemos sabido cuántos de los aborígenes de las Indias occidental y meridional, aunque privados de la ley divina, pero por gracia del Espíritu Santo iluminados, han abjurado sus antiguos errores y, abrazados a la verdad de la Católica Fe y a la unidad de la Santa Iglesia, desean y se proponen vivir, siguiendo las prácticas de la misma Santa Romana Iglesia» .
Y Pío IV (Licet Ecclesia, 12 Aug. 1562) expresándose en términos llenos de dulcísima ternura quiso «cobijar aquellas nuevas plantas y regarlas con fecundas lluvias de caridad y de gracias».
También Clemente VIII (Pastoralis officii, 29 Ian. 1598) anheló «regar con suave lluvia de mansedumbre a los primeros convertidos, como a tiernos retoños de reciente cultivo».
Todos los demás Soberanos Pontífices renovaron estos ejemplos de apostólica caridad. «Desde el punto, dice Gregorio XVI (Beneficentissimo, 12 Iun. 1840), que los Romanos Pontífices vieron a la América gimiendo cautiva y a sus moradores sentados en las tinieblas y las sombras de la muerte, al instante extendieron a aquellas dilatadas regiones del orbe descubierto, los Apostólicos cuidados; y aquí derramando portadores de la divina palabra, allá creando nuevas diócesis, con todo linaje, en suma, de desvelos, de piedad y de esfuerzo, abrieron el camino de la salud eterna a todos aquellos desdichados envueltos en densísimas nieblas de error».
Magnífico eslabón de esta cadena, y podríamos decir su coronamiento, es el Augusto Pontífice León XIII, que explicando esta materna solicitud escribe (Quarto abeunte saeculo, 16 Jul. 1892): «Era ciertamente deber y empeño propio de la Iglesia atraer la raza Indígena a la vida cristiana. Cuya labor en los principios comenzada, por ley de caridad siguió manteniendo, y todavía ahora mantiene» Y añade (Trans Oceanum, 18 April 1897): «Los Romanos Pontífices, Predecesores nuestros, en ningún tiempo dejaron de enviar nuevos operarios que dieran cultura al ancho campo de América.... y estos, sobre todo en los lugares donde los venidos de Europa, en su mayor parte Españoles, pusieron domicilio y asiento fijo, levantaron templos, edificaron monasterios, abrieron parroquias y escuelas y con la autoridad Pontificia formaron Diócesis».
Tanta solicitud por parte de los Papas, los asiduos esfuerzos de apostólicos varones y la emigración a nuestra tierras de gente latina por la sangre de sus padres y católica en sus creencias, fué especial favor divino que pobló prodigiosamente la América de raza latina y católica, cuyos hijos, amamantados en la fe de Cristo y en ella educados y confirmados, luego se multiplicaron como las estrellas del cielo y las arenas del mar. «De ahi nace, observa Nuestro Santísimo Padre León XIII (Trans Oceanum, 18 April. 1897), que gran parte de la América por la religión recibida de los nuevos pobladores, y por los orígenes de su lengua, pueda llamarse América Latina y por tal ser tenida».
Fuerza nos es reconocer, y al hacerlo sentimos el ánimo henchido de gozo y de agradecimiento sumo, que esta formación en la fe de Cristo de nuestra América latina, iniciada ya en los principios del descubrimiento del Nuevo Mundo, y su maravillosa confirmación en los tiempos sucesivos, ha encontrado un amantísimo y especialísimo Tutelar y Patrono en Nuestro Santísimo Padre el Papa León XIII. Claro é irrecusable testimonio es de ello, entre otros muchos, el hecho que últimamente ha realizado, y que desde largo tiempo venía acariciando. «Desde los dias, dice, que se celebraba solemnemente el cuarto centenario, en memoria del descubrimiento de la América, embargaba nuestro ánimo el pensar por qué camino podríamos mejor promover el bien común en las naciones latinas, que forman la mayor parte del Nuevo Mundo. Y comprendimos cuán excelente cosa sería que, cuantos sois Obispos de esas Naciones, por Nuestra autoridad convocados os juntaseis en unidad de miras» (Cum diuturnum 25 Dec. 1898)
En estas palabras nacidas del paterno afecto del sumo Pontífice, teneis señalado, Hermanos e Hijos carísimos, la razón del Concilio Plenario de la América Latina y los pastorales trabajos que vuestros Obispos han llevado a cabo. «Pues en verdad, añade Su Santidad, entendíamos que poniendo en consorcio común vuestras luces y los frutos de prudencia que a cada uno da la práctica, surgiría eficaz providencia para que, en pueblos que en linaje y la cuna enlazan, viva también incólume la unidad de la eclesiástica disciplina, reverdezcan costumbres dignas de las católicas creencias, y la Iglesia logre á la pública luz mayor florecimiento por el común esfuerzo de los buenos» (Cum diuturnum 25 Dec. 1898)
El propósito del Romano Pontífice era señora de fecundos bienes, y los Prelados de vuestras Diócesis respondieron a este llamamiento con tal unión y aplauso, que mereció los encomios del que es en la tierra Vicario de Cristo. «Aconsejábanos también, dice en efecto el Papa, el cumplimiento del propuesto Concilio, la unánime y entera voluntad con que acojisteis nuestro pensamiento, al seros propuesto, y pedido vuestro parecer» (Cum diuturnum 25 Dec. 1898). Y congregado ya felizmente en esta Santa Ciudad el Concilio Plenario, escribía rebosando fruición a los Padres: «Con justicia os alegráis y Nos sentimos igualmente complacencia indecible, de ver al cabo comenzado ya vuestro Concilio Plenario, tanto tiempo deseado y con tan largos desvelos preparado. Una misma para Nos y para vosotros la razón de alegrarnos, pues de vuestra reunión abrigamos todos alta esperanza, de abundantísimo provecho que ha de acarrear a los pueblos todos de la América latina. Es en Nos tanto más firme y honda esa esperanza, que hemos podido medir la generosa disposición que revela vuestra venida, a pesar de la larga distancia, y hemos podido admirar la incomparable concordia con que, orillando cualquier discrepancia, aportáis a los asuntos del Concilio vuestra labor y vuestros esfuerzos» (Concilium Plenarium. 23 jun. 1899).
Pero viniendo ya a los hechos del Concilio, o sea a las sinodales resoluciones emanadas, fuéranos dulce, amadísimos Hijos, abrir con vosotros el ánimo acerca de ellas, si no nos lo prohibiera el estar aún pendiente de la autoridad y supremo Magisterio del Sumo Pontífice, a quien, como era de nuestro deber, sujetamos los actos todos del Concilio, su aprobación definitiva. Sin embargo, esto no priva de que, entretanto, os podamos dar a entender la razón general de nuestros actos, "Nos hemos ocupado, diremos valiéndonos de las palabras de los Padres del Concilio Provincial de Siena, de lo más elevado y soberano que pueda nunca ocupar humano entendimiento; hemos tratado de los más nobles y más vitales asuntos que conciernen al hombre y á la humana sociedad, de los celestes polos en que descansa y se mantiene la felicidad del individuo, la de la familia y de la nación» (Epist. PP. Conc. Prov. Senarum an. 1850)
Y aunque desigual la comparación, todavía nos es licito repetir las palabras de Pio IX en las Letras Apostólicas convocatorias del Concilio Vaticano: En este Concilio «con cuidadoso examen ha de pesarse y resolverse cuanto, principalmente en estos tan dificultosos tiempos, atañe a la mayor gloria divina, a la integridad de la fe, al decoro del culto divino, a la eterna salud de los hombres, a la disciplina de uno y otro clero, a su sana y sólida cultura, al cumplimiento de las leyes eclesiásticas, al encauce de las costumbres, a la formación cristiana de la juventud y a la paz común. No menos se ha de velar con sumo celo que, con el favor divino, de la Iglesia y de la sociedad civil sean alejados los males; que tantos infelices descaminados vuelvan a la senda de la verdad, de la justicia y de la eterna salud; que se corten tantos vicios y errores, y que en todo el orbe reviva y se extienda y domine nuestra santa religión y su sana doctrina, á fin de que, para sumo provecho de la humana sociedad, por todas partes retoñen y florezcan la piedad, la honestidad la integridad de costumbres, la justicia, la caridad y las demás virtudes cristianas» (Bulla indict. Conc. Vaticani Aeterni Patris, 3 kal. Iul. 1868).
Todas estas cosas ha sido nuestra mira llevar a la práctica, apoyados en el divino auxilio, y pedida la protección del Principe de los Apóstoles; y perfeccionarlas según nuestro alcance, teniendo con segura esperanza que Dios que á la obra de nuestro Concilio Plenario misericordiosamente puso la mano en sus comienzos, habia de hacer copiosísimos sus frutos. Esta misma esperanza siente con dulce y benigno afecto el Augusto Pontífice que, durante los trabajos conciliares, se dignó hacer llegar a nuestros oídos palabras de aliento. «Viene también a confirmar nuestra confianza, nos escribió, el amor y reverencia a la Sede Apostólica que en el principio mismo del Concilio os complacisteis en demonstrar, con letras a Nos dirigidas, llenas de respeto y devoción. Y ciertamente, esta vuestra adhesión a la Cátedra de San Pedro, no puede menos de ser para vuestra reunión segura prenda de largos favores de la divina gracia, a fin de que lo comenzado con tan prósperos auspicios, con éxito mas próspero aún, llegue a su cabo» (Concilium Plenarium, 23 Iun. 1809).
Unión tan estrecha y fecunda con la Apostólica Sede, augurio de tantos bienes; ya desde los primeros dias de la formación cristiana de la America Latina fue particular patrimonio de nuestra raza. Este arraigamiento en la Piedra de la Iglesia mantuvo firmes a nuestros pueblos a través de innumerables riesgos y los sacó siempre vencedores de las asechanzas de los impíos y herejes. El recuerdo vivo y el sentimiento profundo de esta tradición fue nuevo estímulo, que impulsó a todos los Padres en el instante mismo de abrir el Concilio, a postrarse delante de Pedro en su Augusto Sucesor León XIII, y con todo el afecto de nuestra alma le dijimos: «Los Obispos de las Iglesias de la América Latina, abierto debidamente el Concilio Plenario en el día de ayer, por unánime consentimiento acordaron postrarse a los pies de Vuestra Santidad, para pedir su Apostólica Bendición, antes que pongan sus manos en los asuntos del Concilio. Estiman necesario reiterar a Vuestra Santidad sus afectos de agradecimiento por el desvelo, que en favor de nuestras Iglesias ha desplegado; y a la vez siéntense forzados a demostrar su señaladísima satisfacción, porque, vencidos todos los obstáculos, que parecían oponerse, pudieron responder a los sapientísimos consejos de Vuestra Santitad, cabiéndoles con esto la dicha de ser parte en acrecentamiento de solaz de tan amante Padre, y ser en alguna manera instrumentos de nuevo esplendor, para un Pontificado ya tan glorioso, al verse por vez primera reunido un Concilio Plenario de todas las Iglesias de la América Latina. Y al escoger los Obispos a Roma para lugar del Conciiio, no eran otros sus fines, sino el de tributar a la Silla Apostólica el testimonio de su devoción, postrarse a los pies de Vuestra Santidad, y beber en los sepulcros de los Apóstoles, aquella sabiduría que les diera mayor idoneidad para juzgar de cuanto al fomento de la vida católica en sus regiones concierne» (PP. Concilii Plenarii ad SS. D. N. Leonem Pp. XIII, 29 Maii 1899).
¡Qué admirable dignación la del Pontífice! Acerca del concebido proposito de celebrar el Concilio pidió primero el parecer de los Obispos de la América Latina. Acogido por estos con universal y entero asentimiento, aún se dignó dejar en sus manos la opción del lugar para la celebración del Concilio. En su gran mayoría, con marcada complacencia, escogieron a Roma «entre otros motivos, dice el Papa, porque a muchos de vosotros es más fácil la venida a esta Ciudad, que el traslado a cualquier otra lejana de la propia América, por razón de lo dificultosísimos que son allí los caminos. Esta manifestación de vuestros deseos, que era además no pequeño indicio de vuestro amor a la Silla Apostólica, no podía menos de obtener Nuestra plena aprobación» (Cum diuturnum, 25 Decemb. 1898).
Mas queriendo todavía el bondadoso Pontífice dar una última prueba de su desvelo y cariño por nuestra obra y de su munificencia, ordenó que la administración de los Sagrados Palacios Apostólicos, auxiliada por los Padres de la Compañía de Jesús del vastísimo Colegio Pio Latino-Americano, se encargara de la disposición de todas las cosas materiales que eran necesarias para la celebración del Concilio. Concedió además que libremente pudieran valerse los Padres para los trabajos del Concilio, siempre y cuando fuera su voluntad, de los Consultores mismos de las Sagradas Congregaciones Romanas. Y para el mayor esplendor de las sesiones públicas, dióles para la dirección de los actos litúrgicos todo el Colegio de los Maestros Apostólicos de ceremonias de Su Santidad.
Finalmente, entre tantas señales de altísima benevolencia que dió el Papa a nuestro Concilio Plenario, nos es por extremo grato hacer especial memoria de dos insignes gracias, que le han dado mayor distinción y carácter. Es la primera la designación que hizo de algunos Eminentísimos Cardenales de la Santa Romana Iglesia, para que, salva siempre la presidencia efectiva de los Arzobispos, con su presencia en calidad de Presidentes de honor, realzasen el esplendor de las sesiones públicas; y es la segunda, y no menos digna de ser recordada, la alta honra que otorgó a los Arzobispos condecorándolos, siempre que presidiesen, con el título de Delegados Apostólicos. Llenos de un agradecimiento sin límites por tan singulares mercedes, ya desde los principios no pudimos abstenernos de dejarlo rebosar a los pies del Papa, y con el alma en las manos le dijimos: «Estos mismos Prelados (los Padres del Concilio) elevan a Vuestra Santidad un vivo hacimiento de gracias por la inestimable muestra de benevolencia otorgada, señalando un Príncipe Cardenal de la Santa Romana Iglesia, como Presidente de honor para las sesiones públicas, y queriendo que los Arzobispos de la América Latina presidieran en cada una de las sesiones condecorados con el distinguido carácter de Delegados Apostólicos cuando por el turno señalado desempeña cada cual el cargo de Presidente» (PP. Concilii Plenarii ad SS. D. N. Leonem Pp. XIII, 29 Maii 1899).
Cuando recordamos estas y otras muchas inequívocas pruebas de extremado afecto, con que la bondad del Pontífice ha querido enaltecer y dilatar los ánimos de los Padres del Concilio, y en ellos y por ellos a todos vuestros Obispos y a todos nuestros pueblos, con toda el alma dirigimos a Dios sentido himno de alabanza y de acción de gracias, porque en nuestros días de esta suerte se ha dignado enriquecer con tan magníficos dones a los Prelados, al Clero y a nuestras tierras, siendo instrumento el Concilio Plenario.
Cabe, pues, decir que a los cuatro siglos del descubrimiento y conversión de la América, el Concilio Plenario viene como a ser corona y cúmulo de las innumerables mercedes que desde la aurora de la predicación evangélica, Cristo Redentor, por intercesión de su Inmaculada Madre, ha derramado sobre nosotros. A ninguno ciertamente cede en esplendor, en magnificencia y en ser fuente de gracias, el acontecimiento, superior a todos, del Concilio Plenario que se acaba de celebrar. Justo era, por tanto, que los Padres todos del Concilio en la propia Aula Conciliar rindieran solemne homenaje de alabanza a Cristo Jesús, a Cristo Redentor, a Cristo que vence, a Cristo que reina, a Cristo que en los cielos y en la tierra impera, celebrando la bondad y misericordia infinita de su Corazón sacratísimo, en memoria de tantos favores desde el principio hasta ahora recibidos, teniendo juntamente fijo en el corazón, el dulce recuerdo de aquel dispensado maternal amparo de la Inmaculada Madre de Dios, y de la intercesión de los Santos de nuestras regiones. Por esta razón además da la fórmula de consagración al Corazón Sacratísimo de Jesús, fueron en alta voz pronunciadas oraciones de expiación y de súplica (Utraque formula habetur infra, pág. 6-9)
El Concilio Plenario, solemnemente abierto el dia 28 de Mayo de 1899, fiesta de la Beatísima Trinidad, prósperamente llegó a su término el día 9 de Julio, en el cual celebra Roma la solemnidad de los Prodigios de la Santísima Madre de Dios. Gracia es esta que hace exclamar a nuestras almas: Gloria sea al Padre, Gioria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo, Gloria al Corazon Sagrado de Jesús y perenne alabanza a la Divina Señora, trono y sagrario de la Trinidad Beatísima, por tantos beneficios a nuestra América latina otorgados. ¡Día venturoso el de los Prodigios de la celestial Señora, que a nuestros pueblos iluminó con nueva luz! ¡Este es el día que hizo Dios, nos alegraremos y regocijaremos! Día santo en que los Padres todos del Concilio Plenario, habiéndose dado el ósculo de paz, solemnemente sellaron para la cristiana prosperidad de nuestras naciones, el pacto eterno de caridad y unión inseparable, tantas veces durante el Concilio proclamado. Día feliz en que los Padres pudieron con justicia hacer suyas las palabras del inmortal Pío IX: «Alégrase nuestro corazón en el Señor y rebósanos de increíble consolación, porque en este imperecedero dia... os vemos congregados en esta ciudad, cabeza de la Religión católica y gozamos de vuestra agradabilísima píesencia» (Pius IX, Allocut. ad PP. Concilii Vaticani, 8 Decemb. 1869).
Con justo motivo cada uno de los Padres, aunque de si sintiendo humildemente, podrá aplicar a los demás aquellas palabras del venerable Presidente del Concilio Provincial de Urbino: «Ha llegado el fin de nuestros trabajos y de nuestra santa reunión. Vuestra caridad y prudencia hacen que los decretos y actos conciliares resplandezcan en piedad eximia y uniformidad suma, prenda de la asistencia del Espíritu Santo, que es Espíritu de unidad y de paz, que cedan en maravillosa edificación de los fieles de Cristo, y para todos nosotros sean causa de alegría y santo regocijo. A Dios Omnipotente sea gloria y honor; pues en efecto solo Tú, Señor Dios Todopoderoso, digno eres de recibir gloria, y alabanza, y sabiduría, y virtud, y bendición en los siglos de los siglos» (Metropolitanus ad PP. Conc. Prov. Urbinaten. 1859)
Nos, pues, los Padres del Concilio Plenario, colmados de tantos beneficios, rebosando júbilo, sobre vosotros y sobre todos nuestros pueblos invocamos el Nombre del Señor, implorando abundancia de celestiales bendiciones; y para daros parte en alguna manera de los íntimos y vivos afectos que en la solemnísima Sesión Conciliar de hoy embargan nuestros ánimos, queremos poner término a la Alocución que os dirigimos, invitándoos a repetir con todos nosotros algunas de las aclamaciones rituales, que con unidad de corazón y de boca acaban de entonar los Padres todos:
«Gracias, Señor, gracias a Ti, verdadera y una Trinidad, una y suma Deidad, santa y una Unidad.
«Sea alabanza al divino Corazón, de quien nos viene la salud; a él sea en los siglos honor y gloria.
«A la Bienventurada Virgen María, preservada de la mancha original, querida y poderosísima Patrona de toda la América Latina, sea perenne alabanza y veneración eterna.
«A Nuestro Santísimo Padre el Papa León XIII, Vicario de Cristo en la tierra, Cabeza de toda la Iglesia, Maestro infalible, Protector celosísimo de toda la América Latina, que ha acrecentado benigno nuestra episcopal jerarquía, Autor del Concilio Plenario, gracias indecibles, memoria eterna.
«Al Sagrado Colegio de Cardenales de la Santa Romana Iglesia, que por algunos de sus dignísimos miembros, Presidentes de honor, fué claro ornamento del Concilio, memoria perenne.
«A los Rmos Arzobispos, Delegados Apostólicos y Presidentes diligentísimos del Concilio, memoria perdurable.
«A todos y cada uno de los Reverendísimos Padres del Concilio, cuya maravillosa unión, ardentísimo celo, y fervor de caridad pastoralt Roma entera enaltece, sea perpetua memoria.
«A los Reverendísimos Arzobispos y Obispos ausentes, ósculo de paz, dulce memoria, dones sempiternos.
«Salva, Señor, nuestras Repúblicas, a sus Supremos Magistrados, y a nuestras gentes todas. Haz también, Señor, que sean unos en unidad de fe, en el patrio amor, en celo del lustre y mantenimiento de la común estirpe, esto es, de toda nuestra América Latina. ¡Oh María Inmaculada, Patrona y Refugio nuestro, protégenos, envíanos salud, estrecha nuestras gentes con amor a la propia conservación, a la unidad y común integridad, y en la alta y pública profesión de la fe católica y apostólica!».
También vosotros, Hermanos é Hijos carísimos, dad a Dios gracias, y con corazón igualmente agradecido invocad a nuestra Inmaculada Patrona, para que los trabajos de los Padres del Concilio produzcan opimos frutos de temporal y espiritual utilidad para vosotros y para toda la católica estirpe de nuestra América Latina. Por nuestra parte esperamos con firme confianza que en la próxima publicación de los Decretos del Concilio podremos repetir aquellas palabras del Señor: Mi palabra no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié (Isai. 55. 11.) Dios ciertamente confirmará lo que ha obrado en nosotros para la común salud de nuestras Diócesis y pueblos. Amén, Amén. Fiat, Fiat.

Dado en Roma, en la fiesta de los Prodigios de la Bienaventurada Virgen María, dia 9 de Julio de 1899.