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miércoles, 28 de septiembre de 2011

SEDE VACANTE XXI

APENDICE
Por RENE CAPISTRAN GARZA

En publicación desplegada —única forma en que la libertad doméstica de expresión me permite expresarme con libertad— impugné el Decreto de Excomunión que el señor Cardenal Arzobispo don Miguel Darío Miranda y Gómez, Primado de México, dictó contra el señor Pbro. el doctor don Joaquín Sáenz Arriaga, por una serie de hechos aparentemente gravísimos que enumera, sin probarlos, el propio Decreto Cardenalicio. El desplegado en cuestión se tituló: "La Excomunión del Padre Sáenz es Antijurídica y Anticanónica"; apareció en EL UNIVERSAL, el día 17, y en "El Heraldo de México" el día 18. Llamo libertad doméstica de expresión, no a la libertad consagrada por las leyes y respetada excrupulosamente por el Poder Público, sino a la libertad condicionada y limitativa que priva intramuros de algunos periódicos oscilantes.
En dicho desplegado demostré, en forma contundente —no desmentida, ni aclarada, ni rectificada hasta ahora, ni por la Sagrada Mitra, ni por ningún comentarista de los muchos que disintieron con todo derecho de mi parecer, y transcurridas ya más de dos semanas de su aparición— dos cosas básicas: que el famoso Decreto de Excomunión, posteriormente negado, dándole la vuelta de que el propio Sáenz Arriaga se había autoexcomulgado y que en el Decreto sólo se daba al interesado noticia oficial del susodicho acontecimiento, y que el dignatario excomulgador excomulgó fundándose en un Canon derogado por el Derecho Canónico Postconciliar —aunque no hubiera sido derogado dicho Canon, como lo fue— tampoco hubiera podido excomulgar el excomulgador ni el P. Sáenz ni a nadie, porque a su vez el excomulgador sí había caído en el delito de herejía al conceder el Imprimatur al libro blasfemo "Marx y la Biblia", del P. Porfirio Miranda y de la Parra, S. J., siendo como es doctrina vigente de la Iglesia (Decretal citada de Graciano) que el excomulgado pierde, por el hecho de serlo, la potestad de excomulgar. Estas dos incuestionables cuestiones fueron el objetivo concreto —y concretamente contenido— del desplegado que publiqué libremente, gracias a la libertad de expresión imperante en el periódico donde tuve el inseguro y transitorio honor de escribir durante siete años.
Como era total e indefectiblemente imposible probar la no derogación del Canon que establecía anteriormente la pena de excomunión por publicar un católico obras calificadas de contrarias a la fe, de opuestas a la Iglesia y de impugnadoras de la conducta del Pontífice, como en el caso atribuyó por sí y ante sí el señor Cardenal a "La Nueva Iglesia Montiniana", del P. Sáenz, y como esa derogación clara y patente la apoyé en textos precisos, incontrovertibles e irrecusables del Código Vigente, no ha quedado a los defensores de la actuación cardenalicia otro camino que el inaudito y casi inconcebible de negar, en una o en otra forma, lo antijurídico y anticanónico de la postura del eminente prelado para eludir lo arbitrario e ilegal de la excomunión, aunque sin presentar un solo texto de la ley que la justifique, ni exculparlo a él de la intervención SUYA en el Imprimatur SUYO a "Marx y la Biblia".
Pero más que escurrir el cuerpo a lo improcedente de la excomunión, que de suyo es cosa de máxima gravedad, resulta penosamente notorio el denodado empeño de sus puntales en la curia para negar —pasando sobre toda lógica, sobre el sentido común, sobre el Derecho y sobre la verdad— que del Imprimatur del señor Cardenal a "Marx y la Biblia" no tiene la menor culpa ni la menor responsabilidad el señor Cardenal. Evidentemente que si del Imprimatur del señor Cardenal a "Marx y la Biblia" no es responsable ni de lejos el señor Cardenal, el señor Cardenal no ha incurrido en herejía alguna y conserva incólume la potestad —que usa tan a gusto— de excomulgar a malvados heresiarcas como el marginado Sáenz Arriaga.
De entre todo el fárrago de anhelosas y acezantes defensas que se han publicado en los periódicos de ambas cosas ilícitas —aplicar una ley inexistente para excomulgar a Sáenz Arriaga, y negar un imprimatur existente que aparece impreso y firmado en cada ejemplar de "Marx y la Biblia", para exculpar y rehabilitar al señor Cardenal devolviéndole la potestad excomulgadora, sobresalen dos documentos de excepcional importancia por la inconsistencia, vacuidad y raquitismo de su argumentación y por la calidad también excepcional que por su vasta cultura y personal categoría debe suponerse en sus ilustrados autores: "Sobre una Excomunión", por el P. Antonio Brambila, publicado en "El Sol de México" del 22 de enero, y la Declaración del Provincial de la Compañía de Jesús, sobre el libro "Marx y la Biblia", que apareció en varios diarios del día 26 del propio mes.
El P. Brambila empieza por darnos una conmocionante sorpresa. En tanto que muchedumbre de comentaristas —entre ellos el inefable Moyita, de EL UNIVERSAL— han venido sosteniendo a marchamartillo y a rajatabla, que es inexacto, falso y mentiroso, que el señor Cardenal Arzobispo haya excomulgado al P. Sáenz Arriaga —sino que fue el propio P. Sáenz Arriaga quien al escribir su nefando libróse autoexcomulgó, colocándose, claro, por sí mismo y voluntariamente, fuera de la Iglesia, tanto por el contenido de la obra cuanto por haberla publicado sin el debido Imprimatur— el estimable y reconocidamente veraz P. Brambila empieza su artículo diciendo: "La excomunión del P. Joaquín Sáenz Arriaga, publicada en un Decreto del señor Arzobispo de México fechada el 18 del pasado diciembre, ha provocado, como era de prever, un cierto revuelo..."
¡Ah! ¿Pero entonces hubo acaso un Decreto de excomunión, excomunión que nadie había declarado, contra el P. Sáenz Arriaga, publicado y firmado el 18 de diciembre por el señor Arzobispo de México? Contra el desautorizado parecer de todos los que lo niegan, está el autorizado parecer del P. Brambila que lo afirma. Hubo una excomunión. Nadie la declaró. Esa excomunión se publicó en un Decreto —no en un informe— del señor Arzobispo. Cualquiera de los muchos necios que en el mundo somos, sabe que la excomunión de un sacerdote o de un seglar, sólo puede dictarla el Ordinario —el Ordinario, no se interprete mal— es el Obispo con jurisdicción sobre el excomulgado; no por este o por aquél Obispo cualquiera, por Ordinario que fuere, sino por el Obispo correspondiente. Se exceptúa en estos casos comunes, el caso extraordinario de una excomunión dictada por la Santa Sede. Claro que lo que puede el Obispo lo puede con mucha mayor suma de razón, el Papa.
Pero el P. don Antonio Brambila, además de ser veraz, no es tonto; no es ignorante. Muy por el contrario, es inteligente y es ilustrado. Y para no caer en sus propias redes afirma que el señor Arzobispo NO EXCOMULGO a Sáenz Arriaga, sino que "simplemente lo declaró excomulgado". ¿Por qué? Es muy diferente que un Obispo excomulgue a alguien, a que un Obispo "declare excomulgado" a alguien a quien no se sabe quién excomulgó. De ahí la brillante tesis de que Sáenz Arriaga no fue excomulgado, ni mucho menos, por el señor Arzobispo, sino que tormpemente se autoexcomulgó a sí mismo y por sí mismo, debido a sus nefandos errores, entre ellos el principal, señalar al Papa como responsable de que varios obispos y cardenales esparcidos por todo el Orbe y aún él mismo, acaudillen la desviación de la doctrina, tanto en lo religioso consintiendo confusiones dogmáticas, como en lo político, social y cívico, dirigiendo la proa de la Barca de San Pedro hacia el "casi" victorioso marxismo-leninismo. El señor Arzobispo no excomulgó a Sáenz Arriaga; el señor Arzobispo solamente declaró que Sáenz Arriaga había incurrido en excomunión y él, el Prelado, se limita simplemente a hacerlo constar. Como lo haría un notario con Mitra. Es, dice el P. Brambila para que lo entiendan mejor sus lectores, una pena "a iure" —establecida por el Derecho mismo— y no una pena "Ab homine", que no la impone el Derecho, sino el hombre, es decir, el Obispo. El no sabe nada; él acaba de llegar. Allá Sáenz Arriaga que "a iure" incurrió en su propia excomunión. Pero, ¿quién califica que Sáenz Arriaga incurrió "a iure" en su propia excomunión de la que el Arzobispo sólo dio fe para que la gente buena se enterease y no osara ponerlo en duda? Pues califica el mismo señor Arzobispo —que dio el Imprimatur a "Marx y la Biblia" sin leer la obra blasfema y herética del P. Porfirio Miranda, S. J. Esta atrocidad de autorizar sin leer, no la afirmo yo. La afirma el R. P. Provincial de la Compañía de Jesús, Enrique Gutiérrez, S. J., que textualmente dice ("Novedades", 26 de enero, pág. 12): "Con toda sinceridad sentimos que la censura eclesiástica dada por Buena Prensa al libro del P. Porfirio Miranda, haya provocado desorientación entre algunos lectores, e indignos ataques al Excelentísimo Cardenal Miguel Darío Miranda, QUIEN CIERTAMENTE NO LEYO DICHO LIBRO ANTES DE SU APARICION AL PUBLICO, COMO NI TAMPOCO LOS CENSORES ORDINARIOS DE LA SAGRADA MITRA". Esto, nada menos que esto, lo dice el Padre Provincial de la Compañía de Jesús. ¿Qué había pasado, pues? ¿Por qué un libro que no había leído el señor Cardenal aparece con el Imprimatur del señor Cardenal? Nos lo va a explicar, afortunadamente, el solícito señor presbítero Brambila que está, como el señor Provincial de la Compañía, tan indignado por los indignos ataques de que está siendo objeto Su Eminencia.
El libro del P. Porfirio Miranda, S. J. "Marx y la Biblia" circula con el Imprimatur del señor Cardenal Arzobispo, desde hace más de medio año. ¡Hace más de medio año, pues, que el Imprimatur cardenalicio a un libro herético y blasfemo, sirve de pasaporte, causando escándalo en los fieles, en el supuesto remoto de que todavía los fieles sean capaces de escandalizarse por algo!
¡Ah! ¿Pero ustedes creen que el Imprimatur del señor Cardenal lo puso el señor Cardenal? Pues están sus mercedes completa y totalmente equivocados. El, ciertamente, no había leído el libro, según nos lo informa el Padre Provincial; pero "otros" pusieron el Imprimatur. ¿Y quiénes fueron los temerarios? ¿Quiénes fueron esos otros que pusieron el Imprimatur? Ni tampoco lo pusieron, agrega amablemente el P. Brambila, "ninguna de las autoridades secundarias que en ausencia del Prelado tienen capacidad de darlo". El Vicario General de la Arquidiócesis "se enteró con algún retraso de la salida del libro; de que ostentaba el Imprimatura y de que estaba lleno de graves errores. Y acaso por el retardo y porque el señor Cardenal estaba ausente, no se apresuró a hacer una rectificación". Acaso habrá sido por eso. Era preferible el escándalo inevitable. Pero —agrega Brambila— "regresado el Cardenal, seguramente por el cúmulo de atenciones diversas y por haber pasado un poco la actualidad del asunto, tampoco le pareció prudente volverlo a suscitar". Entretanto, el libro seguía circulando con el airoso Imprimatur. Era preferible que con el Imprimatur del señor Cardenal circularan la blasfemia y la herejía de que el marxismo es la auténtica expresión del cristianismo, a que el señor Cardenal se recargara demasiado de trabajo y "actualizara" errores que ya hacía como medio año circulaban con su aval. Tenemos, pues, que el tiempo, en primer lugar, y las ocupaciones, en segundo, hacen lícito dejar correr la barbaridad de que la herejía se halla dentro del dogma católico, que es a lo que equivale el Imprimatur en una obra.
¿Pero si ni el señor Cardenal, ni las autoridades secundarias que en ausencia suya podían haberlo hecho, pusieron el Imprimatur, quién fue, entonces, el fantasma que lo puso? Porque el P. Brambila declara enfáticamente en el artículo citado: "Me consta que el señor Arzobispo NO concedió dicho Imprimatur". Menos mal que después nos aclara que le consta también que sí lo concedió. Dice Brambila: "Lo que pasó con ese Imprimatur se llama en castellano franco, simplemente abuso". Y aquí la sensacional revelación: "los padres jesuítas que trabajan en la Editorial Buena Prensa, han gozado de tiempo atrás de una autorización para censurar ellos mismos la publicaciones que editan... es asunto de confianza, y hasta aquí los jesuítas se la habían merecido justamente... pero —agrega Brambila— la aprobación del Arzobispo de México no fue ni pedida, ni dada. Y NO FUE LA EDITORIAL BUENA PRENSA la que editó el libro... simplemente se cometió el abuso de poner el Imprimatur diciéndole al impresor que lo pusiera. Lo cierto es que el Arzobispo de México no aprueba de manera alguna el pernicioso libro del marxista Miranda". Hasta aquí el P. Brambila. ¿Pero no es lícito, natural y casi obligatorio preguntar por qué, después de medio año de circular "el pernicioso libro", y de que muchos comentamos con asombro el pequeño abuso del Imprimatur cardenalicio cometido por los jesuítas, el señor Cardenal guardó absoluto silencio dejando correr la herejía, como doctrina conforme en todo a la ortodoxia cristiana, para no "actualizar" una cuestión que ya, en seis meses, se caía de puro vieja?
Resulta, por tanto, de lo dicho, redicho, afirmado, reafirmado y confirmado por el P. Brambila —"El Sol de México", 22 de enero, pág. 4— que la aprobación del Arzobispo de México para "Marx y la Biblia", no fue pedida ni fue dada; que fue un abuso de los reverendos padres jesuítas poner el Imprimatur al pernicioso libro y que "no fue la EDITORIAL BUENA PRENSA la que lo editó".
Debo ilustrar al lector acerca del hecho de que la Editorial Buena Prensa es propiedad de los reverendos padres jesuítas, que según el P. Brambila cometieron el abuso de poner, sin permiso, el Imprimatur del Cardenal al pernicioso libro. Y al P. Brambila le "parece injusto y dañoso que se acuse al Prelado de complacencia con un hereje de izquierda, mientras declara excomulgado a otro hereje que es de derecha". Al mismo nivel el hereje Miranda y el "hereje" Sáenz. Pero para el uno el Decreto declarando que estaba excomulgado y para el otro el Imprimatur, pequeño abuso no rectificado por falta de tiempo y elegante desdén a la "actualización" de un hecho con medio año de antigüedad.
Pero no nos extendamos demasiado e innecesariamente en poner las cosas en su sitio en relación con lo dicho por el buen P. Brambila, que al fin y al cabo defiende lo suyo y a los suyos. Eso si, con mucha cortesía, gran caridad y ejemplar sensatez, como cuando dice que Sáenz Arriaga hace una afirmación "soberanamente tonta" y agrega que el propio P. Sáenz dice —lo que no es cierto— que "la verdadera Iglesia está formada por él y un pequeño grupo de energúmenos", entre los cuales energúmenos se encuentra este energúmeno servidor de ustedes que "firma al calce", como decía un diputado de los de antes, y otras expresiones así de caritativas y evangélicas cuando las emplea él, pero insufriblemente ofensivas cuando las usamos los pobres. Ahora voy a ocuparme —mejor dicho a desocuparme— de algunas fantásticas cosas que dice en su declaración ("novedades", 26 de enero, pág. 12) el Rvdo. P. Enrique Gutiérrez, S. J., Provincial de la Compañía de Jesús en México, en relación con lo afirmado por el cuidadoso P. Brambila.
Este nos informó ya que la Compañía de Jesús —Buena Prensa, o sean los jesuítas— ha gozado de tiempo atrás una autorización para censurar ellos mismos las publicaciones que editan... y que en este caso ABUSARON de esa confianza, porque ni solicitaron ni obtuvieron el Imprimatur cardenalicio con que circula gloriosamente "Marx y la Biblia".
Había fallecido el anterior Primado, Mons. Luís María Martínez y —dice el P. Provincial en el periódico y fecha indicados ("Novedades", 26 de enero)"en 1962 se pidió al señor Arzobispo Miguel Darío Miranda, la renovación de esa facultad. Existen numerosos datos PARA PENSAR que fue otorgada. Desde esa fecha hasta el presente. Buena Prensa ha extendido la censura eclesiástica a nombre del señor Arzobispo, a más de cíen libros entre otros, en 1965, a uno del mismo P. Porfirio Miranda, S. J.: "Hambre y Sed de Justicia", sin que nunca haya habido alguna aclaración en contrarío por parte de la Sagrada Mitra de México".
Como se advierte sin mayor esfuerzo intelectual "existen numerosos datos PARA PENSAR QUE FUE OTORGADA". Pero sólo para pensarlo, no para asegurarlo ni para probarlo, lo que significa que no hay CERTEZA, seguridad documental de que haya sido otorgada nuevamente la dicha facultad. Eso, no obstante, continúa el P. Provincial: "En esta CERTEZA —¿cuál certeza si sólo había numerosos datos para presumir que se la habían otorgado? — Buena Prensa recibió para dar la censura eclesiástica de la Arquidiócesis, el libro "Marx y la Biblia", que ya tenía la aprobación de la Compañía de Jesús". Esto es una declaración, yo diría una confesión formal, clara, ineludible e innegable de que la Editorial Buena Prensa publicó "Marx y la Biblia", desmintiendo categóricamente la afirmación categórica del P. Brambila: "y no fue la Editorial Buena Prensa la que editó el libro..." ("El Sol de México", 22 de enero, pág. cuatro).
Brambila: "No fue la Editorial Buena Prensa la que publicó el libro". El Provincial de la Compañía: "En esta certeza Buena Prensa recibió para dar la censura eclesiástica de la Arquidiócesis el libro "Marx y la Biblia", que ya tenía la aprobación de la Compañía de Jesús... Buena prensa concedió la censura basada en que los censores de la Orden eran competentes para descubrir una falla contra la fe..."
¿En qué quedamos, veraz y sereno padre Brambila? ¿En qué quedamos prudente y sabio Provincial de la Compañía de Jesús? Pues quedamos en dos cosas; a ver quién ata esa mosca por la cola; en que "Marx y la Biblia" no fue editado por Buena Prensa, de los Padres Jesuítas; y en que "Marx y la Biblia" sí fue editado por Buena Prensa de los Padres Jesuítas.
El recurso es altamente filosófico, teológico, cristiano y evangélico, y hasta un poco folclórico, para justificar que "Marx y la Biblia" circule por doble partida con bandera ortodoxa, en tanto que a Sáenz Arriaga, hereje, cismático, energúmeno y rebelde, se le "declaró" excomulgado —no se le excomulgó— por dar la batalla en pro de la Iglesia de siempre contra la Nueva Iglesia acaudillada por Paulo VI y sus Obispos y Cardenales, tipo Méndez Arceo, de Cuernavaca; Helder Cámara, de Recife y Olinda; Suenens, de Bélgica; Alfrink, de Holanda; Willdebrandt, de Alemania; Tarancón, de España, y tantos y tantos Obispos y Cardenales más, a quienes no hicimos cardenales u obispos ni un servidor de ustedes ni los amables lectores. Ni tampoco los sostenemos nosotros en tan altas dignidades así estén demoliendo la Iglesia y demoliendo al Papado, en medio de la honda preocupación que abruma y desgarra a Paulo VI, que nombró a unos y sostiene a todos.
El estimable y decidido adalid pacífico y cordial, comprensivo y condescendiente en todo pleito con todos los que pleitean —porque éste, dígase lo que se diga, es un pleito de mucha altura pero es un pleito al que nos ha conducido el progresismo— señor presbítero Brambila, publicó en "El Sol de México" el viernes 28 de enero otra amable y serena paliza que propina a los reverendos padres jesuítas en la respetable persona de su Provincial en México.
De ese artículo se desprende directamente que en tratándose de cuestiones clericales es aceptable que el poderdante desconozca actos de su apoderado cometidos por éste seis o siete meses antes. No otra cosa ha sido el desconocimiento que del Imprimatur cardenalicio a "Marx y la Biblia" hace —no el señor Cardenal— sino el P. Brambila. ¡Cuidado, P. Brambila, que en este mundo de componendas, transacciones, y valores entendidos, usted está actuando como apoderado y el señor Cardenal como poderdante! Un día de estos resulta —o puede resultar— que el señor Cardenal ignorara lo que está usted haciendo y refrende su confianza a los reverendos padres de la Compañía, tan poco merecedores de ella, según usted, y yo, y muchas personas más.
Porque todas sus explicaciones son muy convincentes, pero la espera de más de medio año para declarar que siempre no está la herejía dentro de la ortodoxia, como que no acabo yo de entenderlo bien, ni usted de explícarlo ni bien ni mal.
En esta especie de recopilación de necedades en que se atrincheran quienes tienen ojos y no ven y tienen oídos y no oyen, quiero señalar el novísimo truco de quienes ponen sus más nobles empeños en desconcertar a esta sociedad al garete, y desconcertarla nada menos que en el nombre de Dios. Los dinamiteros de las bases cristianas de una humanidad en plena crisis han encontrado una posición teórica, aparentemente respetable y equilibrada; una posición de altura, inmune a los corpúsculos infectados de una cultura en decadencia. Es la posición suicida del término medio. Es la posición que estructuran la falsa tesis de los "dos" extremismos: ni progresistas, ni tradicionalistas. ¡Qué buenas personas!
Esta aparente moderación no es más que un vistoso disfraz de sensatez, que encubre la más peligrosa de las insensateces. Son los progresistas conscientes del repudio que empieza a serles universal, los que en un esfuerzo para eludir sus responsabilidades, simulan considerar al progresismo y al tradicionalismo como "dos" extremos iguales de signo contrario. Hay que estar, dicen, contra todos los extremismos. Expresión que suena agradablemente y parece constructiva. Sólo que no existe esa falsa equivalencia en este caso. El progresismo sí es una forma de extremismo. El tradicionalismo, que en rigor debiera llamarse ortodoxia del orden y del pensamiento, tanto en lo religioso como en lo político y lo social, lejos de significar extremismo significa sentido de equilibrio, de responsabilidad, de desarrollo espiritual y físico dentro de un sistema humano homogéneo, compacto y congruente.
Hablar de que progresismo y tradicionalismo representan una posición mental extremista de signos opuestos, equivale a declararlos a ambos igualmente fatales e igualmente destructores. Los dos son, dentro de ese moderno sofisma, igualmente funestos y estériles. Esto apenas es una maniobra primaria para combatir la supervivencia social desde otra forma diferente pero falsa de supervivencia social. Huir de esos "dos" extremismos, es caer a plomo en el único de los dos que es verdaderamente extremista: el progresismo.
En lo social, en lo político, y sobre todo en lo religioso, el progresismo, el extremismo, es la libertad irresponsable, de la destrucción sistemática, la desmoralización ilimitada fuera y dentro de la familia y de la patria. La claudicación de la civilización y la falsificación de la cultura. Es lo que engendra los Tlatelolcos, los Diez de Junios y los Pol¡foros epatantes. Lo que ahora llaman maliciosa y despectivamente tradicionalismo es en lo político y en lo social la reacción salvadora contra toda forma infrahumana de vida, contra toda forma de regresión a la barbarie, la que propugna el desenvolvimiento fecundamente normal de la normalidad en la especia y en el espíritu. Y en lo dogmático y religioso es la fidelidad —no la petrificación— del pasado viviente; la adhesión a un conjunto de verdades trascendentes e indiscutibles que constituyen, en síntesis, la Verdad; Verdad inherente a la naturaleza sobrenatural y eterna del destino humano. Es la ortodoxia y la verticalidad en la Verdad inamovible, inconmovible e irreversible sin la cual retrogradaríamos a un nuevo primitivismo despótico y salvaje: el comunismo materialista y ateo. El hombre escogerá su camino: Hombre o Bestia. Cuando no, y eso sería lo más trágico, el Hombre Bestia, que es la meta feérica de la falsa supercivilización deshumanizada a donde nos lanza como en un torbellino la docta falsificación de la fe y la temeraria creación de un Dios homocéntrico. No podemos admitir y no admitimos la trampa seudosociológica de los "dos" extremos reprobables. Nunca cabe nivelación posible entre el bien y el mal, entre la sombra y la luz. Hay un solo extremismo legítimo en la vida: el extremismo de la Verdad, el extremismo del Orden, el extremismo de la Justicia. Cualquiera otro extremismo es un fraude y una acechanza de la fiera agazapada en cada ser humano. Y sólo Dios es el domador de esa temible fiera. Por eso, atentar contra la justicia inmanente, falsificar los hechos, burlarse de la honradez, equiparar progresismo con autenticidad, es un crimen al que es preciso enfrentar toda la energía del hombre como un muro invulnerable a la falacia, a la mentira y al fraude. Aunque la falacia, la mentira y el fraude recubran sus llagas purulentas con las vestiduras sagradas de una fe de utilería, que no por ser de utilería, o precisamente por ser de utilería, es una fe satánica.
Pero dejando aparte —con indulgencia parecida a la que caracteriza al P. Brambila en sus batallas periodísticas— la mayor o menor responsabilidad de los jesuítas en estas trapisondas que al alimón han expuesto el P. Brambila y el P. Provincial, queda en pie, más sólido y más firme que las pirámides de Egipto, este hecho incontrovertible: que en el año 1962 los jesuítas editaron con el Imprimatur de la Sagrada Mitra más de cien libros sin que el Ordinario, es decir, el Obispo, se tomara el trabajo de leerlos. De entonces acá, agrega el Provincial, han sido muchísimas las obras editadas en las mismas circunstancias, con Imprimatur de quien las ignoraba. ¡Cuántas cosas más, cuántos errores, cuántas herejías andarán por ahí avaladas y amparadas ante la conciencia de los fieles, por una autoridad moral, la autoridad del Pastor custodio de la Fe, sin que éste tenga ni la más remota idea del daño y el estrago que en las almas de los católicos estén produciéndose! ¡Y aún así le parece al P. Brambila "injusto y dañoso" que se acuse al Prelado de complacencia con un hereje de izquierda, mientras declara excomulgado a un hereje que es de derecha! ¡Tanta filosofía para tan poca lógica!.
Y en última instancia ¿por qué no explica estos enigmas el propio Cardenal en vez de delegar su defensa en apoderados expuestos a que los desapoderen? No puedo creer que los ratones hayan cometido la irreverencia de comerle la lengua al dignatario.
Si bien el P. Brambila con sus argumentos se siente satisfecho y cree haber librado de toda mácula al señor Cardenal, la triste realidad es bien distinta, porque suponiendo como supusieron él y el Provincial de los Jesuítas que era válida la supuesta autorización del Cardenal Miranda para estampar su firma en los libros de la Compañía, y al no haber protestado éste después de más de 100 veces en que le jugaron rudo, lógico es y nadie lo puede dudar que la responsabilidad total la tiene Su Eminencia don Miguel Darío Miranda y Gómez al permitir el uso de su firma en las publicaciones jesuítas aunque no se haya enterado de su contenido.
Más aún, es su Eminencia responsable absoluto de la publicación y difusión de las herejías de otro Miranda por no haber condenado e impedido a tiempo la circulación de "Marx y la Biblia". Luego incurrió en herejía. Luego no puede excomulgar.

martes, 27 de septiembre de 2011

Batallas

En los campos de batalla, en los encuentros con el enemigo, ordinariamente no se ve más que a hombres. Pero en el campo de la conciencia puede decirse que no hay nada, ni hombre ni mujer, y en particular no hay joven, que no sea combatiente. Son en efecto continuas y sin número las batallas de toda especie que, queriendo o no queriendo, toda joven debe sostener.
Batallas, a veces, con una salud deficiente, o contra las dificultades inevitables de la vida a menudo muy difícil.
Batallas por conservar la paz en la propia familia y en el propio ambiente.
Batallas, mucho más difíciles por custodiar y practicar la virtud.
Es verdad, hay jóvenes privilegiadas que pasan, como blancas palomas, sobre las fealdades del mundo, sin ofuscar en lo más mínimo el candor de su inocencia.
Sus excepciones ante las cuales hay que inclinarse, pero que no impiden a la mayoría de las jóvenes ser criaturas sujetas a muchas y violentas tentaciones.
Lo revelan ciertas miradas ardientes que traicionan la exuberancia de la fantasía y el incendio del corazón. Lo revela la expresión impetuosa de caprichos extravagantes, el deseo insaciable de agradar, que agita el alma. Lo revelan aquellas poses rebuscadas; aquellos ardonos estudiados; aquellas palabras melifluas y fingidas que se oyen muy a menudo; aquellas lecturas y aquellas diversiones vanas o tontas, a través de las cuales muchas jóvenes se imaginan que tienen que vivir una vida muy distinta de la real.
Una joven que quiere conservarse inocente, casta, seria, debe combatir enérgicamente contra todas estas ocasiones peligrosas, que encuentran a cada instante, y sobre todo debe combatir contra las propias malas inclinaciones.
La victoria exige, a veces, esfuerzos ligerísimos, como el mortificar una curiosidad morbosa, o una emoción peligrosa, el suspender una lectura, el callar una palabra. A veces, en cambio, exige un esfuerzo mayor, como cuando se trata de renunciar a una diversión, alejarse de un centro de reunión, cortar una amistad, someterse a una obediencia y cosas semejantes.
No has observado, joven lectora, una gota de agua sobre una hoja mecida por el viento? Está siempre en peligro de caer, y convertirse, de perla cristalina, antes de caer, en lodo despreciable después de la caída.
He aquí tu situación.
Por la edad, por el ambiente en que vives, te encuentras muchas veces en una alternativa entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio.
Si sabes tener la mirada fija en lo alto, si sabes arrostrar y vencer las pequeñas batallas serás capaz de vencer las grandes, inevitables para defender el tesoro de tu pudor.
Solo así conservarás tu valor, tu bondad.
De lo contrario te harás artífice de tu infelicidad y de la ajena.

Como se adquiere la Fuerza y el Valor

     La energía en la práctica del bien, hijo mío, no puede adquirirse mas que por el ejercicio.
     Uno no aprende a marchar, saltar, tener la espada con la mano firme, sino marchando, saltando y esgrimiendo las armas.
     Si una vez llegado a la edad madura, echas a correr y flaqueas a la primera prueba que te asalte, serás más débil en la segunda, y si continuas fracasando en las que sigan, jamás serás hombre de carácter y, te lo predigo, caerás en todas las bajezas.
     No se trata de triunfar una vez y de abandonarse luego los caprichos de vanos deseos; se trata de triunfar siempre y de sostener tu alma con la enérgica tensión de una voluntad constante.
     Querer a medias, no es querer, es un signo de una voluntad débil, floja y pronta a las más lamentables caídas. Querer fuertemente, al contrario, no es sólo obtener una victoria presente, es prepararse a victorias futuras.
     Ten siempre delante de los ojos la meta que tratas de alcanzar, esto es, ser enérgico; y aprovechar con entusiasmo todas las ocasiones que se te presenten en ponerte tu mismo a prueba.
     Es esencial que esta preocupación no te abandone jamás; si la olvidaras, tu debilidad se aprovechará de tu olvido, y cada día llegaría a ser más grande por el hábito; sería así como un miembro que no se hace trabajar: se atrofia poco a poco, hasta llegar a ser inservible.
     Abundando en este pensamiento generoso, ponte a la obra: reprime el instinto tan luego que brote; contraría, desde que aparezca, la pendiente que quiere arrastrarte; haz inmediatamente lo que la cobardía natural te invita a no hacer; resiste contra el obstaculo exterior que se opone a tu marcha hacia adelante.
     No te contentes con pequenos esfuerzos y pequenas victorias; eleva tu voluntad hacia los mas generosos triunfos de la virtud. Así se han hecho los santos y los hombres más fuertes y de gran voluntad.
     El que solamente nada en agua baja, de seguro le faltará el ánimo a la hora que la ola suba con los furores de la tempestad. Pero a fuerza de oponer su pecho a las olas más altas, el nadador llegará ser capaz de vencer la brutal corriente de las mareas.
     Sigue este camino, hijo mío, imponte a ti mismo esta ruda disciplina; aunque fueras el más débil, a fuerza de ejercicio, serás el más fuerte de los soldados del Deber.

ENCICLICA DIUTURNUM ILLUD

DEL SUMO PONTÍFICE
LEÓN XIII
SOBRE LA AUTORIDAD POLÍTICA

1. La prolongada y terrible guerra declarada contra la autoridad divina de la Iglesia ha llegado adonde tenía que llegar a poner en peligro universal la sociedad humana y, en especial, la autoridad política, en la cual estriba fundamentalmente la salud pública. Hecho que vemos verificado sobre todo en este nuestro tiempo.
Las pasiones desordenadas del pueblo rehúsan, hoy más que nunca, todo vínculo de gobierno. Es tan grande por todas partes la licencia, son tan frecuentes las sediciones y las turbulencias, que no solamente se ha negado muchas veces a los gobernantes la obediencia, sino que ni aun siquiera les ha quedado un refugio seguro de salvación. Se ha procurado durante mucho tiempo que los gobernantes caigan en el desprecio y odio de las muchedumbres, y, al aparecer las llamas de la envidia preconcebida, en un pequeño intervalo de tiempo la vida de los príncipes más poderosos ha sido buscada muchas veces hasta la muerte con asechanzas ocultas o con manifiestos atentados. Toda Europa ha quedado horrorizada hace muy poco al conocer el nefando asesinato de un poderoso emperador. Atónitos todavía los ánimos por la magnitud de semejante delito, no reparan, sin embargo, ciertos hombres desvergonzados, en lanzar a cada paso amenazas terroristas contra los demás reyes de Europa.
2. Estos grandes peligros públicos, que están a la vista, nos causan una grave preocupación al ver en peligro casi a todas horas la seguridad de los príncipes, la tranquilidad de los Estados y la salvación de los pueblos. Y, sin embargo, la virtud divina de la religión cristiana engendró los egregios fundamentos de la estabilidad y el orden de los Estados desde el momento en que penetró en las costumbres e instituciones de las ciudades. No es el más pequeño y último fruto de esta virtud el justo y sabio equilibrio de derechos y deberes entre los príncipes y los pueblos. Porque los preceptos y ejemplos de Cristo Señor nuestro poseen una fuerza admirable para contener en su deber tanto a 1os que obedecen como a los que mandan y para conservar entre unos y otros la unión y concierto de voluntades, que es plenamente conforme con la naturaleza y de la que nace el tranquilo e imperturbado curso de los asuntos públicos. Por esto, habiendo sido puestos por la gracia de Dios al frente de la Iglesia católica como custodio e intérprete de la doctrina de Cristo, Nos juzgamos, venerables hermanos, que es incumbencia de nuestra autoridad recordar públicamente qué es lo que de cada uno exige la verdad católica en esta clase de deberes. De esta exposición brotará también el camino y la manera con que en tan deplorable estado de cosas debe atenderse a la seguridad pública.

I. DOCTRINA CATÓLICA SOBRE EL ORIGEN DE LA AUTORIDAD
Necesidad de la autoridad
3. Aunque el hombre, arrastrado por un arrogante espíritu de rebelión, intenta muchas veces sacudir los frenos de la autoridad, sin embargo, nunca ha podido lograr la liberación de toda obediencia. La necesidad obliga a que haya algunos que manden en toda reunión y comunidad de hombres, para que la sociedad, destituida de principio o cabeza rectora, no desaparezca y se vea privada de alcanzar el fin para el que nació y fue constituida. Pero si bien no ha podido lograrse la destrucción total de la autoridad política en los Estados, se ha querido, sin embargo, emplear todas las artes y medios posibles para debilitar su fuerza y disminuir su majestad. Esto sucedió principalmente en el siglo XVI, cuando una perniciosa novedad de opiniones sedujo a muchos. A partir de aquel tiempo, la sociedad pretendió no sólo que se le diese una libertad más amplia de lo justo, sino que también quiso modelar a su arbitrio el origen y la constitución de la sociedad civil de los hombres. Pero hay más todavía. Muchos de nuestros contemporáneos, siguiendo las huellas de aquellos que en el siglo pasado se dieron a sí mismos el nombre de filósofos, afirman que todo poder viene del pueblo. Por lo cual, los que ejercen el poder no lo ejercen como cosa propia, sino como mandato o delegación del pueblo, y de tal manera, que tiene rango de ley la afirmación de que la misma voluntad popular que entregó el poder puede revocarlo a su antojo. Muy diferente es en este punto la doctrina católica, que pone en Dios, como un principio natural y necesario, el origen del poder político.
4. Es importante advertir en este punto que los que han de gobernar los Estados pueden ser elegidos, en determinadas circunstancias, por la voluntad y juicio de la multitud, sin que la doctrina católica se oponga o contradiga esta elección. Con esta elección se designa el gobernante, pero no se confieren los derechos del poder. Ni se entrega el poder como un mandato, sino que se establece la persona que lo ha de ejercer. No se trata en esta encíclica de las diferentes formas de gobierno. No hay razón para que la Iglesia desapruebe el gobierno de un solo hombre o de muchos, con tal que ese gobierno sea justo y atienda a la común utilidad. Por lo cual, salvada la justicia, no está prohibida a los pueblos la adopción de aquel sistema de gobierno que sea más apto y conveniente a su manera de ser o a las intituciones y costumbres de sus mayores.
El poder viene de Dios
5. Pero en lo tocante al origen del poder político, la Iglesia enseña rectamente que el poder viene de Dios. Así lo encuentra la Iglesia claramente atestiguado en las Sagradas Escrituras y en los monumentos de la antigüedad cristiana. Pero, además, no puede pensarse doctrina alguna que sea más conveniente a la razón o más conforme al bien de los gobernantes y de los pueblos.
6. Los libros del Antiguo Testamento afirman claramente en muchos lugares que la fuente verdadera de la autoridad humana está en Dios: «Por mí reinan los reyes...; por mí mandan los príncipes, y gobiernan los poderosos de la tierra»(1). Y en otra parte: «Escuchad vosotros, los que imperáis sobre las naciones..., porque el poder os fue dado por Dios y la soberanfa por el Altísimo»(2). Lo cual se contiene también en el libro del Eclesiástico: «Dios dio a cada nación un jefe»(3). Sin embargo, los hombres que habían recibido estas enseñanzas del mismo Dios fueron olvidándolas paulatinamente a causa del paganismo supersticioso, el cual, así como corrompió muchas nociones e ideas de la realidad, así también adulteró la genuina idea y la hermosura de la autoridad política. Más adelante, cuando brilló la luz del Evangelio cristiano, la vanidad cedió su puesto a la verdad, y de nuevo empezó a verse claro el principio noble y divino del que proviene toda autoridad. Cristo nuestro Señor respondió al presidente romano, que se arrogaba la potestad de absolverlo y condenarlo: «No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto»(4). Texto comentado por San Agustín, quien dice: «Aprendamos lo que dijo, que es lo mismo que enseñó por el Apóstol, a saber: que no hay autoridad sino por Dios»(5). A la doctrina y a los preceptos de Jesucristo correspondió como eco la voz incorrupta de los apóstoles. Excelsa y llena de gravedad es la sentencia de San Pablo dirigida a los romanos, sujetos al poder de los emperadores paganos: No hay autoridad sino por Dios. De la cual afirmación, como de causa, deduce la siguiente conclusión: La autoridad es ministro de Dios(6).
7. Los Padres de la Iglesia procuraron con toda diligencia afirmar y propagar esta misma doctrina, en la que habían sido enseñados. «No atribuyamos dice San Agustín sino a sólo Dios verdadero la potestad de dar el reino y el poder»(7). San Juan Crisóstomo reitera la misma enseñanza: «Que haya principados y que unos manden y otros sean súbditos, no sucece el acaso y temerariamente..., sino por divina sabiduría»(8). Lo mismo atestiguó San Gregorio Magno con estas palabras: «Confesamos que el poder les viene del cielo a los emperadores y reyes»(9). Los mismos santos Doctores procuraron también ilustrar estos mismos preceptos aun con la sola luz natural de la razón, de forma que deben parecer rectos y verdaderos incluso a los que no tienen otro guía que la razón.
En efecto, es la naturaleza misma, con mayor exactitud Dios, autor de la Naturaleza, quien manda que los hombres vivan en sociedad civil. Demuestran claramente esta afirmación la facultad de hablar, máxima fomentadora de la sociedad; un buen número de tendencias innatas del alma, y también muchas cosas necesarias y de gran importancia que los hombres aislados no pueden conseguir y que unidos y asociados unos con otros pueden alcanzar. Ahora bien: no puede ni existir ni concebirse una sociedad en la que no haya alguien que rija y una las voluntades de cada individuo, para que de muchos se haga una unidad y las impulse dentro de un recto orden hacia el bien común. Dios ha querido, por tanto, que en la sociedad civil haya quienes gobiernen a la multitud. Existe otro argumento muy poderoso. Los gobernantes, con cuya autoridad es administrada la república, deben obligar a los ciudadanos a la obediencia, de tal manera que el no obedecerles constituya un pecado manifiesto. Pero ningún hombre tiene en sí mismo o por sí mismo el derecho de sujetar la voluntad libre de los demás con los vínculos de este imperio. Dios, creador y gobernador de todas las cosas, es el único que tiene este poder. Y los que ejercen ese poder deben ejercerlo necesariamente como comunicado por Dios a ellos: «Uno solo es el legislador y el juez, que puede salvar y perder»(10). Lo cual se ve tambíén en toda clase de poder. Que la potestad que tienen los sacerdotes dimana de Dios es verdad tan conocida, que en todos los pueblos los sacerdotes son considerados y llamados ministros de Dios. De modo parecido, la potestad de los padres de familia tiene grabada en sí cierta efigie y forma de la autoridad que hay en Dios, «de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra»(11). Por esto las diversas especies de poder tienen entre sí maravillosas semejanzas, ya que toda autoridad y poder, sean los que sean, derivan su origen de un solo e idéntico Creador y Señor del mundo, que es Dios.
8. Los que pretenden colocar el origen de la sociedad civil en el libre consentimiento de los hombres, poniendo en esta fuente el principio de toda autoridad política, afirman que cada hombre cedió algo de su propio derecho y que voluntariamente se entregó al poder de aquel a quien había correspondido la suma total de aquellos derechos. Pero hay aquí un gran error, que consiste en no ver lo evidente. Los hombres no constituyen una especie solitaria y errante. Los hombres gozan de libre voluntad, pero han nacido para formar una comunidad natural. Además, el pacto que predican es claramente una ficción inventada y no sirve para dar a la autoridad política la fuerza, la dignidad y la firmeza que requieren la defensa de la república y la utilidad común de los ciudadanos. La autoridad sólo tendrá esta majestad y fundamento universal si se reconoce que proviene de Dios como de fuente augusta y santísima.
II. UTILIDAD DE LA DOCTRINA CATÓLICA ACERCA DE LA AUTORIDAD
La concepción cristiana del poder político
9. Es imposible encontrar una enseñanza más verdadera y más útil que la expuesta. Porque si el poder político de los gobernantes es una participación del poder divino, el poder político alcanza por esta misma razón una dignidad mayor que la meramente humana. No precisamente la impía y absurda dignidad pretendida por los emperadores paganos, que exigían algunas veces honores divinos, sino la dignidad verdadera y sólida, la que es recibida por un especial don de Dios. Pero además los gobernados deberán obedecer a los gobernantes como a Dios mismo, no por el temor del castigo, sino por el respeto a la majestad, no con un sentimiento de servidumbre, sino como deber de conciencia. Por lo cual, la autoridad se mantendrá en su verdadero lugar con mucha mayor firmeza. Pues, experimentando los ciudadanos la fuerza de este deber, huirán necesariamente de la maldad y la contumacia, ya que deben estar persuadidos de que los que resisten al poder político resisten a la divina voluntad, y que los que rehúsan honrar a los gobernantes rehúsan honrar al mismo Dios.
10. De acuerdo con esta doctrina, instruyó el apóstol San Pablo particularmente a los romanos. Escribió a éstos acerca de la reverencia que se debe a los supremos gobernantes, con tan gran autoridad y peso, que no parece pueda darse una orden con mayor severidad: «Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores... Que no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas, de suerte que quien resiste a la autoridad resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten atraen sobre sí la condenación... Es preciso someterse no sólo por temor del castigo, sino por conciencia»(12). Y en esta misma línea se mueve la noble sentencia de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles: «Por amor del Señor estad sujetos a toda autoridad humana constituida entre vosotros, ya al emperador, como soberano, ya a los gobernadores, como delegados suyos, para castigo de los malhechores y elogio de los buenos. Tal es la voluntad de Dios»(13).
11. Una sola causa tienen los hombres para no obedecer: cuando se les exige algo que repugna abiertamente al derecho natural o al derecho divino. Todas las cosas en las que la ley natural o la voluntad de Dios resultan violadas no pueden ser mandadas ni ejecutadas. Si, pues, sucede que el hombre se ve obligado a hacer una de dos cosas, o despreciar los mandatos de Dios, o despreciar la orden de los príncipes, hay que obedecer a Jesucristo, que manda dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (14). A ejemplo de los apóstoles, hay que responder animosamente: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres»(15). Sin embargo, los que así obran no pueden ser acusados de quebrantar la obediencia debida, porque si la voluntad de los gobernantes contradice a la voluntad y las leyes de Dios, los gobernantes rebasan el campo de su poder y pervierten la justicia. Ni en este caso puede valer su autoridad, porque esta autoridad, sin la justicia, es nula.
12. Pero para que la justicia sea mantenida en el ejercicio del poder, interesa sobremanera que quienes gobiernan los Estados entiendan que el poder político no ha sido dado para el provecho de un particular y que el gobierno de la república no puede ser ejercido para utilidad de aquellos a quienes ha sido encomendado, sino para bien de los súbditos que les han sido confiados. Tomen los príncipes ejemplo de Dios óptimo máximo, de quien les ha venido la autoridad. Propónganse la imagen de Dios en la administración de la república, gobiernen al pueblo con equidad y fidelidad y mezclen la caridad paterna con la severidad necesaria. Por esta causa las Sagradas Letras avisan a los príncipes que ellos también tienen que dar cuenta algún día al Rey de los reyes y Señor de los señores. Si abandonan su deber, no podrán evitar en modo alguno la severidad de Dios. «Porque, siendo ministros de su reino, no juzgasteis rectamente... Terrible y repentina vendrá sobre vosotros, porque de los que mandan se ha de hacer severo juicio; el Señor de todos no teme de nadie ni respetará la grandeza de ninguno, porque El ha hecho al pequeño y al grande e igualmente cuida de todos; pero a los poderosos amenaza poderosa inquisición»(16).
13. Con estos preceptos que aseguran la república se quita toda ocasión y aun todo deseo de sediciones. Y quedan consolidados en lo sucesivo, al honor y la seguridad de los príncipes, la tranquilidad y la seguridad de los Estados. Queda también salvada la dignidad de los ciudadanos, a los cuales se les concede conservar, en su misma obediencia, el decoro adecuado a la excelencia del hombre. Saben muy bien que a los ojos de Dios no hay siervo ni libre, que hay un solo Señor de todos, rico para todos los que lo invocan (17), y que ellos están sujetos y obedecen a los príncipes, porque éstos son en cierto modo una imagen de Dios, a quien servir es reinar(18).
Su realización histórica
14. La Iglesia ha procurado siempre que esta concepción crístiana del poder político no sólo se imprima en los ánimos, sino que también quede expresada en la vida pública y en las costumbres de los pueblos. Mientras en el trono del Estado se sentaron los emperadores paganos, que por la superstición se veían incapacitados para alcanzar esta concepción del poder que hemos bosquejado, la Iglesia procuró inculcarla en las mentes de los pueblos, los cuales, tan pronto como aceptaban las instituciones cristianas, debían ajustar su vida a las mismas. Y así los Pastores de las almas, renovando los ejemplos del apóstol San Pablo, se consagraban, con sumo cuidado y diligencia, a predicar a los pueblos que vivan sumisos a los príncipes y a las autoridades y que los obedezcan (19). Asimismo, que orasen a Dios por todos los hombres, pero especialmente por los emperadores y por todos los constituidos en dignidad, porque esto es bueno y grato ante Dios nuestro Salvador (20). De todo lo cual los antiguos cristianos nos dejaron brillantes enseñanzas, pues siendo atormentados injusta y cruelmente por los emperadores paganos, jamás dejaron de conducirse con obediencia y con sumisión, en tales términos que parecía claramente que iban como a porfía los emperadores en la crueldad y los cristianos en la obediencia. Era tan grande esta modestia cristiana y tan cierta la voluntad de obedecer, que no pudieron ser oscurecidas por las maliciosas calumnias de los enemigos. Por lo cual, aquellos que habían de defender públicamente el cristianismo en presencia de los emperadores, demostraban principalmente con este argumento que era injusto castigar a los cristianos según las leyes, pues vivían de acuerdo con éstas a los ojos de todos, para dar ejemplo de observancia. Así hablaba Atenágoras con toda confianza a Marco Aurelio y a su hijo Lucio Aurelio Cómmodo: «Permitís que nosotros, que ningún mal hacemos, antes bien nos conducimos con toda piedad y justicia, no sólo respecto a Dios, sino también respecto al Imperio, seamos perseguidos, despojados, desterrados» (21). Del mismo modo alababa públicamente Tertuliano a los cristianos, porque eran, entre todos, los mejores y más seguros amigos del imperio: «El cristiano no es enemigo de nadie, ni del emperador, a quien, sabiendo que está constituido por Dios, debe amar, respetar, honrar y querer que se salve con todo el Imperio romano» (22). Y no dudaba en afirmar que en los confines del imperio tanto más disminuía el número de sus enemigos cuanto más crecía el de los cristianos: «Ahora tenéis pocos enemigos, porque los cristianos son mayoría, pues en casi todas las ciudades son cristianos casi todos los ciudadanos» (23). También tenemos un insigne testimonio de esta misma realidad en la Epístola a Diogneto, la cual confirma que en aquel tiempo los cristianos se habían acostumbrado no sólo a servir y obedecer las leyes, sino que satisfacían a todos sus deberes con mayor perfección que la que les exigían las leyes: «Los cristianos obedecen las leyes promulgadas y con su género de vida pasan más allá todavía de lo que las leyes mandan» (24).
15. Sin embargo, la cuestión cambiaba radicalmente cuando los edictos imperiales y las amenazas de los pretores les mandaban separarse de la fe cristiana o faltar de cualquier manera a los deberes que ésta les imponía. No vacilaron entonces en desobedecer a los hombres para obedecer y agradar a Dios. Sin embargo, incluso en estas circunstancias no hubo quien tratase de promover sediciones ni de menoscabar la majestad del emperador, ni jamás pretendieron otra cosa que confesarse cristianos, serlo realmente y conservar incólume su fe. No pretendían oponer en modo alguno resistencia, sino que marchaban contentos y gozosos, como nunca, al cruento potro, donde la magnitud de los tormentos se veía vencida por la grandeza de alma de los cristianos. Por esta razón se llegó también a honrar en aquel tiempo en el ejército la eficacia de los principios cristianos. Era cualidad sobresaliente del soldado cristiano hermanar con el valor a toda prueba el perfecto cumplimiento de la disciplina militar y mantener unida a su valentía la inalterable fidelidad al emperador. Sólo cuando se exigían de ellos actos contrarios a la fe o la razón, como la violación de los derechos divinos o la muerte cruenta de indefensos discípulos de Cristo, sólo entonces rehusaban la obediencia al emperador, prefiriendo abandonar las armas y dejarse matar por la religión antes que rebelarse contra la autoridad pública con motines y sublevaciones.
16. Cuando los Estados pasaron a manos de príncipes cristianos, la Iglesia puso más empeño en declarar y enseñar todo lo que hay de sagrado en la autoridad de los gobernantes. Con estas enseñanzas se logró que los pueblos, cuando pensaban en la autoridad, se acostumbrasen a ver en los gobernantes una imagen de la majestad divina, que les impulsaba a un mayor respeto y amor hacia aquéllos. Por lo mismo, sabiamente dispuso la Iglesia que los reyes fuesen consagrados con los ritos sagrados, como estaba mandado por el mismo Dios en el Antiguo Testamento. Cuando la sociedad civil, surgida de entre las ruinas del Imperio romano, se abrió de nuevo a la esperanza de la grandeza cristiana, los Romanos Pontífices consagraron de un modo singular el poder civil con el imperium sacrum. La autoridad civil adquirió de esta manera una dignidad desconocida. Y no hay duda que esta institución habría sido grandemente útil, tanto para la sociedad religiosa como para la sociedad civil, si los príncipes y los pueblos hubiesen buscado lo que la Iglesia buscaba. Mientras reinó una concorde amistad entre ambas potestades, se conservaron la tranquilidad y la prosperidad públicas. Si alguna vez los pueblos incurrían en el pecado de rebelión, al punto acudía la Iglesia, conciliadora nata de la tranquilidad, exhortando a todos al cumplimiento de sus deberes y refrenando los ímpetus de la concupiscencia, en parte con la persuasión y en parte con su autoridad. De modo semejante, si los reyes pecaban en el ejercicio del poder, se presentaba la Iglesia ante ellos y, recordándoles los derechos de los pueblos, sus necesidades y rectas aspiraciones, les aconsejaba justicia, clemencia y benignidad. Por esta razón se ha recurrido muchas veces a la influencia de la Iglesia para conjurar los peligros de las revoluciones y de las guerras civiles.
Las nuevas teorías
17. Por el contrario, las teorías sobre la autoridad política, inventadas por ciertos autores modernos, han acarreado ya a la humanidad serios disgustos, y es muy de temer que, andando el tiempo, nos traerán mayores males. Negar que Dios es la fuente y el origen de la autoridad política es arrancar a ésta toda su dignidad y todo su vigor. En cuanto a la tesis de que el poder político depende del arbitrio de la muchedumbre, en primer lugar, se equivocan al opinar así. Y, en segundo lugar, dejan asentada la soberanía sobre un cimiento demasiado endeble e inconsistente. Porque las pasiones populares, estimuladas con estas opiniones como con otros tantos acicates, se alzan con mayor insolencia y con gran daño de la república se precipitan, por una fácil pendiente, en movimientos clandestinos y abiertas sediciones. Las consecuencias de la llamada Reforma comprueban este hechos. Sus jefes y colaboradores socavaron con la piqueta de las nuevas doctrinas los cimientos de la sociedad civil y de la sociedad eclesiástica y provocaron repentinos alborotos y osadas rebeliones, principalmente en Alemania. Y esto con una fiebre tan grande de guerra civil y de muerte, que casi no quedó territorio alguno libre de la crueldad de las turbas. De aquella herejía nacieron en el siglo pasado una filosofia falsa, el llamado derecho nuevo, la soberanía popular y una descontrolada licencia, que muchos consideran como la única libertad. De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil. Y, sin embargo, son muchos los que se esfuerzan por extender el imperio de males tan grandes y, con el pretexto de favorecer al pueblo, han provocado no pequeños incendios y ruinas. Los sucesos que aquí recordamos ni son desconocidos ni están muy lejanos.
III. NECESIDAD DE LA DOCTRINA CATÓLICA
18. Y lo peor de todo es que los príncipes, en medio de tantos peligros, carecen de remedios eficaces para restablecer la disciplina pública y pacificar los ánimos. Se arman con la autoridad de las leyes y piensan que podrán reprimir a los revoltosos con penas severas. Proceden con rectitud. Pero conviene advertir seriamente que la eficacia del castigo no es tan grande que pueda conservar ella sola el orden en los Estados. El miedo, como enseña Santo Tomás, «es un fundamento débil, porque los que se someten por miedo, cuando ven la ocasión de escapar impunes, se levantan contra los gobernantes con tanta mayor furia cuanto mayor ha sido la sujeción forzada, impuesta únicamente por el miedo. Y, además, el miedo exagerado arrastra a muchos a la desesperación, y la desesperación se lanza audazmente a las más atroces resoluciones» (25). La experiencia ha demostrado suficientemente la gran verdad de estas afirmaciones.
Es necesario, por tanto, buscar una causa más alta y más eficaz para la obediencia. Hay que establecer que la severidad de las leyes resultará infructuosa mientras los hombres no actúen movidos por el estímulo del deber y por la saludable influencia del temor de Dios. Esto puede conseguirlo como nadie la religión. La religión se insinúa por su propia fuerza en las almas, doblega la misma voluntad del hombre para que se una a sus gobernantes no sólo por estricta obediencia, sino también por la benevolencia de la caridad, la cual es en toda sociedad humana la garantía más firme de la seguridad.
19. Por lo cual hay que reconocer que los Romanos Pontífices hicieron un gran servicio al bien común cuando procuraron quebrantar la inquieta e hinchada soberbia de los innovadores advirtiendo el peligro que éstos constituían para la sociedad civil. Es digna de mención a este respecto la afirmación dirigida por Clemente VII a Fernando, rey de Bohemia y Hungría: «En la causa de la fe va incluida también la dignidad y utilidad, tanto tuya como de los demás soberanos, pues no es posible atacar a la fe sin grave ruina de vuestros propios intereses, lo cual se ha comprobado recientemente en algunos de esos territorios». En esta misma línea ha brillado la providente firmeza de nuestros predecesores, especialmente de Clemente XII, Benedicto XIV y León XII, quienes, al ver cundir extraordinariamente la epidemia de estas depravadas teorías y al comprobar la audacia creciente de las sectas, hicieron uso de su autoridad para cortarles el paso y evitar su entrada. Nos mismos hemos denunciado muchas veces la gravedad de los peligros que nos amenazan. Y hemos indicado al mismo tiempo el mejor remedio para conjurarlos. Hemos ofrecido a los príncipes y a todos los gobernantes el apoyo de la Iglesia. Hemos exhortado a los pueblos a que se aprovechen de los bienes espirituales que la Iglesia les proporciona. De nuevo hacemos ahora a los reyes el ofrecimiento de este apoyo, el más firme de todos, y con vehemencia les amonestamos en el Señor para que defiendan a la religión, y en ínterés del mismo Estado concedan a la Iglesia aquella libertad de la cual no puede ser privada sin injusticia y perdición de todos. La Iglesia de Cristo no puede ser sospechosa a los príncipes ni mal vista por los pueblos. La Iglesia amonesta a los príncipes para que ejerzan la justicia y no se aparten lo más mínimo de sus deberes. Pero al mismo tiempo y de muchas maneras robustece y fomenta su autoridad. Reconoce y declara que los asuntos propios de la esfera civil se hallan bajo el poder y jurisdicción de los gobernantes. Pero en las materias que afectan simultáneamente, aunque por diversas causas, a la potestad civil y a la potestad eclesiástica, la Iglesia quiere que ambas procedan de común acuerdo y reine entre ellas aquella concordia que evita contiendas desastrosas para las dos partes. Por lo que toca a los pueblos, la Iglesia ha sido fundada para la salvación de todos los hombres y siempre los ha amado como madre. Es la Iglesia la que bajo la guía de la caridad ha sabido imbuir mansedumbre en las almas, humanidad en las costumbres, equidad en las leyes, y siempre amiga de la libertad honesta, tuvo siempre por costumbre y práctica condenar la tiranía. Esta costumbre, ingénita en la Iglesia, ha sido expresada por San Agustín con tanta concisión como claridad en estas palabras: «Enseña [la Iglesia] que los reyes cuiden a los pueblos, que todos los pueblos se sujeten a sus reyes, manifestando cómo no todo se debe a todos, aunque a todos es debida la claridad y a nadie la injusticia» (26).
20. Por estas razones, venerables hermanos, vuestra obra será muy útil y totalmente saludable si consultáis con Nos todas las empresas que por encargo divino habéis de llevar a cabo para apartar de la sociedad humana estos peligrosos daños. Procurad y velad para que los preceptos establecidos por la Iglesia católica respecto del poder político del deber de obediencia sean comprendidos y cumplidos con diligencia por todos los hombres. Como censores y maestros que sois, amonestad sin descanso a los pueblos para que huyan de las sectas prohibidas, abominen las conjuraciones y que nada intenten por medio de la revolución. Entiendan todos que, al obedecer por causa de Dios a los gobernantes, su obediencia es un obsequio razonable. Pero como es Dios quien da la victoria a los reyes (27) y concede a los pueblos el descanso en la morada de la paz, en la habitación de la seguridad y en el asilo del reposo (28), es del todo necesario suplicarle insistentemente que doblegue la voluntad de todos hacia la bondad y la verdad, que reprima las iras y restituya al orbe entero la paz y tranquilidad hace tiempo deseadas.
21. Para que la esperanza en la oración sea más firme, pongamos por intercesores a la Virgen María, ínclita Madre de Dios, auxilio de los cristianos y protectora del género humano; a San José, su esposo castísimo, en cuyo patrocinio confía grandemente toda la Iglesia; a los apóstoles San Pedro y San Pablo, guardianes y defensores del nombre cristiano.
Entre tanto, y como augurio del galardón divino, os damos afectuosamente a vosotros, venerables hermanos, al clero y al pueblo confiado a vuestro cuidado, nuestra bendición apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de junio de 1881, año cuarto de nuestro pontificado.

Notas
1. Prov 8,15-16.
2. Sab 6,3-4.
3. Eclo 17,14.
4. Jn 19,11.
5. San Agustín, Tractatus in Ioannis Evangelium CXVI, 5: PL 35,1943.
6. Rom 13,1-4.
7. San Agustín, De civitate Dei V 21: PL 41,167.
8. San Juan Crisóstomo, In Epistolam ad Romanos hom.23,1: PG 60,615.
9 San Gregorio Magno, Epístola 11,61.
10. Sant 4,12.
11. Ef 3,15.
12. Rom 13,1-5.
13. 1 Pe 2,13-15.
14. Mt 22,21.
15. Hech 5,29.
16. Sal 6,4-8.
17. Rom 10,12.
18. Cf. misa votiva pro pace, Poscomunión.
19. Tit 3,1.
20. 1 Tim 2,1-3.
21. Atenágoras, Legatio pro Christ. 1: PG 6,891 B-894A.
22.Tertuliano, Apologeticum 35: PL 1,451.
23. Tertuliano, Apologeticum 37: PL 1,463.
24. Epístola a Diognete 5: PG 2,1174.
25. Santo Tomás, De regimine principum 1,10.
26. San Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae 1,30:PL 32,1336.
27. Sal 142(143),11.
28. Is 32,18.

lunes, 26 de septiembre de 2011

EXTRACTO DE LAS ACTAS DE LAS SESIONES Y CONGREGACIONES (III) CONCILIO LATINO AMERICANO 1899

TERCERA SESIÓN SOLEMNE.

El jueves 8 de Junio de 1899, a las nueve y media de la mañana, se reunieron en el Aula Conciliar los Rmos Padres, con los Consultores, notarios y demás, bajo la presiden­cia de honor del Eminentísimo Sr. Cardenal D. Jerónimo Gotti, nom­brado al efecto por Nuestro Santí­simo Padre el Papa León XIII. Celebró la Misa de Espíritu Santo el Sr. Arzobispo de Linares. Después de la Misa el Sr. Arzobispo de An­tequera, nuevo Presidente, revestido de capa pluvial encarnada y con mi­tra, subió al altar, llevando los demás Obispos mitra y capa pluvial de co­lor blanco; y observándose lo que prescribe el ceremonial y lo que se practicó en la sesión segunda, pro­nunciado el Extra omnes, se publi­caron solemnemente, se aprobaron y promulgaron todos los decretos contenidos en el título II De Fidei impedimentis et periculis, con las modificaciones hechas por los Pa­dres, y aceptadas en las anteriores Congregaciones generales. Los Pro­motores hicieron instancia para que se levantara el Acta, y habiéndose señalado el Domingo 11 de Junio para la cuarta sesión solemne, el Sr. Cardenal, Presidente de honor, dió desde el trono la bendición so­lemne.

NOVENA CONGREGACIÓN GENERAL.

El viernes 9 de Junio de 1899, a las nueve de la mañana, se reu­nieron en el Aula Conciliar los Rmos Padres, con los Consultores y no­tarios, bajo la Presidencia, por de­legación Apostólica, del Sr. Arzobispo de Antequera. Se rezó la Le­tanía del S. Corazón de Jesús, siendo éste el primer día del Triduo pre­paratorio a la solemne consagración al S. Corazón de Jesús, conforme al decreto, que antes que otro alguno, promulgaron los Padres. Se trató en seguida del capitulo 40 del titulo III, De personis ecclesiasticis, y todos los artículos del mismo quedaron apro­bados, con la adición acerca Ae Pro­visor. Se aprobaron también los ca­pítulos 5o y 6o, después de una larguísima discusión sobre ciertas pretensiones de algunos canónigos, y con algunas modificaciones y adi­ciones.

DÉCIMA CONGREGACIÓN GENERAL.

El sábado 10 de Junio de 1899, se reunieron en el Aula Conciliar los Rmos Padres, con los Consultores y notarios, bajo la presidencia del Sr. Arzobispo de Antequera, Dele­gado Apostólico para este día. Se rezaron las letanías del S. Corazón de Jesús, como ayer, y se redactó la fórmula definitiva de la consagra­ción del Concilio a la Virgen Inma­culada, que ha de recitarse mañana después de la consagración al S. Corazón de Jesús; dejando libertad a los diversos Ordinarios para que, después de las palabras de Guadalupe, hagan, si gustan, mención ex­plícita de los más célebres Santua­rios de su propia nación, provincia ó diócesis y de esta manera, en cada nación se celebre la memoria, no sólo del Santuario de Guadalupe, que es tesoro y monumento común de la predilección de María a toda la Amé­rica Latina, sino también de los San­tuarios más celebres que existen, co­mo pruebas del amor especial de María hacia cada nación de la misma América Latina en particular. Se trató en seguida de los capítulos 7o, 8o y 9o del titulo III, que se apro­baron con algunas modificaciones y adiciones.


CUARTA SESIÓN SOLEMNE.

El Domingo 11 de Junio de 1899, a las nueve y media de la mañana, se reunieron en el Aula Conciliar los Rmos Padres con los Consultores, notarios y demás, bajo la presiden­cia de honor del Sr. Cardenal D. Domingo M. Jacobini, nombrado al efecto por N. Smo Padre el Papa León XIII. Celebró la Misa de Espí­ritu Santo el Sr. Arzobispo de Quito; después de la cual, habiéndose ex­puesto en el altar mayor el Smo Sa­cramento, subió al presbiterio el Sr. Arzobispo de Méjico, nuevo presi­dente, con capa pluvial encarnada: los demás Obispos portaban capa pluvial de color blanco. El Sr Ar­zobispo de Quito, conservando la casulla, y arrodillado en medio del altar, pronunció en alta voz la fór­mula de consagración al S. Corazón de Jesús y a la Purísima Concepción de María, con la invocación a los Santos y Bienaventerados de la Amé­rica Latina, rezándola con él, tam­bién en alta voz, todo el Concilio, con el Colegio Pío Latino Ameri­cano y los demás clérigos y fieles que asistían a la ceremonia; y todo esto se practicó por todos con tanta unción y fervor, que hizo a muchos de los circunstantes derramar lá­grimas de dulcísima devoción, y de suavísima confianza en la prosperidad cristiana de los pueblos de la América Latina. Y no sin razón; porque, si desde el principio del Con­cilio Plenario los Rmos Padres fue­ron siempre un solo corazón y una sola alma, esta unión resplandeció con brillo especial en esta tiernísima solemnidad, que mostró á toda la América Latina adunada, unida v congregada en el S. Corazón de Je­sús y en la Purísima Concepción de María, en presencia de tantos Pas­tores y fieles, latino-americanos por la sangre, el corazón y el afecto. Des­pués de la bendición y reserva del Smo Sacramento, habiéndose can­tado las preces y practicado lo pres­crito en el ceremonial, como en la segunda sesión, y proclamado el Extra omnes, se aprobaron solem­nemente, se publicaron y promulga­ron los decretos contenidos en los capítulos desde el Io hasta el 90 De personis eclesiasticis, aprobados ya en las anteriores congregaciones ge­nerales , con sus modificaciones y adiciones. Los Promotores hicieron instancia para que se levantara el Acta, y se señaló el próximo jueves para la quinta sesión solemne. An­tes de terminar, el Sr. Cardenal dió la solemne bendición desde el trono.

UNDÉCIMA CONGREGACIÓN GENERAL.

El lunes 12 de Junio de 1899, á las nueve de la mañana, se reu­nieron en el Aula Conciliar los Rmos Padres, con los Consultores y notarios, bajo la presidencia, por delegación Apostólica para este día, del Sr. Arzobispo de Méjico. Pro­pusieron algunos de los Padres, que en adelante, para que no se multipliquen las sesiones solemnes, con la lectura íntegra de los decretos, se haga simplemente una publica­ción sumaria de los mismos, ó al menos de los artículos no modifi­cados, puesto que ya son de todos conocidos, habiéndose discutido ple­namente y quedado aprobados en toda forma en las Congregaciones generales. Otros opinaron , que lo más seguro sería someter el asunto a la Santa Sede por medio del Car­denal Prefecto de la S. Congrega­ción del Concilio. Se procedió en seguida a la discusión de los capí­tulos 10o, 11o, 12o, 13° y 14o del título III De Personis ecclesiasticis, que previas algunas modificaciones y adiciones, quedaron aprobados.

DUODÉCIMA CONGREGACÍÓN GENERAL.

El martes 13 de Junio de 1899, a las nueve de la mañana, se reu­nieron en el Aula Conciliar los Rmos Padres, con los Consultores y notarios, bajo la presidencia del Sr. Arzobispo de Méjico, Delegado Apostólico para este día. Se ter­minó la discusión del capítulo 15 del título III, empezada en la Congregación anterior, y, previás algu­nas modificaciones y adiciones, quedó aprobado. De igual manera se aprobó el capitulo 16, y por con­siguiente, todo el título III. Se trató en seguida del titulo IV, De cultu divino, y, aceptadas ciertas modi­ficaciones y adiciones, quedaron aprobados los decretos del capi­tulo Io hasta el articulo 353.

DÉCIMATERCERA CONGREGACIÓN GENERAL.

El miércoles 14 de Junio de 1899, a las nueve de la mañana, se reu­nieron en el Aula Conciliar los Rmos Padres, con los Consultores y notarios, bajo la presidencia, por delegación Apostólica para este día, del Sr. Arzobispo de Méjico. Se discutieron y aprobaren, con algu­nas adiciones y modificaciones, los decretos restantes del capitulo 1 del título IV. Se trató en seguida de los capítulos 2o, 3°, 40 y 50 del mismo título, que previas algunas adiciones y modificaciones, queda­ron aprobados. Acto continuo, el Rm0 Secretario dió a conocer la de­claración del Sumo Pontífice acerca del postulado que se le presentó por el Sr. Cardenal Prefecto de la S. Congregación del Concilio, sobre la lectura abreviada de los decre­tos en las sesiones solemnes. Quiso Su Santidad que se atendiera a la brevedad de dichas sesiónes, pero sin menoscabo de su dignidad; que, por consiguiente, de los artículos más largos, se leyera tan sólo uno que otro período; pero los demás se leyesen enteros.