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lunes, 3 de junio de 2013

LA NUEVA IGLESIA MONTINIANA (10)

Por Dr. Pbro. Joaquín Saenz y Arriaga
Páginas 93-105.

LA IGLESIA VIVE UN PROFUNDO CAMBIO.

     En una entrevista, que el Obispo de Paraguay, Mons. Aníbal Mena Borta, uno de los más peligrosos prelados de Sud América, concedió a los representantes de la prensa, nacional y extranjera, a su llegada a Bogotá, para asistir al Congreso Eucarístico Internacional, escuchó la siguiente pregunta, reveladora de las inquietudes, de las reservas, de las internas divisiones, que las múltiples y espectaculares mudanzas, introducidas en la Iglesia de Cristo, han causado en todos los observadores católicos y no católicos: (EL ESPACIO, Martes 20 de Agosto de 1968. Bogotá, Colombia):
     "¿Cree oportuno —se le preguntó— el avance de la "nueva Iglesia", contra las tesis tradicionalistas y conservadoras?
     "Es una etapa, que estamos viviendo. A partir del Vaticano II, la Iglesia Católica, incluyendo la latinoamericana, atraviesa por una época de transformación, por una etapa de cambios.
     "¿Es verdad que hay serias reservas del episcopado del Paraguay al documento de trabajo del CELAM?
     "Solamente algunas inquietudes. Nosotros hemos preparado un breve documento en el que consignamos nuestras tesis.
     "¿Se solicitan modificaciones? ¿Fundamentales?
     "No. Pero sí algunas de importancia.
     "¿Debe la Iglesia comprometerse en una gran acción social?
     "La Iglesia está comprometida con ella. Lo que buscamos es una vigorización de ese compromiso.

     Nueva Iglesia llaman los hombres de la prensa a la Iglesia "reformada", que nació del Concilio de Juan XXIII y de Paulo VI. Nueva Iglesia que avanza irreversiblemente contra las tesis tradicionalistas y conservadoras. Es, pues, un avance doctrinal, que borra, que destruye el pasado, porque hay oposición entre esas dos mentalidades, y esa oposición es irreconciliable. ¿Será esa la aulodemolición de la Iglesia, que lamentaba Paulo VI en una de esas patéticas alocuciones, con las que parece querer detener el aluvión de la herejía y del cisma?
     No son tesis tradicionalistas y conservadoras las que combate el "progresismo", sino dogmas inmutables de nuestra fe católica, sobre los que se funda la estructura misma de la Iglesia, su conservación, su esencia misma. Su Excelencia, el Arzobispo del Paraguay, reconoce y acepta que es una etapa que estamos viviendo, a partir del Vaticano II, de transformación y de constantes cambios. ¿Qué ha quedado en pie, después de esa tormenta? ¿Cuando terminarán los cambios? ¿Cuál es ahora la norma cierta, para separar y distinguir lo contingente de lo inmutable; la verdad infalible, de la verdad circunstancial y pasajera? Lo que ayer negamos, lo aceptamos hoy y lo imponemos. Trento había dicho: "Si alguno afirmase que la Misa debe celebrarse en lengua vernácula, que sea anatema". Hoy, en cambio, las Conferencias Episcopales quieren imponernos no sólo la Misa, sino toda la liturgia en la lengua vernácula.
     El trabajo del CELAM, el anteproyecto preparado para la junta de Medellín, había causado verdaderas inquietudes, no sólo en algunos miembros del Episcopado, sino entre las personas seglares, que lo conocían. La Iglesia o, mejor dicho, los hombres de la la Iglesia se habían comprometido en una gran aventura social. La transformación que los eclesiásticos buscaban en la Iglesia, en la obra de Dios, parecía abarcar la finalidad misma del Evangelio. Ya no se buscaba tanto el Reino de Dios y su Justicia, sino el reino del hombre y su justicia social.

LA REVOLUCION: UNICA SOLUCION EN AMERICA LATINA

     Con estas ambiciones terrenales, fácilmente podemos comprender la actitud combativa y revolucionaria de tantos eclesiásticos y dirigentes laicos en la Iglesia. Del mismo diario bogotano y de la misma fecha copiamos lo que sigue: 
     "Un grupo de sacerdotes, religiosas y laicos, en número de 30, de Bogotá acaba de presentar a Monseñor Abellard Brandao Vileda, presidente del CELAM un trascendental e interesante estudio, que hace una serie de críticas al documento de trabajo de la Segunda Conferencia Episcopal de Medellín. El grupo de estudio afirma que 'profundamente interesados por el cambio de estructuras en América Latina y la responsabilidad y compromiso de la Iglesia en este cambio, había hecho un estudio sobre las estructuras latinoamericanas'.
     "Entre otras muchas consideraciones, el grupo de trabajo, coordinado por el Padre René García Lizarralde, párroco del barrio Florencia en Bogotá, afirma que "la gran tragedia de los mejores gobernantes latinoamericanos se debe al desconocimiento de la estructura. Coincidenciaalmente los planes de transformación latinoamericanos están de acuerdo, casi textualmente, con las plataformas de acción de los partidos comunistas de la postguerra. Todos estos intentos de desarrollo han terminado en el fracaso, a pesar de sus bases científicas, por querer adoptar moldes extranjeros válidos para otras condiciones'.
     "Al analizar el Capítulo sobre 'Realidad Latinoamericana', en su aspecto de la situación demográfica, dice el Estudio que: 'Querer presentar la explosión demográfica como la causa del desequilibrio socio-económico, es evadir la verdadera solución, que está en la transformación de los modos de producción. Para enfrentar el problema demográfico no se vacila en colocar a la persona ante la arternativa de escoger entre su fe y la vida. Dentro del plano científico, hay otra solución: LA REVOLUCION, la cual originará las nuevas relaciones de producción, que permitirán al hombre conservar la vida y su religión. El control de la población de los países impedidos en su desarrollo está en relación con el hecho de que los desarrollados pueden conservar su status social privilegiado. Para lo cual no vacilan en llevar la destrucción de todos los valores, a través de la planificación familiar'.
     "Como el documento del CELAM habla de una población latinoamericana marginada en un 80%, el Estudio de Bogotá anota que 'hablar de una población marginal en la sociedad sobre un 80% de la misma, significa que los marginados son los que se deben considerar no marginados, lo que indica que el 20% de los privilegiados son las élites que viven de los esquemas extranjerizantes'.
     "No es verdad que esa gran población carezca de cohesión social y de organización. Su tradición pre-colombiana les permitió sobrevivir a la conquista, a la violencia de la independencia criolla y a las guerras civiles.
     "Hoy sufren soportando la opresión del capitalismo internacional y sus agentes internos, gestando su liberación. Es injusto suponer el subdesarrollo de los pueblos impedidos, cuando su capacidad acumulativa de siglos los coloca en la esperanza de la historia de la humanidad.
     "La cultura predominante en América Latina no es la occidental, aunque aparentemente se presenta como tal, ocultando las verdaderas relaciones, dejando en la oscuridad la lógica invisible del pensamiento indígena, que es la reserva cultural que aflora en su futuro.
     "La juventud es hoy el grupo más numeroso y más beligerante de la sociedad, debido al influjo de la revolución tecnológica y al gran desarrollo de la comunicación extranjera que la hacen entrar en contradicción con el estatismo de nuestra cultura y de nuestra sociedad".

     Era increíble leer en los diarios de Bogotá, precisamente en los días del Congreso Eucarístico Internacional, estos conceptos, que, en el fondo expresaban no sólo un rompimiento, sino una condenación del pasado cristiano y español de la América Latina. Esos conciliábulos de clérigos y de monjas y de laicos, que tanto se han multiplicado y repetido, desde la clausura del Concilio Vaticano II, y que reclaman para sí la expresión auténtica y la decidida realización de la mente conciliar y del programa pastoral que de ella brota, han provocado esa trágica revolución, que todos lamentamos, en el seno de la Iglesia, y por la cual los clérigos y los laicos pierden la fe y aun las Conferencias Episcopales se rebelan contra las enseñanzas inmutables del Magisterio.
     El conciliábulo bogotense, encabezado, al menos aparentemente, por el párroco del bario Florencia, el Presbítero René García Lizarralde, hace su profesión de fe —y en esto coincide con el programa evolutivo del Cardenal Lercaro— en el cambio audaz, profundo, radical de las estructuras de los pueblos latinoamericanos. Quizá sean más explícitos los firmantes del "estudio" presentado a Monseñor Abellard Brandao Vileda, ya que en su documento sí nos dice cuáles son las estructuras que es urgente cambiar. En su preámbulo, plantean, con claridad y sin ambages, el problema: "Profundamente interesados por el cambio de estructuras en América Latina y la responsabilidad y compromiso de la Iglesia en este cambio, hemos hecho un estudio sobre las estructuras latinoamericanas".
     Empiezan por presuponer y dar por hecho la necesidad imperiosa, urgente, inaplazable del cambio de estructuras, no en Colombia, sino en tpdos los países de América Latina. No dicen el porqué; pero nosotros lo sabemos: así lo decretó el CELAM; así lo presupone el "progresismo", aliado ahora con el marxismo en su materialismo dialéctico. Y es, a su juicio, la Iglesia la responsable y la que está comprometida en este cambio. ¿Por qué es la Iglesia responsable? ¿Es acaso su misión el proyectar o mudar o perfeccionar las estructuras sociales, políticas o económicas de los pueblos? ¿No contraría esa intervención las palabras de Cristo: "Dad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios
"? El compromiso no es de la Iglesia, sino de los eclesiásticos, que se han empeñado en bautizar al comunismo, en hacer alianza con los mortales enemigos de Dios y de la Iglesia.
     Y apoyando sus pies sobre esta base falsa, movediza, se lanzan a la acción; y, haciendo propios la responsabilidad y el compromiso de la Iglesia, se ponen a redactar "un estudio sobre las estructuras latinoamericanas". Se necesita una verdadera obstinación o una entrega a consignas superiores, para lanzarse a esta aventura, con una visión seguramente limitada y sin los conocimientos y la preparación indispensable, para un estudio de esa trascendencia. Aun los venerables Prelados del CELAM, pese a su alta dignindad y sus años y sus estudios conciliares, no creo que tuvieran la ciencia social, económica y política necesaria para echar sobre sí y sobre la Iglesia tan grandes responsabilidades. Inconscientemente tenían que ser manejados por los sabios "expertos", que, desde el Concilio, han estado haciendo el juego al enemigo.
     La ignorancia es, casi siempre, atrevida y presuntuosa. Los miembros del conciliábulo bogotense —sacerdotes, religiosas y laicos— que redactaron el "Estudio", se atreven a juzgar colectivamente a todos los gobiernos, pasados y presentes, de todos los países latinoamericanos, pronunciando contra ellos su veredicto umversalmente condenatorio. "La gran tragedia, dicen, de los mejores gobernantes latinoamericanos se debe al desconocimiento de la estructura". El juicio se refiere a los "mejores gobernantes", luego a fortiori, abarca a los "medianos" y a los "peores". ¡Todos desconocían la estructura! ¡Todos gobernaron a ciegas!
     Pero, hoy la luz del desarrollo y del progreso, que proyectan esos jóvenes cerebros, va a disipar las tinieblas y va a hacernos ver con diáfana claridad el único camino que podemos seguir. "Coincidencialmente, afirman estos inspirados reformadores, los planes de transformación latinoamericanos están de acuerdo, casi textualmente, con los planes de acción de los partidos comunistas de la postguerra".
     ¿A qué planes se refieren estos paladines de la libertad y del progreso? ¿A la Alianza por el Progreso de Kennedy, de Betan-court, de Figueres? ¿Al documento del CELAM? ¿Al programa que en Rio de Janeiro redactaron el P. Arrupe y los Provinciales Jesuítas de América Latina? ¿A la Populorum Progressio? Según esos redactores del "Estudio", es una coincidencia, solamente una coincidencia, el que los planes de transformación latinoamericanos se asemejen o se inspiren o se identifiquen, casi milimétricamente, con los planes prefabricados por los dirigentes de los partidos comunistas de la postguerra. Yo diría, siguiendo el pensamiento teológico del Obispo de Cuernavaca, Don Sergio Méndez Arceo, que esta convergencia no es casual, sino lógica, maravillosamente reveladora. Esos planes de una total, audaz y rápida transformación de las estructuras todas de América Latina parecen reclamar la paternidad de los que parecen asalariados del comunismo, que cautelosamente militan dentro de la Iglesia, como infiltrados en el clero, en las organizaciones católicas y aún en la misma Jerarquía. Por eso sus programas parecen inspirados, no en Cristo, ni en su Evangelio, sino en Marx, en Lenin, en las consignas emanadas de los supremos dirigentes y señores de todos esos partidos comunistas de la postguerra, que cambian tácticas, pero nunca abandonan los fines que persiguen.
     Para hacer este juego de "coexistencia pacífica", los comunistas cambiaron sus tácticas y sus generosos aliados pudieron afirmar a todos los incautos que el comunismo había perdido su agresividad; que ahora tiene sus aspectos positivos; que la socialización es inevitable, que es imposible detener el avance triunfal de los marginados. Y el batallador obispo de Cuernavaca, en un momento de lirismo contagioso, nos llegará a decir que el comunismo de tal manera se identifica con el cristianismo, que es la manera de hacer ahora práctica la Redención de Cristo. Y "los compañeros de viaje", "los imbéciles útiles", como los llaman los marxistas, acabarán creyendo la patraña, para elaborar por su cuenta y con entusiasmo los planes de cambios de las estructuras de los pueblos latinoamericanos, que "coincidencialmente" estarán otra vez de acuerdo con los planes de acción de los partidos comunistas de la postguerra.

EL CAMBIO DE ESTRUCTURAS Y "LA EXPLOSION DEMOGRAFICA" 

     Al estudiar la realidad social de América Latina, se ha denunciado, como uno de los factores más funestos de nuestro estático subdesarrollo, la así llamada "explosión demográfica". Es necesario detener el aumento constante de los nacimientos, peroran demagógicamente los secuaces del liberalismo económico; es necesario difundir ampliamente el científico "control de la natalidad", por medio de los numerosos métodos anticonceptivos que los gobiernos deben enseñar y difundir entre la masa del pueblo.
     Y los teólogos "progresistas", mirando el problema desde otro ángulo se asociaron jubilosos a esta propaganda anticonceptiva, que halagaba las pasiones, cada día más descaradas y decididas, de las multitudes, que no toleran ya las restricciones de la castidad. Ante la evidencia de que las "nuevas pildoras", al impedir la ovulación, no escapaban de la solemne y terminante condenación del Magisterio, buscaron, a título de progreso teológico, una nueva concepción de la moral cristiana, afirmando primero que el fin primario y esencial de la unión conyugal no era, como se había dicho, la procreación y educación de los hijos, sino el amor mutuo de los conyuges, entendiendo este amor de una manera humana, es decir, una manera sobre todo, carnal y sexual. Y, en sus posiciones avanzadas, pasaron a más: llegaron a negar el valor mismo de la ley natural, como si fuera ésta una concepción anticuada y medioeval.
     La encíclica "Humanae vitae", tanto tiempo esperada por la ortodoxia de la Iglesia, provocó una verdadera revolución en muchos sectores, incluyendo dolorosamente a varias Conferencias Episcopales. Era de temerse. Ya en el Concilio se hicieron oir autorizadas voces de Cardenales y obispos, que se decían representantes de los grupos nacionales o regionales a que pertenecían, y que clamaban por una reforma de la moral conyugal, especialmente en este punto. El Cardenal Dophner de Munich, al que parecían apoyar los Cardenales Léger de Montreal y Suenens de Bélgica, exigió desde el principio, cuando los Padres Conciliares se disponían a reexaminar la legislación de la Iglesia sobre las formas de los matrimonios mixtos, hacer cambios mayores en todas las leyes relacionadas con la vida conyugal.
     El aspecto doctrinal del matrimonio fue tratado en el esquema sobre "La Iglesia en el Mundo Moderno", en la tercera sesión del Concilio. El Moderador Cardenal Agaganiani anunció públicamente el 28 de octubre de 1964, que algunos puntos se habían reservado a la comisión especial, nombrada por el Papa sobre el control de la natalidad. Sin embargo, los Padres Conciliares estaban en libertad para presentar por escrito sus observaciones y podían tener seguridad de que la Comisión nombrada por el Sumo Pontífice les daría la debida consideración.
     En el debate del 29 de octubre de 1964, sobre el artículo 21 del esquema: "la Santidad del Matrimonio y de la Familia", el Cardenal Léger de Montreal afirmó que hoy muchos teólogos creen que las dificultades relacionadas con la doctrina del matrimonio, tienen su origen en la exposición inadecuada de los fines del matrimonio. Según él, la fecundidad debería ser considerada como un deber permanente del "estado" conyugal, considerado en abstracto y colectivamente, no en concreto, en los actos particulares que los matrimonios individuales pueden hacer. "Es absolutamente necesario, dijo, que el amor humano de los esposos —y hablo del amor humano, que abraza lo mismo el alma que el cuerpo— sea considerado como uno de los fines esenciales del matrimonio, como algo que es bueno en sí, algo que tiene sus propias necesidades y sus propias leyes". Su Eminencia se complacía de que el esquema propuesto hubiese evitado el llamar "fin primario y esencial" del matrimonio a la procreación y "fin secundario" el amor conyugal. Pero, poca importancia tendría esta omisión, si el esquema no menciona después el amor conyugal, sino en relación con la fecundidad. El esquema debería afirmar, dijo el Cardenal Canadiense, que la unión íntima del matrimonio también tiene como "fin primario y esencial" el amor conyugal y, consiguientemente, el acto del matrimonio es "legítimo, aun cuando no se ordene directamente a la procreación".
     El Cardenal Suenens, de Bélgica, apoyando a su colega, dijo que se había hecho demasiado hincapié en las palabras de la Sagrada Escritura "Creced y multiplicaos", hasta llegar a olvidar otra frase, que también es palabra de Dios: "Y serán los dos una sola carne". Las dos son verdades esenciales, las dos están expresadas en la Sagrada Escritura y, por lo tanto, dijo el Cardenal, la una debe servir para esclarecer el sentido concreto de la otra. Como resolución concreta y práctica pidió el Primado Belga que se publicasen los nombres de todas las personas que habían sido nombradas por el Papa para integrar la Comisión de estudio, a fin de que "todo el pueblo de Dios" pudiese comunicarse con ellos y enviarles sus puntos personales de vista sobre el matrimonio y sobre el control de la natalidad.
     Al día siguiente habló Su Eminencia, el Cardenal Ottaviani. "No estoy de acuerdo, dijo, con la afirmación que se ha hecho en el texto del esquema de que las parejas conyugales pueden determinar el número de hijos que han de tener. Esto nunca se había escuchado en la Iglesia". Su Eminencia es el undécimo de una familia que tuvo doce hijos. "Mi padre era un trabajador y, sin embargo, el temor de tener muchos hijos jamás entró en la mente de mis padres, porque ellos confiaban en la Providencia de Dios". Y concluyó su breve defensa de la doctrina tradicional de la Iglesia, expresando su admiración por lo que sus colegas habían dicho: "Ayer, en el Concilio, se debería haber dicho que se dudaba ahora de que la Iglesia hubiera tenido, en los tiempos anteriores a este Concilio, las normas correctas para establecer los principios que deben gobernar el matrimonio. ¿Significa esto que estamos poniendo en duda la inerrancia de la Iglesia? ¿No estuvo con la Iglesia, en los siglos pasados, el Espíritu Santo para iluminar las mentes en punto tan fundamental de la doctrina?"
     El 29 de septiembre de 1965, en la cuarta sesión del Concilio, el Obispo Auxiliar Kazimierz Majdanski de Polonia se expresó enérgicamente sobre estas aberraciones de la humanidad contemporánea: "El mundo moderno, dijo, aborrece el derramamiento de sangre que originan las guerras, pero ve con indiferencia la destrucción de la vida humana que todavía no ha nacido". El número de abortos en un solo año sobrepasa el número de personas que fueron muertas en la Segunda Guerra.
     El esquema final sobre la doctrina del matrimonio tenía 152 páginas y fue distribuido a los Padres Conciliares el viernes y el sábado (12 y 13 de noviembre de 1965). Era de suponerse que los obispos emplearían el fin de semana en revisar el texto del esquema, Antes de las votaciones; pero, 500 de ellos salieron para Florencia. aprovechando el viaje gratuito que se les había ofrecido para asistir a las celebraciones del séptimo centenario del nacimiento del Dante. Al Espíritu Santo le confiaron el éxito de sus deliberaciones, ¡así andaban las cosas en el Concilio!
     En su discurso al Sacro Colegio del 23 de junio de 1964, el Papa había dicho: "...Por ahora no tenemos motivo suficiente para juzgar superadas, y, por lo tanto, no válidas (las normas dadas por los anteriores Pontífices), al menos hasta que Nos sintamos en conciencia obligados a modificarlas. En un tema de tanta gravedad, es conveniente que los católicos sigan una ley propuesta por la Iglesia con autoridad; y conviene, por lo tanto, que nadie por ahora, se atribuya el derecho de pronunciarse en términos opuestos a la norma vigente".
     Pío XI y Pío XII, habían inequívocamente declarado que nadie podía nunca mudar lo que Dios mismo había establecido: es la ley natural, reflejo de la ley eterna. Sorprenden, a primera vista, las palabras del Papa. ¿Pueden en algún caso la ley natural y la ley eterna de Dios ser superadas y, por lo tanto, no válidas? Los católicos, evidentemente, deben seguir la voz autorizada e infalible del Magisterio. Pero, cuando éste ha hablado, no pueden esperar un cambio, que nulifique, que "supere", como hoy dicen, las enseñanzas inmutables de la conciencia que nos impone las normas de la ley natural, reflejo, como ya dije, de la ley eterna de Dios mismo. Lo que en el Concilio se dijo por los Cardenales Dophner, Léger y Suenens, como advirtió con toda claridad el Cardenal Ottaviani, equivalía a decir que ahora se dudaba de que en los tiempos anteriores al Vaticano II, la Iglesia y los fieles hubieran tenido las normas correctas para establecer los principios que deben gobernar el matrimonio. Y, usando las palabras del mismo Cardenal, volvemos a preguntar: ¿Significa esto que estamos poniendo en duda la inerrancia de la Iglesia? ¿Qué el Espíritu Santo abandonó por algún tiempo a su Iglesia? Esta es la gran aberración del progresismo: haber querido ignorar, desconocer o "superar" la doctrina inmutable del pasado. Paulo VI, en principio, parece aceptar, a lo menos como posible, esta nueva doctrina. 
     En Nueva York, en su famoso discurso en la ONU, el 6 de octubre de 1965, Su Santidad, sin pronunciar la última, prometida y esperada palabra sobre el tema del control de la natalidad y de las "pildoras", fue, sin embargo más explícito: "...La vida del hombre es sagrada; nadie puede atreverse a atentar contra ella... vuestra tarea es hacer que el pan sea suficientemente abundante en la mesa de la humanidad, y no de favorecer un control artificial de nacimientos, que sería irracional, amén de disminuir el número de convidados al banquete de la vida".
     En el LII Congreso Nacional de la Sociedad Italiana de Obstetricia y Ginecología, en octubre de 1966, Paulo VI expresó una vez más su pensamiento: "Recordaremos aquí solamente cuanto expusimos en Nuestro discurso del 23 de junio de 1964; es decir, el pensamiento y la norma de la Iglesia no han cambiado: son los vigentes en la enseñanza tradicional de la Iglesia. El Concilio Ecuménico, hace poco celebrado, ha aportado algunos elementos de juicio muy útiles para integrar la doctrina de la Iglesia en este tema tan importante, pero no suficientes para cambiar sus términos substanciales; apropiados más bien para ilustrarla, y demostrar, con argumentos autorizados, el sumo interés que la Iglesia pone en los problemas concernientes al amor, al matrimonio, la natalidad y la familia... Entre tanto, como decíamos en el citado discurso, las normas enseñadas por la Iglesia, integradas por las sabias instrucciones del Concilio, exigen una fiel y generosa observancia; no pueden considerarse como no obligatorias, como si el magisterio de la Iglesia estuviera ahora dudando sobre ellas, mientras dura el estudio y la reflexión sobre cuanto se ha observado digno de atenta consideración".
     Finalmente, el Sumo Pontífice volvió a tocar solemnemente, en un documento que tuvo gran resonancia, en su Encíclica "Populorum Progressio", el tema cada vez más candente del así llamado "control de la natalidad". En dicha encíclica el Papa, sin pronunciar su última palabra sobre este tema vital, que tenía en grandísima espectación a todo el mundo católico y no católico, al hablarnos de la "paternidad responsable", parece dejar a la conciencia de los cúnyuges el poder decidir el número de hijos y los medios pertinentes para evitar los indeseables. Suponemos que no era ésta la mente del Papa, pero en aquellas circunstancias de expectación y espera, parecía hacer falta la voz definitiva y terminante del Magisterio, que pusiera término a las especulaciones malsanas de los "expertos".
     En la misma encíclica "Populorum Progressio", Su Santidad parece autorizar a los gobiernos el intervenir, a título de información educativa, en este gravísimo asunto de la moral conyugal. Dada la irreligiosidad, cuando no el sectarismo de la mayoría de los gobiernos, era de suponer que esta información no sería dada por los organismos gubernamentales, para cumplir la ley de Dios, sino para eludirla. El Departamento de Estado de los Estados Unidos ya había organizado en toda la América Latina una intensa labor "educativa", para difundir en gran escala el "control de la natalidad", con el fin de remediar la terrible amenaza que significa, para el bienestar y la paz del pueblo americano, la explosión demografica de los pueblos latinoamericanos. Se abrieron clínicas en todos nuestros países, en las que un personal, preparado y financiado, divulgaba y facilitaba las prácticas anticonceptivas.
     Al aparecer, por fin, la "Humanae Vitae", en la que el Papa se pronuncia definitivamente y sin dejar puerta abierta en pro de la ley natural, de la ley eterna de Dios, de las enseñanzas permanentes del pasado, era natural que se levantase una protesta clamorosa de parte de los elementos exaltados del "progresismo". Ellos daban por hecho que el Papa no hablaría más de este problema o que su decisión sería del todo conforme con la opinión común de los "expertos", patrocinados por la "nueva ola" de la Compañía de Jesús, de algunos Dominicos y de otras renombradas familias religiosas.
     En realidad la "Humanae Vitae" no viene a promulgar una nueva ley, una decisión del actual Pontífice. La ley natural, inmutable, universal, es la que condena los medios que pretendan impedir la fecundación en el uso del acto conyugal. Ni el Papa, ni el Concilio pueden cambiar lo que Dios mismo ha establecido.
     La revolución que la Encíclica de Paulo VI ha provocado, no tan sólo se empeña en defender el control de la natalidad, sino que ataca la autoridad del Magisterio de la Iglesia, su inerrancia; destruye las bases mismas de la moral conyugal y compromete gravísimamente la fe de los creyentes.
     Se puede, claro está utilizar la progesterona, con fines terapéuticos, para buscar, por ejemplo, el descanso del órgano ovulatorio; pero nunca para impedir la prole, aun cuando en ello se quieran evitar graves trastornos.
     No era de esperarse que en el Congreso Eucarístico, al que Su Santidad iba a asistir, se manifestase, como sucedió, una cierta, aunque disimulada oposición a la Encíclica "Humanae Vitae". Tampoco podia nadie pensar que en un ambiente tan lleno de "cambios de estructuras" se pudiese ignorar las reacciones de violenta oposición, que, en muchas partes, había provocado el documento paulino. Sin embargo, los sacerdotes, religiosos y laicos del "Estudio de Bogota", no siguieron esas corrientes, sino aquellas que favocieron sus planes revolucionarios. Volvamos al documento que comentábamos:
     "Querer presentar la explosión demográfica, como la causa de los desequilibrios socio-económicos, es evadir la verdadera solución, que está en la transformación de los medios de producción. Para enfrentar el problema demográfico no se vacila en colocar a la persona ante la alternativa de escoger entre su fe y la vida". Y esto es lo que buscan los promotores de estas campañas de destrucción: divorciar la religión de la vida. Queremos enmendar el orden de la Providencia; queremos planificar la vida, según los criterios de los "nuevos maestros", de los qúe habló San Pablo, que halagan nuestros sentidos, fomentan nuestras pasiones, nos apartan de la verdad y nos llevan a las fábulas.
     Pero los autores del famoso estudio bogotense no aceptan la solución de la mafia, que quiere disminuir la población de los países latinoamericanos, para aliviar la intolerable carga que pesa sobre los pueblos desarrollados y facilitar así su situación de privilegio. "Dentro del plan científico, dicen los sacerdotes, las religiosas y los laicos colombianos, hay otra solución: LA REVOLUCION". No explican en que consista o deba consistir esa revolución, ni si ha de ser, según las opiniones, pacífica o violenta. En cualquier hipótesis, es un cambio audaz y violento de las instituciones políticas de las naciones latinoamericanas. Una mudanza completa, nuevas formas, nuevas estructuras, algo radicalmente distinto de lo que vimos, de lo que pensaron nuestros padres, de lo que hasta ahora teníamos como normas de nuestra existencia. Esa REVOLUCION, afirman los redactores del documento que comentamos, "originará las nuevas relaciones de producción —es decir, las nuevas estructuras sociales, económicas y políticas— que permitirán al hombre conservar la vida y su religión".
     Los redactores del documento presentado al CELAM están en lo justo, cuando piensan que el mundo en que vivimos, todavía tiene inmensos recursos que alimentar a las posibles generaciones, que el nuevo malthusianismo está sacrificando. Es ciertamente criminal la actitud de los gobiernos de los países desarrollados, que, por conservar su estado de privilegio, quieren, como dicen los autores del "estudio", llevar la destrucción de todos los valores, a través de la planificación familiar. Nunca he sido, ni soy aliado y defensor del liberalismo económico, ni identifico mis puntos de vista con los que buscan la solución al problema demográfico —si es que existe, como nos lo pintan, ese amenazador y angustioso problema— en el control de la natalidad, como la solución fácil y segura a las dificultades personales, familiares y sociales de ese tan decantado problema demográfico.
     Sería interesante investigar a fondo cuál es la fuente, cuáles son las manos invisibles, que han tendido esa red por todo el mundo han hecho esa intensa propaganda, que quieren ahogar la vida en sus mismas fuentes, para dominarnos, esclavizarnos y explotarnos. Los tecnólogos modernos no son sino instrumentos de una mafia secreta, que ha encontrado en nuestra inconsciencia la eficaz cooperación para realizar sus planes perversos.
     No matando e impidiendo la vida, sino alimentando, educando y desarollando integralmente a los subdesarrollados es como encontraremos el camino de una solución estable y pacífica al problema social de América Latina. Una revolución no puede ser nunca parifica; sólo puede llevarse a cabo por la violencia, por las guerrillas, por la destrucción y la muerte.
     Los marginados, que menciona el documento presentado al CELAM, —no importa cual sea su porcentaje— han existido, existen y existirán siempre en este mundo; por eso la labor de la Iglesia, para mejorar su situación, ha sido y es y será siempre intensa, sincera y eficaz, aunque nunca llegue a eliminar los marginados.
     Por otra parte, marginados hay en todas partes. Hay quienes superan la unidad ideal, que podamos fingir como norma, y hay quienes apenas llegan a fracción. Esas "élites, que viven de los esquemas extranjerizantes" —como las llama el documento que comentamos—, son las que aprovecha la Iglesia y los eclesiásticos para mejorar la situación de los que necesitan ayuda y protección. Ni la Iglesia, ni los eclesiásticos podrían hacer nada por los marginados, si no hubiera en esa élite las almas generosas, que, en aras de la fe, lo sacrifican todo por amor al Reino de los Cielos.

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