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jueves, 13 de diciembre de 2012

ENCICLICA MIRAE CARITATIS

Sobre la Santísima Eucaristía
 
Del 28 de mayo de 1902

  Venerables Hermanos: Salud y bendición apostólica

      1. El culto del Corazón de Jesús y 
las obras del Papa en favor de la Eucaristía

      En cumplimiento de la santidad de Nuestro cargo hemos procurado y procuraremos, con el favor de Jesucristo, hasta el fin de Nuestra vida estudiar y seguir los singulares ejemplos de admirable caridad para la salvación de los hombres que brillan en la vida de Jesucristo. Nacidos en tiempos en extremo hostiles a la verdad y a la Justicia no hemos cesado, en cuanto ha estado de nuestra parte, de proporcionar, enseñando, amonestando u obrando, como lo demuestra la última epístola que os hemos dirigido, cuanto parece más a propósito, ya para evitar el contagio de multitud de errores, ya para robustecer los actos principales de la vida cristiana.

      Dos cosas estrechamente unidas entre sí y de cuya consideración nos proviene fruto oportuno de consuelo en medio de tantas angustias, son dignas de recordarse en esta materia. La una, que juzgamos de feliz éxito, el culto universalísimo con que se venera en todo el mundo al augusto Corazón de Cristo Redentor; la otra el haber exhortado gravemente a todos los cristianos a consagrarse al corazón de Aquél que divinamente es camino, verdad y vida de los individuos y de las sociedades. Movidos y como impelidos ahora por la misma caridad apostólica y por la vigilancia de los tiempos que atraviesa la Iglesia, a añadir algo añadir algo como perfeccionamiento a lo ya propuesto y realizado, y para recomendar aun más eficazmente la Santísima Eucaristía al pueblo cristiano, puesto que es el don divinísimo salido de lo más íntimo del Corazón del mismo Redentor deseando con vehementísimo deseo la singular unión con los hombres, y el hecho supremo para derramar los frutos saludables de su redención. Cierto es que aun en esta materia Nuestra autoridad y trabajo ha procurado ya algunas cosas. Gratísimo Nos es recordar como legítima confirmación a lo dicho, entre otras cosas el haber llenado de privilegios a no pocos institutos y sociedades dedicados al culto y perpetua adoración de la divina Hostia; el haber trabajado para que se celebrasen con notoria esplendidez y utilidad congresos eucarísticos; el haber designado como celestial patrono de estas y semejantes obras a Pascual Baylón, que fue piadoso e insigne adorador del misterio eucarístico. Así pues, Venerables Hermanos, Nos es grato reunir en esta alocución algunas ideas, acerca de este misterio en cuya defensa y enseñanza constantemente se ha ocupado ya el cuidado de la Iglesia en cuya defensa conquistaron también mártires sus palmas de victoria. A este misterio dedicaron su noble emulación las lumbreras de las ciencias, de la elocuencia y de las más variadas artes.

      Por eso, quisiéramos hablaros, Venerables Hermanos, sobre algunos puntos que se refieren a este misterio, a fin de que resplandezca con mayor claridad y brillo cuál es su oculta fuerza y por qué lo debemos considerar como medio eficacísimo para socorrer las necesidades de nuestros tiempos.

      En verdad, pues, Cristo Señor Nuestro al terminar el curso de esta vida mortal, bajo el exceso de su inmensa caridad para con los hombres, dejó este monumento y poderoso auxilio para la vida del mundo (Joan. VI, 52), por lo cual nada más feliz podemos desear Nos, próximos a partir de esta vida, que excitar en las almas y alentar en los espíritus los debidos afectos de gratitud y religión al admirable Sacramento, en el que juzgamos principalmente apoyar la esperanza y resultado de la paz y salvación tan buscadas por los cuidados y trabajos de todos.

2. No temer a los que atacan. 

      No faltarán quienes se sorprendan y quizás reciban con procaz animadversión este Nuestro intento de presentar semejantes remedios para ayudar a un siglo tan perturbado y lleno de miserias. La causa de esto es principalmente la soberbia; este vicio, introducido en las almas, debilita en ellas la fe cristiana (que pide el obsequio religiosísimo de la mente) haciendo necesariamente más tétrica la oscuridad en derredor de las cosas divinas, de tal modo que a muchos sea aplicable aquello de que blasfeman de lo que ignoran (Carta de Judas T. vers. 10). Ahora bien; tan distante está de Nos separarnos del propósito iniciado, que es cierto, por el contrario, que con más vivo ardor insistimos en iluminar a los que están bien dispuestos, y en rogar a Dios, interponiendo las fraternales súplicas de las almas justas, perdone a los que blasfeman de las cosas santas.

 3. Presencia de Cristo en la Eucaristía. 

      Conocer con fe íntegra la eficacia de la Santísima Eucaristía, es lo mismo que conocer cuál sea la obra que para perfeccionar al género humano realizó el Dios hecho hombre, con su poderosa misericordia. Pues así como es propio de una fe recta profesar y reverenciar que Cristo es el sumo autor de nuestra salvación, quien restauró todas las cosas con su leyes, instituciones, ejemplos y sangre derramada, igualmente es justo profesar y adorar que El mismo de tal manera se halla realmente presente en la Eucaristía, que verdaderamente permanece entre los hombres hasta la consumación de los siglos, repartiéndoles como maestro y buen pastor, y aceptísimo intercesor cerca del Padre, por Sí mismo la perenne abundancia de los beneficios de la realizada redención.

 4. Beneficios que manan de la Eucaristía. 

      El que atenta y religiosamente considere los beneficios que promanan de la Eucaristía, entenderá ciertamente que ella excede y sobrepuja a todas las demás cosas, cualesquiera sean en que dichos beneficios se contienen; pues procede para los hombres la vida, que es la verdadera vida: El pan que yo les daré, es mi carne por la vida del mundo (Joan. VI, 52). No de cualquier modo, según hemos enseñado en otro lugar, Cristo es vida; quien para esto vino y vivió entre los hombres, para darles abundancia de vida más que humana: He venido para que tengan vida y la tengan abundantemente (Joan. X, 10), Inmediatamente pues, que apareció en la tierra la benignidad y humanidad y benignidad de nuestro Dios Salvador (Tit. III, 4); nadie ignora que inmediatamente brotó cierta fuerza procreadora de un nuevo orden de cosas, la cual se infiltró en todas las venas de la sociedad doméstica y civil. De aquí nacieron nuevas obligaciones del hombre para con el hombre, nuevos derechos públicos y privados, nuevos oficios, nuevos derroteros a las instituciones, enseñanzas y artes; lo cual principalmente se tradujo en inclinar los espíritus y estudios a la verdad de la religión y la santidad de las costumbres, y de este modo se comunicó al hombre una vida celestial y divina. A esto indudablemente se refieren las frases que frecuentemente se usan en las sagradas letras: árbol de vida, palabra de vida, libro de vida, corona de vida y expresamente pan de vida.

 5. La Eucaristía alimento del alma.

      Mas como quiera que ésta que llamamos vida tiene manifiesta semejanza con la vida natural del hombre, así como ésta se sostiene y robustece con el alimento, así aquélla conviene tenga también un alimento o comida que la sustente y fortalezca. Oportuno es recordar aquí en qué tiempo y forma Cristo movió y preparó los ánimos del hombre para que recibiesen conveniente y fructuosamente el pan vivo que había de darles. Tan luego como se divulgó la fama del milagro que había realizado a orillas del mar de Tiberíades, de la multiplicación del pan para saciar a la hambrienta multitud, inmediatamente acudieron muchos por ver si acaso obtenían igual beneficio. Entonces, aprovechando la ocasión, como lo había hecho con la mujer samaritana, que del agua del pozo y de la sed la había insinuado el agua que salta hasta la vida eterna (Jn c.2), excita a la hambrienta muchedumbre para que desee con avidez otro pan que permanece en la vida eterna (Mt XIX, 9). Este pan, les advierte, no es aquel maná celestial que fue tan facil tomar a nuestros padres durante su peregrinación por el desierto: ni el que poco ha llenos de admiración habéis recibido de mí; sino que Yo mismo soy este pan: Yo soy el pan de vida (Concilio Tridentino Ses.24 al princ.)


6. Promesas de vida eterna. 

      Y de esto mismo les persuade más ampliamente invitándoles y mandándoles: Si alguno comiere de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo (Ibíd., c.l De reform. matr.); y les mostró la gravedad del precepto de este modo: En verdad, en verdad os digo comiereis la carne del hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Ef 5, 25 ss). Lejos de la verdad el vulgar pernicioso error de los que sienten que el uso de la Eucaristía debe tan sólo dejarse para los que alejados de los negocios y de espíritu pusilánime pretenden vivir tranquilos en la práctica de una vida piadosa.

      Este es, pues, asunto al cual ningún otro supera en excelencia y saludable eficacia, y que atañe a todos sin excepción, sea el que quiera su oficio y posición de cuantos quieran y ninguno debe hacer que no quiera, fomentar en sí la vida de la divina gracia, cuyo término es la consecución de la vida bienaventurada con Dios.

 7. Llamamiento a los dirigentes. 

      Y ojalá sintiesen y usasen rectamente de esta vida, principalmente aquellos que por su ingenio, posición o autoridad están destinados a dirigir los negocios públicos. Más desgraciadamente, vemos que muchos llenos de soberbia juzgan que ha sobrevenido al siglo una como nueva y próspera vida, toda vez que han procurado impulsarle con gran ardor a todo género de cosas útiles y admirables. Pero, ciertamente, doquiera que se dirija la vista, se observará que la sociedad humana, si se separa de Dios, más bien que gozar en deseada paz de las cosas, está como inquieta y temblorosa a semejanza del que se halla bajo la influencia de estado febril; sucediendo que mientras con verdadera ansia trabaja por la prosperidad, en la que únicamente confía, persigue la que se aleja y se adhiere a la que perece.

 8. La Eucaristía fuente de beneficios. 

      Los individuos y las sociedades tan necesariamente como reciben su origen de Dios, así no pueden en otro alguno, vivir, moverse y hacer ningún bien más que en Dios por Jesucristo de quien ha manado y mana abundantemente cuanto hay de bueno y bello. La fuente y cabeza de todos estos beneficios es principalmente la augusta Eucaristía: puesto que siendo el alimento y sustento de la vida, por cuya consecución tanto Nos afanamos, aumenta en gran manera la dignidad humana, que ahora parece ser tan importante. En efecto; ¿qué más puede desearse, que ser hechos en cuanto sea posible, participantes de la naturaleza divina? Pues esto es lo que principalmente nos da Cristo en la Eucaristía, por la cual el hombre, con el auxilio de la gracia es elevado al consorcio de la divinidad y unido a Cristo íntimamente. Esta es la diferencia que existe entre el alimento del cuerpo y el del alma, que así como aquél se convierte a nosotros, así éste nos convierte a nosotros en él; a este propósito San Agustín pone en boca de Cristo estas palabras: Tú no me transformarás en ti, como si fuese el alimento de tu cuerpo, sino que tú te transformarás en mí (Conf. T. VII, o. 10).

 9. Incrementa la Fe.

      De este excelentísimo Sacramento, en el cual aparece admirablemente cómo los hombres se unen a la divina naturaleza, reciben gran incremento todo género de virtudes sobrenaturales. En primer término la fe. Siempre ha tenido la fe sus enemigos, pues aunque eleva la humana inteligencia con el conocimiento de altísimas cosas, por lo mismo que al abrir estos superiores horizontes, oculta su esencia, parece que en esto la humilla y deprime. Antiguamente se combatía ora uno ora otro de los artículos de la fe; después se encendió mucho más la guerra, llegándose hasta el extremo de negar todo el orden sobrenatural. Ahora bien; para restablecer en los espíritus el vigor y fervor de la fe nada más a propósito que el misterio eucarístico, llamado con toda propiedad misterio de fe; pues, ciertamente, cuanto hay de admirable y singular en los milagros y obras sobrenaturales se contiene en este: El Señor misericordioso hizo compendio de todas sus admirables obras, dio comida a los que le temen (Ps. 110, 4-5).

 10. Continuación y extensión de la Encarnación. 

      Si Dios, cuanto hizo en el orden sobrenatural, lo ordenó a la encarnación del Verbo, por cuyo beneficio se restituyó la salvación al género humano, según aquello del Apóstol: Propuso... restaurar en Cristo todas las cosan que son en el cielo y en la tierra, en él (Eph. I, 9-10); la Eucaristía en el sentir de los Padres, debe considerarse como continuación y extensión de la Encarnación. Y en verdad; por ella la sustancia del Verbo encarnado se une con cada uno de los hombres; y se renueva de un modo admirable el supremo sacrificio del Calvario; lo cual profetizó Malaquías cuando dijo: En todo lugar se sacrifica y ofrece a mi nombre una oblación limpia (Eph. I, 2). A este milagro de los milagros acompañan innumerable multitud de prodigios: en él se interrumpen todas las leyes de la naturaleza; toda la sustancia de pan y vino se convierte en cuerpo y sangre de Cristo; las especies de pan y vino,  sustentan, sin sujeto, por virtud divina: el cuerpo de Cristo está presente en tantos lugares en cuantos al mismo tiempo se hace el Sacramento. Cuanto mayor sea el obsequio de la mente hacia tan gran Sacramento, tanto más le confirman y ayudan los prodigios realizados en su honor en tiempos pasados y  presentes, y de los cuales consérvanse en multitud de lugares insignes monumentos. Con este Sacramento se alimenta la fe, se nutre la mente, se desvanecen los errores del racionalismo, y se ilumina en gran manera el orden sobrenatural.

 11. Refrena las pasiones

      Pero a enervar la fe en las cosas divinas, contribuye mucho, no sólo la soberbia, corno ya hemos dicho, sino también la depravación del corazón. Así se observa ordinariamente que cuanto es un sujeto más morigerado, tanto es más despierto para entender; y que los deleites corporales tornan obtusos los entendimientos, como ya lo echó de ver la prudencia de los paganos y Nos lo avisó antes que ella la divina sabiduría (Sap. I, 4); pero en las cosas divinas mayormente esos placeres oscurecen la luz de la fe y aun, por justo castigo de Dios, llegan hasta extinguirla por completo. Tras esos deleites córrese hoy con ardiente e insaciable anhelo; esta es una como enfermedad contagiosa que a todos invade desde la más tierna edad. Remedio excelente contra tan gravísimo mal lo tenemos siempre dispuesto en la divina Eucaristía.

     Porque ante todo, aumentando ella en la caridad, refrena las pasiones, según lo que ya dijo San Agustín: "Lo que alimenta a la caridad, enerva a la pasión, y la extinción de la pasión es la perfección de la caridad (De diversis questionibus 83, q. 36). Además que la castísima carne de Jesús reprime la insolencia d e nuestra carne, según enseñó San Cirilo de Alejandría: Cuando Cristo está en nosotros hállase adormecida la ley de la carne que brama lujuriosa en nuestros miembros ( Lib. IV, c. 2 in Joan. VI, 57). Otro fruto singular y amenísimo de la Eucaristía es el que fue significado en aquel profético dicho: ¿Qué es lo bueno en él (Cristo) y qué lo hermoso de él sino el trigo de los elegidos y el vino que hace germinar vírgenes? (Zach. IX, 17) Esto es, el firme y constante propósito de la virginidad sagrada, que aun en medio de un mundo relajad o por la molicie, florece vigorosa más y más cada día en la Iglesia católica, con tanta ventaja y ornamento de la religión y aun de la sociedad civil, que no hay quien pueda resistir en este punto a la evidencia.

 12. Confianza en los auxilios divinos 

      Agrégase a esto, que con este Sacramento la esperanza de los bienes inmortales y la confianza en los auxilios divinos maravillosamente se robustecen y confirman. Pues el deseo de la felicidad, grabado e innato en todos los hombres,  se hace más agudo con engaños patentes de los bienes terrenos, y con las injusticias de los hombres perversos y los demás trabajos del cuerpo y del alma. Empero el augusto Sacramento de la Eucaristía es causa y prenda a la vez de la divina gracia y de la gloria celestial, no ya sólo con relación al alma, sino también al cuerpo, pues él enriquece los ánimos con la abundancia de los bienes celestiales y derrama en ellos gozos dulcísimos que exceden en mucho a cuanto mucho a cuanto los hombres puedan en este punto entender ni ponderar; en las adversidades la Eucaristía sustenta; en los combates de la virtud confirma; guarda las almas para la vida eterna, y a ella conduce como viático preparado al intento.

 13. Conmemora Resurrección y Pasión. 

      A este cuerpo nuestro, caduco y deleznable, la Hostia divina hace que en su día resucite; porque el cuerpo inmortal de Cristo infunde en él la semilla de la inmortalidad que ha de brotar alguna vez. Uno y otro bien, el del cuerpo y el que ha de gozar el alma, la Iglesia lo ha enseñado siempre conforme a la sentencia de Cristo: Quien come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el último día (Joan. VI, 55). Con lo cual tiene conexión y es de gran momento considerar la necesidad que resulta de la misma Eucaristía, como instituida por Cristo en memoria perenne de su pasión (S. Thom. Aquin. opus. 57: Offic. de Corp. Christi), de mortificar el hombre la propia carne. Pues Jesús dijo a aquellos que fueron sus primeros sacerdotes: Haced esto en memoria mía (Luc. XXIII, 19). Esto es, hacedlo para conmemorar mis dolores, mis aflicciones, mis angustias, mi muerte en el madero de la Cruz. Por lo cual es en todo tiempo este Sacramento y sacrificio una exhortación continua a la penitencia y a soportar los mayores trabajos, y una condenación grave y severa de los placeres que algunos hombres sin pudor alaban y ponen en las nubes: Todas las veces que comiereis de este pan y bebiereis este cáliz, anunciaréis la muerte del Señor, hasta que venga (I Cor. 11, 26).

 14. La desunión entre los hombres.

      Además de esto, si alguno quisiera averiguar las causas de los males que oprimen a las gentes en nuestros días, no le sería difícil ver que habiéndose enfriado la caridad para con Dios, la que debe unir a los hombres entre sí, se ha entibiado también: olvidando que son hijos de Dios y hermanos en Jesucristo, nadie cuida de otros intereses sino de los suyos; y no sólo se desatienden los ajenos, pero a menudo se hostilizan e invaden. De aquí las frecuentes riñas y controversias entre las diversas clases de ciudadanos: la arrogancia, la aspereza, los fraudes en los que más pueden; y en las clases ínfimas las miserias, la envidia, los motines. Males son estos contra los cuales no se da medicina alguna saludable ni en las leyes con que se quiere proveer a su remedio, ni en el miedo a las penas, ni en los dictámenes de la prudencia humana.


14. Fomenta la Caridad.

      Aquello, pues, debe procurarse con empeño que ya más de una vez Nos insistentemente amonestamos, que las diferentes clases se concilien entre sí mediante la conjunción de sus respectivos deberes; la cual, emanada de Dios, produce obras que llevan en sí el propio espíritu y caridad de Jesucristo. Esta trajo Jesucristo a la tierra; en ésta quiso que ardieran todas las cosas, como que ella es la única virtud que puede dar, no sólo al alma, sino también al cuerpo, alguna dicha aun en la vida presente: porque ella reprime en el hombre el amor inmoderado de sí mismo y pone coto a la codicia, que es la raíz de todos los males (I Tim. VI, 10). Aunque es cosa recta sostener convenientemente la justicia entre todas las clases de ciudadanos; pero lo que importa principalmente conseguir al fin con el auxilio y la regla de la caridad es que en la sociedad humana se dé aquella igualdad a que persuadía el Apóstol San Pablo, queriendo que resulte igualdad (II Cor. VIII, 14); y que después de ser hecha, se conserve. He aquí, pues, lo que quiso Jesucristo cuando instituyó este augusto Sacramento: excitando el amor de Dios, quiso fomentar el mutuo amor entre los hombres.

     Porque este amor emana por su naturaleza de aquél, y espontáneamente se difunde, y no podrá en ninguna parte dejar de ningún modo cosa alguna que desear; antes será necesariamente más ardiente y vigoroso si se considera cuan grande es el amor de Cristo a los hombres en este Sacramento, en el cual si por una parte desplegó con singular magnificencia su infinita potencia y sabiduría, por otra hubo de derramar las riquezas de su divino amor a hombres (Conc. Trid. sess. 13. de Euchar. c. 2).

      A vista de este ejemplo de Cristo que así nos da todas las cosas, ¡oh cuánto debemos nosotros amarnos y socorrer nos unos a otros, unidos más y más cada día con vínculos indisolubles de caridad fraternal! Y es muy de notar que hasta las señales exteriores de Sacramento convidan oportunísimamente a esta unión.

 15. Unión fraterna. 

      A este propósito, San Cipriano: "Finalmente: aún el mismo sacrificio del Señor declara la unanimidad cristiana unida con él con firme e inseparable caridad. Porque ciando el Señor llama "su cuerpo" al pan hecho con la unión de muchos granos, quiere decir que Nuestro pueblo conducido por él es un cuerpo cuyos miembros están unidos; y cuando llama "su sangre" al vino sacado de muchos racimos y granos exprimidos y hecho una sustancia indivisa, da asimismo a entender que Nuestra grey está formada de una multitud de hombres reducidos a unidad" (Ep, 69, ad Magnum, n. 5).

      Así habla también el Doctor Angélico siguiendo a San Agustín (Tract. 26, in Joan. n. 13, 17): Nuestro Señor nos dejó representados su cuerpo y su sangre en aquéllas cosas que más se juntan en uno porque una de ellas, que es el pan, es un todo formado de muchos granos; y la otra, que es la sangre, es un todo compuesto de muchos racimos; y por esto San Agustín dice en otro lugar: ¡Oh Sacramento de piedad, oh señal de unidad, oh vínculo de caridad! (Summa Theol. 3p. q. 79, a. 1). Todo lo cual fue confirmado con la sentencia del Concilio Tridentino, el cual enseña haber Cristo dejado a la Iglesia la Eucaristía como símbolo de aquélla unidad y caridad con que quiso que los cristianos fuesen conjuntos y unidos entre sí... símbolo de aquel cuerpo verdaderamente uno del cual es El mismo la Cabeza, y al cual quiso que nosotros, como miembros, estuviésemos unidos con estrechísimo vínculo de fe, de esperanza y de caridad (Sess. 13, De Euchar. c. 2).

      Ya San Pablo lo había dicho: Porque el pan es uno; somos muchos un solo cuerpo, pues participamos de ese único pan (I Cor. X, 17.)


16. Comunión de los Santos.

      Y a la verdad, no deja de ser una bellísima y muy gozosa manifestación de fraternidad e igualdad social la que se ofrece cuando ante unos mismos sagrados altares, acuden y se postran el noble y el plebeyo, el rico y el pobre, el docto y el ignorante, participando igualmente del mismo celestial banquete. Y si en los fastos de la Iglesia naciente se refiere en alabanza de ella, que toda la multitud de los fieles tenía un mismo corazón y una misma alma (Act. IV, 42) no hay duda que este bien tan grande se lo debían a la presencia de la devoción eucarística, puesto que de ellos leemos: Y perseveraban todos en oír las instrucciones de los Apóstoles y en la comunión de la fracción del pan o Eucaristía y en la oración (Act. II, 42). Además, la gracia de la mutua caridad entre los vivos, que tanta fuerza e incremento recibe del Sacramento eucarístico, en virtud especialmente del sacrificio, es participada de todos aquellos que están en la Comunión de los Santos, Porque, como todos saben, la Comunión de los santos no es otra cosa sino una recíproca participación de auxilio, de expiación, de oraciones, de beneficios entre los fieles que están, o gozando las alegrías del  triunfo en la patria celestial, o sufriendo las penas del purgatorio, o peregrinando todavía en la tierra; de todos los cuales resulta una sola ciudad, cuya cabeza es Jesucristo y cuya forma es la caridad.

17. Origen de toda fuerza. 

      Sabemos también por la fe, que si bien el augusto sacrificio no puede ofrecerse sino sólo a Dios pero sí puede celebrarse en honor f los Santos que reinan en el cielo con Dios que los ha coronado, para obtener su patrocinio, aun como lo tenemos por tradición apostólica, para quitar las manchas de aquellos hermanos que habiendo muerto en el Señor no están todavía enteramente purificados. Así, aquella sincera caridad que por la salud y ventaja de todos suele obrar y padecer, se lanza, abrasada en fuego vivo y activo, desde la Santísima Eucaristía, donde está y vive el mismo Cristo, y donde quita el freno al amor que nos tiene, y movido por un ímpetu de caridad divina, renueva perpetuamente su sacrificio.

      Así se ve fácilmente de dónde hayan tomado su origen los arduos trabajos y fatigas de los hombres apostólicos, y de dónde tantos y tan varios Institutos de beneficencia han sacado, junto con su origen, la fuerza, la constancia y el feliz éxito de sus obras.

 18. Centro de la vida Cristiana. 

      Estas pocas ideas en materia tan vasta no dudamos que darán de sí eximios frutos en la grey cristiana, si por efecto de vuestra solicitud, oh Venerables Hermanos, son oportunamente explicadas y recomendadas. Aunque Sacramento tan grande como es éste, y tan umversalmente eficaz, nunca podrá ser por nadie loado ni venerado tanto como merece. Porque ora se medite sobre él, ora sea devotamente adorado, ora pura y santamente se reciba, siempre debe ser mirado como centro en que toda la vida cristiana se resume; los otros modos de piedad, cualesquiera que ellos sean, todos conducen a éste y en éste vienen a parar. Y aquella benigna invitación y aun más benigna promesa de Cristo: Venid a mí todos los que andáis agobiados, con trabajos y cargas, que yo os aliviaré (Matth. XI, 28.) se verifica principalmente con este misterio y se cumple en él todos los días. El es también como el alma de la Iglesia, y a El se endereza por los diversos grados de las órdenes la misma amplitud de la gracia sacerdotal.

 19. Fuerza de la Iglesia. 

      De él saca y tiene la Iglesia toda su virtud y su gloria, todos los ornamentos de los divinos carismas, todos los bienes, en fin, por esto la misma Iglesia pone todo su cuidado en preparar y conducir las almas de los fieles a una unión sublime con Cristo, mediante el Sacramento de su cuerpo y de su sangre, y por esto mismo, con el ornamento de ceremonias santísimas, aumenta la veneración que se le debe. La perpetua providencia de la Santa Madre la Iglesia, sobre este punto, resplandece principalmente en aquella exhortación que hizo el Concilio de Trento, y que por exhalar una caridad y piedad tan admirables, merece que la presentemos íntegra al pueblo cristiano: Con fraternal afecto amonesta el Santo Concilio, y exhorta, ruega y conjura que todos y cada uno de los que pertenecen a la profesión cristiana en este signo de unidad, en este vinculo de caridad, en este símbolo de concordia, acaben todos alguna vez por unirse y tener un mismo corazón; y acordándose de tan grande majestad y del amor tan eximio de Jesucristo Señor Nuestro, que dio su alma querida en precio de nuestra salvación; y su carne nos la dio para que la comiésemos, con tanta constancia y firmeza de fe, con tanta devoción y piedad y culto de corazón, crean y adoren estos sagrados misterios de su cuerpo y de su sangre, que puedan frecuentemente recibir aquel pan sobresustancial, y que éste sea verdaderamente para ellos vida, del alma y perpetua salud de la mente; por la virtud del cual fortalecidos, puedan llegar por la senda de esta miserable peregrinación a la patria celestial, donde comerán sin velo alguno este mismo pan de los ángeles que ahora bajo velo reciben (Sess. 13, De Euchar. c. 8).

 20. Ventajas de la frecuencia de la Comunión. 

      La historia, finalmente, testifica que la vida cristiana entonces floreció con más pujanza cuando más estuvo en uso acercarse frecuentemente los fieles a este divino Sacramento. Por lo contrario, es cosa manifiesta, que cuando este pan del cielo fue tenido por los hombres en olvido y como por objeto de tedio, poco a poco iba languideciendo el vigor de la profesión cristiana. Precisamente porque este vigor no se extinguiese, en el Concilio Lateranense ordenó gravísirnamente Inocencio III, que todo fiel cristiano estuviese obligado a comulgar por lo menos una vez por Pascua florida. Claro es que este decreto fue dado a disgusto y como remedio extremo; porque el deseo de la Iglesia fue siempre éste: que en cada misa hubiese algunos fieles que participasen de esta divina mesa. "Desea el sacrosanto sacrosanto Sínodo que en cada una de las misas comulguen los fíeles que asistan a ellas: no sólo espiritualmente sino recibiendo sacramentalmente la Eucaristía, porque así puedan recibir con más abundancia el fruto de este santísimo sacrificio'' (Conc. Trid. sess. 22, c. 6).

      Y a la verdad, abundancia riquísima de salud, no sólo para cada uno en particular, sino para los hombres todos, contiene en si este augustísmo misterio en razón de ser sacrificio; y por esta razón la Iglesia acostumbra a ofrecerlo diariamente por la salud de todo el mundo. Así, conviene que a la mayor amplitud de la devoción y culto de este sacrificio, todos los buenos consagren su común empeño, que en nuestros días es sobremanera importante. Queremos, pues, que las múltiples virtudes de este culto sean conocidas en más extensa esfera y consideradas con más profunda reflexión.

 21. Reverencia que se debe a Dios.

      Los principios son clarísimos ante la sola luz natural de la razón, que Dios criador y conservador tiene un dominio supremo y absoluto sobre los hombres, así en la vida privada de ellos como en la pública; que todo lo que somos y todo el bien que tenemos, pública y privadamente, nos viene de la bondad divina, y por consiguiente, que debemos suma reverencia a Dios, como Señor, e inmensa gratitud como munificentísimo bienhechor. Pero estos deberes, ¿cuántos son hoy los que los aprecian y observan cómo y cuánto es debido? Si hubo jamás alguna edad que mostrase al mundo el espíritu de rebelión contra Dios, ésa es precisamente la, nuestra, en la cual se oye de nuevo contra Jesucristo aquella palabra impía: No queremos que éste reine sobre nosotros (Luc. XIX, 14), y aquel intento nefando: Exterminémoslo (Jer. XI, 19); ni hay cosa que con mayor empeño procuren muchos, sino que Dios sea lanzado de la sociedad civil y aun de todo humano consorcio.

     Pues aunque no todos llegan a tamaño exceso de criminal locura, empero, es de lamentar que sean tantos los que viven enteramente olvidados de la Divina Majestad y de sus beneficios, especialmente de la  salud que nos ha traído Jesucristo. Ahora bien, esta grandísima maldad o abandono si así quiere llamarse, necesario es que sea reparado con un aumento de fervor de la piedad en el culto del sacrificio eucarístico; ninguna otra cosa puede haber que honre más a Dios que este culto y devoción ni que le sea más grato. Porque la hostia que se inmola en los altares es divina, y así,. tanto es el honor que por ella se da a la augusta Trinidad, cuanto se debe a su inmensa dignidad; ofrecemos también al Padre un don, cuyo valor y suavidad son infinitos, a saber, su mismo Unigénito; y de allí que no solamente demos gracias a su bondad sino que nos entreguemos totalmente a Él.

 22. Alcanzar clemencia. 

      Otro nuevo e insigne fruto se puede y se debe por consiguiente sacar de tan grande sacrificio. Oprímese el pecho cuando se considera cuan grande es el lodazal de pecados, que reinando la indevoción y la impiedad, han inundado al mundo. Gran parte del género humano parece querer que venga sobre su cabeza la ira celestial; aunque si bien se mira, los males que pesan sobre nosotros, muestran a las claras que el justo castigo ha madurado ya. Urge pues excitar lasimismo a los fieles a que contiendan unos con otros en santa emulación en aplacar al justo divino Juez y en implorar los auxilios oportunos para este siglo tan fecundo en calamidades. Pues estas cosas, entiéndase esto bien, por medio de tan grande sacrificio se han de procurar principalmente; ya que satisfacer abundantemente a la justicia de Dios e impetrar con largueza los dones de su clemencia, de ninguna otra manera pueden los hombres hacerlo sino en virtud de la muerte sufrida por Jesucristo.

      Pero esta misma virtud de expiar y de impetrar quiso Cristo que permaneciese totalmente en la Eucaristía, la cual no se reduce a una simple memoria, desnuda y vacía, sino es una memoria verdadera y admirable, aunque mística e incruenta, de su muerte.


23. La Eucaristía como reparación.

      Por lo demás, no poco Nos alegra, con gusto lo decimos, que en estos últimos años se venga notando en los fieles como cierto despertar del amor y del obsequio para con el Sacramento eucarístico; lo cual Nos anuncia y Nos hace esperar tiempos y cosas mejores.

      Muchos y variados ejercicios de esta clase, como en un principio dijimos, han sido introducidos por la piedad diligente, especialmente las cofradías, ya para aumentar el esplendor del culto eucarístico, ya para la adoración perpetua del augustísimo Sacramento, ya para reparar las injurias y contumelias de que es objeto.

      Pero en estas cosas, Venerables Hermanos, no está bien que nos detengamos ni Nos, ni vosotros; que muchas otras están todavía por promover o emprender para que este divinísimo don de los dones, entre aquellos mismos fieles que cumplen los deberes de la religión cristiana, sea puesto en la luz y el honor que merece, y un misterio tan grande sea venerado cuan dignamente sea posible.

 24. Asociaciones eucarísticas.

Así las obras que prosiguen su camino deberán guiarse de suerte que adelanten en él más aún; las antiguas instituciones, si en alguna parte cayeron en desuso, deben tornar a su antiguo vigor, tales como las Asociaciones Eucarísticas, las oraciones solemnes, las visitas al divino Tabernáculo y otras prácticas a este tenor, santas y sobremanera saludables; y además se ha de emprender todo aquello que la prudencia y la piedad sugieran con ese intento.

 Comunión frecuente

      Pero es sobre todas las cosas necesario que vuelva a florecer en todas y cada una de las partes del mundo católico la frecuencia a la mesa eucarística. Así nos lo enseñan los ejemplos antes referidos, de la Iglesia naciente; así la autoridad de los Padres y de los Santos de todos los tiempos; porque así como el cuerpo, el alma necesita a menudo de su propio alimento, y su alimento más vital es precisamente aquel de que nos provee el Sacramento Eucarístico. Por esta razón es una verdadera necesidad el desterrar ciertas preocupaciones de los enemigos, ciertos pretextos para abstenerse de él; se trata de una cosa más ventajosa que ninguna otra para los fieles, ya para redimir el tiempo gastado en cuidados excesivamente terrenos, ya para reanimar el espíritu cristiano y mantenerlo constantemente vivo.

 25. Los Sacerdotes deben promover el amor a la Eucaristía. 

      Para esto ayudarán todas las exhortaciones y los ejemplos de las clases más conspicuas, y sobre todo el celo y las industrias del clero. Los Sacerdotes a quienes Cristo Redentor dio el oficio de celebrar y dispensar los misterios de su Cuerpo y de su Sangre, no pueden de ningún otro modo mejor responder al sumo honor por ellos recibido, que promoviendo con la mayor diligencia la gloria del mismo Jesucristo, e invitando y guiando, conforme a los desos de su sacratísimo Corazón, a todas las almas a las fuentes saludables de tan insigne Sacramento, de tan sublime sacrificio.

      Así resultará lo que a par del alma deseamos, que los excelentes frutos de la Eucaristía siempre sean percibidos con mayor abundancia, mediante el feliz progreso de la fe, de la esperanza, de la caridad, de todas las virtudes cristianas; lo cual redundará también en salud y ventaja de la república y siempre se descubrirán más y más los consejos de la caridad prudentísima del Señor, que tal misterio perpetuo instituyó para la vida del mundo.

      Con esta esperanza, Venerables Hermanos, en prenda de los divinos dones y en testimonio de Nuestra caridad, a todos vosotros, al Clero y al pueblo damos la Apostólica Bendición.

      En Roma, junto a San Pedro, 28 de mayo, vigilia del Corpus Domini año 1902, de Nuestro Pontificado año vigésimoquinto. 
LEÓN XIII

¿Pueden salvarse los hombres que no han conocido a Jesús?

CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE 
(5) 

¿QUIEN TE METIO EN ESO? 

     ¿Pueden salvarse los hombres que no han conocido a Jesús? Los teólogos responden que sí, tanto en cuanto a los hombres nacidos antes de Cristo, cuanto a los que se hallan en regiones donde aún no ha penetrado el Evangelio. Si no fuese irreverente, me gustaría entonces aplicar asimismo a Jesús la frase: «¿Quién te metió en eso?» A saber: ¿de qué sirve la tragedia de la encarnación y muerte de Jesús, si aun sin conocerlo pueden los hombres salvarse? Es más, quizá, permaneciendo de buena fe en tantos puntos difíciles de la moral cristiana, sin la venida de Jesús se hubieran salvado mejor. (N. N.—Trapani.)

     Me alegro de la competencia teológica del distinguido lector de Trapani. Su afirmación inicial es verdadera, salvo una distinción que traeré en seguida.
     Es el mismo San Pablo quien, mientras inculca la necesidad de la fe, delimita también sus condiciones indispensables, que Dios no dejará de inspirar al alma de todo hombre: «Sin fe es imposible agradar a Dios; por cuanto el que se llega a Dios debe creer que Dios existe, y que es remunerador de los que le buscan.» (Hebreos XI, 6)
     Hay, sin embargo, que distinguir entre el conocimiento implícito, aunque sea en sentido amplísimo, y el explícito. Quien, movido de la gracia, se doblega a la revelación tenida —de cualquier modo, interior o exterior, directo o indirecto, claro u oscuro —de un Dios personal, juez y remunerador, se doblega y adhiere implícitamente asimismo a la enseñanza de ese Dios que revela que se haya encarnado hipotéticamente. Esto es, implícitamente se adhiere a la enseñanza de Jesús.
     Pero entonces —insistiréis—, ¿a quién viene esa encarnación de hecho? ¿No les bastaba a todos la fe implícita?
     ¡Qué bien! Pero la fe implícita en el Mesías Divino supone que éste ha existido y explícitamente ha enseñado. La adhesión implícita al Mesías representa una solución, como si dijéramos, de recurso, que supone la normal y plena solución de la adhesión explícita.
     La pregunta «¿a qué viene?» podría jamás acaso plantearse en estos dos términos: ¿Qué ventaja para salvarse se sigue a los hombres de la revelación explícita? ¿Y cuál de haberse realizado mediante la encarnación del mismo Verbo Eterno y mediante el Calvario?
     La primera pregunta apremia evidentemente, por ejemplo, tratándose de los misioneros que se esfuerzan con impresionantes sacrificios en dar a conocer explícitamente la revelación divina hasta las más abandonadas regiones de la tierra. Respecto a esto, la «ventaja» consiste en la inmensa superioridad de lo explícito sobre lo implícito, en provecho toda ella de quien pudo adquirir ese conocimiento explícito: porque la enseñanza de Jesús señala al hombre en sus más menudos pormenores el camino más noble y más seguro del cielo, y con los sacramentos le da los medios infalibles de gracia para seguirlo, poniéndolo por consiguiente en condiciones muy superiores a quien lo desconociese, aunque fuese de buena fe. (Véase también la consulta 25.)

     ¿Pero hay una desigualdad injusta de la gracia en esto, entre iluminados y no iluminados? No, porque la gracia es un don gratuito y no debido a nuestra naturaleza humana, que Dios puede conceder a su gusto, dando sin embargo a todos lo indispensable. Sin embargo, en la que se refiere a eso «indispensable», importa sumamente notar lo siguiente: que la gracia capaz de infundir en los ignorantes esta fe implícita —y las fuerzas para no pecar o reparar el pecado —es fruto, aun para ellos, de los méritos de Jesús obtenidos o (antes de la Encarnación) previstos.
     Esto no significa que Dios no pudiese establecer otro plan para salvarse. Surge entonces una segunda cuestión, en cuanto al modo tan divinamente llamativo y trágico de la revelación y redención. Bastan dos razones fundamentales para la respuesta esencial, las cuales hacen pender la salvación de dos explicativas palabras: justicia y amor.
     Sólo los méritos infinitos del Verbo Encarnado podían reconciliar al hombre con Dios con una reparación en rigor de justicia (dada la infinitud del ofendido: Dios).
     Sólo con la encarnación y muerte de Jesús se reveló al mundo; el infinito amor de Dios a los hombres, cosas absolutamente inconcebibles sin la tragedia del Gólgota. Es la «ventaja» más comnovedora. Es la revelación más luminosa y más dulce: la del infinito amor divino.

BIBLIOGRAFIA
L. Caperan: Le probléme du salut des infidéles (essai théologique), 1934;
R. Lombardi: La salvación del que no tiene fe. Versión por A. de Miguel y Miguel, 2.a edición, Editorial Herder, i 1955;
P. Párente: La possibilitá dell'atto di fede negli infideli, "Euntes docete" Roma, 3 (1950), págs. 161-80;
A. D'Alés: Salut des infedeles DAPC„ IV, págs. 1156-82;
N. Di San Brocardo: Salvezz degli infedeli EC. VI. págs. 1.935-7;
A. Beni y S. Cipriani: La vera Chiesa. 1935, págs. 147 y sigs. (5).

Universalidad de los testimonios que prueban la realidad de la promulgación de la Maternidad de la gracia

     I. María es nuestra Madre, y nosotros somos sus hijos según el espíritu. Esto es lo que se desprende claramente de las verdades que hemos meditado; es decir, de la parte que tuvo María en la Redención del mundo, ya dándonos al Salvador, ya entregándole a la muerte por nosotros en unión con el Padre.
   Ahora bien: lo que nosotros creemos, Cristo ha querido proclamarlo Él mismo, en términos expresos, antes de entregar el alma a su Padre. Nos figuramos ver a nuestro Salvador clavado en la Cruz. Su divina Madre está junto a Él, de pie, silenciosa, fija la mirada en su Hijo, cubierto de heridas y de sangre, destrozado de dolor el corazón, pero firme e inmóvil, como convenía al oficio que desempeñaba en un misterio tan grande. De pronto, Jesús rompe el prolongado silencio de oración que había guardado hasta entonces. Dirigiendo una mirada de ternura infinita a María, primero, y después al discípulo amado, "dijo a su Madre: "Mujer, he ahí tu Hijo"; y después al discípulo: "He aquí tu Madre." Y —prosigue el Evangelista— desde aquella hora la tomó el discípulo como suya" (
Joan., XIX, 25-27).
     Nada más sencillo, en apariencia, ni más natural que esta escena. Cristo ve que ha llegado para Él el momento de dejar, con la vida, a su Madre. Desde entonces se quedará sola y desamaparada sobre la tierra. Su fiel y santo esposo, San José, ya no está allí para recogerla y consolarla; hace tiempo que dejó este mundo. ¿No era justo que el Salvador, en aquel momento supremo, se ocupase del porvenir de su Madre y le diese otro hijo que quisiese ocupar su lugar de afecto y abnegación junto a ella? Los Padres y los Santos, en sus Comentarios sobre este pasaje del Evangelio, están de acuerdo en proclamar a Cristo como un modelo de piedad filial, que enseña este divino Maestro a los fieles, sus discípulos, desde lo alto de la cátedra de la Cruz
(S. August., Tract. 119 in Joan., n. 2. P. L., XXXV, 1950).
     Por qué escogió a Juan, con preferencia a cualquiera otro, para este cargo tan dulce y tan glorioso, no es difícil comprenderlo. Juan era el discípulo amado; aquél que, recostándose en la Cena sobre el pecho de Cristo, había bebido con más abundancia de su Corazón, fuente del amor verdadero; Juan era virgen, como Jesús y como su Madre; único entre todos los apóstoles que habían seguido a su Maestro hasta el Calvario, acompañando a María; son estos otros tantos títulos especiales para recibir el sagrado depósito que Cristo le quería confiar.
     He aquí, en verdad, una explicación bien clara y bien cierta de las palabras del Salvador moribundo. Parece que debería excluirse toda otra interpretación: tan manifiesta es y tanto responde, por todos estilos, a las circunstancias. Y, sin embargo, hay una segunda interpretación, no exclusiva, sino que se añade a la primera y con ella se coordinan; más amplia, más profunda y, digámoslo ya, más consoladora y más ventajosa para nosotros. Cristo, dando a María por Madre a Juan, y a Juan por hijo a María, hace por nosotros todo lo que hace por el discípulo amado. A nosotros, cristianos, nos habla dirigiéndose a Juan; a nosotros también nos echa en los brazos y sobre el corazón de María para que sea nuestra Madre y nosotros seamos sus hijos según la gracia.
    La interpretación que acabamos de enunciar, ¿es legítima y Cristo pensaba en ella realmente cuando pronunció aquellas memorables palabras? O bien, ¿hay que ver solamente en la aplicación que se hace a todos los fieles una edificantísima, pero sólo una simple acomodación?.
     El sentido acomodaticio de un pasaje de las Santas Escrituras no es aquel que Dios mismo daba a sus palabras. Es un sentido venido de fuera, prestado por el hombre al texto inspirado de Dios. La acomodación puede tener lugar de dos maneras. A veces lo que la Escritura enuncia como una cosa determinada, se encuentra en cierto grado en otra cosa que el escritor sagrado no tenía intención de expresar. Si gracias a la analogía que permite a las palabras empleadas por la Escritura significar con alguna verdad este otro objeto os servís de ellas para representarlo, tendréis la primera especie del sentido acomodaticio. Otras veces los objetos significados no tendrán ninguna relación de semejanza, y el fundamento de la nueva aplicación será sencillamente la capacidad que tienen las palabras, empleadas por la Escritura, de poder expresar una y otra idea, la de Dios y la del hombre; tendréis entonces una acomodación de la segunda especie. Procuremos expresar todo esto con más claridad por medio de ejemplos. La Iglesia, en los Laudes del Oficio de los Confesores, aplica a tal o cual santo la alabanza que el Eclesiástico hizo de Noé: "Ha sido hallado justo y perfecto; y en el tiempo de la ira ha sido la reconciliación de los hombres" (Eccli. XLIV, 17). Seguramente el escritor sagrado no tenía intención de exaltar al santo al cual la Liturgia aplica su texto, pero la semejanza de las virtudes y de los méritos hace que lo que él escribía del Patriarca se pueda decir también del justo cuya fiesta celebra la Iglesia. Aquí tenéis un ejemplo de la primera clase de acomodación, tan frecuentemente usada por los Padres y en la Liturgia de la Iglesia, sobre todo cuando aplica a la Virgen María las magníficas descripciones de la Sabiduría Eterna, contenidas ya en los Proverbios, ya en el Libro de la Sabiduría, ya en el Eclesiástico. Tomad ahora el texto en que el Profeta dice a Dios: "Con el santo, santo serás; inocente, con el inocente...: perverso, con el perverso" (Psalm., XVII. 26-27). Esto quiere decir únicamente que la conducta de Dios con los hombres se modifica según los méritos y deméritos de ellos. Cuando, por consiguiente, los predicadores se valen de estas mismas palabras para exhortar a los fieles a procurar la compañía de los hombres virtuosos y a huir la de las personas entregadas al vicio, porque se hace cada cual a semejanza de las compañías que frecuenta, éste es segundo género de acomodación; porque el único motivo de prestar a las palabras ese nuevo sentido es que, en rigor, pueden expresarlo, aunque la idea no tenga relación con la del texto escriturario. Lo que pretendemos demostrar es que las palabras de Cristo en la Cruz no entran ni en uno ni en otro de esos dos géneros de acomodación: porque el sentido que les atribuímos era realmente dado y querido por Nuestro Señor cuando las pronunció.

     La primera afirmación nos parece indudable, y traemos para ello dos pruebas: una fundada sobre la autoridad de los testimonios; otra establecida sobre la consideración de las circunstancias en que fueron pronunciadas esas divinas palabras y de la manera en que están concebidas. Esto será la materia de este capítulo y del siguiente.
     Comencemos por los testimonios.

     II. Si hay alguna dificultad en desarrollar esta primera prueba, no es seguramente por el embarazo de encontrar testigos. Son numerosísimos, forman legión. Un teólogo, en un opúsculo recientemente publicado sobre esta interesante materia, ha recogido fácilmente una gran cosecha de testimonios (El P. Enrique Legnani, S. J.).     Registrando las bibliotecas sería todavía fácil hallar otros muchos. Nosotros hemos hallado por docenas testigos que él no había citado, y, sin duda, nuevas requisas prolongarían la lista indefinidamente.
     En todo caso, no pretendemos apoyarnos aquí sino en los testimonios cuya exactitud hemos verificado nosotros mismos, y éstos llegan, por lo menos, a ciento. Además, acudiremos únicamente, o casi únicamente, a los que tengan alguna importancia, dejando a un lado esas mil publicaciones piadosas repartidas con profusión entre los fieles, como son, por ejemplo, los libros del mes de María; no porque deje de tener valor el acuerdo unánime de esas obritas, puesto que representa el sentir común de los cristianos en la actualidad, sino porque son conocidas de todos. Ahora bien: en la interpretación que asigna por verdadero sentido a las palabras de Cristo la promulgación de la maternidad de gracia y de nuestra filiación espiritual se pueden distinguir dos fases. La una data del siglo XII; la otra se remonta desde ese siglo a las primeras edades del Cristianismo.
     Nos ceñiremos, primero, a la fase más cercana a nosotros: es incomparablemente la que más abundantes afirmaciones contiene en favor de nuestra interpretación. Pero esta abundancia misma es tal, que nos ha forzado a renunciar al designio que habíamos formado al comenzar este estudio; queremos decir al proyecto de presentar los testimonios, uno después de otro, para que el lector pudiese apreciar por sí mismo el número y la fuerza de ellos. Sería un trabajo fastidioso é inacabable. De aquí la necesidad de agruparlos en ciertas categorías generales y de no tomar de cada una de ellas sino algunos testigos.

     Nombraremos cada vez en las notas los autores principales, reservando una lista más detallada para el fin del capítulo. Y de nuevo lo repetimos, no citaremos autor alguno cuyas palabras no hayamos verificado con nuestros mismos ojos: lo que no quiere decir tampoco que los textos citados por otros nos parezcan dudosos o falsos. 

     Comenzamos por los primeros en dignidad y autoridad. Estos son los soberanos Pontífices, que en los actos públicos de su ministerio apostólico se han apropiado la interpretación que aquí deseamos poner en evidencia. Demos, ante todo, la palabra a León XIII. Su testimono es tan formal y tan claro, que vale, él solo, por muchos: "Lo que nos descubre claramente el misterio de la inmensa caridad de Cristo hacia nosotros, es —dice el gran Pontífice— que quiso en su muerte dejar su propia Madre a Juan, su discípulo, por este testamento para siempre memorable: "He aquí a tu hijo." Ahora bien: en la persona de Juan, según el constante sentir de la Iglesia, Cristo ha designado a todo el género humano, pero más especialmente a los que le están unidos por la fe" (Encycl. Adjutricem populi christiam 5 sept. 1895).
     Y no es una vez sola cuando la piedad de León XIII hacia la Virgen ha dado esta explicación a las palabras de Jesús moribundo. No se cansa de recordarlo en sus otras Encíclicas sobre el Rosario. Citemos un ejemplo más: "En la última hora de su vida pública, cuando otorgaba el testamento de la Nueva Alianza y lo sellaba con su sangre divina, Jesús confió su Madre al discípulo amado con estas dulcísimas palabras: "He aquí a tu Madre." Nos, pues, que, aunque indignísimos, somos el Vicario y el representante de Cristo, Hijo de Dios, no cesaremos nunca de alabar a esta Madre tan poderosa, mientras tengamos un aliento de vida. Y porque el peso de los años, que cada día más nos agrava, nos hace sentir que nuestra vida no puede ser ya muy larga, no podemos dejar de repetir a nuestros hijos en Cristo las últimas palabras que este Señor dejó caer desde lo alto de la Cruz, como su testamento: "He aquí a vuestra Madre" (
Leo XIII, Encycl. Augustissimae 12 sept. 1897).     Véase también la oración que recomendaba a los católicos ingleses para obtener la conversión de su patria: "Intercede por nosotros, tus hijos: por nosotros, a quienes recibiste y aceptaste por tales al pie de la Cruz." Ep. Apostol., Amantisaimae (14 abril 1895).


      Por ahora, sólo una reflexión haremos sobre esos textos. León XIII afirma que la interpretación dada por él al testamento de Cristo Jesús fué siempre sentir de la Iglesia: quod perpetuo sensit Ecclesia. Ya veremos hasta dónde los documentos explícitos nos permiten seguir este pensamiento de la Santa Iglesia. Donde falte la letra para verificar la afirmación del Pontífice hallaremos, o, mejor dicho, ya hemos hallado el espíritu. En efecto; los Padres, desde el principio, nos han mostrado a María como la nueva Eva, la Madre de los vivientes, por voluntad del Hijo de Dios, su Hijo; lo que manifiestamente quiere decir por boca de ellos: He aquí a vuestra Madre.
     León XIII no es el primer Papa que confirma con su voto la significación tan generalmente atribuida en la Iglesia a las palabras del Salvador agonizante. Conocida es la célebre Bula, la llamada Bula de Oro, en la que Benedicto XIV ha, no solamente confirmado, sino amplificado liberalmente los privilegios concedidos por sus predecesores a las Congregaciones de la Virgen Santísima, y con especialidad a la llamada Prima Primaria, madre y centro de todas las otras.
     Ahora bien: he aquí en qué términos recomienda en dicha Bula, por el ejemplo de la Iglesia misma, la devoción a María: "La Iglesia Católica, con la luz del Espíritu Santo, su Maestro, ha hecho siempre profesión del culto más filial y del amor más ardiente a la bienaventurada Virgen María, viendo en ella a una Madre amantísima, una Madre que le fué legada por las últimas palabras de su Esposo agonizante: Matrem extrema sui Sponsi morientis voce sibi relictam". (
Benedict. XIV, Bulla Gloriosae Dominae 27 sept. 1748).
     Añadamos también la atestación de Pío VIII: "Ninguno —escribe este Papa—, entre los que se han refugiado en María, llenos de confianza en Ella, ha dejado de sentir su protección eficacísima. Porque esta Virgen es nuestra Madre, la Madre de piedad y de gracia, la Madre de misericordia a quien Jesucristo, muriendo sobre la Cruz, nos ha entregado, a fin de que intercediese por nosotros ante el Hijo, como el Hijo intercede ante el Padre".
(Pius VIII, Bulla Praesentisimum, cuyo objeto era extender a los cofrades de las Congregaciones de Nuestra Señora de los Dolores. en Madrid..., las indulgencias y privilegios concedidos a la Tercera Orden de Servitas. Bula renovada por Gregorio XVI, con la misma afirmación de la suprema recomendación, hecha en favor nuestro a María por Jesús Crucificado).


     Después de los Papas, he aquí los Santos. Escogeremos especialmente tres o cuatro, que unen a la más eminente santidad una ciencia teológica no menos notable. Santo Tomás de Villanueva, exponiendo este pasaje del Evangelio: "Les ha dado el poder de ser hechos hijos de Dios" (Joan., I, 12). "¿De dónde viene —dice— esta nueva generación? El Verbo se ha hecho carne; ha dado gracia por gracia (Joan., I. 18); tal es su origen. Y a esto se refiere lo que fué dicho a San Juan: He aquí tu Madre. De igual modo, en efecto, que por la gracia de Cristo hemos sido hechos hijos adoptivos del Padre, así Cristo nos ha hecho hijos de su Madre, en cuanto que por Ella recibimos toda gracia. ¿No es Ella la que halló el tesoro de la gracia por la cual hemos sido regenerados? Y Juan fué el primogénito en esta generación adoptiva de la divina Madre".
     "Tú, cristiano —dice San Antonino de Florencia—; tú, que crees en la bienaventurada Virgen Madre de Dios hecho hombre, y que conforme a esta fe caminas en la justicia, he aquí a tu Madre. El Emperador del Cielo, Jesucristo Nuestro Señor, sentado en el trono ile la Cruz, por esta palabra salida de sus labios divinos, dió por Madre a Juan la Virgen, su Madre, y por estas otras palabras: "He aquí a tu hijo", la misma Virgen recibió de Él a Juan como hijo adoptivo... Ahora bien: porque Juan significa el que está en gracia, todo el que es, no de nombre, sino de derecho, un nuevo Juan, porque lleva en su corazón la gracia justificante y santificante, recibe también por Madre a la Virgen María, de tal modo que se le puede decir: "He aquí a tu Madre".      
     El santo explica después por qué títulos es la Virgen María nuestra Madre. "La Madre de Dios —dice, citando a San Anselmo— ha venido a ser nuestra Madre: y, verdaderamente. Ella es para nosotros de todas maneras la mejor y la más perfecta de las madres. Hay la paternidad que da la vida, la paternidad de solicitud, la paternidad de edad, la paternidad de honor y de afecto; otros tantos títulos para María para ser llamada nuestra Madre. Primeramente, como Cristo sufriendo por nosotros en la Cruz, nos ha engendrado al ser espiritual de la gracia, este sér mil veces más precioso que el natural así la Virgen María nos ha engendrado con inmensos dolores, compadeciendo la Pasión de su Hijo... En segundo lugar, Ella es Madre por su solicitud más que maternal. Una mujer, ¿podrá olvidar a su hijo? ¿Podrá ser insensible con el fruto de sus entrañas? (Is., XLIX, 15). Es Dios quien habla por Isaías, como si dijese: No puede ser esto en modo alguno; tanto se afana una madre por procurar a su hijo el alimento y todas las cosas necesarias a su flaqueza.. . ¡Oh, cuál es para nosotros la solicitud de la bienaventurada Virgen Madre!... Tercero, Ella es Madre a título de ancianidad. Damos a los ancianos el nombre de padre y de madre. Y María, ¿no dice de Ella misma: Desde el principio, antes de los siglos. Dios me creó?... Cuarto, es Madre por la excelencia de su dignidad: porque los nombres de padre y de madre se emplean cuando se habla de personas constituidas en dignidad, sobre todo en la Iglesia... Quinto y último, vemos en el segundo libro de los macabeos a Razias, llamado padre de los judíos por el grande celo que tenía por el bien de su pueblo (II Macchab., XIV, 37). ¿Y ha habido jamás un santo o una santa que tan amorosamente se sacrifiquen por la salud y prosperidad espiritual y temporal del pueblo cristiano, como lo hace Nuestra Señora la Virgen María?".

     San Francisco de Sales es todavía más explícito. Júzguese por las palabras siguientes: "Jesús, mirando entonces con sus ojos llenos de compasión a su benditísima Madre, que estaba de pie junto a la Cruz, con el discípulo amado..., "Mujerdijo—, he aquí a tu hijo". ¡Oh, Dios mío, qué cambio! ¡Del Hijo al siervo, de Dios a la criatura! Sin embargo, Ella no rehusa, sabiendo bien que en la persona de Juan aceptaba por suyos a todos los hijos de la Cruz, y que sería de ellos Madre muy querida" (Serm. 19 entre los recogidos por las religiosas de la Visitación para el Viernes Santo (ed. de Annecy), t. IX, p. 276).
     Después del santo Obispo de Ginebra, oigamos, en fin, a San Alfonso Ligorio: "He aquí las últimas palabras con las cuales Cristo dijo adiós a su Madre en este mundo: "Mujer, he aquí tu hijo"; y le mostraba a San Juan, que le dejaba por hijo en su lugar. ¡Oh, Reina de los Dolores!, las recomendaciones de un Hijo moribundo y muy amado son demasiado estimadas para que puedan borrarse jamás del corazón de una Madre. Acuérdate, por consiguiente, que tu Hijo, que tanto te amó, me dió por hijo en la persona de Juan. En nombre del amor que tienes a Jesús, ten piedad de mí" (
Reloj de la Pasión, c. 7, n. 2)
     Y en otro lugar: "Si en aquel océano de amargura (en que fué anegada la Virgen en el Calvario), quiero decir en el Corazón de María, entró alguna gota de consuelo, fué con el pensamiento de que por medio de sus dolores nos preparaba la salud eterna, como Nuestro Señor mismo dijo un día a Santa Brígida: "Gracias a tu caridad, gracias a la parte que tomó en mi Pasión, María, mi Madre, se ha hecho para siempre Madre en el cielo y en la tierra" (
Hevelat., 1. VIII, c. 12).
     Tales fueron, en efecto, las últimas palabras de Jesús agonizante a María, y en estos términos se despidió de Ella: "Mujer, he aquí tu hijo", confiándonos a todos a su amor en la persona de San Juan" (
Glorias de María, 39 p. Refex. sobre los dolores de María. § V).
     Pasamos en silencio a San Lorenzo Justiniano (
De triumph. Christi agone, c. 18) y el hermoso, pero demasiado extenso, comentario de San Bernardino de Sena (De Passione Domini, feria 6 post. dominic. Olivarum, serm. 51, p. II, a. 1. c. 3. Opp., t. I, p. 286), para estudiar a los intérpretes de la Sagrada Escritura. Podemos, así lo creemos, dividirlos en dos clases. Unos comentan sencillamente el pasaje que nos ocupa, cuando llegan a este lugar de la Escritura; los otros lo hacen entrar en el cuadro de la vida de Cristo, cuya narración emprendieron. Por ambas partes, los votos en favor de nuestra interpretación no ofrecen más dificultad que la de escoger.
     "El Señor dice al discípulo: "He aquí a tu Madre. Amala, hónrala, ayúdala como a Madre; pero también en todas tus dificultades, en todas tus tentaciones, en las persecuciones, en las penas, recurre a Ella como a tu Madre..." hora bien: las palabras de Cristo no son, como las del hombre, puramente verbales y sin eficacia: son palabras de Dios, palabras reales, llenas de virtud, que producen lo que significan. Por consiguiente, imprimieron en el corazón de Juan un amor de hijo, un espíritu de niño hacia la Santísima Virgen... "He aquí a tu Madre, la Madre también de los apóstoles, tus colegas, y de todos los fieles, de los cuales eres tú aquí el representante." Por esta razón no hay fiel cristiano que no deba, con amor y confianza sin límites, refugiarse junto a Ella como en el seno de una madre" (
Cornelius a Lap., in Joan.. XIX, t. VIII, p. 887).
     Acabamos de leer a Cornelio Alápide. Podríamos citar, anteriores y posteriores a él, bastantes autores, acreditados intérpretes de las Sagradas Escrituras: Salmerón, por ejemplo; Silveira, Barradas, Bernardino de Picquigny, Noel Alejandro y otros. Todos dirían, con el Cardenal Toledo, desde Dionisio Cartujano (
Evang. Johan. enarratio, a. 46) hasta los más recientes, como Allioli: "Me parece, en verdad, que hay en las palabras del Señor un gran misterio. Por ellas nos ha confiado a todos universalmente a la solicitud y a la protección de la bienaventurada Virgen María; nos ha dado la confianza de recurrir a Ella en todas nuestras necesidades y peligros como a la más amada de las maestras y de las madres. Ella es para nosotros, después de Cristo, el más seguro y poderoso de los refugios. Es que Juan nos representaba a todos: Joannes enim nos omnes repraesentabat" (Commentar. in Joan. XIX, 27).
     He aquí por qué el P. De Ligny, en su Vida de Cristo, no ha temido dejar escrito lo.siguiente: "Los intrérpretes dicen que San Juan representaba aquí a todos los fieles, y que, adoptándole a él, María nos adoptó a todos. De aquí han tomado ocasión los panegiristas de María para decir que el Padre Eterno, después de haber querido que fuese Madre de su Hijo único, ha querido también que lo fuese de todos los que, por el carácter de la adopción divina, son hijos suyos, y que la maternidad en María no tuviese más límites que la paternidad de Dios mismo" (
2e p., c. 68).
     Más sorprendente aún es el acuerdo de todos los autores que se han dedicado de un modo especial a narrar la vida del Salvador. Aquí también debemos limitarnos. Dejando, por consiguiente, al lector el cuidado de consultar las obras más recientes, como las de monseñor Masta'i-Ferreti, de Le Camus, del P. Finetti y tantas otras, daremos solamente un testimonio: es el de Ludolfo Cartujano; merece tanta más consideración, cuanto que, por una parte, es más antiguo, y por otra, se apoya en la autoridad del célebre Hugo de San Víctor. "Por esta doble recomendación —dice el devoto Ludolfo— hay que entender que no es sólo Juan su discípulo, sino toda la Iglesia, y cada fiel en particular, quienes en la persona de San Juan fueron confiados a la Virgen Santísima...: de suerte que Ella debe tenernos por hijos suyos, amarnos y procurar nuestro bien con un afecto maternal; y nosotros, por nuestra parte, debemos también mirarla como una Madre soberanamente amable, y amarla siempre y honrarla sobre todas las cosas después de Dios. Por esto ha dicho Hugo de San Víctor que el pasaje del Evangelio donde se dice: "He aquí a tu Madre", nos enseña que María no ha sido dada únicamente a Juan por Madre, sino también a toda la Iglesia y a todos los pecadores..." (
Vita J. Christi, II p.. e. 63. n. 35).
     ¿Quiérese saber ahora lo que han pensado los teólogos? Si no se tratase más que de los de nuestros tiempos y de los que no han querido callar sobre las grandezas de la Madre, escribiendo sobre la Encarnación del Hijo, diríamos con gusto solamente esto: Abrid sus obras, y decidme quién de ellos es el que no nos ve a todos en la persona de Juan, recibiendo bajo la Cruz a la Madre de Jesús por nuestra propia madre
.
     Pero no es ahora, en nuestros días, cuando los teólogos han comenzado a dar su voto a la interpretación tradicional. En los siglos antecedentes hallaréis muchos que se han adelantado, tales como los Padres De Rhodes y Teófilo Raynaud, de la Compañía de Jesús; Contenson, entre los Dominicos; Novati, de los clérigos regulares; Abellvy, doctor de la Sorbona; Sedlmayer, entre los Benedictinos. Más allá todavía, antes de aparecer la Escolástica, hombres cuyas obras atestiguan una ciencia sagrada poco común tuvieron el mismo sentir. Mencionemos, entre otros, al abad Gerhohe, sabio canónigo regular de San Agustín: "Entre todas las esposas de Cristo, la Virgen María tiene el primer lugar, y lo tendrá siempre... ¿No está Ella, después de Cristo, su divino Hijo, en la base y principio de la Santa Iglesia, por su título de Madre de los Apóstoles, de esos Apóstoles a uno de los cuales fué dicho: "He aquí a tu Madre"? Ahora bien: lo que dijo Cristo a uno de ellos podía decirlo a todos los santos Apóstoles, padres de la nueva Iglesia, y porque Cristo pidió que todos los que creyesen en Él por la palabra de ellos fuesen unos (
Joan.. XVII, 25); pertenece, por consiguiente, a todos los fieles que de todo corazón aman a Cristo lo que fué dicho al más amado entre los fieles de Cristo. A todos, en efecto, engendró esta bendita Madre al pie de la Cruz... No es, pues, una vana confianza la que nos mueve, no solamente a decirle: "Salve, Estrella del mar, augusta Madre de Dios", sino también a clamar diciendo: Monstra te esse matrem, "Muestra que eres Madre." ¿No tiene, acaso, doble maternidad: una por haber engendrado al Unigénito sin dolor, y otra por la cual dió a luz para Ella misma y para este Unigénito un gran número de hijos, entre increíbles angustias y mortales tristezas?". (De gloria et honore Filii hominis c. 10)
     Después del abad Gerhohe véase al autor del Tratado sobre la concepción de la bienaventurada Virgen María, que, si no es San Anselmo, como parece, es casi contemporáneo suyo. Se dirige a la Madre de Dios, en forma de oración: "¡Oh, Señora nuestra!, si tu Hijo se ha convertido por Ti en Hermano nuestro, ¿no has sido Tú hecha nuestra Madre por Él? En efecto; ¿no dijo Él a San Juan, cuando por nosotros sufría la muerte de cruz, pero a Juan, que nos comprendía a todos en su persona. Joanni nec aliud quam nos in natura suae conditionis habenti: "He aquí a tu Madre"? ¡Oh, pecador!, alégrate, estrmécete de alegría. Ya no tienes motivo de desesperarte, ni de temblar: tu juicio, tu sentencia, están en manos de tu Hermano y de tu Madre. Por consiguiente, no cierres los oídos de tu corazón a sus consejos" (
Tract de Concept. B. Mariae, n. 33. P. L. CLIX).
     La teología de los simples fieles es el Catecismo. En él todo debe ser elemental, substancial, alejado tanto de los puntos de controversia como de especulaciones elevadas. Si, pues, la interpretación que intentamos fundamentar ha entrado en el Catecismo, es fuerza que se la tenga por muy cierta y muy clara.      Ahora bien: la hallamos en él, y con frecuencia. En nuestros días es cuando se ha vulgarizado; pero tiene precedentes. No hablaremos, sino para nombrarlo, del Catecismo, tan estimado generalmente, del P. Bougeant (
Exposition de la doctrine chet., I. p , s. 2, c. 17, t. I. p. 148). Preferimos llamar la atención sobre otro Catecismo, cuyo autor, por su afición a los jansenistas, es decir, a hombres demasiado inclinados a disminuir el culto de la Madre de Dios, tiene más autoridad en la cuestión presente. Ahora bien: véase lo que se dice en ese Catecismo, generalmente llamado de Montpeller: "Por estas palabras ("He aquí tu hijo") parece que Cristo designó a todos los cristianos, que deben tener a la Virgen por Madre, puesto que tienen a Jesús, su Hijo, por Hermano".
     ¿Abordaremos ahora las obras ascéticas: Meditaciones sobre los misterios de Nuestro Señor, Consideraciones sobre el Rosario, obras especiales que tratan de la bienaventurada Virgen María, de sus grandezas y de su culto; historias que cuentan su vida, sermones compuestos para cada una de sus fiestas y cada uno de sus privilegios de gracia y de gloria? Habría en todo esto materia para volúmenes enteros, aunque nos ciñésemos solamente al asunto particular que nos ocupa. Lo repetimos: no podemos ni queremos hacer comparecer tantos testigos ante nuestros lectores. Sin embargo, será, según creemos, un consuelo para ellos el saber, en este particular, que el jansenismo no pudo hacer olvidar la maternidad espiritual de María, ni siquiera desconocer la divina promulgación de ella. Por esta razón, dejando a los otros, daremos la palabra a dos de sus amigos más notables.
     Será el primero el director titulado de Port Royal, M. Singlin. Después de haber exaltado la obediencia incomparable de María ofreciendo a Dios como víctima a su Hijo, que por su fe mereció concebir en sus castas entrañas. Singlin prosigue: "Jesús, por consiguiente, viendo a su Madre y al discípulo que amaba al pie de la Cruz, dijo a su Madre: "Mujer, he aquí tu hijo." Y dijo al discípulo: "He aquí a tu Madre." Parece que por estas palabras quiso Cristo recompensar la caridad con la cual María lo había ofrecido voluntariamente sobre la Cruz por la salud de los hombres. Porque San Juan, teniendo allí el lugar de todos los fieles cristianos, cuando Cristo se lo dió por hijo, le dió en su persona todos los fieles; y dándola a Juan por Madre obliga a todos los fieles cristianos a reconocerla por tal.
     "Así como Jesucristo, dando su vida por la Redención del mundo, ha sido hecho, por su muerte, el Padre de todos los fieles, según las palabras del Profeta: "Si diere su vida por la expiación del pecado, verá salir de Él una numerosa generación de hijos"
(Isa., LIII, 20), de igual modo la Virgen, habiendo ofrecido en espíritu este mismo Hijo por los pecados de los hombres, ha merecido ser la Madre de los hijos de Cristo que nacerán en la Iglesia hasta el fin de los siglos.
"Este debe ser el fundamento de nuestra devoción a la Santísima Virgen. Debemos considerar que Jesucristo nos ha dado a Ella para que seamos sus hijos: Mulier ecce filius tuus; y nos la ha dado a nosotros para que sea nuestra Madre: Ecce Mater tua"
(
Instruct. chrét. sur les Mysteres de N. S. J. C... Instr. pour le Vendredi Saint, 3 parole, t. II, pp. 183, 184).     En otro lugar, volviendo al mismo asunto, para mostrar cómo la Santísima Virgen, siendo Madre común de los fieles y de la Iglesia, llena su misión de Madre, hace esta notable observación: "Aunque fué una gloria particular para San Juan y una recompensa de aquel gran amor que Cristo le tenía y que él tenía a Cristo el haber sido dado por hijo a la Virgen, sin embargo, como todas las acciones del Hijo de Dios han sido misteriosas y una figura de lo que debía ocurrir en su Iglesia, es indudable que San Juan fué dado entonces a María por hijo porque era imagen de todos los fieles que en la serie de los tiempos debían ser discípulos del Salvador.
     "Por esto, cuando el Hijo de Dios dijo a la Virgen estas palabras: "Mujer, he aquí a tu hijo", le señaló que todos sus hijos y amados discípulos, de los cuales era San Juan una excelente imagen, serían verdaderamente sus hijos también, y Ella sería Madre de ellos, como lo había sido suya" (
Instruct. chrét. sur les Mystéres de N. S. J. C... 7 Instruct. pour l'Assompt., t. V. página 191 y sigs.).     Nicole, un doctor aún más conocido de Port Royal, expresa más de una vez ideas semejantes: "Jesucristo —dice, hablando de la Pasión— da San Juan a María, y en la persona de San Juan le da toda la Iglesia y le establece como Madre de ella, cubriendo así, bajo un deber de piedad común, la gloria eminente de la Santísima Virgen, que es ser Madre de toda la congregación de los elegidos" (Instruct. théol. et morales sur le symbole 5e instruct., c. 2. t. II, P, 313 (París, 1740); col. Continuat. des Essais. J. C. élevé sur la Croix, § 3, t. XIII, pp. 431, 432).
     ¿Qué necesidad hay ya, después de testimonios tan formales y sacados de tales textos, de acudir a los maestros de la doctrina espiritual, tales como los Padres Alvarez de Paz, Lapuente, Juan de Avila, Taulero, Abelly, Segneri, Spinelli, Tomás de Jesús, sin hablar de Faber, Nouet, Muzzarelli, Scribani, Boudon, Gibieuf, Gay, Pavy, que todos unánimes, con un mismo corazón, atestiguan la promulgación de la maternidad de gracia en el testamento de nuestro Señor?
     ¡Cuántos nombres tendríamos que citar si fuéramos a traer aquí también a los predicadores y oradores! Recordemos, al menos, al mayor de todos, Bossuet, porque claramente se complace en insistir sobre estas ideas: tan convencido está de su verdad, tan propia la juzga para encariñarnos con el culto filial a María: "En esta última desgracia, todos los otros discípulos lo han abandonado; no le queda más que Juan, su muy amado; de tal modo, que hoy lo considero como un hombre que representa a todos los fieles; y, por tanto, debemos estar dispuestos a aplicarnos todos lo que toca a su persona. Veo, ¡oh, Salvador mío!, que le das tu Madre, y en seguida toma posesión de Ella como de un bien suyo. Et sex illa hora accepit eam discipulus in sua. Oigamos esto, cristianos. Sin duda tenemos una buena parte en este piadoso legado; es a nosotros a quien el Hijo de Dios da la bienaventurada María, al mismo tiempo que se la da a su discípulo querido. He aquí esta misteriosa cláusula del testamento de mi Maestro, que he creído necesario relataros para que sea el asunto de nuestro coloquio..." (
2 serm. pour le Vendredi de la Sem. de Passion. Exorde. Véase también: Précis d'un sermón pour la Nativ. de la Sainte Vierge (éd. Lachat, t. XI, p. 129) ; idem ibid., p. 97, en note. etc.).
     ¿Queréis, en fin, conocer lo que piensan los maestros de la Liturgia? Abrid las Instituciones litúrgicas de D. Guéranger. El sabio benedictino os hablará como todos los que hasta ahora hemos escuchado (
l'Année Liturg., vendredi de la sem. de Passion...). Quizá, si fuese necesario, os recuerde los himnos de la Edad Media, porque desde esta época se cantaba en la Iglesia el testamento que nos ha dado a María por Madre; testigo, la estrofa de una antigua Secuencia para la Compasión de la Santísima Virgen: "Da su Madre al discípulo, y es un gran misterio; bajo el nombre de Juan, todo fiel es comprendido".

"Gaude, turba fidelium. 
Mentís colens martyrium, 
Ejus quae dedit Filium 
in mortem pro miseria... 

 Datur mater discípulo 
Oum máximo mysterio; 
Joannis sub vocabulo 
Quivis venit fidelis. 

Gratias tibi, Domina 
Quae mater es facta nostra, 
Sub cruce salutífera 
Filio cooperans." 

 Himni latini mediac aetatis, p. 94, n. 152. Gall. Morel (1868). 

     Testigos también, estas otras estrofas del himno de Maitines para la misma fiesta: "Por el misterio de la Cruz ha sido hecha Madre de todos aquellos de quienes el Hijo, por el mérito de su muerte, es el Padre. Esto significa la recomendación por la cual Dios encomendó su Madre al discípulo, y el discípulo a su Madre".
"Congaudentes congaudete, 
Adoptionis filii, 
Et gementes condolete 
Sanctae Dei genitrici. 
Nam crucis per mysterium 
Cunctis et effecta mater, 
Quibus per mortis meritum 
Filius factus est pater. 
Hoc illa commendatio 
Vult quam Deus tune fecit 
Quando Matrem discípulo, 
Ipsum Matri commisit."

Fr. Jos. Mone, Hymni latini medii aevi, t. II, p. 146, n. 1.

     III. Hasta ahora nos hemos limitado al segundo período, que va del siglo XII a los tiempos actuales. En el mismo punto de partida hallamos como testigos de nuestra interpretación a varios escritores conocidos por sus excelentes obras. Hay que citar con ellos al célebre abad Ruperto. Hasta se ha pretendido que fué el primer autor que vió en las palabras de Jesús agonizante una promulgación auténtica de la maternidad espiritual de María. Ignoramos si habría que poner antes de él al abad Gerhohe y el Tratado sobre la concepción de la bienaventurada Virgen María. Sea como quiera, puédense hallar autores que se le han adelantado; por lo menos en Oriente.
     Primero, en el siglo IX, Jorge, Metropolitano de Nicomedia; pues he aquí en qué términos parafraseaba las palabras de Cristo, en un sermón sobre la Virgen al pie de la Cruz: "Mujer —dijo Jesús a María—, he aquí tu hijo. Bien sabéis, sobre todo vosotros, que lo habéis experimentado, la emoción que producen semejantes recomendaciones, salidas de labios de un moribundo; cómo se estremecen hasta las entrañas, y qué dolor causan. Aquel a quien hasta entonces se rodeaba de cariño, con el cual era tan dulce la vida, se va para siempre; hay que reemplazarlo por otro, y es casi un desconocido el que le sucede. He aquí tu hijo. En cuanto a mí, es cierto que me quedo contigo por mi divinidad, conservando mi filial solicitud; pero he aquí que te doy a mi discípulo amado para que cumpla contigo los deberes de piedad que reclama el título de Madre... Tuyo es este amigo que ha reposado sobre mi pecho; que sea el consuelo de tu corazón afligido. Tú ocuparás mi lugar cerca de él y de sus compañeros. Porque con él y en él te confío mis otros discípulos... Sé para ellos lo que son las madres para sus hijos, o, mejor, lo que era yo mismo en el tiempo de mi presencia sensible. Ellos, a su vez, serán para ti hijos sumisos. Te darán el honor debido a la Madre de su Señor, a Aquella por la cual he venido a ellos, a la Mediadora que les conseguirá siempre un fácil acceso para llegar a Mí.
     "Despues de haber así apostrofado dulcemente a su Madre, Jesús se dirige al discípulo. He aquí —dice— a tu Madre. ¡Qué excesivo honor para él! ¡Qué herencia, más preciosa que todas las riquezas del mundo! ¡Qué gracia más excelsa para el dichoso Evangelista el ser llamado desde entonces hermano del Autor de todas las cosas, y poseer en calidad de hijo a la Soberana de toda criatura! —He aquí a tu Madre. Te la confío; ocupa mi lugar junto a Ella... Cumple con Ella los deberes de hijo, y respétala como a Madre de tu Señor y Maestro. Por mi divinidad siempre le estaré presente; que sienta Ella de parte tuya la solicitud más tierna y compasiva... La hago Madre y Maestra, no solamente tuya, sino también de todos mis demás discípulos; que sea vuestra guía y que goce del honor y prerrogativas de una Madre. Os he dicho, es cierto, que a nadie llaméis Padre en la tierra
(
Matth., XXIII, 9); y, sin embargo, es mi voluntad que veneréis como Madre y que honréis con este título a la que ha sido para mí un tabernáculo más alto que los cielos... He aquí —termina el autor— el testamento del Señor" (41).     Este discurso del metropolitano de Nicomedia nos ofrece todas las ideas contenidas en nuestro libro tercero sobre la presencia y las funciones de la Virgen María en el Calvario: su ofrenda, su firmeza inquebrantable, su martirio y los frutos de salvación que se reproducen con su concurso.
     He aquí, primero, la ofrenda, y el consentimiento dado por la Virgen al sacrificio del Señor: "¡Oh Hijo mío! ¡Ojalá permitiese tu Padre que yo tomase sobre mí todos tus tormentos!... Pero, ve, sin embargo; cumple el inefable misterio de la economía de la salvación. Ve. Tú, que eres para mí más caro que todos los bienes; ve y merece con tu muerte la gloria que te está reservada" (P. G., c. 1472, 1473). Así hace hablar Jorge a María al empezar la vía dolorosa. Escuchad lo que pone en sus labios, una vez consumado el sacrificio: "Cumplido está este misterio predefinido antes de todos los siglos; tu economía de misericordia está terminada. Contemplo con mis propios ojos tus inenarrables sufrimientos... Tengo y abrazo el cuerpo inanimado del Autor de la Vida; de Aquel mismo que me ha conservado a mí misma la vida entre tantas angustias" (Ibid., 1488).
     Veamos ahora las descripciones de los dolores y de la firmeza de María, que ya nos han dejado trazadas los latinos: "María, sin duda, estaba inexpungnable y era superior a todas las impresiones de la naturaleza; a pesar de que el incomparable amor que tenía a su Hijo y la impía ferocidad de los insensatos perseguidores de Cristo le causaban en el corazón un sufrimiento intolerable. En la crucifixión, sobre todo, sobrepujó su dolor a todo límite; todos los golpes que recibía la santa Víctima repercutían con violencia en sus maternales entrañas" (Ibid., 1465, 1468). "No; jamás los tormentos de los mártires, con todos sus instrumentos de tortura inventados por el arte de sus verdugos, hubieran hecho sufrir a la Virgen Santísima en su alma lo que le hicieron padecer los inexpresables dolores de su Hijo y de su Dios. Nunca pudiera esta alma desgarrada por tantas angustias permanecer en el cuerpo, si Él mismo que estaba sufriendo no la hubiese fortificado en aquella prueba mortal" (Ibid., 1477). 

     La peroración del autor es un apostrofe al Hijo, que muestra muy bien el oficio ministerial de la Madre: "¡Oh Señor mío!, beso esta Cruz por la cual habéis exterminado mi culpa... Beso vuestros clavos y vuestros miembros atravesados con ellos por mi libertad... Beso las manos de vuestra Madre: porque Ella sola os ha prestado su ministerio en la obra de la salud. Ella es la que en otro tiempo oe dió a luz, y Ella también quien hoy preside a vuestro entierro. Ella sola recoge vuestra sangre, y cubre con un sudario vuestro cuerpo inmaculado. De todo mi corazón le rindo la gloria que merece por haber sido Ella sola vuestra compañera en vuestra salutífera Pasión, la Mensajera de esta inmensa gracia y de la inmortalidad, la Mediadora de vuestra divina glorificación" (Ibid., 1489). Así hablaba de María este antiguo Obispo. ¿Quién se asombrará después de esto, de oírle afirmar que María fué proclamada Madre nuestra al pie de la Cruz?

     ¿Será temeridad el sospechar una alusión, más o menos directa, a la escena del Calvario en las palabras que pone San Juan Damasceno en boca de los Apóstoles ante la Virgen moribunda?: "Quédate con nosotros, Tú, que eres nuestra consoladora —le dicen—; Tú, que eres nuestro común refugio. No nos dejes huérfanos a nosotros, expuestos a tantos peligros por el nombre del amabilísimo y misericordiosísimo Hijo de quien eres la Madre... Vivir contigo es una felicidad; una felicidad también morir contigo. Pero, ¿para qué hablamos de muerte? Para Ti, morir es vivir, y vivir con una vida más excelente." Después de la voz de los hijos, oigamos la de la Madre; es una ardiente oración que le dirige a su Primogénito: "Hijo mío, en tus manos encomiendo mi alma... A Ti te confío mi cuerpo, y no a la tierra... Te suplico que consueles de mi ausencia a mis muy queridos hijos, que te has dignado Tú mismo llamar hermanos. Mientras que yo extiendo sobre ellos mis manos desfallecidas, cólmalos Tú mismo de nuevas bendiciones" (hom. 2 in Dormit. B. V. Deip., n. 8, 10. P. G. XCVI, 733. sq.).
     ¿Cuáles son los hijos que Cristo llama sus hermanos? Todos sus fieles, y, por consiguiente, son ellos todos los que María, en la persona de sus Apóstoles, llama mis muy queridos hijos.
     Si de San Juan Damasceno, es decir, de la primera mitad del siglo VIII nos remontamos hasta fines del III, podremos recoger un testimonio aún más formal en los escritos de Orígenes: "Nadie —dice este célebre intérprete— puede tener la inteligencia del Evangelio dejado a la Iglesia por San Juan, si no ha reposado, como él, sobre el pecho de Jesús y recibido a María por Madre. Puesto que debe ser como otro Juan, debe también ser, como Juan, proclamado Jesús por Jesús. Cualquiera que considere a María según verdad, verá que no ha tenido más Hijo que Jesús. Por consiguiente, cuando Jesús dice a María: "He aquí tu hijo", y no: "Este es también tu hijo", es como si dijese: "He aquí el Jesús, de quien eres la Madre"; porque todo el que es del número de los perfectos no vive por sí mismo, sino que Cristo vive en él. Ahora bien; porque Cristo vive en él, se dice de él a María: "He aquí tu Cristo, tu Hijo" (
Praefatio in Evang. Joan. P. G., XIV, 31).
     Notémosle bien. Orígenes, en este párrafo, habla de Juan como de los otros fieles de Cristo; lo que dice lo aplica a éstos como a aquél. Cristo señala el discípulo a María como su hijo, porque viviendo en él Cristo, y él viviendo en Cristo, él mismo es Cristo.  Por consiguiente, siendo esto mismo privilegio de todos los justos, sigúese, según el pensamiento de Orígenes, que Cristo, mostrándolo a su Madre, dice de él, como de Juan: "Desde ahora, en virtud del precio de mi sangre, he aquí a tu hijo." Hermosa, consoladora y muy verdadera doctrina es la que nos enseña, después del gran Apóstol, San Agustín, su fiel intérprete. Somos menos los hijos de Dios que el Hijo de Dios, porque la gracia que nos hace hijos nos incorpora con Cristo, con Cristo entero o total, según la expresión magnífica del gran Obispo de Hipona. Por consiguiente, en el orden actual es una misma cosa para nosotros el ser hijos de Dios y ser hijos de María, porque una y otra cualidad, para ser completas, suponen la incorporación con Cristo, Hijo del Padre e Hijo de María, y esta Señora, recibiéndonos como suyos por la donación de Jesús, no tiene más que un Hijo, aunque sus hijos, mirando la personalidad natural y física, sean innumerables, y esto es lo que resalta del texto de Orígenes y lo que hace que este texto sea una confirmación de la interpretación tradicional.


J.B. Terrien S.J.
LA MADRE DE DIOS Y MADRE DE LOS HOMBRES

sábado, 8 de diciembre de 2012

De los Sacramentos en general

TITULO V. 
DE LOS SACRAMENTOS 
Capítulo I. 
De los Sacramentos en general

474. Los Sacramentos de la nueva Ley, por los cuales empieza toda justificación verdadera, o se aumenta la que ya empezó, o se repara la perdida, y sin los cuales no se puede entrar a la vida que es verdadera vida, han de tratarse y recibirse con tanta mayor piedad y veneración, cuanto mayor es su dignidad y más copiosos son sus frutos. Sabemos que hay siete Sacramentos, ni más ni menos, instituidos por Cristo Nuestro Señor, a saber: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Extrema Unción, Orden y Matrimonio, muy diferentes de los Sacramentos de la antigua Ley.    Aquellos no causaban gracia, y sólo significaban que se había de conferir por la Pasión de Cristo: los nuestros contienen la gracia, y la confieren a los que dignamente los reciben; y por tanto, rectamente se definen: «cosas sujetas a los sentidos, que por institución de Dios tienen la virtud de significar y de causar la santidad y la justicia». Los cinco primeros están ordénados para la perfección espiritual de cada hombre en sí mismo, los dos últimos para el gobierno y multiplicación de toda la Iglesia. Por el Bautismo renacemos espiritualmente, por la Confirmación crecemos en gracia y nos robustecemos en la fe; renacidos y robustecidos, nos nutrimos con el divino alimento de la Eucaristía; si el pecado enferma nuestra alma, sanamos con la Penitencia; y purificados por el Sacramento de la Extrema Unción de los restos del pecado, quedamos preparados para entrar en la eterna gloria. Los dos Sacramentos del Orden y del Matrimonio, se refieren el primero al gobierno y santificación de la sociedad de los fieles, el segundo a santificar la propagación misma de la humana familia (Cfr. Conc. Trid. sess. 7 de Sacr.; Const. Eugenii IV Exultate Deo, de concord. Armen. in Conc. Florent. 22 nov. 1439; Cat. Rom. de Sacr. in genere).

475. Todos estos Sacramentos se componen de tres elementos; de cosas que son la materia, de palabras que son la forma, y de la persona del ministro que confiere el Sacramento, con intención de hacer lo que hace la Iglesia: si uno solo faltare, ya no hay sacramento. Tres de ellos, el Bautismo, la Confirmación y el Orden imprimen carácter, es decir, un sello espiritual e indeleble en el alma: de donde se sigue que no se pueden reiterar en la misma persona. Aunque todos los sacramentos contienen en sí una virtud divina y admirable, no todos son igualmente necesarios ni poseen igual dignidad (ibid).

476. Por cuanto los ministros de los Sacramentos, al desempeñar sus sagradas funciones, no representan su propia persona, sino la de Cristo; fueren ellos buenos o malos, con tal que observen todo lo esencial para la perfección o colación del Sacramento, real y verdaderamente lo consuman y confieren. Pero aunque la bondad y fe del ministro no se requieren para el valor del Sacramento, no obstante, pecan gravemente los que, en razón del cargo que se les ha confiado, administran los Sacramentos en estado de pecado. 

477. Los párrocos y demás sacerdotes a quienes toca la administración de los Sacramentos, desempeñen siempre este deber tan consolador, con buena voluntad y prontitud; y en caso de necesidad, a cualquiera hora del día y de la noche que se les llame a administrarlos, acudan sin dilación a prestar sus servicios.

478. Al administrar algún Sacramento, pronunciará el Sacerdote todas y cada una de las palabras pertenecientes a su forma y administración, atenta, distinta, y devotamente y con voz clara. Con igual devoción y piedad rezará las demás oraciones y preces; y no se fiará con tanta facilidad de la memoria, que a veces es frágil, sino que se servirá del libro, siempre que pueda hacerlo cómodamente.
     Ejecute las demás ceremonias y ritos con tal decencia y gravedad, que cautive la atención de los circunstantes, y eleve sus almas a la contemplación de las cosas celestes. Antes de proceder a la administración de un Sacramento, prepárese, si hay tiempo para ello, con una breve oración, y medite en la sagrada función que va a desempeñar: si el tiempo urgiere, eleve el alma a Dios y pida los auxilios de la gracia divina.

479. Los párrocos y sacerdotes amonestarán en el lugar y tiempo oportunos a los que van a recibir los Sacramentos, para que, evitando vanas conversaciones y todo acto o postura inconveniente, se acerquen a ellos con la debida reverencia y piedad.

480. En la administración de los Sacramentos, se observarán con particular diligencia y empeño las prescripciones del Ritual Romano y los ritos recibidos y aprobados de la Iglesia Católica, que no pueden omitirse o cambiarse, ni aun en los más insignificantes pormenores. Como, para aumentar la reverencia en quien recibe los Sacramentos, sirve mucho e1 conocer su institución, sus frutos, y el significado principal de sus ritos, los párrocos, predicadores y catequistas cuidaran de explicarlos al pueblo oportunamente.

481. Los Sacramentos cuya administración compete de derecho a los curas, no pueden sin licencia de estos, expresa, o verdadera y racionalmente presunta, administrarse por otros sacerdotes salvo en caso de grave necesidad; pero para asistir al Sacramento del Matrimonio no vale la presunta, sino que se requiere la licencia expresa del Obispo, del Vicario General o del párroco.

482. Por cuanto los dones de Cristo se dan gratis para su gratuita dispensación, y como, en el sagrado ministerio especialmente, no hay vicio más negro que la avaricia, nada exigirán los párrocos y demás sacerdotes, directa o indirectamente, por la administración de los Sacramentos, fuera de los derechos señalados por el Obispo. Asi, pues, en la celebración del Bautismo y del Matrimonio, sólo se les deben aquellas obvenciones determinadas por el mismo Obispo en el Arancel, observando siempre el decreto de la S. Congregación del Concilio del 10 de junio de 1896, y siempre que no se trate de pobres, o de aquellos que, sin grave perjuicio, no pueden pagar los derechos. 

483. Para la denegación de los Sacramentos a los indignos, precédase con suma prudencia, teniendo presentes las prescripciones canónicas y las normas dadas por autores aprobados; y en los casos más difíciles y públicos, pídase la decisión del propio Obispo. Cuando la necesidad sea urgente, y la duda continuare, habrá que abstenerse de la pública denegación. Los párrocos y demás sacerdotes a quienes compete, exhorten con cristiana caridad y suma paciencia a los que se acercan indignamente a los Sacramentos, a que procuren tener las disposiciones necesarias y remover los impedimentos. 

484. Los Canónigos de la Iglesia Catedral, en la administración de los Sacramentos, dentro y fuera de la misma Catedral, tienen que dejar la capa coral, y revestirse de sobrepelliz y estola, según el Ritual Romano; pero podrán también usar cota sobre el roquete.
ACTAS Y DECRETOS DEL 
CONCILIO PLENARIO 
DE AMERICA LATINA 1889

martes, 4 de diciembre de 2012

Quid hoc audio de te?

Que es lo que oigo de ti?
     En los oídos del mayordomo infiel, la pregunta tuvo que sonar como una amenaza. Y lo era en verdad.
     A ella se siguió inmediatamente la orden terminante: Redde rationem villicationis tuae. Y luego, la destitución del oficio por muchos años, quizá, desempeñado y que había sido ocasión de sus engaños. Iam enim poteris villicare. No puedes ya continuar en tu mayordomia.
     Pero yo imagino oír en esa misma pregunta una queja amorosa de mi Señor, pregunta que es represión discreta, paternal, nacida del amor y del deseo de mi bien.
     "Que es lo que oigo de ti?" !Si esa pregunta resonara en mi corazón cuando entro a visitar a Jesús oculto en el Sagrario! El me la ha hecho muchas veces. Yo la he oído, y tenia a veces acento de tristeza, a veces también de invitacion amorosa para que le abriera de par en par las puertas de mi corazón, para que derramara en su Corazón sagrado todas mis preocupaciones y mis amarguras.
     Tristezas por mi falta de fidelidad, por mis debilidades; es la voz del Padre, que deja entender el dolor que le causa mi abandono y mi olvido.
     Amonestación a mi negligencia, a mi pereza, a mis descuidos voluntarios en su servicio; es la voz de mi Señor, que quiere recordarme mis obligaciones contraídas con El en el día solemne y bendito en que le hice mi entrega.
     Invitacion para que hable con confianza intima de un hijo con su Padre; para que le cuente mis fracasos, que entristecen inútilmente; mis alegrías, las que el mismo, sin que yo apenas me de cuenta de ello, va sembrando en mi camino; los proyectos que he forjado; los medios con que cuento para realizarlos... Tantas cosas que El quiere oír de mis labios, aunque las conozca, porque lee en mi corazón.
     "?Que es lo oigo de ti?"
     Si yo quisiera responder sinceramente a esta pregunta, tendría que entrar muy dentro de mi mismo; allí sorprendería tal vez, en los rincones mas apartados y oscuros, esos resortes del amor propio que causan inquietudes a mi Señor. Los que hacen que mi administración se vaya enredando en mil pequeñas condescendencias, en ilusiones que pueden ser fatales, en argucias que pretenden ser razones para excusar mi negligencia.
     Es menester hacer sinceramente ese examen para responder a esa pregunta.
     El mayordomo infiel busco diligentemente a los deudores de su Señor para arreglar con ellos, aunque a su modo, las cuentas.
     Y yo tengo que buscar diligentemente mis propias deudas con Aquel a quien todo lo debo. Con El no puedo utilizar de artimañas, como el infiel mayordomo, porque a sus ojos todas las cosas aparecen en la cruda realidad.
     Pero examinarlas con sinceridad y decírselas a El con humildad y pedirle perdón por ellas, es responder a su pregunta con lo que el espera de mi.
     Señor, eso que has oído de mi es verdad: que soy negligente y perezoso, soberbio e impaciente, malhumorado y poco caritativo, amigo de mis comodidades, duro con mis hermanos y demasiado complaciente conmigo mismo; todo es cierto; lo confieso sincera y humildemente, Señor.
     Pero estoy arrepentido, y vengo a tus plantas a pedirte perdón y a prometerte... otra vez..., y haz que esta si sea ya la definitiva..., la enmienda.
     Que no vuelvas a oír de mi las mismas quejas.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Ad pacem tibi

Para tu paz

       Llora Jesús sobre Jerusalén.
     Había querido tantas veces salvarla de la ruina y de la destrucción..., y ella no habia consentido en hacer caso ninguno a aquellas voces amorosas... Et noluisti. Y no quisiste, dice con amarga tristeza el divino maestro.
     Oh dolorosa prerrogativa la de poder resistir a los llamamientos y al amor de un Dios!
     Jerusalén no había querido reconocer en Jesús al Mesías por el que durante tantos siglos había suspirado.
     Se había dejado cegar para no ver las cosas que El le ofrecía y le traía para su paz.
     No había querido aceptar sus dones preciosos.
     Por eso llora Jesús.

     Señor, mi alma es también para Ti una Jerusalén. Por ella bajaste desde el cielo.
     La buscas con el amor mas tierno y delicado, con el sacrifico mas doloroso.
     La llamas hacia Ti con las voces mas amorosas.
     Ella también, como Jerusalén, cierra muchas veces los ojos para no ver lo que tu le traes. Y cierra también sus oídos para no dejarse persuadir por tus palabras. Y !ay, dolor!, cierra también sus puertas para que tus divinas inspiraciones, que son para su paz, no encuentren entrada.
     No has tenido también que llorar sobre ella?...
     No has tenido también que decir de ella, como de Jerusalén: Et noluisti? No has querido aceptar el don que te ofrecí.
Y es, Señor, que quiero poner mi paz donde ni esta ni puede estar.
     Y como me equivoco lastimosamente en la apreciación de las cosas que podian darme la paz, que me parece desear sinceramente, las busco ansiosamente, y abandono aquellas que tu me ofreces.
      Pongo mi paz en satisfaccion de mi propia voluntad; en no tener nada que sufrir; en no encontrar oposicion en mis caminos; en que nadie contrarie mis caprichos...
     Pongo mi paz en que se haga todo lo que yo quiero; en sentirme siempre triunfante y alegre; en que los demás se me sujeten y me sirvan...
     Y en eso esta mi paz.
     Mi paz, la paz verdadera, la traes Tu, Tu solo.
     Aun en medio del sufrimiento y del dolor, Tu sabes dar esa paz.
     Aun entre los fracasos y las dificultades, Tu traes la paz, y Tu la conservas.
     En medio de las persecuciones y de las calumnias y de la envidia, Tu sabes dar el secreto para mantener en mi esa paz.
     Todo esta en que yo quiera y sepa conformarme con tu divina voluntad, siempre santa y siempre adorable.
     Ahí esta mi paz: en el cumplimiento de tu voluntad soberana. "Quien resistió a Dios y tuvo paz?"
     Solo entonces tendré la verdadera paz, la paz duradera, la que Tu viniste a traer al mundo, cuando me ponga completamente en tus manos.