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martes, 24 de abril de 2012

Tu hogar para Cristo.

Lo que las células son para el organismo humano, es la familia respecto a la sociedad.
Con células enfermas, no puede haber un organismo sano; con familias desarticuladas, no puede haber sociedad equilibrada.
Si las células mueren, el cuerpo se convierte en cadáver; si la familia se arruina, la sociedad desaparece.
Por todas partes hay escombros y cadáveres; pero las ruinas más lamentables no son las de las ciudades arrasadas por la guerra, sino las de los hogares arruinados por la paganía corruptora de lo que ha dado en llamarse mundo moderno,
Sobre los campos de Europa se amontonan los escombros producidos por la metralla; mas sobre el campo social del mundo sedicente civilizado se alinean calles enteras y aun ciudades completas de hogares arruinados.
No han sido los cañones, los tanques y los aviones los que han causado a la sociedad mayores destrozos, sino las claudicaciones, las transacciones, las concesiones hechas a la pasión, al vicio y al espíritu pagano por cristianos y no cristianos.
Cuando Dios exija responsabilidades de este desastre, ¡qué pocos podrán presentarse como inocentes! La inmensa mayoría tendrán que reconocerse culpables. ¡Son tantos los que han mirado al hogar con ojos paganos y han seguido teorías, inspiraciones y rutas propias de la gentilidad!
El hogar cristiano, el vivido por Jesucristo en Nazaret, el sostenido y enseñado por la Iglesia Católica, el fundamentado en las virtudes evangélicas y que ha forjado a través de los tiempos tantos santos y tantos héroes, atraviesa una crisis profunda de la que hay que salvarle.
La salvación del hogar está en Cristo; sólo El puede sanar las células sociales infectadas de paganía. Pero Cristo ha querido asociarnos a su obra redentora, y sin la cooperación nuestra, la salvación del hogar, y, por lo tanto, de nuestra sociedad, es imposible.

Quería San Francisco de Asís restaurar la iglesia de San Damián; pero, ¿cómo? Le faltaba todo. Ni siquiera tenía piedras para levantar los muros. No se arredró por ello; salió al mercado de Asís, y, como los charlatanes de nuestros tiempos, mejor aún, como los copleros trashumantes, tan corrientes en aquel entonces, se ponía a cantar. Las gentes acudían a formarle corro, y él les alargaba la mano demandando su socorro.
—Una piedra para San Damián. Quien la diere hallará su recompensa en el cielo.
Muchos, al escuchar su petición, se burlaban de él, tratándole de loco; algunos, sin embargo, ganados por su ejemplo, le proporcionaron piedras en la cantidad necesaria para la obra.
Cuando trabajaba en la reconstrucción del templo y observaba que las gentes se paraban a contemplar su labor, les gritaba desde los andamios:
— ¡Eh, tú!... Mejor será que vengas y me ayudes a restaurar la iglesia (Juan Jórgensen : Sun Francisco de Asis, 1. I. cap. Vll).

El hogar, templo sagrado en los divinos planes, se arruina. ¡Hay que restaurarlo!
Se demandan hogares cristianos con que pueda reconstruirsa una sociedad cristiana.
—Un hogar para Cristo. Quien lo diere hallará su recompensa en el cielo.
Supongo la cara de extrañeza de la lectora al llegar aquí. Instintivamente cierra el libro para leer el título: La muchacha en el hogar. Lo contempla pensativa.
No lo dudes; el libro es para ti, no para tu mamá. Se te habla en él de tu hogar, de ése en que vives como hija de familia; y se te pide que, en cuanto está de tu parte, se lo des a Cristo; que vivas en él como buena cristiana, cumpliendo tus deberes de hija y de hermana.
Hoy se habla mucho del hogar al dictado de la campaña de recristianización propulsada principalmente por la Acción Católica; pero no pocas chicas hablan del hogar cristiano sin preocuparse para nada de vivirlo, ni de prepararse para que sea de Cristo el hogar que más tarde o más temprano ellas formarán
Por eso, imitando a San Francisco, este libro te dice : — ¡Eh, tú, muchacha! Bien está que hables así; pero mejor será que ayudes en la práctica a restaurar el hogar. Vive como cristiana en tu hogar. Cristianízalo.

Emilio Enciso V.
LA MUCHACHA EN EL HOGAR

La Obediencia

     Porque seas joven y libre, no creas que estás dispensado de la obediencia.
     No escuches las sugestiones del orgullo que te dice que obedecer es abdicar su independencia y traicionar su dignidad de hombre.
     Obedecer, hijo mío, no es acto de debilidad: es un acto de fuerza, es dominar su voluntad para hacerla más viril, es disciplinar su alma y engrandecerse a sí mismo sometiéndose al deber.
     Tendrás que obedecer siempre y en todas partes, no te hagas la ilusión. Miembro de un cuerpo social, so pena de expulsar de tu vida la razón y el orden, debes aceptar la jerarquía que la gobierna.
     La familia, la ley, el ejército, los servicios públicos, la Iglesia, te imponen deberes que tú no tienes derecho de sacudirte.
     Debes obedecer a tus maestros en el orden temporal, a tu padre y a tu madre, a los magistrados, al Gobierno, sea el que sea, porque "todo poder viene de lo alto".
     Debes obedecer a tus maestros en el orden espiritual: a tu pastor, al sacerdote que dirige tu alma.
     Aunque te eleves al pináculo de las dignidades y del poder humano, no por eso estarás dispensado de obedecer y de servir. 
     El que no tiene ya que obedecer a nadie, le queda, sin embargo, que obedecer a la conciencia y al deber, es decir, a Dios mismo.
     Encontrarás, por lo demás, en la obediencia una gran ventaja para los días de tu virilidad, porque la obediencia es la mejor escuela para el que manda.
     Joven, cultiva, pues, la antigua virtud romana y cristiana de la sumisión a la autoridad.
     Ejecuta la orden de tus superiores con esa elevada idea de que obedeces la orden misma de Dios: esa jerarquía de los poderes que gobiernan al mundo ¿no es El quien la ha querido establecer?
     Obedece sencilla y puntualmente, sin murmurar y sin apresuramientos serviles.
     Está escrito en el Libro Santo: "El que obedece cantará victoria".
     Y también está escrito: "Felices los humildes", felices los pequeños, felices los obscuros y los dependientes, "para ellos habrá misericordia".

viernes, 20 de abril de 2012

LOS SUFRIMIENTOS Y EL MEDICO CATOLICO

El dolor afecta al hombre en tres formas principales: el dolor físico, el dolor neuropático y el dolor moral. En el dolor físico, un agente traumático o morboso, externo o interno, actúa sobre nuestros elementos nerviosos, en manera de provocar un sufrimiento, proporcionado generalmente a su intensidad. En el dolor neuropático, la acción lesiva puede ser mínima o nula, y sin embargo, el sufrimiento puede alcanzar una agudez extrema, ya sea qué el elemento nervioso periférico sea sumamente afinado (tacto u oído en los ciegos), ya sea que los conductores nerviosos estén ellos mismos excitados (neuritis, neuralgias), ya sea que los centros cerebrales estén sensibilizados o, finalmente, que la sensibilidad psíquica esté llevada a un grado sumo. Finalmente, el dolor moral podrá ser normal: psicológico, o morboso psicopático.
Se ve ya que el alivio del sufrimiento que a menudo será pedido al médico, necesitará los recursos más variados y una serie de actos, que van del acto material completamente exterior hasta las intervenciones de orden puramente psicológico.
No nos corresponde examinar aquí el sentido y el lugar del sufrimiento en la vida humana y en la vida cristiana, en particular. Recordemos solamente la palabra de Cristo: "Bienaventurados los que lloráis..." y la frase de San Pablo: "Yo completo en mi carne lo que falta en la Pasión de Cristo". Muchos enfermos han hallado en ellas la paciencia, la fuerza y la esperanza. Pero, para el médico cristiano, la actitud para con el sufrimiento le es dictada por el deber de caridad y por el deber profesional: aliviar.
Resulta muy extraño ver que esta verdad elemental haya sido impugnada por ciertos autores, tal vez menos imbuidos de una verdadera convicción del carácter obligatorio del dolor mencionado en las Sagradas Escrituras, que laudatores temporis acti (admiradores del pasado) reacios a la adaptación de una idea nueva. Su rigidez es además tanto más exigente en cuanto el dolor en cuestión los atañe menos: "Tú comerás el pan con el sudor de tu frente", es susceptible de interpretación, pero "Tú parirás con dolor" no lo es, y el empleo de la anestesia en el parto ha sido el gran escándalo de esos fanáticos que no son justamente mujeres. En esta cuestión no es permitido vacilar: la aceptación del dolor es asunto del enfermo y de su director de conciencia; el alivio del sufrimiento es asunto del médico. El rechazo formal y absoluto del enfermo, con la condición de que éste se dé cuenta de las consecuencias de su rechazo, es lo único que dispensa al médico de su deber de aliviar.
 

Profilaxis del sufrimiento
Debe comenzar desde el interrogatorio del enfermo: debe ser exacto y completo, mas deberá hacerse con delicadeza, sabiendo evitar recuerdos o pormenores penosos; a menudo será posible atenuar con una frase incidental la emoción provocada por una evocación molesta.
Durante el examen, es necesario evitar toda pena física o moral, que no sea real y absolutamente útil: se evitará la luz al fotófobo, las conversaciones ruidosas al torturado por una cefalalgia intensa; el tacto se hará con la intensidad necesaria, pero con la atención y la precisión que permitan reducirlo al mínimo de duración y de desagrado. Se evitarán las sacudidas en el lecho del neurálgico o del reumatizado. Finalmente, se descubrirá al enfermo lo necesario, pero justamente lo que hace falta y solamente por el tiempo imprescindible. Si es necesario un examen ginecológico, no se le practicará más que en el caso de que se crea poder resolver por sí mismo el caso; en caso contrario, se dirigirá la enferma al ginecólogo, si es posible de sexo femenino.
En los actos médicos, se tendrá cuidado de evitar todo dolor inútil: las agujas no deben ser romas, ni más gruesas de lo necesario; los bisturíes deberán estar bien afilados; los termocauterios o cauterios eléctricos se hallarán en buen estado, para reducir al mínimum la sesión de aplicación; los accesorios de una operación: vendas, yeso, agrafes, hilos, etc. deberán prepararse antes, para asegurar la rapidez de la ejecución y evitar las posturas penosas prolongadas. Advirtamos además que todas estas precauciones que responden a un espíritu de caridad, son un deber estrictamente médico: una aguja roma hace fracasar una inyección, destroza una vena, crea un hematoma; una incisión mal hecha prepara una cicatriz defectuosa; una posición cansadora importa una actitud viciosa que el yeso fijará y un dolor demasiado vivo hará rehuir al enfermo una nueva aplicación que sería saludable para él.
En las prescripciones, se evitarán las medicaciones brutales, cuando no son indispensables; se corregirá el sabor desagradable de los medicamentos en todo lo posible; los regímenes se prescribirán tan estrictamente y por tanto tiempo como sea necesario para obtener el resultado deseado, pero se evitarán las restricciones inútiles.
Si el enfermo es azotémico, pero no clorurémico, se le pondrá a un régimen hipoazoado, pero no se le suprimirá la sal; si debe estar a régimen vegetariano, no existiendo trastornos digestivos, no se le condenará solamente a legumbres hervidas. Si necesita insulina, se limitará el régimen en la medida que permita el mejor resultado con el mínimo de incomodidad. También en esto la caridad se encuentra de acuerdo con la sana medicina; un remedio feo corre peligro de no ser tomado. Un régimen no debe excluir más que lo perjudicial, en caso contrario puede provocar carencias.

Anestesia
A pesar de todo, hay dolores ya espontáneos, ya provocados por intervenciones, que no se pueden evitar sin procedimientos especiales destinados a aminorar la sensibilidad. Esto se consigue con la medicación anestésica.
La más simple consiste en el empleo del calor y del frío: cataplasma o hielo. Cada forma tiene sus indicaciones. Luego vienen las indicaciones locales de un anestésico: proyección de cloruro de etilo (que funde en sí el frío y la analgesia), pinceladas de cocaína. Un grado más arriba están las inyecciones locales de un anestésico, luego las anestesias regionales y finalmente la raquianestesia. No se plantea ninguna dificultad religiosa para estas anestesias que dejan intacto el conocimiento del sujeto. Recordemos solamente que el médico, y sobre todo el médico cristiano, tiene el deber formal, cuando procede a una anestesia, de practicarla correctamente. Si la acción del anestésico requiere algunos minutos para realizarse, el médico debe esperar pacientemente y no someter al enfermo a la ansiedad de ser operado antes de que se haya cumplido la insensibilización o a un dolor que una brevísima espera puede evitar.
En cambio, las controversias surgen cuando llegamos a la anestesia que disminuye o suprime el conocimiento, actuando sobre el sistema nervioso central. Hay que distinguir tres clases de éstas: la morfina y productos análogos; las anestesias generales y la anestesia psíquica.
La morfina, por su facilidad de empleo, su ausencia de peligros inmediatos y el bienestar que causa, implica sin embargo un peligro de acostumbramiento y de entrenamiento. Se conocen su camino y sus consecuencias. En tales condiciones, es evidente que el médico debe ser prudente en su uso y saber alternar o elegir los varios sedativos a su disposición, en forma de evitar los peligros de la morfinomanía. El desastre moral a que llegan los morfinómanos, es un peligro demasiado seguro para que frente al mismo se piense en el alivio inmediato, si no es absolutamente indispensable.
Los anestésicos generales, por la dificultad de su empleo, sus peligros y a menudo por su disgusto, no se prestan a un uso maniático; pero la abolición de la conciencia y del conocimiento provocada por ellos, la intensidad de su acción susceptible a veces de ser fatal, el peligro que la intervención practicada implica por sí misma o por incidentes intercorrientes e imprevisibles, plantean el gran problema religioso del peligro de muerte y de muerte sin preparación. El peligro de muerte puede correrse legítimamente, aun por motivos nada graves (ascensiones, deportes, distracciones diversas); afrontarlo, pues, para evitar un dolor algo intenso y de alguna duración, es perfectamente legítimo. El médico católico no tendrá escrúpulo alguno, por lo mismo, en correr el riesgo anestésico, siempre que la anestesia local o regional no sea susceptible de dar una entera satisfacción al caso. Pero, dado que la muerte puede sobrevenir durante el estado de inconsciencia del sujeto, es necesario que el enfermo se haya preparado perfectamente antes de la operación. El médico no deberá dar por lo tanto una falsa seguridad a su enfermo y deberá evitar las anestesias extemporáneas que sorprendan al paciente sin preparación. Antes de cada operación, aun la más insignificante, se practica la desinfección completa de la piel; antes de toda anestesia general, aun la más breve, se debe hacer la desinfección del alma. En las clínicas y hospitales católicos, salvo el caso de un rechazo formal del enfermo, ésa debe ser la regla.
La anestesia psíquica no ofrece ningún peligro vital. Hemos visto la anestesia de San José de Cupertino, durante un éxtasis, mientras se le aplicaba un cauterio. En los falsos éxtasis de los neurópatas, la insensibilidad, naturalmente, es la misma y ha sido posible efectuar operaciones en condiciones de esa naturaleza, determinándose el éxtasis, por ejemplo, cuando se ordena al enfermo que rece. Si en el éxtasis verdadero, el alma unida a Dios no percibe más lo que actúa sobre el cuerpo; si en el falso éxtasis, el espíritu perdido en la idea fija está alejado de las sensaciones corporales, la sugestión en estado de vigilia o, más fácilmente, en estado de sueño hipnótico puede crear la misma insensibilidad. Hay en ello un uso absolutamente legítimo de la hipnosis, que es lamentable ver tan poco difundida por múltiples beneficios: ningún peligro, ni aun en los cardíacos, hepáticos y ancianos; posibilidad de ordenar al enfermo hipnotizado movimientos útiles; despertar a voluntad, sin náuseas ni vómitos. El médico debe pensar en las ventajas e inconvenientes, y si no coloca en la balanza su comodidad personal (y el médico cristiano no debe hacerlo), se decidirá muy a menudo por la hipnosis.

La anestesia obstétrica
En la medida en que no puede dañar ni a la madre ni al hijo, no sólo es lícita, sino constituye un deber para el médico cristiano. Existe padecimiento físico: como médico y como cristiano, se debe aliviar, mientras ocurra sin peligro; ahora bien, no hay peligro alguno con el cloroformo ni con la anestesia por sugestión. Y lo que impide generalmente el empleo de la anestesia obstétrica, es la pequeña complicación de tener un ayudante. El médico cristiano debe saber resolver las complicaciones, cuando está en juego el interés de su paciente.
Ahora bien, hay en juego algo más que el interés del paciente: su vida moral, la vida moral de su conjunto, la existencia posible de nuevas criaturas de Dios. Una de las causas mayores de la restricción en los nacimientos y del mal uso del matrimonio es indudablemente el temor de los dolores del parto: temor experimentado evidentemente por la mujer, pero a menudo sentido también por el hombre; que no quiere sufrimientos para la mujer que ama, tanto más si ese sufrimiento le parece casi el precio de su propio placer. Lo que provoca una vida equivocada, remordimientos de conciencia y alejamiento de las prácticas religiosas...
En realidad hay que pensar que con todas las comodidades de la vida moderna, con el empleo de la anestesia para las intervenciones menos graves, hay una disminución de aptitud y de entrenamiento al dolor. En cambio, los dolores del parto son aumentados por esta situación. La maternidad no debe ser pues una esclavitud dolorosa y terrible, en medio de la superficie aplacada de las miserias humanas.
El médico partero tiene, pues, un papel de primer plano en el porvenir de la raza y de la familia y, lo que vale mucho más, en el porvenir de la vida moral de los miembros de la familia. Los médicos cristianos deben emplear toda su ciencia y todo su celo para lograr el parto sin dolor.

La eutanasia
La eutanasia, la buena muerte, es una palabra engañosa. No es la buena muerte de la que hemos hablado, la muerte cristiana aceptada en la confianza de la bondad de Dios que nos espera, el alma purificada y reconfortada por los Sacramentos de la Iglesia, el cuerpo aplacado por el cuidado del médico y los ojos abiertos a la "inmensa aurora" (Ver Cap. XIII). La eutanasia no es eso. Es la muerte provocada que libra del sufrimiento, es el suicidio o el asesinato por compasión. Santo Tomás Moro hizo de ella una institución en su Utopía pagana y Mons. Benson en su sociedad materialista del Maitre de la Terre. ¿Es necesario insistir? La Iglesia, como lo demuestra el doctor Siegfried en su tesis, no ha podido conciliar nunca el suicidio con la ley de Dios: "Tú no matarás". Le es imposible conciliar con esta ley el asesinato por piedad.
Y sin embargo, muchos enfermos, débiles, moribundos, pedirán: "¡Doctor, os lo pido, matadme; no puedo más!". Dilema atroz para el corazón del médico: la piedad es tentadora, el deber parece cruel. Y luego los accidentes: el minero en el desastre, el herido aplastado en un choque de ferrocarril y que no se puede retirar a tiempo. Luego la guerra, el herido caído en la tierra de nadie, entre las líneas, el colonial en manos de indígenas salvajes y bárbaros. En esos casos la muerte parecería una buena muerte: la eutanasia.
No sabríamos discutir la eutanasia militar: parece privilegiada; los "héroes" que perecen con su fortaleza o su navio, no parecen haber sido contemplados muy severamente por la casuística; por otra parte, la autoridad que declara la guerra, que coloca al traidor contra el muro y hace lo mismo con el rebelde o simplemente con el indisciplinado, ¿puede ordenar la muerte por piedad? Hablaremos de ellos cuando tratemos de la medicina militar.
La eutanasia médica no es admitida ni por la Iglesia ni por la ley civil, ni por la deontología médica clásica. La prohibición de la Iglesia se funda, como hemos visto, en la ley divina. Desde el punto de vista médico, la prohibición se basa en el fin de la medicina misma que es el de conservar la vida todo lo que sea posible, por la posibilidad de errores de diagnóstico, por la posibilidad de descubrimientos que pueden cambiar aún in extremis la situación de un enfermo. Finalmente, no debemos olvidar la posibilidad del milagro, ya sea del milagro completo que da la curación, ya sea del parcial que da la supresión del dolor, ya sea del milagro moral que da la resignación y la gracia de soportar el sufrimiento; y ya se sabe que ese milagro moral es muy frecuente, sobre todo en Lourdes.
Esperando la ayuda de Dios, que el médico debe saber pedir para su enfermo, un empleo juicioso de la anestesia en las condiciones que hemos indicado anteriormente (Cap. XIII), permitirá actuar para alivio del paciente, casi tan bien como con la eutanasia.

Dr. Henri Bon
MEDICINA CATOLICA

BIBLIOGRAFIA
Tesis de medicina:
Castex, Jorge: Le douleur physique, París, 1904. 
Sicard, Emile: Essai sur l'enthanasie, Montpellier, 1912. 
Siegfried, G. C.: Considerations medico-legales sur le meurtre par pitié, Bordeaux, 1930.

Obras varias:
Mignon, Dr.: La douleur et le médecin catholique, en Bull. Soc. Méd. St. Luc., 1930, pág. 41. 
Regnier, Dr.: L'Euthanasie, id. id. 1924, pág. 65.

De los que San Vicente Ferrer libró de pestilencia

Aunque en todo género de enfermedades se mostró San Vicente muy favorable a los hombres, pero más particularmente contra la pestilencia. En el año 1452, una mujer, viendo que a su hija, por estar herida, se le habían pasado tres días sin ver, ni hablar, ni poder tomar la teta, y que ya estaba fría y como muerta, un domingo se fué a la iglesia de Vannes, donde, después de haber oído algunos milagros del Santo, se fué a su sepulcro y le rogó que rogase a Dios que su hija no muriese. Vuelta a casa, la halló alegre y le dió a mamar, y dentro de algunos días estuvo del todo sana.
Guillém, criado del duque de Bretaña, siendo como de trece años, fué herido y vino al paso de la muerte y se le hicieron unas manchuelas, que solían salir a los que ya estaban en aquel punto; mas una señora que allí se halló en compañía de otras le prometió a San Vicente, y en el mesmo punto el mozo cobró la habla que había perdido y pidió de beber y se rió. Preguntáronle que adonde había estado, y respondió que no lo sabía, mas que había visto cosas muy hermosas. Finalmente, él sanó del todo.
A Radulfo Ruallano le dió una landre tan pestilencial, que el cuello se le paró tan grande como de un buey. Después de haberle durado la enfermedad quince días y recibido todos los sacramentos, hizo su mujer un voto a San Vicente por él y súbitamente el cuello se le deshinchó, y al otro día fué descalzo a visitar el sepulcro del Santo.
Juana, mujer de Juan Anguennegon, estando a la muerte de una landre que se le hizo en la ingle, viendo que la querían poner ya en la cama de penitencia (que, según parece, era costumbre de bretones poner a las personas, antes que se muriesen, en tierra, para que de allí pidiesen misericordia de sus pecados, entendiendo que el negocio iba de veras), rogó a San Vicente le fuese favorable en aquel punto. En fin, pusiéronle en el dicho lugar; mas ella conoció luego el efecto de su oración y se sintió mejor y pidió que la volviesen a la primera cama, donde acabó de sanar.
Juan Legat, del obispado de Vannes, habiendo de ir a buscar la madera necesaria para enterrar un hijo que se le había muerto herido, dijo a su mujer: Mejor será que de camino traiga también recaudo para enterrar a este otro niñito, que está para irse tras su hermano. La mujer, que se veía privada de todos los otros hijos por la pestilencia, si no era de aquél y de una otra niña que le quedaba, tomóse a dar voces y lamentar su desdicha, rogando a Dios le dejase aquellas dos prendas, y a San Vicente que le valiese con Dios para que sus lágrimas no fuesen sin provecho. A este fin prometió al Santo cierta moneda cada año, y envió a un su cuñado para que hiciese decir luego una misa en su santo sepulcro. Apenas se había apartado de la casa el otro, cuando el niño medio difunto, que estaba ya frío y en cuatro días no había comido, cogió calor y comió, y al cabo de dos o tres días se levantó sano.
Guillermo Lorans, en el año 1452, huyendo con su madre de la pestilencia, vino casi a dar en sus manos. Alcanzóle la enfermedad, y al cabo de ocho días ya no podía hablar; echó por la boca la espuma que los otros heridos echaban cuando se morían. Por donde pensando que era ya muerto (que la verdad Dios la sabe), lo querían amortajar. En esto acordóse la cuitada de la madre de los milagros del maestro Vicente, y con gran devoción le rogó que le volviese a su hijo. Luego abrió el niño los ojos y comenzó a convalecer.
Alano Annoblan tuvo cerca de Vannes una hija llamada Enrica, la cual, pegándosele la pestilencia, vino a lo último de la vida. Estuvo dos días sin sentido ni habla y estuvo con el pulgón negro y colorado que solían tener los que morían de aquella corrupción. Y como de los que llegaban a aquel paso pocos se escapaban, mandó el padre hacer una caja o ataúd para sepultarla. Mas, en el entretanto, él y su mujer la ofrecieron a San Vicente, prometiendo de llevarla a su sepulcro y ofrecer por ella un ataúd de una libra de cera. En acabar de hacer el voto, la Enrica, que era de más de veinte años, cobró el sentido y habló, y dentro de tres semanas estuvo sana perfectamente.
En el año 1452, una niña de seis años fué herida de la landre en el cuello y le salió bajo la oreja un carbunco negro. Estuvo ocho días así enferma, y los tres de ellos no comió ni bebió, y en dos no habló, de suerte que ya no se esperaba sino su muerte. En este tiempo, su madre en la mesma casa, el padre en la iglesia de Vannes, junto al sepulcro de San Vicente, hicieron un voto por ella al bienaventurado maestro. Vuelto el padre de la iglesia, halló a su hija como antes estaba y que le habían dado ya en la mano una candela encendida, como es costumbre darla a los que están ya en las manos de Dios, que dicen. Perdidas las esperanzas la madre de verla sana, dijo al padre: Provee de una cruz de madera y de un ataúd para esta niña, que ella corre por la posta a la muerte. Mas el padre tenía aún la esperanza muy viva, y así respondió a su mujer: Cierto que yo no haré esa provisión hasta ver cómo se habrá con nosotros el maestro Vicente. Común voz es que él cada día hace milagros, y yo tengo esperanza que rogará a Dios por esa niña, pues yo se la he encomendado. Dichas estas palabras y puestas las rodillas en tierra, con lágrimas que le saltaban de los ojos, invocó de nuevo al maestro Vicente, ratificando el voto ya hecho; en continente la enferma habló y pidió de beber y se levantó, y dijo a su madre: No lloréis, madre mía, que no me iré. Bien he conocido que me habéis encomendado a San Vicente, en el cual yo tanto confío, que creo me ayudará en breve, y ya en este punto conozco que lo ha hecho. Y fué así como la niña dijo.
Una buena señora de Vannes tenía dado a criar un hijo suyo a una ama que moraba en los arrabales de la mesma ciudad. Y como el año que se trató la canonización del maestro Vicente hubiese gran pestilencia, el niño fué herido y vino a tal extremo que cuando la ama dió a la madre el aviso de la enfermedad, juntamente le dijo que a su parecer ya ella no podía alcanzar a verle vivo. Mas la madre se dió priesa y le halló ya con la garganta y el cuello muy hinchado y con las señales que se veían en los otros muertos. No desmayó la buena madre con todo esto, sino que se le llevó a su casa. Desde las doce de la noche hasta las diez de la mañana había estado penando el niño, y entonces, porque su madre le ofreció a San Vicente, se rió y mamó, y dentro de media hora estuvo sano totalmente.
Otra señora, mujer de un ciudadano de Vannes, como huyese de esta plaga y se fuese a otro obispado, allí fué herida, que la muerte, cuando ha de venir, a doquiera sabe buscar a la persona, por bien que huya. Estuvo la mujer herida quince días, y por abreviar, llegó al paso de la muerte, tan a la clara, que ya enviaron a tratar con el cura de su entierro. Pero como ella fuese avisada del punto a que era llegada, encomendóse al maestro Vicente y súbitamente se sintió mejor y estuvo sana del todo.
Sería nunca acabar si quisiésemos contar uno a uno todos los milagros que cuenta el proceso hechos por San Vicente en esta materia. Ellos son infinitos y todos se resuelven en estas palabras: Fulano o Zutano estuvo herido gravemente, o llegó ya al paso de la muerte, y encomendándose a San Vicente, de allí a poco, y hartas veces súbitamente, alcanzó salud. También hubo otros a quien, por ser sus devotos, preservó de peste, muriéndose muchas personas en el vecindado. En especial hubo un hombre que, entre los otros, quería mucho a dos hijos suyos, y como se daban tanta priesa a morir en su barrio, rogó a San Vicente que, a lo menos, le guardase aquellos dos hijos que tanto él amaba. De allí a poco, se hirieron y murieron cinco otros hijos que tenía, y los dos que había encomendado a San Vicente fueron preservados de la mortandad y pestilencia.

Fray Justiniano Antist O.P.

VIDA DE SAN VICENTE FERRER

miércoles, 18 de abril de 2012

¿SON NUESTROS "HERMANOS SEPARADOS" LOS PROTESTANTES?. (5)

LA PENETRACIÓN PROTESTANTE EN MEXICO
Como hay quienes piensan que la obra del Protestantismo a beneficiado a México, aunque a todas luces es ridícula comparada con la portentosa evangelización católica no sólo de México sino de toda América, conviene decir y probar que aquella fue una penetración y una infiltración subversiva y no evangelizadora o de salvación social costeada por el Gobierno Mundial y ayudada por un gobierno traidor que dividió a los mexicanos, que destruyó y prostituyó a sus familias y que trata de arrancar la Fe de los mexicanos, arrojándolos al caos espantoso de las sectas y a la independencia.
Las primeras experiencias que tienen los hispanoamericanos de la herejia revolucionaria iniciada en el siglo XVI, son de odio al catolicismo, de saqueo, de intolerancia, aquella misma que hacen alarde de condenar a la Iglesia Católica, de genocidio. Las incursiones de los piratas por aguas americanas y atlánticas avaladas y costeadas por la protestante "Pérfida Albión" en su afán de robar el oro y las riquezas de la católica España y minar su poderío, matando, hundiendo sus barcos y asaltando los puertos españoles son prueba de ello.

El escritor William Thomas Walsh dice en su libro FELIPE II (Pág. 417) lo siguiente: "Algún tiempo más tarde, 53 misioneros jesuitas indefensos, camino del Brasil, fueron degollados a sangre fría por una banda de piratas hugonotes protestantes. Los piratas calvinistas y los indios de Florida trataron a los jesuitas igual que los hugonotes habían tratado a los sacerdotes católicos en Francia hacía seis años. Años más tarde los Iroquois de Nueva York sometieron a otro jesuíta, San Isaac Jogues a una tortura muy parecida a la infligida a San Edmundo Campion por los protestantes ingleses pagados por Cecil".

Cuando los inmigrantes protestantes llegaron a tierras norteamericanas, no hicieron ciertamente como los evangelizadores españoles, que convirtieron a la Fe de Cristo a los nativos, dándoles cultura y las bases firmes para construir su nacionalidad, sino que se constituyeron, inspirados en las doctrinas de sus dioses Lutero, Calvino y Enrique VIII, en perseguidores de oficio y en matadores de las razas que en aquellas inmensas y ricas regiones vivían, sin preocuparles para nada su evangelización, sino la obtención absoluta y el despojo miserable de las riquezas que al fin, a estos nativos les robaron. ¿Qué es lo que en nuestros días queda de esas razas y de esos pueblos masacrados sin ninguna piedad cristiana, ¡pero ni siquiera humana!, sino estertores y gemidos de muerte esparcidos por el aire, y que hasta hoy pesan sobre la cabeza de ese pueblo protestante y demócrata?, ¿qué es lo que queda sino una miserable porción arrinconada por la violencia y miedosa, como si fuera una pieza de museo o como si fueran esos sobrevivientes, auténticas bestias sin derecho alguno a los progresos de esa Democracia americana?.

Todos nos acordamos de las oleadas de películas norteamericanas en las que nos presentaron a los piratas del Atlántico o del Caribe como verdaderos héroes y modelos, y a los pobres indios de Norteamérica como bestias de maldad asechando siempre y matando a los piadosos colonizadores, cuando la verdad es que unos fueron bandoleros asesinos de la peor ralea, hasta distinguidos a veces hasta con títulos de nobleza por los reyes protestantes ingleses, y los otros víctimas indefensas del fanatismo lüterano y de las pasiones más bajas e inhumanas. La verdadera historia de los Estados Unidos tiene secretos de muerte y de sangre. La de esos nativos que soportaron indefensos las masacres hasta que llegó al exterminio total.

En su SOCIOLOGIA, J. Víctor Balbridge, documenta cómo, los "colonizadores" protestantes de los Estados Unidos, regalaban mantas y ropas a los nativos obtenidas de los hospitales de apestados e incurables con el fin de provocar epidemias mortales en las tribus nativas y exterminarlas así, si era posible.

Ahora, son tan payasos y tan hipócritas, que nos dicen que vienen a México y a los demás países latinoamericanos a "evangelizarnos". El motivo es muy otro. Quienes los costean y envían, tienen otros motivos no siempre claros para todos los que ingenuamente se han dejado arrastrar a ese caos diabólico. Tengo a la vista unos datos que resultarán harto interesantes: En 1910, los mismos protestantes publicaron la presente estadística: 34,517,331 habitantes de los Estados Unidos están afiliados a varias denominaciones religiosas. De ellos, 12,194,937 son católicos y el resto de 22,322,404 son protestantes de todas las denominaciones, pero resulta que como la población total de ese país en aquel año era de 91,972,266 habitantes, se tiene que había como setenta millones de habitantes, no convertidos al Protestantismo, y por lo menos cincuenta y siete millones que no eran ni cristianos. Cifra muy superior a la población total de México. ¿No es extraño el santo celo de estos llamados "hermanos separados" por nuestros indios sumergidos en el "oscurantismo" católico traído dizque por españoles aventureros sedientos de oro y por la Iglesia Católica sedienta de poder, que son hermanos de las razas que ellos masacraron sin piedad?, ¿y cuando en el país de ellos hay tanto trabajo por hacer?.

Es evidente: el motivo por el que vienen a México y al resto de los países latinoamericanos y el de quienes los envían, es otro. Lo podremos vislumbrar a continuación.

En la ciudad de Nueva York se formó primeramente la Comisión de Cooperación en la América Latina, déla cual formaban parte casi todas las denominaciones protestantes existentes en la Unión Americana, y posteriormente a esa, en la ciudad de Cincinatti se convocó a una reunión que se ocuparía exclusivamente de la "evangelización" de la República Mexicana.

En esa reunión desgraciada, los protestantes se dividieron México como un pastel, en la forma siguiente:

AMIGOS Y PRESBITERIANOS DEL SUR: trabajarían en San Luis Potosí, Tamaulipas y Nuevo León.

BAUTISTAS: en Coahuila, Nuevo León, Zacatecas, Durango, México, Distrito Federal y Aguascali entes .

CONGREGACIONALISTAS: en Chihuahua, Sinaloa (desde el rio del mismo nombre hasta el Norte), Sonora, Baja California y México.

DISCIPULOS DE CRISTO: en Coahuila desde Piedras Negras siguiendo hacia el Sur el ferrocarril hasta Monterrey y Terreón; luego al Norte hasta Jiménez, Chih., con Sierra Mojada y Nuevo León.

METODISTAS: en San Luis Potosí, Guanajuato, Jalisco, Colima, México, Distrito Federal, Hidalgo, Puebla, Querétaro, Tlaxcala, Michoacán, Tepic y Sinaloa al Sur del río del mismo nombre.

PRESBITERIANOS ASOCIADOS REFORMADOS: en Tamaulipas, Veracruz y el Oriente de San Luis Potosí.

PRESBITERIANOS DEL NORTE: en México, Distrito Federal, Morelos, Veracruz, Campeche, Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Tabasco y Yucatán.

Esta división fue aprobada posteriormente en la Conferencia Panprotestante que se celebró en la ciudad de Panamá en 1916, en la que acordaron las sectas abandonar el nombre de "protestantes" para comenzar a llamarse "evangélicas" para presentar un frente aparente más homogéneo ante la unidad de la Iglesia Católica.

Este plan causa asco y vómito. Las sectas que entre ellas se persiguen y se condenan en la forma más dura, son capaces de una alianza contra la Iglesia de Cristo. La explicación es clara. Quienes controlan y dirigen el Protestantismo mundial que no pertenecen a ninguna secta ni tienen ninguna de sus creencias y que son furiosamente anticristianos lo utilizan como un arma mortal en contra del catolicismo. ¿Qué celo apostólico puede caber en los dirigentes de las sectas, cuando ponen trozos del pastel latinoamericano en manos de otras sectas que ellos condenan como herejes, como apóstatas y como anticristianas?, ¿puede haber cristianismo en los dirigentes de las sectas al acordar entregar a los herejes, calificados así por ellos mismos, territorios supuestamente quieren evangelizar?, ¿a quiénes quieren engañar?.

Y así fueron llegando según lo acordado, e invadiendo, porque aquello fue una verdadera invasión avalada por el mismo gobierno mexicano: traidor al pueblo gobernado, los "apóstoles" de una nación como Estados Unidos, que contaba con 57 millones de habitantes que no eran ni cristianos, a otra cuyo porcentaje de catolicismo en aquellos años era superior al 96 por ciento, ya que de los 20 millones de habitantes que había en México, 19,400.000 eran católicos que habían conocido el Evangelio de los frailes españoles sin riquezas y sin dólares, y que además contaba en esa época con numerosos sacerdotes y una Iglesia bien organizada. La "evangelización" que entonces inician las sectas protestantes a la luz de los datos expuestos anteriormente, nos descubre sin lugar a dudas un interés imperialista de control mundial y no un elevado, cultural o cristiano motivo.

Pero al ojo investigador se le revelará también la infame conexión de la reforma protestante con la masoneria y con el padre de ambos, el Judaismo, lo cual veremos más claramente en las páginas siguientes.
¿Por qué tanto escándalo, entonces, de los protestantes, cuando los campesinos de muchos lugares de México, fieles a la Fe cristiana recibida de sus padres, los reciben a pedradas o los expulsan de sus comunidades con cajas destempladas?.
Esos pueblos quieren conservar la Fe de Cristo y de los Apóstoles y sus dirigentes religiosos y sociales saben que las nubes de avispas que caen para picar y envenenar a los simples y a los ignorantes, sembrará una semilla de división y de infinitos problemas entre las familias y en su sociedad. Ellos están defendiendo lo más sagrado que poseen y casi lo único que poseen porque son pobres y la injusticia y el abandono los ha hecho su presa. ¿Se puede recibir con agrado a las bandas sectarias cuando todas traen distintos credos y cuando la historia nos ilustra la horrible forma en la que se persiguieron y se condenaron no solamente en sus países de origen, sino también cuando llegaron a "evangelizar" en tierras americanas?.
La verdadera Iglesia de Cristo jamás hubiese estado de acuerdo con entregar grandes zonas a quienes predican el error, porque la Fe es inmaculada y no admite variaciones, interpretaciones variadas, ni siguiera cambios en la significación de las palabras. Desgajar a las regiones de América Latina como si fuera un pastel con quienes predican diferente fe, ya significa sin duda una mala intención y heterodoxia.
La Iglesia Católica fue suficiente para evangelizar al mundo. No existe una sola nación sobre la Tierra que no haya conocido el Evangelio por el esfuerzo y el sacrificio de sus evangelizadores. Ni una sola. Y este es un hecho histórico innegable. El protestante siempre llegó después y para aprovecharse de lo que ya estaba arado y sembrado.
Cuando llegaban los evangelizadores católicos a tierras de salvajes o de paganos, muchas veces pagaron con su vida su amor a Cristo y al Reino de Dios. Mucho tiempo y lágrimas y sangre y sudor, costó poder establecer la primera misión con fieles convertidos al Cristianismo. Las cosas prosperaban, y una vez establecidas las parroquias y los conventos y los institutos de caridad, y las escuelas, y las universidades, enton
ces al día siguiente llegaban los parásitos protestantes para "evangelizar" a los nativos, robando descaradamente la obra que habían realizado los propagadores de la religión católica. Y así instalados ya, exigen ventajas, exigen libertades, exigen tolerancia que saben blandir muy bien como hijos del Diablo cuando les conviene. Ellos se han unido en la nulidad, si no es sólo para descristianizar al mundo entregándolo al caos de las sectas. Ellos son estériles y se nutren de toda aquella población prostituida por potencias mundanas y gobiernos que con ellos trabajan en lo oscurito, en las sombras, bajo la mesa y que han hecho alianza con Lucifer. Ellos son los del horrendo voto hijos de Belfegor.

Son un pegote glutinoso y apestoso con su característica y fastidiosa voz nasal que embrutece a los tontos y a los ignorantes que no les ven la cara real de ramera sino de luchadores cristianos sacrificados y propagadores del mensaje de Cristo. ¡Qué abyecta depravación ha caído sobre el mundo y sobre las almas el día que oh Lutero, comenzaste tu Reforma! En el Infierno deben haber danzado los demonios al ritmo de LAS CAVERNAS DEL ORCO de Bolcom.

El escritor Toribio Esquivel Obregón en LA PROPAGANDA PROTESTANTE EN MEXICO A LA LUZ DEL DERECHO INTERNACIONAL dice que el presidente Teodoro Roosevelt expresó que "la absorción de la América Latina será muy difícil, mientras esos países sean católicos".

Mr. Lind, representante personal en México del presidente norteamericano Wilson declaró que "mientras más sacerdotes católicos fueran muertos, tanto más complacido estaría el presidente Wilson".

El Sr. Alfred Halman de la Fundación Carnegie para la paz internacional, aseguró en una conferencia que dictó en Briarclif el 11 de mayo de 1926: "Los ministros protestantes americanos, son una amenaza a las relaciones pacíficas de norte y suramérica. Esos ministros son antipáticos a un pueblo que está ya satisfecho con su religión cristiana. Los suramericanos (o sea, todo lo que está al sur del Río Bravo, porque para los gringos sólo los Estados Unidos es norteamérica) se ofenden de los esfuerzos que hacen los ministros norteamericanos para cambiarles si Fe, y de los métodos con que tratan de hacer ese cambio. Esos pueblos son ya cristianos y por consiguiente resienten y detestan la suposición de que todavía son paganos. Suramérica miraría con mayor simpatía a los Estados Unidos si nosotros hiciéramos regresar a todos esos misioneros" Esto lo publicó el periódico THE SUN de Baltimore.

¿No podríamos mencionar entre esos "métodos" que utilizan los protestantes para descristianizar a los católicos la piadosísima instalación de sectas protestantes en los templos de Santa Catalina de Sena y San José de Gracia que durante la persecución religiosa en México el gobierno arrancó a los católicos en la ciudad de México, mientras los mataba, instalación que fue una obra de saqueo, de destrucción de altares, retablos, imágenes, pinturas, bibliotecas y de todo aquello que pudiera recordar un espíritu católico?. ¡Infames ignorantes!. Son enemigos de lo culto, de lo bello, de lo estético y amigos de embarrar su excremento por las paredes de todo inmueble que roban o construyen.

¿No son esos métodos también la fundación en México, gracias a la ayuda económica del presidente mexicano felón Plutarco Elias Calles de la YOUNG MEN CHRISTIAN ASOCIATION (Y.M.C.A.) en 1902, que siendo una asociación internacional protestante "dizque" cristiana, promueve en 1907 conferencias como las dictadas por Julio Navarro Monzo en las que se afirmó que la existencia histórica de Jesús de Nazaret no podía ser probada, y que ella, aunque "muy bella", había sido "inventada por un grupo de fanáticos para dar prestigio a sus doctrinas"?.

¿No es uno de estos "métodos" de los que habla el Sr. Halman el que los protestantes que hipócritamente condenando el uso del cigarro. La misión protestante en México es ayudada sustanciosamente por la Cigarrera EL AGUILA como nos dice José González Brown en su libro EL PROTESTANTISMO EN MEXICO?

En el Instituto Biológico Moody, Harry Strachan dijo algo que se publicó en MISSIONARY REVIEW OF THE WORLD: "En las repúblicas latinoamericanas, las misiones protestantes son consideradas como parte del ejercito americano de ocupación". Y el Dr. protestante E. J. Dillon, en su libro MEXICO ON THE VERGE, Pág. 207 afirma: "La gran masa del pueblo mexicano profesa el catolicismo... y le duele en lo vivo que extranjeros, amparados en su hospitalidad, vengan con el propósito de sembrar la cizaña y a causar divisiones religiosas, empeñándose en apartar a algunos miembros de la fe de sus padres... y bastaría eso para que el gobierno por encariñado que estuviera teóricamente con la libertad absoluta en la propaganda religiosa, se tentara bien la ropa antes de acoger a los nuevos apóstoles y colmarlos de privilegios..." y más adelante: "...para soldar las grietas que las luchas civiles han abierto en el Edificio social, el cemento ha de ser principalmente la unidad de lengua y la unidad de religión".

El Cónsul general de Estados Unidos en México Mr. Crittenden, declaró al MEXICAN HERALD el 28 de septiembre de 1895: "Turbar esas relaciones (las de México y Estados Unidos), con ataques inmotivados a las creencias más sagradas de México no solamente es necedad y falta de tino, sino que puede dar origen a serios desórdenes. La propaganda de los ministros protestantes... ofende a las clases conservadoras... Si el catolicismo desapareciera de México, reinaría el fanatismo y la insubordínación más peligrosa".

¡Oiga ahora lo que dice el pastor protestante George T. B. Devid: "Hace cuatrocientos años que aventureros españoles y portugueses llegaron a América buscando oro; hace trescientos años que peregrinos ingleses y holandeses vinieron a Norteamérica a alabar a Dios. En la america del Sur hay tinieblas, superstición e ignorancia, en cambio en la del Norte la prosperidad acompaña a las bendiciones espirituales!". ¿Habiase visto cinismo, hipocrecía y mentira más grandes?. Este individuo quiere ligar la ruina y la postración de México al catolicismo y a España como si no supiéramos que esa ruina moral y material se fraguó en las sombras de las logias y de las sinagogas y en las oficinas de políticos vendidos a ellas.

Sin embargo, veamos qué escribe el diario MONITOR INDUSTRIAL de Inglaterra, que no puede ser tachado de católico y que circula en un ambiente cien por ciento protestante: "Es un hecho muy digno de observación, que en todos los países donde se establecieron misiones protestantes, la población de los indígenas ha degenerado en razón de los progresos de la predicación...", y más adelante dice: "nada parecido acontece en las misiones católicas, cuya moral es consoladora y alienta al hombre en vez de aterrarle".
Debemos recordar aquí que México fue una nación mucho más poderosa que los Estados Unidos y grande espiritual y territorialmente, y rica, hasta que a través de las logias masónicas y de las sinagogas,
aliadas con políticos mexicanos ambiciosos y traidores comenzó la gran tarea de zapa que el judaismo deseaba no solamente para vengar el "antisemitismo" español y la expulsión de los judíos de España en 1492, sino para impedir la cristianización verdadera de América, porque América cristianizada, verdaderamente cristianizada por la Iglesia Católica, sería un fuerte impedimento a la larga o a la corta de los deseos mesiánicos de dominación mundial que los hijos del "pueblo escogido" deseaban lograr a cualquier precio a través del poder de la nación norteamericana que estaban construyendo. La miseria y la dependencia al fin se adueñaron de la nación mexicana.

México fue una nación grande pero traicionada por propios y extraños. En 1539, ¡a sólo 18 años de la conquista! ya estaba establecida en México la imprenta y esto hay que valorarlo según el año y la situación mundial en avances tecnológicos, científicos y culturales. En 1551, la Universidad de México, -que precedió al Harvard College de la colonias inglesas en unos cien años y en más de 200 años a la primera universidad de los Estados Unidos-, ya estaba funcionando. La cultura y las ciencias más elevadas penetraban al pueblo bajo la mirada amorosa de la Madre Iglesia. ¿Se puede olvidar acaso que los indios mexicanos llegaron a ser doctorados en Teología?.

No sin razón, el Barón de Humboldt en su libro ENSAYO POLITICO SOBRE EL REINO DE LA NUEVA ESPAÑA, Pág. 159, dijo: "Ninguna ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar siquiera las de los Estados Unidos, puede exhibir instituciones científicas tan grandes y solidas como la capital mexicana", y en la Pág. 139 dice: "La Capital de México y muchas otras ciudades, tienen establecimientos científicos que pueden compararse con los de Europa".

Pero como de los traidores, siempre hay uno mayor, y de la porquería hay una que apesta más, conviene informarnos un poco sobre el hombre que en mayor grado favoreció en México, la penetración de las sectas protestantes. PLUTARCO ELIAS CALLES.

El Magisterio de la Iglesia y la Nueva Misa (V)

Por el R.P. Joaquín Saenz Arriaga
 (Páginas 66-86 )
 
III. LA SANTA MESA.
Un año después de la ascensión de Cranmer a la plenitud del poder eclesiástico, uno de los protestantes extranjeros, que invadieron a Inglaterra, escribió con gran regocijo a Bullinger, que había sucedido a Zwinglio en Zurich: "Arae facta sunt harae", las aras se han convertido en pocilgas. ("Original Letters" II, John ab Ulmis a Bullinger). Esto no era del todo cierto, ya que, en varios lugares, piadosos sacerdotes y congregaciones habían conservado los antiguos altares. Pero en noviembre de 1550, Cranmer, por medio del Consejo Privado, publicó un edicto que ordenaba que todos los altares debían ser destruidos en todo el Reino. En adelante, siempre que se celebrase el rito de la Santa Eucaristía, debía usarse una mesa de madera.
Con esta orden iba la explicación de Cranmer, la cual, como, dice Philip Hughes en su obra definitiva "The Reformation in England" (p. 121), "no deja duda de que una religión había sido sustituida por otra". Las "consideraciones" ("Reasons Why the Lard's Board should rather be after the form of a Table, than of an Altar". Parker Society-Cranmer II) advierten que: "La forma de una mesa es el uso correcto de la Cena del Señor. Porque el uso de un altar es hacer un sacrificio de esa Cena; mientras que el uso de la mesa es servir a los hombres para que coman en ella. Si nosotros venimos para alimentarnos sobre El, espiritualmente a comer su cuerpo y espiritualmente a beber su sangre, que es el verdadero uso de la Cena del Señor, nadie puede negar que la forma de una mesa es más apta para representar la mesa del Señor, que la forma de un altar".
Cranmer trata después de explicarnos por qué conservó la palabra "altar" en su nuevo Prayer Book, y dice que por esa palabra entiende "la mesa en que se distribuye la Santa Comunión", ya que puede llamarse un altar, porque allí se ofrece "nuestro sacrificio de alabanza y de acción de gracias".
El edicto fue puesto en vigor con suma rigidez. Cuando uno de los obispos (George Day of chichester) se resistió a remover los altares en su diócesis, fue encarcelado y depuesto de su sede. En Londres, las alteraciones fueron inmediatas y arrolladoras. El obispo, que había sido uno de los capellanes de Cranmer, determinó hacer una nueva mesa lo más alejada, lo más inaccesible a los no comunicantes. Una crónica contemporánea (Wriothesley) nos dice que en la Catedral de San Pablo, "él removió la mesa a la mitad del coro superior y puso sus extremos mirando al oriente y al occidente y, después del Credo, extendió un velo para que nadie pudiese ver a los que recibían la comunión; y cerró las rejas de hierro del coro, en la parte norte y en la parte sur con ladrillos y argamasa, para que nadie pudiese quedarse en el coro".
Ya no había Presencia Real, ni Sacrificio, era lógico el eliminar a los que atendían a los ritos eucarísticos y no comulgaban en ellos. Por eso Cranmer, ordenó "que no hubiese celebración de la Cena del Señor, a no ser que hubiera un buen número de comunicantes con el sacerdote, a su discreción; y que si no había más de veinte personas, en la parroquia, de discreción, no habría comunión, a no ser que cuatro, o tres al menos, comulgasen con el sacerdote. Y, para quitar la superstición, que cualquier persona tenga o pueda tener en el pan y en el vino, bastará que el pan sea el ordinario para comer en la mesa con otra comida, aunque sería más conveniente buscar el mejor y más puro pan de trigo. Y si quedase algo del pan o del vino, el cura se lo llevará para su propio uso". (Rubrics at end of 1552 Prayer Book).
"La última piedra que debía echarse encima del montón, bajo el cual está escondida la antigua fe de la Santísima Eucaristía —la frase es de Philip Hughes— fue la prohibición de arodillarse para recibir la Sagrada Comunión. ¿Qué era esto sino una idolatría? Una rúbrica fue luego añadida en el nuevo Prayre Book, en la que se explicaba "que no se pretendía con esto significar que una adoración se daba o se debía dar al pan y vino sacramental, que materialmente se recibían, o a una real o esencial presencia del Cuerpo natural o de la Sangre de Cristo, como si estuviesen allí presentes". (The "Black Rubric" — 1552 Prayer Book).
A medida que el tiempo pasó, la mesa fue más mesa, pudiendo utilizarla en otros fines. Se dieron explícitas instrucciones para que "la santa mesa, en cada uno de los templos, fuese colocada en el lugar que tenían los antiguos altares, excepción de los casos en que el sacramento de la comunión debía distribuirse. En estas ocasiones, la mesa debía ser colocada en lugar conveniente dentro del cancel, para que el ministro pudiese ser oído con más facilidad por los comunicantes en su oración y la administración; y los comunicantes pudiesen, en mayor número, comulgar con el dicho ministro. Y, después de la comunión, la misma santa mesa debía ser colocada nuevamente en su lugar".
Fueron los puritanos los que, en el siglo siguiente, llevaron a su lógica conclusión el trabajo de Cranmer, no sólo para recibir sentados la comunión, sino para usar la santa mesa como un mueble adecuado en el que colocasen sus sombreros.

IV. EL CANON DE LA MISA.
La lengua vernácula y la santa mesa fueron los medios prácticos, por los cuales acostumbró Cranmer al pueblo ordinario de Inglaterra a las nuevas doctrinas. Así pudo la gente, por medio de esta acción comunitaria, aceptar la idea de que una simple comida no era un sacrificio —el Sacrificio— y que esas rúbricas no eran otra cosa que comer un poco de pan ordinraio y beber un poco de vino; y que lo que se les decía era lo que ellos practicaban en memoria, como recuerdo, de algo que sucedió hace mucho tiempo. Y porque estas prácticas y usos tuvieron mayor impacto que los argumentos teológicos, en la gente impreparada, en el corto reinado de cinco años de la Reina María, cúando Inglaterra, por última vez, volvió a la verdadera fe, el Cardenal Pole insistió en el restablecimiento no sólo de los altares y de la Misa, sino de las más simples ceremonias que Cranmer había abolido —como el agua bendita, la ceniza, las palmas— "para observar lo que es el comienzo de la verdadera educación de los hijos de Dios" y la destrucción de lo que los herejes "hacen el primer punto en su atentado para destruir la Iglesia". (Sermón de Pole, en 1557, "The Reformation in England" por Philip Hughes, vol. II, pp. 246-253).
Pero el centro de la obra de Cranmer, claro está, fue la base teológica de las nuevas creencias, traducida a la forma litúrgica. Su versión final de lo que la Misa había sido y de lo que él quería que fuese en adelante, no era, como insiste Gregory Dix, un ataque desordenado contra los ritos católicos, sino un eficaz atentado, puesto en forma litúrgica, para sostener e inculcar la doctrina herética de la 'justificación por la sola fe'. ("The Shape of the Liturgy" — Dix p. 672). Y, así considerada, la obra de Cranmer es una obra maestra.
La lógica consecuencia de la doctrina básica de los protestantes "de la justificación por la sola fe" ha sido y es la abolición de los sacramentos. Las acciones externas obviamente no pueden ser admitidas como causas en la economía de la gracia. Lutero, claro está, vió esto, desde el principio, y suprimió los cinco (más pequeños) sacramentos, al mismo tiempo que atacaba la comunión bajo una especie, la transubstanciación, la doctrina del Sacrificio eucarístico, quitando su valor y verdadero sentido al bautismo y a la comunión, que él no podía negar, ya que indudablemente están mandados estos sacramentos en el Nuevo Testamento. No siendo posible el librar la cristiandad de estos actos externos, del bautismo y la comunión, era necesario vaciarlos de todo sentido inteligible. En este punto, todas las sectas protestantes estaban de acuerdo, así los zwinglios, como los calvinistas y los luteranos.
Cranmer aceptó, como estaba obligado a hacerlo, con la lógica de Zwinglio, que "la doctrina 'Sola fides iustificat' es el fundamento y el principio para negar la Real Presencia del Cuerpo y Sangre de Cristo en el Sacramento" (Letters of Stephen Gardiner, p. 277) y, como lo hemos visto, él decidió atacar la Misa, con la misma vehemencia que Lutero, en su famosa profesión de fe: "Yo declaro que todos los prostíbulos, (aunque Dios los ha reprobado con tanta severidad), todos los homicidios, los crímenes de sangre, los robos y adulterios han hecho menos daño que la abominación de la Misa papal". (Werke, XV, p. 773).
La alternativa de Cranmer en relación a la Misa se ve claramente en sus dos Prayer Book, el de 1549 y el de 1552. Como los posteriores ingenieros de los cambios, él pensó más convenientemente no hacer de una vez todas las mudanzas, para no provocar la oposición, pero no hay duda alguna que la versión de su liturgia de 1552 estaba en su mente desde el principio; y "ya que ese Prayer Book de 1552 todavía nos da la estructura total de la presente liturgia anglicana y un noventa y cinco por ciento de sus mismas palabras" (Opus cit. p. 668 — Dix), solamente tomaremos en cuenta aquí esta liuturgia de 1552.
Queremos recordar aquí, sin comentarios, unas palabras, que, en su Carta Pastoral del 12 de octubre de 1969, escribió el Cardenal Heenan: "¿Por qué la Misa ha sufrido cambios últimamente? Aquí está la respuesta. Hubiera sido poco menos que imposible introducir de una vez todos los cambios. Obviamente era más prudente hacer cambios gradual e imperceptiblemente. Si todos los cambios se hubieran hecho de una sola vez, vosotros hubierais quedado conmocionados".
Volvamos a Cranmer. El Canon quedó dividido en tres partes, que son: a) La Oración de la Iglesia Militante. b) La Oración de la Consagración. Y c) La Oración de la Oblación. Hablando de un modo general, la primera oración corresponde a las Oraciones Te igitur, Memento Domine y Comunicantes. La segunda a Hanc igitur, Quam Oblationem y Qui pridie; y la tercera, Unde et memores, Supra quae, y Suplices te rogamus. (No hay paralelo en las Oraciones Memento etíam, Nobis quoque peccatoribus y Per quem).
Para apreciar exactamente lo que hizo Cranmer, debemos considerar detalladamente esas tres partes de su Canon.

LA ORACION POR LA IGLESIA MILITANTE.
La "Oración por la Iglesia Militante" dice: "Todopoderoso y Sempiterno Dios, que por el santo Apóstol nos has enseñado oraciones y suplicaciones y a dar gracias por todos los hombres, humildemente te pedimos, con gran confianza, el que aceptes nuestros dones y recibas estas nuestras oraciones, que nosotros ofrecemos a Vuestra Divina Majestad, suplicándoos que continuamente inspiréis a tu Iglesia universal, con el espíritu de verdad, de unidad y de concordia, y concedednos que todos aquellos que en verdad confesamos tu Santo Nombre estemos concordes en la verdad de tu santa Palabra y vivamos en la unidad y en un amor divino. Os pedimos también el que salvéis y defendáis a todos los Reyes cristianos, Príncipes y Gobernantes, y especialmente a vuestro siervo Eduardo, nuestro Rey, para que bajo él seamos, divina y pacíficamente, gobernados; y conceded que todo su concilio y todos aquellos que tienen alguna autoridad, bajo él, que prudente e indiferentemente administren la justicia, para castigo de los malvados y viciosos y para mantener la verdadera religión y virtud de Dios. Conceded, Oh Padre Celestial, vuestra gracia a todos los Obispos, Pastores curas, para que por su vida y doctrina avancen vuestra verdadera y viva Palabra y administren correcta y debidamente vuestros santos sacramentos: y a todo el pueblo dad vuestra gracia celestial, y en especial, a la asamblea aquí presente, para que, con humilde corazón y debida reverencia, escuchen y reciban vuestra santa Palabra, sirviéndoos, en verdad, en rectitud y santidad, todos los días, de su vida. Y debemos también suplicar de vuestra bondad, oh Señor, el que confortéis y socorráis a todos aquellos que, en esta vida transitoria, están en tribulación, en sufrímiento, necesidad, enfermedad o cualquier otra adversidad. Concedednos esto, Oh Padre, por Jesucristo, nuestro único mediador y abogado. Amén".
El cambio es suficientemente dramático. Dejando a un lado las omisiones del Papa y de los Santos, que eran de esperarse, ha desaparecido toda mención de las oblaciones: haec dona, haec munera, haec sancta sacrificia illibata, que son parte esencial del Te igitur.
En la antigua liturgia de la Iglesia, se ha tributado siempre gran honor a las ofrendas del pan y del vino. Esas ofrendas son inmaculatam hostiam, calicem salutaris de las antiquísimas oraciones del ofertorio, así como la afirmación de su excelencia en el Te igitur, que deben ser presentadas a Dios, con la súplica de hacerlas in ómnibus benedictam, adscriptam, ratam, rationabilem acceptabilemque, para el milagro, que ha de tener lugar después en la transubstanciación. Y siempre, como Jungmann lo ha demostrado, "es el pensamiento de la inminente transubstanciación el que ha condicionado la insistencia de su santificación". (Jungmann: "Missa Sollemnia". p. 62, No. 19). Esto tan sólo era un anatema para Cranmer. Como Lutero, Cranmer creía que cualquier forma de ofertorio "apestaba como una oblación". (Dix: Op. cit., p. 661). Por eso suprimió todas las oraciones del ofertorio, aun aquella que muchos consideraban la más hermosa de ellas, "Deus, qui humanae naturae..." y toda otra mención de oblación del pan o del vino.
La dificultad de Cranmer consistía en que al poner el pan y el vino sobre el altar podría parecer el pueblo como el ofertorio de la antigua Misa papista. Si debía inculcarse a la samblea una idea del todo nueva, era necesario hacer algo que borrase toda reminiscencia del antiguo ofertorio. Cranmer encontró la solución ordenando que, al llegar a este punto, los encargados del orden hiciesen la colecta del dinero y, de esta manera, la oración sólo debía referirse al dinero, a la colecta recogida. Y, puesto que las limosnas no habían sido ofrecidas, ni siquiera tocadas por el ministro, no podía haber peligro de que fuesen consideradas como una "oblación", en el sentido tradicional. Como advierte Gregory Dix, ésta es un ingenioso ardid del trabajo humano, realizado en la liturgia y, por lo tanto, merece nuestra admiración.
Y, por supuesto, la referencia a las limosnas era la única que la asamblea oía y entendía. Porque un punto esencial de la "reforma" era que el Canon silencioso de la Misa Romana, que había estado en uso desde el siglo octavo (Estaba ordenado que el sacerdote dijese el Canon en voz baja, no necesariamente imperceptible. Jungmann op. cit. p. 9) debía desaparecer, para que el nuevo Canon, dicho en lengua vernácula y en voz alta, pudiese tener el debido efecto en la gente.
A las omisiones hechas por Cranmer en sus cambios esenciales, el reformador añadió una muy importante, omitiendo el nombrar al Papa y poniendo en su lugar el nombre del soberano.
Diez y seis años antes, Enrique VIII había ordenado el Bidding Prayers, en la lengua vernácula, por el cual, en forma de peticiones correctamente redactadas, los pensamientos del pueblo fuesen encaminados por los canales correctos de la política y la teología. Principalmente se quería inculcar a todos que el Rey era la suprema cabeza de la Iglesia de Inglaterra. No debía mencionarse al Papa, a no ser con insultos y menosprecio. El Bidding Prayers fue un invento útil para acomodarse a los varios aspectos de la vida contemporánea; pero la razón de su introducción y la esencia de su utilidad fue su énfasis en la supremacía religiosa del Rey.
Cranmer, aunque abolió las oraciones que entonces se usaban, conservó y puso todavía mayor énfasis sobre este punto, al poner la oración por el Rey y el Estado (del cual la Iglesia es tan sólo una parte), en lugar del Te igitur, por el Papa y por la Iglesia. Es interesante notar que la reciente inclusión del Bidding Prayers en la nueva Misa puede —al menos en Iglaterra— tener el mismo efecto. Así la primera petición pudiera ser por la Reina y la Real Familia, que, por su lugar en la Misa, toma la precedencia, en tiempo, sobre el mismo Papa.
Así, "la Oración por la Iglesia Militante" con su omisión a toda referencia a los oblaciones, de Nuestra Señora, de los Santos y del Papa y de toda la Iglesia Católica, extendida por el mundo, y la inclusión de la Erastiana Cabeza del Estado y la Iglesia, prepara el camino para la consagración de los elementos.

LA ORACION DE LA CONSAGRACION.
En el libro de 1549, Cranmer había prolongado las Palabras de la Institución de esta manera: "Escuchadnos oh clementísimo Padre, nosotros os Pedimos; y, con el Espíritu Santo y el Verbo, concedednos el bendecir y santificar estos dones y criaturas del pan y del vino, para que sean para nosotros el cuerpo y la sangre de tu amado Hijo, Jesucristo".
Esa fórmula fue atacada, porque podía ser capaz de ser usada, para obtener una verdadera transubstanciación. A esta objeción respondió Cranmer con suma indignación: "Nosotros no pedimos en modo alguno que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino que, en nosotros, el santo misterio haga como si así fuese; es decir, que nosotros recibamos dignamente ese pan y ese vino, para poder ser participantes del Cuerpo y la Sangre de Cristo, y así, en espíritu y en verdad, seamos alimentados espiritualmente". (Cranmer: Works (edición Jenkyns) III, 146).
Sin embargo, aunque esta fórmula expresaba con exactitud el sentido del rito, según el pensamiento de Zwinglio—esto es, la continua rememoración mental de la Pasión y Muerte de Cristo-— lo que significa "el comer su carne y el beber su sangre" y el ofrecer nuestras almas y cuerpos a Crsito, lo que constituye el único "sacrificio"— Cranmer decidió quitar toda posibilidad de una falsa interpretación, en sentido papista, en el Segundo Libro, por él publicado.
Pero, antes de estudiar este segundo libro, debemos hacer una digresión sobre el primero.
Es verdad que la palabra "nobis" existe en la oración "Quam oblationem" del Canon Romano: "Te pedimos, oh Dios, que esta oblación sea en todo bendecida, dedicada, confirmada... para que se convierta, para nosotros, en el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo dilectísimo, Nuestro Señor Jesucristo". Pero aquí el sentido es inequívoco, porque la transubstanciación ha sido preparada por las magníficas plegarias "Te igitur", "Memento, Domine" y "Hanc igitur", en las que "los santos, inmaculados dones sacrifícales" son descritos en términos apropiados, para que sean cambiados, real y verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, de los cuales nosotros indignamente somos beneficiarios. La omisión de Cranmer de estas referencias y de las plegarias sobre la oblación son las que justifican la defensa que él hacía de sus ritos, cuya fórmula no podía, en modo alguno, ser confundida con la doctrina de la transubstanciación. Para Cranmer, pues, ese "nobis" únicamente significaba "para nosotros", en nuestras mentes, no objetivamente.
La Anáfora II del "Novus Ordo Missae", impuesta ahora en la Iglesia Católica, sigue micrométricamente el pensamiento de Cranmer. No hay preparación alguna para la consagración. Después del Benedictus, el celebrante tan sólo dice: "Santo eres, en verdad, Señor, fuente de toda santidad. Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo Nuestro Señor". En el Canon Romano es imposible entender ese "nobis", en el sentido que Cranmer le da; pero, en la Anáfora II, es casi imposible darle otro sentido distinto que el de Cranmer. Y, lo que es todavía peor, según la Instrucción del Consilium, este Canon, esta Anáfora II debería ser la ordinaria; y, todavía más debería ser utilizada en la instrucción catequística de los jóvenes y de los niños, en su carácter de oración eucarística.
En julio de 1968, sabiendo que muchos, que conocían el trabajo de Cranmer, estaban seriamente preocupados por la posibilidad de que la Anáfora II fuese usada y parafraseada con el porpósito de una inadmisible unidad con los protestantes —ya que esta Anáfora puede, sin duda, alguna, servir para negar la transubstanciación—. Yo escribí en el Catholic Herald, una súplica a la Jerarquía inglesa (que conoce tan bien como yo el caso de Cranmer), a fin de que pidiese al Consilium, como una evidencia de su buena fe, el suprimir el "nobis". No se atendió a mi súplica; pero debemos recordar que la Reforma en Inglaterra se llevó a cabó por la apostasís de todos los obispos ingleses, con excepción de uno, San Juan Fisher.
Volviendo a la fórmula consecratoria de Cranmer, debemos decir que no es posible darle una falsa interpretación o encontrar en ella una ambigüedad. En la versión de 1552, dice: "Escuchadnos, oh misericordioso Padre, nosotros Os pedimos; y concedednos que al recibir estas criaturas del pan y del vino, según la santa institución de Vuestro Hijo, nuestro Salvador Jesucristo, en memoria de su muerte y pasión, seamos participantes del benditísimo Cuerpo y Sangre".
Con la omisión de "con Vuestro Santo Espíritu y con el Verbo, bendecir y santificar estos vuestros dones y criaturas del pan y del vino, para que sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de Vuestro amadísimo Hijo Jesucristo", Cranmer destruye toda implicación de que el don del Cuerpo y de la Sangre esté unido con el pan y el vino, y de que la palabra "santificar" significa, en cierto modo, la santidad.
La Oración de la Consagración de 1552 empieza: "Dios Todopoderoso, nuestro Padre Celestial, que por vuestra tierna clemencia, nos habéis dado a Vuestro único Hijo Jesucristo, para que sufriese en la Cruz la muerte para redención nuestra, quien hizo allí (por su única oblación de sí mismo una sola vez ofrecida) un completo, perfecto y suficiente sacrificio, oblación y satisfacción por los pecados de todo el mundo y que instituyó y en su Sagrado Evangelio nos mandó continuar una perpetua memoria de esa preciosa muerte hasta que él venga de nuevo".
Gregory Dix llama nuestra atención sobre "el énfasis indiscutible de las palabras: 'por su única oblación de sí mismo, una sola vez ofrecida, un completo, perfecto y suficiente sacrificio, oblación y satisfacción por los pecados de todo el mundo', hace mucho tiempo, (dos mil años), realizada en el Calvario. Así la Eucaristía queda relegada a 'uri perpetuo memorial' —palabra escogida con mucha inteligencia— 'de su preciosa muerte hasta que El venga de nuevo', en donde, una vez más, (no en las palabras de San Pablo) se hace énfasis en que la pasión es cosa del pasado y la nueva venida de Cristo en el futuro, no es en la Eucaristía" (Dix op. cit. p. 664). 
 
LA ORACION DE LA OBLACION.
La oración de la Oblación, que se dice inmediatamente después de la comunión del pueblo, en la liturgia de Cranmer, dice así: "Oh Señor y Padre Celestial, nosotros, vuestros humildes siervos, de corazón deseamos que Vuestra paternal bondad acepte misericordiosamente este nuevo humilde sacrificio de alabanza y de acción de gracias. Y, con una gran humildad Os pedimos nos concedáis que, por los méritos y la muerte de Vuestro Hijo, Jesucristo, y por la fe en su sangre, nosotros y todos los miembros de la Iglesia universal podamos obtener la remisión de nuestros pecados y todos los otros beneficios de su pasión. Y aquí nos ofrecemos a Vos, oh Señor; nuestras almas y nuestros cuerpos, como razonable, santo y viviente sacrificio a Vuestra gloria. Humildemente también pedimos que todos nosotros, los que hemos participado en esta santa comunión, seamos llenos de Vuestra gracia y de Vuestras celestiales bendiciones. Y, aunque seamos indignos, por nuestros múltiples pecados, de ofreceros ningún sacrificio, sin embargo, Os pedimos aceptéis este nuestro deber cumplido y nuestro servicio, no en consideración a nuestros méritos, sino perdonando nuestras ofensas, por Jesucristo nuestro Señor, por quien y con quien, en unidad del Espíritu Santo, Os sea dado todo honor y toda gloria, en un mundo sin fin, oh Padre Todopoderoso. Amén".
Podemos observar que Cranmer establece aquí, sin duda, su nueva interpretación del rito, y las tres menciones de la palabra "sacrificio" sólo sirven para aumentar la confusión de los que oyendo esta oración, en la lengua vernácula, están así inclinados a admitir que la nueva Misa es una continuidad de la vieja.
El concepto católico era que Cristo se ofreció a Sí mismo, en perfecta oblación, a su Eterno Padre y que la Iglesia militante sobre la tierra, como su Cuerpo místico, participa por la Eucaristía en este acto eternamente sacerdotal de Cristo. Cranmer sustituyó deliberadamente esta verdad católica con la idea de que somos nosotros los que nos ofrecemos a Dios, en cuerpo y alma.
También las palabras: "por quien y con quien, en la unidad del Espíritu Santo Os sea dado todo honor y gloria, oh Padre Omnipotente, en un mundo sin fin. Amén", están dichas para dar la impresión de la doxología más grande en la liutrgia, pero totalmente diferente, en su significado, en la liturgia de Cranmer: "Per ipsum et cum ipso et ¡n ipso, est tibi, Deo Patri Omnipo-íenfi, ¡n unítate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria, per omnia saecula saecolorum". Aquí, las cinco señales de la Cruz, que el sacerdote hacía, seguidas de la elevación del pan y del vino consagrados, todo con un gesto y sentido de ofrecimiento (una reminiscencia de la antigua ceremonia en la cual el celebrante levantaba el Pan consagrado y el diácono el gran Cáliz y tocaban uno con otro) era la señal externa y visible del ofrecimiento del Sacrificio acepto a Dios. Esa elevación, en esta parte de la Misa de San Pío V, con las palabras omnis honor et gloria, hace que el simbolismo del lenguaje y de la acción se fucionen en uno, para convertirse en una litúrgica lección sobre el significado de la Misa.
Cranmer prohibió esas cruces y la elevación, pero conservó una aproximación en las palabras, que ahora significan algo muy diferente, para dar la impresión de la continuidad.
Así el nuevo rito fue elaborado para dar cuerpo a la creencia de la justificación por la fe sola, una creencia, en la que los sacramentos no podían ya ser admitidos en el sentido, que siempre habían tenido.

LA JUSTIFICACION Y LA MISA TRIDENTINA.
La principal cuestión, que el Concilio de Trento tuvo que definir, como el problema básico de todos los asuntos en él tratados, fue, a no dudarlo, el problema de la justificación. Muchos olvidan, con frecuencia que el Concilio fue convocado para reconciliar, a ser posible, las diferencias entre católicos y protestantes; pero, después de los intensos debates, que por diez y ocho años se prolongaron, los teólogos católicos tuvieron que reconocer que esas diferencias, en el terreno dogmático, eran sencillamente irreconciliables. Hay un abismo infranqueable entre la doctrina católica, fundada en la Sagrada Escritura y la Tradición ("Estote autem factores verbi et non auditores tantum, fallentes vosmetipsos", sed cumplidores de la palabra de la fe y no solamente oyentes, engañándoos a vosotros mismos. La fe sin las obras es una fe muerta) y la doctrina de Lutero que sostenía que sólo la fe es necesaria para la salvación.
En Trento, la definición fue promulgada en 1547: "Si alguno dijere que el impío es justificado por la fe sola, de tal manera que no se necesite otra cosa, que pueda cooperar a alcanzar la gracia de la justificación, y que, en manera alguna sea necesario que el hombre sea preparado y dispuesto por la moción de su voluntad, que sea anatema".
Al fin el Concilio de Trento, durante el cual, todos los protestantes, como Cranmer, hicieron nuevos ritos, nuevas liturgias, para dar cuerpo a la herejía, la gran necesidad católica se manifestó, sobre todo, en la conservación de la unidad, para cerrar las filas contra las nuevas desviaciones. La antigua liturgia, con el mismo lenguaje en todas partes, era, en estas circunstancias, un valioso instrumento, que no podía perderse. Como consecuencia de este vino el MISAL ROMANO, codificado por San Pío V, e impuesto a todas las Iglesias de rito latino, en comunión con Roma, por un imprecedente acto legislativo de la autoridad central. 
Esta Misa tridentina fue promulgada por San Pío V, en su documento "Quo Primum", el 19 de julio de 1570. El Papa ordenaba que "por este nuestro decreto, que debe ser válido o perpetuidad, determinemos y mandamos que nunca se le pueda añadir nada, ni cambiar, ni omitir cosa alguna a este Misal". Para obligar a la posteridad añade: "en ninguna ocasión, en el futuro, puede un sacerdote, ya secular, ya regular, ser obligado a usar otro Misal para decir la Misa. Y así, para impedir, una vez por todas, cualquier escrúpulo de conciencia o cualquier temor a las penas eclesiásticas y censuras, declaramos desde ahora que, en virtud de NUESTRA AUTORIDAD APOSTOLICA, decretamos y determinamos que esta nuestra presente disposición o decreto ha de tener valor a perpetuidad, y no puede nunca ser legítimamente revocado o enmendado en una fecha futura" .
Como este decreto fue ordenado tres siglos antes de la definición de la infalibilidad pontificia, tal vez sea difícil determinar hasta dónde sea obligatorio, aunque la expresión "en virtud de nuestra autoridad apostólica" sugiere una razonable rigidez. Y ciertamente dió a este su decreto una inmutabilidad intocable, por las palabras que añade luego: "y si alguno se atreviere, a pesar de lo dicho, a atender con una acción contraria esta nuestra Orden, dada para todos los tiempos, sepa que incurrirá en la ira de Dios Todopoderoso y de los Santos Apóstoles, Pedro y Pablo".

NOTA DEL TRADUCTOR MEXICANO.—Aunque la infalibilidad pontificia fue definida en el Concilio Vaticano I, siglos después de este decreto de San Pío V, creemos que esta no es razón alguna para negar a este su documento un valor dogmático y definitivo. La definición vaticana no vino a conceder al Romano Pontífice el privilegio de la infalibilidad didáctica, que Jesucristo mismo le había dado. Vino tan sólo a decirnos que esa verdad está en el Depósito de la Divina Revelación y que por lo tanto, nadie puede negarla, sin perder la verdadera fe y poner en peligro gravísimo su eterna salvación. El Papa, cualquier Papa, antes o después de la definición vaticana, es infalible, cuando se cumplen las condiciones señaladas por el Concilio. La gravedad de las expresiones de San Pío V, las relaciones esenciales que con el dogma católico tiene el Santo Sacrificio de la Misa, y las heréticas pretensiones de los protestantes al mudar las estructuras fundamentales de la liturgia católica, nos hacen ver que ese documento del Papa de la Contra-Reforma gozaba del privilegio de la infalibilidad didáctica. No debemos olvidar que el problema planteado es el corazón de la religión católica.
Son estas prohibiciones y censuras de San Pío V, la que ha hecho a un lado Paulo VI, en su Constitución Apostólica "Missale Romanum" del 3 de abril de 1969, decretando la nueva Misa: "Deseamos que estos nuestros decretos y prescripciones sean firmes y efectivas ahora y en el futuro, no obstante —cuanto sea necesario— las constituciones apostólicas y los mandatos de nuestros predecesores".
La Misa Tridentina, ordenada como una permanente defensa contra la herejía debe de ser abandonada, para sustituirla por una nueva forma, que parece ser del todo compatible con las herejías de Cranmer y sus asociados. Muchos somos los católicos que nos preguntamos aterrados: ¿POR QUÉ?
Londres, Fiesta de San Pedro, 1969.