Vistas de página en total

lunes, 29 de octubre de 2012

CONFIDENCIAS

A ti sola, porque eres muy buena, 
porque eres mi hermana 
y te duelen las penas ocultas 
que llevo en mi alma: 
yo te voy a contar lo que sufro 
en las horas oscuras y largas 
en que llora mi pecho sus penas 
y en que bebo yo solo mis lágrimas.

Pero antes, permite 
que, aunque veas en mi pecho mil lágrimas
y el reguero de sangre 
con que marco al andar, mis pisadas, 
y la gruesa corona de espinas 
clavada muy hondo en mis sienes; 
aunque todo eso veas, ni media palabra 
dirás, de las penas y angustias, y luto 
que llevo en mi alma.

 tí sola, porque eres muy buena,
 porque eres mi hermana, 
por eso te cuento 
mis penas amargas.

Yo no sé lo que tiene mi vida, 
no sé qué me pasa:
Todavía no han regado en mi frente 
su hielo las canas, 
todavía no se encorva 
buscando un asilo en la tierra, mi espalda; 
todavía el corazón en el pecho 
resuena potente como una campana: 
¡Hay lava en mis venas, hay luz en mis ojos, 
hay alma en mi pecho, hay fuego en mi alma! 
Y, a pesar de que no soy tan viejo,
si víeras hermana, 
si vieras que triste se me hace la vida!
Y no creas que alimento esperanzas
que son imposibles... 
¡Bien saben los cielos que nada 
de cuanto en el mundo pretenden los hombres
anhela mi alma;
Bien saben los cielos que todos mis sueños 
quedaron envueltos en una mortaja..
Bien saben los cielos, que rotas
saltaron de mi arpa 
las cuerdas que amores mundanos cantaban!...
Y no creas que tiemblo cobarde 
al pensar en la tierra sagrada
que me espera, abiertos los brazos,
y en donde mañana 
dormiré silencioso aquel sueño
que a muchos espanta... 
No!, yo miro a la muerte, como una
tranquila posada 
en donde las almas se sienten ya libres, 
y en donde los cuerpos cansados, descansan.

No creas que yo temo las recias tormentas:
los rayos me encantan: 
las nubes plomizas que pasan rugiendo 
y vomitan ardiente metralla,
me causan envidia: 
y quisiera volar con sus alas... 
y el furioso tronar de sus rayos, 
me parece la orquesta sublime 
que el cantar de mi pecho acompaña...

Las tormentas que a otros asustan,
las furiosas tormentas del alma, 
no han hallado un temblor en mi pecho 
ni arrancáronme nunca una lagrima!
Yo las amo, 
porque al roce brutal de sus alas 
y al crujir de sus roncas centellas,
nacieron en mi alma 
los sublimes anhelos que me hacen 
pensar en la Patria, 
cruzar la existencia 
abrazado a mi dulce esperanza, 
y reír cuando en medio del pecho 
el dolor sus puñales me clava...

Por eso yo os amo, 
oh furiosas tormentas del alma!!
Es muy cierto, también, que hace mucho,
se cubrió mi camino de escarcha, 
cuando el soplo glacial de la muerte 
de mi padre apagó la mirada, 
y dejóme en el mundo muy solo...
Pero vieras, hermana: 
ni siquiera esa pena infinita
mis fuerzas acaba; 
Yo sé que mi padre me espera allá arriba, 
y que pronto vendrá aquel mañana 
en que estemos ya juntos; 
y tendré que escuchar sus palabras; 
y tendré que besarle la mano; 
su mano bendita que me acariciaba...
 y tendré que esconder en su pecho 
mi frente cansada!...

Es muy cierto, también, que, mil veces, 
por senderos extraños 
corrió enloquecida 
soñando quimeras, mi alma. 
Pero ya me postré ante mi Cristo, 
y me habló de perdón el Dios bueno 
con su frente de sangre bañada, 
con su pecho de amores herido, 
con sus brazos abiertos que aguardan, 
con el dulce mirar de sus ojos.
 con las bocas de todas sus llagas!...

Es verdad que si miran mis ojos 
a mi madrecita, enferma y anciana, 
sus mejillas surcadas de arrugas, 
como campo que araron las lágrimas; 
su frente serena de mártir, 
su cabeza muy blanca, muy blanca, 
sus ojos muy tristes, muy tiernos ¡de madre!
sus manos muy pálidas, 
y sus pasos, a veces inciertos... 
Cuando miro a mi madre tan santa!
se me llenan los ojos 
de lágrimas, 
al pensar en la noche tan negra 
que tendrá que envolver a mi alma
cuando ella se marche 
a abrazar a mi padre en la Patria... 
Pero aún soy feliz... ¡ella vive! 
Sus ojos me miran, sus labios me hablan 
sus manos me curan, 
su sombra me ampara; 
sus caricias de madre son mías 
como son de mis buenas hermanas... 
Cuando ellas y yo nos reunimos 
al calor de mi madre, en la casa, 
mis labios sonríen como sonrieron 
en los años de luz de mi infancia.

Por más que escudriño mis hondos secretos 
buscando la causa 
de la muda tristeza que envuelve mis días,
no puedo encontrarla. 
Y si pido cantares de gloria a mi pecho.
solloza mi arpa: 
y cada sonrisa me quema los labios 
cual si fuera un carbón hecho brasa, 
y las dichas más dulces del mundo 
me saben amargas.

Tú que sabes leer en el fondo 
sombrío de mi alma, 
pudieras decirme
dónde tienen su fuente mis lágrimas?
Alguien dijo a mi oído:
"Soñador, soñador, quieres alas 
para hendir el espacio azulado 
y llegar a la Patria!..." 
¿Es verdad lo que dicen, hermana?...

Mons. Vicente M. Camacho

EN LA ENCRUCIJADA

¿Conoces la leyenda del camino que conduce al reino de la felicidad?
En la espesura de una floresta había una amplia encrucijada de la cual partían varios caminos. Al comienzo de cada uno de ellos había una lápida con un letrero que aseguraba ser ese el único camino que conduciría al reino de la felicidad.
Sabíase sin embargo que todos, excepto uno terminaba en un laberinto, o en un pantano, donde el incauto pasajero perecía miserablemente.
A lo largo del camino se presentaban otras encrucijadas menores, pero no menos insidiosas, porque la dirección que había que escoger era muchas veces un sendero casi imperceptible.
Solamente los que daban con la verdadera dirección llegaban a la meta y después podían regresar para ser guías de quienes confiaran en su experiencia.
El viaje de que habla la leyenda es el viaje de la vida.
La primera encrucijada es la edad a la que has llegado tú, jovencita, edad en la cual buscas el camino que te ha de conducir al reino de la felicidad.
¿Pero, cuál será para ti ese camino?
¿Deberás formar una familia en la condición social en que te encuentras?
¿Deberás preferir el estado virginal en el mundo?
¿O consagrarte por entero a Dios en la vida religiosa?
Una equivocación en esta elección podría ser fatal.
Es pues conveniente que hagas como el que teniendo que ir a algún país lejano, para llegar a buen fin, se vuelve a quien ya es experto y puede guiarlo.
 
¿Quieres en conciencia, plantear el problema de tu porvenir?
Aconséjate con Dios mediante la oración confiada y perseverante. Oración que llegue al trono de Dios, dador de todas las luces, por medio de la Sma. Virgen, medianera de todas las gracias.
Pide consejo a tu director espiritual. A él manifiéstate tal como eres, con tus inclinaciones, tus costumbres y tus debilidades... y escucha con serenidad su juicio. El sacerdote, en las funciones de su ministerio, tiene luces particulares y sus palabras son la garantía de la voluntad divina.
Aconséjate contigo misma, es decir, reflexiona, explora tu alma, tu corazón, tus gustos, repugnancias, aptitudes físicas y morales. Hazte a menudo esta pregunta: ¿Qué aconsejaría a una amiga que se encontrara en mi caso?
En punto de muerte: ¿Qué preferiría haber sido en vida?
Evita la ansiosa preocupación de los nerviosos, como también la indiferencia de los apáticos. No te abandones a la aventura, ni confies demasiado en ti misma, sino espera serenamente, con el alma siempre pronta a vibrar al toque del llamado divino.
Sólo así podrás apartarte del camino errado que podría hacerte llorar amargamente todos los días de tu vida.

La Esperanza

El hombre vive de esperanza casi tanto como de pan; es preciso este alimento para su pobre corazón ávido de infinito.
En efecto, no hay nadie aquí en la tierra que no espere algo. El escritor y el artista sueñan con la fama y la gloria; el funcionario y el soldado, con los ascensos indefinidos; el comerciante, con la fortuna; el obrero sueña con el descanso, y aquel cuyo destino parece fijo y sin mutación, sueña al menos una larga y apacible vejez.
Así, todos los hombres ocultan en lo más profundo de su ser una fuente inagotable de aspiraciones; todos los hombres se dirigen hacia un fin misterioso que los halaga y los atrae, quimera o realidad, todos se echan en brazos de la esperanza.
Y tú, hijo mío, ¿qué es lo que esperas? Puedes esperar todos los bienes legítimos y sólidos que la tierra promete a sus hijos; pero no te detengas en esas ambiciones.
Cristiano, tú no estás hecho sólo para esta tierra en que todas las esperanzas son burladas; eleva tus miradas hacia horizontes más altos y entrega tu corazón a la esperanza de la inmortalidad. Esta santa esperanza santificará los sueños que pueblan el ancho espacio que tu juventud percibe delante de ella, y es la que te dará también, en medio de los disgustos y abatimientos de la tierra, el valor de vivir, de trabajar y de morir.
Sí, entrega tu corazón a la divina esperanza; ella te abrirá el inmenso campo de las gracias presentes y de la felicidad futura.
Espera en Dios: El es bueno, justo, no sabrá faltar a sus promesas y es el único cuyo amor es fiel.
Espera en Dios: es el Padre de las almas penitentes, es el refugio de las almas fatigadas, es la palma y la corona de las almas esforzadas.
No detengas tu mirada en las cosas de la tierra; desprecia las satisfacciones vulgares mundanales: riquezas, honores y placeres, todo es frívolo y caduco en este mundo. Espera en Dios y déjate guiar por la Esperanza; ella conoce el camino del cielo y te conducirá a él.
Valor, hijo mío bien pronto serás un ciudadano de la eternidad, un compañero feliz de los santos, un habitante del reino de la paz, de la luz y del amor; porque la muerte, desde lejanos horizontes de la vida, viene hacia nosotros, con la rapidez del águila y es la que nos libera.
Espera hasta aquí: la Esperanza te ayudará a soportar el peso de la vida, sostendrá tus pasos en esos duros senderos y marcharás más aprisa, porque la carga es menos pesadas en las espaldas del viajero cuando sus ojos entreven la meta hacia la cual se dirige, que será el término que ha deseado para todos los males.

sábado, 27 de octubre de 2012

NATURALEZA E IMPORTANCIA DE LA ETICA

Es corriente comenzar el estudio de la Etica por un análisis adecuado de su definición. De esta manera, se puede ser más precisos al tratar de la naturaleza y fin de dicha ciencia.

Definición de la Etica.
Antes de dar su definición real, conviene tener presente la etimología de la palabra «ética». La palabra «ética» se deriva de la forma griega «ethos», que significa «costumbre» o «práctica»; es decir, «una manera característica de obrar, un modo más o menos constante de comportarse por parte del hombre en sus acciones deliberadas». Con más propiedad podemos definir la Etica diciendo que es la ciencia que estudia la moralidad de los actos humanos a la luz de la razón natural. Es la ciencia que regula los actos humanos basándose en los principios naturales. En una palabra, la Etica nos enseña cómo debemos juzgar con acierto acerca de la moralidad de las acciones humanas.

Naturaleza de la Etica.
Para comprender lo mucho que encierra en sí el concepto de «ética», se requiere un análisis profundo de la definición dada. En primer lugar hemos dicho que la Etica es una ciencia. Entendemos por ciencia un conocimiento sistemático; es un cuerpo de conclusiones coordinadas, claramente establecidas, basadas en principios demostrados o evidencias. Toda ciencia está, por su misma naturaleza, limitada a un determinado campo del conocimiento humano. Su objeto es investigar el origen, naturaleza y fin de aquellas cosas que están comprendidas en el ambito de su esfera. La Etica se halla circunscrita en su objeto al campo de la verdad moral, y nos presenta de un modo sistemático una sólida base racional para juzgar de la bondad o malicia de las acciones humanas. Es, por consiguiente, una verdadera ciencia. Es, además, una ciencia natural. Esta afirmación se hace atendiendo a los medios de que se dispone en el estudio de esta ciencia en orden a establecer sus conclusiones.
La Biología, la Química y las demás, que designamos generalmente con el nombre de «ciencia», son ciencias naturales en un doble sentido. 
Estas ciencias utilizan medios puramente naturales o humanos para llegar a sus conclusiones, y en su mayor parte tocan asuntos concernientes al mundo de la naturaleza física. Por otra parte, la Teología es una ciencia sobrenatural. Sus conclusiones hacen una referencia particular a la vida sobrenatural del hombre y se basan sobre la palabra revelada de Dios.
La Etica, en cambio, es una ciencia natural en cuanto que se sirve de medios puramente humanos —la razón humana— para llegar a sus coclusiones. No se basa ni en la revelación divina, ni en las enseñanzas de Cristo, transmitidas por la tradición de la Iglesia infalible. La Etica es una rama de la filosofía, una ciencia que deduce sus concluciones mediante el uso debido de la razón dejada a sí misma. 
Bien sabido es que las enseñanzas infalibles de la Iglesia de Cristo son de un valor indirecto para el estudio de la Etica. Tales enseñanzas sirven de guía excelente y de comprobación constante para la rectitud de nuestros procedimientos racionales. Pero, en sí misma considerada, la Etica depende solamente de la capacidad natural que la razón humana posee para especificar la moralidad de cada una de nuestras acciones. Por esta razón, la Etica puede ser considerada como una ciencia puramente natural.
Es también la Etica una ciencia práctica y directiva. Aunque estas dos cualidades sean de alguna manera comunes a todas las ciencias, en la Etica tienen un sentido particular. Algunas ciencias son de carácter especulativo; otras, como la Física, Química, etc., tienen una finalidad eminentemente práctica. Pero la Etica es ciencia práctica en el más auténtico sentido de la palabra. De las otras ciencias prácticas se puede prescindir en la vida, no así de la ciencia Etica. Hay múltiples actividades humanas que se desentienden de esas otras ciencias prácticas, no siendo, por tanto, necesario su uso. Las verdades y normas éticas, una vez conocidas, obligan moralmente al hombre a aceptarlas y ponerlas en práctica; dichas normas deben ser como un molde en que se vacíe la vida humana. En una palabra, las otras ciencias son prácticas, porque pueden llevarse a la práctica; la Etica lo es, porque a sus principios debe ajustarse toda una vida.
 De todo lo expuesto se deduce claramente que la Etica está en intima relación con la acción moral. Sin embargo, una rápida ojeada a la mayor parte de las obras escritas sobre Etica y Medicina para enfermeras, nos revela que tales obras no están escritas teniendo en cuenta su relación con los principios morales, ya que se trata más bien de lo que podría denominarse «manual de educación para enfermeras». Materias tales como, por ejemplo, tacto, buenos modales, desarrollo de la personalidad y otros tópicos semejantes, llenan la mayor parte de estos libros. Es cierto que estas cualidades han de entrar a formar parte del carácter especifico de todo profesional en Medicina, y se debe procurar que reciban una educación que nada deje que desear en esta materia. Pero no olvidemos que las normas de la Etica constituyen algo fundamental y necesario para poder conducirse rectamente en la solución de los difíciles y a la vez realísimos problemas morales que se han de encontrar a cada paso.

División de la Etica.
Suele dividirse la Etica en dos partes: Etica general y Etica especial. La Etica general es el curso base de la ciencia ética. Así como la Física, Química y Biología general les proporcionan los principios fundamentales en que estriban los tratados específicos de esas mismas ciencias, así también la Etica general establece los principios de la ciencia moral. La Etica especial puede ser considerada como una aplicación de los principios de la Etica general a la solución de los problemas morales que se presentan en instituciones o profesiones particulares. Así la Etica del Estado, de la familia, de la Medicina, son como ramas especiales de la ciencia ética. En estas ramificaciones de la Etica general los principios morales básicos son aplicados a la solución de los problemas del Estado, de la familia y de la profesión médica. La Etica de la profesión médica, por consiguiente, es una forma de la Etica especial. Se reduce a la aplicación de los principios generales de la moral a los problemas de dicha profesión.

Suposiciones en la Etica.
No hay dificultad alguna en admitir que pueda tener lugar un curso de Etica presuponiendo ciertas verdades básicas, aceptadas por el estudiante que se entrega a la investigación de esta ciencia moral.
Este modo de proceder no implica en absoluto que tales verdades básicas no admitan en rigor una demostración. La Etica acepta tales verdades de otras ciencias en que se hallan sólidamente demostradas. No de otra manera sucede en las demás ciencias. A ninguna otra le sería posible  intentar la demostración de todas las verdades que debe utilizar sus propias investigaciones. Así, por ejemplo, la Física admíte legitimamente como válidas una serie de verdades demostradas en las matematicas; de la misma manera la Medicina acepta otras comprobadas por la Biología o la Química. Cada una de las ciencias tiene que demostrar sus propias conclusiones y todas ellas lo hacen sirviéndose de principios establecidos en otras ciencias. Rehusar a alguna ciencia del derecho a utilizar verdades demostradas por otras, sería perjudicial para el progreso en todos los ramos del saber.
Así, pues, no hay inconveniente en que la Etica presuponga algunas verdades básicas tomadas de otras ciencias.
Las ramas principales de la Filosofía: Epistemología, Teología natural y Psicología racional, son las fuentes principales de donde la Etica recoge las verdades fundamentales que ha de utilizar.
La Epistemología defiende la capacidad de la razón humana como instrumento de adquisición de la ciencia. Todas las ciencias suponen necesarimente que el entendimiento humano, si se usa rectamente, conduce al hombre a la verdad. De lo contrario, toda ciencia resultaría un verdadero imposible. Se caería en un perfecto escepticismo. Así lo reconoce la Etica, y, en consecuencia, acepta dicha verdad.
La teología natural establece la existencia de un Ser Supremo, perfectisimo, creador de todo el universo. Este Dios justo y misericordioso ha de ser el Juez último y supremo de la vida del hombre. La Etica la supone como base y fundamento de toda exposición en el orden moral. 
La Psicología racional se ocupa principalmente de la existencia, naturaleza y destino de la vida humana. En ella se enseña que el alma del hombre es inmortal y dotada de dos facultades espirituales: entendimiento y voluntad. Mediante el entendimiento, el hombre es capaz de conocer la verdad; mediante la voluntad, puede elegir entre el bien y el mal que le han sido presentados por el entendimiento. Esto lo acepta la Etica considerándolo como el verdadero campo sobre el que se extiende la ciencia de la moralidad.
Todas las ciencias reconocen algunas verdades como evidentes por si mismas, de manera que no tienen necesidad de demostración. Así, por ejemplo, la Geometría admite sin más que el todo es mayor que cada una de las partes e igual a la suma de todas ellas. De la misma manera la Etica considera como evidente el principio «se debe obrar el bien y evitar el mal».
Por las ciencias previamente citadas sabemos que el hombre ha sido creado por Dios con una finalidad específica, y que ciertos actos son "buenos" porque conducen al hombre a su último fin, y, en cambio, otros se denominan «malos» porque le apartan de él. Supuesto, pues, que el hombre es una creatura de Dios, debe sin duda ninguna esforzarse por conseguir el fin para el que ha sido creado; y como esto no lo ha de conseguir sino mediante los actos denominados buenos, de ahi que el hombre este obligado a «obrar el bien y evitar el mal».
Pues bien: la Etica se propone determinar la bondad moral o malicia de los actos humanos, debiendo el hombre atenerse a sus conclusiones si quiere conseguir el fin para que ha sido creado.
La exposición precedente acerca de la naturaleza de la Etica debe entenderse sin que se dé lugar a falsas interpretaciones. No restringiremos el tratado de la ciencia moral, aplicada a la Medicina, al campo puramente etico y natural. Hemos entrado en detalles porque toda exposición de una ciencia moral debe tener siempre, aunque no exclusivamente, una base racional.
Dios ha levantado al hombre a un nivel más alto, destinándole a un fin sobrenatural, proporcionándole abundantes gracias para conseguirlo y revelándole un sin número de verdades de una importancia vital.
De ahí que los ideales de médicos y enfermeras cristianos deben moldearse atendiendo a la palabra revelada de Dios y a las enseñanzas de la Iglesia de Cristo, así como también a los dictámenes de la razón. Por consiguiente, en esta obra tendremos en cuenta ambas fuentes de moralidad. Prácticamente todas o casi todas las conclusiones morales aducidas en este libro, excepción hecha de lo relativo a la parte sacramentaria, son expresión de la ley natural, por la que todos los hombres están ligados.

Importancia de la Etica.
Los que se hallan familiarizados con los problemas sociales de los tiempos presentes están plenamente convencidos de que la revelación de los principios éticos es absolutamente necesaria en la actualidad. La relación entre los problemas sociales y los principios éticos es doble. Por una parte, la universal violación de los principios es la causa común de muchos problemas sociales. Por otra, la misma realidad de los problemas sociales origina en el hombre una creciente tendencia a burlarse de los ideales éticos.
El profesional en Medicina ha de sentir íntimamente, como un deber propio, el hacer todo lo posible para remediar una situación tan lamentable, y como católico profesa una especie de preocupación por el bienestar del hombre. Pero en esta profesión no se ha de atender tan sólo al bienestar físico de los pacientes, sino también a lo que hay de mas alto, más noble y más importante en el hombre: su alma inmortal. El médico o enfermera católicos no deben considerar su profesión desde un punto de vista puramente material. Nunca deben olvidar que son miembros de la Iglesia de Cristo, y que participan de una ciencia y de unas gracias que no poseen los que carecen del don de la fe. Estas gracias y bendiciones los ayudan en su noble trabajo y le facilitan el acercamiento al paciente, en quien ellos ven la imagen del Salvador de todos los hombres.

Importancia de la Etica para el médico y la enfermera.
En algunos aspectos la Etica es la materia más importante en el "curriculum" que completa la formación de un profesional en Medicina. Los sanos y seguros principios éticos son absolutamente necesarios y esenciales para un buen carácter, y un buen carácter es de tal importancia en esta profesión, que ninguna otra cosa puede sustituirlo. Una conducta intachable en las innumerables situaciones y casos de la vida cotidiana puede esperarse solamente de quien se ha formado un carácter moral sano y seguro a toda prueba. Ahora bien, es evidente que tal carácter sólo puede dimanar de la comprensión exacta y de la aplicación constante de una norma adecuada de moralidad. 
De lo dicho se colige que la Etica no puede ser considerada como algo meramente especulativo; es algo esencialmente práctico, tan necesariamente práctico, que la falta de los principios éticos disminuye, si es que no anula totalmente, el valor y la importancia del trabajo del profesional en Medicina.
Bien puede decirse que entre todas las profesiones que puede elegir hoy en día un estudiante, ninguna se aproxima siquiera a la Medicina en lo que a dificultades de orden moral se refiere. La misma vida individual está constantemente en manos de médicos y enfermeras. Ellos Introducen la vida en el mundo en medio de muchos peligros; en otros casos preservan las vidas amenazadas por males incontables. Ellos son también los testigos en los últimos momentos en que los hombres abandonan para siempre este mundo.
Quien se halla tan constantemente en contacto con las más importantes y sagradas realidades de la vida, debe estar en condiciones de hacer frente a los más serios problemas morales. En tales casos sera en extremo ventajoso ser lo suficientemente discreto y humilde para buscar consejo en las mayores dificultades. Pero puede suceder que en otras ocasiones se haga necesaria la intervención inmediata. Es entonces cuando se deberá demostrar con los propios principios éticos que se posee un conocimiento claro de los principios vitales y la suficiente habilidad para llevarlo a la práctica. Así quedará realzada la eficiencia del propio trabajo y surgirá la consciencia de la paz con Dios y con los hombres.
La profesión médica representa algo más que un empleo cualquiera. No es ya una simple profesión y un modo de ganarse la vida. Para el que se esfuerza continuamente por orientar su trabajo cotidiano conforme a los nobles ideales éticos, su profesión se asemeja, en su objeto, a la vida de Cristo. En vez de cumplir deberes rutinarios, su vida se consagra por entero a obras de misericordia espirituales y corporales. En lugar de interesarse solamente por la salud física de sus pacientes, atendiendo a una remuneración material, lo hace tambien por su bien espiritual y movido por los más puros y nobles sentimientos. Y no es necesario hacer notar que un ideal muy noble caracteriza la obra social del médico, si ese ideal va encarnado en su vida personal. 

Importancia de la Etica para el enfermo.
Muchos de los pacientes confiados a los cuidados del médico o de la enfermera católicos, no habrán tenido jamás la oportunidad de recibir una educación moral adecuada. Otros, después de haberla recibido, se habrán alejado de los ideales de la vida moral. Los largos períodos de una enfermedad son muy a propósito para que el hombre reflexione sobre las verdades eternas. Las horas interminables de soledad le ofrecen una ocasión magnífica para pensar hasta en problemas que no han merecido su atención en el curso precipitado de una existencia llena de preocupaciones. Ningún otro tiempo es más propicio para hacerles presentes los ideales morales.
Téngase bien en cuenta que con esto no queremos decir que el médico o enfermera católicos han de proponerse, como objetivo principal de su trabajo, la reforma moral de sus pacientes. Obrando de esta manera se harían antipáticos a los mismos enfermos, desagradarian a las autoridades del hospital y no cumplirían con su profesión. Lo que sí afirmamos es que, si están dotados de un carácter espiritual y su trabajo se inspira en el amor cristiano, no puede menos que influir moralmente sobre las personas a ellos confiadas. El buen ejemplo es uno de los mejores maestros del hombre.
En muchos casos serán los mismos enfermos los que interrogarán sobre materias morales; entonces su ayuda será de un valor incalculable si poseen el caudal suficiente de doctrina moral y el celo necesario para comunicarla a las almas.
Una visión clara de los principios éticos habilitará al profesional en medicina para presentar a los enfermos una sólida filosofía cristiana del dolor. Esos desgraciados o mutilados de por vida, llegarán a conseguir incalculable firmeza de ánimo ante una perspectiva tan alentadora de la existencia humana. Y si frecuentemente tuviera lugar la tendencia a la desesperación, no sería pequeña empresa dar
a un desesperado de la vida razones suficientes para que desee seguir viendo.

Importancia de la Etica para la profesión.
El médico y la enfermera son miembros de una de las profesiones más nobles. Pero el valor de su prestación personal en bien de la comunidad humana está en relación directa con el trabajo de renuncia a sí mismos en favor de los demás. El respeto con que se mira a esta noble profesión en la sociedad depende de la conducta de cada uno de los que la representan. Es evidente que toda la actividad debe ser encauzada según, los sólidos ideales éticos. Pero podemos ir más lejos al afirmar que el descuido en vivir según estos ideales acarrearía a la larga la ruina de la profesión. La inobservancia de las leyes morales ha socavado los fundamentos de las naciones más poderosas, llevándolas a la ruina. La organización social más firme pierde a la vez su eficacia y el respeto de los hombres cuando ha hecho tabla rasa de los ideales éticos.
La profesión médica no es precisamente una excepción a esta regla. Nunca debe correrse el peligro de perder su eficiencia sobre los hombres o el profundo respeto que de ellos se merece. Ante la comunidad representa esta profesión nada menos que la piedra de toque de sus médicos y enfermeras. Estos, ya sean jóvenes o ancianos, llevan sobre sus hombros la responsabilidad del buen nombre de la profesión. La puesta en práctica de los rectos principios morales por una parte, y el ejemplo e inspiración que se seguirá para los demás miembros de la profesión, elevarán y preservarán el prestigio moral del conjunto.
La estima, que la mayoría del público tendrá de la profesión médica, dependerá con frecuencia de los ideales que pueda encontrar en aquellas personas que cuidan a los enfermos. Los médicos y enfermeras, que obran siempre en conformidad con los más sanos y profundos principios éticos, crearán necesariamente a su alrededor el respeto y la apreciación hacia la profesión médica.
Sin duda los ideales cristianos son los más nobles y puros que pueden concebirse; nada de particular, puesto que la profesión médica se asemeja en sus objetivos a la misión del mismo Cristo. El amor a la Humanidad debe ser el verdadero espíritu que los anime. Las obras de misericordia espirituales y corporales han de constituir su ocupación principal. De ahí que ajustar su vida y su trabajo a las normas de moralidad es salir airosos en el ejercicio de su misión.

Problemas para la discusión
1.—El motivo principal que impulsa a muchos jóvenes a elegir la carrera de medicina es proporcionarse los medios adecuados de subsistencia. ¿Qué se ha de pensar acerca de este motivo puesto como base de la profesión? ¿Qué influencia podrá tener, si es que puede tener alguna, sobre la eficacia y valor de su trabajo? ¿Qué motivo o motivos le han impulsado a elegir esta profesión? ¿Qué motivos pueden proporcionar la seguridad más completa de ser feliz y de salir airoso en el cumplimiento del deber? ¿Conoce usted casos de médicos jóvenes o enfermeras que hayan fracasado a causa de los desaciertos que los indujeron a abrazar esta profesión?
2.—Echese una mirada sobre los índices de algunos textos de Etica para enfermeras. Rara vez se encontrarán cuestiones de índole estrictamente moral. El tacto, la higiene, la cortesía, el empleo del tiempo de la recreación, el modo de presentarse en público y otros temas por el estilo, constituyen lo esencial de estas obras. ¿Qué estima le merecen a usted tantos libros que se limitan a presentar a las enfermeras un simple manual de educación en lugar de proporcionarle un código moral adecuado?
3.—Compárense la razón y la Revelación como fuentes de los principios morales. ¿Cuáles habrían de ser las relaciones que debieran mediar entre la razón y la Revelación? ¿Qué afinidad existe entre la Revelación y la autoridad docente de la Iglesia? ¿Puede la razón proporcionar al hombre verdades morales que no se contengan formal y explícitamente en las fuentes de la Revelación? ¿Suministra la Revelación al hombre verdades morales que la pura razón no pueda alcanzar por sí sola, clara, fácil y prontamente?
4.—Hay estudiantes de Medicina que consideran su curso de Etica como un curso de religión; ¿es esto exacto?
5.—¿Cuál es la reputación de un hospital donde se observan las normas de moralidad?
6.—¿Qué influencia, si es que se da alguna, ejercen las normas éticas de la profesión médica sobre el bienestar de la comunidad?
7.—¿Puede decirse que son sinónimos «leyes morales» e «ideales morales» ?
R.P. Charles J. McFadden O.S.A.
ETICA Y MORAL 

Teología del apostolado, según San Vicente (I)

Vicente Ferrer es un apóstol. La definición teológica de apóstol, según nuestro Santo, será su más acabada definición. El carácter apostólico rige la vida y la obra de nuestro taumaturgo, el cual ha pasado a la posteridad personificado con esta formalidad especifica.
El apóstol es el producto del teólogo-sabio. La teología es su elemento genérico en la definición, y la sabiduría su elemento específico. Ambos conceptos corresponden adecuadamente a otra expresión vicentina que los esclarece un poco más: "Claridad de ciencia y santidad de vida". Sabiduría y santidad. Pero sabiduría teológica. El conocimiento de Dios —teología— sin el sabor de la devoción, propio de la sabiduría, no pasará de la categoría de ciencia, por más teología que sea. Y la sabiduría, o sea el conocimiento sápido de Dios, si no tiene la base científica, es decir, un conocimiento por las causas, no será teología. Por lo mismo, no será verdadero apóstol ni el teólogo con gran bagaje científico, pero sin la santidad, sin el conocimiento sápido; ni el sabio, el que tiene el conocimiento sápido, como puede ser cualquier fiel, que no posea la ciencia teológica. El apóstol será el resultado del maridaje perfecto entre la ciencia sápida y clara que descenderá al corazón y fructificará en una vida santa: ciencia sápida y santa vida.
Esta comunión entre la ciencia y la sabiduría tiene como acto propio, como propiedad esencial, sin la cual no se concibe, el desbordarse a los demás. "El teólogo debe esforzarse por conocer a Dios, y conociéndolo, amarlo —sabiduría teológica— y después hacer que los demás lo conozcan y lo amen, mediante la predicación y la enseñanza". Es, ni más ni menos, la función de la caridad integral, que ama a Dios por mismo y al prójimo por Dios; y si ama al prójimo por y para Dios, ha de darle a conocer y a amar al mismo Dios.
El teólogo-sabio, definido por su función específica, es el predicador. La plenitud contemplativa de lo divino, habida por el don de sabiduría, se desbordará para llevar a los demás al conocimiento y al amor de Dios. Y esta predicación revestirá caracteres muy singulares, como la de los apóstoles, los cuales marcharon por el mundo, de ciudad en ciudad, predicando el evangelio a todas las gentes (sabiduría apostólica). Esta peregrinación conllevará pruebas de fidelidad y amor de Dios hasta el sacrificio cruento o incruento, hasta el heroísmo (sabiduría angélica y heroica).
En esta segunda parte examinaremos por separado los elementos constitutivos del predicador considerado en sí mismo y visto a través de sus funciones; en términos de la Escuela diríamos: el predicador en acto primero y en acto segundo.
La predicación tiene que proceder de la abundancia de la contemplación. Esto supone un estado de vida mixta, en la que no pueden disgregarse sus dos elementos esenciales: contemplación y acción. Esta vida mixta es más completa que la sola contemplativa o la sola activa. San Vicente la encarna en la Orden de Predicadores, su propia Orden.
El primer elemento para la formación del predicador, que será siempre igual al apóstol, es el estudio, la contemplación. Es la sabiduría, la ciencia sápida. San Vicente utiliza estos dos términos, estudio y contemplación, indistintamente.
El segundo elemento es la santidad, la virtud, la sabiduría que deriva al corazón y fructifica en obras buenas. Estudiaremos estos dos elementos en sendos apartados.
Por último, el predicador en acto segundo, la predicación. Esta actuación debe ejecutar el mandamiento de Cristo a sus apóstoles: "Id por todo el mundo, predicando el evangelio a toda creatura".
Con estas notas características tiene diseñada San Vicente la figura del varón espiritual, del predicador, tal como él lo quería y tal como era él, sin saberlo. Así consta en el Proceso de canonización, del que espigaremos breves testimonios que cerrarán nuestra síntesis doctrinal sobre la teología vicentina del predicador. Una vez más, veremos que su pensamiento es la clave de su vida.

I.- Estados de vida

Tres grados o diferencias tiene en este mundo la práctica del servicio divino, según los diversos estados en que viven los hombres. Estos tres grados son tres caminos distintos por los que se llega a la bienaventuranza. La sagrada Escritura los enumera y los canoniza, y San Agustín los resume en esta frase lapidaria: "Hay tres géneros de vida: activa, ociosa y compuesta de ambas" (De Civitate Dei, 1, 19, C. 19). Vida activa, contemplativa y mixta. Los tres estados son buenos, pero entre ellos existe jerarquización.
San Vicente, basándose en esta frase agustiniana, describe los caracteres y la valoración teológica de cada una de estas tres formas o estados de perfección.

 1. Vida activa
Buen filósofo, nuestro Santo busca definir la vida activa por sus cuatro causas, para que su definición resulte completa, según los cánones de la buena lógica. Causa eficiente: Dios y nuestro libre albedrío; causa material: las obras de misericordia para con el prójimo; causa formal: es la que da la perfección; causa final: Dios. Se trata de Dios como fin de todas las cosas, fin sobrenatural al que deben ordenarse todas las obras de misericordia. Y de esta ordenación les vendrá la perfección, porque en las cosas morales la bondad o malicia viene del fin. Ordenación que, procedente del amor de Dios y no de vanagloria, será la verdadera causa formal. En las obras de misericordia, corporales o espirituales, se sirve más a Dios que al prójimo, ya que la única razón de ellas es Dios (Sermo in festo sancti Gregorii Papae).
Entre los dos géneros de obras de misericordia, son más valiosas las que se refieren al bien espiritual del prójimo, porque el alma es más noble que el cuerpo. De este modo, predicar la palabra de Dios, dar buenos consejos, corregir con dulzura y caridad a los que yerran, consolar al triste, soportar pacientemente las impertinencias..., perdonar las injurias a los enemigos por amor de Dios, orar por el prójimo, etc., obras de misericordia espirituales, exceden en mérito y en valor a las corporales, siempre que se dé paridad de circunstancias.
La predicación es, para San Vicente, una obra de misericordia para con el alma del prójimo, y corresponde a la vida activa. Tendremos ocasión de ver completo el catálogo de las obras de misericordia, espirituales y corporales, que ejerce el predicador.
Esta vida activa agrada a Dios, pues por ella consigue el hombre la bienaventuranza... Porque a quienes trabajan sirviendo a Dios en la vida activa, les corresponderá la quietud en la mesa del paraíso, que es la contemplación de la esencia divina.

2. Vida contemplativa
La vida contemplativa constituye el segundo grado del servicio que se hace por Dios en este mundo. Es más perfecta que la activa, y consiste en ocuparse sólo de Dios o de cosas espirituales ordenadas directamente a Dios. Lo material y lo formal en este nuevo género de vida dice orden directo a Dios. Así, por ejemplo, orar devotamente, con fervor de espíritu, de día y de noche; pensar en la gloria del paraíso; leer libros espirituales, a fin de penetrar más y más en el conocimiento de Dios; oír misa y sermones; pensar en la justicia divina reflejada en las penas del infierno; saborear la Providencia divina que tan armónicamente rige el mundo... Es el oficio que deseaba David, cuando decía: "Siervo tuyo soy; dame entendimiento, Señor, para conocer tus mandamientos" (Ps. 118, 125). Esto es, explica el autor, para contemplar, pues la contemplación es un acto del entendimiento (Sermo in festo sancti Gregorii Papae).
Es de mayor perfección que la vida activa, porque el premio que Dios concede al contemplativo es mayor que el que otorga al activo. El Santo encuentra una confirmación humana de esta doctrina pensando en lo que acontece en la corte de los soberanos. Aunque el activo haga más servicios materiales, con todo, tiene más mérito y es más honorífico servir de compañero o privado de la persona del rey o del papa. Los contemplativos sirven a Cristo como privados; los activos le sirven a más distancia. La Escritura así lo indica de modo alegórico, poniendo en boca de la Iglesia las siguientes palabras, dirigidas a Cristo: "Bienaventurados tus varones, que están siempre ante ti y escuchan tu sabiduría" (3 Reg. X, 8). "Bienaventurados tus varones", es decir, los virtuosos, los que poseen la virtud de una buena vida; los viciosos no pueden ser contemplativos... Y habla también de "los que están siempre ante ti", por la contemplación. Hay que notar que dice "siempre", y esto porque la vida activa termina con la muerte, mientras que la contemplativa continúa y se crece después de ella (
Sermo in festo sancti Gregorii Papae).
Es la vida que canonizó el Señor hablando de Santa María Magdalena, embelesada a los pies del Maestro, mientras Marta se afanaba por el servicio material del Huésped divino (Sermo 2 in festo Assumptionis B. M. V.) Es la vida que hacía la Virgen después que Jesucristo subió a los cielos.
Con todo, hay que tener en cuenta que la vida activa será el primer peldaño para ascender a la quietud de la contemplación (
Sermo in festo sancti Gregorii Papae). Y, a su vez, la contemplativa, más perfecta que la activa, será la última disposición para llegar a la vida mixta o prelativa, que es la más perfecta.

3. Vida mixta o prelativa
Es la más perfecta de las tres, porque armoniza y une en si la perfección de las otras dos. Porque es más perfecto arder e iluminar que hacer cualquier cosa de las dos por separado, como diría Santo Tomás. Porque asi como en el hombre el cuerpo es bueno y el alma es mejor, pero lo óptimo es el compuesto, el hombre, así también es buena la vida activa, y mejor la contemplativa; pero la óptima es la prelativa o mixta, dice San Vicente (Sermo in festo sancti Gregorii Papae).
Glosando unas palabras de San Gregorio, concluye nuestro Santo que el acto propio de esta vida mixta es la predicación, porque en ella se dan las obras de misericordia como una efusión de la contemplación. Dice San Gregorio, hablando del prelado: "El prelado sea el primero en la acción, y suspendido en la contemplación por encima de todos" (San Gregorius De cura past.). "El primero en la acción, pues la obra de la vida prelativa es la predicación, porque en ella se cumplen las obras de misericordia: los hambrientos se sacian con la palabra de Dios; los tristes beben la consolación; los desnudos se visten de virtudes; los enfermos por el pecado son visitados" (
Sermo in festo sancti Gregorii Papae). He aquí hermanadas íntimamente las notas especificas de las dos vidas antes descritas: obras de misericordia, espirituales y corporales, tan divinizadas, que trascienden todo lo humano y no pueden proceder sino del ardor de la más alta contemplación, de la unión más íntima con Dios.
Esta vida mixta la encarna en la Orden de Predicadores. En ella veremos las excelencias prácticas de la vida prelativa comparada con las demás.

4. La Orden de Predicadores
Nuestro autor contempla las excelencias de su Orden en un hermoso sermón predicado en la fiesta de Santo Domingo. La idea del predicador, teólogo-sabio, quedará personificada en el fundador de los predicadores, y será el ideal que propone al joven religioso a quien dirige su Tratado de la vida espiritual. En las páginas del mismo y en los sermones en que toca el tema de las formas de vida religiosa se advierte un sabor netamente dominicano, de robusta espiritualidad, rector y orientador de las almas a través del prisma del ideal de la Orden. ¡Con qué acentos tan cariñosos hablará de la misión del Patriarca de los Predicadores! Es que San Vicente había asimilado fielmente el espíritu de Domingo en su vida santa y apostólica. Llevaba el hábito de su Orden, modesto, pobre, raído, recortado por los devotos impetuosos que lograban alcanzarle, y rivalizaba en las observancias con el novicio más fervoroso. En la síntesis doctrinal de la Orden como estado de perfección plasmará su propia vida.
La Orden de Predicadores —nos dice—, fundada por Santo Domingo, consta esencialmente de la práctica de los tres votos religiosos —comunes a todas las Ordenes— y de la profesión de predicar, como de su elemento especifico. Predicación en sentido amplio, como la entienden las Constituciones de la Orden, como la entiende y practica fray Vicente.
Es la vida más semejante al estado de Cristo en la tierra y a la vida de los apóstoles. El religioso predicador debe practicar esta vida mixta predicando el evangelio a todos los pueblos, sin establecerse en un lugar, en el que funde privilegios y busque familiaridades que impedirán el vuelo del espíritu.
En sus elementos esenciales la vida mixta que practica el predicador es la misma de Cristo, es la religión que fundó el mismo Cristo (Sermo in festo Sancti Patris Dominici). Es algo nuevo por lo que a las ceremonias se refiere, en cuanto a sus manifestaciones externas. Vestimos capa negra y hábito blanco —dice—; los actos comunes están regulados de modo especial, pero lo esencial es idéntico a lo que los apóstoles practicaron.
Ciertas Ordenes religiosas están dedicadas exclusivamente a la vida activa. Tales son las Ordenes militares de San Juan, Montesa y Calatrava. Otras se dedican sólo a la vida contemplativa. Pero la Orden de Santo Domingo está consagrada a estas dos formas de vida: a la acción y a la contemplación. De tal modo que es más activa que las activas, y más contemplativa que las mismas contemplativas. "Activa, pues todos sus miembros luchan y combaten contra los demonios, a los cuales molesta la predicación, pues por ella se convierten las almas y se revisten de virtudes; se visita a los enfermos, que son los pecadores, y se practican las demás obras de caridad, además, contemplativa, pues si los monjes blancos y negro contemplan en la misa y en sus horas canónicas, mucho mas se contempla en esta religión, ya que, además de contemplar en la misa y en las horas canónicas, se contempla para la predicación que se ha de hacer al pueblo".
Cierto religioso vió en espíritu penetrar en el cielo a Santo Domingo, a la misma hora en que expiraba, coronado con corona dorada y entre dos escaleras, sostenidas por Cristo y por la Virgen. En esta visión ve nuestro Santo el espíritu de su Orden: "¿Por qué hubo dos escaleras en esta visión? ¿No bastaba una sola? Esto lo hizo el Señor para insinuar que la religión de los Predicadores envía a sus frailes no sólo por la escalera de la vida contemplativa, sino también por la de 1a vida activa. Los Celestinos y otros parecidos lo hacen por la escalera de la contemplación; los de las Ordenes militares de San Juan, de Santiago, San Jorge y los frailes de la Merced, suben al cielo por la otra escalera, por la vida activa. Los frailes Predicadores, fundados por Santo Domingo, suben por las dos: por la contemplativa, estudiando; y por la activa, predicando".
El predicador, en general, y el religioso de la Orden de Predicadores con mayor razón, deben practicar estas dos formas de vida, entrelazadas de tal modo que la acción sea una efusión de la contemplación. La contemplación tiene dos fases: estudio y oración. El estudio del predicador será, como veremos inmediatamente, una oración, la oración teológica; y la oración se convertirá en un estudio, en un esfuerzo para llegar al conocimiento profundo de los misterios divinos, cuya vivencia sera el mejor conocimiento. La predicación será el desarrollo normal y espontáneo de la contemplación del apóstol, que marchara por el mundo, predicando el evangelio a toda creatura.
Nos encontramos de nuevo con las dos notas esenciales de la sabiduría teológica, bases de la predicación. Hemos apuntado que para nuestro autor la sabiduría teológica está constituida por la efusión en predicación de sus dos notas esenciales: claridad de ciencia y santidad de vida. Nos vamos a detener ahora a explicitar la espléndida virtualidad de estos tres conceptos: estudio, santidad y predicación. Con ello habremos logrado la imagen fiel del teólogo-sabio, del predicador, según la mente de Vicente Ferrer.

¡APOSTATA! (3)

POR EL Pbro. Dr. JOAQUIN SAENZ Y ARRIAGA
LA APOSTASIA DEL JESUITA
JOSE PORFIRIO MIRANDA Y DE LA PARRA
México 1971
(pag. 31-49)
LA IGLESIA PRECONCILIAR, SEGUN JOSE PORFIRIO, ESCLAVIZADORA DEL HOMBRE.

 Aceptando como válidas las premisas asentadas por Miranda y de la Parra, la conclusión, que él saca y que es una franca condenación de la Iglesia Católica del pre-concilio, parece perfectamente lógica y justa: "El capitalismo criticado por Marx (y que el jesuíta cautelosamente identificada con la doctrina de la Iglesia anterior al Vaticano II) constituye sólo el último (esperamos) eslabón de una larga cadena de opresiones, el más perfecto, el mejor estructurado".
Con visión comprensiva y extensiva, el jesuíta, siguiendo fielmente las enseñanzas de Marx, ve esa evolución histórica de la humanidad, en la que el factor económico es determinante y decisivo; contempla la constante injusticia, que, por la opresión, o el despojo, esclaviza a la humanidad. El capitalismo liberal, que Miranda y Marx identifican con la propiedad privada, ha sido el último eslabón, la última tesis de la dialéctica marxista, que ha provocado, al fin, la reacción, la antítesis salvadora del comunismo libertador.
Nada más que el comunismo o el socialismo, promulgado por Marx y por su fiel discípulo, el jesuita de vanguardia, resulta no un eslabón, sino una monstruosa, antihumana, esclavizante y diabólica cadena, cuyos eslabones son los campos de concentración, las guerrillas, los actos terroristas, las purgas de verdaderos genocidios, el despojo absoluto, el paredón, los secuestros, los suplicios inauditos, los dantescos y apocalípticos horrores, en los que irreversiblemente caen los pueblos, que no supieron o no pudieron detener el avance arrollador de los falsos redentores, que, prometiendo felicidad, dieron desgracia; prometiendo igualdad, impusieron esclavitud; prometiendo abundancia, dieron hambre y miseria, y trabajos forzados, y represión sangrienta.

NO HAY QUE CONFUNDIR LA PROPIEDAD PRIVADA CON EL LIBERALISMO ECONOMICO.

La Iglesia nunca aceptó el capitalismo liberal o el liberalismo económico, egoísta, despiadado, explotador; pero tampoco acepta, ni puede aceptar la conculcación brutal de la justicia conmutativa, con el pretexto fascinante de la justicia social. El error intolerable de Miranda y de la Parra, como de todos los actuales promotores de la así llamada justicia social, está en confundir el capitalismo, el imperialismo con el legítimo derecho de propiedad; el abuso con el legítimo derecho. Al defender el derecho de propiedad no es la injusticia la que erigimos "en universal inocuo, en quasi natura", en derecho inherente de la naturaleza humana, como dice José Porfirio; es el legítimo derecho, que tiene el hombre, todo hombre, para adquirir, por los debidos caminos, la propiedad privada, para poder proveer a sus necesidades presentes y futuras, personales y familiares.
El enorme sofisma de este insigne apóstol de la justicia social está en confundir la negación del derecho de propiedad con las limitaciones, naturales y legales, que emanan de la función social de la propiedad. Ni los Papas postconciliares han negado, ni pueden negar un derecho fundado en la misma naturaleza, en la ley eterna de Dios.
Para José Porfirio nada prueban los argumentos, que él sencillamente condena como "reaccionarios", según la filosofía y la terminología del partido, con los que la sana filosofía demuestra la legitimidad, la conveniencia y la necesidad del derecho de propiedad privada, sin el cual, la libertad, el progreso y la misma justicia no pueden existir. Insistiendo en su equívoco, haciendo el derecho de propiedad privada una equivalencia del capitalismo liberal y del imperialismo, según los postulados marxistas, Miranda y de la Parra nos quiere decir que el capitalismo y el imperialismo, inevitables secuelas del derecho de propiedad privada, fueron proclamados, enseñados y defendidos por la Iglesia preconciliar y que esta postura de la Iglesia "trae en su seno toda la maldad milenaria de la humanidad explotadora... injusticia que se agolpa de generación en generación y obtiene, por fin, su institucionalización más redonda y sistemática".
He aquí la dialéctica del materialismo histórico, que fatalmente nos lleva a admitir, justificar y llevar a la práctica los tenebrosos programas del comunismo internacional, para "luchar porque el derrocamiento del capitalismo (quiere decir de la propiedad privada) sea el de rrocamiento de toda injusticia".


 JUSTICIA COMUNISTA, LA MAXIMA INJUSTICIA.

De "toda injusticia", dice Miranda y de la Parra; pero debemos explicar muy claramente que ese "derrocamiento de toda injusticia" no incluye la injusticia de las injusticias, que es la esencia del marxismo, de su doctrina y del partido comunista; la que, afirmando la justicia social —entidad platónica, que sólo existe en la demagogia— niega toda justicia a los miembros de la sociedad, incluyendo los miembros subalternos del partido, exceptuando, claro está, tan sólo aquellos que han logrado escalar y conservar los puestos de comando, desde donde imponen, sin humanismo alguno, la odiosa tiranía del totalitarismo.
El comunismo dejaría de existir, cuando hiciese realidad sus falsas promesas, cuando los jefes del partido se dejasen impresionar, no digo ya por tina autoridad trascendente, sino por un mínimo sentimiento de humanitarismo. Que cesen los paredones y las purgas sangrientas; que se toleren los movimientos liberatorios, como lo vimos en Hungría y Checoeslovaquia y en Cuba; que se conceda libertad verdadera a los ciudadanos esclavizados, y el comunismo habrá terminado, la aparente igualdad de los esclavos volverá a desaparecr, porque "es conforme al orden establecido por Dios que en la sociedad humana haya gobernantes y gobernados, patronos y proletarios, ricos y pobres, sabios e ignorantes, nobles y plebeyos". (San Pío X).
Pero, contra todas esas reacciones está siempre alerta la "mafia" satánica, que invisiblemente dirige el partido. La maldad milenaria del capitalismo y del imperialismo, que tanto impresionan y conmueven al jesuíta lagunero y a todos sus "camaradas" de la "nueva ola", está, sin duda alguna, superada e irreversiblemente instalada —hablo mirando las cosas humanamente— en las formas más esclavizantes del comunismo internacional, en los pueblos que han sucumbido bajo sus garras opresoras.


LAS RAICES DEL CAPITALISMO Y DEL MARXISMO.

Entramos a otro punto del pensamiento jesuítico de vanguardia. "Sería, dice José Porfirio Miranda y de la Parra, adialéctico imaginar el capitalismo como una especie de hongo, brotado por generación expontánea, sin raíces en la historia anterior". Esta es la dialéctica del materialismo histórico.
A pari, hermano, sería no sólo adialéctico, sino infantil, pensar que el marxismo y toda la actividad comunista y revolucionaria han brotado expontáneamente, por arte de magia o por el influjo y prédicas redentoras de Karl Marx, como una lógica e inevitable reacción, como una antítesis necesaria, contra esa maldad milenaria denunciada por tí. Como sería también muy peligroso el no discernir, como tú dices, "la pieza generadora" de toda esa subversión espantosa, que amenaza destruir, en poco tiempo, las esencias mismas de todo lo que somos, de todo lo que queremos, de todo lo que amamos, de todo lo que creemos.
Porque, para no diluir —como tú lo haces —todo nuestro raciocinio en el océano inmenso de la historia de la humanidad, para concretar nuestros juicios a lo que estamos palpando en los países de América Latina, debo empezar por hacerte una formal denuncia, que, sin duda, habrá de provocar, en tí y en otros, violentas reacciones.
Yo afirmo, pues, en primer lugar, que la subversión de tendencias francamente comunistas, que amenaza extenderse, como un incendio por un cañaveral, por todas las naciones de Centro, Sud América, y también México, no ha brotado expontáneamente, como una lógica e inevitable reacción contra el capitalismo de las oligarquías, contra el subdesarrollado escandaloso y artificialmente conservado de las mayorías, contra la existencia de un "tercer mundo", que despierta inesperadamente de un sueño secular, que toma conciencia de sus derechos conculcados y, destruyendo el pasado, recibe, al fin, en sus torpes manos, la complicada maquinaria de la economía, de la cultura, de la civilización occidental.
Esta subversión nos ha sido importada; ha venido de fuera; y formalmente señaló, como principales autores y propagadores, a los clérigos y especialmente a los jesuítas de la "nueva ola", que han cambiado el apostolado de Cristo por ese absurdo apostolado de la así llamada "justicia social", que es el apostolado de la violencia, de las guerrillas, del terrorismo, del pillaje y de la destrucción. Y acuso al CELAM y a los famosos documentos de Medellín, que circulan como la última edición del Evangelio, de ser los permanentes promotores en toda la América Latina de esta subversión, que ha culminado ya en dos países en la implantación del definitivo comunismo.
Y la mejor prueba de lo que llevo dicho es la actitud serena, pero resuelta de los gobiernos, que, plenamente conscientes del peligro que encierra esta subversión vestida de sotana, ha sabido preservar el orden, arrestando a los curas guerrilleros, sin temor a las anticanónicas censuras, que los altos dirigentes puedan fulminar. Por otra parte, pese a la reverencia que nuestra gente tiene a los ministros del altar y a la docilidad con que escucha su palabra, la subversión ha encontrado una resistencia no esperada en las mismas características de nuestros pueblos, que se niegan a verse convertidos en conejillos de laboratorio, en masas esclavizadas, en inconscientes e impotentes satélites del Leviatán monstruoso. Los países de América Latina hace ya tiempo que serían todos comunistas, si la subversión importada, por "equipos" de curas extranjeros, no hubiese encontrado esa noble, decidida y heroica resistencia.
Y afirmo, en segundo lugar, que esta subversión de eclesiásticos en la América Latina ha contado con la pasiva tolerancia de nuestras jerarquías, que, por falta de valor, por falta de cabeza o por falta de fe, se muestran ansiosas de cumplir las consignas de arriba, para no malograr su carrera, sus posibles ascensos, su púrpura cardenalicia, o, al menos, para poder conservar la pacífica posesión de sus actuales prebendas.
Y sigo adelante en mis denuncias, sin temor a las represalias, que, en este caso, pueden ser terribles, ya que los enemigos tienen el poder en sus manos: yo señalo a los jesuítas de la 'nueva ola", como ya lo indiqué y como lo prueba el mismo libro escrito por José Porfirio Miranda y de la Parra, publicado con el "Nihil obstat", con el "Imprimí potest" y con el "Imprimatur", a los jesuítas "arrupianos", a los traidores a San Ignacio y a la Santa Compañía de Jesús por él fundada, de ser los principales promotores, los autores intelectuales, en el mundo entero, de esta ya palpable subversión, que tiene en llamas a casi todos los países de América Latina. ¿Pruebas? Abundan. Para muestra, como ya indiqué, basta tu libro y los padrinos que lo avalan con los requisitos canónicos.
Y, sin embargo, América Latina resiste, lucha indómita. Nuestro mismo pueblo sencillo, nuestros obreros y campesinos no han creído las prédicas subversivas de esos traidores, que en vez de predicarnos a Cristo y a Cristo crucificado, nos hablan de Marx, de Lenin, de Troski, de Mao; en vez de trabajar por la Justicia del Reino de los Cielos, trabajan asalariados por la tan decantada justicia social, que acepta como inevitable el comunismo y busca acomodarse en él, para sus conveniencias.
Y no te olvides, José Porfirio Miranda y de la Parra, que quien esto escribe es un sacerdote, que fue jesuíta desde muy joven, a quien tú conoces muy bien, y que fui confesor y amigo de tu padre, con quien fundamos, en otros tiempos —¡Oh témpora, oh mores!— el INSTITUTO FRANCES DE LA LAGUNA, que yo mismo entregué en posesión a los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Fui, dije, y en mi corazón, en mis principios, en mi afecto, en mis convicciones, en mi estilo guerrero, sigo siendo hijo de la Compañía Ignaciana, no de la "arupiana".
Por eso mi denuncia es certera; abunda en pruebas, que no quisiera usar jamás, pero que, en esta lucha apocalíptica pueden, tal vez, algún día, hacerse necesarias. Soy, aunque indigno, sacerdote de Cristo; vengo de una familia de profundo y secular raigambre católico, en la que hay y ha habido innumerables sacerdotes, algunos de los cuales sobresalieron por su virtud y por su ciencia, ocupando altos puestos en el gobierno de la Iglesia. Soy, tal vez, el ínfimo de los sacerdotes de Cristo; pero tengo una sólida formación, que recibí, en los tiempos áureos, en las más preclaras aulas de la Compañía de Jesús, logrando alcanzar en mis estudios —puedo comprobarlo— notas que superan la mediocridad. Lo digo, no por vanidad, sino para dar respaldo a mi denuncia.
Y afirmo, en tercer lugar, que los cambios espectaculares, que en la vida religiosa de la Compañía se han hecho, con asombro y escándalo de los mismos admiradores y adictos de los jesuítas, tienen esa evidente finalidad de facilitar la subversión socializante en el "pueblo de Dios" de América Latina. Es el trabajo celular, en equipo; son las "guerrillas intelectuales", que dan el golpe, sin dejar pruebas.
¿Quién iba a pensar que los teólogos y filósofos de "Río Hondo" estaban comprometidos con el Comité de Huelga de aquellos sangrientos disturbios, en aquel verano terrible de 1968? Y, sin embargo, el nombre de Raúl Zermeño no es el único, como bien lo sabe el R.P. Prepósito Provincial Enrique Gutiérrez Martín del Campo, S.J.
Ahora sí, José Porfirio Miranda y de la Parra, nos estamos metiendo a lo hondo; y no nos andamos por las ramas, ya no estamos en la superficie. Vamos a buscar "la pieza generadora de todo sistema de injusticias", que, según tú mismo, "existía desde mucho antes que su concreción capitalista, mucho antes de que ella misma generara el actual sistema omnipervasivo y auto justificante, que del hombre no deja sin esclavizar ni el ello, ni el yo, ni el superyo, y eso on los opresores, tanto o más que en los oprimidos".
El estilo es difícil, pero peor es la terminología. He copiado cuidadosamente y sin análisis. Vamos a ver qué nos dice el jesuíta revolucionario. Como demagogo es intolerable, como filósofo ininteligible. Seremos meticulosos al hacer nosotros el análisis.


LA PRIMERA TESIS DE JOSE PORFIRIO.

La primera tesis, que, para identificar a Marx con la Biblia, nos presenta nuestro filósofo marxistoide es la siguiente: "La transformación del trabajo en mercancía, su fetichización en objeto, denunciada certeramente por Marx como eje del sistema social capitalista, ya estaba en raíz en la filosofía occidental y griega, que después se diversificó en múltiples ciencias especializadas".
Así es verdad: tanto la filosofía, que hoy llama Miranda occidental, como la griega, fundándose en la naturaleza misma del hombre, en su capacidad de transformar con su trabajo los seres materiales e irracionales, que le rodean; que puede, transformados, convertirlos en propio beneficio, utilidad o deleite, ha sido y es en cierto modo el eje, no sólo del sistema social capitalista, sino de todos los sistemas sociales, incluyendo paradójicamente el mismo sistema socialista y comunista. El trabajo humano es uno de los factores principales de la producción.
Pero, entendamos bien lo que por trabajo humano queremos decir. No es sólo el trabajo material, físico del obrero, sino también el trabajo espiritual del que concibe, del que crea, del que diseña, del que dirige, del que administra, del que controla los gastos específicos de la producción, las entradas, las salidas, las ganancias, las pérdidas, etc. etc., en función todo del mercado nacional e internacional y de las fluctuaciones constantes, que tienen los valores, en la competencia terrible de la vida moderna; y en función también de los riesgos, que la misma producción pueda tener.
Y no debe olvidar José Porfirio Miranda y de la Parra que, en esta competencia terrible de la producción, de la misma distribución de las riquezas, hay un factor invisible que, a través de los bancos, domina despóticamente las fuentes todas de la producción. Tal vez la sangre común, que ha identificado su pensamiento con el de Marx y Lenin, haga también que el jesuíta, sagaz y cuidadosamente oculte este factor interno, aunque extraño, que prostituye y corrompe los, así llamados, sistemas sociales.
"La falla principal, añade a continuación el jesuíta marxista,... de los empresarios, y de los economistas, y de los filósofos, y de la civilización occidental, en cuanto tal, es que la realidad sensible es captada solamente, bajo la forma de objeto de contemplación". ¿Qué quiere decir esto? Que la falla principal de nuestra civilización consistió en que su ciencia era meramente especulativa, no técnica, no encaminada a la producción de los bienes materiales? Es difícil saberlo. Tenemos que deducir su pensamiento de las palabras siguientes de Hans Georg Gadamer, citadas después por el mismo Miranda: "Saber de dominación es el saber de las modernas ciencias naturales en conjunto". Es decir, las modernas ciencias naturales tienden a dominar no sólo la naturaleza, sino también al hombre. "Cuando la ciencia moderna dice que algo es "en sí"... ello no tiene nada que ver con la diferencia ontológica entre el ser y el no ser, sino que se determina por un poder específicamente autoconsciente de poder manipular y voluntad de modificar... Como ha mostrado específicamente Max Scheler, lo "en sí" resulta ser relativo; relativo a una determinada manera de saber y de querer". Es decir, el "ser" en función del hombre, totalmente dependiente del hombre.
Y, lógico con su ideología, añade luego Miranda y de la Parra: "Con ello está nuestro siglo poniendo definitivamente en cuestión —es decir, en duda— el concepto mismo del "ser", lo "en sí", que constituye el criterio absoluto de la mente griega, que fue adoptado sin más por la cultura occidental (incluidas ahí sobresalientemente la filosofía y la teología 'cristianas') como norma indiscutible de verdad".
José Porfirio, no se puede filosofar sin ser filósofo; no es posible destruir con increíble ligereza, en una frase sin sentido, la filosofía del "ser", por más que los sistemas filosóficos, que fundametan el marxismo y que el jesuíta, por lo visto, no conoce o no entiende o no quiere explicarnos, se aparten de todos los principios inconmovibles, en los cuales se funda el raciocinio constructivo de nuestra mente.
Otro hebreo, Emmanuel Levinas, según dice Miranda y de la Parra, ha hecho el balance, con una puntería deslumbradora: "La ontología, como filosofía, que no pone en cuestión (en duda) el yo, es una filosofía del poder, es la filosofía de la injusticia".
Poner en duda el "ser" es caer en el más pavoroso escepticismo; es engendrar la confusión, es establecer el cambio constante, al capricho de nuestras conveniencias y pasiones; una verdad fluctuante, circunstancial e inconsistente. Poner en cuestión el "yo", relativizar al "yo" todas las cosas, ésta es la "manera determinada de saber y de querer", a que Marx Scheler se refiere.
Y concluye Miranda deduciendo de esos absurdos: "De la substancia de ese universo mental fueron paulatinamente formándose las ciencias occidentales y aun la definición misma, que discrimina entre lo que es científico y lo que no lo es". Filosofía atrevida que huele a inmanencia, a negación de las facultades congnoscitivas del hombre, a evolución, a teilhardianismo, a panteísmo, a negación de Dios, y de la misma objetividad ontológica de lo que corresponde a nuestros pensamientos.
La cita última de Marcuse, otro judío, no ilustra, sino que oscurece más el pensamiento borrascoso del jesuíta: "El método científico, que lleva a la dominación cada vez más efectiva de la naturaleza, llega a provocar así los conceptos puros, tanto como los instrumentos para la dominación cada vez más efectiva del hombre por el hombre, a través de la dominación de la naturaleza". José Porfirio nos había antes asegurado que la ontología es la ciencia del poder y de la injusticia; y ahora Marcuse nos dice que es el método científico (no el filosófico) EL QUE LLEVA A LA DOMINACION, CADA VEZ MAS EFECTIVA DEL HOMBRE POR EL HOMBRE, a través de la dominación de la naturaleza.
Pero el colmo de su exaltación revolucionaria y de su ignorancia filosófica la tiene José Porfirio Miranda y de la Parra, cuando escribe tanquam autoritatem habens: "De hecho, la filosofía griega nació para neutralizar la realidad y evitar que nos inquiete; reducirla a un cosmos en que todo está bien". En otras palabras, la filosofía griega desfigura, oculta, mutila la realidad, para que ésta no venga a interrumpir el dulce sopor, en que vivimos, en un mundo irreal, fantasmagórico y sumamente nocivo, en el que equivocadamente creemos que todas las cosas están bien.
Bultmann, otro judío de la biblioteca de José Porfirio, contrastando la filosofía helénica, y escolástica con la filosofía bíblica, le da al jesuíta la siguiente cita: "Esa gnosis griega, que se independiza; esa gnosis carente de obediencia, mira naturalmente sus objetos en carácter de 'lo que está en la mano'. No necesita someterse a ellos, no necesita 'oírlos'... que su conocer sea objetivo consiste en que el participar en lo conocido se reduzca a 'ver' ".
Aquí tenemos, pues, a nuestro rabínico jesuíta, sentado en su cátedra de filosofía hebraica, imbuido en todas las ideas y sistemas filocomunistas, prefabricados hábilmente por los mismos engendradores del marxismo, condenado definitivamente la filosofía helénica, neutralizadora de la realidad, que no es sólo objeto de contemplación, sino vivencia que tiene voz, que debe ser escuchada y "obedecida".
Yo pensaba que nuestras facultades síquicas, así sensitivas como espirituales, se reducían a tres grupos: el conocimiento, la tendencia y el afecto, o la pasión. Por el conocimiento (sensitivo o espiritual) el objeto, la realidad distinta de mí, es representado, individualmente definido, ya sea en la sensación visual, ya en el concepto de la inteligencia. Esta representación intelectual o sensible despierta el afecto (espiritual) o la pasión (sensible, material); y entonces nace la tendencia, el ir del sujeto que conoce al objeto conocido (o como subjetivamente fue representado). Todo esto es filosofía griega; todo esto explica nuestras relaciones con el mundo que nos rodea; todo significa no solo 'contemplar", "ver", como dicen José Porfirio y sus maestros hebreos, sino establecer una relación, una vivencia, entre el sujeto que contempla o ve y el objeto contemplado y visto.
Después de estas filosofías bíblicas, o talmúdicas, que mal expresa José Porfirio, vuelve de nuevo a su lirismo revolucionario: "El percatamos de que la opresión capitalista trae la carga de milenios de injusticia y de empedernimiento y de dureza de alma, no le quita a nuestra lucha ni urgencia, ni puntería; al contrario, le da su verdadera dimensión. Lo que está en juego es, en términos teilhardianos, "la mutación cualitativa del género humano"; en términos paulinos "el hombre nuevo" (Eph. IV, 24) "la nueva creación" (Gal. VI, 15) (II Cor. V, 17). Marx lo expresa diciendo que "termina la prehistoria y empieza la historia del hombre".
El identificar la palabra inspirada de San Pablo, que para nosotros es palabra de Dios, con las elocuciones de Teilhard o de Marx me parece atrevimiento intolerable de Miranda y de la Parra, que en el fondo arguye una falta completa de fe. "El hombre nuevo", la "nueva creación", de que habla San Pablo, se refieren a nuestra justificación por Jesucristo, a nuestra regeneración a la vida divina, que nada tiene que ver ni con la "mutación cualitativa del género humano" de Teilhard, ni con la "nueva historia del hombre" de Marx. Para el progresismo, la prehistoria del catolicismo terminó con la muerte de Pío XII; Juan XXIII inaugura la nueva historia de la Iglesia, que es la única en la que ha de cumplirse el mensaje de Cristo, en la implantación del comunismo.
Habla el jesuíta de la "opresión capitalista"; pero no dice nada de la "opresión del comunismo", que lleva consigo todo el odio, la maldad y toda la soberbia satánica, no de milenios de injusticia y de empedernimiento, sino de la irreformable perversión de los mismos demonios. Si para Marx la prehistoria ha terminado; para nosotros han empezado los tiempos apocalípticos, con la apostasía general, en la que, por desgracia para tí, y con dolor sincero para mí, te veo, José Porfirio, no sólo comprometido, engañado sino convertido en un activista, en un caudillo de la subversión infernal, por más que tu libro lleve todos los "Imprimí potest" y todos los "Imprimatur" de los pastores, que traicionaron a la Iglesia y a la doctrina recibida de Dios.


LA PROPIEDAD PRIVADA ES FRUTO 
DEL DESPOJO O DE LA OPRESION.

Antes de leer su libro, conocía yo muy bien el pensamiento totalmente marxista y comunista de Miranda y de la Parra. En una memorable conferencia, pronunciada, en la tristemente célebre Universidad Iberoamericana, el jesuíta del marxismo mexicano, ya muy conocido en diversas ciudades del país, afirmó solemnemente, después de haber hecho franca confesión de su fe revolucionaria y comunista: "la propiedad privada es un robo, porque es fruto del despojo o de la opresión". Es evidente que la meditación y el estudio empleado para redactar su libro, lejos de cambiar su mentalidad, la había confirmado. Veamos lo que nos dice ahora en su libelo.
Empieza por afirmar, (apoyándose en el dominico Tomás G. Allaz, bien conocido entre nosotros por sus pasadas fechorías y a quien su hermano el R.P. Ricardo Fuentes Castellanos, O.P. le dió una soberana paliza intelectual, que todavía saboreamos en México los que hemos luchado, luchamos y lucharemos contra el comunismo, pese a la inconfirmidad y amenazas de nuestros jerarcas), que el "derecho de propiedad" y, en general "la propiedad misma'' tiene, en las Encíclicas del Magisterio y en el lenguaje tradicional de la Iglesia, un sentido totalmente diverso al que dan a estos términos las legislaciones, los libros, los periódicos y el lenguaje común de todas las personas.
Con esta sutil distinción, que no es verdadera, sino que fue hábilmente excogitada por la subversión, el astuto jesuita quiere —él mismo lo advierte— curarse en salud. Al atacar después el derecho de propiedad, nadie podrá acusarlo de atacar la ley natural, la ley divina, la ley eclesiástica y la doctrina tradicional de la Iglesia, porque invariablemente él responderá, conforme a su prefabricada distinción, que él no ataca el derecho de propiedad en el sentido que le da la Iglesia, sino en el sentido anticristiano, antihumano, antisocial, que todo mundo suele darle.
¿Cuál es el sentido usual que las legislaciones, los libros, los periódicos, el lenguaje común suelen dar a la "propiedad privada", al "derecho a esa propiedad privada" y cuál es el sentido eclesiástico de dicho término? Antes de contestar, debo advertir primero que esta ambigüedad, esta polivalencia del término es inadmisible, ya que se trata de algo, que habitualmente, universalmente, debe regir las relaciones humanas. Lo "mío", lo "tuyo" no son atributos arbitrarios, que lo mismo puedan significar un derecho legítimo, inherente a la naturaleza humana, previsto y dispuesto por Dios, que un atropello, un despojo, una opresión. Si el significado del término, en el lenguaje eclesiástico es opuesto al significado del mismo término en el lenguaje común y corriente, deber tiene la Iglesia, su Magisterio, de cambiar el término, de precisar la doctrina, para no aparecer como defensora de un derecho, que en realidad no acepta. En la formulación del decálogo, por ejemplo, cuando la Iglesia dice: "no hurtarás", "no codiciarás los bienes ajenos", la Iglesia y su Magisterio deberían decirnos: "La propiedad, como la entienden los hombres, es un robo"; "no sólo puedes codiciar, sino puedes apoderarte de los bienes que indebidamente los hombres piensan que son suyos". No puede la Iglesia admitir términos equívocos para exponer, de una manera diáfana e inconfundible, la doctrina recibida, sobre todo cuando se trata de los deberes morales, que Dios mismo nos ha impuesto.
En asunto tan vital y en momentos de tanto peligro, sería intolerable el uso de un término equívoco, en el lenguaje del Magisterio, que fuese entendido precisamente en un sentido opuesto, al que la doctrina católica debe darle. Esto seria una infidelidad inexplicable a la responsabilidad tremenda, que Cristo dio al Magisterio de su lglesia, que fue fundada no en beneficio de los pastores, sino in aedificationem corporis Christi, para edificación del Cuerpo de Cristo.
Por otra parte, debe recordar el comunistoide jesuíta que, para la Iglesia y para la no Iglesia, una cosa es el "derecho de propiedad privada" y otra cosa muy distinta "la función social de la propiedad", las limitaciones naturales, que como todo lo humano tiene la propiedad, y las limitaciones legítimas, que, en orden al bien común, la autoridad civil pueda imponer a esa misma propiedad.
Examinando la realidad de la actividad humana, descubrimos, en el hombre, esa tendencia innata y necesaria a apoderarse de los bienes exteriores, de los cuales necesita para satisfacer sus necesidades, presentes y futuras, así como las necesidades y el constante mejoramiento de su vida y de la vida de sus familiares, conforme a lo que exige su propia naturaleza. A esas tendencias necesarias y naturales responde siempre un objeto que las satisfaga, ya que es Dios Creador el que puso esas tendencias en el hombre. De otra manera la naturaleza pondría un elemento de disociación y de ruina en los seres reales, y éstos no podrían conseguir sus fines propios. El mismo sistema comunista supone y tiene que aceptar esas tendencias naturales, ya que sin ellas carecería de sentido toda su actividad.
El objeto de esa tendencia es evidentemente el acto de poseer y usar los bienes exteriores. Sin su posesión y uso, esa tendencia natural no puede quedar satisfecha y la naturaleza tendría que quedar forzosamente como en un estado violento, que haría imposible el desarrollo normal de las actividades del hombre y el juego natural de la vida. La satisfacción de esa tendencia natural e incoercible es la primera razón, que funda el derecho de propiedad. Todo sistema, que tienda a destruir o a imposibilitar esa legítima y natural tendencia, tiende a disociar la naturaleza y a poner al hombre en circunstancias en las que no pueda realizar los imperativos de su misma naturaleza. Este es el primer grande error del comunismo: el querer ir contra una tendencia natural del hombre, contradiciéndola, nulificándola; y contradiciéndose a sí mismo, porque, si, por una parte, desconoce esa tendencia en el individuo, por otra, la acepta y presupone en la colectividad, como si la colectividad fuera algo distinto de la suma de los individuos.
No es sólo esta tendencia universal, innata, natural, que es necesario satisfacer, la que impone a la vida el libre ejercicio del derecho de propiedad. Júntase a esta exigencia de satisfacer sus necesidades, que tienen los hombres, la tangible realidad de que (fuera de los casos extraordinarios, en los que los ideales de orden religioso, moral, patriótico puedan elevar a algunos a las alturas del heroísmo o de la santidad) el único estímulo, para impulsar a los humanos al trabajo, es el aliciente de la posesión de los bienes, que necesitamos y que sólo podemos alcanzar con fatiga y esfuerzo. Nadie trabaja por trabajar; todo hombre ve, como término natural de su trabajo, la adquisición de lo que, en términos generales, se llama la riqueza. Quitemos este estímulo, y habremos destruido el resorte, que hace progresar a los individuos, a las familias y a los pueblos.
Una última razón, podemos todavía dar: la justicia misma (a la que tanto apela nuestro jesuíta) la naturaleza misma de la justa distribución de los bienes materiales, exige el ejercicio del derecho de propiedad. El trabajo humano, como hemos dicho, tiene su retribución adecuada en la propiedad y posesión de los bienes exteriores. Al suprimir el derecho de propiedad privada, quitamos el único medio para que el trabajo humano consiga la íntegra retribución, a que tiende y aspira. Sin el uso exclusivo, sin el derecho exclusivo a usar en provecho propio el fruto de mi trabajo, mi trabajo no obtiene el valor íntegro e independiente, en su retribución justa. Supuesta la desigualdad objetiva de los hombres, en sus capacidades, en su dinamismo, en sus condiciones físicas y morales, la capacidad del trabajo no puede ser igual en todos, y, por lo mismo, tampoco puede ser igual la retribución correspondiente.
El comunismo y con él nuestro José Porfirio Miranda y de la Parra sostienen que la propiedad privada es un mal social y que, por lo tanto, el bien de la colectividad exige su plena y total abolición. Este nuevo sofisma es una simple demagogia. El mismo jesuíta, en la primera página se contradice, cuando asegura sus "derechos de autor", de un libro, que nadie tratará de plagiar, porque nadie querrá hacer alarde de tanta insensatez. Para demostrar lo absurdo de tal afirmación, basta suponer las consecuencias que a la sociedad acarrearía la eliminación de la propiedad. Ya nadie tendría su propia casa; ni tendría abrigo, ni alimento, ni propia ocupación, ni aliciente para trabajar. Cualquier desconocido podría entrar en nuestras habitaciones y llevarse lo que le gustase o conviniese, ¿Sería posible la paz, el progreso, la convivencia humana?
Por otra parte, y sea ésta una última consideración para refutar la tesis comunista de José Porfirio, sin el derecho de propiedad, la libertad del hombre es imposible; todos seríamos esclavos de los "pocos" que detentan el poder.
Pero, José Porfirio Miranda y de la Parra no acepta estos argumentos, ni nos deja duda sobre su pensamiento, cuando escribe: "Compréndase bien que aquí no se trata de criticar los 'abusos' (de la propiedad), dejando a salvo "la cosa en sí", que es (dice el jesuíta) una distinción frecuente, en los tratados conservadores, para defender el sistema. Aquí no se trata sólo de atacar la repartición, hoy vigente, de la propiedad, sino el derecho mismo de la propiedad diferenciante". "Propiedad diferenciante", propiedad que hace que no todos los hombres sean iguales, que no todos poseamos los mismos bienes. Pero, conviene recordar, José Porfirio, que no son los bienes naturales, las riquezas, los que nos hacen distintos; sino es la realidad humana, por la cual todos nacemos diferentes, y de esa natural diferencia viene la desigualdad económica, que tú atacas.