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miércoles, 20 de abril de 2011

LA EXHORTACIÓN A LOS MÁRTIRES DE TERTULIANO

La Iglesia africana llevaba un período relativamente largo de paz. No sólo la habían dejado en paz los efímeros emperadores que brotan como hongos a la muerte de Cómodo (Pértiríax, 188-189; Didio Juliano, 189-190; Cincio Severo, 190-191; Vespronio Cándido, 191-192), sino que hubo gobernadores africanos que se negaban a entender en el enojoso asunto de cristianos delatados ante su tribunal. Con razón, pues, cuando hacia el año 198 un soldado cristiano se niega a ceñir la corona en el momento de recibir el donativum con que Septimio Severo obsequia a sus tropas vencedoras de los partos y celebra la proclamación por el Senado de sus hijos Caracalla y Geta para Augusto y César; con razón, decimos, se musita contra él, entre otras cosas, que su gesto imprudente "pone en peligro una paz tan buena y tan larga". Oficialmente, esta paz no se romperá hasta el 202, en que Septimio Severo, abandonando su actitud de simpatía o tolerancia, promulgue su edicto de prohibición de la propaganda cristiana. Sin embargo, la persecución estaba siempre latente, como un fuego bajo la ceniza, y bastaba cualquier soplo para encenderla. Hacia el año, pues, de 197, cuando estaba aún fresca la sangre de los vencidos partidarios de Albino, último rival de Septimio Severo, un tumulto popular en Cartago debió de llevar a numerosos cristianos a la cárcel. Esle hecho puso la pluma o estilo en manos de Tertuliano, y les dirigió su Exhortación a los mártires, que es, en su brevedad, una de las más bellas obras del maestro africano. Ella va a cerrar los documentos de martirio del siglo II.
Ningún nombre de mártir se nos transmite en esta obrita, pero nos introduce en la vida y sufrimientos de los mártires durante su prisión, preludio del martirio. Tertuliano sabe levantar los espíritus a regiones de luz y belleza; sin embargo, el mismo esfuerzo de idealización prueba la dureza de la realidad: tinieblas, suciedad, amontonamiento, torturas... Mas, también, exquisita caridad de la señora Madre Iglesia y de los hermanos. Se ha querido referir esta Exhortación a los días en que Santa Perpetua y sus compañeros gimen en las cárceles de Cartago. Por lo menos, es la mejor introducción a su pasión, que luego va a seguir.

Exhortación a los mártires, de Q. Septimio Florente Tertuliano.
I.
1. Entre los alimentos para vuestra carne, oh benditos mártires electos, que os suministran en la cárcel la señora madre Iglesia de sus pechos, y cada hermano de lo que puede del fruto de sus propios trabajos, recibid también algo de mi parte, que os sirva también para sustento de vuestro espíritu. Porque no es conveniente que la carne se engorde y el espíritu esté sufriendo hambre. Más bien, si se cuida lo que es flaco, tampoco debe descuidarse lo que es aún más. Cierto que no soy yo quién para dirigiros mi palabra; pero también es cierto que los más diestros gladiadores no sólo reciben avisos de sus maestros y directores, sino de cualquier idiota y ocioso que les grita de lejos, y no es raro que sean aprovechadas sugestiones venidas del pueblo mismo.
2. En primer lugar, pues, oh benditos, no contristéis al Espíritu Santo que entró con vosotros en la cárcel; pues si él no hubiera ahora entrado con vosotros, tampoco estaríais hoy ya en ella vosotros. Por lo tanto, esforzaos para que de tal modo ahí permanezca, que de la cárcel os conduzca al Señor. La cárcel es, ciertamente, la casa del diablo, en que él tiene encerrada a su familia. Mas vosotros habéis justamente entrado en ella, para pisotearle también en su propia casa. También, digo, pues ya le habíais antes pisado fuera, en lucha con él.
3. Que no diga, pues, el diablo: "Están en terreno mío; yo los voy a tentar con viles odios, con defecciones o rencillas entre sí." Huya de vuestra presencia y escóndase allá en sus profundidades, contraído y torpe, como una serpiente encantada o ahumada. Y no le vaya tan bien en su reino, que se atreva a atacaros. Hálleos apercibidos y armados de concordia, pues vuestra paz es su guerra. Esta paz, algunos que no la tienen con la Iglesia, acostumbran pedirla a los mártires en la cárcel. Y así, una de las razones por que vosotros debéis tenerla, fomentarla y guardarla es que puede suceder tengáis que darla a los demás.

II.
1. Los demás impedimentos del alma deben igualmente haberos acompañado hasta el umbral de la cárcel, allí donde llegaron también vuestros padres. A partir de aquel momento, habéis sido separados del mundo. Ahora bien, si reflexionamos que el mundo es una cárcel, antes habría que decir que habéis salido de la cárcel que no entrado en ella. Mayores tinieblas tiene el mundo, que ciegan las entrañas de los hombres. Más pesadas cadenas arrastra el mundo, que atan las mismas almas de los hombres. Mayores inmundicias huele el mundo, que son las impurezas de los hombres. Mayor número, en fin, de criminales encierra el mundo, es decir, todo el género humano. El mundo, finalmente, está esperando no la sentencia del procónsul, sino la de Dios. Por lo que, ¡oh bendecidos!, habéis de pensar que se os ha trasladado, si acaso, de una cárcel a un lugar de custodia.
2. La cárcel es oscura, pero vosotros sois luz; tiene cadenas, pero vosotros estáis sueltos para Dios; allí se huele mal, pero vosotros sois olor de suavidad; se espera en ella a un juez de entre jueces, pero vosotros habéis de juzgar de los jueces mismos. Pase que esté allí triste el que suspira por el fruto del siglo; el cristiano, aun fuera de la cárcel, renunció al siglo; en la cárcel, a la cárcel misma. Nada importa en qué lugar estéis en el siglo los que estáis fuera del siglo. Y si perdisteis algunos goces de la vida, negocio es perder algo para ganar más. Por ahora, nada digo del premio a que Dios llama a los mártires.
3. Comparemos, entre tanto, la vida que se lleva en el siglo y la de la cárcel. ¿No es cierto que en ella gana más el espíritu, que no pierde la carne? Más aún, lo justo tampoco lo pierde la carne, por el cuidado de la Iglesia y la caridad de los cristianos. Y, por añadidura, el espíritu adquiere lo que siempre es útil a la fe. Allí no ves los dioses ajenos, no tropiezas con sus estatuas, no tomas parte, siquiera por andar mezclado con las gentes, en las solemnidades de los paganos; no te azotan las narices los sucios olores a grasa, no te hieren los gritos de los espectadores que celebran sus espectáculos, o con atrocidad, o con furor, o con impurezas; tus ojos no van a chocar con los lugares de pública disolución; estás libre de escándalo, de tentaciones, de malos recuerdos ya hasta de persecución. La cárcel es para el cristiano lo que el desierto para los profetas. El Señor mismo pasaba con frecuencia el tiempo en el apartamiento para orar más libremente, para alejarse del siglo. Su gloria, en fin, se la mostró a sus discípulos en la soledad.
4. Quitemos ese nombre de cárcel, llamémosla retiro. Si el cuerpo está encerrado, si la carne está detenida, todo está, sin embargo, patente al espíritu. Vaga en espíritu, espacíate en espíritu y no te pondrás ante la vista los sombríos estadios, ni los largos porches, sino aquel camino que conduce a Dios. Y, en efecto, cuantas veces te paseares en espíritu, otras tantas sales de la cárcel. Nada siente la pierna en el cepo, cuando el alma está en el cielo. El alma lleva a todo el hombre de una parte a otra y lo transporta donde quiere. Ahora bien, donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. Esté, pues, nuestro corazón allí donde queremos tener nuestro tesoro.

III
1. Mas demos, ¡oh bendecidos!, que también para los cristianos sea molesta la cárcel. Pues recordemos que fuimos llamados a la milicia del Dios vivo, desde el momento que respondimos a las palabras de nuestro juramento en el bautismo. No hay soldado que vaya entre delicias a la guerra, ni del lecho pasa al campo de batalla, sino de tiendas de campaña ligeras y clavadas en el suelo, donde toda dureza, incomodidad y molestia tiene su asiento. Aun en tiempo de paz, aprenden ya con el trabajo y las fatigas a sufrir la guerra, marchando armados, recorriendo el campamento, abriendo fosas, formando densas "testudos"; ejercicios todos de sudor, a fin de que ni cuerpos ni ánimos sepan lo que es miedo: De la sombra al sol, del sol al cielo raso, de la túnica a la loriga, del silencio a la grita, de la quietud al alboroto.
2. Por lo tanto, ¡oh bendecidas!, por muy duro que sea lo que sufrís, pensad que se ordena al ejercicio de las virtudes de alma y cuerpo. Buen combate vais a celebrar, en que es Dios vivo quien establece los premios a los luchadores, el Espíritu Santo el dueño del estadio, el galardón la corona de la eternidad, y la gloria, que ha de durar por siglos de siglos, la compañía de las angélicas sustancias en los cielos. Así, pues, vuestro presidente en los juegos, Jesucristo, que os ungió con su Espíritu y os sacó a esta arena, quiso antes del día del combate separaros de un trato demasiado blando y que probéis otro más duro, para que se robustezcan vuestras fuerzas.
3. Por semejante manera se separa a los atletas, para obligarlos a más estricto tenor de vida y dedicarlos al robustecimiento de sus fuerzas: se abstienen de la lujuria, de comidas exquisitas, de bebidas demasiado agradables. Se los fuerza, atormenta y fatiga, pues cuanto más trabajaren en los ejercicios, más esperanzas hay de victoria. Y ellos—dice el Apóstol—, para alcanzar una corona corruptible. Nosotros, que aspiramos a corona eterna, hemos de imaginar la cárcel como nuestra palestra, para presentarnos luego al estadio del tribunal bien ejercitados con todo género de molestias. Porque la virtud se construye con la dureza y se destruye con la molicie.

IV
1. Sabemos, por enseñanza del Señor, qué la carne es flaca y el espíritu pronto. Ahora bien, no nos halaguemos a nosotros mismos por el hecho de que el Señor mismo conviniera en ser flaca nuestra carne. Pues justamente empezó diciendo que el espíritu está pronto, para darnos a entender quién debe someterse a quién; es decir, que la carne sea esclava del espíritu, la más débil del más fuerte, para que de él reciba también fortaleza. Converse el espíritu con la carne sobre la común salvación y no piense ya en las incomodidades de la cárcel, sino en la guerra y combate mismo. Tal vez temerá la carne la pesada espada, la cruz levantada, la rabia de las fieras, el supremo suplicio del fuego y todo el refinamiento del verdugo en su arte de atormentar. Mas contraponga el espíritu a sí y a la carne, que todo eso, por muy áspero que sea, muchos lo recibieron con ánimo sereno, y aun lo buscaron voluntariamente, por amor de fama y gloria, y no sólo varones, sino también mujeres, para que también vosotras, oh bendecidas, hagáis honor a vuestro sexo.
2. Largo fuera referir uno por uno todos los que, llevados de su solo valor, se quitaron a sí mismos la vida. De entre las mujeres, a mano está Lucrecia, que, por haber sufrido la violencia del estupro, se clavó a sí misma el puñal en presencia de sus parientes para alcanzar gloria a su castidad. Mucio se dejó quemar en el ara la mano derecha, para dejar fama de sí con este hecho. No fue gran hazaña la de los filósofos: un Heráclito, que se abrasó envuelto en estiércol de bueyes; un Empédocles, que se precipitó sobre el volcán del Etna; un Peregrino, que, en fecha no remota, se arrojó a una hoguera, pues las mismas mujeres supieron despreciar el fuego: Dido, cuando se la quería forzar a casarse después de perder al marido que mucho había amado; y la mujer de Asdrúbal que, en llamas ya Cartago, a trueque de no ver a su marido a los pies de Escipión, voló con sus hijos a arrojarse a la hoguera de su patria. Régulo, general romano, hecho prisionero por los cartagineses, al negarse a ser canjeado a cambio de numerosos prisioneros cartagineses, prefirió ser nuevamente entregado a los enemigos, quienes le encajaron en una especie de arca y, acribillado desde fuera por clavos, sufrió tantas cruces como clavos le clavaron. Una mujer buscó de buena gana las fieras, y, por cierto, más espantables que el toro y el oso, cuales fueron los áspides con que se abrazó Cleopatra a trueque de no caer en manos del enemigo.
3. Mas se dirá que no es tanto de temer la muerte cuanto los tormentos. Pero ¿acaso cedió al verdugo la ramera ateniense que, atormentada por sabedora de la conjuración, no sólo no descubrió a los conjurados, sino que, arrancándose a mordiscos la lengua, se la escupió a la cara del tirano, para darle a entender que nada había de lograr con sus tormentos, por más que los prolongase? Nadie ignora tampoco cuál es hoy día la fiesta máxima entre los lacedemonios, la llamada flagelación. En tal solemnidad, que tiene carácter sagrado, puestos ante el altar los más nobles adolescentes, se los azota duramente en presencia de sus padres y parientes, que les exhortan a que se mantengan firmes. Pues el mayor título de ornamento y gloria es que ceda antes el alma a los azotes por la muerte, que no el cuerpo por cobardía.
Ahora bien, si tanto puede alcanzar la gloria terrena del vigor del alma y cuerpo, hasta el punto que los hombres desprecien la espada, el fuego, la cruz, las fieras, los tormentos, puesta la mira en el premio de la humana alabanza, bien puedo afirmar que todos esos sufrimientos son insignificantes en parangón de la gloria celeste y de la recompensa divina. Si en tanto se estima el vidrio, ¿qué no valdrá la perla? ¿Quién, pues, no gastará de muy buena gana por la verdad, lo que otros por la mentira?

V
Dejemos el motivo de la gloria. Todos esos mismos combates de crueldad y de tortura los ha pisoteado ya entre los hombres la sola vanidad y una especie de enfermedad del alma. ¿A cuántos ociosos no mueve la vanidad de las armas a asentarse como gladiadores? Lo cierto es que por ostentación bajan a luchar con las fieras y se imaginan ir más hermosos con las dentelladas y cicatrices. No han faltado quienes se han alquilado para el fuego y han recorrido determinado espacio cubiertos de una túnica ardiendo. Otros han pasado con pacientísimas espaldas por entre los nervios de buey de los venatores del circo. Todo esto, oh bendecidos, no sin causa lo admitió Dios en el siglo; es decir, para exhortarnos ahora y confundirnos en aquel día, si nos acobardáremos de sufrir por la verdad para nuestra salvación, lo que otros afectaron por vanidad para su perdición.

VI
Mas omitamos estos ejemplos de constancia nacida de vanidad. Volvámonos a la contemplación de la misma condición humana, a fin de que, si hemos de afrontar algo que requiera nuestra constancia, nos instruyan también aquellos accidentes que acostumbran ocurrir aun contra la voluntad. ¡ Qué de veces han sido abrasados vivos en los incendios! ¡ Qué de veces las fieras, ora en sus bosques, o ya en medio de ciudades, por escaparse de sus jaulas, han devorado a los hombres! Cuántos no han perecido a hierro por manos de salteadores o puestos en una cruz por sus enemigos, después de atormentarlos y hasta cubrirlos de deshonra! ¡Hay quien puede sufrir por causa de un hombre lo que duda por causa de Dios! Buen ejemplo tenemos de ello en estos mismos tiempos. ¡Cuántas y cuan calificadas personas han tenido por causa de un hombre un término de su vida que no era de esperar ni por sus nacimientos ni por sus dignidades, ni por sus cuerpos, ni por sus edades! Unos murieron a manos de ese hombre, si estuvieron contra él; otros, por sus enemigos, si siguieron su partido.

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