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jueves, 9 de agosto de 2012

Adiutricem populi

De LEÓN XIII
Sobre la devoción del Rosario Mariano a favor de los disidentes
Del 5 de octubre de 1895
 
Venerables Hermanos: Salud y Bendición apostólica
 
I. Pruebas del florecimiento de la devoción a María.
Justo es celebrar con magnificencia cada día mayor y rogar con una confianza más decidida a la Santísima Virgen, Madre de Dios, auxilio constante y clementísimo del pueblo cristiano. Pues, la variedad y abundancia de mercedes que ella, con generosidad siempre más amplia para el bien común, prodiga por todo el mundo aumenta los motivos que tenemos de confiar en ella y ensalzarla; y los católicos responden, naturalmente, a tanta generosidad con la expresión de su más rendido afecto, pues, si jamás en otro tiempo, ciertamente en estos tiempos tan arduos para la Religión, es dable contemplar en todas las capas sociales manifestaciones vivas y encendidas de amor y culto a la santísima Virgen.
Un testimonio claro de ello lo constituyen las asociaciones que bajo su patrocinio se restablecieron y se multiplicaron por doquiera; los hermosos templos que se dedicaron a su augusto nombre; las peregrinaciones que con concurrencia piadosísima se realizaron a sus más venerados santuarios; los congresos que se convocaron para dedicarse al estudio del incremento de su gloria, y tantas otras manifestaciones parecidas que eran en sí excelentes y prometían un porvenir aun más feliz.
Florecimiento especial de la devoción del Rosario.
Es un hecho singular y para nosotros un recuerdo gratísimo cómo, entre las múltiples formas de la devoción mariana, se vigorizaba siempre más, en el aprecio y en la práctica este modo tan eximio de orar, lo cual, dijimos, era gratísimo para Nos, porque si consagramos una no pequeña parte de Nuestras preocupaciones a promover el establecimiento del rezo del Rosario vimos claramente que la Reina celestial invocada con estas fervorosas plegarias nos ayudó con benignidad en Nuestras labores; y confiamos en que Nos asistirá para consolar Nuestras tristezas y para aliviar Nuestras preocupaciones que el día de mañana ha de traer.
II. Poder del Rosario para la reconciliación de los disidentes con la Iglesia
Abrigamos sobre todo la esperanza de que la virtud del Rosario nos ayude con abundantes auxilios a extender lo reino de Jesucristo.
Hemos dicho ya más de una vez que la obra que en las actuales circunstancias deseamos impulsar con mayor empeño es la reconciliación de las naciones disidentes con la Iglesia; al mismo tiempo, hemos declarado que el éxito de la empresa debe buscarse ante todo en las oraciones y súplicas dirigidas a Dios. No hace mucho manifestamos lo mismo también, cuando con motivo de las solemnidades de la fiesta de Pentecostés recomendamos para idéntico efecto especiales preces en honor del Espíritu Santo; recomendación que en todas partes fue obedecida con gran fervor.
III. Perseverancia en esa oración por la reconciliación de los disidentes.
Pero atendiendo a que el problema es muy arduo y la constancia engendra toda virtud, conviene recordar la exhortación del Apóstol que dice: "Perseverad en la oración"[i]; y esto tanto más, cuanto que los felices comienzos de la empresa parecen invitarnos con suavidad a continuar incansables en esta oración. En el próximo mes de Octubre, pues, no habrá nada tan útil a este propósito ni nada tan grato a Nuestro corazón como la instancia con que por todo el mes imploréis vosotros, Venerables Hermanos, y vuestro pueblo, en unión con Nos, a la Virgen y piadosísima Madre, mediante el rezo del Rosario y las oraciones prescritas de costumbre. Eximias son, pues, las causas que nos impulsan a encomendar a su protección Nuestras empresas y deseos, movidos por una confianza firmísima.
IV. María nuestra madre.
El misterio de la excelsa caridad que Cristo tuvo para con nosotros se revela luminosamente por el hecho de haber querido, al morir, entregar su Madre a Juan para que fuese su madre, por virtud de aquel memorable testamento: He ahí tu hijo[ii]. Según la interpretación constante de la Iglesia, Jesucristo quiso designar en la persona de Juan a todo el género humano; y más especialmente a los que se adhiriesen a Él por la fe. Y en este sentido pudo decir San Anselmo de Canterbury: ¿Qué puede concebirse más digno sino que Vos, oh Virgen Santísima, sois Madre de aquellos que tienen a Jesucristo por padre por hermano?[iii].
Ella aceptó, pues, el ministerio de este singular y laborioso oficio y lo desempeñó con magnanimidad, auspiciándose su iniciación en el Cenáculo. Ella ayudó admirablemente a los cristianos primitivos por la santidad de su ejemplo, la autoridad de su consejo, la dulzura de su consuelo y la eficacia de sus santas plegarias. Y en efecto, mostróse, pues, madre de la Iglesia y maestra y Reina de los apóstoles a quienes comunicó parte de las divinas sentencias que conservaba en su corazón[iv].
V. María, medianera universal.
Al ser elevada a la cumbre de su gloria, al lado de su divino Hijo, es casi imposible decir cuánto añadiera a la amplitud y eficacia de intercesión, lo cual convenía a la dignidad y claridad de sus méritos. Pues, desde allí, por disposición divina, Ella comenzó a velar por la Iglesia y a asistirnos a nosotros y a protegernos como madre; de tal modo que después. de haber sido cooperadora en la administración del misterio de la redención humana, ha venido a ser igualmente la dispensadora de la gracia que por todos los tiempos fluye de aquel misterio, concediéndosele para ello un poder casi ilimitado. Por este motivo las almas cristianas, llevadas por cierto impulso natural, se sienten con razón arrastradas hacia María, para depositar en Ella confiadamente sus pensamientos y obras, sus angustias y alegrías y para encomendarle, como hijos, a su cuidado y bondad a sí mismos y todo lo suyo.
Por este motivo también se elevan con toda razón magníficas alabanzas en todas las naciones y en todos los ritos las que se acrecientan con el aplauso de los siglos: entre otras alabanzas, las de: Nuestra Señora misma, medianera nuestra[v], la misma reparadora del mundo[vi], la misma media nera de los dones de Dios[vii].
VI. A Dios por María.
Y por cuanto la fe es el fundamento y el principio de los dones divinos que elevan al hombre sobre el orden natural al celestial, para obtener esta fe y desenvolverla saludablemente, se celebra con razón cierta acción secreta de aquella que nos dio al Autor de la fe[viii] y que por su fe fue saludada bienaventurada[ix]. Nadie hay, oh Virgen santísima, que se imbuya del conocimiento de Dios sino por Vos; nadie hay que se salve sino por Vos; nadie, que consiga misericordia sino por Vos[x]. Ni parece tener menos razón aquel que afirma que, principalmente por su dirección y su auxilio, la sabiduría y la doctrina del Evangelio han llegado, haciendo tan rápidos progresos, a todas las naciones, pese a las inmensas dificultades e impedimentos que se oponían, estableciendo por doquiera un nuevo orden de justicia y paz. Este mismo pensamiento inspiraba también el ánimo y la oración de San Cirílo de Alejandría cuando se dirigía de este modo a la Virgen: Por Vos predicaron los Apóstoles la salvación a las naciones,; por Vos se celebra y se adora la Cruz bendita en todo el orbe; por Vos se ahuyentan los demonios; por Vos el hombre mismo es llamado al cielo; por Vos toda creatura, envuelta en el error de la idolatría, llegó al conocimiento de la verdad; por Vos alcanzaron los fieles el santo bautismo, y se fundaron iglesias entre todos los pueblos[xi].
VII. María baluarte de la verdadera fe.
Y, como lo proclamara el mismo santo doctor[xii] fue María quien estableció y fortaleció muy especialmente el cetro de la fe verdadera; y por su ininterrumpido desvelo fue que la fe católica se mantuviera firme y prosperara intacta y fecunda. Muchos documentos de esta clase existen y son asaz conocidos, declarados a veces de un modo maravilloso.
En los tiempos y lugares en que, ante todo, había que deplorar el que la Fe o languideciera por la incuria o fuera atacada por la peste de los errores, se demostró presente y eficaz la benignidad de la poderosa Virgen auxiliadora. Bajo su impulso y en su virtud se levantaron hombres eminentes en santidad y espíritu apostólico aniquilando las audacias de los impíos y devolviendo los Corazones a la piedad de la vida cristiana e inflamándolos en ella.
Uno de ellos, representante de muchos, es Santo Domingo de Guzmán quien se empeñó con todo éxito en este doble apostolado, poniendo su confianza en el auxilio del Rosario mariano. Nadie ignora cuánta parte cupo a la misma Madre de Dios en los grandes méritos que se granjearon los Padres y Doctores de la Iglesia que tan egregios esfuerzos hicieron para defender e ilustrar la verdad católica.
En efecto, ellos mismos, con ánimo agradecido, confiesan que de Ella que es la Sede de la divina Sabiduría, descendió sobre ellos, al escribir, la abundancia de los más eximios pensamientos y que, por consiguiente, la malicia de los errores fue vencida por Ella y no por ellos.
Por último, los príncipes y Pontífices romanos, custodios y defensores de la Fe -unos para mover las guerras santas y otros para promulgar solemnes decretos- invocaron el nombre de la Madre de Dios, y siempre experimentaron su gran poder y benignidad.
Por esta razón, la Iglesia y los Padres glorifican a María con no menor verdad que magnificencia, diciendo: .Salve, lengua siempre elocuente de los Apóstoles, sólido fundamento de la Fe, baluarte inconmovible de la Iglesia[xiii]. Salve, que por Vos hemos sido inscritos en el número de los ciudadanos de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica[xiv]. Salve, manantial de divina abundancia del que fluyen los ríos de la celestial sabiduría, las aguas puras y límpidas de la ortodoxia que rechazan lejos las turbas de los errores[xv]. Regocijaos, porque Vos sola habéis destruido en el mundo todas las herejías[xvi].
VIII. Confianza en nuestra Madre.
Esta parte principalísima que cabe a la Madre de Dios en el desarrollo de los combates y en los triunfos de la Fe católica pone gloriosamente de manifiesto los designios divinos respecto a ella y debe inspirar a todos los buenos una firme esperanza de que se verán colmados los deseos comunes.
¡Hay que confiar en María!!, ¡hay e implorar a María! ¿Qué no podrá hacer con su poder para apresurar el éxito a fin de que la profesión de la misma fe una las mentes de todas las naciones cristianas y el lazo de la perfecta caridad, ese nuevo y ansiado ornamento de la Religión, hermane las voluntades? ¡No querrá Ella conseguir que los pueblos todos por cuya estrechísima unión rogara fervorosamente su Hijo único y que por el mismo bautismo llamara a la misma herencia de la salud[xvii] por la cual había pagado un precio infinito, laboren unánimes en su luz admirable![xviii] ¿No querrá Ella emplear los tesoros de bondad y providencia, tanto para consolar a la Iglesia, Esposa de Cristo, en sus largos sufrimientos por causa de ellos como para llevar a la perfección, en medio de la familia cristiana, el don de la unidad que es el insigne fruto de su maternidad?
IX. María es el vínculo de unión.
Que la feliz realización de esa empresa no ha de demorarse mucho parece confirmarse por la creencia y la confianza que alienta en los corazones de los piadosos de que María ha de ser el lazo bendito por cuya fuerza sólida y suave, todos cuantos amen en el mundo a Cristo, formarán un solo pueblo de hermanos que obedezcan a su Vicario en la tierra, el Romano Pontífice, como a su común Padre.
Llegados a este punto, Nuestro pensamiento remonta los anales de la Iglesia hasta los nobilísimos ejemplos de la edad primitiva y se detiene con un placer indecible en el recuerdo del gran Concilio de Efeso. Una firmísima unidad de fe y una misma comunión de culto que en aquellos tiempos vinculaba el Oriente con el Occidente parecieron reinar allí con singular firmeza y resplandecer con gloria, pues, cuando os Padres establecieron legítimamente el dogma de la Maternidad de la Santísima Virgen, la noticia de este hecho, partiendo de esta piadosísima ciudad que exultaba de gozo, llegó a llenar de la misma celebérrima alegría a todo el orbe cristiano.
X. Rogar por la unidad de la fe.
Cuantos motivos, pues, apoyen y aumenten la confianza en la Virgen poderosa y benignísima de ser escuchados, tantas razones estimularán el celo, que recomendamos a los católicos, de implorar a María. Consideren ellos cuán excelente y útil y ciertamente, cuán acepto y grato para la misma Virgen será esto, pues, poseyendo ya la unidad de la fe, declaran de este modo que aprecian muchísimo la fuerza de este beneficio y desean conservarlo más fielmente. Ni pueden demostrar de ninguna otra manera más preclara su amor fraterno a los disidentes que rogando fervorosamente por ellos para que recobren aquel bien de la unidad, que es el mayor de todos.
Pues, esta caridad cristiana de la fraternidad que reinaba en toda la historia de la Iglesia solía hallar su fuerza en la Madre de Dios como que es la favorecedora más eximia de la paz y de la unidad. San Germán de Constantinopla la invocaba en estos términos: Acordaos de los cristianos que son vuestros servidores; recomendad las oraciones de todos; ayudad la esperanza de todos; consolidad la fe y unid todas las Iglesias[xix]. Tal es también la invocación de los griegos: Oh Virgen purísima, que podéis acercaros a vuestro Hijo sin temor de ser desechada; rogadle, pues, oh Virgen Santísima, a fin de que conceda la paz al mundo; que infunda un mismo sentir a todas las Iglesias; y todos os glorificaremos[xx].
XI. El culto mariano en el Oriente y
sus imágenes traídas del Oriente son prendas de unión.
Otra razón propia y especial por qué la Santísima Virgen acceda con mayor benignidad a las plegarias en favor de las Iglesias disidentes se añade aquí a la anterior; son los egregios méritos que respecto de la devoción mariana tienen, especialmente las Iglesias orientales. Es a ellas que se debe en gran parte la propagación y el fomento de su veneración; en su seno surgieron varones memorables que afirmaban y defendían la dignidad de María, importantísimos por el poder de su elocuencia y sus escritos, panegiristas ilustres por su ardor y la suavidad de sus palabras, emperatrices gratísimas a los ojos de Dios que siguieron el ejemplo de la purísima Virgen, imitaron su munificencia y erigieron templos y basílicas para practicar el culto al Rey.
Será licito agregar aquí un asunto no ajeno al tema y que redunda en gloria de la Santísima Madre de Dios. No hay quien ignore que gran número de las augustas imágenes de María fueron traídas, en diversas épocas, del Oriente al Occidente, especialmente a Italia y a esta Urbe. Nuestros padres no sólo las recibieron con suma piedad y las veneraron magníficamente sino que, con igual devoción, sus nietos las procuran honrar como sacratísimas. En este hecho el ánimo se goza reconociendo cierta señal y gracia de nuestra benignísima Madre; pues, Nos parece que estas imágenes se conservan entre nosotros como testigos de aquellos tiempos en que la familia de los cristianos vivía estrechamente unida por doquiera, y como prendas bien caras de la común herencia. El mirarlas (como si la Virgen misma exhortara a ello) invita los corazones a que recuerden piadosamente a aquellos a quienes la Iglesia llama con sumo amor a que tornen a la prístina concordia y a la alegría de su abrazo.
XII. El Rosario provechosa oración de unión.
De este modo, Dios mismo ofreció en María una protección eficacísima para la unidad cristiana. Aunque no la merecerá un solo modo de oración, sin embargo creemos que el santísimo Rosario fue instituido para conseguirla en forma óptima y ubérrima. En otras ocasiones ya hemos indicado que no era la ventaja menor de este piadoso ejercicio que el cristiano posea en él un medio pronto y fácil para nutrir su fe y defenderse de la ignorancia y del peligro del error, como lo ponen de manifiesto los mismos orígenes del Rosario. Patente está la relación estrecha que guarda con María todo lo que en él se ejercita y se fomenta sea mediante las preces que se repiten, sea, sobre todo, mediante los misterios que se meditan. Pues, cuando ante Ella rezamos con devoción el Rosario volvemos a vivir, conmemorando, la obra admirable de la redención, de tal modo que contemplamos como hechos presentes que se desenvuelven ante nuestros ojos los acontecimientos cuyo desarrollo y efecto la vinieron a constituir al mismo tiempo en Madre de Dios y nuestra.
La grandeza de esta doble dignidad y los frutos de este doble ministerio aparecen con vivos fulgores cuando piadosamente meditamos cómo María se asocia a su Hijo en los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos. De allí resulta que el alma se inflame en amor agradecido para con Ella, y, desdeñando todo lo caduco, se empeñe, con firme voluntad, en mostrarse digna de tal Madre y de sus beneficios. Y como esa frecuente y fiel recordación no puede menos de agradar muy íntimamente a esa Madre, por mucho la mejor de todas, y de moverla a misericordia para con los hombres, por eso, Nos hemos dicho, que el rezo del Rosario será el ejercicio más oportuno con qué encomendarle la causa de los hermanos separados; porque esto incumbe propiamente a su misión de Madre, por cuanto los que son de Cristo no han sido concebidos por María ni lo han podido ser si no en una misma fe y un mismo amor; pues, por ventura ¿Cristo está dividido?[xxi], y todos debemos vivir la vida de Cristo a fin de que en el mismo cuerpo fructifiquemos para Dios[xxii].
XIII. María obtendrá la unidad si rezamos el Rosario.
Es necesario que la misma Madre que recibió de Dios el poder de engendrar continuamente nuevos hijos engendre nuevamente para Cristo, por así decirlo, a todos aquellos que por funestas circunstancias fueron separados de esta unidad. Es también lo que Ella, sin duda, desea vivamente conseguir. Si le donamos las coronas de esta oración agradabilísima, Ella implorará la abundancia de los auxilios del Espíritu vivificador. ¡Ojalá los buenos no rehúsen secundar los propósitos de aquella Madre misericordiosa, y, atendiendo su propia salvación, escuchen la dulcísima invitación de María: ¡Hijitos míos, de nuevo sufro por vosotros dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros![xxiii].
XIV. El rezo del Rosario en el Oriente.
Ponderado así la gran virtud del Rosario mariano, algunos de Nuestros predecesores dedicaron especiales esfuerzos a su propagación entre las naciones orientales. En especial, Eugenio IV en la Constitución Advesperascente, dada en el año 1439, luego Inocencio XII y Clemente XI, cuya autoridad concedió, para este efecto, grandes privilegios a la Orden de Predicadores. Los frutos no se hicieron esperar, gracias al celo de los ministros de esa misma Orden; numerosos y esclarecidos documentos lo atestiguan aunque el largo tiempo transcurrido desde entonces y las circunstancias adversas hayan detenido después los progresos de esta obra.
En nuestra época, el fervoroso culto de esta misma devoción del Rosario , que Nos, desde el principio, hemos ensalzado, ha encontrado eco en el alma muchas personas de aquellas regiones. En cuanto esto, pues, responda a Nuestros esfuerzos iniciales, esperemos que sea muy provechoso para dar cumplimiento a Nuestros deseos.
XV. El Templo de Nuestra Señora del Rosario en Patras.
Con esta esperanza se une un hecho muy gozoso que interesa tanto al Oriente como al Occidente, y es muy conforme a Nuestros designios. Hablamos, Venerables Hermanos, del proyecto cuya iniciativa nació en el Congreso Eucarístico de Jerusalén, o sea el de erigir un Templo en honor de la Reina del Santísimo Rosario, y esto en Patras en Acaya, no lejos del sitio donde en los tiempos antiguos, bajo sus augurios, resplandeció el nombre cristiano. Según nos ha manifestado, para Nuestro gozo, la Comisión que con Nuestra aprobación, fue constituida para impulsar esta obra y preocuparse de ella, ya muchos de vosotros, acatando Nuestros ruegos, habéis organizado Colectas especiales al efecto, con toda diligencia, y aun prometisteis continuarlas en forma igual hasta la terminación de la empresa. Con ello, ya han afluido bastantes recursos, de modo que la construcción podrá iniciarse con aquélla amplitud que a tal obra conviene; y Nos hemos dado poder para que, próximamente, se coloque con auspiciosas y solemnes ceremonias la primera piedra del templo. Elevaráse este santuario, en nombre del pueblo cristiano, como un monumento de perenne gracia a la Virgen Auxiliadora y Madre celestial, la cual se invocará allí asiduamente en ambos ritos, el latino y el griego, a fin de que Ella se digne colmar los antiguos beneficios aun con nuevos más eficaces.
XVI. Los beneficios del mes del santo Rosario.
Y ahora, Venerables Hermanos, vuelve Nuestra exhortación al punto de donde partió. Es, que todos, pastores y rebaños, se acojan, sobre todo durante el mes que se avecina, bajo el manto protector de la Santísima Virgen. Que en público y en privado, con alabanzas, plegarias y ofrecimientos, se unan todos para invocarla y suplicarla como a Madre de Dios y Madre nuestra, clamando: Mostrad que sois nuestra Madre[xxiv]. Que su maternal clemencia conserve a su universal familia al abrigo de todos los peligros; que la haga gozar de prosperidad verdadera fundada en la santa unidad. Mire con benevolencia a los católicos de todos los pueblos, y, uniéndolos más estrechamente cada día con los lazos de la caridad, los vuelva prontos y constantes para sostener la gloria de la Religión, en la que van incluidos asimismo los mayores beneficios para el Estado.
XVII. Plegaria a María por los disidentes.
Dígnese Ella mirar asimismo con especialísima benevolencia a los pueblos disidentes, naciones grandes e ilustres en que laten tantos corazones generosos, conscientes de sus deberes cristianos; dígnese suscitar en ellos anhelos saludables y nobles propósitos, y después de haberlos suscitado favorezca su realización.
En cuanto a los disidentes orientales quiera Ella recordar la devoción acendrada que le profesan y las gestas sublimes que sus antepasados realizaron por la gloria de su nombre. En cuanto a los occidentales baste rememorar el utilísimo patrocinio con que Ella reconoció y recompensó la eximia devoción que todas las clases sociales le manifestaran en el transcurso de muchos siglos.
Logre ser oída la voz suplicante del Oriente y del Occidente y de todas las naciones católicas dondequiera habiten; logre ser oída la Nuestra que desde lo más profundo del alma clama: Mostrad  que sois Nuestra Madre.
Bendición Apostólica.
Entre tanto, y como testimonio de Nuestra benevolencia os impartimos con amor la bendición Apostólica a vosotros, a vuestro clero y al pueblo confiado a vuestro cuidado. Dado en Roma, junto a San Pedro, el 5 de Septiembre de 1895, año decimoctavo de Nuestro Pontificado. León XIII

[i] Col. 4, 2.
[ii] Juan 19, 26.
[iii] San Anselmo, Or. 47, antes 46.
[iv] Lc. 2. 19; 2, 51.
[v] "Dominam nostram", "mediatricem nostram", San Bernardo serm. 2 in adv. Domini n. 5.
[vi] Ipsam "reparatricem totius orbis", S. Tharasius or. in praesent. Deip.
[vii] Ipsam "donorum Dei conciliatricem". in offic. graec. VII dec., Theotokion, post oden IX. 
[viii] Hbr. 12, 2.
[ix] Lc. 1, 52.
[x] S. Germán de Constantinopla or. 2 in dormit. B.M.V.
[xi] San Cirilo Alej. Hom. contra Nestorium.
[xii] San Cirilo Alej. Hom. contra Nest
[xiii] Del Himno griego "Akátistos".
[xiv] San Juan Damasceno. or. in annuntiat. Dei Genitr. n. 9. 
[xv] San Germán de Constantinopla or. iu Deip praesentat. n. 14.
[xvi] En el Oficio B.M.V.
[xvii] Hebr. 1, 14.
[xviii] 1 Pelr. 2, 9.
[xix] San Germán In Hist, a dormit, Deiparae.
[xx] Men. 5 de Mayo Theodokion post od. IX de S. Irene V. M
[xxi] 1 Coro 1, 13
[xxii] Rom. 7, 4.
[xxiii] Gal. 4. 19.
[xxiv] Del himno lit. A ve Maris Stella.

martes, 7 de agosto de 2012

Los inferiores que viven juntos en una familia, no han de decir fuera de su casa lo que no es de mucha estimación y crédito de ella.

Nuestro Señor Jesucristo dice en su santo evangelio, que los enemigos del hombre son sus domésticos: Inimici hominis domestici ejus (Matth., X, 36). Y así se halla comprobado por la experiencia cotidiana, que las amarguras de mayor molestia, y enfadosas pesadumbres regularmente las ocasionan los que viven juntos en una misma casa; verificándose el proloquio vulgar, que dice: Es la peor astilla la del propio madero.
Verdad es que los domésticos son los enemigos del hombre; pero cada uno de los domésticos ha de procurar no serlo por su culpa. Asi discurre san Gregorio el Grande, hablando de los escándalos; que aunque es necesario los haya en el mundo, como dice el Señor: Necesse est, ut veniant scandala (Matth., XVIII, 7), es infeliz el que los causa, haciendo que por él se cause el escándalo, que no era necesario que por él sucediese.
Por lo mismo que los domésticos regularmente son los enemigos de la casa, y ya tienen por común esa mala fama, debe cada uno desvelarse para no incurrir en tan fea ingratitud, porque siempre se siente mas la ofensa del mas allegado, y es mayor vileza la infidelidad del mas favorecído. Séneca dijo, que la torpe ingratitud es un agregado feísimo de todos los males: Cum ingratum dicis, omnia mala dicis.
Que un hombre honrado padezca injurias de los extraños, trabajo molesto es para nuestra inmortificada naturaleza; pero experimentar ruindades de aquellos mismos que favorece en su casa, esto se hace mucho mas sensible. Si me maldijese mi enemigo, decía un profeta santo, seria terrible; pero que me sea alevoso el que come el pan de mi mesa, esto tiene fuerte motivo para agravar mi doloroso sentimiento, y ejercitar mi paciencia. (Psalm. XIV, 13 et seq.)
Los domésticos ingratos, que comiendo el pan de la mesa de su señor, le son contrários a la debida estimación y crédito de su casa, estos se hacen compañeros infelices del maldido y alevoso Judas; el cual, despues de la misteriosa cena, dió lugar al demonio en su prevaricado corazón, y apartándose de sus condiscípulos, cometió la suprema de las ruindades, afrentando y entregando con beso de falsa paz a su divino Maestro, y amoroso Señor.
Para que de ningún modo se verifique de los domésticos semejante ruindad, sea la regla general que todos cuantos componen una familia honrada hablen siempre con la estimación debida de su señor y de todos los de su casa, sin dejarse arrebatar villanamente de sentimientillos y afectillos particulares; y háganse cargo de lo que dice el santo profeta, que para vivir con paz, es grande remedio el refrenarla lengua (Psalm. XXXIII, 14).
El mismo sano consejo les da a todos los fieles el príncipe de los apóstoles san Pedro; porque viviendo con criaturas es mortalmente imposible dejar de padecer algunas molestias; y nunca conviene dar mal por mal, ni maldición por maldición, sino armarse de paciencia cristiana, y de silencio discreto, que todo se pasa luego; y el que es pronto en hablar, quejarse y decir desconciertos, tiene mucho trabajo.
Muchas veces con la fuerza del sentimiento se dice una palabra sin consideración, que despues para deshacer lo dicho apenas se halla camino fácil; verificándose lo que dice el Espíritu Santo, que una pequeña centella enciende un grande fuego, y el mismo que le encendió no le puede apagar.
Principalmente, si el mal que se dice de la casa toca en la honra, dificultosamente se remedia; porque los borrones en papel blanco rara vez ó nunca se quitan del todo, sin dejar alguna sombra ó mancha donde cayeron; y no pocas veces se rompe el papel para quitarlos, y se hacen irremediables las fisuras. Por esto se dicen tantos horrores en las divinas Letras de las lenguas murmuradoras.
Algunos domésticos que tienen dobladas las lenguas, y hacen a dos caras, son en las casas muy perniciosos; porque en presencia de sus señores y consiervos hablan como unos ángeles, y en las casas ajenas tienen sus lenguas como de serpientes, que ponen veneno mortífero aun en lo mas sano y justificado de la casa donde viven. Estas criaturas infelices son la abominación de Dios, y las detesta y aborrece la divina Sabiduría: Os bilingüe detestor. Y son tanto mas perniciosas, cuanto mas se fian de ellas en las casas y familias,
Este suele ser vicio feo de criadas infelices, y mujercillas insipientes, que todo cuanto oyen en la casa donde sirven, lo dicen sin reparo alguno en otras casas extrañas; y no saben las simples mujeres el mal que hacen, porque muchas veces convierten en fábula y conversación común la casa honrada de sus señores; y como dejámos dicho, con mucha dificultad se deshace y se quita el daño que ellas ocasionan. Estas son amigas de traer y llevar, y regularmente en todas partes dicen lo peor, y muchas veces ocasionan disensiones irremediables en familias honradas, como dice un sagrado texto (Eccli., XXVIII, 19).
Estas perniciosas criaturas son como aquellas palomas simples, de quien escriben los antiguos, que servían de traer y llevar cartas; y por los malos efectos que de ellas se seguían, eran con el tiempo perseguidas de todos, costándolas a muchas muy caro el mal oficio; porque por último las desplumaban, y aun las quitaban la vida.
En estas infelices criaturas suele hallarse la lengua tercera tan abominable, que de ella dice el Espíritu Santo destruye las casas, y pone cisma y discordia perniciosísima que muchas veces desune a los bien casados, y causa otros innumerables males, de lo cual ya tenemos escrito en otro capítulo: Mulieres viratas ejecit, etc.
Los discretos padres de familia deben precautelar mucho estos gravísimos daños de su casa, poniendo ley inviolable a todos sus domésticos, y desengañándolos claramente, que si se les comprueba decir fuera de casa lo que oyen en ella, se les arrojará sin remedio, para que quitando la zizaña, descansen todos con sosiego y paz cristiana, y no tendrán que quejarse del áspero rigor, pues ellos se perderán por su misma culpa: y se cumplirá en su mala fortuna la sentencia del Espíritu Santo, que dice: «sentirán sus daños las criaturas inconsideradas en sus palabras » (Prov., xm, 3).
Con esta ley justificada compondrán su casa los prudentes padres de familia, a imitación de las sábias abejas, alabadas en la divina Escritura; de las cuales dicen los naturalistas, y lo vemos por la experiencia, que su primer cuidado es embetunar bien el vaso, para que nadie vea lo que trabajan y lo que hacen dentro de su casa.
En prueba de esta admirable propiedad de las abejas, escribe un autor grave, que habiéndolas puesto cierto caballero en un vaso grande de cristal, para ver como hacian su primorosa labor, la primera diligencia que hicieron fue darle al vaso un oscuro baño para que nadie viese lo que despues trabajaban. Verdaderamente son maestras de los hombres estas criaturas irracionales.
Un libro grande y muy precioso hay escrito de la maravillosa república de las abejas, con grandes enseñanzas para los hombres; porque ciertamente tienen raras y excelentes propiedades, de que pueden y deben aprender todos los mortales. La que al presente nos hace al caso es la que ya tenemes dicha de cerrar bien su casa para que salga perfecta su maravillosa fábrica. Muchos defectos y faltas se pueden y deben tolerar en los domésticos; pero esta de decir fuera de casa los defectos y desazones que en ella suceden, no conviene tolerarse por los graves inconvenientes que de ello se siguen.
Todos los domésticos han de llevar siempre esta máxima de no decir a los extraños (ni aun a los propios, que viven en distinta familia) lo que no sea de mucha estimación de la casa donde comen el pan; y desengáñense, que aunque los oigan con gusto, no sacarán de su inconsideración sino su mismo desprecio, y aun su temporal detrimento; y se perderán por su mala lengua, como se dice en la divina Escritura (Eccli., V, Í5).
Pueden los domésticos racionales aprender de los perros irracionales, alabados de fidelísimos en las divinas letras, que por un pedazo de pan que les dan sus dueños, no permiten que nadie los ofenda; y se deshacen en ladridos contra los que desprecian a sus amos; y los que no tienen esta noble propiedad, la misma divina Escritura dice que los arrojen fuera: Canes muti, non valentes latrare, etc. (Isai LVI, 40).
El fiel doméstico que oye decir mal de la casa de su señor, o sea de sus compañeros y consiervos, con quienes vive de familia, y no tiene corazon para hablar en su cristiana defensa, no da buen testimonio de su persona, y mas pierde que gana de su estimación propia; porque no tiene reputación ni buena conciencia quien aplaude con silencio vicioso la detracción ajena, tocándole aun en política cristiana la justa defensa del ausente ofendido. Bien es verdad, que en tales casos importa no pasar los términos limitados de la ira sin pecado, y de la virtuosa modestia.

R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

viernes, 3 de agosto de 2012

El primer mandamiento de la ley de Dios. la oración. Por qué y cómo debemos orar.

¿Por que hemos de hacer oración a Dios, como si tratáramos de informarle de lo que El ya sabe? ¿No es cierto que Dios conoce de antemano nuestras necesidades? ¿Por qué, pues, se las hemos de declarar en nuestras peticiones? 
No hacemos oración para informar a Dios de nuestras necesidades, ni para dictarle lo que deba hacer, pues Dios todo lo sabe, y conoce hasta los secretos más recónditos del corazón humano, con todas sus necesidades. Hacemos oración a Dios porque queremos reconocer su poder y su bondad; porque comprendemos que dependemos de El todo, y porque El mismo nos enseñó a orar con su ejemplo y con su palabra. Jesucristo nos mandó que santificásemos el nombre de Dios; que hiciésemos la voluntad de Dios en la tierra, así como la hacen los bienaventurados en el cielo; que pidiésemos al cielo favores, tanto espirituales como temporales, por ejemplo, gracia para resistir a las tentaciones, el perdón de nuestros pecados y la gracia de la perseverancia final (Mat. VI 9-13; Luc. XI 1-4).   
Prometió escuchar las plegarias que salgan de un corazón humilde, y lo aseveró diciendo: "Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y os abrirán" (Mateo VII, 7). Porque si "vosotros sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, con mayor razón vuestro Padre celestial dará el buen Espíritu a los que se lo pidan" (Luc. XI, 1-3).   
Finalmente, dijo: "Cualquiera cosa que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá..., como os concederé todo lo que me pidáis en mi nombre" (Juan XIV, 13-11). 
Asimismo, Jesucristo, antes de dar comienzo a sus ministerios, gastó en oración nada menos que cuarenta días (Marc. I, 35); pasaba también las noches en oración durante la vida pública (Luc. VI, 12); oraba antes de obrar un milagro, oró en el huerto de Getsemaní, y en la cruz pidió por Sí y por sus verdugos. San Pablo escribe a los fieles de Tesalónica que "oren sin cesar" (1 Tes V, 17), y a los corintios les dice que rueguen contra los enemigos de su salvación (2 Cor. XII, 27). Nada tan agradable como la conversación. 
Pues bien: la oración no es más que una conversación con Dios. Cuando oramos, no solamente pedimos a Dios favores, sino que le adoramos también y le alabamos y le agradecemos los favores que nos hace, y le pedimos humildemente perdón por nuestros pecados. 

Parece que la oración y la plegaria implican un cambio por parte de Dios. Por otra parte, es evidente que Dios no puede cambiar. 
A esta dificultad respondió Santo Tomás con la sabiduría que le caracteriza. Dice así el angélico doctor: "La divina Providencia conoce no solamente los efectos que tendrán lugar, sino también las causas que han de producir tales efectos. Ahora bien: los actos humanos son la causa de ciertos efectos. Por tanto, los hombres pueden ejecutar ciertas acciones, no para cambiar con ellas la disposición divina, sino para obtener ciertos efectos según el orden de la disposición divina, y dígase lo mismo de las causas naturales. Este es, ciertamente, el caso en la oración. Oramos, no para cambiar la disposición divina, sino para obtener lo que Dios ha dispuesto que alcanzaremos si oramos, es decir, que—como escribió San Gregorio— "Los hombres, orando, puedan recibir lo que Dios todopoderoso dispuso desde toda la eternidad que daría" (Summa 2, 2, q. 83, a. 2). 

El Señor prometió conceder lo que le pidiésemos (Juan XIV, 13). Sin embargo, es un hecho que muchas de las cosas que pedimos no se nos conceden. 
A esta dificultad hay que responder haciendo algunas distinciones. Si con humildad y perseverancia pedimos bendiciones espirituales con las que aseguremos nuestra salvación, como gracia para resistir a las tentaciones, perdón de nuestros pecados y la gracia de la perseverancia final, no hay duda de que Dios despachará nuestra oración favorablemente. Si pedimos eso mismo para otros, Dios derramará a manos llenas sus gracias sobre ellos; pero, en último término, el pecador puede obstinarse y resistir a esas gracias hasta la muerte. Dios no forzará jamás la voluntad del hombre, pues no quiere en su servicio forzosos, sino voluntarios. Si le pedimos cosas temporales, como salud, dinero, éxito en los negocios, etcétera, Dios puede concedernos lo que pedimos precisamente negándonoslo. No olvidemos que debemos orar en armonía con el plan divino. Jesucristo nos enseñó esto cuando oró así a su Padre en el huerto de los Olivos: "Padre, si es posible, que pase de Mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Mat. XXVI, 39). 
San Pablo también pidió a Dios que le librase del aguijón de la carne, y oyó que Dios le decía que "la virtud se perfecciona en la enfermedad" (2 Cor XII, 7, 9).   
Si la enfermedad nos acerca a Dios, y la salud hace que nos olvidemos de El; si los fracasos nos hacen más humildes y los éxitos más soberbios; si la pobreza es causa de que imitemos más de cerca a Jesús pobre, y con las riquezas nos ponemos a punto de perder la misma fe, ¿no sería crueldad por parte de Dios concedernos lo que le pedimos? No hay madre que dé a su niño la navaja de afeitar del padre, por mucho que llore el nene que quiera jugar con ella. No hay médico sensato que dé al paciente lo que pide si está cierto de que ello le causaría la muerte. 

¿Por qué no rezan los católicos según les dicte el corazón, en vez de repetir siempre las mismas oraciones vocales? ¿Tenían acaso los primitivos cristianos cierto número de oraciones fijas en sus libros, como la tienen hoy los sacerdotes en la misa? 
En los tiempos apostólicos no se decía la misa por un misal, como ahora, sino que se decían ciertas oraciones compuestas, en parte, por el obispo que oficiaba. La opinión general hoy día es que las oraciones de la liturgia católica datan del siglo II. Desde luego, ciertas palabras, como las de la fórmula de la consagración, eran repetidas por los mismos apóstoles (San Justino, Apol 1, 05) y sus sucesores, siguiendo el mandato de Jesucristo (Luc. XXII, 19). 
Las lecciones, salmos, preces y sermones que se introdujeron en la misa no fueron más que una cristianización de las funciones religiosas de la sinagoga.
San Pablo nos habla de la lectura de las Escrituras, de la recitación de himnos y salmos y de la respuesta Amén (1 Tim IV, 13; 1 Cor XIV, 26; 16) y San Lucas nos habla de las oraciones que seguían a la consagración (Hech II, 42).
 Cuando uno de los discípulos dijo a Jesucristo: "Señor, enséñanos a orar", el Señor le satisfizo pronunciando la más hermosa de todas las oraciones y la que se ha venido repitiendo con más frecuencia, el Padrenuestro (Luc. XI, 1).  
Por tanto, cuando la Iglesia aprueba ciertas oraciones, no hace más que imitar la conducta del Salvador, que aprobó la oración cristiana por antonomasia. Además, las oraciones de la Iglesia no pueden ser más hermosas si se leen y meditan con, sosiego y recogimiento. Las más comunes son el Credo, el Yo pecador, el Avemaria, el Angelus y el Rosario. 
Pero los católicos son libres para decir al Señor lo que crean oportuno y en la forma que mejor les cuadre. La Iglesia aprueba y alaba la oración mental. En ella se da rienda suelta a los efectos sin repetir vocalmente ninguna oración escrita en los libros. También ha florecido siempre en la Iglesia la contemplación u oración de silencio y recogimiento, como puede verse leyendo los escritos de los autores místicos. 
Léase a Santa Teresa de Jesús, o a San Juan de la Cruz, o a San Pedro de Alcántara, o a tantos otros que han sobresalido en esta contemplación privilegiada. San Juan de la Cruz dice que para llegar a esta oración, el alma debe estar despegada de todas las criaturas y debe estar indiferente para las sequedades o para las dulzuras que en ella pueda sentir, pues Dios exige al espíritu tal libertad, que el menor gusto o disgusto a una cosa impide la paz y recogimiento de esa contemplación sublime e interrumpe el silencio que necesita el alma para oír la voz de Dios, que habla al alma en la soledad. La Iglesia es la primera en oponerse a todo formulismo rutinario. Lo que ella quiere es que sus hijos se acerquen a Dios y vivan vida de fe, esperanza y caridad. Las oraciones que nos da escritas no son para que nos ciñamos a ellas exclusivamente, sino para que nos sirvan como de guía para encontrar a Dios, que habla al alma en la oración y en el silencio. Una vez que hemos encontrado a Dios, cesa la oración vocal, y el alma habla a su Señor sin las ataduras de palabras fijas, aprendidas tal vez de memoria. 

BIBLIOGRAFIA
Corral, El alma de todo apostolado
Ermoni, San Pablo y la plegaria
Gubunas, La oración dominical
Granada, Oración y meditación
Heredia, Una fuente de energía
Maumigny. La práctica de la oración
Neumayr, Compendio de Teología ascética
Santa Teresa, Camino de perfección. 
Sorazu. La vida espiritual.

jueves, 2 de agosto de 2012

EL PROTOEVANGELIO Y NUEVA EVA

La maternidad de gracia en la Madre de Dios se basa sobre su oficio de nueva Eva.—El Protoevangelio (Gén. III. 14. sqq.): Jesucristo, el Reparador, y sus miembros, están anunciados en él como descendencia de la mujer, es decir, de la Virgen María.— Jesucristo según la carne, y sus miembros según el espíritu.

 La Tradición, en el capítulo precedente, nos ha hecho contemplar a María como la nueva Eva que da la vida, por Jesucristo, el nuevo Adán, a los mismos que la primera Eva, juntamente con el primer Adán, engendró para la muerte. Y esta antítesis entre las dos mujeres pertenece, como parte substancial, al plan de desquite inventado por la eterna misericordia y la eterna sabiduría. ¿Podemos ir más allá de la tradición cristiana y hallar, antes que ella empezase, el origen de una doctrina tan universal? Los Padres que fielmente nos la han transmitido, no vacilan en afirmarlo. Nos la muestran consignada por el mismo Dios en las primeras páginas del Génesis. Esto es lo que vamos a estudiar ahora.
Conocido es el memorable pasaje, en el que Dios, castigando a los culpables, levanta, sin embargo, al hombre, anunciándole su futura redención. Y dijo el Señor a la serpiente: "Porque esto hiciste, maldita serás entre todos los animales y bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás el polvo de la tierra todos los días de tu vida. Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te quebrantará la cabeza y tú pondrás asechanzas a su calcañar" (
Gén., III, 14, 15. La traducción del último verso responde al texto de la Vulgata; traducido literalmente del hebreo, seria: "Esta (la raza o descendencia de la mujer) te quebrantará la cabeza y tú la herirás en el talón").

 Tal es la profecía generalmente llamada Protoevangelio, porque contiene la primera promesa del Mesías Redentor, encajada en la sentencia pronunciada contra la serpiente. Para comprender mejor el significado del oráculo, y cómo éste confirma a la vez la doble maternidad de María, Madre del Salvador según la carne y Madre nuestra según el espíritu, fuerza es, ante todo, definir y precisar los personajes que entran en escena: de una parte, la serpiente y su descendencia; de otra, la mujer y la descendencia de la mujer.

I. ¿Quién es esa serpiente, tentadora y seductora de Eva, objeto de la maldición divina? La serpiente es el demonio, sin género alguno de duda; pero el demonio disfrazado bajo la figura sensible de la serpiente, a la que ha tomado como órgano suyo. Al demonio, pues, alcanza la maldición de Dios, a través de la serpiente, que lo simboliza. A una atestiguan las Sagradas Escrituras esta identificación del espíritu del mal con la serpiente, seductora de la primera mujer: "Tuvo lugar en el cielo un gran combate: Miguel y sus ángeles combatían con el dragón, y el dragón y sus ángeles luchaban contra él... Y fué arrojado del cielo el dragón, la antigua serpiente, que se llama el diablo y Satán..." (Apoc., XII, 9: XXII, 2, 9).
Así habla San Juan, en su Apocalipsis. El testimonio de Jesucristo mismo no es menos claro ni concluyente, cuando dijo a los judíos: "El padre del cual habéis nacido es el demonio, y vosotros queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él fué homicida desde el principio..." (
Joan, VII1-44).
Alusión bien clara a la caída original causada en la Humanidad por las sugestiones de la serpiente infernal. San Pablo se refiere también al demonio, cuando escribe a los fieles de Corinto: "Temo que vuestros sentimientos se corrompan, como sucedió a Eva, engañada por la astucia de la serpiente" (
II Cor., XI, 3).Fácil es también reconocer a la serpiente del Génesis y al demonio en estas palabras del Salvador: "Potestad os he dado para caminar sobre las serpientes y los escorpiones y sobre toda la potencia del enemigo" (Luc., X, 19), porque la segunda frase explica el sentido de la primera, si consideramos que el enemigo por excelencia es el diablo (Matth.. XIII-39).
Por último, para apoyarnos también en la autoridad del Antiguo Testamento, recordemos las palabras de la Sabiduría: "La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo" (
Sap., II, 24).
Texto que no sería inteligible si el diablo y la serpiente no estuvieran identificados como la causa, el instrumento y el símbolo. Si, pues, Satanás no está expresamente nombrado en el Génesis, es porque la materia y la creencia general hacían completamente superflua una designación más precisa. La letra es harto transparente y es imposible no ver la realidad bajo la figura.
Una advertencia, no sin importancia, es que la Escritura, hablando de la serpiente seductora, no dice una serpiente, sino la serpiente. Quiere enseñarnos con esto que la del Paraíso terrenal no fué una serpiente cualquiera, sino aquella que el Antiguo y Nuevo Testamento llaman el Satán (
Job.. I, 6), por oposición a satán (sin artículo), que significa sencillamente enemigo o adversario. Así, pues, la serpiente, condenada por la sentencia divina, es, ante todo, el gran rebelde, Lucifer, el espíritu maligno. Si hubo allí una serpiente propiamente dicha, no fué más que el disfraz visible y el órgano de la serpiente infernal. Por esto, todo lo que en la maldición de Dios puede convenir a dicha serpiente real, expresa figurativa y típicamente la pena impuesta al demonio, sea él mismo, sea su raza.
¿Qué debemos entender por la raza de la serpiente? Si ésta es símbolo del demonio, hay que ver en la raza de la serpiente la raza misma del demonio. Pero esta raza, ¿qué es? La Escritura no lo deja ignorar. Cualquiera que haya leído sus inspiradas páginas, sabe muy bien que el Libro Santo establece relaciones de filiación y de paternidad, no sólo en el caso de una generación física y natural, sino también en el caso de una generación espiritual y moral (
Una es, sin embargo, la generación espiritual de los hijos de Dios; otra, la que produce los hijos del diablo. La primera transforma interiormente al hombre por el don de la gracia y la morada especial del Espíritu Santo; la segunda destruye este don, arroja al divino Espíritu y hace suceder los vicios a la virtud, de tal modo, que por la una es el alma imagen de Dios, y por la otra toma algo de los rasgos y parecido de satán, padre del mal).
Y, así, vemos que en el Génesis se llama a los descendientes de Seth "hijos de Dios", porque permanecieron fieles al culto del verdadero Dios, y a los culpables descendientes de Caín, se les llama "hijos de los hombres" (
Gén., VI. 1. 2).
Más de una vez el Nuevo Testamento designa a los perversos con el nombre de hijos del diablo y de satán: "Hombre lleno de malicia y de astucia, hijo del diablo, enemigo de toda justicia", dice San Pablo al mago Elymas, en el libro de los Hechos Apostólicos (
Act., XIII, 10).
"Aquel que hace el mal, dice a su vez San Juan, es del diablo, el cual ha mentido desde el principio" (
Joan., III-10).
Jesucristo, en el Evangelio, trata a los saduceos y fariseos de "raza de víboras y de serpientes" (
Matth., XII, 34; XXIII, 33), denominación que hallamos también en boca de San Juan Bautista en el Jordán (Matth., III. 7).
Y, para quitar toda duda, Nuestro Señor dijo a los mismos judíos incrédulos: "Tenéis por padre al diablo, y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él fué homicida desde el principio, y no permaneció en la verdad" (
Joan., VIII-44).
Así, pues, la raza o descendencia de la serpiente, designada en la sentencia de Dios, son aquellos hombres a quienes el demonio, por medio de sus pérfidas sugestiones y su nefasta influencia, ha hecho a imagen suya y cómplices de su rebelión. Raza de la serpiente son los que cometen el pecado con sus actos personales; raza de la serpiente, los que nacen manchados por el pecado, como todo hijo de hombre; raza de la serpiente, sobre todo, los que continúan en la tierra la obra del demonio, perdiéndose ellos mismos y procurando perder a los otros.

II. Ya conocemos bien cuál es el primer grupo, quiero decir, la serpiente y su descendencia. Réstanos considerar el segundo, o sea la mujer y su posteridad o descendencia. Procuremos, ante todo, determinar la descendencia de ésta, y después nos será más fácil averiguar de qué mujer se trata. Hay aquí una cosa indudable, y es que la posteridad de la mujer es, por lo menos, en su significación primera y principal, el Salvador y Redentor de los hombres. Suprímase esta interpretación, y queda anulado al mismo tiempo el primer Evangelio, y se arrebata al género humano, caído y desesperado en la persona de sus primeros padres, la promesa que le consuela y la esperanza que lo levanta de su postración. La magnífica cadena de profecías, que se prolongan y se aclaran a través de los siglos, habrá perdido su primero y principal anillo. La figura del Mesías no será esbozada desde el principio del mundo, y el demonio, aunque cargado de la maldición divina, podrá gozar en paz de su triunfo, sin temor de perder su presa.
Además de los testimonios que las diversas edades del mundo nos presentan, el texto nos dice con harta claridad que la posteridad de la mujer es, en primer lugar, el Mesías Reparador y Salvador. En efecto; según el hebreo y la mayor parte de las versiones orientales, no es la mujer prometida la que directamente aplastará la cabeza de la serpiente, sino su descendencia, su hijo y al pie de ese mismo hijo acechará la serpiente para morderlo. Tal parece ser la forma original del texto. Esto no quiere decir que la Vulgata y la mayor parte de los Padres latinos nos induzcan a error cuando leen: "Ella (la mujer) te quebrantará la cabeza", atribuyendo la victoria a la mujer. Pronto veremos que este sentir es verdadero; pero no es menos cierto también que el quebrantamiento de la serpiente infernal es, ante todo, hecho y triunfo propio de la descendencia de la mujer.
Sin que sea necesario entrar en los estudios gramaticales y filológicos, con los cuales se ha querido probar que la lección del texto hebreo merece la preferencia, baste el probar aquí que los acontecimientos declaran la promesa en el sentido indicado. Al Hijo atribuye el Espíritu Santo perpetuamente la victoria sobre la serpiente y la destrucción del imperio del diablo; al Hijo principálmente persiguen con su odio a través de los siglos la serpiente y su descendencia. "Así como los hijos participan de la carne y de la sangre —dice el Apóstol—, Él también ha tomado esta carne y sangre, a fin de destruir muriendo al que tenía el imperio de la muerte; es decir, al diablo" (
Hebr., II, 14).
Y San Juan: "El que peca es del diablo, porque él pecó desde el principio. Y por esto vino el Hijo de Dios a destruir las obras del diablo" (
I Joan.. III. 8).
Así, pues, el Hijo de la mujer aplasta la cabeza de la serpiente.
Y ¡qué rabia la de la serpiente contra Él! Apenas nacido, se apodera el diablo de Herodes y trama asechanzas para perder a Jesús. Más tarde, irá a perseguirlo al desierto. Rechazado y vencido, le llegará su hora, aquélla de la que Nuestro Señor decía a los judíos, cuando fueron a prenderlo en el Huerto de los Olivos: "Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas" (
Luc., XXII, 53).
Y entonces entrará dentro de Judas, para hacerle vender a su Maestro; en los príncipes de los sacerdotes y en los ancianos del pueblo, para juzgarle y condenarle; en los verdugos, para crucificarle. La descendencia de la mujer es, pues, el Redentor prometido desde el origen del mundo y venido en medio de los tiempos, Jesucristo Nuestro Señor.
A esta primera consideración se añade otra no menos decisiva.
Y es que el Hijo de la mujer, del cual está escrito: "El te quebrantará la cabeza", es decir, aniquilará el poder del infernal opresor, no puede ser otro que la semilla prometida más tarde a los patriarcas, semilla en quien serán benditas todas las familias y naciones de la tierra (
Gén., XXII, 18; XXVI, 4, etc.).
En efecto; así como la calamidad suprema que señalan las Escrituras es la servidumbre del demonio, así la bendición por excelencia es la libertad de tal servidumbre. Sigúese de aquí que el descendiente, semen, prometido al mundo en persona de Abraham, el Hijo en quien serán benditas todas las naciones, es una sola y la misma persona con la posteridad de la mujer, que ha de aplastar bajo sus vencedores pies la cabeza del diablo. El Apóstol lo hace notar con insistencia en la auténtica interpretación que da a las promesas hechas al padre de los creyentes: "La promesa se hizo a Abraham y al que debía nacer de él, semini ejus. La Escritura no dice: "Y a los que nacerán de ti", como si fuesen varios, et seminibus quasi in multis, sino que habla de uno solo: "Y al que nacerá de ti", et semini tuo, que es Cristo" (
Gal., III, 16).
Si, pues, tal es el Hijo y tal la posteridad de la mujer, ¿quién será esta mujer, sino la Madre de Cristo, la bienaventurada Virgen María?
La descendencia predestinada de la mujer es el futuro Mesías, el Dios hecho hombre. Acabamos de demostrarlo. Pero puesto que la descendencia de la serpiente es necesariamente un nombre colectivo, parece también necesario que la posteridad de la mujer no signifique solamente la persona particular de Cristo y del Mesías. El paralelismo de las palabras exige un significado más extenso. Por eso hemos dicho de esa posteridad que significaba primera y principalmente a Cristo, hijo de la Mujer; pero secundariamente, comprende, además, la multitud de hombres que, corriendo los siglos, habían de agruparse bajo los estandartes de Dios, para combatir al eterno enemigo de Dios. ¿Por qué? Porque pertenecen a Cristo, como miembros a su cabeza; porque forman parte de su plenitud; porque si bien no entran en su personalidad física, están comprendidos en su persona mística; en una palabra, porque son ellos también en la medida de su santidad nuevos Cristos, victoriosos adversarios de la serpiente. La semilla, pues, o la posteridad de la mujer, expresa verdaderamente una colectividad, pero una colectividad que sale de la unidad y a ella vuelve. He aquí las dos ciudades, tan elocuentemente descritas por San Agustín: Jerusalén y Babilonia; la ciudad del amor de Dios y la ciudad del amor de sí propio; la ciudad de Dios y la ciudad del diablo; ciudades divididas entre sí por invencible oposición de pensamientos y obras; ciudades en guerra perpetua e implacable, por que el odio recíproco de sus dos jefes no se extinguirá jamás.
Véase cómo todo se relaciona, una vez admitida esta interpretación del texto. La raza del diablo es multitud, y, sin embargo, una, pues él es el centro y la cabeza; la posteridad de la mujer es colectividad también, pero una y más aún que la del diablo, porque los justos están más identificados Con Cristo que los pecadores con el demonio. Aquí, sin duda, hay que buscar la interpretación de aquellas palabras del Apocalipsis, que nos muestra en la realidad lo que había predicho el Génesis:
"Y el dragón, encendido en ira contra la mujer, fue a combatir contra los otros de su raza, reliquis de seminei ejus; es decir, contra los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Cristo" (
Apoc., XII, 17).
Esto explica también completamente las otras palabras de la sentencia divina: "Tú te esforzarás en morderle el talón." Sin duda que se aplican a la persona individual y física de Nuestro Señor; pero, ¡con qué furor igualmente persigue la serpiente antigua a los que forman o están llamados a formar su cuerpo místico! Aprendámoslo en esta advertencia del Príncipe de los Apóstoles:
"Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el demonio, da vueltas a vuestro alrededor como león rugiente, buscando a quien devorar" (I Petr., V, 8).
San Pedro recordaba las palabras de Cristo, cuando le decía: "Simón, Simón, he aquí que Satanás ha demandado cribarte, como el trigo" (L
uc., XXII, 31).
Participando de los ataques, participan también los justos de la victoria en Jesucristo. De aquí aquel deseo expresado por San Pablo escribiendo a los romanos: "Que el Dios de la paz sujete prontamente a Satanás bajo vuestros pies" (
Rom., XVI-20).
Una vez más lo repetimos: siendo la descendencia de la mujer el Dios Salvador, hay que saludar en esa mujer a la gloriosa Virgen María. La consecuencia es clara, y será más clara todavía cuando hayamos hecho desaparecer una dificultad. Se ha dicho para contrarrestar nuestra interpretación; En toda la historia de la tentación y de la caída, la palabra mujer designa a Eva solamente; así, pues, debe tener el mismo significado en la pronunciación de la sentencia contra la serpiente y aplicarse igualmente a la primera mujer. Respondemos: Hay que distinguir el relato de la seducción y de la culpa de la pronunciación de la triple sentencia que viene después. En el primero, es indudable que la palabra mujer designa a Eva y a Eva solamente. Pero en la fulminación de la sentencia hay que confesar que si la palabra no cambia de significado, cambia de sujeto (
La significación es la misma; el supuesto varía, como dicen los teólogos. Así, en esta frase: "El Verbo es Dios de Dios", la palabra Dios guarda el mismo sentido. Pero uno es el supuesto del primer término, otro el del segundo).
¿Hablaba Dios a Eva solamente, cuando decía a la mujer: "Multiplicaré tus males, parirás con lágrimas y con dolor?" (
Gén., III, 16).
Por tanto, si la misma palabra, después de haber representado a una persona única, se extiende a la generalidad de las mujeres, ¿por qué no podría decirse lo mismo de una mujer individual distinta de Eva; esto es, de una mujer que sería la Madre del Salvador futuro?
Leyendo la historia de Eva, en vano buscamos en ella esa enemistad mortal entre el demonio y la mujer, enemistad que no tiene comparación sino con la oposición entre la descendencia del uno y la posteridad de la otra. ¿Cómo y cuál se nos presenta Eva en el texto del Génesis? Como cómplice primero y después como víctima de la serpiente; es aquella cuya temeridad, desobediencia y orgullo han concurrido en gran parte a que la raza humana sea la raza de la serpiente. La enemistad de la mujer con el demonio está manifiestamente conexa con el aplastamiento de la cabeza de la serpíente, en que termina la sentencia. ¿Qué hizo Eva, qué sufrió, qué mereció para ser tan funesta al diablo? Hemos dicho que la enemistad de la mujer está conexa con el quebrantamiento de la serpiente infernal; tengamos como garantía la traducción de la Vulgata, antiquísima versión, y tan universalmente aceptada por la Iglesia, que no puede expresar un error. Sí, la mujer también debe quebrantar la cabeza de la serpiente, pero en su posteridad y por su posteridad. ¿Y es esta la nota característica, preguntamos, que representa o distingue a Eva? ¿No la vemos, por el contrario, engendrar esclavos del demonio, y no a su vencedor, puesto que todo descendiente de la primera pareja es necesariamente pecador y sometido por el hecho mismo de descender de Adán y Eva al imperio de la serpiente? 
(Varios intérpretes católicos han querido que la mujer fuese a la vez Eva y María. Eva en sentido literal. María en el sentido espiritual. Eva sería el tipo de María; su horror y el de su posteridad para con la serpiente significaría la enemistad de la Virgen Santísima y de su divino Hijo con el demonio. Y, por consiguiente, el Proto-evangelio conservaría todo su valor profético. De igual modo que la ley del Exodo (Xll, 46): "No le quebrantarás un solo hueso", se refiere a Jesucristo crucificado, pero bajo la figura del Cordero pascual literalmente significado en el texto (Joan., XIX, 36)).

Se pretenderá, tal vez, que si la mujer de que aquí se trata no es Eva en particular, es, por lo menos, la mujer en general. A dificultad semejante contestaremos aplicando a todas las mujeres lo que particularmente acabamos de decir refiriéndonos a Eva. Si a toda costa se quiere entender la palabra mujer según la significación genérica, no lo impugnaríamos en absoluto, pero sí con la condición de que se interpretase como hacen los Santos Padres cuando escriben tratando de Cristo: "El hombre vencido por el diablo ha vencido a su propio vencedor", o bien cuando, fijos los ojos en María, dicen: "La mujer ha reparado los males causados por la mujer." De igual modo que en esas proposiciones el hombre y la mujer designan bajo su generalidad a Jesús y a su Madre, así también en la maldición fulminada contra la serpiente, la mujer resultaría también la Madre de Dios (De un modo semejante, decir con San Pedro Crisólogo que la mujer, después de haber sido por el diablo madre de los que mueren, se ha convertido por Jesucristo en madre de los vivientes, ¿no es designar bajo el nombre general de mujer a Eva y a María? (Serm. 140. P. L., LII, 576.)).
Tal es la interpretación que se da a la segunda pareja, la cual, esbozada únicamente en la sinagoga, se revela brillantemente desde los primeros días del Cristianismo. Manifiesta estaba en el pensamiento de los Santos Padres, cuando establecían entre Eva y María la antítesis que hemos descrito en el capítulo precedente (
Si la cuestión se redujese a probar el carácter mesiánico de la profecía del Génesis, todos los Padres darían testimonio de ello. Pero aquí sólo queremos establecer que se trata de la bienaventurada Virgen, Madre del Redentor).
Por otra parte, no faltan los textos que proponen explícitamente a María como la mujer designada en el Génesis. Sin hablar de los Padres, que, siguiendo la lección de la Vulgata, han interpretado que se trata de la mujer en aquellas paabras: "Ella te quebrantará la cabeza". ¡Cuántos otros, y entre los más antiguos, ven a Jesucristo en la descendencia de la mujer y a María en esa misma mujer! San Epifanio hace observar expresamente que el oráculo divino "no podría ajustarse ni entera ni perfectamente a la primera mujer; no se cumple real y totalmente sino en el santísimo y excelentísimo fruto, nacido, de las entrañas de la Virgen, sin obra de varón" (
San Epiphan., c. Haeres., haer., 78, n. 18, 19. P. G., XLII, 729).
Tal fue igualmente el pensamiento de San Ireneo en varios lugares de su gran libro contra las Herejías. Pero, sobre todo en el libro V, da el verdadero comentario de toda la profecía, pintando al demonio, a la Virgen Santísima y a Nuestro Señor Jesucristo con los colores y bajo el aspecto que realmente les convienen: Cristo, reparador, ha renovado todas las cosas en Él, cuando, declarando la guerra a nuestro enemigo, ha pisoteado victoriosamente su cabeza, según la predicción hecha a la serpiente en el Génesis: "Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la tuya; ella (su raza) vigilará tu cabeza y tú pondrás asechanzas a su calcañar" (
Observabit, observabis, según los Setenta).
Era el anuncio profético de Aquel que debía nacer de la Virgen... de Aquel que designa el Apóstol cuando, hablando en la Epístola a los gálatas del descendiente de Abraham, dice que la ley fue establecida hasta que venga la simiente por quien fueron hechas las promesas (
Gál., 1II-9).
Más claramente lo expresa en la misma epístola, diciendo: "Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, hecho de la mujer" (
Gál., IV, 4).
Porque el demonio no hubiera sido justamente vencido, si no hubiese tenido por vencedor a un hombre nacido de la mujer" (
San Iren., advers. Haeres., 1. V, c. 21 n. 1, P. G., VII, 1179).En otro lugar, a propósito del mismo texto, dice expresamente "del Hijo de María, que es el vástago predestinado a pisar la cabeza de la serpiente" (Idem, ibíd„ 1. III, c. 23, n. 7, 964).
En el cuarto siglo, San Juan Crisóstomo, cuyo apego al sentido literal de las Escrituras es notorio, comentaba en estos términos la profecía genesíaca: "Pondré enemistad entre ti y la mujer entre su raza y tu raza. No me bastará que te arrastres por el suelo, sino que te pondré una mujer por enemiga; una mujer que no conocerá alianza alguna contigo; más aún, haré que su descendencia sea la perpetua enemiga de la tuya" (
San Joan. Chrysost., Com. in Genes., hom. 17, n. 7. P. G., LIII, 143).
¿Puédese significar más claramente a la Bienaventurada Virgen y a su Divino Hijo, Nuestro Señor?
He aquí, sin embargo, algo más explícito. Lo tomamos del Comentario de San Máximo de Turín sobre el mismo texto: "¿No veis, dice el mismo Santo Padre, que Dios lo amenazaba entonces con Jesucristo? Porque yo no sé de otro vástago de la mujer, sino de Aquel de quien dijo el Apóstol: Hecho de la mujer y de la carne; Aquel que, según el Evangelio, pasaba por hijo de José, y no lo era; es decir, el Verbo hecho hombre..." Así, pues, era la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, la que fué prometida en esta mujer. Contra ella van las enemistades de la serpiente. "Pondré —dice Dios— enemistades entre ti y la mujer." No dice: "Pongo enemistades", para que no se entienda esto de Eva. La promesa se refiere al porvenir. "Pondré enemistades entre ti y la mujer"; la mujer que debe parir al Salvador, y no la madre del fratricida (
Ep. de Viro perfecto, publicada primero a nombre de San Jerónimo, y colocada despues en el apéndice entre las obras de San Máximo de Turin. (P. I... LVII, 939, sq.)).
San Isidoro de Pelusa no es menos explícito. No sólo ve a la Virgen Santísima en la mujer del Génesis, sino que encuentra también en la significación del texto bíblico "descendencia de la mujer, semen mulieris", un argumento en favor de su interpretación: "Esta posteridad de la mujer, que Dios mismo ha hecho enemiga irreconciliable de la serpiente, es el Señor Jesús, porque sólo Él es de tal modo vástago de la mujer, que nació sin concurso del hombre, y sin detrimento alguno de la virginidad de su Madre" (
San Isidor. Pelusiot., Epp. 1. I op. 426, P. G., I.XXVII, 417).
Comprendamos bien el pensamiento del Santo Doctor. La expresión posteridad, vástago de la mujer, semen mulieris, o, lo que es igual, nacido de la mujer, no aparece sino tres veces en las Sagradas Escrituras, a saber: en el tercer capítulo del Génesis, en la Epístola a los gálatas y en el Apocalipsis (
Gálat., IV, 4; Apoc., XII, 17).
Ahora bien: San Pablo habla claramente de María, y el Apocalipsis, de la Iglesia o de María, más probablemente de una y de otra, y los dos expresan una maternidad fuera de las leyes ordinarias, una maternidad virginal. Así, pues, idéntica expresión en el Génesis expresa idéntico sentido, y, por consiguiente, la victoria sobre la serpiente infernal debe ser ganada por el vástago de una Madre Virgen; y, ¿quién puede ser esa Madre, sino María?
O mucho nos engañamos, o también es el pensamiento de San León el Grande, cuando escribe: "Dios Todopoderoso y Eterno, Dios cuya naturaleza es bondad, cuya voluntad es poder, cuya operación es misericordia, tan pronto como la malicia diabólica nos infestó con su mortal veneno, anunció desde el origen del mundo los remedios preparados por su piedad divina para renovar a los mortales. Esto daba a entender la sentencia dada a la serpiente, de que el fruto de la mujer quebrantaría con su virtud algún día su soberbia y culpable cabeza, y este fruto anunciado con tanta anticipación es Cristo, Dios y hombre, que viniendo en carne y nacido de la Virgen, debía arruinar con su purísimo nacimiento al corruptor de la raza humana" (
s. Leo M.. serm. 22. de Nativitate Domini, 2, c. 1. P. L., LIV-194. "Ipse (Christus) solus —dice también Ruperto— ita semen mulieris est, ut no netiam viri semen sit." In Genes., III, c. 19, P. L. CLXXVII, 304).
Por último, queremos recordar dos documentos contemporáneos, cuya importancia es fácil reconocer. El más moderno por su fecha está sacado de una de las Encíclicas de León XIII sobre el Santo Rosario: "En el origen de los siglos —dice nuestro Pontífice— fué presentada la Virgen Santísima por Dios a los autores del género humano caídos en la rebelión y en la culpa y a todos sus descendientes, inficionados por la misma mancha, como prenda de salud y de futura reparación" (
Leo XIII. Encycl. Augustissimus, 12 sept. 1897).¿Podía decir más claramente que el oráculo del Génesis debe entenderse de María?
El otro documento no es menos explícito. Hállase en la Bula de Pío IX, proclamando la Concepción Inmaculada de la Virgen Santísima. En ella leemos "que los Santos Padres y los escritores eclesiásticos en nada pusieron tanto empeño, en los libros escritos por ellos, ya para explicar las Divinas Escrituras, ya para defender nuestros dogmas, ya para instruir a los fieles, como en predicar a porfía y de mil maneras igualmente admirables... la brillante victoria ganada por la Virgen sobre el detestable enemigo del género humano", alusión manifiesta al Protoevangelio y alusión que se precisa hasta la evidencia en las líneas siguientes: "Por esto, desarrollando las palabras por las cuales, desde el origen del mundo, predijo Dios los remedios preparados en su bondad misericordiosa para la renovación de los mortales, humilló la audacia de la serpiente, nuestro seductor, y levantó maravillosamente las esperanzas de nuestra descendencia, cuando dijo: "Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre su descendencia y la tuya", los Padres y los escritores de la Iglesia enseñaron de ese divino oráculo que mostraba manifiesta y claramente al misericordioso Redentor, Hijo único de Dios, Cristo Jesús, designaba a la Virgen María, su Madre, y a la vez expresaba de insigne manera las enemistades de ambos con el demonio" (
Bula Ineffabilis Pii Papae IX (a. 1854)).

III. Ahora que ya conocemos los personajes, volvamos al texto, a fin de penetrarnos de toda su profundidad y verdad: "Y el Señor Dios dijo a la serpiente: Porque hiciste eso". ¿Qué había hecho la serpiente, o, mejor dicho, el demonio? Valiéndose de la serpiente como de instrumento, había seducido a la mujer con una benevolencia fingida; se había servido de ella como de mediadora para para engañar al hombre, hacer de él un rebelde y perder en él y por él toda la raza humana. He aquí lo que había hecho Satanás: sus artificios, su malicia, su obra. "Porque hiciste eso, serás maldita entre todos los animales y bestias de la tierra; te arrastrarás sobre tu vientre y comerás el polvo todos los días de tu vida." La serpiente es maldecida directamente, porque había servido de organo al demonio; pero la sentencia divina recae principalmente sobre este último. Por lo demás, la maldición pronunciada contra la serpiente simboliza la degradación del diablo y de sus futuros complices, así como había ella misma representado sensiblemente al tentador de la mujer.
"Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la tuya." Es como si dijese Dios: "Porque esto hiciste; porque has fingido amistad engañosa con Eva; porque, asociándola a tu malicia, has ganado con esto el triunfo inicuo que pretendías; Yo sucitaré otra mujer, la mujer por excelencia, y estableceré entre ella y tú una enemistad verdadera, absoluta, perpetua, a fin de que te sea tan contraria y funesta como la primera favorable y propicia".
Porque hiciste eso; es decir, porque te has creado por mediación de Eva una raza semejante a ti en el Adán prevaricador; yo, por esta otra mujer, haré nacer un hijo, tu enemigo como ella y más que ella, el enemigo de tu raza, y ese hijo de la mujer te quebrantará la cabeza y destruirá tu reino, a pesar de los ataques que tu malicia dirigirá contra él.
"No importa que en una antigua versión se atribuya esta victoria sobre la serpiente a la mujer, y que ella sea la que deba aplastar su cabeza, ipsa conteret. Porque se debe entender que la mujer ganará la victoria, dando al mundo al vencedor. De este modo se concilian las dos lecciones: la que encontramos ahora en el original, y que atribuye la victoria al hijo de la mujer, y la nuestra, que la atribuye a la mujer misma. Y de cualquier modo que se entienda, vemos salir de la mujer un fruto que aplastará la cabeza de la serpiente y destruirá su imperio" (
Bossuet. Elevat. sur les mysteres, 8e sem., 1° elevat.). 
Tal es, pues, el significado de este memorable oráculo. 
Antes de pasar adelante, hay que resolver dos dificultades con las cuales se ha querido negar, o, por lo menos, debilitar la interpretación mesiánica de nuestra profecía. Se ha dicho, en primer lugar, que ni Adán ni Eva podían ver en ella los profundos místerios que los intérpretes han descubierto después; que estos misterios no podían ser expresados en el texto, porque Dios habla para ser entendido. En todo caso, si este oráculo tiene alguna fuerza para establecer las prerrogativas de María, no es por su contenido, sino únicamente por los comentarios de los Padres y de los doctores.
Sentemos algunos principios antes de responder directamente a las objeciones. La revelación divina admite doble progreso: uno objetivo, el otro subjetivo. Progreso por parte del objeto, tan largo, por lo menos, hasta que el Espíritu Santo no lo hubo completado con las últimas manifestaciones de la verdad que declaró a los Apóstoles. Progreso por parte de la inteligencia; éste no tendrá su término postrero sino en la completa visión de la patria celestial. Vemos uno y otro progreso en las profecías que conciernen al Salvador. ¡Cuántos rasgos no han venido a precisar la vaguedad de las primeras promesas y a determinar la figura del Mesías, sus funciones y sus atributos, desde Abraham hasta el día de su aparición en carne mortal! Y no es menos sensible el progreso de parte de la inteligencia. ¿Comprendían los judíos, en tiempo de Nuestro Señor, las antiguas profecías con la claridad que nos ha prestado el Cristianismo? Y en el Cristianismo mismo, ¿no ha sido la doctrina del Verbo encarnado más explícitamente comprendida y más claramente expresada a medida que las herejías forzaban a los doctores de la ciencia sagrada a estudiarla más, y a los maestros de la fe a definir con más fijeza su contenido? Y, sin embargo, ni uno ni otro desarrollo nos autorizan para decir que las primeras nociones estuvieron absolutamente vacías de sentido para aquellos que las recibieron, o que el dogma del Verbo encarnado es únicamente conocido por los comentarios de los doctores y las definiciones de la Iglesia.
Hagamos la aplicación de estos principios al Protoevangelio del Génesis. Concedemos que si tenemos ahora de él una inteligencia completa y si nos damos cuenta de cada una de sus expresiones, lo debemos a las profecías posteriores, a las interpretaciones de los Padres, a la luz que ha proyectado sobre él la historia del Cristianismo. Los fieles del Antiguo Testamento, y con harta más razón Adán y Eva, que oyeron los primeros la promesa, no podían tener de aquella profecía una inteligencia como la que nosotros tenemos. Pero de esto a decir que la doctrina del nuevo Adán y de la nueva Eva, contenida en la sentencia fulminada contra la serpiente, no los enseñó más que una cosa, la enemistad recíproca que habría ¡empre entre la serpiente visible y la mujer, y que todo lo demás debió ser para ellos un enigma indescifrable, de esto a aquello, repetimos, hay mucha distancia.
Precipitados como habían sido de las alturas de la gracia a un abismo de degradación y de miseria, y comprendiendo que por ellos mismos no podían levantarse de su caída, ¿cómo no habían de suspirar por un socorro provindencial que los arrancase de su desgracia?, y en tal disposición de alma, ¿cómo no hubieron de escuchar y de comprender ávidamente la menor alusión a una futura libertad?
Se ha dicho, en segundo lugar, que si el oráculo del Génesis contenía verdaderamente lo que creemos descubrir nosotros, Jesucristo y sus Apóstoles se hubieran servido de él para establecer entre los judíos la misión del divino Salvador, lo que, sin embargo, no hicieron nunca. Fácil es la respuesta a esta nueva dificultad. Jesucristo y sus discípulos tenían otras profecías más claras, más completas y más explícitas, mejor conocidas de sus oyentes. ¿Es extraño que prefirieran emplear estas últimas? Por lo demás, ya hemos visto que el Evangelio y los escritos apostólicos contienen muchas alusiones a las escenas del Génesis, y la interpretación tradicional encuentra en ellos su confirmación.

IV. Hasta ahora hemos preparado las conclusiones que debíamos sacar del texto genesíaco. Primero, la revancha divina se muestra de modo incontestable. El conjunto de la sentencia divina, así como el pormenor de sus disposiciones, concede a la mujer, en el orden de la renovación, la misma parte que había tenido en la caída. Por un lado, la mujer, seducida por la serpiente, hace del hombre un rebelde, y el hombre y la mujer, con su descendencia, se convierten en la presa del monstruo infernal. Por otro, la mujer, pero la mujer enemiga de la serpiente, da al mundo el vencedor del diablo, por el cual ha de quedar libre todo el género humano.
Imposible es no ver en esto el carácter de desquite divino, tantas veces señalado por los Padres. Y Dios, como si temiese que el relato y los hechos no nos lo hubieran hecho conocer suficientemente, ha querido acentuarlo. El mismo: "Porque hiciste eso quia fecisti hoc"—, dice al demonio en ese primer Evangelio y los demás que meditábamos más arriba. Abrid ahora el Evangelio de San Lucas y leed en el primer capítulo el sencillo relato de la Anunciación; allí encontraréis el comentario viviente de la promesa y comprenderéis hasta qué punto están fundadas las relaciones establecidas por los Padres entre la primera mujer y la Santísima Virgen, entre la antigua Eva y María, la nueva Eva. 
La maternidad de María no aparece con menos certeza que el plan de desquite divino. Su divina maternidad no hay ya necesidad de probarla, desde el momento en que se reconoce a María en la mujer y a Jesús en su fruto. Madre del Reparador de nuestra raza, Ella es Madre de Dios, puesto que este Reparador es el Hijo único de Dios.
Y nos atrevemos a decir que la maternidad, por la cual somos, nosotros los redimidos, sus hijos según la gracia, no está menos expresada, ni con menos claridad. ¿Por qué? Primero, porque darnos al vencedor de la serpiente es darnos en Él la vida de la gracia. La amistad de Eva con la serpiente ha hecho de ella la madre de los muertos; fuerza es que la enemistad de María con el demonio, la convierta en madre de los vivientes. Esto lo hemos oído ya varias veces de labios de los doctores y de los Padres. Pero el texto nos ofrece un argumento más directo aún y más importante. El fruto, el descendiente, la raza de la mujer, semen mulierís, no es únicamente la persona física del Salvador. El significado de la palabra comprende algo de colectivo. Aun aquéllos que no quieren reconocer en este texto relación alguna con la redención, lo confiesan por unanimidad, y hasta lo toman como arma para combatir la interpretación tradicional. Convenimos con ellos, y ya más arriba hemos demostrado que esta expresión designaba, en efecto, toda la serie de hombres buenos y justos que, en unión con Cristo, trabajarían para destruir el reinado del mal y el imperio del diablo en sí mismos y en los otros. Sin embargo, añadíamos, el semen designa principalmente a Jesucristo, porque Él es el que subyuga a Satanás, y si otros, además de Él, participan de su victoria, es porque caminan sobre sus huellas; más aún, porque se han convertido en miembros suyos, porque pertenecen a su persona mística, y porque, según la medida de la gracia que poseen, son ellos también Cristo.
Por consiguiente, siendo así que el semen del tercer capítulo del Génesis es la posteridad de la mujer, y que por esta descendencia de la mujer se debe entender con Cristo su Jefe y Cabeza, a toda la raza de los hombres justos, y puesto que esta mujer es María, el texto, en el sentido inmediato y literal, afirma la doble maternidad de la Bienaventurada Virgen María, su maternidad según la naturaleza y su maternidad según la gracia. Importa poco, repetimos, que los primeros hombres no hayan sondeado toda la profundidad de esta profecía. El Nuevo Testamento nos ha procurado la llave que nos abre sus puertas y nos la muestra en plena luz. Gracias a estas nuevas claridades, María se muestra a nosotros en los hechos, ya en el origen de los tiempos, lo que fué en los designios de Dios; antes de todos los tiempos, la Madre de Dios hecho carne y la Madre de los hombres.
J. B. Terrien S. J.
LA MADRE DE DIOS... TOMO II

Del culto del Santísimo Sacramento y del Sagrado Corazón de Jesús.

TITULO IV.
DEL CULTO DIVINO

 Capítulo II. 
Del culto del Santísimo Sacramento y 
del Sagrado Corazón de Jesús.

 362. Por cuanto, por la inefable benignidad de Dios Nuestro Señor «disfrutamos con los Bienaventurados del común beneficio de que unos y otros tenemos a Cristo Dios y Hombre presente, pero nos distinguimos en el grado de que ellos lo gozan presente por clara visión, más nosotros aunque con fe constante y firme lo veneramos como presente, todavía lo tenemos muy apartado de nuestra vista y encubierto con el velo maravilloso de los sagrados misterios» (Cat. Rom. de Euch. n. 32) veneremos tan gran Sacramento con todas nuestras fuerzas y con privada y pública adoración, y propapaguemos cuanto esté de nuestra parte su santísimo culto.
263. Por tanto, todos los pastores de almas y todos los sacerdotes, en los sermones, en las instrucciones catequísticas, en la administración del sacramento de la Penitencia y aun en las conversaciones particulares, exhortarán a los fieles con ardiente celo y los animarán a visitar y adorar a nuestro amantísimo Dueño y Salvador, con toda la frecuencia posible.
364. No cesen los sacerdotes de confirmar con las obras, lo que predican sobre el augustísimo Sacramento. Hagan, pues, que los vean los fieles en humilde adoración ante el tabernáculo, y llegar a él con gran reverencia, haciendo las genuflexiones con mucha reverencia, y promoviendo con incansable afán el decoro de la casa de Dios.
365. Fúndense ó restablézcanse en todas las parroquias las hermandades del Smo. Sacramento, y ajústeseles, en cuanto sea posible, a las circunstancias actuales de los países cristianos, para que no consistan en meras solemnidades y aparato, sino que se acomoden eficazmente a la verdadera práctica de la vida cristiana. En las principales poblaciones procúrese introducir y conservar el uso de la adoración perpetua, por lo menos de día, del Smo. Sacramento.
366. Bajo pena de anatema fue proscrita por el Concilio Tridentino la impiedad de aquellos que dicen que el Santísimo Sacramento no ha de ser adorado con culto de latría, ni aun externo; que, por consiguiente, no se ha de venerar con festividad especial, ni se ha de sacar solemnemente en procesión, según el rito y costumbre laudable y universal de la Iglesia, ni se ha de exponer a la adoración pública; ó que no es lícito conservar la sagrada Eucaristía en el sagrario ó llevarla con pompa a los enfermos
367. La exposición privada del Smo. Sacramento, ó sea del copón dentro del tabernáculo, dejando abierta la puerta, puede hacerse lícitamente por algún motivo justo y racional, sin necesidad de pedir licencia al Ordinario (Bened. XIV. Ep. ad Card. Urb. Vic. 27 Iulii 1755). La pública, es decir con la Hostia grande en la custodia, colocada solemnemente en el trono, no puede hacerse, aunque, se trate de Iglesias de Regulares, sin licencia del Obispo, quien la dará gratis. Tocará a cada Obispo determinar lo que mejor convenga en el Señor sobre esta materia (ibid.), y tomar las medidas oportunas contra los abusos existentes en algunas partes.
368. La oración de las Cuarenta Horas, al menos en las Iglesias parroquiales y regulares, con licencia del Ordinario y en días prefijados, se hará con gran devoción y esplendor. Deseamos también que este útilísimo ejercicio se extienda, si fuere posible, a todas las demás Iglesias, en que hay legítimamente el Sagrado Depósito, y previa la licencia del Obispo. Donde, por especiales circunstancias de los lugares y las Iglesias, no puede verificarse esta solemne Oración, procuren los Obispos que a lo menos en determinados días se exponga solemnemente el Santísimo Sacramento por algunas horas seguidas. De ninguna manera deberá exponerse el Smo. Sacramento en las Misas solemnes de difuntos.
369. Háganse las procesiones del Smo. Sacramento en la fiesta de Corpus Christi, ó en otras épocas, observando al pie de la letra las prescripciones Apostólicas, adornando las calles y edificios pübli eos, con toda la solemnidad posible, y quitando con prudencia todas las costumbres contrarias á la sincera piedad de los pueblos y á la gravedad religiosa de tan gran solemnidad. En aquellos lugares, en que, por falta de párroco se permiten las procesiones de Corpus fuera de la época acostumbrada, cuiden los Obispos de que se destierren los abusos, y principalmente de que nadie exceda el límite de tiempo prefijado.
370. El Smo. Sacramento ha de conservarse en todas las Iglesias parroquiales y cuasi parroquiales, aun en el campo, y en las Iglesias de Regulares tanto de hombres como de mujeres; pero no es licito hacerlo en las demás Iglesias, capillas ú oratorios, sin especial indulto de la Sede Apostólica. El Depósito debe estar en un solo altar de la Iglesia; y no puede tolerarse la costumbre de tenerlo en dos altares, y algunas veces, con ocasión de una novena ú otra festividad, de trasladarlo a otro altar diverso del acostumbrado En los lugares en donde, por deplorable negligencia de los fieles en recibir la Sagrada Eucaristía, ó por cualquiera otro motivo, se necesitan muy pocas formas, cinco, por lo menos, se deberán conservar consagradas en el tabernáculo, que se renovarán cada ocho dias ó más a menudo si la humedad del lugar lo exigiere.
371. El tabernáculo en que se deposita la Sma. Eucaristía debe estar limpio, artísticamente construido, bien adornado, y cubierto decentemente con un conopeo a guisa de tienda de campaña, no obstante cualquiera costumbre en contrarío. Ha de bendecirse con la «benedictio Tabernaculi» que se encuentra en el Ritual Romano, estar bien cerrado y con seguridad, y colocado de modo que el Smo. Sacramento pueda sacarse cómodamente.
372. El tabernáculo no ha de tener reliquias, ni la ánfora del Oleo de enfermos, ni otro recipiente cualquiera. Por consiguiente nada ha de haber en el sagrario absolutamente, más que los copones que contienen actualmente la S. Eucaristía, ó que están por purificar. Delante de la puerta no debe ponerse ningún florero, ni otra cosa que la tape; pero si puede ponerse en un lugar más bajo. Tampoco se deben poner las reliquias del Santo cuya fiesta se celebra, a despecho de cualquiera costumbre en contrario; ni se han de poner encima reliquias de Santos, ni aun de la Santa Cruz, de modo que el sagrario les sirva como de pedestal. Delante del Smo. Sacramento varias lámparas, ó cuando menos una, deben arder perpetuamente de dia y de noche, y no de lejos ni en el coro, sino cerca y delante del altar del Smo. Por lo general se ha de usar aceite de olivas; pero donde no pudiere conseguirse, se deja a la prudencia del Obispo, el que se alimenten las lámparas con otra clase de aceite, pero que sea vegetal, si es posible. No es licito usar luz eléctrica para el culto, sino sólo para evitar la obscuridad e iluminar la Iglesia, y cuidando de no darle un aspecto teatral.
373. No conviene encerrar la Hostia que ha de exponerse en la custodia, entre dos láminas de cristal cuyas superficies la toquen inmediatamente. Tampoco debe colocarse la luz artificiosamente detrás de la custodia para que, hiriendo directamente la Hostia Sagrada, la haga parecer resplandeciente.
374. Exhortamos á los Sacerdotes á que lean frecuentemente en autores aprobados cuanto concierne al culto del Smo. Sacramento, especialmente los decretos de la Santa Sede en que se proscriben no pocos abusos introducidos en diversos lugares.
375. Esfuércense todos los cristianos, conforme al deseo de N. Smo. Padre León XIII, a pagar con amor el amor del Sagrado Corazón de Jesús. Empéñense en ablandarlo con suplicas y humildes oraciones, en estos tiempos calamitosos en que se le aflige todos los dias, no sólo con el olvido, sino con injurias y atentados todavia más criminales. Hagan lo posible por compensar los crímenes con piedad, las maldiciones con alabanzas, el desprecio con amor (Leo XIII, Litt. Benigno, 28 Iunii 1889
. Cfr. Litt. S. R. C. De cultu SS. Cordis Iesu amplificando, edit. die 21 Iulii 1899. V. Appen. n. CXXII.)
376. Queremos, por tanto, que la fiesta del Sagrado Corazón se celebre solemnemente en todas las Iglesias, y especialmente en las parroquiales; y deseamos que en éstas, y en todas aquellas donde pueda fácilmente verificarse, todos los viernes primeros de cada mes, al menos por la mañana, se hagan ejercicios especiales de piedad en honor del Divino Corazón, con licencia, por supuesto, del Ordinario. A estos ejercicios piadosos se podrá añadir la Misa votiva del S. Corazón de Jesús, siempre que en ese día no caiga alguna fiesta del Señor, o algún doble de primera clase, o feria, vigilia, octava privilegiada, o la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos (
S. R.C. 19 feb. 1892, ad 3 (3769) 20 maii 1892 (n. 3773); 30 Aug. 1892, ad 1 (n. 3792)). Sepan otrosí todos los fieles, que en aquellas Iglesias ú oratorios, donde en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, sea el mismo día ó en otro a que se haya trasladado, se celebran los divinos oficios delante del Smo. Sacramento, el clero y el pueblo que a estos asistieren, pueden ganar las mismas indulgencias que han concedido los Sumos Pontífices para el octavario de Corpus. Exhortamos a todos los párrocos y rectores de Iglesias, a que procuren promover con todas sus fuerzas el piadoso ejercicio del mes del S. Corazón de Jesús.
377. Las imágenes del S. Corazón de Jesús que se expongan a la pública veneración, deben representar la persona de Nuestro Señor Jesucristo con su Corazón manifiesto exteriormente, y no el solo Corazón. Las imágenes que representan el solo Corazón de Jesús, se permiten en lo privado, con tal que no se expongan en los altares a la veneración publica.
378. En el salubérrimo culto del Sagrado Corazón de Jesús, evítese, ya sea en las invocaciones, ya sea en los emblemas, cuanto tenga resabios de novedad, ó sea poco acostumbrado; y en esto sean muy vigilantes los Ordinarios, y procedan con prudente severidad. Sepan asimismo los fieles, que el culto al Sagrado Corazón de Jesús en la Eucaristía, no es más perfecto que el culto a la misma Eucaristía, ni diferente del culto al Sagrado Corazón de Jesús.
379. Exhortamos a los predicadores y a los sacerdotes todos, especialmente a los párrocos, a que procuren recomendar con todas sus fuerzas la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, excitando en el Señor a todos los fieles, a que se alisten en las pías hermandades del mismo Sagrado Corazón de Jesús, o en la piadosa Asociación que se titula Apostolado de la Oración


ACTAS Y DECRETOS DEL CONCILIO 
PLENARIO DE LA AMERICA LATINA

miércoles, 1 de agosto de 2012

¿DE QUE SIRVES?

¿De qué sirves, Primavera...? 
Qué me importa que derrames por doquiera 
centenares de corolas y millares de capullos 
y despiertes en el bosque la explosión de tus arrullos,
si la tumba de mi padre está callada,
y la frente de mi madre, con espinas, coronada?

¿De qué sirves, Primavera...? 
!Qué me importa que se inflamen en la hoguera 
de tu sol resplandeciente, las montañas y los cielos, 
y las almas sientan vértigos de ilusiones y de anhelos? 
¡Ni calientas el sepulcro de mi padre, 
ni derrites las escarchas de la frente de mi madre!!

¿De qué sirves, Primavera...? 
¡Que me importa que en la hirsuta cabellera 
de los pinos multipliques las nidadas de jilgueros, 
si mi alma sólo escucha los acentos plañideros 
con que lloran su perpetua soledad 
abrazadas, tiritando, la viudez y la orfandad...?

¿De qué sirves, Primavera...? 
¡No me importa, no me importa ni siquiera 
que sacudas con tus alas el cordaje de mi lira...!
¿Para qué son mis canciones, si mi padre no las mira 
ni las oye... y, al oirías, la cabeza 
de mi madre se doblega abatida de tristeza?...

¡Primavera!... ¡Primavera!...
 Guarda todos tus encantos... Cuando muera,
ven y riega en mi cadáver, tus corolas y capullos, 
ven y entona en mis oídos la canción de tus arrullos; 
ven, forma arcos triunfales,
cuando el alma se abalance a 1as caricias paternales!!

Mons. Vicente M. Camacho

LA FRATERNIDAD SAN PIO X: CONFUSION PARA LA REVOLUCION

 Revista "Claves"
Año I N° 1
Agosto de 1992

Son éstos momentos muy difíciles de vivir, de entender, de enfrentar. Porque 1a sombra ominosa de la revolución judeo-masónica se cierne sobre la Iglesia de Cristo, con ímpetu nunca visto antes, con la intención de terminar con la Fe e implantar el nuevo orden mundial que le prepare la venida al Anticristo.
Son muchas las cabezas de la hidra, y han dispuesto sus fuerzas de modo tal que nada quede «al margen» de su influencia o al alcance de su maltrato calumnioso. Y es así que con obstinación y astucia diabólicas han suprimido, anulado, paralizado de una manera eficaz hasta el momento, la verdadera reacción católica reduciéndola a un «repliegue» más o menos organizado: no hay posibilidades de ofensivas serias y decisivas sino sólo una simulación de las mismas, una operancia ficticia, sustentada en la transacción legal, o en una comunión con Karol Wojtyla como Papa legítimo, que hay que mantener a cualquier precio. Esta pseudo-actividad católica, esta apariencia de dinamismo católico, está encarnada principalmente por la Fraternidad San Pío X y su Superior General. el P. Schmidberger.
El punto terminal de la prédica de la Fraternidad es la CONFUSION: En los principios, en la acción. Nos remitiremos a declaraciones recientes que no son otra cosa que continuidad en la confusión, en la anestesia moral y doctrinal en la cual la Fraternidad, magno cefalópodo al servicio del nuevo orden mundial, quiere sumir a los católicos del mundo.
Tomemos inicialmente la «Carta a los amigos y bienhechores». N° 42. del P. Schmidberger, del 28/2/92, e intentemos un desglose lógico y preciso de sus afirmaciones. En ella trata acerca de las posibilidades de una «entente» con el Vaticano.
«Con el fin de que conozcan puntualmente todo lo referente a las relaciones que mantenemos con las autoridades romanas, así como la verdad exacta de nuestra posición, les transcribimos a continuación la carta que hemos dirigido a Su Eminencia el cardenal Silvio Oddi en enero pasado, carta que hasta la fecha no ha tenido respuesta».

 Analicemos una primera instancia en la lectura de la carta:
(1)    Las relaciones son con las autoridades romanas.
(2)    La carta es dirigida a un cardenal en funciones (una autoridad romana).
(3) Se le da el trato de Eminencia, propio de las autoridades cardenalicias en la Iglesia Católica.
«(...) me hizo saber Su Eminencia el 7 de octubre de 1991 en Roma, que deseaba que le escribiese yo, como Superior General de la Fraternidad, una carta con vistas a una eventual normalización de relaciones entre la Fraternidad y las autoridades romanas».
De aquí concluimos que las relaciones son como máximo, anormales, y que los términos de dicha relación son la Fraternidad y las autoridades romanas.
«(...) los miembros de la Fraternidad guardan una unión inquebrantable con la Sede Apostólica.
«En esta fidelidad a la Iglesia. por vía de consecuencia se sienten ligados por las declaraciones de los Papas y los concilios dogmáticos, y en particular:
- por la Encíclica Quanta cura, del Papa Pío IX, condenando la libertad religiosa, contestada por la Declaración Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II;
- por el Syllabus, del mismo Pontífice, condenando la unión adúltera entre la Iglesia y el mundo (...) ahora bien, el Cardenal Ratzinger llama al Decreto Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II ¡un contra-Syllabus!;
- por la Encíclica Pascendi dominici gregis de San Pío X condenando al modernismo y a los modernistas, y por el juramento antimodernista del mismo Pontífice, abolido por EL PAPA Pablo VI;
- por la Encíclica Mortalium ánimos, del Papa Pío XI condenando los pancristianos y su ideología sincretista practicada en la reunión de Asís (...)». (Por Juan Pablo II...); etcétera.

Lo CONDENADO ayer por los Papas, se refiere aquí a lo PRACTICADO hoy por los heresiarcas del Vaticano, los cuales siguen siendo tratados de autoridades romanas y eminencias. La Iglesia jurídica, enseña el Papa Pío XII, no puede oponerse a la misión del Espíritu Santo; no puede haber oposición entre tales realidades, y es verdad dogmática.
«Constatando CLARAMENTE, con inmensa pena, una RUPTURA EN EL TERRENO DE LA DOCTRINA, EN LA CONFESION DE LA FE, EN LA LITURGIA, EN LA ACTITUD DE LAS AUTORIDADES ECLESIASTICAS (...) no vemos cómo sería posible por el momento una colaboración abierta y fructuosa, sin sacrificar el testimonio que se debe a la verdad en favor de una diplomacia que esconde la DIFERENCIA ENTRE LA IGLESIA DE SIEMPRE Y LA IGLESIA CONCILIAR».
«Cuando las autoridades romanas y episcopales profesen de nuevo los principios contenidos en las actas del magisterio antes citado, y cuando reprueben los errores que estos documentos condenan, en ese momento la ruptura APARENTE, terminará por ella misma. Verdaderamente estas autoridades DE NUEVO CATOLICAS podrán contar con nuestra dedicación filial...».
 
Llamar autoridad a un supuesto Papa, cardenal u obispo que no profesa la verdadera Fe, ni rinde a Dios el único y verdadero culto, y que precisa ser «de nuevo católico» lo que equivale a decir que no lo es -y afirmar que son las autoridades DE LA IGLESIA ROMANA, es lo mismo que decir que la Iglesia Católica como cuerpo visible es IMPOSIBLE DE IDENTIFICAR. O que puede llegarse a ella a través de una jerarquía heterodoxa, o que admite en su constitución y naturaleza jurídica la imperfección radical de llenarse de herejes y cismáticos hasta aparecer ella misma como una gigantesca secta, y no sólo de hecho sino también de Derecho.
Para salvar lo insalvable, para sostener la legitimidad de Juan Pablo II como Papa, necesitan explicar lo sano por lo enfermo, y se llega a la deformación del organismo sobrenatural de la Iglesia.
Esto es verdaderamente llamativo, pero comprensible. Porque se inserta en pleno terreno dialéctico al cual atrae la Fraternidad con su enseñanza; es retórica, es verborragia incorregible, es mutilación de la naturaleza de 1a Iglesia, en definitiva.
Entendamos que: si la ruptura es aparente, la COMUNION es real. Tertium non datur. Por eso en el Canon Missae están obligados en la Fraternidad a ofrecer «Una cum pontífice nostro Johanne Paulo», y por eso se obliga a los sacerdotes a reconocerlo como papa legítimo.
Si la comunión con el «Papa» es real, entonces están en comunión con: «El Pedro sucesor de Lutero que cambió la Misa por un banquete o de Rousseau que rechazó todo el orden sobrenatural, como se encuentra en las palabras que el Papa (¿El sucesor de Lutero?) dijo a los jóvenes musulmanes de Casablanca: que venerábamos al mismo «dios». (Sermón del P. Schmidberger del 24 de marzo de 1992 en España).
Si la ruptura es aparente, si la comunión es real, entonces están en comunión con el «Papa» Juan Pablo II que: «Es un poco el jefe espiritual de este gobierno de «unificación mundial», de este «ORDEN MASONICO», NO CATOLICO, NI CRISTIANO». (Conferencia del P. Schmidberger del 13 de febrero de 1992).
Si es comunión, si no es ruptura, están en comunión a pesar de que: «Francamente, el Papa actual, con sus falsas ideas (ecumenismo. libertad religiosa, junto a las celebraciones escandalosas en diferentes países y continentes con motivo de sus diversos viajes) SERA CONDENADO POR UNO DE SUS SUCESORES. COMO LO FUE EL PAPA HONORIO I» (Id. ant.). Es decir, un «Papa» que ya fue condenado por el mismo P. Schmidberger de antemano...Después de denunciar que: «La herejía se extiende por todas partes y sentidos: en el entendimiento, en la doctrina, en la anarquía dentro del gobierno mismo de la Iglesia....» (Id. ant) se afirma que la ruptura con las AUTORIDADES DE LA IGLESIA es sólo aparente. Y el primer entendimiento y la primera manifestación herética es la de Karol Wojtyla.
Si las autoridades de la Iglesia, son tales, lo son en la Iglesia; no puede haber un Papa en la Iglesia que no sea Papa de la Iglesia: ahora bien, si estos herejes hiperactivos son de la Iglesia, y debemos estar en comunión con ellos, entonces llamemos de una vez a las cosas por su nombre: herejía eclesiológica. Eso sostiene la Fraternidad San Pío X. Una Iglesia imperfecta, que promulga sacramentos inválidos y declara herejías; que fomenta el cisma, que forma parte avanzada de la fase sináquica de la revolución anticrística.
Y aquí de nada vale la retórica, el engaño, la contemporización. ESO NO ES LA IGLESIA CATOLICA. NI LA FRATERNIDAD SAN PIO X ESTA EN LA LINEA DE LA IGLESIA, SINO AL SERVICIO DEL GRAN CISMA. SU PRAXIS ANTICATOLICA ES DESTRUCTIVA, ES DISOLVENTE, ES PARALIZANTE. Ellos esperan que «Roma y los obispos vuelvan a la Tradición de la Iglesia», nos preguntamos entre tanto esperar. QUE COSA VIENEN SIENDO «ROMA Y LOS OBISPOS» en tanto no «regresan a la Tradición»; y cómo pueden estar los sacerdotes de la Fraternidad «una cum Johanne Paulo» sin estar forzados a reconocer que aquéllos que deben «retornar a la Fe católica» porque no la tienen, son la Iglesia de Cristo, sin la Fe de la Iglesia.