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viernes, 9 de agosto de 2013

LA PANACEA DE LOS NUEVE PRIMEROS VIERNES DEL MES

CIEN PROBLEMAS SOBRE CUESTIONES DE FE 
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¿Es precisamente verdad que comulgando durante nueve primeros viernes del mes puedo estar seguro de ir al Cielo? (D. G.—Milán.)

     La promesa de Jesús es muy explícita. Véanse sus palabras a Santa Margarita Maria Alacoque: «Yo te prometo, en el exceso de misericordia de mi Corazón que su amor omnipotente concederá a todos los que comulgaren durante nueve primeros viernes de mes consecutivos la gracia de la perseverancia final, que no morirán en mi desgracia, ni sin haber recibido los sacramentos, convirtiéndome en seguro asilo suyo en aquel último momento.»
     Ella da una verdadera esperanza sólida de eterna salvación, y ello —nótese bien— no por el solo efecto de las nueve comuniones en sí, sino por el honor tributado, con esa práctica, al Sagrado Corazón de Jesús.
     Sin embargo, hay algunos elementos naturales de reserva prudencial. Por el pronto, la revelación de Santa Margarita
     María, aun grandemente autorizada, no es infalible. La santa misma, en su humildad, hace así el relato: «Y un viernes, durante la Sagrada Comunión, se dijeron estas palabras a su Indigna esclava, si ella no se engaña.»
     Además, algunas condiciones, aun no estando expresas, deben entenderse naturalmente sobreentendidas, como ocurre en el estilo de Jesús, además de en el modo corriente de hablar de los hombres. Acerca de la eficacia en general de la oración, por ejemplo, cuando Jesús afirmó que todo lo que pidamos se nos dará, sobreentendida ciertamente la condición de que no sea para mal del alma.
     En el caso de esta promesa del Sagrado Corazón, se sobreentenderá que las nueve comuniones se hagan con fin santo y no con la intención de hacer de ellas una especie de salvoconducto de una futura vida licenciosa. ¡Seria realmente bonito que esa práctica piadosa se transformase en un original título para reprimirse a la manera de los mundanos que gozan sin esperanza, de los que habla San Pablo, los cuales dicen; «Comer y beber, puesto que mañana moriremos» (I Corintios 15, 32). Se diría en cambio: «¡Comamos y bebamos, puesto que... hemos hecho los nueve primeros viernes!» Con mucha razón, por tanto, el Padre Santo, en la última Encíclica sobre el Sagrado Corazón, de 11 de mayo de 1956, subraya que «el culto al Corazón Sacratísimo de Jesús no consiste principalmente en devotas prácticas externas, ni debe inspirarlo ante todo la esperanza de las propias ventajas, puesto que también aseguró estos beneficios el divino Salvador por medio de promesas privadas a fin de que los hombres fuesen impulsados a cumplir con mayor fervor los principales deberes de la religión católica y por eso mismo proveyesen del mejor modo a su propio provecho espiritual».
     En cuanto a la seguridad de no morir sin recibir los sacramentos—lo cual implicaría el excluir la muerte repentina—, se sobreentenderá probablemente que se trata de los casos en que sean necesarios para recobrar la gracia perdida.
     ¿Habrá también otras reservas implícitas, comp por ejemplo la que suponen algunos autores de que el ánimo se mantenga siempre voluntariamente orientado hacia aquellas gracias, que según la promesa divina no podrán faltar—o por haber triunfado o, después de caer, por haberse reconciliado—pero que no dispensan de esa buena voluntad y de la molestia de corresponder a ellas?
     Es—y sigue siendo—un punto dudoso. Porque mientras por una parte hay quien ve en esa reserva casi una inutilidad de la promesa, por otra hay quien la considera compatible con la esencia de la promesa misma, que ellos ponen ciertamente en la garantía de obtener gracias verdaderamente especiales, pero no que dispensen de la carga de corresponder a ellas.

Mis pacientes lectores habrán notado que en estas respuesr tas evito la costumbre de moda de dar una lista de opiniones diversas, lo cual me parece una cómoda manera, ante las consultas de los lectores, de lavarse las manos y de suprimir lo práctico del consultorio. Pero en el caso actual ese tanto de incertidumbre y de diversamente opinable que he expuesto forma parte de la esencia misma de la respuesta.
     Por una parte, en realidad, la falta de reservas expresas en aquella importantísima revelación a la Santa confidente del Sagrado Corazón abre el ánimo de sus devotos a la esperanza más confiada. Por otra, alguna incertidumbre y reserva sobreentendida lo mantiene en el santo temor y en la buena voluntad, de acuerdo con el canon 16 del Concilio de Trento sobre la Justificación, que condena «el que afirma que está absoluta e infaliblemente cierto de recibir el gran don de la perseverancia final, salvo que lo sepa por especial revelación (entiéndase: personal)».

BIBLIOGRAFIA
A. Vermeersch: Pratica e dottrina della devozione al S. C., Turín, 1921, II, págs. 220-42; 
R. Du Bouays de ea B.: Coeur de Jésus. Les promesses, DAFC., I, págs. 582-3; 
J. Bainvel: La dévotion au Sacré-Coeur de Jésus, París, 1931, págs. 85 y sigs.; 
Pío XII: Encíclica Haurietis aquas in gaudio, 15 de mayo de 1956.

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