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martes, 31 de mayo de 2011

Dos reglas muy útiles para determinar las prerrogativas particulares que pertenecen a la maternidad divina. (1)

Primera regla: Todos los dones de gracia concedidos a los Santos, la Madre de Dios los ha recibido en su forma propia, o de manera más eminente y más digna de ella.
Sentido de la regla y cuál fué siempre su uso.
La primera regla para determinar en particular cada una de las prerrogativas concedidas por Nuestro Señor a su divina Madre es la palabra de Dios, palabra escrita y palabra transmitida por la tradición. Mas cuando ni la Sagrada Escritura ni la tradición sean suficientemente claras y explícitas, ¿a qué reglas acudiremos? Y cuando deduzcamos aquellos privilegios de la palabra de Dios, ¿de qué medios nos valdremos para ilustrar y confirmar nuestras deducciones? A la resolución de esta cuestión se enderezan este capítulo y el siguiente.

I.—He aquí la primera regla y, si es lícito usar de esta palabra, el primer criterio. Todos los privilegios de gracia que hallaréis en los siervos de Dios, todos, sin vacilación, se deben atribuir, y en grado superior, a la Madre de Dios. Esta es, repetimos, la primera regla con que podemos determinar en particular las perfecciones sobrenaturales que se derivan de la maternidad divina. Mas para fundarla sobre base sólida es necesario puntualizar su significación y su alcance. Ahora bien, en los autores que más particularmente han formulado esta regla hállanse tres restricciones principales.
Primera restricción: Para que los privilegios a que nos referimos puedan afirmarse de la bienaventurada Virgen es necesario que no sean incompatibles ni con su estado presente, como sería la posesión estable de la visión beatífica mientras fue viadora; ni con la perfección de la inocencia y santidad, como serían la gracia de la penitencia y las lágrimas del arrepentimiento; ni con la condición de mujer, como lo sería el sacerdocio y, en general, cualquier ministerio sagrado en cuanto a sus funciones propias. Que esta restricción sea razonable es cosa harta clara. Pero todavía es necesario admitir que, exceptuando las gracias reservadas para el término, la bienaventurada Virgen poseyó eminentemente todas las otras que por su perfección o por su condición no podía recibir con el carácter formal y específico de las mismas. Y en esta forma pudo tener de la penitencia el odio del pecado y el amor de Dios, que para el pecador son la medida y la fuente de ella. Así también pudo ejercer de modo excelentísimo las funciones del sacerdocio, pues de ella y por ella recibimos el Verbo encarnado, nuestro Pontífice y nuestra Víctima, el Maestro y la Luz del mundo, pues que ella tuvo en el sacrificio del Calvario y en la institución de los Sacramentos de la Iglesia y de la Iglesia misma, una parte propia y peculiar de ella junto a su Hijo, nuestro Salvador.
Segunda restricción: Tampoco pretendemos atribuir a María todos y cada uno de los favores particulares de la divina bondad, de que nos hablan las vidas de los Santos. Hubo siervos de Dios que fueron alimentados milagrosamente y otros a los que los ángeles administraron la Sagrada Comunión. Erradamente se pretendería deducir de estos hechos que los ángeles también debieron alimentar a la Santísima Virgen con el pan material o con el pan de la Eucaristía, alimento celestial de las almas. Si alguna vez la Virgen Santísima hubiera tenido necesidad de ser asistida por los ángeles en cuanto a la alimentación de su cuerpo o de su alma, es indudable que los ángeles se hubiesen apresurado a atenderla y asistirla, como a su Reina que es. Pero nada nos obliga a afirmar el hecho particular en virtud de la regla establecida. Por la misma razón, del hecho particular que se dice verificado en el niño que después fue San Ambrosio de Milán, esto es, que un enjambre de abejas se posó en sus labios, o de otros hechos particulares análogos que anunciaron proféticamente el destino de algunos santos, no se debe concluir que también en la Virgen se realizaron idénticos o semejantes prodigios. Esto no lo pide ni la perfección de su alma ni el cumplimiento de su divina misión. Mas, a falta de estos favores particulares, gozó de otros que los incluyen y los exceden. Así, por ejemplo, tuvo una asistencia angélica más universal y más eficaz que desde el principio del mundo hasta los tiempos más próximos al Mesías prometido; gran número de profecías y figuras anunciaron al mundo a esta Virgen y sus privilegios.
Tercera restricción: La regla se refiere a los dones que tienen por fin propio la santificación del alma y tienden a promover y perfeccionar la unión sobrenatural con Dios. Algunos teólogos (Por ejemplo, el P. Ben Plazas, Causa Inmac. Concept., pág. 131, sq.1) vacilan en darle más extensión. A nosotros nos parece que son excesivamente tímidos. Indudablemente, esta regla se refiere, ante todo, a los dones santificantes. Pero el acuerdo unánime de los que la establecieron va más allá. Estiman, como lo veremos en seguida, que la regla comprende otras gracias que, sin ser por sí mismas santificantes para la persona que las recibe, le son dadas para cooperar dentro de los límites de su misión, a la perfección de los demás. Tales son en particular los dones sobrenaturales llamados gracias gratuitamente dadas (Cf. S. Thom., 1-2, q. III, a. I.2). Por lo demás, aun aquellos mismos que ponen esta tercera restricción, frecuentemente la olvidan cuando llega el momento de aplicarla. Parece, pues, preferible atenerse a las dos primeras restricciones, y de ello estamos tanto más persuadidos cuanto apenas conocemos autor que prácticamente respete la tercera restricción. Mas no olvidemos que si la regla pide que se afirmen de María todos los privilegios de gracia concedidos liberalmente a los otros santos, la misma regla exige que sea en grado más excelente y con medida más amplia. La maternidad divina es un título al que ninguno otro iguala, y, por consiguiente, nada puede igualar tampoco a los dones que son inherentes a la maternidad o que ella reclama.

II.—Esta regla, tan gloriosa para María, está expresamente formulada por los teólogos escolásticos más ilustres, los cuales la recibieron de sus antepasados y de los Santos Padres, cuyo eco fiel se muestran. Detengámonos en algunos pasajes. Veamos primeramente la tesis asentada por Suárez: "Ningún don de gracia ha sido jamás conferido a una pura criatura que la Virgen no haya poseído, o de una manera semejante o de una manera más perfecta" (De Myster, vitae Christi, D. 4. S. 1, § Tertio, abdo). Santo Tomás de Aquino formula una regla equivalente: "Con razón se cree que aquélla que engendró al Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, debió recibir, más que todos los demás, los más grandes privilegios de gracias... Ahora bien; sabido es que el privilegio de ser santificados antes de nacer fué concedido a algunos otros", a Jeremías, al Bautista. "Es, pues, razonable el creer, rationabiliter creditur, que la bienaventurada Virgen fué santificada antes de salir del seno maternal" (3 p., q. 27, a. 1). ¿No es esto consagrar nuestro principio? En otro lugar, el mismo Santo Doctor resuelve una objeción contra este privilegio particular. Dice el adversario, real o ficticio: ¿Cómo puede afirmarse este privilegio, cuando nada dicen de él ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento? "Es verdad; la Escritura no habla de esta santificación de la bienaventurada Virgen expresamente; sin embargo, la podemos tener por cierta, considerando lo que nuestros Libros Santos nos enseñan de Jeremías y de Juan Bautista. Porque si éstos fueron santificados en el vientre de sus madres por haber anunciado a Cristo, ¿cuánto más excelentemente debió serlo esta Virgen, que engendró a Cristo?" (in III, D. 3, q. 1, a. 2, sol. 3, ad. 3 et in corp. Idéntico raciocinio, con expresión formal de la regla, hállase en San Buenaventura in III, D. 1, q. 3).
De esto mismo estaba persuadido Teófilo Raynaud, que, en sus Dípticos de María, escribe: "Me preguntáis si entre la multitud de dones que se refieren a la más excelsa pureza del alma, a la unión la más perfecta con Dios, hay alguno que María no haya recibido y que se halle en los otros santos." Responde: "Es necesario tener por absolutamente cierto que la Virgen, como quiera que recibió la plenitud de la gracia, debe por el mismo caso tener en sí todos los privilegios de aquel género concedidos por la divina liberalidad a cualquier santo, sea el que fuere. Esto se infiere de la doctrina de los Santos y de una conveniencia manifiesta" (Diptych. Marian, cant. 3, VIII. pp. 14, 15).
Idéntica doctrina enseña San Antonio de Florencia: "De la misma manera que San Agustín estableció como regla que donde se tratare de pecado de ningún modo puede haber cuestión acerca de la bienaventurada Virgen, sino que es necesario sostener que ella no cometió pecado alguno, así el Beato Alberto (en sus Cuestiones sobre el Missus est) dijo con verdad: Cuantas veces habléis de bien, tened por regla y por principio evidente (per se noto) que todo bien, hecho o recibido por una pura criatura, se halla en la Madre de Dios, regla y principio del cual no se puede dudar, teniendo en consideración que María, como dijo San Juan Damasceno, en nada puede ser superada por ninguno de las Santos, ni aun por los más esclarecidos" (Sum. P. 4, tit. 15, c. 10, De triplici genere grat. 2).
En todo el decurso de los siglos hallamos esta regla, no solamente formulada, sino constantemente aplicada. La profesa San Lorenzo Justiniano: "En María se halla todo honor, toda dignidad, todo mérito, toda gracia y toda gloria" (De Casto Connub. animac et Verbi, c. 9). Es también de San Bernardo, en su célebre carta a los canónigos de Lyon: "Aun aquello que han recibido de Dios muy pocos mortales, no puede faltar en una Virgen tan grande, por la que toda mortalidad sube del sepulcro a la vida". También la tiene el piadoso y sabio Raimundo Jordán: "Oh María, eres toda hermosa en tu alma, porque tienes por ornamento la plenitud de todas las prerrogativas celestes y de todas las virtudes. Toda hermosa en tu concepción, porque fuiste hecha únicamente para ser templo de Dios Altísimo... Todas las hermosuras, todas las virtudes, todas las gracias concedidas por tu Hijo bendito y más que bendito a una pura criatura, todas te las concedió a ti, y en grado muy superior. En todo esto no has tenido semejante antes de ti ni lo tendrás después de ti... En resumen, no hay género de belleza sobrenatural con el que no resplandezcas, oh Virgen más que bienaventurada. Ni un don siquiera hay concedido a un santo, sea el que fuere, que a ti haya sido negado. Todos los privilegios de los santos los has reunido en ti. Nadie te iguala; sólo Dios está por cima de ti... Por tanto, oh gloriosísima Virgen, eres toda hermosa, no en parte, sino totalmente. En ti ninguna mancha de pecado, ni mortal, ni venial, ni original, ni en lo pasado, ni en lo presente ni en lo venidero. Tuyas son todas las gracias en bienes naturales, en prerrogativas sobrenaturales, en dones celestiales..." ( "Idiota", Praelec. seu contempl. de B. V. P. 2, contempl. 3).
También la consigna el autor anónimo del célebre Tratado de la Concepción de la Virgen: "No hay ningún privilegio concedido por tu Hijo a una criatura, fuera de su propia persona, que haya podido él, sin incurrir en inconsecuencia, negarte a ti, oh, la más dichosa de las mujeres, porque quiso hacerte su Madre" (Tract. De Concept. B. Mar. P. L. CL1X, 305). Es de un piadoso y sabio benedictino del siblo XII, que la utiliza como argumento victorioso para demostrar la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen: "¿Diré que fue transportada al cielo con su cuerpo o sin él? Respondo: Con su cuerpo. Si me engaño, mi error no puede desagradarme; hallaré excusa ante la Madre de la misericordia, en la fuente de toda piedad ¿Podría yo confesar que el Hijo de Dios haya negado a su Madre un privilegio alguna vez concedido a alguno de sus servidores? Elias sube al cielo en carro de fuego, ¿y la Madre de Dios se pudrirá en el sepulcro? Si la tierra guardó su cuerpo sagrado mientras su alma volaba a Dios, deberíamos confesar también que el Hijo privó a su Madre de un culto de honor con el que glorifica a los confesores y a los mártires. La cabeza de Juan, las reliquias de una muchadumbre de otros santos bienaventurados reciben nuestros homenajes, ¿y el cuerpo de la gloriosa Virgen no será venerado ni en la tierra ni en el cielo?" (Absalón, abbas Sprinckirsbac, Serm. 44, In Assumpt. P. L. CCXI, 255, sq. Serm. 45. ibíd., 257).
Por lo demás, no solamente la Asunción, sino muchísimos otros privilegios, han deducido de los mismos principios los Santos Padres y los más recomendables autores. Más adelante lo veremos plenamente comprobado al explicar las principales mercedes concedidas a la Madre de Dios. Algunas veces esta regla es el motivo principal, por no decir único, para atribuírselos. Lo veremos, por ejemplo, cuando tratemos de si María, en el curso de su vida mortal, recibió la gracia de una visión transitoria y momentánea de la esencia divina y de sus perfecciones.
Y como el Occidente, así piensa y así habla el Oriente. Ved, si no, lo que dice Basilio de Seleucia: "Si Dios colma de tantas gracias a sus buenos servidores, ¿qué dones habrá otorgado a su Madre? ¿No excederán incomparablemente a los favores concedidos a todos los demás? Es evidente. Si Pedro fué proclamado bienaventurado, ¿no llamaremos nosotros singularmente bienaventurada entre todos los bienaventurados a la Virgen que engendró a aquél a quien Pedro confesó por Hijo de Dios vivo? Si Pablo es llamado vaso de elección, porque llevó el nombre de Cristo por toda la tierra, ¿qué vaso será la Madre de Dios... ? Oh, Virgen Santísima, sean cuales fueren las prerrogativas y sea cual fuere la gloria que mi piedad te atribuya, jamás me apartaré de la verdad, sino que siempre quedaré por debajo de ella" (or. 39, In Deip. Assump. P. G. LXXXV, 448.).
¿Deseáis una expresión más enérgica y más clara y manifiesta de nuestro axioma? La hallamos en esta fórmula mil veces repetida por los Santos Padres y por todos los labios cristianos: "A los demás, la gracia ha sido dada por partes; a María, en toda su plenitud" (S. Petr. Chrysol., Serm. 143, De Anunciat. V. P. L. LII, 683). Por consiguiente, todo lo que los demás han recibido lo posee María, y en medida incomunicable; todo, decimos, sin excepción: ¿qué excepción cabe en la plenitud?
Podríasenos responder que en este texto y en otros semejantes la plenitud de la gracia es el mismo Autor de la gracia, Jesucristo, el Hijo de María. Es verdad; pero esto mismo prueba dos cosas que vienen de una manera manifiesta a confirmar nuestro principio. La primera, a cuyo desarrollo dedicaremos largo espacio en la segunda parte de esta obra, es que todos los dones de Dios nos vienen por medio de María; la segunda, que el Autor de todas las gracias no pudo tomar carne de ella sin darle en retorno y con toda su plenitud todas las gracias que él distribuiría entre los redimidos. Sería necesario estar muy en ayunas de la lectura de los Santos y de los Santos Padres para no haber aprendido de ellos estas dos consecuencias. "La santificación de María fué el canal por donde la fuente de la divina gracia se derramó sobre la universalidad del género humano", había escrito Raimundo Jordán algunas páginas antes de la que poco ha transcribimos.
Poco ha también oíamos a San Bernardo afirmar en términos expresos este mismo principio que vamos desarrollando. El santo nos representa a María toda inundada de gracias sobreabundantes y sirviendo a su Hijo de acueducto para difundirlas en las almas. Y ¿qué prueba aduce para justificar tan inefables privilegios? El título incomunicable de Madre de Dios. "¿A cuál de los ángeles ha sido dicho: El Espíritu de Dios descenderá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el Santo que nacerá de ti se llamará el Hijo de Dios... ? Mucho es para un ángel ser ministro del Señor. María mereció algo que es infinitamente más sublime. ¿Qué? Ser la Madre de Dios. Y así, por un privilegio singular, fué hecha tanto más excelente que los ángeles cuanto el título de Madre excede en dignidad al título de ministro" (Serm. De Aquaed, In Nativit. B. M. V., n. 12. P. L. CI.XXXIII, 444). Y con esto volvemos a la base de nuestro principio y queda más y más demostrada su solidez. Es que la condición de Madre de Dios encierra eminentemente todos los otros títulos que tiene María a los favores divinos. La maternidad divina atrae a María todo lo que la divina liberalidad ha derramado en las demás criaturas en cuanto a bienes sobrenaturales se refiere. Vacilar en admitir en María perfecciones que admiramos en otras criaturas seria poner en duda o el valor universal de su título o la sabiduría del Repartidor de la divina gracia y negar la plenitud afirmada por el cielo mismo, que, por mediación del ángel, le dijo: Ave gratia plena.
Terminemos este capítulo con un hermosísimo texto de Santo Tomás de Villanueva: "De los dones, de las gracias, de las virtudes de María, ¿qué podemos decir sino que recibió todo aquello de que es capaz una pura criatura? Por tanto, así como en la creación del mundo todas las criaturas fueron encerradas en el hombre, que por esta causa se llama mundo pequeño, microcosmos, así en la reformación del mundo todas las perfecciones de la Iglesia y de los Santos fueron encerradas en la Virgen, y por esta razón podría llamársela el mundo pequeño de la Iglesia microcosmos Ecclesiae. Todo lo ilustre que hay en los santos, todo lo grande, está en ella... En ella la pureza de las vírgenes, la fuerza de los mártires, la devoción de los confesores, la sabiduría de los doctores, el desprecio del mundo de los anacoretas; en ella está el don de sabiduría, el de ciencia, el de inteligencia, el de consejo, el don de piedad, el don de fortaleza y todas las gracias gratis dadas, que enumeró el apóstol" (In festo Nativit. B. V. M. Conc. 3, n. 8. Opp. II, 404).
¿Sería María, como realmente lo es, la Reina de todos los santos y de todos los órdenes de santos si uno entre ellos pudiera gloriarse de poseer una prerrogativa de gracia que no se diese en María, o si se diese, mas no, en un grado más excelente que se da en los santos? ¿Sería tipo y ejemplar de la Iglesia de Dios, como la llaman los Santos Padres, si hubiese en la Iglesia y en los miembros de la Iglesia una sola perfección que, ya en su propia forma, ya con un carácter superior y más divino, no fuese parte de la dote de la Santísima Virgen?
Después de todo lo dicho, vengan ciertos espíritus mezquinos diciendo que no hacemos bien al enaltecer tanto los privilegios de María, Madre de Dios; les contestaremos remitiéndolos a los santos más ilustres, a los sabios más graves; y si, después de haberlos leído y entendido, aun tienen que recriminarnos de algo, será, como decía Basilio de Seleucia, de habernos quedado muy por debajo de la verdad.

J. B. Terrien S. J.
LA MADRE DE DIOS...

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