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martes, 24 de mayo de 2011

Explicación breve de la doctrina cristiana, para leer en familia (IV)

Implicación de las cuatro virtudes cardinales,
Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza.

Estas cuatro virtudes se llaman Cardinales, porque a ellas se reducen todas las demás virtudes morales; y se dicen Virtudes morales, porque componen honestamente a la criatura racional en orden a sus costumbres.
La primera, Prudencia. Esta es la virtud que nos inclina, y da reglas para que todas nuestras obras se ajusten a la razón. Las operaciones de todas las otras virtudes, sin la Prudencia, salen viciosas y vituperables.
La Prudencia se divide en tres especies, que son: Prudencia política. Prudencia purgatoria, y Prudencia del ánimo purgado, o purificado.
La Prudencia política dispone conforme a la buena razón todo lo que se ha de hacer sin ofensa de la conservación humana.
La Prudencia purgativa pospone todo lo visible a todo lo que es celestial.
La Prudencia del animo purificado atiende al sumo Bien, y a él endereza todas sus operaciones.
Las partes esenciales o integrales que componen a la virtud de la Prudencia son tres, memoria, inteligencia y providencia. La memoria tiene presente lo pasado, para gobernar con discreción lo futuro y lo presente. La inteligencia mira principalmente a lo que de presente se debe hacer, consideradas todas las circunstancias. La providencia tiene cuidado de lo que se puede seguir, y esta es la principal parte de la Prudencia.
La Prudencia pide en el hombre las cinco calidades siguientes: docilidad, razon, solercia, circunspección y cautela. La docilidad para no ser engañado. La razón para deducir de lo general lo particular, discurriendo bien. La solercia para atender a todo lo que sucede, y sacar de ello provecho para el acierto de sus operaciones. La circunspección para atender a las circunstancias y oportunidad de la obra; porque no basta que el fin sea bueno, si le falla lo demás. La cautela para evitar los inconvenientes y peligros que pueden ocurrir.
La Prudencia de cada uno para sus propias acciones, se llama enárquica.
La Prudencia para el gobierno de muchos, se llama poliárquica.
La Prudencia que enseña a gobernar los reinos, se llama mpnarquica, o Prudencia regnativa,
La Prudencia para el gobierno de las ciudades, se llama política.
La Prudencia para gobernar las casas particulares, se llama económica.
La Prudencia que enseña a gobernar los ejércitos, se llama militar.
La Prudencia para el discreto juicio de las acciones, se llama synesis.
La Prudencia que forma el buen consejo, se llama ebúlia.
La Prudencia que enseña en algunos casos particulares a salir de las reglas comunes, se llama gnome; y esta es necesaria para la epiqueya, que juzga algunos casos por reglas superiores a las leyes ordinarias.

La Virtud Moral y Cardinal de la Justicia, es la que enseña a dar a cada uno lo que le toca.
La Justicia que si; ordena al bien publico y común, se llama legal.
La Justicia que solo toca a personas particulares, se llama Justicia especial.
La Justicia que a cada uno le da lo que le pertenece, se llama distributiva.
La Justicia que da, conmutando una cosa por otra equivalente, se llama conmutativa.
La Justicia que nos ensena a dar a Dios el culto supremo de adoración latria, se llama religión. La siguen seis especies, que son: Sacrificios, oblaciones, décimas, votos, juramentos y alabanzas externas vocales, que salen del corazón.
A la virtud de la Justicia pertenece también la piedad. Con esta reverenciamos a los padres, y a la patria donde nacimos.
La Justicia religiosa con que veneramos a los santos, se llama dulia; y a la Reina de todos los ángeles y santos se la debe la hiperdulía, que es un grado mayor.
La Justicia con que nos sujetamos a los superiores, se llama obediencia.
También se reducen a la virtud de la Justicia las virtudes de la gratitud, que se llama gracia, la verdad, o veracidad, la vindicación, la liberalidad, la amistad, o afabilidad.
La gratitud nos enseña a ser agradecidos. La veracidad a tratar la verdad con todos. La vindicación a dar justo castigo a quien le merece. La liberalidad a dar con alegría, sin avaricia ni prodigalidad. La amistad o afabilidad a tratar con todos sin litigios ni adulaciones.
Conserva la inocencia, y atiende a la equidad, porque estas son las reliquias del hombre pacífico, dice el Espíritu Santo (Psalm. XXXVI,37).

La virtud cardinal de la Fortaleza gobierna la pasión de la irascible, y sirve para que el hombre venza la pusilanimidad y cobardía en la ejecución de las buenas obras.
Tiene la Fortaleza dos especies; la una se llama belicosidad, y es la que usa de la ira conforme a la razón; la otra se llama paciencia; y esta es la mas noble y superior fortaleza, como dice san Pablo (I Cor., XIII, 4).
A la virtud de la Fortaleza se reducen la magnanimidad y la magnificencia.
La magnanimidad nos enseña a obrar cosas grandes, sin apetecer honras, ni dejarse llevar de ambiciones. No es contraria a la humildad; porque una virtud no puede ser contraria a otra.
La magnificencia inclina a grandes gastos, pero regulándolos con la prudencia, para que ni el ánimo sea escaso, ni pródigo. Puede un hombre ser liberal, sin llegar a ser magnifico, si se detiene en distribuir lo que tiene mas grandeza y cantidad.
La virtud de la Fortaleza se emplea dignamente en resistir al demonio, y en vencer las tentaciones, y en no dejarse llevar de respetos humanos imperfectos.

La virtud, cardinal de la Templanza reprime los movimientos desordenados de la concupiscible,especialmente en la materia de tacto.
Esta virtud enseña al hombre, que no se deje gobernar del deleite, como el bruto que no tiene entendimiento, sino por la razón justificada (salm. XXXI, 9).
Pertenecen a la Templanza las virtudes de la abstinencia y sobriedad., contra los vicios de la gula en la comida v bebida.
También pertenecen a la Templanza las virtudes, que son, castidad, pudicicia, virginidad y continencia contra los vicios de la lujuria.
A la Templanza se reduce también la modestia, y esta contiene en sí cinco virtudes, que se llaman, humildad, estudiosidad, moderación, austeridad y templanza, contra los vicios de apetecer honras, saber curiosidades inútiles, querer faustos y ostentaciones vanas en el vestido, y dejarse llevar de acciones inmoderadas en las burlas, bailes, juegos, etc.
El vestido del cuerpo, la risa de la boca, y los movimientos del hombre, nos avisan de su interior, dice el Espíritu Santo (Eccl., XIII, 27).

Explicación de las tres potencias del alma, Memoria, Entendimiento y Voluntad.
Se dicen Potencias del alma, porque por ellas y con ellas tiene, sus operaciones el alma.
La primera, Entendimiento. Esta Potencia, sirve al alma racional para conocer y discurrir sobre lo mismo que conoce, y para dar luz a la voluntad de lo que ha de amar o aborrecer; porque nada quiere la voluntad, que primero no lo haya conocido el entendimiento, como dice un proverbio filosófico.
La segunda, Memoria. Con esta potencia conserva el alma las especies de lo pasado para dolerse de todo el mal que ha cometido, y vivir con escarmiento para la enmienda. Sirve mucho la memoria de lo pasado para gobernar con discreción y prudencia lo presente, como ya se dijo en la explicación de las virtudes Cardinales.
La tercera, Voluntad. Esta es la reina de las potencias del alma, porque ella hace buenas o malas todas nuestras obras. El entendimiento conoce, la memoria conserva lo conocido; pero la voluntad hace y deshace, porque es potencia libre, y por ella se pierden o se ganan todas las almas. Nadie peca sin querer. La perdición de cada uno está en él mismo, como dice la sagrada, Escritura (Osse, XIII, 9).

Explicación de los sentidos corporales, que son:
Vista, Oído, Gusto, Olfato, y Tacto.

Estos cinco sentidos se dicen corporales, porque pertenecen al cuerpo. También sirven al alma, porque por ellos pasan las especies al entendimiento; y asi dice el filósofo, que nada hay en el entendimiento que primero no haya, estado en el sentido.
El primero, la Vista. Por este sentido entran muchos males en el alma. Son los ojos las ventanas por donde entra la muerte, como dice Jeremías profeta.
El segunda, el Oído. Por este sentido entra la fe, como dice el apóstol; pero también se introducen por él muchos daños, oyendo con voluntad las murmuraciones, los engaños, las palabras deshonestas y las malicias ajenas. Eva se perdió, porque oye a la serpiente, y se dejó engañar.
El tercero, el Gusto, este sentido sirve para la conservación del hombre en esta vida mortal; pero se abusa mucho de él con glotonerías y notables excesos en comidas y bebidas. Aquel rico glotón que se condenó, solo para su lengua y paladar pedia refrigerio, que aun en el infierno quería conservar su vicio (Luc, XV, 24).
El cuarto, el Olfato. Por este sentido pecaban y escandalizaban aquellos profanadores del templo santo, que a la casa de Dios llevaban los ramos de llores, no para ofrecerlas al Señor, sino para deleitarse con sus olores: Ecce aplicant ramum ad nares, como dice el profeta Ezequiel; y Dios le llama abominación a este desacato (Ezech., VIII, 17).
El quinto es el Tacto. Este sentido, no solo está en las manos, sino también en todo el cuerpo. El dejarse llevar de su deleite es de gente sensual y torpe. El que toca cosa inmunda, se mancha con ella, como dice el Espíritu Santo (Eccl., XIII, 1).
Dios nos ha dado los cinco Sentidos corporales, y las tres Potencias del alma para altísimos fines de nuestro bien, y nosotros los convertimos en mal.

Explicación de los siete dones del Espíritu Santo.
Se dicen Dones del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo los infunde en las almas. Añaden algo sobre las virtudes, adonde se reducen, y por lo que añaden se diferencian de ellas.
Primero, don de Sabiduría. Consiste en una superior iluminación gustosa, que Dios infunde para conocer las cosas por sus causas íntimas, y el alma distingue el verdadero bien del aparente y falso, separando lo precioso de lo vil.
Segundo, don de Entendimiento. Consiste, en una intima penetración de las verdades divinas, con la cual el espíritu escudriña las cosas profundas de Dios, como dice el apóstol.
Tercero, don de Consejo. Consiste en una sobrenatural iluminación, con que la criatura, conoce y elige lo mas útil, decente y justo, y deja lo que es ménos perfecto.
Cuarto, don de Fortaleza. Es una participación o influjo de la virtud divina, con que la criatura, felizmente animosa, vence todas las tentaciones, tribulaciones y adversidades que suele tener la flaqueza humana, sin apetecer consolaciones internas, ni revelaciones, ni amores sensibles; todo lo deja generosamente con este don, apreciando sobre todo lo criado la suprema unión del sumo Bien, y sale con verdad del fuerte la dulzura, habiéndolo vencido todo en el que la conforta (Judic., XIV, 14).
Quinto, don de Ciencia. Es una noticia indicativa con rectitud infalible de todo lo que se debe creer y obrar. Se distingue del don de Consejo, porque este elige, y el otro juzga. Sé distingue también del don de Entendimiento, porque este penetra la verdad con simple inteligencia, y el de Ciencia conoce lo que de ella se deduce, aplicándolo a las operaciones externas. Es el don de ciencia como raíz y madre de la discreción.
Sexto, don de Piedad. Es una virtud divina, con que se suaviza la voluntad humana, moviéndose para todo lo que pertenece al obsequio del Altísimo, y beneficio de los prójimos. Este precioso don excluye y arroja fuera a la envidia, al odio, a la avaricia, a la tibieza, y a la cobardía del corazón: la criatura por este don del Espíritu Santo se hace dulce, benigna, suave y amorosa para todo lo perteneciente al amor de Dios y del prójimo. Por eso dijo san Pablo, que la piedad es útil para todas las cosas (I Tim., IV, 8).
Sétimo, don de temor de Dios. Este don destruye a la estulticia arrogante de los hombres, y consiste en una nobilísima erubescencia, con que el alma se considera nada en comparación de la suprema grandeza y majestad de Dios. Considera su propia bajeza, y teme, como enseñó el apóstol. Tiene sus grados este temor santo, porque al principio se llama inicial, y después se llama filial. Se humilla el alma hasta lo profundo de su nada con este don del Altísimo, y se rinde a todas las criaturas por amor de Dios, y con él y con ellas se ejercita humildísima y amorosa con obras y palabras de amor íntimo fervoroso; con amor íntimo, llegando a la perfección de hijos del mismo Dios.

Explicación de los doce frutos del Espíritu Santo.
Se dicen Frutos del Espíritu Santo, porque el alma feliz en quien habita, como en su templo, el Espíritu Santo, se hace caritativa, pacífica, dilatada de corazón, liberal, benigna, fuerte en la fe, alegre y gozosa, paciente, buena para Dios, para si, y para sus prójimos, mansa, modesta, pura y casta (Gal.,V, 22).
Primero, caridad. El espíritu de Dios es caritativo, y el del demonio es cruel y tirano. Al espíritu del Señor sigue la caridad sin ficción ni engaño, como dice san Pablo.
Segundo, paz. Quien tiene espíritu del Señor, tiene paz en su corazón, y es pacífico con sus prójimos: esta es la prudencia del espíritu verdadero, que se junta con la vida y la paz, segun el apóstol (Rom., VII, 6).
Tercero, longanimidad. El Espíritu Santo dilata el corazón humano, y asi le comunica la longanimidad, que es condición nobilísima de Dios para hacer bien a todos, como dice el profeta David (salm, CVIII, 8).
Cuarto, benignidad. El espíritu de Dios es benigno, como se dice en el libro de la Sabiduría; por lo cual el alma que tiene espíritu de Dios no es áspera, sino benigna.
Quinto, fe. Quien tiene espíritu verdadero de Dios está bien fortalecido en la fe, con la cual se vencen las tentaciones del demonio, y todas las dificultades (I Pet., V, 9).
Sexto, continencia. Es fruto del Espíritu Santo, porque nadie la puede tener perseverante, si el Espíritu de Dios no se la concede (Sap., VIII, 11).
Séptimo, gozo. Este fruto del Espíritu Santo numera expresamente san Pablo, y Cristo Señor nuestro nos manda, que no estemos tristes, como los hipócritas, sino modestamente alegres, para alabar a Dios, y edificar a los hombres (Gal., V, 22).
Octavo, paciencia. En silencio y esperanza está nuestra fortaleza, dice el profeta Isaías; y el Señor nos dice, que en paciencia verdadera tomaremos la feliz posesión de nuestras almas. Este es el fruto saludable del Espíritu de Dios.
Noveno, bondad. El apóstol san Pablo pone la bondad por fruto del Espíritu Santo; y Dios nos dice, que le busquemos en bondad y sencillez de corazón (Sap., I, 1); porque su divino Espíritu huye de las ficciones y dobleces.
Décimo, mansedumbre. Esta pone el Espíritu Santo en el alma: oigan los mansos de corazón, y alégrense, que el santo profeta rey los convida para alabar a Dios (salm. XXXIII, 3)
Undecimo, modestia. Todos los santos han sido muy modestos, porque el Espíritu Santo habita en ellos (Philip., V, 5). La alegría de los siervos de Dios siempre va junta con la modestia.
Duodécimo, castidad. El Espíritu Santo es purísimo, y así es fruto suyo la pureza y castidad. Santa Lucia dijo al tirano, que los que viven piadosa y castamente son templo del Espíritu Santo (Die XIII Decemb., lect., vi).

Explicación de las ocho bienaventuranzas.
Estas ocho Bienaventuranzas predicó nuestro Señor Jesucristo, con las cuales quedan condenadas por falsas todas las que los mundanos tienen por bienaventuranzas.
Primera, bienaventurados los pobres de espíritu. (Matt., V, 3 et seq.) El mundo dice: bienaventurados los ricos, pero se engaña; porque el Maestro de la verdad, que ni puede engañarse, ni engañarnos, nos dice lo contrario. Pobres de espíritu, y por el amor de Dios, quieren en este mundo ser pobres, y de estos es el reino de los cielos. También son pobres de espíritu los que no tienen puesto el corazón en las cosas de esta vida mortal, y solo estiman la vida eterna, y los bienes de la gloria.
Segunda, bienaventurados los mansos. Se dicen mansos los humildes y benignos, que de nada se dan por ofendidos, y son afables con todos , sin hacer caso de las sinrazones que se hacen con ellos, llevándolas con alegría por el amor de Dios. Estos poseerán la tierra de los vivientes, que es la gloria; y aun en este mundo, estos son los que viven, y no los inquietos , porfiados y litigiosos, que pasan toda la vida en amarguras y rencillas.
Tercera, bienaventurados los que lloran. No se entiende por los que lloran con motivos humanos, y por desconsuelos imperfectos y terrenos, sino de los que lloran su destierro del cielo , y por sus pecados y los ajenos, y por las ofensas de su Dios y Señor. Estos serán consolados de Dios, y son bienaventurados.
Cuarta, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Esto se entiende de aquellos que siempre andan con ansia de servir a Dios, y de ser mas y mas justos, y nunca se satisfacen, ni se hartan de bien obrar. Estos se saciarán solo cuando se les llegue la gloria del cielo, como dice David (Psalm. XVI, 15).
Quinta, bienaventurados los misericordiosos. Estos son los que tienen piedad con todos, echando las cosas a la buena parte, y no siendo temerarios en sus juicios, sino piadosos en pensamiento, palabra y obra, remediando en cuanto pueden las necesidades de sus prójimos. Estos alcanzarán de Dios misericordia, y no serán condenados, porque ellos a nadie condenan.
Sexta, bienaventurados los limpios de corazón. Estos son los de buena conciencia, que aborrecen toda malicia, y se hacen como niños para entrar en el reino de los cielos. Con estos tiene Dios sus pláticas interiores, como se dice en el libro de los Proverbios (III, 32). Estos verán a Dios, porque no tienen en el corazón malicia que se lo impida.
Sétima, bienaventurados los pacíficos. Estos son los que en su trato parecen ángeles; no se conturban, ni se inquietan, ni quieren litigios, porfías, ni altercaciones inútiles con nadie; siempre aman la paz interior y exterior. Este don precioso de la paz es para los escogidos, dice la sabiduría; y así los pacificos serán llamados hijos de Dios (Sap., III,9).
Octava, bienaventurados los que padecen persecución por la justicia. Estos son los perseguidos, porque son buenos y justos; y porque siguen y defienden la virtud, razón y justicia, los persiguen los malos. En esta vida mortal son perseguidos injustamente; mas deben consolarse, porque de ellos es el reino de los cielos como dice el Señor. Todos los que piadosamente quieren vivir en Cristo Jesús han de padecer persecución (II Tim., III, 11). Al rey han de seguir los vasallos, y al Señor los siervos y criados.

Fin de todo el sagrado texto de la doctrina cristiana, y de su breve explicación.
Los padres de familia procuren con todo cuidado enseñar a sus hijos y criados, la doctrina cristiana, y el temor santo de Dios; porque en los padres de familia consiste mucho la ruina, o la reformación del mundo. Son muchos los padres que se condenan por el descuido que tienen de enseñar a su familia la doctrina cristiana, y en el cumplimiento de sus obligaciones, como dice el apostólico san Vicente Ferrer. (Ser. S. Matt.)

Los novísimos son cuatro, muerte, juicio, infierno y gloria. Estos también se llaman postrimerías del hombre.
Los consejos evangélicos son tres: pobreza voluntaria, castidad y obediencia religiosa.
Las obras satisfactorias principales son tres: oración, ayuno y limosna.
Los azotes de la divina justicia son tres: hambre, guerra y peste.
Los pecados que dan voces al cielo son cuatro: homicidio voluntario, sodomía, oprimir los pobres, viudas y huérfanos, y detener la paga de los que trabajan, oficiales y jornaleros.
Los pecados contra el Espíritu Santo son seis: el desesperar de la misericordia de Dios; presumirse salvar sin obras buenas; impugnar la verdad conocida; envidia de la gracia del prójimo; la obstinación de los vicios; la impenitencia final.

El apóstol san Pablo dice, que con cinco palabras quería enseñar a todo el pueblo. (I Cor., XIV, 19 et seq.) Y el angélico maestro explica, que esas cinco palabras son creer, obrar, evitar, esperar y temer, y todo esto se contiene en la doctrina cristiana; porque en ella se dice lo que se debe creer, lo que se ha de obrar, lo que se ha de evitar, lo que se ha de esperar, y lo que se ha de temer.
El que lee la doctrina cristiana y su explicación, y los que la oyen leer, tengan intención de ganar las indulgencias que por esto les han concedido los sumos pontífices, que son muchas y grandes.
Para mayor consuelo y comodidad de las personas espirituales, he puesto en un libro pequeño la explicación de la doctrina cristiana con algunas devociones; y allí digo mas por extenso las indulgencias concedidas.

R.P. Fray Antonio Arbiol
LA FAMILIA REGULADA

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