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miércoles, 27 de febrero de 2013

EL SACRIFICIO DE LA MISA (1)

TRATADO I
VISION GENERAL
 PARTE I
LA MISA A TRAVES DE LOS SIGLOS

1. La misa en la iglesia primitiva (1)
     1. La celebración de la santa misa tiene su origen «en la noche en que El fué traicionado» (...in qua nocte tradebatur... es la fórmula con que empieza en las liturgias orientales y la mozárabe el relato de la institución de la Eucaristía). Ya estaba tomada la decisión de Judas; los primeros pasos del Señor le llevarían al monte de los Olivos, donde le iba a asaltar la agonía y le prenderían sus enemigos. En esa hora confió a los suyos el Santísimo Sacramento, que a la vez había de ser el sacrificio de la Iglesia para todos los tiempos. Su institución durante la cena pascual tenía una significación profunda. Ahora iba a cumplirse aquello que como esperanza lejana se venía celebrando de generación en generación, a partir de la salida de Egipto, en la figura del cordero pascual. No era ya solamente la liberación del país de Egipto, sino también la de la tierra del pecado; no se trataba ya de la marcha hacia la tierra prometida, sino de la entrada en el reino de Dios; y a partir de aquel momento esta celebración debía perdurar en todas las generaciones como un recuerdo inextinguible (La idea de que Cristo es el verdadero cordero pascual se encuentra expresada en Jn XIX,36. Por la misma razón, es decir, para poner de relieve que Cristo es el pascha nostrum, San Juan parece tener especial interés en demostrar que Jesucristo murió el mismo día en que los sinedritas comían el cordero pascual (Jn XVIII,28). Además sostienen casi todos los exegetas que la última cena de Jesús, celebrada el jueves, fué una cena pascual). Sin embargo, los relatos de la última cena nos dejan a obscuras sobre muchos pormenores de aquel rito, tal vez porque no estaba destinado a constituir el modelo de la celebración futura.

Las dos consagraciones, separadas por la cena
     2. Desearíamos conocer en detalle el desarrollo de aquella primera misa. No han faltado intentos para reconstruir el proceso de la última cena a base de lo que sabemos sobre la cena pascual en tiempo de Jesucristo y profundizando en los relatos del Nuevo Testamento (Mt. XXVI, 26-29; Mc. XIV, 22-25; Lc. XXII, 15-20; 1 Cor. XI, 23-25). Observemos que las diferencias visibles de los relatos existentes, Incluso las que se refieren a la fórmula de la consagración, se deben a la diversidad de las prácticas litúrgicas, de las que se toman estas palabras. En San Marcos y San Mateo, a la fórmula del pan sigue inmediatamente la del cáliz; en cambio, en San Lucas y en San Pablo precede a la fórmula del cáliz una determinación más exacta del tiempo: expresión que conservamos en la misa romana: similo modo postquam coenatum est. Deduciríamos que en la última cena la consagración del cáliz estaba separada de la del pan y que sólo gracias a la práctica litúrgica de la Iglesia primitiva se juntaron una y otra. La exégesis más antigua cree que se puede interpretar esa determinación del tiempo aun sin separar ambas consagraciones. Pero los expositores modernos, aun los católicos, se deciden unánimemente por la interpretación estricta de su sentido. A favor de esta interpretación está, además del sentido natural de las palabras, la circunstancia de que de este modo la actuación de Cristo al instituir la Eucaristía encaja mejor en el rito de la cena pascual tal como pascual tal como la conocemos hoy.

Los ritos de la cena pascual judía
     3. Es de saber que en la cena pascual del tiempo de Cristo intervenían ritos múltiples. Antes de la cena propiamente dicha, en la que había que comer el cordero pascual, se sirvia un manjar hecho de hierbas amargas y pan ázimo, como recuerdo de las penurias sufridas a la salida de Egipto. Antes y después de este manjar se servía una copa. Entonces el hijo de la casa o el más joven de los comensales debía preguntar qué significación tenían aquellas costumbres tan ínsolitas. Esto daba ocasión a que el padre de familia, invocando agradecidamente a Dios, hablase del antiguo destierro doloroso de Egipto y cómo los judíos fueron liberados de las tinieblas a la luz, de la esclavitud a la redención (Haggada). Terminaba el relato recitando la primera parte del Hallel (Vulg. Sal 112; 113,1-8), durante la cual los comensales habian de contestar a cada versículo con el Aleluya. Cumplidos estos ritos, empezaba la cena propiamente tal. El padre de familia tomaba uno de los panes ázimos, lo partía, lo bendecía y distribuía. Esta participación fraternal en el mismo pan era la señal de que había comenzado la cena. A continuación se comía el cordero pascual, sin que rigiesen la comida y bebida ritos especiales. Acabada la cena, el padre de familia tomaba la copa recién llenada, la elevaba un poco e incorporándose decía la acción de gracias después de la comida. Luego todos bebían de ella: era la tercera copa, la llamada «copa de bendición». Le seguía la segunda y principal parte del Hallel (Vulg. Sal 113,9 al 117,29 y Sal 135) y tras una nueva bendición se bebía la cuarta copa ritual.

El sitio natural de las palabras consecratorias
     4. No hay dificultad alguna para hacer encajar en este orden la institución de Nuestro Señor. La consagración del pan pudo seguir a la bendición de la mesa que se hacía antes de comer el cordero pascual, empalmando así con el rito de la fracción del pan
que iba unido a esta ceremonia. Aquel pan que el padre de familia, según una antigua fórmula aramea, debía enseñar durante la narración del Haggada con las palabras: «He aquí el pan de miseria que comieron nuestros padres a la salida de Egipto», ahora lo presenta el Señor a los suyos con las majestuosas palabras: «Este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros». La consagración del cáliz vendría a continuación de la acción de gracias del convite pascual, coincidiendo con la tercera copa (Esto se deduce de la mención del «himno» que le sigue inmediatamente (Mt XXVI,30; Mc XIV, 26). Los exégetas que defienden la tesis de que ambas consagraciones se hacían juntas, las colocan en este sitio, o sea al final de la cena. No hay duda de que en la cena pascual de Cristo se suprimió la cuarta copa.), el «cáliz de bendición», en que todos bebían del mismo vaso, mientras que en las anteriores cada comensal usaba el suyo propio. Para esta bendición había fórmulas fijas, a las que Jesucristo infundió un nuevo espíritu (El que los discípulos de Emaús reconocieran al Señor «al partir el pan», se refiere tal vez al modo con que Jesús rezó las oraciones que acompañaban esta ceremonia; p. ej., la invocación de Dios Padre, su mirada hacia el cielo; cf. Goossens, 170-172. Toda vía nos volveremos a ocupar de las fórmulas; véanse los notas 25 y 26). 

¿CÓMO INTERPRETAR EL MANDATO DEL RECUERDO?
     5. A la institución de la Eucaristía añadió el Señor el siguiente mandato: «¡Haced esto en mi recuerdo!» ¿Cómo interpretaron los apóstoles este mandato y de qué manera lo practicó la Iglesia primitiva? Por lo que sugieren los relatos del Nuevo Testamento, que silencian casi en absoluto los pormenores de la cena pascual, lo de menos era ya el marco de esta cena. Por otro lado, su repetición no sólo era sumamente difícil por su nimio detallismo ritual, sino que la misma ley la hacía imposible. De atenerse al Antiguo Testamento, como se atuvieron por de pronto los apóstoles, sólo una vez al año se podía comer el cordero pascual.
     San Lucas y San Pablo hacen resaltar que la consagración del cáliz se tuvo después de la comida, al paso que San Mateo y San Marcos no se fijan ya en esta particularidad. Cuando escribian estos dos evangelistas, seguramente se habia generalizado ya en sus cristiandades la costumbre de unir ambas consagraciones. Cabe preguntar si San Pablo y su discipulo San Lucas suponían todavía esta separación. En este caso tendríamos un indicio en pro de la hipótesis, muy natural de que la Eucaristía en la Iglesia primitiva Iba unida por regla general a la comida. Sin embargo, para esclarecer satisfatoriamente estos y otros parecidos problemas y formarnos una idea de la liturgia de la misa, no disponemos, desgraciadamente, hasta la mitad del siglo II más que de algunos vestigios e indicios, que nos obligan a tenernos que valer de conclusiones, sacadas a la luz de hechos posteriores.

"La fraccion del pan"
     6. En los Hechos de los Apóstoles se habla en tres sitios de la fracción del pan en la comunidad cristiana (II, 42, 46; XX, 7), y esto no como de un rito preparatorio del convite, sino de un conjunto independiente, como de una acción completa y autónoma. En el término de «fracción del pan» aparece una nueva expresión cristiana, ajena tanto a la literatura judia como a la clásica (
Unicamente se encuentra en Jer XVI, 7, como expresión poética en el sentido de «celebrar una comida en recuerdo de los difuntos»). La nueva expresión corresponde sencillamente a una nueva realidad, a saber: el pan sagrado de la comunidad cristiana (La mayoría de las investigaciones recientes se inclinan a suponer que en los sitios citados se habla de la Eucaristía (Goossens, 170-174; Arnold, 43-47; Gewiess, 152-157). Así también, por lo menos en Act 2,42.46, el estudio fundamental de Th. Schermann, Das Brotbrcchen im Urchristentum («Bibl. Zeitschrift», 8 [1910], 33-52, 162-183) 169s. En contra de la interpretación eucarística están A. Steinmann, Die Apostelgeschichte, 4.a ed. (Bonn 1943) 40-42;M Ntflen. Gebet und Gottesdienst im N. T. CFriburgo 1937) 29s; A. Wikenhauser, Die Apostelgeschichte (Ratisbona 1938) 35s.). Los recién convertidos en la Pascua de Pentecostés vivían en santa alegría «asistiendo a diario al templo; unidos con un mismo espíritu y partiendo el pan por las casas» (Act II, 46). Al lado de la liturgia tradicional del Antiguo Testamento, a la que se asiste con regularidad (Cf. Act III, 1), aparece un nuevo rito que al principio sólo se dibuja vagamente. Para su celebración habían de repartirse por las casas particulares en grupos pequeños: «Y perseveraban todos en la doctrina de los apóstoles, en la comunidad, en la fracción del pan y en la oración» (Act II, 42). Seguramente se trata de la oración fracción del pan (O. Bauernfeind, Die Apostelgeschichte; «Theol. Handkomentar zum N. T.». 5 (Leipzig 1939) 54, se muestra inclinado a darle una interpretación litúrgica a Act II, 42: los cristianos escuchan la doctrina de los apóstoles, aportan su contribución, se parte el pan y se rezan las oraciones. «Lo que San Lucas propiamente quiere decir es que la comunidad de los cristianos fué esencialmente comunidad eucaristica») pero no conocemos más pormenores.
     Un pasaje posterior nos informa que un domingo por la noche se reunieron en Troas «para partir el pan» (XX, 7). A esta fracción del pan y la comunión precedió una larga conferencia doctrinal de San Pablo (
Cf. Goossens, 136). El análisis del término «fracción del pan» no nos da, desgraciadamente, luz suficiente, y como la expresión no es sinónimo de «tener un banquete», no podemos sacar de ella la consecuencia de que el rito sacramental, iniciado por medio de la fracción que le valía su nombre, hubiera ido unida siempre a una cena.

Forma exterior de banquete
     7. Sin embargo, otras razones sugieren esta hipótesis. Cuando después de la resurrección del Señor encontramos reunidos a los apóstoles, aparece como motivo la comida en común. ¿Por qué esta costumbre iba a sufrir alteración notable después de Pentecostés? De este modo la cena parecia la ocasión más a propósito para conmemorar de tiempo en tiempo la cena del Señor tal como El mismo la habia tenido (Goossens, 133. Tal vez hemos de considerar el convite del resucitado con sus discípulos como puente entre la última cena y la cena eucaristica de la Iglesia primitiva. Más aún: si se nos permite ver el sentido simbólico del convite en estos casos, resultaría un punto interesante para la evolución de los relatos de comidas en los evangelios hasta llegar al convite mesiánico del final del mundo. y con ello se vertería nueva luz sobre el misterio eucarlstico. Véase Y. de Montcheuil, Signification eschatalogique du repas eucharistique: «Recherches de Science Religieuse», 33 (1946) 10-43). En si, cada comida estaba penetrada de cierto tono religioso: empezaba y terminaba con una oración (E. Kalt, Biblisches Reallexikon, II, 2." ed. (Paderborn 1939)868 s). Este carácter sacro resaltaba sobre todo en la cena del sábado, es decir, la cena que el viernes por la noche inauguraba el sábado. Tanto a estas cenas como a la cena pascual solía invitarse a algunos amigos (Cf. Lc XIV, 1.) Parecidas características revestían otras cenas que en determinadas circunstancias se celebraban entre las amistades (Chaburah).
     En el rito de estas cenas entraba seguramente ya entonces el que el padre de familia bendijese al principio el pan, lo partiese y distribuyese (
Strack-Billerbeck, IV, 621; Lietzmann. 206. La fórmula de bendición es, según Berachah, 6. 1, la siguiente: «¡Bendito sea Yahvé, nuestro Dios, el Rey del mundo, que de la tierra hace brotar el pan"). De este modo todos los comensales participaban de la bendición y la comida. Según se ofrecía el caso, se añadía además la bendición del vino. La llamada copa de bendición se llenaba sólo al final de la cena y antes de la acción de gracias. A ella invitaba el padre de familia con una fórmula determinada. La oración en si se imponía de cuatro himnos algo más largos, dos de los cuales por lo menos datan de tiempos anteriores a la destrucción de Jerusalén, a saber: los de la acción de gracias por la cena y por la patria (Strack-billerbeck, IV, 627-634. La acción de gracias por la tierra empieza: «Gracias te damos, Yahvé. Dios nuestro, porque diste como herencia a nuestros padres esta tierra buena y grande; porque tú Yahvé, Dios nuestro, nos has liberado de la tierra de Egipto y redimido de la mansión de esclavos. Gracias te damos por tu alianza que has sellado en nuestra carne, por tu Thora, que nos has enseñado...» 631). 

El testimonio de la «Didajé»
        8. Es cierto que estas costumbres, transformadas por un nuevo espíritu cristiano, seguían estilándose en las comunidades cristianas, y prueba de ello la tenemos a fines del primer siglo en las oraciones de la Didajé:
     (IX.) Respecto de la Eucaristía, daréis gracias de esta manera : primeramente sobre el cáliz:

     Te damos gracias, Padre nuestro, 
por la santa viña de David, tu siervo, 
la que nos diste a conocer 
por medio de Jesús, tu siervo,
A ti sea la gloria por los siglos.

Luego, sobre el fragmento:
     Te damos gracias, Padre nuestro, 
por la vida y el conocimiento 
que nos manifestaste 
por medio de Jesús, tu siervo. 
A ti sea la gloria por los siglos. 
Como este pan estaba disperso sobre los montes 
y reunido se hizo uno, 
asi sea reunida tu Iglesia 
de los confines de la tierra en tu reino. 
Porque tuya es la gloria y el poder 
por Jesucristo eternamente.

     Que nadie coma y beba de vuestra Eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor. Pues acerca de ello dijo el Señor: «No deis lo santo a los perros»

(X) Después de saciaros, daréis gracias así:
Te damos Padre santo,
por tu Santo Nombre,
que hiciste morar en nuestros corazones,
y por el conocimiento, la fe y la inmortalidad
que nos diste a conocer
por medio de Jesús, tu siervo.
A ti sea la gloria por los siglos. 
Tu Señor omnipotente,
creaste todas las cosas por causa de tu nombre.
y diste a los hombres
comida y bebida para su disfrute, 
a fin de que te den gracias. 
Mas a nosotros nos concediste 
comida y bebida espiritual 
y de vida eterna por tu siervo.
Ante todo, te damos gracias, 
porque eres poderoso. 
A ti sea la gloria por los siglos.

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, 
para librarla de todo mal,
 y hacerla perfecta en tu amor,
y reúnela de los cuatro vientos, santificada, 
en el reino que has preparado.
Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos.

     Venga la gracia y pase este mundo. Hosanna al Dios de David. El que sea santo, que se acerque; el que no lo sea. que haga penitencia. Maranathá. Amén.
    A los profetas permitidles que den gracias cuantas quieran.
(Traducción de Daniel Ruiz Bueno. Padres apostólicos (Madrid 1950) 86s)

     9. Por mucho que se haya escrito sobre estas oraciones, poca luz se ha hecho sobre el fin concreto de las mismas. De todos modos hemos de reconocer en ellas oraciones de la mesa, a saber, la bendición del pan y vino y la acción de gracias al final de la comida. Es muy poco probable que esta cena, a la que se refieren las oraciones, incluya ya el sacramento de la Eucaristía (Con todo, esta hipótesis se defiende otra vez por C. Ruch (La messe d'aprés les Peres: DThC, 1928. 865-882). Cree que las oraciones se decían por la comunidad, mientras que las oraciones del presbítero no se han fijado por escrito. Cf. e. o. Arnold. 23-29; Baumstark. Liturgie comparée 50s; P. Cagin, L'Eucharistie (París 1912) 252-288.)28. En cambio, las invocaciones al final de la acción de gracias parecen referirse a la Eucaristía.
    Pero no queda clara la manera de relacionarlas con ella (
Th. Schermann (Die allgemeine Kirchenordnung, frühchristliche Liturgien und kirchliche Uberlieferung, II [Paderborn 1915] 82s) supone que se refiere al pan consagrado, que desde la última celebración eucarística se conservaba en las casas para tomarlo durante la semana. Sería la forma primitiva de la Missa praesanctificatorum. Sin embargo, también se puede pensar, con A. Baumstark (Vom geschichtlichen Werden der Liturgie, 7s), en una verdadera misa privada en casas particulares. Esta idea de una celebración eucarística en casas particulares se encuentra ya en P. Drews (Untersuchungen zur Didache, IV: «Zeitschrift f. d. neutest. Wissenschaft», 5 L1904J, 74-79). Como para tal celebración hacía falta un presbítero, pocas veces se habia podido tener (cf. Did., 15, 1). El librito mismo, como no estaba destinado en primera línea para el obispo, sino para la comunidad y sus catequistas (cf., p. ej., Hermas, Pastor, mand. 4, 3, 1), no tenia aue contener necesariamente los textos de la consagración (cf. Arnold, 26-29). Contra la suposición de que la acción de gracias en el capitulo 10 se ha de considerar como oración eucarística, cf. ZkTh 63 (1939) 236s. E. Peterson (Didache, c. 9 10: «Eph. Liturg.», 58 [1944] 3-13), expone con razones sólidas una nueva explicación, según la cual las oraciones que en la Didajé se usan ya como bendiciones de la mesa representan la transformación de un himno cristológico que se usó originariamente en la celebración eucarística durante la fracción del pan) Los ágapes que conocemos más al detalle, datan de épocas muy posteriores, o sea de fines del siglo II, y eran organizados por las comunidades cristianas para fomentar la caridad para con el pobre y el amor mutuo (Tertuliano, Apol., c. 39; San Hipólito, Trad. Ap. Véanse los textos en Dix, 45-53. El texto etíope es en este pasaje el más completo, aunque adolece de algún desorden; véase la restauración del texto en E. Hennecke, Neutestamentl. Apokryphen, 581; y algunas observaciones complementarias en ZkTh 63 (1939) 238. El desarrollo, según lo describe San Hipólito, es el siguiente: Los hermanos se reúnen para el ágape poy la tarde. El diácono trae una luz, que se bendice con una acción de gracias y a la que precede el saludo «El Señor sea con vosotros» y la exhortación «Demos gracias al Señor» (pero no el «Elevad los corazones», que se reserva para la celebración eucarística), con sus respuestas correspondientes. Luego, el diácono, tomando en sus manos el cáliz, entona un salmo. Asimismo cantan salmos el presbítero y el obispo, y los reunidos contestan con el «Aleluya». Después comienza el convite, al principio del cual ha de recibir cada uno de los reunidos un trocito de pan, bendecido por el obispo antes de partir su pan; «es Eulogía, pero no Eucaristía, como el cuerpo del Señor». Además, cada uno debe tomar su copa y decir sobre ella una oración de gracias y luego beber y comer. Los catecúmenos reciben pan exorcizado, pero no pueden tomar parte en el convite. En él se puede comer hasta saciarse y llevarse a casa de lo que para este fin se ofrece a todos; pero con tal moderación, que le quede al huésped todavía algo de la mesa para enviarlo a otros. La conversación la dirige el obispo o el presbítero que le substituye o el diácono; se habla solamente cuando éste invita a que se diga algo o si pregunta. Repetidas veces se insiste en el buen comportamiento. Si se trata de una comida para viudas, hay que procurar que vuelvan a casa antes del anochecer). Ya no tenían conexión alguna con la Eucaristía. Por eso no se puede reconocer en ellos más que el ceremonial de una comida organizada por motivos religiosos (Es característico de estos convites el que varios pormenores recuerdan todavia visblemente el rito de las cenas judías: la salmodia responsorial que precede, la fracción del pan que lo inaugura y la bendición sobre el cáliz, pronunciada por cada uno de los comensales).
     Finalmente, lo unico que podemos deducir con seguridad de lo dicho es que diversas costumbres religiosas en los convites, tomadas por la Iglesia primitiva del judaismo, dieron pie a que la institución de Cristo, aun prescindiendo de la cena pascual, tomase la forma de un convite. La acción de gracias dio motivo a la consagración del cáliz, ya sea que la consagración del pan se hubiera tenido al principio, ya sea sólo inmediatamente antes de la del vino (Para avalar la hipotesis de que la consagración del pan se hizo al final de la cena, se ha llamado la atención sobre la costumbre de reservar algo de pan bendecido al principio para comerlo al final del convite).

P. Jungmann S.I.
EL SACRIFICIO DE LA MISA

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